6.06.2008

Aneluz -6

Y entonces la abuela le propuso:
- ¿Dime cómo era ese río?
- Era ancho, lleno de mucha vegetación por las orillas, con grandes charcos de aguas transparentes, por las laderas hay muchos olivos y a ambos lados grandes montañas cubiertas de monte. Todas estas montañas tienen grandes barrancos que estaban llenos de niebla. ¿Dónde está este río abuela?
- ¿Y se puede saber para qué quieres saber tú dónde esta ese río?
- Es que tengo que ir a él. Según me ha dicho el hombre que he visto en mi sueño tengo que volver a la orilla de la arena dorada para recibir la segunda parte del mensaje.

Al oír estas palabras la abuela guardó silencio durante unos segundos. Luego habló y dijo:
- Pues te aseguro que yo no sé en qué parte de estas sierras nuestras se encuentra el río que tú me dices.
- Me tienes que ayudar, abuela por favor porque sino ¿cómo cumpliré con lo que me tiene pedido este hombre?
- No lo sé, hija mía.
- Tendré que echarme a recorrer las sierras a ver si encuentro el río de la arena dorada y el charco cristal.
- Eso es una tontería. Tardarías toda una vida en recorrer todas las riberas de los ríos que atraviesan estas sierras nuestras. Nunca podrías encontrar ese rincón.
- Pero entonces ¿cómo podré cumplir con lo que se me tiene pedido?
Y la abuela le volvió a preguntar:
- ¿Qué más cosas recuerdas de ese rincón donde has visto al hombre sin cara?
- Casi no recuerdo nada más. Sólo el color de la arena, las huellas que el hombre dejó según se iba, la corriente cristalina y el tono de voz al hablar. Era como si estuviera sufriendo y necesitara de ayuda. Recuerdo bien las letras escritas sobre la arena y lo que decían.
- Vuelvo a decirte que va a ser casi imposible saber dónde se encuentra el rincón que buscas. Yo no puedo ayudarte más.

Y entonces la niña ya no le preguntó más a su abuela. Dejó de hablar y se puso a ver la tele. Durante un buen rato se quedó allí sentada, frente a la gran ventana que mira al río y mientras veía las cosas que le iba regalando la tele se olvidó del sueño.


Tercer sueño de Aneluz
Unas horas después de oscurecer Aneluz se acostó. Ya no recordaba ella nada de lo que había soñado la noche pasada, pero le sucedía algo. Era como si de pronto se le hubiera quitado las ganas tanto de jugar como de ver la tele o de charlar con su madre o abuela. Se quedó dormida enseguida y como la noche anterior a su mente acudieron las imágenes del río, las altas cumbres, los barrancos llenos de niebla, el charco de las aguas cristalinas, la arena dorada y sobre ellas, grabadas las huellas de los pies de una persona. Estaba allí con sus amigos y al llamarlos para que vinieran y le ayudaran a descifrar las siluetas de las montañas y las laderas para luego recordarlas y contárselo a su abuela, se presentó el hombre de la noche anterior. De nuevo lo volvió a ver de espaldas caminando río arriba y como si se fuera hacia lo más espeso de la vegetación.
- Hoy sí tienes que pararte porque tengo que preguntarte varias cosas.
Le dijo ella echando a correr tras él. Pero el hombre no se paró. En unos segundos se perdió entre la vegetación y en este momento dijo:
- No me sigas.

La niña se detuvo obedeciendo la orden que le daba el hombre y esperó. Enseguida la voz le dijo:
- Por ahora no puedes verme. Sólo quería que volvieras tal como te lo pedí.
- ¿Y para qué querías que volviera?
- Quiero que sepas que esto que estás viviendo en un sueño, pero que dentro de poco se va a convertir en vida real. Quería que volvieras porque tengo que transmitirte un mensaje.
- ¿Qué mensaje es?
- Dentro de un momento dejarás de verme y me iré para siempre.
- ¿A dónde te vas?
- Yo no me voy porque desde siempre y para siempre estoy y estaré en tierras de estas montañas.
- ¿Quién eres?
- Tendrás que averiguarlo por ti misma.
- ¿Y cómo lo voy averiguar?
- Precisamente para eso quería que volvieras.
- Pues aquí estoy. ¿Qué quieres que haga?
- En cuanto desaparezca de tu vista acércate a la orilla del río. Muy cerca de ti y a tu derecha hay una gran roca. Mira bien y verás que en ella se abre un agujero en forma de cueva. Queda algo oculto entre los tarayes. Busca en ese agujero y ahí encontrará algo.
- ¿Qué es?

Y a esta pregunta la voz del hombre ya no respondió. Aneluz le volvió a preguntar otra vez y otra y notando que no obtenía respuesta decidió adelantarse y meterse por entre la vegetación. Siguió las huellas que estaban marcadas sobre la arena y con cuidado se metió por entre las adelfas y los tarayes.
- ¿Dónde estás?
Preguntaba llena de interés. Pero la voz no respondía. Por entre la vegetación tampoco había nadie. Solo una cuantas rocas, mucha arena, el agua del río remansada allí mismo y como jugando y la luz del sol reflejándose luminosa.
- ¿Por qué te has ido? Ahora te necesito porque tengo que preguntarte un montón de cosas.
Seguía insistiendo, pero la voz no respondías. Recordó ella lo que le había dicho de la roca que se refleja en las aguas del charco y se puso a buscarla. No tardó en verla. Era una roca algo redonda, casi tapadas por la juncia y los juncos y muy cerca de las aguas. Se fue para ella y se puso a buscar el agujero. Lo vio enseguida. Era un agujero casi redondo, algo oscuro y no muy profundo. Miró y allí encontró una carpeta de plástico negro.

Se acercó y la cogió. La abrió y vio que dentro había un pequeño cuaderno de color algo verde, pero muy desteñido. En la portada y con letras escritas a manos en tinta azul leyó: “Relación de los libros de El Último Edén”. Y en la misma portada, pero abajo y con letras más pequeñas leyó: “Abre estos cuadernos, lee la relación de los libros que en él está escrita y apréndetelos de memoria. Tendrás que recordarlos con toda exactitud cuando despiertes. No olvides que lo que ahora estás viviendo es un sueño. Pero los libros cuyos títulos aquí se escriben existen y debes encontrarlos. Están escondidos y repartidos en distintos puntos de estas sierras tuyas. Junto a cada título pongo el nombre del lugar donde están escondidos. Debes buscarlos y encontrarlos en el mismo orden en que están en esta relación. Sólo sí así sucede podrás llegar a saber el gran secreto que necesito comunicarte y también quién soy yo. Pero te repito: esto es un sueño.

