10.30.2007

Rutas para la historia -11

EN BUSCA DE LA ALDEA PERDIDA
Prao Chortales, en la Sierra de las Villas

Índice
Quiero aclarar
1- Como una leyenda
2- Los incendios
3- La carretera
4- Desde el puente al embalse
5- La acampada/ 1ª Parte
5- La acampada/ 2ª Parte
6- Los fósiles
7- Desde el cauce al cortijo
8- El cerro de charol
9- La senda de la yegua
10- Cortijo por casa
11- Los nuevos dueños
12- Agricultura ecológica
13- El collado de las setas
14- Como un trozo de museo
15- Avistando la aldea
16- Pisando la emoción
17- El dinero
18- La cueva

Quiero aclarar
El texto que sigue a continuación fue escrito al poco de ser declarado Parque Natural estas sierras. Es una ruta por el arroyo de María arriba hasta las ruinas de la que fue aldea de Los Chortales. Pero esta ruta está escriba en forma de leyenda con un trasfondo de narración literaria. La pongo aquí porque creo que puede gustar y enriquecer para descubrir la sierra desde otros aspectos y realidades.

LA RUTA: Puente de los Agustines, arroyo de María, embalse en el arroyo de María, fuente de Cueva Fría, Majá del Serbal, vieja vereda por la solana hasta el carril a los Chortales, cortijo del Tejuelo, rincón y ruinas de las casas Prao de los Chortales. Zona restringida.
Distancia: 10 ó 12 km. según por donde vayamos.
Desnivel : 500 Metros.
Tiempo : Una jornada completa.
Dificultad: Es complicada por el monte y lo escarpado.

En su primer tramo la ruta va por carretera, luego por carril de tierra, del embalse para arriba se torna vereda muy deteriorada que se pierde casi por completo hasta que se encuentra con el carril de tierra y ya no lo abandona hasta Prao Chortales.

Como una leyenda - 1

Desde el pueblo blanco sale la carretera que va hasta el gran pantano. Pues si la sigues, por el kilómetro veinte o así, hay una desviación a la derecha. Allí han hecho ahora una gran explanada para poder girar y para los autobuses principalmente de los turistas pero los que van a los otros pueblos también, paran alguna vez.

Así que te vienes por la carretera que sale a la derecha que no es una gran cosa pero que está bien porque la transitan casi sólo turistas. Y como no va a ningún sitio sino que sólo atraviesa la Sierra de las Villas, sirve. No conviene otra carretera mejor porque a los turistas lo que nos interesa, por aquí, es sólo el monte, la vegetación, la montaña y a la montaña hay que dañarla poco. Es bueno que andemos y por lo menos, en estos lugares, dejar el coche lejos. Pero el primer trozo sí está bien porque éste sí viene a dos o tres sitios concretos. Al cortijo, el puente, la zona de acampada que ya no es, el chiringuito, el Charco- piscina y el Arroyo. Por aquí vamos a perdernos nosotros dentro de un rato. Pero ahora, como en cuanto bajamos un poco enseguida nos encontramos, lo primero de todo, el cortijo, no nos podemos escapar ni de su presencia ni de cuanto en él respira.

El chiringuito que le han construido al lado tiene cerca el almez. Un Celtis australis que es el nombre científico del almez y que también por aquí, lo llaman melmecino. En otras zonas de Andalucía lo llamamos almezo con ese y no con ceta como sería lo lógico. Pero es que esto de los nombres es muy amplio porque puestos a sacarlos todos existen por lo menos veinte maneras distintas de nombrar este árbol y por supuesto, siempre en castellano. Este Celtis australis es viejísimo. El almez es un árbol que puede vivir hasta 600 años y alcanzar 25 m. de altura, cosa que este ejemplar casi, casi lo cumple. Cuando vayas por ahí, tú fíjate bien verás como no te engaño.

Bueno, pues aquí cerca del almez, que son varios aunque uno sólo es el gigante, se encuentra el chiringuito y al lado mismo, el cortijo. Desde luego que primero fue el cortijo, después el árbol, luego la fuente junto al árbol con dos caños de agua fresquísima y por último, el chiringuito que fue cuando empezó todo esto del turismo en la sierra. Pero es que todavía antes que el cortijo fue el olivar que para eso sirvió el cortijo durante mucho tiempo, para acoger a las cuadrillas de aceituneros en los meses de la recolección de la aceituna.

Digo esto porque yo los he visto muchos años en esa época invernal, viviendo aquí, amontonando las aceitunas en la puerta donde las criban para limpiarlas de las hojas y a ellos, los aceituneros, vestidos con sus ropas viejas, manchados de aceite, alpechín y barro. Los he visto por la puerta, el patio y en la fuente cogiendo agua o lavando. Así que si tú, por esta época, pasas por aquí, no tienes mas remedio que ver mil señales, todas relacionadas con el olivar, las aceitunas, los aceituneros, los tractores, los sacos llenos de las aceitunas el humo de las lumbres por entre el olivar y el que sale por la chimenea del cortijo y sobre todo, al caer el día, el olor de hojas quemadas y el de las aceitunas y el del alpechín. Es todo esto un mundo lleno de vida que te asombra por su realidad viva y bella pero dura.

Pues el caso es que a este cortijo yo lo conozco desde hace mucho tiempo y como es normal o quizá no debiera ser normal, he ido siguiendo todos los cambios que, en estos años, ahí se han dado. Aquel verano en que anduvimos por aquí pasando unos días con una familia, era todavía un cortijo aceitunero. Podías entrar a su patio, tocar su almez y hasta llamar por teléfono en un aparato que, por aquellos tiempos, puso la administración para tener un detalle con los turistas, decían pero desde luego no era gratis. Era un lugar este muy agradable en la época de calor porque la sombra de los árboles lo llenaban todo de fresco y eso de estar sentado aquí, con los chorrillos de agua cayendo, te gustaba mucho. Podía venir cualquiera porque estaba abierto a todo el mundo y quitando el teléfono, todo lo demás sí era gratis y sin permiso de ninguna clase. Ya digo, la sombra espesa de los árboles, el viento que siempre se sentía pasar por las hojas del almez, el agua cayendo y luego en la pileta estancada, el murmullo del río que pasa por aquí mismo, los olivos y las laderas llenas de madroños al otro lado, todo te llenaba de una sensación vivificante y nueva.

Pero resulta que ya no es. Casi nada de lo que yo recuerdo de aquellos tiempos, ahora ya no es y ni siquiera es en ningún sentido. Este año pasé yo por allí y al ver el cambio me llamó la atención. Ya no se puede llegar hasta los dos grandes caños de agua ni se puede uno sentar bajo la sombra del árbol. Todo y el terreno alrededor, lo han acotado. Han cogido y como el rincón es bonito y vale mucho, lo han cerrado para su propio uso. Hasta el agua de la fuente es ahora particular y eso que hay agua para todo el mundo. Quizá se han cansado de que los turistas se metan en todos los rincones manchando el suelo de basura y el viento de ruidos y por eso han hecho esto. Cuando pasé por allí vi que dentro, a la sombra, descansaba uno de los retenes contra incendios.

Ahora, casi es mejor pasar de largo porque según están las cosas ya no te puedes parar sino algo más adelante, en el chiringuito de Juan Pedro. El tiene por aquí una pequeña propiedad de tierra y en ella fue donde, al principio, hizo una construcción sencilla sólo con la intención de venirse todos los veranos unos días con su familia. Con el tiempo descubrió que si vendía algunos refrescos y café para los turistas, al mismo tiempo de estar allí de vacaciones también podía sacar algunas pesetillas. Y como le fue bien, también lo fue ampliando según los turistas le iban pidiendo y las pesetas iban llegando y ahora todo aquello ha quedado perfectamente remodelado, algo moderno pero sin perder ni romper el encanto del paisaje que le rodea. Es él el que me dice que lo del cortijo del alado, no son los del AMA los que lo han acotado sino el dueño.
- Lo están arreglando para las vacaciones en los meses del verano.
- Bueno ¿Y qué pasó del rincón de la alameda donde siempre hemos acampado?
- Que no hacían nada más que molestarme
- ¿Tuviste que decirle a los turistas que ya no se podía acampar?
- Tuve que decirle que me habían dicho que ya no dejara que nadie más acampara en esta alameda.
- Pero un día me dijiste que estas tierras son tuyas. ¿Cómo pueden mandar ellos en ellas? Porque yo recuerdo que tú no cobrabas nada a nadie por acampar ahí y recuerdo que todo estaba bien vigilado y limpio y, además, también recuerdo que siempre eran amigos tuyos, cuatro amigos tuyos, los que entre la alameda ponían la tienda.
- Recuerdas bien, porque es así como eran las cosas pero como no dejaban de venir, amenazándome con multas y otras historias y como yo nunca he tenido problemas con nadie y con ellos tampoco los quiero tener, ya me he rendido.
- ¡Una pena, ¿verdad?!
- Vaya que si lo es, porque poca cosa era pero algunas pesetillas me dejaban ellos.
- Dime tú lo hermoso que era aquello de venirse a este chiringuito tuyo y al caer la tarde, aquí junto al río y con el fresquito que por él sube, sentarse a tomar un café, un refresco o un bocadillo y charlar contigo. Porque yo recuerdo también que a ti te gustaba charlar con todo el mundo y hasta pienso que muchos de los que por aquí venían en el fondo eran atraídos por estos ratos de charla contigo aquí en estas mesas de tu chiringuito.
- Hombre, yo siempre procuré ser amigo de todo el mundo y precisamente este móvil fue lo que me empujó a montar el chiringuito. Las cuatro pesetas que uno puede sacar de aquí no valen nada comparado con lo bien que te lo pasas con la gente y como tú bien dices, en esas tardes tan bonitas y tranquilas.
- Claro y, además, si luego esos amigos tuyos no tenían que irse a ningún otro sitio a dormir sino cuando a ellos les apetecían cogían y se metían en la tienda que habían puesto bajo los chopos, fíjate que agusto se encontraban ellos.
- Casi o mejor que en su casa, era lo que siempre me decían unos y otros.
- Pues ¡qué pena ¿verdad?!
- Hay cosas que uno nunca podrá entender pero en fin, antes de tener problemas con nadie, mejor es arrugarte aunque sea duro.

El rincón de la alameda se ve en cuanto paso el puente. Un puente moderno que un día hicieron aquí para cruzar el río y es por donde va la carretera que sigue adelante hasta recorrer toda la Sierra. Podría ser un puente bonito como otros muchos por ahí un poco más abajo antes de que este río abandone las sierras de este parque. Este que cruzamos ahora podría ser un puente bonito pero no lo es por la cantidad de hierros y hormigón que aquí han puesto. ¡Claro, es un puente de estos tiempos moderno y de estos tiempos ¿Qué esperabas?

Pues nada más cruzar este puente, de los Agustines, al lado derecho se alza la alameda. En cuanto cruzas el control que tampoco se sabe muy bien para que sirve este control. Sólo en verano lo atienden y por la experiencia que tengo, mas bien te complican la vida que otra cosa. Ni siquiera son profesionales los que te abren o cierran la barrera y en cuanto te ven, todo su interés se concentra en apuntarte la matricula del coche y la gente que va dentro.
- Nosotros vamos nada más que hasta el puente del Arroyo y volvemos en cinco minutos. Ya sabes, ese puente queda a dos pasos de aquí.
- No importa, yo tengo órdenes de anotar todos y cada uno de los coches que crucen esta barrera.
- ¿Aunque sus ocupantes no vayan nada más que a beber agua a ese chorrillo que brota un poco más allá?
- Aunque sólo vayan a beber agua y vuelva en dos minutos.
- Un poco tonto ¿Verdad?
- Ni lo sé siquiera; me pagan por este trabajo y me limito a cumplirlo.
- Pues menudo trabajo, menudos beneficios para el resto de los humanos que somos los que te pagamos y menuda realización personal.
- No creas, porque todas estas matrículas que yo anoto en este cuaderno y toda la gente que también voy anotando aquí luego sirve para mucho.
- ¿Para qué sirve?
- De vez en cuanto publican revistas y otras cosas y en ellas sacan la gente que a lo largo del verano o de otras épocas del año, han entrado y han salido del parque. Mira, ayer mismo, en una publicación se decía que cuando aún restan cuatro meses para la finalización del año en curso prácticamente se ha igualada el número de coches y autobuses de 1986 y se está cerca de la afluencia de 1987, 110.000 y 113.000 vehículos, respectivamente. Hasta el pasado día 15 de agosto se habían contabilizado 106.000 vehículos lo que supone una afluencia de visitantes superior al medio millón de personas.
- Y estos datos, ¿para qué sirve?
- Hombre, siempre es bueno saber las cosas y saber la gente que ha visitado el parque en estas o aquellas épocas.
- Pero vamos a ver, si yo paso por este control varias veces al día ¿Tú me apuntas cada vez que paso?
- Pues claro.
- Entonces ¿Cuantos veces soy yo distinto en un día?
- Tantas veces como por aquí pases.
- Y si me apuntas todas las veces aunque sólo vaya a beber agua y volver enseguida ¿Luego cómo aparezco en esas listas que publican?
- Pues cómo vas a aparecer, como cinco, seis, diez turistas o los que sean que se suman a todos los otros turistas que a lo largo de una temporada hayan entrado y salido de este parque.
- Porque yo por ejemplo soy uno solo y no cinco turistas en uno y si me apuras ni siquiera soy turista como los turistas.
- Da igual, ellos lo hacen así.
- ¿Y, además, lo publican para que lo sepa todo el mundo?
- Es que ya te lo he dicho. Tanto como tú presumes de saber las sierras y todas las cosas que en la sierra existen y que no sepas todavía que estas cosas son así.
- Quizá tengas razón y puede que a partir de ahora sí me quede bien enterado de que estas cosas.

Nada más cruzar la barrera del control que no controla nada aunque sí te complican cada vez que pasas, tienes el rincón de la alameda. Tampoco hoy es la misma de aquellos días, hace tan sólo unos años. Antes venías por aquí, parabas, montabas la tienda, se lo decías al dueño y ¡ale! a gozar de la corriente del río que pasa por aquí mismo y de la otra corriente, la del Arroyo. Era un pequeño paraíso de tan silencioso, tan bañado por la corriente, tan armonizado por el cascabeleo de las hojas de los álamos que el aire movía continuamente. En fin, que era este un trozo bonito de verdad y como no estaba permitido el paso a todos los turistas sino que él sabía lo que hacía, todo quedaba un poco como en familia.

Pero hoy no es lo de aquellos tiempos. Lo primero que te encuentras es una alambrada que rodea por completo toda la alameda. Luego te encuentras unos tubos de plástico que han metido por ahí por donde traen el agua para regar los árboles nuevos que también han sembrado después de aquellos días y también los que por aquellos días ya existían. Te encuentras que todo lo han prohibido y al final sacas la conclusión de que ahí ya no se puede ni entrar. La tierra ya la ocupan muchos más álamos que antes, te impide el paso los alambres y, además, con tantos tubos de plástico ¿tú te crees que eso queda bonito?

Merodeas un poco por el lugar mientras notas que te afloran los sentimientos al recordar aquellos días, te paras a contemplar la corriente del arroyo y te acuerdas cuando también aquel verano te bañabas ahí, en el charco que se forma justo donde El Arroyo se entrega a las aguas turbulentas del Gran río. Al ver ahora el agua te acuerdas de lo fría que estaba por aquellos días aunque fuera el mes de agosto, las olas que este charco formaba y los peces casi de cristal que no dejaban de moverse en todas las direcciones. Te acuerdas de aquellos tres jóvenes que pusieron la tienda muy cerquita de la tuya y aunque parecían unos montañeros de campeonato, por aquella vestimenta similar a las del ejército americano y aquellos machetes, todo se quedaba en lo externo, en pura apariencia. Porque aquellos montañeros de cartón, como tú les decías, se pasaban la noche oyendo música escandalosa para no dejar dormir a ninguno de los que allí acampaban y fumando sentados en la puerta de la tienda y luego el día se les iba en dormir para así tampoco dejar en libertad a los demás que se bañaban o iban y venían por sus tiendas. Sólo se les veía cuando iban al chiringuito a por cervezas. En cambio tú, y de esto también te acuerdas, te levantabas nada más rayar el día.
- ¿Para qué tanto madrugar?
Te decía.
- Tú no sabes lo que es ver el amanecer desde este asiento que tengo aquí frente a la corriente del arroyo, cuando todavía duerme todo el mundo y parece que en el campo no hay nada más que silencio.

De todas estas cosas tú te acuerdas ahora y de la que en aquellos días parecían la más importante pero luego se quedó casi en nada: el cuanto que se te ocurrió escribir. No salió redondo ni cuadrado ni nada, porque apenas fue una pequeña redacción que titulaste “Vacaciones junto al río”. Entre otras muchas cosas, bellas pero no bellamente expresadas, tú decías que: “Fíjate cuántas bolsas de plástico, cuántas botellas y cuántas latas tiradas por el campo. Los que vienen de la ciudad van a lo suyo y les da igual romper el monte, tirar papeles por doquier o llenar de porquerías las aguas de los arroyos. Es como si no supieran gozar sin romper, manchar o tirar. A la sombra de los pinos, junto a las mesas de piedra, se amontonan los coches. Sus dueños han abierto las hamacas y tumbados boca arriba, tuestan al sol sus barrigas infladas de grasa y tripas. De los coches brotan enjambre de música enlatada mientras las mujeres llenan las parrillas de filetes y los niños no dejan de comer un helado tras otro. Se vienen al campo y ni siquiera saben usarlo para llenarse de salud, descansar y limpiar un poco el espíritu. Parece como si sólo les hiciera felices engullir filetes, chorizos, cervezas y dormir bajo la sombra de los pinos mientras el sol cae y las cigarras cantan”.

Todo ahora por aquí son recuerdos y aunque en el fondo surgen de la amargura de aquellas cosas que ya pertenecen al pasado y nunca más volverán, también en el fondo te gusta sentirlos. Su agridulce sabor te proyecta hacia las dos direcciones fundamentales: la del espíritu, que es más que materia y tiempo, y la de la materia que se transforma y rompe.

Contigo mismo y tus recuerdos acuestas, te vienes otra vez a la carretera y hoy por primera vez, te das cuanta que todo aquello, desde el pequeño camino de tierra que lleva al puente en cuya parte baja pusiste la tienda, hacia arriba, por donde ponía su tienda, el de la farmacia, todo aquello son tierras de huertas. Nadie te lo dice como tan poco nadie te ha dicho tantas otras cosas de estas sierras pero tú lo intuyes, lo adivinas y porque, además, las señales son claras: todavía crecen allí las parras que sembraron ellos. Como ahora es otoño, octubre un poco avanzado, las viejas parras que aún cuelgan por entre las ramas de las encinas y las zarzas del arroyo, tienen uvas. Son pequeñitas pero son uvas. Esas uvas negras, de piel recia, muy agrias aunque estén negras y más agrias aún si están negras pero no maduras del todo. Las mismas uvas que tú tantas veces has visto en tantos otros rincones de estas sierras y sobre todo en las ruinas de esos cientos de cortijillos abandonados y casi por completo desaparecido muchos de ellos. Sabes tú, mejor que nadie, lo mucho que te intrigan estos racimos de uvas negras, redonditas como un garbanzo pero reconfortantes cuando recorres los caminos ásperos de estos montes.

Por eso ahora te acercas a una de las ramas que cuelgan de uno de los granados y como por ahí cuelgan también los racimos de esas uvas negras y pequeñitas, te ayudas del palo que llevas en la mano y coges el racimo más grande. Empiezas a comértelas, sabiendo ya de antemano el sabor que ellas van a dejar en tu boca por la experiencia que tienes de otras veces y mientras las saboreas, sigues y no tardas en darte casi de bruces con ese gran letrero de la Junta de Andalucía. Otras ves te paras porque aunque también estás ya más que acostumbrado a ver letreros como este por todos los rincones y sierras del Parque, como tú bien dices, cada uno es una aventura. Despacio lo vas leyendo y lo que te imaginabas es lo que en él te encuentras escrito.

Los incendios -2

“Repoblación forestal. AMA, inversión 100782928. 3-10-94". Cuando ya lo has leído y empiezas a recorrer, mentalmente, estas sierras en unas épocas y otras, te dices que antes de seguir, todo lo que aquí has leído merece explicarlo un poco.

Porque recuerdas tú como el 22 de agosto de 1888 un incendio calcinaba cientos de hectáreas en esta sierra. El fuego se inició simultáneamente en varios focos y arrasó uno de los pinares más bellos en el término municipal de Sorihuela de Guadalimar. En su extinción participó alrededor de 200 personas, muchas de ellas voluntarios civiles que fueron reclutados por los alcaldes de los municipios próximos al fuego. Además de los hidroaviones, dos de tipo Canadairs, desplazados a Jaén desde sus bases en Jerez de la Frontera y otros dos más ligeros con base en Jaén en la extinción intervino también un helicóptero, camiones contra incendios y numerosos efectivos de la Guardia Civil. En toda aquella tarde los aviones no cesaron de descargar agua sobre las llamas. Los distintos focos que presentaba el incendio en su inicio, uno de los más grandes en todo aquel verano en la provincia, hacía pensar en que su origen había sido intencionado. La climatología y el fuerte aire reinante aquella tarde favorecieron la vertiginosa propagación de las lenguas de fuego que desprendieron profusas cortinas de humo blanco. Adentrada la noche los distintos focos tendía a fusionares en uno. Aquella misma tarde un vecino de la zona decía que se habían quemado más de mil hectáreas en la zona más bonita de la sierra de Las Villas. Y la zona tú la conocías y la conoces bien.

Al día siguiente los periódicos decían que el incendio de las Villas, que había sido intencionado, ya estaba controlado. “Los servicios contra incendios lograron controlar en la mañana de ayer el incendio declarado el pasado domingo y que ha desbastado 600 hectáreas de encinar, olivos y fundamentalmente masa forestal de alta riqueza ecológica y cinegética. Los trabajos de extinción en los que han intervenido unas 500 personas y sólo dos de ellas resultaron con heridas leves, ya están casi concluidos. Pero para impedir que el incendio se reavivara esta madrugada han permanecido en el lugar del siniestro varios retenes de los distintos organismo afectados a aplicaciones forestales. Los daños materiales rondan los 120 millones de pesetas. Repoblar una hectárea de masa forestal cuesta al estado del orden de 200.000 pesetas. No obstante, la riqueza y el incomparable marco afectado hacen que las pérdidas sean inestimables. Los montes calcinados por este incendio presentaba ayer un aspecto desolador, impregnado de un color grisáceo del que se desprendía un fuerte olor a tragedia”.

Con tristeza, preocupación y no cierta rabia contenida viviste tú esta noticia porque sabías bien que aquellos pinos quemados tenían más de cuarenta años de vida y sobrepasaban los 20 m. de altura.
- Más de cuarenta años pasarán antes de que la zona calcinada por el fuego vuelva a ser lo que era. Tras un incendio es preciso preparar el terreno lo que conlleva un coste en función de las características del mismo, de unas 100.000 pesetas. Posteriormente entre la plantación y demás gastos el coste suele superar las 75.000 pesetas más.
Te decía tu amigo.

- ¿Te a cuerdas tú del incendio que hubo en la Sierra de Cazorla, por la ladera de la torre del Vinagre en el año 1986?
- Sí que me acuerdo.
- ¿Qué pasó con aquella madera?
- Que acabó en manos privadas.
- Claro que sí pero primero la compró una empresa publica con sede muy lejos de este parque al precio de 3,675 pesetas el metro cúbico y luego los madereros de este parque la pudieron adquirir a esta misma empresa a un precio bastante superior. ¿Quién fue el que ganó dineros en ese negocio?
- Yo no lo sé.
- Vamos a ver ¿Tú has leído el libro de Herman Hesse?
- Sí que lo he leído y no uno sino varios.
- Pues entonces sabrás como yo que él dice que “Los árboles son santuarios, quien sabe hablar con ellos sabe escucharlos, aprende la verdad”…

Tú aquel día guardaste silencio porque sabes bien que en muchas ocasiones en la vida es mejor guardar silencio y esperar que luego el tiempo ponga las cosas en su sitio y porque también sabes bien que no siempre se sabe y si se sabe no se puede decir lo que realmente hay que decir y en el momento adecuado. Además, sabes también que cuando los otros son superiores y tú súbdito, en más de una ocasión tienes que tragarte las cosas y dejar que se pudran contigo hasta más allá de la tumba. Yo creo que hiciste bien en guardar silencio tanto aquel día como otros pero sobre todo aquel día, porque ya viste como hablaron ellos y casi parecía que hablaban por ti.

Por estas cosas y otras muchas tú te has parado delante del gran letrero que la Junta de Andalucía ha puesto aquí, muy cerquita de la carretera para que todo el mundo que por aquí pase lo vea bien. Y mientras lo lees y le das vuelta en la cabeza a los recuerdos y a las historias te dices que en todo esto falla algo y ahí, a ese fallo, es a donde habría que acudir para curar la enfermedad donde realmente hay que curarla. La tierra tiene que ser dirigida y cuidada por los de aquí, porque ellos sí la sienten suya y la quieren de verdad. Las otras soluciones ninguna será eficaz jamás aunque se inviertan muchos millones en apagar fuegos y en repoblar luego después. Esto es lo que tú te dices sabiendo que ni siquiera eres original porque lo mismo que tú estás pensando ahora es lo que los serranos ya han pesando a lo largo de muchos años e incluso siglos.

La carretera - 3

Así que te dejas a la derecha el cartel de la Junta donde a bombo y platillo se anuncia los millones que van a invertir en repoblar los montes quemados y sigues. No te has alejado ni diez metros y al mirar para atrás, sin ninguna razón, vuelves a ver otra vez el dichoso cartel. Ahora descubres que hasta es feo y ello te dice que ni para esto tienen sensibilidad. En un rincón como este hiere en el alma tropezarse con estos rótulos tan poco elegantes y por completo disonantes con los paisajes. Pero, además, si los paisajes son tan queridos y bellos como estos lo son para ti aún todavía duele más hondamente. Aceptas que así son las administraciones: mientras por un lado te rompen el paisaje por otro te están diciendo que ellos sí son los que lo cuidan de verdad.

Sigues, aprovechando la carretera que entra arroyo arriba, por la izquierda, perdiéndose por entre la frondosa y verde vegetación mientras te acompaña el murmullo de la corriente. Si no fuera precisamente por esta carretera, la senda que en otros tiempos por aquí subía y el rincón que por aquí existe, harían del lugar un barranco mágico. Porque a pesar de la carretera ahora mismo todo esto es magnífico de tanto verde, tanta sombra, tanta humedad y tanta agua. Recuerdas que era de ensueño todo esto cuando por aquí sólo pasaba una pequeña senda que llevaba a varios sitios: un par de cortijos a la derecha y junto al arroyo y a la aldea perdida que se encuentra allá en todo lo alto y muy al final. Vino Icona e hizo la carretera y decía que era para traer el progreso y darle vida a la gente de estos cortijos. Decían esto y en cuanto la carretera estuvo trazada y asfaltada echaron a la gente de los cortijos y enseguida los minaron. Incongruencias de las historias de estas sierras.

Y recuerdas como tú les decías a ellos que cuando un serrano le pide muchas cosas a los de la administración y más si le dice que esto o aquello lo tienen que hacer así a asao, los de la administración no hacen ni chispa de caso. Y, además, parece que cuanto más harto esté el serrano de ellos más ellos quieran dar porsaco. Y los serranos estaban hartos. ¿Verdad que estaban hartos? Quizá ahora ya menos porque como los echaron y los que han nacido después se fueron a otro sitio ya ellos pueden hacer a su antojo sin que, al menos los serranos como los de aquellos tiempos, los critiquen.

La carretera por este barranco sube por el arroyo y luego por el puente que le hicieron, se la llevaran ladera adelante para meterla a través de toda la gran sierra de Las Villas. Sólo Dios sabe cuánto es lo que han roto por ahí casi para nada aunque tú la has recorrido varias veces para ir de un lado a otro. Si ahora la siguieras, en cuanto terminaras de remontar todas estas primeras laderas te encontrarías con los montes quemados de ese gran incendio que algo más atrás recordabas. Te encontrarías luego con la zona esa que se llama El Collado del Ojuelo y por ahí, te encontrarías con la pista que sube y llega hasta la aldea que vas buscando. Pero hasta esa aldea tú ahora te vas a ir siguiendo el arroyo.

Desde el puente al embalse -4

Sabes que aquí en el puente la carretera se va para la derecha y sube serpenteando buscando la sierra. Aquí en el puente dejan los coches los turistas y se van por la pista de la izquierda hasta el pequeño embalse, remanso de paz en aquellos días y escondrijo para las parejas hoy. Tanto que hasta te acercas a él con un poco de reparo. Si te vienes por la senda y te acerca en silencio, ahí te puedes encontrar lo que menos te esperas. Es lo que me decía mi amigo el otro día que algunos de los que vienen por estas sierras se comportan como si fueran animales.

Pero todavía no has llegado al embalse. Andas ahora por el puente observando como la corriente, a pesar de la sequía, baja repleta, tan escandalosamente bella como siempre y limpia aún más que otras veces. Lo que hoy te intriga precisamente es averiguar dónde nace, por fin, este arroyo. Te han dicho muchas veces que nace allá en lo más profundo de este barranco que es donde está la gran cordillera y hay una inmensa nava. La Nava de la Perra parece que se llama aquello y por allí te han dicho que nace este arroyo o más arriba, Cañada Somera. Pero como tú no lo has visto con tus propios ojos, aunque te lo creas y te lo imagines, quieres verlo porque es que te fascina a ti este arroyo, su barranco, el silencio que a simple vista descubre en él y por encima de todo, su abundante corriente de aguas transparentes. También otra cosa que te intriga desde siempre es la similitud que en tu interior encuentras entre este arroyo y esas lejanas sierras llamas del agua. Y eso que nunca te llegaste a explicar por qué en cuanto te acercas a este arroyo por este barranco se te viene a la mente en nombre de aquellas sierras y su recuerdo. Pero es más paradójico aún porque ni siquiera conoces tú todavía las Sierras del Agua.

Tú has oído decir que estas sierras de agua fueron invención de mucho ingenio, “pues con una sola rueda que trae el agua se haz en cuatro movimientos muy diferentes. Uno de alto abaxo para la assierra. Otro de caminar por tierra el madero que se corta al justo de lo que la assierra, que esta queda siempre en un lugar, pide. Otros dos de dos ruedas diferentes, uno con el eje levantado en pie y otro con el exe tendido para dar cuerda a la caxa en que va metido el madero, otra para coger aquella cuerda. Y siendo el impetud del agua furiossisimo, por caer de muy alto, con gran facilidad se para siempre que es menester, cuando acabado de dar un hilo al madero se pone otro. Y por ser esta machina cosa de tanto ingenio y porque las ay en pocas partes quise dar aquí cumplida noticia de ella”. (Madoz)

También has oído decir que estos instrumentos movidos por agua estaban en los montes de Segura de la Sierra y cuyo emplazamiento estaba en las márgenes del río Tus que es afluente del Segura.

¿Por qué asocias tú este arroyo y en concreto este tramo entre el puente donde la carretera gira para irse por la ladera de los olivos y la zona donde tuviste la tienda, con aquellas sierras de agua, no artilugios sino accidente de tierra que tiene agua? Sé que no puedes responderme porque no lo sabes. Es algo que te brota desde dentro y cada vez que vienes por este rincón tu mente lo saca a flote sin motivos alguno que lo justifique. Aunque pudiera ser el barranco mismo, la corriente de agua de este arroyo, el denso silencio que por aquí siempre existe, el tono de oscuridad que le prestan los bosques y la profundidad del cauce por donde el agua se despeña. Todo ello te sugiere un mundo muy similar al que debió existir allí donde montaron las sierras de agua. Pero, aún así, no deja de ser curioso porque tú nunca estuviste en aquellos lugares y por lo tanto ni siquiera puedes saber cómo son para poderlos asociar a estos otros lugares. En fin, parece que esto pertenece más a ese mundo oculto y silencioso que todos llevamos dentro y que en más de una ocasión nos sorprende con imágenes o sensaciones que luego jamás sabemos relacionar con nada.

Desde este pequeño puente que da paso a la carretera para que se vaya ladera arriba por entre los olivos, te decides y te echas a andar por la pista que viene por el lado izquierdo. No te gustaría encontrarte con gente por aquí. No sabes por qué pero prefieres la sierra vacía de gente cuando por ella vas y más de esta gente que pertenece al gremio de los turistas. No es todavía el momento de la avalancha y por eso piensas que a lo mejor tienes suerte. Y tienes suerte. De nuevo ahora el subir por aquí vuelve a ser el mismo placer de aquellos tiempos. El rumor de la corriente que cada vez más está al alcance de la mano, el trino de algún pajarillo, el verde de las zarzas, las parras silvestres, las adelfas, todo y el silencio te remite a la paz de aquellos tiempos. Dos grandes recuerdos tienes tú por aquí aunque son muchos más pero dos de ellos tienen un encanto especial: la primera vez que viniste por aquí y aquella otra tarde del pantano color viento.

La primera vez fue en compañía de aquel amigo que ya no existe. En su compañía y con los tres niños de la Puerta. Planeasteis un día de juegos por estas sierras y vinisteis a caer justo a este rincón. Como unos turistas más dejasteis el coche en el puente y os vinisteis andando arroyo arriba y como aquel día era la primera vez, todo resultaba nuevo apareciendo la sorpresa a cada paso, la fascinación y el gozo de lo que se descubres por primera vez. Y tú sabes que cuando el mundo se descubre desde la inocencia de los niños y montados sobre ese manojo de juegos que ellos tienen siempre entre manos, es una experiencia que no tiene comparación con ninguna otra.

Por el pantano jugasteis, os bañasteis en sus cristalinas aguas, cogisteis peces con la fantasía, corristeis tras las mariposas que por aquí siempre abundan y sobre todo, esas pequeñitas llamadas Niñas andaluzas, comisteis sentados en las rocas con los pies metidos en el agua, descubristeis la cascada oscura y con la soga gorda acuestas por si la necesitabais para alguna emergencia, recorristeis metro a metro todo el rincón. No había nadie; totalmente solo estaba aquel día este tan maravilloso trozo de sierra y por eso a vosotros se os metió tan dentro, tan hondo en los pliegues del alma que hasta os daba pena dejarlo cuando ya la tarde caía. Para perpetuar la emoción de aquellas horas os hicisteis un montón de fotos que aún guardas con cariño porque para ti tienen el valor de un tesoro único. Al caer la tarde os vinisteis trayendo con vosotros vuestro ser de carne y hueso pero quedándose aquí para siempre el hálito más puro de todo cuanto vosotros sois.

Desde aquel día, tan punto y aparte entre todos los otros días de tu vida, mil veces has soñado con este rincón y mil veces te has despertado con el alma convertida en un mar de agridulce sabor. Es aquí, con la experiencia que viviste aquel día, donde has descubierto que lo soñado y añorado es mucho más bello que la más desbordante realidad. Desde entonces tienes el alma llena de nostalgia, que no es tristeza, cada vez que al alma acude el recuerdo de este trozo del Arroyo y desde entonces sabes que esta nostalgia niña no se apaga ni se termina viniendo otra vez por aquí. Es nostalgia de algo que nada tiene que ver con el mundo de la materia; de algo que pertenece al misterio del espíritu, al más allá de lo que se ve y se toca y que es por donde anda ese juego dulce de aquellos niños sencillos con los cuales viviste la primera aventura con y por este arroyo.

Tu segundo gran recuerdo de este pantano color cielo y viento fue también otra tarde de primavera. Te viniste con tus amigos de Úbeda, ya mayores que aquellos primeros y aunque vuestro objetivo era el pantano para daros un baño en sus limpias aguas, antes de llegar a la noguera grande os parasteis. A la izquierda, ahí por donde pasa esta pista que llevas ahora mismo, es de donde han sacado las piedras para la carretera que surca esta hermosa sierra de las Villas. A las rocas del cerro le han pegado un gran bocado y como ellos y tú sois un poco aficionados a los minerales y en especial a los que se dan por estos montes, al pasar por aquí os parasteis con la intención de recorrer la cantera.
- A ver si encontramos algo bueno.
Decías tú queriendo entusiasmarlos y enseguida os pusisteis a buscar. Y nada más empezar la búsqueda os encontrasteis pequeños trocitos de cuarzo, calcita, algo de pedernal y muchas rocas calizas. Poca cosa pero que os sirvió para estar un buen rato entusiasmados o más bien ocupados en y con las cosas sencillas de estas sierras, por entre las rocas que la conforman, el aroma de la mejorana que ya estaba florecida y algún que otro tallo de orégano. Ese orégano famoso y exquisito que tan abundante fue siempre por aquí y tan escaso y difícil es ya de encontrar.

Aquel día se os pasó la tarde entusiasmados por entre estas piedras y cuando ya iba cayendo el sol por fin subisteis hasta el pantano, objeto de vuestra presencia aquel día por aquí. Porque sabes muy bien que eras tú quien realmente tenía interés en mostrar a tus amigos las aguas del pantano y los silencios abrumadores que en todo momento brotan de este arroyo.
- Es que no conozco una hermosura como esta en ninguna otra parte de estas sierras.
Les decías. Así que ellos, en cuanto llegaron al pantano y vieron la transparencia de aquellas aguas, sus tonos azules y la serenidad que sobre el embalse se mecía, tan plenamente convencidos quedaron que no pudieron resistir la tentación y enseguida se lanzaron a ellas. Tú también quisiste acompañarlos por la razón de compartir con ellos su emoción y gozar la frescura de tan delicado líquido pero te encontraste en un apuro: querías grabarlos y querías bañarte con ellos. ¿Cómo podías estar y vivir las dos cosas a la vez? Es lo que tantas y tantas veces sucede cuando te encuentras sumergido en las sencillas pero siempre emocionantes aventuras de los caminos y paisajes de estas sierras.
- Tú graba el momento para sujetarlo un poco y luego te bañas.
Fue lo que te dijeron ellos y eso fue lo que hiciste. Pero la cosa empezó a ponerse mucho más divertida de lo que ninguno de vosotros habías pensado en un primer momento.

Dos de ellos, entre el que estaba el que ya murió, se metieron en el agua por la parte de arriba, por donde le llega al pantano, la corriente del arroyo en forma de un hilillo blanco, casi plata, desparramado por la arena. Es aquí donde el pantano empieza a hacerse pantano o más bien, donde el hilillo de plata se derrama y funde en la gran masa de agua y aunque sigue siendo claro en el fondo crecen muchas algas verdes. Aquel que ya no está fue el primero en tirarse al agua y desde arriba, atravesar todo el embalse hasta el pequeño muro. El jipi, que es como lo llamaban ellos porque tenía el pelo largo, no se atrevía y era por dos cosas: no sabía nadar muy bien y, además, le daba miedo las algas verdes del fondo.
- Venga, jipi, que aquí estamos nosotros para salvarte.
Le decía el que ya no está.

Viviste tú un momento realmente divertido viendo lo bien que se lo estaban pasando ellos, tomándose todo aquello realmente como aquello era; un juego sencillo, lleno de la más profunda inocencia y dejando que las cosas de la vida y la naturaleza en sí desprendieran la alegría que realmente ellas tienen cuando entre ellas funciona la armonía. Por eso el jipi, después de mucho pensarlo, se tiró al agua y aunque cruzó el pantano con más miedo que elegancia, al llegar al muro, que es donde estaban ellos y él tenía puesta toda su confianza, ellos le hicieron una buena jugarreta: no querían recogerlo y ello fue la causa de aquel tan mal rato para el pobre jipi.
- No vuelvo a fiarme más de vosotros aunque me lo juréis.
Le decía cuando ya por fin estuvo sentado en el muro de piedra del pantano, jadeando sin parar y dando gracia a la creación entera por haber salido vivo de la encerrona que los amigos acababan de hacerle.
- ¡Pero hombre, si ha sido sólo una broma!
- Una broma pesada.

Le dieron ellos varias palmadas en las espaldas y sobre el muro se tumbaron a tomar el sol hasta que el sol empezó a ocultarse. Allí mismo, algo más tarde, entre esa luz tenue que va poco a poco dejando paso a la oscuridad de la noche y aquellos últimos rayos de sol que se iban apagando detrás de las montañas sembrada de olivos, vosotros os fuisteis comiendo aquel bocadillo de jamón que habías comprado unas horas antes en una tienda de Úbeda. Y como aquel día tampoco había mucha gente por aquí, la experiencia fue de las que jamás se olvidan.
- Digan lo que digan, la sierra tiene su encanto especial cuando la sorprendes en su silencio, su paz, su tristeza y sin coches.
Le decías tú a ellos.
- Es que esta tarde también hemos tenido suerte. Eso de encontrar este rincón tan solitario nos es normal.

Pero aunque ciertamente no es normal ni fácil encontrar este rincón tan solitario ahora esta tarde parece que tú también tienes suerte. No hay nadie tampoco esta tarde por aquí y mientras a tu mente ha ido acudiendo un recuerdo y otro ya vas por entre la sombra del nogal grande. Aquí, entre su sombra y ramas aquel primer día descansasteis y estuvisteis buscando nueces. Tú ahora sigues tu camino, salvas la pequeña pendiente y coronas el muro del embalse. La visión es fantástica: la gran masa de agua azul sigue aquí y tan verde y serena como aquel día. Hasta parece que hoy está más limpia por eso de que también el silencio es más grande y la soledad más rotunda. En el centro de esta pequeña masa de agua, porque es pequeña en sí, aunque grande en belleza y misterio, todavía se yergue el hermoso pino seco que el agua cubrió. Sus ramas ya no tienen vida a pesar de estar todo cubierto de agua pero, aún así, su figura es bonita meciéndose por entre las pequeñas olas. Sigue aquí también el dulce chorrillo del arroyo, deslizándose por entre la arena y durmiéndose en la masa azul del embalse. Casi parece que ni siquiera han pasado los días.

Te gustaría pero hoy no te paras. Antes de que se haga de noche, antes de que la tarde acabe de irse, ya te gustaría a ti encontrarte cerca de la gran cascada. Es aquí donde tienes pesando acampar esta noche y ahora deseas llegar a tiempo, con luz del día aún, para una vez aquí, dedicarte a despedir la tarde desde un lugar como este y como la tarde en sí se merece. Sigues por la sendilla y como este rincón, la sendilla, el arroyo y los olivos tú ya lo tienes recogidos en aquellas páginas que titulaste “Los Olivos”, ahora aquí, das un salto y te encajas en ese punto donde te recogiste frente a la noche.

La acampada -5
1 Parte

¿Recuerdas tú lo que hiciste aquella tarde? En cuanto dejaste atrás la senda que va en la otra dirección en busca del olivar, cien metros más arriba, tienes que cruzar el arroyo. Poco a poco por aquí la senda se va perdiendo porque, además, el terreno es mucho más complicado. Se pasa al lado derecho y gatea por la torrentera, metiéndose por entre la espesura del monte. Ya desde aquí se siente y, además, se ve la gran cascada, la más importante cascada, la única cascada grande en todo el arroyo. La has descubierto y antes de llegar a ella te paras. Después de tanto tiempo, ahora tienes la impresión que no conoces ni poco ni mucho el trozo de arroyo que aún queda hasta la cumbre por donde, o cerca, se encuentra la aldea o lo que queda de ella objetivo de esta ruta tuya hoy. Así que la cascada te detiene, te frena y aunque al principio no te gusta, después te alegras.

¿Sabes por qué? Como ya va cayendo la tarde te viene bien pararte y acampar que por otra parte, es lo que ya habías pensando. Vas a tener tiempo de montar la tienda, recorrer el terreno de los alrededores, jugar o bañarte en algún charco de estos que por aquí el arroyo remansa porque, además, es esta una de las razones por la cual paras aquí y la otra, el rebaño de cabras blancas que viene bajando por esa ladera de la cascada. Enseguida piensas que si puedes, vas a buscar al cabrero para echar un rato de charla con él. Seguro que sabe infinidad de cosas que tú ahora mismo ignoras y deseas conocer vivamente porque intuyes que todas ellas son de lo más interesante. También estás pensando que es interesante ese pequeño deporte que vas a practicar en cuanto termines de montar la tienda.

Siempre sucede que cuando tú llegas a un rincón y decides acampar lo primero y lo que más te gusta es darte una vuelta por todo el entorno que te rodea. Como resulta que en estos momentos ya no tienes ninguna prisa, cualquier roca, charco, árbol, pradera, flor o animal que caiga bajo tu mirada, es observada, mirada y gozada de una forma muy distinta a cualquiera de las mil otras situaciones que puedas vivir en estas sierras. Esto es así de interesante y lo conoces por experiencia puesto que lo has vivido una vez y otra. Y tú sabes que ello es una de las formas más bellas de gozar y conocer la sierra a parte de lo engrandecedor que es por el buen conocimiento que puedes llegar a tener de las cosas, de la sierra en sus trozos pequeños y en su gran extensión en general. Y luego está la magnífica oportunidad que siempre te brindan estas ocasiones para convivir con los compañeros.

La Acampada -5
2 Parte

Como todavía no has respondido a la pregunta que aparece en esta primera aparte del capítulo llamado la acampada, vas a ver si ahora puedes. ¿Recuerdas tú lo que hiciste nada más llegar al rincón? Es decir, en cuanto has llegado al sitio donde decides poner la tienda, cualquiera puede pensar que lo primero que has hecho es esto: montar la tienda.

Pero tú te has apartado de la senda y muy cerquita de la corriente, entre unas adelfas, encuentras el lugar ideal para quedarte. No es una pequeña pradera con hierba o pasto sino una playa de arena dorada. Está protegida por rocas a un lado y otro que la corriente del arroyo ha pulido y luego ha dejado por aquí por ser gordas y pesar mucho. La playa no es muy grande y aunque sí muy bonita, acogedora y suave, por más vueltas que le das, no te cabe la tienda. Ni quiera la tienda tipo túnel que siempre llevas contigo cuando te mueves por estas sierras. Te pones a pensar y sí, ya tienes la solución: dormir sobre la arena sin tienda. No es la primera vez que tú has dormido sobre la tierra de estas montañas y sabes bien que ello tampoco es ninguna cosa del otro mundo.

Ellos, los serranos que en todo tiempo poblaron estas sierras, dormían muy a menudo sobre la hierba de las praderas, entre las hojas secas de los grandes pinos, al abrigo de alguna roca o covacha y donde fuera necesario con tal de estar junto a su ganado prestándole sus atenciones. Todavía sucede esto y para ellos no es ninguna cosa del otro mundo, por las zonas esas de la Sierra de Segura que es por donde el ganado aún forma grandes rebaños. Así que si tú ahora, esta noche, te decides dormir sobre la arena dorada de esta pequeña playa, no inventas nada que ya no esté inventado y practicado por mucha de la gente de estos montes desde hace montones de años. Despacio vuelves o más bien sigues mirando el lugar y no tarda en surgir en tu interior la emoción por la experiencia agradable de dormir sobre la arena.

Como la arena es fina, está seca y por lo tanto suelta, es fácil modelarla a las necesidades o gusto tuyo. Te pones mano la obra y en media hora tienes tu nueva cama terminada. La cama que es un surco alargado, una hendidura en la arena lo más parecido posible al cuerpo de una persona y según las vas formando la pruebas varias veces. Tienes que añadirle varios centímetros más por la parte de los pies y por el lado de la cabecera también tienes que perfeccionarla. Hasta quieres hacerle una almohada y todo. Por fin, te queda perfecta. Ya no se le puede ni añadir ni quitar nada, sólo poner una manta en el fondo y a dormir que seguro va a ser la noche que mejor vas a dormir en toda tu vida. En contacto con la tierra sabiendo que tú también eres tierra y a ella vas a volver. Y hasta piensas que nunca jamás has tenido una cama tan moderna, nunca te has sentido tan cerca de la tierra, tan en contacto con ella, tan ella.

Así que terminada la faena de la construcción de tan original cama, te dedicas a ordenar un poco las cosas: la mochila, los alimentos, el saco, la tienda que esta noche va a quedarse sin utilidad alguna y antes de que oscurezca del todo te dispones a dar una vuelta por el entorno. Por aquí tú también tienes recuerdos y eso hace que todo sea más cálido, más tuyo, más tierra amada y eternamente hermana en la región del espíritu. Siguiendo la corriente te vas arroyo abajo buscando las rocas que se ven desde donde has montado tu campamento. Conoces tú este rincón y sabes que hay aquí como una pequeña cascada que no es tal sino que la corriente ha lamido las rocas y con el tiempo sobre ella ha tallado surcos, piletas y hasta pozos profundos. Uno de ellos es especialmente interesante no sólo para ti sino para cualquiera que por aquí venga y lo descubra. Pero para ti es especialmente interesante por el chorrillo de agua que cae en él y lo poco que parece ser a pesar de lo mucho que es. No tendrá más de dos metros de diámetro.

- ¿Y de profundo cómo será?
Decían tus amigos aquella tarde que estuvisteis por aquí en compañía del que ya se fue.
- Lo mejor es meternos y comprobarlo.
- Pero ¿Quién se mete con el miedo que da meterse en un pozo como este y, además, lleno de agua?
- Será muy profundo pero como estamos viendo que no hay más hoyo que este redondel de unos dos metros de diámetro, por más que pueda dar miedo lo tenemos todo dominado. Así que adentro, que hay que darse un baño y, además, quedarnos con la tranquilidad de saber bien lo que este pozo encierra.

El amigo, que ahora cuando escribo esto ya no está, como siempre es el primero en lanzarse a lo desconocido y sacar de dudas a todos sus compañeros. Salta y se hunde en el charco que todo está recogido como en una perfecta taza de piedra. Se zambulle y asombrados veis como desaparece por completo. Mientras esperáis a que vuelva a la superficie os miráis y desde luego ninguno pensáis que aquello pueda ser una profundidad tremenda. Y tal como lo habéis pensado sucede. El amigo, después de unos segundos, sala a la superficie y lo primero que exclama es que a pesar de todo ni ha tocado fondo.
- ¿Es posible? Si visto desde aquí apenas parece nada.
- Pues es posible y si no me creéis meteros vosotros.
Lo creéis pero, además, aunque también os frena un poco lo fría que está el agua, queréis aprovechar la ocasión que en estos momentos os brinda esta tan misteriosa y fantástica tierra para saborear el gozo de un chapuzón más en los pozos que aquí el arroyo ha tallado. Y por otro lado, también queréis demostrar a vuestro amigo que sois capaces de hundiros en el pozo que tanto miedo da. Pero antes de entrar vosotros tiene que salirse él para que podáis entrar uno de vosotros.

Uno por uno os vais bañando en la tan original bañera del arroyo dejando que el chorrillo que le entra desde arriba, todo el cauce entero, os caiga por encima de la cabeza como si fuera una ducha de verdad pero a lo natural: sin tubos para conducir el agua y sin grifos para cerrar o abrir cuando tu voluntad lo desee. Pasado un rato y repletos ya de tanto juego, tanta agua y tanto descubrir y admirase de la profundidad del pozo, os vais sentando sobre el resto de la roca para aprovechar los últimos rayos de sol de la tarde.

Recordándolos a ellos tú ahora te da una vuelta por el charco, te bañas en él para dormir mejor en tu cama de arena entre las adelfas y muy cerquita de la corriente y como hoy no hay sol, porque la tarde ya sí se ha ido, enseguida te vuelves a tu campamento. Antes de que se vaya la última brizna de luz recoges un poco de leña seca y en el otro hoyo que has hecho en la arena cerquita de tu cama, preparas la lumbre. Una lumbre chiquita y muy controlada como tantas veces tú has hecho en estas sierras y entre las rocas, junto a las llamas y con el murmullo del arroyo de fondo, dejas que pasen las primeras horas de la noche. Aunque ya es otoño, esta noche parece una gran noche de verano cosa por lo cual ni siquiera te apetece irte a la cama.

Sin embargo, sobre las doce o así, sí te vas a tu cama de arena pero no para dormirte enseguida sino que mientras el sueño te va llegando, te dedicas a observar las estrellas que titilan sobre el lejano firmamento. Des vez en cuando oyes el bramido de algún que otro animal por las laderas de ambos lados. Algunos son ciervos, otros jabalíes, zorros y hasta el triste pero bello canto del cárabo. No te da miedo, porque sabes bien que esta es la naturaleza en su realidad de libertad y mundo lleno de vida. Ella es todo lo que ahora oyes y existe por aquí y lo único que sobra o al menos puede ser extraño a este mundo eres tú. Eso lo sabes bien y lo acepta sin trauma alguno. Antes de que el sueño se apodere de ti piensas en la ruta del día siguiente. Será emocionante el día siguiente hasta y por las ruinas de la aldea perdida, en las profundidades del barranco donde nace El Arroyo.

