3.17.2007

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-13

LA MUSICA EN LA VEGA

Me acuerdo mucho de una señora que había en la Platera que se llamaba Eufrasina, no sé si vivirá todavía, que tocaba el acordeón como los ángeles. En los tiempos de hoy, esa mujer hubiera sido una concertista de miedo. A esta gran acordeonista, casi siempre la acompañaba con la guitarra, su marido José Molina. Otros también que le decían los hijos del Pascual que tocaban uno el violín y otro la guitarra y Francisco Fuentes, que tocaba muy bien el laúd y la guitarra. Eran los músicos de las bodas y de todas las fiestas.

- ¿Y las flautas?
- Pues como no había las cosas que hay ahora de radios, televisión, cine... los pastores se hacían flautas de cañas. Y de los carrizos del río. Yo misma hacía algunas para mí. Porque yo también tocaba mi flauta y mis primas y mis primos. En la siesta, se juntaban los pastores a sestear en los álamos que había alrededor y en las orillas del río. Grupos de ocho o diez zagalones de doce a catorce años. Allí hacían ellos, lo que podíamos llamar ahora, sus conciertos. Cada uno con una flauta y aquello era digno de oír. ¡Qué lástima no haber tenido un aparato de estos de grabar y haberlo recogido! Porque ellos hacían hasta sus composiciones musicales. Había algunos que tenían buen oído. Cada flauta sonaba de una manera. Y mientras sonaba el concierto de los pastores con sus flautas, los ruiseñores cantando en los álamos. ¡Qué bonito era aquello!

Recuerdo yo un hermoso rincón verde, un trozo de la curva del río por donde los animales pastaban tan gustosamente, y a un joven pastor que siempre andaba por aquel rincón. Era aquello una maravilla verlo desde la ladera de enfrente. Recuerdo yo como primero el joven cogía su flauta, hecha de caña y por él mismo y desde el lado norte bajaba senda adelante y desgranando notas. Los sonidos que de aquella flauta salían, además de embelesar el alma, llenaban el barranco del río tanto para abajo como para arriba y al mezclarse aquellas melodías con el rumor de la corriente y el movimiento que el vientecillo imprimía a las plantas, el espectáculo que allí se daba era mucho más que maravilloso.

Los animales que pastaban por la orilla del río, aún le daban al conjunto una pizca más de grandiosidad. Porque eso era otra: la pequeña llanura que se recoge allí, como escondida entre juncos, sargas y zarzas, es otro paraíso más en miniatura. Y cuando por esa llanura pastaban los rebaños, unas veces de ovejas, otras de cabras y en algunas ocasiones de vacas, la belleza se multiplicaba. Pero, además, cuando esta belleza quedaba enmarcada por aquellos espléndidos días de primavera y por las tardes doradas del verano, el rincón se parecía a un verdadero sueño.

Y exactamente así es como yo lo recuerdo ahora mismo. Más engrandecido todavía por la presencia del joven que me parece verlo bajar por la ladera y adentrarse por entre los meandros de la corriente para saltarla. Me parece verlo como se funde con la vegetación por donde los animales ramonean y ya algunos duermen la siesta. Tú tendrías que conocer como conozco yo la imagen que este rincón presentaba cuando por él bajaba el joven tocando su flauta y se quedaba perdido entre el misterio de este barranco. Cuando yo lo veo en mi recuerdo y traigo a mi mente esta otra imagen de los balcones, en pueblos y ciudades con sus cuatro macetas para tener cerca de sí un poquito de naturaleza, casi me río. Aquello era lo lindo y lo natural y no lo que ahora nos están haciendo vivir.
También había voces, en la Vega, que fue una lástima que se perdieran. Entre ellas, las de mi padre. El hubiera sido el Plácido Domingo o el Caruso de sus tiempos. Sí... es verdad lo que digo, es verdad. El flamenco no se le daba bien.

¡Mira! Estando mi padre un día regando su huertecilla, porque él tenía un trocico de huerta que lindaba con los baños, le ocurrió algo muy curioso. Entonces a los baños iba mucha gente de Villacarrillo, de Villanueva, de Orcera, de Beas, de todos sitios. Gente delicá de reuma y todo eso. Ellos eran los que llevaban las canciones por aquellos sitios y por eso se cantaba por la Vega, alguna cosucha de canciones modernas que venían. Porque las llevaban los bañistas. Aquel día regaba mi padre su huerta y cantaba una canción. Un señor que paseaba cerca, lo oyó. Yo te he comentado ya antes que mi padre cantaba muy bien. Aquel hombre era el organista de Villanueva del Arzobispo. Al oír a mi padre, se acercó a él. “¡Qué! Estamos cantando por aquí”.

Como los bañistas sabían que la gente de la Vega era muy sencilla, pues no tenían reparo acercarse a ellos. “Ea, pues sí señor”. “¿Dónde vives?” “Pues yo, en el Soto de Arriba”. “Ahí tiene mi mujer una amiga que baja a verla casi todas las tardes”. “¿Quién es su mujer?” “Mi mujer es María Josefa”. “¿María Josefa es tu mujer? Pues la mía es Trinidad. Si son amigas. ¡Anda, pues mira, nuestras mujeres son amigas y nosotros no nos conocíamos”.

