10.10.2008


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papel a todo color, en estos dos sitios:
ENSUEÑO DE CRISTAL
y también aquí:
El río Borosa en fotos


Las fotos que se muestran en el presente trabajo fueron hechas con una cámara analógica, hace más de 20 años. El parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, fue declarado parque como tal, en el año 1986. Por esas fechas y algunos años después, fueron hechas algunas de las fotos que pongo en este libro.

Quiero decir que, algunas de estas imágenes, no tienen mucha calidad. La tecnología de aquellos años era otra a la de hoy y el material se ha deteriorado mucho. Pero aun así he decidido reunir una sencilla colección de estas imágenes y narrar con ellas la pequeña historia que sigue a continuación. Aquellos eran otros tiempos donde, muchas de las cosas en estas sierras, presentaban una dignidad distinta a la de hoy y por eso se veían con otros ojos.


Índice

Paisajes de cabecera
Por donde la laguna y Aguas Negras
Salto de los Órganos, cordillera de las Banderillas
Salto de los Órganos hasta el Charco de la Cuna
Algo de flora y fauna


El río en su tramo bajo antes de entregarse al Guadalquivir

El río en su tramo medio por donde ya se remansa en la Laguna de Valdezares en un juego de luz, verdes y azules. Las aguas se van reuniendo y algo más abajo ya formarán el cauce que irá poco a poco creciendo. Una tarde otoñal por la cristalina laguna.

El río en sus primeras aguas por la ladera norte del pico Empanadas. Manan por la Cabrilla y corren un poco por Rambla Seca para filtrarse y volver a brotar por el manantial de Aguas Negras. En la foto Rambla Seca por debajo de la Cabrilla y el pico Empanadas al fondo.


Viento y luz, nieve y silencios; llanuras donde los espacios se agigantan y las soledades se ahondan bosques de sombras que se estiran dibujando caprichos y más caprichos y arroyos limpios, pequeñitos y frágiles que se ocultan y brotan; ensueños de noches en calma donde sólo caen copos con días de sol y lluvia; amaneceres azules y estrellas de hielo, así son las cumbres que dan vida al RIO BOROSA.

El frágil río niño
que sólo juega y juega sin dejar de caer besando rocas y arena; es hermano pequeño del Guadalquivir que llora y compañero de bosques donde los madroños enrojecen en otoño por las cumbres de montañas recias y frías. Este es el Borosa, el último río transparente por los rincones del Sur que aún surca las sierras y retoza a sus anchas en remansos y recodos, lejos todavía del mundo humano, y limpio, limpio como ya no hay cauces en el Planeta Tierra.

¡Oh! Río de montaña
con carne de nieve
y sabor de viento,
¿Por cuánto tiempo aún
seguirás cristal?

Grácil río de cumbres
con alma de granizo
y corazón de luna,

qué bello eres
y qué gozo das;
tú río blanco
que lento te vas
¿Por cuánto tiempo aún
Seguirás cristal?


A continuación te presento una breve selección de fotos donde se recogen algunos de los paisajes, que de alguna manera, forman parte de las cordilleras, cuencas, barrancos y corrientes del río Borosa. La idea fundamental es sólo mostrar algunas de las incomparables bellezas de otro rincón más de este Parque. Sin duda que se puede hacer distinto y mejor. Más científico y con otras imágenes diferentes, pero eso queda en la libertad y el gusto de otros. Yo te lo presento de la forma que he sabido hacerlo y que más me llena.


ALGUNOS DATOS. El Borosa en su comienzo o parte alta del cauce, recibe el nombre de Arroyo del Infierno, Río Valdeazores y Valdecazorilla y finalmente río Borosa. Por encima del Salto de los Órganos se remansan las aguas de la Laguna de Valdeazores y el Pantano de La Feda. Junto a éste último brota el caudaloso manantial de Aguas Negras.


Este río tiene quince kilómetros de recorrido desde su nacimiento hasta la desembocadura en el Río Guadalquivir. La extensión de su cuenca es 137 kilómetros cuadrados. Su compañero, algo más abajo, el río Aguasmulas, llamado en otros tiempos "Arroyo del Hombre", sólo tiene nueve kilómetros de recorrido y su cuenca no sobrepasa los 29 k2. El río Borosa es el primer cauce con entidad que recibe el Guadalquivir a unos 35 kilómetros del nacimiento de este último. El Borosa recibe aguas de La Sierra de La Cabrilla, parte de los Campos de Hernán Pelea, cordillera del Pico Calarilla y Banderillas cuyas robustas y rocosas cumbres, son partidas por el centro por las aguas del río que nos ocupa, justo donde se ha originado el hermoso Salto de Los Órganos.

El río Borosa corre desde el sur al noroeste encontrándose casi en el centro del Parque Natural; atraviesa los más bellos parajes y bosques autóctonos de estas sierras. En él abundan las truchas aunque es coto intensivo. Lo recorre una pista forestal desde la piscifactoría hasta la central eléctrica cerca del Salto de Los Órganos y a lo largo de su cauce existen unos doce puentes.


Recorriendo las soledades blancas por las Cumbres de la Sierra de La Cabrilla. El silencio y la proximidad del cielo, embriagan al corazón y el deseo de hacerse juego con el bosque recorre todas las fibras del alma.


Por el barranco donde empieza a deslizarse el Arroyo del Infierno, los pinos laricios forman frágiles bosques. Estos árboles son los que alcanzan mayores cotas en todo el Parque. Frente a la cumbre de las Empanadas.

Recorriendo las soledades blancas por las Cumbres de la Sierra de La Cabrilla. El silencio y la proximidad del cielo, embriagan al corazón y el deseo de hacerse juego con el bosque recorre todas las fibras del alma. Ya en las cumbres, la dureza del clima los va destruyendo poco a poco. Impresionante visión donde la paz y los silencios son limpios y hondos como la luz y la brisa.

CAMPOS DE HERNAN PELEA. La gran extensión de esta llanura a casi 1500 m. y antigua laguna, la llena de mil secretos y contrastes. Por Cañada Pajarera y Arroyo del Infierno se deslizan muchas de las lluvias y nieves caídas por estos lugares. Por un lado Nava de Paulo y por el otro el desierto hasta las cumbres de Las Banderillas.

Por Pinar Negro, en Los Campos de Hernán Pelea, abunda el pastoreo; la famosa oveja Segureña. Las soledades del paisaje bajo la dureza del verano. Por estas zonas el agua se hunde por las dolinas y brota en los ríos Seguras y Aguasmulas. Cumbres del Pico Banderillas y a la derecha los famosos Campos de Hernán Pelea. Paisajes por la cumbre del Pico Calarilla en la altiplanicie donde empieza a formarse el Arroyo de los Órganos.
ALTIPLANICIE DEL CALARILLAS. Desde el pico Calarilla, pequeñas llanuras y pendientes donde las aguas comienza sus andaduras buscando los cauces de Valdecuevas, Guadahornillos y el río Borosa. Al fondo el Banderillas y los Campos de Hernán Pelea hacia la derecha.El famoso e impresionante Puente llamado de Guadahornillo al comienzo de la Cordillera. Aquí nace el Arroyo Guadahornillo, más abajo llamado de Las Truchas y que es el más importante afluente de nuestro río Azul: El Borosa. Para la otra vertiente corren los Arroyos de Valdecuevas y Valdetrillo; dos bellos cauces que llevan sus cristalinas aguas al río Guadalentín después de atravesar estrechas gargantas y Navas tan bellas como la de S. Pedro.Hermosa llanura en lo más alto de la cordillera del Calarilla y que yo llamo Nava de las Mariposas por su abundancia en este lugar. Por el Barranco de Las Iglesias todo sorprende. El bosque se enreda en las rocas de las cumbres y las rocas besan las estrellas. Grandes paredes saludan desde lo más alto. Desde estas pendientes el agua busca el cauce de Arroyo de Las Truchas. Rocas rotas por el frío, las lluvias y el viento.Casa forestal de Roblehondo. Hoy está deshabitada allá donde la paz llena los barrancos sin otra compañía que los hondos silencios, el canto de los pájaros, el rumor de la lluvia y el frío de las nieves. Algo más abajo corre el famoso Arroyo de Las Truchas por entre espesos robledales y madroñeras.Junto a la pista forestal que desde Linarejos avanza para recorrer esta zona hasta el río Borosa, estos plegamientos rocosos en lo hondo del Barranco. Vista de la Campana desde Puerto Calvario. Barranco de Roblehondo. Robles y encinas por Roblehondo. Arcerales por el Barranco de las Iglesias.EL ARROYO DE GUADAHORNILLO Y DE LAS TRUCHAS. Este es el bellísimo cauce Guadahornillo a su paso por el puente cerca de la casa antes descrita. El mismo arroyo ya por las partes bajas, cerca de la desembocadura en el Borosa. Después de atravesar el espeso bosque de madroños, durillo, brezo, robles y pinos que cubre toda la zona por Roblehondo, el limpio cauce, semejante a viento, remansa poco a poco, sus aguas sin dejar de bajar al encuentro de su río. Ya no tan alocado como en sus primeros tramos sino remansado y escurridizo por entre piedras, recovecos, y cascadas; se viste de luz como preparándose al abrazo con su compañero de cumbres. En las fotos, nuestro cauce muy cerca ya del río.Lechos de piedras y agua del Arroyo de las Truchas en sus zonas bajas.ARROYO DE VALDEAZORES. Justo en el Collado Bermejo comienza a tomar forma este arroyo. Por el barranco baja la pista forestal que lleva a la Laguna y junto a ella, desciende el cauce. Un aspecto de este arroyo casi en la misma cañada cuna de su nacimiento.Antes de llegar a la Laguna, después de unas curvas donde las rocas y el bosque se agigantan, entre zarzas, sombras, peñascos y oscuridad de las umbrías, el Arroyo de Valdeazores regurgita sus aguas de las entrañas de la tierra. Este es en realidad el nacimiento de este arroyo.Así brotan las aguas de este nacimiento; de una pequeña cueva entre rocas y enseguida caen al cauce mayor. Salen cristal y frías como hielo, pero dejando vida en el musgo agarrado a las piedras y esparciendo música por la soledad del barranco. Quizá este lugar podría ser uno de los puntos o fuentes donde deberíamos situar el letrero de NACIMIENTO DEL RIO.

LAGUNA DE VALDEAZORES. Esta es la tan sonada Laguna de Valdeazores vista desde lo alto de Los Castellones de Los Ríos. En lo hondo de las sierras, entre bosques de pinos y rocas, como si de un espejismo se tratara, el agua se remansa plácida para que el cielo se recree y las aves la surquen. Desde cerca la Laguna se ve rodeada de pinares, juncos por donde los patos nadan y viven a sus anchas, orquídeas y otras mil flores y plantas propias de estos lugares. Desde cualquier ángulo de sus bordes, cualquier día es bueno para gozar las azules transparencias de estas aguas.Siempre destella con el color de los bosques y cielos que le rodean, siempre es luz y siempre se mece con la suavidad del viento. Escondida entre soledades, rocas y pinos, es todo un ensueño.
JUEGOS DE LUZ, REMANSOS DE PAZ. ONDULACIONES AZULADAS, VERDES O GRISES, COMO si el viento mismo, al bajar de las cumbres, se quedara, embalsado entre juncos. ETERNIDAD, LUZ, COLOR Y BELLEZA. Un día nublado; las aguas se remansan tibias besadas por la placidez y el silencio. Las nubes negras se reflejan en los bordes y la luz blanca, hermosa emerge del centro.El cielo limpio, teñido de azul, surge por las cumbres. Las aguas sangran azul, verde y oro como si brotaran del sueño del misterio. Es la belleza sin nombre. A media mañana; el cielo a rato está nublado y a ratos no. La laguna se despliega en un sueño de fantasía. Por su centro pasa el azul del cielo escondiéndose en algodones blancos, por sus bordes juguetean las rocas y los pinos. Se va yendo la tarde. De los arroyos de viento la laguna brota esmeralda y tiñe sus bordes de transparencias celestes. La tierra roja de la orilla y los pinos de las cumbres la miran absortos. En esta foto se ve un aspecto del cauce del río Valdeazores recién salido de la laguna y camino ya del Pantano de la Feda. Al fondo el Picón del Haza. Y por la noche, cuando silenciosa y solitaria, la luna recorre las sierras llevándose en sus rayos las esencias del espliego que brota en los ríos, la laguna abre su alma y rasga sus venas para que la transparencia de la luz se le cuele dentro. El gozo le sube corazón arriba y al llegarle a la cara se esparce en un mar de plata y viento. El JUEGO ABSURDO DE LOS HUMANOS. Junto a las aguas de esta laguna existía este bello refugio construido en tiempos remotos y derribados hace poco y quién sabe si será de nuevo levantando como otras muchas cosas en este Parque. CUNA DEL EMBALSE DE LA FEDA. Desde más arriba del manantial y el mismo cauce del arroyo, se contempla esta panorámica. Embalse de la Feda y desfiladero por donde se va el río Borosa. Al fondo Peña Corva y el Pedro Miguel.Otro remanso más de cristal entre paisajes de alta montaña e impresionantes paredones rocosos. Este es el Embalse de La Feda en medio de cumbres, silencios y bosques. Sin duda que este rincón sería más bello si los humanos lo hubieran dejando como el Creador lo modeló. Esta es su boca; se abre recia cual monstruo pétreo que duerme eterno y regurgita sangre con destellos de oro y nieve. Surge fría como el hielo líquido, pero tan limpia que de no ser por las algas negras y verdes de las rocas, seria imposible verla. Es el capricho obra maestra de estas sierras. EL MANANTIAL DE AGUAS NEGRAS. Aprisionado por rocas y oscuridades, surge furioso y encajonado se desliza por la garganta. Es como un rumor de mil sueños atropellándose entre espumas y olas.

En otros tiempos este rincón era un delicioso pequeño paraíso. En estos tiempos, los que por aquí un día y otro venimos, hacemos mucho daño. Siempre he pensado que, la naturaleza, para que conserve su frescura, transparencia y belleza eterna, lo mejor es ni rozarla. Pero nuestro afán es siempre el de aprovecharnos de la virginidad, luces y colores que la naturaleza irradia y esto, muchas veces, acaba en desastre. Un trozo del Pantano de la Feda en el lado derecho que es por donde le entra el cauce que viene de la laguna, algo más arriba. Margen derecho de este mismo pantano por donde le llegan las aguas que bajan por el Arroyo del Infierno y el Manantial de Aguas Negras. Al fondo, los Castellones del Valle. En la foto se ve el muro del embalse descrito más atrás tomado desde el río Borosa según se sube y una muestra de los paisajes que le rodea. EL RIO BOROSA comenzamos ya el recorrido de este cauce a partir del Pantano de la Feda hasta la piscifactoría, un poco antes de la desembocadura en el Guadalquivir. En la foto el gran escalón cortado en la cordillera, famosa cascada conocida por El Salto de Los Órganos.Un trozo de la cordillera de Las Banderillas y Calarilla por donde el río la corta en dos. Es el barranco Salto de Los Organos. La nieve, el agua y el viento han ido formando mil repisas, agujas y recovecos. Cuerda de las Banderillas con el Castellón del Haza.

Algo más abajo las fantasías rocosas se asemejan al mundo de los sueños. Curvas, repisas, cornisas, galerías, remansos y mil figuras entre nieblas, destellos de fuego, algas, sombras, perfume de monte y silencios eternos. Por debajo del Salto de los Órganos y entes de la Central eléctrica. Ya en lo hondo, dejado atrás el gran escalón, antes nosotros, señales humanas: casa de máquinas de la central eléctrica movida por el agua del pantano, unos dos kilómetros más arriba.El río, la central y el agua saliendo de las turbinas. ¡Qué pena que los hombres se hayan instalado aquí con sus progresos y sus historias, justo en la cabecera donde el río empieza a tomar cuerpo y comienza a ser bello! Desde uno de los muchos remansos limpios algo más abajo de la casa de máquinas, se puede gozar de la imponente sierra que el río ha cortado y ya va quedando atrás. Las rocas junto al río, lavadas por las lluvias y la corriente, con la desnudez de sus plegamientos. Pero a pesar de la dureza para la vida las encinas clavan sus raíces en la poca tierra que aún queda sobre la ladera. El cañón por donde se desliza el río y despide poco a poco de sus cumbres. Baja cortando cerros y rocas como si, desde el momento en que nace hasta su final en el Guadalquivir, esta fuera su vocación. El cauce por donde el agua cantarina ha trazado su camino en un amoroso juego entre naturaleza que se estira y enriquece al tiempo que da vida y esparce belleza. Este limpio charco está junto a uno de los puentes que cruza el río. Y a veces los niños humanos juegan por la rivera del cauce atraídos por la bondad del agua transparente. Los juncos y el bosque verde y azul ponen marco al que es el juego más bello bajo el sol.

Lavando las manos en el cristal del río en un descanso de la ruta. Por encima, el puente atraviesa al río por uno de los más bellos parajes. Las aguas se visten de bosque y cielo.

Junto al cauce y por entre el monte, caprichosas formaciones calcáreas. Son las huellas de las lluvias y el tiempo, trozos de eternidad entre las nubes y el cielo.El barranco al borde del cauce por donde los hombres pasaron con sus máquinas destruyendo y rasgando para abrirse camino a pesar de todo.De nuevo el cauce deslizando su azul cristal mientras entona su canción de arroyo que se hace río y lava la piel de las rocas. Colgados en la torrentera los pinos se miran en los charcos mientras la arena asfalta el lecho para que el líquido pase.La Cerrada de Elías abre sus entrañas para dar paso al río amigo y saltarín que baja de las cumbres y al llegar aquí se transforma en espuma. Este es el traje de gala con el que se presenta ante la noble y señorial cerrada. Pequeño chorro al comienzo de la Cerrada de Elías subiendo por el cauce como una muestra del mimo con que los humanos, en otros tiempos, trataban a la naturaleza.Por los grandes paredones rocosos de la Cerrada de Elías crece la Pingüicula vallisnerifolia; curiosa florecilla entre blanca y violeta adaptada perfectamente a las rocas calizas, la sombra de la cerrada y la humedad que por las paredes se filtra. Es insectívora y abunda por muchas zonas de este Parque.Algo más abajo al camino que sube río arriba, se le une otro que viene por el oscuro barranco de Roblehondo. Al frente, hermosos plegamientos de viejas rocas entre madroñeras y pinos. Por el surco del cauce el agua se mece en los remansos para reflejar trozos de cielo y mil tallos de juncia. Con el último beso de las cumbres grabado en su invisible alma, decidido y siempre enredado en su juego, ya retumba ancho y robusto en busca del Guadalquivir que le espera algo más abajo. Ya es rey, ya se aleja de sus cumbres, ya se esconde tras los tarayes como un río adulto. Sus bosques se alzan para decirle adiós y el lecho se le abre para dejarle paso. Ahora es cuando sus aguas se acrisolan cual cristal de nieve y viento tallado en las cumbres, filtrado en los manantiales y en las cascadas y reposado en los charcos. Y aquí está; en su cuna de rocas entretejida de madroños y brezo. Fue diseñada en la noche de los tiempos cuando aún los humanos no sabían hablar y con primor, los siglos la modelaron sólo para él. PARA EL RIO NIÑO, QUE DESTILA VIENTO Y ACARICIA ROCAS. Es conocida por La Cuna del Borosa. Una curva más abajo las aguas se remansan en lagos azules como queriendo detener su marcha para no irse de las cumbres por donde unos días atrás, corría en alfombras azules y en copos niños. Es el último beso de cristal en forma de reflejos limpios a sus compañeros los pinos, a su amigo el viento, a su amada la Violeta de Cazorla y a las silvestres higueras que le quieren. Si en la Cuna del Borosa se besan las aguas que vienen de la Laguna y las que bajan de la zona de Roblehondo por el Arroyo de las Truchas, algo mas abajo también se besan con él las aguas que brotan de esta fuente de plata. Por si le faltaba limpidez dos chorros más como regalo. Pero unos metros más abajo, donde el río ha querido construir su última maravilla caprichosa antes de juntarse con el Guadalquivir y donde en un charco y cuatro rocas se concentra y resume toda la luz y belleza de este río, los humanos le salen al encuentro para romperlo y ensuciarlo. Aquí está el primer cemento. Oh río celeste que sabes a miel y te derramas bello para recreo de nuestras almas, tan frágil eres, que ahora siento pena. Si pudiera hacerme agua en tu cristal y fundirme en tu sangre para eterno quedarme contigo, si pudiera, oh caño de luz, hacerme viento en tus montañas para, día y noche gozarte eterno; ¡oh río pequeño, maravilla de agua y escultura caprichosa de la creación, si aquí entre tus charcos pudiera dormirme ya; ¡oh río niño, oh río bello! Por los alrededor de la Laguna de Valdeazores, entre los bosques de pinares y robles que cubren los cerros, pueden verse troncos como este. Impresionante esqueleto de pino laricio pudriéndose entre el monte. Otros gigantes del Parque clavan sus negros troncos en las oscuridades de los barrancos o en las cumbres de los cerros. Este es el caso de los centenarios robles por Roblehondo y Puerto Calvario.Por el río Valdeazores los gigantes clavados junto al cauce, estiran sus brazos buscando la luz del sol. Ya son tan viejos que el musgo le sube por el tronco agarrado a la corteza como si en un pacto de amistad quisiera arroparlo para que no se le escape la poca vida que le queda. Y Por Roblehondo hasta los nogales han crecido a sus anchas y en paz.

Pero el gigante por excelencia entre todos los árboles del Parque, es el tejo. No es ni más alto ni más recio que los pinos laricios, pero su edad sí es milenaria. Reguardado entre las rocas junto al cauce del río Valdeazores, consumen sus últimos días lleno de dignidad y orgullo. Es el noble entre los nobles del bosque y el anciano sabio que guarda los secretos más antiguos.

Las orquídeas es uno de los grupos de flores más amplio de estas sierras. Junto a las corrientes de los ríos viven muchas de ellas como la robusta y bella Orchi maculata del río Borosa. Al comienzo de la primavera nacen entre las juncias y los juncos. La violeta adorata se da por todas las zonas de este parque en lugares húmedos y sombríos. En la cuenca y cauce de este río puede verse con facilidad. Lo que ya es más difícil encontrar en los cauces de este Parque es este cangrejo del río. Vive en las limpias aguas de la Laguna de Valdeazores, pero ¿Por cuánto tiempo? La trucha de arco iris surca las corrientes claras de este río como símbolo visible de la pureza y frescor de estas aguas. Y en el grupo de los coleópteros, mariposas como la Gran pavón también es posible encontrarla en algunos parajes del Parque. La bella Niña andaluza es abundantísima.Toda la imponente cordillera de Las Banderillas y Calarilla está repleta de manadas de cabras monteses como la que podemos ver en la foto. Y por las praderas de las altas zonas, los gamos y muflones llenan de paz las cumbres y viven a sus anchas. Los buitres leonados surcan las cumbres de estas cordilleras en espera de encontrar algún cadáver como pronto será la vieja hembra de muflón que vemos en la foto por entre las rocas del Salto de Los Órganos.Esta es la hembra del muflón.Detalles del mirlo acuático.Antes de que estas sierras fueran declaradas Parque Natural, en las aguas de este río, era muy frecuente ver tanto al mirlo acuático como a otras avecillas, flores y animales. La lavandera cascadeña, el mirlo acuático y el martín pescador son tres especies que en otros tiempos fueron muy abundantes en el cauce del río Borosa. Ave muy ligada a este río pero en peligro.La humilde y bella Violeta Adorata. Y la Aguileña de Cazorla.Narciso Longuispatus presente en la cuenca de este río. Tulipán del Sur por la sierra de las Empanadas.
Lirio español, también muy vistoso y presente en muchos rincones de la cuenca de este río.

ENSUEÑO DE CRISTAL RÍO BOROSA




ÍNDICE
Al Puente de los Caracolillos
Al Vado de los Rosales
A la Cerrada de Elías
A Huelga Nidillo
Al Salto de los Órganos
Al muro del Embalse de la Feda
Al Collado del Picón de Haza
La fragancia eterna
Algunos nombres por la zona



La ruta que se describe en el texto que pongo a continuación, está elaborada en una versión literaria y siempre matizadas desde lo más hondo del alma para que la fragancia eterna que de la sierra mana fluya y aparezca y así no sea sólo recorrer los paisajes por el deseo de conocer rincones nuevos y coleccionar senderos, fotos, experiencias...


GRANDES RUTAS
POR LA SIERRA PROFUNDA. Río Borosa

Piscifactoría, Cerrada de Elías, Salto de los Órganos,
Túneles, Nacimiento de Aguas Negras, Lagunas,
Collado del Haza, Cortijo del Haza. 16- 5 - 98.
Carril y vieja vereda. Andando.


La distancia

Tomando como punto de partida la cadena que corta la pista en la piscifactoría y la meta final en el Nacimiento de Aguas Negras, las distancia a recorrer, en ida y vuelta, son de unos veintidós kilómetros. Si se incluye la subida al Collado y cortijo del Haza y a la Laguna de Valdeazores, unos cuatro kilómetros más.


Desde la cadena al Charco de la Junta: 1 Km.
Al puente de los Caracolillos: 2 Km.
Al Vado de los Rosales: 3,3 Km.
Desde la cadena a la Cerrada de Elías: 4 Km.
Desde la cadena hasta la Central: 7,5 Km.
Desde la central hasta el embalse: 3 Km.
Desde el embalse a la Laguna: 1 Km.
Desde el canal al Collado del Haza: 0,8 Km.
Sendero de la Cerrada de Elías: 1 Km.

El comienzo de esta ruta se sitúa sobre unos seiscientos cincuenta metros y va discurriendo entre los novecientos a mil para alcanzar los mil trescientos metros, poco más o menos.


El tiempo

Dependiendo del ritmo o las paradas y contando que se van a recorrer las rutas a la Laguna de Valdeazores y la del Collado y cortijo del Haza, el tiempo empleado puede ser de ocho a nueve horas, desde la salida hasta la vuelta. Una jornada muy completa y de aquí que, en épocas de pocas horas de luz, nos falte día por arriba y por abajo.

El Camino

Desde la entrada a esta ruta por la pista que recorre el río Borosa hasta la casa de la Central Eléctrica, siete kilómetros y medio, es una pista forestal de tierra en buen estado, excepto los charcos y el barro en los días de invierno. Para recorrer la grandiosa Cerrada de Elías, en el Vado de los Rosales, se desvía una senda que se interna por el mismo cauce del río y después de atravesar varios puentes y luego la hermosa cerrada, se une otra vez a la pista por la parte de arriba. Tiene este sendero como un kilómetro.

Desde la casa de máquinas sube una senda, buena a tramos y más estropeada en algunos trozos, que asciende siempre pegado al curso del río y va ofreciendo pequeños miradores naturales sobre las grandiosas cascadas y los profundos charcos azules y transparentes. Para salvar el gran desnivel del Salto de los Órganos, gira hacia el levante y después de elevares por entre las tierras de una pendiente repisa que se encaja entre dos grandes voladeros, se interna por los túneles para coronar a la parte alta del Salto de los Órganos. Da una gran curva siguiendo siempre el borde del canal que recoge el agua para la central, atraviesa otro túnel menor y ya descansa sobre el muro del primer embalse.

Desde este punto la senda sube al nacimiento de Aguas Negras y luego continua hasta la Laguna de Valdeazores y desde ahí sigue ascendiendo en pista forestal hasta coronar el Collado Bermejo. Un delicioso recorrido que no tiene más dificultad que su gran distancia, puesto que los caminos son buenos y los paisajes esplendorosos.

Para subir al Collado del Picón del Haza, entre el primer y segundo túnel, hay que girar a la izquierda, si subimos por el río, y por entre monte de bujes y escaramujos, en una pendiente repentina pero muy bella, coronamos a las tierras de este grandioso collado. Desde aquí mismo ya se ven las llanuras donde estuvo el cortijo y todo el esplendor de la grandiosa cuerda de las Banderillas, con el Cinto de las Higueras, Castellón del Haza de Arriba, Tranco del Perro, el Fraile de las Banderillas, Collado de Roblehondo y el Calarejo de los Nevazos. Esta enorme muralla rocosa es la que da origen al gran río Borosa y los espléndidos saltos de agua que los conforman.


El Paisaje

Nada más arrancar, a la derecha, nos sorprende el grandioso Charco de la Cuna, siempre rebosante de azul y las cascadas saltando los muros de las placas rocosas. Una entrada al río llena de sencillez pero majestuosa por la estrechura de la cuerda que el cauce por aquí ha cortado y las dos laderas tan repletas de vegetación y en su profundo silencio.

Unos metros y el claro chorro de la Fuente de los Astilleros, nos saluda con otro encuentro agradable mientras la corriente del río comienza a darnos compañía por la derecha. El camino sube bastante bien y llano y en una primera curva, por el lado derecho se nos cuela la preciosa cascada del arroyo de Las Truchas que salta limpia y se derrama en el azul Charco de la Gracea. Por arriba se abren las profundidades del largo barranco de Roblehondo y un poco al frente y en este mismo lado, la gran cuerda del Castellón del Moro que durante un largo trecho nos irá acompañando.

Por la izquierda se nos levantan las laderas de la Cuesta del Topaero, todas ellas pobladas de romeros, carrascas, madroñeras casi milenarias, durillo y mucho lentisco enredado con las hiedras que se agarran a las grandes rocas calizas que por un lado y otro afloran. En un día como el de hoy y después de lluvias intensas, de estas laderas chorrean caños de aguas limpias que se adornan con las florecillas abiertas y el canto de muchos pajarillos.

En el primer puente que da paso a la pista hacia el lado derecho y es justo donde se aparta la que sube para el barranco de Roblehondo, al lado izquierdo, los caprichos de las rocas nos saludan enredadas entre el monte y curvadas en forma de uve invertida. Son las blancas rocosas que por aquí ha ido cortando la corriente y al quedar al descubierto muestran dibujos realmente bonitos. Anticlinales que parecen dibujos realizados en el desorden y libertad más limpia y de ahí su gran belleza. De este fenómeno tectónico es de donde le viene al puente su nombre. El de los Caracolillos.

Mientras el río ahora nos sigue acompañado por la izquierda, en un juego dulce de olas, charcos y cien rocas lavadas por las aguas, por el lado de la derecha nos aplasta la grandiosa vegetación que chorrea desde la misteriosa ladera que nos corona. Es este uno de los bosques más bellos de todo el parque por estar todavía poco alterado y guardar entre, su espesura, las mejores sabinas, enebros y madroñales, encinas y robles que se dan en todo el territorio.

La travesía de la Cerrada de Elías, sí es por la mañana y cuando todavía hay poco personal por aquí, resulta un momento de profundo placer por la frescura que desprende la vegetación que la arropa, los mágicos charcos que en el río se remansan, las blancas cascada casi de juguete, las peñas depositadas en el surco del río y las bellas laderas que a un lado y otro nos escoltan. La misma cerrada, con sus rocas repletas de florecillas, helechos, caños de agua que rezuman por cualquier grieta y la corriente del río entre remansada y violenta, nos deja una grata impresión de limpieza y gozo sobre el espíritu.

Ya saliendo de la cerrada y otra vez por la pista, mientras no dejamos de cruzar puentes que nos van dejando a una orilla y otra del río, empiezan a darnos compañía los grandes picos rocosos que sobresalen desde la cuerda de las Banderillas. El Puntal de la Cerrada y la gran solana de Roblehondo de los Villares, por el lado izquierdo con las morras. Por el lado derecho, el picón de la Lancha de los Pinos y al poco, nos metemos en otra de las impresionantes cerradas de este mágico río Borosa: Cerrada de Puente de Piedra y a continuación la pequeña llanura de Huelga Nidillo que nos sale al paso por el lado izquierdo y donde todavía se pueden ver las higueras que sembraron aquellos serranos, las parras y la senda que, cruzando el cauce por un vado de cristal, ascienden hacia el cortijo de Roblehondo.

La Cerrada de Puente de Toba, unos metros más adelante. Dos grandes y profunda gargantas que no han sido adaptadas para introducirse por ellas y por eso conservan toda su belleza primitiva. Al dar la curva, la pista, hacia la derecha para enfilar más recto hacia el sur, una repentina subida, una llanura, las crestas de la gran cordillera que parecen desplomarse sobre nosotros y entre olor de tomillo y mejoranas, la casa de máquina de la central eléctrica.

Se termina la pista y la senda nos ofrecen su mejor amistad para irnos colocando sobre los deliciosos miradores naturales frente a las cascadas y los charcos de este río. Al frente y por la derecha, la gran ladera de la escarpada Lancha de Pilatos y Poyo de los Cerezos por donde se escalonan las rocas y en sus repisas, las milenarias encinas entre pinos y robles. ¡Qué impresionante concentrar la mente en los secretos y bellezas de este agreste monte!

Mientras vamos alcanzando la estrechura del río para enfrentarnos con la cascada final o primera, según queramos situarlo, las praderas de hierba, las oscuras rocas, los enredados bujes y zarzas y las blancas espumas de las aguas nos acompañan de asombro en asombro hasta dejarnos sin aliento frente al escalón y tranco final. La caída de este dulce salto nos refresca el alma al tiempo que nos contagia el ánimo para continuar remontando y después de atravesar los dos túneles, seguir anonadados y aplastados en el asombro. La visión de las plácidas aguas del Embalse de la Feda y los borbotones del manantial de Aguas Negras, nos dejaran hondamente satisfechos y más limpiamente abiertos al infinito y con ganas de gritar un sincero gracias.

Desde este rincón, conquistado no sólo por el placer de conocer sino por la necesidad de descubrir la grandiosidad de la creación de la que somos parte y arte, el horizonte se nos presenta coronado de cumbres oscuras, algunas por la vegetación que cubre las laderas y blancas o color caramelo, otras por las rocas lavadas de nieves e hielos. Siempre arriba, el profundo cielo azul, lleno de nubes con formas de vellones de algodón o negras como la misma lejanía de lo que aún se intuye y no se ve.


Lo que hay ahora

A las ocho y cuarto de la mañana, el sol está un poco remontado sobre el Calarejo de los Villares. Como estos días de atrás, ha llovido tanto, la naturaleza se encuentra empapada y chorreando por todos sitios. Y como ahora está haciendo buen tiempo, por la noche, la hierba y el monte se cubre de rocío y al amanecer, el vapor de agua, empieza a elevarse desde los barrancos, velando todas las laderas y las hondonadas de los arroyos. Es como si fuera una niebla fina que al no tapar por completo, deja transparentar las figuras de las montañas y el disco dorado del sol que se alza. Y al mirar, se ve como un grandioso mundo brumoso que pareciera querer despertar de un sueño profundo y largo sin dejar traslucir cual será el resultado final.

Y el alma se queda embelesada frente a esta mágica visión y tampoco sabe distinguir la realidad exacta y clara del universo que tiene ante sí. Esta es, en toda su amplitud, la sensación que transmite la profunda sierra y la turbación que experimenta el pobre humano que la pisa con el deseo de encontrar y encontrarse para saber, siquiera un poco, cual es el lugar que le corresponde y el trozo que le pertenece. Y lo primero que aprende, en la mañana cálida y hermana, es el sentimiento de humildad, por la pequeñez frente a lo que por los ojos se cuela y la necesidad de pedir perdón al tiempo que agradecer desde lo más hondo del corazón. ¿De quién son estas sierras, sus caminos, sus ríos y sus montes junto con el palpitar de tantos como por aquí vivieron luchando con la tierra y cruzando las veredas?

Son las ocho y media de la mañana. Me pongo en movimiento con el deseo de recorrer los caminos y, algo los secretos, de este río llamado Borosa. En la explanada ya hay algunos coches parados y al verlos pienso que hoy tampoco no voy a ser el primero. Es sábado dieciséis de mayo de mil novecientos noventa y ocho. Es fiesta en Madrid y por eso ayer me enteré que en la sierra, este fin de semana, hay muchas personas.

Está el campo húmedo. Cae agua por las cascadas de la izquierda nada más arrancar por la pista. Si miro, conforme voy caminando, por este lado de la izquierda me queda la primera pared de piedra que voy a rozar hoy. Tiene madreselvas florecidas y muchas matas de lino blanco. Me asomo un poco, por el lado de la derecha, y se ve la cascada de este río Borosa. Hoy el río trae mucha agua y por eso esta primera cascada se ve grande, azul y muy ampulosa. Charco de la Cuna se llama este rincón y al mirarlo, lo que más sorprende en él, son las placas rocosas que la corriente va limando y como todavía no ha podido romperlas, se les enfrentan en forma de pequeños muros que quieren sujetar la corriente. No lo consiguen y por eso el agua se arremolinar, salta, se hace espuma, se quiebra lanzando su lamento de viento herido y al llegar a la parte más honda, se remansa plácida al tiempo que se viste de azul verde y muestra su transparencia más fina.

Podría ser este el puro espejo del humilde río que acaba de bajar de las cumbres. O también podría ser el resumen de la grandiosa sinfonía de donde ha nacido y llega. Podría ser el puñado de esencia que contiene todos los demás perfumes y podría ser el poema redondo y menor que expresa todo lo sustancial y ya no hay modo de poderle añadir ni quitar, porque alcanza la perfección suprema.

La hierba que bordea la pista se ve chorreando de gotas blancas de rocío. Bañado en pura agua que es casi vapor, se ven las matas de las zarzas y las de las cornicabras. Ya va dando el sol por la ladera que me queda frente y a mi derecha. La otra ladera gemela que me queda por la izquierda, al mirarla, descubro que muestra un terreno áspero y quebrado por donde los pinos sobresalen y hasta cuelgan hacia el barranco. Las siluetas de estos árboles y de las encinas, junto con las madroñeras y los durillos, se ve recortadas contra la luz del sol que les llega por detrás, del lado del Calarejo.

En la primera curva de esta pista que recorre el río, es donde se forma la cascada de esta cuna del río. La corriente hoy le entra amplia, alegre como quizá pocos días del año y al rebosar por las rocas que quieren sujetarla, se transforma en espuma que más parece pura nieve. Si lo miro detenido descubro que no es una cascada: todo el río se abre en un inmenso abanico de agua cristal que juega con las piedras mientras se despeña y canta la melodía más dulce de cuantas músicas, los oídos humanos, puedan percibir.

De aquí mismo arranca el canal que coge el agua para la piscifactoría. Hoy tiene tanta que rebosa generosamente. Ya doy la curva hacia el arroyo de Ruejo. Un letrero que dice: “Toma de agua piscifactoría. No bañarse”. Una pequeña represa y al remontar la corriente por encima, se abre en un abanico transparente al tiempo que se riza en encajes primorosos. Lo miro surco arriba y lo veo bajar, todo abierto, suave por algunos tramos y más revolucionada al chocar con las piedras y las raíces de las plantas. Multitud de olas con crestas de espumas inmaculadas y muchas matas que se mecen casi al ritmo de la corriente.

Es esta una mañana muy tranquila aunque creo que por delante de mí, van ya muchas personas. Esto es lo que creo. La tierra del camino como peinada por las corrientes de agua que ayer mismo bajaron por aquí. Y por los indicios, las lluvias han sido abundantes. Miro detenido y no se ven pisadas humanas ni rodadas de coches.

En la misma curva del arroyo Ruejo, se mira al río y se le ve hasta unos cincuenta metros hacia arriba y baja sereno, amplio y todo rebosante. Parece un rey sin que deje de ser espejo y al mismo tiempo el más sencillo de todos los ríos por el privilegio de aguas tan puras. El arroyo me queda a la izquierda con su muro menor de contención para sujetar la tierra que arrastran las corrientes de la ladera y en el mismo centro, cinco o seis agujeros para desaguar y sólo por uno de ellos, sale un grueso caño. La Fuente de los Astilleros vertiendo agua por su caño de hierro y por todas las grietas de las rocas.

Con la pista, la fuente como punto de arranque y el arroyo que lo besa, desde aquí el río se alarga casi recto hacia el arroyo que le entra por el lado derecho. Sin una sola curva al menos en veinte o treinta metros. Antes de la fuente, por la izquierda brota un manantial de entre las raíces de una jara. Toda esta pared rocosa llena de agua y unos metros más arriba, un gran caño cristalino que fluye de la misma tierra y con la fuerza de lo salvaje. Es como si el cerro entero estuviera hueco y en su centro se remansara un gran lago y por estas grietas hoy estuviera echando sus aguas al río.

Pero no caen directamente al cauce mayor, sino a la cuneta por donde corre paralela a la pista hasta encontrar el mejor paso para vaciarse sobre el río. Pasando la fuente, un muro de contención para sujetar la ladera que se está cayendo hacia el río. De aquí mismo y por dos puntos distintos, arranca la senda que viene desde el Tranco del Perro, pasa por las ruinas de la Aldea de los Villares y cae por esta cuesta llamada del Topaero. Es este camino o senda, otra de las profundas rutas que bordeando al río, se llega hasta las más elevadas crestas del Tranco del Perro y de las Banderillas para volcar a los Campos de Hernán Pelea.

Treinta metros pasado la fuente, la corriente baja algo más torrencial, como jugando al esconder con las rocas que sobre el lecho están clavadas y las raíces y ramas de las plantas que en el lecho crecen. Se remansa en charcos no muy grandes ni profundos y al quebrarse el agua, surgen los remolinos y de los remolinos, nacen una y cien olas de crestas blancas. El agua es azul transparente.

En las orillas y donde no llega la corriente, crece mucha hierba que hoy muestra su mejor verde por el rocío que le ha regalado la mañana y la luz del sol que ahora mismo empieza a besarla. Las zarzas están brotadas también y florecidas las retamas con sus flores amarillas oro nuevo y de las encinas cuelgan los zarcillos de trama color oro algo viejo. Las hojas nuevas que ya les han nacido, muestran un tono verde claro para contrastar con las viejas que se tiñen de verde oscuro casi negro. Las madroñeras también estiran sus tallos nuevos, algunos ya de diez y hasta quince centímetros y mucha madreselva con su mejor traje de primavera. Porque la primavera de este año, está siendo y será una de las más esplendorosas que se han conocido por aquí. Todavía el romero conserva algunas de sus flores y los tomillos menudos cuelgan por las torrenteras cargados de diminutas flores rosáceas y blancas.

Pino pequeños y a la izquierda, pues espesura de monte que al mirarlo, agrada mucho porque sus tonos verdes son deliciosos. Contrastan mucho el de las nuevas hojas que ha dejado por aquí la presente primavera con el de las viejas hojas que se tostaron al sol de los veranos pasados. Sobre el lecho del río, aflorando los estratos de la roca que forman como escalones rotos donde al llegar, el agua pierde su serenidad y se distorsiona en arrugas blandas e irregulares. Todo ello y la mañana, pertenecen al mismo juego que me trae este cauce para ir entreteniendo a las mariposas que ya empiezan a revoletear y a los absortos ojos de los humanos que por aquí caminamos en busque de no sabemos qué paraíso perfecto.

Un coche parado con la inscripción de Junta de Andalucía y algunas personas que parecen pescar. Había pasado unos minutos antes de comenzar esta andadura mía en este día y por este río. Un rosal silvestre mostrando sus rosas blancas a la inmaculada luz de la mañana e impregnadas de rocío. La hierba que le nace por entre sus tallos, se ve toda empapada de este rocío que son como gotas diminutas muy limpias, parecidas a diamantes pero si las tocas, se espachurran. Al pisarla, tiemblan en las curvas o puntas de las hojas y al chocar unas con otras, se crecen y con el peso, caen al suelo. Otras se mecen como no queriendo desprenderse del verde donde han nacido por la noche y al temblar, relucen besadas por los rayos del sol que les va trayendo la mañana.

Y la ladera que va quedando por el lado derecho del río, es un bosque inmenso de pinos no muy grandes, que se alargan desde la tierra donde clavan sus raíces y por el tronco, los abraza el espeso bosque de matorral. Muchas madroñeras son las que acompañan a estos pinos y durillo ya también brotado y por eso mostrando su traje verde de vida nueva. Y como también el bosque está sembrado de infinitas gotas de rocío y lo mismo las ramas de los pinos, al darle el sol que por la cumbre del Calarejo viene subiendo, pues relucen como en un revuelo de perlas recién talladas para la mejor fiesta.

Por la parte que me va quedando entre la pista y las aguas del río, donde hace unos años construyeron un muro para que las aguas no se comieran la pista, otro rosal silvestre y este tiene sus flores más frescas y teñidas de un rosa vivo y puro. De entre ellas surgen algunos tallos de zarzas que tienen casi un metro de largo. Esta vegetación es de la que sembraron por aquí cuando terminaron la construcción del muro para que el trozo quedara lo más natural posible. Zarzas, rosales, jaguarzos, retama, algún pino y el amplio tapiz de hierba que ha nacido por su cuenta.

Por la ladera de enfrente, la derecha que es donde viene dando el sol, se empieza a levantar la niebla. Como los rayos del sol la ilumina, al tiempo que se empieza a levantar por entre los pinos y las madroñeras, pareciera que estuviera ardiendo sobre un mar de hojas verdes y gotas de rocío. Pero la iluminación que le llega desde el lado del Calarejo, es tan bonita, que brillan las nieblas mientras juegan con la brisa de la mañana y se escapan por entre las ramas de los pinos hacia el azul del cielo que arropa.

Un poco antes del arroyo de las Trucha, el río que siguen mostrando los filones de rocas que emergen desde la tierra y quieren sujetar al agua que baja. Ya se ven las crestas de las olas que saltan desde la cascada del arroyo del Las Truchas. Me voy acercando y aunque la tengo gozada de otras muchas veces, siempre me pasa igual: la presencia de este chorro de agua cayendo por esa canal de rocas calizas y lavadas pulcramente, se me clava en lo más hondo del espíritu quemándome con su belleza transparente. Las miro como queriendo quedarme mientras paso y descubro que sobre las piedras de los bordes que sujetan el profundo charco azul, saltan algunas personas afanada en su pesca.

Al cruzar y quedar frente total con el arroyo que llega, se le ve asomar por entre la profunda lejanía que no lo es tanto, sino que la espesura del bosque la tiñe de sombras y de rincones densos y oscuros. Este arroyo es casi un segundo río porque su cuenca de recepción, además de ser muy amplia, cae desde toda la gran cordillera del Calarilla. En esa altiplanicie se acumulan las nieves del invierno que luego al fundirse, se hacen manantiales claros que van alimentando a los arroyuelos menores que dan vida a este bellísimo arroyo de las Truchas. Algunos de esos arroyos nacidos entre las grietas de las rocas mejor esculpidas, como el Castellón del Moro, Majá Izquierdo, Voladeros del Campanario, Calarilla, Poyos de Guadahornillos, Barranco de las Iglesias, Puente de Guadahornillos, tienen también nombres preciosos. Fuente de la Umbría, Arroyo de la Gracea, arroyo de Guadahornillos, arroyo del Tejar y así hasta quedar en este grandioso que ahora mismo se funde con las aguas de este río.

En los último metros queda, este arroyo, encajonado y aprisionado entre los pliegues de las rocas que le salen al paso y saltando de un escalón a otro, la corriente se estrella hasta encontrar su descanso, después de la última cascada, en el charco llamado de la Gracea. Al caer, se forman las olas de espuma y al dormirse durante unos segundos, sobre el cristal del hermano mayor, se viste de azul y verde bosque y ya sigue, todo uno, con el Borosa.


Al Puente de los Caracolillos

El primer puente que tiene este río, me sale al encuentro por el lado derecho y aunque algunos no le dan categoría de puente, lo es atravesando el cauce elegantemente y se apoya, en este lado, sobre el muro de la pista y en aquel, sobre una roca algo modificada con cemento y con unas vigas sujeta las tablas para dar paso. Lo conozco bien y lo tengo cruzado hasta incluso en sueño y cuando aquellos días de ilusión inmaculada. Tiene una baranda de hierro pintados de verde y las cadenas colgando para que se puedan sujetar las personas.

Otro letrero: “Toma de agua piscifactoría, no bañarse, Ama”. La pista gira hacia la derecha y con ella el río y quizá sea al revés y a la derecha, un puntal con unos cuantos pinos negros que resaltan por entre el monte y en todo lo alto, uno seco y tumbado hacia el barranco del río. Precisamente el sol le da de frente y como arriba está el cielo azul, queda recortado con una figura mágica.

Otra curva hacia la izquierda siempre adaptándose al cauce y pegado al muro de contención que le hicieron por aquí, una higuera a la derecha y a mi lado izquierdo, una gran pared de rocas por donde se ven los pliegues con claridad. Chorrean agua casi a lo redondo. Pasando la higuera, dos pinos clavados entre el muro y el río. Un arrendajo que se arranca desde las aguas del río hacia los pinos de la izquierda y traza su vuelo por la espesura del bosque. Un pino seco caído hacia las aguas y verdes, un grupo de doce o catorce que se clavan en las mismas piedras que bañan las aguas de la corriente. Del beso que le ha dado esta noche el río, todavía tienen sus troncos mojados.

El trébol y las margaritas, también tienen sus florecillas abiertas y cada una con sus gotas de rocío correspondiente. Y ello como si alguien quisiera decir que tanto lo grande como lo pequeño, tiene el traje y las joyas que les corresponde sin que ninguno se repita ni sea menos bello que el otro. Los álamos, algunos por aquí, ya se han vestido con sus nuevas hojas y en la mañana soñolienta, se lavan tanto en las puras aguas que se le pasean por su sombra como en las frágiles gotas que, al rozarlos, la niebla les ha prestado.


A la derecha, una curva y ya frente se ve y muy remontado, el puntal de lo que sería la prolongación del Castellón del Moro. Por entre la espesura de ese bosque, remonta la pista que atraviesa Roblehondo y llega hasta Linarejos. Se muestra elevado en el centro del bosque y frente al sol de la mañana que lo va llenando de niebla. Por detrás de esta elevación pero muy adentro, se alza el Castellón del Moro y un poco más abajo y volcando al río, el lugar donde estuvo el cortijo de Guindas. Por ahí también sube una media senda que remonta hasta las altiplanicies del Calarilla.

Una parra silvestre enredada en el tronco de pino justo en la curva que traza la pista cuando ya sobre pasa el puntal que cae. Un charco grande que llena toda la pista por donde sale el agua que viene por la cuneta. Esta zanja se presenta como un río menor de tanta agua como ha venido recogiendo de toda la ladera esta de la izquierda. Sobre ella tiembla una vieja madroñera y al pararme, porque la gota de agua, condensada del rocío, que cuelga de cada madroño me reclama la atención, siento necesidad de beberme tan tierna transparencia y de comerme tan verde fruto y lavado con esencia tan fina. Ya están bastante garitos, casi como huevos de gorrión. Y ahora caigo en la cuenta que los madroños tardan un año entero en madurar. Se abren sus flores en los meses del otoño y hasta el otoño del año siguiente, no maduran, justo cuando la planta vuelve a tener nuevas flores.

La pista se estira bastante llana, casi a nivel del río y entre éste y el camino, pequeñas praderas de buena tierra y con mucha hierba esponjada de rocío. Una hilera de pinos negros, algunos que se doblan hacia el río y el bosque espeso de romeros, lentiscos, majoletos y zarzas. Rosales silvestres también y mucho bujes.

Todavía no da el sol en este barranco porque a estas horas de la mañana, los picos del Calarejo de los Villares, me lo viene tapando por este lado. De la izquierda, por la pared esta de rocas que me escoltan, de entre un mechón de juncias y helechos, brota un caño de agua grueso como una pierna. Es esto un macizo de rocas negras y todo rezuma agua y en su centro, el borbotón mayor. Llevo andando sólo quince minutos.

Un arroyo menor que muere sobre la pista por el lado izquierdo y a la derecha, otro puntal que cae del gran castellón y un pliegue que es un anticlinal perfecto. Dibuja una uve invertida y se ve todo roto por el fiero bocado que le ha pegado el río a lo largo del tiempo. La corriente se estrecha mucho porque la comprimen los pliegues rocosos por un lado y otro. Salta en una cascada grande y un poco más arriba, muchas rocas que han rodado y al tropezar el agua con ellas, se abre paso locamente sin llegar a formas cascadas.

En el mismo firme de la pista, dos rocas grandes que han rodado desde la ladera de la izquierda. Casi cortan el paso. El puntal por donde se abre paso la pista que atraviesa Roblehondo, por aquí ya se le ve la cara mejor. Le da el sol y como arriba emerge un espigón rocoso, deslumbra con sus tonos color café con leche y brilla por entre el verde del bosque. En todo lo alto, varias encinas y dos o tres pinos secos recortados sobre el cielo.

Una tabla escrita que pone: “Acotado de pesca sin muerte”. La pista traza otra curva hacia la izquierda y al frente veo el vuelo del amplio recodo que dibuja la ladera justo donde se encuentra el puente de los Caracolillos. Lo contiene toda la grandiosa ladera de la izquierda que sube hacia las tierras de

Los Villares. Toda esa ladera se muestra a arropada por la sombra porque el sol viene saliendo desde ese lado y por eso se ve como brumoso por la niebla que arranca desde el río aunque se distingue la vegetación de romero y cornicabras, muchas encinas, algunos pinos y resaltando, los pliegues de las rocas.