Los fósiles -6

Mirándolo desde una visión más amplia el punto de tu acampada lo has situado casi en el centro, entre la primera cascada, al lado del embalse y la segunda cascada, trescientos metros más arriba de donde has construido tu cama de arena. Y ahora mismo, cuando ya está amaneciendo y desde esta cama entre las adelfas y la llanura de arena que el arroyo ha ido modelando en el silencio del barranco, miras y ves la cascada y como el amanecer es tan silencioso y trae consigo tantos tonos de luces doradas, todo te parece un sueño fantástico. Sigues en tu cama y ni siquiera tienes que buscar un punto más allá o más acá para ver el agua cayendo por la cascada. Tal como estás en tu cama te vas despertando y lo primero que llega a tus oídos es el rumor de la cascada despeñándose al mismo tiempo que también la observas toda hermosa cayendo por el gran paredón convertida en grandes chorreones de espuma blanca. Precisamente, cuando ayer subías por la senda, ahí donde traza la primera gran curva, por encima del embalse, recogiste algunos fósiles. Te los has traído contigo y ahora esta mañana, cuando ya te vas a poner en marcha con el objetivo de alcanzar las ruinas de la aldea sobre medio día o así al mirar hacia la gran cascada se te viene a la mente el recuerdo de aquel día que por primera vez llegasteis hasta esta cascada grande.

Subisteis vosotros aquel día con todo el grupo completo de los montañeros pequeños. Los dos primos menores, la niña rubia y el primo mayor. Subisteis vosotros aquel día con gran dificultad hasta el pie mismo de esta segunda cascada porque para llegar hasta ese charco redondo donde el agua se recoge después de despeñarse, no existe ninguna senda y ahí mismo, en ese pequeño charco que hay donde cae el agua, establecisteis vuestros juegos, que por supuesto estaban más limitados que otras veces: no tenías campo para correr. Entre las rocas y el desnivel de la pared sólo podíais encontrar pequeños trocitos de tierra o playas de arena, algunos charcos y poco más. Así que en este escenario tan reducido, tan original porque os encontrabais bastante alzados sobre el gran cortado rocoso y por otro lado tan bonito no ya sólo por su altura sino por la ambientación de la música que mana del agua desprendiéndose despeñadero abajo y luego yéndose por la corriente hasta pasar cerca de donde hoy tienes tu cama, en este escenario establecisteis vuestros juegos.

Llegasteis a él un poco antes del medio día y como os estabais sintiendo tan bien y os acompañaban con tanta alegría y dulzura aquellos chorros de agua cristalina teñidos de blanco, enseguida os dedicasteis a explorar todo lo que en aquel momento por allí era explorable y accesible según vuestra pequeña ciencia de estas sierras. El primo mayor y la niña son los primeros que traen la emoción al grupo justo en un momento que nadie lo espera.
- ¡Venid y veréis!
Gritan por la derecha de la cascada algo metidos en la ladera que es por donde se han ido. Al oírlos, vosotros corréis en la medida que se puede correr por un lugar como este, tan lleno de rocas y monte y enseguida veis lo que a ellos le llama tanto la atención. Es un fósil; un bloque de piedra que casi no podéis mover de tan grande y tiene forma de caracol. Bueno, es un auténtico caracol todo de piedra, roca pura igual que todas las otras rocas que se amontonan por toda la ladera.
- Nunca he visto algo igual.
Comenta el primo pequeño.
- Yo sí pero en el museo de la Torre del Vinagre y también en una ocasión, por unos barrancos grandes cerca de donde nace el Guadalquivir pero en la ladera norte, cuando se llega al nacimiento del arroyo de los Habares pero por las cumbres.
- ¿Cómo se llama?
- Lo leí allí en la Torre del Vinagre pero ahora no me acuerdo de nombre tan raro.
- De esto nos podía sacar de duda enseguida si estuviera con nosotros nuestro amigo el científico.
- Esto sí es verdad. ¡Qué pena que no esté porque sería una buena ocasión para poderle preguntar un montón de cosas sobre el tema.
- ¿Y quién ha dicho que no está?
Expone con alegría el primo grande señalando hacia la hondonada por donde va la sendilla que debería llevar a algún lugar bonito de este barranco pero que vosotros en aquel momento desconocéis.
- ¡Es el científico!
- Sí que lo es; vamos a llamarlo para que sepa que estamos aquí.

Y sin más os ponéis a dar voces sin guardar ningún orden ni enviar más mensaje que llamar la atención. Enseguida os oye porque veis que se para y mira hacia vuestra cascada. Es ahora el primo mayor el que sí ya le lanza una gran voz con un mensaje concreto.
- Sube por favor, te necesitamos.
Veis que alza su mano como diciendo que ha recibido el mensaje y que se viene con vosotros. Así que cambia su rumbo y comienza a escalar, porque hay que casi escalar para llegar a donde vosotros estáis.

Es la niña la que, adelantándose por la ladera, lo recibe dándole la bien venida a vuestro rincón y una vez más a vuestro grupo.
- Hemos encontrado un fósil que es enorme.
- ¿Dónde está?
- Entre esos lentiscos que hay en la ladera. ¿Tú sabes cómo se llama?
- Tendré que verlo aunque ya me imagino qué tipo de fósil es.
Y cuando ya se encuentra junto a la magnífica piedra, antes que tenga tiempo de responder a la primera pregunta de la niña, tiene que responder a otra que según ella es mucho más importante.
- ¿Qué son los fósiles?
- Para explicarlo bien y que tú lo entiendas no tengo más remedio que empezar por el principio.
- ¿Y cual es el principio?
- La evolución.
- Pues entonces ¿Qué es la evolución sin que sea demasiado rollo?

- Sin ser demasiado rollo la palabra evolución tiene un sentido de cambio. Desde el punto de vista semántico podría definirse como cambio a lo largo del tiempo. Esta palabra tiene en si misma un cierto carácter positivo, ya que si se le quiere dar un carácter negativo, por lo general se le añade un adjetivo. Se dice por ejemplo, el estado de tal persona ha evolucionado desfavorablemente o las circunstancias de tal guerra evolucionan negativamente. La aplicación de la palabra evolución al cambio de los seres vivos es relativamente reciente. En términos biológicos la evolución se entiende como el cambio que va acompañado de un desarrollo gradual de los organismos a lo largo del tiempo. Hasta mediado de siglo XIX se pensaba que los seres vivos se habían mantenido igual desde su aparición sobre la tierra hasta nuestros días.

Esta idea de inmutabilidad de la vida comenzó a cuestionarse cuando diversos investigadores enfocaron, con métodos estrictamente científicos, el estudio del planeta Tierra y de los seres que lo pueblan. Tanto la Tierra como los seres vivos tienen una historia que manifiesta los cambios geológicos y biológicos producidos a lo largo del tiempo. En el caso del hombre, la historia de su evolución adquiere caracteres especiales debido a su condición de especie capacitada para una evolución cultural. Sin embargo, las primeras huellas de la actividad del hombre, instrumentos tallados en piedra, solamente tienen una antigüedad de unos tres millones de años, prácticamente despreciable si se la compara con la edad de la tierra que son 4.600 millones de años.

Inmediatamente surge la cuestión de cómo era el hombre en épocas remotas y de cómo y cuáles eran los demás seres vivos que poblaban la Tierra en aquellos tiempos. Muchos de los aspectos de esta cuestión se han visto clarificados con el descubrimiento y estudio de los fósiles, restos de seres vivos que se han conservado desde épocas muy remotas en virtud de ciertas circunstancias especiales. Por lo tanto, ahora ya sí podemos hablar de los fósiles.
- ¡Ea! Pues ahora dime ¿Qué son los fósiles?
- Los fósiles han sido conocidos por el hombre desde épocas muy antiguas. La extrañeza que le causaba al encontrar “piedras” con formas parecidas a los seres vivos les hizo atribuir a los fósiles propiedades mágicas y por esta razón los utilizó como fetiches o amuletos. Aristóteles dijo que los fósiles son simples “caprichos de la naturaleza” que se forman de manera espontánea y que no tienen relación alguna con los seres vivientes. Estas ideas se mantuvieron durante toda la Edad Media y fue necesario llegar al siglo XVII para que se aventuraran nuevas hipótesis. Stenon y Leibniz fueron los primeros en afirmar que los fósiles son restos de seres vivos.

El verdadero fundador de la Paleobiología moderna fue el científico francés Georges Cuvier que estudió fundamentalmente fósiles de vertebrados y elaboró una teoría llamada de la correlación orgánica, según la cual podría reconstruirse un animal entero a partir de unos pocos huesos.
- Bueno, y llegados ahora a este punto, ¿me podrías decir cómo se formaron los fósiles?
- Pues mira, es bien conocido de todos, el hecho de que la materia viva se pudre. Los restos de los animales y plantas que mueren desaparecen en poco tiempo sin dejar prácticamente ningún vestigio. Sin embargo, pueden darse circunstancias que permitan la conservación de todo o de parte del cuerpo de un ser viviente. Para que un ser vivo pueda conservarse es necesario que sus restos orgánicos queden rápidamente aislados de la atmósfera y de los microorganismos que son los responsables de la putrefacción. Incluso cuando se produce este aislamiento, por ejemplo un enterramiento rápido, normalmente las partes blandas del cuerpo desaparecen y sólo se conservan las partes duras, esqueleto y concha.

Únicamente se conservan los cuerpos enteros en circunstancias muy especiales: en general cuando el ser vivo queda enterrado en un medio aséptico, petróleo, resina, turba o cuando sufre una congelación rápida. A parte de estas circunstancias muy especiales el proceso de fosilización normal consiste en realidad en la sustitución de las moléculas orgánicas del cuerpo del ser vivo por moléculas minerales generalmente de calcita, sílice o pirita. En los casos más favorables todas las moléculas orgánicas son sustituidas por moléculas minerales en cuyo caso se conserva el cuerpo con toda su estructura. Sin embargo, lo normal es que esta sustitución sólo se produzca en determinadas zonas del cuerpo, normalmente en las partes duras como huesos o conchas.

Como resultado final de la fosilización, proceso que requiere muchísimos años, el cuerpo o partes del cuerpo del ser vivo quedan convertidas en piedra. Puede darse otro tipo de fosilización en el que en realidad no se conserva el cuerpo sino un molde o huella del mismo. Supón que el animal muere enterrado súbitamente por un desprendimiento de arcillas. Si estas arcillas se hacen más compactas y se convierten en roca el cuerpo del animal quedará como una burbuja dentro de la masa pétrea. Aunque el cuerpo se pudra el espacio que ocupa puede ser rellenado por materia mineral, originando un molde exactamente igual al animal original.

- Y ya que estás tan metido en esto de explicarnos los fósiles y nos estás llenando de tantas curiosidades se me ocurre que podrías decirnos cómo se puede conocer la edad de estos bichitos de piedra.
- Ya os he dicho que estos bichitos de piedra o estas piedras que parecen bichitos y que llamamos fósiles se producen normalmente por enterramiento del ser vivo en materiales minerales sedimentarios. Estos materiales se acumulan sobre la corteza terrestre formando capas o estratos que van aumentando de grosor con el paso de los siglos. Los conocimientos de la geología permiten saber la antigüedad de los estratos en función del tipo de materiales que los forman, con lo cual puede conocerse la edad de un fósil que se ha encontrado en un estrato determinado. En otros casos ocurre al revés, es decir, el hallazgo del fósil de un ser vivo determinado permite conocer la edad del estrato que lo contiene. En la actualidad se han desarrollado métodos que permiten conocer con más exactitud la edad de los fósiles mediante la utilización de isótopos radiactivos.

- En fin, todo bastante complejo aunque pueda ser bonito y tú me dijeras que no iba a ser nada rollo pero bueno, ya que estás metido dentro del tema y andas tan emocionado porque es lo tuyo y se ve que te gusta a rabiar, nos podrías decir qué importancia tienen los fósiles si se les compara con los seres vivos que ahora podemos ver sobre la tierra.
- Sí que os lo puedo decir y hasta será bueno que lo sepáis para que cada día tengáis más conocimiento de estas sierras. Porque del estudio de los fósiles se deduce que si bien hay algunos que son muy parecidos a ciertos animales actuales existen muchos otros que no presentan ningún parecido con ningún animal viviente. Mientras que algunos fósiles de animales marinos provistos de concha son prácticamente iguales a los moluscos actuales, los enormes huesos de reptiles y mamíferos que se han encontrado fosilizados no parecen guardar una relación estrecha con los reptiles y mamíferos actuales. Y para completar tenéis que saber que el descubrimiento de los fósiles y su estudio ha sido uno de los factores que más decididamente han influido en el desarrollo de las teorías evolucionistas elaboradas a partir del siglo XIX. Las enseñanzas que se extraen de este estudio puede resumirse como sigue: *Los fósiles son indudablemente restos de seres vivos. *Se han descubierto fósiles que datan de hace más de 3.500 millones de años, lo que indica que en aquellos tiempos ya existía vida sobre la tierra. *Los fósiles no son casi nunca idénticos a los seres que actualmente pueblan la tierra. Y llegado a estas alturas podría ser yo el que os hiciera a vosotros una pregunta.
- ¿Qué pregunta?
- Pues la pregunta puede ser que ¿cuál es, por lo tanto, la relación que existe entre los fósiles y los seres vivos?

Momento éste en el cual todos os quedáis mirándoos unos a otros y como el científico se da cuanta que os ha puesto en un aprieto, mira al primo mayor y le dice.
- Sácanos tú del apuro?
- ¿Yo?
- Sí, pregúntame tú alguna cosa que queráis saber.
- La verdad es que yo no sé qué preguntar pero como el otro día oí en clase algo sobre los fósiles vivientes ¿podrías tú decirnos qué son?
- Se ha aplicado el nombre de fósiles vivientes a algunas especies de plantas y animales actuales que han conservado anatomía y forma de vida muy primitiva. El Nautilus actual, molusco cefalópodo de concha arrollada, presenta unas características anatómicas muy parecidas a las de los primitivos cefalópodos que fueron muy abundantes durante el Mesozoico. Hacen 200 millones de años existían ya especies muy parecidas.

Es especialmente interesante el caso del pez celacanto denominado Latimeria, del que se han pescado dos o tres ejemplares en los últimos años. Este pez presenta unas características muy similares a las que debieron tener los peces que poblaron los mares hace 100 millones de años; por lo tanto se trata de un verdadero fósil viviente. El estudio de los fósiles vivientes ha aportado gran cantidad de datos sobre la vida en los tiempos lejanos y muchas veces, como es el caso de Latimeria, ha venido a confirma la hipótesis que se había establecido basándose exclusivamente en los descubrimientos fósiles.
- En fin, yo pido un alto.
Exclama ahora el primo mayor.
- También yo.
Dice la niña rubia e interviniendo ahora tú dices al científico que por qué no os habla de vuestro fósil, del que la niña se ha encontrado y tenéis ahora mismo allí delante de vosotros.
- Desde luego que eso es lo que ahora mismo os importa a vosotros, vuestro fósil del cual voy a empezar diciendo que es precioso y que os lo habéis encontrado hoy aquí porque precisamente toda esta cordillera, desde el gran cerro de Villalta, Puerto Lorente, toda la cumbre del Gilillo y desde el Puerto de Las Palomas hasta las cumbres del pico Buitreras, abundan mucho toda esta clase de fósiles. El vuestro pertenece al Triásico que es el primer período de la era secundaria y es un gasterópodo.
- Muy raro es ese nombre ¿Qué significa?
Pregunta uno de los primos pequeños.
- Gasterópodo, dícese del molusco con una concha univalva, de cabeza diferenciada y provista de tentáculos sensoriales y el pie en forma de suela reptadora, como el caracol y la babosa. Grupo taxonómico con categoría de clase que constituye estos moluscos. La concha de los gasterópodos puede estar arrollada, caracoles, abierta o de dimensiones reducidas como la babosa. El único grupo con el cual se puede confundir es el de los ammonites o cefalópodos con concha. Las características importantes de los gasterópodos tienen relación con el arrollamiento, la abertura y la ornamentación de la concha. Y todos sabéis que la ornamentación de la concha de un gasterópodo puede ser en espiral o transversal.
- Sí, algo sabemos pero en fin, lo que nos interesa es nuestro caracol de piedra porque según tú nos has explicado esto es un caracol.
- Exactamente.
- Pues sabemos ya que este caracol nuestro pertenece a un grupo y sabemos cómo se llama y de qué época es pero el nombre, no ya del grupo, sino del caracol en sí ¿cuál es?
- Podéis llamarlo Natica. Pertenece al triásico y se da en todo el mundo. No suelen ser muy grandes a pesar de lo grande que es el vuestro y es porque la última vuelta de su concha siempre es muy grande. La forma varía de casi esférica a cónica y se da en muchas partes de estas sierras.

Desde el Cauce al cortijo -7

Ahora tú esta mañana, mientras te has ido despertando frente al día que empieza a derramarse barranco abajo y frente a la cascada donde aquel día vivisteis la aventura del fósil con vuestro amigo el científico, comienzas a caer en la cuenta que te espera la senda. Si quieres llegar hasta donde tienes pensado llegar has de levantarte y ponerte en ruta.

Desde donde estás hasta el pequeño cortijo en ruinas sobre la lomilla, aunque la distancia es relativamente corta, resulta algo complicada la subida por falta de senda o camino. Quizá en otros tiempos sí hubo por aquí una senda que venía desde el cortijo para salir arroyo abajo y esa sería la senda que ayer por la tarde trajiste tú hasta llegar a donde has pasado la noche. Pero hasta este punto está clara la senda, mas de este punto para arriba, ni se sabe por donde va.

Te pones en marcha echando una ojeada antes a la ladera por donde piensas subir y crees que lo mejor es, desde el lugar de tu acampada, cruzar el cauce del Arroyo, subir un poco por el arroyo por el margen derecho y al encontrarte con ese pequeño arroyo que le entra a este principal, irte por ahí. Y por ahí te vas. Por la derecha, lo cruzas y subes por el lado izquierdo al tiempo que te vas remontando porque aquí los niveles son bastante grandes y el cauce del arroyo pequeño al descender casi en picado, ha horadado profundo cortes en el paisaje. Pero por este lado izquierdo, te das cuenta que sabiéndola buscar, si va algo de senda, aunque sea de los animales salvajes. Así que poco a poco te vas adentrando en la profundidad del barranco de este arroyo corto porque ya la cumbre está casi al alcance de la mano y una de las cosas que más te llama la atención son precisamente las laderas rocosas que te acompañan a lo largo de todo el arroyo por la margen opuesta a la que tú vas. Royo llaman los pastores de la sierra de Cazorla a los cauces que son cortos y torrenciales. Aguascebas los llaman por algunos pueblos de estas zonas de las villas. Tú lo llamas arroyo aunque sea pequeño porque todavía no has aprendido los matices del lenguaje de estos montes.

Por el lado izquierdo de este arroyo vas tú buscando la senda pero ¡Ojo! en cuanto llegas a la mitad o así del arroyo, tienes que cambiar de rumbo, viniéndote hacia la izquierda como si fueras a remontar la cascada y siguiendo siempre sendillas de animales salvajes y ahora es cuando comienzas a remontar seriamente la gran cascada del Arroyo. La tienes remontada en cuanto llegas a lo alto de la lomilla y es un gran alivio para todo: para la vista porque los horizontes se te abren ofreciendo en primer plano la pequeña llanura de la loma donde estuvo y aún se ven los restos del cortijo, el abarranco del arroyo por la parte de arriba de la cascada y las profundidades del gran barranco desde donde se adivina viene este arroyo que vas siguiendo. Y el otro respiro es el del de corazón: descansas porque la cuesta se te convierte en llanura y eso se agradece sobre todo si es verano o primavera. En el empuje de la subida el sudor te ha bañado todo el cuerpo y el corazón te late aprisa bombeando sangre con rapidez. Por esto y otros alicientes la coronación del pequeño montículo se te presenta como un mar de gozo que al venir acompañado de pequeñas ráfagas de aire fresco te llena de placer hasta lo más hondo.

Y otro placer son los arrullos de las tórtolas y las torcaces. No ahora porque es otoño pero tú sí sabes que en los meses de primavera y verano, como por aquí son abundantes y espesos los pinares de pino negral y como con el calor del verano las piñas de estos pinos llenan los aires y el suelo de piñones pequeñitos, a la abundante cosecha las palomas acuden en grandes bandadas. Ellas se instalan entre las espesas ramas de los pinos y en la época del celo y de cría se pasan todo el día arrullando. Un espectáculo fabuloso que tú conoces muy bien y que aprovechas y gozas en todos los momentos que puedes para así sacarle a estas tierras un puñado más de sensaciones únicas.

Por otro lado las ruinas del pequeño cortijillo sobre la loma que se te mete en el corazón y te adentra en un mundo de sentimientos, tiene hoy para ti una imagen bella y triste. Mirándolo ahora a tu recuerdo viene la figura del joven aquel día que él bajaba desde las laderas de la parte alta. Era uno de tantos días que al oscurecer volvía al calor del hogar encerrado en las cuatro paredes de este humilde y pequeño cortijillo. Pero aunque era uno de tantos días al mismo tiempo para él hoy era un día especial. Entre las ramas del pino grande descubrió el nido de la ardilla y como todavía estaban pequeñas no pudo resistir la tentación de coger la más bonita y traérsela al cortijo.

No sólo fue bien recibida entre las paredes y el calor del este cortijo de piedra sino que el animal, en cuanto creció un poco, se convirtió en la alegría de las cuatro personas que en el cortijo vivían. Como la mascota de cada uno de ellos y el amigo inseparable del joven. Para donde él se moviera para allá se iba la ardilla y siempre saltando como si estuviera en su pino en lo más remoto del bosque y entre las otras ardillas de la sierra. Siempre moviendo su cola y siempre derramando alegría como si el animal de alguna manera sintiera que su deber era hacer feliz al joven a cambio de los muchos cuidados que el joven le prodigaba.
- ¡Qué raro y al mismo tiempo qué simpático es este animal!
Decían los hermanos del joven.
- Raro no es sino que nunca vimos a una ardilla tan cariñosa como esta ni tan sencillamente sociable.
- Es que no doy un paso que ella también no lo dé conmigo.
Comentaba el joven.


Y la verdad es que la ardilla fue así de simpática y así de cariñosa y sociable durante todos los años que aquel animal vivió. Hasta parecía que el joven era lo que era precisamente por la presencia de aquel animal siempre a su lado fuera para donde fuera. Una pequeña anécdota o historia serrana que no tiene nada de valor ni es importante para nada pero que tú ahora, al ver este cortijo, recuerdas y hasta te entra un poco de tristeza. ¡Qué lejos está ya todo aquello y qué silencio tan profundo guardan ahora estos barrancos donde a pesar del tiempo, todo está ahí, dormido entre la bruma y eterno! Si miras hacia el barranco por donde corre el arroyo, se te va el alma en pequeños chorros tras la corriente pero si miras hacia la casa, las ruinas que aún dan testimonio de su presencia aquí en otros tiempos, también por ahí se te va el alma y hasta se te queda enganchada entre las rocas y el monte. Se te va el alma por entre la música de la corriente y la cascada que algo más abajo chapotea sin parar. En aquellos tiempos sí era abundante este cauce. Precisamente el cortijo estuvo aquí para aprovechar la pequeña llanura de tierras fértiles regadas por la abundancia de las aguas que por el arroyo bajaba. Una visión hermosa y algo triste por lo bello que fue también aquello y lo lejos que ha quedado ya en el tiempo.

Será por esto o será porque las cosas en la vida son como son y muchas veces ni siquiera tienen una explicación lógica, el caso es que a tu mente acude el recuerdo de lo que hace unos días leíste. “España está entre las zonas más afectadas por el cambio climático según un estudio elaborado por el Centro Hadley. Incremento de las temperaturas de dos a cuatro grados centígrados hacia el año 2030, elevación del nivel del mar en unos 20 centímetros, reducción de las precipitaciones en un 17 por ciento localmente hasta un 40 por ciento y mayor virulencia y torrencialidad de las lluvias cuando se produzcan. Además, los últimos datos obtenidos de los modelos matemáticos de predicción, para cuyos cálculos se ha utilizado un potente ordenador, Cray C 90 valorado en 1.200 millones de pesetas, revelan que la velocidad del calentamiento de la atmósfera provocada por los gases del efecto invernadero, se acelera. En España se apuntan veranos más calurosos, inviernos más templados, menor humedad del suelo y mayor sequía. Como principal causa los expertos confirman el incremento de las emisiones de dióxido de carbono”.

El cerro de charol -8

Desde la pequeña llanura, mientras contemplas la corriente del arroyo que hoy te va a servir de guía y recuerdas lo que hace unos días leíste, miras hacia tus espaldas y ahí lo tiene: es el cerro de charol. El título no es real porque un cerro no puede ser de charol y de suyo no lo es sino que lo parece. Porque el cerro, con la lomilla donde se encuentran las ruinas del cortijo, la pequeña ladera casi llanura que desde el cortijo baja buscando la oscuridad y el agua limpia del arroyo, el puntal que se adentra hacia la cascada grande que por eso existe ahí dicha cascada, porque el arroyo corta un pequeño cerro y la ladera de la derecha por donde se remonta la senda, todo este conjunto no es un cerro de charol sino un precioso bosque de romeros, pinos, enebros y sabinas. Pero el cerro, para ti es de charol, por lo siguiente: tuviste tú la otra noche un sueño y te viste andando precisamente por la ladera de este cerro y fundamentalmente te llamó la atención dos cosas en la soledad y profunda belleza de este barranco: el cortijo que los viste sano y lleno de gente y hasta con sus paredes blancas por dentro, sus cantareras hechas de troncos de pino y los tres cántaros de barro llenos de agua puestos en los agujeros de las cantareras. Sólo una familia con tres miembros vivía en el pequeño pero más que hermoso cortijo. El joven que cruzaba el monte que lo rodeaba, el silencio de los campos y el verde del bosque y la gran inquietud que le hervía en lo hondo del alma y que era: salir de aquí algún día e irse por los pueblos y ciudades que según había oído decir existían por todo el mundo.

- ¿Es que todo eso que sueñas lo crees mejor, más importante y bello que este mundo nuestro?
Le preguntaban sus padres.
- No es que lo crea más importante porque tengo muy asimilado que en ninguna parte del mundo puede darse mayor gozo que en este rincón nuestro pero no sé; mi corazón sueña con esas cosas que he oído hablar y mientras no las conozca parece que no seré feliz.
- Ya verás como luego desearás volver porque el corazón se te viene para acá.

Y la otra cosa que mientras tú ibas andando por la senda del cerro por la ladera con la visión del cortijo sobre la lomilla y un poco a tus pies, a pesar del verde de esta ladera por la vegetación y la abundancia de pinos, el suelo, la tierra que pisabas, no se parecía a ninguna de las tierras que hasta hoy conoces. Por una extraña sensación real o sólo sentida tus ojos captaban una tierra llena de brillo parecido a ese que refleja el charol cuando lo tocas. Y no era esto lo más llamativo sino que sobre esta tierra tan llena de esa extraña belleza ibas descubriendo huellas de pisadas humanas.
- ¿Qué son?
Preguntaste al padre del joven que en estos momentos te acompañaba y en tu interior sabías que él era el más profundo conocedor de cuanto late y respira en estos montes.
- Las he visto muchas veces yo. Ellas son las huellas de aquellas personas atravesando los cerros de estas sierras y que se han quedado aquí para que no se nos olvide que todo esto tuvo su historia.
- Una historia, por lo que se ve, llena de vida que por ser de gente humilde y sin estudios no quedó escrita en ningún libro y estas huellas serían precisamente eso: los libros no escritos pero llenos de mensajes imperecederos para que sepamos de ellos.
- Exactamente, eso son estas huellas que, además, encierran otro pequeño gran misterio.
- ¿Cuál es?
- Que son invisibles para mucha gente. Sólo pueden verlas y gustarlas algunos y más que desde los ojos, desde dentro.
- Algo así como dice el libro del Principito que sólo se ve bien con el corazón.
- Algo así y parece que este es el principal atractivo de estas huellas que se extienden por toda la sierra y todos los rincones, arroyos, laderas y valles de estos montes.
- Pues todo un fabuloso tesoro que anda perdido, ignorado y desconocido para casi todo el mundo. Tienes que tener cuidado porque si de esto se enteran algunos, los turistas y otros parecidos, ya verás lo que harán de estas laderas y arroyos.
- Y sobre todo si se entera algunos de esos que se pasan la vida diciendo que el mundo, la tierra y todo el planeta e incluso la creación entera ha sido puesta aquí para que el hombre la domine, la transforme y haga de ella lo que le apetezca.
- Exactamente eso es lo que pienso.

En fin, esto es lo que tú viste aquella noche en tu sueño y ahora que andas por aquí te dices que en realidad entre aquello y esto sí hay algún parecido. Aunque el cortijillo es sólo unas cuantas paredes de piedra color chocolate ya bastante caídas, comidas por la vegetación y sin señales ninguna de vida humana. ¿Quién vivió aquí y en qué época? Interrogantes que se te amontonan en el río de todas esas experiencias que tienes de estas sierras quizá para quedar ahí eternamente arrinconadas y sin respuesta. El silencio y la soledad de estos montes hacen todo lo demás.

La senda de la yegua -9

Una vez que estás en el cortijo, en la pequeña llanura donde éste se alzaba y ahora se desmorona, te subes un poco por la senda de la derecha que es el cerro de charol. Por aquí sube la senda que ahora ya casi no lo parece porque como hace tiempo que sólo la usan los animales salvajes se distingue con dificultad y lo que más la desdibuja es la vegetación. Bueno, pues esta senda que va subiendo suavemente a media ladera como si buscara coronar la cumbre de la derecha que tiene más de 1.400 m. pero que no la corona sino que lo que busca es la cañada por donde nace un brazo del Arroyo, se llama de la yegua. La senda de la yegua y tú sabes bien que no es muy grande, es decir, larga. Sabes que en una hora o quizá menos te puedes encajar, desde el rasete del cortijillo, en la cañada donde existieron otros dos o tres cortijos más que también son ruinas ahora. Tampoco, esta senda, pasa por paisajes que sean demasiado espectaculares aunque las vistas si son de lo más grandioso. Subes por ella y te va quedando por el lado izquierdo, por abajo, el gran barranco por donde desciende el arroyo y al otro lado del arroyo los inenarrables paredones y picos de las cumbres del Almagreros que llegan a una altura de más de 1.665 m.

Desde hace mucho tiempo tú sabes que a esta senda se le llama La Senda de la Yegua y ello, como tantas cosas en estas sierras, tiene su significado y explicación. Bajaba un día uno de ellos desde este hermosos barranco, por donde hoy se encuentra la aldea perdida, y venía acompañado de un señorito que quiere decir joven adulador y ocioso, para los criados, hijo de los dueños con los que trabaja. Es decir, el amo que en este caso lo era con todas sus consecuencias porque este señorito tenía una gran finca de regadío allá por la vega cordobesa junto al río Guadalquivir y otra en la sierra norte de la misma ciudad. Ambos eran amigos y lo único que hacía por estos montes era pasearse y al mismo tiempo el señorito recorrer un poco el terreno para cuando llegara el momento venirse de caza una temporada. Y como por aquella época ellos eran casi los dueños de estos montes, aunque no lo fueran de derecho, por aquí hacían ellos lo que les daba la gana y la mayoría de las veces, a pesar de todo y de todos.

Subía también aquel día por la senda el joven del cortijo porque iba siguiendo su ganado y dio la casualidad que los tres se tropezaron en la senda. El ingeniero y el señorito que bajaba, ambos subidos en sus yeguas y el joven que subía pero andando, acompañando sólo de su ganado, su perro mastín y su cayado. Como a la mitad de la ladera o así hay un pequeño arroyuelo y unas rocas grandes que están casi arropadas por los pinos y el resto de la vegetación. Traza aquí la senda como una pequeña curva y justo en este punto es donde el joven se tropieza con los dos caballeros de las yeguas.

Al verlo los animales se pararon y el joven también y entonces él reacciona enseguida diciendo:
- Apártate del camino que si los animales se espantan darán con nuestros huesos por estos barrancos.
- Los animales no se espantarán, señor.
- ¿Por qué sabes tú eso?
- Porque ellos y yo nos conocemos y en el fondo nos queremos más que ustedes a ellos.
- ¿Cómo sabes tú eso y cómo me lo demuestras?
- Lo sé porque lo sé y se lo demuestro muy sencillamente, de esta forma.

El joven sigue plantado en el centro de la senda y como está junto al animal, a unos tres metros de ella, con la boca, los labios y el viento de los pulmones empieza a emitir como un silbido apagado.
- ¿Qué estás haciendo?
Pregunta el ingeniero. A lo que el señorito que está subido en el segundo animal pero detrás, contesta:
- Está llamando a la yegua; ya verá como el animal le responde favorablemente.
Y efectivamente; al oír el silbido la yegua se queda mirando al joven y al rato, da unos pasos hacia delante buscándolo. Alarga su cuello y como el muchacho le ofrece la cara y los labios por donde le sale el aire del silbido es a esta parte del cuerpo a donde la yegua dirige su boca. Con la suavidad más precisa y la belleza más grande del mundo ambos, animal y joven, se dan un auténtico beso que más que otra cosa lo que parece es una maravillosa exposición de amistad.
- Si no lo veo no lo creo.
Expresa sorprendido el que baja.
- Pues ya puede abrir bien los ojos porque no es sueño.
- ¿Y cómo lo consigues?
- Sencillamente sintiéndome amigo, íntimamente, de este animal y otros como este. Por eso le decía que la yegua no iba a espantarse de mí sino todo lo contrario: se alegra de encontrarse conmigo.

El joven acaricia al animal en la frente y apartándose un poco de la senda le da una palmada en el cuello y le dice que pase. El animal sigue su camino y detrás sigue la otra yegua. Los que bajan se despiden del joven porque éste sube y ellos bajan. Unos metros más adelante el que manda, dice:
- Hay que ver lo pobres que son esta gente y la de bondad y belleza que llevan en su alma.
- Y abría que añadir lo mal que nosotros nos portamos casi siempre con ellos.
- También es verdad porque fíjate ahora, sin merecerlo nosotros él nos ha dado una pequeña lección de humanidad.
- Y eso que tú no sabes lo que yo sé de él.
- ¿Qué sabes tú de él?
- En una ocasión me lo llevé a trabajar conmigo a esa finca que tengo en la sierra norte de Córdoba. Tenía yo allí una pequeña piara de cerdos y lo contraté para que me los cuidara en la época de las bellotas. ¿Cuál crees tú que fue el fruto de su trabajo con estos animales?
- Pues ni me lo imagino porque la verdad que estas cosas con ser tan grandes e importantes, yo no las he podido estudiar en los libros. Pertenecen a otro mundo.
- Desde luego que sí, porque el resultado del trabajo de este joven con los cerdos fue que me sacó adelante los mejores cerdos que en mi vida he criado nunca. Con las mismas bellotas y las mismas encinas de todos los años él me cebó unos cerdos que daban gloria verlos y fue porque no descansaba ni de día ni de noche de tan pendiente como a todas horas estaba de los animales.

Y Estaba ya la temporada de las bellotas casi llegando a su fin cuando una mañana me presenté en el campo y sin más le dije que ya había vendidos todos los cerdos.
- De aquí hasta que vengan a por ellos me iré haciendo a la idea y así me costará menos.
- Pues vienen a por ellos ahora mismo.
- ¿Cómo que ahora mismo?
- En esto mismo momento se los llevan.
El muchacho me miró, se apartó un poco del cerrillo donde estaba con sus cerdos, porque eran suyos más que mío aunque yo fuera el dueño y me dijo:
- Mire usted, señorito, las cosas no se hacen así. Porque aunque usted sea el dueño de estos animales yo los he visto crecer y los he estado cuidando todos estos meses. A uno, aunque uno no quiera, se le mete dentro el cariño por cada uno de estos animales y los empieza a querer como si cada uno de ellos fuera un amigo para mí. Usted no puede llegar ahora y sin haberme dicho nada antes, sin haber contado conmigo para nada, coger y quitarme a los animales sin más. Mire usted, señorito, yo creo que en alguna ocasión debería contar con nosotros comunicándonos las cosas a tiempo, hablando sobre lo que piensa hacer e incluso pidiendo nuestra opinión. Porque sucede que aunque usted sea el dueño, como los que bregamos con los animales somos nosotros, no se nos puede venir así, de la noche a la mañana y dejarnos sin ellos y echarnos de las tierras que todos los días estamos pisando. Porque yo creo que estas tierras y estos animales no se pueden reducir a simples billetes de banco y eso es lo que me parece que usted hace y siente.
- ¿Quieres decir que a mi no me importa ni los animales ni las tierras de mi finca?
- Yo lo tengo muy claro: a usted sólo le importa una cosa y otra en cuanto que tanto una cosa como la otra las puede convertir en dinero.
- Es verdad que me interesa el dinero pero también es verdad que a mí me gusta ver y gozar de estos montes y de la piara de cerdos corriendo por ellos.

- Sin embargo, no siente, nunca llega a sentir la tristeza que yo siento ahora cuando pienso que ya me voy a quedar para siempre sin estos animales y además de esta forma: sin haberme ni siquiera avisado una semana antes. Usted tiene poca consideración y menos sentimientos porque me lo tenía que haber dicho, me lo tenía que haber consultado. ¿A ver que hago yo ahora cuando me quede sin ver más a esta piara de cerdos?

- ¿Y sabes lo que hizo?
Le pregunta ahora el señorito al que manda mientras siguen bajando por la senda y dejan que el joven siga subiendo por ella hacia la cañada de la parte alta.
- ¿Qué hizo?
- Se despidió de mí, se despidió de mis tierras a las que dice quería con toda el alma y se vino otra vez a este cortijo de la lomilla. Dice que fui tan cruel con él, que me porté tan inhumanamente que ya no quería seguir más conmigo no fuera yo en el futuro a hacer otra fechoría como la de los cerdos.
- Verdaderamente esta gente sencilla del campo tienen cosas que sorprende al más pintado.
- Y sobre todo tienen dignidad a pesar de su pobreza.

Cortijo por casa -10

Con toda esta carga de sentimientos y recuerdos en tu alma hoy sigues tú subiendo por la senda que cada vez más te la vas encontrando llena de romeros y tapada con tantas piedras como en ella han dejado los años y las tormentas. Sigues tú subiendo con tu mente fija en la aldea que se encuentra al final del gran barranco y al volver tu vista para atrás caes en la cuenta que un cortijo es una finca rural más grande o más pequeña, con su casa de labor o alquería. Hacienda, granja. La casa es un edificio o parte de él para habitar las personas. Un chozo o choza es una cabaña de estacas con tejado de ramas o paja y por estas sierras existen, además, las tinadas, el cobertizo y las cuevas.

Tú sabes bien por qué traes a tu mente esto del cortijo, chozo o cobertizo. En estos momentos sigues subiendo por la senda de la yegua que ya sabes por qué se llama así y en cuanto remontas un poco más llegas a la pista; lo que fue la senda en otros tiempos pero ahora ya convertida en pista. Por cierto, no tienes seguridad pero crees que esta pista es la misma que sale a la izquierda de la carretera asfaltada que atraviesa la sierra cuando ésta remonta la solana de los olivos. Existe allí una gran casa tipo chalé y algo más adelante un arroyo con una fuente que tiene un gran caño de agua. Junto a la fuente crecen varios cerezos grandes que son los que le prestan el nombre a la fuente y al arroyo. En esta zona todos los años montan algunos campamentos y no allí mismo sino algo antes, a la izquierda, se desvía la pista que ya, en dos o tres ocasiones has estado tratando de recorrer para por fin conocer los paisajes por donde esta pista viene.

Aunque también crees que es la misma que os encontrasteis aquel día que subisteis hasta el nacimiento del río Aguascebas Grande entrando precisamente todo su curso arriba. Al llegar a lo alto, Los Tableros que le llaman a todos esos picos y llanuras, os tropezasteis con una pista que luego la fuisteis siguiendo y os llevó justo al Collado del Ojuelo, por lo cual se puede decir que desde luego no puede ser esta pista aquella o al revés. Lo que pasa es que por allí, por aquellas alturas, parece que se divide en varios ramales. Un día de estos tendrás que coger esta pista o mejor, la que se aparta de la carretera cuando ésta remonta la cuesta de los olivos y ver si es o no esta misma que por aquí ahora acabas de encontrarte.

Así que una vez en el camino pista ya no tienes que subir más sino que más bien empiezas a bajar un poco yendo hacia la cañada en la misma cabecera de este Arroyo. Ya por aquí empiezas a ver las ruinas de los cortijillos que ahí, pegados al joven arroyo, también están abandonados. El joven pastor que aquel día se encontró con uno de los que manda cuando ellos bajaban montados en sus yeguas, también hizo el mismo recorrido que hoy estás haciendo tú. Desde el cortijo del montecillo sobre la gran cascada venía buscando las praderas de esta cañada. Y estas tierras fértiles, algo llanas y repletas de silencios, al verlas tú hoy, una vez más adivinas todo aquel trajín suyo por estos montes. Y el más llamativo, el que en estos momentos te atrae con más fuerza es el cambio que todos estos pastores fueron haciendo, obligados en las mayorías de las ocasiones y cansados de la vida por estos montes, primero algunos y después casi todos los demás, fueron comprando sus viviendas en los pueblos cercanos. Al crecer los hijos tiraron hacia esos pueblos y unos a pisos y los que pudieron un poco más en casas, se fueron refugiando tanto en el pueblo de Villacarrillo como en el de Villanueva u otros por esta región y loma.

Los ves tú ahora y como el corazón no lo tienen allí sino en estos montes, llenan su tiempo y sus mañanas regando alguna maceta en la puerta de esas casas que cambiaron por el cortijo. Tienen ahora más cosas y menos ovejas pero en el fondo no son felices porque la ausencia se los come por dentro. “Pero a ver, uno se equivoca en la vida y cuando se da cuenta y quiere volver atrás, ya es demasiado tarde porque uno ya es viejo y con cualquier cosa se conforma”. Es lo único que te dicen. O en todo caso, los más animosos, te miran y echando mano de aquellos trozos de recuerdos a los cuales están agarrados con raíces profundas, te empiezan a contar sus vidas.
- ¿Tú sabes que la profesión más antigua es la de pastor? Ya el Antiguo testamento nos habla de que Abel era pastor.
- Sé yo algo de eso y por experiencia en mis carnes propias sé que esta profesión viene de muy lejos.
- Fíjate que en el libro del Génesis, hablando Jacob con Lab, le decía: “He pasado en tu casa veinte años; tus ovejas y tus cabras no abortaron y yo no me he comido los corderos de tus rebaños. Lo destrozado no te lo llevaba, la pérdida iba a cuenta mía. Me reclamabas lo que me robaban de día y lo que me robaban de noche. He vivido devorado por el calor del día y por el frío de la noche y huía de mis ojos el sueño. He llevado en tu casa veinte años, catorce te he servido por tus dos hijas, seis por tu ganado y me has mudado diez veces el sueldo”. ¿Qué te parece a ti esto?
- Que ciertamente desde aquellos tiempos a estos ha llovido mucho pero que las cosas casi parecen haber cambiado poco. En estas sierras y en aquellos tiempos, no los del Antiguo Testamento sino los de hace unos años atrás, entre los dueños del ganado y los pastores existían infinidad de contratos un tanto atípicos pero todos ello de obligado cumplimiento. Los dueños de los ganados, como los pastores, debían atenerse a la normativa establecida y que se fijaba en los fueros. Los contratos eran temporales. Así se expresa el fuero de Iznatoraf cuando habla del fuero de los pastores de las ovejas y de las vacas. “Cuando aún mando que el pastor de las ouveias curia la çrey de su sennor de la festa de Sant Johan el anno pasado al día de San Johan”. Es de decir, de fecha a fecha de San Juan.

Así que ya, la mayoría, se fueron de estos montes y si por esos pueblos te encuentras con alguno, como el corazón no lo tienen allí sino en estos montes, llenan su tiempo y sus mañanas regando alguna maceta en la puerta de esas casas que cambiaron por el cortijo. Tienen ahora más cosas y menos ovejas pero en el fondo no son felices porque la ausencia se los come por dentro. “Pero a ver, uno se equivoca en la vida y cuando se da cuenta y quiere volver atrás, ya es demasiado tarde porque uno ya es viejo y con cualquier cosa se conforma”. Es lo único que te dicen. O en todo caso, los más animosos, te miran y echando mano de aquellos trozos de recuerdos a los cuales están agarrados con raíces profundas, te empiezan a contar sus vidas.

Los nuevos dueños -11

Y según tus noticias el Arroyo nace por aquí. Bueno, es esto su cuenca alta que se encuentra en la ladera norte de la Sierra de Las Cuatro Villas, en la cordillera que viene desde el Puerto de Las Palomas hasta el tranco del pantano por donde se encuentra el muro. El rincón se localiza exactamente entre el pico Blanquillo y el pico Almagreros pero en este trozo de cuerda que es bastante largo, también nace el río Aguascebas Grande.

Desde donde tú le estás entrando, cuando ya la pista se derrama sobre la cañada, se ve el otro ramal del arroyo. Es decir, El Arroyo, en su parte alta, tiene al menos dos grandes arroyos. Este de la cañada por donde debe existir la fuentecilla del pastor y se desmoronan las paredes de aquellos cortijillos y el que desciende casi del pico Almagreros y que viene desde la nava de la Perra. Este último sería la segunda gran cuenca del Arroyo y es precisamente donde brotan los caudalosos manantiales. Ahí mismo se encuentra la aldea que vienes buscando. Desde aquí, según vas bajando pista adelante ya la vas viendo y aunque no es la primera vez que recorres estos paisajes, al pisarlos hoy tienes la sensación como si para ti fueran totalmente nuevos. Hay aquí un laberinto de barrancos, cañadas, picos y rocas que impregnan todo esta hondonada de un aspecto sobrecogedor y al mismo tiempo bello.

Es el silencio y la soledad lo que más se te clava en el alma mientras vas andando por aquí. Y desde este silencio una vez más se te llena el corazón de cariño por aquella gente en otros tiempos por estos montes. Y como tú tienes alguna información e incluso hasta has leído y has seguido la evolución y los procesos de estos montes y las cosas de aquellos tiempos en manos de unos y otros, ahora comparas y llegas a sacar algunas conclusiones. Así por ejemplos recuerdas como hace unos años, cuando los dueños y administradores de estos últimos tiempos declararon Parque Natural a todas estas sierras y a los cuatro vientos lanzaron la idea de que todo lo anterior fue negativo. Que lo de ahora, lo que ellos traían, sí era realmente lo bueno. Pero resulta que han pasado los años y al ir comprobando los resultados de todas aquellas polvaredas hasta sientes rabia.

Decían que todo lo que traían eran cosas auténticas y sobre todo limpias y respetuosas para los bosques y la gente de estas zonas. Esto es lo que decían hoy los periódicos de los nuevos gestores de estas tierras y a ti no te extraña porque sabes que mañana dirán otra cosa también relacionada con la corrupción y la mala gestión de estos montes. Y como tú en estos momentos que caminos por aquí con la visión de los cortijillos ahí por la llanura no sólo abandonados sino rotos y olvidados, no tienes más remedio que asombrarte ante el cúmulo de basura e indignidad que estos nuevos amos están dejando sobre los montes.

Porque, además, te viene también al recuerdo lo que leíste el otro día que este año, para solucionar un poco el problema de los incendios, los gobernantes, los que ahora manda y dirigen las sierras de este Parque, se les ha ocurrido que lo mejor es cerrar los caminos para que la gente no entre en el monte. “El consejero de Medio Ambiente sorprendió ayer con el anuncio de cerrar los montes públicos cuando haya alto riesgo de incendios. La sequía está provocando efectos dramáticos en la cubierta vegetal y el gobierno andaluz ha decidido endurecer la campaña de lucha contra el fuego.

El responsable de la gestión medioambiental compareció ante el pleno del parlamento para explicar la aplicación del Plan Forestal Andaluz, un proyecto con el que se pretendía cambiar el suelo andaluz en medio siglo y que a los cuatro años de su puesta en marcha ya requiere una revisión. Ante de su intervención realizó un anuncio sin precedentes: la Junta de Andalucía está dispuesta a cerrar el acceso a los montes públicos si, como es previsible, el peligro de incendio es elevado. Esta es una medida de choque para combatir el fuego en un año muy proclive a estos siniestros por la prolongada sequía. El consejero mostró unas fotografías transmitidas por satélite que demuestran el estrés de la vegetación, un fenómeno que refleja el avance de la erosión y el carácter vulnerable del medio. El consejero va a destinar 10.600 millones de pesetas en los próximos meses a actuaciones urgentes, una cantidad que dobla la cifra recogida en 1994 para prevención”.

Estas cosas y otras como estas tú no dejar de leer cada día en los medios de comunicación y en el fondo te ríes un poco porque sabes que todo son palabras que se lleva el viento. Sabes bien que en los últimos tiempos unas de las cosas que ocurren es que antes de poner en marcha un proyecto y de realizar obras reales y concretas siempre la airean a los cuatro vientos para que por lo menos haya ruido aunque no haya nueces. Por eso cada día más tú te ríes de todos estos anuncios en los periódicos y cada día más va creyendo sólo en aquello que ves. Tantas mentiras y tantos bulos has vistos y oído ya que no están las cosas para bromas.

Agricultura ecológica -12

Vas siguiendo tú la senda rumbo a donde crees vas a encontrarte con las ruinas de la aldea abandonado y ahí, donde El Arroyo se derrama hermoso en la verde cañada por donde empieza a correr, los pastores tenían su cortijillo y junto a él las tierras de cultivo. Cuatro trocillos de tierras que ellos fueron arañando a la cañada, a la ladera y a la orilla del arroyo. Y como tú ahora pasas por aquí, sin querer te tropiezas con estas tierrecillas, casi comidas ya por los majoletos y los romeros.

Te tropiezas con ellas, y como tú no dejas de ver cuanto hoy existe por estas tierras y al mismo tiempo no dejar de penetrar el silencio y ver también las cosas que fueron en aquellos días, descubres ahora aquella tarde que pasó por aquí al que el joven encontró montado en la yegua cuando iba por la senda y fue y le dijo al pastor:
- Este sistema de cultivo que vosotros desarrolláis ya no sirve.
- ¿Por qué no sirve?
- Hoy en día todo es mucho más moderno. En lugar de echarle estiércol a las tierras se le echa abono químico que es más fuerte y hacen que las plantas crezcan más rápidas y mejor. En lugar de regar con este sistema de regueras directamente desde el manantial al huerto hoy en día se usan periquitos, que son unos tubos de hierro por donde el agua sale en forma de lluvia. A este sistema de riego se le llama de aspersión y es mucho mejor y más moderno. También en lugar de tratar las plagas como vosotros que vais mata por mata sacudiendo los pulgones de las ramas, se usan unos productos que se llaman insecticidas que se los echas así esturreado y se mueren todas las plagas.
- Pero señor, yo tengo oído que todas esas cosas son venenosas tanto para las plantas como para las personas y las aguas.
- ¿Quién te ha dicho a ti que son contaminantes?
- Un amigo mío que es muy entendido.
- Bueno pues, aunque algunas de las cosas que te dice tu amigo son verdad hay otras muchas que son incierta, porque a vosotros los pastores de estas montañas lo que os interesa es modernizaros. Con todos estos métodos modernos que yo te estoy diciendo tú vas a sacar de tu huerta el doble de productos y el doble de gordos que con este método tuyo de siempre. Yo soy entendido y sé bien lo que me digo y también sé bien lo que te interesa.
- ¿Y qué es lo que me interesa?
- Ya te lo estoy diciendo: modernizarte y si quieres yo puedo echarte una mano.
- Hombre, por probar no se pierde nada y si resulta que es verdad lo que me dice usted a lo mejor salgo ganando. ¿Qué tengo que hacer?
- Mira, para empezara vamos a hacer una cosa: como tú tienes algunos ahorrillos de lo que vas sacando de las ovejas y de las tierras que siembras, me los vas a dar a mí.
- ¿Para qué quiere usted, señor, mi dinero?
- Es que tienes que empezar a modernizarte en todo; eso de guardar los dineros enterrados bajo una piedra ya ha pasado de moda. Hoy día existen bancos para que te guarden el dinero donde al mismo tiempo hasta te dan más dinero por tener los ahorros allí. En el banco es donde vamos a guardar tu dinero; luego yo me encargaré de, con ese dinero, irte comprando todo lo que necesites para a modernizar tu huerta. Ya verá que bien va a salir todo si te fías de mí que tengo estudios y sé bien lo que hay que hacer para que nada salga mal.
- Pues si usted lo dice, señor, que tiene más estudios que yo será verdad; vamos a fiarnos de usted.
- ¡Claro hombre, así me gusta que seas valiente y lanzado porque la vida y la suerte es de los valientes!