Cuando despiertes no podrás tener contigo ni estos cuadernos ni la orilla de este río ni mi voz ni ninguna otra cosa. Sólo tendrás aquello que puedas recordar. Así que abre el cuaderno, siéntate sobre esta roca y frente a las aguas del charco ponte a leer los títulos de los libros que debes encontrar y los nombres de los sitios donde están escondidos. Que se te queden bien fijos en tu mente para que al despertar de este sueño lo recuerdes perfectamente. De lo contrario todo quedará perdido para siempre y tú nunca sabrás ni quien fui yo ni lo que hay escrito en cada uno de estos libros. Nota final: cuando encuentre el primer libro tendrás que leerlo entero y bien despacio para saber qué es lo que tienes que hacer para ir hasta el siguiente, al otro y así hasta el final. Esto es como un juego, pero no te puedes permitir errar. Si te equivocas en algo no podrás llegar hasta donde yo estoy y por lo tanto no sabrás nunca ni quién soy ni cual es el gran secreto que deseo comunicarte. Suerte Aneluz.”

Cuando la niña terminó de leer este mensaje estaba como asustada. Tenía la sensación de que algo grande y lleno de misterio estaba allí presente y por eso temía. No sabía qué, pero temía. Mas también sentía una gran curiosidad. Se sentó sobre la roca, abrió el cuaderno y frente a las aguas se puso a leer. Una relación larga, perfectamente detallada, numerada y con indicaciones muy claras del lugar donde se encontraba escondido cada libro. Pero ella, ante la curiosidad que le suscitaba las palabras que firmaban los títulos de aquellos libros, leyó aprisa para enterarse cuanto antes de todo lo que allí estaba escrito. No era consciente de estar dentro de un sueño y por eso no podía saber si disponía de mucho tiempo o de poco. Si no se despertaba pronto tendría tiempo más que suficiente para aprenderse de memoria todo lo allí escrito, pero ¿y si se despertaba y todo aquello se desvanecía? Ella no podía saber nada de esto y por eso se dedicó a leer y leer con el deseo de saciar cuanto ante toda su curiosidad.


Despertar del tercer sueño
Cantó el gallo y la niña se despertó. Lo primero que le sorprendió fue la luz del sol que ya entraba en su habitación por la ventana que mira al río. Estaba todavía metida en su sueño y por eso recordó enseguida que no debía olvidar los títulos de los libros. Llamó a su abuela con un tono de voz acelerado.
- ¡Abuela, por favor, ven corriendo!
La abuela que estaba en la cocina preparando el desayuno al oírla se asustó algo. Dejó lo que tenía entre manos y se fue aprisa para la habitación.
- ¿Pero qué te pasa?
- Abuela, coge un bolígrafo y papel y siéntate aquí conmigo. Aprisa y no me preguntes más cosas.

La abuela le hizo caso. Buscó a todo correr un bolígrafo, una hoja de papel y se sentó en el borde de la cama de la niña.
- Aquí me tienes ¿Dime qué hago?
- Abuela, tengo que recordar los nombres y si no los escribo enseguida se me van a olvidar.
- ¿Pero qué nombres?
- Luego te explico. Ahora escribe lo que yo te vaya diciendo.
Y la niña se puso a recitar de memoria, poniendo todo su interés en no equivocarse ni siquiera en una coma. Todo tenía que quedar recogido y para siempre tal como lo había leído en el cuaderno sobre la roca frente al río y en sueño. Pero sorpresa: de pronto, su mente se quedó en blanco. No recordaba ni una palabra de las que había leído en sueño.

La abuela la miraba y ella se esforzaba pero nada venía a su memoria. Ni un solo nombre. Se puso triste y le entró ganas de llorar.
- Tenía que poner también los nombres.
- ¿Qué nombres?
- Al lado de cada título de libro tenemos que poner los nombres de los sitios donde están escondidos en las sierras de este parque natural. No se me podía olvidar y nada recuerdo. Sé que eran por lo menos treinta y ocho. Uno de ellos creo que era un título muy bonito y muy importante.
Y sintió muchas ganas de llorar. La abuela la consoló del modo que pudo y luego le pidió que se levantara a desaynar.

La niña hizo un esfuerzo por recordar al tiempo que se incorporaba en la cama y miraba para la gran abertura de su ventana. En estos momentos estalló y fuerte trueno. El pueblo entero se tambaleó y la mañana se llenó de una densa oscuridad. La niña se acurrucó en el seno de la abuela al tiempo que preguntaba:
- ¿Qué pasa abuela?
La abuela le dijo que era una tormenta más de las muchas tormentas que siempre han descargado por los rincones del pueblo y las montañas que le rodean.
- No ha dejado de llover en toda la noche. Y no una lluvia cualquiera sino reciamente y con gotas gruesas.
- Pero abuela estamos en Navidad.
- Por las fechas de la Navidad es cuando entra el invierno, los días son más cortos, las noches más largas y por eso siempre llueve, hace frío y nieva sobre las montañas que nos rodean. Esta Navidad no es distinta a cualquier otra.
- ¿Y tanto ha llovido esta noche?
- Parecía un diluvio.

La niña se fue para la gran ventana y al asomarse a ella comprobó que la lluvia aun seguía cayendo. El cielo estaba cubierto con un mar de espesas nubes negras y por las cumbres de las montañas revoloteaban las nieblas. Hasta sus oídos llegaba el rumor de la corriente del río. Su gran río color chocolate que esta mañana bajaba repleto recogiendo las lluvias que caían sobre las laderas y cumbres de las montañas al final del valle. El viento soplaba fuerte y al romperse contra los álamos de la rivera del río aullaba como si estuviera herido de muerte. Esta mañana no cantaba ningún pajarillo. Por las ramas de su hermoso y verde acebos ni cantaban ni saltaban los pajarillos. Sólo las relucientes vayas rojas mostraban su belleza hoy más exquisita que otros días porque la lluvia las tenía lavadas. De cada hoja colgaban varias gotas de lluvia y lo mismo de cada vaya roja y rama o tallo del acebo. Esta mañana de Navidad, mientras la lluvia caía y la niña se iba despertando al día, el acebo mostraba su belleza más limpia y delicada. Era como si alguien lo estuviera preparando de una forma especial para la noche misma de la Navidad.