Es este uno de los sitios donde más claramente se ven los pliegues de las rocas que conforman a estas sierras. Si ahora mismo siguiera la pista que sale por la derecha, antes de llegar a la casa forestal de Roblehondo, justo al cruzar el arroyo del Barranco de las Iglesias, también me la encontraría descarnada donde los pliegues se presenta claramente. Y estoy pensando que por las cumbres de Caga Sebo, justo en el macizo del Cabañas, hay una cuerda enormemente bella por la figura que presenta las curvas de los pliegues allí visibles. En otros muchos puntos de este gran espacio natural, se ve este fenómeno pero desde luego, en este recodo del Puente de los Caracolillos, se muestran especialmente bonitos.

Desde el puente hacia la cumbre, se le ve formando como una uve invertida, cerca de la pista, hay algunos que se les han roto la mitad de la uve y por eso son sinclinal sin llegar a ser desmantelado. Este rincón desprende un encanto especial no sólo por la figura que presentan los pliegues de las rocas sino también por la vegetación, la amplitud del recodo y la clara corriente del río besándolo en los pies.
Casi todo son encinas, algún pino muy salteado, romero y lentiscos brotando de las mismas rocas.

Hasta este primer puente del dulce río, la distancia es de dos kilómetros más o menos y el tiempo empleado han sido veinticinco minutos. Justo al cruzar el puente, por la derecha sale la pista que sube hacia el profundo barranco de Roblehondo y coronando el Puerto del Calvario, sigue hasta el arroyo de Linarejos. Un largo recorrido pero muy bello por la soledad y la grandeza de los paisajes. Tiene esta pista su cadena y al mirar hacia este barranco que hoy no voy a recorrer, lo veo con una anchan franja de niebla que lo parte por la mitad y al darle el sol, se refleja y mana como un borde de arco iris.

Cruzo el puente y ya el río me queda a la izquierda, muy hundido en el surco rocoso por donde lo veo saltando, todo espumeante y rebosante como pocas veces lo he visto. Entre las piedras que bañan las aguas, unos álamos que están cubiertos de hojas y en la mañana se estiran serenos con la majestad de lo hermoso. Y si desde este punto, nada más cruzar, miro hacia la otra ladera, los pliegues que ya he dicho, se me cuelan por los ojos con la fuerza de lo tangible y lo claro.

Al Vado de los Rosales

Al dar la primera curva después de cruzado el puente, me encuentro con Faustino, mi buen amigo y el último habitante de los viejos cortijos que poblaron las profundas sierras de este rincón del Parque. Vive él el cortijo de Roblehondo de los Villares y lo conozco y también a sus tres hijos y al suegro Manuel, porque varias veces he pasado por la vereda que corona el Tranco del Perro precisamente un poco más arriba de donde se alza su cortijo. Gran persona este hombre y parece que resignado a vivir en lugar tan apartado y donde tan lejos coge de la civilización y la carretera y también, por donde tantas nevadas caen en invierno.

Pues me ha dicho que Manuel, ha estado internado en el Hospital de Úbeda, con problemas intestinales. La mujer de este hombre, es sorda muda y hay que ver dónde viven ellos y lo malo que es de andar la ladera que hay antes de llegar a su cortijo. Faustino me dice que ahora trabaja en el jardín botánico de la Torre del Vinagre y que todos los días baja y sube, desde ese lugar, hasta su cortijo. Pues casi cinco kilómetros desde la parta alta de la Cerrada de Elías y algo más de uno más, hasta llegar a su cortijo en la mitad de la ladera entre el Calarejo de los Nevazos y el surco del este río.

La pista aquí, da una curva muy ampulosa adaptándose al río, por donde se estrecha también. Le obliga a ello un espigón por la izquierda y otro por la derecha. Dos grueso pinos negros entre el río y la pista. Es bonita esta hondonada y a estas horas de la mañana, cuando todavía no hay nadie por el lugar y sí la niebla, desde el río, sube rozando la punta del monte que cubre las laderas. Los rayos del sol la va alcanzando y los colores de luz y sombras, alegran y animan.

Al dar la curva, muy cerrada, a la corriente se le ve entrar violenta, toma un respiro de serenidad nada más avanzar unos metros y enseguida arremete con fuerza contra las piedras del lecho del río. Tan bello es el espectáculo que desde luego, contarlo es una cosa y verlo, otra muy distinta. Justo entre el río y la curva, entre el río y la pista, crece un árbol grande que no puedo decir a qué especie pertenece por encontrármelo todo desnudo de hojas. Creo que es un almez. Lo miro porque le tengo gran cariño y hasta dudo si se habrá secado por lo desnudo que me lo encuentro. Al volver me voy a parar un rato junto a él.

Una lata de refrescos, papeles de paquetes de pipas y bolsa de plástico por aquí tiradas. Algunas personas no son muy cuidadosas con la belleza de este río. Al final de esta curva, el cauce se estrecha otra vez y gira un poco a la derecha. Enseguida aparece una recta de unos cien metros y el camino se pega a la corriente. Muchos charcos y el segundo puente que ya se ve. Va de una orilla a otra aprovechando que el surco por aquí se comprime obligado por las placas de rocas que por la izquierda se le clavan. Una de estas placas es muy gruesa y justo donde descansara o tuviera su apoyo, es donde le han puesto el puente.


Antes de llegar al puente, al frente, por la derecha, barranco arriba, donde ya da el sol y el bosque es espeso, sobresalen los troncos de cuatro o cinco pinos secos. Y también por la derecha un gran corte de rocas donde muchos de los que por aquí pasan, dejan escrito su nombre y hasta la fecha. Los que no lo graban con navaja o alguna otra herramienta, lo dibujan con pinturas. Dos kilómetros quinientos metros hasta este segundo puente si no contamos el pequeño de tablas que hay junto al Charco de la Gracea. Son las nueve y diez de la mañana.

Lo cruzo y observo que va de un lado a otro de un sólo tirón. Lo refuerza, por los lados, dos vigas de madera y en el centro, tablas sacadas de los pinos de estas sierras. Ya voy ahora por la izquierda del río. Cantan los pajarillos y como la mañana ya viene alzada por las cumbres, todo parece anunciar que hoy no va a llover. El durillo con sus nuevas hojas abiertas y alguna que otra mata de tomillo y mejorana.

Por la izquierda me va quedando una pared de rocas por donde han tenido que meter la pista cortando, porque aquí el río es muy estrecho y llega un punto en que el espigón rocoso casi arropa por completo a la pista. Cae como una visera y se ven como unas cuevas por el espacio que han dejado unas placas y otras. La gente sube y el agua que chorrea en cantidad.

Los helechos comunes también están ya brotados, bastante altos algunos y el olor que sale de la tierra, ahora que la va calentando el sol, pues es a humedad y a primavera y a fresco y a mañana tranquila. Y por esto me digo que hoy es como si fuera el día corazón de la primavera. Y lo digo porque de aquí para atrás no ha hecho tanto calor y entonces la naturaleza no estaba tan brotada. De aquí para delante ya hará mucho calor y la naturaleza se irá desplegando hasta su máxima capacidad. Ahora mismo, como ha llovido mucho y el tiempo se presenta templado, la vegetación está brotada, tierna, florecida por muchos rodales y por eso a hoy le llamo el día corazón de la primavera. Dentro de unas semanas ya estará todo más crecido y más seco y unas semanas atrás, estaba todo en su letargo invernal. Se estrecha la pista obligada por la vegetación que le crece a los lados y un gran chorro de agua que en forma de cascada, cae por la torrentera hasta la cuneta. Por ella baja formando arroyuelo hasta que encuentra por donde escaparse hacia el río. Según voy dando esta curva aquí metido entre la vegetación y el río remansado, que aparece por un claro, profundo y rebosante, azul verde y a la derecha y arriba, el Castellón del Moro. Como dos grandes bloques de rocas que sobresalen clavados en lo más alto de la cumbre por donde se amontonan los pinos y la luz del sol cayendo sobre las rocas. Desde allí hacía el río, el bosque espesísimo y verde. Muchas encinas, madroñeras, cornicabra y lentiscos.

Por el lado izquierdo y, no muy lejos de aquí, se aparta una vieja senda y siguiendo un poco paralelo al arroyo que baja desde el Calarejo, sube a la aldea de Los Villares. No la conozco bien porque nunca la usé pero sí tengo referencias de ella. A esta vieja aldea, hoy inexistente porque ya la derribaron, se le llega por aquella vereda que dijimos sales desde la Fuente de Los Astilleros. También he subido a ella por lo que hoy es un jorro y baja pegado al arroyo de los Villares, justo donde la Cerrada de Elías logra que la pista que remonta este río, se eleve por el lado derecho. En la misma curva que da la pista en ese puntal rocoso, sale la senda y remonta arroyo arriba que es por donde bajaban y subían aquellos serranos. Hoy se ha borrado casi por completo esta senda aunque es fácil descubrirla y seguir por ella.

Una curva hacia la izquierda y ya veo arriba la cumbre del Banderillas, toda llena de los rayos del sol que le entran desde la parte del Nacimiento del río Segura. Otra vez que me da el sol al tiempo que se derrama sobre la corriente que viene saltando en su juego eterno y la espuma blanca que la corona mientras su música me envuelve hasta lo más hondo. Muchos charcos sobre la tierra de la pista. Son las nueve y veinte.

Antes de llegar al claro del Vado de los Rosales, una suave cuesta, el río que me queda abajo, abierto por entre mucha vegetación y rocas y la pista que remonta para irse por la ladera de la izquierda para así salvar la Cerrada llamada de Elías. A la derecha y no despegándose mucho del río, la senda que lleva a la cerrada.

El Raso de lo Rosales se me presenta desde su silencio, con una blanca llanura, un contenedor para que las personas puedan depositar la basura, unas piedras amontonadas en el centro de esta llanura y una tabla donde han escrito: “Precaución, senda peligrosa”. En otros tiempos también se podía leer el nombre de este rincón y hasta creo que la distancia del sendero de la Cerrada.


A la Cerrada de Elías

Por entre una espesura de encina, madroñeras y quejigos se mete la senda. Desde el Puente de los Caracolillos y con el segundo puente en la mitad del trayecto hasta este Vado, un poco más de un kilómetro. El paso avanza colgado casi en la misma torrentera que cae en picado hacia el cauce. Por entre la espesura de los troncos se van las aguas del río y como trae mucha espuma, blanquean a la luz de la mañana.

Muchas hojas secas de estas encinas y robles por la senda y charcos. Todo embarrizado por lo usada que está de tantas personas como pasan por aquí. Sobre este limpio rocío que la mañana muestra derramado en la hierbecilla y el musgo de las rocas, se ven muchas pisadas de personas. Baja un poco y casi se toca con la corriente sin llegar porque los bujes y las zarzas se ponen por en medio.

El rumor de la corriente es por completo amplio y denso y sobre su espeso concierto de notas bravas, el solo de un pajarillo que parece como si me acompañara a lo largo de todo el recorrido. No es el mismo pero como continuamente estoy oyendo a uno o dos, lo parece. La sombra espesa de esta senda atravesando este bosque, sobrecoge un poco y más cuando es tan temprano y con la única compañía de la corriente.

Una pequeña llanura en forma de playa, con su puñado de arena, muchas piedras y tierra y las plantas rupícolas que la arropan. Es como un breve respiro en la senda y enseguida otra vez el bosque escoltando a un lado y otro. Una encina, a la derecha entre el río y en la torrentera, con no más de medio metro de alta y el tronco grueso como la pierna de una persona. Es enana y por eso resulta más singular y bella.

Sube y baja la senda, con charcos donde el agua se ve turbia de pisarla y chorreando por completo por todos sitios: el monte, las piedras, la hierba y la tierra. El rocío es mucho y se junta con el agua que rezuma de cualquier sitio de esta ladera. Una curva muy cerrada por la presencia de las rocas y el primer puente que se ve ya. De tablas y colgado de un lado a otro del río.

Antes del puente, como una llanura y dos pinos, a unos quince metros uno del otro, de troncos negros y entre el río y en camino. Y por el puente se ve, bajando recto desde arriba, el agua clara de esta copiosa corriente. A mi presencia, alza vuelo una lavandera cascadeña y al verla remontar recuerdo que en este río también se da el mirlo acuático y la nutria, a parte de las truchas y en algunos tramos, el cangrejo y otros seres vivos.

A la izquierda, la pared de rocas con tomillo florecido, una higuera que arropa a la senda que sube un poco, piedras en el firme del camino y ya, el puente. Da una curva menor y para cruzar a la derecha del río, el recogido puente de tablas. Me paro antes de entrar y lo veo prolongado de roca a roca, de un lado a otro. Los mismos hierros verdes y las cadenas en forma de comba de un hierro a otro para que las personas puedan sujetarse y no caigan al cauce.

Miro a una encina que crece entre el puente y el río y está toda ya llena de hojas nuevas pero como se encuentra tan empapada, las hojas caen lacias hacia abajo cada una con su gotita de agua, que es rocío transparente y puro. Al pasar el puente, aquí el río muy remansado y si miro hacia arriba, una cascada y un pino caído que atraviesa la corriente de un lado a otro.

La nueve y media en punto y aun me queda como la mitad hasta la cerrada desde el Vado. Se interna la senda y la oscuridad se hace más densa. Muchos papeles de lo que por aquí pasan. Al otro lado, la izquierda del río según subo, cae como una ladera arropada por la sombra de la mañana y tapizada de mucha hierba. Es ese un rincón por donde existen unas cascadas grandes o mejor, las señales por donde en otros tiempos caían estas cascadas ahora sólo adivinables por la cantidad de rocas tobáceas que ahí quedan colgando.

Otra playa menor, con su arena fina y las rocas rodeándola donde las personas se paran a comer y al irse, dejan sus papeles y los plásticos, entre otras cosas. Y lo repito: como voy muy temprano siendo un día tan especial hoy, no me encuentro con nadie. Solitario por completo este hermoso rincón del río, lleno de mucha humedad, mucha frescura y vida para las plantas que reflejan primavera y una soledad grande. Lastima por tantas señales de los que por aquí pasan.

La senda sube por unas rocas grandes por donde chorrean gotas, hilillos y charcos transparentes. Le da el sol a la hierba y al monte y como también tienen sus gotas de rocío, brillan hermosas. Las hojas de la hierba se doblan hacia la senda, escurriendo el agua y como detenidas en un mágico sueño. El romero lo mismo, las zarzas, los tallos nuevos de las retamas, la madreselva, el durillo y la flor de la viuda. Todas estas plantas y otras muchas, por aquí van colgando de las rocas mientras paso sigiloso como si temiera despertarlas.

El río me queda a la sombra y ello no impide que me llame la atención los profundos charcos azules. Este trozo de senda es muy hermoso. Mucho musgo que por aquí tapiza a la roca y el boj que también se dobla por el peso de las gotas de agua. Los helechos comunes ponen una pincelada más de belleza a este entrañable rincón.

Sube la senda tallada en la pura roca sin dejar de tener su chorro de agua limpia corriendo por el centro. Muchos charcos menores, a cada paso y las cascadas de juguete que caen por la derecha. El rezumar del agua a veces es gota a gota y otras veces, en hebras continuas que parecen viento líquido. Y es que la naturaleza se muestra como si esta noche alguien hubiera cogido una inmensa manguera y a lo largo de muchas horas, la hubiera estado regando. Y claro, ahora al amanecer, pues se le ve toda empapada y soltando agua por cualquier punto y roca.

Una curva y entre el río y la cascada, una amplitud y desde el suelo, surgiendo una gran roca en forma de monolito. Por la parte de arriba un gran charco remansado, arropado por varias higueras y el pecho de enfrente, un espigón con mucha hierba que nace desde las cascadas secas que se desploman hacia el río. Algunas de esas grandes rocas, se han quebrado y están clavadas en el mismo centro de la corriente. Por aquel lado, como covachas, mucha hierba adornándolas y las rocas quebradas.

El gran charco se encuentra remansado justo donde se alza el cuarto puente si no contamos el de las tres tablas en la junta del arroyo de las Truchas. Azul profundo y por el lado de las rocas cubiertas de hierba, como chorrea el agua y cae sobre la superficie del charco remansado, la visión es como un juego de gotas que al chocar con la superficie, rebotan y se quiebran produciendo una música enormemente triste y dulce a la vez. Me paro porque me fascina tan singular espectáculo y durante un rato dudo si mi presencia por aquí es real o puro sueño.

Son las diez menos veinticinco. El puente igual a los otros: de un lado a otro, con unas paredes de obra que le han hecho, varios hierros pintados de verde con las cadenas y de tablas. Si subido en él miro hacia abajo, en el centro, otro charco remansado con su espuma navegando a la deriva hasta llegar a la cascada de la higuera donde se vuelve a convertir en espuma para caer al gran charco azul. Si miro hacia arriba por donde baja el río encajado en una cerrada, veo otra cascada por una enorme roca que lo cierra. Pasa con violencia y emitiendo un fuerte bramido al tiempo que la espuma danza como buscando su lugar entre la corriente.

Cruzando el puente, en la misma pared y entre la juncia que cae desde la derecha hacia el río, muchas raíces de estas plantas y por entre ellas, manando agua en cantidad. Enseguida piso otro chorro de agua que es como un río menor que nace aquí mismo. Se eleva unos metros hacia la derecha despegándose del río y por aquí cae un arroyo. Veo dos caños de agua grandes y arriba, una pared grande con su espigón rocoso y en todo lo alto, una roca apoyada como jugando al equilibrio y en lo alto, una gran planta verde. Todo, como si fuera el más extraño capricho y, además, a lo grande y en lo más salvaje.

El arroyo que cae es el de la Oradá que nace al lado del levante del Castellón del Moro pero mucho más arriba de su collado. Por la cabecera de este arroyo sube una senda, ya muy rota, que lleva hasta las altiplanicies del Calarilla. La senda por aquí escoltada por fabulosas macetas de juncia y varios chorros de agua que salen de aquí mismo. Se encharcan, corren unos metros y caen al río.

Al frente pero por la derecha y al otro lado del río, otro gran espigón rocoso que corona y anuncia la presencia de la Cerrada de Elías. En todo lo alto, varias encinas. A dos pasos ya de mí, el quinto puente que es el último antes de la Cerrada. Sube una escalera, crece un álamo a la izquierda y lo mismo: varias rocas formando escalones, los hierros, las cadenas y las tablas. Nada más cruzar, al frente, un chorro de agua que surge de entre el musgo y un letrero sobre la típica tabla: “Extreme la precaución. Máximo, quince personas”.

Esta es la puerta de la gran cerrada del río Borosa. Me voy aproximando y veo que le entra el sol desde arriba y por eso la pared de la derecha, según subo, está iluminada a trozos y brilla el agua que por ella chorrea dando la sensación de un auténtico espejo cristalino. El largo charco que se remansa de un lado a otro de esta cerrada, arropado por la sombra que se rompe sólo por algunos rayos de sol y el puente de tabla adosado a su pared, como extrañado y constreñido en el lugar que no le corresponde. Pero es verdad que el rincón es mágico. Gotea el agua desde las ramas de los árboles y las rocas.

Son las diez menos veinte. Hace una hora y diez minutos que salí de la cadena que cruza la entrada a este río. Desde el Vado de los Rosales, unos ochocientos metros. Antes de atravesar la angosta garganta de este entrañable y hermosísimo rincón de Elías, me remonto en un pequeño murete que hay aquí y miro: a la derecha me queda una covacha por donde cae una higuera y en el suelo, un montón de helechos.

En la pura roca, han tallado una fuente artificial, le han puesto un tubo de hierro y por él sale un caño de agua cristal y fresca como el hielo. Cae a la pileta casi de juguete que de cemento también le hicieron y desde aquí, el chorro corre por una estrecha reguera buscando la senda y desde aquí, al río. Otro caño menor con su tubo de hierro a sólo unos metros del primero pero más pegado a la cerrada.

La senda que sigue por lo alto de la superficie rocosa y según comienzo a penetrar por la sombra que llena la cerrada y las mil gotas de agua que me mojan al caer desde todos los puntos de la pared que me queda por el lado derecho. Aquí también le pusieron cemento para señalar la senda y que, de algún modo, se pueda pasar más cómodamente.

Los helechos que cuelgan de la pared, culantrillo o cabellos de Venus, están secos algunos, otros algo brotados con sus tallos tiernos y la pingüicula florecida. En la parte alta le da el sol de la mañana, está húmeda y de aquí que se presente con su mejor vestido. Es esta una pequeña planta insectívora que nace precisamente en las paredes rocosas y donde hay mucha humedad como es el caso de este rincón. Miro para un lado y otro y para arriba, y las paredes que me escoltan, sólo rezuman agua que en forma de gotas o hebras menores, chorrean y me mojan mientras avanzo.

El agua que baja por el río y llena los charcos de esta cascada, azul, muy serena y como le entran algunos rayos de sol desde arriba, brilla con el color de la pureza. Cuento y me salen cinco escalones hasta remontar a las tablas de la pasarela que aquí le han clavado para que la senda siga. Las tablas estas las han puesto nuevas y también los hierros que sujetan la cadena. Hace unos años, precisamente en Navidad, como llovió tanto, la riada se llevó por delante las viejas y podridas tablas que conformaban esta pasarela y por eso la han reparado.

Mientras avanza, traza cuatro o cinco curvas porque se viene adaptando a la figura de la pared rocosa y pasa totalmente por encima de las aguas que se remansan en el charco. La última curva es la que más se mete en el río. Las aguas de la corriente por aquí se estrellan con la fuerza de un torrente mientras las tablas se apoyan en una gruesa roca, se curvan y después de ceñirse otra vez a la pared, trazan una pequeña pendiente, viene la última curva donde las tablas se allanan y ya salen a tierra firme.

Y aquí, lo que de verdad sobrecoge, es la corriente del río que cae en una cascada impresionante obligada por las gruesas rocas que quieren sujetarla. Todo el gran caño se convierte en un puro borbotón de espumas que dibujan remolinos y se retuercen buscando su calma en la placidez del charco, unos metros más abajo. Dos álamos verdes que crecen rectos, chorreando del rocío de la noche y totalmente serenos. No se mueve ni una brizna de aire. Es hoy un día impresionante de bello.

Saliendo de la cerrada, sube la senda por unas rocas, el mismo letrero otra vez y los charcos recogido en sus “cucones”. Una curva ancha, se abre más el río, aparece como una playa en pequeño pero sembrada de piedras blancas y el agua no se remansa. Se estrecha el paso porque los bujes crecen espesos, arropados por los pinos y los rodales de tierra, repletos de helechos comunes. Todo sigue chorreando y muchas zarzas que caen intentando buscar un espacio entre la espesura. Sólo a rodales llega el sol y lo demás, nieblina y sombra húmeda.

Justo por donde ahora avanzo, si miro a la derecha, veo el puntal que baja con el curso del arroyo que viene desde la aldea de Los Villares. Por ahí traza la pista su curva para salvar la garganta de esta cerrada. Por ahí cae otra bella cascada, porque ese arroyo viene muy repleto y por ese barranco arriba es por donde se llega a las vírgenes tierras del rodal que en aquellos tiempos acogió a la aldea.

Si uno se enfada o siente cierto disgusto al encontrarse con tanta basura tirada por aquí, ¿haber para qué sirve? Porque aquellos que la han tirado ¿dónde están ahora mismo? Y aunque yo me enfade, a ellos ni les va ni les viene porque ni lo saben ni los conozco. Y a los que podría acudir para pedir ayuda ¿me van a escuchar a mí o a cualquier otro que como yo se sienta molesto?

Por la izquierda ya veo la pista que baja desde el arroyo de Los Villares buscando otra vez el río. Y aquí está el otro puente. Justo donde la senda vuelve a encontrarse de nuevo con la pista. Antes de salir de entre la espesura de los bujes, baja desde una moderada altura, como unos escalones de rocas y caen ya a la llanura de la pista que la recibe en suavidad y entre hierba teñida de rocío blanco. Otra tabla clavada y escrito en ella: “Cerrada de Elías”.

Hasta este punto y, desde la cadena de entrada a la pista que recorre este río, la distancia aproximada es de cuatro kilómetros y medio. Y desde aquí hasta la central nos quedan unos tres kilómetros. Pero si el paseo recorrido ha sido hermoso, lo que el profundo cañón de este río Borosa nos reserva, es de ensueño. Son las diez menos diez de la mañana. Y si hago la cuenta descubro que el tiempo invertido ha sido sólo de una hora veinte minutos.

En el mismo puente, una cerrada por el lado de arriba y por abajo, remansada como casi todos los puentes que vienen jugando con este río. A los lados, las paredes rocosas que han sido cortadas por la corriente y la majestad del bosque arropándolas. Por la derecha del río avanza la pista y sube llana siempre con el chorro de agua corriendo por su centro. Otro letrero que pone: “Peligro, desprendimiento”.


A Huelga Nidillo

Sube la pista ahora ya por la izquierda y enseguida, como una visera de rocas arropando al camino que pasa por abajo. Otro arroyuelo que entra por la izquierda con su buen caño de agua. Remonta un poco hacia un puntal suave y al mirar al río, un inmenso charco, totalmente transparente, azul verde y la cascada que le entra por arriaba, se le clava con tal fuerza que toda el agua se hace espuma para enseguida quedar nadando y comenzar la danza de apagarse frente al beso que la mañana le regala.

Miro hacia arriba desde esta arruga del terreno y se ve todo el río lo mismo: grandioso, una cascada saltando por las rocas y la sementera de remansos en la danza de llenarse y vaciarse. Se allana algo la pista después de haber bajado y a la derecha, un puntal largo remontado y en línea recta hacia arriba y en todo lo alto, una roca en forma de columna pintada con dos franjas color caramelo. Y la ladera llena de encinas, robles y algunos pinos.

Una curva más y justo sobre un peñasco casi cuadrado y enorme que ha encontrado su cama por aquí y desde su base, emergiendo el tronco viejo de una gruesa encina. Le dan compañía varias cornicabras y las matas verdes de unas cuantas hiedras. El musgo cubre la piel árida de la fría roca. Por el río, el agua remansada porque en este punto se estrecha otra vez y en el momento que recojo mi vista hacia el camino que recorro, dos o tres bolsas de plástico y papeles de aluminio. También muchos papeles de chicle y de caramelos. Claro que no costaría mucho trabajo recogerlos y depositarlos en el contenedor que hay sólo unos metros más abajo.

La jara blanca con su flor rosa abierta a la luz amiga de la mañana y teñida de rocío. Creo que todavía tardarán unas cuantas horas hasta que se seque el agua que empapa a la vegetación. Una nueva llanura que se agradece por lo suave que se va y en el momento en que todo parece como prepararse para un encuentro mágico. Se presenta el otro puente, ya sí el penúltimo sobre la pista que recorre este río y es justo aquí donde un trozo de pista, que es jorro, se va por el lado de la derecha como buscando subir hacia el Castellón del Moro.

Conozco este rincón y sé que esta pista que aquí aparece tan buena, en cuanto sube unos metros por la ladera, se rompe mucho y luego se pierde pero no antes de volcar a un barranco quebrado donde crece un pino de la dimensión de los gigantes. Es un ejemplar de laricio o pino blanco que hasta incluso lo tienen bien podado para que siga creciendo y alcance las proporciones de lo excepcional. Está muy malo de andar ese barranco.

El puente, pues lo mismo que los otros: con dos troncos de pinos a los lados, los hierros pintados de verde y las cadenas en forma de pasarela. Lo miro un minuto y busco, por el lado izquierdo y pegado a la corriente, la veredilla que Faustino, el que habita el cortijo de Roblehondo, anda todos los días para subir y bajar de su escondida vivienda serrana. Dos veces he hecho esta vereda que no siquiera llega a esta categoría y por eso puedo decir que más que senda, es una subida casi escalando y agarrándose a las ramas del monte.

El agua por aquí muy remansada y ya estoy otra vez en la derecha del río. Miro el reloj y veo que son justo las diez de la mañana. Durante un trozo largo, la pista remonta suave, mostrando un buen firme y las raíces de los pinos que se han salido de la tierra y de pisarlas, están machacadas. A la izquierda, entre el río y la pista, un gran manto de helechos.

Ya sube buscando el gran recodo que la va a dejar sobre la cerrada de Puente Piedra. Es algo largo este trozo y al comienzo resulta un poquito monótono y sobre todo, después de haber saboreado el exquisito paraíso de la cerrada primera. Al frente, veo la cumbre del Castellón del Haza de Arriba. No se distingue con nitidez porque las nieblas que suben del barranco lo vela un poco y como el sol se le acerca desde el otro lado, hacia mí queda en sombra.

Un arroyuelo que entra por este lado derecho y como los otros, con su buen borbotón de agua transparente. La pista, ahora sube porque busca cortar un elevado puntal rocoso que baja desde las cumbres del Calarilla. Y como por aquí el paso es estrecho, la pista tiene que seccionar un pronunciado voladero y todavía se queda elevada sobre el surco del río, bastantes metros.

Al otro lado del río y por donde, arriba, estaría el cortijo de Roblehondo, como una gigantesca columna de rocas que tendrá casi cincuenta metros, que cae desde lo alto y es la parte gemela de la que por aquí corta la pista. En el centro, queda el río con un profundo surco y la vegetación de pinos y encinas, que no lo dejan desnudo en ningún trayecto.

Una mariposa que revolotea al sol de la mañana. La cornicabra brotada porque aquí es solana y tiene las hojas, pues color café con leche oscuro. Se allana al subir, baja un poco y busca la otra parte de esta larga y majestuosa cerrada que hasta resulta más espectacular que la de Elías porque se goza desde lo alto. La zamarrilla también florecida y el tomillo.

En la curva que ahora ya es el final de la cuesta y la llanura que comienza, si se mira hacia abajo, queda una torrentera casi en vertical y con más de treinta metros hacia el cañón por donde se despeña el río. Porque más que correr, se precipita en forma de cascada larga y muy recogido entre un puro surco de rocas.

Conforme ahora voy bajando, desde esta curva diviso arriba el gran Tranco del Perro sobre la mole de piedra naranja que le presta la cumbre del Banderillas y destacando, el famoso fraile. Pero sigue siendo como una figura brumosa y recortada sobre un globo de luz que le sale desde atrás. Tan poco el cielo es azul, sino blanco y el barranco hacia el cual voy penetrando, un espeso mundo de sombra fría que parece como esperar a que llegue.

Después de bajar, da una curva, adaptándose al río y para que no se desmorone, la han sujetado con unas vigas de hierro y un muro de cemento. Queda casi colgada en la mitad del voladero rocoso y la ladera, en un equilibrio de nivel con las tierras llanas de Huelga Nidillo, unos metros más adelante. Ahora descubro con claridad que esta es una gran cerrada y por eso la pista tiene que cortar la roca bastante elevada sobre el río.

La otra ladera de enfrente, como un gran escaparate de rocas quebradas y unos espigones inmensos por donde se desploma el agua entre la vegetación de pinos y las milenarias sabinas. Cuatro álamos en lo hondo del surco que acoge al río y la cascada que se rompe preciosa y emitiendo un quejido atronador. La pista que remonta otro poco y al cortar por aquí las rocas, se ven con nitidez las placas tumbadas y entre una y otra, como un escalón y un hueco amplio que se puede confundir con una cueva. Caen las gotas de agua desde la parte alta y el tajo que la pista le ha pegado al cerro para abrirse paso.

El rumor del agua del río, es tan fuerte y amplio que al quebrarse con el frontón de esta pared de roca, se produce eco. Al atravesar yo por su centro recibo el ruido que llega de la corriente y el que amplificado, rebota hacia el barranco y este fenómeno hace que casi no sepa distinguir la fuente primaria. Una sensación curiosa al tiempo que agradable y tenebrosa por cuanto me anuncia la grandiosidad del rincón hacia el que voy avanzando.

Justo al remontar otra vez es donde me encuentro la estrechura máxima de la cerrada. Me paro un poco y me asomo al río en una roca que sobresale tanto que casi queda colgada en el vacío y entonces observo el asombro: la cascada abajo por completo en vertical desde donde estoy, caudalosa y brava saltando por el tremendo laberinto de rocas que por ahí emergen desde las montañas y las que han rodado por las laderas hasta quedar atascadas en lo hondo. Y lo que por el surco del río se concentra son cascadas, torrentes, mucha espuma temblando, charcos profundos donde se reflejan el verde del bosque y el azul del cielo, muchas curvas retorcidas y las gruesas olas que se estrellan sin encontrar el descanso ni siquiera en los cristalinos charcos que se forman en los recodos de las rocas. De fantasía parece el rincón por el asombro y belleza que de él mana.

Al frente total de donde me encuentro, un espigón que sostiene en todo lo alto, un trozo de roca esculpida en forma de maceta. Desde ahí bajando en niveles, las placas rocosas, unas más gruesas y otras más delgadas, y cayendo en vertical hacia el río. Entre placa y placa, algunas repisas donde crecen las sabinas y las carrascas.


Baja otra ve la pista, nada más terminar de atravesar la gran cerrada y ahora caigo en la cuenta que a este cañón no le hicieron pasarela colgada sobre las aguas del cauce. ¿Por qué será? Es difícil hacer una obra de esta característica por aquí pero como en tantos otros sitios, si se lo hubieran propuesto, lo habrían logrado. Mientras bajo algo descansado por haber superado este asombroso paso, miro y al frente, me saluda grandioso, el Castellón del Haza, la amenazante silueta del Tranco del Perro y el Fraile. Destacan potentes sobre la inmensa cumbre que es la gran falla donde se origina el tranco que en este río, ha dado lugar al Salto de los Órganos.

Nada más comenzar a bajar, a la derecha, un arroyo que cae por la descarnada roca donde se ha originado una canal y para que no rompa la pista, le han construido un muro de cemento que rebosa desde la alcantarilla para sujetar la potencia del agua y que esta se vaya por el paso de la alcantarilla. Es este el arroyo del Tejo que baja de Majá Izquierdo, parte alta de la cuerda que sostiene al Castellón del Moro.

Unos metros y también por este lado, una fuentecita con su caño de agua recogida de la que por este arroyo corre. Tanta agua mana por aquí que el tubo de hierro sale lleno y también las grietas de las piedras que le rodean. Cae a una pila, desagua en otra pileta que es la alcantarilla que atraviesa la pista de tierra que vengo recorriendo. Muchos helechos aquí mismo, entre las piedras de la fuente y el monte, la flor de la viuda y las espesas ramas de los bujes que arropan el rincón. Tanto las hojas de los helechos como las otras plantas, por completo llenas de gotitas de aguas transparentes.

El río otra vez se torna sereno y la pista casi se encuentra con él. Donde ya llega a la llanura y vuelve a subir levemente, un gran charco y al frente, por donde parece que sube un trozo de pista y no es así, una torrentera y un pino y desde ahí, a un lado y otro, saliendo unos chorros de agua impresionantes. Muchos juncos, zarzas y rosales y el agua que se abre bañándolo todo e inundando la pista y rebosando luego hacia el río.

Son las diez y cuarto de la mañana cuando ya estoy pisando los bordes de las tierras llanas de Huelga Nidillo. La hierba fresca y verde cubriendo la tierra y toda blanca de tanto rocío como tiene encima. Si esta mañana me hubiera metido andando por el monte, con la cantidad de hierba que ahora hay, lo alta y espesa que ya se muestra y lo empapada de rocío que está, me habría puesto chorreando sin remedio.

Avanza la pista suave adaptándose al río porque aquí está Huelga Nidillo que es como un vado menor. Por este remanso del río es por donde cruzan los habitantes de los dos cortijos que se mantiene vivos en al barranco de Roblehondo de los Villares. Cuando tienen que acarrear paja o grano para los animales que ellos poseen, bajan por una senda que desde los cortijos cae casi en picado hasta este vado. Lo cruzan con los mulos y desde esta pista lo recogen, que es el punto más próximo hasta donde puede llegar un camión o un coche. Hay que cruzar por el agua, porque no existe puente y si remontamos, por encima de los cortijos, enganchamos con la senda que viene desde Los Villares y corona hasta el Collado de Roblehondo y luego al Tranco del Perro.

El agua se ve totalmente remansada, dando muchas curvas por entre bastante vegetación de zarzas, fresnos, rosales silvestres y majuelos. Aquí se ve la sendita que se aparta para cruzar justo por el vado que es la parte más cómoda. Sigue la pista subiendo no demasiado pronunciada y mientras la recorro me voy entreteniendo en observar la llanura que me queda entre el río y mi camino. Fue esto una huerta de tierras buenas que sembraron durante mucho tiempo, los serranos que por aquí poblaban la sierra.

Todavía sigue con su nivel llano, sin más vegetación que algunos rosales silvestres, en el centro una piedra gorda con una higuera que le da compañía ya casi comida por las zarzas y toda la llanura como una preciosa pradera por completo cubierta de hierba y está impregnada de rocío fino. Le da el sol y brilla con el encanto de lo misterioso y la caricia de lo que es dulce gozo callado.

La llanura se alarga río arriba entre la pista y el cauce y entonces, veo que la tierra dibuja como pequeñas terrazas sujetadas con las paratas de piedra. Toda esta tierra fue de labor en otros tiempos y por eso todavía siguen vivas otras cuatro o cinco higueras más y entre las zarzas, algunas parras. El sol se cuela por las fallas que presenta las cumbres del Banderilla y como esto es tan quebrado, parecen rayos de luz que intentan transmitir calor al rincón que voy pisando.


A la central eléctrica

Una subida no muy pendiente pero sí larga y como ya se ha andado bastante, pues resulta un poco pesada. Otra vez el río que forma como un charco grande sin llegar a la categoría de cerrada pero sí muchas rocas amontonadas en el surco del cauce y esto da lugar a que la corriente sea una cascada continua. Una higuera dando compañía a una vieja cornicabra y aquí mismo, un enebro piramidal desprendiendo su verde denso.

La pista traza su última curva hacia la derecha y al frente, un espigón de rocas que se quiebra según cae al barranco y de él, aflorando las placas rocosas. Por lo alto, es por donde sube una senda que sale desde la central eléctrica, roza lo que se llama el Cenajo de los Toros y asciende hasta coronar a los cortijos de Roblehondo. A la derecha y arriba, me queda el picón de la Piedra de Los Hornos con 1114 m. que es la elevación que al caer al río, da lugar a que la pista trace esta cerrada y última curva y el cauce, se estrecha y por eso, justo en este punto se le conozca con el nombre de Cerrada de Puente de Toba.

Al rebasar esta curva, arriba y al frente, el grandioso Picón del Haza por cuyas entrañas perforaron el túnel para el canal que trae el agua hasta la central. Ya veo el tubo cayendo desde la mitad de ese gran cerro hacia la casa de máquinas. Aquí mismo, un cataclismo de rocas por donde el río parece que se divide en dos y no es así. Es que desde aquel lado le entra un gran arroyo que caen desde el Castellón del Haza de arriba y trae mucha agua. Recuerdo yo ahora que lo crucé aquel invierno cuando fui a estar unas horas con Manuel, el del cortijo de Roblehondo.

A la derecha mía, todo roca viva, con grietas profundas y de donde brotan varias cornicabras muy gruesas. Las encinas también colgadas en la ladera y ahora caigo en la cuenta que toda la pendiente sube hasta las altiplanicies del Calarilla. Un paisaje muy agreste por ser casi pura roca y donde sólo crecen las cornicabras, las sabinas, los enebros y viejísimas encinas que hunden sus raíces en las quebradas rocas.

Una recta de casi doscientos metros como si preparara el encuentro con la central. El río vuelve a ser suave sin perder la furia en su corriente. La vista a los lados es grandiosa tanto por la inmensa vegetación que brota por estas laderas y barrancos, tan chorreando de sol y rocío, como por las crestas altísimas que coronan. Un álamo aquí clavado vestido con su nuevo traje de hojas y le da compañía el un rosal florecido. Pienso ahora que esta ladera de la derecha, si por alguna circunstancia tuviera que andarla, sería muy mala. Es todo como una sola pieza de roca que bastante en picado cae desde las cumbres. Y como se ha roto tantísimo, lo que más destaca son las grietas abiertas y los trozos desprendidos y amontonados por aquí y allá.

Esta solana da vida a una vegetación muy dura y ahí tiene que adaptarse y vivir con la poquísima tierra que encuentre. En cambio la umbría de la izquierda que es por donde se prolonga el Cinto de las Higueras hacia el Tranco del Perro, pues también se le ve muy pronunciada pero tiene mucha tierra y la vegetación vive con mas holgura. Algunos rodales de tierras en las repisas, en ellos mucha hierba, encinas y también cornicabras.

Según voy avanzando, miro hacia el río y todo esto que está casi llano dirección a la central, le da el sol a la tierra y a la hierba y de ella se va evaporando el rocío y entonces se ve saliendo la niebla de ella. Se podría creer que estuviera ardiendo y es sólo una señal de la vida palpitando. Rellenando a este prado de tan fresca hierba, muchas matas de mejorana por completo toda ya brotada. Y junto a estas perfumadas plantas, unos manojos de hierba alta que crecen en forma de macetas enanas pero muy bellas. Más pegado al río, varias higueras y fresnos. Pajarillos que cantas y los enebros con sus tallos nuevos que se doblan hacia abajo porque todavía no tienen la fuerza necesaria para tenerse erguidos. Son tallos tiernos y el peso de las gotas del agua que en ellos se traban, hacen que se doblen.

Desde la ladera ha rodado una buena roca y ha venido a quedarse quieta justo en el centro de la pista. Un espigón rocoso donde en todo lo alto crece un gran pino laricio y la pista la han tenido que meter cortando, en forma de trinchera, estas rocas. Por la ventana que me presta ese hueco, al frente, el tubo que cae a la central que se ve recto y luego traza un par de zigzags y destaca blanco entre el espeso negro verde de la gran ladera que recorre. Negro verde y el color de las rocas que son naranjas y también manchadas de agua y musgo.
Las diez y media en punto y ya no estoy lejos de la casa de esta central. Al rebasa la trinchera, el camino toma la forma de llanura y como me siento más cómodo avanzando, no dejo de mirar al frente que es por donde se me parece desplomar la gigantesca figura de la montaña. Por encima de la casa de la central y donde se clava el voladero de la pared rocosa, veo la construcción del Cenajo de los Toros. Es esa una ladera coronada por una grandísima pared rocosa y a partir de la raya en que se asienta la pobre construcción del cenajo, cae más suave porque se retiene la tierra. Según miro, afloradas veo las curvas de las placas rocosas. Y al configurarse con rasgo de una ese, se forma el puntalillo que es la parte más alta del anticlinal.

Pero entre placa y placa, se refugian algunas repisas, donde la hierba ha nacido en abundancia y las encinas en ese puñado de tierra. Descubro que son muy grandes algunas y están mezcladas con robles, cornicabras y pinos. Es justo por esa ladera por donde avanza una pobre sendilla que saliendo desde la misma casa de la central, la recorre y después de atravesar varios arroyos, corona hacia los cortijos de Roblehondo. Las personas que habitan estos cortijos casi nunca pisan esta senda porque dan mucha vuelta y, además, es muy peligrosa por la enorme inclinación de la pendiente.

Vuelve otra vez, la pista, a tomar llanura y sin dejar de remontar suavemente, acompaña al curso del río. Queda a la izquierda mucha mejorana y algunas matas, con sus florecillas abiertas y exhalando su esencia al vientecillo de la blanca mañana. Por la derecha, entra un arroyo que trae su caño de agua y justo desde este punto, diviso la central. Por una de las chimeneas que coronan el tejado, sale humo y esto indica que hay personas dentro. Algunos tienen la suerte de poderse venir a pasar los fines de semanas a estas casas.

Traza una curva menor, una llanura de pura tierra porque no hay rocas por la pista y a unos metros, el puente. El último puente construido sobre las aguas de este río para que la pista lo cruce. Veo el edificio bajo la espesura de un par de álamos y en el rinconcito por donde cae el tubo. De aquí sale una línea eléctrica con tres cables hacia el Castellón del Moro.

Estoy ya encima del puente y veo que es amplio, construido de cemento, con tablas al final y un letrero que a la izquierda, dice: “Acotado de pesca sin muerte. A mosca. Ama. Vedado de pesca”. Una baranda de hierro por la derecha para que las personas puedan seguir la ruta sin tener que entrar por las casas ni la nave donde giran las turbinas. Un gran canal que sale de esta nave que es por donde se sienten funcionando estas turbinas y el caño de agua clara que termina de empujar a las aspas de estos artilugios. Sale con una fuerza tremenda y después de unos metros, cae al cauce del río justo por el lado de arriba del puente.

Por entre la baranda que pega al río y la alambrada que protege a la central, pasa la senda y se tropieza con una fuente de cemento, con su tubo de hierro por donde sale un fuerte caño de agua. Es para que beban las personas que recorren esta ruta. Aquí una higuera, espesura de ramas, el cauce de un arroyo con poca agua y la senda que empieza a subir. Se ve donde están refugiado los coches de las personas que ahora ocupan estas casas, muchas higueras arropando a un lado y otro, la cascada pequeña que cae por donde baja el tubo y el humo brotando de la chimenea.

Remonta un poco, atraviesa un puente enano y se roza con el tubo blanco que cae desde lo alto. Cruza un brazo del río y sube hacia un espigón que hay al frente de rocas tobáceas. Otra tabla con su letrero correspondiente: “Camino muy peligroso, desprendimientos”. Y en la misma tabla, los que suben, que ya han escrito cada uno su mensaje. Remonta la senda, porque la pista muere justo a los pies de la central, metida entre rocas, zarzas y adaptándose al cataclismo del barranco que me dispongo recorrer.

Las once menos cuarto y esto indica que son dos horas quince minutos lo que he tardado en recorrer estos casi ocho kilómetros que me separan de la cadena de entrada. El primer tramo arremete bastante empinado por entre unas higueras y no es otra cosa que el cauce del arroyo que cae desde las tierras llanas del viejo cortijo del Haza, remontado por encima de la inmensa pared que se me cae encima. Muchas piedras sueltas y recién lavadas por la corriente.

A unos cien metros, me paro y echo una ojeada hacia el barranco que acabo de recorrer. Veo el Calarejo de los Nevazos, algo más abajo, el cortijo de Roblehondo, la central a dos pasos de mí y el río saltando en su monotonía de juego claro. Una curva a la izquierda para tomar altura por encima de las casas y enseguida hacia la derecha como buscando el cauce del río. Puras rocas sueltas y lavadas por el agua, es el camino que voy pisando. No dejan de darme compañía las higueras y los rosales silvestres con sus menudas flores abiertas.

Ya he remontado a un singular mirador natural y como lo conozco de aquel día que fui a la casa de Manuel, me aparto para hacerle una visita detenida. Veo que me acoge una pequeña pradera de hierba justo encima de una enorme roca tobácea, con una higuera clavada casi en lo alto y al fondo, la impresionante cascada. La conozco de aquel día porque me la lleve en una preciosa foto y hasta creo recordar que me dijeron se llama Cascada de la Caída. Es la primera enormemente grande y su charco azul, que muestra este río desde aquí para arriba.

Esto parece fuera una era porque la llanura y los bordes que la recortan, me lo está proclamando. Y como me gusta tanto y ya está bien alzada la mañana, me digo que después de este regular paseo y todavía sin presencia humana que me enturbie los paisajes que vengo gozando, es necesario que me pare un rato y coma. Debo desayunar para tomar fuerzas a fin de arremeter el tramo que el río me reserva hasta alcanzar los túneles. Además, como deseo seguir en la soledad que a lo largo del recorrido, he disfrutado, desde este mirador de lujo, tengo bajo el control de mis ojos, un buen trozo de la pista que sube justo por debajo de la casa de la central.

Si alguna persona se acerca, que seguro subirá y más en un día como el de hoy, la tengo que ver al pasar por el trozo de pista que bajo mi control mantengo. Antes de que llegue a donde ahora me encuentro, me habrá dado tiempo de recoger mi comida, cargar con mi macuto y seguir la ruta para no sentir la incomodidad de llevar, delante de mí, a personas que me vayan despertando la naturaleza que tanto se me recoge en el corazón y tan dulce me la estoy encontrando en esta singular mañana.

Antes de sentarme, miro hacia abajo y me sorprende la central ahí aplastada al socaire de las rocas negras y arropadas por la espesura de las higueras y los álamos. ¡Lo que liaron aquí y por la necesidad de un poco más de corriente eléctrica! Miro mi reloj y veo que son las once menos diez. Me descuelgo el zurrón y sentándome sobre la hierba, me dispongo a tomar un bocado. Traigo tortilla de patatas, algo de fruta, leche condensada y un zumo de Solán de Cabra. Y mientras voy sacando estas cosas de mi macuto, me digo que la mañana, el rincón tan cerca del río con su natural concierto de cascadas y la hierba con sus perlas de rocío, es como un regalo que el cielo me da por puro amor para conmigo y nada más.


Al Salto de los Órganos

A las once en punto arranco. Ya parece como si estuviera preparado para seguir atravesando esta sierra a lo largo del día sin parar. Veo que no sube nadie por la pista y sé que por delante de mí no va gente. La mañana se abre y por lo que ya tengo consumido de ella y del camino, se me confirma lo que había intuido: es un día especialmente bonito para hacer la ruta que recorro. Y como tengo tiempo y veo que por aquí todo está tan tranquilito, voy a subir sin prisa para gozar calmadamente de las cascadas que por aquí tiene el río, de la espléndida mañana y de los paisajes tan repletos de primavera fresca.

Por donde cae el tubo que le entra a la central, un gran pino laricio y otro dos o tres algo más arriba, clavados en la dura ladera. Por ahí se despeña un chorro de agua y observo que para sujetar el tubo, tuvieron que construir como una especie de puente. Se me presenta el arroyuelo y mientras lo voy cruzando veo que tiene mucha agua. Si hoy cayera una tormenta, seguro que sería difícil andar por esta senda. Las aguas llenarían a estos arroyos menores y cruzarlos, no sería fácil.

Una gran cornicabra a la derecha con el tronco grueso como el cuerpo de una persona. Observo que por aquí sube un camino ancho, como si fuera pista abandonada o que intentaron construirla y la dejaron a medias. Cantan los pajarillos y todavía sigo recibiendo la sombra de la cuerda que me rebasa por la izquierda. Cinto es como los serranos llaman a estos robustos paredones y también voladeros. Parece que el que ahora mismo me encierra por este lado izquierdo se llama Cinto de las Higueras, por las muchas plantas que de estas especia, crecen por entre estas rocas.

Remonta la senda al segundo espigón, gemelo del que me ha servido de mesa para este desayuno mío y abajo, siento el fuerte rumor del río estrellándose. Una encina clavada en una gran roca y se dobla hacia la corriente del río, por donde se estrecha y al pasar, brama.

Sin dejar de remontar, la senda ahora mismo, no sube demasiado empinada. Cuando aparezca el gran Salto de los Órganos, seguro que la torrentera será mucho más fuerte. Me he retirado bastante de la corriente que la voy viendo por mi derecha, saltar brava por entre rocas tremendas y surcos oscuros. Abierta en dos cascadas se despeña en la curva donde unas rocas la encajona perfectamente y una encina vieja, desde aquel lado, se tumba como si quisiera arroparla.

Ya me da el sol pero como hace fresquito y voy subiendo suave, ni siquiera sudo ni siento la necesidad de jadear. Este singular trozo del río Borosa, es para hacerlo con esta calma a fin de gustar hondamente. Otro pequeño arroyuelo con un endeble hilo de agua. Al otro lado del río, por la derecha según remonto, se ve como una meseta o una era amplia de tierra fértil, llena de hierba y abajo descubro una construcción de algo. Y luego para arriba, una lancha totalmente pelada de vegetación por ser toda ella pura roca. Dos o tres encinas, por algunos rodales y lo demás, cornicabras.

Huele a mejorana y es que por aquí, ni el tomillo ni la hierba tienen rocío y parecen que al sol que les va dando, se abren y exhala su perfume más puro. El camino sube bien tallado y claro sobre la ladera con el firme empedrado de trozo de piedras blancas.

Por el lado de la derecha, ya coronando las rocas que veía hace un rato, cayendo en forma de losa, muchas repisas menores repletas de hierba. Y en el río, se remansa un inmenso charco azul en una curva que traza la senda. Cae la cascada y el charco se expande profundo y grandísimo. Y otro charco oscuro y transparente en otra cascada algo más arriba. Muchas higueras por aquí entre la senda y el río. Otro arroyuelo menor sin agua ahora mismo pero como muchísimas piedras sobre lo que en este tramo ahora es lecho de la senda y también de este cauce.


Algo más arriba, varios caños de agua deslizándose por entre las piedras y en lo alto, despeñándose tres o cuatro chorros. Por el lado derecho del río, después de remontar la roca esta de la lancha, existe una ladera que se derrama hacia el río, mucho más suave y por ella se ven piedras sueltas, mucha hierba y algunas encinas grandísimas. En el rodal de tierra que cubre el vuelo de sus ramas, se ve sin hierba. Como si estuviera muy pisado por haber sesteado ahí alguna manada de ovejas, cabras o muflones. Se ve toda la tierra muy pisada, color ocre y sin una mata de hierba.

Por la senda que piso, se ven muchos excrementos de ciervos o cabras monteses. Vienen siguiendo la senda desde donde yo. Remonto hasta una curva donde hay como un entrante hacia el río. Un balcón natural de tierra que lo aprovechan los que por aquí suben para asomarse al cauce. Por la ladera de enfrente se ve un cascajal de rocas blancas y por abajo y como escondido, pasa el río, aquí otra vez suave. La tierra de este cerrete y toda la que vengo pisando, por completo empapada, como si ayer mismo hubiera llovido y en cantidad. Ya veo al fondo algunas de las grandes cascadas que desde el gran salto para abajo, tiene este tramo del río. También comienzo a ver algunos trozos de la montaña haciendo la ruta dos, complementaria de esta.