Aquel mismo día el pastor entregó todos sus ahorros al que mandaba y éste volvió unos días más tarde trayendo todo lo necesario para instalar un sistema de riego por aspersión en las pequeñas huertecillas donde nace El Arroyo.
- ¿No quedará feo esto aquí en el corazón de estas montañas donde todo es un puro paisaje?
Le pregunta el pastor a ver tantos cacharros.
- De feo nada porque la modernización tiene que llegar hasta los montes más lejanos.
- Pero vamos a ver, señor, para que salga el agua por estos tubos y caiga en forma de lluvia, habrá que meterla primero por los tubos y darle fuerza ¿no?
- Pues claro pero eso está ya pensado y estudiado: el sistema de desnivel.
- ¿Y qué es eso?
- Te lo voy a explicar con palabras sencillas para que lo entiendas. Los tubos van a venir desde el manantial: allí mismo cogemos el agua, la metemos en los tubos y como desde allí hasta el hortal hay mucho desnivel, ella misma, por sí sola tiene impulso suficiente para salir con fuerza por aquí y caer en forma de lluvia ¿lo entiendes?
- Un poco pero tendré que verlo para quedarme satisfecho. Hasta que mis ojos no lo vean no podré creerlo ni entenderlo del todo.
- Yo te explico como se hace y tú te pones manos a la obra porque esto tiene mucho trabajo y requiere tiempo cosa que yo no tengo ni a ello puedo dedicarme. Ya tengo bastante con gestionar tu dinero, traerte hasta aquí estos tubos y darte todas las explicaciones que necesites. Cuando vuelva el próximo día te traeré los abonos químicos y los insecticidas y si puedo también semillas seleccionadas y de tierras lejanas que son las buenas. Verás tú esta próxima primavera que cosecha vas a tener.
- Dios le oiga, porque yo estoy pensando que si todo va bien, hasta podré vender productos a otra gente y así ganar más dinero.
- Claro que sí y todo el mundo te envidiará por haber sido el primero en modernizar tus cosas y tu vida.

Se fue el señor y cuando unos días más tarde volvió venía cargado de montones de productos modernos. Y como el pastor no había terminado todavía de hacer aquella instalación de riego por aspersión, le dijo:
- Bueno, poco a poco pero ahora conviene que vayas aprendiendo hasta el significado de las palabras que vas a tener que usar en esta modernización tuya. Por ejemplo: riego por aspersión es el que mediante mangueras, bocas giratorias que le llaman periquitos en algunos sitios, dispersa el agua a modo de lluvia artificial.
- A pesar de todo yo creo que como la lluvia natural no hay nada y aquí en estos montes la lluvia es una cosa que casi nunca falta y cuando falta, después de la lluvia, aquí siempre se ha regado como regaban los antiguos: con regueras trazadas en la tierra por donde va el agua en forma de arroyo pequeño para empapar la tierra donde crecen las hortalizas y las legumbres.
- Es que vosotros los pastores y campesinos de estas montañas siempre habéis sido pesimistas y reacios a los nuevos tiempos. Si tenéis un duro en lugar de invertirlos en fábricas y otros proyectos, cogéis y lo enterráis. ¿Así cómo vas ni a progresar ni a cambiar nunca?
- A mi no me diga usted eso porque ya ve que estoy colaborando, aunque le voy a decir que mi amigo no dejaba de decirme que los cambios tienen que venir de otra manera.
- ¿De qué otra manera?
- Por la vía del estudio. Que nosotros tenemos que estudiar, formarnos bien y si es necesario hasta conseguir los títulos de ingeniero de montes o hacernos ministros para que así sepamos lo que hay que hacer y nadie nos engañe nunca.
- ¡Tonterías! ¿Para qué estamos nosotros entonces aquí? Tú déjate de tonterías y hazme caso verás como esto de la modernización de vuestros huertos, tal como yo lo tengo pensado, da buen resultado.
- Que Dios quiera que sea así porque sino me voy a quedar arruinado.

Otra vez más aquella tarde se fue él dejando en este rincón todos los objetos modernos que había traído y dándole instrucciones al pastor para que sembrara aquellas nuevas semillas de países lejanos y preparara las tierras con aquel abono químico.
- Ya volveré pero para entonces tu cosecha tiene que estar hasta recogida.
Le decía al pastor cuando se despedía.
- Ya veremos.
Le dijo el pastor.

Y lo que pasó es que aquel proyecto que el que mandaba quería poner en marcha en las tierras de la huerta del pastor no dio resultado. El agua por riego a aspersión no funcionó, las semillas extrajeras brotaron pero en cuanto vinieron las heladas tardías, se quemaron todos los tallos. Los tomates, los que se salvaron y pudieron por fin madurar, tenían sabores raros porque aquello del abono químico no dejaba el mismo sabor en las hortalizas que las que habían sido criadas con estiércol de las ovejas y lo peor de todo fueron los insecticidas. Hasta varias ovejas se murieron después de comer las hierbas que habían sido rociadas con aquellos insecticidas.

- Pero hombre, si vosotros tenéis la mejor agricultura del mundo ¿para qué os metéis ahora en eso de abonos químicos y riegos a aspersión?
Le decía al pastor su amigo de siempre.
- Es que me dijo que todo esto moderno era mucho mejor.
- De mejor nada; fíjate lo que te digo: la agroecología posee numerosas alternativas para erradicar las plagas en los cultivos sin necesidad de recurrir a producto contaminantes. El objetivo principal es prevenir las plagas mediante una perfecta selección de las semillas y la rotación y asociación de variedades que fertilicen las tierras. En última instancia se puede recurrir a productos orgánicos que se caracterizan por ser degradables.
- ¿Y entonces este abono químico que me ha traído?
- El objetivo de los abonos naturales y de la fertilización en este tipo de agricultura es aumentar el humus y favorecer la actividad de los microorganismos del suelo, utilizando únicamente productos orgánicos para que se liberen nutrientes que posteriormente absorberán las plantas.
- Total, que me ha estado engañando.
- No te ha dicho toda la verdad porque pone la modernidad en cosas que ya se han comprobado no son buenas ni para la salud ni para la naturaleza. Mira, para que te quedes con las cosas claras y no te dejes engañar más por el primero que te diga esto a aquello, te voy a decir, te voy a resumir en unos puntos, las normas generales para conseguir cosechas abundantes y sanas. *Para prevenir las plagas es imprescindible plantar variedades acordes al medio y mantener una rotación del suelo; esto vosotros los venís haciendo desde hace siglos y tenéis más experiencia que nadie. *Uno de los métodos más novedosos es el tratamiento térmico del suelo basado en la desinfección mediante calor. *El mejor abono es el estiércol de animales descompuesto por fermentación en montón, en hoyo o en la superficie. *Entre los productos verdes se incluye los restos de cosechas pasadas. *También se usa la paja, el serrín, las virutas y las cortezas. *La agricultura ecológica utiliza semillas naturales producidas en la misma finca o en aquellas otras que también son ecológicas. *En el laboreo se utiliza arado o azada para mezclar el suelo y así aumentar su fertilidad. *La siembra debe realizarse en los plazos de tiempo recomendados para la variedad que se esté utilizando. *La agroecología persigue volver a los sistemas tradicionales, es decir, lo que vosotros habéis estado haciendo desde toda la vida.
- Bueno pues, entonces ¿qué hago?
- Cuando venga por aquí le dices que te deje en paz; que se lleve todos los objetos que te ha traído y que te devuelva tu dinero.
Le aconsejó al pastor su amigo de verdad.

Y esto fue lo que hizo el pastor pero como aquel hombre era tan cerrado de mollera, le dijo al pastor:
- Es que de tu dinero apenas quedan dos pesetas.
- ¿Y donde se ha ido entonces?
- ¿Te parece poco todo lo que te he comprado?
- Pero señor ingeniero, a mí no me sirve para nada ninguna de estas cosas que me ha traído usted.
- No te servirán pero todo esto vale un dineral además del trabajo que yo me he dado para traer a estos montes tanto cacharro.
- No se queje ahora porque todo fue idea suya.
- Claro pero para ayudarte a ti.
- Pues valiente ayuda la que me ha traído.
- Ahora no me eches a mí la culpa porque todo es por lo pesimista que te muestras, la poca preparación que tienes y también la poca fe que depositas en el futuro. - En fin, que ahora soy yo el culpable de todo.
- Y tan culpable.

Dos días más tarde volvió por allí y como le traía al pastor las cuentas de su dinero, lo llamó y sacando un sobre le dijo:
- Aquí tienes los resultados finales de todo aquel dinero que me diste. Cuenta ese dinero.
El pastor contó y luego escuchó las explicaciones que sobre aquellos papeles le daba y como nada cuadraba según las cuentas que el pastor había hecho mentalmente, miró al hombre y le dijo:
- No se me ocurrirá nunca más hacer ningún negocio con usted, señor de montes.
- Eso es lo que te digo yo, porque después que me he preocupado por ti para mejorar tu vida hasta me dices que las cosas de tu amigo son mejores que las mías. Pues sigue cultivando a lo antiguo ya verás qué antiguo te vas a quedar tú también. Porque te has creído que yo he venido aquí a dejarte sin identidad y sin tu denominación de origen y no era eso.
- En fin, señor, aunque no nos va boyante con este mundo que nos rodea en el fondo somos felices y no necesitamos de las modernidades que usted nos ha traído ni tampoco nosotros queremos ser tan modernos. Aunque tirando, siempre las cosas nos fueron bien y yo creo que así seguirán para que sigamos tirando.

El Collado de las Setas -13

Bueno pues, tú ya andas por la cañada donde nace este Arroyo y mientras vas andando, ya a punto de empezar a bajar para irte por la pista, pasar junto a los cortijillos y seguir directamente a la aldea, vas pensando que si en lugar de seguir bajando te vienes cañada arriba para acercarte cada vez más al punto exacto donde debe nacer esta gran arroyo, te encajas en el mismo collado. Un collado es la elevación suave de terreno menor que el monte; cañada pero algo menos.

Así que lo piensas bien y decides subirte por la cañada hasta lo más alto del collado. El nombre de este collado no es el de las setas sino que su nombre, según te dijo el joven pastor que todos los veranos trae a sus ovejas a pastar por aquí, es el collado de los Hermanillos. Le preguntaste por qué se llama así y no supo decirte más pero tú sí sabes que los Hermanillos también se refiera a unos picos que no caen muy lejos de aquí. De todos modos el nombre que te dijo el pastor te gustó y como encuentras que le queda bien a este collado así lo aceptas y así crees tú que es bueno que se llame.

Una vez en el mismo centro de este collado te queda a tus pies, hacia el poniente, la cuenca del río Aguascebas Grande y hacia el levante la cuenca del Arroyo. Es decir: te has situado justamente en el punto exacto donde nace y están los primeros metros de las cuencas de dos de los cauces más bellos de la Sierra de Las Villas. Algo impresionante si tienes en cuenta lo quebrado de esta ladera y lo lejano y la profundidad de estas sierras, un día entero se puede tardar en llegar hasta este punto si se prescindes de la pista por donde ciertamente se llega antes y con mucha más comodidad. Pero tú sabes que si te vienes por la pista, cosa que hoy no has hecho, el sentimiento de lejanía y profundidad sobres estas montañas no es ni mucho menos lo mismo. Y eso va en la línea de tu teoría: cuanto con más comodidad te muevas por estas sierras menos gozarás de ellos y menos te pertenecerán. Tiene un gozo especial la conquista basándose en esfuerzo y horas.

Y, además, si lo piensas bien, esto de encontrarte en un punto tan singular como este no es cualquier cosa. Aquella primera vez que lo hiciste lo sentiste como lo más hermoso y denso de tu vida. Una experiencia que como ocurre una sola vez en la vida resulta por excelencia única y más aún si como hoy tienes la suerte de volverla a repetir. Y por eso es la segunda vez que te encuentras en este collado. La primera fue aquel día que viniste con el amigo que ya no está y llegaste hasta este collado subiendo desde el Raso de la Honguera, Cueva del Peinero, siguiendo el curso del río Aguascebas Grande. Por esas ladera tan llenas de monte y rocas, tan quebradas y repletas de soledades profundas, se os levantaron varios jabalíes y bajo las rocas visteis sus camas. Recuerdas tú esto como si lo hubieras vivido en un sueño y, sin embargo, fue real.

Como aquel día también era otoño, cuando por fin os encontrasteis en lo alto del collado la emoción se multiplicó por aquellos dos encuentros: el de las setas bajo y a la sombra de los pinos pequeños y el del pastor. Con lo primero os parasteis un poco para gozarlas despacio porque os llamó la atención lo grande que eran aquellas setas y cuando os aplastasteis junto a ellas para fotografiarlas se os acercó el pastor.
- ¿Que, buscando setas?
Os preguntó. Fue una sorpresa porque no lo esperabais ni allí ni tan cerca y a su pregunta respondiste que:
- No exactamente pero ya que las hemos visto a ellas y a usted nos servirá para salir de una duda.
- ¿Que es lo que dudáis?
- Si se dan o no mucho por aquí los níscalos.
- Los níscalos, como el resto de las setas, se dan por aquí en abundancia si el otoño es bueno.
- Pero hasta este lugar ¿quién viene a buscarlos?
- Hoy día hay gente para todo y llegan hasta donde menos te lo esperas.
Cuando el pastor terminó de daros estas respuestas fuiste tú el que, animado por las circunstancias y el tema, le preguntaste:
- ¿Y que opina usted de eso?

- Quizá mi opinión no sirva para mucho pero como me la habéis preguntado voy a deciros que yo pienso que la economía de los vivientes rechaza el acopio y se aferra a la austeridad renovada cíclicamente. Por eso demasiadas veces se nos enturbia la actividad con un escandaloso saqueo masivo y hasta despreciativo hacia el propio regalo que nos ofrece los hongos y los suelos nutriéndose y a esto quería yo llegar después de esta tan larga exposición mía. Lamentablemente muchos en su trasiego destruyen las setas no comestibles, se llevan mucho más de lo que van a comer y arranca con afán clasificatorio varios ejemplares cuando basta uno. Y la presión es tan grande y la colecta tan masiva que empezamos a detectar también cansancio en los mismos hongos porque hay ya pinadas y campiñas esquilmadas. Así que esta es mi opinión.

Con interés seguisteis vosotros aquel día las cosas que os dijo el pastor y como de momento os encontrasteis agusto a su lado, allí os quedasteis con él un buen rato por entre los pinos del collado. Y como en este rato tuvisteis tiempo de hablar de las manadas de animales en tiempos pasados, entusiasmado él os decía:
- Era una gloria verlos monte arriba en busca de la hierba de las cumbres. Era una gloria cuando en los primeros albores del día los rebaños salían de sus corrales, tinadas y establos que es como lo llamamos aquí, e iban llenando cañadas y barrancos. A veces algunas de las manadas se te perdía tras las rocas de la loma, otra se te iba arroyo bajo buscando el arroyo más grande y la otra u otras se quedaban por los alrededores de la majada. Los pastores, vaqueros o cabreros llenaban de vida estos campos yendo por las sendas tras o en busca de sus rebaños y preocupados por aquel que se había perdido tras la cordillera. Había que subir a por él y había que procurar, si era posible, dejarlo que pastara por allí a lo largo de todo el día y al mismo tiempo volver antes de que la luz del día se fuera y la noche nos cogiera bajando la ladera.

Esto y otras muchas cosas os contó aquel pastor tan lleno todo de las vivencias de aquellos tiempos y como vosotros teníais que seguir ya que el día andaba muy avanzado y os encontrabais bastante lejos del punto a donde tenías que regresar, le preguntasteis y entonces os dijo:
- El monte que tenemos enfrente, hacia el norte, es Torraso que tiene 1600 m. Pues por el lado sur de este monte va una pista que arranca desde aquí mismo, desde el collado y baja o sube según el terreno, bordeándolo hasta juntarse con la otra que viene desde la aldea y por la zona esa que se llama Los Tableros.
- Pero nosotros no queremos ir tan lejos.
- Ya sé que vosotros hoy no queréis ir tan lejos a pesar de que habéis venido a parar lejos pero yo os voy a decir una cosa.
- ¿Qué es lo que nos va a decir usted?
- Que si vosotros hoy tuvierais tiempo os iríais por donde yo os iba a decir.
- ¿ Y por dónde nos iba a decir usted?
- Yo os iba a decir que os fuerais desde este collado atravesando el monte hasta salir a la parte alta de ese otro afluente del Arroyo, el que pasa cerca de la aldea y nace en la misma cumbre del pico Almagreros pero por aquí cerca de los Hermanillos que son dos picos preciosos entre el Almagreros y el Blanquillo.
- Pero según usted nos indica si nosotros hoy nos fuéramos por ahí íbamos a salir por la zona esa donde está la amplia y grandiosa Majada de la Perra.
- ¡Exactamente! La Majá de la Perra que es una llanura grandísima, como dos o tres campos de fútbol y que cuando está llena de hierba y luego a lo largo de casi todo el verano todavía pastan por allí los rebaños de ovejas. Por eso os digo que si tuvierais tiempo deberías iros por ahí y bajar luego por el arroyo hasta la aldea para subir por el ramal de la pista de abajo y venir a salir a Los Tableros.
- Y además de esa gran llanura ¿qué otra cosa es lo que nosotros veríamos por ahí en caso de que decidiéramos hacer esa ruta, si no hoy, cualquier otro día?
- Pues no veríais nada más que preciosidades. Todo un paisaje lleno de belleza que deberíais conocer para así tener lo mejor de la sierra dentro de vosotros. Os lo digo con toda sinceridad yo que conozco bien y desde toda la vida estos rincones.
- Bueno y si nos vamos por este sitio ¿cuánto tardaríamos en volver de nuevo al pico Torraso y desde aquí al Raso de la Honguera?
- Yo creo que vosotros podéis tardar un día largo, porque claro, todo depende de si lleváis prisa, conocéis el terreno y cogéis o no por trochas y veredas.
- Lo sentimos mucho pero no salen las cuentas. Ya tenemos gastado más de medio día, así que hoy no puede ser.
- Pues es una pena, os lo digo de verdad.
- En fin, en otra ocasión será.

Como un Trozo de Museo -14

Y la otra ocasión podría ser hoy. Porque hoy estás tú de nuevo en este collado y como no tienes que volver para atrás en busca del Raso de la Honguera sino que vas para delante, es tanto como decir, en la dirección correcta. Desde este collado, ahora, en lugar de bajar otra vez para buscar la pista y seguir luego por ella, puedes irte por la parte alta, saltando la lomilla de enmedio por donde ésta se une a la gran cuerda e ir a salir por la zona esa de la Majada de la Perra y después a los grandes manantiales. Esta es la misma ruta que aquel día os indicó el pastor y que dejasteis para otra ocasión que acaba de presentarse. Pero, aún siendo una pena, hoy tampoco la aprovechas tú. Y la verdad es que hoy no tienes ningún motivo importante para no aprovecharla pero el caso es que decides de nuevo volver por la cañada de los cortijillos y aquellas huertas donde el ingeniero quiso implantar la agricultura ecológica. Y si busca una razón profunda para justificarte a ti mismo la única que encuentras es la fuerza de una gran sensación.

Porque nada más empezar a bajar por la pista que se va hundiendo en el barranco, una extraña sensación de asombro te va dejando el alma embelesada.
- ¿Tú habías oído hablar algo de este barranco?
Te preguntó aquél día tu amigo el joven pastor.
- Yo había oído hablar bastante y todo en un sentido de asombro. Me lo definieron como el barranco de la gran catedral de la sierra. Un museo gigantesco donde más por su belleza que por sus proporciones, te asombra todo.
Le dijiste tú a él.

Ahora pasas rozando el segundo manantial que brota en el arroyo de los tres pinos y ya nada más verlo, te deja helado. Primero baja una pequeña sendilla por la pendiente que lo protege al lado del levante. Quizá en otros tiempos sí fue senda de verdad pero ahora es sólo una sendilla para los animales porque nadie más la usa ya. Bajas esta sendilla poniendo todo el cuidado en no resbalar y caer al agua y te sitúas frente al manantial. Lo miras y con tanta fuerza te coge que casi te quedas sin reacción. No sabes si beber un sorbo de este agua limpia, si tocarla para llenarte más de ella, si mirarla y quedarte ahí y así eternamente o si irte y no mirarla más a fin de no sufrir tanto.

Así que si consigues escabullirte de la magia de este hoyo con su manantial en el centro, los pinos y luego el chorrillo, en cuanto miras al frente te dan otro golpe, precisamente eso, los pinos. Clavados en las rocas que se desploman en tajos hacia los barrancos, se alzan potentes hacia el infinito del azul sobre las cumbres. Todos son gruesos, rectos, fuertes y majestuosos. Subes un poco y mientras por el pequeño llanillo adivinas el rescoldo de la lumbre aquella donde se calentaban los serranos cuando los inviernos llenaban de hielo todos estos barrancos, va sintiendo la presencia de aquellos otros serranos. Se habían instalado en un chozo de monte construido por ello, al lado norte del cerro redondo. Todo el mundo sabía que ellos estaban allí y que en aquel rincón vivían desde épocas lejanas. Todo el mundo sabía esto pero hasta el lugar del chozo nadie se acercaba precisamente por eso: por lo lejos y recóndito del rincón. Ahora los sientes mientras vas recorriendo estos lugares ya casi respirando el viento de la aldea que en la ladera permanece rota y también te siente con la necesidad de seguir y deshacerte, si puedes, por todo ese rincón.
- ¿Estará por ahí, todavía ese chozo?
Le preguntaste a tu amigo el joven pastor.
- Seguro que sí aunque la verdad es que yo nunca lo he visto. Pero aunque sea así, el acercarte por el lugar y pisar aquellas laderas, produce una extraña sensación.

Y es así, porque tú ahora mismo sientes como si todavía viviera aquí aquella gente. Como si a pesar de los años y el olvido de casi todos los seres humanos sobre el planeta tierra, ellos, su chozo, las sendas por donde iban y hasta el latido de sus corazones, aquí se hubiera quedado parado para siempre. Como si la escala temporal de la humanidad se hubiera detenido.

Así que tú, en un ir y venir, estar y no estar en cuerpo y espíritu, entre el pasado, el presente, la realidad, tus sueños y la eternidad, te encuentras que hoy andas perdido ya casi plenamente entre los misterios y las soledades de este barranco, nacimiento del gran Arroyo y a tu mente acude la declaración mundial de Reserva de la Biosfera para todos estos montes. A ti te han dicho que la Reservas de la Biosfera son áreas protegidas donde la conservación del ecosistema y su diversidad biológica se combina con el uso sostenido de los recursos naturales, en beneficio de las comunidades locales que habitan estos espacios naturales. A ti te han dicho también que la Unesco estableció esta figura en 1976 en el marco del programa internacional de investigación sobre el Hombre y la Biosfera, que tiene como objetivo proporcionar la base científica y capacitación necesaria para tratar los problemas que se relacionan con el uso de los recursos, la conservación del medio ambiente y los ASENTAMIENTOS HUMANOS. Y te han dicho que las Reservas de la Biosfera constituyen una red internacional de trescientas veinticuatro reservas en ochenta y dos países.

Por decirte te dijeron que el primer congreso internacional sobre Reservas de la Biosfera se celebró en 1983 en Minsk, Bielorusia, de donde emanó un plan de acción de nueve puntos de las Reservas de la Biosfera, que fue aprobado por la Unesco y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Te dijeron que diez años más tarde, en la Conferencia General de la Unesco celebrada en 1993, fue cuando se aceptó la invitación de España a convocar una reunión de expertos en Sevilla para evaluar el Plan de Acción y diseñar una nueva estrategia.

Todo esto y otras muchas más cosas te han dicho a ti y con todos estos datos en tu mente, tú has ido analizando, comparando, viendo y observando y al final, si es que este puede ser el final, tu has aprendido una cosa: primero, que en aquellos países más desarrollados la mayoría de las reservas han sido olvidadas por falta de prioridad política. Segundo, que los legisladores de estas reservas han dando muy buenos consejos a los países en vía de desarrollo pero no se lo han aplicado nunca a si mismos porque para ellos ha pesado más los beneficios económicos. Y tercero, lo más cruel y ofensivo es que precisamente, en los países más pobres, en las zonas más deprimidas y en aquellos rincones poblados de pastores y gente humilde, como es el caso de este rincón que ahora mismo pisas, es donde el planeta tierra está mejor conservado. Con lo que se confirma lo de siempre: los humildes de la tierra son los que menos la han roto, los que mejor la han conservado y cuidado.

Y esta realidad ¿acaso tiene algo que ver con la presencia de aquella gente por aquí, en aquellos tiempos, y el sentimiento que ahora mismo te embarga, según te acercas a la ruina de la aldea y pisas las tierras que los rezuma por todas partes? No sabes por dónde pero te resuena por algún sitio, que algunos de los que se dedican a planificar y gestionar hoy estas reservas, el otro día te decía que:
- Es necesario romper la coincidencia entre marginalidad socioeconómica y valor ecológico en Andalucía. Extensas sierras pobladas y marginadas de los ciclos económicos son precisamente las que encierran los mayores valores naturales.

No supiste tú qué responderle porque al parecer sentía, presentía y hasta tenía vivo dentro de ti lo que ahora mismo estas pisando y viendo con los ojos de tu alma. ¿Se puede elaborar de todo esto unas respuestas para aquellas palabras? El acercarte por el lugar y pisar estas laderas, produce una extraña sensación. Y es así, porque tú ahora mismo sientes como si todavía viviera aquí aquella gente. Como si a pesar de los años y el olvido de casi todos los seres humanos sobre el planeta tierra, ellos, su chozo, las sendas por donde iban y hasta el latido de sus corazones, aquí se hubiera quedado parado para siempre. Como si la escala temporal de la humanidad se hubiera detenido.

Avistando la Aldea -15

La pista seguida que es el ramal que entra por la parte de abajo y se va derecha a la aldea, en cuanto se despega de esta primera cañada, cimbrea a la lomilla de enmedio, la atraviesa como puede, que más bien es con bastante dificultad porque por el lugar existen grandes laderas de rocas, y cae a la otra cañada. Siguiendo la pista te vas tú y nada más coronar un poco las primeras curvas del puntal ya ves la aldea. Frente a ti queda en la misma ladera norte del pico Almagreros, en un pequeño collado que derrama sus tierras, casi llanas, hacia el lado en que avanza la pista. La aldea en realidad parece que ni siquiera llegó a la categoría de aldea, porque sólo fueron unos cuantos cortijillos construidos unos muy cerca de otros y hasta tal punto tuvieron poca importancia que ni siquiera vienen señalados en los mapas ni de ellos te habla casi nadie. Y para que todo el mundo los ignoren aún más, los que ahora gestionan las tierras de estos montes, por ningún sitio y en ningún momento oirás tú nunca que mencionen para nada a esta aldea o cortijillos.

Por el mismo lado en que avanza la pista y enfrentada también a la misma ladera algo llana de la aldea, te encuentras con la segunda cañada. Es el arroyo, primer gran afluente del Arroyo. Suavemente la pista empieza a irse por un poquito cañada arriba y ya aquí de nuevo el corazón se te llena de emociones encontradas. Este trozo de tierra se llama, según tu amigo el pastor joven, Cañada Somera, cosa que tú no sabías y te alegra conocer. Quizá la más importante de todas las emociones que en el corazón se te amontonan es la que te surge del cascabeleo de la corriente que baja por este arroyo el cual se le junta enseguida el cascabeleo y el caño del manantial que fluye en la misma ladera que acoge a la aldea. Y la otra gran emoción es la aldea. Mana de aquí, de su silencio, hoy un latido de vida ausente que se te clava en lo más profundo del espíritu.

Aún sientes el juego y la algarabía de los tres niños y medio que correteaban por esta aldea. Se juntan ellos por la zona esa de los nogales y pegados a la acequia, reguera con agua que atraviesa los huertos desde la parte alta para ir repartiendo el líquido por los distinto bancales, preparan una lumbre. Primero buscan trozos de ramas secas y teas de pinos y entre dos piedras enciende el fuego. Esperan que las llamas surjan y en cuanto éstas empiezan su revoloteo celeste los niños se acurrucan pegados a su calor intentando llenar de vida sus manos heladas y sus almas juguetonas. Corretean luego por las rocas de la derecha persiguiendo mil sueños de algodón que inaccesibles se les escapan por las cascadas heladas de la ladera hacia el infinito de la cumbre. La ladera es toda de ellos y como por la ladera, el bosque y las rocas, no hay nada más que paz y silencios, sus pequeños sueños se hacen tan grandes que no caben en el barranco. Ajenos anda ellos al mundo de los mayores y el mundo de los mayores, por estos días, anda también lleno de multitud de sensaciones. Algunos se han llenado de esperanza y otros, los más sensatos y prudentes, no acaban de ilusionarse.

Es el caso que por estos días hay bastante novedades por estas sierras y más aún en este rincón, precisamente por ser un rincón pequeño y alejado casi hasta el infinito, del resto de los humanos. Por un lado han crecido mucho algunas cosas y como casi siempre sucede, cuando algunas cosas crecen mucho, otras menguan. Y las que han quedado o quedan en el centro, en medio, andan casi a la deriva, envueltas en una gran incertidumbre. Por estos días ha venido por aquí, por estas sierras, otro que manda y como lo dirige todo y lo controla todo aunque haya trozos que no le corresponda a él dirigirlos. Hay muchos que se han ilusionado pensando que aquello que hasta este momento iba mal, a partir de ahora mejorará. Otros grupos temen que si las cosas cambian ellos pueden perder su situación de privilegiados pero, aún así, es más la expectación de esperanza que lo contrario.

Entre los mayores de esta aldea, desde hace algún tiempo, se vive con angustia, la idea de tener que irse de aquí. Más de uno ha pensado ahora que en cuanto le exponga estos temores al nuevo que manda él les va a echar una mano. Y el que ha venido hoy por aquí y enseguida aprovechan la ocasión para decirle:
- Miren usted, señor, lo que pasa es que con esta idea del Coto Nacional no hacen nada más que decirnos que sobramos aquí, y la verdad, toda la vida en este rincón, a uno se le mete en el corazón y le coge cariño. Ahora nos dolería mucho tener que irnos de aquí. Los otros directores de antes nos habían tomado manía y por eso nos hemos alegrado que haya venido nuevo. Usted nos ayudará ¿verdad?
- Se hará lo que se pueda. ¿Qué es lo que queréis?
- Pues queremos quedarnos aquí.
- Pero si os hacemos una casa nueva en otro sitio, más bonita, con muebles de estreno y más dentro de la civilización ¿nos os iríais con gusto?
- Es que no vemos la razón para tener que cambiar de casa.
- Una de las razones, la más importante, es que los animales silvestres necesitan más espacio. En los últimos tiempos han crecido mucho y las tierras que ahora ocupáis se necesitan para ellos.
- Por dos pedacillos más o menos tampoco van a sufrir mucho estos animales.
- Buen pero si razonamos bien vosotros vais a salir ganando; los animales y estos campos también.
- Y esto de que nosotros vamos a seguir ganando, depende de como se miré. Porque nuestra presencia aquí nunca ha perjudicado ni a estas sierras ni a los animales salvajes que viven en ellas sino más bien todo lo contrario. Nuestra presencia aquí siempre fue buena para todo.

- Mirad, si ahora os mudáis de vivienda, porque en el fondo es sólo eso, un cambio de lugar, vais a salir ganando en muchas cosas.
- ¿Cómo cuales?
- Tendréis una vivienda más digna, con muebles mejores, más comodidad y sobre todo estaréis mucho más integrados en la sociedad. ¡Mira que vivir aquí en este mundo tan apartado de la sociedad y siendo tan diferentes a ellos! En la nueva vivienda os vais a sentir insertados con los demás y por eso llegaréis a ser mucho más testimonio.
- De todas maneras no lo vemos tan claro. Nosotros nos sentimos muy agusto y creemos que somos felices y dejamos que los demás lo sean con esta forma de vida que ahora tenemos.
- En fin, se trataba de lo siguiente: quiero acordar con vosotros una serie de reuniones para explicaros despacio la gran ventaja que supone que os vayáis de estas sierras. Necesitáis que os lo explique despacio y punto por punto y veréis como llegáis a comprenderlo. En los tiempos que corren ya no se puede pensar en seguir viviendo dentro de estas sierras como si todo fuera igual que antes.

El que mandaba, aquella tarde se fue del lugar y los dejó allí tranquilos, según decía él pero se trataba de eso: de tener un primer contacto con ellos y hablarles del tema. Ya los irían aceptando poco a poco y como él tenía la última decisión en sus manos, si no aceptaban la idea por las buenas, se la haría tragar a la fuerza. Ahora, un director como él, demostraría a todo el mundo su gran valor si conseguía por la buenas y sin trauma lo que otros no habían sido ni eran capaces de conseguir ni a la fuerza. Además, esta gente tan sencilla y con motivaciones tan primitivas ¿cómo no los iba a convencer? ¿Cómo no iba a ser posible lograr el objetivo final?

Durante un tiempo más todavía los mayores de esta aldea no perdieron la esperanza de que el nuevo los comprendiera y se pusiera de su lado.
- A lo mejor nos comprende y deja de empujarnos. A lo mejor llega a comprender que su proyecto no es el más bueno y da marcha atrás.
- Claro, porque esto de irnos de aquí aunque sea a una casa más bonita y grande no acaba de gustarnos a ninguno de nosotros.

Pisando la emoción -16

Así que ahora, cuando hoy tú te encuentras pisando las tierras que tanto pisaron y amaron aquella gente hasta te entra una duda. ¿Sigues avanzando y te metes por entre las ruinas de aquellas casas que les pertenecieron para curiosear y ver qué queda por ahí o te paras y no entras en ese rincón sagrado? La verdad es que la curiosidad siempre empuja y te lleva hasta el deseo de tocar, pisar y si es posible saborear cualquier cosa que puedas encontrar en las ruinas de esta aldea. Seguir adelante, pisar los escombros de estas casas, ojearlo, recorrerlo, observar cualquier resto de aquella gente que todavía quede por aquí, es lo que parece sería lo normal. Cualquier otra persona en tu lugar esto sería lo que haría pero tú sabes bien que este rincón es mucho más que cuatro casas rotas que un día fueron habitadas por gente de estas sierras y luego tuvieron que irse y dejarlas aquí para que el tiempo y la lluvia las desmorone. Parece que es de más grandeza y respeto no llegar ahora hasta estas casas sino quedarte por aquí y desde la distancia observarlas y gustar los secretos que esta visión te contagia. Porque ¡sabe Dios dónde estarán ya ellos!

Y a esta interrogante parece como si desde lo hondo del alma una voz desgarradora se alzara potente y recorriendo todo tu espíritu te gritara diciendo:
- Ellos están vivos.
Algo asombrado tú le preguntas:
- ¿Por qué lo sabes?
- ¿Quieres que te lo cuente?
- Es lo que más deseo ahora mismo en este mundo.
- Pues mira, a todos ellos los he visto en muchas calles de una gran ciudad y todos sus intereses estaban en la búsqueda de un piso. Les habían dicho que junto al río que atraviesa la ciudad, mirando a las mismas aguas y con las praderas de hierba y grandes jardines entre la corriente del río y las casas, existían unos pisos muy bonitos.
- Usted venga que se los voy a enseñar.
Les decía el que quería vender los pisos. Y un día fue por allí el que los representaba y simbolizaba a todos y se puso a ver los pisos. Una hilera de bloques todos iguales con ventanas pequeñas y calles llenas de asfalto.
- Fíjese qué vista y qué belleza de paisajes con su placidez y todo.
- Pero si la vista es a un río que está seco y los paisajes son escombreras y basura llenando toda la orilla del río.
- Sí pero eso es ahora nada más. En cuanto llueva este río es una gloria de hermoso y todas esas escombreras, me han dicho que ya mismo la van a prohibir. Me han dicho que por aquí no va a haber nada más que espacios verdes llenos de silencios y muchos pajarillos cantando por los árboles.
- ¿Y los olores que suben desde el río?
- También van a prohibirlos poniendo desagües nuevos y depuradoras allí donde haga falta.
- Pero ¿y los ruidos de los coches que pasan por esta carretera que tengo justo debajo de mi ventana?
- Eso tampoco es problema. Dentro de unos días van a aprobar la nueva circunvalación y entonces todos los coches se irán de aquí.

Otro día lo volví a ver y era por la mañana. Salió a la calle y como era fin de semana se fue a comprar la prensa para ver los resultados de la liga de fútbol. Aquella noche televisaban una final de liga y todo parecía que se presentaba lleno de emoción. Compró luego unos churros para los nietos y al pasar luego por la puerta de la tienda donde venden la fruta y ver aquellas cerezas tan rojas, grandes y apetitosas, pidió que le dieran medio kilo para llevárselas a la familia. Y si no se las llevaría a los nietos y luego a media mañana los sacaría a pasear a los columpios del parque.
- ¿Esta es la nueva y moderna vida que habéis cambiado por aquello otra ruda y salvaje de la aldea allá en la sierra?
Le pregunté.
- Esta es la vida a la que me han traído obligándome a la fuerza y ahora no tengo más remedio que vivirla. Subvencionado por no decir comprado; modernizado porque tengo nevera coche, piso y hasta vacaciones que me pagan los servicios sociales, así es como yo he progresado al venirme de aquellas soledades y meterme en este enjambre de seres civilizados.

Dos veces más los he visto entre el bullicio de estas grandes ciudades y no me extrañaría que los siguiera viendo muchas veces más. Pero las dos veces me acordé de esta aldea y ahora no acabo de adaptar y comprender aquello que vi con lo que veo y hubo antes por aquí.

El dinero -17


Esto es lo que parece que dentro de tu alma grita y mientras desde ese mundo profundo de tus sentimientos intentas buscar una respuesta clara y hermosa que te deje plenamente satisfecho, ves con tus propios ojos como al amanecer el hombre salió de su casa, como cualquier otro día de los muchos que por allí él tenía vividos y se fue por el campo a ocuparse de sus cosas. Viste tú como dejó su casa toda ordenada. Limpia y con la puerta cerrada y luego, al caer la tarde, fíjate cómo estaba. En la puerta, junto al pequeño peñasco que él tantas veces había utilizado para hacer sus cosas, ahora tenía allí todas sus pertenencias amontonadas. Miró buscando la casa y como no la encontraba el hombre preguntó:
- ¿Qué me habéis hecho con mi casa?
Nadie respondió a su pregunta y entonces viste tú como el hombre de la pequeña casa en las laderas verdes de la profunda sierra de este Arroyo siguió buscando por entre los escombros del tejado y paredes de lo que hasta unas horas antes había sido su morada querida. Porque eso era todo lo que allí había: escombros, polvo y desolación.
- Pero si aquí estaba todo lo que yo tenía en esta vida.
Seguía lamentándose.
- Estaba pero ya no está.
Le dijo otro de los habitantes de la aldea que en esta ocasión se había escapado de milagro.
- ¿Y qué han hecho con mi dinero, el poco dinero que yo había ahorrado y que tenía escondido en el suelo de mi casa?
- No creo yo que tu dinero se lo hayan llevado. Si lo buscas seguro que lo encuentras porque no creo yo que ellos se hayan llevado tu dinero.

Tú viste como el hombre se puso a buscar escarbando en los escombros de lo que hasta ahora había sido su casa porque allí tenía él su dinero, su tesoro, sus pobres pero importantes ahorros, enterrados. Con tus propios ojos viste como aquel hombre, primero encontró unas monedas entre la tierra, las piedras y los trozos de tejas y luego siguió escarbando. Sacó unas cuantas monedas más y eso le hizo pensar que ellos no se habían llevado su dinero. No lo habían visto y por eso el dinero se había quedado por allí esparcido, medio enterrando y medio desenterrado y todo lleno de polvo y piedras.

Tú viste con tus propios ojos la alegría que tenía aquel hombre recogiendo su dinero casi a puñado porque suponía para él todo el trabajo de su vida y el único tesoro que ahora poseías y viste también como al mismo tiempo lloraba a lágrimas vivas por el destrozo que en su casa le habían hecho. Y viste que aunque para él era evidente y cruda la realidad no se lo cría a pesar de estar andando por encimas de sus ruinas.

La cueva -18

Luego viste tú como aquella noche el pobre hombre durmió allí, junto a los escombros de su querida vivienda con los dineros abrazados en sus pechos para que no se los quitaran. Luego, al nacer el nuevo día, como todo en su cabeza estaba echo un lío y en su alma le dolía la realidad, dio una vuelta por entre las otras cosas de la pequeña aldea y como al preguntar le dijeron que ayer había sido la suya y que seguro hoy iba a ser la del compañero, se despidió de aquellas ruinas y se fue.
- ¿Adónde vas?
Le preguntaron.
- No lo sé pero me voy, me tengo que ir para no morirme de tristeza y pena en el único rincón que tengo sobre esta tierra.

Cogió por la senda que sale por la parte de abajo y siguiéndola se fue hacia la gran pared de rocas. Cualquiera hubiera pensado que el hombre, como otras muchas veces en la vida, hubiera sido capaz de despeñarse por aquella inmensa pared de rocas para no seguir viviendo más por lo destrozado, herido y vacío de ilusión y sin raíces que los otros hombres lo habían dejado. Pero con tus propios ojos viste tú que él no hizo nada de esto. Siguió bajando por la senda y como por allí la senda se adentra primero en un gran bosque espeso y luego en un hondo barranco donde las rocas es casi el único paisaje que existe.

Antes de caer al arroyo y meterse por la otra senda que lleva directamente a la cueva, viste como el hombre se paró frente al pequeño trozo de tierra que había cavado el día anterior. Primero se paró en el trozo de más arriba donde ya empezaban a brotar las semillas y luego se paró en el trozo de más abajo, donde la tierra todavía estaba húmeda y recién movida. Ante un trozo y otro el hombre lloró un rato porque allí estaba él con toda su vida y sueños desde su niñez y como todo lo tenía tan confuso dentro de su mente y tan roto en su alma y en sus cosas, lo único que se le ocurre es seguir andando y dejar allí la tierra entre la soledad del bosque y el silencio de la montaña.

Viste tú como él llegó a la entrada de la cueva y después de mirar un poco a un lado y otro se puso a bajar por aquellas oscuridades rocosas. La cueva, en la misma roca, es como un gran agujero que baja en picado dando la impresión que va hacia el centro de la misma tierra pero formando repisas, escalones, columnas, agujeros hacia los lados y enjambre de estalactitas colgando por doquier. No es esta cueva precisamente un lugar bueno para vivir sino más bien una maravilla para asombrarse. Un tesoro silencioso que pocos por aquellos días conocían y menos aún conocen por estos días y por eso es a este rincón a donde el hombre acude cuando siente que todo, sobre la superficie de la tierra, se le ha roto.
- Seguiré bajando hasta llegar a su fin y si encuentro la muerte ahí, por esas profundidades, me da igual porque ¿dónde está el fin de esta cueva y qué es lo que en ese final hay?
Se dijo él como si ya por fin y para siempre quisiera olvidarse del resto del universo, de la aldea, de su casa y de la gente que tan inhumanamente le han dañado.

Y tú viste como aquel hombre, en cuanto llegó al final de la cueva y vio las maravillas que por allí colgaban, se quedó casi sin aliento. Frente a aquel misterio hermoso se quedó quieto y hasta sintió el deseo de no irse de allí nunca más porque según le decía su corazón encontró lo que encuentran tantos hombres que con limpieza de corazón miran al cielo.

Y recuerdas tú ahora, cuando ya te vas a despedir de este rincón con tu alma llena de tristeza porque todas las despedidas son tristes, que tu amigo el joven pastor te dio algunos nombres de este lugar. Donde nace El Arroyo y están los primeros cortes formadores del Aguascebas grande, él lo llamaba el Collado de los Hermanillos y al otro lado, sin precisar exactamente, lo llamaba La Majá de la Perra”. Y es aquello tan grande como dos campos de fútbol”. Te decía.

10.27.2007

Rutas para la historia -10

Valle del Sinclinal 4-2-93
Los Caminos -1
El tobogán - 2
El canchal - 3
El fin del mundo - 4
El valle - 5
Tienda y chorrillo - 6
Los jabalíes - 7
El amanecer - 8
Los berros - 9
Los machos monteses - 10
Las perdices - 11
El sinclinal - 12

LA RUTA: Pista Riogazas, Peñón Borondo
filo de la Escaleruela, Valle del Sinclinal.
Distancia : 3 km.
Tiempo : 2 h. andando.
Desnivel : 300 m.
Camino : Vereda muy rota. Zona restringida.
Los caminos -1


- Parece una postal.
Me decía el otro día un amigo cuando le enseñé la foto.
- Es que postal es toda la sierra.
Le dije yo.
- De todas maneras este rincón parece más postal que otros.
Y en eso sí tiene razón.

Pero según por donde le entres se te presenta majestuoso, majestuoso-sublime o simplemente de ensueño. Nosotros lo tenemos gozado desde todos los ángulos y le hemos entrado por todos los extremos posibles. Porque otra cosa es la época del año. Con nieve, en otoño, con nieve e hielo, en verano y cuando la primavera estalla; todas las épocas son bellas pero cada una tiene su marco y personalidad propia. Tampoco es el mismo Sinclinal al amanecer, al medio día o poniéndose el sol.

El Sinclinal se encuentra en la misma cumbre de la cuerda del Gilillo a unos veinte minutos al levante de este pico mismo siguiendo la ruta por lo más alto de la cumbre aunque volcando un poco hacia el nacimiento del Guadalquivir. Y a la cumbre se puede llegar al menos desde siete puntos diferentes. Si te acercas desde el lado de Cazorla, ya en cuanto llegas al pueblo parece que se te va a caer encina la muralla de rocas que presenta la cuerda. En la misma Iruela sale la carretera que llega a la ermita y sigue para Riogazas. Por la ermita va una senda que llega hasta Prado Redondo, gira a la derecha, remonta al Puerto del Tejo, gira a la derecha siguiendo ya la cima que va por la misma cumbre hasta dar de bruces con el Sinclinal.

Pero antes de llegar a Riogazas, justo en el Arroyo de la Escaleruela, por un lado y otro se remonta hasta donde comienza a caer la cascada; puedes continuar arroyo arriba y después de una hora o así te lo encuentras llegándole por la parte más sorprendente. Desde el lado pequeño porque al ser barranco no se te muestra sino con un esplendor modesto. Me vine yo por aquí un día y fue una experiencia de las más gratificantes. La otra subida es desde el mismo arroyo de Riogazas hasta coronar el pequeño collado donde se junta o dividen las sendas, una que viene de la casa del Chorro, otra que entra por la misma vertiente que subimos nosotros pero pasando por las rocas de la hiedra y desde aquí se remonta, en una sola senda, a lo que se llama el Puerto del Gilillo. Cuando llegas a él hay que giran a la izquierda, tardando unos veinte minutos en encontrarte con el punto en que se divisa el valle.

Aquel día de la gran nevada que nosotros le entramos exactamente por este ángulo, vivimos una experiencia imborrable. Al llegar al pequeño collado hay una mancha de pinabetes de repoblación todavía con mediana estatura y que aún no han sido podados nunca. Como las ventiscas de nieve, en este punto, azotan siempre desde el Gilillo raspa adelante, en la zona de los pinabetes el viento se quiebra porque es donde empieza la depresión hacia el valle y la nieve se amontona en cantidades mucho más grandes que en otros sitios. No lo esperábamos y al tropezarnos con él, metidos que íbamos de nieve hasta la rodilla, quedamos atrapados con nieve hasta la cintura. Después del esfuerzo de toda la mañana subiendo aquello, más que desanimarnos nos resultó divertido. Ya teníamos ante nuestros ojos el amplio valle en cuyo centro se alzaba grandioso el singular trozo de roca; Sinclinal desmantelado porque precisamente esto es lo que le da ese aspecto de belleza única. Ha quedado al descubierto, desmantelado y alzado sobre unas cuantas rocas más como si gritara al cielo, en el centro del valle que no es valle sino una depresión casi en forma de hoya, entre llanura algo inclinada y pradera remansada.

Allí mismo nos quedamos y animándonos unos otros pusimos mano a la obra e hicimos un gran muñeco de nieve. Yo creo que el más bello muñeco que se ha hecho nunca sobre las cumbres de estas sierras, porque nos salió redondo, tan grande como nosotros mismos y para quedarnos con el recuerdo de aquel tan especial momento, rodeados de tanta nieve, los pinos que solo se les vía las copas, el valle al fondo y la cumbre del Escribano más al fondo, nos hicimos unas fotos. Además, el muñeco fue vestido con el gorro de uno de nosotros, el guante de otro y la bufanda de un tercero. Total, todo un gran señor que hasta nosotros llegamos a creernos que estaba allí dormido en el collado esperando que llegáramos y nos pusiéramos a darle vida. Luego, aquel día, al llegar a la laguna, mucho más adelante, nos pusimos a patinar sobre su hielo sin más instrumentos que nuestras botas de montaña y el gran río de entusiasmo que por nuestras almas corría. Comimos allí cerca, bajo los pinos, junto a la lumbre y frente a la cumbre de la Mesa.

Al Sinclinal también se le puede llegar viniendo desde el Puerto de Lorente, por la zona oriental. Desde allí mismo parte una senda, mas o menos siguiendo los rastros de lo que en otros tiempos fue camino de trashumancia y después de muchas curvas y arroyuelos, asciende resta hasta el Puerto del Gilillo. Y desde la casa forestal de Los Rasos, también hay sendas y alguna pista que desde el Guadalquivir asciende ladera arriba en busca de la gran cordillera del Gilillo, siempre barrera entre el pequeño valle del río que nace y el gran valle del río que se va.

El Tobogán -2

Sin embargo, también por la misma ruta que lleva a Riogazas, un trozo mayor todavía antes de llegar a este sitio, nos dejó un compañero nuestro allá en la Navidad de hace unos años. Allí mismo preparamos las mochilas y comenzamos a subir por la ladera en busca de los pinos piñoneros y que son de los pocos que de esta especie crecen en la sierra. Como sabíamos exactamente donde estaba ese lugar enseguida dimos con ellos y trepamos por sus troncos a por las piñas. Cogimos tantas como creíamos que íbamos a ser capaces de transportar teniendo en cuenta que la ruta, hasta el mismo Sinclinal, era todo casi un puro paredón rocoso que más que andar había que escalar. Desde los pinos se distingue la senda que al principio zigzaguea ladera arriba hasta el pequeño collado por detrás de una enorme roca. Aquí comienza la lengua por donde bajan las aguas del deshielo y de las tormentas y como era pleno invierno, toda esta lengua que es como un desagüe en forma de tobogán, está helado. Un puro bloque de hielo que impresiona sólo verlo.
- Mucho ojo con poner un pie en nada que no sea un trozo de roca sin hielo, una sabina o algún otro arbusto.
Les digo.
- ¿Por qué tanta precaución?
- Atravesamos una pared que tiene mucho riesgo; en cuanto pisemos la placa de hielo el resbalón es seguro. Caeremos al final de la montaña por lo menos cuarenta metros más abajo.
- Si eso sucede nos tendrán que recoger con pinzas.

Y aquello sucedió, aunque por un milagro, el montañero Bernardo no rodó hasta el final. En un descuido pisó el hielo, perdió el equilibrio, giró sobre sí mismo y cayó de espaldas y tobogán abajo se deslizó con los brazos abiertos. Oímos el grito y el corazón se nos paró al ver lo que ocurría. Pero como todo fue en menos de quince segundos, el corazón siguió latiendo exclamando un potente gracias a Dios al ver que se salvaba. A los dos tumbos y tres metros o así quedó enganchado en el enrevesado bosque de ramas y troncos de la vieja sabina clavada en la misma roca.
- ¡No te muevas! Quédate ahí quieto, recobra la calma y antes de hacer ningún movimiento conviene estudiar bien la situación para no dar ni un paso en falso.

Durante unos minutos allí se quedó tumbado contra la sabina mientras estudiábamos un poco el terreno. Se movió luego dando la vuelta, se agarró a las ramas, cogió una piedra que también había rodado con él y golpeó el hielo. Hizo el primer pequeño escalón. Luego otro y otro y así hasta un total de diez. A cada escalón nuevo, que era sólo un paso rampa helada arriba, un eslabón más de esperanza en nuestros corazones. Se sujetaba en el nuevo escalón y ahí se quedaba hasta que terminaba el siguiente. Golpeando el hielo y subiendo por él, de escalón en escalón, fue escalando la cascada hasta llegar a nosotros que lo esperábamos sobre la roca firme. Fue un respiro para todos y aunque en esos momentos necesitábamos sentarnos allí y quedarnos un buen rato todos juntos frente al barranco y sin decir nada, en cuanto lo abrazamos por el gozo de tenerlo vivo otra vez junto a nosotros, seguimos subiendo.
- Tenías razón cuando nos pediste cuidado al pisar el hielo.
- De todos modos, la experiencia es el mejor método para conocer las cosas siempre que, como en este caso, quedes vivo para poder luego contarlo.
- Una gran suerte la que hemos tenido.