Se retiró Aneluz de la ventana y al mirar de nuevo a la abuela le dijo:
- Es un día bonito de verdad el de hoy, pero yo tengo que recordar el nombre de los libros y los he olvidado. Tengo que recordar los nombres de los sitios y también hacer un plan.
La abuela le preguntó:
- ¿Qué plan?
La niña dijo:
- Esta noche será Nochebuena y por eso mañana día veinticinco es Navidad, fiesta en todo las partes del mundo. Vendrán por aquí los primos y de ello mañana me voy alegrar más que nunca. Les voy a decir que se preparen para ir a la sierra. El primo mayor conoce muchos rincones y caminos de estas sierras nuestras y por eso creo que me ayudará mucho a encontrar el rincón del río que he visto en mi sueño y los lugares donde ese hombre dice tiene escondidos sus libros. ¿Qué crees tú abuela que ese hombre tendrá escrito en esos libros?
- Yo no lo sé, hija mía, pero pueden ser cosas muy curiosas. A lo mejor son buenas y sirven para hacerle bien a muchas personas.
- Pues mañana vamos a empezar la búsqueda de esos libros y la del hombre que he visto dos veces en mi sueño. ¿Por dónde exactamente está el “Collado de la Hierba” del que tantas veces hemos hablado?

Y la abuela le dijo que tampoco ella lo tenía muy claro, pero que el collado de la hierba, creía que se encontraba en una de las sierras más bonitas de este ahora Parque Natural.
- ¿Qué sierra es esa?
- La que llaman de las Villas.
- Y en esa sierra ¿en qué sitio está el collado?
- Por un lugar que le llaman Almagreros y las Culebras.
- ¿Y cómo se llama exactamente el punto donde se encuentra el collado?
- De siempre le han dicho a aquello “Cueva Buena”, por una cueva muy hermosa que hay en las rocas del puntal. En ese sitio mismo una familia de aquellos tiempos construyó una casa y en ella vivieron durante mucho tiempo. Hasta que murió de vieja la mujer.
Y Aneluz dijo:
- Abuela, el nombre ese de Cueva Buena me suena.
- ¿De qué te suena?
- No lo sé, pero creo que es uno de los nombres que debía recordar. Pero lo que no acabo de saber es si estaba entre los primeros, los segundos y de los últimos.

La abuela guardó silencio. Se fue para la cocina de la casa y se puso a preparar algo de comida. Mientras estaba en esta tarea le dijo a la nieta.
- Yo creo que lo que debes hacer es preguntar a las personas mayores del pueblo por los nombres y rincones de estas sierras. Hay muchas personas mayores que se conocen bien todas las montañas, valles y ríos de estas sierras. Quizá de esa información saques datos suficientes para aclarar las cosas.
Y la nieta le respondió:
- Eso me parece una buena idea. Como hoy es fiesta y ya no tengo escuela me voy a ir a casa de mis amigas y a todas las personas mayores que ve le voy a preguntar. Todas mis amigas tienen abuelas y abuelos y ellos siempre hablan de historias antiguas que ocurrieron en los cortijos y cuevas de estas montañas. Seguro que sacaré algo en claro.


Mientras llega la Navidad
Así que Aneluz, ya a media mañana salió de su casa. Se fue por las calles del pueblo que relucían de tanta lluvia como por ellas corría y se encontró con sus amigas. A unas y a otras les dijo que tenía que hace un trabajo muy importante.
- ¿Qué trabajo es?
Le preguntaban.
- Ya os lo diré más adelante. Pero ahora me tengo que aprender todos los nombres que pueda de los sitios por las sierras que nos rodean.
- Pues mi abuelo sabe un montón de nombre.
Le decía una de sus amigas.
- A mi padre le pasa igual. Siempre que me cuenta cosas de cuando ellos eran pequeños me dice tantos nombres que me confunde.
- También mi abuela sabe nombres de todos los arroyos, caminos, fuentes, cumbres y collados.

Cuando la niña llegó a la casa de la primera de sus amigas le preguntó a la abuela. Luego al abuelo y después a la madre. Unos y otros le contaban muchas y bonitas historias y decían un montón de nombres. Fue ahora cuando Aneluz cayó en la cuenta de que el primer libro que tenía que encontrar era uno que estaba incluido en la lista que leyó en su sueño. Recordó ahora el título. “Los nombres verdaderos”. Así que tomó nota de muchas de las palabras que le decían unos y otros y luego regresó a su casa. Cuando llegó le preguntó a la abuela:
- ¿Es que los sitios de estas sierras tienen dos clases de nombres?
- ¿Por qué me preguntas eso?
- Recuerdo que el título del libro es el de “Los nombres verdaderos”. Pienso que los nombres que tú sabes y los que saben las personas que me han hablado a lo mejor no son los verdaderos. ¿Qué opinas?
Y la abuela le dijo que eso no lo sabía ella.
- Pues más motivo tengo para encontrar el libro de los nombres. Cuando lo tenga en mis manos lo voy a leer con interés línea por línea para enterarme bien de los nombres que tienen los sitios de estas sierras. Quizá de ahí saque la clave para ir al siguiente libro. Puede que al leerlos recuerde los que leí en la relación de mi sueño. ¿Qué piensas tú?
- Que pudiera ser así.

A lo que Aneluz añadió:
- Claro que será así. Si quiero encontrar todos los libros que ese hombre tiene escondidos por estas sierras tendré que empezar a estudiar estas sierras detalle a detalle. Tendré que aprenderme sus nombres, los caminos viejos, los cortijos, arroyos, barrancos, cumbres y laderas. Creo que es el único modo de ir avanzando hasta llegar a descubrir todo lo que he visto en mis sueños. Y pienso ahora que además de los nombres, abuela, también voy a necesitar mapas donde vengan reflejados todos los sitios y hasta los rincones más ocultos.
- Eso también es verdad.
Dijo la abuela y luego preguntó:
- ¿Recuerdas si en la relación de libros hay alguno que sea de mapas?
Hizo un esfuerzo Aneluz y al rato dijo:
- Creo que hay varios que hablan de rutas. “Rutas históricas, Paseos, El Último Edén... puede que en algunos de estos libros existan planos o mapas escritos por ese hombre. Si encuentro estos libros junto con el de los nombres, lo tendré mucho más fácil ¿verdad abuela?
- Creo que será así.
- Pues ya lo tengo todo pensado. Ya sé por dónde empezar y cómo hacerlo. En cuanto mañana vengan los primos nos pondremos mano a la obra.