Miro un poco más cerca y sigo gozando de la presencia de muchas matas de mejorana hermosamente verde y si miro a lo lejos, me reconforto con el azul del cielo que la mañana me va presentando. Sólo algunas nubes altas que son de la niebla que ha surgido de estos barrancos y la sombra ya, pues sólo a rodales porque el sol lo tengo bastante alto. Intuyo que esta tarde se puede desencadenar alguna tormenta. Son las once y cuarto.

Avanzo ahora por un tramo que es todo tierra, llano el terreno y dando una moderada curva. Atraviesa como el surco de un arroyo y justo aquí pierde su anchura como de pista y se queda en una senda más real, muy usada pero estrecha. Le entra o le baja desde la izquierda, como una trinchera por donde se despeñan las trombas de agua en los momentos de lluvias torrenciales que por aquí son frecuentes. Cruza y enseguida otro rellano menor en forma de mirador hacia el río y las cascadas que brillan al frente.

Se hace amplia, con un hierro clavado en algo de cemento y me asomo al Borosa. Tres o cuatro cascadas rebosantes de espuma y de belleza y los charcos nítidos que las recogen. Ninguna de estas es el salto por excelencia. Por la izquierda se me va acercando la enorme pared que en forma de muralla se hunde hacia la cerrada del Salto de los Órganos. Entre esta gran pared y otra mucho mayor que emergen más en lo alto, queda una repisa de tierra que es por donde asciende la senda en su último tramo antes de la entrada a los túneles.

Observando tan tremenda caída pienso que si alguna persona, al recorrer ese tramo de senda que precede al primer túnel, resbala y rueda, caería volando por encima de este primer escalón rocoso que ahora intento rebasar. Sería una caída de consecuencias fatales por la tremenda altura que tiene este voladero. Y lo que sucede es que justo cuando se recorre el trozo de senda que acoge la repisa entre un voladero y otro, ni siquiera se aprecia visualmente la grandiosidad y peligro que presenta este gigantesco farallón. Nunca ha ocurrido nada pero el peligro es real y además de gran dimensión.

Baja la senda un poco como buscando la que creo sería la segunda gran cascada desde la central hacia arriba. Entre esta y la del final, el gran salto, quedan tres o cuatro más, algunas de excepcional belleza. Me aproximo y veo que cae abierta, con dos caños grandes, uno más grueso que el otro y dos más a los lados, como encerrando a los mayores. Donde se remansa, existe un charco tan profundo que ni siquiera parece claro por el azul tan oscuro que desprende. Las rocas que la corriente ha arrastrado, se han quedado paradas en el borde del charco por donde este rebosa y hacen de muro para retener el agua y que el charco sea más grande.

Al caer al baso que la acoge, se levanta como una nieblina y esto la reviste de más asombro y misterio. Pero esta cascada concentra su belleza en que no es ella sola sino que tiene una hermana menor en el nivel de arriba. Una impresionante caída con dos niveles donde entre la segunda caída se retiene un charco también grande y al rebosar de ese cuenco, se forma la segunda cascada que presume de un charco mayor. Las rodean algunas higueras y le dan compañía multitud de piedras negras porque son tobáceas. Al otro lado unos cuantos pinos laricios, preciosos, muchos bujes aquí abajo y un viejo árbol que tiene todas sus ramas secas y el tronco, hasta la mitad, verde del musgo que le cubre.

A la izquierda una avalancha de las piedrecillas que caen por la pared que me sobresale. Más higueras, una hondonada con pinta de dolina, muchas zarzas y la gran roca que es pared elevadísima, cubierta por la hiedra que se agarra a ella e intenta taparla por completo. Este macetón de hiedra tiene un núcleo espeso y alto y luego por los bordes, se muestra más delgado porque son los tallos nuevos que se alargan abriéndose camino roca arriba. La contemplación de esta expresión de la naturaleza, asombra al tiempo que deja un dulce gozo en el alma porque es muy bonito el adorno que la hiedra le ha puesto a la dura roca.

Y aquí pasa la senda justo por donde cae la segunda cascada. Se abre mucho y se despega de las rocas cayendo a un tremendo cataclismo de peñascos amontonados. Por entre este laberinto, empieza a remontar la vereda y es justo el paso o punto de la primera pared a la repisa que se recogen en medio que al morir en el surco que corta el río, se hace ancha y es ahí donde se concentra un buen puñado de cascadas, cuevas, surcos tremendos, desconcertantes charcos, densa y salvaje vegetación y un peñascal infernal, por donde todavía queda lugar para delicadas praderas de hierba y grandiosos pinos laricios a un lado y otro.

Las rocas que voy pisando son todas tobáceas que se han ido rompiendo y quedándose por donde han podido. La vegetación de zarzas e higueras, ha crecido mucho y sus raíces van rellenando las grietas al tiempo que las sujeta y las cubre. El ruido de las cascadas que me van quedando por la izquierda y se despeñan rebosantes, se estrella contra la pared que voy rebasando y se origina el mismo fenómeno que cuando subía por la pista, después de Huelga Nidillo. El eco devuelve el rumor y la cascada le vuelve a empujar y para mis oídos es como una confusión porque no acaban de saber si estoy en el mismo corazón de tal concierto o es que me envuelve desde todos los puntos. Un fenómeno curioso pero original y por eso placentero.

Mucha hierbecilla que ya tiene sus flores abiertas. Una covacha a la derecha mostrando lo que en otros tiempos fueron sus estalactitas. Me llega un olor desagradable y al asomarme, descubro que este refugio natural ha sido usado como retrete para depositar excrementos humanos. ¡Qué cosa!

Remonta y aquí se pega por completo a la gran pared que me ha llegado desde el lado izquierdo y tengo que rebasar para encajarme en la parte central que es la repisa donde se retiene el puñado de tierra. Miro en la línea que me viene llegando esta sobrecogedora pared y veo que es un voladero de casi doscientos o más metros de caída por completo en vertical. Hacia arriba se origina otra covacha donde crecen muchas pingüicula, un buen puñado de helechos, ortigas y una higuera que les da compañía y en la base, unos charcos claros donde se retienen las gotas que caen desde lo alto. La cantidad de vida que la sierra ofrece hasta en los sitios más complicados, escondidos y duros.

Giro un poco a la derecha, buscando el río y ya veo por aquí, chorreando otra cascada. Sigo remontando y la senda va buscando el surco del arroyo para meterse por él y poder subir. Y sí que pasa pero cogiendo cada uno de los surcos que el agua ha tallado al correr. Parece como si para alcanzar el descanso de la repisa entre las dos paredes, no existiera otro paso que el que ha esculpido el cañón del río y por eso por aquí todo se constriñe y es mutuamente compartido. Y claro, deduzco que cuando el río venga muy lleno o en algún momento caiga una fuerte tromba de agua, por aquí bajara mucha corriente y eso hará imposible el paso. Pero también deduzco que como estas laderas son tan pura roca, las escorrentías son muy fuertes y por eso no tarde tanto tiempo quedar desocupados estos regajos.

Las rocas que me voy encontrando son de dos clases: unas tobáceas que son las que se formaron en las corrientes de las aguas y luego, por alguna causa, se rompieron y ahora ruedan o se amontonan por esta garganta. Las otras son puras calizas y por eso blancas que también por alguna causa se han roto de las grandes paredes y al caer, han reventado quedando en trozos de todos los tamaños. Las corrientes arrastran a unas y a otras y donde se atascan, se quedan amontonadas esperando otra nueva avalancha para seguir cayendo.

Llego a la altura y al ver la cascada, descubro que se abre por entre varios canales tallados en las rocas y cae asombrosamente ampulosa. Me aproximo con el asombro latiéndome hasta en el respirar y en cuanto estoy frente al charco, miro detenido. La grandiosa imagen la tengo brillante entrándome por los ojos y a sólo unos metros de mi cara pero ¿cómo explicar la maravilla que es esto?

Desde donde estoy, al frente y en el montón de rocas que atraviesa la corriente, se abre como la boca oscura y ancha de lo que pudo ser una cueva. Lo es sólo a medias y del techo le cuelga como el medio tronco de lo que también en otros tiempos pudieron ser magníficas estalactitas y se ve que fueron muy irregulares. Redondas, aplastadas, achatadas... Y por entre algunos canales o grietas de lo que pudo ser el techo, la corriente del río se abre paso y cae impetuosa en un chorro que empieza delgado y cuando se derrama en la superficie de grandioso charco, es como la parte ancha de un embudo pero blando y del color de la leche. Como una mágica cabellera de brillantes copos de nieve que eterna se abre y se recoge.

Y no se derrama en un sólo caño sino en cinco o seis que primero vienen como en la dirección en que estoy y luego se desvían en varias direcciones, aprovechan un charco grande en la mitad de la caída y después se derraman otra vez. Me arrodillo en la orilla del lago tallado en la portentosa roca y me dispongo a sacar una foto para llevarme conmigo, al menos una fina brizna de este ensueño.

Sigo y aquí la senda sube ahora casi escalando una torrentera, que es el nivel que esta cascada está superando y rota por completo. Ya remontado miro hacia atrás y como me encuentro casi nivelado con la parte más alta de la pared que he superado, ahora y desde aquí es cuando distingo las proporciones de este farallón. De un volumen que pasma. Con trozos negros por donde rezuma el agua y otros rodales color caramelo y muchas covachas poco profundas. Los troncos de algunas higueras que brotan por las grietas y el portentoso mechón de hiedra que la va cubriendo.

Aquí, una llanura breve y otra cascada más que siendo tal no lo es porque vengo observando que este tramo del río, desde lo alto hasta la central, es cascada sin interrupción. Pero es verdad que al rebosar por los escalones que le va presentando el tremendo desnivel de la cuerda de esta montaña, se originan cascadas mucho más singulares. ¿Cuántas son en total? No las vengo contando pero creo que entre seis o siete incluyendo la principal de todas que es el Salto.

Me aproximo y el charco palpita sereno, porque es muy grande y el río que lo colma, se desploma por en medio de dos fabulosas rocas que presentan unas figuras con semejanza a los cuencos de unos ojos vacío. Y es que este frontal rocoso se parece a una deformada calavera y no es exactamente eso. La blancura del chorro se hunde en la profundidad de la masa azul emitiendo un bramido ensordecedor y enseguida se abre con la belleza de una grandiosa flor que quisiera ser besada por la luz del sol y al mismo tiempo, no ser rozada.

Miro el reloj y son las once y media de la mañana. La senda sigue remontando y aquí hay como una entrada hacia una leve plataforma que hace de mirador frente al charco azul. Parece como si esta roca la hubieran tallando aquí expreso para situarse en el mejor punto y gozar del remanso. Sigo la ruta y con la senda me pego a la pared para poder pasar al nivel alto, por completo entre espesuras de zarzas y muchas gotas que bombardean desde arriba.

Ahora veo que por debajo del charco este de la gran cascada, sale una rota pista hacia el otro lado. Pienso que este ramal de camino tan viejo y confuso, puede atravesar la pronunciada ladera que me viene quedando por la derecha y después de remontar, enganchar con los caminos que bajan desde las llanuras del Calarilla. No lo veo claro y aunque miro fijo para ver qué descubro, me parece que la sierra por este punto, es tan quebrada que casi resulta imposible que esta pista avanza por ella.

Unos metros más remontado y ya veo arriba, la otra parte de la pared que el otro día nosotros rozamos y que va desde el mismo Salto hacia las cumbres del Calarilla. Al río se le ve por aquí muy cerrado por lo mucho que lo han encajonado los espigones rocosos y al mismo tiempo, discurre suave. No queda mucho para la cascada final. Todo lo que me acoge y acompaña parece como si se prepara hacia el punto núcleo.

La senda mejora porque discurre como por una repisa de tierra. Muchas rocas al otro lado, muchos pinos laricios clavados en la ladera y muchas hiedras cubriendo estas rocas. Les da el sol y su presencia es grandiosa coronada por el vuelo de los cuervos que la surcan por encima. Algunas nubes blancas que empiedran el azul lejano del puro cielo.

Otra cascada retorcida y en forma de ese y muy estrechita para cortar el espigón de rocas que le presenta la lancha que caen desde la ladera. Tiene también en lo hondo un gran charco azul y de él, remonta vuelo la florida lavandera cascadeña. La senda remonta ahora casi en línea vertical con el charco que tengo frente a mí y la pared de rocas. Y es que no tiene otro espacio para seguir subiendo. Es arroyuelo cuando corre el agua pero también senda.

Sigue muy empinada, se encajona entre una trinchera de rocas tobáceas y adivino que en cuanto asome, me tropiezo con el Salto. En la pared de rocas que me protege por la derecha, una como ventana que da vista al cauce. Un arce colgando por completo de la roca pero elevado sobre la corriente. Da una curva y vuelve como si fuera en busca del túnel pero aprisionada por la trinchera que le hicieron para que pudiera avanzar. Me asomo a la derecha esperando ver lo que intuyo y no. Este no es el salto total.

Un par de covachas por la derecha donde se paran a dejar sus señales en forma de suciedad los que visitan estos lugares. Son bonitas, las covachas pero ¿quién resiste el mal olor que de su interior sale? ¡Válgame Dios!

Sigo y las piedras que comienzo a pisar son los trozos que sacaron del túnel y tiraban por los agujeros que le hicieron en forma de ventanas y también para iluminar. Una curva más y ahora si espero que se me presente la emoción. Me queda frente total y por el otro lado, el lomo rocoso que nosotros recorrimos hace unos días cuando descendimos hacia el rincón de esta cascada.

Se allana la senda con tierra negra y fértil y con mi emoción, busco lo que tanto espero. Unas praderas menores tupidas de hierba verde y al dar la curva, la gran cascada. Me paro y la veo cayendo desde lo alto y ya el paredón por donde perfora el túnel y uno, dos, tres agujeros que fueron las ventanas cuando lo abrían.

Y lo primero que me llama la atención es que el trozo de tierra que rodea la gran cascada, no me lo esperaba tan llano. Miro al frente y lo que veo lo puedo describir como un escalón de unos 180 metros, partido por el centro por el cauce del río y desde ese surco, el chorro de agua cayendo casi a plomo. Según viene cayendo, el chorro se abre porque tropieza con salientes rocosos y toda el agua que se torna espuma. Al alcanzar el descanso, lo hace sobre tierra y piedras que arrancan desde la base de este gran espigón rocoso, se remansa brevemente en sus charcos, que no son espectaculares, con trozos de praderas sembradas de mil rocas de toba, muchos bujes y muchos helechos y retoma su bajada por el surco que el río le va ofreciendo.

La subida hasta este encuentro, con esta tranquilidad con que yo la he hecho y sin nadie que perturbe la mañana ni los paisajes, es realmente gratificante. Una pequeña repisa antes de la cascada, el agua que se ve negra por aquí, el chorro que se despeña que no es tan grande porque al río le han quitado mucha agua para el canal que alimenta a la central eléctrica pero sí es alta y bonita. Son las doce menos diez de la mañana.

Termino de remontar al cerrillo y bajo. No tiene apenas charco esta cascada. Aquí es muy llano esto, se esturrea el agua por entre las piedras y sigue bajando. Hasta casi el mismo fondo de este redondel porque deseo hacer una buena foto aunque tenga el sol de frente y la pared por donde cae el agua, a la sombra. Descubro ahora que por la parte de abajo, existe como restos de un muro. Recuerdo que en otros tiempos, por este chorro de agua, tiraban traviesas de madera para arrastrarlas por la corriente hasta el Embalse del Tranco. Como es tan alto este salto, tuvieran que hacerle una buena rampa y como la caída era larga, las traviesas, al llegar al final, venían ardiendo. Le construyeron esta pequeña represa para sujetar el agua y que al caer a ellas, las maderas se apagaran.

Si este pantano estuviera lleno, ahora mismo, yo estaría metido en el fondo de sus aguas. Y es que la quiero gozar desde lo más cerca posible y por eso descubro que de ella brota como una nieblina, al quebrarse el agua, y al atravesarla los rayos del sol que caen desde arriba, hasta se dibuja el arco iris. Tengo que decir que es realmente bonito este rincón y más, cuando el encuentro es como el mío esta mañana.


Al muro del Embalse de la Feda

Me despido y sigo la ruta ya buscando los túneles. Traza aquí la senda una airosa curva y se va dirección al Tranco del Perro pero subiendo empinada por la pendiente repisa que se ha retenido entre los dos altísimos trancos. A la izquierda me queda un rellano sembrado de muchos helechos. Miro para atrás y se me cuela por los ojos el robusto espigón gemelo del Picón del Haza. Le da el sol y como el agua le chorrea por toda la cara, brilla hermoso.

El firme que va sosteniendo a la senda, son trocitos de la roca que tuvieron que triturar cuando abrían el túnel. Fueron arrojando por los agujeros que le abrieron para que entrara la luz y por esta ladera se quedaron desparramados y otros muchos, rodaron hasta lo más hondo.

Ya he remontado un buen trozo y veo abajo, todo el terreno quebrado y el voladero que he venido sorteando. Sé ahora mismo que si en estos momentos tuviera un tropiezo y rodara, iría a caer por lo alto de ese enorme voladero que acabo de remontar. Mi cuerpo se haría añicos. Por eso decía que es muy peligrosa esta senda.

Acercándome a la entrada del túnel y aquí, las peonías florecidas y el Calarejo de Los Villares al fondo por donde se remontan las nubes blancas. Esta tarde puede haber tormentas. Desde la cascada grande, este trozo de senda, es bastante duro por elevarse mucho en un tramo corto. Hay que alcanzar hasta la mitad del segundo gran escalón rocoso que es donde se abre la puerta del túnel.

Los últimos metros, pues todo un puro cascajal. Una torrentera de rocas sueltas, en trozos pequeños y blancos. Cae esta pendiente casi en vertical y por eso cada piedra que rueda, salta por lo alto del primer voladero y se estrella por donde también sube la senda y yo subía hace unos minutos.

La senda, bastante bien pero estrechita y rota por muchos sitios porque no la arreglan. Traza la última curva antes del túnel por donde sí le pusieron una pequeña pared de piedra por el lado de abajo para sujetarla. Todavía está. Ya me encuentro casi por encima del pico que recorrimos el otro día. Veo la pradera con su ejemplar pino en el centro y las nubes blancas surgiendo por encimas de las cumbres y el azul del cielo.

Muchos bujes y algunos rosales silvestres ya casi rozando el agujero del túnel. Veo que las personas por aquí, incluso hacen atajos para llegar antes, lo cual es mucho más peligroso. Ya en la entrada del túnel, miro hacia atrás, y al frente por donde he subido, todo el gran macizo del Calarejo, las llanuras donde estuvo la aldea de Los Villares y el pronunciado barranco de Roblehondo con los viejos cortijos todavía ahí refugiados.

Por la izquierda según miro ahora hacia el profundísimo y lejano surco por donde, desde mí, se aleja el Borosa, la impresionante lancha de rocas y encinares, con muy pocos pinos, que cae desde el Calarilla. Tremenda ladera esa, dificilísima de andar y de atravesar por no existir, en ese terreno, ni un sólo camino. Coronando al fondo, las nubes y más lejos, la sierra de las Cuatro Villas, que en este caso son las solanas de la Torre del Vinagre. Una grandiosa vista desde este punto.

Una piedra justo a la entrada del túnel, un chorrillo de agua que cae por aquí y la boca que se ve abierta por donde sale el canal que viene repleto de agua. Y este trozo de ruta, llana por completo porque fue trazada así para que el agua, por el canal, corriera suave hasta la entrada al tubo que las despeña hacia la central. Son las doce y cuarto de la mañana y creo que lo recorrido se acerca a los once kilómetros o quizá algo más.

Me vengo para la izquierda siguiendo el trozo de canal que busca la entrada al tubo. Peligroso este paseo porque va clavado por completo en lo más inclinado de la torrentera y casi por el pie mismo de esta pared de roca, la segunda y que es por donde ha penetrado el túnel. Va una modesta senda pegado al canal. Camino ahora dirección al Tranco del Perro y veo que el día se ha abierto y muestra un esplendor grandioso.

La reguera, al llegar al primer puntal, se mete en un pequeño túnel de cemento. El puntal ofrece como un balcón menor que queda por completo colgado en el vacío de esta asombrosa caída. Da una curva y las aguas afloran otra vez corriendo por su canal. Quisiera saber por dónde cae esa cascada que aquel día me sorprendió cuando desde el Tranco del Perro miraba hacia este barranco. A trechos, se le ven agujeros a estos como tubos de cemento por donde han metido la reguera para que las piedras que rueden no caigan dentro.

En un tramo que se queda al aire libre, le han puesto como una alambrada tumbada hacia la pared que corona, para que las piedras que ruedan no caigan dentro. Y es que quiero llegar hasta donde ya las aguas se meten en el tubo y se despeñan hacia la central. No recomiendo a nadie este paseo a pesar de lo hermoso por la vista que va mostrando.

Doy una curva y siento el rumor de una cascada que cae. Y ahora que me acerco, descubro lo que es la cascada que aquel día vi desde aquellas sierras lejanas: al llegar al final, el canal se remansa como en una alberca alargada y se ve que cuando desde la central, le cierran la entrada del agua por el tubo, desde esta alberca, que tiene un aliviadero, rebosa toda el agua que llega por la canal. Cae por la ladera y después de abrirse como un abanico, en un salto de más de cien metros, se desparrama justo por donde sube la senda.

Desde aquí se ve el río allá en todo lo hondo y es tremendamente sobrecogedor por la fabulosa extensión de sierra que se domina y desde una altura tan rotunda. Mucha hierba por aquí y muy mojada toda la ladera. Por la pista que sube por el Borosa, ahora ya si veo venir a muchas personas. Es lo que me esperaba en un día como el de hoy.

Y la última curva donde ya se remansa en la alberca alargada, se presenta la entrada del tubo, la línea eléctrica que remonta desde la casa de máquina y el fantástico mirador clavado en el corazón de esta ladera y frente a la sierra más grande. Estoy en todo lo alto de la central, recto por completo en una caída tremenda, y por la parte de arriba, veo la explanada donde están las ruinas del aquel extraordinario cortijo del Haza.


Me he vuelto para atrás y recorro este trozo de reguera hasta la entrada del túnel que me dejará sobre el Salto de los Órganos. Entro al túnel y me voy siguiendo el pequeño pasillo que le dejaron junto al canal. Por aquí y, entre el canal y el pasillo que sirve para continuar la ruta, hace unos años pusieron unos hierros y desde uno a otro, unos cables de acero para que las personas se agarren y no caigan a las aguas. Enciendo la linterna porque la oscuridad es total y muchas gotas de agua que caen desde el techo y en el pasillo que recorro, muchos charcos remansados. No se puede andar con comodidad al menos en fechas como estas.

Enseguida una primera ventana con unos hierros atravesados para impedir que las personas se asomen y puedan caerse hacia el profundo vacío que presenta el barranco por donde sube la senda. Otra segunda ventana o agujero de aquellos que hicieron para ventilar, iluminar y arrojar los escombros que sacaban de este túnel. Una tercera ventana y aunque la distancia de una a otra no es mucha, quedan en penumbra total algunos trozos de este túnel. Y la cuarta ventana es tan grande que parece una puerta abierta al vacío del tremendo barranco. La vista, desde ella, es grandiosa por lo hondo que queda y lo escabroso que se ve todo.

Ahora viene el tramo más largo que ya da salida a la parte alta de este gran voladero que es justo donde el río vuelca hacia la gran cascada del Salto de los Órganos. Un agujero menor para que entre la luz pero abierto en un espeso muro porque da la casualidad que por esta parte el túnel ha sido perforado muy dentro del macizo rocoso. Otra nueva ventana y esta queda justo en lo alto del gran charco azul hundido por donde he subido. Dos ventana y estas juntas y ya el final. En total, son siente los agujeros que abrieron desde el túnel para respirar y que la luz entrara.

Según me acerco a la salida el agua que corre por la canal, mete mucho ruido y esto es porque la corriente baja con mucha fuerza. A la salida de este primer túnel mi reloj marca las doce y veinticinco. Creo que este recorrido tiene más de cien metros. La visión es muy espectacular porque de pronto se sale a lo más llano de este río antes de saltar el tremendo escalón que le ha presentando la cuerda de esta elevada montaña. Un gran pino laricio y el río remansado.

Ya desde aquí, sólo una ampulosa curva, que sigue la línea del curso del río y por supuesto, la del canal, se adentra en el segundo túnel y al salir, sólo unos metros y el muro del pantano.


Al Collado del Picón de Haza

En la airosa curva que traza la senda, siguiendo el borde de la canal, entre el primer y segundo túnel, es donde se coge hacia la izquierda para remontar, campo a través hacia el Collado del Picón del Haza. Si voy atento, descubro sendas de animales que me ayudan para remontar la empinada ladera que tengo que recorrer.

Mucho buje, mucha zamarrilla y mucho tomillo florecido. A mitad, más o menos, de la cuesta, un enorme pino laricio. Tiene su agujero en el tronco y quemado como si queriendo lo hubiesen hecho. ¿Para sacarle la resina o para qué? Aquí mismo y pegado a una piedra grande, entre las conchas secas de las ramas de este pino y las hojas viejas, una cama de jabalí donde esta misma noche han dormido.

Ya estoy casi coronando y por eso digo que la subida no es muy larga pero sí muy fuerte. Dos grandes pinos laricios ya casi en todo lo alto. Miro y veo muchas nubes por las partes altas del pico Empanadas, el más alto de las sierras de este Parque Natural y por eso me digo que esta tarde puede haber tormentas.

Estoy a cien metros del collado y lo que veo es el cielo azul, las nubes blancas avanzando sobre él, mucha hierba sobre la tierra del collado y comiendo en tan hermosa pradera, una solitaria cabra montés. Me ha visto y sin asustarse, porque me tiene dominado, se mueve tranquila hacia las rocas de la pared del Picón del Haza.

Ya estoy en lo alto y lo mismo que desde tantos tramos de esta bella ruta: una vista impresionante, una pradera tupida de hierba fresca, un chorro de aire también tibio que sube desde la hoya del cortijo del Haza y el cielo sangrando azul. Desde aquí lo estoy viendo claramente, aunque sólo sean ruinas y los árboles frutales florecidos y solitarios por entre las verdes praderas que rodean a tan tristes ruinas.

Sin duda que fue un paraíso este rincón del cortijo del Haza por la tierra tan fértil que le rodea, los chorrillos de agua que desde estas laderas manan y cruzan las praderas y la buena extensión de tierra que tenían solo para ellos. Lo malo, y lo voy a decir sin haberlo vivido, serían las tremendas nevadas que en estas alturas caerían por aquellos tiempos y las tormentas a parte de la inmensa soledad por lo lejos que estas personas estaban de cualquier núcleo de población.

Distingo claramente el gran espigón de la cuerda de las Banderillas, las partes altas y los cortes que caen hacia la central y veo por donde se eleva el Tranco del Perro, el espigón del Fraile de las Banderillas y el macizo del Haza de Arriba. Muy tranquilo esto y una enorme vista hacia infinitos sobrecogedores. ¡Qué gran día el de hoy y qué gran excursión y cuánta necesidad de dar gracias por creación tan fabulosa! Por aquí, todas las florecillas de estas hierbas, abiertas, revoloteando algunas mariposas y cantando por entre los majuelos, varios pajarillos.

Son las dos menos veinticinco de la tarde. Acabo de recorrer la ruta del río más bello de la tierra. El de aguas inmaculadas y rincones misteriosos donde lo que, por encima de todo destaca, es la sensación de un camino que conduce hacia el corazón mismo de la belleza que da consuelo a toda alma humana. Y lo que más me ha parecido, porque en la región de mis sentimientos así lo he saboreado, es que este camino levemente comienza donde hoy yo he terminado. Así que, de entre toda la emoción, lo que claramente destaca, es el fluir de corriente tan nítida proclamando que es sendero que desde la tierra arranca y se conecta con la eternidad. De aquí que ahora no esté saciado sino, aunque hondamente repleto, con más hambre que al comienzo, esta mañana.


La fragancia eterna

Subo hasta el centro del collado donde está verde la hierba y al mirar al frente, veo la llanura de las encinas viejas y el arroyo de las zarzas y ahora lo recuerdo:

Aquel día ya caía la tarde y ahí mismo comían sus cabras y, como desde el puntal a él les cogía lejos, mandó a su perro a por ellas y una, la negra, sí se vino corriendo hasta la parte de arriba que era por donde ya la noche se asomaba pero las otras, allí se quedaron comiendo y al volver su perro, recuerdo que habló y le dijo:
- Lo que siempre es bueno es que nunca se borre tu presencia sino que aunque breve, sea y real para que ahí, donde has estado, dejes tal perfume que todos te amen y quieran que vuelvas.

Y sigo mirando y al frente los veo bajar con sus manojos de espárragos y a los otros buscando sus bellotas justo donde la fuente serena y luego los veo saltar y diciendo:
- Pues llegará un momento en que muchos buscarán a un pastor al ir por los caminos de estas sierras porque tendrán necesidad de consultar la verdad de la gran realidad de estos montes en el silencio de la tierra.

Y como estoy sobre el collado, mirando al frente y caminando con ellos y por aquella senda, en esta mañana seductora y ya de bien madura primavera, para mí solo me digo: “¡Quién no pudiera ahora mismo saber los nombres y ciencia que conocía aquel pastor y quién no supiera llegar y estar y callarse y luego irse a tiempo para dejar por el lugar tal esencia que todos sintieran vivo mi recuerdo y, en el fondo de sus corazones, a todas horas desearan que volviera!”.






- Al final del filo del Calarejo, en una morra que hay con muchas vistas hacia los barrancos del río Borosa, estaban las casas de la Aldea de los Villares. Mucha agua que había allí y muchos animales. Había también muchas huertecillas y con estas cuatro cosas y el aire limpio, vivíamos bien, muy bien.
- ¿Cómo se llamaba la fuente aquella?
- La Fuente del “Royico”. Aunque por allí hay mucho manantiales. Más para acá, conforme se está en los Villares, a la derecha está el royico y a la izquierda se encuentra la Tejadilla. El Bonal se ve al frente, al pie de la risca, la Fuente del Bonal.

A la derecha del Bonal hay un sitio que se llama el Castillico. Desde allí se abre una hermosa vista sobre todo el valle del Guadalquivir. Aquello parece un castillico. Lo bautizaron así y acertaron mucho porque de verdad parece un castillo pequeño.
- ¿Por donde está la casa forestal de los Villares?
- Por encima. Eso: el Castillico. Más allá se encuentra el Prao de la Solana y si seguimos caminando para allá, a la derecha nos encontramos el Puntal de la Solana y se llega al Collado de la Cierva.
- ¿Que es donde nace el arroyo?
- Eso. El arroyo de Los Villares, que se llama. En Collado de la Cierva empieza toda la vertiente. Por ahí se pasa uno al Collado de los Nevazos, por un sitio que se llama otro Calerejo. El Calarejo de los Nevazos y del Calarejo de los Villares. Todo eso es término de Santiago de la Espada.

Por ahí... ¿”ande” quieres que nos cambiemos ahora?
- Ya que vas con los nombres, sigue adelante.
- Pues entonces te iba a decir que el Calarejo de los Nevazos parte, por un sitio que se llama el Puntal del los Borregos, propiedad de un señor de Santiago que le dicen: “los Cuchareros”. A la derecha nos queda el terreno del estado y a la izquierda parte esa propiedad y aquello se llama la Campana. ¿Te suena?
- Sí que me suena y en la lista de un millón de cosas que de esta sierra esperan ser conocidas, pisadas y amadas por mí, la tengo.
- Pues entonces se sigue y a la derecha tenemos el Tranco del Perro, a la izquierda los Pardales, la Cuesta “El Muerto” y el Collado de la Basura. Desde allí mismo, recto nos encontramos la Banderilla Grande y la Banderilla Chica, la Soga está “entremedias”.

De las Banderillas para acá, tenemos los Carasolillos, donde hay una salida que lleva a Viñuela. Al Collado de Viñuela. Al salir a este collado nos encontramos un sitio que se llama los Tejos.
- Espera un poco, porque tan aprisa vas, que no te sigo. Me estoy perdiendo. ¿Los Tejos quedan por la parte de la cumbre del Banderillas?
- Lo que estamos recorriendo ahora mismo es precisamente eso, la cumbre. Estábamos en los Tejos y desde aquí mismo, arriba, tenemos el Fraile.

Siguiendo la cordillera desde el Fraile para abajo llegamos a un sitio que se llama la Pasá del Maguillo. Desde aquí seguimos recto para abajo. Esto quiere decir que lo mismo es de Santiago lo que hay por el lado de allá que lo que estamos nombrando por este lado. Todo es término de Santiago de la Espada. Pasamos y llegamos al Puntal del Águila, a la derecha porque a la izquierda se nos queda la Pasá del Maguillo. Un poquito más abajo a la derecha, el Puntal del las Cabras. A continuación, el Recoblar, el Castellón del Haza, la Fuente de la Montellina que se encuentra próxima al Castellón. Un poco más adelante, la Majá Martín y recto para abajo, por la Cruz de la Mala Mujer, al nacimiento del Borosa que se llama Aguas Negras.

A la izquierda del nacimiento, subiendo por encima, se encuentran los Puntales de Carpio y Covacho del Infierno. A la salida del Covacho del Infierno está el Pozo de los Brígidos. A continuación, Cañá la Fojas y el Risco. Para abajo, Rambla Seca que viene a juntar otra vez al nacimiento. Ahora nos vamos a venir nombrando lo que queda río abajo hasta juntar con aquel tope. Cuando nos juntemos con aquel tope, nos colamos a la otra vertiente. ¿Vale?
- Sí que vale.
- Pues como hemos terminado en el nacimiento del Borosa desde Rambla Seca para abajo, nos venimos hasta la Huelga del Nidillo. Nos encontramos también con la Lancha Pilatos, Poyo Cerezo, el Canalón de la Víbora, las Rozas, las Cocotas, el Barranco de la Tabarrera, la Lancha del Espartal, Loma En medio, la Central Eléctrica y el Cenajo de los Toros. Para abajo, a juntar aquí con la Piedra de los Hornos, la Bradá, el Castellón, cortijo de Guindas de la Cueva Infante al lado del castellón, a la izquierda.

Por ahí recto para abajo hasta el Vado de los Rosales. Pero ahora, como nos hemos dejado un poquito de rincón, lo vamos a aprovechar para arriba para cubrir hasta la Central. Se sale al puntal de la Cerrá. Desde ahí al Covacho o Cueva del Chorreón, Puntal de los Arredraeros, cortijo de la Asomaica, Roblehondo y desde ahí para abajo, a la Piedra del Nidillo. Desde este punto salimos por la Lancha del Cornicabral y a la izquierda de los Villares nos queda el Collado Santos, los Collados, el Collado Volante, que aunque parezca esto raro, es un nombre. Tenemos luego la Roza el Rabilargo, que tampoco sabemos este nombre por qué pero que existe desde hace mucho.

Seguimos y tenemos la Canalica, el Collado del Lobo y a la derecha, la Tripa, que eso ya linda con ese coto que hemos nombrado. Por aquí nos tiramos para abajo a la Cueva del Puntal, recto Loma de María Ángela a las Juntas del Borosa.
- Y si ahora nos volvemos y nos vamos por la senda que sale desde la Fuente de los Astilleros ¿qué nos encontramos?
- Lo primero el Ruejo, que fueron unos cortijos y unos trozos de tierra que se cultivaban. Pasamos por el Barranco del Coro y llegamos a Pedro Cano y torcemos hacia un sitio que se llama la Morra del Pesquesión que ya sale a los Villares. Pero antes nos ha quedado el Barranco Oscuro, a la izquierda la Laguna y a la derecha tenemos el Ruejo.

Siguiendo el río Borosa para arriba tenemos el Charco de la Cuna, el royo las Truchas, El Robliar, los Caracolillos, la Tabla del Vado, la Loma del Tejuelo, la Cerrada de Elías, el Canalón de los Pinos Blancos, Huelga Nidillo y la Central con el Salto de los Órganos que no lo hemos dicho antes porque ese punto lo conoce todo el mundo. Es lo más popular porque aquí y entre los turistas. ¿Ahora ya podemos nombrar lo que nos queda por este lado?
- Podemos nombrar todo lo que tú recuerdes y te guste nombrar.
- A la derecha de la carretera que sube para Guadahornillos, nos encontramos con el Pecho de las Instancias, la Loma del
Tejuelo, las Cabrerizas, el Castellón, la Plaza de Arma y la Cueva de la Sepultura.

Siguiendo para arriba nos encontramos con el Royo de la Cabricuerna, que sale a la Fresnedilla. A partir de ahí, los Cabezones, el Royo de la Cueva de Higuera, los Poyos del Betún, el Barranco del Tío Lobera, cortijo Forestal de Roblehondo, Puente de Guadahornillos, Cueva del Agua o Cueva del aire, la Fuente de la Umbría que esta arriba, en el saliente. Las Navillas de Capa Azul, en lo alto, la lancha de Valdeazores, el Caballo de Valdeazores y la Cerrada entre Lanchas.
- ¿Eso dónde está?
- Eso se encuentra al terminar la Lacha de Valdeazores, donde hay una cerrada. Allí se encuentra también la Cueva de la Cerrá de la entre Lanchas.

- La Cruz de la Mala Mujer ¿Por dónde se encuentra?
- Bajando por que lo que he dicho antes de la Pasá del Maguillo. Al salir justo del Castellón del Haza. Allí hay un pino grande y no sé por qué le llaman a este lugar de este modo.
- ¿Hay allí una casa o algo parecido?
- Aquello nada más que la Cruz de la Mala Mujer. Que tenía el pino una cruz. Tenía yo entonces catorce o quince años cuando empecé a oír tal nombre. Seguro fue una pobre mujer que se heló, la mataron o sería una mujer perdida que tuvo algún mal tropiezo. De la cruz me recuerdo yo de verla en el pino. Algunas veces preguntaba: “¿Bueno y eso qué fue?” y todos me respondían: “Pues na, que na más que conocemos la Cruz de la Mala Mujer. No sabemos lo que allí pasó”.

- Por encima del Castellón del Moro hay un collado muy bello que desde hace tiempo me tiene intrigado. ¿Cómo se llama?
- Es justo por donde pasa la línea eléctrica que sale de la central de los Órganos. Ese collado se llama precisamente el Collao del Castellón. Y saliendo para arriba se sale a Majá Cerbá, luego el Collado del Hombrazuelo, Majal Izquierdo, las Praeras de Fuente Corrales, las Navillas de Capazul, Fuente de la Umbría, la Peña, al volcar la Cerrá de Entre Lanchas, que también la hemos dicho, una senda que va a salir a Fuente Bermejo.

Saliendo por el cortijo de Guindas se llega a un sitio que se llama la Bradá y desde ahí al Collado de la Bradá.
- ¿Ese es el que está arriba en todo lo alto donde se junta dos caminillos?
- ¿Tú has ido por ahí?
- Lo conozco un poco pero no sé los nombres.
- ¡He dado más pasos yo ahí!
- Si nos venimos para abajo por el arroyo que viene a salir a la Cerrada de Elías, entre este arroyo y el siguiente, pegando a la casa de máquina ¿qué nombres hay?
- El segundo arroyo se llama Royo de las Pretinas y el primero el Royo la Bradá.
- ¿Y el puntal grande que queda en medio?
- ¿El puntal que se ve grande ahí en medio?
- Sí.
- Se llama la Piedra de los Hornos. Queda a este lado del Royo de las Pretinas. Por debajico hay un puente de madera y ya se cuela el río. El Puente Piedra es ya cuando se sale a la Huelga Nidillo.

- ¿Y el otro?
- Puente de Toba. Queda yendo para arriba, a mano izquierda más abajo de la central. Hay allí unas tobas y aquello fue un saltador. Por ahí baja otro arroyillo que viene del Castellón del Haza.
- ¿Cómo se llama ese arroyo?
- Su nombre es Royo el Jorro.
- ¿Pero no es el que viene desde el Collado de Roblehondo?
- No, ese es el de la Tinaica. Que viene justamente desde el Collado de Roblehondo para abajo. Es que ahí hay tres o cuatro arroyos. El que cae por lo alto de las riscas al pasar la central, se llama el royo de las Nogueras porque hay unas nogueras en lo alto. Algunos también le dicen el royo del Castellón porque nace allí mismo.
- Cae justo casi en lo alto de la central.
- Sí. Está aquí la tubería y el arroyo cae así.

Y siguiendo para lo alto hay otro sitio que se llama el Collado del Castellón pero este es el del Haza. Por debajo viene un camino que se llama también la Pretina. Por arriba, por el collado mismo, ya sale el camino a los Charcones, por la Cruz de la Mala Mujer. Lo sé todo. Al frente del Castellón del Haza, un puntal que hay por encima de la retención de las aguas de la presa, se llama el Puntal de Mateo. Por encima queda la Morra del Pinar. Para este lado de la laguna nos queda la Lancha de Valdeazores, que es todo ese espolón que se ve donde hay una casilla por la derecha. Por encima de la laguna hay un sitio que se llama la Hoya del Corral y ya se sale arriba a la Lancha de Valdeazores.
- ¿Es lo mismo la lancha que el caballo?
- No porque es que el Caballo de Valdeazores es por donde ya llega a la Cerrá de las Entre Lanchas. Está aquí el Caballo, por las Navillas de Capazul hace así la senda, por la Cerrá de las Entre Lanchas y queda aquí el Caballo.

9.20.2008

EL MOLINO SUMERGIDO EN LA VEGA DE HORNOS
CORTIJO DE "EL CHORREON"

Nota: Cuando empecé a escribir mi libro "Embalse del Tranco" conocí a María Muñoz Manzanares, del que fue cortijo Soto de Arriba. Ella me contó tantas cosas que, de todos sus recuerdos, nació el libro: "Bajo las aguas del Pantano del Tranco". Por aquellos días conocí también a Ángel Robles, del cortijo del Chorreón. También él, durante mucho tiempo, me estuvo contando sus recuerdos. Empezamos a escirbir un libro que luego terminó él por su cuanta. "Recuerdos Sumergidos". Las primeras páginas de este libro las redacté yo y aun las conservó. Las pongo hoy aquí para que puedan disfrutarlas aquellas personas que les guste estos temas. JGómez


INDICE

Así era el Chorreón
Algo de escuela
La cantimplora y el gañán
La parella
La vaca bragá
Pescando en el río
Al son de la música
La gramola
Los candiles de aceite
Previsiones para el invierno
Los más pobres
El tunel del pantano
La armadia
Antimparras
Habla serrana
Remedios caseros
Las comidas
Silla de montar
La trilla
Las cabeceras
Las romanas
Vara de medir
Las damajuanas
El raidor
Las queseras
Las faltiqueras
Los deportes
Vehículos
Calenturas del paludismo
El “capaor”
La matanza
Aguaderas y lechones
Los carros de madera
Cuevas de Montillana
Reloj de plata
Molino de aceite
Molino de harina
Llega el pantano
Traslado de las colmenas
Despedida


ASÍ ERA EL CHORREÓN

Mientras en silencio has ido contemplando las tierras por donde estuvo el cortijo del Soto, el recuerdo de estas vivencias ha llenado tu alma de nostalgia. ¡Qué fragancia tan dulce mana de estos lugares y qué sensación de eternidad limpia se saborea al contacto de esta fragancia! Te levantas de tu roca donde has estado sentado y sigues subiendo porque la tarde ya comienza a proyectar las sombras del picacho de Monte Agudo por las tierras de La Laguna. Sigues subiendo por entre los olivos en busca del coche que en silencio te espera en el rellano de la curva. Es justo en ese rellano donde siempre se paran los turistas para contemplar las aguas del pantano. Y ciertamente es un buen mirador.

En aquellos tiempos, cuando se veía desde el Chorreón hasta este rellano, se comenzaba la subida por la Piedra de los Avilanejos, sitio donde anidaban estos. Se pasaba por los Parrizones, la Tinada de la Solana, el Morro Blanco, la Fuente de Timoteo y a la carretera, justo a esta curva. Hoy ya sabes que este lugar se llama la Hoya del Peñón.

Según te vas acercando, ves que esta tarde también se ha parado alguien en este sitio. Junto a tu coche él ha puesto el suyo y remontado en el rellano, con sus ojos recorre las tierras del valle. Lo saludas y enseguida te pregunta:
- ¿Viene usted del Chorreón?
- De allí y de más rincones.
- ¿Y cómo está este otoño esa cascada?
- Seca, pero aquello es hermoso. ¿Por qué me lo pregunta?
- Hace muchos años nací yo en esa fortaleza. El recuerdo y la añoranza me trae de vez en cuando por aquí. Iba yo a bajar esta tarde a verlo, pero si está seco, ya no voy. Aquello y el cortijo, es bonito cuando el agua corre.

Al saber la noticia te alegras. Te dices que “todavía respiran algunos de los que ahí vivieron”. Por eso enseguida le preguntas:
- ¿Y cómo era el Chorreón?
- Aquí tengo yo el plano que levantaron los de la Confederación para expropiarnos y echarnos del cortijo.
Desdobla un trozo de papel grande y aparece en gran plano.
- Hasta lo tengo marcado: el número uno, es la casa donde yo nací. En el dos se ven los atrojes; ahí mi padre hizo una obra y construyó la escuela. En este rincón recibía yo las clases. El tres, ya se ve, es la gran plaza de la fortaleza donde luego le enseñaré una foto del 1939, con mis padres y los nueve hermanos. El cuatro, es el portón de entrada, sin escaleras. Digo sin escaleras, porque ya en el cinco que es el otro de salida, podríamos decir, había unos escalones que para subir por allí con los caballos y eso, daba mucho la lata.

Pero que mira bien. En la fortaleza del Chorreón no había nada más que esta entrada y esa salida. Pues le decía eso: el número cinco es la salida con escalera. Salida a la Fuente de los Fresnos y al camino real. El seis, ya se ve, el retrete. El único que había en toda la fortaleza y que sólo podía usar mi abuelo. El tenía su llave y aquello estaba siempre cerrado. La historia de mi abuelo sería larga de contar. El se vino de la Toba. Se llamaba Rufino Martínez Pérez y era y fue el verdadero dueño del Chorreón. Luego te enseñaré unas fotografías, tanto del abuelo como de toda la familia nuestra, que aunque dan lástima de verlas por haber pasado por ellas hasta la guerra, merecen la pena.


ALGO DE ESCUELA

- Ya que has tocado el tema de la escuela ¿qué recuerdas?
- Lógicamente y teniendo en cuenta que estábamos en plena guerra, la enseñanza en todos aquellos cortijos de la vega de Hornos, era como Dios nos daba a entender. Como éramos nueve hermanos y mi padre podía, nos buscó un maestro para nosotros y algún otro vecino. Del maestro no recuerdo los apellidos, sólo que le decíamos hermano Juan Pedro. Era de habla blanda, mocico viejo y más bien endeblucho. Su ciencia no iba más allá de las cuatro reglas. Sí recuerdo que su caligrafía era de muy buena calidad. Le teníamos mucho respeto, pero aún él le tenía mucho más a mi padre. Cuando nos “rencillaba” le decíamos que se lo íbamos a contar a mi padre y éste temblaba y hasta lloraba. Casi todo el invierno estaba resfriado y con moquilla. Muchas veces venía sin pañuelo. Recuerdo que se limpiaba la nariz con la manga de la chaqueta.

Lo más importante en la clase era estar muy pendiente para que no se derramaran los tinteros. Por aquel accidente había castigos duros ya que si lo normal era pegarnos con la correa, por este descuido se nos pegaba con la correa, pero por el lado de la hebilla. A veces se nos quedaba marcada en el culo. Había un compañero de clase, sólo recuerdo que se llamaba Zacarías, que se encaraba con el maestro. Hablando de ríos decía que a él no le importaba más río que el de Hornos, que nacía arriba en los Saleros y desembocaba en las juntas. Y que los demás ríos no le interesaban ni sus cuencas ni su gente ni sus costumbres. Y no digamos nada cuando nos acercaba un mapamundi muy deteriorado, que tenía. Lo odiábamos. Los mayores le daban la razón a Zacarías y le decían al maestro que para qué y qué le iban a importar a los chiquillos todas las cosas que les enseñaba.


LA CANTIMPLORA Y EL GAÑAN

Luego de chiquillos, ya había que empezar a guardar animales. En el caso mío, en mi casa había gente, marraneros, gañanes, muleros, además de nosotros porque había faena para todos. Pero siempre nos llevaban para ayudarles. Me acuerdo que iba una vez con un gañan que había que se llamaba el tío Valentín, que era de Villanueva o por ahí. Tendrías por entonces siete años poco más o menos. Y estaba labrando por debajo de la fuente de Timoteo, en un sitio que se llama El Morro Blanco. Que ya se asoma uno y da vista al Chorreón. Hasta ese Morro Blanco llegaba la finca de mi abuelo. Concretamente se llamaba aquello Las Paratas.

Estaba aquello sembrado de escaña. Que yo ahora pienso que con lo que allí se recogía no se apañaba nadie. ¡Si aquello no echaba na! Pero el hombre aquel labrando, allí se pasaba el día. Y me dijo mi padre: “Tú te vas, le llevas agua y mientras, te echas cuidado de los añojos, para que no se les pierdan”. Con las vacas labraba y los hijos, añojos o chirras, estaban allí al lado. Y me mandaba con una cantimplora que había traído mi hermano de la guerra, porque esto fue después de la guerra. Había venido de permiso y había traído una cantimplora de esas de aluminio, de litro y muy abollada. Y tenía yo que ir, precisamente, a la de Fuente de Timoteo, que está allí al lado de abajo de la carretera. La fuente grande que le llaman Fuente Mala, no. Pasado esa, a quinientos metros más arriba, por debajo de la carretera actual, es donde nace la Fuente Timoteo.

Y venga viajes. Y baja, claro el hombre estaba sudando y no hacía más que beber agua. Y las cosas de los chiquillos ¿tú sabes lo que hice? No te lo digo porque cuando el hombre probó aquello y me acuerdo que mi padre me pegó por la causa aquella. ¡Tú verás! Hazañas de esas

Se sembraba el maíz por toa la vega. Le llamábamos “Panizo”. Pero luego se sembraba un maíz muy espeso que era así, para pienso para el ganado, que se llamaba “verde”. No crecía mucho. Aquello era el alimento de los animales que luego se cogía. Se recogía antes de que maduraran las semillas. Se metía unas hoces por las rajas de la puerta de madera, salía medidos por el otro lado y allí se ponían e iban cortando el maíz aquel para echárselo de forraje a los animales. Digo esto porque es una cosa que pasaba. Me acuerdo que por el llano del “Recomesto”, que era una zona de pastos para el ganado, nacían muchos “Limpia santos” ¿Tú sabes qué es eso? Pues “Limpia santos”, se criaban muchos en el “Recomesto” aquel. Y poleo. Se liaban unos llanos de poleo allí que daba miedo. Había muchas acequias de agua que bajaban desde arriba, desde el Morro Blanco. ¡El Recomesto, claro! Y de seguido, del Recomesto para acá estaban “Los Forasteros”. Que por allí pasaba el camino que bajaba de Cañá Morales a Montillana. Cuando se iba a un sitio y otro se pasaba por Los Forasteros. “El Retamal”, también, porque había muchas retamas.

Enfrente del cortijo de los Parrales, había una casa que se llamaba Casilla Quemá. Que estaba derribada y allí al lado, no sé si arriba o abajo, se encontraba la “Piedra de la Legua”. Se le decía así porque justo desde esta piedra a Hornos, había una legua. La vi por primera vez cuando por primera vez probé el helado, en aquella fiesta que se celebraba en el Tranco.


LA PARELLA

- Siendo, como me dices, tantos hermanos y todos varones menos una, la de aventuras que tú habrás vivido de pequeño.
- Pues podría empezar contando por lo de la “Parella” ¿tú sabes lo que es?
- Ni me ha hablado nadie de ello ni nunca he visto que es eso.
- La “Parella”, allí en la vega de Hornos, era un cernadero que es ahora eso que se compra para limpiar las cucharas y todo eso, de cuadros grandes. Entonces, en aquellos cortijos, no se ponían una servilleta para cada uno. La parella aquella, que era grande dependiendo de la gente que en la casa hubiera. Si eran muchos como en mi casa, pues era más grande. Se ponía en la mesa y con eso se iba uno limpiando la boca y las manos allí ¿No sabes?
Solían ser de cuadro. Rojos, azules o blancos. Y eso, pues tú verás.

Yo me juntaba con los otros chiquillos y en alguna ocasión, nos comimos hasta los huevos de los pavos reales. Los de mi abuelo que nos pegaron un palizón que tú verás. Cogíamos los huevos de los nidos de las pavas y nos los llevábamos. Estábamos vigilantes. Hoy ponían uno, mañana otro. Cuando dejaban de poner, ya sabíamos que entonces los engueraban. Los cogíamos y nos los llevábamos. No era por hambre, sino por las travesuras de los chiquillos. Que nos gustaba aquello. Y tú dirás “¿cómo se comían los huevos?” Pues hacíamos bolas de barro, metíamos el huevo dentro, encima encendíamos una lumbre, después apagábamos la lumbre y sacábamos las bolas. Las partíamos y dentro encontrábamos el huevo ya cocido y nos los comíamos con un poco de sal que de antemano ya habíamos preparado. ¡Tú verás!