El Canchal -3

El escalón rocoso, todo cubierto de hielo, que por fin hemos logrado remontar nos deja al final de un amplio canchal. Se llama canchal a un peñascal o sitio de grandes peñas descubiertas. Montón de piedras generalmente angulosas, frecuente en las zonas de glaciares.

Nosotros fuimos a salir al final del canchal. Bueno al final empezando por abajo, porque desde donde estamos el final sería la parte alta, donde comienza la ladera. Resulta que si tú entras por la llanura del Sinclinal para abajo, al llegar al borde de este cortado rocoso, primero te encuentras un declive terroso o semi terroso mezclado con trozos de rocas. Los primeros cincuenta metros están formados por una ladera muy inclinada toda cubierta de trozos de rocas pequeños. Canchal que es como se llaman estas laderas. Al final de esta torrentera se juntan todas las piedras y es donde están los primeros metros de la canal o tobogán tallado ya en roca viva. Cualquier trozo de piedra que en su rodar llegue hasta esta rampa, irremisiblemente, sigue rodando por ella y va a caer al final de la montaña, allá por donde pasa la pista. A veces, cuando por aquí caen algunas rocas gordas forman un escándalo de mil demonios. Las piedras se quiebran, saltan en mil pedazos, echan chispas, después polvo, rompen monte y cuando llegan al fondo ya van convertidas en multitud de trozos.

Pues al salir de la rampa encontramos el canchal que es el último tramo de la subida antes de la llanura que acoge al Sinclinal. Ya por aquí no hay hielo pero tampoco senda. La subida tiene que ser a discreción. Cada uno por donde quiera y pueda teniendo cuidado sólo de apoyar los pies en las rocas más gordas que son las que ofrecen más seguridad. Si pisas en los trozos pequeños te resbalas y bajas más que subes. Pero como nosotros no tenemos prisa, nos dedicamos a buscar el mejor camino hasta que de pronto descubrimos la emoción: un fósil que es de ammonites. Entre las rocas rotas es donde quedan más el descubierto tanto el positivo como el negativo. A continuación de éste vemos otro, luego otro y así hasta más de treinta. Nos viene muy bien porque aunque no los coleccionamos, el irlos encontrando, nos distrae y así la subida se nota menos. Nos animamos haber quién se lo encuentra más grande, entero y bonito. Y como son tantos seleccionamos sólo unos cuantos que sí nos llevamos con nosotros.

El confín del mundo -4

Está ya bastante avanzada la mañana cuando por fin acabamos de remontar el embarazoso canchal. Lo coronamos y estamos en lo alto de la cordillera, al comienzo del valle que ni es lo más alto de la cuerda ni es el valle. Pasa lo siguiente: que visto desde abajo, desde la pista de Riogazas que es donde nosotros hemos comenzado la ruta, exactamente el punto donde ahora estamos es la máxima altura. Como si fuera la cima de la cuerda. Pero en realidad no es así. La máxima altura queda más arriba del Sinclinal, una distancia muy considerable desde donde ahora mismo estamos, visto el rincón desde la cima máxima, el trozo éste que vamos a empezar a recorrer dentro de un rato, es un valle. Pero ya ves, ni es valle, porque no está totalmente llano ni es una cima porque más arriba tiene otra altura. Y precisamente esto es lo que ahora mismo nos emociona. ¡Hoy por fin hemos conquistado el confín del mundo! ¿Sabes por qué?

Resulta que nosotros tenemos muy recorrida toda la zona siguiendo la pista que viene desde el Chorro, pasa por Riogazas y llega a la Iruela o al revés. Como la pista va a media ladera buscando el paso más fácil y luego se hunde cada vez más hacia el valle para meterse por el centro de los pueblos, la Iruela y Cazorla, desde ahí, cuando tú vas por la pista, miras para arriba y la punta de esta cuerda es el fin del mundo. Siempre te parece el confín del mundo. Ves en primer plano la gran pared de rocas y por lo alto la raya del horizonte donde termina la cumbre que no termina.

Si es un día de sol, de cielo despejado y azul que siempre está azul, no pasa casi nada. Aunque tengas la sensación de que en cualquier momento se te puede caer la cumbre encima por la altura tan completamente a plomo y tan casi imposible de ascender por ella, no pasa nada más que esto. Pero si es otro día sin sol, por ejemplo, de semi niebla porque hay niebla por las partes más altas pero por las zonas bajas, el valle y las laderas, no hay niebla ninguna sino que está todo limpio y se ve perfectamente hasta los montes más lejanos, tampoco hoy pasa nada, sólo que la cumbre es como una cumbre mágica. Parece mucho más grande porque la niebla unas veces la oculta y otras la destapa. La ves y te dices que subir hasta lo alto no es posible de ninguna manera y menos aún con los paredones chorreando y la sombra casi borrando los caminos.

Si cuando tú pasas por aquí no es ninguno de los dos días que hemos visto atrás sino que unos días antes le ha caído una gran nevada y ahora está toda blanca o en todo caso casi blanca y algunas rocas o rodales, desnudos, sin el vestido de la nieve, la cordillera sigue siendo la misma pero infinitamente más imponente. No es posible ascenderla por ningún punto que te lo propongas. Todo se te presenta señorial, majestuoso, grandioso, sublime, misterioso, solemne y, además, inconquistable. No hay montañero en el mundo que se atreva con ella y si alguno lo intentará, no sería capaz de coronar su cumbre.

Ahora, no creas que ya te he dicho todo lo que se puede decir de esta cumbre. Te he puesto un ejemplo sólo de algunos de los días y aspecto del año; en total son casi tantos como el asombro de los horizontes que la orlan. Y lo que nos ha pasado a nosotros es que siempre la hemos visto tan grande, tan superior, tan inconquistable que hoy, cuando por fin la hemos coronado, se nos ha llenado el alma de profundo gozo. La que tan inaccesible y majestuosa se nos presentaba, por fin está bajo nuestros pies y precisamente por aquí, por la cara norte y el punto exacto más complicado de todos. Rozamos el horizonte sobre el horizonte de sus cumbres y ahora lo que realmente nos parece pequeño es el camino pista que surca la ladera, el pueblo de Cazorla y el valle de los olivos por donde va el Guadalquivir. La panorámica, a parte de todo el otro gran esplendor, es magnífica y especialmente de la ladera donde se asienta este pueblo de Cazorla que significa orla precisamente por esta cumbre que tenemos dominada que es la que lo circunda o corona.

Hacemos nosotros aquí un pequeño alto no ya tanto para descansar sino para, mientras gozamos la visión, desayunar y tomar fuerzas antes de proseguir. No podemos disimular el gozo, la alegría que nos corre por el alma y el placer que supone tomar nuestro desayuno sobre un tan privilegiado escenario. Tanto tiempo soñándolo y deseándolo y por fin ahora mismo se ha realizado el sueño.

El Valle -5

Desde donde hemos establecido nuestro rato de descanso seguimos remontando todavía un poco más y salimos al arroyuelo que viene por el centro del barranco. Es esto ya el valle y no lo es porque tiene algo de barranco, de rambla, de hoya, de nava y de llanura. A veces, en estas sierras, sucede esto: muchos accidentes geográficos no son puramente una sola cosa; las vaguadas pueden ser cañadas, praderas, arroyuelos, barrancos, valles, llanuras...

Las aguas salvajes proceden de las lluvias y de la fusión de la nieve y, como sucede en este lugar, discurren sin cauce fijo por la superficie. Son aguas superficiales puesto que circulan por la superficie. Para que se originen aguas salvajes es preciso que el aporte del agua, tanto en precipitación como por fusión de la nieve, sea superior a la capacidad de absorción de agua del terreno. Estas cualidades se dan claramente por toda la zona que vamos recorriendo. Las aguas salvajes, también en este lugar concreto, actúan como agente geológico modelando el paisaje puesto que las corrientes por aquí circulan a gran velocidad y el terreno es fácil de erosionar.

Hay por aquí escasa vegetación. Sólo majoletos, almohadillas espinosas, alguna sabina y enebros y poco más. La pendiente de las laderas, a un lado y otro, es muchísima. Las rocas, al ser calizas y estar rotas por lo que se llama gelivación, rotura de las rocas debido a la formación de cristales o cuñas de hielo entre sus poros, están todas erosionadas. Forman muchos materiales sueltos que andan disgregados por toda la zona. Así que nuestro rincón podría ser un precioso barranco encima de la misma cumbre por donde el flanco de la derecha es la misma ladera de la cumbre próxima al Gilillo y que es un extenso lapiaz. Por el centro viene el cauce principal que tiene más bien forma de vaguada ancha y casi seca todo el año excepto en los meses de invierno y primavera. Por donde vamos nosotros es otra ladera con pequeñas colinas por donde la tierra predomina sobre las rocas y hacia donde subimos, hay algunas llanuras del Sinclinal y al final del todo, por donde construimos nuestro muñeco de nieve, las cárcavas. Hoya o zanja grande excavadas pendiente abajo y aunque parezca raro, se han originado sobre areniscas y margas.

En fin, una maravilla de paisaje en el que nos vamos adentrando con la emoción a flor de piel. Aunque conocemos algo el lugar, con los matices que ahora mismo lo estamos descubriendo, es la primera vez que lo gozamos.

La tienda y el chorrillo -6

Nada, un rato subiendo por el pequeño arroyuelo, otro rato superando la ladera de la izquierda hacia el Sinclinal, cuatro regatos por entre los majuelos y damos en el lugar.
- Aquí plantamos la tienda.
- Parece que nos lo han preparado para nosotros.
Y en realidad eso es lo que parece. Es un delicioso rellano entre muchos majoletos color chocolate porque están despoblados de hojas y tanto las ramas como las bayas que cuelgan de ellos, el frío las tiñe de color otoño. Por aquí mismo pasa el chorrillo de agua que viene del complejo rocoso donde se alza el Sinclinal y por donde todavía hay algunos rodales de nieve. Se está derritiendo y el líquido se descuelga ladera abajo, parte en un pequeño chorrillo y parte en veneros que brotan por aquí mismo.

Mientras ellos preparan el campamento me dedico a construir una cascada en el chorrillo que hemos procurado pase a dos metros de la puerta de la tienda.
- La música que de él brota será esta noche la canción de cuna que relaje nuestro sueño.
- El chapoteo de un chorrillo de agua, toda la noche sonando junto a la misma cabecera, es el mejor sedante natural que existe.
Y me queda bien la cascada que además de caer desgranando pequeñas notas de cristales líquidos nos sirve como fuente o grifo donde coger el agua par las necesidades. He aprovechado un pequeño escalón en la tierra y donde cae el chorrillo he excavado un remanso de un metro o así de perímetro. Por la parte de abajo le pongo unas piedras buscando que forme canal y por ahí corre el agua que al caer, en otra pequeña poza que tengo abajo, desgrana su cascabeleo.
- ¡Casi de ensueño!
- Parece de juguete porque fíjate que casi todo cabe en un puño pero al mismo tiempo mira que sensación de serenidad y plenitud imprime.

El chorrillo es lo más bonito, junto con la tienda pegada a los majoletos y del mismo color. Todo nos ha salido redondo y no pretendíamos nada. Sólo venir por aquí y gozar un poco el rincón.

Los jabalíes -7

Reinó toda la noche una gran calma. Ni el viento sopló y fue extraño porque en estas zonas siempre azotan las corrientes y con fuerza, en muchas ocasiones. Toda la noche estuvo el cielo lleno de estrellas brillantes.

La limpieza de la atmósfera que cubre las sierras del parque es de una transparencia tal que en los días sin nubes el cielo aparece teñido de azul intenso y oscuro. Por la noche, este mismo cielo contemplado desde las cumbres de cualquier cordillera, muestra miles y miles de estrellas brillantes como ascuas. Los amaneceres y atardeceres se cargan igualmente de preciosos tonos y contrastes. Gozar y contemplar el cielo desde estas sierras, mientras se recorren, es también un espectáculo de los que cada día van siendo más raros en el Planeta Tierra.

Como es que, en cuanto cae la noche, sobre estas cumbres hace mucho frío, nos metemos nosotros en la tienda enseguida y en poco rato, con el chorrillo cantándonos su canción de cuna, nos dormimos. Personalmente quiero madrugar para encontrarme frente a frente con el amanecer desde el centro de estas cumbres.

Y a las cinco o así me salgo de la tienda sin dejar el saco y junto al rescoldo de las ascuas que todavía chisporrotean, busco un sitio. Aunque hace frío, del cuello para abajo, el saco me mantiene calentito y la cabeza la tengo protegida con un pasamontañas grueso. No sólo el silencio con la música del chorrillo es emocionante sino el brillo de las estrellas fugaces que de vez en cuando atraviesan el cielo y el dorado intenso del lucero del alba. Ellos duermen dentro y aunque el momento que estoy gozando es de los que sinceramente me gustaría compartir con ellos, no los despierto. Quizá el momento tiene su encanto especial por eso, por la soledad del momento que es donde el alma encuentra el camino libre para comunicarse con el Creador y la Creación entera.

Ya está amaneciendo y brota el nuevo día por lo alto de la pared gemela del Sinclinal. De pronto, oigo que el silencio es roto por un gran ruido de carreras en forma de tropel. Arranca de donde se alza la pared de rocas y por momentos se acerca. Lo que sea o los que sean, vienen desde arriba hacia el barranco y van a tropezar con la tienda y conmigo sin no cambian su rumbo. Intuyo que pueden ser animales salvajes que andan pastando por la zona. Intuyo esto pero como no los veo por la poca luz que hay y, además, los majoletos me quitan la visión hacia la llanura, por un momento siento miedo pero enseguida me digo que si no me muevo, si me quedo quieto tal como estoy y donde estoy, el animal que venga por ahí corriendo, no me atacará si es esto lo que pretende.

Justo cuando ya están a dos metros de la tienda los descubro. Son cuatro jabalíes que bajan embalados, como huyendo del algo o alguien. No me han visto ni tampoco a la tienda y esto lo noto en que se me echan encina. Vienen rectos hacia mí y sino se desvían van a tropezar conmigo, la tienda y todo lo que por aquí hay. Pero no; los animales me descubre a unos tres metros antes de llegar. Sin detener la carrera giran sin tener claro hacia dónde ni de qué. Ya sé lo que ha pasado: se han asustado. Los animales estaban pastando por su sitio de siempre y como el aire va desde la tienda hacia donde ellos estaban, les ha llegado el olor de nuestra presencia. No han visto nada pero el olfato les ha avisado de la presencia de algo extraño y se han puesto a huir hacia el lado que para ellos es más seguro: el barranco y a continuación la ladera norte de la cumbre.

- ¿Qué pasa?
Preguntan los compañeros saliendo de la tienda apresurados y con el sueño chorreándoles por los ojos.
- Los jabalíes.
- Pero ¿Qué jabalíes?
Ellos sólo han oído el tropel y como les ha cogido entre sueño, tardan un rato en orientarse. Intento explicarles la escena y para convencerlos salimos a ver las huellas. Como el suelo está húmedo, las pisadas han quedado perfectamente clavadas y marcadas en el barro. Se ven con mucha mayor claridad el momento en que han frenado para girar por detrás de la tienda. Son estos unos surcos arañazos mucho más grandes y profundos.
- ¡Qué suerte has tenido!
Comentan ellos y ya no vuelven a la tienda.

El amanecer -8

Aquello fue como una explosión de luz; teníamos todavía nuestros ojos enmarañados por lo de aquellos animales y algo llenos de sueño y nos sucedió como con los jabalíes: nos cogió de repente, si esperarlo.

Estábamos nosotros sentados alrededor del rescoldo porque el amanecer era fresco y reconfortaba aquel caloricio. Estábamos allí, un poco al silencio, reponiéndonos algo de aquella presencia tan en forma de huracán huyendo por lo que de siempre había sido su ladera y por nuestro deseo de naturaleza, hoy la teníamos invadida, cuando ocurrió la maravilla.

Primero fue como una flor de vistosos colores en el momento en que está a punto de reventar. Una flor que, en aquellas horas, todavía era capullo que llenaba todo el espacio-cielo que nuestros ojos podían dominar. Creció hasta ponerse a punto de abrir sus pétalos, como el capullo, ya con todos sus colores y formas, que no le queda sino extenderse para recibir la luz. Y así fue. En un abrir y cerrar de ojos, todo como un sueño, el cielo se convirtió en flor grande. Con los pétalos arrancando desde el centro, por encima de nosotros lucían todos los horizontes que al mismo tiempo se derraman desde la cumbre de nuestra montaña hacia los valles.
- Yo vi esto una vez en el cine con una rosa que fue firmada a cámara lenta. Es lo mismo pero infinitamente más bello.
Comenta Bernardo.
- Yo lo vi un día en un libro.

Me acordé, en aquel momento, de algo que había leído en algunos libros de ciencias hablando de estos amaneceres o aquellos atardeceres. “Lo que da color al cielo es la reflexión de la luz sobre las partículas de la atmósfera. La luz blanca del sol es una suma de luces coloreadas y como las moléculas del aire difunden más el azul que el rojo el cielo es azul. A la hora del crepúsculo el sol, visto a través de una gruesa capa de atmósfera, se ve rojo porque la capa de la atmósfera desvía más el azul que el rojo: es empujado hacia los bordes. El cielo que rodea al sol se enrojece y también se tiñen de color zonas más lejanas cargadas de polvo sobre las que el rojo se refleja mejor que el azul”.

- Sí pero no es lo mismo verlo como lo estamos viendo nosotros ahora.
- Es lo que sucede siempre; la viva realidad es otra cosa.
Poco a poco luego el cielo se fue llenando de más rayos dorados que era el sol ya reventando desde el centro de la cascada de colores. No se apagaba; según empezaba a levantarse la mañana, vimos que se transformaba y la impresión que tuvimos justo en el primer momento, se nos confirmaba: el centro de la flor, el núcleo, el corazón estaba justo allí, en el Sinclinal a cuyo resguardo habíamos puesto nosotros la tienda y junto a ella nos encontrábamos rodeando el rescoldo. Una visión que parecía un sueño y nosotros dentro de él sin pretenderlo.

Los berros -9

Un poco más arriba de donde hemos acampado, por el lado occidental del Sinclinal, brota un venero. Es una fuentecilla preciosa que viene a manar algo por debajo de las cárcavas de arenisca y casi en el centro de una pradera. En este manantial, que en cuanto aflora, ya abre un pequeño surco que va llenándose, primero de casquillos y luego de chorrillos que caen en forma de cascadas muy disminuidas, crecen los berros; Nastúrtium officinale. Les digo yo a ellos que hoy vamos a desayunar un plato especial y nos preparamos para ello. En una mochila metemos pan amasado y cocido en los hornos particulares de las aldeas de los Teatinos y El Cerezo, aceite de oliva de los olivares del pueblo de Génave que es el que llaman ecológico, tomates de esos que venden en cualquier sitio y se ven tan bonitos porque son transgénicos, con los genes manipulados, un tenedor para cada uno y para usar como plato, una fiambrera. Subimos por la ladera que es casi pradera toda repleta de majuelos y mientras vamos andando, recogemos vallas silvestres; principalmente, majoletas.

Por la tierra, tapizada de hierba, alrededor del manantial, paramos. No es precisamente la mejor época para recoger estas plantas pero hay bastantes y aunque no están muy tiernos, sí se puede comer. El berro es planta perenne de cuatro a diez palmos de altura. Tiene las hojas de un verde intenso, partidas en segmentos que llegan hasta la vena de en medio. Las flores son blancas, pequeñitas, con cuatro pétalos. Florece en abril hasta bien entrado el verano. Se cría esta planta, que es muy apetitosa usada como ensalada, en los arroyuelos y fuentecilla de aguas frías, muy claras y finas en las que forma a menudo grandes céspedes. En las que son muy calcáreas así como en las encharcadas y sucias, no vive el berro o se desarrolla mal.

Recogemos nosotros una buena porción, cortando sólo las puntas de los tallos más tiernos, los lavamos en el mimo chorrillo, los troceamos un poco mezclándolos con los tomates, les ponemos aceite, algo de sal y a comer. Este es el único plato de nuestro desayuno de hoy. Recolectadas las plantas en el momento mismo de comerlas que es cuando están apetitosas y se aprovechan todas sus propiedades.

Es que esto es una de las cosas que también nosotros practicamos. Sabemos que un buen desayuno, no es exactamente lo que tanto nos bombardean por la televisión y los comercios. Mucho menos es un desayuno bueno el que nos quieren vender los países desarrollados como los americanos. Creemos nosotros que no hay nada mejor para el organismo que alimentarse, sobre todo en la primera comida del día, sólo con frutas. Sí, digo bien: sólo frutas y nada de chorizo, jamón, tocino o cosas parecidas. Desayunar sólo frutas y luego al medio día ingerir otros alimentos, por la tarde y por la noche, es lo mejor para la salud.

- Pero nosotros hoy no es fruta lo que estamos comiendo.
- Casi como la fruta, los berros contienen esencia de mostaza y gran cantidad de vitamina A, C, D y E. Según investigaciones recientes los berros pueden contener de 19 a 88 centgr. de vitamina C por cada kilo de planta fresca. También tienen pequeñas cantidades de yodo.
- Total, que es lo mismo o casi lo mismo que si estuviéramos tomándonos unas cuantas naranjas frescas.
- Casi porque, además, los berros son buenos para combatir el escorbuto y para todos los casos de avitaminosis o de deficiencias en el organismo de la vitamina C aunque no es conveniente abusar mucho de ellos porque pueden llegar a irritar el estómago y las vías urinarias. No se deben comer los berros florecidos porque son dañinos. “A parte de sus otras cualidades dícese que los berros limpian el vientre, mata las lombrices intestinales, provocan la orina y combaten el reuma, la bronquitis y toda suerte de enfermedades catarrales. Comidos en cantidades moderadas limpian el estómago y abren el apetito”. El que va a por berros ha de guardarse de las berrazas que tienen cierto parecido. Crecen éstas en los mismos sitios que el berro aunque es menos exigente en cuanto a la pureza del agua. Se distinguen por las flores y las hojas y sino, su sabor, bien distinto al de los berros, nos sacará de duda.

No es que nosotros defendamos que nuestro desayuno es el mejor de todos pero alguna vez en la vida, si es bueno para todo y ahora que tenemos la oportunidad, porque el Creador nos los ha puesto en estas sierras casi en bandeja para nosotros, los aprovechamos con sumo placer. Y para completar nuestra deliciosa y mágica comida matutina cada uno caemos a un buen puñado de majoletas. Verdaderamente están exquisitas y más aún porque estamos paladeando sabores nuevos; algo que jamás vamos a encontrar en la civilización en que habitualmente vivimos.

Los machos monteses -10

Nos ha llamado la atención no porque, como les sucede a muchos, sean animales salvajes, sino por la gran manada. Monteses hemos vistos muchos en muchos sitios de estas sierras pero una manada como ésta, es la primera vez.

Ya es media mañana o más bien, comenzada la media mañana, cuando nosotros dejamos el venero y subimos un poco más. Por la parte alta del Sinclinal, como si fuéramos a rodearlo, torciendo un poco a la izquierda. Volcamos una lomilla y descendemos con el máximo sigilo. Sabemos que esta cuerda es un lugar muy querencioso para las monteses. Sabemos que al otro lado de esta lomilla existe una pequeña hondonada donde crecen hierbas muy finas. Y sabemos que, o más bien intuimos, hoy es un día de cabras pastando en estas cumbres. Así que remontamos la pequeña ondulación y damos comienzo al avance lento al mismo tiempo que nos vamos tapando tras las matas y rocas.

- ¡Allí están!
Anuncia Jaunma que es uno de los más expertos montañeros del grupo.
- ¿Dónde?
- Tras aquellas sabinas hay un macho tumbado.
Lo descubrimos enseguida y cerca otro y luego varios más.
- ¡Madre mía, si hay toda una gran manada!
Exclama ahora Bernardo.

Aunque llevamos mucha precaución los animales nos huelen enseguida. Se alzan emitiendo su peculiar silbido de alarma y la manada corre primero hacia el centro de la llanura y luego, después de otear el horizonte, se van hacia la colina de enfrente. ¡Un montón! Casi cincuenta o más. No salimos del asombro y más porque vemos que los animales no se comportan como en otras ocasiones. No huyen apresurados y veloces. Todo lo contrario: aunque nosotros ya nos hemos descubierto frente a ellos, no nos temen; no se van. Parece como si esperaran a ver nuestros movimientos y como nuestros movimientos son irnos hacia ellos lentamente, con esa misma lentitud ellos se van moviendo hacia la lomilla de enfrente.

Un espectáculo fascinante verlos recortados sobre el horizonte con sus recias cornamentas, sus pechos negros que en algunos les coge casi toda la barriga y tantos que casi cubren el cerrillo.
- Todos machos.
- Todos machos y, además, de medalla de oro, dirían los que los cazan.
El momento es tan bello que lo único que se nos ocurre es gozarlo profundamente y sacarlos en una foto para quedarnos con su recuerdo.

Las perdices -11

Cuando yo subí aquella mañana por el arroyo que desde la Escaleruela viene a salir justo al mismo Sinclinal se me levantaron varias bandadas de perdices. De aquí sé que precisamente este es un rincón que lo toman muy bien estas aves. Se lo comentaba yo el otro día a un amigo mío que es aficionado a la caza y hablando del tema, me decía:

“Durante el último decenio hemos asistido a una disminución alarmante de la caza menor, y con especial preocupación en el caso de la reina del deporte: la perdiz roja. Los estudios realizados sobre los factores incidentes vienen a demostrar que la culpa está, en buena media, repartida entre los diferentes agentes negativos participantes: la pertinaz sequía que produce como resultado una importante bajada en la densidad de las poblaciones, limitando la subsistencia de las polladas a los alrededores de los contados puntos de agua, manantiales, fuentes, charcas; la concentración parcelaria con su correspondiente eliminación del anterior entramado de ribazos, lindes y arroyos, cubiertos antes de matorral arbustivo, que convierten al campo en grandes extensiones pagares de monocultivos; la construcción de una gran red de caminos de concentración, vías de acceso para el furtivismo, hacen mucho más vulnerables a las especies cinegéticas; las quemas de indiscriminadas de rastrojos, que eliminan insectos y semillas, desapareciendo los escasos recurso alimenticios necesarios para afrontar el largo y duro invierno, quedando un campo estéril, casi desierto, donde la falta de la más mínima cobertura facilita la acción de los depredadores e impide cobijarse a las especies cuando aprietan los rigores atmosféricos.

- ¿Realmente afectan de un modo tan grave a las cadenas de poblaciones faunísticas y concretamente a aquellas especies que habitan entre los campos cerealistas?
- No deja de ser curioso y en buena medida, sintomático, que los agricultores se quejen ahora de los herbicidas afirmando que han incrementado el precio y no son tan fuertes o eficaces desde hace uno o dos años y que a su vez el sector cinegético haya experimentado desde la mismas fechas una notable recuperación en las poblaciones de perdiz roja y liebre.
- ¿Qué ha ocurrido, las marcas comerciales han llegado a un acuerdo para reducir algunos componentes tóxicos o se ha legislado al respecto prohibiendo determinados aditivos?
- Desde siempre la divulgación de este tipo de información, desde un punto de vista técnico y detallado, ha sido muy escasa, cuando no nula. La caza se considera un producto secundario de la tierra y tiene prioridad la agricultura por lo que primaban intereses económicos en la pugna. Todos, en mayor o menos medida, nos hemos sentido siempre preocupados ante los posibles efectos perniciosos que pudieran producir los beocias en la fauna, por la simple evidencia de tratarse de productos tóxicos lanzados de forma masiva al campo”.

Así que nosotros ahora esta mañana, desde el rincón donde hemos visto a los machos monteses, nos hemos venido un poco a la izquierda y en lugar de irnos para el Sinclinal nos hemos introducido por el arroyo. No el que nace en el mismo Sinclinal sino el otro, el que se encuentra entre el Puerto del Tejo y el valle. Bajamos por él y ya que hemos descendido bastante torcemos más a la izquierda. Anda ya muy avanzado el día y con este trozo que vamos recorriendo casi, casi completamos el círculo en torno a nuestra hermosa roca del Sinclinal.

Pues no hacemos nada más que empezar a bajar y una bandada de perdices. Alzan su vuelo desde una lomilla primero restas hacia arriba y luego trazan una línea horizontal dirección a las faldas del pico Escribano que aunque para nosotros queda lejos para ellas es poca cosa.
- Ves lo que te decía, este rincón es querencioso para estas aves.
Y uno del grupo que es un poco incrédulo por aquello de andar algo desinformado de las cosas de la sierra y algo más relacionado con el campo, dice:
- Si no lo veo no lo creo.
- ¿Y por qué?
- Es que perdices aquí en estas cumbres no se lo espera cualquiera. Ten en cuanta que rozamos casi los dos mil metros y por aquí lo que más abunda es viento, nieve y agua.
- Quizá los animales busquen lugares solitarios lejos de la presencia humana o quizá sólo sea que también estas cumbres son sitios buenos para ellas.
- De todos modos lo que sí está claro es que estas sierras son punto y a parte en muchas cosas.

No acabamos de terminar estas palabras cuando otra bandada se nos arranca de algo más abajo, de casi lo hondo del barranco.
- A ver si tienen el nido por aquí.

Comenta de nuevo el compañero despistado.
- Las perdices, como casi todos los animales del campo, tienen su época de reproducción al comienzo de la primavera. Sabia que es la naturaleza porque la primavera es la mejor estación del año por el buen tiempo para las nuevas crías y la abundancia de alimento. La perdiz hace su nido entre cualquier matojo, en el mismo suelo y yo me he encontrado nidos de hasta quince huevos que en aquellos tiempos, cuando estas sierras estaban llenas de cortijillos y gente viviendo en ellos, el que se encontraba un buen nido de perdiz se llenaba de gozo ese día. Con sus huevos hacía una tortilla de espárragos que quitaba el sentido o se los ponía a las gallinas cluecas para que los “engüerara”.

En fin, un mundo y formas distintas de interpretarlo el de aquella gente y estas cumbres tan llenas de perdices que ni se parece a este mundo actual y a esas cuatro perdices por los olivares y los sembrados de trigo. Y, además, estas cumbres frente al Sinclinal, un mundo fascinante dentro del conjunto de todos los mundos.

El Sinclinal -12

El universo de la naturaleza no es ni una prisión ni una decadencia sino nuestra morada auténtica hasta el momento de la consumación final que Dios dará a su obra. Ya un poco cayendo la tarde acabamos casi de completar, de cerrar el círculo que hemos trazado alrededor de la gran roca. Subimos por el cauce que brota ahí mismo pero que se va hacia el pico Escribano y llegamos al venero. Este es el tercero junto al Sinclinal, una intuición que por fin hemos comprobado. Tres vertientes tiene esta roca y en cada una de ellas su venero correspondiente. El de la tienda, el de los berros y éste último que por brotar en el lado donde las perdices tienen sus querencias, sólo para nosotros, lo llamamos precisamente así: el venero de las perdices.

Y es que la roca en sí es mucho más que una gran muralla pétrea. Se apoya en lo alto de una pequeña colina donde la tierra es abundante y como todo este complejo es un gran laberinto de placas, canales, agujeros y hendiduras cuando en invierno por estas cumbres nieva, todo el montículo del Sinclinal y él mismo se convierte en un gran receptor de nieve. Se derrite ésta y al empaparse la tierra enseguida sale, en forma de agua, a la superficie por los tres bellos veneros que hoy hemos visitado. Además, los manantiales también reciben agua de la cumbre que corona esta roca.

Junto al tercero observamos nosotros las huellas de los jabalíes. Esta noche han estado por aquí y luego se fueron para el lado de las tiendas. Se han bañando en los charcos de este venero y en las rocas que hay algo más arriba se han rascado dejando el fango y las cerdas por ahí pegadas. Llegamos a lo alto y estamos a dos pasos del Sinclinal: junto a su gemelo que aunque no es tan imponente también es bello. Entre ambos existe como una pequeña depresión que se va hacia el lado de la tienda. Por esta cisura se rompe, queda interrumpida la muralla rocosa y luego ya sigue empezando a mostrar toda su gran majestad. Es ese ya el auténtico Sinclinal. Pero por aquí, por la depresión, donde todas la rocas están rotas y la tierra se desmorona ladera abajo, aún queda gran cantidad de nieve. Se está derritiendo y los chorrillos que de ella van saliendo comienzan, poco a poco a formar el pequeño caudal que sigue bajando hasta pasar por donde tenemos la tienda. Aquí nace el venero y el arroyuelo de mi cascada cantarina.

Por lo demás, una vez junto a nuestra piedra soñada, nos dedicamos sólo a remontarla por las zonas que ella nos permite. Nos gustaría subir hasta lo más alto. A la misma cúspide pero es muy complicado y nosotros venimos poco preparados para escalar. Sus laterales son tan bellos o más que la misma cumbre. Los vamos saboreando poco a poco y como ya no tenemos prisa, por aquí nos quedamos todo el resto del día.

Sólo dos cosas finales: que nos alegramos por lo poco conocido y promocionado que está este lugar. No vemos a nadie por aquí y, además, sabemos que en las guías para los turistas no se habla de esta roca para nada. Nos alegramos sentirnos casi los únicos, en todo este año, interesados y abrazados a esta piedra y quisiéramos que con el correr del tiempo todo siguiera igual.

Y la otra cosa es que vienen aquí muy bien, para rematar, aquellas palabras de Meter Habeler pronunciadas al coronar la cima del pico Everest: “Nos sobrevino una especie de intoxicación de gozo. El sol brillaba por encima de la roca y más arriba el cielo tenía un azul tan intenso que parecía casi negro. Estábamos muy cerca del cielo. El impulso humano de seguir subiendo para llegar siempre más lejos y alcanzar la cumbre más elevada hoy por fin lo teníamos colmado”.


10.16.2007

Rutas para la historia -9


Por Donde Nace el río Guadalquivir 25-5-94


Índice
Los Rasos, Navahondona, Nacimiento
El primer valle - 1
La dulce llamada - 2
Por Navahondona - 3
Las fuentes del Guadalquivir - 4
Donde se ve la belleza - 5
El lapiaz - 6
Escribano montesino -7
Nace el Guadalquivir - 8
Lo que se dice del río - 9
Donde nace - 10
El discurso - 11
Río desdeñado- 12
Primer estudio - 13

Por Donde nace el Guadalquivir 25-5-94
LA RUTA: Los Rasos, Navahondona, Cañada de las fuentes, nacimiento del Guadalquivir.
Distancia : 5 km.
Tiempo : 4 h. andando.
Desnivel : 200 metros.
Camino : Vereda y campo a través. Zona restringida.

El primer valle - 1


Estas sierras hoy las hemos cogido reventadas de primavera. Ya hace tiempo que descubrir que en los paisajes de estos montes, la primavera siempre llega un mes después que en Sierra Morena y por la campiña del valle del Guadalquivir.

A estas cumbres hoy le hemos entrado por detrás, cogiéndolas dormida, en dirección opuesta a la que llevan los pocos que por aquí pasan. Le hemos entrado desde la casa forestal del Los Rasos, un poco por el río, cimbreando la escarpada umbría hasta lo alto de la cuerda. Siguiendo por la cumbre dirección poniente hasta Navahondona. Desde aquí nos hemos venido para la derecha y también por detrás, le hemos entrado a la cumbre del Cerro de Navahondona. Ya en lo alto, nos recogemos sobre la dolina, pozo arropado por las milenarias encinas y siguiendo la raspa, salimos al collado del nido del roquero. No avanzamos más por la cuerda de la cumbre porque es tarde y queremos comer junto a donde tengamos agua.

Le hemos entrado por detrás a los turistas en la Cañada de las Fuentes. Unos comen, otros duermen, algunos juegan con los niños en los charcos del río y otros van y vienen pero para no variar, manchando agua y paisajes. También a la Cerrada de Los Tejos le entramos por arriba. Y hoy me he convencido de algo que el otro día con la emoción no vi: está sucia. Por ese trozo del río ya han tirado muchos papeles, latas, botellas. La basura que hoy vemos, al ir desde ellos hacia la cerrada, es más está más patente.

También hoy, tres semanas después de aquel día, el cauce tiene menos aguas y por lo tanto, se nota más en ella la contaminación que por la Cañada de las Fuentes, han echado. Pero hoy la hemos pisado despacio y la hemos conocido mejor, que era el motivo de nuestra ruta.

La mañana es limpia y ya el sol brilla por lo alto de la cumbre. El Guadalquivir corre transparente y como por aquí el valle es suave, la corriente, aunque solitaria y bullanguera, baja más bien remansada. Como si quisiera quedarse enredada entre la hierba verde en las amplias praderas de las riberas. Ella bebe transparencia y quiere seguir pasando y dejando vida por donde va. ¿Qué son sino estas llanuras tupidas de flores? ¿Qué es este bosque de pinos algunos casi rozando las cumbres? ¿Qué esa manada de ciervos pastando en el recodo del río por donde lo hemos cruzado? ¿Qué son los sabinares y encinares chorreando por las laderas que vamos a recorrer? ¿Qué es todo lo que ahora vemos aquí quieto, si no la perfecta obra del agua que por el río se va? ¿Qué esta montaña, aquella y aquella si no la obra modelada por el mejor escultor de todos los tiempos, el agua?

Basta aliarse con el agua para que lo yelmo se convierta en una algarabía. Y ahora mismo, ya estamos viendo la muestra de esta algarabía en forma de bosques, cumbres, arroyos, praderas y flores. Dejamos el coche en el mismo rellano en que corre la fuente de Los Rasos. Donde aquel día me fui por la ladera sur hasta la cumbre del Gilillo. Cruzamos la pista en la dirección opuesta a la de aquel día y atravesamos las praderas. La llanura hoy está toda verde y en ella, la hierba crecida. Ya por aquí, el valle a los lados del gran surco del río, comienza a abrirse dejando en sus orillas tierras llanas.

Todavía queda un buen trozo de río hasta llegar al gran valle de allá por Arroyo Frío. Por eso este valle que ahora ya estamos pisando, no es definitivo, puesto que más abajo, vuelven a surgir las cerradas. Pero aquí está ya la primero de lo que a este río le gusta ser: valle además de río. Es la primera llanura en forma de valle natural a lo largo de sus 660 kilómetros. La segunda llanura aparece exactamente allá por el Puente de las Herrerías y la tercera empieza al final de la Cerrada de Utrero, desde Arroyo Frío para abajo. Punto donde el río se cierra y se abre como si ensayara para ver si le conviene quedarse montaña o hacerse río.

Aquí, en la casa de Los Rasos, en el tercer rincón hermoso después de la Cañada de Las Fuentes y la Cerrada de Los Tejos, también los hombres quisieron establecer su residencia. En aquellos tiempos construyeron algunas casas, fuentes y huertas. Organizaron campamentos y lo de siempre: el río contaminado, la paz de los valles rota, los humanos metidos hasta en el rincón más salvaje, el cauce asaltado y roto justo nada más nacer y el silencio y tranquilidad de los paisajes, quebrado. Esto es lo que hicieron en aquellos tiempos como sucedió en la misma Cañada de las Fuente y en la Cerrada de Los Tejos. Menos mal que una decisión acertada un día acabó con todas estas instalaciones. Pero sólo las tres primeras que he mencionado, puesto que todos sabes que lo del Puente de las Herrerías, lo de Vadillo y a partir de aquí, en escala progresiva, siguió y siguió hasta crecer y Dios sabe hasta donde va a seguir esto creciendo.

El gran río Guadalquivir, que es más valle que río, la de asaltos y destrozos que ha sufrido a lo largo de la historia. Pero nuestro valle hoy, gracias a Dios, parece tranquilo, libre de presencia humana, repleto de praderas y bañado por las aguas que bajan de la cumbre. A primera hora de la mañana rezuma mucho silencio. El cielo está sereno, algún grillo canta, la temperatura es suave y las flores se extienden por el campo.

Atravesamos el cauce y por la izquierda nos vamos río arriba. Por este lado sube una senda que es antigua. Tiene apariencia de ser senda de pastores aunque también creemos que fue arreglada en la etapa de los ingenieros trotando por estas sierras y las casas forestales. Sube unos cien metros buscando un puente viejo construido de piedra sobre el río. Remonta levemente sobre la ladera pero siguiendo el cauce del río. Topa de frente con la escarpada pendiente cuya superficie es toda una enorme pieza rocosa y al no poder seguir avanzado en esa dirección, tuerce a la izquierda por donde remonta cortando la ladera. La hierba nos llega hasta la rodilla y las rojas flores de las peonías, nos salen al paso en cada recodo. La vegetación ha ido arropando la senda a un lado y otro y como hace tiempo que el uso del camino dejó de ser frecuente, hoy está comido por el monte y roto por las avalanchas de piedras y arroyuelos en las épocas de las tormentas.

Esta ladera y más aún las partes altas, han sido y son fuertemente atacadas por el hielo y las lluvias. Toda la cresta es una auténtica astilla por donde no se puede ni andar y toda la ladera, cara norte de la cordillera que protege al Guadalquivir por la izquierda, ha sido modelada en una vertiente única en estas sierras.

Las rocas, que son una gran lancha o placa tectónica, forman espectaculares pendientes por donde la vegetación de aquello tiempos, aun sigue intacta. Es de ensueño ver los árboles encaramarse por los bordes de las cornisas como en una acuarela china. Crece uno por aquí por el que siento especial predilección: el roble y su compañero la encina. El primero fluctúa tanto como la misma montaña. Pasa de verdes tiernos en primavera a rojos naranja en otoño mientras un raro halo violáceo aúna sus desnudas ramas en invierno. Nunca falla la hermosura de un roble meciéndose sobre las laderas y cumbres de estas sierras.

La vegetación que recoger esta bella cornisa, es por completo distinta a la de la cara norte de la cordillera o gran Cerro de Navahondona o la que existe en la cumbre o cara sur, por donde los bosques de pinos de repoblación, laricios y Pinaster, han sustituido casi por completo a los árboles autóctonos.

Según vamos subiendo, descubrimos que la senda va abriéndose paso ladera arriba aprovechando una repisa o escalón que baja desde la cumbre. Los pequeños prados repletos de hierba, flores y mejoranas, nos van saliendo al paso. La flor simboliza la belleza y la fragilidad de la vida entre el antes y el después de la muerte. Y las flores que crecen estas montañas recitan ese poema como pocas. Delicadas, etéreas, deparan la pigmentación más exquisita, el contraste más intenso con el borde de los abismos. Es hermosa la saxífraga acurrucada en las grietas, la silene y las siemprevivas formando pequeños cojines.

Por aquí, la presencia del hombre apenas ha transformado nada. Escasamente el trazado de la senda que vamos recorriendo. En estos, en aquellos tiempos, sí era respetuoso porque apenas rompía naturaleza. Sin embargo, los elementos naturales, sí han configurado magníficos escalones por donde caen las cascadas como la que atravesamos a media ladera antes de subir a la cumbre. Es un cauce corto que nace arriba, en las llanuras de la nava que buscamos para venir a precipitarse por esta ladera en forma de torrente. Justo aquí, por donde la senda lo cruza, hay uno de los gigantes del parque tumbado y medio podrido. Se encuentra en el centro del arroyo, entre los bloques de rocas redondos y lavados por el agua cuando por aquí corre. Porque no siempre este arroyo tiene agua. Lo explicaré:

La vertiente de la ladera es muy pronunciada. Toda ella y la cordillera que la forma, es pura roca. Cuando llueve, cuando descargan por aquí las tormentas y cuando el deshielo, a torrentes el agua cae por las cascadas y arroyos de esta ladera. Pero en cuanto se van las nubes y las nieves, también los arroyos se secan porque no hay tierra para absolver el agua y las rocas la escurren según cae. Por eso todos los regatos que descienden por esta vertiente, son cortos y torrenciales. Más bien casi no debería recibir el nombre de arroyos, ya que sólo unos pocos días a lo largo del año, corren.

A propósito de esto: por este lado del Guadalquivir y desde el nacimiento hasta el Puente de Las Herrerías, no hay más arroyos que el pequeño del barranco de los Teatinos, el arroyo Amarillo y el de los Habares que le entra al río algo más arriba del puente ya dicho. Desde donde nos hemos encontrado el viejo tronco del laricio, en el cauce seco de las rocas, si se mira hacia la cumbre, se ve la cascada que por ahí cae. Hoy no tiene agua porque ya está muy entrada la primavera y el agua de las nieves derretidas hace días que dejó de bajar desde la cumbre. Pero ahí está la cascada, o mejor dicho: el paredón calizo por donde se despeña la corriente. Justo por donde cae el agua, la roca está lavada pero al mismo tiempo, presenta una gran mancha anaranjada. Es el color de la tierra de la llanura que vamos a descubrir.

Ahora mismo, este gran salto rocoso, es hermoso, muy hermoso allá sobre la cumbre, arropado por abajo, por arriba y por los lados por el espeso bosque de encinas negras y pinos verdes. Pero cuando por este paredón caen los caños de las aguas reunidas allá arriba, el espectáculo es de ensueño. No es posible llegar hasta él o por lo menos no es fácil por lo agreste y quebrado de este barranco.

Nosotros hoy, durante un rato, detenemos la marcha para gozar despacio el rincón. Tiene mucho silencio y produce gran placer saborearlo sin prisas. Saltamos por las rocas, nos sentamos en los troncos, nos vamos por el bosque y ya bien empapados de sombras, fresco y perfume de flores, seguimos la ruta. Se nos viene al recuerdo las imágenes de aquellos hombres y en aquellos tiempos sacando troncos de pinos desde los barrancos que quedan arriba y colgados en cables por las laderas que ahora recorremos.

Sube la senda más suavemente y aprovechando una repisa donde las rocas y la hierba compiten por el puñado de tierra que aquí se retiene, nos remontamos sobre el aguilón de roca que nos queda a la izquierda. Escalamos por entre sus salientes, grietas y astillas y nos asomamos al barranco. Desde aquí se domina todo el valle. Una gran hondonada por donde el río avanza abriendo surco y tallando riberas. Pero aunque es majestuosa la hermosa vista y además, es también fresco el airecillo que desde el valle sube, nos detenemos en las casas que al final se ven.

Casi nos la tapan los pinos pero se distinguen lo suficiente para descubrir que son construcciones humanas. Parecen bellas pero no lo son. Aunque las hicieron de piedra recogida en el entorno y de madera arrancada a estos bosques, resultan extrañas en un espacio como este.
- Las construyeron cuando adecuaron estas zonas para acampada.
Les digo.
- Pero no la derribaron cuando prohibieron estos campamentos. ¿Por qué? Y sin embargo, sí derribaron las hermosas aldeas de pastores y serranos por las sierras de las Villas y Segura.
- Aquellos eran pequeños.

Hoy también, como aquel día, por la chimenea de estas casas, dos o tres en una llanura pequeña entre arroyos Cerezo, la Tejadilla y el Guadalquivir, sale humo. No es que viva gente al estilo de aquellos serranos de las aldeas y cortijos que derribaron. Los que aquí ahora mismo viven son los amigos de tal o cual y por la suerte de esa amistad tienen el privilegio de ocupar estas casas. Los de hoy no serán los mismos de este invierno pero aquellos y estos fueron y son favorecidos con privilegios que se nos niegan a los que somos del montón. Es quizá por estas causas por lo que no se derribaron estas casas a pesar de no cumplir ningún papel benéfico para estos paisajes. Contemplándolas, se me viene al recuerdo, la imagen del aquel día.

Subimos a lo alto del cerrillo y avanzando por la llanura, entre las encinas, vimos el chalé.
- Esto no estaba aquí antes.
- Es nuevo. Nunca ha estado aquí antes.
- ¿Notas si en tu interior algún sentimiento lo rechaza o lo acepta?
- Sí que lo noto. En mi interior hay algo que lo rechaza. Las sensaciones y los paisajes que llevo grabados en mi alma, desde mi niñez, son sin estos edificios. Entonces sólo existían los campos limpios, algo oscuros, húmedos, fríos y llenos de silencios eternos.
- Dicen que cuando uno se siente triste es cuando las fibras de la sensibilidad del alma rozan más de cerca el misterio de la vida. Y dicen también que las realidades más profundas, las mejores obras creadas por los humanos, nacen siempre bajo estas condiciones.
- ¿Pero por qué vuelvo yo a vivir tantas veces en mis sueños aquello que recorrí de pequeño?
- Quizá es que tu presente actual no es bello y de ahí que tengas necesidad de irte al recuerdo de tu niñez para seguir sintiendo la transparencia de aquel mundo.
- Quizá pueda ser esto y de ahí las causas de la tristeza que ahora mismo siento. Pero te lo repito: en estos campos no existía lo que ahora mismo veo.

Algo más arriba de donde se alzan las casas de Los Rasos, se ve el salto del arroyo Cerezo. Cuando este invierno, en Navidad, bajé por ese arroyo, al llegar al salto, tuve que venirme hacia el lado derecho y volcar casi a la vertiente del arroyo de la Tejadilla para salvarlo. Por encima de este escalón, donde el arroyo taja una gran cascada, el cauce se remansa o es algo más llano. Ahí construyeron una pequeña casa en tiempos muy remotos y como eran serranos los que en ella se instalaron, junto al cortijo prepararon el terreno, trazaron bancales, construyeron una presa cerca de la cerrada, sembraron nogales y álamos y aprovechando el agua del arroyo, cultivaron hortalizas y verduras. Con las mismas piedras de aquel barranco, que son los abundantes trozos de rocas calizas de toda la sierra, levantaron corrales para las ovejas y las vacas e hicieron paratas para retener la tierra en hortales. Trazaron una pequeña senda hacia arriba y hacia abajo y por ella salían y entraban con sus mulos y burros, cada vez que tenían que ir al pueblo o a los cortijos vecinos.

La senda que sale hacia arriba recorre la ladera sur de la gran cuerda del Gilillo. Antes de llegar a la cumbre, se junta con la que viene desde Puerto Lorente por la cañada y juntas vuelcan por el mismo puerto de Gilillo hacia la vertiente norte buscando el pueblo de Cazorla. La otra senda, la que desde aquel cortijo en el barranco del arroyo se dejaba caer hacia abajo, busca el río. Al llegar a él se iba para tres sitios: río abajo, río arriba y la que nosotros ahora mismo subimos.

Hemos subido. Ya estamos casi en lo alto de la cuerda. Pero precisamente antes de coronar el punto más elevado, la senda se divide en dos: un ramal que gira hacia la derecha y sigue subiendo y el ramal que se va hacia la izquierda o más bien, viene de abajo y se junta con la que traemos. Sube desde el cortijo de los Ranchales. Majada fue al principio, cortijo después y luego casa forestal. Esta senda era la usada por los habitantes del cortijo. La casa de los Rasos y la de Gualay, para ir de un sitio a otro y más para salir desde todas estas casas forestales atrás mencionadas, hacia Cazorla. Si nos situamos junto al nacimiento del Guadalquivir, en muchos kilómetros a la redonda, en aquellos tiempos, sólo existían estos tres cortijos. Los Rasos, los Ranchales y Gualay.

Seguimos la ruta dejando a la izquierda el camino que sube desde los Ranchales. El pequeño y último tramo antes de coronar es recto y empinado. Es singular el paisaje y más el bosque: pinos pequeños, casi enanos y suelo de rocas astilladas pero casi todas en miniatura. Las almohadillas espinosas nos indican que ya andamos a una altura bastante considerable: entre los 1500 a 1600 m.

En el recodo, tras unas rocas más grandes, sorprendemos un reducido rebaño de cabras monteses que tranquilamente pastan en los prados de estas alturas. Al vernos huyen y se van hacia el lado de la izquierda volcando para el barranco del arroyo Amarillo. Remontamos un poco más y frente a nosotros tenemos la Loma de Gualay.

El camino que por lo alto de la cumbre llevamos dirección a la llanura de la nava, nos va presentando las huellas de aquellos tiempos. También la de estos: el trazado antiguo, el que es de verdad camino serrano formado por el uso de pies de hombres con sus bestias y demás animales, se va por lo alto de la cumbre. El que es camino moderno, pista forestal para surcar estos montes con los coches todoterreno, que aunque sean de los guardas o personal forestal, son coches, a veces, aprovecha el trazado y otras, la mayoría, se va más a la derecha volcando hacia el barranco del arroyo que nosotros hemos cruzado. Sin dudar que el antiguo es más bonito que el moderno, a parte ya, del poco destrozo que aquellos caminos hacían en el monte y lo mucho que rompe y afean una pista de estas.