Cayó la tarde del día veinticuatro de diciembre y a lo largo de toda ella no paró de llover. En las cumbres más altas al final del gran valle de su pueblo, la lluvia era nieve. Las nubes la arropaban y a ratos, desde el pueblo, se veía relucir. El día veinticuatro de este mes de diciembre fue un día hermoso aunque todo él nublado, sin parar de caer lluvia y con viento. Por la tarde en la casa de Aneluz sonó el teléfono varias veces. Eran los amigos de la madre, los de la abuela y los de ella que llamaban para desearle la típica “Feliz Navidad”. Ella se lo agradecía y le decía lo mismo.

Ya por la noche cantaron algunos villancicos y mientras estaban al calor de la lumbre que ardía en la chimenea la abuela dijo que en el mundo esta noche había muchas personas que no tenían ni casa ni amigos ni pan para comer. Ni siquiera tendrían un poco de turrón aunque en las ciudades grandes del gran planeta tierra y también en millones de pueblos como el de Aneluz sí hubiera muchas personas que esta noche se comerían una rica cena. Pero la abuela no se quiso poner muy triste para que la niña tampoco se entristeciera. Así que fueron preparando las cosas y cuando llegó la hora cenaron. Entremeses con trozos de jamó, dátiles con nueces dentro, sopa de poyo, vino de la Rioja, sidra, champán y de segundo pavo al horno con manzanas asadas y trozos de piña. De postre un buen plato de turrón variado y frutas. Fue una cena de Navidad llena de calor humano y sin apenas holgorio.

Luego se pusieron a oír el discurso del rey que dijo lo de tantos años. Que la paz era posible, que había que seguir luchando contra el terrorismo y que era necesaria la armonía entre las personas y los pueblos. Vieron luego una película de caballos y praderas titulada “Belleza Salvaje” y cuando llegó la hora abuela y nieta salieron de la casa y se fueron para la iglesia a oír la misa del gallo. En su pueblo la misa del gallo fue mucho más temprano que en otras partes del mundo primero porque el párroco tenía que ir a otras aldeas a decir otras misas y segundo porque a muchas personas mayores les viene bien que la misa del gallo sea temprano. También a los jóvenes porque luego se van por el pueblo a pedir el aguinaldo y a cantar de casa en casa a lo largo de toda la noche.

En la misa del gallo del pueblo de Aneluz también se cantó. Se cantaron villancicos como Campana sobre campana, Adeste fidele, Duerme Niño y Noche de paz. Algunas de las personas mayores comulgaron y al final todos fueron a besarle los pies al Niño Jesús. El párroco les deseo a todos felices fiestas y se terminó la misa. Abuela y nieta salieron a la calle mezcladas entre las demás personas del pueblo, muchos de ellos conocidos y por eso se felicitaban y deseaban lo mejor. Seguía lloviendo aunque ahora menos y por eso no hacía mucho frío. La noche era de una hermosura sin par a pesar de la gran oscuridad, la lluvia y la sensación de un hondo silencio en el Universo entero.

Mientras subían por la calle camino de la casa la abuela le repitió otra vez a la nieta lo que significaba la Navidad entre las personas que creían en Dios y lo que debería ser de verdad en el mundo entero.
- Pero a pesar de todo, hija mía, la Navidad es un día hermoso por los buenos sentimientos de amor y paz que se despierta en los corazones de todas las personas.
Y la aniña preguntó:
- Y esta Nochebuena ¿cómo lo estará viviendo ese hombre que vi en mis sueños?
La abuela no le contestó.
- Seguro que vivirá en una cueva, donde sólo tendrá una lumbre para calentarse, el ruido de la lluvia que esta noche cae junto con el rumor de la corriente de los arroyos y poco más ¿verdad abuela?
Y ahora sí dijo ella:
- Quizá haya cogido madroños de los bosques, nueces de las nogueras que todavía crecen junto a las ruinas de los mil cortijos que derribaron por estas sierras, bellotas de las encinas y hasta puede que alguna trucha de las corrientes del río que tú has visto en sueño.
- ¿Pero estará solo?
- Puede que esté solo, pero eso le sucede a millones de personas en el mundo.
- Una noche como esta no es para vivir solo. Hay que compartirla con aquellas personas que se quieren. Yo creo que lo más bonito de una noche como ésta es precisamente la compañía de las personas queridas y buenas. ¿Qué piensas tú?
- Que es así.

Y llegaron a su casa. La madre les estaba esperando y sobre la mesa tenía puesto unas botellas de licores con más turrón, almendras en dulce y mantecados. Ellas cogieron un poquito de algunas cosas y se sentaron en la mesa al calor del brasero. En la calle seguía cayendo la lluvia y ahora se oía las explosiones de los cohetes que tiraban las pandillas que recorrían el pueblo cantando y pidiendo el aguinaldo.
- Es curioso, ¿verdad abuela?
Dijo de pronto Aneluz.
- ¿Qué es curioso?
Preguntó la abuela.
- El ruido de esos cohetes y el canto de las pandillas en el centro del gran silencio de una noche como ésta y mientras llueve tanto.
La abuela dijo que resultaba un poco curioso, pero que eso no había sido siempre así en el pueblo.
- En otros tiempos las cosas eran muy distintas a como son ahora. Los jóvenes celebraban estas fiestas cantando y bebiendo, pero con un respeto y amor que ahora no existe. Las cosas han cambiado mucho de cuando yo era niña.

Cuando se fueron a la cama serían como las doce y media o la una de la noche. En la calle, sobre los campos y las montañas seguía cayendo la lluvia y ahora con más fuerza que por la tarde y la noche anterior. Aneluz le dijo a la abuela:
- Deja mi ventana abierta.
- Hace mucho frío.
- Arrópame bien abuela y deja mi ventana abierta.
Y la abuela le preguntó:
- ¿Por qué quieres que haga eso?
- Esta noche me apetece oír el rumor de la lluvia que cae. Me acuerdo ahora de ese hombre que debe vivir solo en la montaña y como puede que él la única compañía que tenga esta noche sea el rumor de la lluvia que cae, quiero darle compañía desde esta cama mía gozando con él la música de esta lluvia.
- Pero es una noche muy fría si dejo la ventana abierta puedes enfermar.
- No pasará nada, abuela. Deja la ventana abierta porque quiero oír la lluvia caer sobre las hojas del acebo y en el asfalto de la calle.

