3.16.2007

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-9

LAS LUMINARIAS

- Y de las luminarias ¿qué me dices?
- En la fiesta de la Inmaculada, las mocicas y los mocicos, que le decíamos nosotros, íbamos a por romero. Hacían unos haces de romero que se los cargaban a las espaldas y no podían con ellos. Mis primas Ramona Muñoz Lara y Virginia Franco Manzanares, se echaban a cuestas unos haces casi tan grandes como ellas. Y mis primas, Ramona, parecía una rosa blanca y Virginia una rosa encarnada, envueltas de romero porque las dos eran muy guapas. Y las niñas así más pequeñas como yo, de tallicos tiernos, nos hacían los mayores unos hacecicos de romero y acuestas... con nuestro romero. ¡Armábamos allí unas acinas de romero...! Y en la era, que estaba al lado de arriba del camino real, el cortijo de mi Soto, el camino real por medio y por encima la era, encendíamos unas hogueras que daba miedo. “Viva la Inmaculada Concepción”. Y jugando a la rueda en torno a la luminaria. Tos a coro: “¡Viva!”. Cogíamos otro brazado de romero, a la hoguera.

Luego, la segunda luminaria se hacía, por Santa Lucía. Cuando echábamos el romero al fuego: “Santa Lucía bendita, que nos guardes la vista”. Y venga bailar alrededor de la hoguera. La otra, en Navidad. Con las zambombas y con los almireces, cantando aguilandos. Todo en la era. Si estaba lloviendo, nos juntábamos en casa de mi tío Ramón o en mi casa y echábamos una lumbre grandísima de troncos gordos, que leña había de sobra y allí nos juntábamos a comernos las tortas, los mantecados caseros, higos pasaos, nueces almendras... lo que daba el terreno. La siguiente luminaria se hacía el día de los inocentes. Una más, para año nuevo, el día de los reyes, otra para la Candelaria.

Y el día de San Antón, que era el patrón de los animales, con troncos de árboles rajaos, los ponían así. Luego otro más chico y otro más chico hasta construir un castillo. Ponían mesas y artilugios para irse subiendo los hombres y unos a otros se iban dando los leños hasta que hacían los castillos como torres e iban subiendo para riba, para riba. Cuando ya no alcanzaban a poner con las manos, se subían un hombre encima de los hombros de otro y seguía poniendo. En los cortijos había como competencia. A ver el cortijo que hacía el castillo más alto. Por la noche se le pegaba fuego.

El que se le había puesto una vaca mala y San Antón se la había curado, “Yo ofrezco una arroba de vino”. Allí estaba con su arroba de vino. Otro llevaba nueces, higos, otro sacaba chorizo, morcilla y la bota que va y viene. “San Antón bendito, que no me malpara la marrana”. Cuando ya se ponía todo hecho ascuas se hundía el castillo y quedaba en la era un montón de brasa. Mientras podían aguantar, junto a la lumbre estaba todo el mundo. Mi padre tocaba la guitarra muy bien y todos los del cortijo bailando. El “suelto”, que es lo que se bailaba en el Valle. Las jotas serranas y el suelto alrededor del castillo de San Antón. Fíjate, sin cines, sin televisión ni radio, que convivencia más humana y bonita. Nadie se enfadaba.

- ¿Y lo del saco de nueces?
- Fue una de aquellas noches de San Antón. Mientras estaban los mayores en la era con su bota, alrededor de las ascuas y gritando: “Viva San Antón...” Como no nos daban vino, todos los niños y las niñas nos metimos en casa de mi tío Ramón en busca del saco de nueces y decíamos: “No nos dais vino, ya nos buscaremos otra cosa”. Nos metimos donde guardaba mi tío el saco grande de nueces. Lo rompimos y los chiquillos nos comimos la mitad de las nueces. Al otro día se encontraron las cáscaras. Los autores de aquella travesura fuimos, mi prima Francisca, compañera inseparable de juegos, los nietos de mi tío, todos los otros primos y yo.

Cantinuará…

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