La dulce llamada - 2


La primavera revienta por todos sitios y según vamos andando, la naturaleza se encarga de recordárnoslo. Se mecen las flores por el césped verde de las llanuras, los robles ya se han vestido su gran traje de hojas nuevas, los pajarillos revolotean y hasta el tableteo de los pájaros carpinteros sobre los troncos de los pinos, de vez en cuando retumba por los barrancos.

En el mismo camino, la primera llanura con entidad, sorprende con su espectáculo de hierba y silencio. El sol de la mañana ya casi en lo alto, lo baña de luz y aunque este rincón presenta todas condiciones ideales para que las monteses lo tomen y por eso con sumo cuidado lo vamos descubriendo, no vemos ninguna. Tampoco ciervos o gamos. Y lo que pasa es lo que ya decía atrás: los animales salvajes, en esta época del año, no necesitan de las praderas que por aquí hay para alimentarse. Es tan grande la sierra y tanto hierba y brotes tiernos de monte tiene ahora por cualquier rincón, que no tiene por qué acudir a estas praderas para encontrarse con un buen plato.

Junto a la senda uno de los gigantes se ha secado. Pero lo primero que se nos mete por los ojos no es la sequedad de su esqueleto. Es su belleza. El porte que presenta es magnífico y aunque ni sus ramas ni su tronco tienen vida, sigue irradiando elegancia y majestad. Pertenece al grupo de los laricios y debió secarse este invierno pasado, porque en las ramas todavía conserva las acículas y entre ellas las piñas aunque unas y otras por completo secas. Traspasadas por la sequedad y teñidas de ocre. El aspecto es como si hubiese dejado de vivir hace sólo unos días.

Al final de la pradera, a la izquierda yéndose para el barranco de arroyo Amarillo, se ve otro ejemplar y esto nos ayuda a recordar que los tres o cuatro veces que este invierno hemos recorrido estas sierras, por la parte de las cumbres, casi siempre nos hemos tropezado con algún gigante seco. ¿Es normal o está ocurriendo algo raro? Todos los ejemplares que he visto son de la especie laricio y casi todos bien grandes. Pinos adultos. Secos pero bien desarrollados.

No tengo mucha ciencia sobre los pinos laricios de estas sierras pero nunca antes había visto tantos secos en tan poco tiempo. Aunque creo que puede ser normal que con las nieves del invierno cualquier pino de estos se pueda secar. A partir de hoy voy a estar atento por aquellos sitios que recorra para observar si el fenómeno se repite con más o menos abundancia.

Ya lo decía: a pesar de haber sido abandonado por la vida sigue siendo hermoso. Es bello y es especialmente bello el lugar en que clava sus raíces, aunque por ellas ya no corra sabia. Nos paramos junto a él y durante largo rato gozamos de su hallazgo. Enseguida nos brota el juego y por eso alguno de nosotros comienza a encaramarse tronco arriba. Por entre las ramas secas lo vamos recogiendo en la cámara de video. Lo rodeamos, lo tocamos, lo remiramos de arriba abajo, nos llenamos de su esbeltez, de su silueta recortada en el azul del cielo, comentamos nuestra sorpresa y le expresamos nuestro cariño. "La palabra magno le cuadra como al mar, como al cielo y como a mi corazón. A su sombra, mirando las nubes, han descansado razas y razas por los siglos como bajo el agua bajo el cielo y en la nostalgia de mi corazón". Es lo que decía Juan Ramón Jiménez de aquel árbol y de este pino aunque no lo conociera.

Hoy este pino seco se nos presenta en no sé qué cuadro de eternidad. Sobre la cumbre, lejos de todos pero cerca del cielo, es más rumoroso y más gigante aún y parece como si nos quisiera transmitir un mensaje. Como si nos llamara a descansar a su paz, como el término verdadero y eterno de la vida. Pero como sobre esta cumbre todo nos rebosa y nos trasciende, nos arrancamos de él y seguimos la ruta, abrumados por el verde de la pradera, la inmensidad del cielo limpio y el aire puro de estas cumbres.

Sólo avanzar doscientos metros y entramos de lleno en la otra llanura. En la grande, en la de hermosura plena con nombre de majestad. Navahondona que como creemos nosotros se llama esta Nava Honda aunque el nombre se refiera a mucha más tierra que este rincón. Nombres tan bellos que pudieran ser los más hermosos de estas sierras y yo creo que no sólo los nombres sino también los paisajes, las cumbres, los bosques, praderas y esencias que por aquí se respira y se palpa. Es un trozo natural donde el creador se ha mostrado especialmente generoso.

La llanura se derrama desde lo más alto de la loma de Gualay, por donde crece el pino de las tres cruces y desde el collado donde nace el Barranco de los Teatinos. Por el norte la recoge y protege la original cumbre de rocas astilladas del Cerro de Navahondona. La definición de nava es de una llanura de mediana extensión recogida entre montañas. ¡Y qué bien le cuadra a este pequeño trozo verde!

Le hemos entrado por el lado de abajo. Por donde rebosa el agua de las nieves que se amontona y derriten en esta llanura. Hoy no es nieve lo que por aquí se acumula sino hierba fresca y verde. Una espesa y amplia alfombra verde que llena de alegría todos los rinconcillos de la llanura. Los majuelos ya han florecido y por entre los manojos de florecillas blancas con olor a miel revolotean mil mariposas todas de colores llamativos. En los grandes laricios también ya han despuntados las acículas de las nuevas hojas y los enebros, sabinas y peonías, se mecen empujados por la suave brisa que recorre el bosquecillo de la llanura. Ya chorrea el sol por el verde de las recién nacidas hojas que se funden con los tallos de la hierba que cubre la tierra.

Se amontonan los piornos todos florecidos y aunque en sus ramas todavía se adivina el sufrimiento de la nieve amontonada sobre ellos hace tan sólo unos días, esta mañana se abren floridos mostrando entre sus afiladas agujas los tonos más bellos de la primavera. Entre los matorrales convive un ejercito de animalillos como el hermoso Pechiazul, el carbonero, las currucas y los escribanos. También los jabalíes han pasado por aquí. Sus hozaduras se ven por aquí y allá y los otros: el ciervo, la montés y el gamo, aunque no los vemos sus rastros, en forma de pisadas y excrementos, están por aquí.

¡Mira qué bien vuela! Qué regocijo debe ser para ella su vuelo esta mañana. Como si la naturaleza toda estuviera condensada en su puro vuelo. Todo acaba y termina en ella misma y su delicado vuelo y el resto del mundo ya no existe. ¡Mírala! ¡Qué delicia verla volar tan pura y sin respiro! No es una sola sino mil que rodean primorosas cada florecilla en cada majuelo abierta. Son las mariposas, las frágiles mensajeras de la primavera. Las que más la anuncian y saborean sus esencias.

Avanzamos y como a lo largo de toda la mañana nos ha ido creciendo dentro la ternura y el amor por el jardín que recorremos, ahora casi no nos atrevemos a pisar ni tocar lo que antes los ojos se extiende. Con el aliento contenido nos vamos para el lado derecho que es por donde rebosa hacia el barranco. Embelesados en el nacimiento y enredados en la luz de la mañana que por aquí se hace misterio de esencias y tonos, cuando un nuevo zarpazos, no de belleza, nos sacude con otro temblor. Por entre las ramas verdes aparecen los alambres hierros y cables.
- ¿Qué es?
Nos preguntamos casi al mismo tiempo. En el hallazgo concentramos la mirada mientras avanzamos. El deseo de saciar la curiosidad nos arde dentro.

- Parece un corral.
- ¿Pero aquí y con materiales tan modernos?
- Y si fuera un corral ¿qué encerrarían en él?
- Serán aparatos para investigar cosas.
Caemos en la cuenta que pisamos tierras que caen dentro de la reserva de la Biosfera.

Y efectivamente. En cuanto llegamos nos cercioramos que lo que tenemos delante es una pequeña estación meteorológica. La han puesto dentro de un cercado de tele metálica que sujetan poste de hierro, en un cuadrado de tres metros de lado. Dentro han metido una placa solar con un aparato abajo por donde le entra y salen los cables. Al lado han puesto un pluviómetro, una veleta, un aparato para medir la velocidad del viento, una puerta con una cadena con su candado y por las tierras que le rodean mil rodadas de coches todoterreno. Lo que más llama la atención es el impacto que semejante instalación ejerce en el paisaje. Con la cantidad de rocas y maderas secas de todas las especies que hay por aquí y lo bonito que sería una pequeña instalación meteorológica construida con estos materiales, y que la haya hecho aquí y de hierro, pinturas y cadenas con candados, no se explica.
- Y eso que esto son tierras de la reserva, en manos de científicos y demás conservadores.
Comenta uno.

Y en cuanto a la ida y venida de los coches todoterreno por esta zona, tampoco lo entendemos. Aunque sean los científicos o los encargados de vigilar la sierra, ellos.

Desde donde hemos venido, atravesando la tan bella nava y por aquí, alrededor del tinglado montado con fines científicos, han trazado pistas forestales. Se han metido con los coches por todos sitios. Viene ahora bien recordar aquello que el otro día leímos:

Por la llanura de la nava - 3


Desde la instalación de los cables y las placas solares seguimos nuestra ruta hacia el centro del gran tapiz verde: la nava. Y en el centro del paraíso, la llanura verde de Nava Honda donde especialmente hoy, el silencio y la paz es lo que rebosa por todos sitios, lo que nos encontramos es el manantial. El pequeño regato de cristal que corre camuflado entre hierba y sabinas rastreras. Nace bajo el pino de la copa ancha y el tronco gordo. No totalmente en el centro de la llanura sino algo al saliente.

Ahí mismo está el charquito pequeño, arropado por la sombra del pino y casi tapado, por los lados, de tallos de enebro y a su alrededor, por hierba espesa. Lo miras y es todo luz. Ni siquiera parece que hubiera agua de tan cristalina. Este charco parece que hace honor a lo que son todas las aguas que manan entre las rocas calizas de estas sierras. Es lo que dicen los libros: si son calizas, el agua tiene que ser cristalina y como esta agua casi siempre antes ha sido nieve y no lluvia, al bajar de las cumbres por los arroyos o brotar en las praderas por los veneros, no sólo no pierde su pureza de nieve sino que la pule al rozar las rocas y se hace viento. Este pequeño charco es un ejemplo de ello.

En el rinconcillo oscuro de la parte de arriba del charco, junto a la sombra de la rama del enebro, brota el cristal. Parece como si estuviera hirviendo por los borbotones que saltan sin parar. Lo miras y no te lo crees. Por el pequeño agujerito que se abre en la tierra y no en la roca como ocurre en otros sitios, fluye la abundancia que enseguida se hace charco y al rebosar, es arroyo cortando la pradera. A cada borbotón que ni sabes dónde empieza ni dónde termina porque toda es un puro caño de borbotones apiñados en unos casos y enfilados en otros, la tierra se mueve, tiembla, se abre, se cierra, se va hacia el centro del charco, se precipita en el fondo donde parece va a dormirse para siempre. Pero no se duerme porque el siguiente borbotón la empuja y el de atrás le da otro achuchón hasta llevarla al hilillo que ya es la corriente que rebosa y comienza a irse, silenciosa, por el surco y los pequeños recovecos del regato.

Sigues mirando y el manantial regurgita sin parar borbotones limpios que se expanden y se duermen. Sientes el deseo de agacharte y beber no porque tengas sed sino porque al verla tan limpia te parece deliciosa. Te agachas y con la mano coges un puñado. Enseguida descubres que aún es más limpia de lo que veías y más fría que casi cuando era nieve en la cumbre.
- ¿A qué sabe?
- Bebe y verás.

Desde luego sabe a agua pero tiene un no sé qué que la hace distinta al agua que habitualmente bebemos en el mundo de la civilización.
- No podría ser menos y, además, madurada en el silencio de estas montañas, dormida en la oscuridad de estas tierras salvajes y contenida no en tubos de plástico o hierro sino en venas de arcilla y en cuencos de hierba.
- Me la bebería toda porque eso es lo que me parece que grita.

Por el fondo del charco, si miras despacio, verás los renacuajos que nacieron hace solo unos cuanto días. Si los coges en las manos te maravillarás de belleza tan pequeña, tan frágil y tan perfecta. ¿Cómo es posible que a estas alturas, en aguas tan frías y en soledades tan densas se dé la vida en forma de tanta delicadeza? A lo mejor no lo hubieras creído pero si lo ves con tus ojos y lo coges en tus manos con un puñado de agua, te convences aunque sigas sin creerlo. También si lo ves con tus propios ojos te convences de que junto a este pequeño pero espléndido charco del borbotón en el centro, se remansa otro igualmente pequeño que le supera en esplendor.

Te creerías que es una laguna en miniatura porque dentro de él crecen tantas plantas que más bien parece un jardín de juguete encerrado en una ola de agua limpia. Son plantas acuáticas y esto también te puede extrañar donde por la altitud, el frío por las noches incluso ahora ya en pleno primavera, se siente con fuerza. Lo miras y como la pradera, la alfombra de la pradera, los pinos de la ladera sur y la crestería de la cumbre enfrente, te reclama a gritos vivos, no sabes si seguir, quedarte, observarlos, bebértelos o dividirte para morir y no irte jamás.

- ¡Pero mira ese surco!
Viene rasgando la llanura por su centro desde la ondulación en que arranca esta pradera y el Barranco de los Teatinos. Te crees que el surco es de esos que hacía los arados tirados por mulos cuando araban estas tierras para sembrarla y aunque casi es igual, resulta el canal por donde, en la época del deshielo, baja el agua de la Loma de Gualay. Porque la loma está aquí, a la izquierda por donde han arañado la pista que desde el Nacimiento lleva a Puerto Llano y al Cabañas. Por ahí está la Cueva de los Santos, el pino de las Tres Cruces, el Puerto del Baco y los Prados de Gualay. Algún día nos iremos por esas soledades que tan recorridas, soñadas y amadas tengo.

Te impresiona el color de la tierra que el surco del centro deja al descubierto. Es roja, arcilla, caliza desmoronada, hojas del bosque podridas que por eso es también negra y blanca pero roja. Sólo el centro del surco y las dos pequeñas laderas porque ya en lo alto también crece la hierba que en un amplio manto cubre la inmensidad de la pradera. Desde la pista que sube al Cabañas, antes de la curva del Pino de las Cruces, sale la que viene por donde hemos subido que cuando pasa por la nava, aquí donde está el surco, no quiere venirse por el centro y la bordea.

Con aquel amigo, un buen montañero, el mejor que luego fue víctima de la civilización de la ciudad, un día bajamos esta pista y era gloria la de mariposas que se arrancaban de entre la hierba a cada paso nuestro. Recuerdo que aquel día, al llegar a la nava, casi no quisimos tocarla por miedo a mancharla. Y no la tocamos porque aquel día llevábamos otra ruta y nos dijimos que esta de la nava quedaba en espera del momento oportuno.

Y aunque lo creas, tampoco hoy es el momento oportuno. ¿Por qué? No te lo sé decir pero siento que para irse, para perderse, para fundirse con esta nava, hay que prepararse bien. Escoger bien el día exacto y estar, además, espiritualmente lleno de Dios. Y no lo digo por decir algo: lo siento, lo veo, lo vivo. Aquí late un misterio que hasta me da algo de miedo. Te lo digo en serio.

¿Qué hacemos entonces ya que estamos aquí en el centro? Primero mirar por última vez los charcos, regatos y manantiales que se desangra e hierve aquí en el centro y recordar que estos veneros no brotan bajo el nacimiento del Guadalquivir. ¿Por qué digo esto? Es que de veneros que dan agua al río, tengo varios por ahí descubiertos y voy complementando poco a poco nada más que por pura satisfacción personal.

Las fuentes del Guadalquivir - 4


Durante mucho tiempo me he preguntado por el verdadero nacimiento del Guadalquivir. A lo largo de varios años he ido recorriendo todas las zonas de las cumbres de cabecera donde se fragua este gran río. Hoy, 27-11-88, he realizado mi última excursión por estos lugares. A estas alturas del año no ha llovido gran cosa, aunque por estas sierras ya han caído las primeras nieves.

Subo por el Barranco de la Vacarizuela y a media altura, bajo un majuelo, descubro la primera de las fuentes o manantial que brota por encima del nacimiento oficial. Algo más arriba hay otro manantial y sobre la cumbre, en el centro de una gran nava, brota el tercer venero por este lado de la cuenca. Al bajar por la Cañada de las Fuentes, descubro cuatros manantiales más. Todos casi juntos pero con aguas distintas. Por la cumbre de la Loma de Gualay sé que hay otro nuevo manantial y en la misma casa forestal, junto al nacimiento oficial, brota otro. En total son ocho las fuentes que brotan por encima del punto donde pusieron la placa que indica el nacimiento del río.

Al bajar por la Cañada de las Fuentes observo como el agua que mana un poco más arriba en gran cantidad, se pierde por el estrecho que hay un poco más abajo de los tejos y desde este tramo hasta el nacimiento oficial, todo el cauce está seco por completo. Incluso la misma cueva que hay debajo del puente del nacimiento, está seca.

En cambio arriba, en los manantiales atrás mencionados, el agua brota en cantidad y además, sé que algunos de estos veneros no se secan en todo el verano. ¿Cuál es en realidad el verdadero nacimiento del Guadalquivir? En el plano que adjunto con este texto señalo dónde están los manantiales más importantes que brotan en estas laderas. Doy por cierto que han sido descubiertos y estudiados hace ya mucho tiempo.

Los tres manantiales que brotan por la hondonada de Las Vacarizuelas, caen cascada pendiente abajo y ya no ocultan sus aguas en todo el recorrido. Los de las Cañada de las Fuentes y los otros dos, ya he dicho antes que sí lo hacen y vienen a brotar de nuevo en el lugar para todo el mundo conocido por el nacimiento oficial del Guadalquivir. Pero en realidad ¿es aquí donde nace este río?

Y segundo, después de este ligerísimo paseo por la hondamente rica cuna del nacimiento del Guadalquivir, mirar las cresterías que tenemos a la derecha, la que por el lado norte protege a la nava en forma de muralla infranqueable. ¿Qué no sabes lo que es una crestería? Son accidentes que se forma cuando las rocas están inclinadas y los estratos duros alterna con otros más blandos. La erosión elimina éstos y origina un borde crestado como el que se ve desde el centro de esta nava.

Uno de los lados de la crestería está formado por la superficie de los estratos inclinados y duros, mientras que el opuesto está constituido por una ladera de roca blanca protegida de la erosión. La vertiente por donde hemos subido que se derrama hacia la cuenca del Guadalquivir. Las cresterías son comunes a lo largo de los flancos en todas aquellas montañas formadas por rocas sedimentarias inclinadas y se desarrollan tanto en los climas húmedos como en los áridos pero en éstos son más agudas y de corte más neto, como consecuencia de la acción más débil de la intemperie y de la falta de bosques en tales regiones. Los anglosajones dan a estas cresterías erizadas el nombre de hogbaks, es decir, lomos de puerco-espín.

Así que desde donde termina este surco, nos vamos a volver para atrás. Vamos a pasar por ese pino aparaguado, de tronco corto y grueso que ha venido a nacer en la hondonada donde empieza el paredón rocoso y termina la nava. Nos gustará mucho quedarnos, por entre sus ramas y la tierra que los jabalíes esta noche han removido, un buen rato. Nos quedaremos por aquí un buen rato subiéndonos a la cruz de este pino que la tiene a menos de un metro. Abrazando sus ramas que son trozos de silencios donde los años y las nieves se han parado. Nos haremos majestad con la gallardía de esta copa tan grande, retendremos el aliento para dar paso al del valle que se enreda por el bosque de este inmenso pino y luego jugaremos al juego de la soledad por la cumbre.

Si tú estuvieras te asombrarías de que aquí, precisamente donde los humanos todavía no han planificado ni la hondonada ni la crestería, se concentra tanta belleza. Porque este pino es belleza sobre una gran belleza y su tierra húmeda, su hierba verde, sus rocas puntiagudas por le lado norte, sus ramas secas allá en las copas, sus pajarillos ahí cantando, su majoleto enredado y por sus flores, las mariposas, el aire, el cielo por arriba y por abajo nosotros caminando casi pedidos.

Ahora después, desde aquí, nos vamos a ir hacia el lado en que el agua de la nava rebosa hacia el valle. Que es también ese lado por donde se derrama el talud de la cuerda que vamos a remontar. Al pie de los peñascales y de las otras laderas empinadas donde las rocas desnudas están expuestas al aire, los fragmentos originados por la erosión de los diversos agentes mecánicos de la meteorización, se amontona y forman los llamados taludes. En este caso, nuestra ladera es puro talud, se derrama hacia el valle del Guadalquivir. Por donde nosotros vamos a comenzar la ruta, es el punto donde arranca el talud, termina la cuerda y se desdibuja la llanura. La crestería de la cuerda va paralela al río pero nosotros la vamos a recorrer en sentido contrario.

Donde se ve la belleza - 5


Nos vamos a ir hacia ese punto porque además, ahí mismo estamos viendo la belleza muerte hundida entre las rocas. Ya he aprendido algo sobre los pinos secos de estas sierras. Entre las muchas cosas que la naturaleza nos enseña, no podía faltar esta: la enseñanza de la muerte, no como falta de la armonía inversa o como señal de la imperfección del mundo más hermoso. La muerte como esencia vital de mi vida para que así sepa que yo y todo cuanto veo y toco, es perecedero, no real. La inmortalidad, la eternidad, se encuentra al otro lado de la muerte. Este pino seco me dice que antes tuvo vida y dentro de unos años ya estará desmoronado por entre las rocas de estas cumbres. Y sin embargo, el tiempo está ahí, pasando lento pero firme.

Yo lo sé bien: aquí no está nuestro lugar definitivo. Que por entre la muerte de este pino, mis pasos escalonando estas tocas y el tiempo llenando toda la inmensidad, hay una fuerza grande, un ser gigante que nos mira, nos ama y nos contiene hasta el momento justo. ¿No es Dios? ¿Quién sino o qué puede ser capaz de contener y poseer tantos océanos de misterios y bellezas? Yo sé bien lo que siento y veo aunque ahora no tenga palabras para expresarlo.

Bajo el pino seco, que sí es pino como tantos otros pero que en nada se parece a ninguno de los que he encontrado por estas sierras, nos recogemos. Lo miras y te gusta ahí en el espíritu. Lo tocas y quisieras llevártelo aunque sabes que no puedes. Pero la verdad es que uno aquí, junto a él, siente placer, siente gozo y por eso te mueves de aquí para allá sin dejar de mirarlo y desde todas las direcciones y gozarlo a contra luz y sobre el azul del cielo.

Ya estamos un poco elevados sobre el valle. Este pino ha crecido y ahora se desmorona en una pequeña repisa ahora tupida de hierba, un poco ya alzada en la ladera. Algo más arriba se vez el otro gran pino, este hermosamente verde, casi aplastado y fundido entre las tocas. Hacia ese rincón nos vamos a ir para tomar la cuerda por este lado. Son ya las doce de la mañana y como ahora es cuando se nos presenta la parte más dura, aunque también más emocionante, debajo de este pino vamos a parar un rato. Es un sitio idílico por sus ramas que caen tanto que hay que apartarla para meterse bajo su sombra. También por el césped de hierba, la visión de la morra, el horizonte hacia el Gilillo y la mesa.

Aquí ellos sueltan el macuto y se preparan para comerse los dos kilos de cerezas que ayer compramos en Úbeda. Dicen que han gastado mucha energía y que como queda un buen trecho y una buena cumbre, más vale prepararse. Comeremos allá en la mesa de la Cañada de las Fuentes y puede que lleguemos sobre las cuatro de la tarde. Eso sino se nos complica el recorrido del rincón que vamos a explorar. Desconocemos por completo la zona y por lo tanto, no podemos prever nada.

Pero por ahora, los tres se sientan entre las ramas y la sombra del pino verde a media ladera, con las cerezas por delante mientras me dedico a observar despacio la ladera, la cumbre y la vertiente hacia el valle, la llanura y el corte brusco de esta cumbre hacia la nava. Ha llegado el momento de explicar un poco, desde la geología, el intrincado paraje por el que nos movemos. Que por otro lado, de todos los rincones de este Parque, los más complicados son las cumbres de Cabecera del Alto Guadalquivir.

Así que mientras ellos se dedican a sus cerezas, voy a poner aquí algunas claves sencillas que muchos ya conocen bien pero que para mí creo necesario exponer antes de recorrer esta cumbre. Empezaré diciendo que yo ya he descubierto qué es exactamente por donde nos movemos: estamos recorriendo la cresta de un gran anticlinal. ¿Que qué es un anticlinal?

Todo el que conozca el hecho de que los estratos sedimentarios son casi horizontales en su origen, quedará muy sorprendido al hallarlos a veces curvados y otras con fuertes inclinaciones, fenómeno que, sin embargo, se da a lo largo de casi todas las cadenas montañosas y en algunas llanuras. Las dislocaciones se deben a empujes tangenciales y reciben el nombre general de pliegues y plegamientos. En un pliegue se distinguen los lados o flancos.

Los estratos de una misma región pueden inclinarse en direcciones diferentes y pueden incluso oponerse en vertientes opuestas, como en el tejado de una casa, formando entonces lo que se llama un anticlinal, en el cual los estratos divergen hacia abajo. En otro lugar de la misma región los estratos pueden divergen hacia arriba formando un ángulo con el vértice hacia abajo, es decir, un sinclinal. Es fácil hacer una imagen mental de los anticlinales y sinclinales pero si uno marcha al campo con la esperanza de ver como los primeros forman colinas y los últimos dan lugar a depresiones, se encuentra con que rara vez sucede así.

Muchas veces estas estructuras no aparecen debido a la erosión, que puede haber actuado en forma tal que haya dado origen a sinclinales situados en las colinas y anticlinales en los valles. En general, ni las cimas de los anticlinales ni los fondos de los sinclinales suelen ser visibles pero en cambio es frecuente encontrar estratos que buzan hacia el norte y a pocas distancias los mismos que lo hacen hacia el sur. Entre ambos puntos los estratos deberían formar una curva o arco, la cima del anticlinal pero las partes superiores de dichos estratos han desaparecido por la erosión y muchos de los inferiores han quedado cubiertos por un manto de rocas disgregadas. Es raro encontrar la cúspide de un pliegue claramente visible.

Los estratos de rocas pueden inclinarse en todas las direcciones a partir de una pequeña superficie formando una estructura en lomo o bien pueden inclinarse desde todas las direcciones hacia un área reducida y formar una fosa sinclinal. En muchas regiones las rocas parecen inclinarse sólo en una dirección, sin que puedan identificarse anticlinales ni sinclinales. El interés geológico de los anticlinales residió principalmente en su carácter puramente científico del fenómeno geológico, hasta que se descubrió que en muchos se halla aprisionado el petróleo y que los principales yacimientos de este mineral se encuentran en ellos. La busca, la localización cartográfica de los anticlinales y su estudio por distintos procedimientos, constituye hoy una tarea de gran importancia.

Aclarado lo que es un anticlinal, diré que es un poco especial. Por la parte sur, la que da a la nava, se ha roto. La cumbre de este cerro es sólo la cresta, la cúspide. El otro lado. Otro de los lados se hundió y parece que de ahí surgió una bella dolina. Porque la nava que esta mañana estamos recorriendo y que ahora contemplo desde la plataforma de este pino, es un gran trozo de tierra hundida entre la Loma de Gualay y este cerro llamado de Navahondona. A hundirse este lado del anticlinal, probablemente en otros tiempos, se formó aquí una laguna en la que sería el fondo de la dolina y donde hoy brota el manantial.

Hay razones para pensar que esto fue así porque este lado sur es fuertemente azotado por los vientos que desde el poniente cruzan por la Nava Alta del Espino, suben por el Barranco de los Teatinos y se rompen de lleno en el lado sur de este anticlinal que poco a poco ha ido cediendo hasta dejar paso a la nava. También los vientos que le entra desde la cuerda del Cabaña y Puerto Llano, el primer obstáculo en su camino, es la cresta de este cerro.

Ante la presencia constante del viento, la lluvia, la nieve y el hielo, es normal que las rocas calizas de este pico vayan cediendo y aparezcan las formas o estructura características del modelado superficial de un macizo carbonatado: superficie lapiaz, sima, cañón, torca y dolina.

El lapiaz - 6


La raspa que dentro de un rato vamos a recorrer contiene todas estas modelaciones en gran abundancia. Yo diría que en tanta abundancia y tan bellas todas que quizá en toda la sierra no se encuentre un paisaje similar. Un rincón único donde en pocos metros cuadrados se pueden observar y estudiar todos los matices y manifestaciones de las rocas calizas. Por eso creo que es ahora el momento de explicar un poco el precioso modelado de este macizo.

Las rocas carbonatadas son una clase de rocas sedimentarias que reciben este nombre por estar formadas en más de un 90% por carbonatos. Las calizas y las dolomías son rocas carbonatadas. Son muy abundantes en la superficie de la Tierra y con frecuencia se presentan en grandes masas, tanto en extensiones como en espesor, formando los macizos carbonatados. Su modelado reviste un interés particular porque es característico y fácil de reconocer sobre el relieve. El modelado de estos macizos se conocen con el nombre de modelado cárstico, porque se presenta en una amplia región de Yugoslavia llamada Karst.

Las rocas calizas están compuestas, en su mayor parte, por mineral de carbonato de calcio, llamado calcita. El modelado de las calizas requiere una meteorización previa. Son rocas compactas, y por ello, difíciles de erosionar, y además, son insolubles. Sin embargo, las aguas que discurren por el macizo llevan disuelto anhídrido carbónico que al reaccionar con el agua produce ácido carbónico. El ácido carbónico ataca a la calcita de las calizas y la transforma en bicarbonato cálcico que sí se disuelve en el agua.

Por otra parte, las calizas no están formadas únicamente por calcita, siendo frecuente una porción variable de arcilla, que no se disuelve en el agua y queda en la zona donde se ha meteorizado la caliza o es transportada en suspensión por el agua. La meteorización química que sufren las calizas y el posterior transporte en disolución de los bicarbonatos resultantes de ella, no se realiza sólo en la superficie del macizo, sino también en su interior. Pues aunque las calizas son rocas originalmente impermeables, como son frágiles se fracturan con facilidad y de esta forma el agua penetra en el macizo a través de las fisuras, ensanchándolas y profundizándolas, lo que provoca, a medida que transcurre el tiempo, que el macizo se vaya horadando progresivamente.

Los agentes mecánico de la intemperie son los cambios de temperatura y la congelación del agua, el desarrollo de la vegetación, las actividades de los animales y la abrasión producida por el viento, el agua y el hielo. En la acción de tales agente influyen mucho las aberturas ya existentes en las rocas: tanto las grietas y fisuras debido a los movimientos del suelo, como ciertas aberturas originales entre las que se hallan los huecos causados por las expansiones gaseosas y las minúsculas cavidades que dejan entre sí los granos cristalinos. Partiendo de estos huecos iniciales de las rocas, los agentes mecánicos las resquebrajan y rompen hasta convertirlas en fragmentos sólidos, cuyo tamaño varia desde los enormes cantos hasta el más fino polvo. Unos y otros fragmentos tienen la misma composición que la roca original, igual que habría sucedido si ésta se hubiese sometido a la acción de una trituradora.

Mientras ellos van terminando de comerse las cerezas que por otra parte es un placer saborearlas en un marco como este y a estas horas del día, hago mi última exposición de la roca que hay aquí mismo. Es una piedra de enormes proporciones, casi redonda, que ha rodado desde lo más alto de la cumbre. Seguro que tenía otra forma cuando aquí quedó atrapada pero la meteorización de la lluvia y la nieve, la ha modelando hasta dejarla redondo y sólo con un pequeño punto de apoyo. Da la impresión que con un pequeño empuje puede salir rodando pero no es así. Su frágil punto de apoyo es firme y está bien anclado. La miro desde todos los ángulos y como además, la piedra es bonita en sí, llama aún más la atención.

Recojo en el video el momento de las últimas cerezas y nos preparamos para atacar la travesía de este impresionante paraje. Desde aquí vamos a subir por la parte más elevada de la raspa. No será fácil porque según subamos, las rocas nos irán complicando el paso. Grandes bloques de rocas con sus profundas grietas, sus afiladas aristas, canales cerrados, anchos, estrechos, largos, agujeros de todos los tamaños y paredones casi imposible de salvar. Al andar por esta zona tendremos que hacerlo con sumo cuidado, pues un mal paso, un resbalón o una caída, puede ser fatal. Desde luego, no recomiendo a nadie una excursión por esta zona a no ser personas expertas en andar por montañas. Porque sé bien que no todo el mundo sabe moverse por el campo y menos aún cuando el campo es abrupto y quebrado como es el caso del monte que nos ocupa.

Según vamos subiendo a la izquierda iremos dejando la cada vez más espléndida llanura de la nava. A la derecha, ya remontado casi en lo alto, aparecerán las dolinas. Son muy abiertas sobre una amplia zona del lapiaz donde abundan los pinos laricios, los enebros rastreros y las sabinas. Por aquí crecen algunos ejemplares de encinas que son milenarias. Y es curioso: justo donde el paisaje es todo roca, donde en invierno más nieve se amontona, el viento sopla fuerte y los hielos brillan a lo largo de muchos meses, en este paisaje tan inhóspito y duro, las encinas crecen robustas, bellas y llenas de vida y con troncos esplendorosos. Aquí están cargadas de ramilletes floridos y cubiertas de mil tallos nuevos.

En llegando al paisaje de las dolinas, iremos hacia la derecha con objeto de pisotear todo este ese fenómeno cárstico tan impresionantemente bello. Se recoge como en una pequeña vaguada donde las escorrentías de las aguas no tienen salida para ningún lado. Como un gran embudo en cuyo centro las rocas se han hundido por aquí, por allá y por arriba y abajo. Habría que cruzar esta hondonada y volcar hacia el valle del Guadalquivir para explorar y conocer bien a fondo toda esa ladera. Intuyo que esa zona es enormemente original pero hoy no la cruzaremos porque ya es tarde, el sol calienta fuerte y aun nos queda un buen trecho para el punto que nos hemos fijado para la comida.

Porque además, nos sentimos cogidos por completo tanto por el otro pino achatado al final de la dolina como por el saltamontes rechoncho y exactamente del mismo color que las rocas, que con el ritmo de solemnidad y de infinitud de esta cumbre, él recorre la superficie blanca de la losa para esconderse en una grieta. Nos sentimos cogidos y no tenemos tiempo para observar, gozar y atender a un espectáculo tan intenso como este.

Uno de nosotros anda por ahí, algo más en la parte alta de la cresta y aunque lo llamamos para que goce en nuestra compañía tantas cosas emocionantes, no nos atiende. Lo vemos que se para en la sombra de la gran encina. La que casi en la cúspide de la cresta se mece con ritmos cadenciosos empujada por la brisa que de la nava sube. Apunta algo y de pronto nos dice:
- Subid y veréis.
- ¿Qué has visto?
- Son cuatro encinas gigantes pero en su sombra se abre la maravilla.

Saltamos por las rocas subiendo la pendiente que desde la cumbre se derrama hacia el centro de la dolina. Nos late la emoción porque no podemos creer que lo de la cumbre sea más grandioso que cualquiera de los trozos que ahora mismo pisamos. En dos minutos nos encontramos junto a él que nos espera bajo la sombra de la encina. Ahora es cuando descubrimos que es espectacular esta encina. Su sombra es espesa, doradas como el oro los manojos de florecillas que cuelgan, armonioso el movimiento que la brisa imprime en sus amplias ramas, solemne su tronco, algo torcido hacia la dolina, sobrecogedora su figura por estar recostada en la cumbre entre tanta roca y soledad.

Un "yo quisiera hoy Señor, daros las gracias en medio de este jardín. Me parece que ya he aprendido aquí muchas cosas útiles en este paseo lento donde me voy dejando invadir por tu silencio pacífico", me sale del alma.

Si siempre se dijo que un árbol es algo maravilloso, una encina como esta y en este lugar ¿qué es? Dicen que los sabios no han logrado captar aún el secreto de los manojos de raíces vivas, laboratorios perfectos de la creación. Dicen también que las encinas se caracterizan por su gran amplitud ecológica. Viven hasta en las cumbres más altas y colonizan todo tipo de suelo. Dicen todo esto de una encina pero lo que yo estoy viendo hoy, no me lo hubiera creído con facilidad de no haberlo tocado como lo estoy tocando.

La encina bajo cuya sombra estamos ahora mismo sentados, es centenaria y crece en un auténtico pedregal a más de 1600 metros de altitud. Viéndola y viendo donde crece enseguida piensas ¿qué sucede por aquí en invierno? Las nevadas caen una detrás de otra. Sobre esta cresta el viento siempre azota con toda sus fuerza. Y los hielos duran y duran meses. Pero en verano el sol cae firme sobre esta cresta un día detrás de otro achicharrando vegetación y piedras y por supuesto, secando hasta las más oculta gotas de humedad. ¿Cómo es posible que clima tan duro pueda ser soportado por árbol alguno? Es lo que me pregunto y el mismo silencio y la realidad me dan la respuesta. Es posible: aquí está la encina.

Y para que nuestro asombro llegue a sus límites, terminamos de subir los cien metros que nos quedan para llegar a la cumbre y ahí está la maravilla de las maravillas. Una sima de unos doce o catorce metros de profundidad, abierta entre grandes bloques de rocas. Abajo, casi al final, otra encina más. Una nueva vieja encina retorcida, clavada en las paredes como si lo hubieran hecho con un martillo, ampulosa y llena de vida. En la mitad de la pared de rocas que dan forma al gigantesco agujero, una nueva encima más y arriba, donde la cavidad comienza a abrirse hacia las entrañas de la cumbre, otras tres viejas encinas. A la derecha, a la izquierda y siguiendo la raspa de la cresta, cuatro más. Como si queriendo alguien las hubiese plantado aquí pero cientos de años antes de que naciéramos ninguno de nosotros. Y sin embargo, nadie las plantó en esta cumbre. Nacieron ellas espontáneas y en qué sitio nacieron. Se les ve clavada y se mecen orgullosas rebosantes de vida justo, justo, en el punto más alto de la cumbre.

Ya nada más que para ver maravillas como estas, merece la pena subir a estas cumbres aunque para ello sea necesario andar por entre las rocas durante muchas horas. De esto estamos convencidos nosotros y por eso, en medio de tanta satisfacción y gozo, nos se nos ocurre otra cosa que bajar hasta lo hondo de la sima. Bueno, bajan ellos, porque yo prefiero recoger el momento en la cámara de video. La encina les sirve de asidero y la superficie de las rocas de resbaladero.
- Esto sobre coge.
- Entiendo que sí y más en un lugar como este.
- Vemos agua aquí en lo hondo.
- Es lo que intuía.

Se comprende enseguida que esta sima en realidad, es un deposito de nieve en los meses de las nevadas. Ahora, con el calor de la primavera y más aún cuando llega el verano, la nieve aquí acumulada, se derrite y el agua no tiene otra salida que filtrarse por el fondo de pozo. Es normal que entre las rocas del final aun queden algunos charcos. En realidad, por estas grietas y estos pozos es por donde se estiran las raíces de las viejas encinas de esta cumbre. Por esas oscuras galerías de rocas rajadas y profundas, es por donde recogen su alimento y su fuerza este sorprendente bosque de gigantes solidarios.

Además, aquí abajo crecen otras plantas herbáceas y se refugian un montón de pequeños insectos. Conforme ellos los van descubriendo me lo van anunciando entre latidos de emoción, abrazos al tronco de la encina para sujetarse y recorridos asombrados de todos los agujeros de la sima. Por fin, salen otra vez a la luz. En estos momentos me encuentro enredado y distraído por entre la espesura de las copas de estos árboles. Ya están verdes o más bien, relucen de ese verde de primavera que el calor de estos meses les ha traído.

Se tocan sus copas unas con otras y es otra cosa que me llama la atención. ¿Cómo es posible que estas ramas no se rompan bajo el peso de las grandes nevadas? Caen hasta los pinos más recios que los he visto yo por los valles y laderas. ¿Cómo es que ellas resisten aquí precisamente donde las nevadas son más grandes? Estas interrogantes y otras muchas nos laten en la mente mientras seguimos la ruta y se nos quedan atrás es más bello espectáculo escondido en estas sierras.

Y ahora que digo, se esconde, me viene a la mente el deseo de que ojalá aquí sigan escondidas para siempre. Porque ese es otro asunto: a cualquiera de los que en estos días andan sacando dinero a costa de las sierras, en un momento dado, se le puede ocurrir que este es un buen lugar para mostrárselo a los visitantes. Todo lo que por estos días se dice en los periódicos, de los paisajes del Parque Natural, no es nada más que anuncios de rutas para ellos. ¿Cuando, a muchos, se les meterá en la cabeza que las sierras de este Parque Natural, son algo más que hoteles, rutas y pistas para que vengan con sus coches y dejen dinero?

LA ENCINA
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor;
con el tronco ceniciento
sin esbeltez ni altivez
con tu vigor sin tormento
y tu humildad que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla,
ni tu verdescura sombra
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece tu talante.
Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
A. Machado.

Y además, ante la presencia de estas viejas encinas sobre las cumbres del más quebrado y duros de los cerros, se te viene al recuerdo, algunas de aquellas cosas que también, en otros lugares, leíste sobre las encinas.

Escribano montesino - 7


Ya hemos recorrido gran parte de la ladera norte de este Cerro de Navahondona. Ya coronamos el collado que aunque es muy hermoso por tantas rocas blancas, pulidas y afiladas como sobre este parte del cerro se amontonan, no sabemos como se llama. Pero se nos ensancha el alma de tanta belleza arropada por el silencio y extendida hacia los horizontes azules que desde estas alturas de dominan. Durante un rato más seguimos frente a los paisajes y los infinitos perdidos por las cumbres altas y cuando ya hemos recordado la ruta que aquellos días trazamos por aquí, nos ponemos en marcha y volcamos por el collado.

Vamos andando y entre unos espinos vemos el pajarillo.
- Seguro tiene su nido cerca.
Miramos y lo vemos. Tiene un puñado de pequeños huevecillos y es tan perfecto que ni si quiera lo tocamos. El ave lo ha trazado de la manera más inteligente, modelado con la suavidad de la dulzura y levantado con las más frágiles briznas de hierba. Tiene también algunas motas de lana y ha venido a construirlo a medio metro del suelo pero se podía decir que sólo un poquito más abajo de las estrellas. El arbusto crece entre las rocas redondeadas por al erosión. Pero el nido no se ve. Hay que apartar las ramas y buscarlo cuidadosamente para descubrirlo.
- ¡Cuidado de no tocarlo, porque podría aborrecerlo!
- Sí, ten cuidado.

Separamos unas ramas, las que tienen más follaje y lo vemos. Tiene cinco huevos del tamaño de una almendra y su tono es entre azul verde con algunas pintas negras. Verdes son las hojas del pequeño arbolillo donde se esconde y grises son las ramas entre cuyos nudos y pinchos, se entrelazan las pequeñas raíces y briznas de pasto del frágil nido.

Lo recogemos en la cámara de fotos y en el video, con la preocupación propia de no espantar mucho a este precioso pajarillo. Nos vigila por aquí cerca saltando por las rocas y arbustos. Pía y sus trinos son como si quisiera decirnos que no toquemos su nido, que se lo dejemos intacto porque para ella es su tesoro. Nosotros podemos pasar y seguir esta ruta sin ganar ni perder nada con este nido o sin él. Ella no podrá seguir llenando de alegría y trinos este rincón si ahora mismo destruimos su corazón.

Aquí se encuentra la diferencia: que ella es un frágil pajarillo revoloteando por entre las ramas y pinos de estas cumbres y nosotros somos los forasteros. Los dominantes, los que poseemos poder sobre la pequeñez de su cuerpo, su nido y mil cosas más en estas sierras. Tenemos en nuestras manos la posibilidad de romper o la posibilidad de conservar. En tan sólo uno segundos podríamos destruir estas sierras a pesar de ser tan fabulosas, tan gigantes y tan robustas. He aquí la visión más real de la auténtica belleza de estas sierras. A pesar de ser tan gigantes y de poseer toda la fuerza del universo, son al mismo tiempo, lo más frágil de la creación porque con sólo un pequeño estrujón con mis dedos, puedo acabar con ellos.

Pero no. Respiramos la última bocanada de aire de estas cumbres, acariciamos con nuestros ojos la fragilidad hermosa de los huevecillos de este nido, rozamos con nuestras manos la añosa superficie de las rocas blancas de este cerro, atravesamos orgullosos la frescura de la sombra del pino grande y sintiendo que aquí se queda, hasta el día de la eternidad, quizá el mejor trozo de nosotros, nos vamos. Nos vamos sin irnos pero nos vamos siguiendo la cuerda del cerro en la división en que baja el arroyo del Barranco de los Teatinos. Por lo alto de la cuerda, nuestra división va resta a la casa forestal de la Cañada de las Fuentes. Aunque según avanzamos, poco a poco vamos cayendo hacia el barranco.

- Ya sé cómo vamos a bautizar a este collado.
- ¿Cómo?
- Sólo para nosotros, le podemos poner “Collado del Escribano”.
Lo dejamos así y en estos momentos se me vienen a la mente las palabras que el otro día oí a un amigo. Hablábamos de estos montes y me decía:

“Algo que me inquieta es esta compra y venta que los humanos, algunos humanos, nos traemos con la naturaleza. Porque si ella nació y fue antes que nosotros, no es fruto de nuestras obras sino que ha sido otro su Creador. Nos la hemos encontrado como un regalo ajeno a nuestros méritos y voluntad. ¿Quién nos ha dado permiso para que nos la apropiemos? ¿Para que la vendamos? ¿Para que trafiquemos con ella? Cuando todavía éramos niños, cuando aún no poblábamos la tierra, ya existía ella y hasta se las arreglaba muy bien con nuestra presencia, intervenciones y proyectos. ¿Por qué ahora no la respetamos y la dejamos en paz? Yo creo que ninguno de nosotros tenemos derecho a repartírnosla, a trocearla o venderla, a traficar con ella sin poseer un permiso escrito por ella misma. En serio que me inquieta esta compra y vente que los humanos nos traemos con la naturaleza”.

- Y este recuerdo a las palabras de tu amigo ¿a qué viene ahora aquí?
Me pregunta uno de ellos.
- Me ha salido de dentro empujado, quizá, por la inmensidad que ahora mismo tenemos ante nosotros. Como cuando uno lo está pasando bien y de pronto tiene un recuerdo para los amigos ausentes. Así, por ejemplo, el nido que ahora mismo acabamos de ver, me remite a la idea de la firma de una carta. Aunque también puede ser una de las mil cartas que el Creador del Universo ha dejado desparramadas por estos lugares.
- Pero es que según vayamos surcando sierra, nos iremos encontrando señales como ésta y otras semejantes.
- Por eso parece que una voz dentro te dice que no la toques. Que la goces y aprendas pero que la dejes donde y cómo está.

Unos metros más abajo de donde hemos visto el nido, descansamos a la sombra de la laricios. Ya lo he dicho: a este pequeño collado nosotros hoy lo bautizamos con los nombres de “Escribano Montesino o Collado del Escribano”. Nos servirá para luego recordarlo. Bajo la sombra de estos gigantes del Parque, el vientecillo fresco que sube del nacimiento, nos acaricia. Por un rato corto gozamos también el pulido de loma de las rocas blancas de la cumbre y nos recreamos en las laderas que caen por el Barranco de los Teatinos. Siguiendo el pequeño vallecillo que la redondez que este monolito rocoso forma sobre la cumbre, hemos venido desde donde crecen las viejas encinas.

Arrancamos y ya es más cómodo el andar. Vemos que se espesa el monte y frente comenzamos a ver la siempre queridas Cañada de las Fuentes, Cañada de Trabino, Nava Alta del Espino y el majestuoso Aguilón del Loco. Es como una senda lo que este estrato rocoso y la hierba nos ofrece. Pero es también mucho mejor que una senda. A un lado y otro tenemos rocas, por el centro tierra cubierta de hierba fresca y de vez en cuando, matas de enebros y sabinas. Esto es más bello que una senda y mucho más delicioso que una pista o carretera.
- Es como si alguien hubiera adivinado lo que a nosotros nos gusta y a lo largo de mucho tiempo se hubiera dedicado a modelar estas piedras, a cuidad de esta hierba, a sembrar aquí estos pinos, a soltar estas caricias de viento y a configurar esas laderas y barrancos para que hoy al pasar por aquí, nos sintiéramos agusto.
- Eso parece porque sino ¿cómo explicarnos que todo esté exactamente como nos gusta a nosotros?

El sol nos da de frente y a estas horas, casi las tres de la tarde, quema como si fuera pleno verano. Sin embargo, vamos bajando y ya por esta zona, el bosque de pinos se espesa y por eso sus sombras nos van arropando. Además, el aire que corre, leve brisa que sube por el barranco, después de haber bajado de las cumbres y atravesar el bosque, nos va refrescando el rostro y el resto del cuerpo un poco empapado por el sudor de la mañana. Sentimos el abrazo de la soledad y el silencio y como la felicidad que llevamos dentro ya empezó a hacerse grande con las primeras horas del día, en estos momentos nos parece nadar en un mar de dicha.

No hemos visto ni un ser humano en todo el día aunque sí sus señales y sí también sabemos que por algunos de estos rincones, ellos suben de tarde en tarde. Sólo pensar en esto parece que el paisaje pierde algo de su encanto. No me importa que por aquí pasaran pastores, arrieros o leñadores. Ellos no manchan la sensación de pureza primitiva de estos cerros. Si me importa saber que por aquí estuvieron otros que ni son pastores, arrieros o leñadores. Parece que sólo pensar esto ya no son lo mismo los paisajes que ahora nos gusta tanto. Es como si estos bosques y estas cumbres nunca les pertenecieran a ciertas personas. Como si hubiera que decirles que por aquí tienen prohibido aparecer. Vuelvo a decir que sólo pensar que ya han podido andar por algunos de estos cerros, parece que estos paisajes pierden dignidad, pureza y encanto. Y es que lo siento así. Porque eso de notar que hemos sido los primeros en gozar de estas maravillas, te da un gusto especial. No es lo mismo, lo contrario.

Por entre los pinos, en la dirección que llevamos, van apareciendo pequeñas sendas. No son de humanos. Los animales que bajan desde las paltas altas a beber al arroyo, las han ido trazando a lo largo de los días. Ya llega hasta nosotros el cascabeleo de las primeras aguas que corren por el arroyo de este barranco. Todavía es época en que este arroyo lleva agua que va aumentando según desciende hacia el barranco de la Cañada de las Fuentes. Entrados un poco más en el verano, estos manantiales van siendo cada vez más pobres hasta agotarse por completo. A parte de que por aquí, ya es el hombre el que ha venido en busca de las aguas que brotan de estos veneros.

Por el margen izquierdo del arroyo han metido máquinas para trazar una pista forestal que sube por el arroyo. Además, en la misma fuentecilla del manantial, aprisionan esta agua en un tubo de plástico. En la casa que construyeron algo más abajo, Cañada de las Fuentes, pusieron grifos, fregaderos, fuentes, piscinas, y para que todos esos artilugios sean útiles, con un tubo que va desde estas alturas, se llevan el agua hasta la casa. ¿Ves lo que antes decía? Sólo pensar que estos manantiales ya están ordenados y aprisionados por los hombres, se sienten de otra manera. Es como si perdieran su encanto. Como si no fueran trozos de estas tierras.

Por el barranco y el pequeño arroyo, subí aquella tarde que por primera vez vine a este rincón. Fue una hermosa sensación la de aquella primera vez que no olvidaré nunca. Me viene siguiendo el cauce y al llegar al escalón que forma la cascada, me metí por esas tremendas rocas. Es difícil este paso porque tienes que atravesarlo “gateando” por las rocas, agarrándote a ellas, escalando casi. Aquel día lo conseguí y luego subí con la idea de llegar hasta donde comienza esta cuenca pero me quedé doscientos metros más arriba del escalón. Me impresionó la espesura del bosque, las sombras oscuras y alargadas, las pequeñas praderas verdes por donde las sombras se derramaban, el silencio del barranco con el agradable canto del arroyo y la imponente silueta de las cumbres frente a nosotros, a la derecha y a al izquierda.