La abuela ya no discutió más con la nieta. Dejó la ventana abierta hasta la mitad y antes de retirarse ella misma se asomó a oír la música de esta lluvia. Notó que ciertamente era un gozo delicioso. La lluvia caía reciamente y además del rumor que desgranaba al romperse sobre las hojas del acebo y los álamos del río, brillaba sobre el cemento y el asfalto de la calle al darle la luz de las farolas del pueblo. Se oía también la corriente del río y el viento rompiéndose sobre las hojas de los árboles. La abuela pensó que ciertamente era un gozo delicioso oír este gran concierto de lluvia, viento y río en una noche como esta. Dejó la ventana abierta hasta la mitad y luego besó a la nieta. Le dio las buenas noches y se fue a su habitación.

La nieta se quedó dormida enseguida. Durante unos minutos estuvo escuchando el rumor de la lluvia rompiéndose sobre las hojas de las plantas del jardín y aunque le agradaba mucho el sueño la venció. Se quedó dormida mientras en los anchos paisajes de la grandiosa sierra la noche era profunda oscuridad, goteo incesante de lluvia y rumor de limpias corrientes saltando por las laderas y los valles. A lo lejos se oía el ulular de algún cárabo y también el misterioso canto del autillo. Una noche hermosísima y por eso profundamente misteriosa. Como si desde el hondo silencio y soledad la noche y los campos fueran puertas abiertas a universos jamás soñados ni presentidos por la mente de los humanos.


El sueño de la niña y de la abuela
Al poco de quedarse dormida la niña comenzó a soñar. En su sueño vio las casas blancas de un pequeño pueblo recogido sobre la cumbre de un cerro. Por la parte alta pasaba una carretera y por ella avanzaba un coche blanco. Lo conducía un hombre que no pudo conocer porque nunca antes en su vida lo había visto. Pero era un hombre no muy mayor, iba solo y mientras conducía lloraba. Por las mejillas de su cara caían pequeñas gotas cristalinas y la expresión de su cara y ojos era de profunda tristeza. Siguió a coche con su ojos desde sus sueños y lo vio como avanzaba por la carretera que sube por el barranco de los pinares. Al llegar a la cumbre donde la carretera tienen tres ramales más vio que el coche se vino por el ramal de la derecha. Avanzó por la misma raspa de la cumbre y llegó hasta la hondonada de un río. Ahí vio que había dos pueblos más y luego vio que el coche se apartó para la derecha y se vino hacia el rincón de un valle pequeño donde se alzaban unas sencillas casitas pegadas a las rocas. En la puerta de una de estas humildes casa había una muchacha muy hermosa, con dos trenzas de pelo negro, ojos color de la aguas del río, cara como teñida de miel y cera y sonrisa dulce, muy dulce. Jugaba con las aguas del río y al mismo tiempo cuidaba de un rebaño de ovejas de su propiedad. El río corría por allí mismo y sus aguas eran de color diamante. Vio en su sueño que este río tenía su nacimiento solo unos metros más arriba en una gran fuente remansada.

El coche se paró sobre un collado frente a las casitas y el hombre salió. Notó que era de estatura baja, calvo, cara algo redonda y delgado. Se vino para el lado derecho y subió a lo más alto de un puntal desde donde se divisaban las cuatro casas que se alzaban junto al río. Bajo una noguera se paró y sin dejar de llorar se puso a escribir en un cuaderno. Y como si allí mismo estuviera ella presente pudo descubrí lo que en escribió en la primera página. Leyó lo siguiente:

DICEN QUE LO VIERON
Cayendo la tarde del verano viejo, con el imborrable recuerdo de mi sueño en la mente y el fino dolor arañándome en el alma, no encuentro forma exacta de escribir lo que necesito. Cayendo la tarde en mi rincón pequeño, en mi soledad y con la sombra de la pronta marcha a otro lugar del planeta, busco una idea que con claridad y sencillez pueda decir lo que necesito y quiero.

Por las cumbres blancas
de la hierba verde
y rocas de plata,
entre las praderas
que el sol mudo baña,
dicen que lo vieron
aquella mañana.

Iba mudo y solo
rozando las ramas
de los viejos enebros
y pisando las veredas
que dejan los ciervos,
gozando y bebiendo
el silencio de escarcha,
el viento que subía
desde la cascada
y la rota sinfonía
de la tierra amada...”

De pronto Aneluz dejó de soñar. Su sueño se quedó sin vida y dejó de ver el paisaje de aquel río de aguas diamantinas, las casitas pegadas a las rocas, el hombre bajo la noguera verde y todo aquel hermoso y misterioso rincón. Siguió la noche avanzando y la lluvia cayendo. Por las calles del pueblo se iban y venían algunos grupos de jóvenes que a pesar de la lluvia celebraban la Navidad a su manera y según las costumbres del pueblo y que habían aprendido de sus mayores. Pero los mayores y estos mismos jóvenes decían que ya ni la Navidad era como en los tiempos pasados.

En cuento se despertó al día siguiente Aneluz llamó a su abuela. Vino esta enseguida y en cuento estuvo al lado de la cama donde dormía la niña le dijo:
- ¿Qué quieres hija mía?
- Quiero contarte el sueño que he tenido.
- ¿En qué has soñado?
A su manera y como pudo la niña le contó lo que recordaba del sueño y cuando terminó la abuela le dijo:
- Pues yo he soñado también con un hombre que se parece al que tú me dices, pero no estaba en ese río color diamante sino en un pueblo de casas blancas sobre una loma y entre olivos.
- ¿Y qué hacía o qué te dijo?
- No puedo precisar exactamente en que lugar concreto estaba pero sí parecía un colegio grande. También este hombre estaba triste y creo recordar que lloraba. Se acercó a él una muchacha casi con todas las características de la que tú me has contado y después de saludarlo le dijo:

- “Ahora me iré y aunque no me olvidaré de ti nunca quizá ya para siempre esteemos separados.
A lo que él contestó:
- Pero si te vas, si ya mis ojos no te van a ver más, yo me moriré.
- Si me mantienes en tu corazón y yo en el mío, seguiremos unidos en la región del espíritu y seguirá siendo igual que si todos los días me vieran tus ojos.
- Yo sé bien que no será igual porque ya estoy sintiendo dolor, mas nada puedo ni debo hacer para retenerte porque tú eres joven y tienes muchos sueños, una buena familia que te quiere y mucha vida por delante y los paisajes que te rodean y donde naciste, son la antesala del cielo. Sería injusto si intentara ni siquiera pedirte que te quedaras”.