LA VACA BRAGA

Peripecias que en una ocasión se bajó mi padre a comprar a Villanueva. Se quedó mi hermano guardando unas vacas allí. Por el “espeñaero” donde mismo cae el agua de la cascada del Chorreón, pero a unos cien metros del cortijo, se cayó una vaca y se mató. La corneó la otra y el animal huyó y como estaba al borde del espeñaero, rodó hasta lo hondo. Enseguida llamaron a un carnicero que había que se llamaba el tío Paulino y era de Cañada Morales. Bajó el hombre, desolló la vaca y cuando llegó mi padre habían vendido hasta la carne y todo. ¡Lo que se ayudaban allí los vecinos! Mi madre llorando, todos allí llorando, porque aquello había sido una ruina. La gente compraba la carne, para comérsela, pero también por el deseo de ayudar a la persona que había tenido la pérdida. Se decían: “Amos a comprar la carne y entre todos ayudamos a remediar esa desgracia”.

Recuerdo que esta vaca se llamaba “Bragá” y tenía una chirra de unos seis meses. Madre e hija eran muy mansas y jugábamos mucho con ellas. Como la piel de esta vaca, que no la vendimos, estuvimos haciendo calzado a lo largo de casi veinte años. Los que más se aprovecharon fueron los muleros y gañanes de la casa y también los vecinos.


PESCANDO EN EL RIO

Alguien te habrá dicho ya por ahí que el pescado allí estaba muy escaso. Pues ya ves, escaso tan solamente me acuerdo una vez que llevaron unas sardinas y las llevaban en un borrico. Sardinas frescas. Pero nosotros lo teníamos claro: en el río había muchos peces. A unos sacos grandes que había de la pulpa, las cáscaras que en las fábricas de azúcar le quitaban a la remolacha, que compraba mi padre para alimento de los marranos, le poníamos unos aros de “sarga” en la boca. Yo chiquillo, pero me acuerdo de eso. Lo poníamos en el río. Y nada más que meter el saco, subirse otro chiquillo a la parte alta y dar cuatro palos en los charcos y corriente, sacábamos el saco y salían peces para comer varias familias. Así de claro. Eran bogas y como el río Grande estaba cerca, también algunas truchas. Los más chiquitillos, no superiores a palillos de dientes, eran los más ricos.

Bueno, a donde cae el agua del despeñaero del Chorreón, en un mes de abril o mayo que es cuando los peces suben a poner los huevos por los arroyos, bajaba el cauce con un cuerpo de agua. Pusimos una saca de esas abajo, donde el arroyo llegaba al río. Empezamos a dar palos en el mismo Chorreaero aquel de agua, que de allí ya no podían pasar los peces a Cañá Morales, y paf, paf cuando llegamos abajo, al coger el saco, no podíamos sacarlo. Se había llenado de peces y no podíamos con él. Tuvimos que sacarlo arrastra a un cascajal que había allí, lejos del arroyo porque sino se volvían coleteando, y vaciarlo. Fuera del agua los peces tiene un buen sentido de la orientación para volver a ésta antes de morir. De allí salían culebras, ranas, galápagos de esos de agua, de allí salía de todo bicho viviente de aquello. Pero sacamos de, pues que te diría yo: treinta o cuarenta kilos de peces. Ese era el pescado que se comía en mi cortijo del Chorreón. Más fresco no podía ser. Aunque las arenques también se comían alguna que otra vez.


AL SON DE LA MUSICA

Por aquel entonces y para todos los chiquillos de por allí, los sonidos de la música nos resultaban muy extraños. Lo más importante que de música había, era el acordeón de la Eufrasina que acompañaba amador en el violín. A mi edad oír aquellas “escaramuzas” y ver que la gente se cogían y andaban de un lado para otro, me resultaba muy extraño. Curioseando, me metía por entre ellos y cuando me pisaban, ya me salía, teniendo cuidado de no ponerme debajo de los candiles porque allí podía ocurrir una gran tragedia. Permanentemente de ellos goteaba el aceite de oliva dejando buenas manchas sobre la ropa de los que no andaban atentos. Pero lo altos y bajos de los sonidos de aquel acordeón y violín, se me antojaban que eran gritos y lloros de chiquillos y chiquillas.

Y es que era verdad: de vez en cuando, en estos bailes, se formaban muy buenas algarabías de gritos. Lo que sucedía no era grabe, pero todo el mundo gritaba cuando algún zagalón se enfadaba porque alguna muchacha le había dicho que no quería bailar con él, la pagaba con las únicas luces que entonces teníamos para ver por la noche. Se liaba a palos con los candiles y se quedaba la sala por completo a oscura. En aquella confusión y oscuridad, él se fugaba y de este modo, la mayoría de las veces, no se sabía quién había sido el autor de tan ocurrente travesura. Pero al pobre que tenía la mala suerte de caerle un candil de aceite encina, ya estaba arreglado. Todo el mundo pensaba en el momento que al llegar a su casa, lo viera su madre.

Por aquello de imitar a los mayores, a muchos de los chiquillos de por allí, se nos ocurría fabricar nuestros propios instrumentos musicales. Empezábamos con los más fáciles que eran cañas de maíz, escoberos. Estas tenían como unos canutos que no estaban huecos como las cañas de verdad, sino macizos. Se cortaban cinco, cuatro parejos y uno de doble canuto que se ponía en el centro y era por donde se sujetaba el instrumento. A los cinco canutos se les quitaban una piel, membrana, fuerte que tenía en el centro usando las navajillas y con sólo la punta, se pasaba de arriba abajo dos veces. A cada tubo o cañas de aquellas, se les dejaba una separación de unos dos mm. Y con la misma navaja plana y también con la punta, teniendo mucho cuidado, se les sacaban estas tiras sin romperlas y hasta los extremos.

Del mismo material, ya que de otro no tocaba, se les ponían dos cañitas en el centro, por debajo de estas cuerdecitas. De una se tiraba hacia abajo y de la otra hacia arriba hasta que quedaban bien tensas. Luego, de otra caña de maíz escobero, que estuviera bien curada y para que fuera todo del mismo material, se cortaba un trocito de concha dura y aquello era la púa Ya no quedaba nada más que ponerse mano a la obra y a tocar. Creíamos nosotros que aquello era tocar, que era música, pero es que por aquellos tiempos, con cualquier cosa nos conformábamos.

Algo más adelante, los instrumentos musicales, ya eran “guitarrillos” de madera. Tablillas finas que sacaban los hacheros cuando venían a hacer corta a las grandes choperas que había enfrente del Chorreón. Cuando a éstos se les iban de su sitio aquellas grandes sierras, ya no les servía la tablilla por ser muy delgadas y más gruesas por un lado que por otro. Entonces era cuando nosotros, todos los chiquillos de por allí, nos poníamos mano a la obra. Aquellas tabluchas sin dueño, eran la materia prima tanto para la fabricación de nuestros juguetes como para también fabricar un buen guitarrillo.

Luego, las cuerdas que tiraban de las guitarras y bandurrias porque se les rompían eran las que aprovechábamos para aquellos guitarrillos nuestros. Más que tocar, aquellos sencillos instrumentos, lo que hacían eran gruñir. De estas mismas maderas también recuerdo yo ahora que un día me hice una pequeña arquilla para mis juguetes. Recordar ahora aquellos cosas me llama la atención cómo nos las apañábamos para ponerle las bisagras. No había bisagras en aquellos tiempos o al menos por allí. Se las ponía de correas. A la mía le puse la correa que le corté a unas botas viejas de mi padre. Eran las correas con las que se sujetaba las botas a la pierna abrochadas luego con una hebilla. Las que yo les puse a mi arquilla tendría unos cinco o diez centímetros y se la clavé luego unos cinco centímetros abajo en el alca y cinco arriba, por los lados de adentro, con chinches de los que había para arreglas las albarcas.


LA GRAMOLA

Me acuerdo yo también de Paco el Acipámpano. Era un hombre, un mecánico, que vino de Úbeda de la Fundición de Fuentes a arreglar la fábrica de mi abuelo porque un día se averió. Tubo que ser en el treinta y cinco o treinta y seis; yo tenía cuatro o cinco años por aquel entonces. Era algo viejecillo, con el pelo moreno y la piel también morena. Tenía un diente niquelado y decía que lo había hecho él y podía ser porque el hombre era un artista. Este hombre fue la novedad en el Chorreón y en toda la vega de Hornos. Yo no había escuchado nunca la música. Este hombre trajo una gramola. Aquella que tenía pintado, en los discos, un altavoz y un perro. “La voz de su amo”, creo que se llamaba. Todos los molineros que había allí, todos los cortijeros que venían de aquel lado del Carrascal y todos esos sitios, a ver aquello, a oírlo y eso para mí fue un asombro. Para mí y para todos los que estábamos allí.

Pues cuando le dio cuerda y le puso los discos empezó a cantar un cantante que nosotros no habíamos ido nunca. Era el Niño de la Huerta y la canción que cantaba se llamaba “Yo me arrimé a un pino verde”. Al oír aquello todos los que estábamos allí nos quedamos casi sin habla. Luego puso España Cañí. Me acuerdo un disco que se llamaba “La Gran risa”, y empezó aquello a sonar, además de que se reía es que nos meábamos todos de risa allí. Luego empezó a poner discos de cantantes y todo eso y acabó mi padre por comprar el gramófono aquel y medio costal de discos. Los costales que había antes para el trigo y la harina. Pues medio costal le compró. Todo aquello, en aquellos tiempos, por cuarenta duros. Que eso eran muchísimos dineros.

Cuando luego venían los otros chiquillos por allí, yo se lo contaba lo de aquel aparato y ellos me preguntaban: “¿pero y lo tienes?” Le decía que sí. Le enseñaba donde estaba el maletín aquel y le decía: “eso es”. Los discos los tenía mi padre escondidos. No nos dejaba tocarlos porque los rayábamos. Pero yo le explicaba a los chiquillos como eran. Y les decía: “Mirad, los discos son como las tortas de gipia”. Las tortas de “gipia”, que al orujo lo llamábamos así, salían de los baleos esos del molino. Cuando los molineros los sacudían, salían unas planchas redondas de orujo muy bien formadas: con un agujero en el centro y con muchas rayas del esparto. Si al sacudirlo los molineros, no le daban fuerte, se quedaban como los discos de la gramola. Y así le explicaba yo a los chiquillos cómo era aquello. “Es como las tortas de gipia que salen de los baleos, nada más que chiquitillos. Se les toca, se le da a la manivela y sale cantando el tío”, les decía yo.


LOS CANDILES DE ACEITE

En la fábrica de aceite del Chorreón, cuando molía por la noche, cogían candiles de hasta dos litros de aceite para alumbrase. Pero en las casas había otros candiles que estaban colgaos en las chimeneas. Como cuando hacía frío, había que ponerse a calentarse, pues resulta que tenías que estar preocupado por dos problemas: de no quemarte por delante y al mismo tiempo, tener cuidado de no echarte encima el candil por detrás. Una mancha de aceite de aquellos candiles era gravísimo. Entonces no había las cosas que hay ahora para lavar la ropa. Las mujeres tenían que lavar a mano y lo máximo que usaban era la ceniza que dejaba la leña de encina. El jabón escaseaba por la cosa de la guerra. Metían la ropa en una canasta de mimbre, tanda de ropa y tanda de ceniza. Ponían las canastas sobre una mesa. Sobre la ropa ponían piedras muy limpias preparadas sólo para esto. ¡Oyes! Aquello era buenísimo. Y me acuerdo que muchas veces estabas junto a la lumbre canlentándote y te descuidabas. Al levantarte te echabas el candil encima y aquello era una tragedia. Es una cosa que ocurría ¿no sabes?

Y a propósito de esto, me acuerdo yo ahora de aquellos rezos con candiles. Cuando allí en la venga moría alguna persona, había unos rezos después. Se estaba no sé cuantos días rezando. Le gente se juntaba por la noche y cada vecina traía un candil, su aceite y su torcía. Se juntaban en la casa donde se había muerto la persona, debajo de la chimenea, y allí ponía cada una su candilillo. Y mientras que estaban rezando “que pidas por él, que te lo lleves y lo otro”, todos los candilillos encendidos. Si habían acudido veinte mujeres, veinte candiles que había en la chimenea ardiendo. De eso me acuerdo muy bien. Concretamente, una que vivía por la Platera, que le decían la Tía Eusebia, que era la mujer de un hermanastro de mi madre, en la vela de la muerte de aquella mujer, me acuerdo yo de ver unos candiles allí, pero así: como un sueño. Aquello era un rito muy bonico.


PREVISIONES PARA EL INVIERNO

En las casas, para el invierno, había que prever todo lo necesario. En mi casa como éramos muchos, necesitábamos treinta o cuarenta arrobas de aceite, de cincuenta a sesenta fanegas de trigo, cuatro o cinco fanegas de garbanzos, fanega y media de habichuelas. En el caso de mi casa que se mataban ocho o diez cerdos, pues había que tener muchas cebollas. Había que prever todas esas cosas para todo el año. No digamos nada por si nevaba en el invierno. Había que preparar grandes “rimeras” de leña. Tú las habrás visto por ahí todavía. Lo único que nosotros no hacíamos es lo que ahora tanta gente, que la dejan siempre a la intemperie. Todo eso estaba siempre guardado. Bajo teja, porque luego a lo mejor estaba un mes nevando y nada más que sacar leña de encina y quemarla. Esto era una de las muchas cosas que había que preparar para el invierno.


LOS MÁS POBRES

Había unos pobres también, que venían pidiendo. En mi casa solían comer algunos. Y más cuando había dos o tres hermanos en la guerra, pues en la mesa, se sustituía la plaza de ellos con alguna persona de aquellas que venían pidiendo. Había uno que le decían Torrente que nos quería mucho. De nombre se llamaba Fernando. Alguno se acordará todavía de él. Tenía barba y era muy buena persona. Pero el hombre era curioso. Vamos, curioso en el sentido de lavarse en aquellos ríos y no era pringoso como otros. La ropa si la llevaba siempre manchada porque le daban aceite y le chorreaba de las alcuzas que llevaba. Pero nos quería mucho a todos los chiquillos del Chorreón. En cuanto llegaba, se tiraba a nosotros y nos besaba.

Venía otro que le faltaba una pierna. Tenía una pata de palo. Y al colar el río aquel nuestro, entre el Chorreón y el Carrascal, tuvo un grave accidente. El puente eran tres palos de chopos, atados con cuerdas, que se cortaban y se ponía de un lado a otro. Pero cuando el río crecía, siempre se los llevaba. Un día que venía el pobre hombre al Chorreón, cuando colaba por los palos, vino una riá y se llevó el puente cuando estaba él encima. Y perdió la pata de palo. Me acuerdo de subirlo al cortijo, se lo llevaron, pues en brazos porque el hombre no podía andar. Luego creo que se encontraron la muleta, que era así como una muleta que se ataba con unas correas, la vieron cerca del río Grande, de la junta de los ríos.

En verano no hacía falta ningún puente, ni allí ni en todo el río a su paso por la vega. Sólo con unas piedras puestas a una distancia de un paso, se podía cruzar la corriente. Algunas se movían y al pisarlas, como no fueras con cuidado dabas la vuelta y te caías al agua. Se te mojaban los alpargates y a partir de este incidente la vida de este calzado era muy corta. A los dos o tres días se rompían.


EL TUNEL DEL PANTANO

Quiero hacerte otro comentario de algo muy bonico que todos los de la Fuente de la Higuera y por ahí, lo tienen que recordar y a lo mejor no hay nada escrito de esto. El pantano se llenó en el cuarenta y seis. Todavía quedaban obras por hacer. Que ya en esas obras últimas estuve yo trabajando con un camión. Esto sería por el cincuenta y tantos. Durante mucho tiempo se trabajó en el túnel que va desde el muro hasta el Charco de la Pringue. Un túnel subterráneo que va hasta donde están las máquinas instaladas.

Este túnel, de más de 5 kilómetros de largo, es para dar salida al agua que mueven las turbinas de la central. Yo había subido por este túnel al principio, de invitado, en compañía del Ingeniero que había entonces en el Tranco y otros trabajadores de la central. Era para ver como estaba el túnel por la techumbre, por si tenía desperfectos. Entramos por abajo con antorchas y carburos y salimos por arriba, por la chimenea de equilibrio, subiendo unos 80 escalones de grapa, mojados y con las manos llenas de grasa de las antorchas.


LA ARMADIA

Pues, toda la gente que venía a trabajar de la Fuente de la Higuera y de toda esa parte al Tranco, al llenarse éste, se quedaron aislados. Y para que tú veas lo que idea la gente: fabricaron una “armadía”, que eran un palo muy grande, un tronco de pino que cortaron, al principio era uno, pero luego pusieron dos y le clavaron unas tablas y con aquello cruzaban las aguas del pantano. Se montaban en aquello para cruzar desde la Fuente de la Higuera hasta el lado de Los Parrales y luego lo mismo para regresar. Que el pantano bajaba, pues más estrecho era el recorrido; que el pantano subía, pues más largo era. Aquello con unos palos que hacían en forma de remos, le daban ellos, pero yo qué sé lo que bregaban las criaturas.

Se bajaban a trabajar a las seis o siete de la mañana para llegar a su hora al tajo del pantano. Cuando nosotros subíamos desde Villanueva, los veíamos siempre danzar. Pero eso ha durado hasta hace quince años o así. Nosotros teníamos una mujer de tata, que nos ha criados a todos. Ha estado en mi casa hasta que se ha muerto. Vino con dieciochos años y ha muerto con ochenta y seis. Primero con mis padres y después ha estado ya con uno de mis hermanos hasta que murió. Pues esa mujer se iba desde ahí a ver a su hermano a la Fuente de la Higuera, que se llama Santos, que vive todavía. Era hija de la tía Ramona y se llamaba Josefa Sanchez Marín. Se iba ella sola, la mujer y se montaba en el palo.

Si el palo estaba en este lado, porque coincidía que los que habían venido a trabajar lo habían dejado aquí, se montaba y ella sola llegaba hasta la Fuente de la Higuera. Tardaba dos o tres horas. Si estaba en aquel lado, entonces no. Entonces llamaba al hermano “Santos, Santos” y venga darle voces. Yo parece que la estoy oyendo. Que me acuerdo un día que estuve allí hasta que contestó el hermano. Cuando la oía, bajaba y así la colaba.

Y una tarde se fue, que le “rencilló” mi padre y todo, pero se fue. La bajaron del correo en Los Parrales. Ya tarde, se montó en la “armadía”. Quedaba una hora o así de sol. Se levantó una marea de aire y se llevó el palo con ella encima. Apareció la mujer en el arroyo del Carrascal, a otra mañana. Muerta no, porque el oleaje era pequeño y ella se agarró, pero gracias a que la oyeron allí y salieron a cogerla. El hermano al otro lado, pero no se podían tirar. Sacaron cuando ya salió a la orilla. Pero ella no podía darle, no tenía fuerza para darle a aquello. Fue una peripecia que se las trae. Puede que esté el palo por allí todavía, que no es un invento mío. Yo conozco todas estas cosas, porque mi hermana vive en Cañá Morales y he seguido yendo por allí.

Lo que por allí se conocían eran los zurrones y cestas. Los zurrones, quiero aclararlo, que había el clásico de piel de cabra que eran los que tenían los pastores, pero luego, un zurrón, se habilitaba de momento. Y era una talega, se le metía una nuez en cada rinconcillo de abajo y con una cuerda, se ataba. Luego le echas un lazo arriba, a la boca de la talega, te lo cuelgas y ya tienes un zurrón. Esos eran los zurroncillos que habían por allí. Porque a estos más bien le podemos llamar “zurroncillos”. El zurrón de verdad, era el del pastor que estaba hecho de cuero, cosido y hasta labrado.


ANTIMPARRAS

- Y las “antimparras” ¿qué eran?
- Nosotros llamábamos allí “antimparras” a unas cosas parecidas a lo que llevan los rejoneadores que pican a los toros. Eran de cuero y se lo ponían los hombres para que las matas no les arañaran en la parte delantera de los pantalones. Cuando se anda por el campo, el monte rompe todo lo que pilla. Eran de cuero y así las matas ni les arañaban en la carne ni les rompían la ropa. Eran los hombres los que se ponían eso. Creo que en otros sitios a estos parapetos, le llama “zahones”.

Todavía los de antes, no concebimos que hoy se tiren tantos envases, con la escasez que en aquellos tiempos había para transportar cualquier clase de líquido. Antes no era nada más que cubos y pesaos de esos galvanizados y ahora, la cantidad de botellas, botes y demás vasijas que todo el mundo tira. Si entonces hubiéramos pillado las botellas de plástico que ahora tiramos aquello hubiera sido la gloria. Para las conservas necesitábamos un montón de botes. Se hacían conservas de tomates, pimientos, verduras y toda clase de frutas y recuerdo que mi madre daba lo que se encartara por una botella de aquellas que tanto escaseaban. Y hoy en día, fíjate con qué alegría se tira todo. Yo no valgo todavía para ver tiras las botellas. Me da así como lástima de ver tanto desperdicio.


HABLA SERRANA

- ¿Y de las expropiaciones?
- Pues efectivamente, aquello lo apreciaron en el 1925, antes de la guerra y lo pagaron después de la guerra. Las cosas ya valían más. Entonces ¿qué pasó? En la mayoría de los casos, lo que se pudo comprar, era menos. Esperando a ver si salía algo para comprar, cuando se dieron cuenta, muchos se lo habían comido y se extraviaron un montón de familias con aquello. Otros hicieron buenas compras. Pero el que tuvo suerte, como fue el caso de mi padre, ganaron.

Ya te he comentado algo de eso. Si hubiéramos seguido viviendo allí, que aquello nos daba para mal vivir, al comprar la finca de “Cachiprieto” al lado de Villanueva, ganamos. Esa finca, durante la guerra la habían tenido “los rojos”, como le decíamos entonces. No la habían ni podado ni “espetugado” ni quitarle zarzas ni nada. Era una finca muy grande. Nos metió allí a tos y entonces eso sí se multiplicó. Nos dio un buen rendimiento. Pero la mayoría de la gente, se arruinó. Aquello fue una lástima. Que vivían allí las criaturas y luego se quedaron sin nada.

Otra cosa que yo me acuerdo ahora era la manera de hablar de la gente por allí. Se decía “ciecas” y no se decía acequias. Y se decían “royos” y no arroyos, “buceros”. “Torozones”, que yo no sé que sería aquello. También decían “Carboncos”, que eso sí sería algo malo.”Le ha salía un ‘carbonco’ al tío fulano”. Y se decía también del “Lobado”, ¿qué es el lobao? Peazos, se le caiban, sacar crillas, debajico, habillas, la vide


REMEDIOS CASEROS

También recuerdo ahora la manera de curar las heridas que entonces teníamos. Una vez me caí en uno de los escalones de la entrada al Chorreón y me hice un corte aquí en la ceja. Me llevaron al baño, una caseta que había más allá que allí vivía el tío Juan el Pipa, el que nos “masnaba” que después se fue al cortijo de Maestro Matías. Allí estaba la hermana Quica, la del tío Juan el Pipa, no la tía Francisca.

Me acuerdo que esa mujer subió a una cámara y cogió “telarañas” de esas empolvás y me rellenó todo la herida de aquello, me la tapó con un trapo y me la vendó y con aquello me curé. Ya después, vi yo que a otros los curaron de otra manera. Se dio un hombre un hachazo así en una pierna. Me acuerdo que se hizo una herida de dos centímetros de profundidad y lo trajeron corriendo. Me acuerdo que le rasparon al humero humo, hollín de ese negro que hay en las chimeneas, le rellenaron la herida de humo de ese para que no sangrara, se lo vendaron y también curó el hombre. ¡Es increíble eso! No sé si hay alguna otra cosa así para curar las heridas, pero fíjate qué remedios se usaban entonces.

Los resfriaos se curaban con “torobisco”. Nos cocían en una olla higos secos, “Zurros” de panochas, zuros, que se llaman por ahí y azúcar tostada. Había una cosa, raíces de “torobisco” y con azúcar tostada se hacía un jarabe. Se lo tomaba uno y con eso se te quitaban los refriaos.


LAS COMIDAS

Lo más rico que se podía comer por entonces en aquellas tierras, eran los requesones. Que es cuando parían las cabras, de la primera leche que le dan a los chotos, se hacían los requesones. ¡Eso es riquísimo! Yo después no he vuelto a comer de eso. Los requesones era algo extraordinario. Y, además, de mucho alimento. Parecido a lo que ahora llaman cuajada pero de mejor calidad, sabor y mucho más natural.

La comida por allí era muy buena y de sabores deliciosos. Sólo teníamos lo que daba el terreno. El reparto y consumo era desigual. Unos tenían mejores tierras y las cosechas eran abundantes. Otros tenían tierras más pobres y claras, todo era más escaso, pero la gente en general sabía administrarse bien y no les faltaba un trozo de pan a lo largo del año. Las madres y hermanas mayores, condimentaban muy bien aquellas comidas.

Por lo general en el desayuno se comían migas de pan o de harina, ajos de harina, ajos de patatas, ajos de pan, ajos de pringue que sólo se hacían el segundo día de la matanza ya que el resto del año no había materia prima. También las riquísimas “gachasmigas”. Algunas veces se acompañaban con tajás de tocino, pimientos fritos, verdes o secos según la época y un plato de aceitunas “cascás” con mucho tomillo. ¡Qué ricos eran aquellos desayunos!

La comida del medio día, que le decíamos merienda, con mucha frecuencia era cocido. A las siete de la mañana las madres ponían las ollas de barro al fuego y cocía hasta las dos de la tarde. Dentro se le ponían tocón de jamón, habicholillas verdes o cardos, huesos de espinazo, tocino, morcilla negra y los festivos, blanca. Como se hacia con mucho caldo luego se ponían dos platos: la sopa con pan duro y luego el cocido. La carne, algunas veces se repartía al final para que nadie cogiera la mejor tajá.

También estaba el potaje. Unas veces era de garbanzos y otras de habillas. El arroz se comía menos. Se ponía aquellos días señalados en que se celebraba algo y se mataba el gallo. La cena ya era matanza y cuando sobraba cocido o potaje, un primer plato de estas sobras machacadas con tomates, cebolla y mucho aceite. El nombre de esta comida era “moje”. Por causa de las grandes cenas siempre había que acudir al tío Juan el Pipa para el “masnado”.


SILLA DE MONTAR

Para viajar, como entonces siempre se hacía con yeguas, mulos o burros, las señoras usaban unas sillas de madera muy bonitas que se ponían encima de los aparejos de las bestias. Las de CASA GRANDE, estaban torneadas y se adornaban con muchos detalles. Las de casas menos pudientes, eran más sencillas. Aquellas mujeres que no estaban acostumbradas a montar, del ronzar de la bestia siempre iba tirando un hombre. La hija de mi tío Gil, mi prima Pepa, se montaba a “pelo” sobre su yegua y a galope tendido venía desde venía desde el Carrascal hasta el Chorreón. En esto era una mujer muy valiente.


LA TRILLA

De los trillos quería yo decirte que entonces por allí abundaban mucho. Se usaban para trillar las mieses y tenían forma de apargate. Los había de dos clases: de eslabones o piedras de pedernal, que le decían y los que tenían los eslabones de acero. Estos últimos podían llevar también cuatro o seis sierras clavadas por la parte de abajo. Yo recuerdo que las personas mayores guardaban muy bien el equilibrio sobre estos trillos. Pero a los chiquillos, hasta que le cogíamos el tranquillo, todo era dar tumbos por la parva. Cuando ya la parva estaba bien molida, se podía poner una silla encima de estos trillos y hasta se dormía el trillador en las horas de la siesta.

La mejor hora para que las mieses crujieran, era en el momento de más calor: entre las tres y las seis de la tarde. En algunas ocasiones, al empezar la faena de la trilla, se le ponía herraduras nuevas a las bestias para que al pisar las mieses se rompieran con más facilidad. Terminada la trilla, se amontonaba la parva y había que esperar al pie del montón a que se levantara el aire. Los días de bochorno era malos para este trabajo.

Recuerdo yo que en la era del Chorreón no había ningún árbol para refugiarse en las horas del calor. Por eso recuerdo que allí siempre se construía un sombrajo. Los que trabajaban en la era, cortaban cuatro pinatos, ponían unos palos de chopo de unos a otros, los ataban con cuerdas, los cubrían por encima con ramas de pino y ya estaba el sombrajo. Pero los mayores hacían bien las cosas: a los troncos de pino que cortaban siempre les dejaban unos ganchos. Al principio yo pensaba que aquello tenía peligro porque nos podías incluso saltar un ojo. Pero luego me daba cuenta la buena utilidad que tenían dichos ganchos. En ellos se colgaba el barril del agua, las orcas, palas, arneros, sombreros, la cesta de la merienda y separado, en otros palitroques, los atalajes de las caballerías. En aquellos días de la trilla, para los chiquillos era un gran acontecimiento. Nos tirábamos en la parva, nos revolcábamos unos a otros, jugábamos y hasta se dormía sobre lo que ya estaba trillado.

De las distintas fases de estas faenas, la peor era el acarreo de la paja al pajar. Con el sol y el sudor, les daban picores y a cada instante tenían que ir al río a bañarse. Por eso, si había luna, se hacía de noche. Y para transportarla, se metía en serones bien apretada y como los pajares quedaban a unos trescientos metros, había que cargarla en los mulos. Si los serones eran pequeños, dos en cada viaje y si eran grandes, uno. En los dos caso, siempre colaborábamos los chiquillos tirando del ronzar del mulo.

Los pajares, para que la humedad no pudriera la paja, siempre estaban en alto. Y esto era un problema a la hora de llenar el pajar. Pero en nuestro caso, dicho recinto tenía una puerta que daba al patio por donde podían entras las bestias cargadas. Era por la única causa que se abría esta puerta. Estos pajares, que solían estar encima de las cuadras, tenían un agujero y por allí se metía la paja, cayendo por su peso y empujada por una horca, en ocasiones. Por encima de la puerta, dejaban un palo que sobresalía un poco más de un metro. En el palo había una anilla igual que la que había en las puertas de las casas para atar las bestias. En la anilla se colgaba una “Carrucha” y a ésta se le ponía una soga larga. Cuando ya estaba el serón en el suelo, se le ataba la soga y el otro extremo se ataba al morro de la albarda del mulo. Yo tiraba del mulo, uno de mis hermanos iba guiando el serón mientras subía, otro lo esperaba arriba procurando que encajara bien con el portoncillo para en ese momento tirar de él. Lo pasaba al pajar y arrastra, lo llevaban hasta el final. De este modo y sisteme, poco a poco, se llenaba el pajar hasta las tejas.

Para no respirar tanto polvo, en la boca se ataban unos pañuelos y después de terminar la faena que duraba entre seis u ocho horas, todo el mundo al baño, fuera de día o de noche. Terminada la faena de meter el grano en las trojes y la paja en los pajares, todo quedaba guardo y hasta el próximo año. De aquí venía en dicho, a los que sólo trabajaban unos días al año, “eres más perro que un trillo”.


LAS CABECERAS

Bien para los visitantes o para en verano dormir en la calle, en todas las casa solía haber unas cabeceras. Eran unos jergones artesanales hechos de lanilla, del mismo estilo que las cortinas y las alforjas. Se llenaban de lana y se dormía en ellos muy agusto. Para el invierno, en las camas había unas mantas de cuadros que también se hacían en la sierra. Pesaban mucho y abrigaba poco. Por el lado de la almohada tenían flecos y por el lado de abajo, estaban dobladas y cosidas formando un cujón para meter los pies. Estas mantas, igual que las cabeceras, se usaban poco, por lo que se guardaban donde no estorbasen. En mi casa se ponían sobre la robusta mesa de matar los cerdos. Se usaban sólo dos o tres veces al año. Juntas, cabeceras y mantas, esperaban la llegada de los visitantes o el verano, que sobre mantones de las aceitunas, se tendían y adormir bajo las estrellas. En el caso del cortijo del Chorreón, como era casi una fortaleza amurallada, por la noche se cerraban los portones, se le ponía la tranca y el cerrojo y adormir tranquilo.


LAS ROMANAS

Estas llegaron después de las balanzas. Las últimas que yo vi en el Chorreón, ya traían kilos, pero las primeras, sólo tenían libras. Si se oxidaban no daban los pesos exactos, por lo que había que tenerlas bien engrasadas. Cuando vendíamos el aceite, al principio que sólo se conocían las libras, era fácil, pero después era más complicado con los kilos y las libras. Para un kilo había que echar dos libras y dos onzas. La libra tenía dieciséis onzas. Recuerdo yo que aquello me formaba a mí mucho lío. Al final había que multiplicar por veintitrés. Antes de llenar las pieles había que pesar éstas. Aquello se llamaba la tara. Había que tener cuidado con unos arrieros que venían de la parte de Murcia. En estas taras metía o bien piedras o sogas y como después de llenar los éstas de aceite, se volvían a pesar y a esto se le llamaba el bruto. Se le restaba la tara y al resto a multiplicar por doce pesetas la arroba que era lo que entonces valía.


VARA DE MEDIR

Recuerdo yo también que cuando por allí venían los recoveros, hasta traían su vara para medir las telas y las cintas. Uno que por el lugar venía mucho era de Begíjar, ya viejo y con una verruga grande y fea en la mejilla. Traían cinco o seis caballería cargadas de mercancías. Los que venían de Hornos, eran de menos importancia. Sólo traía una o dos bestias. También venía una señora de Guadabras que se llamaba Teodora, solo con una bestia, pero siempre la traía cargada de chucherías. Recuerdo que traía dos cajas grandes de madera con cerradura metidas en un “corvo”. En los corvos se guardaba todo y eran como aguaderas, pero más grandes y resultaban imprescindibles para la “recova”

La Teodora no traía mucha abundancia, pero sí todo muy surtido. Hasta joyas de oro decía ella que traía, pero a mí lo que más me gustaba, eran los espejillos redondos de chapa niquelada, con tapa y un soporte de alambre que servía para que se quedaran de pie. Los recoveros siempre dejaban los cortijos limpios de huevos y pollos. Los tomaban a cambio de sus mercancías y decían que se los llevaban para vendérselos a los señoritos de los pueblos. Algunos recoveros decían que la vara de medir eran sus pies y sus manos. La Teodora, que era muy lista, por si la perdía, en una de aquellas cajas de madera, con una navaja, tenía marcadas dos “cotonas” y de una a otro era la vara para medir.


LAS DAMAJAUNAS

A las garrafas, nosotros le llamábamos damajuanas y las había de arroba, 16 litros; de media y de cuarto y otra de dos litros. Esta última se usaba sólo para vinos dulces. Era una confusión con la medida porque variaba con las de arroba, hasta dos litros. Por eso había que tener una de las grandes para ir a comprar el vino. El ventero era el tío Zacarías, el viejo. Recuerdo que se enfadó un día porque le dijeron borracho y fue y puso una denuncia en la Guardia Civil. Le dijo que él no podía aguantar que le dijeran borracho. “Mire usted, señor cabo, yo apenas bebo una damajuanilla de media arroba y hay veces que me dura hasta dos días”. El cabo se echó a reír y no le hizo caso.


EL RAIDOR

Era un trozo de madera redondo de unos cuarenta centímetros de largo y ocho centímetros de grueso. Se utilizaba para las medidas del grano que eran raídas. Se pasaba por encima de la media fanega o del celemín y se quedaba justo. Las “ceazas, el ceazo, los plillos, la artesa, los tendíos y la rasera” eran los elementos útiles para amasar y hacer el pan. El canasto para guardarlo después. “Los ronzaleros, ronzales, coyunteros y coyuntas, el sudador, los solomillos, la cincha, las antojeras, los bozares, las amegues, los frontiles, la vara bistoba, una con látigo para mulos y otra con pinchos para las vacas, eran útiles para manejar y aparejar el ganado mular y vacuno.


LAS QUESERAS

Servían para hacer queso y las había de una, dos, tres y cuatro quesos. Se usaban unos aros de pleitas y se abrían más o menos dependiendo de la cantidad de cuajada. Por eso unos eran más grandes o más pequeños. La tabla tenía tallada una flor y aquello lograba que los quesos salieran bonitos. Por el Chorreón, la lecha era abundante porque había mucho ganado. Para hacer el queso hacía falta “cuajo” y era natural. Se conseguía, dejando que un corderillo recién nacido, mamara los calostros de su madre. Se mataba luego este corderillo, se le sacaba el estómago y se dejaba que con aquellos calostros dentro, se secara. Con unos cuantos gramos de aquella leche rancia, bastaba cuajar diez litros de leche. Y recuerdo que no toda la lecha se convertía en cuajada. De esos diez litros de leche, sólo salían unos dos kilos de queso. El resto era “caldete” y recuerdo que le decían suero. Aquello se podía beber pero daban grandes diarreas.


LAS FALTIQUERAS

Era una talega cosida por todas partes. Por el centro y en la parte superior, se le hacía una abertura que se adornaba con cintas o cordones que daban la vuelta a la cintura. De artesanía, también las hacían en la sierra. En estas talegas se guardaban las prendas más personales. Eran lo que hoy es bolso y las había pequeñas y muy grandes como la de la tía Francisca, nuestra sastra. Aquello se parecía al Arca de Noé. Guardaba allí alfileres, bobinas, carretes, botones, hebillas, corchetes para los pantalones y chalecos, las gafas, que ya en los últimos años le faltaban las patillas. ¡Cuánto nos quería y la queríamos a aquella mujer! Nos hizo, además de la ropa, muchas cosas buenas en aquellos tiempos de la guerra. Al final le dio una parálisis y se le torció la boca. Dios la habrá premiado porque era una buena persona.

Cuando yo cumplía los cinco o seis añillos, la hermana Francisca, me hizo unos pantaloncillos que no era ni largos ni cortos. Eran de pana lisa y canutillo y color negro. Tenían un sólo tirante que me cruzaba de un lado a otro y eran muy cómodos para quitármelos.

Ya entre siete u ocho años, la ropa que nos cosía la tía o hermana Francisca, de las dos maneras la llamábamos, era más seria. Por ejemplo: en los pantalones ya nos ponía bolsillo. Aquello era todo un acontecimiento verse uno con sus manos metidas en los bolsillos. No duraban mucho. Bien porque la tela era vieja o bien por la cantidad de cosas que en aquellos bolsillos metíamos. Por aquel entonces ya me compraban mi primera navajilla. Me la traían de Beas y era como de lata, no cortaba casi nada y por eso la llamábamos “capa ranas”. Recuerdo que en las cachas tenía una copa como las de las barajas.

En los bolsillos de aquellos pantalones, también guardábamos el juguete más querido: “la pita”. Aquello era un palillo de madera de unos diez centímetros que dándole con un palo más grande, se hacían competiciones entre los chiquillos. Entre los nueve y diez años de edad, en los años 1940-41, es cuando se casó mi hermana Pepa, con mi cuñado Andrés de Cañada Morales. Estrené yo, para este acontecimiento, un traje más forma que me lo cosió un sastre de Hornos que se llamaba Leopoldo. Me hizo chaqueta y dos pares de pantalones, unos cortos y otros largos y bombachos.

Mi madre siempre pensaba en que aquellas prendas tenían que durar al menos tres o cuatro años y por eso me las cortaron anchas y grandes. La economía, por aquellos tiempos, era muy ajustada y por eso se aprovechaba cuanto se podía, la ropa de unos hermanos para otros. Pero como yo era el pequeño, aunque sí aprovechaba mucha de la ropa de mis hermanos, la mía ya no había quien la pudiera usar cuando a mí se me quedara pequeña. Por eso digo que aquellos “bombachos” con su chaquetilla, me quedaban grandísima. Cuando me los ponía y me miraba me quedaba como espantado. Recuerdo que la tela era marrón, con espiguillas y la chaqueta era de fuelle.

En los hombres mayores, lo que más recuerdo, es que llevaban los calzoncillos largos y atados con unas cintas por debajo. A las mujeres les costaba mucho trabajo planchar aquellos lienzos y con aquellas planchas. En algunas casas tenían tres y cuatro planchas, de hierro macizo, puestas todas frente a las ascuas de la lumbre. Cuando la que usaban se había enfriado, cogían la que más tiempo llevaba puesta frente a las ascuas y de esto modo no tenían que esperar a que se calentara la que acababan de soltar. Recuerdo que planchar las cintas de aquellos calzoncillos, era la parte de la prenda que más trabajo les costaba. Iban abriéndola con el dedo por delante de la plancha.

La gente, por el campo, llevaba la ropa muy remendada. A los pantalones de pana, que eran los que más duraban, acababan poniéndoles rodilleras y culeras de pana nueva. La tía Francisca las ponía como de fábrica y también en la parte de la bragueta que era donde más se rompía. Al acabar la guerra, la ropa que usaban los hombres por toda aquella vega del Chorreón, cambió un poco. En los rastros de los pueblos se podía comprar, y muy barata, toda clase de prendas militares. Guerreras con bolsillos grandes, monos, pantalones, unos abrigos grandes, largos y muy pesados, capotes que eran más ligeros. Algunos tenían galones y estrellas.

Recuerdo que también se llevaba mucho la faja. En mi casa había un mulero que estuvo casi toda la vida con nosotros, primero en el Chorreón y luego en Cachiprito, que se ponía siempre una faja. Se daba vueltas y vueltas hasta agotar casi los cinco metros que medía. Decía que estas fajas eran buenas para los riñones. De aquel hombre que se llamaba José Martínez y de apodo le decíamos “Pimentajo”, tengo yo un recuerdo bello. Era de Villa nueva del Arzobispo. Derramó mucho sudor en las fincas de mi padre agarrado a las manceras del arado. En mi casa conservo todavía un arado de aquellos tiempos. Cada vez que lo veo me parece ver al tío José agarrado a él y diciendo que le duelen los brazos de tanto apretar para que la reja se clave en la tierra.

Como antes te he hablado de los juguetes, no quiero dejarme atrás un recuerdo muy entrañable. Pocos juguetes tuvo yo de pequeño, pero entre ellos, recuerdo un caballito de cartón clavado en una tabal con ruedas de lata. Al final se le rompió la cola y luego las orejas. Entonces no había con qué pegarlas. Pero sí teníamos nosotros unos juguetes hechos por nosotros mismos. Eran muy simples y los utilizábamos como camionetas. Su construcción era muy sencilla: a una lata de sardinas, se le quitaba la tapa, hacíamos cuatro ruedas de cospes de pinos, fácil de cortar y tallar con nuestras navajillas, se le hacía un agujero en el centro y con unos trozos de alambre, ya teníamos una camioneta con sus ruedas y todo. Algunas veces, las ruedas también las hacíamos de las suelas de los alpargates de goma. Estas duraban más y eran más seguras. Con estos sencillos instrumentos nosotros mismos nos hacíamos nuestros juguetes.


DEPORTES

En cuestión de juegos deportivos, lo que más se conocía por allí eran los bolos. Sé que de vez en cuando se organizaban competiciones en algunos sitios de la sierra. A los de Villa nueva los veo jugar todavía, muy cerca del Santuario de la Fuensanta. Oí contar a mi padre que en Cortijos Nuevos, donde vivió recién casado, había una bolera y al lado una taberna que eran los que ponían los bolos y la bolera a cambio del vino que se consumiera mientras se competía o jugaba. Allí siempre se exigía que antes de empezar el juego, se comprara el vino para que, en caso de empatar, nos se fueran sin consumir.

Como en el Tranco, cuando ya empezaron las obras, había mucha gente trabajando, formaron un equipo de fútbol. Cuando celebraban las fiestas, creo que era la Virgen del Carmen, jugaban con otros. Un año me bajaron a verlo. Tenían el campo en una llanura muy grande que había en la junta de los ríos. Donde el río de Hornos se juntaba con el Guadalquivir y hoy es lo más profundo del pantano. En los llanos de San Román. Después de tantos años sólo recuerdo el nombre de uno de Villanueva que le decían “Cuevas”. El juego yo no lo entendía mucho, pero sí recuerdo lo rico que estaba el primer helado que yo probé en mi vida. Lo vendía un hombre delgadillo, muy limpio y vestido de blanco. Le decían el Abanero. El helado estaba muy bueno y recuerdo que era granizado de limón. Quería más y mi padre me dijo que me podía doler la barriga.

Sería eso o que los dineros no estaban sobrantes. Después, me fui con otro chiquillo y con dos reales que llevábamos entre los dos, fuimos y le compramos a otro hombre que llevaba a las espaldas un artilugio que parecía un depósito de aceite de los de mi abuelo. En cacharro era pequeño y de allí sacaba una cosa que parecían canutos de caña. Me llamaba la atención que aquello se los comían los chiquillos y cuando lo probé note que estaba muy bueno. Nos compramos uno para los dos. Nos cobró el hombre una perra gorda por él. Luego nos dijeron que nos había engañado ya que los daba a perrilla. Preguntamos y entonces nos dijeron que aquello se llamaban barquillos. Y nos llamó mucho la atención aquel nombre porque nosotros en el Chorreón también hacíamos barquillos de cospes de pinos. Los echábamos a las corrientes del agua y con aquello organizábamos competiciones. Esto era sólo en las charcas, porque a los charcos grandes no nos dejaban que jugáramos por miedo a que nos ahogáramos.

Cuando terminamos de comernos aquel canutillo tan apetitoso, como había tanta gente, nos perdimos. Al vernos llorando, uno que era de la Platera, nos cogió de la mano y nos llevó a donde teníamos instalado el hato: los mulos, las yeguas y unas aguaderas con víveres. Allí estaban mis hermanos y mi padre. Nos buscaban desesperado creyendo que nos habíamos caído al río grande. Cuando le contamos a mis hermanos lo que nos había pasado con el barquillo, descubrió que el hombre nos había engañado. Se puso que quería ir a pegarle al hombre del artilugio en las espaldas. Como yo era chiquitillo, siempre estaba protegido por todos mis hermanos. Pero en esta ocasión mi padre no les dejó. “No vaya a ser que los dineros los haya perdío o se lo hayan gastao en otro cosa y nos metamos en jaleos”

Y así había sido. Nos los habíamos gastado en otra cosa. El mismo hombre que vendía los barquillos, encima de aquel “vacicillo”, en lo que hacía de tapa, tenía puntas clavadas y en el centro una varilla que daba muchas vueltas. “Más que el mulo que tiraba del rulo de la fábrica de mi abuelo”. Luego, esta varilla, cuando ya no tenía fuerza, se paraba en cualquier punto y con un poco de suerte, te podía tocar un premio. Por dentro, aquel redondel que le parecía a la era de trillar, pero chiquitilla, ponía el hombre caramelos, peines, navajas, trocitos de turrón y muchas más cosas. Pero de vez en cuando había un punto que no tenía nada. A nosotros, aquella era en pequeño y llena de chucherías, nos llamó mucho la atención. Le dimos al hombre una perrilla y tiramos. Tuvimos la mala suerte que aquella varilla se paró donde no había nada. Nos dieron ganas de llorar y más porque el que había tirado antes que nosotros, le tocó una navaja.

Los chiquillos que vivíamos por el Chorreón y toda la vega, no conocíamos el futbol y mucho menos una pelota. Un día mi primo Rufino, el que vivía en Jaén, vino y trajo una. Cuando la sacó del equipaje, le dio una patada y la pelota fue a parar cerca de la era. A ninguno nos llamó la atención que hubiera ido tan lejos, pero si nos dejó con la boca abierta cuando vimos que al tocar tierra, siguió dando botes y saltos. Enseguida pensamos todos que estaba viva. Salimos corriendo todos los chiquillos y aquello era muy malo de pillar. Casi pero que cuando había que coger un pavo en los corrales. Y es que como era redonda, al cogerla se escapaba.


VEHICULOS

Este primo mío trajo por allí también la primera bicicleta que yo conocí. Fue en unas vacaciones de su padre y como ya estaba terminado el carril del deslinde que hizo la Confederación a todo alrededor el pantano, por allí nos paseábamos. Antes de que la trajera, en el Chorreón ya se decía que iba a venir con una bicicleta, por lo que todos los chiquillos estábamos a la espera. Al fin, una mañana, sobre las doce y con calor, asomó por las Covatillas. Al llegar por encima del baño del Chorreón, como el carril se inclinaba por la roca grande que hay allí, se tuvo que bajar. Los mayores, que ya habían salido a esperarle por el mismo llano de la dehesa, venían corriendo detrás de él. Los más pequeños nos habíamos concentrado cerca del Chorreón, por donde tenía mi padre las colmenas. Mientras esperábamos espantábamos a los abejarucos para que no se comieran las abejas.

Por fin asomó por allí y al verlo se parecía a un afilador. Lo saludamos y al llegar a nosotros no se podía parar porque de frenos venía malamente. Por pocas se cae al arroyo que había por la parte de abajo donde estaban las colmenas. Por cierto, en ese arroyo, se cayó un recovero que venía de Bailén, cargado de orzas, lebrillos y pucheros. Todos los trastos se le rompieron. Te tengo que llevar por allí un día u enseñarte los cascotes que por aquel lugar han quedado repartidos. Esto es evangelio. Pues el de la bicicleta, lo paramos entre todos y enseguida lo rodeamos. Empezamos a tocar por aquí y por allí y le pedimos que nos dejara montar. Nos decía que tocar todo lo que quisiéramos, pero de montar, nada.

Yo, curioseando le di a una orejuela que tenía y aquello empezó a sonar parecido al despertador grande que había en mi casa. Me tuvieron que retirar porque no les dejaba hablar. Luego nos dijo que aquello era el timbre. “Niquelaillo” y muy bonico, del tamaño de una manzana, pero hueco.


CALENTURAS DE PALUDISMO

Por aquellas fechas, eran muy corrientes las calenturas del paludismo. A mí también me dieron y en el Tranco me mandaron unas pastillas de quinina, pero no había existencias porque en Campo Redondo se había acabado. Mi familia pensó ir a comprarlas a la Puerta, pero mi padre le dijo a mi madre: “Mejor será que me lleve al chiquillo y que lo vea el boticario por si cree conveniente mandarle otra cosa”. Así lo hicieron y al día siguiente, me montó mi padre en la yegua y me llevó a la Puerta.

Al llegar, en las anillas que había en la puerta al lado de la botica, ató mi padre la yegua, se bajó y luego me tomó y me entró en la botica en sus brazos. Tuvimos que esperar y mientras estábamos allí oímos unos ruidos hasta entonces desconocidos para mí. Sonaban como cuando truena y arrastran chapas. Todos los que estábamos allí nos asomamos a la puerta y vimos que era una camioneta. Daba muchos saltos y sus chapas sonaban como cencerros rajados y por el tubo de escape, salían las explosiones, semejantes a truenos y un gran chorro de humo. Aquello parecía un demonio de los que nos contaban en las noches de los esfarfollos. Subido encima iban dos o tres hombres agarrados al monta carga y como engarrotados. Fue la primera vez que en mi vida vi un vehículo con ruedas. Algo más tarde conocía la “alsina” que llevaba el correo por la carretera del Tranco.

Cuando aquel cacharro terminó de cruzar, dirección a Siles, nos dedicamos a lo nuestro. Al verme el boticario, no lo dudó y le dio a mi padre, liadas en un papel un puñado, de pastillas amarillas. Aquella enfermedad me dejó muy flacucho, pero gracia a Dios, me fui recuperando y poco a poco perdí el color amarillo y gane más kilos. Pero de aquella primera furgoneta que vi en mi vida, yo me quedé con la sensación de que era un caballo con ruedas.


EL CAPAOR

Por toda la vega, al amanecer, en el mes de los Santos, todas las chimeneas de los cortijos echaban chorros de humo. Era la fecha de las matanzas. Pero antes de irnos a esos momentos tan mágicos en aquellas tierras mías, quiero hablarte de lo que había ocurrido en la vega unos meses antes. Esto sucedía por aquella vega y me imagino que también por muchos otros cortijos y lugares de las sierras que hoy forman el Parque Natural. Me estoy refiriendo al “capaor” de cerdos, becerros, mulos y demás animales. Los marranos que se engordaban para la matanza, si previamente habían sido capados, su carne era mucho más sabrosa.

El que atendía las tierras de la vega de Hornos, el capaor profesional de aquella zona, se llamaba Leopoldo y se presentaba entre los meses de julio y agosto. Solía venía de Beas y a los chiquillos nos impresionaba mucho. Su llegada era reconocida desde muy lejos, porque al igual que el afiladro, éste tocaba con menos sonidos, pero más fuerte. Los mayores nos asustaban diciendo: “nene, te voy a capar” y salíamos corriendo enseguida. En toda la vega, Leopoldo era muy querido porque tenía arte, era un buen profesional. Muy pocos eran los marranos que a este hombre se le morían. La operación de la los pollinos y los potros, era la más espectacular, por el tamaño de estos animales. Tenían que derribarlos y para eso hacían falta varios hombres y como no usaba ningún sedante para dormirlos, todavía hacían falta más hombres para sujetar a los pollinos una vez tendidos en el suelo. Cuando le tocaba el turno a estos animales, los chiquillos siempre estábamos lejos por si se escapaba alguna coz.