Nace el Guadalquivir como de un sueño del alma-8


Ya digo que aquel día me impresionó este rincón y se me quedó clavado en lo más hondo del alma. Desde entonces lo recuerdo, desde entonces lo quiero, desde entonces lo llevo conmigo y hasta en sueños me veo caminando por él. Es como aquel sueño de mi juventud, como el primer sueño del alma. Años antes, la última tarde anterior a la construcción de las pistas forestales que ahora, en todas las direcciones, recorren tanto este barranco como la Cañada de los Tejos y la Loma de Gualay, nos asomamos desde el collado de los pinos. La visión era de lo más gratificante. Sólo una pequeña sendilla que viniendo desde Puerto Llano y Gualay, bajaba por la ladera, llegaba hasta donde hoy se encuentra la casa forestal, pasa por ahí, por donde oficialmente dicen nace el Guadalquivir, un trozo se iba hacia el Barranco de la Abubilla y río Grande abajo, otro. Sólo esta sendilla por todo este gran barranco donde el Guadalquivir recibe sus primeras aguas para empezar a ser río.

A un lado, la ladera silenciosa con mil pinos y tejos y por donde las cabras y los ciervos corrían libres. Esas laderas majestuosas que sólo mirarlas lo dejaban a uno lleno de amor, de gozo y de plenitud. Los arroyuelos por aquí y por allá. Pequeños unos, saltando peñas, otros, silenciosos la mayoría y todos, sólo cristal adornados de narcisos, enebros, sabinas, sombras de pinos y nubes. Las nubes de aquellos tiempos por estos barrancos, siempre eran majestuosas. Señoriales se mecían desde las cumbres laderas abajo arropando todo el barranco, besándolo dulcemente, primero y dejando sus gotas de rocío sobre las fuentecilla salvajes y las rocas blancas.

Y la otra ladera, la de la derecha, por la que hoy bajamos. Sólo mirarla se sentía en el alma ese cosquilleo de encuentro con lo conocido, con lo soñado, con el placer de volver a sentirte de nuevo en los paisajes que de pequeño abrazaste, corriste y jugaste. Por allí el bosque que no era el mismo de los tiempos de aquella niñez. Por aquí el arroyo, seco en verano, solitario en invierno, algo reposado en primavera y lleno de hojas en otoño. Más abajo, la encina.

Para acá, el pino, en la torrentera la sabina rodeada de las otras viejas sabinas, de las rocas y las que en alguna primavera brotaban por primera vez. Luego, el recodo por donde la ladera al bajar, primero se quería convertir como en un sólo arroyo, luego no se hacía sino pequeña llanura y más adelante, ni una cosa ni la otra. Pero ahí, en ese formidable rincón donde parece juntarse el universo para dar forma al pequeño Guadalquivir, nosotros teníamos fijado un interés especial. Un día y otro, la oscuridad, el silencio, la soledad, nos llenaba de asombro.

- ¿Qué habrá en ese rincón?
Nos preguntábamos.
- ¿Qué habrá ahí? Siempre tan quieto, siempre tan insondable, siempre tan reguardado y recogido en sí mismo, como si no quisiera dejarnos entrar en la hondonada donde se duerme y se transforma.

Y desde nuestra niñez, cada día aquello nos parecía más bello pero al mismo tiempo más misterioso, más lleno de secretos. A veces nos bajábamos un poco por la ladera y antes de llegar a donde todos los arroyos se juntan, nos sentábamos en las rocas, mirando siempre a la oscuridad del barranco. Allí, frente al halo misterioso que manaba del barranco, nos quedábamos horas y horas con nuestros ojos fijos en aquel paisaje. Era una experiencia que se clavaba en el alma y te dolía con todas las sensaciones. Como un intuir algo que sin duda era grande y bello pero no se podía ni tocar ni ver.

Y luego aquella hondonada por donde también adivinábamos se iban todos los arroyos juntos para alejarse de estas sierras y dejarnos aquí con la sensación de la pérdida. Las laderas de un lado y otro, ya eran más grandes, con bosques más densos, vaguadas más pronunciadas y valles aún más oscuros y secretos. Intentábamos adivinar cuantas serían las cascadas por aquellos barrancos, cuántas las curvas del que ya era Guadalquivir, cuántos los charcos y cómo de grandes cada uno. “¿Y hasta dónde llegará, por qué sitio pasará, en qué se convertirá al final?”

Estas y otras muchas como estas eran nuestras preguntas, frente al barranco por donde entre bosques y oscuridades, el río ya se iba. Todas aquellas imágenes se nos iban grabando un día tras otro y jamás podíamos salir de aquel asombro. Todo para nosotros y estos barrancos, Cañada de las Fuentes hoy, era como un sueño, como una fantasía irreal que no podíamos precisar en que región existía. Tampoco a nosotros nos importaba demasiado porque no sabíamos mucho de las dimensiones materiales, espirituales, soñadas o fantásticas. Para nosotros era una realidad que estaba allí que estaba repleta de hermosura porque todo lo que entraba por nuestros ojos reventaba de bello y producía mucho placer.

Todo hasta que uno de aquellos días, estando sobre el collado de los pinos, vimos máquinas que subían rompiendo el monte, allanando tierra, abriendo caminos, levantaron casas y pusieron placas donde ellos decían nacía el Guadalquivir.
- ¿Quiénes son y qué están haciendo?
Nos preguntamos pero nadie nos dio ninguna respuesta. Tampoco nosotros éramos quienes para que alguien nos diera una respuesta. Quizá ni siquiera existíamos para ellos al juzgar por aquella actitud suya de ignorarnos. Como si no existiéramos.

Pero existíamos y como, además, desde muchos atrás habíamos sido los niños por aquel barranco y aquellas cumbres, en nosotros ya había nacido una pizca de pertenencia, en forma de amor, de todos aquellos silencios y bosques. ¿Cómo podía ser que aquellos que ahora venían de fuera, desde siempre ajenos a estas sierras, tuvieran la osadía de romper, modelar y construir en aquel barranco, por entre aquellos silencios y los inmensos bosques?

Fue un choque brutal para nosotros y desde aquel día ya empezamos a tener dos sierras, dos ríos, dos bosques, dos silencios, dos bellezas, con dos paisajes distintos. La de antes de las máquinas, época de nuestra niñez con los juegos y los sueños derramados sobre aquellos vírgenes arroyuelos y las que fue surgiendo después de las máquinas y la presencia de los hombres.

¿Cómo nosotros, desde aquel mundo tan irreal nuestro y tan absurdo, según nos dijeron, podíamos adivinar lo que a partir de aquel momento iba a llegar? ¿Coches lujosos por las que siempre habían sido nuestras pequeñas sendillas y por donde con muchas fatigas se podía andar? ¿Gente, algunos con ciento de personas trajeadas y otros artilugios por todos los rincones de este siempre para nosotros, misterioso barranco? ¿Cómo podíamos nosotros imaginar esto?

Pero sobre todo, lo que no podíamos imaginar es lo que ahora vemos, y es moneda corriente a cualquier hora del día: bajar o subir por aquella senda, que ya es pista forestal, y al encontrarte con la gente no poder ni siquiera saludar ni decir adiós. Ahora ya no van andando, sino en coches que te cruzas para arriba y para abajo y ¿cómo va a decir adiós a un coche que es hierro, goma y gasolina contaminando el aire? ¿Cómo te vas a parar a charlar con los coches y menos preguntarles cosas de estos barrancos, sus silencios, sus arroyos y laderas? ¿Qué sabe un coche de estos asuntos y menos aún, qué sabe de aquel pajarillo que tiene su nido en el majuelo, de aquellas cabras monteses, de las plantas medicinales que a la sombra de las rocas crecen?

En fin, nosotros hoy ya hemos llegado al regato de agua que comienza a bajar por el Barranco de los Teatinos. Bebemos, lo cruzamos, cogemos la pista de la izquierda y al llegar al escalón donde el cauce forma cascada, remontamos un poco porque eso es lo que hace la pista, bajamos luego, cruzamos el otro arroyo que viene de la Loma de Gualay y antes de que nuestra pista se junte con la otra, la que sube desde el nacimiento y atraviesa la sierra, por donde antes iba la senda, vemos el pino. Sin duda que este no es el de Antonio Machado en sus versos describiendo en nacimiento del río.

Este pino y este punto de tierra llena de raíces por donde mana agua, es nacimiento que tenemos que sumar a otros muchos puntos. Aquí bebemos otro sorbo por aquello de sentir que hemos bebido allí, justo donde el agua brota y no hay ni tubos ni placas, y seguimos. Ya por aquí se ven pistas en todas las direcciones. Todos los picos y cuerdas que ahora comienzan a sobre pasarnos, los tengo recorridos, soñados y besados en todas las épocas del año.

Por hoy, terminamos aquí la ruta que hace siete horas, esta mañana, comenzamos allá en la casa forestal de Los Rasos. A partir de ahora, antes de abandonar este rincón, voy a dejar paso a las palabras que otros escribieron para hablar de la zona.

Lo que se dice del río - 9


“Paisaje de una soberanía salvaje. Enlace de troncos y ramas que parece luchar con pujanza bravía. Escalinatas de peñascos amontonados por cíclopes. Aguas purísimas que forma arroyos, cascadas, remansos y cuyo rumor es un encanto de misterio en la imponente y grandiosa soledad de las sierras. He aquí lo que expresa, lo que dice, a nuestros sentidos, esa fotografía tomada en uno de los lugares de la cuenca del Guadalquivir. El Betis glorificado por los poetas que en Reino de Jaén, nace invisible entre piedras y yerbajo. Belleza imponderable de la Sierra de Cazorla, ha penetrado el hombre con caminos accesibles al viajero por lo que hasta hace poco, eran lugares ignorados en muchos de cuyos senos, no puso la planta el hombre.

Hoy, el turismo puede recorrer esta región de encanto y gozar bajo los pinos gigantescos, sobre la trama de arbustos, sobre los suelos aromados, la evocación de los dulces versos de los poetas. El turismo, en el gran avance de la exposición de las riquezas naturales de España, abrirá aún más las entrañas de la sierra y a ella se llegará por nuevos caminos, complementarios de los que, para conservar su magnificencia, abrió la técnica de los ingenieros de montes. Ellos fueron los exploradores de sus escondidos tesoros. Tras ellos irán los artistas para aprisionar en fotografías y en cuadros, sus inapreciables, sus infinitas bellezas”. De la revista Lope de Sosa. 1928.

“Pasado el kilómetro 15 de la carretera de Vadillo a Pozo Alcón, a la derecha, encontraremos una pista forestal cerrada. Esta pista acompaña un arroyo que nos quedará a nuestra derecha según subimos. En el plano topográfico, esta cañada recibe el nombre de Barranco de la Cañada de las Fuentes y al final de la pista hallaremos una zona repoblada. Pegada a la ladera izquierda veremos una masa de pinos entre los cuales destacan algunos tejos por su color más oscuro.

El tejo es un árbol poco frecuente en esta latitud reguardándose en las zonas montañosas. Su presencia en el Parque se reduce a escasas manchas y entre los ejemplares mayores destaca el llamado ‘Tejo Milenario’. Para llegar ha dicha edad es necesario que el ejemplar alcance un perímetro aproximado a los nueve metros. Como curiosidad diremos que este árbol ha sido relacionado con la muerte debido a su utilización, en algunos países, como ornamento de cementerio.

No pocos visitantes han considerado grabar su nombre en rocas, árboles, incluso en el Tejo Milenario. Este claro signo de incultura y falta de respeto a la naturaleza, impropio de quienes se molestan en visitar estos lugares aunque los hechos demuestren lo contrario, puede dar motivos para que las autoridades competentes cierren el paso a determinados enclaves, con lo cual se perjudicaría el resto de visitantes que pasean por el Parque como si de un museo se tratara”. De la guía, Andar por el Parque, de Gonzalo Cantos.

Donde nace el Guadalquivir -10


“Me parece lector que veo tu sonrisa irónica de suficiencia al leer el título que antecede, recordando lo que de ello aprendiste en la escuela; pero te ruego que no juzgues mi atrevimiento, al formularlo, hasta que leas lo que sigue.

Porque hora es ya de que quede fijada con precisión el lugar del nacimiento del río Guadalquivir, sobre el que ha habido y aún hay diferentes e inexactas apreciaciones. Esta apreciación, por otro lado, es antiquísima, pues ya Plinio decía que el Betis nace, no como han dicho algunos, en Montesa de la Tarraconense, sino en la selva de Tujia, donde también brota el Táder, que baña el territorio de Cartago; luego, en Ilorca, se desvía de las hogueras de Scipión al este y entra en el piélago Atlántico que toma por provincia. El ponto escaso se acaudala con varios riachuelos que aumenten el cauce y la nombradía del río. En Osigitania se interna por la Bética y allí sus olas hermosas y alagadoras van realizando a derecha y a siniestra los pueblos.

Siglos después Quevedo escribía estos versillos: ‘Aquí en las altas sierras de Segura, que se mezclan zafir con el cielo, en cunas nace líquidas de hielo, y bien con majestad en tanta altura. Nace, Guadalquivir, de fuente pura..., y estos otros dedicados al Yelmo de Segura de la Sierra: ... en donde eres al cielo cama dura, das al Guadalquivir cuna en Segura. Y también Góngora ha escrito en otra parte: ‘Rey de los astros río, río caudaloso, pues dejando tu nido cavernoso, de Segura en el monte vas vecino, por el suelo andaluz tu real camino...

En cambio, los vates contemporáneos cantan la cuna del Guadalquivir en otro lugar, y así el profesor-poeta, Rafael Láinez Alcalá, dice con musa de fino romance popular: ‘Alegra Guadalquivir, niño de cumplida gracia, en su cuna de Cazorla, por sendas de pinos anda’. Y Juan Lozano escribiría en admirables octavas reales: ‘¡Serranías de Cazorla, bellas y fuertes!, benditas seáis entre las sierras de España... Dais a luz con lento y terno parir, las aguas prístinas del Guadalquivir’. Mientras González Brotons, nieto de Plutón y de las Musas, siguiendo del río su curso, cantará así: ‘Río Guadalquivir, te vi en Cazorla nacer, te veo en Sanlúcar morir’. Y muy recientemente, el poeta premiado en los Juegos Florales sevillanos de este año, dedicados al Río Grande, comenzaba así su poema: ‘Las ramblas de Cazorla, te ciñen tus mantillas, de césped y tomillo te embalsaman y orean’.

No obstante, mi respetado y querido maestro, don Juan de Mata Carriazo, sostuvo en un acto público que el Guadalquivir nacía en Quesada e igual opinión sustenta su paisano, mi amigo dilectísimo y admirado poeta, Bienvenido Bayona, quien en su quimera de poesía hasta ve reflejarse las típicas callejas de su pueblo en las aguas béticas, mientras cierta bruma debe ocultarle, allá en una lontananza cercana, la inmensa mole de la Sierra de Cazorla: ‘El río Guadalquivir, tiene su cuna en Quesada..., en Úbeda tengo historia, en Córdoba y su sultana, en Sevilla tengo flores, y cuna tengo en Quesada’.

Nosotros podemos asegurar que las tres modernas y distintas afirmaciones, según las cuales la cuenca del Guadalquivir está en la Sierra de Segura, en la Sierra de Cazorla y en Quesada, son, en parte, verdaderas. Expliquémoslo: la afirmación de los poetas clásicos es verdad históricamente, porque en sus tiempos, como observa Navarro López, ‘la circunscripción de Segura fue muy dilatada, comprendía todas las tierras que se extienden de norte a sur, desde más allá de Yeste, con sus famosos baños de Tus, hasta las fuentes del Guadalquivir en el Adelantamiento de Cazorla. De este a oeste, desde las altas crestas de La Sagra, en el Reino de Granada, hasta confinar con las jurisdicciones de Montiel y Villanueva de los Infantes, en las llanuras manchegas. Todavía en el primer tercio de la pasa centuria, la provincia marítima de Segura de la Sierra, en lo que a la Administración de montes atañe, incluía dentro de su perímetro cuarenta y un pueblos con cuatrocientos ochenta y seis montes poblados por más de doscientos setenta y cuatro millones de árboles. De esta demarcación forestal dependían las Subdelegaciones de Alcaraz, Yeste, Cazorla y Villacarrillo’. Es decir, que según aquella demarcación administrativa, ya de mero valor histórico, podía decirse entonces con cierta razón, que el Guadalquivir nacía en la sierra de Segura.

También otra mera demarcación administrativa actual, la división del territorio nacional en términos municipales, aunque reconociendo la antigüedad de su deslinde en el presente caso, justifica la afirmación de que el Guadalquivir nace en Quesada, mejor dicho, en su término municipal, monte forestal del Poyo de Santo Domingo, sitio llamado Cañada de las Fuentes, a 1.350 metros sobre el nivel de mar, y dentro de otras demarcaciones administrativas más amplias, cuales son el Partido Judicial de Cazorla y la provincia de Jaén.

Pero si el Guadalquivir es esencialmente un accidente geográfico, a la unidad geográfica de la Sierra de Cazorla, hay que referirle su nacimiento como enseñan en las escuelas. Si un río famoso en la por tantos conceptos famosa Sierra de Cazorla, como se escribe en los libros y se rotula en los mapas. Y si el río es un bello motivo cantado por los poetas, en las bellísimas Sierras de Cazorla la brisa mueve la cuna de los pinares y los trovadores le cantan canciones de nacimiento que sueñan a villancicos de Nochebuena.

Más firme quedaría nuestra tesis si tuviéramos lugar de demostrar dos cosas, que ya fueron apreciadas por los geógrafos antiguos: primera, que son tres sierras distintas las de Las Villas, formando espolón y desplazadas hacia el norte, que ahora no hace al caso, y las de Segura y Cazorla, diferenciadas éstas entre sí por apreciables elementos geográficos, visibles al simple visitador de aquellos lugares, ya en su formación geológica, ya en la variedad de su fauna, ya en su diversidad topográfica, ya en sus explotaciones forestales, ya en sus redes de comunicaciones: siendo aquella, la de Segura, más redonda y suave, como una sierra femenina, y esta, la de Cazorla, más quebrada y áspera, como serranía masculina, aunque las dos, íntimamente desposadas, formen parte del macizo sub-bético pero conservando siempre cada una su propia personalidad, deslindada entre sí por altas e inmensas llanuras desérticas, con nombres de hazañas honrosas, cual los Campos de Hernán Pelea, por honda cuenca de un río excepcionalmente transversal al curso normal de las aguas que por las sierras discurren, como el Borosa, y por un lago artificial de enormes proporciones, el Pantano del Tranco.

Y segunda: que dentro de la Sierra de Cazorla, la ausencia de diferencias similares a las citadas, impiden distinguir geográficamente una Sierra del Pozo, otra de Quesada, otra de Peal, otra de Cazorla y otra de la Iruela. Aunque administrativamente existen estas demarcaciones municipales, pues que el caminante pasa en estos lugares de un término a otro insensiblemente, sin apreciar más uniformidad absoluta en todos ellos. Pero esta tarea, por requerir tiempo para su perfecto análisis, la dejamos sin intentarla siquiera, dándonos por satisfechos con lo ya apuntado”. (El Licenciado Pedriza. Revista, Paisajes, 1933)

El discurso -11

“Comenzó el P. Cué su brillantísima oración diciendo que estamos junto a un río que acaba de nacer, con la misma postura que junto a la cuna de un niño recién nacido. Y manifestó que iba a seguir el mismo proceso humano y cristiano frente al misterio de aquella vida que empieza a abrirse. Primero, la partida de nacimiento y ella nos dice que el río Guadalquivir es cazorleño y así entra en la filiación patria; la partida de bautismo, esa ceremonia que es siempre fiesta en la Cañada de las Fuentes porque el río está naciendo perenne, bautismo con su propia agua, pura, de nieve, con óleo de unción de eses mismos olivos que se pasan la vida regando, con sal de la salinera de Cazorla y Peal y con la mano sacerdotal de un arzobispo, do Rodrigo Jiménez de Rada, el que fue fundador, padre y organizador del Adelantamiento de Cazorla.

El padrino fue Fernando III el santo, el que le rescata de manos moras iniciando la reconquista desde el Adelantamiento y acabándola en Sevilla. Un ángel de la Guarda: San Rafael, medicina de Dios para un río. Un nombre: el que los siglos le ha dejado porque lo que hace la Iglesia es convertir en cristiano lo que no lo era. Una madrina: la Virgen de Tíscar. ¡Quién si no, iba a serlo en la tierra de María Santísima! La Virgen de Tíscar que lo acuna con ese mimo de romance descriptivo de Antonio Machado, ‘tiene un río azul en sus brazos’. Y un escudo, un monte, un ideal: el Rostro de Dios porque es giennense.

Y vemos a los dos ángeles guardianes del Santo Reino entregándole el lienzo blanquísimo, flanqueándole las dos torres esbeltas de la Catedral de Jaén. Este río se lo imagina el orador sellado con la cara de Dios. Irá copiando y reflejando el pino, la torre, el álamo pero como imagen intrínseca, como fondo bajo las aguas, veremos la imagen de Dios.

Hace un canto al Guadalquivir que ha de ser sabio, con esa sabiduría de hombre como Séneca y, sobre todo, con esa sabiduría de los únicos que acertaron, los ermitaños de la sierra. Al Guadalquivir que también tiene que ser músico, con la música de Andalucía, la guarda tesoros y esencias de cante jondo. Y un Guadalquivir poeta en tres características y tres estilos poéticos: la épica del alto Jaén, la lírica en tierras de Córdoba y luego, la dramática en Sevilla. Es un río poeta que va cantando el amor. Y hay quien quiere que sea también marino, pues Magallanes y el globo del mundo estuvieron colgados de la Cañada de las Fuentes, y hay quien lo quiere conquistador: América la ha hecho el Guadalquivir y así mismo hay quien lo quiere hacer torero, con sus escuelas, la rondeña y la sevillana. Aprenderá en las riberas cordobesas, después de pasar por las dehesas de Sierra Morena y culminará su doctorado junto a la Maestranza de Sevilla.

Finalizó su discurso, entreverado de fervorosos aplausos, diciendo que el Guadalquivir es bueno, con la plenitud sabrosa que damos los españoles a este adjetivo. Es un río eminentemente litúrgico, sacramental porque es además de agua, aceite, vino y pan elementos enteramente sacramentales. Y como los ríos no mueren, sino que siguen su vida en el mar, vive en el fondo con su historia, con su sabiduría mayor por viejo que por sabio, ensañando a todos con su universalismo y su sentido común”. De la revista Paisajes.

Río desdeñado - 12

“Es un gran solaz escribir junto al Guadalquivir; el Betis de los romanos, el Guad-el-quevir (Río Grande) de los árabes, el olivífero Betis cantado bellamente por Cervantes. Este río de las bellezas líricas, de los ensueños deleitosos, de las leyendas morunas, de los arrullos de amor. Amigo de don Juan y de doña Ginés. Aventurero glorioso con Fernando III en la Reconquista y antes testigo de la varonil y tenaz independencia de los iliturgitanos contra cartagineses y romanos. Que pasa por Andújar somnoliento, serpenteando suavemente, escondiéndose con sigilo, como contrabandista inesperado y muy arriesgado, ofreciéndonos una linfa turbia y pastosa, encogiéndose en su propia timidez como el que tiene los brazos apegados al cuerpo en quietud desvaída y desorientada.

No pasa por aquí rumoroso ni cantarino ni jocundo ni siquiera huraño. La placidez con que nos brinda no es obsequiosa, responde a su misma condición de ser venero inagotable de amores y de historias. Nace rumoroso en un bello y lejano rincón cazorleño. El rumor de sus aguas gozosas lleva muy lindamente el compás a las aves parleras que pueblan los tupidos y casi selváticos pinares y encinares de la serranía del Adelantamiento, cuyas maderas, transporta complacido, a grandes distancias. Pasa por su zona media ni envidioso ni envidiado.

El río turbulento y saltarín, alegre y juguetón de la sierra, esa ahora manso y silencioso, con su sentido exacto del sosiego. En el estiaje disminuye hasta convertirse en un aprendí de río. Cuando recobra otra vez su caudal y crece con las lluvias invernales, no se embravece ni se irrita: aumenta de volumen sin hacer daño a nada ni a nadie, como suele hacerlo traidoramente el Segura. El Guadalquivir no quita nunca lo que da; es Segura es pero que loa avaros: no da, presta y luego cobra réditos desmedidos con violencias trágicas. Y es que el Guadalquivir es musa de poetas, y como los poetas, mansos, dulce y sentimental. Cuando infante, retozón; cuando adolecente, silencioso y humilde; cuando adulto, de Córdoba a Sevilla, romántico y fervoroso; de Sevilla al mar, es una canción perenne al trabajo y a la riqueza”. (Francisco A. Abad. Revista Paisajes)

Primer estudio hidrológico - 13
“El Sr. Gobernador Civil comunica a los periodistas que ha sido concedido un crédito al Instituto Geográfico y Minero para que realice un estudio hidrológico de la provincia de Jaén. Diario Jaén, 29-XI-1962.

La lectura de la noticia que encabeza este trabajo, dada por el periódico de la provincia, me hizo recordar que desde hace unos años permanece en mi biblioteca un curioso libro editado en el pasado siglo, cuyo título es: ‘Reconocimiento Hidrológico del valle del Guadalquivir’, publicado por la junta general de Estadística, Imprenta de Rafael Añoz, calle de Silva, núm. 6, Madrid, año 1864. Su autor don Pedro de Mesa, Ingeniero Jefe de primera clase del Cuerpo de Caminos, Canales y Puertos, Jefe de Detall de Operaciones hidrológicas en la Junta general de Estadísticas. La autorización para su publicación va autorizada por el Marqués de Miraflores, Presidente del Consejo de Ministros por Orden del 16 de diciembre de 1863.

En la introducción se explica los motivos de la publicación y, entre otros, el informe que el Ingeniero Sr. Mesa había elevado a la Junta en 19 de mayo del 1862 sobre la forma de realizar las investigaciones y el plan a seguir en el primero de dichos trabajos en el Valle del Guadalquivir.

Se formaron dos brigadas que salieron al campo en 28 de julio del 62 dirigidas, la primera, por el Sr. Mesa, llevando como ayudante a don Benito Polo y la segunda, bajo las órdenes del ayudante don Vicente Pages, iba el estadístico don Andrés Iranzo. Regresaron a Madrid en noviembre después de haber recorrido cada una un trayecto de 5.000 kilómetros y haber recogido datos en una extensión de 100.000 Km. Se hicieron aforos tanto de los ríos principales como de los afluentes, nivelaciones, utilizando un barómetro aneroide, teniendo en cuenta otras anteriores, hechas a partir del 1842.

En la primera parte de la publicación se describe física e hidrológicamente el Guadalquivir, empezando por la llanura conocida por los Campos de Hernán Pelea, que considera el autor origen del Guadalquivir porque, al no tener salida el agua del deshielo, debe ser absorbida y alimentar a las fuentes del río. En esta primera parte va incluyendo un ligero estudio geológico de la cuenca.

En la segunda parte de la obra se dan datos hidrométricos del río con una serie de dibujos con perfiles, no sólo del río principal, sino también de sus afluentes de derecha e izquierda, dando indicaciones de dónde se podría y sería conveniente derivar aguas para riegos de las vegas colindantes. Da también ligera indicaciones de la existencia de molinos harineros y de la energía motriz que supone consumían. Así mismo indican las concesiones de aguas hacheas hasta la fecha, las lagunas, nacimientos de aguas minerales y salinas de la comarca y las comunicaciones existentes y precisas.

Divide el río para su estudio en cuatro regiones. La superior desde el nacimiento hasta el puente de Mangíbar, la media desde este puente hasta el de Alcolea, la inferior desde Alcolea a Sevilla y la última, que llama región marina, desde Sevilla hasta la desembocadura. Al tratar de las concesiones de aguas hechas en la región inferior, parte de una hecha en 18 57 al distinguido ingeniero y director que fue de la Escuela de Ingenieros Industriales de Sevilla. Recuerdas también el estudio hecho en 1842 por el Sr. García Otero, del que se publicó una memoria en 1847 sobre la navegación por el río, así como de todos los intentos hechos para ello en el siglo pasado, fundándose en la práctica de los convoyes franceses por el río durante la Guerra de la Independencia.

También critica el estudio de navegación y riego hecho por el ingeniero de caminos, don José Agustín Larramendi, explicando las ventajas que tendría dicho proyecto para la prosperidad de la región andaluza. Todavía seguimos discutiendo las ventajas e inconvenientes del ahora llamado canal de Bonanza. Por último, al final del trabajo pone unos cuadros comparativos del río Guadalquivir con otros grandes ríos del mundo, un mapa de la cuenca y tres planos con perfiles. La obra, en perfecto estado de conservación, queda en mi biblioteca, junto con un pequeño trabajo de un hijo del autor que fue ingeniero de minas y homónimo con su padre”. (Narciso Mesa Fernández)

10.09.2007

Rutas para la historia- 8

Por la Cerrada de los Tejos 30-4-94

Índice:
EL Camino - 2
La Gran trucha - 3
Collado de los gamonitos - 4
La peonía - 5
Por donde los pinos cantan - 6
Por la Cerrada de los Tejos - 7
Charco del fresno - 8
Charco del pino - 9
Charco de las tres cascadas - 10
Charco del Tejo - 11
La Cerrada de los Tejos 2\12
El jabalí - 13
El embalse - 14
La Leyenda: Aguilón del Loco - 15



LA RUTA: Cerrillo de la Vieja, río Guadalquivir, cerrada de los Tejos, fuente Guarondo
Zona restringida.
Distancia : 3 km.
Tiempo : 3 h. andando
Desnivel : 100 m.
Camino Carril, vereda, campo a través

Por los barrancos llenos de pinos y coronando las rocas, allá entre hierba y narcisos, por donde en silencio brotan los primeros manantiales que bajan y al juntarse ya son el Guadalquivir, por allí estuve yo llenándome de Dios. Sintiéndome pequeño en este jardín tan bello y agradeciendo a mi creador que una vez más me deje gozar de este edén, sus flores y sus cascadas.

En la cañada, donde la pista que sube de la fuente Prado de la Abubilla, traza la gran curva, por aquí empiezo la ruta. Me voy por la misma raspa del espigón encerrado entre el arroyo de la Tejadilla y el río Guadalquivir. Al final, donde las rocas están rajadas en finos gajos de naranjas y en la atalaya de la casa forestal de Los Rasos, me vengo hacia la derecha y bajo al Guadalquivir. Sigo cauce arriba, subo por la cascada o cerrada de Los Tejos y junto al gran tejo milenario de la ladera, me paro a comer. Son las tres de la tarde y ya he recorrido más de la mitad de la ruta que hoy pienso hacer. Como otras muchas, esta ruta no va por senda ni pista forestal, aunque sí hay momentos en que engarza con algún trozo.

Por estos barrancos y cañadas existen o existían las sendas dichas. Pero ya están muy rotas por la erosión y el desuso. Hoy tampoco las he seguido, sino que desde el gran tejo, me he venido a media ladera hasta la fuente del Majuelo, de la liana y de la hiedra. Desde aquí sí he subido por el barranco por una pista que sobre el camino, trazaron los de Icona. Es un trazado sin acabar y por eso casi no podría llamarse pista pero el caso es que sube bien visible y es por ahí por donde me he venido. Este es, muy resumido, el recorrido o ruta que hoy he andando pero como es mucha más rica en belleza y matices, ahora voy a entrar en detalles siguiendo paso a paso lo recorrido.

Collado de los Gamonitos 10,30 -12 /-2

Y, sin embargo, yo hoy, andándolo por lo alto de la cuerda, he tardado más de cuatro horas siguiendo por la línea más alta. No es poca cosa, sino gran cosa, cargada de espléndidos paisajes, abundante agua tanto al comienzo del barranco de las Abubillas como por el arroyo de la Tejadilla y el Guadalquivir.

Pero hoy quiero empezar describiendo este espléndida y potente rincón dando gracias. Dejo el coche junto a la pista, cargo con mi pequeño zurrón, la máquina de fotos, la de video y bajo por el trozo de pista cortada que va por las tierras del antiguo camino. Es una mañana espléndida porque ya está explotando la primavera es estas sierras. La hierba estalla verde, canta el cuclillo, arrullan las torcaces, cantan mil pajarillos inquilinos de los pinos, se oye la corriente a un lado y otro y brilla el sol sobre los brotes nuevos de los majuelos.

Me arde el gozo en el alma y lo único que se me ocurre, es decir “gracias”. Me parece mentira estar hoy de nuevo andando por las alfombras verdes de este edén y respirando su aire limpio. Tengo mucha suerte que se me repite una vez y otra sin mérito ninguno por mi parte. Abro los ojos y no estoy soñando. Es real lo que ahora mismo piso y como estoy convencido de la belleza única y singular de este edén, me siento afortunado y de aquí que el grito se me escape desde lo más hondo del alma: ¡gracias Dios mío!

Un día más, una vez más, me has dado la oportunidad de poder visitar tu edén. De poder encontrarme aquí contigo, entre tus florecillas, tus manantiales, tus pajarillos, tus prados verdes, tus rocas, tus pinos, tus silencios, tu viento puro y tu paz. Una vez más me traes aquí para enseñarme tus secretos, tu amor, tu figura, tu gozo y tu grandeza. Sé que no merezco premio tan grande y menos aún merezco que confiadamente pongas en mis manos y antes mis ojos este frágil y delicado paraíso tuyo. ¿Por qué lo haces, Señor? ¿Por qué me quieres dar tanto y a mí que soy tan poco cosa? ¿Por qué me tratas con tanto cariño? Yo sé que estás aquí. Lates en cada silencio, roca, pino, cumbre, cielo y nube. Lates aquí porque oigo tu respirar y de ello que me asombre aún más. Además de traerme otra vez a este tan bello jardín tuyo, además de permitirme la entrada gratis y preparar para mí esta sinfonía de arroyos y bosques, además de ofrecerme con amor, el mejor de los paraísos, además de todo esto, te vienes aquí conmigo por estos montes tuyos y desde ellos, me hablas, me enseñas tus secretos, tus dulzuras, tus melodías, tus caminos y la belleza de los seres que pasees.

Por eso ahora miro a mi alrededor y me parece ver el mundo por primera vez. ¡Y es hermoso este mundo! Aquí azul, allí amarillo, allá verde, el cielo y el río que corre, el bosque y el monte que mezcla su misteriosa belleza y aquí en el centro, yo despertándome, poniéndome en camino hacia mí mismo y hacia el centro de la creación. Hoy veo el azul, azul, el río, río, aunque dentro de uno y otro sé que vive escondido lo único, lo divino, Tú, Dios mío. Y hoy sé que precisamente tu característica principal es el ser aquí amarillo, allí azul, allá cielo, más cerca bosque y yo aquí. El sentido y la realidad no se encuentra detrás de las cosas, sino dentro de ellas, dentro de todo. Gracias Dios mío, por traerme a este paraíso tuyo y enseñarme, a través de él, el camino que lleva hasta tu amor. Gracias.

Ya he bajado los primeros quinientos metros. Es el trozo de pista cortada que llega aquí, al collado donde en realidad arranca el espigón que voy a recorrer, se va hacia la izquierda buscando salvar por arriba el arroyo de la Tejadilla para irse luego repecho arriba hacia la cumbre del Gilillo. Por ahí anduve el otro día. Hoy, aquí en el collado, dejo la pista que se vaya con su curva hacia la izquierda y sigo recto. Aquí mismo existe una pequeña llanura ahora toda verde y llena de hozadura de jabalíes. Si me vengo un poco hacia la derecha, piso ladera del barranco de las Abubillas; si me voy otro poco para la izquierda, la ladera que piso pertenece al barranco de la Tejadilla. Por eso, yéndome por el lomo de la cuerda, mantengo el equilibrio entre los barrancos y ello, al mismo tiempo que los domino a los dos desde mi altura, los voy gozando y escrutando en un intento de formar un sólo paisaje de dos barrancos con sus arroyos y la colina o espigón que los separa o más bien los conforma.

Es este un lugar virgen. Y lo digo porque no hay turistas y creo que quizá no los haya nunca. Por aquí ni siquiera existe senda para andar a pie. Por eso ya es difícil recorrerlos a pie, por la incomodidad y el cansancio que ello supone, cosa que a mí me gusta pero que a ellos no les agrada demasiado o por lo menos a un buen número. La tierra de esta loma, como suele suceder en muchas partes del Parque, es fértil. Aquí mismo, a unos metros del arranque de esta colina, existe una preciosa pradera. En su centro y a los lados está guardada por los robustos y siempre majestuosos pinos laricios. A su vez, formando armonía y amistad, por aquí y allá crecen los majuelos, la hiedra, los piornos. Desde lo alto del picacho que hay delante de mí y que se alza arrancando desde la misma cresta de la loma, ha rodado una piedra. Bueno, han rodado muchas piedras rotas por la nieve y el viento. Pero mi piedra es especial. Grande, casi redonda, blanca porque es caliza y solitaria. Parece una estatua. Se ha quedado clavada en el rincón más bello de la pradera. Como una estatua o un monolito que algún ser humano hubiera puesto en este lugar. Pero desprende mucha más belleza que la que tendría si hubiera sido puesta por los humanos.

En la misma pradera, algo más próximo al picacho y volcando hacia la derecha, es decir, en lo que es vertiente del barranco de la Abubilla, se alza un magnífico juego de rocas. Son varias en casi todas las formas menos redondas. Estas no han rodado desde el picacho sino que son de aquí; han nacido aquí. Son puntas, trozos de lo que bajo tierra es un bloque rocoso. Lo que aflora, lo que se ve adornando la pradera dentro del hermoso desorden, son trozos de entre medio a dos metros de altas. Me acerco para conocerlo, para curiosearlo, para tocarlo y antes de llegar, varias torcaces alzan vuelo. Descubro que esto es un comedero. Hay cebada desparramada, pisadas recientes, excrementos, tierra suelta. Aquí le echan de comer a las palomas que revolotean por los pinos de estas laderas.

Por estas épocas, en los pinos del Parque, anidan y viven muchas tórtolas y tres especies de palomas. La torcaz, la zurita y la bravía. Son aves que poseen cuerpos rollizos, cabeza pequeña y patas cortas. Todas pueden volar con mucha rapidez. La paloma zurita y la bravía son casi igual de grandes. Treinta y tres centímetros más o menos, siendo la zurita la que a menudo se encuentra junto a la torcaz. A partir de estas fechas en adelante, su alimento favorito en estas sierras, son los piñones del pino laricio. La torcaz es una devoradora incansable. En el buche de una de ellas, atiborrado a reventar, se han encontrado 190 hayucos que pesaban 69 gramos en total. En otras se encontraron las cantidades siguientes: 119 hayucos, 139 granos de trigo y 78 de cebada, en una; 1.131 granos de trigo y de cebada, en otra y 36 bellotas de un peso total de 81 grano en la última. Uno se pregunta cómo les cabrá todo eso... Cuando la torcaz se dedica a los insectos ingiere muchísimos. En una sola comida engulle hasta 950 larvas y crisálidas de pequeñas mariposas de los bosques.

Como en invierno se desplaza en bandadas de varios centenares, su paso por el campo deja huellas. Algunas torcaces habituales en nuestros bosques proceden del norte de Europa. Migran hacia el suroeste a razón de 50 a 90 kilómetro diarios. Es decir, vuelan durante una o dos horas cada jornada. La torcaz es la mayor paloma de nuestros bosques. En primavera, culta por los follajes, escapa a menudo a la vista, aunque sus arrullos, que resuenan en todas partes, traicionan su presencia. Se han habituado a vivir cerca del hombre y anida hasta en algunos parques de grandes ciudades donde alojamiento y seguridad.

Desde este punto diviso perfectamente la ruta que hace unos días hice, desde aquí hasta la misma cumbre del Gilillo.

La gran trucha -3

Y va de flor en flor la brisa preguntándole su nombre, porque inquieto estoy y sediento de cosas lejanas. Retirada, a mis espaldas, van quedando las cumbres del Puerto Lorente con el pico del Cerro del Púlpito, más a la izquierda el pico Villalta y el Aguilón del Loco. Voy dejando la pequeña pradera donde comen las palomas y subo un poco este primer pico de la loma por donde ando. Me vuelvo hacia el arroyo de la Tejadilla y esquivo las rocas que se elevan sobre la joroba. Según la ciencia de la geología, este puntal que voy recorriendo es un anticlinal: pliegue o estrato que forma un saliente en forma de una A. Si fuera un saliente en forma de V, sería un Sinclinal pero en realidad lo más sencillo, es decir, que la cuerda por donde ahora me muevo, es una loma con una altura máxima de 1400 m.

Se parece a una gran trucha con la cabeza un poco achatada. La cola la tiene donde he dejado el coche y la parte del morro y la cabeza algo chata, delante. A lo largo de su lomo, por donde la trucha tuviera la aleta superior, este pez mío geológico, tiene una gran joroba similar a la de los camellos. La llanura donde comen las palomas es el pequeño rellano antes de la primera joroba empezando por la cola. Ahora me encuentro pisando la primera chepa y bajo hacia la curva entre las dos corcovas. Donde podría sentarme si esto fuera un camello de verdad. Pero ya he dicho que se parece más a una enorme trucha que en el lomo tuviera las ojivas de un camello.

Por eso, cuando antes decía que este rincón para mí si es gran maravilla, pensaba en lo siguiente: si pudiera coger esta trucha y con todo lo que contiene, sus jorobas, sus dos caños de agua a los lados, sus mil gruesos pinos laricios ya viejos, secos algunos, repletos de muérdago otros, sus majuelos, sus torcales, sus estatuas rocosas, sus florecillas, sus silencios, su paz, sus pajarillos y el azul del cielo con los gamonitos y la cabeza chata, si pudiera cogerla y así tal como la estoy gozando yo y fuera capaz de situarla en la entrada de Sevilla, por ejemplo, estoy seguro que esto tan nada, en aquellos lugares sería una gran maravilla. De lo que se puedo deducir que este rincón, en medio de las cumbres y ríos de este Parque, sí queda pequeño porque los paisajes que le rodean son de mayor entidad, en volumen, que no en belleza. Sacado de aquí, lo que es lo mismo, mirado desde aquí mismo pero sin compararlo con ningún otro trozo de sierra, es grande, muy grande, muy bello, muy lleno de profundidad, de encanto, de perfume a lejanías y a historia.

Y aquí no hay sólo una hoja de hierba, sino muchas pequeñas praderas entre los majuelos y las rocas, entre las grietas de las rocas que se rompen con la lluvia, entre los cascajales que se derraman hacia el valle del Guadalquivir. La hormiga que ahora mismo veo subir por la rama del pino seco, es igualmente perfecta. El pino es un bello ejemplar de laricio. Nació hará unos treinta años aquí mismo, en lo más alto de la cumbre. Clavó sus raíces en las rocas y al lado sur, mirando al Guadalquivir, creció hermoso. Durante muchos años resistió los vientos helados que desde la cordillera del Cabaña, descienden en los días de invierno. Resistió las grandes nevadas que también en los inviernos, año tras año cubren estas sierras. Resistió las heladas en esas largas y crudas noches de enero. Resistió las ventiscas, el sol asfixiante en los meses de verano. Resistió las sequías otoñales y los fortísimos vientos que Guadalquivir arriba ascienden hacia las cumbres. El pino es ta recio, tan fuerte, tan magníficamente preparado para la dureza de estas cumbres que nadie podía aventurar la suerte que luego, después ha corrido.

Porque hoy, este singular y extraordinario ejemplar de pino laricio, aunque sigue clavado en su roca encima de su atalaya, ya no está verde como en aquellos tiempos. Hace dos otoños, la tormenta descargó sobre él, le alcanzó el rayo y desde las raíces hasta las copas más altas, lo dejó achicharrado. Poco días después todas sus ramas se tornaron pálidas y el viento del otoño lo despobló de hojas. Cuando las nieve se amontonó en su copa ya sin vida, ésta cedió por el peso, se dobló hacia el lado norte y se partió. Así acabó su vida uno de los gigantes del Parque. El fuerte, el bello, el rey de las cumbres, el que desafió al tiempo sin inmutarse desde lo alto de su cumbre, el que fue testigo del silencio y la soledad, dejó de vivir un día y se marchó de estas sierras para siempre.

Ahí lo estoy viendo y aunque todavía sigue siendo bello y único, ya está seco. Doblado hacia la tierra con sus ramas rotas y el tronco casi pelado. Cruje un poco cada día bajo los rayos del sol y se desmorona un trocico cada tarde empujado por el viento de estas cumbres. Aquí, frente a la roca redonda, amiga y compañera desde los años en que era pequeño hasta hoy que ya se muere, me siento. Aunque sí tengo prisa porque ya el sol brilla coronando las cumbres de Peña Juana y Puerto Pinillo, no tengo prisa porque ya sé bien que en estas sierras tengo que hacerme a ellas. Respirar con ellas y adaptar mi ritmo y latidos, al suyo. Y el suyo es lento. Sin concepto del tiempo o quizá otro concepto distinto al nuestro.

Lo miro, lo observo despacio y me dejo abrazar por el mismo viento que lo roza. Puede que el próximo invierno se tronche del todo y sus ramas se despeñen por la ladera hacia el río. Quizá esto suceda y yo ya no estaré aquí para verlo porque, además, es posible que no vuelva por este trozo de sierra en muchos años. Hasta puede que no vuelva nunca más. Es la primera vez que vengo y no volveré más. Este pino no está junto a un camino para llegar a él con facilidad, sino en una zona rocosa y alejado de la pista por donde pasan los coches, por si alguna vez más volviera por el lugar montado en coche como los turistas.

La que viene Guadalquivir arriba desde el poblado de Vadillo hasta el nacimiento del río, ahora mismo la estoy viendo allá en lo hondo del valle. De vez en cuando sube o baja por ella un coche y adivino a sus ocupantes. Ellos no pueden verme a mí y ni siquiera se imaginan que por estas cumbres pueda haber alguien sentado en el centro del día, en una roca redonda tallada por la lluvia y rodeada de majuelos, hierba y otros pinos pequeños, frente a un gigante seco que se cae a trozos. Los turistas que suben por la pista van en sus coches y no me ven ni lo ven y en cierto modo me alegro.

Todavía hay cosas en estas sierras que no están al alcance de cualquiera. Todavía hay cosas que ellos ni pisan ni ven ni ensucian. Todavía hay paisajes con su paz y sus inmaculados y transparentes silencios de siempre. Todavía y de esto me alegro por la belleza que por un tiempo más seguirá intacta sobre las cumbres de estas sierras. Hoy, y puede que por un tiempo regularmente largo, siguen latiendo aquí aquellos hilillos que Juan Ramón recogía en su Platero: “la cumbre. Allí está el ocaso, todo empurpurado, herido por sus propios cristales que le hacen sangre por doquier. A su esplendor, el pino verde se erguía, vagamente enrojecido; y la hierba y las florecillas, encendidas y transparentes, embalsaman el instante sereno de una ausencia mojada, penetrante y silenciosa”.

Collado de los gamonitos - 4

Me he venido por el lomo de mi hermosa trucha dormida, apartando el monte con mis manos, saltando de una roca a otra, respirando de vez en cuando frente al barranco de la ladera del Gilillo o frente al otro, el de Navahondona hacia el Guadalquivir. Me he venido poco a poco por esta trucha pétrea, tapizada de bosques y surcada de arroyuelos por la barriga, arrullada por los picapinos y empedrada de irregulares pero bellas rocas blancas. Por aquí me he venido, sin camino, desde donde se convierte en polvo el pino seco. Allí lo he dejado con su esqueleto alzado hacia las nubes y ahora ya estoy por el Collado de los Gamonitos. Conforme voy llegando vengo cantando gracias a Dios por este nuevo paraje, en el centro de este singular concierto de picos sin fin.

Ya voy por más de la mitad del camino entre la cola y la cabeza de esta larga, estrecha, regordeta pero bella loma. Subiendo hacia la última joroba del camello, antes de llegar a al cabeza, es donde crece este denso gamonal. En la pequeña pradera que se derrama desde la joroba hacia la curva del lomo. Por aquí las rocas son piedras sueltas y esparcidas por el rodal de tierra que forma la pradera.

Hoy este rasete está repleto de verde. Hace tres semanas se derritió la última nieve de la colina y como en esta zona da el sol bien de lleno porque es solana, la hierba brota enseguida y a continuación florece también rápidamente. Es una primavera muy corta y las plantas lo saben. Tienen que darse prisa para en este espacio de tiempo florecer, granar y esparcir las semillas antes de que el sol las seque plenamente.

En esta sencilla pero deliciosa y magnífica pradera, abunda, en gran cantidad, el gamón o gamonito: Asphódelus álbum Miller; asfódelo blanco. Esta especie es la más abundante de las tres que se dan en el Parque. La nuestra, la que ahora mismo se extiende ante mí llenando la pradera, es muy característica; con recios tallos erectos que lleva una espiga de grandes flores blancas o rosáceas.

Por la gran pradera, los gamones aún no han crecido mucho porque la primavera ha llegado hace unos días. Todavía hace mucho frío en las noches de estas sierras. Pero ellos ya han brotado y al paso de la brisa se mecen limpios y verdes. Se desparraman desde el bosque, donde se amontonan las rocas y caen hacia el centro a un lado y otro. Atravieso por entre ellos con mis ojos clavados en el montículo rocoso, catedral de ensueños en la soledad de estas cumbres. Me late el corazón y dentro se me amontonan las sensaciones.

Después de tanto tiempo, todavía no he aprendido como comportarme y presentarme a estos paisajes. Los gamones me lo recuerdan:
- Fíjate que somos lo más parecido a un grupo de niños. Con este sol que ahora nos acaricia, jugamos al corro con el viento, saltamos alegres, con las rocas formamos pandillas, con el horizonte reímos sin fin y con el bosque besamos las estrellas. ¿Quieres aprender algo nuevo?
- Quiero dar un paso más hacia el latido de este bosque y el corazón de vuestra sonrisa.
- Tú conoces algo el camino y también un poco de esa dimensión.
- Pero aún ando empolvado y contaminado de la materia que me rodea y la carne del cuerpo en que vivo.
- Pues avanzar es fácil: Olvídate de los libros, de las cosas en tu cotidiana vida, deja tu mente en blanca, relájate y nada más.

Hago la prueba y sin dejar de andar me voy acercando a la roca. Me he perdido. Como tantas veces, me he perdido porque antes la grandiosidad de lo que me rodea quiero responder con grandiosidad, con asombro, con espectacularidad olvidando las reglas, principio de todas las bellezas: Lo sencillo, lo pequeño, lo natural, esto es lo hermoso y grande y no lo contrario. Por el lomo de mi hermosa trucha pétrea, los gamonitos se derraman verdes y silenciosos. Son el preludio de la primavera y la antesala de todas las bellezas cuando las nieves se derriten en estas cumbres. Como en un sueño, limpia mi mente de todo pensamiento, dejo en libertad mi cuerpo y me pongo en brazos de la armonía que me envuelve. Todo es sencillo y gozo. Los gamonitos verdes y silenciosos del montículo rocoso, palacio bello donde los haya, se desvanecen. En una pradera inmaterial nos fundimos y somos los mismos; mejor: somos todas las cosas.
- Este eres el tú auténtico hermanado a nosotros en el rincón donde nace la vida.

Castellones, en el lenguaje serrano, se llama al pequeño montículo sobre una colina o valle cubierto o coronado de rocas. El más famoso y conocido por aparecer en casi todas las guías, son los Castellones del Valle, ahí por el cruce de la carretera con Vadillo y la del Tranco. Pues esto que ahora mismo yo estoy pisando también podrían ser castellones. Es decir, castillo. Forman un grandioso conjunto de rocas que en lo alto de un montículo se han ido desmoronando, rajando, puliendo, tallando a su libre albedrío. Algunas parecen columnas que a un lado y otro sujetan bloques más grandes. Otras son como enormes torres en lo más alto. Hay otras que forman escalones, repisas, rellanos, cuchillos, agujeros, grietas, curvas... Todos son trozos del gran bloque del cerro. Este se desmorona poco a poco pero no de una forma ordenada, sino libremente.

Lo recorro de un lado a otro y es aquí donde encuentro la belleza: en su desorden. En su desigualdad. No encuentro una roca que sea igual a la otra. Pasa lo mismo en todas estas sierras. Todo se repite una y mil veces pero nada es igual. Y es que el universo entero tiende al desorden manteniendo al mismo tiempo el orden y la armonía más perfecta. Por eso este desorden, esta impresionante muestra de irregularidades que ahora piso, es lo más bello que nunca he visto. Jamás los humanos, con toda su ciencia, podrían nunca construir catedral semejante a esta. Los recorro relajado, sin inquietud, sin prejuicios, sin prisa y es verdad: resulta como un gran escaparate, como un muestrario gigante de juguetes y fantasías. Mi primer impulso es igual al impulso de cualquier niño frente a una tienda de juguetes. Lo quisiera coger todo, tocarlo todo, llevármelo todo, porque parece que de no ser así, no seré feliz. No sentiré gozo, no me encontraré agusto. Pero recuerdo ahora que en algún sitio leí que mejor que poseer, es ser y hacerme materia en lugar de poseer esta materia y sin tardar descubro la diferencia. Me doy cuenta que es infinitamente más profundo y contagia mucho mayor gozo. Además, descubro que esta actitud es la más correcta, la más limpia, la más perfecta para la unión exacta con estas sierras. Para no ser uno yo y otro ellos, para no herirla alejándome de mí y separarnos ambos de ese punto donde todo somos uno.