Pero él quiso decir algo más. Porque lo que ciertamente necesitaba decir era la verdad. Tenía la convicción que al decirle las cosas, mucho no se rompiera del modo que se intuía y por eso, todo iba a mejorar. Para él iba a ser la dicha y para ella... tenía casi claro que no lo iba a ser. La muchacha se le adelantó y como si intentara que el dolor no fuera tanto, dijo:
- “Todavía estaré unos días por el pueblo antes de irme a mi aldea y casa junto al río. Así que vendré a verte cada mañana hasta que me vaya.
- Sé que me servirá de consuelo. Durante unos cuantos días más todavía podrán verte mis ojos. Aunque sea sólo un instante me sentiré aliviado”.

Mas este era un remedio escaso. Bien que lo sabía. Salvaría lo suficiente y hasta podría ser el espacio cómodo para, en el momento oportuno, poder hablar y contar al fin lo que creía era de verdad único e importante. Pero la muchacha ya se fue, quedando que volvería al día siguiente.

Él se quedó solo y ya empezó a sentir la tristeza por su pérdida. Aquella noche en su cama se puso a meditar y recordó. A su mente acudieron los tres últimos meses, los tres últimos días, los nueve últimos años que fue cuando empezó a tenerla cerca y luego se remontó a la tarde aquella cuando jugaba junto al río, que fue cuando la conoció. En su total soledad y ya honda tristeza en el alma quiso repasar cada minuto desde aquella tarde para acá hasta esta última tarde. Diecisiete años justos habían entre un momento y otro. Desde su primera comunión hasta su graduación en la universidad. Veintiún años tenía ella. Él quiso recordar todo este tiempo, pero no se fue tan lejos. Se vino al año en que ella llegó al colegio y a partir de ahí, empezó a repasar desde el pasado para el presente.

Cayó en la cuenta y la vio cuando aquella primera tarde comienzo de curso. Al azar y sin que supiera lo que había pasado, se encontró con ella aquella cuando buscaba a quien le pudiera echar una mano en el trabajo. Era domingo y se presentaban los alumnos. Tenía que vender libros, muchos libros, bosques enteros de libros, lápices y cuadernos porque en el colegio grande ya habían empezado las clases. Este era el trabajo que él ahora tenía en el gran circo del mundo. Digno como cualquier otro, pero no sencillo. Hoy, la abundancia de trabajo era tanta que tenía necesidad de una ayuda. Llegó al despacho y ella estaba allí. Sentada en el sillón como esperando que alguien le dijera algo y fue el director el que le pidió que se fuera con lo acompañara y le ayudara.

Aquella tarde, la siguiente y las otras, vendió libros como la mejor. Con total entrega y siempre amable. La sonrisa en sus labios y la alegría rebosándole eran los mejores espejos de sus almas. Lo que más fascinó a él desde el primer momento. “De lo que hay en el corazón habla la boca” y rebosa por los demás sentidos, recordaba. Así fue a lo largo de todo el curso, al otro y al otro hasta que pasaron los siete años. Ya llegaba ella al final de su carrera, con todo aprobado, expediente académico brillante como pocos otros alumnos en su colegio y hasta con si título en la mano. Así fue como las cosas ahora estaban llenas de vida. Con hondas raíces en la materia y el espíritu. En la región del corazón, en el de él y no en el de la muchacha, palpitaba toda una vida. Corría el tiempo y sabía que un día llegaría el final. Tendría que decirle adiós y para este momento se preparaba en su interior. También se preparaba para el otro momento, el suyo propio. Intuía que en cualquier día le podría llegar el nuevo destino. En cualquier momento le podría llegar la orden de un nuevo destino y aunque en su espíritu se iba preparando, la carne siempre ha sido flaca y por eso sentía dolor. Además de otras grandes realidades, todas limpias, pero hondamente gratificante que tendría que dejar por aquí, sucedería que también se alejaría de ella para siempre.

Y en el día de hoy, ya en víspera de despedirla para siempre, no de su corazón,
pero sí de su vista, su duda era tan grande como su tristeza. Sentía miedo decirle a ella que la quería, que la tenía muy hondo en su corazón y que ahora se moriría si no la volvía a ver más. Pero no quiso herirla, es lo que se decía para sí. A pesar de sus años, su inteligencia, sus buenas cualidades para los estudios y el trabajo el mayor encanto que ella tenía era su inocencia. Su dulce y madura inocencia que era lo que le hacía realmente atractiva. Porque, además, su vida estaba hondamente transcendida por un exquisito amor al Dios de su religión. Al Dios que le daba la vida, la exquisita armonía que veía en sus padres y la pura belleza que le reflejaban los campos donde tenía su cuna primera y su casa actual. Su hermosa sencillez madura y responsable se fundamentaba en su gran cariño a los principios religiosos que desde pequeña le habían inculcado y, entre tantos, su familia.

Si él ahora le decía, como realidad que pudiera retenerla más fácilmente junto a sí, que la quería ¿cómo reaccionaría ella y hasta dónde no se alejarían, de una forma total, sus vidas? Pero él, en su dolor y soledad, se decía a sí mismo que escribir esta historia y contar en ella en directo la realidad que casi estaba condenado a callar para siempre, podría servir para algo. En primer lugar para mientras la escribía desahogaba su corazón y así podría limpiar de tristeza, un poco, su alma. Y en segundo lugar, también podría servir para que ella, un día, supiera la gran verdad y realidad que había nacido y se mantenía en el más denso silencio.

Esto pensaba y meditaba en su silencio, con el recuerdo de la marcha de ella y como única salida para aliviar su pena. Él que tenía en su corazón la misma energía y tanto amor como el más joven, se acercó a la reflexión final porque el tiempo así lo estructuraba. Sólo quedaban tres días y ya sería el final total. En su meditación descubría que ella sí tenía clara y hasta aceptada, su salida. ¿Pero la suya?