A las marranas y lechonas, también las tumbadas en el suelo, pero en este caso con uno o dos hombres era suficiente. Los hombres las sujetaban de las patas, el capaor ponía su bota derecha sobre el cuello del animal y aunque la marrana gruñera, él seguía con su tarea. Ni siquiera limpiaba aquella parte donde tenía que practicar la incisión. Sacaba su navajote, porque no se parecía en nada a las nuestras por ser corta y panzoncilla, y en un lado de la barriga trazaba un corte seguro y limpio. Por aquella herida, metía los dedos y sacaba como unas burbujas de chica, a la carne por allí siempre se le llamaba chica, las retorcía y se las cortaba. Le ponía en la herida unos polvillos, la cosía con una aguja corta, recia y curvada, encima de los puntos echaba un poco de aceite de oliva y zotal para evitar que las moscas pusieran allí sus larvas y a correr. Todo muy rápido, sencillo y a lo bruto. No sé cómo no se morían aquellos animales. Pero el caso era que no les pasaba nada.

A mi entender, creo que los marranos eran más fáciles de capar, aunque según decían, resultaba más doloroso. Al menos, nosotros los chiquillos, eso es lo que creíamos. Los cogían entre dos hombres, uno de las patas que las sujetaba en alto montado sobre el animal y otro de las orejas, también con el marrano entre sus piernas, pero éste de espaldas al primero. El capaor no ayudaba para nada. Se limitaba a hacer bien su trabajo. Como el marrano se quedaba con los testículos para fuera, fácil para cortar, Leopoldo se ponía mano a la obra. Con aquella navajilla panzuda, con decisión daba un corte limpio y seguro. Entre los dientes sujetaba la navaja mientras ahora, por la raja abierta, sacaba el testículo, lo retorcía y lo cortaba. Impresionante y más para nosotros los chiquillos que estábamos viendo muy cerca esta faena.

Allí no había peligro de coces. Pero sí mirábamos llenos de curiosidad con los dientes encajados y las manos dispuestas a defender lo que fuera si aquel capaor se atrevía con nosotros. La lección era dura y cruda y de ella sacábamos claro lo que significaba aquello que nos decían los mayores: “Nene, te voy a capar”. Ni de bromas lo hubiéramos dejado nosotros, pero el temblor nos corría por todo el cuerpo. Nos tenían acobardados. Cuando Leopoldo terminaba su operación con los marranos, también cosía aquellas dos rajas, le echaba sus polvos, su chorreón de zotal, agua fría con un cubo, un azote en el culo y a correr. Se morían muy pocos. De cien, uno. Por eso decía antes que aquel hombre tenía muy buena mano.

La operación de capar los potros, era distinta: ni había herida ni se cortaba nada. Le hacía crujir el cordón que sujetaban los testículos y se los dejaban dentro. Se lo ataban con una cuerda para que no se dieran la vuelta y ya quedaban capados como las marranos y los cerdos machos.


LA MATANZA

En noviembre, ya con los fríos, los cerdos no engordaban más y sí se curaban bien los jamones. Había un refrán que decía: “Dichoso mes que entra con todos los santos y sale con San Andrés y este día cada cual mata su res, chica, grande o como es”. El día antes, las madres habían preparado el algodón, las tripas, las especias, molidas y en grano, los cernaderos de cuadros para tapar la carne y otros pequeños para las manos de los matarifes. Preparaban los cuchillos para matar y picar la carne, el ramal para el hocico, el camal El día anterior había que preparar las especias. Eran las mujeres las que se encargaban de estas compras o hacían una extensa nota con todo lo que hacía falta. Si dejarse lo más mínimo. Desde la sal hasta las tripas para los embutidos.

Astillas para atar el ligado de la engolladuras y que no gotearan sangre, cañas para abrir las canales de los cerdos, un látigo para “ausear” a los gatos y perros, abundantes en todos los cortijos. La noche anterior había que dejar los calderos llenos de agua ya que había que calentarla una hora antes del amanecer, leña para ir metiendole a la candela a medida que se consumía. Tenía que empezar a hervir coincidiendo con la muerte del primer marrano y al amanecer.

La noche anterior ya empezaba la fiesta con el pelado de las cebollas, el agua para hervirla y pelar los cerdos y mientras se iban pasando platos de roscos, higos secos, nueces Tomado el aperitivo, como se decía, empezaba la matanza. Dependiendo de las casas con familia más numerosa y mayor o menor poder económico, así se mataban más o menos cerdos. En mi casa matábamos de seis a ocho y dos o tres reses. Los cerdos casi todos de pata negra, criado a careo por los encinares de aquellas zonas. A los chorizos se les añadía la carne de las reses para que fuera de buena calidad. De los cabritos que se mataban, del más gordo, se le sacaba una cubierta de carne que aliñada con orégano, ajos machacaos, sal y pimienta, a los dos o tres día de estar en adobo, se ponía a orear. Era la comida de pastores y se le llamaba “Salón”.

Había que madrugar mucho para que antes de terminar el primer día de la matanza, estuvieran concluidas las faenas principales que se habían comenzado de madrugada. Para esas fechas ya los días son cortos y la faena que se presentaba era mucha. También se daba el caso, que después de tantos preparativos, el día de la matanza amanecía lloviendo. No se podía suspender la matanza, pues los cerdos llevaban varios días sin comer para que en las tripas no tuvieran muchos restos de comida y así de esta manera era más fácil su lavado. La matanza había que llevarla a cabo lloviera o no. Se cambiaba de sitio, bajo los porches, y las que en este caso salían perdiendo, siempre eran las mujeres que tenían que ir a lavar las tripas a los arroyos o fuentes lloviera o no.

Para lavar las tripas se usaba jabón, vinagre, tomates verdes lo primero que tenían que hacer era sacarle todos los excrementos. Las enjuagaban dos o tres veces y luego las volvían con los dedos y de nuevo a lavar muchas veces. Las serranas siempre han sido muy curiosas, muy limpias. Para este trabajo y en pleno campo, tampoco se podía olvidar el látigo. Perros y gatos merodeaba y le acompañaban en el recorrido pendiente de cualquier descuido para llevarse lo que pudieran.

Los morcones, estómagos, también se lavaban muy bien. En el caso de que faltaran tripas se llenaban de morcilla o chorizo y si no faltaban, se llenaban de manteca con la que luego, a lo largo del año, se hacían las tortas de chicharros. Los chicharros son trozos de carne que se van pegada a la manteca. Exquisito bocado el día que tocaba amasijo de pan. En estos envase la manteca no se pone rancia.

Terminado el sacrificio de los cerdos, después de abrirlo y lavar las tripas, ya avanzado el día, venía una comida fuerte: migas de pan con muchos pimientos verdes guardados en paja u hojas de higueras, aceituna y todos los chorizos que habían sobrado del año anterior. Acudían todos los familiares cercanos y vecinos a los que se le invitaba. Por la tarde, las mujeres picaban las especias y preparaban los enseres para los embutidos. Los hombres, a jugar a los bolos.

Al segundo día, también al amanecer, ya las reses y cerdos oreados, se deshacía a los animales sacrificados. En mi casa siempre venía mi tío Gil desde el Carrascal. El desayuno era un trozo de hígado no pasado de asado, pan y vino. Las mujeres clasificaban las carnes:
las más grasas para las morcillas, los ensangrentaos para las gueñas, los magros para el chorizo y las cabezas y vísceras para las blancas, las molían o picaban por separado y las adobaban. Los hombres ayudaban a la preparación del salado de los jamones. Era tarea que les tocaba a ellos.

A primera hora se tomaban dulces y aguardiente y sobre las dos o tres de la tarde, la gran comida: el ajo de pringue, con hígado, mollas de pan y especies de todas clases. Yo sólo recuerdo que el orégano era el más sobre saliente. Este ajo se adornaba con tajadicas de asadura, hígado, tocinillo de panceta, aceitunas cascadas con tomillo y mucho vino manchego. Era una comida muy pesada y se comía en la sartén grande de asas. En vez pan se tomaban las cortezas sobrantes del almuerzo sacando la moya paras las morcillas blancas. Al acudir todos los invitados, el corro era grande y había que echar un paso adelante y otro atrás con la cuchara llena.
Después de la comida, forasteros y familiares más lejanos, se marchaban y se quedaban las mujeres con la gran faena del embutido y cocido de las morcillas. Los hombres ya sólo atizaban a los carderos y colgaban las varas a medida que se iban completando. Toda la ropa se llenaba de grasa que luego era muy difícil de quitar. La última calderada se terminaba casi de noche. Antes de concluir se comía un estofado que le llamaba “guisado” hecho con los restos que habían quedado del descarnado de los pollos y pavos. Lo adornaban con albóndigas y pimientos rellenos. Esta cena era el regocijo para todos. De postre se tomaba melón.

Para el día de la matanza, las orzas había que dejarlas limpias. Si el año anterior había sobrado algo de morcilla blanca, gueña o negra, chorizo o tajada de lomo, todo se echaba en un puchero más pequeño para consumir antes que la matanza nueva. Antes de empezar a hacer los embutidos había que probarlos para ver como estaban de sal y de especias. Se sacaba del bodrio y en una salten sobre las ascuas se refreían y en su misma grasa y se daba a probar a más de un invitado. De este modo se aseguraba que hubiera quedado bien condimentada. Las primeras que se cocían eran las morcillas que siempre se reventaban. Si era sólo espezonada, se podía colgar, dejándola más pequeña y en este caso se le llamaba morcilleta. Pero si las tripas eran malas y se rajaban a lo largo, había que comersela enseguida. Así mismo ya se podían comer. También se asaban en las parrillas y en las ascuas que todavía ardían en la lumbre.

Ya después de tener las varas colgadas y llegado el tercer día, llegaba la salazón de los jamones, paletas, blancos de tocino, las medianas que se echaban en adobo estaban muy buenas en tajaditas fritas. También se salaban las costillas, huesos de espinazo y del hocico. Sus ternillas, pasado unos días, estaban muy buenas asadas en las ascuas. Estas partes del cerdo había que tenerlo menos tiempo en sal, para que no estuviera muy salado y perdiera su buen sabor. Sobre una semana. En este tiempo las mujeres ya habían terminado la tarea de limpiar todos los cacharros de la matanza. Se guardaban y se decía que “hasta el próximo año si Dios quiere”. Ya habían metido también los lomos en las tripas culares y manteca en los morcones.

Con estos morcones también se hacían un bocado muy rico. La lengua del cerdo se envolvía en un bodrio de morcilla blanca, se reforzaba con más especias, sobre todo piñones, se metía en los morcones, se cosía, se cocía y se colgaba en las puntas de las varas para consumirse de lo primero. Cuando estas lenguas estaban curadas, se podían comer y tenían un sabor delicioso. También se guardaban en aceite igual que los jamos y lomo y duraba hasta dos y tres años.

A la semana se frían los adobos, costillas y huesos y se echaban en aceite. En esta primera semana, la misión más importante de los hombres era la de darle vueltas a las salazones. Con frecuencia se echaban a perder estas piezas. Sobre todo si venían días calurosos y si le cagaba la “moscarda” en la noche de los oreos. Y si esto sucedía era una ruina para la familia. No se podía comprar otras.

Los jamones y las paletas se tenían en sal según el peso que tuvieran. Creo que era sobre un día por libra. Si la paleta pesaba seis libras le correspondía seis días. Si era un jamón de un cerdo grande, se mataban marranos de hasta doscientos kilos, el jamón pesaba doce kilos, tenía que estar en sal veinticuatro días. A estos jamones grandes, se les quitaba la “bola” antes de meterlos en sal. El hueso de la rótula que va en el centro del jamón y por donde, en ocasiones, se empieza a pudrir la pieza. La cavidad de este hueso se rellenaba con abundante sal.

Antes de colgar los jamones al oreo para su curación en las bodegas, lugares frescos y secos, se barrían bien con una escoba de panizo escobero y luego se pasaban por un caldero de agua. De este modo se le quitaba la sal que llevara trabada. Se les introducía grano de pimienta con una “almara”. Herramienta que se compraba, con frecuencia, en la feria de la Puerta de Segura y por eso existía en casi todas las casas. Se usaba para coser los utensilios de esparto. Era imprescindible en aquellos tiempos así como la lezna y la aguja de coser pleita y otras más pequeñas. Se usaban para el enristrado de los pimientos, tomates secos, habichuelas morisconas. Los granos de pimienta que se le ponía al jamón dependían del gusto de cada familia o persona. Otros no se la ponían. La pieza de jamón, después de todo este proceso, se untaba con un poco de vinagre o limón para humedecerlo algo y sobre él se ponían muchos pimientos dulces que se daban muy bien en el terreno.

Eran pimientos secos que se molían en el molino de harina de mi abuelo. Se le apretaba con las manos para que se pegara bien y ya quedaba preparado para que el tiempo pusiera el raso y el jamón quedara bien curado. Se les ponía unos gruesos cordeles y se colgaban en la bodega. Tres o cuatro mese después y si todo había ido bien, ya se podía comer. Estaban más ricos al año o como hacía mi madre, que los introducía en una tinaja de aceite sin que llegaran al fondo y los sacaba a los dos o tres años. Cuando te comías un bocado de aquel jamón, te relamías de lo apetitoso que estaba. Igual de bueno era el lomo embucahdo. De un sabor único y hoy casi por completo desconocido.

Los embutidos de la matanza, en cuanto pasaban dos o tres semanas, ya se podían freír y comérselos. También dependía mucho del clima que hiciera. Si los días transcurridos habían venido claros y despejados, con dos o tres semanas era suficiente para, después de fritos, comérselos. Si el tiempo venía con nieblas o llovía, había que esperar bastante más. Las nieblas y los nublos son enemigos número uno de los embutidos en su etapa de curación. Sobre todo en la morcilla de cebolla ya que se “enflorecía” y había que ponerla cerca de la lumbre y limpiarla todos los días con un trapo y aceite de oliva. Pero allí en el Chorreón, esto no se daba con frecuencia. En aquella vega de Hornos, antes del pantano, apenas había nieblas.

El día que tocaba la fritura, también era festivo. El trabajo era mucho. Había que limpiar y cortar los embutidos, poner y quitar sartenes, ponerle leña al fuego para que se mantuviera fuerte en todo momento y una vez fritas las piezas, colocarlas en tandas en las orzas. Todo aquello daba como resultado final grande orzas de tajadas de lomo del que siempre se ha conocido en la Sierra como “Lomo de orza”, el auténtico. El de estos tiempos, la orza puede que lo haya visto sólo por unas horas y no en todos los casos.

Para realizar este trabajo sí que acudían los hombres, grandes y chicos. Ese día “madre” no hacía de comer nada de olla. La comida era a la carta. De aquellos grandes lebrillos de barro, barreños y cazuelas, cada uno comía lo que le apetecía. En estos lebrillos anchos se colocaba un planto grande, puesto boca abajo, donde se iba echando las piezas ya fritas para que de este modo fueran escurriendo. Cuando estaban bien secas, se ponían en las orzas y se cubrían de aceite. Pero aquel día era fiesta por la posibilidad de comer lo que cada uno quisiera. En este trabajo si colaboraban, con sumo gusto, los hombres. Además de las buenas tajadas de lomo o lo que quisieran, también tenían junto a ellos, buenos porrones de vino.


AGUADERAS Y LECHONES

Nosotros vivíamos en el Chorreón, pero mi padre no era de allí. Sólo mi madre era del Chorreón. Mi padre tenía una casa en Cortijos Nuevos y cerca, según se sube hacia el Ojuelo, a mano izquierda, en una loma que hay allí, en un cortijo derribado que se llama El Palomar. Aquello era de mi padre. Allí nos íbamos nosotros en algunas temporadas porque teníamos también tierras y olivas. Y me acuerdo que yo era muy chico. Tres o cuatro años tendría. El día que tocaba cambiarse de un sitio a otro, íbamos con los mulos y los animales.

Me acuerdo que en uno de los mulos que llevaba aguaderas, me metían a mí. Eran unas aguaderas que se hacían de esparto con cuatro cestas a los lados para echar todas las cosas. A mí me metieron en unas aguaderas de aquellas. Pues me acuerdo una vez que para hacer contrapeso, en la otra metieron cuatro o seis marranillos de una marrana que había parido. Y los marranos gruñendo por un lado y yo por el otro bregando. Si los sacaban, tenían que ponerle piedras para mantener el equilibrio con las aguaderas aquellas.

Una de aquellas veces, cuando íbamos llegando la Venta de la Pacica, antes de Cortijos Nuevos, la mula empezó a levantar las orejas. El animal era muy manso, pero aquello de los gruñidos no le gustaba mucho. De pronto, dio un bufido y empezó a dar saltos. Despidió todo lo que llevaba encima incluido lechones y yo. Mi padre hizo lo que pudo para impedir la tragedia, pero no lo consiguió. Caí sobre una junquera y todo acabo sin más problemas, pero unos meses más tarde, mi padre vendió esa mula en la feria de la Puerta de Segura.

Y un día, no sé si alguien del pueblo se acordará de aquello que ocurrió allí, vivimos una tragedia. Antes de llegar a Cortijos Nuevos, cuando subes esa carretera que a manos izquierda se ven esos llanos de alfalfa, pues por ahí iba un camino, todo el riachuelo arriba, que era el que nosotros andábamos. Entonces los caminos era de tierra y malos.

Pues al pasar por allí, oímos gritos. Se paró mi padre. Se dejó en el camino todas las bestias aquellas, a mis hermanos y todo lo que llevaba y salió corriendo. Era un hombre de Cortijos Nuevos que tenía allí una huertecilla y había cortao un chopo. Un hijo que tenía con catorce o quince años, se vino con él. Al caer el chopo, se atravesó por medio y lo pilló. El verlo fue una cosa que se me quedó grabado. Allí gritando todo el mundo y no podía sacarlo. El chopo no estaba del todo cortao y el muchacho debajo del tronco, muerto.

Te quiero decir que en aquel cortijo del Palomar, la división que teníamos entre lo que era la cocina y los dormitorios, eran de tablas. Y una escalera para subir a los pajares también de tablas. Me acuerdo que tenía una gran higuera en la puerta y una era muy bonica. Una higuera que daba los higos blancos y ricos como la miel de color y sabor. Nos asomábamos nosotros a la era y desde allí veíamos los carros pasar cargaos de madera y nos gustaba de verlo todo aquello.


LOS CARROS DE MADERA

- ¿De dónde venían y a dónde iban aquellos carros?
- Te diré que por aquellas fechas, camionetas o coches de motor, por allí no pasaba casi ninguna, pero los carros cargado del tronco, no paraban en todo el día. Bajaban del Robledo cargados con los troncos de pinos que habían cortado por el Yelmo. Estos carros iban hasta la estación de Baeza donde aquellas maderas eran transformadas en traviesas. Las maderas de la cuenca del río Grande, las bajaban por la corriente del Guadalquivir hasta Mengíbar donde las recogían. Yo pienso ahora que aquellos carreros tenían una ruta muy inteligente. Salían por la Puerta, Puente de Génave, Campo Redondo, por entre Sorihuela, Guadalimar y Chiclana con dirección a Arquillos. Desde allí, directos a la estación de Baeza.

Justo enfrente del Palomar dirección a la Puerta, y todavía está así, la carretera tiene un cerrete y en él, un cambio de rasante. A la primera pendiente, nosotros le llamábamos cuesta. Este punto no se encuentra más de un kilómetro de Cortijos Nuevos y menos aún, en línea resta desde el Palomar. Por lo que mi vista, en aquellos años, era muy clara. Desde el Robledo, los carros bajaban muy despacio. Yo los empezaba a ver cuando ya venían por donde está el campo de fútbol y el cementerio, subiendo hacia El Ojuelo. Muy despacio bajaban y tardaban mucho, pero yo no tenía prisa. De encina de aquella piedra, desde que me levantaba hasta la noche, no faltaba nada más que a la hora de la comida.

El primer carro, unos cien metros antes de llegar a comienzo de la pendiente, se paraba y empezaba la maniobra. A los carros de atrás le desenganchaban las bestias. La primera vez que los vi, pensé que se paraban para comer en Cortijos Nuevos. Pero no fue así. Las bestias de los carros de atrás, las enganchaban con cadenas al carro que iba delante. Los carreros les daban sus voces. Los mulos se ponían en tensión y en un periquete el primer carro remontaba aquella cuesta. Al llegar al llano, desenganchaban las bestias y a por el siguiente carro. En la maniobra tardaban más de dos hora, lo cual daba lugar a que por la carretera fueran asomando más carros cargados de troncos de pinos. Recuerdo que en ocasiones allí se juntaban una docena de carros.


CUEVAS DE MONTILLANA

A las Cuevas de Montillana, que están en el mismo arroyo con ese nombre, por encima de la carretera, nosotros le decíamos “Montiñana”. Recuerdo que a este lugar un día vino mi madre a ver a la pastora de la hermana Sidra de Cañada Morales que estaba enferma. Allí había unas tinadas muy grandes donde en invierno encerraban buenas puntas de cabras. Hasta trescientas y también ovejas. Unas bajo tejas y las otras se refugiaban en las cuevas. Pero lo que me llamó la atención es que la enferma estaba acostada en una cama de hierro de esas que tienen unas bolas doradas encima del cabezal.

Esta cama estaba instalada dentro de la tinada. Los corderillos que no salían al campo, porque todavía eran pequeños, alrededor de la cama donde estaba acostada la enferma. Se nos hizo allí de noche, porque mi madre se paró a ayudar en lo que fuera a aquella mujer. Ya cayendo el sol empezaron a llegar las ovejas y las cabras. Las metieron dentro de la tinada y recuerdo que cuando nos despedimos de ella, tuvimos que pasar por enmedio de todo aquel ganado.


RELOJ DE PLATA

- ¿De qué te acuerdas tú de la fabrica de aceite del Chorreón?
- De muchas cosas y entre ellas de una muy curiosa de los molineros y mi abuelo. Y fíjate que él murió en el treinta y cinco y yo no podía tener más de cuatro años. En la fábrica, mi abuelo, siempre tenía catorce o quince personas trabajando. Gitanos muchos. Casi todos se refugiaban por allí en las tinás. En las de las Covatillas y la Solana.

Pero me acuerdo yo de eso de chiquitillo, después de contarlo, la astucia que tuvo. A uno de los molineros, entre ellos se quitaron un reloj de bolsillo que era de plata. Se lo dijeron a mi abuelo. “Hermano Rufino que me han quitado el reloj. Yo creo que ha sido fulanito”. Y entonces él dijo: “De aquí no sale nadie. Esperar un momento que vamos a arreglar el asunto”. Los metió a todos en el molino a ver sí se averiguaba. Pero ¿quién iba a decir que había sido él? Entonces les dice: “Vamos a hacer una cosa: me voy a traer un costal. Lo vamos a poner aquí. Todo el mundo va a cerrar la mano y la ve a meter dentro. El que tenga el reloj que lo suelte y aquí se arregla todo sin que pasa nada. Yo también voy a meter la mano por si fuera el que lo tiene. Primero nos salimos fuera, damos una vuelta por si lo tenemos escondido en algún lado y después, aquí. A meter la mano todos en el costal. El primero que la va a meter soy yo. Ya veréis como aparece el reloj”:
Cogió mi abuelo un costal de esos de cáñamo que había antes. Todavía tengo uno por ahí que me tocó de mi madre, en un arca que no vale nada, pero que es bonita. Dieron la vuelta por allí los catorce o quince hombres. Entraron, metió la mano en el costal, primero mi abuelo y detrás cada uno de aquellos quince o veinte hombres y cuando terminaron, miraron y el reloj estaba en el fondo del costal. Un reloj de plata que se le apretaba y se abría. Apareció y nadie supo ni quien lo había robado ni quien lo había devuelto. ¡ Fíjate que astucia tuvo mi abuelo! ¡Que ocurrencias y qué cosas tan buenas para buscar la solución!


MOLINO DE ACEITE

En el molino de aceite, además de las aceitunas propias del Chorreón, también se molían las de los otros vecinos de la vega. Por eso en los planos se ven tantos trojes. Cada uno de ellos era para un cosechero. Aunque a los chiquillos, ya te lo he dicho, nos no dejaban entrar al molino, de vez en cuando yo entraba a calentarme en las lumbres de orujo que servían para calentar el agua de las calderas.

Era curioso ver los valeos metidos en la prensa y el aceite chorreando. Y también me llamaba la atención que los molineros o “cagarroches”, que así se llamaban también, estuvieran en pantalones cortos en pleno invierno. Allí sentado en una banqueta de madera y frente a la boca de los hornillos, mientras me calentaba, iba observando lo que por allí ocurría. Los molineros del patio echaban canastas de aceitunas a las torvas. Los envases eran canastas porque pesaban menos y así podían llevar más aceitunas. Eran de mimbre y lo hacían los gitanos de la vega sobre el mes de septiembre y octubre. En el molino había muchas canastas de estas.

Al carrillo de mano le cabían cuatro canasta y la rueda de dicho carro era de hierro. Cuando llovía esta rueda se clavaba en el suelo y tenía que ir otro hombre tirando con una soga por delante. A veces, si el barrizal era muy grande, tenían de olvidarse del carrillo y llevar las canastas llena de aceituna a mano. Cuando esto sucedía, para los pobres hombres, era un verdadero tormento porque si estaba lloviendo, cada vez que salían al patio, se mojaban. Pero ellos eran listos y se inventaban sus pequeñas mañas.

Como el patio del molino estaba más bajo que el terreno, por la parte alta que es por donde cruza el carril del deslinde, ponían tres palos largos de rollizos de pino. Los ataban entre sí, les ponían unos valeos viejos para que los capachos no se rompieran al ser arrastrados. Y empezaban a vaciar por lo más alto. Eran faenas lentas y duros por que no echaban más de dos o tres cargas por turnos. Los que trabajaban de noche tenían unos candiles grandes y con aquello se alumbraba. En el Chorreón no se llegó a conocer la luz eléctrica.

La prensa era de mano. Empezaba apretando la masa un sólo hombre y según se prensaba le iban poniendo mangos a la palanca y al final acababan seis o siete hombres tirando de aquellas palancas. Pero como, aún así, todavía quedaba mucho aceite en el orujo, la jipia del primer cargo, era lavada en una pileta. Le echaban agua caliente y en el siguiente cargo, ya con menos volumen y en los valeos superiores, la volvía a meter para que siquiera soltando aceite. En el segundo prensado se dejaba lista para que cada cosechero se llevara la suya. Me acuerdo que mi tío Gil guardaba este orujo en una cámara para luego dárselo a los cerdos como alimento. Había que subir por una escalera de madera y unas puertecillas, de medio en medio saco, para manejarlo mejor. En cuanto pasaban unos meses, de este orujo empezaba el aceite a chorrear desde aquellas cámaras hasta las habitaciones de abajo. Está claro que con este pienso los marranos engordaban y hasta les salía brillo en el lomo.

El aceite se iba traspasando de los pozuelos a unos aljibes que tenía sifones donde sólo trabaja el maestro del molino. Desde aquí, en cántaras de dos arrobas, se llevaba al almacén para echarlo en las tinajas. A los pocos días de la molienda, ya empezaban a llegar los arrieros que venían de la parte de Murcia y de la Mancha. Desde el pozuelo, se lo llevaban sin más aclarado ni poso. Cando la masa iba cayendo desde los rulos al depósito de chapa que es de donde llenaban las cubetas para llevarla a los valeos, si había pausa en los molineros por haberse parado a comer, allí se formaban buenos charcos de aceite.

Si era molienda nuestra, entonces venía mi madre igual que otras mujeres cuando molían lo suyo, y cogían aceite de allí. Llenaban varias vasijas de barro y lo guardaban sólo para las pipirranas y los mojes. Creo que también este aceite era el que echaban a las mariposas para el día de los Santos y en los candiles para los rezos de los difuntos. Esto es lo que entonces se llamaba aceite virgen.

Cuando el aceite estaba todavía en los pozuelos, si se amasaba en esos días, las mujeres apartaban uno o dos panes de cuatro libras. Los dejaban que se tostara bien, se le untaban ajos machacados, se le daban unos pinchazos para que el aceite le entrara bien por todos sitios y metía en aquel aceite. Pasados dos o tres días, el “remojón”, que así se llamaba, se sacaba, se ponía en una cazuela de barro para que escurriera y luego se comía. Aquello tenía un gusto riquísimo. Algo desconocido hoy para muchas personas.


MOLINO DE HARINA

En la vega de Hornos había dos o tres molinos de harina. Estos estaban instalados en el arroyo de los saleros de donde y se movían con la fuerza del agua. Arroyo de la Cuesta de la Escalera es también el nombre oficial de este arroyo. Mi abuelo tenía uno de estos molinos. No era de él sino que se lo de donaron. Pero mi abuelo se lo dejó a otro señor en alquiler y por eso, cada vez que nosotros teníamos que moler, nos cobraba una maquila más pequeña. De doce celemines, una fanega de trigo, once para nosotros y uno para el molinero.

Sólo una o dos veces fui yo a este molino y como todavía era pequeño, no recuerdo casi nada. Pero sí me acuerdo que aquellas grandes piedras se movían empujadas por la fuerza del agua. A la vez que movía las piedras también ponía en movimiento una transmisión que tenía como una rueda grande también de madera. En esta iba enganchada una polea que a la ve también movía la “Limpia”. Un aparato muy complicado y con muchos almeros o cribas que seleccionaba el trigo de las semillas y de las piedrecillas que hubiera recogido en la era. Un año sembró mi padre lentejas y al trillarlas salieron dos fanegas. Más de una era piedrecillas pequeñas que tuvimos que “esmotal” a mano. No volvió a sembrar más lentejas.

Cuando cambiaban las piedras del molino de harina, una vez vi que las sacaban de sus anclajes con un aparato que las cogía de los extremos y con un tornillo las elevaban. Le daba a aquello media vuelta y ya se quedaban en el suelo. Allí las “picaban”, porque cuando ya estaban muy gastadas, no molían bien. También se molía allí panizo, garbanzos, cebada y los pimientos secos para hacer el pimentón. Cuando se iba a moler pimiento siempre había que asegurarse que los anteriores no hubieran sido picantes. Y el molinero, para resolver este problema, ya sabía como organizar las cosas.

Como todo el molino se ponía rojo, citaba juntos y el mismo día a todos los vecinos que tuvieran que moler pimientos. Se ponía mano a la obra y aquellos pimientos que fueran picantes, eran los últimos en ser molidos. De este modo no había problema de mezclar unos con otros. Se solían llevar quince o veinte ristras de pimientos gordos, dulces y secos. Pero al molino iban ya picados con una maza y sin la simiente. En un saquillo, aparte, se llevaban los picantes.

También citaban para este día o el siguiente a los que tenían que moler maíz, cebada, escaña u otros cereales para pienso de los animales. Ya con esta molienda las piedras del molino se quedaban limpias y preparadas para volver a moler trigo. Recuerdo que a mi madre le gusta ir ella a hacer la molienda y tocar ella la harina. Entendía bien de estas cosas y por eso le iba diciendo al molinero que la quería más fina o más gruesa.

La mayoría de las personas solían moler poco a poco. Una o dos fanegas. Los molineros eran muy conocidos por lo empolvado que iba siempre con un pañuelo azul con cuadros liado en la cabeza. Iban por los cortijos entregando molienda y recogiendo para la siguiente. Siempre llevan a los pobres burros cargados con tres costales de lona o cáñamo. Los de lona solían tener unas franjas amarillas de arriba abajo.

Una de las cosas que a mí me llamaba la atención es que cuando los molineros venían con los costales de harina, los traían más llenos que cuando se lo había llevado. Al final ya me dijeron por qué era aquello. Al moler el trigo se le ponía tres o cuatro litros de agua por fanega y la harina salía esponjada. Crecía y claro, su volumen era casi el doble. Me contaban que algunos de estos molineros, hacían sus trampas. Le echaban al trigo mucha más agua de lo normal y así de este modo le maquilaban dos celemines a la fanega. Otras veces, si el trigo que le habían llevado era de buena calidad, el molinero se lo cambiaba por el de peor calidad que él tenía de otras maquilas. Esto justificaba que mi madre hiciera molienda de diez a doce fanegas y siempre quería que lo hiciera con ella presente.


LLEGA EL PANTANO

- Y cosas concretas de cuando empezó lo del pantano ¿qué recuerdas?
- Precisamente por lo que siempre se llamó “El tranco”, estrecha senda que por aquel despeñadero daba entrada al valle, entraron los primeros ingenieros montados en sus caballos. Venían, acompañados de los guardas forestales, buscando un buen lugar para la presa. Algunos descansaban en Hornos y otros venían a este cortijo mío del Chorreón donde decían que se encontraban como en su casa. También comentaban que les había gustado mucho el sitio para emplazar la presa, por las grandes rocas a los lados y la buena capacidad de agua que en este valle había. No recuerdo, pero seguro que más de un pollo se comieron estos ingenieros tanto en el Chorreón como en otros cortijos.

Pasado más de un año de estas primeras visitas, ya vinieron más ingenieros y topógrafos. En la primera etapa, montaron el cuarte general precisamente en el Chorreón. Las llegadas de las primeras expediciones eran parecidas los buscadores de oro en las películas. Ocho o diez caballos y otro tantos mulos y borricos con los equipajes, alimentos y los aparatos para medir el terreno. Todo muy bien embalado en cajas de madera y las miras: unas tablas de unos seis metros de altas que se doblaban en tres piezas y recuerdo que tenían las letras al revés.

Mientras desliaban el equipaje los chiquillos estaban muy pendientes de las cosas raras que iban sacando. Lo que más llamaba la atención era cuando sacaron una cosa con tres patas y sobre estas pusieron un aparato que tenía un ojo. Lo dejaron instalado y se fueron a comer. Aprobecharon los chiquillos para asomarser por aquel ojo y veían al de enfrente muy de cerca y con la cabeza al revés. Lo primero que hicieron los ingenieros es trazar la linea hasta donde llegarían las aguas señalándola con estacas de madera. Después pasaron a ser mojone y más tarde, un carril de deslinde.

En principio pensaron hacer un muro más alto y el primer trazado hoy todavía con señales por debajo de las Morras junto al Chorreón, lo abandonaron para dejarlo en los límites que tiene ahora. Algunos dicen que porque era mucha carga para la presa y otros porque se les salía el agua por Cortijos Nuevos. No cabía en la mente de los lugareños que con aquella presa tan bajica que se veía allí, el remanso de las aguas iban a llegar al Llano de la Dehesa y al arroyo de los Saleros. Mientras se trazaba, había tira y afloja con los ingenieros. Unos se enfadaban pidiendo que fuera más abajo para no pillar sus casas y huertos y les amenazaban, otros les mataban los pollos o se los llevaban de comilonas, otros ofrecieron dinero

Por el 1936, las obras se pararon. Al muro le faltaban unos 15 metros para ser coronado. Por allí trajeron muchas máquinas de manipulación complicada. Todo era maromas y raíles para el desplazamiento de grandes grúas en cada lado. Había fábrica de cemento sobre la obra con unas tolvas que en varias ocasiones se tragaron algún que otro trabajador. Recuerdo que le echaban piedras y también muchas bolas de hierro de varios tamaños. Esto fue ya después de la guerra.
Llegado el momento de la expropiación, el valle de la vida se convirtió en el valle de las lágrimas al tener que cobrar, sin querer, las tierras queridas, las casas y muchas otras cosas que bajo las aguas se quedaban para siempre. No hubo manifestaciones al pesar del destrozo. El desalojo se hizo como borregos. Sin gritos, pero llorando. Decían que el pantano era muy importante para España.

Por el año 40-41, llegó lo que desde tanto tiempo estábamos temiendo. Nos dijeron que había que “desalijar” de inmediato y derribar las casas. Así venían hacíendolo desde el muro del pantano. Por el valle entraron grandes cuadrillas de hacheros, ya que las motosierras no se conocían por aquellas fechas. Con grandes hachas y tronzadores lo venían cortando todo a tajo parejo. Pero clasificaban la madera. La leña la quemaban y las miles de encinas centenarias que hasta entonces habían cubierto las tierras de la vega, llamadas por los serranos carrascas, las convirtieron en carbón. Aquellas tierras, en poco tiempo, se quedaron como si hubieran recibido una bomba atómica.

Nosotros, al igual que todos los de la vega, en uno o dos años cambiamos de lugar todos los enseres y animales. Cambiamos de tierras, de paisajes, de costumbres, de vecinos y de otras muchas más cosas que no tienen nombre, pero que fueron reales y se quedaron dentro de cada una de aquellas personas. Para todos fue durísimo aquel cambio aunque todo en silencio. Para estas mudanzas se ayudaban mucho los vecinos entre sí. Unos con sus mismas manos y otros aportando caballerías.


TRASLADO DE LAS COLMENA

Entre aquellos recuerdos míos, mantengo vivo lo del traslado de las colmenas de mi padre. Conocíamos muy bien el trasiego de las colmenas porque un amigo de mi padre, que era de la Toba, todos los inviernos se traía sus colmenas al Chorreón y era una distancia superior a la del Chorreón a Villanueva. Concretamente a Cachiprieto que así se llama el cortijo que compró mi padre.

Este hombre se llamaba Paulino López Gallardo y su mujer María. Tanto ellos como sus hijos eran muy queridos en la casa y igual que nosotros en su casa. Ye te decía que cada invierno se tría al Chorreón sus veinticinco o treinta colmenas temiéndole a los grandes nevazos que caían por la zona esa de la Toba. La mayoría de los años las traía entre ocho o diez burros, unos suyos y otros que se lo dejaban los vecinos de la Toba. Le cargaba tres a cada burro y los animales ya estaban muy acostumbrados a esta clase de transporte.

Las colmenas de mi padre no estaban habituadas a esta clase de traslados y ello motivo que las abejas, al verse encerradas, se “enrabiscaran” mucho. Siempre habían estado fijas por encima por encima de la era. Todavía se puede ver allí las losas donde se posaban. El amigo de mi padre, como experto en la materia, se ofreció para hacer este traslado. Fijaron fechas y en mayo del año 1941, apareció por allí con una recua de ocho o diez burros. Venían con él dos o tres hombres que también eran entendidos, previstos con sus caretas y calcetines de lana gruesa para las manos. Llegaron al anochecer, con greda taparon las piqueras de las colmenas, las metieron en capachetas, los doblaron hacia arriba y los cosieron.

Cuando terminaron con esta operación era casi las doce de la noche. Las cargaron en los burros y camino del tranco adelante rumbo a la finca de Cachiprito. Eran ocho o diez horas de camino si todo iba bien. Y como hacía falta mucha gente aprovecharon hasta los chiquillos. Por eso dejaron que yo viniera con la expedición. Estaba acostumbrado a ver llegar las colmenas cuando las traían de la Toba, pero esto del viaje, era diferente.

Entre burros y otras caballerías para montar y llevar equipajes, que siempre se ha dicho en la sierra hato, iban catorce o quince bestias y ocho o diez personas. Ya en la carretera después de pasar el Tranco, había que llevar mucho cuidado por si venía algún camión. Los que por allí, en aquellas fechas pasaba, eran tan grandes que llevaban toda la carretera para ellos. Por eso al frente de la expedición se puso mi padre. Unos cien metros delante subido en la yegua. Tuvimos suerte y no se presentó ninguno de estos caminos.

Al dejar la carretera, a la altura de la Venta del Pino, ya casi rallaba el día. Después de pequeñas peripecias durante la larga noche, pasamos por la fábrica de las chapas, sólo a unos tres kilómetros de Cachiprieto. Uno se rozó con un zarzal muy grande que había por la Venta de Campos. Se destaparon dos o tres piqueras y empezaron a salir abejas enrabiscadas. Se liaron con el animal y éste comenzó a dar coces. Pero los colmeneros iban vigilantes, enseguida se pusieron las caretas, sujetaron al burro y arreglaron el desaguisado en un periquete. Unas docenas de abejas quedaron fuera y desde allí hasta el final fueron acompañando al burro. Hubo que dejarlo atrás, retirado de los otros burros para que las abejas no pusieran nerviosos a los animales.

Ya con el sol fuera, a sólo trescientos metros del lugar donde iban a ser instaladas las colmenas, al pasar el arroyo del Asperón, tropieza otro burro, cae, da dos vueltas, se le sueltan las tres colmenas, una se rompe, y todas las abejas y panales fuera. Una nube de abejas que cubrían todo el burro. Corrieron lo colmeneros y lo primero que hicieron fue ponerse las caretas y guantes, sacaron al burro y las dos colmenas que no se habían roto y ya a mano y el resto de los burros al lugar del nuevo emplazamiento. El resto de la expedición, tuvimos que correr y refugiarnos en el cortijo. Casi a todos nos picaron abejas, pero el final, los colmeneros dejaron las cosas en su sitio.

Al llegar la noche, estos hombres fueron a donde había quedado la colmena rota. Todas las abejas estaban junto a la reina y la miel. Las echaron en una colmena nueva y se la llevaron con las otras.


DESPEDIDA


Cuando ya nos vinimos del Chorreón, cada familia se llevó lo que le toco. De todos mis tíos, los únicos que vivíamos allí eran mi padre y mi tío Pepe. Los demás, cada uno vivía en sitios diferentes. Mi tío Justo vivía en Cortijos Nuevos que era guarda forestal. Mi tío Ángel en Bujalance. Mi tío Gil vivía en el Carrascal, porque tenía él fincas allí. Que ese fue el que se llevó la fábrica de aceite. Le tocó y se la llevó al Carrascal. La transportó en una “armadía” de esas hecha de palos, porque el pantano ya estaba lleno. Y por cierto se hundió. Tuvo que estar cuatro años esperando a que las aguas del pantano bajaran para sacar la fábrica y por fin montarla en el Carrascal y mi tío Miguel en Guadabras

Como un símbolo. Como si la misma fábrica también hubiera querido quedarse, enterrada para siempre, bajo las aguas del pantano como todo aquel mundo y sus cosas. Y la realidad fue esa: sumergido bajo las aguas de la vega de Hornos, se quedó para siempre, todo un pequeño universo repleto de vida y riqueza. Los que conocíamos aquel rincón, nos lo trajimos con nosotros dentro del alma. Allí lo abrazamos porque de ninguna manera queríamos perderlo. Pero fue pasando el tiempo y lo mismo que aquella vega ya no es vega sino un lago gigante de aguas azules, también dentro de nosotros fueron muriendo aquellos paisajes. En muchos, los que todavía vivimos, se mantiene los recuerdos vivos. Pero ya somos pocos. Dentro de unos años seremos menos y cuando ya no quedemos ninguno, habrá desaparecido para siempre la hermosa y espléndida vega del pueblo de Hornos.

¿Quién sabrá que, bajo las azules aguas del Pantano del Tranco, hubo todo un país lleno de belleza y repleto de vida? Quizá a los que por aquí ahora pasan, vienen y se van, tampoco les importe mucho. Quizá es así como han de ser las cosas para que la vida continúe. Puede y quizá tengan que ser las cosas así. ¿Pero es necesario la renuncia y la pérdida de tanto para que la vida pueda seguir?

6.11.2008

Pequeños relatos sacados de mi libro inédito: "Te voy a contar un cuento // 15 relatos cortos" de Los paisajes del Último Edén


Índice:

1- Te voy a contar un cuento, escucha, calla…
2- De rutas por las montañas -II
3- Las nubes blancas
4- Lo necesario para la vida
5- La flor, el águila y el manantial
6- De rutas por las montañas -I

La niña se puso a recoger piedras de la orilla del charco y tú, Sinombre, te viniste a su lado. Te miraste en el agua, la miraste a ella y luego me miraste a mí. Me di cuenta y te pregunté:
- ¿Qué quieres? ¿Te pasa algo?
No me hiciste caso. Te saliste de las aguas y te fuiste al lado de Enebro. Lo miraste y Enebro miró a la niña. Le dije a ella, nuestra alma:
- Algo quiere Sinombre y tu caballo negro.
Os miró la niña y siguió buscando piedras bonitas para su fortaleza mágica. Enebro y tú me volvisteis a mirar y al ver que me iba con vosotros los dos distéis media vuelta y os fuisteis al lado de Bandolero. Enebro por un lado y tú por otro os pusisteis con la hierba en el mismo trozo en que Bandolero pastaba. De reojo de nuevo los tres me mirabais y entonces volví a decir a la niña:
- Algo quieren y no saben cómo decirlo. Sigue tú buscando piedras que se lo pregunto y vengo y te lo digo.

La Mariposa Marta se ha venido al lado de la niña y le ha dicho:
- Cuando tu ciudadela esté construido yo voy a echar aire con mis alas y lo voy a convertir en un castillo grande como los de los cuentos de hadas. ¿Cuántas torres le vas a poner a tu sueño?
Y la niña le ha dicho a Marta:
- Le voy a poner cinco torres, diez almenas y una atalaya. También un puente levadizo, algarves y una gran muralla para que nadie pueda entrar dentro sin decirnos a nosotros nada. Pero si tú, con tu magia de mariposa alada, conviertes en fantasía mi castillo yo me voy a perder luego por los pasillos, por sus patios y por sus salones con lámparas.
Y Marta le ha dicho a la niña:
- Tú tranquila que ya verás luego en la mañana, cuando salga el sol y brille en el río.

Junto a ti, Enebro y Bandolero, me he sentado yo frente a tu cara. Te he seguido mirando despacio y me he acordado de la Princesa y de aquellos días de plata cuando ella nos escribía siempre alegre y emocionada y nos contaba sus sueños cada mañana.
- ¿Qué quieres, Sinombre?
Te he preguntado y callas. El perro mastín Álamo viene subiendo, desde el río con el pastor, y ladra. Arriba, en la cañada, canta el mirlo. Te he vuelto a decir:
- Sinombre, me palpita el alma y se me convierte el aire en poesía y tu mirada y la de Enebro y Bandolero. Escucha, calla… Te voy a contar un cuento:


El cielo que muchos soñamos

El cielo que muchos soñamos
debe ser lo más parecido
a los momentos cálidos
que al amanecer regala el día,
junto al arroyo, en el prado.
Deberíamos saber nosotros,
Sinombre, borriquillo mágico,
hablar con palabras bellas

para contar a los humanos
las sensaciones tiernas
que, al despertar, gozamos.
El cielo que soñamos siempre,
hoy sobre ti rueda despacio
¿quieres tú decirme eso
y no sabes cómo expresarlo
en este amanecer de oro,
en la hierba, junto al charco?

Ver aquí un PowerPoint relacionado con este tema
http://www.slideshare.net/pinsapo/el-sueo-ms-bello

2- De rutas por la montañas -II
El roble milenario de la cumbre


Ella, madre de dos niños pequeños, preguntó:
- Además de su vejez, su grueso tronco y la ampulosa copa que sobre la cumbre se mece al viento ¿Qué otra cosa importante hay en ese árbol?
Y él le confirmó:
- Yo sé que ella, y la he visto muchas veces, lo abraza mostrándole el cariño más puro. Como si fuera su propio hermano o el más noble de los humanos. Y he comprobado que, cuando hace esto, la cara se le llena de luz y el corazón de fuerza cada vez que se funde en un abrazo con el tronco de este árbol.
- ¿Y podemos ir a verlo? Lo digo, porque a mí, también me gustaría darle un sincero abrazo. Yo creo en esto.
- Cuando queráis, os lo enseño.

Y, dos semanas después, la madre con sus dos niños, el padre y tres que ahora planean por estas sierras la instalación de un teleférico, quedaron. Justo en el corazón del valle, centro de la grandiosa sierra. Por donde el río grande corre sereno, el puente se refleja en las claras aguas y el aire siempre huele a espliego. Y la madre, al poco del encuentro y nada más terminar de saludar a unos y a otros, dijo:
- Me arde en el corazón la emoción. Estoy deseando verlo para darle el más sincero y puro abrazo que nadie le haya dado nunca. Quiero comprobar si llena de fuerza y transmite luz. ¿Por dónde va la senda que lleva a esa cumbre?
- La vieja senda, y por eso ya muy rota en muchos tramos, sube enredándose en un juego primoroso con el arroyo que nace justo en la misma cumbre donde crece el noble.
- ¿Pasaremos por los charcos azules que tantas veces me has comentado?
- Pasaremos justo rozando sus aguas y nos bañaremos en ellos para llenarnos de la esencia de los vernos puros.

Uno de los que había venido con la madre, aclaró:
- A nosotros lo que nos interesa es ver el terreno, a lo grande y no por lo pequeño, para elegir los sitios por donde debe ir el trazado del teleférico.
Era la primera vez que él oía esto. Por eso, lleno de curiosidad, preguntó:
- ¿Un teleférico en estas sierras?
- Sí, luego te comentamos porque ahora lo que deseamos es saber si pasaremos por las cascadas. El tramo alto donde se despeñan las aguas de los riachuelos que bajan de las cumbres del roble viejo.
- Pasaremos por ahí.
- ¿Y también por la cerrada?
- La atravesaremos y, aunque no queramos, tendremos que meternos en sus charcos.
Y ya no se comentó más en este momento.

Comenzaron la ruta siguiendo la vieja senda. La que, en los primeros metros, remonta por el borde mismo del río y casi metiéndose en las aguas, en algunos tramos. Por eso, estos primeros metros, son de una belleza asombrosa. Por el agua en sí, del río, por los charcos anchos y alargados, por el rumor que mana de la corriente y por los colores, luces y sombras que por aquí el barranco ofrece. Quizá por esto o quizá por el amor sincero que la madre en su corazón cultiva por todo lo bello, montañas y naturaleza, nada más comenzar la ruta, les dijo a sus dos niños:
- Hoy y siempre que a lo largo de vuestras vidas, tracéis rutas por las montañas, tened claro en vuestras mentes, tres grandes realidades.: Las primera es que, no sacia el mucho saber y conocer sino el gustar profundamente las cosas. La segunda es que, importa más la calidad que la cantidad. Y la tercera es que, en todo momento es bueno, para el alma y el corazón, dar siempre gracias al cielo, al Creador de todo, al Dios bueno. No olvidéis nunca en vuestras vidas estas tres grandes realidades, cuando hagáis rutas por las montañas. Tenerlas siempre presente y ponerlas, entre todas las demás cosas, como los objetivos más importantes.

Los niños escucharon lo que la madre les decía y no preguntaron nada. En ese mismo momento pero, solo unos minutos después, el mayor de los dos, sí preguntó a la madre:
- Y aquella oscuridad allá al fondo, antes de las cumbres ¿también la veremos?
Ella observó despacio y luego preguntó al que ya iba guiando:
- ¿Qué es aquella oscuridad?
Y él le respondió:
- La espesura del bosque, sus colores verdes, la ladera que cae y la sombra de las rocas por donde se despeña la cascada. Ese color oscuro y misterioso es una de las cosas más hermosas que hay por estas sierras. Ya verás la sensación que se siente cuando estemos dentro.
- ¿La veremos de cerca?
- Por lo más denso y virgen de esa ladera, va la senda.

De los dos niños, el más pequeño preguntó ahora a la madre:
- ¿Por qué huele esto a miel?
En sus manos mostraba un tallo de espliego que acababa de cortar de una de las mantas junto a la senda. La madre lo miró y dijo:
- En las montañas, hijo mío, muchas cosas huelen a miel. O al revés: la miel siempre está impregnada del mejor aroma de las plantas de estas montañas. Es la esencia misma, lo mejor de las flores y plantas. Porque la montaña es el lugar donde se fabrican los más delicados aromas del mundo.
- ¿Y todo es gratis?
- Todo, porque Dios nos lo regala. Por eso, tú ahora que eres pequeño y luego cuando seas mayor, siempre que vengan por las montañas, bebe y llénate el corazón de la esencia del espliego que ahora mismo muestras en tus manos. Y dad siempre luego las gracias.
- Las gracias ¿a quién, mama?
- A Dios, el Creador de todo esto.

Y el niño guardó silencio. Aprovechó el mayor para seguir preguntando a la madre:
- ¿Y qué es más importante caminar mucho y aprisa o ir despacio, tocando, viendo y oliendo?
- Las dos cosas son buenas, al ir por las montañas. Pero se saborea mejor la experiencia si vas despacio, tocando, viendo y oliendo. Porque la montaña, si se vive desde dentro, desde el corazón y el alma es, de entre todo, lo más bueno, sano y puro.
- ¿Cómo se puede vivir la montaña desde dentro?
- Acariciando las mantas de espliego que vayas encontrando, parándote junto al charco para ver el juego del agua con el viento, oliendo las florecillas que muestran los romeros, embelesándote con los pajarillos que cantan y con las mariposas que levantan vuelo y mirando, de vez en cuando, al cielo para dar las gracias, en todo momento.
- ¿Y las nubes blancas, mamá, qué son?
- La caricia y el beso del cielo a las montañas. Por eso, debes alegrarte y pararte para mirarlas despacio. Sin que te importe si te queda o no tiempo para subir a la cumbre que habías pensado. La mayor conquista del mundo, la más difícil de todas las cumbres, la ruta más apasionante de cuantas puedas recorrer, siempre es la que lleva al centro del corazón.
Y el niño dijo que no entendía mucho pero que ya se lo explicaría con más claridad en otro momento.