Las miro, las acaricio, las amo con la limpieza y alegría de un niño y sigo adelante. Subo a la cumbre, me adentro por las grietas de las rocas abiertas, toco sus paredes, acaricio el tronco del pequeño árbol creciendo en un de los agujeros de estas paredes, observo el pico del Gilillo por entre los dos monolitos formando equilibrio en lo más alto de la masa pétrea, salto hacia atrás buscando otra perspectiva para fotografiar la que parece la torre de todas las torres. Me deslizo por la pared del lado norte, avanzo dos o tres grietas cada paso, salto el escalón de la derecha donde las rocas están más desmoronadas, dejo atrás las esculturas que la lluvia pulió magníficamente, fotografío otra escultura, vuelvo a arrastrarme para bajar un poco más, saludo al barranco del arroyo pequeño, el del río se queda a mi derecha y después de casi una hora por entre las riscas blancas de este singular castillo, piso de nuevo tierra fértil. Es el collado después de la última joroba dirección a la cabeza de la trucha.

Llama mi atención, perdida por entre las flores de las rocas, jacintos de Cazorla, un pajarillo lleno de luz que sobre el verde prado canta y revolotea sin parar. Sigue el cielo claro pero transparente de azul y de los pinos cercanos cae un leve concierto de trinos dulces. Por algunos trozos de estas sierras ya se nota más la primavera. La vida hierve a aunque el clima no acompaña, los pequeños habitantes de los bosques, los arroyos y las rocas, ya se desperezan. Antes de alejarme me vuelvo para atrás. Miro por última vez el empinado riscal que acabo de atravesar. Por el lado opuesto, es decir, por el Barranco de la Tejadilla, desciende en vertical un profundo abismo. Toda la pared se le ve repleta de majoletos que con sus intrincadas raíces metidas por entre las rajas de las rocas, se mecen al aire repletos de vida. También suavemente se mueven las ramas de los pinos al paso del vientecillo que recorre la loma.

No hay más ruido en todo el rincón que el latido de mi corazón, el canto de los pajarillos, el silbar del viento y el suave aleteo del viejo arce clavado en las rocas. El día pasa casi imperceptible. Se desliza sereno hay silencio derramado entre estas sierras y por entre el lado invisible de mi alma. Un justo sentimiento me corre ahora mismo por dentro. Me noto como si estuviera ahora mismo recién despertado de un sueño. Mientras he estado durmiendo, mientras he andando por los destrozos del castillo pétreo que dejo atrás, ha sido sueño, pesadilla. He amado con detenimiento cada trocico de cada roca, cada arista, cada brizna de hierba con su gota de rocío y su temblor diminuto. He sido feliz hasta el exceso recorriendo estos paisajes envuelto en su silencio, su color blanco, el viento y la soledad. Ahora cuando despierto, cuando ya me voy alejando de esta rascadera, siento como si de pronto lo perdiera todo, separándome de aquí violentamente para siempre.

Puedo pensar y por un momento este sentimiento corre por mi alma, que ha sido un sueño. Que no es real el monte, que no existe. Que sólo es un deseo de paisajes, fantasías de mi mente. Y precisamente porque me estoy separando, siento tristeza. Busco los rayos de solo que acarician a los pinos laricios que deliciosamente se reparten por la curva de la loma. En pasando el pico rocoso que acabo de dejar atrás, se abre una pronunciada ladera y aquí, en las tierras de la loma, se abre una nueva pradera que entre peñascos y pinos, revienta de verde. Es muy buena la tierra que en este rodal se concentra y como el sol, a lo largo del día, le da de lleno y fuerte, la hierba ya ha brotado aunque por algunos sitios se ve muy “enratoná”.

Después de las nevadas que ha tapizado estas cumbres hasta hace muy pocos días, la lluvia no ha hecho acto de presencia. Al derretirse la nieve ha dejado empapada la tierra pero como este suelo se encuentra mezclado con muchos guijarros, de piedrecitas más pequeñas y de rocas grandes, la humedad, en cuanto vienen tres días de sol, desaparece. Y más en lo alto de la loma. El agua subterránea se filtra hacia las zonas bajas. Ambas cuentas, a un lado y otro, se llenan de veneros. Por eso sobre la cumbre, las plantas tienen un ciclo corto. En pocos días se va la nieve, luego las heladas y los fríos, después la humedad y de momento el sol caliente fuerte y con ello la sequedad de las tierras. Las plantas tienen que darse prisa en crecer, florecer, madurar las semillas y dispersarlas para perpetuar la especie. La vegetación aquí vive en condiciones muy parecidas a las de las altas montañas. Inviernos y veranos muy duros con climas extremos y primaveras cortas. Otra cosa son los pinos laricios tan abundantes y tan hermosos por esta tierra y laderas.

Mis pinos, los que ahora mismo tengo aquí junto a mí, clavados en la loma, mecidos por la leve brisa que corre y habitados por mil pajarillos que saltan inquietos por sus ramas, no son tan nervados como los del texto pero sí desde luego grandes y hermosos. Los achaparrados y nervados crecen allá por las cumbres del Cabaña, Puerto Pinillo, loma del Rayal y la cuerda de las Banderillas y por la sierra de la Cabrilla. Por esas zonas las nevadas son grandes, el viento sopla fuerte y sol del verano aún es más extremo que por aquí.

Estos pinos míos, de troncos blancos, restos y gordos, estiran sus ramas hacia los barrancos y se entrelazan unos con otros. Forman un espeso bosque a cuya sombra crecen las praderas aquí ya no de gamonitos sino de hierbas variadas, piornos y otras plantas. Algunos en sus troncos, aún conservan las señales de cuando en aquellos tiempos los pegueros les sacaban la resina. Son tan fuertes que aunque les falte medio tronco en forma de cueva junto a la base, siguen firmes y lozanos desafiando al tiempo y las inclemencias de las cumbres. Llego al final de la loma. Es esta la que sería la cabeza de mi trucha. La loma por aquí tiene una pequeña llanura que la redondea más y la deja por completo chata.

Me la encuentro tan repleta de primavera que hasta le cae por los lados hacia los dos barrancos: el del Guadalquivir y el de la Tejadilla. Por entre la hierba se han desparramados los trozos de rocas en tal cantidad y tan blancos todos, que parece lo hubieran hecho queriendo. Son los pedazos de otra gran molen rocosas que en este punto afloró y con el tiempo se fue desmoronando. Convertida ha quedado en piedras pequeñas que no dejan de rodar de un lado a otro buscando las laderas que caen a los barrancos. Es una visión singular la que ofrece esta pradera con tantas rocas grandes algunas, otros pequeñas, redondas muchas, blancas y empinadas entre la hierba y por la superficie de la llanura.

Más al final, cuando ya el fin del lomo de la trucha, antes de comenzar la ladera que baja hasta el rincón donde se refugia la casa forestal de Los Rasos, se ve otra llanura que no es verde. Es decir, por ella aún no crece la primavera en forma de hierba y mil flores de colores. Sólo se ve en ella una extensa superficie, similar a la que ofrecería una calle asfaltada pero en este caso lo del asfalto, son rocas vivas. Una gran losa llana que parece como si a caso hecho la hubieran alisado para luego más tarde abrirle rajas por todos sitios.

Sé que en geología esto se llama lapiaz de los cuales existen muchos sobre las cumbres de estas sierras. Pero como yo los conozco casi todos y tengo ahora mismo delante de mí este, puedo afirmar que no se parece a los otros. Con ser más pequeño, con estar justo en esta punta de la loma, lejos del paso de los turistas y otros aventureros, refleja y contamina más singularidad y belleza. Lo recorro despacio mientras lo piso, lo miro, lo fotografío, dejo que se me clave en el alma para mejor llevármelo al tiempo que lo voy descubriendo poco a poco hacia el lado del Guadalquivir. Es por aquí por donde presenta su mejor belleza y además, justo desde este punto, veo mejor el barranco por donde desciende el gran río. Lo recorro con mis ojos empezando por abajo hasta perderme por la tan sonada Cañada de las Fuentes.

Ya veo la pista que sube y la distingo casi hasta el Puente de las Herrerías. Veo con toda claridad el gran picacho de rocas por cuya panza abrieron un túnel para que atravesara el carril. El único túnel que existe en las carreteras de estas sierras junto con el del paso del Embalse del Tranco. Veo también el trazado de la senda que voy a recorrer en mi próxima visita a estas sierras. Sale de ahí, del valle que forma el río pegado a la casa de Los Rasos y sube por la ladera opuesta a la mía. Sube hasta la misma cumbre donde nace el arroyo de Los Habares y los cerros de Navahondona. Desde aquí la veo subir por entre bosques de pinares y buscando los voladeros que caen al barranco. Recorreré esta senda la próxima vez que venga, porque desde ahora mismo empiezo a sentir la emoción y belleza que el rincón encierra.

Pero ahora, hoy, me sigo viniendo hacia el valle del río y comienzo la bajada. Dije antes que mi ruta venía sin senda y sigo igual. Sin senda, saltando por las piedras, pisando la pradera, apartando las ramas, buscando el paso de los animales y así poco a poco, dejando atrás la loma, el azul del cielo y su silencio para adentrarme en el bosque con su torrentera que he de atravesar para encontrarme con el río. Ya lo oigo desde aquí aunque todavía lo tengo lejos. Ya veo, mientras me acerco, la pista por donde suben los turistas hacia el nacimiento y ya me siento más extraño.

Cuando voy por estas sierras, no me gusta meterme por donde andan ellos y menos aún me gusta mezclarme con ellos o parecerme a ellos. No me gusta esto pero esta ruta que hoy llevo tiene un trozo que se mete por donde ellos pasan con sus coches hacia el nacimiento y desde el nacimiento. Mi objetivo final, mi motivación central de la ruta de hoy, es la Cerrada de los Tejos. Por los parajes en que he trazado la ruta no tengo otra posibilidad que venirme por donde en estos momentos bajo. Ya por aquí se ven señales como de sendas aunque no lo sean de verdad. Parece como el arroyuelo que deja el agua al bajar pero sé que tampoco es eso. Desde aquellos tiempos y no sé hasta cuando se seguirá repitiendo, siguen sacando de estas sierras troncos de pinos.

En aquellos lejanos tiempos lo usaban para la construcción de los barcos, para la madera más tarde y luego vino lo de la Renfe que se los llevaba para las traviesas de la vía del tren. Lo de la Renfe y también lo de la serrería de Vadillo, ya no funciona en estas sierras, así que no sé para qué historias cortan tantos pinos y sacan tantas maderas. Sé que la madera de estos pinos deja mucho dinero, así que ahí seguro está la clave. Lo cierto es que por donde ahora bajo, es un jorro. Los surcos que dejan los troncos de los pinos al ser arrastrados por las laderas hacia los barrancos y las pistas para desde ahí cargarlos en los camiones.

Mi camino es un surco parecido al que forma una senda de tanto usarla y también he visto muchos por estas sierras. Pero el más torpe se da cuenta que una senda, por estas laderas, nunca tiene un trazado como este. Las sendas suben y bajan zigzagueando por laderas, barrancos y cumbres. Los surcos que dejan los troncos al ser arrastrados, casi siempre tienen un trazado como el que ahora piso. Aunque se podría decir que en realidad no tienen trazado. Desde lo más alto bajan rectos hasta lo hondo sin otra lógica que la de la distancia más corta y el nivel más pronunciado porque así el tronco baja con el mínimo esfuerzo.

El jorro por el que ahora bajo, desciende recto desde arriba buscando la pista que sube al nacimiento. Por eso este surco se encuentra tan roto. Las piedras se amontonan, es también el lecho de un pequeño cauce. La lluvia, cuando las tormentas descargan grandes cantidades de aguas sobre estas cumbres, se desliza hacia los barrancos por los sitios más cómodos. En este caso, torrencialmente por el surco del jorro que los troncos trazaron al ser arrastrados hacia lo hondo. A mitad de la ladera, el descarnado surco, está cortado por las ramas y troncos de un gran pino seco. Se dobló hacia el barranco y majestuosamente ha caído en la hendidura como si quisiera volverla otra vez a su estado primitivo.

Como si quisiera saldar o reconstruir la herida que los hombres abrieron. Da esa impresión. Como si la naturaleza, sumisa siempre a las fuerzas destructoras del hombre pero rebelde y agresiva también a las dentelladas que los hombres le dan, quisiera demostrar que desea ser libre. Que quiere desarrollarse en desorden. Que no le gusta como la tratan los humanos y por eso, hasta cuando como este pino, aparentemente está muerta, actúa con fuerza para seguir siendo ella misma. Este pino ya casi podrido, roto y tumbado por entre el monte, parece transmitir tal mensaje.

Y para confirmarlo y llenarlo de más fuerza, aquí está la peonía. Ya ha florecido y se mece hermosa clavada en el mismo centro del surco. Es la primavera con su nueva sabia y color y el otoño con su muerte y soledad. El pino seco y ya podrido y la peonía verde y florida en una armonía perfecta en el centro de descarnado surco. Peonías las hay por todas estas sierras pero por esta época del año no han florecido aún sino en sitios como éste: solana y por lo tanto zona muy caliente y seca porque el sol le da con fuerza. Esta que aquí ahora mismo gozo, se encuentra, además, escondida entre ramas de pino, majoletos y sabinas. Algo oculta a los rayos del sol y junto a otras flores muy bellas, abundantes en este parque, el lino azul.

La peonía - 5

Su nombre científico es Paeonia officinalis. Y en castellano también se le conoce como rosa de monte peronia, rosa montesina, rosa del sarna, rosa de rejalgar, rosa de Santa María, rosa de Santa Clara, hierba casta, flor de la maldita. En portugués y gallego: peónia, erva-casta, rosa de lobo, herba tolledeira. En catalán: pampalònia, pelònia, piorna, rosa de la Mare de Déu, rosa d´ase. La peonía es un planta vivaz que brota y florece en primavera y se agosta en el estío. Alcanza la altura de 1,5 a 3 palmos y echa bajo tierra una cepa corta con diversos tubérculos fusiformes, alargados que recuerdan los del gamón. En la base del tallo se forman unas hojas a manera de escamas, a menudo rojizas o encarnadas como los tallos, los rabillos y los nervios de las hojas, como si lo bermejo de la de las flores sintieran impaciencia por manifestarse.

Las hojas son grandes y están divididas y subdivididas e gajos verdes y lampiñas en la cara superior, más pálidas o garza y a menudo vellositas en el envés. En lo alto del tallo se abre la flor, regular como una gran rosa roja o rosada, según las castas. El cáliz se compone de tres a seis sépalos cóncavos algunos de ellos más crecidos y desarrollados a la manera de hoja. La corola, de cinco a seis pétalos papiráceos. Los estambres son numerosos y tienen las enteras prolongadas y amarillas. El fruto se compone de dos a siete folículos carnosos, abrideros por la cara superior, con numerosas semillas redondas, de primero rojas y después negras.

Florece desde fines de abril en las bajuras. Según creencias que nos vienen de Bizancio, la peonía tiene poder de ahuyentar del demonio. Se cría en las laderas de gran número de montañas de la Península y de las Islas Baleares. Linné dividió la especie en macho y hembra, dando en nombre de macho a la que se considera así, de follaje verdinegro y brillante.

A pesar de que el uso médico de la peonía se remonta al siglo IV antes de Jesucristo, a pesar también de pertenecer a una familia como las de las ranunculaces que proporcionan drogas de tanta virtud, lo cierto es que de la peonía no existen datos completos. En las raíces se ha hallado glucosa, sacarosa, ácido metarabíco, ácidos orgánicos y se creyó también haber aislado un alcaloides. Las semillas de estas plantas contienen mucho aceite. Diversas partes de la peonía se emplean contra la epilepsia desde los tiempos de Hipócrates y Teofrasto. Probablemente esta especie contiene principios tóxicos como acontece con frecuencia en las plantas de esta familia.

Andrés de Laguna dice que se de a beber, en polvo, a las mujeres que no purgaron bien del parto, porque provoca el menstruo. Si se bebe con vino, es útil a los dolores de tripas, sirve contra el mal de ictericia y contra el dolor de la vejiga y riñones. Cocida en vino y bebida restriñe el vientre. Bebidos diez o doce de sus granos rojos con vino negro y austero, detiene el menstruo rojo; y comidos mitigan las mordicaciones de estómago. Dados a comer o a beber a los niños cuando se le comienza a engendrar las piedras, se las resuelve. Los granos negros tienen virtud contra opresión de la pesadilla, contra la sufocación que causa la madre y contra los dolores que le atormentan bebiendose quince dellos con agua miel o con vino. Nace la peonía en altísimos montes y por los despeñaderos. (P. Fon quer. El Dioscóride renovado)

Por donde los pinos cantan - 6

Y en esta época del año, según va uno recorriendo los paisajes de estas sierras, se siente en el alma más y más la voz de esta realidad y el perfume que ya exhala el jardín. Pero es cierto que aquí, desde siempre, sobra y sobrarán todos los jardines humanos. No haría nada más que estropear lo que es la obra más perfecta de jardinería en el planeta tierra. Ahora mismo ya lo estoy viendo.

Acabo de llegar a lo hondo del valle. Por aquí corre el Guadalquivir. No hace mucho ha nacido, sólo unos kilómetros más arriba, según el letrero oficial y algo más arriba según la realidad de mil manantiales que he visto con mis propios ojos. Por el punto concreto en el que acabo de aterrizar, sin haber sido elegido por mí en absoluto, la cuna que va meciendo a este Guadalquivir pequeño pero ya pleno y gigante, son praderas verdes, pinos viejos, robles silvestres, troncos y rocas pulidas y florecillas de todos los colores. El río y el rincón es bello hasta reventar pero ya estuvieron por aquí para romperlo.

Acabo de llegar al valle pequeño que va saltando poco a poco el también pequeño río limpio. Y aquí también acabo de pisar la pista que en aquellos tiempos construyeron para que vinieran ellos. Acabo de verlos. Dos de sus coches, todoterreno y potentes, vienen pista abajo desde el nacimiento. Otro de sus coches, más limpio y grande, avanza pista arriba rumbo al nacimiento. Aquí está la señal. Los hombres han puesto su grano de arena para modificar a su gusto y así romper lo que siempre fue bello. No lo han mejorado ni mucho menos, sino lo contrario: lo han roto, lo han machacado, lo han ordenado, porque esa es la tendencia: ordenar, dividir, restar. Todo por aquí ahora mismo es bello menos la pista forestal que lleva al nacimiento del río y los coches que por ella ruedan. Ya sé que de no existir el camino, pocos serían los que pudieran gozar del nacimiento. Pocos serían los que vinieran. Pero pensándolo despacio, daría igual. O mejor, para bien de todos, sería estupendo que no pudieran llegar con sus coches a rincones como estos. Estoy seguro que aún así, muchísima gente vendría por aquí, a ver el nacimiento del río. No vendrían con sus coches, sino andando, con sólo alguna mochila, la cámara de fotos, un bocadillo y su alma abierta a los paisajes y sensaciones que laten por las cumbres y montes de estos lugares.

De este modo, se conseguiría frenar la avalancha. Vendría por aquí sólo aquellos que realmente les gustara la aventura y estuvieran dispuestos a las molestias de una buena caminata bajo el sol o el frío. Aquellos otros, los enemigos de las incomodidades y amantes de llevar consigo todo tipo de comodidades, no vendrían. Se lo agradeceríamos nosotros y estos paisajes que saldrán ganando mucho.

Porque estoy muy convencido que para ver y gozar estas sierras, lo primero que sobra es el coche y lo segundo, todo lo demás. Me asombraba yo anoche cuando oí la noticia por la televisión: “El Parque Natural de Cazorla, ya tiene cubiertas todas sus plazas hoteleras hasta Semana Santa del año próximo”. Me asombraba porque aunque algunos vea en esto, cosas buenas, yo que lo miro desde otro punto, sé que no es tan bueno. Para este parque va a ser malo, bastante malo todo lo que sea auge turístico sin más finalidad que sacar dinero a costa de las frágiles bellezas que todos por aquí nos hemos encontrado.

Sigo mi ruta rumbo a la Cerrada de Los Tejos. Avanzo un poco pista arriba dirección al nacimiento. Al cruzarme con ellos, como van en sus coches y yo voy andando, me miran. Alguno comenta: “Animo, que ya queda poco”. Quizá es que me siento y me creo superior a ellos o por lo menos distinto pero el caso es que me molesta el que me miren y me enjuicien desde su actitud por estas sierras. En el fondo no me quiero parecer a ellos, no quiero ser uno de ellos, no quiero confundirme con ellos y creo que en algún sentido tengo algún derecho: llevo más de diez años pisoteando todos los paisajes que rodean el nacimiento del Guadalquivir y sinceramente que me considero un grandísimo ignorante de estos rincones.

Aunque los conozca a fondo sé que es un cincuenta por ciento o más lo que todavía ignoro. Y además de verdad. Me sobra sudor derramado subiendo estos cortados. Laderas, cañadas, cuerdas y cumbres. Me sobran pasos en cada una de las rocas, pinos, manantiales, tejos y sabinas por estas hondonadas. Me sobran horizontes, nieve, lluvia, frío, sol, noches de luna y viento por el arroyo de los Tornillos, el Aguilón del Loco y el Rayal. Me sobran días, horas, silencios, lejanías, esfuerzos escondidos por barrancos y cumbres. Me sobran sueños, ilusiones, latidos, sensaciones y deseos profundos de fundirme cada día un poco con el latido de estas sierras. Me sobran gracias al creador de estas maravillas por permitirme gozar de ellas y llenarme, una vez y otra de las sensaciones y experiencias más limpias y hondas de mi vida.

Me sobran placenteros sueños a lo largo de mis noches en aquella casa donde vivo, desde donde una vez y otra me veo volando, surcando, abrazando, besando y amando cada brizna de hierba y cada chorrillo de agua palpitando en estos montes. Me sobra todo esto y muchas más emociones junto al papel trazando torpes líneas intentando decir algo de los paisajes que tan dentro llevo. Me sobra todo cuanto atrás he dicho pero aún así tengo muy claro que desconozco miles y miles de secretos, bellezas, latidos, aromas, nacimientos y cumbres. Desconozco mil veces más de lo que conozco y sobre todo ignoro el más hermoso de los secretos o más bien, los dos secretos más bellos de estos paisajes: el camino que desde aquí parte a la cañada de las estrellas y desde allí sigue a las llanuras de la eternidad y el latido que por aquí palpita de todo cuanto fue en aquellos tiempos.

Estos dos secretos me faltan para descubrir y conocer y aunque día a día siento su fuerza respirando dentro de mí, no llego jamás a conocer su senda ni su cuenca ni cumbre. Por estas razones me siento molesto cuando al tropezarme con ellos, me miran diciendo: “Imbécil de él que sube andando con si quisiera decirnos que eso es mejor que venir en coche”. Me siento molesto y raro porque no me gusta que me igualen. No me gusta que me interpreten desde su visión de estas sierras y que me marquen con su sello. Llego a la curva de la pista, justo a donde este camino, al llegar al río, lo cruza y gira hacia la izquierda para irse por la derecha hasta el macizo de Navahondona y así salvar la impresionante Cerrada de los Tejos. En la curva despido al camino y me vengo por el cauce del río. Voy buscando la cerrada de mi objetivo y mi secreto. No diré ni daré aquí muchas pistas que puedan servir para orientar hacia este rincón. Creo que hay que empezar a defender a estas sierras de los humanos en avalanchas e incluso de los que ahora mismo las dirigen y las venden por dos pesetas. Hay que empezar a defender estos montes de ellos, de los que dicen las quieren tanto y las llevan tan dentro y luego los ves y viven lo contrario.

No voy a decir por qué camino o senda se llega a esta cerrada que busco. La Cerrada de los Tejos, árbol que según se dice, en aquellos tiempos era muy abundante en la Península y pasado del tiempo casi ha desaparecido por completo. Su madera fue muy apreciada para la construcción de los barcos en tiempos de los Fenicios y Griegos. Y es que de verdad, la madera del tejo es dura.

Por las sierras de este parque yo sé dónde crece cada uno de ellos porque los he visitado casi uno a uno. Los he fotografiado, los he observado y gozado en el silencio de sus cañadas, junto al rumor de las corrientes, en las escabrosas laderas, en prado verde y en la espesura del bosque, entre las rocas de las cerradas, al abrigo de paredones y allí donde las rocas abundan. Por aquí, por estos barrancos y cañadas, hay muchos pero entre todos existe uno muy especial. El milenario, el que llama el abuelo pero que un buen día, le dieron por ponerlo en las guías de los turistas y así está hoy. Señalado, rayado, escrito en el tronco, en las ramas, en las raíces. Agujereado, rodeado de toda clase de basura, latas, botellas, plásticos, papeles. Sus ramas cortadas y la tierra y rocas donde durante tanto tiempo ha crecido en paz y en armonía con el entorno, pisoteada, trillada, llena de sendas por aquí y por allí y por todos sitios las señales humanas en forma de manchas y destrucción. Todo esto y mucho más es la desgracia que le ha caído a este tesoro de tejo.

Caigo ahora en la cuenta cuando en aquellos años venía a visitar este singular tejo. Toda la cañada era un paraíso de paz, de naturaleza limpia, de silencios y de hermosura. Por el lugar era muy difícil encontrarte con alguien como contraste a la feria, que en estos días, por el camino que lleva al tejo, puede verse. Recuerdo aquella soledad, aquellos majestuosos pinos laricios, las manadas de cabras monteses paciendo en la hierba fresca de esta cañada, los pajarillos con sus nidos entre las ramas de los majuelos y el viento con sabor a limpio. Recuerdo aquellos días y según veo lo que ahora está ocurriendo, no tengo más remedio que sentirme enfadado. Ya en otro lugar hablaré más largamente de este árbol y el lugar por donde aun crece.

Por la Cerrada de los Tejos - 7

Ya estoy aquí y como atrás decía, no voy a descubrir muchas pistas. Al comienzo de esta ruta mía en este rincón concreto, me he tropezado con el cauce del río. Corre por aquí remansado, limpio y sólo de trayecto en trayecto cae por alguna pequeña cascada, que más que cascada, son trozos de rocas sobre el lecho del cauce y por donde el agua, al pasar, tiene que componérsela estrechándose, cayendo en chorrillos o formando charcos. Todo destella belleza limpia, humedad de peñas, serenidad de bosques y silencios. Justo por aquí, al comienzo de esta ruta y por el río, hay una modesta cerrada. De un lado y otro baja un trozo de cordillera y el cauce, al llegar a la zona, la ha cortado dejando al descubierto dos grandes paredes rocosas. Un pequeño desfiladero con abrigos y mis árboles clavados en las rocas a un lado y otro. Sin embargo, el lecho del río, queda casi en llanura. Todo de pequeñas piedrecillas que ya son casi arena por donde el agua se remansa en forma de puñados de viento.

Quizá este punto pudiera ser la cerrada aunque se encuentre doscientos metros más arriba. Por aquí busco un tejo, porque aunque no lo he visto nunca ni lo he leído en ningún libro, sé que tiene que haber algún tejo. El nombre que lleva la cerrada remite a ello y deduzco que por aquí crecen algunos de esos árboles o al menos, crecieron. Busco y por este primer trayecto del río no veo ninguno. Ya voy dejando atrás el primer tramo. Sólo veo varios fresnos, algún arce, pinos, majoletos y otras plantas propias de estas zonas. Más arriba estarán, me digo y me concentro en gozar, desde la parte del río más próxima al nacimiento, el magnífico corte que el cauce ha tallado en las rocas para abrirse paso.

Cuando en el lenguaje serrano se habla de cerrada, se hace mención a un cañón abierto por las corrientes de las aguas en los ríos y arroyos. Las más conocidas en estas sierras son: La Cerrada de Elías, por el río Borosa, hoy llena de turistas en todas las épocas del año. La Cerrada de Utrero en el río Guadalquivir también muy divertida por la senda y demás adaptaciones allí realizadas para que los turistas la visiten cómodamente. La Cerrada del Pintor, obra de ensueño, donde el creador se explayó modelando maravillas para su propia gloria y aquellas criaturas suyas amantes de la armonía y en sintonía con el universo.

Esta escultura rocosa, tallada por el agua, pulida y perfilada por el viento, la soledad y el silencio, se encuentra en el arroyo de los Tornillos. Existe otra cerrada de menor entidad, también muy conocida o al menos visitada no por su espectacularidad, sino por ser paso obligado en el camino hacia una porción de sierra importante por donde se encuentra la Laguna de Valdeazores. Hablo de la Cerrada de la Garganta antes de llegar a la Nava de San Pedro. Pero la cerrada que deberíamos escribir con nombre propio con su belleza profunda y la transparencia de sus charcos, allá por donde todo es silencio y sólo hay rocas, corrientes, viento y cielo azul, es la de la Canaliega. La primera vez que la recorrí, no me lo creía y antes de verla, ya la había soñado, la había saboreado en mi alma y luego cuando la vi, no me lo creía.

Dios la puso allí donde pocos pueden llegar, por hoy, porque en otros tiempos ya intentaron acondicionar el desfiladero trazando senda y puentes. Do gracias al cielo que hoy aquello, lo conozcan pocos y por lo tanto, también va por allí poca gente. Algo más abajo, ya en el cauce del río, y hablo del Guadalentín, existen maravillas que parecen sueños. Desde la Cerrada de la Canaliega e incluso algo más arriba hasta casi la desembocadura del río en el Embalse de la Bolera, es todo una impresionante cerrada.

El día que la recorrimos, cogiéndolo desde arroyo frío, el que surca las laderas sur del pico Cabañas, fue para nosotros una experiencia tremenda. Bajamos por el arroyo desde arriba y fuimos a salir a la misma cola del pantano. Salimos pero aquel día cuando por allí íbamos, todos terminamos, al final de aquella aventura, de si sería o no fácil salir de allí. Salimos pero después de atravesar algunos trozos, nadar, escalar, rodear y hacer equilibrios por rocas y montes. Fue una bella aventura que ya describiré en su momento.

Por Tíscar, en la cueva del agua, existe otra bella cerrada. En el río de la Canal, también hay trozos de cerradas muy hermosos. Y por el arroyo del Infierno, por encima del Nacimiento de Aguas Negras. Pero de todas, de la que más bello recuerdo e impacto profundo tengo registrado entre las experiencias de mi vida, es la del arroyo de Los Tornillos. Remito a un escrito mío que título “Cerrada del Pintor, destellos de eternidad”.

Mientras he ido haciéndome la reflexión que atrás he dejado escrita, voy subiendo por el cauce hacia la cerrada de hoy. Ya se ha quedado atrás el charco transparente en cuyo fondo, tiemblan las piedrecillas del lecho y en cuya superficie se riza el agua entre tonos azules y cristal. Sobre él cae la sombra del grueso tronco del fresno y bordan las rocas blancas que desde las cumbres han rodado hasta el cauce.

Ya se ha quedado atrás la pequeña pradera donde se le une a este río el cauce que viene por el Barranco de la Abubilla. Hoy le llega seco pero hoy no está seco luego por la tarde descubriré allá arriba, cuando me encuentre con el rincón de la fuente o el manantial del majuelo. Ya he dejado atrás el charco profundo de reflejos negros y azules donde el agua se hace espuma porque se despeña desde una cascada de casi diez metros. Por entre el paso que dejan las rocas gruesas, entra todo el caudal del río y se despeña por la superficie de la misma roca. Es tanta y cae tan aplomo, que en su camino, antes de hacerse charco, por un momento es espuma blanca como si quisiera de nuevo volver a ser la nieve que ayer relucía en las cumbres. Cuando ya, en cascada bella y llena de cascabeleo, se rompe en el profundo charco, se hace olas blancas que pesadamente avanzan por la superficie desvaneciéndose poco a poco, primero en burbujas de aire, luego en gotas frágiles y por último, en ondas azules que se duermen en las rocas de la orilla o en las pequeñas playas de arena.

Ya me siento gratificado, satisfecho, lleno aunque a lo largo de todo el día sólo hubiera gozado de este charco. Encierra tanto y se me cuela con tanta fuerza dentro que casi se me para el aliento. Y aquí, donde sólo hay grandes rocas a un lado y otro, corriente del que es el más bello de todos los ríos, laderas llenas de bosque y silencios a pesar del fragor del agua. Pero aunque siento que no es cualquier cosa este charco, cristal y roca, remanso y furia, condensación y esencias de estas sierras mías, me despego de él tirando de mi alma que se me queda aquí. Ya lo dejo atrás y salto por las rocas siguiendo la corriente hacia en centro de la cerrada. Tengo que subir porque el río por esta cerrada viene desde arriba y por lo que estoy viendo, toda ella no es sino más de medio kilómetro de cauce torrencial. Es este el primer gran escalón que el pequeño Guadalquivir, tiene que descender. Es ahora cuando recuerdo aquel texto que un día leí en el hermoso libro llamado “Guadalquivir”, que escrito por un equipo de especialistas, dice:

“En los 668 kilómetros de recorrido del río Guadalquivir, la parte más torrencial está comprendida entre la Cerrada de Utrero y arroyo Frío. En un recorrido de 3,4 kilómetros, tiene un desnivel de 180 m. La corriente es casi una catarata, un salto motivado por el contacto de cretácico con el jurásico. Desde la Cañada de las Fuentes hasta el Pantano del Tranco, 60 km. desciende 1.000 m. Desde el Pantano del Tranco hasta la desembocadura, 600 km. hay sólo 650 m. de desnivel. Desde arroyo María, 500 m. desde Sevilla 50 m la cota más baja de la Península. Recibe el impacto de las mareas 100 Km. adentro. Desde su nacimiento hasta el comienzo de la Cerrada de Utrero, el Guadalquivir desciende 400 m.”.

En aquel libro, olvidaron mencionar que justo allá, donde nace el río, éste tiene un trozo que es tan torrencial o más que el mencionado en la Cerrada de Utrero. ¿Qué pasó? ¿Por qué se olvidó este trozo del río? Desde luego, en el fondo me alegro porque quizá debido a olvidos como este, la cerrada que ahora mismo voy recorriendo aun conserva el encanto de lo solitario, de lo desconocido, de lo virgen y pido a Dios que sea por mucho tiempo.

Dejo atrás ese chorrillo de agua que ve la luz ahí, entre varios majoletos, una roca, juncia y musgo. Parece un sueño. Brota a la izquierda del cauce que voy subiendo y así de pronto, al descubrirlo, me quedo parado frente a él. De un pequeño agujero, a borbotones, surge el agua que es limpia, limpia. Forma tres o cuatro pequeños canalillos hermosamente esculpidos en roca, hierba y musgo, se divide por aquí y por allí en curvas que caen, se oculta y caen, se juntan y otra vez caen pero ya al cauce del río. Frente al manantial, su corriente, su dulce canción de cristal y selva, su verde, su silencio y su escondrijo aquí en este oscuro barranco, me paro. Lo miro, lo vuelvo a mirar, dejo que se me cuele dentro, bebo de su agua y me voy por la roca, lo miro desde otro ángulo y me restriego los ojos. No estoy seguro si me encuentro realmente aquí o sueño.

Lo filmo con la cámara, lo fotografío y aunque de nuevo tengo que seguir subiendo porque debo avanzar en mi ruta para saborearla en toda su plenitud, me quedo. Es la misma sensación, el mismo gozo y dolor de tantas y tantas veces y tantos sitios por estas sierras. Puedo decir y digo, aunque las cosas oficiales vayan por otros caminos, que aquí nace el Guadalquivir. Aquello que hay un poco más arriba donde los turistas llegan con sus coches y se extasían incluso leyendo los extraños versos de la roca, no es verdad. Ahí no nace este río aunque para saciar la sed de ellos, los otros hayan decidido que sí, que ahí nace el Guadalquivir. Pero entonces, esto que aquí veo ¿qué es? ¿Qué es la fuente que más tarde me encontré por bajo el majoleto por el Barranco de la Abubilla? ¿Qué es aquel manantial de la cumbre por el Cerro Villalta?

De los muchísimos textos que a lo largo de los años se han escrito sobre el nacimiento del río Guadalquivir, en la revista de Lope de Sosa, encontré uno que decía: “A los veinticinco kilómetros de marcha, aproximadamente, hay una hondonada en medio del valle a que conduce el camino, atravesada por un riachuelo insignificante: el Guadalquivir que lleva sólo unos metros de curso. En este “Valle de las Fuentes”, como le llaman los indígenas, tiene su origen nuestro río andaluz.

Cuando emprendimos la excursión, esperábamos encontrar como marco preciosa a las primeras aguas que del Guadalquivir salían a la tierra, unos contornos sublimes. Y cuando se acentuaba esta ilusión en el transcurso del camino tan rico en tonalidades de los más bellos caprichos de la naturaleza, imaginábamos surtidores pintorescos o cataratas espumeantes y rugientes. Sin embargo, en medio de parajes hondoso y amenos, este valle, tiene una melancolía y una soledad que invita el reposo. Sólo hay un pino erguido y solitario emergiendo de un suelo pedregoso y seco. Junto a su pie, unos pedruscos dejan por entre los resquicios paso a un chorro de agua cristalina y limpia. Recoge el remanso de una fuente pequeñita y lo deja desparramar en hilos, destrenzando su corriente con las rocas de sus orillas hasta encontrar otro arroyuelo que no lejos nade.

Orienta sus primeras aguas, el Guadalquivir, hacia el noroeste y poco a poco comienza a vadear su curso dando vueltas y revueltas por prados de césped y por rosaledas pintorescas. He aquí, pues, el origen humilde de un río genuinamente andaluz y poético que, después da vueltas por los campos de la Bética sublime y riega lentamente -como temiendo separarse de ellas- ciudades de ensueño, vivificándolas con su corriente y abriendo a su civilización los brazos del comercio, de su ideales y su cultura”.

Tendría que decir aquí que quizá la belleza del Guadalquivir está precisamente en que no es como la de otros grandes ríos. No hay espectáculos grandiosos en cuanto a grandes cascadas, ni surtidores pintorescos ni sublimes contornos ni gigantescas curvas. Todo parece ser pequeño, sencillo, natural pero aquí precisamente es donde se encuentra la sorpresa. Oculto a los ojos de los buscadores de asombros, el Guadalquivir, su nacimiento, sus cumbres de cabecera, se burla de ellos. Los decepciona como si quisiera alejar de aquí a todos aquellos que se presentan por estos paisajes con sus mentes y corazones repletos de imágenes y sueños que en nada se parecen a la realidad de este rincón. Las maravillas del nacimiento del Guadalquivir son distintas a las otras maravillas.

Su nacimiento son estas mil florecillas que brotan en las praderas, entre los majuelos, bajo las rocas, junto a los tejos, entre las raíces de los laricios allá en la soledad de las umbrías, en la oscuridad de los bosques y en el verdor de las llanuras. Sus maravillas son estas y otras muchas más pequeñas todas y ocultas a los ojos de la gran mayoría de los que por aquí nos aventuramos a venir.

Porque no me cansaré de repetir que el nacimiento de este río es el espectáculo más grande que jamás se puede soñar. No hay transparencias sobre la tierra que se pueda asemejar a las transparencias de los hilillos de agua que brotan de las fuentecillas de esta cuenca. No hay cumbres que esculpidas en rocas puedan reflejar contornos tan hermosos como los que rodean la cuna en que nace este río. No hay silencios, bosques y laderas tan únicas y majestuosas como las que se desparraman por estos amplios horizontes. No hay paisajes en el mundo que encierren más secretos y bellezas como las que dan vida y conforman la cuenca donde, en mil chorrillos, nace este río Guadalquivir. Por eso, porque es otra cosa este nacimiento, decepciona a muchos y así mantiene oculta su singular belleza. Sólo para que la gocen unos cuantos: aquellos privilegiados que buscan en estas sierras algo más que espectaculares “cataratas espumeantes y rugientes”. Aquí está el secreto de la gran belleza de este río por el cual, desde hace años, poco a poco me voy quedando.

Y a pesar de todo, las cascadas braman espumeantes y grandiosas. Diez metros más arriba de este manantial de la Cerrada de los Tejos, dejo atrás los cinco caños de agua saltando por el gruesos tronco del pino seco. Ha quedado atravesado en el mismo cauce. Entre cuatro rocas que lo aprisionan por arriba y otras cuatro que lo sujetan por abajo. La corriente se remansa un poco, se ensancha hacia los lados y después, rebosa. Cae por encima del tronco del pino abierta como un gran abanico pero fraguando cinco gruesos caños de plata. Dos metros más abajo, formado por rocas todas diferentes en volumen, caras y aristas, otra vez la corriente se remansa en el charco azul. Es el mismo charco transparente, el mismo cristal puro que a lo largo de esta estela blanca que es el Guadalquivir surcando estas sierras, se repite, se prolonga y aun siendo el mismo, siempre es otro, siempre es nuevo. Este no es ninguno de los charcos que ya he dejado atrás y aunque sus aguas son azules con irisaciones que lo bordan de verdes y la cumbre una estela de espuma blanca, en nada se parece al de más abajo, ni al otro ni al otro.

Sigo saltando rocas, sigo subiendo garganta, sigo descubriendo pozas, chorrillos, canales, agujeros, escalones, cascadas y sigo descubriendo que aún no he llegado a donde el río es más torrencial, el desfiladero más cerrado, las rocas más gigantes, los saltos de aguas más impetuosos y las formas más extrañas y bellas. Aun no he llegado a este punto pero ya siento desde aquí el ensordecedor ruido del agua saltando rocas, estrellándose en ellas, cayendo a las pozas, yéndose por las canales. Cada uno de estos saltos, pequeñas cascadas que no cataratas gigantes, emite su peculiar acento. Cada una tiene su sonido único que no es el de la otra ni se repite en ningún río de estas sierras. Todas suenan a agua, a nieve, a cristal, a espumas pero cada una tiene su propio acento. Cada una es diferente en color, en música, en belleza, en figura. He aquí la personalidad propia de este río y su belleza. No se encuentra amontonada ni ordenada en un punto concreto sino distribuida y desparramada en mil destellos por aquí y por allá. Ahora recuerdo lo que el otro día me decía un amigo mío al hablarme de las cataratas de Iguazú:

“Todo allí es magnífico y está envuelto por un encanto especial, destacando con la fuera de lo mítico la Garganta del Diablo, donde se juntan catorce saltos distintos y el agua se precipita por una cañada de casi 90 metros de altura produciendo un estruendo ensordecedor. La potencia del agua en su caída provoca una bruma tal que incita a adentrarse en lo desconocido y en la esencia misma de lo inescrutable de la naturaleza. Todo es magia, incluso los nombres de los saltos: Escondido, Adán, Caín y Abel, Los Amores, el Cañón de San Martín...”

Vuelvo y digo lo de antes: nuestro río no es aquello pero aquello tampoco es nuestro río, ni se le aproxima y de ello me alegro. A partir del punto en que ahora me encuentro, tengo que hacer un gran esfuerzo tanto para seguir adelante como para meter en texto lo que voy recorriendo y también para resistir el embate en mi espíritu. La emoción me empieza a crecer y sinceramente estoy temblando. Me voy dando cuenta que hay mucho más de lo que esperaba. Me encuentro nervioso, inquieto, abrumado. Con tanta fuerza he deseado el encuentro con este rincón que cuando empiezo a pisarlo, me arde la inquietud dentro. Esto es la sincera y pura verdad.

Tengo que hacer un gran esfuerzo para poder recoger en estas páginas, con la mayor exactitud posible, lo que por aquí voy viendo y pisando. Ya estoy en el charco del fresno. Y es a partir de este punto cuando yo creo empieza lo que pudríamos llamar Cerrada o cascada de los Tejos. Quiero, a partir de aquí, aun sin saber el trozo que me queda, dividir esta cerrada, en dos grandes bloques. El primer bloque iría desde este charco hasta la cerrada central, la que es toda verde por tanto musgo como tiene y cae abierta, sin deslizarse en la roca, desde unos tres metros de altura. El segundo bloque irá desde esta cascada hasta donde comienza el escalón en que empieza a caer el desnivel que forma la cerrada que voy explorando.

En el primer bloque o tramo, tengo cuatro puntos significativos.

* Charco del fresno, donde estoy ahora
* Charco del pino de las raíces desnudas
* Charco de las tres cascadas
* Charco del Tejo

Charco del Fresno - 8

Ya dije que aquí empieza la cerrada. Descubro que el desnivel es mucho más pronunciado, el río baja más torrencial, el desfiladero se cierra, y todo se presenta mucho más quebrado, roto, agreste y duro. El fresno es un viejo ejemplar que ha venido a nacer al borde mismo del charco, en el lado izquierdo, donde no hay ni un puñado de tierra. Surge de entre las rocas como si fuera precisamente eso: una roca más con forma extraña de las mil que se desparraman por este barranco. La primera parte de su tronco, según sale de las rocas, es u sólo pie que enseguida se divide en dos formando lo que en cualquier árbol sería la cruz. Es decir, la división del tronco principal, que siempre es uno solo, en dos troncos o ramas secundarias.

De todos los árboles que se dan por estas sierras, en el grupo de los Quercus, encinas, quejigos, robles, es donde con más exactitud se da esta posibilidad. Y como norma general, la cruz suele estar a partir de los dos o tres metros de altura. Pues nuestro fresno, tiene su cruz escasamente a medio metro de las rocas que lo sujetan. Enseguida se divide y luego no sigue creciendo recto, sino que se retuerce lleno de nudos, agujeros, cortes, musgo y ásperas cortezas y se dobla para el charco. Casi roza la superficie de las aguas con su tronco.

No es difícil adivinar lo duro que es para un árbol crecer y desarrollarse en este lugar. Cuando en invierno el río baja lleno, la fuerza de la cascada se estrella sobre él. Cuando las cumbres se desmoronan y en trozos se derrumba, las laderas acaban estrellándose sobre él. Cuando la nieve se amontona en estos barrancos, sus ramas tienen que soportar el peso, a veces, durante meses enteros. Cuando los fríos de las heladas llenan de carámbanos barrancos, cascadas y manantiales, las ramas de este fresno, su tronco y sus raíces, son envueltos por el hielo a lo largo de días y noches. Es dura la vida para cualquier planta en este lugar y para un fresno como este, aún más.

Pero este árbol, este raro y magnífico ejemplar de fresno, es toda una auténtica maravilla. No podría haber nacido en lugar más hermoso que este, junto al charco que tan limpio, tiene todos los tonos de estas sierras, recogido y abrazado entre dos grandes rocas, alargado un poco y al final, por donde rebosa para irse de nuevo por la corriente, una pequeña playa de arena. En su centro, por donde le entra la cascada, verde oscuro por lo profundo. Casi metro y medio. Al lado derecho mirando hacia el nacimiento, una pared de rocas que no termina aquí sino que se alza hasta lo más elevado de la cumbre. Es una gran placa que arrancando desde lo hondo de este barranco, sube dando forma a la cuerda y a la cumbre que me sobre salen por la izquierda.

¿Y la cascada? Es potente, bella, cantarina, limpia y juguetona. Diez metros más arriba del charco, viene abierta. Precipitándose por la superficie de la roca en forma de sábana extendida. Tres metros antes del charco, las rocas la recogen dándole forma más redonda. Desde aquí cae a la otra roca que sirve de tapón en la entrada del charco. En realidad no es tapón sino cabeza de melón desde donde al caer el grueso chorro de la cascada, se desparrama como en un gran abanico y ya se funde con la cristalina masa del charco.

Por eso decía que es hermoso este charco con su fresno, la roca que bajo el fresno se curva hacia la masa del agua como si quisiera arropar la luz de este pequeño lago, su música y hasta su florecilla color miel. Una pequeña flor llamada vulgarmente margarita que se asoma a la corriente trabada en la pequeña repisa de la pared de la izquierda donde hay un puñado de tierra regada por las diminutas gotitas que desprende la cascada al estrellarse en la roca tapón.

La miro. La remiro. Me la bebo con mi alma y mientras sigo buscando saltar la dificultad que a mi paso me encuentro, la voy gozando desde otro ángulo. Cada rincón es un charco nuevo. Una corriente que desde aquí se aleja cada vez más bonita. Hay algunos autores, aquellos que en otros tiempos escribieron del Guadalquivir centrados en los rincones donde nace, que lo describen ampulosamente. Con extrañas expresiones que más bien parece que se refieran a montañas y bosques misteriosos y encantados. Algunos comparan estos paisajes a la sinfonía fantástica de Carne. Sencillamente creo que en las sierras que dan vida al Guadalquivir, no hay nada de fantástico en el sentido en que lo describen estos autores. Todo es bello, fascinante, grandioso pero desde aquí al misterio de cavernas oscuras y embrujadas, hay una realidad grande.

Ahora que me muevo por el lugar, sí que me viene a la mente el mundo hermoso que Juan Sebastián Bach narra en sus maravillosas fugas. Se me viene a la mente esta imagen y viendo el agua saltar por las cascadas y remansarse en los charcos, asocio este paisaje a lo que describen esas deliciosas fugas. La corriente de río es la belleza de la voz que en la fuga canta. El tema se repite una y otra vez y siempre es bello pero nunca suena lo mismo. La voz del bajo canta el tema y le contesta la segunda voz en otra tesitura mientras ahora la primera voz desarrolla otra melodía al tiempo que la voz más aguda contesta a la segunda. Así, en un juego enrevesado, bello y dulce, la pieza musical avanza recorriendo paisajes deliciosos que llenan de gozo el alma.

La corriente de este río a su paso por este trozo de cauce, es exactamente el desarrollo de una espléndida fuga al estilo de Juan Sebastián Bach. El agua, que es la melodía central, se esconde, salta, chorrea, se desparrama, cae al charco, rebosa, se divide, traza espumas, burbujas, gotitas blancas. Todo es el mismo juego, en mismo encanto, la misma belleza, transparencia y dulzura de una espléndida fuga a veces sonando en órgano, otra en clavecín y otras en oboe, según sea cascada, corriente dulce, charco plácido o destellos de olas.

Por el centro de esta magnifica fuga, desarrollándose eternamente día y noche, año tras año sin acabarse jamás pero sin repetirse en ningún momento, acogiéndolo en su centro está la exuberante belleza de la impresionante sinfonía de Beethoven. Las rocas llenando el barranco, los paredones también de rocas a un lado y otro, los pinos clavados en todo lo alto, los troncos de los robustos laricios formando bosques, cada uno de estos elementos es un trozo de esa sinfonía. Acordes rocosos que sobre cogen, melodías de viento y pinos que traspasan, arpegios de plegamientos tectónicos que te aplastan, escalas airosas de tonos y semi tonos que en forma de escalones, agujas y repisas, se elevan hacia las nubes blancas que se asoman y se esconden por el pico de la colina. Graves profundos que en grietas y covachas por aquí y por allá se te muestran majestuosas. Dúos, cuarteos, quintetos, mil conjuntos de vaguadas, arroyuelos, cañadas y fuentes, todo ello mostrándome una vez y otra la belleza de la obra maestra mejor inspirada y más bellamente terminada de la creación.

Ya sabemos que no es posible la manifestación del arte sin forma, es decir, sin la exteriorización de la idea creadora que por medio del vehículo llegue a través de los sentidos humanos hasta el espíritu y ejerza su acción sobre la sensibilidad y la inteligencia del hombre. El arte de dar forma a la idea creadora, en esta caso musical, está sujeto a la lógica y a la estética no pudiendo existir sin orden, claridad, equilibrio y contraste. Una composición musical es el conjunto ordenado de ideas musicales dentro de una forma. La forma o estructura de una composición es privativo de compositor que puede crearla o adoptar una de las ya conocidas. Pero en este caso es privativa: no hubiera sido posible mostrar el cúmulo de belleza presente en esta cerrada, si el Creador no le hubiera dado una forma.

La fuga es una composición polifónica en la que dos o más voces exponen y repiten un tema. Una voz o instrumento expone el tema llamado sujeto o motivo que debe ser corto y característico. Una vez presentado con acompañamiento o sin él y en la tonalidad principal, aparece en otra voz o instrumento la contestación o respuesta, que es la repetición del sujeto o motivo en la tonalidad de la dominante. Mientras la voz o instrumento que había expuesto el tema inicial, opone un contrapunto llamado contra sujeto o contramotivo que acompaña al sujeto o a la respuesta en la acción sonora simultánea.