Los días corrían con la velocidad del rayo y ella se marchaba. También él se marchaba porque así lo tenía escrito y la distancia material entre los dos comenzaría a ser grande. En ambos corazones se había aceptado que en la región de lo espiritual eternamente iban a permanecer unidos. Mas el silencio cubría otra realidad que ella nunca había llegado a descubrir ni saber. Pero la realidad más tremenda estaba precisamente en descubrir la gran verdad. ¿De qué modo se podrían arreglar las cosas para que lo de él no fuera una gran tragedia y lo de ella no resultara negativo para su vida? Podría perderla para siempre además de hundirla en la miseria moral.

Y entonces él soñó: en su sueño vio como una de las últimas mañanas que estuvo por el rincón, llegó y al saludarlo le dijo:
- Tú no estés triste porque yo todavía no me voy. Aun me quedan dos semanas
- Pero también este tiempo llegará a su final.
Dijo él.
- A pesar de ello ya te he dicho que yo no te voy a olvidar nunca. No te diré adiós para siempre sino hasta mañana.
- ¿Tú te has dado cuenta que estoy enamorado de ti?
- Lo sé y también sé de la dulzura que en tu corazón has querido elaborar para mí?
- ¿Y de qué modo arreglarías tú esto?
- No hay que arreglar nada. Tu comportamiento conmigo ha sido de lo más correcto y limpio.
- Pero entonces...
Murmuró él y ya no fue capaz de seguir.

En su sueño, aquella noche y cuando ella no estaba presente, tomó la resolución. Dejaría que cuando llegara el día ella se fuera. Hasta este día no le haría saber lo que sentía por ella. Tampoco se lo diría después. Dejaría que los acontecimiento los separaran para siempre en esta tierra como también así las cosas habían dando lugar a que se conocieran. Los acontecimientos que para él eran Dios, la había traído antes sus ojos y ahora se la llevaba. En su corazón y como ofrenda espiritual a ella, la dejaba para siempre limpia y hermosa. Separados en la tierra por las cosas de la tierra, pero unidos eternamente en la región de la inmortalidad. Esto soñó él y le pareció bueno aunque en su corazón el dolor seguía siendo el mismo.

El lunes por la mañana se presentó a su examen de coche. Durante varias semanas había luchado con la misma energía de siempre porque quería aprobar. Necesitaba aprobar, pero en las primeras horas de la mañana, suspendió. En cuanto dejó el coche vino a donde él y se lo dijo. Se echó a llorar y en estos momentos de su corazón sacó la otra tragedia que en su vida ahora se amontonaba. La del fracaso entre sus compañeras de colegio.
- Con todas he terminado peleada y ahora ni me puede ver.
Como de esto era la primera noticia que tenía él, preguntó:
- ¿Pero qué ha pasado?
- Son las envidias porque otra cosa yo no les he hecho. Siempre me comporté lo que mejor que pude con ellas. Tengo mejores amigas y amigos fuera del colegio que entre las compañeras del internado. Y esto me duele. Termina el curso y me voy a mi casa con la sensación de fracaso total. Y te digo esto porque hasta el director me retira el saludo.

Ella esperaba, quizá más que nadie, que cuando ahora terminara sus estudios la llamarían para trabajar. No fue así y en cambio sí llamaron para las actividades de verano y azafatas a otras compañeras suyas y de su tierra. Los hechos aun abrieron más heridas en su afligida alma. Y él se preguntaba qué cosa podría hacer para levantar esta situación sin añadir más dolor y sentimiento de fracaso a su vida. Y, además, estaban sus padres, sus hermanos, su familia con la cual mantenía una sincera amistad con mucha más sinceridad por parte de ellos hacia él que lo contrario. Pero las cosas estaban así y el día final, el de su marcha a las tierras de las montañas altas, se acercaba. Quedaron que iría a llevarla para que así resultara más llevadero alejarse del rincón por donde ella había estado tanto tiempo y tenía tantas vivencias. También porque recogía las cosas del piso donde había vivido en los últimos días y necesitaba cómo llevarlas. Y otra razón era porque él quería sentirla y verla un poco más antes de que ya se quedara allí para siempre”.

Al llegar a este punto la abuela guardó silencio. La niña le preguntó:
- ¿Todo lo que me has contado has visto y oído en tu sueño?
- Todo eso hija mía y te aseguro que ahora no puedo olvidar a ese hombre. La muchacha casi me es indiferente pero el hombre me resultó extraño. Es como si pretendiera decirme algo porque necesitara ayuda.
- ¿Abuela qué puede significar tu sueño y mi sueño?
- No lo sé hija mía pero ahora duerme un poco más y cuando ya tenga encendido el fuego de la chimenea te levantas. Te prepararé un desayuno especial porque hoy es Navidad.
- Tengo ganas de ir a la sierra y recorrer los caminos que unos y otros me habéis dicho. Tengo ganas de encontrarme y conocer a ese hombre solitario de las montañas, a la muchacha que tú y yo hemos visto en sueño, al hombre de figura delgada y calvo y también me gustaría conocer el rincón del río por donde corre agua color diamante. También necesito estudiar los nombres de los sitios de la sierra y conocer cada uno de sus rincones. Ojalá ya fuera mayor para poder recorrer todas las montañas de estas sierras nuestras y así enterarme ya y conocer todas las cosas que unos y otros me contáis.

La abuela no respondió a las palabras de la nieta. Se apartó de la cama y salió de la habitación dispuesta a preparar la chimenea para encender el fuego y ponerse con el desayuno. Desde su cama la niña escuchaba el rumor de la lluvia que aun seguía cayendo. Repasaba en su mente el sueño que había tenido y los sitios que había visto. El río con aguas color diamante no se parecía en nada al que también en sueños había visto unas noches antes. Este río diamantino se encontraba en un valle entre las cumbres de unas sierras muy altas y el otro río, el del charco de arenas doradas ella creía que corría por un hondo valle repleto de olivares, espesos pinares y muchos cortijos blancos por las laderas. Recordaba la niña esto y a su mente acudieron los títulos de los libros que se aprendió de memoria. Y en estos momentos recordó que aun había un libro cuyo título no sabía. Ya se le había olvidado casi todo. Ni siquiera recordaba los que había escrito su abuela y mucho menos recordaba ni en contenido ni el lugar donde debía encontrar cada uno de los libros. Por un momento sintió un poco de miedo. Para sí se dijo: “¿Qué me pasará si no soy capaz de cumplir con el encargo que ese hombre me ha hecho?”