Y entonces bajó con su mujer al Soto. Hablando, se comentó: “A mí me gusta tocar la guitarra”. “¿Tú tocas la guitarra? Yo cantar te he oído. ¡Coge la guitarra y vente conmigo!” Mi padre cogió la guitarra y se fue y yo detrás de ellos. Se sentaron en el suelo debajo de un peral que había en la orilla del río. Parece que lo estoy viendo. El organista empezó a dar notas en la guitarra y le decía: “Felipe, haz lo que haga la guitarra “. Y empezaba la guitarra, blon y mi padre, blon. Haciendo con la voz. Yo entonces no sabía lo que estaba haciendo ni mi padre tampoco. Hoy me doy cuenta y mi padre lo supo después. Estuvo probándole la voz. Porque, ya te lo he dicho, aquel señor era músico.

Luego mi padre se puso y le cantó la siguiente jota:

Tengo una pena, una pena,
tengo una pena, un dolor,
tengo un clavo remachao
en medio del corazón.

Que no hay un pintor
que sepa pintar,
en blanco papel
un ramo de azahar.

A la jota viene
a la jota va,
serranilla mía
vamos a bailar.

Y cuando terminó mi padre de cantar esta bonica jota, aquel hombre le echó la mano por el hombro muy emocionado y le dice: “¡Felipe! ¡Qué lástima que te pierdas aquí!” Dice mi padre: “¿Por qué?” “Porque eres un Caruso”. Y dice mi padre: “¿Y eso qué es?” “Es un cantante muy famoso”. Y mi padre creía que vivía en Villanueva y dice: “Si vive en el pueblo, voy a verlo”. “No hombre, si era italiano y hace ya mucho tiempo que murió”. “¡Arrea!” Pero le comparó la voz con Caruso. ¡Fíjate qué lástima! Porque era de verdad que mi padre cantaba bien.

Y ahora que hablo de jotas, entre otras muchas que por aquella tierra mía se conocían, estaban las jotas que se cantaban de picailla cuando en la casa de la muchacha no querían al novio porque no les parecía bien. Esto puede pasar todavía. Entonces se cantaban estas jotas de picailla.

Jota: Ni tu padre ni tu madre
ni San Antonio bendito,
me pueden quitar a mí
que yo te quiera un poquito.

Estribillo: A los títeres tocan
yo te pago la entrá,
si tu madre se entera
¿qué dirá, qué dirá
qué tendrá que decir?
A los títeres tocan
y tenemos que ir.

Jota: Hornos y Cañá Morales
El Carrascal y la Platera
Montillana y los Parrales,
Cortijos Nuevos y Orcera.

Estribillo: ¡Ay, que sí que sí
ay que no que no,
que esta serranilla
me la llevo yo!
Me la llevo yo
me la he de llevar,
sino por la noche
por la madrugá.

Jota: ¿De qué le sirve a tu madre
machacar en hierro frío?
Si ha de tener en su casa
lo que tiene aborrecío.

Estribillo: A la jota viene
a la jota va,
Serranilla mía
vamos a bailar.

Jota: Puse el pie sobre una piedra
para apretarme una liga,
quien bien ata bien desata,
quien bien quiere tarde olvida.

Estribillo: Si te encuentro en la calle
me lo tienes que dar,
el tacón de la bota,
para taconear.

Jota: ¿Qué cuidado me da a mí
que tu madre no me quiera?
Estando el vino barato,
siempre voy a media leña.

Estribillo: ¡Ay, que sí que sí
ay que no que no,
que esta serranilla
me la llevo yo!
Me la llevo yo
me la he de llevar,
sino por la noche
por la madrugá.

Malagueña: voy con mi malagueña
siempre malagueñeando,
que por una malagueña,
vivo en el mundo penando.
Si me tuviera muriendo
Y sintiera una guitarra,
me levantaba corriendo
y malagueñas cantaba.
Esto lo cantaba mi padre, mi madre y mi abuela pero cantado de verdad con una música apropiada y bella y se cantaba no por divertirse, sino como una manera de recordar la pasión del Señor.

Y también en Semana Santa, en la “bolea”, que así le decíamos porque allí jugaban los mozos a los bolos, en la explanada, como ya otras veces te he dicho, mi abuela, mi madre, mi tía Franciscas y todas las mujeres del Soto más las que acudían de los cortijos del alrededor, a las tres de la tarde, se juntaban en la bolea y allí se rezaba el Vía Crucis. Dirigido siempre por mi abuela. Y cuando mi abuela no podía porque estaba en Hornos con mi abuelo, lo dirigía mi madre con su libro y el crucifijo que ya algunas veces te he enseñado que todavía conservamos en la familia como reliquia. Me acuerdo que de cuando en cuando, en las estaciones se cantaba una estrofa de las siete palabras. Y cuando llegaba el momento de las tres caídas del Señor, cuando tocaba rezar esa estación, se arrodillaban y besaban la tierra. La bendita tierra de mi pueblo de Hornos que es más que santa por esto y otras muchas razones.

Allí la Semana Santa era devota de verdad y de corazón hasta el extremo de que en el campo se rezaba y se vivían estas fiestas con el amor que les pertenece. Luego llegaba el Domingo de Resurrección y venía la alegría para todos los que poblábamos la Vega.

También en mi cortijo del Soto se hacía la consagración a la Virgen del Carmen todos los sábados y de noche a la luz del candil. Con un devocionario Carmelitano muy antiguo que había en mi casa. Por turnos, cada sábado lo leíamos uno de nosotros y según nos iba tocando mi abuela, mi madre, mi hermano Cesáreo, mi hermano Ángel y yo, aunque chiquitilla, también leía cuando me tocaba. La devoción a la Virgen siempre estuvo muy enraizada en mi familia.

Cantinuará…

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