La senda, al poco de empezar a subir, se aparta del río, tuerce para la izquierda, cruza el arroyo y se va por aquí en busca de la gran cuesta. Discurre la senda decorada a los lados con muchas clemátides, enredaderas silvestres, que exhalan un perfume grato. Perfume a miel recién sacada de sus panales, como dice el niño a la madre y también con sabor a ricas almendras.

Y nada más comenzar la subida por el arroyo, se los encuentran. Cuatro o cinco hombres que por aquí también planean la instalación de un tendido eléctrico. Pregunta el padre, a los que vienen con ellos con la intención de estudiar las cosas para el teleférico:
- ¿Qué es lo que hacen estos?
- Como es lógico, necesitaremos electricidad para nuestro teleférico. No querrás que funcione con la caricia del viento o con las aguas del río.
Y la madre lo ve todo claro. Camina despacio, atenta en todo momento, de sus hijos y no dice nada.

A unos mil quinientos metros arroyo arriba, la senda se adentra por entre juncos, sabinas, enebros, rosales silvestres, espliegos y romeros. Al borde de los charcos, serenos y rebosando de purísimas aguas, toman el sol las ranas. Y al acercarse a ellas los niños con intención de cogerlas, saltan y se esconden entre las algas verdes en el fondo de los charcos. El mayor le pregunta a la madre:
- ¿No paramos un rato y jugamos?
- Al volver lo hacemos.
Y el más pequeño también pregunta a la madre:
- Mamá, si yo ahora mismo montara mi tienda junto a este arroyo y me quedara aquí a dormir una noche entera ¿cual de las tres cosas que me decía antes, sería esto? ¿Cantidad, calidad o gracias al cielo?
La madre reflexiona un poco y luego contesta:
- Sería calidad.
- ¿Me lo explicas un poco?
- Ya está notando el gran silencio que hay por aquí. Y estás viendo la cantidad de ranas que junto a esta agua cantan. Y estás percibiendo el perfume tan fino y puro que regala el aire que nos roza la cara. Y estás oyendo el rumor del agua y el siseo del viento por entre las hojas de los árboles. Todo esto y mucho más, para escribir un libro entero, es calidad y no cantidad.
- ¿Y seguro que de este modo me llenaría por dentro de lo mejor de estas sierras?
- Claro que sería así.
- ¿Y por qué no montamos, ahora mismo,las tiendas por aquí y nos quedamos?
- Porque en este momento vamos a un lugar muy concreto que se encuentra sobre las cumbres aquellas.

Y cruzan el arroyo. La senda ahora, ya un poco rota, se enfrenta a la ladera y se curva. Uno de los que ha venido con el proyecto del teleférico, comenta:
- Si ya tuviéramos por aquí funcionando el remonte mecánico sería lo más cómodo del mundo superar esta cuesta. Porque vaya cuestecilla. Solo mirarla asusta.
La madre aclara:
- Pero hacerla andando también es bueno y llena.
El hijo mayor pregunta:
- Y de las tres cosas que tú nos has dicho ¿en cual de ellas encajarías esto?
- En la primera: gustar profundamente las cosas.

Se enfrentaron a la cuesta siguiendo el trazado de la senda. Y, al hacerlo, el que los guiaba por estos lugares hacia el roble de la cumbre, se fue quedando atrás. Con la intención de permitir que la madre tomara la delantera, seguida de sus niños, el padre y los demás. ¿Por qué, el que los guiaba, hacía esto? Para él tenía sentido y lo consideraba importante. Y, al poco, sin que nadie lo preguntara, lo confirmó la madre.

Según caminaban, tranquilamente y observando todos los detalles que antes sus ojos iban apareciendo, dijo a sus niños:
- Y otra cosa que debéis practicar, cuando vayáis con las personas por las montañas, es humildad. No busquéis nunca ser protagonistas de nada. Ni siquiera mostréis interés en ir los primeros mientras se camino.
Preguntó el niño chico:
- ¿Y eso por qué, mamá?
- Porque la humildad es algo maravilloso. Uno no debe valorarse nunca a sí mismo. Es mejor que lo hagan los demás. Cuando uno es humilde, hace que todos los demás se sientan bien y logra que las cosas sean apreciadas en lo que son y no en lo que aparentan. La inteligencia no necesita proclamar nada. Brilla por sí misma, como lo hace cada flor, hasta la más pequeña violeta de estas montañas. Fijaros en ellas: casi siempre viven ocultas entre la hierba, por entre las ramas de los piornos y entre las rocas y son, en cada momento, ellas mismas. Revestidas con su más fina belleza y no tienen necesidad ni de llamar la atención ni de hacer propaganda de nada. Pues que así seáis siempre vosotros, cuando vayáis con otras personas por las montañas. Humildes como las florecillas y auténticos. La inteligencia y la belleza tienen valor por sí mismas. No necesitan ni de protagonismo ni de propaganda.

Llegaron a la mitad de la ladera. Sin agobios ni prisas pero sin detener sus pasos. Junto a unas grandes rocas, se pararon un momento y miraron para el barranco. A lo lejos se veían las grandes montañas de la cordillera de enfrente recortadas en el horizonte. Más hacia ellos quedaba la gran cuenca que abre el río según surca estas sierras. El ancho valle, los arroyos que descienden de las montañas y el barranco por donde habían subido. A un lado y otro, saludaban las anchas laderas, tupidas de espesos bosques. Verde todo como la más pura esmeralda y algunas nubes blancas sobre el azul del cielo, colgadas. El más pequeño de los niños dijo:
- ¡Qué bonito es esto mamá! Gracias por traernos y por enseñarnos a verlo. Y ahora no te pregunto porque sé a cual de las tres cosas que nos decías antes, pertenece lo que en este momento vemos.

Y todos guardaron silencio. Sin embargo, el niño mayor dijo:
- Yo también lo sé. Ya estoy aprendiendo.
Uno de los del proyecto mecánico, comentó:
- Pero todo sería mucho más interesante si ya tuviéramos el teleférico por aquí funcionando. El día que los remontes nos lleven por estas montañas volando, entonces sí que será fantástico.
Preguntó el padre:
- ¿Por qué será fantástico?
- Porque las personas, sin esfuerzo ninguno, podrán disfrutar de cada rincón de estos paisajes.
- ¿Y es que eso será mejor que recorrerlos a pie, como lo hacemos nosotros hoy?
- Mucho mejor. Fíjate cuantos chorros de sudor se me han caído a mí subiendo esta cuesta. Si lo llego a saber me lo hubiera pensado.
- Pero dentro de cada uno de nosotros, ahora mismo hay una satisfacción que no tiene comparación con nada. ¿No lo estáis notando?
- Lo único que notamos es el sudor que nos chorrea por la cara.

Nadie más dijo nada. Aunque sí el niño chico murmuró otra vez.
- Pero mi mamá tiene mucha razón: Esto es lo más bonito que nunca hemos visto.
Los del teleférico seguían mirando pero solo con la intención de encontrar los mejores sitios para el trazado de su proyecto.

Continuaron la subida y, media hora después, coronaron al pequeño puerto. Por donde ya desaparece la ladera y el terreno se torna llano y por donde siempre hay mucha hierba y algunos pinos centenarios. Y, al descubrir el asombroso paisaje, la madre dijo a sus niños:
- Ya estáis comprobando: el esfuerzo siempre queda recompensado en cuanto se llega a la cumbre. ¿Qué os parece lo que aquí encontramos?
- Lo mismo que ya te hemos dicho, mamá: que esto es mucho más bonito de lo que habíamos soñado.
Y le seguía comentando ella:
- Fijaros en las rocas de aquella cumbre, en el bosque que se derrama por la ladera, en la montaña de este lado derecho, en el barranco por donde se despeña el arroyo, en… ¿A qué merece la pena el esfuerzo que hemos hecho?
- Lo que dices es cierto.
Confirmó el niño pequeño. El mayor preguntó:
- ¿Y podemos darle un abrazo a los viejos pinos de esta pradera y también luego podemos correr y revolcarnos por esta hierba tan verde?
La madre no responde a la pregunta de su niño porque espera que, el que los guía por estas sierras, dé alguna indicación. No sabe qué pero espera algo.

Al llegar a la llanura del pequeño puerto, antes de los charcos azules, la senda sigue. Pero no atraviesa la pradera por el centro sino que se va un poco por el lado de arriba. Buscando exactamente eso: el recorrido más corto hacia los charcos azules. Pero desde la senda, para la izquierda, la llanura se extiende y cae para el barranco del arroyo que baja de la cumbre del roble centenario. La llanura es una gran extensión de tierra llana que hoy toda se la encuentran cubierta con un espeso y fresco tapiz de hierba.

El que los viene guiando por estos lugares los lleva ahora directamente a los claros charcos, siguiendo el recorrido de la senda. Y ahora, la madre sí comenta con a sus niños:
- Ya mismo estamos nadando en las que son las aguas más puras de la tierra.
El pequeño pregunta:
- Pero antes de bañarnos ¿podemos jugar un rato por esta llanura? Es tan bonita y la hierba se ve tan fresca que dan ganas de abrazarla y comérsela.
- Pues venga. Salid corriendo y darle gracias al cielo por maravillas tan bellas.
Y, antes de que la madre termine de pronunciar la última palabra, ya los dos niños saltan y grita atravesando la gran llanura de la hierba fresca. Y, en cuanto empiezan su juego, el mayor le dice a la madre:
- Iremos contando los árboles que nos vayamos encontrando y luego te lo decimos.
- ¡Vale!
Y el más pequeño también le dice a la madre:
- Y yo voy a ponerme a descubrir los pajarillos que viven en cada uno de estos árboles. Fíjate, de ahí sale uno volando y allí revolotea otro y por aquí a otro más se le oye cantar. Los voy a contar todos y luego te lo digo y les ponemos nombre.

Tranquilamente la madre, el padre y el que guía, siguen por la senda. Solo ellos porque los del proyecto mecánico, se apartan un poco para el lado de arriba al tiempo que aclaran:
- Tenemos que tomar medidas con nuestros modernos GPS. Nos los hemos traído con nosotros para luego sacar los tracks y colgarlos en Internet. Que se sorprenda el mundo con estas rutas nuestras y el trazado del más moderno de los teleféricos. Por el lado de arriba de los charcos azules, os esperamos. Porque queremos también encontrar el mejor lugar para observar la cerrada. Esta maravilla de la naturaleza, tallada por las aguas a lo largo de los años, será uno de los alicientes para nuestro proyecto. Debemos procurar que el trazado del teleférico pase por el sitio adecuado al fin de que, los que se monté en él, puedan verla desde la perspectiva más perfecta. Allá en lo alto os esperamos.
Y, el padre dice:
- Como queráis vosotros. Pero un buen baño en las azules aguas de los charcos del arroyo os dejaría nuevos.
- Otra vez será. Hoy, lo principal para nosotros, es lo que ya estáis viendo.
Y sin más, se apartan de la vereda y se van para la montaña de la derecha. De nuevo confirman:
- Por el lado de arriba de la cascada, os esperamos. Y, si vosotros llegáis antes, nos esperáis.
- De acuerdo.
Confirma el padre y los despide.

Sin decir nada, el que viene guiando, cae en la cuenta que, en los últimos tiempos, son muchos los que vienen por estas sierras cargados con modernos aparatos. GPS, los llaman y siempre dicen que es el más estupendo de todos los aparatos. Y lo usan para medir el desnivel acumulado, las distancias, el perfil de las rutas y para luego sacar los tracks y colgarlos en Internet. Cosa de estos tiempos y cosas de algunos que creen estar descubriendo lo que nunca se ha inventado. Esto reflexiona para sí y a nadie comenta nada.

Al quedarse solos la madre pregunta al que guía:
- ¿Queda mucho para la cumbre del roble centenario?
- Desde los charcos para arriba, una hora. Pero como la senda pasa rozando las aguas de la gran cascada, ahí nos pararemos un buen rato para contemplarla. Porque en esto tiene mucha razón: venid a estas montañas y pasar de largo por los charcos azules y por la gran cascada, es perderse lo mejor.
- Por eso queremos bañarnos en los charcos y por eso queremos ir despacio. Cada una de las personas que van y vienen por estas montañas tiene su forma concreta de ver y gustar las cosas. A unos les gusta hacer rutas largas, a otros les interesa subir a la cumbre más elevada, también hay otros que les gusta andar treinta kilómetros en un día y otros buscan descubrir y coleccionar nombres y ruinas de cortijos y aldeas. Cada persona somos un mundo pero para mí, lo principal en estas montañas, es la calidad y no la cantidad.

Los claros charcos se remansan justo al final de la cerrada. O al comienzo, según se llega desde la gran pradera pero al final según descienden las aguas del arroyo. Y se remansan estos charcos escoltados a los lados por grandes y altas paredes de rocas. En el lecho de finas arenas y adornados con pequeñas matas de violetas. Y los charcos son como espejos donde, además de las luces y sombras que juegan con ellos, se reflejan el azul del cielo y las nubes blancas, los bordes de la cerrada y algunos viejos de tejos. Como si todo hubiera sido tallado con grande esmero y mucho cariño. Todo, la cerrada, la arena que el arroyo recoge en su lecho, la transparencia de las aguas, la estrechura de la cerrada y hasta el fino silencio que en abundancia por aquí se empapa.

Y la senda, viene derecha a estos charcos y, al acercarse a ellos, se para. Como si pretendiera beber de sus aguas o como si deseara dormirse ente la arena que las aguas bañan. Y ellos, el que los viene guiando por estas montañas, los padres y sus dos niños, aquí también se detienen. Justo al borde mismo de los charcos. El niño pequeño comenta:
- Fíjate, mamá, como se reflejan las nubes blancas que asoman allá por el alto cielo.
Y era cierto: por lo más alto de la cumbre del roble viejo, sobre el horizonte azul intenso, un puñado de nubes blancas se cuelgan. Tan blancas como la misma nieve son algunas y otras negras y algunas transparentes. Como si estuvieran hechas de viento. Y como las aguas de los charcos son tan claras y duermen tan serenas, en ellas se miran las nubes níveas. Como en un espejo o una ventana que se abre en las mismas manos del viento. Comenta la madre:
- Una maravilla más que hoy nos regala el cielo.

En la arena de la orilla, donde la senda se desdibuja y comienza la cerrada, se paran ellos. De nuevo comenta la madre:
- Solo un baño rápido para que se nos entone el cuerpo y se nos alegre el alma. A una y otra cosa hay que darle alimento mientras se recorren las montañas.
Comenta el más pequeño:
- ¿Sabes, mamá? En cada uno de los árboles que hemos visto por la gran pradera de la hierba, he descubierto que vive un pájaro. Uno en cada árbol como si fuera dueño único. Y esto, según pienso yo, es muy importante: porque si en cada árbol vive un pájaro ¿cuántos habrá en estas montañas y en el mundo entero?
La madre no contesta. Ve ella normal que su niño descubra estas cosas. Pero para sí, piensa que tiene razón: si en cada árbol vive un pájaro, es mucha la vida y belleza que hay sobre la tierra. El pequeño otra vez comenta:
- Y me ha gustado mucho descubrir esto. ¿Sabes qué pienso?
- ¿Qué es lo que piensas?
- Que ahora ya soy un poco más culto y también tengo más razones para darle gracias al cielo, como tú siempre nos dices.
- Pues yo pienso también que lo que tú piensas es bueno.

Y la madre, coge a sus niños de la mano. Uno con la derecha y otro con la izquierda y, poco a poco, se los va llevando a las aguas del charco. Las pisan despacio, como si tuvieran miedo de romperlas y, al mismo tiempo, van dejando que las aguas les acaricien. Les dice a sus niños, traspasada de entusiasmo:
- Esto siempre debe ser como un beso dulce y manso. Porque tampoco hay que tener prisa, como tantas veces ya os dicho: en la montaña, en el encuentro con la naturaleza, nunca debemos tener prisa en nada. Para saborear cada bocanada de aire y cada matiz en las plantas y así aprender de ellas. Porque, y esto es otra cosa muy necesaria en la naturaleza, ella siempre tiene mucho que enseñarnos. El viento que ahora mismo respiramos y nos roza al pasar, el sol que nos anda besando, el agua que nos regala su caricia, la arena que estamos pisando, el azul del cielo que nos arropa, las blancas nubes que sobre las cumbres revolotean, el silencio, la luz, las sombras, el aroma de las plantas y los cantos de los pájaros, siempre nos enseñan verdades eternas. Por eso todo por aquí hay que hacerlo despacio y permanecer atentos a los besos y abrazos que las cosas nos regalan de parte del cielo.

Y se adentran en los charcos. Lentamente para que el agua los vaya acariciando con la dulzura del más puro beso. Y los niños, el grande y el pequeño, comentan de vez en cuando:
- Mamá, está fría como la nieve pero es lo que dices tú: su caricia hace cosquillas en el corazón. Y hasta parece que se alegra porque hayamos venido a jugar con ella.
Y el otro niño también comenta:
- Gracias, mamá, por traernos a las montañas y por enseñarnos esta cosas tan buenas. Todo, por aquí, es como tantas veces ya nos has dicho. Amigos buenos que acarician y sonríen sin hacer nunca daño. Como si todas las cosas de la naturaleza estuvieran deseando darnos sus besos y abrazos.
Y confirma la madre:
- De este modo es como se muestra hoy por aquí toda la naturaleza. Satisfecha de que hayamos venido a estar con ella y contenta de que le regalemos nuestros mejores abrazos.

Los suelta de la mano y dejan que se vayan nadando. Desde la orilla hacia el centro pero como si se tratara de un juego delicado. Y las aguas, las purísimas y azules y verdes esmeralda aguas del charco, se abren en olas pequeñas. Navegan despacio y se quiebran contra las rocas de la cerrada. Como en un juego amable y cómplice con los niños y con la madre. Porque el padre los contempla desde la orilla. También se alegran de este bonito día y del paraíso que por aquí han encontrado. Para sí se dice, animado por la caricia del aire sobre su cara: “Hay que ver lo que se disfruta en cualquier rincón de estas montañas. Con cualquier cosa y cuando no se tiene prisa. Hay que ver estos niños míos y la madre guapa, qué bien se lo están pasando hoy, con las sencillas maravillas que el cielo nos regala”. Y oye a la madre que indica a sus niños:
- Mientras surcamos estas aguas y dejamos que nos refresquen, démosle abrazos para agradecer al cielo tan especial regalo.
Y enseguida el niño pequeño dice:
- Mamá, mira que abrazo más grande le doy.
Y salta, se hunde, sale a flote, lanza puñados de agua al viento y juega con el hermano-

Algo después, el niño pequeño, en uno de los momentos de su nado, le dice a la madre:
- Luego cuando salgamos, mientras dejamos que sol nos seque recostados en la arena, nos escribes un poema. ¿Quieres, mamá?
Y al instante el mayor también comenta:
- Sí, por favor. Tú eres tan buena poetisa que hoy nos tienes que regalar con algo que recoja lo que ahora mismo vemos, tocamos y gozamos.

En la dorada arena, por el lado de abajo del charco, frente a la ladera del espeso bosque, al sol, los niños se recuestan.
- Para que los rayos de sol nos sequen y nos acaricien y nos den su abrazo mientras ti, mamá, nos escribes.
Y la madre, satisfecha, junto a la cerrada y también frente al sol, se recuesta. El padre y el que los viene guiando por estas montañas, también se han sentado al lado de abajo, muy cerca de la corriente del arroyo claro que, sereno, rebosa desde el charco y sigue su camino hacia el profundo barranco. Pregunta el padre al que los viene guiando:
- Y los del proyecto mecánico ¿habrán seguido la senda o se habrán desorientado?
- Dentro de un rato lo veremos.
Le confirma el que los viene guiando y sigue fijo en la corriente, como meditando.

El más pequeño de los hermanos le dice a la madre:
- Luego, antes de que recojamos las cosas y nos pongamos otra vez en camino por la vieja senda, tengo que hacerte una pregunta.
Y la madre asiente:
- ¡Vale! Lo que quieras y cuando tú quieras.
Y el mayor también le dice:
- También yo, mamá, tengo para ti una pregunta sencilla pero buena. Ahora guardamos silencio, tomamos el sol y jugamos con la arena mientras tú escribes para nosotros un bonito poema.
Y guardan silencio, mientras siguen en su mundo, mitad fantasía y mitad sueño.

Y la madre, en una pequeña libreta que saca de su bolso, traza unas letras. Mira luego a la corriente del arroyo, a las nubes blancas que por el cielo juegan y al verde oscuro del bosque por la ladera y se pone a escribir despacio:

El agua del arroyo,
la fina arena
y en las rocas colgando
tres violetas.
El silencio callado,
la pradera,
los pajarillos, los pinos,
la quietud quieta
y el día cabalgando
sobre la hierba,
todo en su misterio
de noble esencia
que Dios nos regala
mientras nos besa.

¿A dónde caminamos,
a dónde la senda
nos lleva en sus brazos
de primavera?

Con el agua del arroyo
que se despeña
llenando de sonrisas
toda la sierra,
vamos también nosotros
hacia una estrella
que tras las nubes blancas
nos espera.


Cuando la madre terminó de leer a sus niños este poema, ellos dijeron:
- ¡Qué bonito mamá! El agua del arroyo, la pradera, los pajarillos, las violetas, las nubes blancas, una estrella… Todo es como tú: franca belleza, la de corazón más grande, la más bella y la que sabe enseñarnos que en las pequeñas cosas de la vida, se encuentra el gozo más sencillo de la tierra. Gracias mamá sonrisa, por ser tan buena.

Cinco minutos después, recogen las cuatro cosas que han dejado junto al charco. Toallas, cantimploras, mochilas y se preparan para seguir la ruta. Y, mientras van recogiendo, el más pequeño, otra vez dice a la madre:
- Tengo que hacerte una pregunta pero en secreto. Te lo digo dentro de un rato.
Y, como el niño mayor se ha enterado, también le confía a la madre:
- Y yo, en cuento tú, mamá, tengas un espacio también quiero compartir contigo un secreto.
- Pues ahora, cuando ya dentro de un rato, sigamos remontando por la senda, me contáis vuestros secretos. Seguro que me gustará saberlo porque los secretos siempre son interesantes.

La senda, desde el charco y comienzo de la cerrada, sigue remontando en un juego fantástico con el arroyo y el bosque. Arranca desde el mismo charco y se viene para el lado derecho. Trazando curva para ir ganando altura y adentrándose, poco a poco, en la espesura y oscuridad del bosque. Y, según remonta, se asoma de vez en cuando a la cerrada y busca el mejor terreno para irse aproximando a la cascada. Como si pretendiera colarse en el corazón mismo de las aguas para fundirse con ellas. Así que por todo esto y más aun, la senda y el rincón por donde avanza, es lo más bello de cuantos asombros hay en estas sierras.

Lentamente ellos comienzan la subida. Y de nuevo dejan que sea la madre la que tome la delantera. Pregunta ésta al que los viene guiando por estos parajes:
- ¿Llamamos a los del proyecto mecánico o confiamos en que nos esperan donde nos dijeron?
- Confiamos en que cumplan lo que nos ha dicho.
- ¿Conocen bien ellos estos lugares?
- Yo creo que sí, pero en fin: dentro de un rato lo veremos.

Sobre la cumbre que les supera y hacia donde van dirigiendo sus pasos, siguen presentes las nubes blancas. Muchas de ellas ahora muy pequeñas y algunas casi redondas, como en forma de pequeños mundos. El cielo se ve muy azul y se mueve algo de viento, que viene desde el lado sur y muy fresco. De nuevo pregunta la madre:
- ¿Tú crees que hoy tendremos tormentas? Y lo pregunto porque bien lo sabes: las tormentas en estas sierras son fenómenos muy normales en estás épocas del año.
- A lo mejor se presenta alguna al caer la tarde pero no hay que tener miedo. Las tormentas en estas montañas son espectáculos fantásticos.
- ¿Te gustan a ti?
- Mucho, porque desde siempre he creído que, de alguna forma nos dicen que el Universo sigue vivo. Las tormentas transmiten mensajes incompresibles para la mente humana.

Nadie más comenta nada. Se produce un momento de silencio. Y, mientras suben tranquilamente por la vieja senda, el pequeño se coge de la mano de la madre. Tira de ella y le susurra al oído:
- Quiero preguntarte algo.
- ¿Es tu secreto?
- Sí que lo es. Pero no quiero que se entere nadie.
- Pues habla bajito que te escucho.

Y, según van subiendo, la madre modera sus pasos y se queda atrás. Un poco retirada del padre y del que guía y, anima a su niño diciendo:
- Ya estoy preparada, cuéntame tu secreto.
Y si más el niño le dice:
- Se trata de este amigo nuestro.
- ¿El que hoy nos ha invitado y lleva por estas sierra?
- Sí.
- ¿Qué le pasa?
- Que me tiene intrigado.
- ¿Te ha hecho lago?
- No, solo que me gustaría saber de qué conoce él todas estas montañas. ¿Tú lo sabes?
- Yo solo sé que este amigo nuestro lo sabe todo.
- ¿Y dónde lo ha aprendido?

La madre guarda un minuto de silencio. Delante de ella y de sus dos niños caminan ellos. El guía y el padre, ocupados en comentar las cosas que van viendo. Y por eso, ajenos a lo que la madre comenta con sus niños. De nuevo le pregunta a la madre, el más pequeño:
- ¿Tú sabes cómo ha llegado a conocer con tanta exactitud todas estas sierras?
- Tendremos que preguntárselo a él pero de lo que sí estoy muy segura es que nadie en este mundo conoce mejor estas montañas. Sabe todos los nombres de los sitios, de las cumbres, de las flores, de las mariposas, de los pájaros, de los árboles y hasta dónde brota cada venero y en que lugar hay cuevas, cerradas o cascadas. Lo sabe todo con una claridad que asusta. No hay rincón en estas sierras que no se conozca al milímetro, como la palma de su mano.
- ¿Por eso se le nota tan seguro y en sus palabras hay tanta franqueza?
- Quizá por eso pero debe ser por algo más que nosotros no sabemos. Yo creo que en su corazón hay un tesoro inmenso.
- ¿Y podemos preguntarle?
- Sí pero luego.
- ¿Cuándo?
- Cuando hayamos llegado al viejo roble que, en lo alto de esta cumbre, nos está esperando para que le demos un fuerte abrazo.

Y la madre y el niño guardan silencio. La senda describe una curva y, después de asomarse a la cuenca del río grande, se viene para la derecha. Para el cañón de la cerrada y para irse aproximando a la cascada. Poco a poco se va adentrando en la espesura del bosque y por eso la sombra es por momentos más densa. Y también la luz se torna de color verde azul. El niño mayor comenta:
- Parece como si estuviéramos entrando al corazón mismo de una tormenta. ¿No ves, mamá, qué extraño es todo esto?
- Sí que lo es pero no hay que asustarse. El amigo que nos guía sabe a dónde nos lleva y lo que hace.
Y, dirigiéndose ahora al más pequeño, le pregunta:
- ¿Y tu secreto?
- Que cuando sea mayor quiero ser como este amigo que ahora nos lleva por las montañas.
Hay unos segundos de silencio y luego comenta la madre:
- ¡Fantástico! Desde hoy cuenta conmigo para apoyar tu sueño.

Un poco antes de llegar a la cerrada se paran un momento. Justo donde la senda se torna llana y hay como un pequeño mirador natural hacia el barranco. Y el barranco, desde este mirador chiquito, se ve todo profundo, amplio, agreste, solitario, tapizado de verde y partido por la mitad por el arroyo y la cerrada. Más al fondo aun, el barranco, parte de la cuenca alta del río que corre dirección al sur, se divide en varios, en muchas laderas y pequeños arroyos que descienden desde las cumbres.

Observan despacio y nadie dice nada. Como si el alma se les hubiera quedado paralizada y sin capacidad de encontrar palabras para expresar lo que ven. Solo la madre comenta:
- Es bueno, cuando se recorre la senda, pararse un momento y echar la vista atrás. Orienta y anima para seguir el camino correcto.
Y el niño mayor le pregunta:
- Mamá ¿Cuándo quieres escucharme y te cuento también yo mi secreto?
- Te escucho ahora mismo. ¿Qué es lo que quieres contarme?
- Que cuando sea mayor ya sé lo que quiero ser.
- ¿Y qué vas a ser?
- Escritor.
- ¿Escritor de qué?
- De los paisajes que hoy tú nos estás enseñando. ¿Qué te parece esto?
- Pues que es un sueño muy bello. Y que ojalá cuando seas mayor escribas los libros más buenos.
- Sí, pero lo que yo quiero escribir no será nunca como lo que escriben tantos.
- ¿Cómo será?
- Ahora no te lo sé decir pero lo tengo claro. Porque, como tú tantas veces nos has dicho, en la naturaleza hay tanto y todo tan bello que me gustaría contárselo a todo el mundo.

La madre guarda silencio. También el padre y el que guía y mudos siguen mirando. Pero unos minutos después, ella le dice a su hijo escritor:
- Debes saber que todas aquellas personas que escriben y logran expresar con exactitud y claridad sus sueños, lo que sienten y piensan, pueden ser los más felices del mundo. Cuando se escribe correctamente y con acierto, en el alma se instala una felicidad que no es comparable con nada en este suelo.
Nada pregunta el niño mayor.

Hasta ellos llega el rumor de la cascada despeñándose. Y abajo, no muy lejos del lugar donde se han parado, se ven los charcos. Una cadena de charcos, mucho más grandes que el de la cerrada donde se han bañado y mucho más verdes y alargados. Los árboles del bosque, a un lado y otro del arroyo, se reflejan en las aguas y por eso se torna verdes. También se refleja en ellos el azul del cielo y las nubes blancas. El mayor de los niños otra vez dice a la madre:
- ¿No está viendo qué bonitos son estos charcos? ¿A que entran ganas de bebérselo?
- Y de comentárselo a muchos para que disfruten de este especial regalo del cielo.
- Por eso yo quiero ser escritor cuando sea mayor.
Desde el pequeño rellano que sirve de mirador en la senda, ya la cascada queda cerca. A la derecha y cayendo fabulosa. Y la senda, desde el pequeño rellano, avanza recta, tallada en la roca y cada vez más casi colgada en el precipicio. Tanto y de tal manera que solo verla, asusta. Quizá por eso la madre pregunta, al que los viene guiando:
- ¿Y no hay peligro?
- Ninguno. Desde la noche de los tiempos, los que vivieron y fueron dueños de estas montañas, anduvieron esta senda y nunca a nadie le pasó nada.
El padre les aconseja a los niños:
- De todos modos, id con mucho cuidado pero sin tener miedo. Lo importante es vivirlo y disfrutarlo.

El más pequeño le dice a la madre:
- Y al pasar por la cascada ¿podremos darle un abrazo?
- Claro que debemos abrazarla para que ella se sienta con nosotros hermana.
- ¿Pero de qué modo la abrazamos?
- El amigo que hoy nos trae por estas montañas nos irá diciendo.
Y el amigo, el que lo sabe todo y hoy viene por aquí guiando, camina delante, metido en sí y como meditando. Muy concentrado en los paisajes y en la estela blanca que la cascada despliega según cae.

Con la curva que traza la pared rocosa del acantilado, se ciñe la senda. Cada vez más tallada en la pura roca y cada vez más colgada en el acantilado y el profundo vacío que se abre por abajo. Y hasta ellos, según se aproxima a la cortina de agua, llega el rumor de ésta al despeñarse y las mil gotas pequeñas en que se deshace la cascada.
- ¡Esto es fantástico!
Comenta el mayor de los dos niños.
- Sí que lo es y por eso debemos vivirlo sin prisa. Para gustarlo hondamente y que el corazón se llene de este tan especial regalo.

Y, en estos momentos, la madre se acuerda de los que han venido con ellos. No se les ve por ningún lado y ella piensa que, este acantilado, con la cascada, la profunda cerrada, el hondo barranco, los charcos por el arroyo remansados y al final de todo, la gran cuenca del río chico, para los que han venido con el sueño del teleférico, sería algo muy interesante. Piensa que ellos seguro que dirían:
- Por aquí mismo debe pasar nuestro tren mecánico. Colgado en este inmenso acantilado y rozando las aguas de la cascada. Para que las personas gocen de este grandioso espectáculo y se les encoja el corazón al pasar por aquí volando.
Esto piensa la madre que dirían ellos pero en el fondo se alegra de que no estén. Y sin embargo los echa de menos. Teme que se hayan perdido o que les haya pasado algo.

Justo por donde la cascada se despeña, en el acantilado rocoso, se abre una cueva. Una cavidad muy ancha que se hunde hacia las entrañas de la montaña, pero solo unos metros. Parece una puerta, en el ancho frontal del acantilado, por donde chorrea el agua de la cascada, como en una fina cortina de seda, sin que entre dentro. Por eso la senda, al llegar justo a donde la cascada se despeña, se va por el lado de atrás de la cortina de agua. Como si quisiera meterse dentro de la cueva. Y lo hace pero solo lo suficiente para pasar al otro lado y seguir subiendo hacia la cumbre de la montaña.

Y ellos, confiando plenamente en el amigo que los guía, se aproximan a la cascada. Y, siguiendo la senda, pasan por detrás de la cortina de agua y entran a la cueva. Ya en el interior, se paran y el que los guía les dice:
- Mirad despacio a través de la cortina de agua que tiende esta cascada.
Y miran tranquilamente. Abajo, en primer plano, se ve el agua despeñándose, luego un trozo del arroyo casi perdido en la espesura del bosque, el profundo tajo abierto en las rocas por la corriente del arroyo y que forma la cerrada donde, hace un rato, han disfrutado de un baño en los charcos claros. Todo sencillamente fantástico y tan grandioso que hasta la respiración se les congela. Y más fantástico es todavía el cuadro tamizado por la luz que llega desde la derecha y se funde con la cortina de agua que cae en forma de cascada. Comenta la madre:
- Solo por ver esto ya estamos más que colmados, en el día de hoy y para muchos años.
Y el padre añade:
- Y te damos las gracias por enseñárnoslo de la forma en que lo haces: sin apenas anunciarlo, sin creerte más que nadie, sin demostrar nada y sin esperar otra cosa que la satisfacción del gusto por la naturaleza. ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Las que quieras.
- Además de tú ¿qué otras personas conocen esta senda, la cascada y cueva en la que ahora mismo descansamos?
Y el que los viene guiando no responde a esta pregunta.

Tal como están mirando se mueven un poco para el centro de la cueva y buscan una pequeña repisa de rocas. Como unos bancos a los lados, por donde no llega el agua pero sí se ve la gran sábana de la cascada cayendo y la luz azul celeste que la atraviesa. El que guía, les dice:
- Sentémonos aquí un momento y escuchad concentrados.
Pregunta el niño mayor:
- ¿Se oye un concierto?
- Sí pero muy concreto, por las melodías en sí y por los instrumentos.
Y le hacen caso.

Junto a la madre se sientan los niños y el padre al lado del amigo. Y guardan silencio durante un rato pero sin dejar de observar la transparencia de la cortina y sin parar de gustar el olor a algas y musgos fresco que les regala el suave vientecillo. Pregunta el niño pequeño:
- ¿En esta cueva hay tesoros?
Y responde el que guía:
- Los hay pero no como los que tú quisieras.
- ¿Y cómo son entonces?
Y es la madre la que responde diciendo:
- Los tesoros en estas montañas abundan por todas partes. Solo hay que abrir los ojos para verlos y estirar las manos para tocarlos. Pero los tesoros por aquí no son como los de los piratas de los cuentos. Desde que comenzamos esta ruta hace unas horas lo estamos viendo cerca de nosotros, a los lados y un poco más lejos.
Y el niño le confirma a la madre:
- Sí, ya sé en lo que estás pensando.
Y todos guardan de nuevo silencio.

Desde la cueva en la cascada, balcón en el centro del acantilado, la senda sigue. Cruza ahora ya al lado izquierdo del arroyo y, después de recorrer treinta metros colgada en la misma roca del acantilado, se enfrenta a la tierra de la ladera. La que cae desde el collado verde que abre paso a la llanura de la cumbre, por donde crece el roble que vienen buscando. Y por esta ladera, internándose cada vez más en la espesura del bosque, la senda asciende. Claramente visible y cada vez más bella por la fantasía de los paisajes que atraviesa.

Pues ellos, después de unos minutos descansando, en la sombra y frescura de la cueva, observando y gustando la música del agua al despeñarse, se preparan y siguen. Rodean los chorros de agua de la cascada para salir de la cueva y vuelven a tomar la senda. Se pone ahora delante el que los viene guiando por estas sierras seguido del padre, la madre y los dos niños. De abajo, de la cerrada y por donde se despeña los últimos metros de la cascada, sube un ariecillo muy agradable. Fresco, porque viene de las aguas claras y oloroso porque roza los culantrillos y otras mil plantas rupícolas que cuelgan en el acantilado. Justo al borde del musgo y corriente que se despeña.

Comenta la madre a sus niños:
- Los que han venido con nosotros con el objeto de tomar datos para montar por aquí el teleférico, están un poco equivocados.
Pregunta el niño mayor:
- ¿Por qué, mamá?
- Porque ya estáis viendo: recorrer despacio las sendas que van por estas montañas para irse llenando de las esencias que exhalan las sierras, es una experiencia fantástica. Yo diría que la mejor de todas las experiencias.
- ¿Y con su tren eléctrico no sería tan bueno?
- Ni mucho menos. Y quiero decirte que es necesario el progreso porque así lo quiere Dios y porque es bueno para todos los humanos. Pero el progreso ha de ser siempre muy equilibrado. Si montan por aquí un tren eléctrico tendrán que romperles muchos trozos a estas montañas y las llenaran de cables y de hierros. Y, las personas que luego vengan a estos lugares, subidos en este tren eléctrico, ni mucho menos vivirán la misma experiencia que nosotros hoy.
Y pregunta el niño pequeño:
- Entonces, mamá, entre las dos cosas: tren eléctrico y esta vieja senda ¿Cuál es la mejor?
- Sin dudarlo, la senda que ahora mismo vamos recorriendo.

Y los niños, el padre y el que viene guiando, guardan silencio. Unos y otros quizá no tengan muy claro lo que la madre ha comentado. Pero sí están comprobando que en el recorrido que vienen trazando, a cada paso, el alma se les llena de sensaciones nuevas. De hondas y puras sensaciones, regalos de los colores, luces y sombras y de los mil aromas que manan de estas sierras. Comenta el padre:
- Los que trazaron por aquí esta vereda, más que hacerle daño a la naturaleza, la enriquecieron. Sabían hacer las cosas en un equilibrio casi perfecto.

Sin esfuerzo ninguno, tranquilamente paseando, fueron poco a poco subiendo hasta remontar al collado. Al pequeño puerto a la izquierda del arroyo y que da paso al valle antes de la cumbre. Y la senda por aquí llega como agazapada por entre el espeso robledal, el arroyo por la derecha y la redonda cumbre, por el lado de la izquierda y coronando. Por eso, nada más asomar al collado, asombra el gran espectáculo que por el rincón ofrecen los paisajes. Al frente la llanura, por el centro, el arroyo que la cruza, a la derecha, el cauce asomándose al acantilado, el filo del escalón rocoso y el agua cayendo por la cascada. A la izquierda, la espesura del bosque de robles y, en un raso, las ruinas del cortijo, las nogueras centenarias, los álamos meciéndose al viento y los trozos de tierra donde en otros tiempos estuvieron los huertos. Y, por detrás de las ruinas del cortijo, como coronando en un robusto escenario, la montaña redonda. Por donde cada tarde el sol se oculta y desde donde se domina todo el valle.
Y, al coronar el collado y descubrir la quietud y el verde del amplio valle, el niño pequeño pregunta a la madre:
- ¿Pondremos aquí las tiendas para quedarnos a dormir esta noche frente a las estrellas?
Y la madre le responde con otra pregunta:
- ¿Te gustaría?
- Es lo que más me gustaría. ¿Y sabes por qué?
- Me lo estoy imaginando pero dímelo tú y así me queda más claro.
- ¿Te acuerdas la de veces que nos has hablado del Principito?
- Claro que me acuerdo.
- Pues al llegar ahora a este sitio y ver lo amplio que es y todo tan verde y con tanta agua, he pensado en este niño. A él quizá le guste el desierto y por eso vive en un planeta pequeño y seco. Pero si esta noche nos quedamos a dormir en este valle, cuando salgan las estrellas, a lo mejor lo vemos. Este rincón también está lleno de silencio y tranquilidad, que es lo que más le gustaba a él.

Hubo un momento de silencio. La madre miró a su niño
y luego preguntó al que venía guiando:
- ¿Y el viejo roble centenario?
- Dentro de un momento lo vemos.
- ¿Crece cerca de las ruinas del cortijo?
- Enfrente, por nuestra derecha, no muy lejos del arroyo pero allá en lo alto.
- Es que me muero de ganas de verlo. ¿Tardaremos mucho en encontrarlo?
- Poco tiempo. Pero mientras vamos llegando nos os perdáis la grandiosidad de la llanura, la claridad del arroyo, las serenas ruinas del cortijo y el bailecillo de las ramas de los álamos.

Sobre un pequeño montículo, donde las rocas afloran y a unos cien metros del arroyo, se ven las ruinas del cortijo. Cuatro trozos de paredes de piedra, tejas rotas, alguna viga de madera y montones de piedras sueltas. No hay más de lo que en otros tiempos sí fue un cortijo muy bonito. Porque ahora hasta las zarzas crecen por entre las piedras y también una carrasca, varios rosales silvestres y un pino chico.

Y ellos, la madre con sus dos niños, el padre y el que los viene guiando, remontan el montículo. Siguiendo el trazado de la senda y se enfrentan a las ruinas del cortijo. Y nada más descubrirlo, enseguida lo ven. Sentado sobre uno de los trozos de pared, frente al valle y explorando su aparato de gps. El niño mayor le dice a la madre:
- Mira, uno de los del proyecto del tren mecánico.
Y él, enseguida aclara:
- Estoy recogiendo los datos necesarios para el buen trazado de nuestro teleférico.
Pregunta el padre:
- ¿Y los compañeros?
- Sobre la cumbre de esa montaña de la izquierda. Desde allí toman unos datos y yo otros desde aquí para luego contrastarlos. Y vosotros ¿qué tal lo estáis pasando?
- Ya lo ves: venimos sin prisa caminando y al fin llegamos.

El niño pequeño, corriendo por la explanada que hay entre las ruinas del cortijo y el arroyo, pregunta a la madre:
- ¿A que este es un buen sitio para montarlas tiendas y quedarnos a dormir esta noche?
- Es un sitio estupendo.
- Porque fíjate cuanta hierba por toda esta tierra y la corriente clara del arroyo pasando por aquí tan cerca. Y fíjate qué nogueras más grandes y cuantos árboles frutales cargados de frutas buenas. Y mira qué encina más gruesa hay allí y este puentecillo de madera para que pase la senda y ahí y aquí… ¿Montamoslas tiendas y nos quedamos en este paraíso a dormir?

Cerca de las ruinas del cortijo se ve lo que en otros tiempos fue la tiná para encerrar el ganado. El corral, contraído con tapias de piedras sueltas. También se ven las ruinas de la calera no muy lejos del arroyo y, por el lado de arriba del puentecillo, los restos de una merera. Y todo lo demás, las tierras por donde estuvieron los huertos, se ven cubiertas de monte. Sobre todo de pinos chicos. Pregunta la madre:
- ¿La senda que hemos recorrido venía directamente a este cortijo?
Y el que los viene guiando:
- Casi exclusivamente a este sitio. Que es, ya lo estáis viendo, un pequeño paraíso dentro del paraíso grande.
- ¿Y conoces la historia de este cortijo, de los que vivieron en él y de las tierras por estos sitios?
- La conozco.
- ¿Nos la cuentas?
- Quizá luego pero pienso que es más hermoso no contar nada. Dejar que las personas y las cosas de aquellos tiempos duerman en la eternidad y que cada uno de nosotros imagine lo que quiera.

Sentado sobre un trozo de pared de las ruinas del cortijo, dejan al de gps. Ocupado él en sus datos para el trazado del teleférico por estas montañas y por completo indiferente a las cosas de la madre y sus niños. Ellos siguen con su ruta hacia el roble centenario de la cumbre. Por el trazado de la vieja senda, cruzan el puentecillo de tablas sobre la corriente del arroyo y se mueven para la derecha. Por entre el bosquecillo de ciruelos y varias frondosas nogueras. A la izquierda les va quedando el cauce del arroyo y, el rumor de su corriente, ahora les acompaña a cada paso. Pregunta la madre:
- ¿Dónde nace este arroyo?
Y, el que los guía, contesta:
- Ahí mismo.

Se paran sobre un pequeño montículo y, frente a ellos, resplandece un bosquecillo de fresnos, donde también crecen muchas zarzas, algunos robles y espesas matas de bujes.
- ¿De aquí salen las primeras aguas del arroyo de la cerrada y cascada que hemos venido siguiendo?
- Aquí mismo brotan las primaras aguas.
- ¿Y el roble milenario que venimos buscando?
- Solo unos metros más y lo vemos.
Dice el niño pequeño a la madre:
- Es el sitio perfecto para quedarnos esta noche a dormir frente a las estrellas. ¿Vamos a montar las tiendas y nos quedamos?
Y la madre le responde:
- Espera un momento.

Siguiendo la vieja senda avanzan unos metros más. Y de pronto y ante ellos, aparece el gigante que vienen buscando. El que los guía anuncia:
- Ahí lo tenéis.
Parados sobre el montículo miran despacio como si ante ellos hubiera aparecido el asombro más fantástico. Y es así: el viejo roble centenario, clavado un poco por encima del manantial del arroyo, se eleva enorme. Mostrando su grueso tronco lleno de heridas y nudos y desparramando sus ramas por un gran trozo de la llanura y ladera. Pero lo que más asombra es su tronco. Retorcido y arrugado, con muchos trozos ya podridos, grandes agujeros en los nudos y con la corteza añosa de tantos años como tiene.

Pregunta el niño mayor:
- ¿Mamá, le damos un abrazo?
- Sí, ahora mismo. Pero vamos a irnos acercando lentamente y con respeto para reverenciarlo según el honor que merece. Y, mientras lo abrazamos, le damos gracias al cielo y a este amigo nuestro y luego dejamos que el alma se nos llene de la sabiduría y los silencios que, en su corazón, este árbol tiene.
Y la madre, llena de un gozo que no puede ocultar porque se le nota tanto en sus palabras como en el brillo de sus ojos y cara, mira ahora al que los ha venido guiando y le pegunta:
- ¿Y la veremos a ella?
- La veremos seguramente. Al caer las tardes, no todas pero muchas sí, aparece corriendo por ese lado de la llanura, llega hasta este árbol, se para frente a él, lo mira, lo abraza, se le transforma el rostro y, después de un rato, desaparece por el mismo sitio que ha venido. Es una visión irreal pero llena de asombro y dignidad. Ella comparte algo muy especial con la serenidad y vejez de este roble.
- ¡Qué curioso!
Exclama la madre.

Y el niño pequeño comenta:
- Ves, mamá, una razón más para quedarnos a dormir esta noche en estas praderas. Después de darle el abrazo que decimos, aquí mismo ponemos las tiendas y nos quedamos. Y cuando a media noche brillen las estrellas yo hablaré con mi amigo el Principito para saludarlo y contarle muchas cosas. Y si de madrugada aparece un zorro, le voy a decir que no tema. Que quiero ser su amigo para domesticarlo y así darle una alegría al niño del planeta solitario. ¿A que será bonito todo esto?
- Será más bonito que el más bello de todos los sueños. Vamos ahora mismo a darle un abrazo mientras damos gracias al cielo.

Y, desde el montículo, comienzan a caminar lentamente hacia el encuentro del roble milenario de la cumbre.





3- Las nubes blancas

Petición
A los que amáis y recorréis las montañas del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, los paisajes más bellos del mundo y donde nace el río más hermoso del Planeta, os voy a pedir un favor. Cuando vayáis por los caminos de estos valles, laderas o cumbres, mirad al cielo. Y si en el cielo encontráis nubes blancas, redondas o alargadas, observarlas despacio. A una de estas nubes, creo que él se fue a vivir un día pensando que aquí se encontraría con ella. Y desde entonces estoy triste y lo recuerdo. Así que si tenéis la suerte de verlo, decídmelo por favor. Lo necesito. Fue un buen amigo y una tarde desapareció sin decirme nada y todavía teníamos muchas cosas que compartir. Os cuento, a continuación, la historia para que sepáis de qué hablo.

La historia

Lo vi aquella tarde. Estaba sentado al borde del río, contemplando el correr sereno de las claras aguas y meditando. Y, a verlo, me fijé en él y me paré. Descubrí que, algo en su persona era diferente. No sabía ni todavía sé decir qué. Pero tenía claro que en mi interior, algo o alguien, me pedía que me fijara en él porque no era uno más.

También ella aquella tarde estaba allí. Y, desde donde me había parado, junto a una de las grandes rocas que me servía de apoyo, escuché que le preguntaba algunas cosas, de vez en cuando y guardaba silencio luego y meditaba. Y, en uno de los momentos de la tarde, oí que le preguntó:
- Las nubes blancas, que tantas veces veo como colgadas en el cielo sobre las cumbres de aquellas altas montañas ¿tienen algo que ver con el paraíso del que, sin parar, me hablas?
Y le respondió:
- Las nubes blancas son como el alma, como el traje inmaculado que en los días de fiesta, visten los paisajes del paraíso que te digo. Ellas nunca dan voces, no presumen de nada, no necesitan de nadie, simplemente se cuelgan en el cielo, por encima de las montañas, y dejan que las beses y meza el viento y que las lleve a donde a él le de la gana. Por eso son pura poesía, fantasías de seda que sonríen desde el cielo para llenar de paz el alma. ¿Y sabes? Aunque parecen tan poca cosa, el día que falten las nubes blancas de este paraíso y de la Tierra, algo muy grande, para siempre en este mundo se acaba. Puede incluso que sea el fin de la vida.
- ¿Me llevarás algún día a ver este edén tuyo tan especial? Me lo cuentas con tanto entusiasmo que me entran ganas de salir corriendo y abrazarme a esas nubes mágicas.
- Te llevaré el día que quieras tú.

Y después de esto los dos guardaron silencio. Siguieron mirando a la corriente del río que a sus pies mismos pasaba y, al rato, ella preguntó de nuevo:
- ¿Sabes por qué te he preguntado lo de hace un rato?
- ¿Por qué lo has hecho?
- Porque es tanto lo que me hablas, un día y otro, de ese mundo fantástico que tan vivo tienes grabado en tu alma, que ya hasta por las noches lo sueño. Estoy deseando que un día me lleves a verlo. Porque, además de las blandas y relucientes nubes que tanto proclamas ¿qué otras cosas puedo ver por allí?
- Ríos cristalinos que bajan desde las crestas más altas, bosques verdes que cubren desde los valles mas serenos, laderas y navas, acantilados que dan vértigo solo pensar en ellos, amaneceres, tardes y mañanas que parecen sacados de los cuentos más bellos. Y hay muchos caminos, sendas viejas que recorren aquellas montañas desde todos los extremos y, los matices de luces, sobras y clores, son únicos. Te puedo asegurar que en ningún otro lugar del mundo encontrarás nunca paisajes como los que hay en esta montañas.
- ¿Por eso tú lo has bautizado con el nombre de “El Último Edén”?
- Por eso y por muchas más cosas que te iré contando. Pero primero tienes que verlo.
- Te ruego, desde ahora mismo, que me lleves a ese lugar antes de que me vaya. Por lo que me cuentas, creo que será la experiencia más gratificante jamás por mí vivida.
Y vi como a él se le iluminó la cara. Como si le hubiera producido un profundo placer lo que ella le confesaba.

Tú no lo recuerdas, Sinombre pero yo sí. Desde aquel día he pensado en ello no sé cuantas veces. Puede que cien, doscientas o quizá más. Ya he perdido la cuenta. ¡Son tantas! Y siempre que he pensado en ello no he podido dejarla al margen. ¿Que por qué a veces las cosas se graban con tanta fuerza que no se olvidan nunca? No lo sé, como tampoco sé casi nada de los comportamientos humanos y, de algunas personas, menos aun. Pero lo cierto es que aquella escena, él y ella el río y las nubes blancas, lo recuerdo con la misma fuerza y frescura de aquel momento. Te aclaro un poco más:

Aquel día, era una tarde de primavera. De cielo azul y aire cálido. Había, como casi todas las tardes de primavera de este año, grandes nubes blancas suspendidas en el cielo. Como clavadas ahí y vigilando, un día y otro, no sé qué en el Planeta Tierra. ¿Tú sabes a qué se parecen las nubes y qué es lo que observan cuando en las tardes de primavera, se cuelgan en el cielo y ahí se quedan, se quedan y se quedan? Un día tendremos que hablar de esto.