Sintió como algo de miedo pero enseguida notó que esto de los libros y lo que detrás de cada uno de ellos y de las personas que al parecer estaban alrededor de estos libros no era para infundir miedo. Interiormente algo le decía que se trataba como de una misión. Como si ella hubiera venido a este mundo sólo para realizar una misión muy concreta y por eso todo lo demás tenía mucho menos importancia. Cogió el papel donde la abuela había dejado escrito la relación de libros y se puso a leerlo. Al leer “Ensueño de Cristal”, se le vino a la mente la imagen de un río. Era como si recordara que junto a estas palabras en su sueño ella hubiera leído algo relacionado con un río, pero que no se parecía a ninguno de los dos que había soñado. Se concentró pero fue inútil. No recordaba ni el nombre ni el sitio por donde podría encontrarse este río. Siguió leyendo y al llegar al libro treinta y cuatro también quiso recordar algo como un collado y una cueva. Repasó otra vez la lista y luego la dejó sobre las tablas que hacían de repisa en la cabecera de su cama. Se sintió apenada.

Quiso llamar a la abuela y hablarle pero también desistió. Se quedó en la cama oyendo el rumor de la lluvia caer y mientras el día le iba llenando su habitación de luz mudamente se preguntó: “¿Quién será el hombre de la cueva, el de las lágrimas bajo la noguera junto al río diamantino y el que escribió los libros que debo encontrar para que la humanidad conozca el contenido que en ellos hay escrito? ¿Qué mensaje encerrarán estos libros y por qué el que los escribió no los publicó y puso en manos de todos lo que en sus páginas hay? ¿Por qué los has dejado escondidos en las montañas de estas sierras como si como si hubiera sido un rechazado de este mundo? ¿Quién sería esta persona y qué mensaje ha dejado en sus libros?”

Se dijo que cuando ahora la abuela la llamara para desayunar le iba a preguntar por los nombres de los ríos que surcan estas sierras. Le iba a preguntar por los nombres de estos ríos porque al menos cuatro de ellos para ella ya significaban mucho. Se dijo que el río que pasa por el centro de su pueblo dividiéndolo en dos por ahora no era importante pero los otros tres ríos, el del charco con arenas doradas, el de las aguas diamantinas y el que se relacionaba con el título de “Sueño de Cristal” sí le era urgente saber de ellos. Y se preguntó: “¿Donde estará escondido el primer libro y cual será el mensaje que en él podré leer cuando lo encuentre?”

Esta y otras muchas preguntas se hacía la niña todavía en su cama y como estaba arropada, calentica y con cansancio, sin pretenderlo se volvió a dormir. Fue un sueño sin quererlo pero profundo y sereno. Entró la abuela en su habitación y al ver que se había quedado dormida no la siguió llamando. Dejó que durmiera y al poco por la mente de la niña empezaron a pasar las cosas como en una película. Se sumió en sueño dulce que se desarrolló de la siguiente manera:

Llamaron a la puerta de su casa. Desde su cama sintió ella los golpes y a la abuela exclamar:
- ¡Pasa que está abierta!
Alguien entró y al instante preguntó:
- ¿Está Aneluz?
- Todavía no se ha levantado pero entra que enseguida la llamo.
Respondió la abuela.
- Es que le traigo una cosa que me ha dado mi abuelo para ella.
Desde su habitación dijo Aneluz:
- Entra que estoy aquí. ¿Qué me traes?
La amiga de Aneluz, la que vivía en la parte baja del pueblo muy cerca de las aguas del río que corre chocolate entró. En las manos traía un pequeño paquetito liado en un papel de regalo y amarrado con una cinta de colores. Tenía una etiqueta pegada donde se podía leer “Feliz Navidad y que te sea útil”.

En cuanto estuvo junto a la cama de Aneluz la amiga alargó su mano y le entregó el pequeño paquete que tría. Llena de interés la niña lo cogió al tiempo que preguntaba:
- ¿Qué es?
- Descúbrelo tú misma.
Leyó la felicitación y casi temblando de emoción se puso a desliar el paquete. Rompió la cinta, el papel que lo envolvía y ante sus ojos apareció la portada de un pequeño libro con una fotografía muy hermosa recortada sobre un fondo azul. Leyó emocionada el siguiente título: “El Último Edén”. Emocionada exclamó:
- ¡Es el primer libro!
La amiga la miró sin comprender y antes de que le preguntara Aneluz llamó a la abuela con el gozo y la urgencia de quien tiene algo muy importante que comunicar.
- ¡Abuela ven corriendo que tengo en mis manos el primer libro de la lista!
- ¿Qué libro?
Preguntó la abuela.
- El primero que aparece en la lista y que se titula “El Último Edén”.

Antes de que la abuela viniera la niña abrió las primeras páginas con la intención de ponerse a leer todo el contenido en ese mismo momento. Pero desde la otra estancia la abuela la llamó.
- Tengo el desayuno preparado. Levántate y que tu amiga desayune contigo.
- Voy enseguida abuela, pero es que mi amiga me ha traído un libro muy interesante. ¿Lo puedo leer ahora mismo?
Acudió la abuela y en cuento vio el libro que la niña tenía en sus manos se lo pidió y le dijo:
- Desayuna y luego nos ponemos a leerlo todas juntas.

Aneluz se levantó, se fue para la sala donde la lumbre ardía en la chimenea y junto al fuego se puso a desayunar sus tostadas de pan con aceite y zumo de naranja. La amiga se puso a su lado cogiendo un trozo de tostada con aceite y ajo y en unos minutos las dos habían terminado su comida.
- Ya estamos listas abuela.
- ¡Qué prisa tienes hoy!
- Es que el libro que me ha traído mi amiga me interesa mucho. Quiero conocer su contenido cuanto antes.
Dijo Aneluz acercándose a la mesa que había en el centro de la estancia y donde un brasero regalaba un agradable calorcito. De nuevo cogió el librito en sus manos y lo abrió al tiempo que le decía a la abuela:
- Parece una colección de fotos de los rincones más hermosos y apartados que hay en estas sierras ¿verdad abuela?
Miró la abuela el libro que tenía su nieta en las manos y eso era lo que ella descubría. Era una pequeña colección de fotos de paisajes, animales, flores, ríos, nieves y fuentes recogidas en los más diversos rincones de las sierras a las que pertenecía Aneluz. En la primera página pudieron leer lo siguiente:

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