Y después de aquella primera tarde y pequeño encuentro, volví al mismo lugar muchas veces y allí lo vi, siempre. Ya no estaba ella. Pero a él siempre me lo encontraba sentado en el mismo sitio y como esperando. Quieto junto a las aguas claras del río, mirando como perdido en no sé qué mundo lejano y meditando. Una tarde me decidí y, sin pronunciar palabra, a su lado me senté. Junto al río y, como estaba muy recogido y parecía rumiar recuerdos lejanos otra vez tuve miedo de romper su quietud. Por eso allí me quedé, mirando con él la corriente pasar y sin pronunciar palabra. También, aquella tarde, se veían grandes nubes blancas, allá en el horizonte sobre las cumbres lejanazas. Me di cuenta que en silencio las observaba. Como si buscara algo por esos lugares tan misterios y a la vez mágicos. Miré con él pero, ya digo, nada le pregunté. Y, cuando ya se puso el sol, me fui y aquella noche lo recordé. Y ¿sabes que era lo que más me intrigaba? El interés que mostraba por las grandes nubes blancas, su quietud frente a la clara corriente del río, su silencio y la manera de gastar el tiempo.

Por aquel mismo sitio volví varias veces en los días que siguieron. Siempre con el deseo de verlo y acercarme un poco más para preguntarle. Y siempre, a lo largo de mucho tiempo, en el mismo lugar lo encontraba sentado. Hasta que, por fin una tarde, me hice valiente, me acerqué más y le pregunté:
- ¿Piensas en ella?
- ¿Es que la conoces?
- Una tarde la vi y hablaba contigo. Ahora no está y la recuerdas ¿verdad?
- Ya pronto hará un año que se fue.
- ¿Y pudiste llevarla al paraíso que soñabas antes de que se marchara?
- No pude.
- ¿Por qué?
- ¿De verdad quieres que te lo cuente?
- Los sueños no realizados, a veces, son dolorosos recordarlos pero si quieres, te escucho.

Y tal como estaba sentado, sobre una blanca piedra y con sus pies rozando las aguas del río, siguió. Me di cuenta, en este momento que, en la corriente del río, se reflejaban un puñado de nubes blancas. Sobre el azul del cielo estaban suspendidas y en las aguas se manifestaban. Él las miraba como buscando algo. Lo mismo que había visto muchas de las tardes ya pasadas. La hierba, a un lado y otro, tapizaba y regalaba a la tarde un suave olor a fresco. Habló y dijo:

- Llegó una tarde de otoño. De un lejano país y donde también se habla otra lengua que yo desconozco. La conocí al día siguiente. Sin que yo se lo preguntara, me dijo su nombre y luego me pidió que le enseñara los sitios y la cultura de este país nuestro. Así lo hice, a lo largo de unos meses y ofreciéndole siempre el mejor cariño y respeto. Se mostraba muy interesada. Y, se le notaba a la legua, que era muy culta y que tenía muchas ganas de conocer cosas y personas y de vivir experiencias. Y, mientras la llevaba por aquellos lugares por los que mostraba más interés, aprovechaba y le hablaba de un paraíso, sin igual, que conozco desde mi infancia.
- ¿Qué paraíso es ese?
- Las sierras, las montañas, los paisajes donde nace el río más bello del mundo, el Guadalquivir. El Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas. ¿Los conoces?

No respondí a su pregunta porque me di cuenta que lo que importaba era que él contara. Creo que así lo entendió y por eso me siguió diciendo:
- ¿Y sabes? Cada vez que le hablaba de estas montañas y veía el interés que mostraba por conocerlas antes de irse a su país, el corazón se me entusiasmaba. Tanto que, una noche detrás de otra, soñaba ilusionado en ir a este paraíso y enseñárselo. Así se lo hacía saber continuamente y ella, parecía mostrar interés creciente. Fue corriendo el año y se acercaba el momento de irse. Y, una mañana, se marchó sin despedirse. En uno de los aviones que, de vez en cuando, surca en cielo por donde, cada tarde, se ven aquellas nubes blancas.

Guardó silencio. Y pude ver, en este momento, que desde sus ojos, por la cara, rodaban pequeñas gotas relucientes y claras. Era su dolor o tristeza convertida en lágrimas. Metido en sí continuó mirando la corriente del río y meditando. Le pregunté de nuevo:
- ¿Y cómo han podido salir las cosas de esta manera?
- Pues han sido. Y para aclararlo no tengo ningún argumento lógico ni concreto.
- ¿Estás ofendido o disgustado?
- No. Solo desconcertado.
- Quizá a ella, a pesar de su cultura, no le gusten mucho las cosas de la naturaleza y por eso no hizo mucho esfuerzo para que se realizara tu sueño. ¿Serás capaz de perdonarla?
- Sí, quizá sea esto y por eso nada tengo que perdonar.
Y ya no dijo nada más aquella tarde. Tampoco yo seguí preguntando.

Un poco antes de ponerse el sol lo despedía y aquella noche volví a pensar mucho en él. Lo busqué al día siguiente por la orilla del río, donde tantas otras tardes lo había visto pero no lo hallé. Tampoco lo vi dos días después ni en las tardes que siguieron. Pero yo volví, cada tarde, durante más de un mes y dos y tres. Seguía sin verlo y esto hizo que me pusiera triste. Tanto, que allí, junto a la roca blanca desde donde los contemplé a los dos, la primera vez, me paraba y me pasaba las horas mirando y meditando. Y, una de las cosas que más interés observaba eran las nubes blancas que, una tarde y otra, seguían apareciendo en el cielo. Como si algo en el corazón me dijera que a una de estas nubes blancas, él se había marchado. Quizá pensando que, por ahí podría encontrarla a ella.


Conclusión

Por eso esta tarde, quiero dejar escrito aquí un pequeño mensaje para todos los que caminan y aman los paisajes de este Parque Natural. Y es que, cuando vayáis por estas sierras, miréis al cielo y si sobre las cumbres de las montañas encontráis nubes blancas, redondas o alargadas, observarlas despacio. Por si él se vino a una de estas nubes pensando que aquí se pudiera encontrar con ella. Sabéis ya que, deseó con todas sus fuerzas, traerla a estas montañas para explicárselas y que se le llenara el corazón de la belleza que por aquí hay. Este fue su gran sueño y, a su manera, lo compartió también conmigo. Por eso ahora, sin pretenderlo, estoy triste y lo recuerdo. Así que si tenéis la suerte de verlo, decídmelo por favor. Lo necesito. Fue un buen amigo y una tarde desapareció sin decirme nada y todavía teníamos muchas cosas que compartir.







4- Lo necesario para la vida

Le dijo él:
- Para la vida, solo hace falta un pequeño trozo de tierra y un manantial de agua clara.
- ¿Y eso cómo pude ser? ¿Y la nevera, la televisión, el coche y el ordenador? Tú estás pensando en otros tiempos.
- ¿Quieres verlo?
- Cuando quieras.
Y fijaron el día, la hora y el lugar para el encuentro. Donde la fuente de las violetas, cerca de la gran cerrada.

Al salir el sol, de aquella mañana de primavera, allí estaban esperando. No era él solo sino un grupo de cuatro o cinco que también querían verlo. Le dijo, al amante de la sierra:
- Me he traído conmigo a todos estos para que den testimonio de lo que vas a enseñarnos. Ello, como yo, no nos creemos que en la vida baste con un poco de tierra y un manantial de agua.
Y él no dijo nada pero no le gustó mucho lo que había hecho. Uno de los del grupo comentó:
- Es que nos interesa mucho lo que tú te dispones a enseñarnos. Que solo baste para la vida un pequeño trozo de tierra y un manantial de agua hay que verlo para creerlo.
Y nadie dijo nada más en este momento.

Se pusieron en camino subiendo por el arroyo en busca de la cerrada. El arroyo bajaba a tope. Saltando fantástico de charco en charco y abriéndose hermoso por las cascadas. Uno del grupo, asombrado dijo:
- Nunca he visto nada igual. Esto hay que explotarlo. ¿Te imaginas el filón de oro que sería esto si construimos hoteles, se los enseñamos a la gente y lo anunciamos en la tele?
Tampoco ahora nadie dijo nada. Caminaron despacio arroyo arriba y llegaron a la cerrada. Al verla, imponente como la maravilla más grande, otro del grupo comentó:
- ¡Y esto! Si nos lo planteamos bien, muchas personas pagarían lo que le pidiéramos por verlo.
- ¿Y te imaginas el filón de oro que sería?
Ninguno más hizo comentarios.

Siguieron caminando sin prisa, porque en la cerrada se fueron parando para ver las pingüiculas, los culantrillos, los chorrillos de agua que rezumaba la pared, las repisas de las rocas, las grandes grutas y la luz y las sombras. Una vez y otra, los que habían llegado de la ciudad, exclamaban:
- ¡Qué maravilla! Esto hay que explotarlo. No es posible que haya aquí tanta belleza desaprovechada. ¿Te imaginas la cantidad de dinero que ganaríamos?
- Esto es una mina. Ve tomando nota de todo para que luego hagamos planes.
Y el que había invitado tampoco ahora dijo nada. Siguió caminando delante de ellos y al poco salieron a las tierras llanas. Donde se juntan dos arroyuelos y el terreno está despoblado. Al verlo, coronado por la parte de arriba por una gran cuerda montañosa, por la derecha con un espeso bosque de robles y por la izquierda, con un también denso bosque de pinos, otro de los invitados comentó:
- Y aquí ¿sabéis qué es lo que podemos construir?
- No lo digas muy fuerte porque puede que otros lo oigan y nos copien pero toma nota y lo dibujas en los planos.
- Es que un rincón como éste, tan oculto, tan elevado en las cumbres, tan rodeado de bosques y cuajado de silencios hoy ya no se encuentra en ningún sitio. ¿Cuánto calculáis que podríamos ganar con esto?
- Una fortuna.

El que los guiaba quiso decirles que aquellas tierras, en el otoño se cubren todos los años de millones de florecillas moradas. Azafrán silvestre, que es como lo llaman en estas montañas. Y, cuando esto sucede, la llanura se convierte en un edén mágico. Y lo mismo en invierno cuando caen las nieves y los arroyuelos se llenan de carámbanos. El que había invitado, quería decirles también que, al llegar la primavera, el terreno que iban recorriendo, se convertía en un sueño. Hierba tapizando en un espeso manto verde, rosales silvestres florecidos, bujes repletos de nuevos tallos, pajarillos por aquí y por allá inquietos canturreando, cielos azules, nubes blancas, rebaños de ovejas pastando y… El que había invitado quería hablarle de todo esto pero ellos no lo dejaron. No paraban de planificar:
- Aquí construimos… Y en este lado, lo que tenemos en mente y en aquel rincón… ¡Qué maravilloso es esto y cuanto dinero vamos a sacar de ello!

Subieron sin prisa por la vieja senda que asciende para el collado y se adentraron en el bosque de los robles. Y, al poco, llegaron al primer manantial. Al verlo preguntó el incrédulo:
- ¿Es este el manantial que me decías?
- Éste no es.
- Lo pregunto porque la tierra llana, el trozo pequeño que dices, podría ser eso que hemos visto algo más abajo.
- Pues este no es el manantial ni el trozo de tierra pequeño, el de más abajo.
- Sin embargo, esto es asombroso. Qué agua más clara, qué silencio callado, qué luces y qué sombras y qué fresco y que viento.
Los del grupo de invitados bebieron agua y luego se sentaron a la sombra de los pinos. Un preguntó:
- ¿Queda mucho para el final?
- Una hora, poco más o menos, andando despacio.
- ¿Cuándo comemos?
- Cuando lleguemos al venero que he prometido enseñar al compañero.

Otro de los que habían venido con la intención de ver las cosas para sacar dinero, dijo:
- No importa que tardemos una hora. Nosotros necesitamos ir viendo todo tranquilamente. Nunca habíamos imaginado que en estas tierras hubiera tanta belleza. ¡Es todo fantástico! Ya verás tú lo que vamos a levantar por aquí en solo unos años. Esto es una mina de oro y por eso vamos a forrarnos.

Desde la fuente, al lado de arriba de la llanura de las flores moradas, la senda sigue remontando. Una senda muy rota porque ya la han fracturado los años pero muy bella porque pasa por los mejores rincones de estas sierras. Y también porque fue trazada por serranos en tiempos muy lejanos. Cuando ellos eran dueños de estas montañas y la surcaban cada día regándolas con sus alegrías, sudor y penas. De esta realida, el que los iba llevando para mostrarle una verdad muy concreta, sabía mucho. Pero también hoy se daba cuenta que no era el momento de hablar de ello.

Pasa un buen rato, como media hora y todos los que había llegado, con el incrédulo al frente, descansan relajados a la sombra de los árboles. Y el que guía, ahora les dice:
- Sigamos.
- ¿Queda mucho para llegar al collado?
- Veinte minutos.

Y siguieron la ruta subiendo por la vieja senda. Y fue cierto: caminando despacio, en unos veinte minutos, llegaron al collado. Y al coronarlo y asomarse a los paisajes que se extienden al otro lado, los de los planes y sueños con filones de oro, dijeron:
- ¡Fantástico! Es lo que necesitamos. Cuando los turistas vengan y descubran estos asombros, se quedarán con la boca abierta. Y al regresar se lo contarán a otros. Así vendrán muchos más y de nuevo se quedarán pasmados. Esto será como una ruleta, una lotería mágica que nos dará dinero a espuertas.
- Ponlo clarito en el plano para que tengamos los detalles bien organizados y nos se nos olvide nada.

Y el que iba guiando tampoco dijo nada en este momento. Desde el collado bajaron, siguiendo siempre la senda, por el barranco. Enseguida se encontraron con los robles centenarios y con el barranco de las rocas blancas donde hay muchas simas, agujeros, grietas y pequeñas dolinas. Dijeron, los de los planos:
- Y aquí ¿sabéis lo que podemos hacer?
- Pues claro que lo sabemos. Se ve a simple vista con solo pararse y mirar despacio.
- Ya veréis como vendrán en avalanchas y todos se quedaran con la boca abierta.
Preguntó el incrédulo:
- ¿Cuándo llegamos? Y lo pregunto porque tu pequeño trozo de tierra y el manantial de agua suficiente para la vida, no aparece por ningún lado.
- Llegamos pronto.
Dijo el de corazón puro y sentimientos buenos. Uno de los del grupo “sueños con minas de oro”, preguntó:
- ¿No nos estarás engañando?
Y él nada respondió.

La senda fue, poco a poco, deslizándose por tierras cada vez más llanas. Solo por la izquierda ahora se veían árboles. Por la derecha iba quedando un agreste paisajes de rocas y, al frente, ya se perfilaba unos árboles muy curiosos. Un almez, varios tejos de troncos gruesos y tres majuelos centenarios. Volvió a preguntar uno de los del grupo de los dineros a espuertas:
- ¿Y tendremos que cortar todos estos árboles?
- Eso no será problema alguno. Pero en su momento lo veremos.
- Tú no te preocupes que si estorban nos los cargamos y asunto concluido. Ahora, toma buena nota y calla.

Llegaron a la tierra llana. Una amplia cañada recogida entre dos laderas y sin árboles ni rocas. La cruzaron despacio y siguió guiándolos derecho al manantial de los Bujes. Llamado así porque mana por entre unas rocas, un pequeño bosque de bujes y las raíces de un quejigo un poco doblado. Y enseguida vieron que el agua brotaba en grandes borbotones que se deshacían nada más surgir y luego se convertían en charco y después en corriente clara. La corriente, suavemente se iba buscando el acantilado por donde se despeñaba en una pequeña pero muy bella cascada. Frente a este manantial se paró el de corazón puro. Miró despacio a las aguas, como meditando algo. No tardó en preguntar el incrédulo:
- ¿Esto es todo?
El que guiaba no respondió. Pero los que habían venido para recoger información y trazar planos, otra vez dijeron:
- ¿Veis? Agua no nos faltará. Y por lo que estamos descubriendo, si hacemos sondeos en estas tierras, seguro que encontraremos ríos copiosos. Esta llanura debe ser riquísima en aguas profundas. No hay un lugar como éste, tan rico y bello, en ninguna parte del mundo.
Y, uno más, comentó:
- Haremos algunos tornajos de cemento y los pondremos no lejos de aquí para que beban las monteses y los ciervos. Así nadie podrá decirnos que somos unos insensibles y al mismo tiempo creamos aliciente para los turistas que vengan. Para que nade diga que no somos amantes de la naturaleza. Ver animales silvestres es lo que más le gusta a la gente.

El incrédulo de nuevo preguntó:
- ¿Pero donde está el trozo de tierra y el manantial que basta para la vida?
Y ahora, el de corazón puro, le dijo:
- Prepárate y vente conmigo. Cuando yo te lo diga cierra los ojos y los abres cuando de nuevo te lo indique. Y mira y no digas nadas.
Caminaron unos metros, desde el manantial del quejigo curvado, hacia abajo. Hacia la espesura del bosque de bujes, por donde la llanura se quiebra y se forma un profundo acantilado, por donde cae el arroyuelo que sale de la fuente y se abre una pequeña cascada. Rodearon unas rocas y salieron a un mirador natural. Apartó con sus manos unas ramas de bujes y dijo:
- Abre ya los ojos, mira por aquí y no digas nada.
Miró el incrédulo y, al instante, se quedó sin aliento.

La casa, pequeña pero toda de roca pura recogidas en estas montañas, se aplastaba en el estrecho valle. Al final del acantilado. Y el rodal de tierra, llano y todo vestido de verde, se extendía cerca de la casa. El agua llegaba por una sencilla acequia, desde el charco al final de la cascada y regaba todos los árboles y demás plantas en el rodal de tierra. Y él estaba allí, envejecido y corvado pero regando con amor paciente, todo cuanto en el rodal de tierra crecía. Y parecía como iluminado por una luz muy fina. Al verlo el incrédulo y descubrir sus espesas barbas, largas y blancas, preguntó al del corazón puro:
- ¿Cuántos años tiene y desde cuando vive en este lugar?
- Tiene tantos años como estas montañas y por eso ni se sabe desde cuando vive aquí. Pero eso no es lo que importa. Fíjate en su casa, en el rodal de tierra y en el agua clara que la riega. Ahora que lo ves, podrás seguir diciendo que no y lo mismo podrán decir los amigos que has traído contigo, pero a él, le basta para la vida, su pequeña casa de piedra, su escaso rodal de tierra y su manantial de agua clara.

El incrédulo llamó corriendo a sus amigos y, en cuanto estos vieron, dejaron de hablar de planos, de filones de oro y espuertas de dinero. Algo confuso, uno de ellos dijo:
- Hay que verlo para creerlo. Pero no nos has engañado. Todo parece como si fuera un sueño sacado de lo más hondo del tiempo.
Y el incrédulo confirmó:
- Y el silencio, fíjate qué música mana de este silencio y el olor tan fresco que sube desde su trozo de tierra y su manantial de agua clara.

Nota: Los paisajes que se describen en este relato son reales. Existen en la Sierra de este Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas. Existen los manantiales, el acantilado con su arroyuelo claro, la cascada, el valle, la pequeña casa de piedra, la acequia y el pequeño trozo de tierra. Aunque todo, en este relato, tome un tono de ficción.


















5- La flor, el águila y el manantial,
una historia singular


Ya hacía más de un mes que la flor de la pradera, única entre todas las flores del mundo y especialmente para él, le había dicho:
- Quiero compartir contigo un secreto.
- ¿De qué se trata?
Le preguntó él.
- Estoy preocupada desde hace un tiempo.
- ¿Es que alguien ha venido por aquí y te ha asustado?
- Algo así es pero no del todo. Mi secreto no te lo voy a contar hoy. Quiero esperar un tiempo. Pero ahora mismo ¿puedo hacerte una pregunta?
- Pregunta lo que quiera que te voy a responder sincero.

Y la flor de la pradera, desde su escondite entre la hierba, utilizando ese lenguaje propio que hablan todas las flores y solo algunas personas entienden, preguntó:
- ¿Por qué tienes tanto interés por mí habiendo ciento de flores en estos prados y a lo largo y ancho de las sierras?
Y, sin titubear, él respondió:
- Eres única. No hay en todo el Universo, al menos para mí, una flor como tú. Y como eres débil porque tu hermosura es mucha, he decidido que seas la flor de mis sueños. Los humanos no lo saben o lo saben solo algunos pero quiero que sepas una de las cosas más importante es escoger siempre una flor única entre todas las demás. Todas las flores de estas montañas deben ser amadas, respetadas y tratadas como únicas pero solo una debe ser dueña del corazón. Solo una debe ser especialmente única.

Se produjo un momento de silencio y la flor meditó. También él y luego le dijo:
- Quiero que me cuentes tu secreto.
- Lo haré pero ya te he dicho que en su momento.
- Ya desde ahora mismo espero ilusionado
Y se despidieron.

Aquella misma tarde él fue hasta el polluelo de águila. Desde el acantilado miró para el valle y el polluelo dijo:
- El mundo que desde aquí veo es fantástico. ¿Cuándo podré volar?
- Antes de que termine la primavera.
- Lo estoy deseando porque desde hace un tiempo tengo miedo y al mismo tiempo ando ilusionado.
- ¿De qué tienes miedo?
- Hay algo que deseo compartir contigo en forma de secreto.
- Desde ahora mismo soy todo oído para ti.
- Todavía es pronto. Tengo que esperar un tiempo. Pero en estos momentos ¿puedo hacerte una pregunta?
- Claro que sí. Pregúntame lo que quieras. ¿Qué es lo que te pasa?
- Lo que me preocupa y me tiene ilusionado, pertenece al secreto que quiero compartir contigo pero lo que deseo preguntarte es ¿por qué te interesas tanto por mí?
Y, sin dudar lo más mínimo dijo decidido:
- ¿Qué sería de estas montañas sino existierais vosotras las águilas? ¿Qué sería del mundo y de los humanos sino hubiera naturaleza y montañas y, entre los bosques, pajarillos y águilas? Eres tan importante para mí como el aire que respito.

Hubo un silencio y, mientras el polluelo del águila y él seguía mirando para el valle y dejando que el aire les acariciara, reflexionaron. Luego él dijo:
- Estoy deseando oír el secreto que quieres compartir conmigo. Y ahora tengo que irme.
- ¿Volverás mañana por la tarde?
- Volveré porque tú eres para mí lo diferente en estas montañas. Todo es hermoso y valioso pero a ti te he elegido entre todo.
Y se despidieron.

Solo unos segundos más tarde ya estaba junto al manantial del pino centenario. Nada más verlo, el manantial le dijo:
- Tenía muchas ganas de que vinieras.
- Y a mí me pasa lo mismo. ¿Cómo te encuentras?
- Desde hace unos días estoy preocupado a la vez que ilusionado.
- ¿Te ha pasado algo?
- Sí y no. Pero tengo necesidad de compartir un secreto contigo.
- Me tienes ahora mismo justo a tu lado y dispuesto a escuchar lo que me digas. ¿Cuál es tu secreto?
- Tengo que esperar un poco. Pero en estos momentos ¿te puedo hacer una pregunta?
- Pregúntame todo lo que quieras. Ya sabes que a ti te he elegido entre todos los demás manantiales de estas montañas.

Y el claro manantial que brota en el mismo tronco del pino viejo, dijo:
- De eso es mi pregunta. ¿Por qué muestras tanto interés por mí y nada me pides a cambio, habiendo tantos veneros en estas montañas?
- Porque tú eres también único. Lo mismo que mi flor en la pradera y el polluelo del águila en el acantilado de la cumbre.
- ¿Y por qué somos únicos?
- Si mi flor no existiera, sino existiera el polluelo de águila y si no brotaras tú en este lugar de la tierra, el mundo y los humanos no serían lo que son. Te necesitamos y por eso eres especial para mí. ¿Lo entiendes?
Y el manantial dijo que no del todo pero que se sentía bien.
- No todo el mundo piensa y se comporta como tú. Y es bueno sentirse respetado y saberse importante. Te contaré mi secreto dentro de unos días.

Y era cierto lo que les decía: para él, de entre tantos millones de cosas como hay a lo largo y ancho de las sierras, Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, solo eran importantes tres: una pequeña flor, el polluelo de un águila y el manantial del pino. La flor, única porque nunca ha nacido otra igual en este suelo, vivía en una pradera, cerca del gran río y frente a la cumbre de la montaña en forma de bandera. Al lado norte de esta gran montaña y, mirando al valle del río, por donde la pradera con la flor, el águila madre había construido su nido. Justo en lo más escarpado del acantilado que caía desde la cresta de la montaña tercera en atura en estas sierras. Aquí había nacido, al llegar la primavera, el polluelo del águila. Y, desde la repisa que ocupaba en el acantilado, se veía el pino. Uno de los ejemplares más robustos y viejos de estas montañas y crecía por el lado de arriba y a la derecha de la cumbre del nido de águila. Y, justo en el mismo tronco del fabuloso pino, brotaba el manantial. Un pequeño chorrillo de agua clara que, al principio, solo era nada más que un hilillo débil que, por entre la hierba, jugueteaba sin dejar de caer en busca del río.

Él no era de aquí ni vivía en ninguno de los pueblos de este Parque Natural. Pero tenía su casa, por llamarla de alguna manera porque no era una vivienda al modo de las viviendas humanas, en uno de los sitios más bellos de estas montañas. Justo también en una ladera, mirando al sol de la tarde. Y muy cerca de un pequeño arroyo de agua clara. Brotaba este arroyo allí mismo, casi en las paredes de lo que era su casa. De los agujeros de unas rocas y, enseguida el agua se deslizaba por la superficie lisa de esta rocas y luego se remansaba en un precioso y redondo charco. Como un lago natural en miniatura pero, como todo estaba tallado en la pura roca, la transparencia del agua era total. Por eso en su superficie se reflejaban los árboles cercanos, las blancas nubes que de vez en cuando cubrían el cielo, el azul de este cielo y el verde de los bosques. Y, desde el limpio charco, el agua rebosaba y se iba arroyuelo abajo. Deslizándose por la superficie de las rocas y, al mismo tiempo, tallando un surco no muy profundo hasta caer por la cascada. Tampoco era muy grande esta cascada sino de un metro y medio más o menos de alta. Lo suficiente, sin embargo, para que el agua del arroyuelo se abriera en abanico y cayera como en un juego fantásticamente bello.

Junto a esta cascada, junto al charco y junto a la corriente del arroyo él se pasaba las horas y los días sentado. Siempre en silencio y siempre mirando y meditando no se sabía qué. Porque junto a él siempre tenía un cuaderno, muy diferente a como son los cuadernos que conocemos los humanos y aquí escribía muchas veces. ¿Qué cosas eran las que escribían? Yo tampoco llegué a saberlo nunca del todo. Pero se podía suponer que escribía sus sueños, sus emociones, sus sentimientos, los colores de las tardes y mañanas, la música que dejaba el viento al pasar por entre las ramas de los árboles, los… Vuelvo a decir que él escribía, a veces durante mucho rato, en su cuaderno, cosas que nunca ha llegado a saber ningún humano.

Y, al caer las noches, todos, todos los días del año, se levantaba de su lugar junto a las aguas del arroyuelo y se metía en su casa. ¿Su casa? Ya he dicho que donde vía no se parecía en nada a las viviendas de los humanos. Pero su casa, incrustada y formada por la pura roca de la montaña, parecía transparente. Como el viento que continuamente subía arroyuelo arriba o como la transparencia del agua que se remansaba en el redondo charco. Tenía, su casa, puertas como las viviendas de los humanos, ventanas, estancias más o menos grandes, habitaciones y hasta una segunda planta. Las ventanas de esta segunda planta miraban a la corriente del arroyo y por eso se veía la cascada, la depresión del barranco, el valle más en lo hondo, el río grande y el horizonte lejano por donde se ponía el sol cada tarde. El lado izquierdo de su casa, el que mira al sur total, también estaba lleno de ventanas. Y desde aquí se veía todas las laderas y crestas de la montaña en forma de bandera. También el cielo azul y las nubes blancas que por las tardes aparecían. Magnífica esta misteriosa y casi transparente casa, siempre asombrosamente bella.

Porque este lugar siempre estaba lleno de una luz que se parecía mucho al resplandor de las aguas del redondo charco. Ni azul ni rojo ni amarillo ni verde. La luz clara que se fundía con la misma transparencia del viento, tampoco era blanca. Parecía como si manara del mismo viento y del suave aroma que también a todas horas invadía su casa. Algo que no soy capaz de describir pero que sí resultaba delicadamente hermoso a la vista, al olfato y al tacto. Y también al oído porque, en algunos momentos, esta luz parecía manar del rumor de a corriente del arroyo o del siseo del viento al quebrarse por entre las hojas del bosque.

Y él ¿quién y cómo era? Sé, con total certeza, que parecía el dueño máximo y total de todas estas sierras. Porque las conocía mejor que las conozca y las haya conocido nunca ningún humano y por eso lo sabía todo. Los manantiales, los arroyos, los ríos, los caminos, sendas, árboles, rocas, plantas… Todo y de un extremo a otro. Sin necesidad ninguna de moverse de su casa y sin tener que andar los caminos o veredas. ¿Que cómo era posible esto? Alguna vez he pensado que era algo así como cuando los humanos soñamos o imaginamos. Sin tener que movernos de los sitios, recorremos los lugares, los caminos, las sendas, las montañas… Y sabemos de estos lugares sin esfuerzo ninguno ni tener que tocar materialmente las cosas. He pensado alguna vez que de este modo era como él se movía y recorría, cada día, cada noche y cada hora, hasta los más pequeños y apartados rincones de estas montañas.

Aquella tarde de primavera, como todas las tardes desde no se sabía cuando, se fue por los lugares de las montañas. No de rutas, al estilo clásico de muchos humanos, sino rozando, oliendo y tocando cada árbol, riachuelo, rocas y flores en los prados. Y llegó a donde ella. Donde, entre la hierba, su flor única, se abría al sol y se mecía al airecillo que a todas horas subía desde el río. Y, en cuanto estuvo a su lado, la saludó y enseguida le preguntó:
- ¿Cómo van las cosas en tu vida?
- Bien, pero ya te dije: ni soy feliz del todo ni tampoco del todo me encuentro triste.
- ¿Quién o qué te hace daño?
- Nadie pero desde hace un tiempo…
Y las palabras, sin concretar, se quedaron temblando entre los clores de sus hermosos pétalos.

Y fue justo en este momento cuando se dio cuenta él que algo muy serio ocurrió en el interior de su flor. Por eso le dijo:
- Si crees que ya ha llegado el momento de contarme tu secreto habla y dímelo.
- Sí que ha llegado el momento. Tenía que esperar, como te dije, porque necesitaba tener cierta seguridad y ya la tengo.
- Pues dime ¿Qué secreto me quieres confesar?
- Que estoy enamorada.
Y, sin más, él se quedó mirándola y le preguntó:
- ¿De quién o de qué estás enamorada?
- De un príncipe.
- ¿Príncipe en esta montañas?
- Si, un niño pequeño, entre diez o doce años, que ha pasado por aquí varias mañanas.
- ¿Y de dónde viene y a dónde va?
- Llega siempre acompañado de personas mayores, su padre y un hombre con camiseta de colores, y se dedican a hacer grandes rutas por estas montañas. Y por eso, siempre este príncipe de mis sueños, solo hace caso a lo que le dicen estos hombres. Le inculca, en todo momento, la necesidad de recorrer las más grandes rutas, por las laderas y crestas de los lugares más escarpados.
- Para que vayas aprendiendo resistencia y para que vayas desarrollándose en ti el amor por la naturaleza.
Le dicen, los que lo acompañan, una vez y otra.
- ¿Y eso te preocupa a ti?
- Me entristece un poco. ¿Y sabes por qué?

Hubo unos segundos de silencio y luego la flor siguió diciendo:
- Te digo que el príncipe del que me he enamorado es guapo como el sueño más bello. Su cara es tierna y su sonrisa pura como la más fragante primavera. ¡Me gusta tanto!
- Pues te felicito porque enamorarse de la belleza es lo mejor que le puede ocurrir a las flores y humanos en esta tierra. Pero dime ¿qué es lo que te hace sufrir?
- Que nunca se fija en mí. Siempre que lo he visto pasar por aquí iba tan entusiasmado con la ruta que los mayores le metían en la cabeza que a punto ha estado de pisarme varias veces y ni siquiera se ha dado cuenta. Ni me ha mirado ni le ha llamado la atención mis colores ni el perfume que de mí siempre se eleva. Va tan pendiente de lo que le dicen los que le llevan que ni se fija en nada de lo que hay por esta pradera. Como si solo existiera para él, en estas montañas, las rutas que le proponen estos hombres. Y me duele porque un príncipe tan tierno y delicado como él debe ser sensible a los colores de las flores y al vuelo de las mariposas. Pero los mayores que lo llevan solo le hablan de rutas largas, de resistencia, de cumbres elevadas y de la dureza de estas rutas. Sin que tú me digas nada sé que esto no es bueno y menos en un niño como este príncipe de mis sueños.

Otra vez hubo un momento de silencio. Mientras las flor se deshogaba, él la miraba. Miraba también para la montaña donde el polluelo de águila y por donde el manantial del pino. Y estaba de acuerdo en lo que ella le contaba. Le siguió diciendo:
- Y te cuento este sueño y secreto mío para pedirte ayuda. Necesito, no de tu consejo sino de tu amor sincero. Necesito que este príncipe de mis sueños se fije en mí y que, en su corazón, me convierta en su flor predilecta. Porque, según me dijiste un día, “nadie es príncipe de verdad en esta tierra mientras en su corazón no tenga la presencia y el olor de una flor única”. Por eso quiero que él aprenda y sepa que lo importante en la vida y en estas montañas no es hacer grandes rutas sino fijarse, respetar y amar a las flores de las praderas. Que debe fijarse, con todo interés y cariño, en cada una de nosotras. Es lo que se espera de un príncipe como él. ¿Podrás ayudarme en lo que te pido?

Y él seguía en su silencio, escuchando con interés todo lo que la flor le comentaba. De nuevo ella le dijo:
- Tú, siempre me has dado lo mejor. Cuando te decía que necesitaba un poco de lluvia porque mis raíces tenían sed, enseguida me la regalabas. Cuando te he pedido un poco de sol para que mi sabia se llenara de energía, no tardaba en procurármelo. Cuando te he solicitado que el viento me acariciara, al instante el viento ha venido por aquí trayéndome suaves caricias y los mejores aromas de estas sierras. Tú siempre has sido el mejor para mí obsequiándome con los más buenos cuidados. Por eso hoy te he contado mi secreto. Porque confío en ti y ahora necesito de tu ayuda más que otras veces. ¿Me complacerás en lo que te estoy pidiendo?

Y seguía él sumido en su silencio. Pero, en su cuaderno azul celeste y transparente como el viento, escribió algo. Miró dulcemente a su flor y, como sonriendo, le dijo:
- Tener una flor en el corazón y que sea única como lo eres tú, es lo más valioso de todo. Nada importa más en esta vida que esto.
- ¡Y es tan guapo el príncipe del que me he enamorado! Pero ¿sabes? Mi gran miedo es que, uno de los días que pase por aquí metido en las aventuras que le presentan los mayores, sin darse cuenta me pise y me rompa como se rompen cualquiera de las muchas flores que los humanos destrozan por estas sierras. ¡Me dolería tanto! No y por la muerte que me diera sino por haber sido causada por él. ¿A que sería una crueldad tremenda morir pisada por el príncipe de mis sueños?
Y, en esta ocasión él sí habló, muy quedamente:
- Claro que lo sería y más tratándose de un niño de corazón puro.
Y ahora los dos guardaron silencio.

Unos segundos más tarde, se despidió de la flor, quedando en que volvería al día siguiente. El sol ya caía por el horizonte aunque todavía a la tarde le quedaba un par de horas de luz. Y, como transportado en los rayos de esta última luz del día, se acercó al polluelo de águila. Nada más encontrarse a su lado le preguntó:
- ¿Cómo te van las cosas, qué es de tu vida y cómo te sientes?
- Cada día con más ganas de que llegue el momento de alzar mi vuelo. Tanto me ha contados mis padres de estas sierras que estoy deseando verlas.
- No tengas prisa. Todo llega en esta y vida y todo pasa y luego termina. La impaciencia nunca es buena.
- Pero ahora, desde hace un tiempo, no soy feliz del todo aunque tampoco vivo lleno de tristeza.
- ¿Qué es lo que te pasa?

Y el polluelo de águila, desde su nido elevado en el acantilado de las rocas más altas, observaba la gran amplitud del valle. Como meditando y al mismo tiempo planeando su primer vuelo sobre estas sierras. Respondió a la pregunta diciendo:
- Tengo pendiente compartir contigo un secreto. ¿No te acuerdas que lo hablamos el otro día?
- Claro que me acuerdo.
- Pues ha llegado el momento.
- Te escucho con todo el respeto que mereces. ¿Qué es lo que te preocupa o cual es tu secreto?
- Lo que quiero que sepas es que estoy enamorado.
Al oír esto, casi la misma confesión que le había hecho la flor de la pradera, él lo miró dulcemente y le preguntó:
- ¿De quién o qué estás enamorado?
- De un príncipe muy bello.
- ¿Ha venido por aquí a verte?

Y pausadamente el polluelo de águila le contó:
- Desde hace un tiempo, desde este mirador tan elevado, lo veo. A veces son tres: el padre, el de la camiseta de colores y el príncipe que te digo. Y otras veces son cuatro o cinco. Siempre van en grupo. Y siempre van a toda prisa por los viejos caminos y las crestas más escarpadas de estas sierras. Les he preguntado a mis padres y, como ellos sí surcan diariamente los azules y bellos cielos de todas estas montañas, me han contado. Más de lo que te imaginas. Pero ahora, no me preguntes quienes son las personas que le acompañan porque yo solo me fijo en el niño y un poco en algunos de los mayores pero solo porque no me resultan simpáticos. El niño, es tan gracioso, guapo y tierno que daría mi vida porque fuera mi amigo para jugar juntos cada día un rato.

Y en este momento él le dijo:
- Eso es algo muy bueno. ¿Por qué estás triste entonces?
- Porque este niño siempre va por los caminos de estas montañas sin mirar ni hacerle caso a las plantas que roza ni a las mariposas que levantan vuelo a su paso ni a las flores de los prados. Lo mayores que lo llevan y engatusan solo se preocupan de ilusionarlo con grandes rutas, cada vez más complicadas y largas. Para presumir luego de la resistencia de este niño. Como si a ellos solo les interesara recorrer grandes distancia y subir a las cumbres más elevadas. ¿Para qué sirve esto y qué sentido tiene?

Se produjo un minuto de silencio y luego, el polluelo de águila, siguió contando:
- Pero lo que a mí me entristece de verdad no es que este niño pase por estos sitios sin hacer caso a las mariposas, flores o pajarillos que por estas sierras viven. ¿Sabes qué es lo que me entristece?
- ¿Estoy deseando saberlo?
- Más de una vez, empujado y confiando en estos mayores, ha coronado lo más alto de la cumbre del acantilado donde tengo mi nido. Lo he visto asomado al borde del precipicio y lo he saludado sintiendo, en ese momento, un miedo terrible. Pienso que en el más mínimo descuido, puede resbalar y caer por el precipicio. Y, como yo sé porque me lo han dicho mis padres y tú también, que los humanos no pueden volar, temo por su vida. Y así se lo digo, desde este nido mío, poniéndome a piar fuerte y moviendo las alas pero él ¿sabes lo que hace?
- ¿Qué es lo que hace?
- En lugar de agradecer mi preocupación por él, se pone a dar voces y a tirarme piedras. Y habla con los mayores y les dice:
- ¡Mirad qué bichejo hay en aquellas repisas del acantilado! Voy a ver si con una piedra le acierto y lo hecho de ahí para que salga volando. Debe estar, ese águila, como en una cárcel en ese sitio tan elevado.

Y sigue lanzando grandes piedras desde lo alto de esta cumbre. Como si se divirtiera mucho con esto. Las piedras, algunas muy gordas, estallan al romperse con los salientes de las rocas de este acantilado y pasan rozando mi nido. Y claro, mi miedo, ya te lo puedes imaginar. Sigo piando pero ahora llamando a mis padres para que vengan a protegerme y esto le da a él más motivo para seguir con su juego de persona incivilizada. Pienso que, un día de estos, una de las piedras que contra mi nido lanza, puede alcanzarme de lleno. Acabará conmigo, con este nido y con todas las ilusiones que, desde que nací, estoy soñando. Así que ya ves, por un lado, estoy enamorado de este niño, que se parece al más fantástico de todos los príncipes pero por otro lado, fíjate lo que me hace sufrir por el comportamiento de los mayores con él conmigo.
Hubo otro minuto de silencio y luego él preguntó al polluelo:
- ¿Y qué es lo que has encontrado en este niño para que te hayas enamorado?
- Su tierna bella, desde luego. Pero lo que más me atrae hacia él es mi deseo de ser su amigo para enseñarle modales. Por encima de todo, yo creo que su corazón es puro. Son los mayores que le acompañan los que no le dan buenos ejemplos. Por eso quiero hacerme amigo suyo. Para decirle que no es bueno que se comporte del modo en que lo hace conmigo y con otros seres de estas montañas. Que no es bueno que se entusiasme tanto en hacer grandes rutas por estas montañas y luego sea tan insensible a las flores, mariposas, riachuelos y a veces indefensas como yo. Esto es lo que quiero y por eso te he dicho que soy feliz un poco pero al mismo tiempo tengo triste mi corazón. No me gusta la insensibilidad de este niño de cuerpo tan bello y corazón tan puro. Así que este es mi secreto. Estoy enamorado de un príncipe que no es malo pero que los mayores lo llevan por caminos equivocados. Y te he contado este secreto para pedirte ayuda. ¿Está dispuesto a echarme una mano?

Desde el valle de los prados de la flor subió, en este momento, una fuerte ráfaga de viento. Al recibirlo el polluelo en su cuerpo, abrió sus alas y, como si el corazón se le hubiera llenando de vida, dijo:
- De todos modos, debo sentirme agradecido porque seas tan buen amigo.
Él guardó silencio y, como la tarde iba cayendo, se despidió y unos minutos después hacía acto de presencia junto al manantial del pino. Le dijo, al chorrillo inmaculado de la cumbre, en cuanto estuvo a su lado:
- Me alegro mucho de verte. Cada día parece que manas más claro y tus aguas son tan finas que hasta el color del cielo se te va, poco a poco, contagiando.
- Gracias a ti por las nieves del invierno y las abundantes lluvias que nos has regalado esta primavera.

Y esto era cierto: la primavera ya estaba terminando y por eso todas las laderas, valles, cumbres y navas, se veían repletas de lustrosas alfombras de hierba. Decoradas con cientos de florecillas en todos los colores y enmarcadas con tupidos bosques también engalanados con relucientes verdes. La primavera, este año, había sido especialmente lluviosa, sin mucho frío ni viento y por eso, los terrenos mostraban por todos sitios, chorros de vida fresca.

Le dijo el manantial:
- Te estaba esperando.
- Yo también tenía muchas ganas de estar contigo un rato. ¿Cómo te van las cosas este año?
- Debería estar alegre y disfrutar de tanto como tú y el cielo me regaláis. Pero me falta algo.
- ¿Qué es lo que te falta?
- Vivo ilusionado y cada día temo. ¿Te acuerdas de los hombres de la casa rural del barranco?
- Me acuerdo porque los veo de vez en cuando.
- ¿Y te acuerdas lo que hicieron con en gran venero, amigo y compañero mío en estas cumbres y que brotaba un poco más abajo?
- Sé que por allí trajeron ladrillos y cemento y largos y gruesos tubos de plástico. Y sé, porque lo veo cada día, que desde hace un tiempo, ya el manantial no existe. Todo entero se lo han llevado por esos tubos negros y feos de plástico hasta la casa rural del barranco.
- ¿Y a que es un crimen eso?
- Lo es, sin más rodeos.
- ¡Pobre manantial amigo mío! Fue mi mejor compañero a lo largo de muchos años y fue la fuente de vida y el espejo de estos terrenos. A sus aguas siempre venían a beber los ciervos, los pajarillos, las mariposas, las ovejas y hasta las águilas más viejas. Y ahora, fíjate qué árida y fea se ha quedado la tierra por donde antes el agua solo dejaba vida.

Hubo un minuto de silencio y el manantial, el chorrillo de agua clara que brotaba en el mismo tronco del pino, no dejaba de extenderse orgulloso ladera abajo por entre los berros, algunas matas de enebros y la sombra densa del viejo pino. Le preguntó él:
- ¿Es que temes que a ti algún día te pase lo que a tu compañero?
- Claro que lo temo. Pero en estos días mi preocupación se centra en un príncipe pequeño. El sueño de mis sueños.
- ¿De qué me hablas?
- ¿Te acuerdas que el otro día te dije que deseaba compartir contigo un secreto?
- Me acuerdo.
- Pues ha llegado el momento. ¿Quieres escucharme?
- Te escucho todo atento. ¿Cuál es tu secreto?
- Que estoy enamorado.
Y él, para sí pensó: “Lo mismo que la flor del prado y el polluelo del acantilado”. Pero no pronunció palabra y esperó.

El agua clara del manantial, desde su rumor de sonidos de violines, le siguió diciendo:
- Sí, estoy enamorado de un niño pequeño que, desde hace algunos meses, viene por aquí siempre acompañado de personas mayores. Su padre, es uno, el otro es un hombre que siempre trae puesta una camiseta de colores y, a veces, algunos hombres más.
- ¿Y qué es lo que le pasa a este niño?
- Pues que su corazón es muy puro y su cara tierna como las burbujas que yo dibujo mientras me deslizo por esta ladera.
- ¿Y eso es malo?
- Todo lo contrario: es bueno, muy bueno. Entre los humanos, por mi dolorosa experiencia, sé que lo que más falta hacen son niños de corazones puros y miradas sinceras. Cuanto más belleza inmaculada haya en este suelo, más las cosas y las personas darán gracias al Creador del Universo. A Dios.
- ¿Entonces?
- Pues que a este niño, los mayores que lo acompañan, le tienen metido en la cabeza que lo más importante en esta sierras, es hacer rutas de treinta kilómetros al día. Y lo llaman el “rutero pequeño” y a las caminatas que hacen por estas montañas lo llaman “rutear”. ¿A que esta palabra es fea y antipática como ella sola? Porque parece como si animara a una lucha para competir no se sabe por qué ni contra quién.

Hubo un minuto de silencio y, a continuación, el manantial siguió aclarando:
- Y tan metido tiene en su cabeza este niño lo de las rutas largas por estas montañas, que ni siquiera se fija en mis aguas claras cuando por aquí pasan o se paran, un minuto, para llenar las cantimploras. Porque ¿sabes lo que hace muchas de las veces que se han parado a beber de mí o a refrescarse en la sombra del pino?
- ¿Qué es lo que hace?
- Se descalza, corta tallos de hierba y todas las flores que encuentra por aquí cerca, echa todo esto sobre las aguas de este manantial mío y se pone a pisarlo. Como si pretendiera hacer una mezcla de barro, con hierba, flores y mis aguas claras. Y esto es lo que hace sin que nadie sepamos, al menos yo no lo sé, para qué lo necesita ni qué placer consigue con ello. Será, desde luego, para él como un divertido juego pero doloroso y feo para mí. Toda mi vida aquí regalando agua a la sierra y procurando que las plantas y las hierbas nazcan y crezcan y den sus flores y sus frutos para que un niño de humanos venga un día y haga lo que te estoy diciendo. Y es que no te puedes imaginar lo que me duele ver en él lo que te he dicho. Primero porque él es un niño y, esta forma de comportarse con la naturaleza de estas montañas, con las flores y las plantas, no lo considero bueno. Y segundo porque rompe y enturbia el riachuelo por donde van mis aguas. Me hace tanto daño que, sin que lo sepa, sufro y lloro en silencio.

De nuevo hubo un minuto de silencio. Él miraba embelesado al pequeño riachuelo que dibujaban los hilillos de agua que se iban ladera abajo. Hacia lo hondo del barranco y en busca de los primeros metros del que, unos kilómetros más abajo, ya era un río grande, enormemente bello y asombrosamente claro. Por allá a lo lejos, siguiendo el curso de este río, se veía un gran rebaño de nubes blancas, como esturreadas por el cielo y pastando. Y parecían como si jugaran un divertidos y hermoso juego, jamás inventado por los humanos. Recogió él luego sus miradas hacia el tronco del gran pino viejo. Y, en uno de sus lados, se quedó fijo mirando. Descubrió que en la corteza del tronco de este árbol había una herida nueva. Y pensó que alguien, sin duda algún humano, con su navaja o cuchillo, allí había tallado su nombre o el de alguna persona amada. Sin importarle los desgarros que había inferido al árbol. Nada dijo de esto al manantial. Pero sí abrió su original cuaderno y en silencio escribió durante un rato.

Al poco, lo interrumpió de nuevo el murmullo del manantial que le decía:
- Y te he contado este secreto mío para ver si tú me ayudas y podemos hacer algo. A pesar de todo, ya te he dicho que este niño es bueno. Su cara parece de seda, sus manitas de caramelo y su corazón, como la caricia del viento en una tranquila mañana de primavera. Por eso me he enamorado de él. Quizá los mayores que lo llevan por estas montañas, sin que lo sepan, le están enseñando lo que no es correcto y él, como niño que es, todo se lo toma a juego. ¿Qué se te ocurre a ti que podríamos hacer?
- ¿Tú qué es lo que quisieras?
- Me gustaría enseñarle sensibilidad por la pureza de un manantial en lo alto de una cumbre, como soy yo. Y también respeto y gusto por las flores que brotan en estas montañas. Y luego, si fuera posible, amor por todo lo pequeño que brota en las praderas, barrancos y laderas. ¿Podríamos nosotros hacer algo de esto que te estoy diciendo?

Y el de la casa transparente frente al manantial de las rocas doradas que miran al sol de la tarde, de nuevo guardó silencio. Sin dejar de mirar al claro chorrillo de agua que brotaba en el mismo tronco del pino. Cerró su cuaderno, miró con dulzura a las florecillas que por allí cerca crecían y luego dijo:
- La tarde se acaba. Tengo que irme. Vendré a verte mañana.
- Y mientras tanto, si vuelven otra vez por aquí ¿qué le digo o hago?
No respondió a esta pregunta. Se despidió del manantial justo cuando ya la luna asomaba por detrás de la alta montaña que, al otro lado de la llanura, se alza.

Aquella noche, la luna brilló como nunca se ha visto en estas sierras. Tenía una luz tan clara que parecía de día y con un tono azul celeste, semejante a los cielos limpios de las más limpias mañanas. Y, a lo largo y ancho de todas estas sierras, aquella noche hubo un silencio tan denso que parecía que todo había llegado al final de los tiempos. Una noche extraña porque no se parecía a ninguna otra pero hermosa, serena y bella, como el más bello de todos los sueños.

Y él, en su casa tallada en la pura roca y donde el manantial brota y juega con la transparencia, contemplaba a la noche. Sentado, durante mucho rato, junto a la pequeña corriente que se desliza por la superficie de la roca y muy próximo al redondo charco. Y no dejaba de mirar al cielo, como esperando la presencia de alguien. Y, en el cielo, un poco al sur y por encima de los árboles del espeso bosque que rodea su casa, se veía brilla la estrella. Una lumbrera grande, casi como la luna de la noche clara y reluciente como un sol pequeño.








Y su corazón, aquella noche, estaba lleno de una ilusión mágica. Gozo sereno, paz honda y ancha, sensación de plenitud en calma y luz tan purísima como las más claras aguas de los más limpios manantiales que brotan en estas montañas. Sabía, lo tenía luminoso en su corazón, que al amanecer del día siguiente, llegaría.









6- De rutas por las montañas

El encuentro lo fijaron donde se juntan los arroyos. Justo donde la corriente pasa muy suave, lamiendo las blancas rocas. Es desde aquí desde donde arrancan las sendas. Al menos tres sendas y cada una en dirección contraria. Una sube por el arroyo de las encinas, la segunda baja por la ladera siguiendo el arroyo de los acantilados donde anidan los buitres y la tercera sube por la solana hacia el lago de los patos. Por eso tienen nombres propios cada una de estas tres sendas: la de los Buitres, la del lago de los Patos y la de las Encinas. Y son hermosas como pocas otras sendas en estas sierras porque surcan paisajes muy bellos cada una de las tres.

Al salir el sol, tal como habían acordado, se encontraron donde se juntan los arroyos y arrancan las sendas. El de la camiseta de colores, que era el que había convocado, dijo:
- Hoy toca la circular Barranco Oscuro, Puerto de las Rocas, Manantiales de los Ríos, Senda de las Higueras y vuelta por donde los Nidos de los Buitres. Más de treinta kilómetros y por eso hay que darle fuerte. Tenemos que demostrar que somos lo que hacemos las rutas más largas y duras por estas sierras.
Uno de los que había llegado, atraído por el Convocador y atraído por el deseo de aprender cosas de estas sierras, preguntó:
- ¿A quién tenemos que demostrar lo que dices?
- A los que me critican.
- Pero yo siempre he creído que la sierra, nubes, viento, lluvia, bosques, flores, ríos y fuentes no son elementos para que los humanos demostremos nada. Desde siempre he creído que la naturaleza es para gustarla simplemente y para que aprendamos de ella y no para competir y luchar para demostrar cosas.
- ¡Tonterías! A la sierra se viene a trazar y recorrer rutas largas para luego contárselo a muchos y que te envidien por tu gran esfuerzo y hazaña.

Ya no se habló más, en este momento, de este asunto. El día estaba comenzando y había que ponerse en marcha siguiendo las indicaciones del Convocante. Éste les dijo a los que habían llegado:
- Así que en marcha y que nadie se crea que vamos de paseo. La ruta de hoy es de la más larga y por eso hay que ir de prisa. Nada de pararse a contemplar flores, rocas, charcos o nubes.
Otro de los convocados dijo:
- Pero yo no quiero ir con la lengua fuera todo el día. A mí me gusta más caminar despacio y gozar de cada árbol que nos encontremos, cada roca, cada charco, cada pradera de hierba y hasta de los trinos de los pajarillos. Si vamos, como dices, a toda marcha porque hay que darse prisa para que dé tiempo recorrer la ruta antes de que se acabe el día, nos perderemos lo mejor.
Y otra vez el Convocante preguntó:
- ¿Y qué es lo mejor en esta sierras?
- Pues ya lo ha dicho aquí el compañero: descubrir los matices de todo lo que nos vayamos encontrando, gustar íntimamente las cosas y no lo contrario. Que por el ansia de hacer grandes rutas nos perdamos las verdades sencillas que hay por estas montañas.
- De nuevo digo que esto que decís son tonterías. En la sierra lo que importa es trazar rutas de treinta kilómetros al día, que sean circulares, que haya que sufrir mucho y caminar por donde nunca nadie va. Hay que demostrar que, a pesar de los años, somos los más resistentes. Que vean que nuestras hazañas son únicas. Para que se mueran de envidia y dejen de criticar.

Otra vez los convocados guardaron silencio. Pero el primero que había hablado, para sí, se dijo que él no había venido a estas sierras para demostrar nada. Que los humanos lo único que tenemos que demostrar es que somos mucho menos que la flor más pequeña de cualquier prado de la sierra. Por eso lo único que le interesaba era el verde de las encinas, el rumor de la corriente saltando por los arroyos, el fresco del vientecillo, el silencio, los colores del cielo y mil cosas más parecidas a éstas. Tenía claro que estas sencillas realidades siempre regalan mucho más placer que el hecho de recorrer rutas de treinta kilómetros a lo largo de un día entero. Esto pensaba él pero ahora, no dijo nada. Ya sabía cómo pensaba el Convocante. Y el que convocaba otra vez dijo:
- Venga, en marcha. La montaña nos llama y hay que atacarla con la energía de los valientes. Que mañana hable todo el mundo de nosotros y se mueran de envidia.








Por la senda que sube pegado al arroyo, en dirección contraria a como corren las aguas, comenzaron la ruta. Caminando despacio, al principio, pero aligerando el paso cada vez más. Y, sobre todo, el que había convocado. Éste, se puso delante del grupo y, sin pronunciar palabra, comenzó a remontar cada vez más aprisa. Pero los que le seguían, tres venidos de lejos de estas sierras, en cuanto recorrieron trescientos metros, se entretenían asombrados.

Poco a poco iban viendo que, antes ellos comenzaba a surgir un mundo tan bello que parecía sacado de la fantasía de los sueños. Las aguas del arroyo, a veces remansadas, cayendo en pequeñas cascadas, saltando y deslizándose por entre las rocas y piedras y siempre dibujando los más delicados y asombrosos cuadros. Restallaban los colores, las luces, las transparencias, las texturas y los movimientos más fantásticos y delicados. Y todo esto, por momentos distinto y cada vez más bello, a cada curva o tramo del arroyo. Y lo mismo sucedía al frente y por la izquierda y derecha. El bosque de encinas centenario, a cada metro, se espesaba, mostrando gruesos troncos, densas ramas, misteriosos claros oscuros entre los verdes más puros y las luces más variadas. Las sombras se derraban y parecían jugar al escondite con los primeros rayos del sol de la mañana. Uno de los que caminaba despacio y había llegado de lejos, dijo:
- Solo por ver estos y sentirlo acariciando el espíritu, merece la pena todos los esfuerzos y gastos.
- ¡Es fantástico!
Añadía otro de los compañeros.

Pero el de la camiseta de colores, caminaba a toda prisa sin fijarse en nada. De vez en cuando volvía la cabeza y decía:
- Venga, señores, que parece que esto sea un paseo de recreo.
Y caminaba más aprisa aun. Llegaron a la junta de tres pequeños arroyos, cruzaron la corriente, saltando por unas piedras, torcieron para la izquierda, siguiendo la vieja senda y atacaron la pendiente de la ladera en busca del Collado de las Rocas.
- En diez minutos hay que recorrer esta cuesta.
Seguía proclamando el que guiaba. Y sí que fue así. Pero solo él porque los demás, se fueron quedando más y más rezagados y sin fuerzas. Sin embargo, sudaban a chorros limpios y se les salía el corazón por la boca. Uno comentó:
- No sé qué sentido tiene ir tan aprisa.
Dijo otro:
- Nos esperará en lo alto. En cuanto llegue al collado, seguro que se para y aguardará a que lleguemos.

Pero cuando por fin remontaron al collado, lo vieron por las laderas del segundo barranco. Le dieron voces y él les contestó:
- Parece que venís pisando huevos. Así no se puede venir de rutas por estas montañas.
Dos de los tres que se habían quedado rezagados, bajaron a toda prisa con la intención de alcanzarlo antes de que volcara al tercer barranco. Y el tercero, sin decir nada, se vino para la derecha, por donde las rocas del collado se amontonaban, con la intención verlas tranquilamente. Por aquí, por donde se amontonan las rocas en la cumbre que se hace collado, el paso es muy difícil. Pero por entre las grandes grietas de las rocas, fue buscando un camino y poco apoco avanzó. Salió, en unos metros, al comienzo del barranco primero. Y, asombrado, empezó a descubrí que allí estaba el fabuloso manantial. Brotaba, lleno de fuerza, claro y fresco, de la pequeña cueva en una de las rocas. Y, nada más brotar, caía como en un abanico y barranco abajo se iba en busca del río.

Tan maravilloso le parecía al hombre este hallazgo que, junto a la roca de donde brotaba el agua, se paró. Descolgó su mochila y allí mismo se sentó. Oyó, en estos momentos, que los compañeros lo llamaban, pero no hizo ni chispa de caso. Dejó que se alejaran siguiendo al que ya se había perdido por la ladera del tercer barranco. Y, durante mucho rato, varias horas que se pasaron volando, contempló, meditó, gustó, saboreó, escribió algo en un pequeña libreta y luego, sin prisa ninguna, sacó los alimentos de su mochila y comió. Como un rey, en el centro del más fabuloso de todos los reinos y acompañado de los mejores amigos jamás soñados. Frente al Barranco por donde se iba el agua del manantial y por donde, allá en todo lo hondo y sobre el horizonte, se veía un cielo muy azul repleto de grandes nubes blancas.

Al caer la tarde, todavía con dos horas de sol, el hombre del manantial de las rocas, cargó con su mochila, recorrió el camino que habían andando por la mañana y regresó a la junta de los arroyos. Justo donde por la mañana se habían encontrado y dieron comienzo a la ruta por la montaña. Y, al llegar, vio que los compañeros aun no habían aparecido. No tardaron en asomar y el primero, fue el que había convocado. Subía por la senda de la umbría, la que se conoce con el nombre de Senda de los Buitres, porque roza, al pasar, los acantilados donde anidan los buitres. No se paró a observarlos aunque sí, una gran bandada, por allí mismo estaba planeando. Al llegar a la junta de los arroyos y el cruce de las sendas y encontrarse con el hombre del manantial de las rocas, le dijo:
- Esto no es serio. Con vosotros no se puede venir a la sierra. Fíjate cómo traigo los pies de tanto como he caminado. Llenos de ampollas por todos sitios, sangrando, las piernas arañadas y la rompa empapada en sudor. Vengo agotado, muerto de sed y hambre pero con ganas de seguir comiéndome cada montaña de éstas. Que de mí no se diga nunca que no soy valiente. Por lo menos treinta y cinco kilómetros he recorrido y la ruta ha sido circular. ¡Para que te vayas enterando!
- ¿Y los dos compañeros que faltan?
Preguntó el hombre que había pasado el día contemplando junto al manantial de las altas cumbres. Respondió el devora montañas:
- Creo que vienen por allá abajo pero, como tú, entretenido en todo lo que aparece antes ellos. Que si la florecilla, que si la mariposa, que si la mata de hierba, que si el pino, que si la roca, que si la encina, que si… Esto no es serio. Parecéis niños chicos y por eso, con vosotros no se pueden trazar rutas por estas montañas. Abrid los ojos de una vez y aprender de mi ejemplo.

El hombre de los manantiales de las altas cumbres, no dijo nada más pero a punto estuvo de comentar:
- Pero yo he gozado como nunca en mi vida. El alma, el corazón y todas las fibras de mi cuerpo se me han llenado de la transparencia y belleza del manantial más bello del mundo. ¡Qué espectáculo! Y, como regalo y para siempre, me lo he traído recogido en mi libreta. No necesito más.
Quiso también, en estos momentos, sacar la libreta que traía en el bolsillo y leer lo que había escrito mientras contemplaba el manantial de la cumbre. Para compartir esta emoción con el de los pies llenos de ampollas y mientras terminaban de llegar los dos compañeros que faltaban. Pero tampoco lo hizo. Aunque sí, pero de espaldas al que había recorrido los treinta y cinco kilómetros.

Porque éste, tomó asiento sobre las rocas, junto a la corriente, se empezó a quitar las botas, metió los pies en el agua pura y clara y empezó a lavarse para curarse, de alguna manera, las heridas de su gran caminata. El de los manantiales de la cumbre, de espaldas al que se moría de hambre, sed y sangraba por todos sitios, trofeos de su heroica hazaña, sacó del bolsillo de la mochila su libreta y repasó despacio lo que, junto al manantial de las rocas sobre la cumbre, había escrito. Y, para sí y con el rumor de la corriente de fondo, susurrante leyó lo siguiente:

Las nubes blancas
que, desde lo hondo del barranco,
se alzan,
qué hermosas decoran
a la sierra en calma.
Y, el azul del cielo
que se derrama
por entre nube y nube,
cuánto engalanan
a la sierra entera
tan callada.
Las nubes y el viento
que suave pasa
regalando besos
al alma,
el agua que brota
y la cascada,
con el cielo añil
y las nubes blancas,
llenan hasta lo hondo
y sacian
y elevan al infinito
y salvan.








6.06.2008

Aneluz -1


Relato infantil juvenil // Ver aquí el libro completo
Autor: José Gómez Muñoz. Temática: Infantil y juvenil
Género: Narrativa. N° de páginas: 271. Tamaño: 15x21



INDICE

La profecía
Cuando nació la niña
Canción de cuna
Muerte del padre
El secreto
La tarde
La madre y el paseo
Un cumpleaños pequeño
Las nubes negras
El pino verde
El castillo solitario
La fuente de los caños blancos
El pez de orejas grandes
El lago redondo
Un regalo original
El río llorón
La casa abandonada
Amaneció un día extraño
La escuela
El día ocho de abril
Domingo nueve de abril
El pueblo de la niña
El sueño de la niña
El nogal pelón de nueces secas
La cueva oscura
La cascada blanca
El juego del agua
El arroyo de cristal
El árbol que llega a las nubes
La comida en el campo
El orejudo nariz de Pinocho
Los amigos
El campamento
Los montones de arena
El perro
El árbol de la Navidad
Sueño cumplido
Primer sueño de Aneluz
Segundo sueño de Aneluz
Tercer sueño de Aneluz
Despertar del tercer sueño
Mientras llega la Navidad
El sueño de la niña y de la abuela
El álbum de fotos
Después del álbum
Primer juego
Preguntas
Sobre la cuna del viento
El lenguaje del campo
Otro juego
Millones de cantos
Despedida
EL GRAN SUEÑO DE ANELUZ
En busca del tesoro soñado


Aneluz, sierra honda y verdor
donde los arroyos limpios
y las praderas de sol,
se funden con los vientos finos
y se hacen nobles caminos
por donde la luz es color.
Aneluz, es como el resplandor
de sueños que se hacen ríos.


La profecía
Una vez, hace ya mucho tiempo un hombre vivía solo en una grandiosa cueva que se encontraba en los barrancos más profundos de la hermosa Sierra. Y como este hombre, desde que nació hasta que ya murió muy viejo, siempre había vivido en esta cueva y en los barrancos y cumbres de estas sierras, no había nadie en todo el mundo que conociera mejor que él los caminos, los nombres, las montañas y arroyos de todos estos lares.

Era tan amante de la tierra que se pasaba los días y parte de las noches, andando por las sendas, saludando, comiendo y durmiendo con otras personas que, como él, vivían en cuevas, chozos o cortijos de piedras. Subía a las montañas más escarpadas y exploraba todos los ríos de este gran territorio. Y todo esto lo hacía porque era consciente de que para amar una cosa con todos los sentidos, primero hay que conocerla a fondo. Y también decía que:
- El noventa por ciento de las cosas que se sueñan, desean y esperan, nunca se materializan sino que para siempre quedan en la región del espíritu. Pero ahí, si se les alimentan y cuidan, pueden dar un fruto mucho mejor que los frutos de las cosas materiales. Y además, pueden que hasta queden para siempre eternas.
Esto se decía y por eso él amaba profundamente a la tierra donde había nacido y vivía. En los ratos que le quedaban libres labraba las tierras que había roturado cerca de su cueva, daba careo a su rebaño de ovejas, cabras y cerdos y luego cortaba leña para la lumbre que encendía en los días fríos de invierno y recogía piñas secas y otros frutos como madroños, bellotas, nueces, higos y peras.

De vez en cuando pescaba en el río truchas grandes, pero no por deporte o entretenerse sino para comer, que las asaba en las ascuas de la lumbre y se las comía sazonadas con algunas ramas de tomillo y algo de sal que recogía en los viejos y salados manantiales del Valle paraíso. Más adelante hablaremos mucho de este valle, cómo era, dónde estaba y porque se llamaba así. Por aquellos tiempos todos los ríos de estas sierras estaban poblados de nutrias. Cuando se iba por las corrientes de los arroyos y ríos claros que surcan las montañas de estas sierras, se sentaba junto a los charcos azules y allí se hacía amigo de estos animales. También de las águilas reales, de las cabras monteses y hasta de los lobos, porque entonces todavía aullaban los lobos por los bosques de estas sierras. Hubo un tiempo en que los osos también pululaban libremente por las riscas y madroñeras de las sierras donde él tenía su cueva. En estos parajes todavía quedan muchos nombres que hacen relación tanto a lobos como a osos y eso es señal de que estos animales, en un tiempo lejano, vivieron por aquí. La Cuesta del Oso, el collado del Lobo y así, muchos más.

Este hombre casi los llegó a conocer porque una de las muchas cualidades que tenía era que por él, como se suele decir, no pasaba el tiempo. No envejecía con la rapidez y estragos con que envejecen las personas normales. Nadie sabía los años que tenía ni él tan poco, pero pasaban de varios cientos y quizá más. Y esta realidad, muchos decían que se debía a la comida sana, agua limpia, viento puro, entre otras cosas, que el hombre de la cueva disfrutaba. Yo ahora mismo no sé nada más que lo que acabo de contar, pero como desde que conocí esta historia ando intrigado e inquieto, prometo que voy a investigar, hasta donde me sea posible, este asunto y otros. También la cueva, los caminos y la sierra entera para que se sepan muchas cosas que el tiempo tiene sepultadas y son mucho más que interesantes.

Todo lo que descubra lo iré poniendo aquí para que otros tengan la oportunidad de saberlo. Creo que merece la pena. Prometo cumplir lo prometido porque a mí me interesa mucho. Puede ser que de aquí saquemos una información realmente interesante y bonita. Porque también soy partidario de buscar en la historia popular y sencilla de los rincones pequeños y de las personas que nunca fueron importantes por nada. Por los caminos de estas sierras y las personas se puede uno encontrar verdaderas joyas que son mucho más interesantes, para cimentar la historia de la humanidad, que las hazañas de los grandes personajes, guerreros, escritores u otra clase de artistas. En las bibliotecas y archivos se guardan documentos que casi nunca cuentan la verdadera realidad de aquellos tiempos. Fueron manipulados como tantas cosas entre los humanos más cultos y eso no es bueno.

Un día este hombre, llegó al pueblo blanco a la orilla de un río por donde corría agua que tenía color chocolate recién hecho. Allí se encontró con otros hombres y estos le preguntaron:
- Vamos a ver, tú que eres tan listo ¿a que no sabes cuándo fueron por primera vez las montañas y arroyos de todos estos montes?
Y el hombre de la cueva les dijo que:
- Pues lo que yo sé es que unos dicen y piensa una cosa y otros piensan y dicen, otra. Unos escriben libros donde ponen fechas y nombres y afirman que así fue todo, al principio.
Y los hombres del pueblo blanco les dijeron:
- Eso ya lo sabemos nosotros, pero lo que ahora nos interesa es que tú nos digas lo que sabes. ¿Cómo fueron las cosas al principio y cuándo?

El hombre de la cueva en las profundidades más profundas de la sierra volvió a hablar y dijo:
- La sierra se formó cuando se formó y además, quedó bien hecha porque Dios fue guiando esta obra tan bonita.
Y al oír esto los hombres del pueblo dijeron:
- Bueno, puede valer tu respuesta porque con ella nos dices que no quieres comprometerte. Las cosas no están muy claras y lo mejor es creer en lo que se ve y lo demás, dejarlo a la imaginación de cada uno. Pero ¿a que no sabes cuándo vinieron los primeros habitantes a estas sierras?

Y el sabio hombre de la cueva más misteriosa y escondida de la tierra otra vez habló y les dijo:
- Sé yo que lo han escrito en muchos libros y que a los primeros que por aquí vinieron, los llamaron hornilleros. ¿Quién estuvo allí para verlo y afirmarlo con la certeza con que ahora algunos nos quieren hacer creer? ¿Fueron las cosas así fiel y verdaderamente?
Y los hombres del pueblo contestaron:
- Eres tú el que tienes que saberlo. Nosotros somos los que preguntamos. Pero eso de los hornilleros ¿fue o no así?
- ¿Quién puede creer que lo que se escribe es exactamente igual a la realidad? Los que vinieron al principio sólo se preocuparon de vivir y los que hemos venido después, vivimos como podemos y si intentamos adivinar algo de aquel principio, lo hacemos también como podemos. Si algo descubrimos nunca podrá ser tal como en un principio fue. Lo que sí es cierto que esta sierra, hace mucho tiempo, se llenó de gente que al principio vivió en cuevas y chozos. Luego construyeron casas y guardaron manadas de ovejas. Y así, con el paso del tiempo, fueron las cosas corriendo y las personas aumentando siempre con sus luchas y sueños. Labraban la tierra, recogían cosechas, amasaban tortas de harina sobre las piedras y se calentaban con la leña de los bosques. Pero antes de seguir quiero que sepáis para qué he venido yo hoy hasta vuestro pueblo.

Y los hombres le preguntaron:
- ¿Y qué asunto es ese?
- Se comenta al final y tiene que ver con lo que me estabais preguntando, pero al principio, viene por caminos nuevos.
- ¡Ea! Pues te escuchamos ¿Qué es lo que tú nos quieres anunciar hoy al venir por este pueblo nuestro?

Y el hombre de la cueva habló y dijo:
- Quiero deciros que se acerca el tiempo en que se cumplirá la profecía.
Y al pronunciar estas palabras, los hombres del pueblo lo miraron algo extrañados.
- ¿Qué profecía? Porque desde hace un tiempo para acá muchas personas dicen que son profetas y que no tardará mucho en ocurrir esto o aquello. Hoy muchos son profetas y los que no, todo su afán lo ponen en ser salvadores de los otros. ¿Qué profecía nos traes tú hoy?
- La que está escrita desde el comienzo de estas sierras.
- ¿Y en ella se habla de lo que antes te hemos preguntado?
- Se habla de eso y de otras muchas cosas que hasta hoy nadie conoce por aquí.
- Pero habla ya y anúncianos el mensaje de esa misteriosa profecía.
- Ahora mismo hablo y os expongo con toda claridad el tema.

Y el hombre de la cueva habló y dijo que en este pueblo blanco, no dentro de mucho tiempo, nacería una niña que sería el asombro de la sierra entera. Le pondrían por nombre Aneluz y al poco de nacer ella, el padre moriría. Pero eso no iba a importar mucho porque esta niña venía predestinada para una misión muy especial que se iría cumpliendo según ella fuera creciendo. Al oír esta noticia los hombres del pueblo preguntaron:
- ¿Y de qué familia de este pueblo nacerá esa niña?
Esto lo preguntaban porque se daban cuenta que la profecía que el hombre de la cueva les estaba anunciando, no se parecía a ninguna de las muchas que hasta ese día habían oído. Les interesó mucho lo que les estaban anunciando.
- Eso ¿de qué familia nacerá y cuándo?
- ¿Y también dinos por qué tiene que llamarse de ese modo?
- ¿Y qué misión será la suya?
- ¿Por qué tiene que ser una niña y no un niño?

En este cerro de preguntas el hombre se quedó enterrado. Pero él ya lo había previsto. Sabía que cuando se anuncian cosas como estas, poca gente se lo cree. Supo mantenerse en el lugar que le correspondía y como el motivo de su visita hoy por aquí era el anuncio de la profecía y ésta ya estaba proclamada, se limitó a responder sólo a la última pregunta:
- ¿Por qué tiene que ser una niña?
Y él respondió:
- ¿Y por qué tiene que ser un niño?
Y ellos le dijeron:
- Porque en todas las historias de héroes, cuentos de hadas, grandes guerras y demás, los protagonistas siempre han sido hombres.
- ¿Y por qué ha sido así siempre?
- Eso ya no lo sabemos, pero así fue aunque si lo analizamos se ve que una niña no conviene que sea protagonista de grandes aventuras.
- ¿Por qué no?
- Pues porque una niña ¿cómo va a luchar, si llegara el caso, con dragones de lengua de fuego, con gigantes guerreros o con fantasmas tremendos? ¿Se puede, una niña, convertir en salvadoras de la humanidad entera?

Y al oír esto el hombre se plantó y pronunció un largo discurso en defensa de la protagonista que acababa de anunciar. Durante mucho rato se puso a defender esto y aquello, no por cursilerías u otros tópicos sino por sinceros convencimientos.
Luego continuó preguntando:
- Decidme vosotros ¿Qué es más importante o tiene más valor y belleza a los ojos de Dios, una gigantesca montaña con su sólida base rocosa o una diminuta florecilla nacida en el valle más oculto?
A esta elemental, pero rotunda pregunta, los hombres del pueblo no supieron responder. Durante un rato se quedaron mirándose unos a otros y como el hombre de la cueva notó que no tenía las cosas muy claras, dio media vuelta y salió del pueblo. Por el largo camino que atraviesa el valle de los olivos, más o menos siguiendo la orilla del río, se perdía hacia las profundas sierras.

Los hombres del pueblo, cuando ya se dieron cuenta que aquel extraño personajes se alejaba de ellos sin decirles ni quién era ni cómo se llamaba, le dijeron:
- Si nos ha anunciado la profecía dinos quién eres tú para que se lo digamos a los vecinos. De lo contrario ¿cómo nos van a creernos?
- ¿Tenemos que hablar en tu nombre o callar?
- Eso ¿dónde vives y de dónde vienes?
- ¿Se lo podemos contar a los que viven en este pueblo o guardamos silencio?
- Ya se nota por tu aspecto que eres algo raro, pero ¿de dónde has salido tú y por qué conoces estas sierras?
- Nunca oímos hablar de ti. ¿De dónde has sacado la ciencia que demuestras tener? ¿Eres acaso un impostor?
Pero el hombre de la cueva no se volvió para atrás. Siguió caminando por la senda de regreso a su profunda sierra y ni siquiera les hizo caso. Crecía él que ninguna de aquellas preguntas que le hacían tenían que ser contestadas en aquel momento porque hasta carecían de importancia.

Recordó la vez que lo llamaron Embaucador, engañar a alguien aprovechándose de su ingenuidad. Intruso, que se ha introducido en un sitio sin derecho. Farsante, engañosos, fingido, inexacto, mentiroso, enredador. Hipócrita, fingimiento y apariencia de cualidades, ideas o sentimientos que no se tienen con el fin de obtener algún provecho, astuto, aprovechado, malicioso. Sinvergüenza, descarado. Pícaro, persona que cometen actos ilegales o atentan contra la moral. Perverso, maligno, sumamente malo, corrompido. Maldad, calidad de malo, acción mala y dañina. Deleznable, despreciable. Ladrón, que roba. Indigno, deshonesto, ruin, vergonzoso. Expoliador, robar, explotar, chantajear, atropellar, despojar con injusticia o violencia. Todo esto lo llamaron aquella vez y fue sólo por que en su cariño a la sierra y creyendo en la bondad de otros, cayó en la trampa y lo pescaron. Le tenían envidia y lo pescaron para quitarlo de en medio. También lo habían llamado “perro”, en el sentido de vago o que no quiere trabajar, huraño, soñador, romántico y muchas más cosas y estas fueron porque, en la medida que pudo, este hombre nunca se sometió a las normal y orden establecido por los demás humanos de Planeta Tierra. Siempre había querido ser libre y jugarse su destino y existencia entre él y Dios, sin que nadie le sujetara nunca ni le obligara a nada.

Pero antes de alejarse por completo, al pasar por la curva del río, se encontró con la que en el pueblo, todo el mundo conocían como a la hermana Griselda. Era ella la abuela más buena del mundo y también la que más años tenía en toda la Sierra. Y a pesar de ello su salud era como la del roble más sano y fuerte. Estaba allí, labrando su huerto y al verla, el hombre se paró. Durante largo rato estuvo charlando con ella, nadie sabe de qué asunto o problema. Por lo menos hasta ahora mismo, nadie sabe de qué asunto hablaron el hombre de la cueva y la hermana Griselda. Pero hablaron mucho y al parecer, cosas muy importantes. Según vaya pasando el tiempo y avance el relato de esta historia, puede que nos vayamos enterando.

Y eso: que cuando ya caía la tarde el hombre de la cueva se perdió en su soledad y misterio hacia la profunda Sierra. Poco después se hizo de noche y en la alameda espesa que, por el lado de arriba del pueblo y en el barranco, jugaba con el viento, cantó el cárabo. Esa ave rapaz y nocturna que vive en la espesura de los bosques de estas sierras. A esta ave rapaz, es muy difícil verla, pero canta cuando menos se le espera y muchos serranos, en lugar de llamarla por su nombre, le dicen “calvo”. ¿Por qué será esto así? El día que lo averigüe prometo también ponerlo aquí para que se sepa. Algunos dicen que cuando se le oye cantar a este ave es porque va a ocurrir algo extraño. Como una desgracia o algo parecido. Otros dicen que eso es pura tontería.

Pero yo quería decir que el hecho de que este día y, poco después que se hiciera de noche, cantara el cárabo, no significaba nada. Lo mismo puede cantar una perdiz al amanecer o una alondra a media mañana por entre las sementeras de centeno que todavía se crían por los Campos de Hernán Pelea. Pero muchas personas de este pueblo y otros de la sierra, cuando oyen cantar un cárabo, se alarman. Así que ya lo he dicho: por la alameda cantó el cárabo y me limito sólo a dar información de los hechos.


Cuando nació la niña
Los hombres del pueblo, durante un rato y luego a lo largo de algunos días más, se recomían por dentro y murmuraban y contaban esto y lo otro. Que si aquel hombre estaba loco, que si cuándo nacería la niña, que si lo de la profecía era algo absurdo, que si por qué tenía que llamarse así, por qué esto y lo otro y lo demás allá. Como pasa siempre en la vida allí donde hay un grupo de seres humanos. Y todavía más si ocurre un hecho excepcional.

Pero al poco tiempo, sólo un por de meses, en el pueblo, los alrededores y otros pueblos más de la grandiosa Sierra, dio comienzo la campaña de la aceituna. Y como todo el mundo se echó a varear olivos y a recoger aceituna de los ruedos, pronto olvidaron al hombre de la cueva y más se olvidaron de las cosas que había dicho. ¿Quién le iba a dar importancia a un hombre desconocido que ni siquiera tenía nombre? ¿Quién se iba a preocupar por aquello de la profecía, la niña, la montaña gigante, la florecilla del valle de la sierra y cosas así? ¡Pues no tenían ellos asuntos serios de verdad en sus vidas, de qué preocuparse, como para perder el tiempo en pensar en la desconocida niña, el hombre de la cueva, la profecía y todo este misterio sin sentido! Porque esto es lo que suele pasar: en los pueblos y ciudades del mundo, todos tienen muchas cosas que hacer cada día. Todos tienen muchos problemas y muchos asuntos personales que resolver. Los otros asuntos así como lo de esta aun desconocida niña y cosas similares, son tonterías. Pero así ha sido la humanidad desde que comenzó a ser humanidad y así puede que siga siendo hasta que un día se acabe.

El caso es que como en el pueblo blanco, por aquellas fechas, estaba todo el mundo en la aceituna y los que no, trabajando en los huertos o por los campos con algún hato de ovejas, nadie se enteró de nada cuando llegó el momento. Una noche fría de invierno gris, en una casa sencilla de la parte más antigua del pueblo y donde corría una fuente con tres caños de agua clara, nacía una niña. Hecho normal porque en todos los pueblos y ciudades del mundo, en aquellos tiempos más que ahora, nacían niños y niñas. Ahora ya no nacen en las casas sino en los hospitales que son lugares muy cómodos para todo el mundo. Pero antes, en aquellos tiempos, los niños nacían en sus propias casas y punto. En las sierras que pronto empezaremos a recorrer, en los cortijos, aldeas y pueblos, así tal como he dicho, ocurrían estas cosas. Los niños nacían y casi nadie le daba importancia porque este hecho tenía que ser así. Otra cosa era la natural alegría que en cada una de estas casas había cada vez que nacía un niño o una niña. Más alegría que en ningún otro rincón del mundo y además, de la realmente buena y sana.

Pues la niña nació aquella noche y sólo estaban presentes la madre, su padre y la abuelita Griselda. Se alegraron porque todo fue bien y al día siguiente se lo dijeron a los vecinos. Estos los felicitaron, le ofrecieron regalos como una gallina, una docena de huevos, algunas nueces secas y poco más. Los vecinos, por aquel entonces, no estaban para regalar mucho. Y por otro lado, así era la vida normal de las sencillas personas de estas amplísimas sierras.

Vivían ellos de su duro trabajo por el campo que casi siempre consistía en cultivar trocicos de tierra pegado a los cauces de los arroyos o ríos, en criar hatos de ovejas más o menos grandes, en sembrar sementeras de trigo, cebada o centeno que luego segaban, trillaban, aventaban y molían en los molinos y poco cosa más. Sus economías, la de aquellos buenos y auténticos serranos, en pocas ocasiones eran mayor de lo que se ha dicho. En todo caso y con bastante frecuencia, la economía resultaba mucho más precaria de lo que se ha dejado escrito. En estos tiempos, por los días en que se escriben estas letras, algunas cosas han cambiado mucho. Otras, no tanto, pero en su conjunto, son muy diferentes.

Y cuando nació, la niña lloró como todos lo recién nacidos del mundo. La abuelita calentó en la lumbre un pobre pañal, la lavó, la envolvió en la tela y luego la acostó en la cuna que el padre le había hecho. Era de madera de troncos de pinos secos crecidos en la Sierra y por eso, hasta olía a incienso. La abuela la miró fija, con una mirada que tenía su origen en lo más hondo del alma y luego siguió mirándola durante un rato más. Después se dirigió a la madre de la niña y le dijo:
- Hija mía, tú eres bienaventurada. Y te lo digo porque has traído a este mundo una niña preciosa. Ella realizará cosas buenas para esta tierra y todos nosotros y la recordarán generaciones y generaciones.

La madre de la niña se quedó mirando a la abuela y no dijo nada. Quería comprender algo porque en su corazón, una débil voz, le susurraba cierta realidad futura, pero muy inconcreta. Miró a su recién nacida niña y miró a la abuela ya sentada frente a la ventana que se abre hacia el río. Cuando nadie lo esperaba la abuela habló otra vez y dijo:
- Su nombre será Aneluz.

Se hizo el silencio en la estancia y a lo largo de toda aquella noche siguió lloviendo por el campo, siguió soplando el leve pero frío viento que entraba valle arriba y a otro día, las mujeres y los hombres, otra vez se fueron a las aceitunas. Era un año que había llovido mucho y por eso la cosecha venía buena. Los olivos habían cargado bien y esto era bueno para todo el mundo. Sobre todo, para los aceituneros porque así podrían dar más jornales y ganar algún dinero extra. Las aceitunas, como decían y siguen diciendo en el pueblo blanco, siempre aportan buenos beneficios a las humildes familias que no tienen otra cosa. Normalmente, en la Sierra, siempre se ha tenido bastante escasez, porque aunque son lugares de grandiosos paisajes y muchos arroyos de aguas purísimas, el dinero brilló por su ausencia y más, en las humildes familias de cortijos y aldeas.

El bautizo de la niña fue unos días más tarde. De la casa sencilla casi al comienzo de la calle empinada, salieron los padres y recorrieron toda la calle. Al llegar a la plazoleta, en un rincón y haciendo esquina, entraron a la iglesia. Un precioso edificio ya bastante viejo donde, en los días de fiesta, un grupo de jóvenes cantaba canciones de misa. En este recinto nadie esperaba. Sólo el cura que dijo las oraciones correspondientes, celebrando todo lo que era necesario, bautizó a la niña y en el libro de registro dejó escrito: “Nombre: Aneluz tal y tal, en la fecha tal y tal, de la parroquia del pueblo blanco junto al río color chocolate”.

Los padres, regresaron subiendo por la calle y al llegar a la casa entraron. Justo en estos momentos el reloj de la torre de la iglesia dio la hora. Once de la mañana de un día cualquiera que tenía el cielo algo nublado y hasta hacía bastante frío. Lo demás, ni siquiera tiene importancia. El río pasaba por su mismo cauce sin dejar de correr y por las calles del pueblo, como no era ni fiesta ni nada parecido, no había casi nadie. Todo el mundo andaba ocupado en sus tareas.


Canción de cuna
Tú duérmete
lucerico mío
que yo cuidaré
de tu tierno nido
y cuando estés soñando
yo te cantaré
la canción del río
y la espuma blanca,
lucerico mío.

Esta fue la primera canción de cuna que la abuela Griselda cantó a la niña que acababa de nacer. Luego le cantó otra y otra mientras la mecía en la cuna de madera seca de pino con olor a espliego, le arrulló más de cien preciosas canciones que sólo ella sabía. Y como la abuela quería tanto a la niña, junto a la ventana que miraba al río, le puso la cuna.
- Para que vayas aprendiendo la música de la corriente cuando por las noches salta y se aleja. Para que vaya oliendo el perfume del campo.
Le decía aunque ésta no pudiera todavía entender ni hablar. Y luego añadía:
- Y te lo digo porque de las corrientes de los ríos, de las flores de los prados, de las nubes que cubren las montañas, de los bosques y cantos de pájaros, tú tendrás que aprender la mejor ciencia de la vida. La que te llenará el corazón de gozo, en las tardes solitarias y nadie nunca ni nada te podrá dar por ninguna otra parte ni camino. Tendrás que aprender también el juego de las nubes blancas.
Y cuando en las noches claras salía la luna y brillaban las estrellas en el cielo, ella la seguía meciendo y en lugar de cantarle canciones de flores amarillas que juegan con el viento y de ruiseñores que hacen sus nidos entre las zarzas, le narraba cuentos sencillos con personajes brillantes que nunca se enfadan.

Al principio, cuando todavía la niña era pequeña, como ni podía hablar ni preguntar, sólo miraba embelesada, a las estrellas que titilaban en el cielo y cuando la abuela menos se lo esperaba, se quedaba dormida y ya toda se hacía sueño. Esto fue sólo al principio, siendo todavía una enanilla. Pero como todos los niños del mundo, ella fue creciendo y cuando ya tenía cuatro años, la abuela todavía seguía cantándole canciones de cuna y le narraba cuentos de estrellas que duermen junto a la luna. Y como ya hablaba algo, cuando la abuela le decía:
- Ahora te voy a contar otro cuento que también fue verdad. Porque era un niño un poco más grande que tú que un día se fue a vivir al mundo de esas estrellas que alumbran allá en el cielo. Desde entonces, como aquello le gustó mucho y era feliz, ya no volvió. Dicen que vive entre las ramas de un árbol gigante desde donde se ve toda la tierra. En las noches de estrellas brillantes, él se asoma por entre las ramas de aquel árbol y mira sin parar a esta tierra nuestra. ¿Sabes tú lo que vio un día?
Y la niña escuchaba entretenida y, aunque ya hemos dicho que sabía hablar un poco, todavía no le preguntaba. Por eso no pudo saber qué había escondido tras la respuesta que la abuela le hizo.

Hasta que un día, cuando estaba para cumplir los siete años, la abuela se la llevó con ella al huerto de la curva del río. Se puso ella a regar las habichuelas y como los caballones eran largos, le pidió a la niña que vigilara.
- Cuando el agua llegue al final, me llamas y me lo dices.
Le dijo la abuela a lo que la niña respondió:
- Lo que tú digas, abuela.
Y al poco, cuando el agua que corría por la reguera, empapó a fondo la tierra suelta y empezó a rebosar por el final del caballón para irse al río, la niña dijo:
- ¡Abuela, que ya está lleno!
Y ésta cortó la acequia con su azada grande de hierro y la volcó a otro caballón.
Luego le dijo a la nieta que fuera aprendiendo los nombres de las cosas que ella le iba diciendo:
- Esto se llama tajear, que es preparar la tierra para sembrarla según se quiera o pidan las necesidades, se preparan los caballones, con los surcos que es por donde corre el agua cuando se riega, aquello es un tablar, esto son las madres, a lo que tenemos aquí se le llama eras y luego la acequia, la boca de la reguera... como ya estamos con la primavera muy avanzada, pues se ha sembrado casi todos los productos de la huerta.
La niña decía que sí, a casi todo lo que le iba diciendo la abuela y aunque de algunas cosas era verdad que se enteraba, otras no las comprendía mucho y enseguida las olvidaba.

Ya al medio día, calentó mucho el sol y empezaron a cantar las chicharras. Entre los pinos y matorrales de estas sierras, hay muchas chicharras que, cuando el sol del verano quema, cantan como unas desesperadas. Como si estuvieran locas y quisieran apagar al sol cantando todas a la vez y con mucha fuerza. Pero no lo apagan sino que el sol caliente y calienta y, tanto ruido de chicharras con el sol quemando, a veces molesta. Pero a los serranos, los que son de estas tierras y están acostumbrados a las durezas y otras realidades, no les cansa tanto sino que incluso les gusta. Dicen ellos que esto es el sabor auténtico de la verdadera sierra. Que lo demás, y ellos saben bien qué cosa es lo demás, son merengues. Ni chica ni limoná. Vamos, que son cosas neutras o exportadas de otros sitios y por eso, ni chica ni limoná.

Pues decía que las chicharras, todas a la vez, hicieron sonar sus violines y trompetas porque el verano estaba encima. Abuela y nieta regaron los tomates, los pimientos, las habichuelas y a la sombra del álamo viejo, se sentaron a tomar el fresco. Quizá fuera por lo bonito que estaba el día, a pesar del sudor corriéndole por la frente, del barro manchado arrugas de la cara y carnes morenas o del bosque de álamos que en las mismas aguas del río se mecían rumorosos según los acariciaba el viento, el caso es que la noble abuela, se sentía dichosa por dentro.
Miró a la niña y como la encontraba tan guapa, le dijo:
- Princesas delicadas habrá en el mundo
y rosas finas darán los rosales,
pero tú hija mía,
más que todas ellas juntas,
eres y vales.

La niña sólo le dijo que tenía los pies manchados de barro y que la piel blanca de sus manos, con la agüilla de los tomates, se le había puesto verde y pegajosa. La abuela no hizo eco a estas palabras porque ella sabía que muchas cosas, entre las personas de la sierra, tienen que ser como son. Luego dejó que pasara un rato y como para sí seguía pensando que ya estaba llegando el momento, miró otra vez a la nieta y le dijo:
- Cuando seas mayor...
Y ya no siguió hablando.

Entonces la nieta le preguntó:
- Y el río ¿quién lo hizo, abuela?
Y la abuela le respondió:
- El río siempre bajó de las montañas.
Y la niña:
- Pero a las montañas ¿quién las hizo?
- Pues a las montañas, las modeló Dios.
- ¿Y la lluvia, los bosques, los arroyos, las flores, los pájaros...?
- Todo salió de la mano de Dios.
- ¿Quién es Dios, Abuela? ¿Tiene la cara como la tuya y cuando habla susurra como lo haces tú?
- Un día lo conocerás.
- ¿Dónde vive Dios, abuela? ¿Quizá en una cueva muy grande que hay en lo más lejano de las montañas y donde sólo crecen bosques y mucha hierba verde?
- Un día lo conocerás.
Es lo que siempre le decía la abuela.

Y así la niña preguntó y preguntó hasta que la abuela dijo:
- Cuando seas mayor, hija mía...
Y otra vez se quedó con las palabras bailándole en la punta de la lengua. Pero ahora la nieta se llenó de curiosidad y preguntó:
- ¿Qué pasará cuando sea mayor?
- Cuando seas mayor... bueno, luego otro día te lo explico porque ahora lo que te interesa es que cuando seas un poco más grande...

Y habló la abuela y le dijo que los habitantes de la sierra, que los cortijos, pueblos y aldeas, que los rebaños de ovejas, los olivares, los pinares y luego los arroyos de aguas limpias y las nubes con la lluvia, la nieve y el sol por las montañas, en las praderas y los valles... Le dijo también que el hombre de la cueva oscura en las profundidades de la Sierra, la cueva misma, el huerto que él había labrado a lo largo de su larga vida, los caminos que recorría, las ovejas que guardaba y el misterio que dentro de la cueva escondía... y al final del todo, cuando ya el sol calentaba de verdad y las chicharras hacían sonar todos los instrumentos de su desafinada orquesta, le dijo:
- Todas las cosas que tú quieres saber y todas las preguntas que tienes en tu mente, sólo él te las podrá responder con el acierto y claridad que éstas son.
Y la niña preguntó:
- Pero entonces abuela ¿por qué no, un día de estos, me llevas a esa cueva y me lo presentas?
Y la abuela:
- Es que... si yo pudiera, hija mía, pero...
Y otra vez más se quedó con las palabras a punto de caérseles desde la lengua, pero se arrepintieron y se fueron a dormir por entre las sábanas blancas del silencio. Sin embargo, todavía dijo:
- Luego esta noche, cuando por la ventana que mira al río, estamos asomadas contemplando las estrellas, te contaré el secreto que debes saber.
- Pues como tú quieras, abuela.
Dijo la niña.

Y justo ahora, en una de las ramas del álamo que les consolaba con la frescura de su sombra, se paró una oropéndola. Una ave migratoria, algo menor que una tórtola que se viste con un precioso traje de plumas amarillas. Hace su nido en las horquillas de las ramas, de lanas, pasto y raíces secas y lo cuelga. Vive esta ave por toda la península y en la época del frío, emigra. Pues allí cerca de ellas, se posó esta ave tan bonita y prescindiendo del calor, el monótono run, run de las chicharras y la corriente del río, se puso ella a desgranar sus armoniosas melodías. Como si fuera una flauta mágica que suena sólo con el roce del viento, pero mucho más dulce y sonoro que la más delicada flauta inventada y tocada por los humanos. Nieta y abuela escuchan sorprendidas y, movida por la belleza de tan finas notas vibrando en el viento, la abuela dice:
- Son las cosas de la naturaleza que, ya irás comprobando, sorprenden y llenan de gozo cuando ni se le ha pedido ni te lo esperas. Pero también puede que ocurra lo contrario.
Y la niña pregunta:
- ¿Y qué es lo contrario, abuela?
Y la abuela contesta:
- Bueno, quería decir que este canto delicado de la oropéndola, es como una canción de cuna que alguien viene a cantarte a ti aunque ahora mismo no estés durmiendo.
- Pero y lo contrario ¿qué es abuela?
Tampoco respondió ella a esta pregunta porque justo ahora se volvía a llenar el día del aflautado canto de esta ave color oro. De aquí el nombre de oropéndola.

Y está la abuela mirando para el lado en que corre el río, con sus sentidos puestos en las melodías que el pájaro desgrana, cuando al ver a las ovejas acarradas en la sombra de los álamos, los que pegan a la carretera que va por el otro lado, recuerda. Unos años atrás, muchos en verdad, pero como si hubiera sido ayer según lo que ella siente, era niña y guardaba ovejas justo en el nacimiento del río Segura.
- ¿Y te acuerdas de eso todavía?
Le pregunta la nieta, cuando la abuela terminó de hacer una breve referencia a los días aquellos.
- Como si lo estuviera viendo ahora mismo.
- ¿Y qué hacías?
- Con diez años ya me pasaba el día por el campo guardando los carneros. Sola todo el tiempo por las hoyas del cerro de Mariaznar y al caer las tardes, regresaba a la tiná para amamantar a los borregos. Allí siguen mi precioso cortijo blanco junto a las aguas limpias del río Segura recién nacido. Tú todavía no lo has visto, pero el día que por allí vayas, te convencerás que como aquel chiquitico paraíso, no hay otro en ningún lugar de la tierra. Un día, estando yo jugando en las aguas de aquel río limpio, pasó un hombre por allí y tanto le gustó mi juego que me hizo una poesía y me la regaló.
- ¿Te la sabes?
- Me la sé de memoria porque me gustó mucho. Aquel hombre se ve que tenía un gran corazón y muchos sentimientos para las cosas. La poesía dice así:

En su rincón de la hierba verde
entre el tiempo y las nubes blancas
se le ve sentado en la tarde
y bien florido en su alma
le destaca aquel momento
cuando la hermana jugaba.

Era agosto y pasaba el río
llevando sus limpias aguas
y él estaba entre los álamos
con su noble tierra amada
cuando vio que la niña hermosa
por la senda plateada
se viene desde el cortijo
y como mariposa o hada
se pone a jugar con la corriente
cual libélula que danza
y mientras juega sonríe
con el agua que le canta.

En su rincón de la hierba verde
entre el tiempo y las nubes blancas
tiene florecido en su pecho
aquel momento esmeralda
de la tarde con su oro,
del río y la bella hermana
y el perfume que exhaló
mientras soñaba y jugaba
aquel juego tan divino
que aun brilla como el alba.

Cuando la abuela terminó de recordar el poema que ha quedado escrito la nieta, algo extrañada, guardó silencio un rato corto y luego dijo:
- Y abuela...
Y ella preguntó:
- ¿Qué?

La niña ya no siguió. Sentía que tenía que preguntar algo muy concreto y espacioso en todas las direcciones, pero claro, a su edad, pues como todos los niños del mundo: se sabe algo, se quiere mucho, se intuye bastante y se ignora casi todo. Y más que nada, los caminos por donde hay que entrarle a las cosas. Sin embargo, la abuela y para su corazón, se dijo que, en otro momento y cuando la ocasión fuera propicia, tendría que hablarle a ella del bonito rincón de Fuente Segura, las limpias aguas del río que allí nace, los rebaños de ovejas, los cortijos y los vecinos también con sus pobreticas huertas por la Fuente de las Guijas y por la Veguilla. Y sobre todo, tendría que hablarle a la nieta, como lo hacen todas las abuelas del mundo, de su padre, de la madre, de los hermanos y el resto de la familia y todo cuanto hizo, soñó y esperó cuando ella era niña, joven, mayor y cuando ya por fin se casó.

Preguntó la niña:
- ¿Abuela?
Y ella le dijo:
- ¿Qué?
- Y del hombre que te regaló esa poesía ¿qué sabes ahora?
Guardó silencio la abuela y al rato respondió:
- Era un hombre bueno que llevaba en su corazón mucho amor por estas sierras. Era un hombre bueno que estaba muy solo y por eso tenía mucha tristeza en su alma. Pasó por allí aquel día, me vio jugando en el río y le debió gustar tanto aquel juego mío y el agua clara, que me vio como si yo hubiera sido un hada, una libélula, una mariposa sin alas. Y para eternizar ese momento lo hizo poema y me lo regaló. Ha pasado el tiempo, mucho tiempo y ni él olvidó aquella escena ni yo tampoco.
- Pero abuela...
Y ya no dijo ni preguntó más aquel día la niña.

Y algo después, ya se va poniendo el sol. Por el camino de tierra que desde el huerto y la curva del río, sube y se acerca al pueblo, regresan las dos. En estos momentos también por otras veredas que vienen desde los olivares, las laderas y los valles, regresan otras personas. Muchos de ellos, subidos en sus burros blancos, otras andando y con sus zapatos llenos de polvo y pasto y algunos, aunque vienen cansados y están agotados, cantan canciones que les sale del corazón. Canciones que poca gente conoce porque son sólo de ellos y, creo yo que, aunque algún día se recojan en libros bonitos y profundos, no será igual. Mientras cantan, sueñan sueños que también tienen un sello especial porque no pertenecen a esa gran masa de sueños que sueña todo el mundo. También son punto y a parte. En los pueblos de estas sierras las cosas son así y por eso, al caer las tardes, del campo y de los montes, regresan muchos y llenan las calles de cagajones de burros blancos y de olor a alpechín. Pero ellos dicen que eso no importa porque es olor a cielo y a tierra regada con sudor y amor.


Muerte del padre
Aquella tarde tan bonita y en el fondo, plácida y limpia, mucho más de lo que yo he sido capaz de contar aquí, algo muy grande se rompió para siempre en el pueblo blanco que se mira en las aguas del río. Algo que hasta ese momento y hora, parecía había estado en su sitio concreto, pero dejó de estarlo. Como la abuela había dicho unos momentos antes a la nieta:
- La naturaleza, cuando menos se le espera y quieres, sorprende con lo contrario.
- ¿Y qué es lo contrario?
Preguntó la nieta.
Pues lo contrario, al llegar al pueblo lo iba a descubrí, más rotundamente la abuela que la pequeñaja.

Iban ellas entrando por las primeras casas del pueblo, justo por donde el camino se convierte en pista de tierra y unos metros más adelante, ya es carretera asfaltada, cuando se cruzan con varios vecinos. Saludan a la abuela y saludan a la niña, con el cariño y actitud cercana que a estas personas siempre les caracteriza.
- ¡Con la nieta dando un paseo!
Exclama el hombre que cava la tierra justo donde crecen los almendros y corre la acequia. La que recoge el agua del arroyo que baja desde el cerro de la buitreras, justo en el barranco donde los álamos se apiñan y crece el fresno del tronco retorcido.
- No señor, que venimos de huerto.
Le aclara la abuela. Y el hombre que trabaja al caer la tarde:
- ¡Ay que ver que cría más encantadora le ha regalado el cielo!
- Y cariñosa y obediente que es ella. Así que bendito sea el cielo por regalo tan bello que nos da sin merecerlo y que nos siga dando Dios salud, fuerzas y acierto para verla crecer y quererla.
Dice otra vez la abuela.

Y como ahora mismo ya está viendo ella que algo más arriba, donde la calle termina de remontar, tuerce un poco para la izquierda, llega a la plaza menor y ya baja para la casa de la niña, hay muchas personas que se amontonan en corrillos y entre ellos charlan, pregunta:
- ¿Es que ha empeorado la hermana Alfonsa?
Esto lo preguntaba porque en la casa del rincón, la que roza con la acequia y tiene en su puerta un ciruelo, vivía la hermana Alfonsa. Otra abuela así como la abuela, pero que tenía muchos más años y por eso, desde hacía unos meses, se encontraba ya casi sin fuerzas. Enferma de tanto como había vivido, encorvada por el peso del tiempo, sin apetito de casi nada de las cosas que presta esta vida de la tierra y realmente sin fuerzas en sus manos y piernas.
- Pues creo que no es eso exactamente, pero como ando por aquí apañando estas tierras, no le puedo decir con certeza.
Le contestó el hombre que preparaba las tierras de sus huertecico.

Y claro que sabía lo que en esta parte del pueblo estaba ocurriendo esta tarde. Lo sabía y bien sabido, pero como no quería creerlo ¿cómo se lo iba a decir a la abuela y así de pronto? Además, venía con su nieta y esto todavía era más violento.
- Pero ocurre algo ¿verdad?
- Siga usted subiendo y ahora cuando llegue pregunte, porque como yo también estoy un poco sordo...

Apretó la manita de la nieta y siguió remontando por la inclinada calle casi carretera e iba ya a la altura de los tres almendros cuando la niña se encontró con tres amigas.
- ¿Juegas?
Le preguntan ellas al verla.
- ¿Me quedo, abuela y juego con mis amigas?
Pregunta la nieta.
Y la abuela le dice que sí porque en este justo instante, se le acercan tres vecinas que conoce bien. La saludan y a continuación le dicen:
- Déjala que se vaya a jugar con las amigas mientras nosotras hablamos de un asunto que debes conocer. Por eso te estábamos esperando.
Suelta a la niña de sus manos y mientras esta comienza a jugar con sus amigas, las vecinas que han salido al encuentro, hablan y le dicen:
- Ha sido un desgraciado accidente.
- ¿Pues qué ha pasado?
- Se trata del padre de Aneluz. Dos vecinos se lo han encontrado esta mañana cerca del río y sin vida y ahora mismo lo tienen de cuerpo presente en la casa de tu hija. Era un hombre bueno, pero se lo han encontrado sin vida.
- ¿Qué el padre de la niña ha muerto?
- Alguien te lo tenía que decir y como somos t