La respuesta puede entrar inmediatamente después de terminado el sujeto o motivo o bien antes de terminar. Los episodios o divertimiento son fragmentos en los cuales se desarrollan o varían los diseños melódicos del sujeto o del contra sujeto y tienen por misión preparar las sucesivas apariciones del sujeto, en las distintas tonalidades o en los estrechos. Estrecho es la entrada a la contestación o respuestas, antes de que haya terminado el sujeto o motivo. La existencia de estrechos es facultativa. Hay fugas que no los tienen.

El pedal es una nota prolongada en el bajo sobre la cual se hará toda clase de imitaciones y se reafirmará la tonalidad principal. La fuga puede ser vocal, instrumental o mista y estar escrita para un número determinado de voces o instrumentos. Dos, tres, cuatro o más. Es la forma más importante del estilo imitativo.

El poema sinfónico es una composición para gran orquesta de forma libre e inspirado en un argumento literario, sin la acción de la palabra, que permite al compositor desplegar toda su fantasía. Su estructura depende de la evolución argumenta.

Charco del Pino - 9

Ya me lo he dejado atrás y estoy ahora mismo entre los dos. Es decir: justo en la torrentera de la derecha que es donde cuelgan las raíces del pino. En realidad, este pino que se debate entre la vida y la muerte, tiene dos charcos. El que he dejado atrás es el que le entra una sola cascada. Todo el caudal del río en un sólo caño que desde este segundo charco del pino, baja curvándose, saltando escalones, jugando entre espuma y olas y por fin cae al segundo charco. Es más pequeño que el del fresno pero esto no quiere decir nada. En estas sierra he aprendido que las comparaciones entre arroyo pequeño y arroyo grande, pradera redonda o cuadrada, manantial caudaloso o menos, siempre encierran una realidad falsa. Siempre se equivoca quien así piense, hable o escriba.

La belleza no se mide o al menos yo no la mido por el volumen de la montaña o la roca. Menos aún la perfección de las formas y el contenido o vacío de ellas. Nuestro pequeño charco de la cascada solitaria a la sombra del pino que se muere, es único en este conjunto y laberinto de fantasías y sueños. El segundo, el de las dos cascadas antes del pino, parece querer detener en su poza toda el agua del río, como en un intento de ayudar al pino a que aún no muera. Por aquí, sin apenas notarlo porque estoy más pendiente del espectáculo que voy descubriendo a cada paso, me es más difícil avanzar. La última porción del torrente, se alza cada vez más vertical. El cañón se cierra y las rocas, por el surco que ha ido abriendo la corriente, se amontonan gigantes y desordenadas.

Charco de las tres cascadas - 10

Es, hasta este momento, el más redondo, El más profundo, el más original y el que más agua recoge en su poza. La corriente le entra dividida en tres cascadas. La del centro que precisamente baja y se derrama a la amplia poza por el mismo centro de lo que sería el lecho del río. Un poco a la derecha cae la segunda. Más pequeña y girando algo para encontrarse, casi, con la del centro antes que las dos se conviertan en charco.

La de la derecha, ha buscado un surco pegada a la pared de la ladera de la montaña que me va parapetando por este lado. Ya que cae, es una gran melena blanca que al extenderse por el charco se convierte en pequeño lago color oro por los reflejos del sol y el tono de las piedrecillas de fondo. A la altura de esta poza, en la ladera, clavados varios laricios gruesos cuyos troncos blancos, parecen sujetar la torrentera que caen de la montaña. Sus copas verdes juegan en el remolino donde la cascada se deshace en tonos azules y copos blancos de espumas purísimas.

El charco del Tejo -11

No estoy muy lejos del que más que charco parece un puñado de oro líquido. Unos diez metros por los cuales la corriente baja bañando rocas, rompiéndose brutalmente con fuerza, escondiéndose aquí y allá, persiguiéndose en una carrera fantástica por la inclinación de la vertiente. Pero para acercarme hasta él, tengo que seguir abriéndome paso por peñascos y troncos viejos.

Aquí me sorprenden los grandes bloques de rocas de tobas amontonadas unas sobre otras. Se adivina que en otros tiempos esta cascada que ahora recorro, tenía otra figura. Las formaciones de tobas son los signos de lo que en aquellos tiempos pudo haber sido esto y hoy ya no lo es. El color de las rocas calcáreas suele ser blanco, amarillo, rojo y pardo. Su textura es compacta terrosa. La toba calcárea es una roca porosa o esponjosa mientras que el trasvertido es más denso y a menudo bandeado.

Las estalactitas son crecimientos colgantes a partir de los techos de las grutas y las estalagmitas son las acumulaciones correspondientes en el suelo. Internamente muestran anillos concéntricos de crecimiento. Las impurezas del óxido de hierro son responsables de los colores amarillo y rojo. Estas rocas se producen por la precipitación de calcita a la evaporación de agua alrededor de manantiales o en grutas donde forman depósitos delgados de poca extensión.

Pero lo importante es que aquí está el tejo. El primero que por el lugar aparece y que busco desde esta mañana. Al igual que el fresno, crece casi en el mismo borde del charco, al lado izquierdo, entre rocas. Y esto último ya no es extraño por aquí: lo que piso y el paisaje, cada vez es más pura roca. Se me presenta en bloque como casa de grandes, en enormes placas, Sinclinales y anticlinales y en pequeñas pendientes que en algunos casos es pura arena.

La caliza se puede presenta en roca color blanca, gris, crema o amarilla, cuando es pura. Rojo, pardo, negro, cuando es impura. La textura de las rocas calizas es extremadamente variable, con tamaño de grano muy fino a grueso, cristalina y con aspecto de azúcar. La presencia de fósiles así como su abundancia y naturaleza, en parte determina la naturaleza de las calizas. Normalmente la estratificación está bien desarrollada. Contiene una gran variedad de fósiles y es raro no encontrar algún resto orgánico. Los fósiles pueden ser enteros, estar fragmentados o en parte destruidos por la cristalización.

En los tipos más fosilíferos, las rocas están comúnmente formadas por numerosos fragmentos de fósiles dispersos en una matriz intersticial de caliza de grano muy fino. En grandes afloramientos, a veces, se pueden observar estructuras a grandes escalas como en el caso de arrecifes coralinos en donde los corales están en su posición original. A menudo, las calizas están cortadas por vetas de calcita y filones mineralizados.

La mineralogía de las calizas incluye esencialmente calcita, barro calcáreo pero se observan también cristales de mayores dimensiones que pueden proceder de caparazones de animales tales como placas de crinoides, o de recristalización, sobre todo en los filones. Algunas veces pueden contener sílice microcristalina en forma de sílex, en masas estratificadas o nodulares. Cuarzo, limo y sedimentos con barro pueden ser algunos de los constituyentes: cuando aumentan, las calizas pasan a areniscas calcáreas.

Las calizas bioquímicas se forman principalmente por acumulación de caparazones calcáreos de organismos y se encuentran ampliamente distribuidas. Se forma de tres modos principales: como arrecifes que comprenden corales, colonias algables, junto con los restos de animales que vivían dentro y encima de los arrecifes. Como extensas capas de calizas estratificadas constituidas por caparazones de organismos que viven en el fondo entre los cuales hay muchos tipos de gasterópodos, lamelibranquios y braquiópodos. Y como acumulación de caparazones de organismos que flotan. Los primeros dos tipos son característicos de aguas relativamente someras, mientras que las calizas formadas por organismos que flotan, se pueden forma en aguas muy profundas. Algunas calizas, que se reconocen por los tipos de fósiles, se forman en agua dulce.

El tejo, árbol creciendo junto al charco donde se para y remansa el río después de salir de la cascada principal en la garganta o cañón que recorro, es también viejo. De mil años o más y eso se puede comprobar por el deterioro de tronco y ramas. Casi todo son astillas del mismo color, casi, que las piedras. Tiene muchas ramas peladas, secas y algunas podridas. Se curva hacia el río y no es lógico: todos los embistes le vienen desde arriba, desde la cumbre y por donde le entra la corriente. Lo primero que fija mi atención según me voy acercando a este nuevo trozo remansado, es la cascada. Sólo veo el charco y medio metro de cascada cayendo al charco. Hay un saliente rocoso que desde mi ángulo, hace de pantalla tapándome buena parte del caño que en forma de cascada chorrea por la roca. Desde arriba desciende por un tobogán de aproximadamente doce metros de largo.

La canal, el lecho o reguera por donde en este tramo el río se derrama, ha sido horadado en la masa rocosa de la montaña. Por aquí, el cauce se pega por completo al lado derecho. Es como si este río, desde aquí mismo, desde su nacimiento, quisiera romper la sierra por el norte para así ahorrarse el amplio rodeo que para salir de estas montañas, da, para al final venirse hacia Córdoba. Ya aquí mismo se viene intencionadamente hacia el lado de la derecha y como por este lado se encuentra la gran cordillera de rocas vivas, las excava y las excava tallando surcos y pequeñas curvas.

La masa rocosa que es un paredón o más bien, la misma ladera de la montaña que tengo a mi derecha, lo rechaza una vez y otra devolviendo el agua hacia el centro del cañón por donde todo está empedrado de grandes trozos de rocas. Por eso aquí la corriente es mucho más fuerte. Salta, podría decirse, alegre, ruidosa, revuelta, arremolinara y toda casi espuma por tanto chocar y romperse. Salta y brinca despeñándose hacia el barranco. La piso, la miro, la observo y me digo una vez y otra que como este trozo, el gran Guadalquivir no tiene otro igual en todo su recorrido. Es único por lo original de la cascada, las rocas, el alejamiento de caminos, su bosque y el barranco.

Algunos dirían que es poca cosa comparado con lo que en el artículo se menciona. No lo voy a discutir y dejo que cada cual siga con su idea de la belleza en su mente. Para mí, ya dije que no es el volumen en cuanto a grande de cualquier trozo de esta naturaleza, lo que me impresiona.

Aquí expreso una vez más que esta cascada, encierra más belleza que cualquier otra de esas grandes y espectaculares repartidas a lo largo y ancho de la geografía española. Me quedo con esta aquí, en el primer trozo de mi Guadalquivir pequeño y estoy contento. Nadie la conoce. Nadie me la diputa. Nadie se molesta en venir a verla, a fotografiarla o escribir de ella. Soy casi dueño por ser casi el único que la recorre, la admira, la goza y se la lleva en su alma.

Me siento frente a mi cascada. No la que corría por el espléndido surco tallado en la roca cuyas aguas en muchos momentos se funden con las piedras o más bien parecen que las misma piedras se hacen agua, sino aquí, donde cae un chorro blanco que parece hilos de plata. Donde se remansa el gran charco cabecera del canal de la roca. Tendrá este salto como unos cuatro metros y está orientado no hacia el profundo y amplio valle abierto en estas sierras por el Guadalquivir, sino hacia el pueblo del Cazorla o el pico del Gilillo más próximo a mí. Es un escalón totalmente vertical, es decir, a plomo, recto desde arriba abajo por donde corre el cauce que ahora mismo lleva este río. Lo miro desde abajo, sentado en el pequeño recodo donde ya el agua cae y se recoge para irse por el surco de la roca viva y al mirar para arriba parece como si el caño de agua hubiera remontado la cumbre de una gran montaña y desde lo alto se despeñara, amenazante, hacia la otra vertiente. Es impresionante por todo. Por la forma de su belleza en el vacío, por la cantidad de chorros en que se divide, por la airosa y amplitud de su caída, por el tapiz espeso de musgo a lo largo de toda la cascada y roca bañada por el agua, por sus colores, sus formas, su música y el rincón donde está metida.

Esta es la más bella cascada en todo el recorrido del Guadalquivir. Se desploma justo en el centro de la hoy para mí, emocionante Cerrada de los Tejos. Desde este punto siguiendo, tendré como unos cuarenta y cinco minutos al pequeño lago donde empieza su caída la cerrada. De aquí para abajo tendré otros cuarenta y cinco minutos para llegar al final de la torrentera donde termina esta cerrada. Pero ni para arriba ni para abajo, existe otra caída de agua con la entidad en cuanto a altura y torrencialidad, como la que ahora mismo tengo ante mí. Esta es la cascada por excelencia dentro de esta cerrada y como ya dije, en todo el río.

Es aquí donde compruebo con claridad los extraños pero hermosos contornos que han dejado al descubierto la erosión. Porque en realidad, la montaña que tengo a mi izquierda, la que tengo a mi derecha y este valle por donde se va el río y voy subiendo ahora, no son otra cosa sino un conjunto de grande placas tectónicas. Grandes paquetes calizos en forma de placas tectónicas, que al arrugarse, crean espectaculares ondulaciones. Las partes más altas o las crestas, serían los picos de las cumbres que ahora mismo tengo a un lado y otro. Las partes más bajas de estas ondulaciones, las que trazan una curva en forma de U, es la que ha aprovechado el Guadalquivir en una supuesta franja de debilidad fácilmente vulnerable a la erosión, para irse por ella y trazar su camino, hoy gran valle.

Por aquí, las rocas son más duras. Ha trazado surco pero no ha podido cortar plenamente las placas rocosas. Esta cascada es el escalón de una de esas placas. Todo el cañón de la cerrada, sería la ondulación en forma de U, de la placa y por eso se da este desnivel tan grande y abundan tanto las rocas. La estructura en escamas, es la responsable de la morfología escalonada que presenta exactamente el rincón que voy recorriendo aunque ello se repite mil veces más en cualquier parte de estas sierras. De aquí que mi río, mi cauce, mi corriente, en esta zona, forma una auténtica simbiosis el agua con la roca o al revés. De aquí que ya pueda explicarme la cascada tan bonita, una poza tan redonda, un escalón tan perfecto. Y todo parezca sólo eso: un juego dulce de aguas acariciando la roca, dando forma, tallando, puliendo sus aristas, lavando su cara y al mismo tiempo desgastando lentamente los perfiles más duros a lo largo de días, años y siglos. Por eso decía y repito, que pocos rincones, en estas sierras y España entera, son más bonitos que estos.

Junto a esta cascada, frente a ella, gozando del líquido transparente despeñándose por ella, me quedaría días enteros; quizá la eternidad porque no puedo concebir que fuera de Dios y esto, exista en el universo algo que produzca más placer. Aquí me quedaría eternamente convencido que por ningún otro sitio encontraré jamás gozo más profundo al tiempo que tan limpio y tan pedazo de Dios. Hasta el silencio, que no existe, porque la cascada lo rompe, tiene acento distinto. Desde aquí sólo llegan a mis oídos sonidos de agua que corren o caen y no sé decir si esto es silencio, música, ruido o qué otra cosa. El caso es que me gusta y me satisface no poder oír ninguna otra cosa. Esto es lo único.

Es una delicia comparar la belleza que en aquellos tiempos encontraban por aquí todo el que era capaz o tenía la suerte de recorrer estos rincones. Y por otro lado, ahora que medio conozco algo los paisajes donde nace el río, digo que en casi nada se parece lo descrito en aquel texto antiguo a lo que hoy existe por el lugar. Y no es que sean distintos en lo fundamental pero aquella soledad de al casa forestal y el entorno del nacimiento, ya no es verdad.

A partir del punto en que me encuentro, dentro de la blanca Cerrada de los Tejos, como es el centro, quiero terminar. Es decir: quiero dejar de describirla subiendo. Porque ahora pienso que es mejor contarla desde arriba, bajando hasta este centro. Lo recorrí otro día distinto y como creo que tiene un encanto nuevo, es por lo que termino ahora y empiezo arriba al de venir a parar otra vez a este mismo punto.

Seguiré subiendo en esta mi primera visita al lugar y contaré al menos seis o siete nuevas y belleza pozas, cascadas, canalillos, algún tejo más, rocas gigantes, pinos, rayos de sol con destellos de arcos iris a través de las copas de los pinos y llegaré hasta el pequeño embalse. Aquí de nuevo me quedaré sorprendido ante la verde y azul, transparente superficie de este lago sereno y luego me iré por la ladera de la derecha.

Ahí, un poco más allá, con el cauce a mis pies, bajo la paz y sombra de los laricios clavados en esta tremenda ladera, me sentaré. Ya son las cuatro de la tarde y aunque tengo hambre, ni siquiera lo noto porque la emoción me ha alejado casi por completo de la realidad material. Pero me sentaré y comeré. Seguiré luego y a veinte metros más adelante, me encontraré con el tejo soñado. El gigante entre los gigantes. El que está clavado en la pronunciadísima torrentera de la ladera que voy cruzando hacia el Barranco de las Abubillas. Lo veo. Restriego mis ojos y no me lo creo. No me lo creo por su corpulencia, su tronco, sus raíces desnudas algunas enterradas en las rocas y la mayoría, astilladas y rotas.

Me recrearé mirándolo y remirándolo sin saber si irme o quedarme, llevármelo o no sé qué. Pero seguiré agarrándome al monte para no rodar, me encontraré con las monteses plantadas tranquilas entre las sabinas y al volcar al Barranco de las Abubillas, tendré que descender para rodear la ladera que por aquí es roca viva y por lo tanto, imposible andar por ella. Bajaré al barranco, subiré por el cauce de este nuevo arroyo por donde ya oigo el agua corre y hasta me paro para descubrir a fondo el precioso charco de aguas blancas donde podría darme un buen baño si fuera verano y algo más arriba, me doy de bruces con el manantial del majuelo.

¿Qué hago con este nuevo trozo de paraíso que otra vez me grita tanto? Bebo en el manantial, lavo mis manos, me acuesto en el prado verde, vuelvo a beber y como ya la tarde se va yendo, decido seguir buscando el collado donde dejé la senda que va al Gilillo. Seguiré por el mismo arroyo, sin agua porque es un cauce corto y torrencial y como ya voy relajado y al mismo tiempo me pesan los miles y miles de pasos saltando rocas, laderas, arroyos y demás, a lo largo del día, me siento cansado.

Me tumbaré varias veces en el mismo tapiz verde de la senda porque no tengo fuerzas. Realmente no tengo fuerzas. Y hasta creo que no podré llegar al coche aunque sé que no está lejos. Pero seguiré pensando que momentos de cansancio como este, ya los he vivido mil veces en estas sierras y siempre la final lo he podido contar. Hoy también saldré de aquí para contarlo. Pero cuando llegue al collado por donde esta mañana comían las palomas, me siento morir. Las piernas me tiemblan, la cabeza me duele, los músculos no me responden.

Me tumbo boca arriba con los brazos abiertos frente al cielo, a la copa de los pinos, a la cumbre y al viento. “Descansaré un rato y podré seguir”, me digo. Pero pasado media hora no tengo mucha más energía. “Un último esfuerzo”. Me digo y casi con los pies arrastrando, sigo subiendo por que ya veo el coche. Y siento el placer de encontrarme en su interior, bebiendo un trago más de agua, poniendo el motor en marcha, subiendo por la pista hacia Puerto Lorente, por donde hoy ya no hay nieve ni turistas atascados en ella, y ya está.

El respiro y las inmensas gracias a Dios por todo. El día con los paisajes, la cerrada, el agua, los tejos, el silencio, el manantial, las monteses, mi cansancio, mi gozo, mi dolor y este haber podido hoy de nuevo estar casi, casi en las puertas del paraíso eterno. Gracias a Dios con la tarde que se va y porque de nuevo regreso sintiendo que aquí está el edén donde he podido caminar, respirar y vivir a lo largo de este mágico día.

Gracias a Dios pero volveré al centro de la cerrada bajando desde arriba para abrazarla, saborearla y fundirme con ella a ver si así puedo describir mejor su apasionante belleza. A ver si así se me cuela más adentro y con su lenguaje fundido en mi alma, soy capaz de transmitir con palabras, la belleza que en este momento me paraliza y me deja estatua frente a ella sin saber qué hacer.

La Cerrada de los Tejos 2\12

Como ya dije, hoy la hemos cogido por arriba. Pasado el puente que sujeta a la pista que sube al nacimiento, hay unas escalaras de cemento. La construyeron en los tiempos en que Icona mandaba por aquí y autorizaba la instalación de un campamento en el mismo nacimiento del río Guadalquivir. Justo aquí mismo se montaban aquellos campamentos. Unos metros más abajo de estas escaleras hay una pequeña llanura. No puedo descubrir si es una llanura natural o la hicieron para los montajes de aquellos campamentos.

Porque aquí, en el mismo centro de la llanura, vemos un rellano de ladrillos y cemento.
- ¿Qué será?
Pregunta uno de los cuatro que hoy recorremos esta cerrada.
- No te extrañe que sea un pozo negro.
Por uno de los extremos tiene un agujero. Se asoma y me lo confirma.
- ¿Pero aquí y en el mismo nacimiento de este gran río?

Aquí, en el mismo nacimiento del río Guadalquivir, a menos de diez metros de la corriente, construyeron el pozo negro donde en otros tiempos vertían las aguas sucias que salían de aquellos campamentos. Es verdad que hoy ya no dejan acampar por aquí pero no se ha avanzado mucho en cuanto a la destrucción y contaminación de las aguas de este río, justo en el punto donde nace. Un poco más arriba de esta pequeña llanura, todo el camino que sube, es un auténtico aparcamiento para los coches. Por entre ello, o mejor, de ellos, los gases de los motores, el polvo de la tierra reseca de tantas y tantas rodadas, las voces y los gritos de los que se bañan en los charcos de las primeras aguas de este río, los restos de papeles, latas, botellas, pañuelos y por entre sus mesas improvisadas aquí y allá donde devoran sus comidas, por entre sus motos, bicicletas, todoterreno, espectáculo de voces y vestimentas de colores. Por entre toda esta feria montada donde el Guadalquivir nace, hemos pasado.

Sin buscarlo, sin ir muy atentos, se nos cuela por los ojos el destrozo, el gran destrozo que un día y otro y año tras año, esta avalancha descontrolada, está infringiendo a los paisajes, a las aguas y al nacimiento de este río. ¿Tiene que ser así? ¿Quiénes lo permiten o quienes tienen responsabilidad sobre esto? ¿Es que lo mejor es hacer mucha propaganda de estas sierras para que vengan los turistas y una vez aquí, hay que dejarlos que hagan y vayan por donde quieren? ¿Quién dice que son cosas de aquellos tiempos? ¿Es que nuestro río y en su nacimiento no merece otro trato para bien de muchos?

Como me siento impotente por que no sé qué hacer para que esto que ahora veo y me duele, se termine o por lo menos se oriente de otra manera, hoy no quiero detenerme más en este asunto, que por otra parte creo que es urgente a solucionar en estas sierras. Nosotros hoy dejamos atrás los restos de este antiguo pozo negro. Cien metros más adelante, el pequeño embalse. Es justo donde el río empieza a caer por la cerrada. Tampoco sé cuándo lo construyeron pero seguro que fue por aquellas fechas y también seguro por esto del campamento.

Cuando el otro día subía por aquí la primera impresión que se me clavó en el alma al ver este embalse, fue la de limpieza, transparencia, alejado de toda presencia humana y metido en la placidez de estas cumbres. Al verlo hoy, tengo otra sensación. El agua no es tan limpia y no lo dijo subjetivamente sino de verdad. En los bordes de este embalse y en su fondo, las algas, las rocas y las plantas que aquí crecen, no presenta ese color verde brillante indicador inconfundible de la pureza de las aguas. El color de las algas y plantas que ahora mismo veo en este charco, es grisáceo, oscuro, con tonos de cieno quizá debido a los que unos, otros y otros, van removiendo y tirando ahí más arriba.

El otro día, al llegar a este rincón, me paré un largo rato y seguí sólo después de gozarlo y fotografiarlo. Hoy, que vengo con ellos, pasamos casi de largo. Me hubiera gustado convencerlos para despertar en ellos el cariño y admiración por los rincones bonitos de este Guadalquivir pero no lo conseguía. No me salía de dentro y fingir sobre estas sierras, no puedo. Remontamos el pequeño muro y ya vemos la cascada.
- La joya del Guadalquivir.
Les digo.
- En tantos kilómetros de río no es posible que este trozo sea el más bonito.
Comenta uno de ellos.
- Lo describí hace unos días y según lo comparé con todo lo que sobre este río tengo visto, sigo pensando que es el trozo más bonito.

Por aquí se ven muchas hozaduras de jabalíes. En los meses pasados, cuando todos estos paisajes estaban cubiertos por la nieve, los animales salvajes que llenan estos campos, tenían mucha dificulta para encontrar alimento. Cada una de las especies tiene sus recursos para salir adelante. Los jabalíes buscan su alimento bajo la tierra en los collados de las cumbres, por entre los bosques de pinos pequeños para comerse sus raíces y por las navas. Este invierno pasado, allá por el collado de la Loma de Gualay, Puerto Juan Baco, por donde se va el camino que lleva a la antigua casa forestal, entre los bosques de pinos jóvenes, he visto verdadero surcos abiertos por estos cerdos salvajes. Como las grandes nevada no les dejan tierra abierta para buscar alimento, en cuanto abren un rodal entre la vegetación, que es donde la nieve suele ser menos espesa, lo levantan todo buscando raíces y rizomas. Hoy, en concreto, por el centro de esta nava hondonada, donde un manantial brota y se encharca en pequeñas lagunas, descubrimos que la tierra está toda hozada. Junto al manantial, por entre la vegetación, pegado a los grandes troncos de pinos y por el arroyuelo que el agua abre para irse hacia el valle del río.

Aquí ahora, en la orilla de este embalse que rebosa hacia la cerrada, todo está horadado en surcos profundos, barrancos grandes y canales alargados. Lo entiendo muy bien. En las grandes nevadas de unos meses atrás, junto al agua, la nieve se derretía mucho antes. Aparece la tierra y el clima es mucho más templado. El rincón es ideal para ellos no sólo por el alimento que bajo la tierra encuentran sino por lo escondido, lo fértil de esta ribera y lo protegido de las ventiscas y heladas. Ahora ya ha estallado la primavera y aunque la naturaleza está reventando, las heridas del crudo invierno y del ataque de estos marranos salvajes, las zarzas siguen rotas, las raíces resecas, la tierra levantada y sin hierba ninguna y las ramas de los árboles tronchadas.

El Jabalí - 13

Se le llama también cerdo salvaje o marrano. Si es raro que el jabalí alcance un gran tamaño en nuestros bosques, no sucede lo mismo en Europa oriental o en Asia. Al lado de ciertos ejemplares excepcionales, nuestros animales parecen enanos. A mediado del siglo pasado, los machos mayores del norte del mar Caspio pesaban 320 kilos y medían 2,30 metros de longitud. En nuestros días estos monstruos son menos numerosos pero no han desaparecido del todo.

Las defensas, es decir, los caninos inferiores sumamente desarrollados, tienen unos 10 a 12 centímetros de longitud. Los mayores alcanzan a veces 25 centímetros incluida la parte hundida en el maxilar. El apetito de este enorme cerdo salvaje es sencillamente voraz: se ha encontrado en su estómago hasta 5 kilos de hayucos o bien 900 larvas de abejorros, 1,5 kilos de saltamontes... ¡y el resto, en proporción!

A pesar de sus dimensiones, el jabalí pasa fácilmente inadvertido. Aunque es bastante frecuente, se trata del único mamífero grande todavía muy extendido en Europa, sabe esconderse bien y se desplaza mucho. Menos sedentario que el ciervo, recorre de buen grado, largas distancias para encontrar comida. Vive en los bosques, en las llanuras y en las montañas, cerca de los campos y de las praderas. Trepa hasta los 2.500 metros. Le gusta la humedad y se le encuentra a menudo en los cañaverales, al borde de los estanques o en terrenos pantanosos. Se revuelca con frecuencia en charcos de fango que agranda a fuerza de acudir a ellos. Este comportamiento tiene probablemente la función de refrescarle.

Sus huellas se asemejan a las de los cerdos domésticos, lo que no tiene nada de extraño, puesto que este último desciende del jabalí. Como su pariente próximo, emite gruñidos. Por la noche los jabalíes se dirigen a los prados donde encuentran su alimento. Por el día descansan en sus pocilgas, cama situada en medio de la maleza o en los helechos. En primavera engulle camadas de pájaros, gazapos y brotes. En verano, semillas y frutos. En otoño, bellotas, hongos, hayucos y castañas. Durante todo el año desentierra gusanos blancos, lombrices, bulbos y rizomas.

La punta del hocico se denomina morro, los pelos tiesos, cerdas. Las mirillas, son los ojos. Las patas terminan en cuatro dedos. Las dos pezuñas anteriores dejan huellas muy claras y las de los posteriores, hacen marcas más pequeñas aunque casi siempre visibles. La hembra prepara una especie de cama para sus pequeños, los jabatos. Se trata de un montón de hojas, hierba y ramitas, disimulado en un zarzal o bajo los matorrales que alcanzan un metro de altura aproximadamente. En la primavera nacen de cuatro a ocho pequeños.

El jabalí camina o trota y salta para franquear una zanja o cualquier otro obstáculo. Es un “barrenador” y ni las zarzas más espesas lo detienen. Un jabalí herido, asaltado por perros de caza o una hembra sorprendida con sus pequeños, pueden ser muy peligrosos. No vacilará en atacar al hombre para defenderse. El jabalí es también capaz de destripar un perro con sus defensas. (Vida secreta de los animales. M. Casan)

El embalse -14

En este pequeño embalse al comenzar la cerrada, hay un muro de piedra. El agua del río hoy no rebosa por encima de la tapia. Sale en forma de caños, por cinco o seis agujeros abiertos en la pared del muro pero abajo, casi a nivel del cauce. Desde esta pared, el líquido se junta enseguida en un pequeño charco que es el primero de esta cascada. Se derrama menos violento y enseguida cae al segundo charco. Esta es la poza más grandes de toda la Cerrada de los Tejos. Hoy ya lo sé porque voy comparando la información que descubrir el otro día con la de ahora.

Aquí mismo, a la derecha según bajamos, crece el primer tejo. Un poco más abajo, también a la derecha, hay otro y más abajo aún, hay dos más. En total, por la derecha, cuatro tejos y por la izquierda dos, que son seis y el grande de la ladera yendo hacia la fuente de los majuelos. Por la derecha, acebos crecen tres muy pegados al cauce aunque eso sí: entre rocas y agarrados como pueden a la poca tierra que en las grietas de las piedras se retiene.

Desde la segunda poza, la grande, verde y profunda, se derrama el agua en forma de cascada. Es la segunda en importancia después de la gran cascada donde nos quedamos el otro día y situada en el mismo centro de la Cerrada. A esta primera la llamaré la cascada verde porque cae fundida casi por completo con el musgo, espeso césped de musgo agarrado en la enorme roca que hace de trampolín para que la cascada caiga. A la segunda la llamaré la gran cascada puesto que así es en cuanto al punto donde se encuentra y a la altura y volumen de esta caída.

Donde se derrama esta primera cascada, la verde, existe un charco no ya tan grande y desde aquí, el agua avanza un poco y comienza a precipitarse por el vacío de la gran cascada. No es tan largo este trozo de río desde la cascada del centro hasta el muro del pantano, como yo creía el otro día. Al bajar hoy voy descubriendo que las distancias son más cortas quizá porque vamos deprisa; quizá porque resulta más fácil descender que subir. Las emociones dentro de mi alma también son menos y hasta contradictorias. Ayer veía pureza y luz en estos parajes.

Y ya me voy despidiendo de este bello rincón, a pesar de todo. Mientras lo he ido recorriendo, he gozado y he sentido dolor. Me voy despidiendo y antes de irme con ellos, nos sentamos aquí, frente al manantial que al final de la cerrada, brota bajo el acebo. Surgen por el lado derecho y no es el mismo que descubrí el otro día. Se encuentra algo más arriba pero eso sí: es caudaloso, limpio y fresco. El agua que por aquí sale es la misma que allá por las cumbres del Cerro de Navahondona, fue nieve hace unas semanas. En las rocas que se amontona frente, nos sentamos. Uno de ellos, habla y dice:

- Reflexionando con lo que hoy he visto por el nacimiento de este río, con lo que oí, con lo que he leído en un sito y otro y con la opinión de aquellos pastores por la Sierra de Segura, puedo sacar una conclusión.
- ¿Cuál es la conclusión?
- La de que frente estas sierras, entre toda la gente que por aquí va y viene, la dirigen o la explotan, hay cuatro actitudes claramente diferenciadas cuando no encontradas. Cuatro grandes bloques de personas que son: los turistas, los empresarios, los serranos casi todos rendidos hoy ya a unos pocos y al dinero, y los otros. Los que son distintos donde podríamos encontrarnos nosotros: los que recorremos estos paisajes bajo el sol y la nieve y con el único deseo de hacernos naturaleza y viento entre los bosques.

El primer bloque, los turistas, frente a estas sierras, tienen una actitud y visión pobre y la de ser sólo visitantes de paso. Los empresarios buscan el beneficio económico y aunque casi siempre escudados en la defensa de la naturaleza, sus hechos reales... Nosotros buscamos el gozo, la paz, sentarnos frente a una flor o una cascada y por eso somos más sensibles a cualquier elemento que no esté en sintonía con estos paisajes.

Ellos, los pastores serranos, los auténticos pocos serranos que ya quedan por aquí, ven esta sierra como lo que siempre fue: su mundo y por eso la sienten suya. Y por último, los dirigentes, los más extraños a estos montes y quizá los grandes enemigos de estos paisajes porque planifican, permiten e incluso desean proyecto absurdos, cuando no egoístas e interesados. Son los que más se benefician de estos montes al tiempo que son los menos libres en sus acciones y actitudes. En la economía y sociedad actual, los intereses egoístas y personales y las influencias políticas, tienen un lugar destacado. En este Parque también.

Aguilón del Loco o la leyenda -15

El nombre lo lleva una nava y el desfiladero rocoso que se eleva imponente y mira al valle y según cuenta la leyenda, arranca de tiempos lejanos cuando una persona se refugió en la cueva que se abre bajo este paredón azul rojo y aquí vivió, en la soledad de las montañas pero en su mundo hermoso hasta que un día al defenderlo, resbaló y cayó al vacío y muerto quedó entre la nieve y sus hermanas la piedras.

Y según cuenta la leyenda, otros dos hombres lo recogieron y en la misma cueva le dieron sepultura y entre el claro hielo y la tierra y la hierba verde cuajada de rocío y el rumor del agua que mana de la fuente, quedó su cuerpo y su recuerdo y su historia junto a su sueño, para siempre pero como decían que estaba loco por vivir solo en estos montes aunque nadie dice si fue porque huía de otros que quería maltratarlo o porque no tuvo otra oportunidad ni camino o porque muchos le cerraron las puertas, entonces...

Y según sigue diciendo la leyenda, por la presencia de aquel hombre que tampoco sabemos si fue serrano o de fuera, desde entonces y quizá hasta siempre, a este picón alargado y enorme que mira al sol de la mañana y está muy cerca del cielo, se le empezó a llamar el Aguilón del Loco y así es como se le conoce y todo, por aquel fatal accidente que no se sabe dónde comienza ni dónde acaba ni tampoco dónde tenía sus raíces clavadas o la fuente primera de su vida pero aquí corre el arroyuelo y el aire limpio y la luz del sol y la asombrosa o excelsa montaña de la muerte o del sueño que remite a la belleza trágica, como esperando en el recuerdo de la mañana que un día será eterna.


10.01.2007

Rutas para la historia- 7

Guadalquivir por Arroyo Frío y la Rejona 28-12-94

Índice:
Arroyo Frío, Rejona 28-12-94.
Cerro de la cueva - 1
Arroyo Frío - 2
Los puentecillos - 3
Alfombras de hojas - 4
Cortijo de Caravacas - 5
La fuente y los caballos - 6
Los Cerdos - 7
El tesoro - 8
La alambrada -9
El lugar soñado -10
La piscifactoría -11
Camino del Carrascal - 12
Dueña de la Ladera - 13
Cerro Hueco - 14
El último trozo - 15
Puente del Hacha - 16
Cortijo Cruz del Muchacho - 17
Las ciervas -18
El aviso - 19
Las ciervas de esta tarde - 20
Tierras del Carrascal - 21
La pista y el quejigo - 22
El arroyo - 23
Regresando - 24
Por el cerro del Molinillo - 25
Los Hoteles - 26
La leyenda: Cortijo la Cruz del Muchacho -27


LA RUTA: Arroyo Frío, arroyo de los Planes, la Rejona, Puente del Hacha, el Carrascal, cerro Campanilla, puente sobre el arroyo Planes.
Distancia : 5 km.
Tiempo : 4 h. andando.
Desnivel : 50 m.
Camino : Carril y vereda. Zona restringida.


Cerro de la Cueva -1

Arroyo Frío es un arroyo, terminando en valle. El primero que con caudal y personalidad, le entra al Guadalquivir por la izquierda y que dio nombre a un cortijo que después se hizo aldea y ahora... Pero puestos a definirlo de alguna manera, parece ser un punto de encuentro para los que llegan a estas sierras desde el lado de Cazorla, junto a la carretera, con la fuente, el supermercado y un complejo de hoteles y campings. Total, todos lo conocemos por Arroyo Frío pero en la sierra ya no es lo que era y, además, ahora mismo rompe lo que siempre fue bello.

La Rejona es, o más bien fue, una gran finca privada, al final, algo más abajo de donde el arroyo del Valle se rinde al Guadalquivir y el Valle se entrega al otro valle. Aquí empieza la finca. Era una finca muy grande que poco a poco la han ido dividiendo y ahora está más dividida aún.

Pero la ruta de hoy no comienza por aquí. Resulta que pasado Arroyo Frío, la aldea y después el arroyo, la carretera que nos adentra en la profundidad del valle, traza una recta. A la izquierda se ve enseguida una casa de piedra que es de tiempos lejanos y en su origen fue casa de peones camineros. Ahí vive gente ahora mismo que hoy he estado buscando para hablar con ellos pero al pasar no los vi. La casa estaba cerrada y sin nadie. Bueno, pues, en cuanto recorres esta recta y dejas la casa atrás empieza a fraguarse un pequeño montículo lleno de pinos y entre ellos, abundante encinas y robles. El cerro de la Cueva creo que se llama este monte según me decía mi amigo Juan luego al caer la tarde.

Cuando pasas por esta zona en coche ni siquiera percibes la gran belleza que este pequeño monte tiene. Hasta puedes creer que el cauce del río lo llevas por el lado de la derecha y no es verdad porque va por la izquierda, al otro lado del Cerro de la Cueva. Mi ruta de hoy empieza por este cerro pero remontándome a bastantes días atrás. Resulta que como la carretera pasa por aquí mismo, desde ella, en un rasete del Cerro de la Cueva, se ve un cortijillo derrumbado pero por sus paredes y sus formas adivinas enseguida que es de los de aquellos tiempos. Cada vez que he pasado por aquí, al verlo me decía: “tengo que ir un día y recorrer esa zona”. Y como ahora estamos en las vacaciones de la Navidad, anoche estudié un poco el rincón y hoy me pongo rumbo a este trozo del valle con la idea de perderme por el Cerro de la Cueva y su viejo cortijo.

Vengo yo reflexionando estas cosas cuando me tropiezo con la alambrada. Una cancela de hierro que me corta el paso cerrando la pista y desde aquí, a un lado y otro, arrancan unas mallas metálicas cercando todo el barranco y dejando en el centro los edificios que descubrí antes y que ya tengo casi al alcance de mi mano. Me siento incómodo porque me gustaría llevar a cabo el recorrido que tanto he planificado pero que esta barrera me lo impide. Busco algún paso y no lo encuentro. La alambrada es muy alta y está muy tupida. No hay manera de pasarla a no ser saltándola por encima que además de tener su peligro, parece como una invasión.

Sin pretenderlo, sin que lo quiera, todo mi ser me remite inmediatamente a otros momentos donde las situaciones eran a la inversa. Una casa pequeña, de piedra y madera, al comienzo del valle. En el flanco derecho del valle un bosque de árboles autóctonos manchados con árboles frutales que los habitantes del cortijo cultivan y cosechan. Por el centro del valle corre el arroyo y en las praderas pastan las ovejas. En el flanco derecho del valle, unos linderos por donde crecen las parras, los nogales, perales y otros muchos árboles frutales. Algo más a la izquierda, sobre la ladera, el otro cortijillo donde viven los habitantes que cultivan y cosechan los árboles del lindazo y los hortales de la llanura.

El pastor carea a sus ovejas y cuando, en cualquier época del año, pasa por las huertas o los lindazos, si le apetece coger fruta u hortalizas de los bancales, las coge y no tiene problema ninguno. El dueño le dice:
- Las tierras son tan tuyas como mías siempre que las cuides como las cuido yo.
- Es verdad que en ocasiones me entran ganas de coger algunas nueces o tomates para la comida de mi familia.
- Sin problemas, porque lo mismo de pobre o rico voy a seguir siendo con tres tomates más o menos.
- Pues igual te digo: si algún día tú necesitas un cordero para ti, tu familia o para comértelo con tus amigos, me lo dices. Lo mismo si necesitas unas calabazas o tres kilos de patatas de las que tengo el hortal.
- Tú tranquilo, que no tienes que pagar nada.
Las ovejas y el pastor van y vienen por el valle aprovechando las hierbas frescas y cuando el hombre siente hambre, se acerca a los lindazos y de por allí coge lo que encuentra. Hasta moras que algunas son gordas como castañas por ser buena tierra esta de los ribazos.

Pasan los años y los lindazos cambian de dueño. Uno de la ciudad que lo primero que hace es arreglar la casa dejándola más tipo chalé que cortijo. Le pone paneles para captar la energía solar y antenas para las televisiones. Lleva agua a todos los aposentos a través de tubos de plástico negro dejando el manantial de la ladera seco, pone alambradas en las tierras de los lindazos y los hortales. Pasa por allí una tarde el pastor y al ver que sus árboles, los manzanos sobre todo, están cargados de apetitosas frutas amarillas, coge unos kilos. Se las está comiendo sentado en uno de los ribazos, frente a la llanura, cuando hasta él se acerca el nuevo dueño.
- Qué ¿merendando?
- Unas manzanas que he cogido del árbol.
- Ya tenía yo ganas de encontrar al ladrón.
- Hombre, no es para tanto. Si quiere te las pago.
- Me las devuelves y me las pagas; así quedas escarmentado.
- Pues aquí tienes las manzanas; sólo falta una pero a cambio, pongo en su lugar este puñado de nueces que aún guardo de la cosecha que el año pasado me dieron mis cuatro nogales.
- Pero ¿y quién me las paga?
- Y por lo menos yo no, porque te las he devuelto todas. ¡Ah! Y si algún día necesitas algo no tienes nada más que decirlo. Lo digo, porque como eres un vecino nuevo... Hombre, uno no tiene gran cosa pero lo que tiene es de todos. Un borrego más que menos, tres kilos de patatas o unos panes recién amasados tampoco me van a poner rico ni a dejar en la miseria.

El pastor luego aquella tarde sigue careando a sus ovejas por la llanura y desde lejos mira a los lindazos. Ahora no les parecen los mismos. El ha recibido el raro mensaje y ahora tenía una gran tristeza dentro de su alma. Los mira y los ve como si ya los lindazos no fueran los mismos y de ahí que hasta le resulten menos bellos, menos familiares y esto es lo que le desconcierta, porque ¡los tiene tan dentro después de tantos años pisándolos y sintiéndolos suyos! Eso de cerrar en alambres las tierras y meterse en el centro en un edificio de lujo diciendo “esto es mío y de nadie más”, él no lo entiende. Por muy modernos que sea, no son las costumbres de estas tierras y por eso él no lo entiende.

Arroyo Frío -2

Se me ha pasado casi la mañana entre asuntos de los humanos y lo que yo buscaba hoy era darme un buen paseo por el Cerro de la Cueva. Miro en mi mapa y veo que en cuanto la carretera cruce el cauce, ahí tengo que pararme. Y me sucede algo nuevo.

Pues al llegar al punto me paro, en el rellano de la izquierda, por donde sale una pista, aparco junto a una vigas grandes de hierro. ¿Qué hará esto aquí? Llevo un montón de años viéndolas en el mismo sitio. Al caer la tarde, mi amigo Juan me aclara el por qué de estos hierros junto al puente. Así que miro el mapa para asegurarme y no, esto no es el Puente del Hacha que lo conozco por la de veces que he pasado por él pero aún no lo sitúo exactamente. Desde luego, éste no es. Sigue una recta, un cerro, una pequeña curva y ahí está. Es decir, al final de este primer cerro que es el de Molinillo y del otro segundo que es el Cerro de la Cueva.

Pero es la una de la tarde, el cortijo abandonado que deseo recorrer, queda cerca, mi mapa dice que por aquí, también cerca, existe una piscifactoría que se llama La Rejona y, además, allí enfrente, sobre la ladera, estoy viendo el famoso chalé. Digo famoso para mí porque cada vez que paso por aquí lo veo allá lejos, sobre el montículo y como es fastuoso, siempre me pregunto de quién será. Ahora mismo lo estoy viendo, lo tengo a dos pasos pero como, además, esto de la Cruz del Muchacho parece que no está muy lejos de aquí, ojeo un poco el entorno y me pongo en marcha pista abajo.

A los cien pasos me encuentro con la primera sorpresa: este cauce corre en sentido contrario. ¿Cómo puede ser? Estoy desorientado. Si el Guadalquivir cruza la carretera por aquí y desciende valle abajo y yo ahora voy para arriba ¿Cómo es posible que la corriente vaya en mi misma dirección? Cien pasos más adelante y la segunda sorpresa: hay otro cauce más grande. Enseguida deduzco que el primero no es el Guadalquivir, lo es el segundo y se juntan aquí mismo. Ya sé: éste primero es el auténtico Arroyo Frío. Ese otro arroyo que atraviesa la aldea que tiene el mismo nombre del arroyo, no es Arroyo Frío. Ya decía yo que nunca tenía agua y el verdadero Arroyo Frío nace por Guadahornillos, un poco al poniente y allí mismo, casi en la cumbre, ya tiene manantiales. Donde aquel día nos encontramos a los jabalíes con los dos rayones y tuvimos que salir corriendo de ellos.

Claro, si allá en todo lo alto tiene ya agua, por aquí, si esto es el valle y desde aquel punto hasta éste ha descendido casi mil metros, figúrate lo que sucede. Está claro, éste es Arroyo Frío, que al llegar a la aldea, se la deja a la derecha y luego busca al río para rendirse a él al comienzo del Cerro del Molinillo. Y otra incógnita más despejada: tampoco este primer puente está sobre el río sino en el arroyo. Como por aquí ya el valle todo lo va dejando llano, hasta que no conozcas bien todos los rincones, puedes creerte que este último trozo del arroyo corre para arriba pero no es así. Corre como siempre han corrido y correrán todos los arroyos del mundo: desde arriba hacia abajo.

Y lo más curioso es la cantidad de veces que he pasado por el lugar y lo desorientado que ando esta mañana. Tú fíjate. No me extraña porque ahora mismo empiezo a darme cuenta que este valle es algo más que los cuatro hoteles ahí junto a la carretera. La pista se acaba porque es sólo un trozo que no va a ningún sitio y sigo una estrecha senda. Cruzo el cauce del arroyo y enseguida está el río. No veo puente porque sin puente por aquí es imposible cruzar el este cauce del Guadalquivir. Hablo de puente porque sobre la ladera estoy viendo las ruinas de un cortijillo, un transformador de luz y el famoso chalé más a la izquierda. Hasta el lugar deben llegar caminos pero como yo no voy por ninguno de ellos es normal que me encuentre sin puente para atravesar esta corriente. Por aquí el río se remansa en las ramas de los tarayes y de la hierbecilla cuelga el hielo. Hoy hace mucho frío.

A ocho grados bajo cero estuvimos anoche en Granada. Todos los bordes de la corriente y las ramas que rozan el agua están recubiertas de placas de hielo. Fíjate que cuando pasaba esta mañana por el embalse de la Cerrada de San Miguel, por primera vez en mi vida, lo he visto todo helado. Como si fuera una auténtica pista de hielo. Y aquello está ya en el valle por donde el Guadalquivir sólo atraviesa olivares, llanuras sembradas de cereales y campiñas, así que imagínate esta zona de la sierra, que aunque no es muy alta, 800 metros, sí resulta mucha más fría. Me arrepiento de no haberme traído hoy la máquina de fotos. Sobre algunas rocas en la orilla de las aguas el hielo ha formado extrañas figuras, tan llenas de belleza, que merecería la pena inmortalizarlas.

Los puentecillos de tablas -3

Este remanso, tan cuajado de hielo que ahora mismo contemplo, no es Vado Ancho. Ese lugar queda más a la altura de la Aldea de Arroyo Frío, entre el cortijo del Haza y la junta de este arroyo que ahora mismo tengo a mis pies.

Seguro que estas ruinas que estoy viendo sobre la ladera son las de ese cortijo. Pero para llegar hasta el lugar tengo que cruzar el río y como no veo ningún puente, aunque el cauce no trae mucha agua, no se puede cruzar sin mojarte bastante. Hace mucho frío y un remojón me dejaría helado a pesar de la subida que me espera hacia el cortijo. Miro, subiendo y bajando un poco por la corriente y mientras voy buscando la manera de cruzar me doy cuenta de dos realidades: no hay por aquí ningún turista a pesar de estar este lugar cerca de los hoteles de la aldea. Como hace mucho frío los turistas han llegado a sus hoteles y ahí se quedan metidos, junto al fuego de las chimeneas que para ellos han preparado. No lo gozan gratis que en los apartamentos tienen que pagar 600 pesetas por la leña de cada día y me parece muy bien. Que se pague, que paguen por todo para que el dinero corra pero que nadie se prive de nada mientras el bosque y los campos resista y cuando todo escasee como en las ciudades, que le parta un rayo a este mundo. Total, muchos de nosotros ya no viviremos para verlo. Ahora que todavía hay algunos recursos sobre el planeta, a gastar mientras haya gente que pague.

Y la otra cosa es el sosiego, el rumor de la madre naturaleza que por este rinconcillo late. Qué delicioso es seguir la senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. La soledad sonora de andar otro día más por el paraíso y esta mañana todo aparece engalanado en un trozo nuevo.

Estoy buscando y entre unos juncos veo un puentecillo. Son cuatro palos, troncos de pinos, tendidos de un lado a otro y sujetos entre sí por viejas tablas también de pino. Es un puentecillo estrecho, viejo, rústico que sirve sólo para esto: para cruzar andando poniendo mucha prudencia por si acaso las tablas ya están podridas y al pisar se rompen. Lo intento y aunque alguna cruje aguantan dando la impresión que no por mucho tiempo.

Ya al otro lado mira a la ladera y veo una pista que zigzaguea pecho arriba. Me voy a buscarla y otra sorpresa: un nuevo puentecillo también de tablas muy similar al primero pero mucho más corto y estrecho. Me llama a atención el descubrimiento porque ya por aquí no hay río. No corre agua pero el puente lo que intenta salvar no es el río sino una gran zanja. ¿Y esto qué es? Me pregunto y en unos segundos yo mismo me doy la respuesta. Es una acequia, una reguera que parece un canal, hoy en desuso porque está comida por los pinos y no lleva agua pero que en otros tiempos sí debió servir. Desde el charco de este vado entraba el agua a la zanja y por su propio pie seguía corriendo elevándose por la ladera. ¿Hasta dónde?

Esto es mi otra duda que también despejo en un instante. O va a tierras que en otros tiempos serían huertos o a la piscifactoría que, según mis cálculos, deber caer por aquí abajo. Y seguro que va a la piscifactoría que dicen se llama La Rejona, igual que la gran finca y la que, por la aldea de Arroyo Fío, me han dicho “hace por lo menos catorce años que la cerraron”. He preguntado por qué y no lo saben. Mi amigo Juan me lo dirá luego esta tarde cuando ya el sol esté cayendo y él salga a buscar cornamentas de ciervo por el Cerro del Molinillo y el Cerro de la Cueva. Así que ya parece que tengo claro otra cosa más. La piscifactoría que hoy deseo descubrir por aquí, siguiendo el cauce del río, aunque no me la esperaba tan cerca. Quería yo entrar por abajo, por el Puente del Hacha y andar río arriba y ahora resulta que todo lo estoy descubriendo al revés que también vale pero desde aquí al Puente del Hacha creo que la distancie es grande.

Alfombras de hojas secas -4

En cuanto comienzas a bajar, por la carretera, antes de llegar a la aldea de Arroyo frío, enseguida lo ves. Yo lo he visto tantas veces que siempre me ha llamado la atención. Es tan espectacular y resalta tanto en el fondo del valle que aunque no quieras tienes que fijarte en él. Cualquiera no tiene dinero para hacerse un edificio de esta categoría y en este sitio, porque la normativa para construir dentro del Parque es muy rígida. Y este chalé no está dentro sino en lo más agreste y bello de la zona.

Y esto no lo digo yo, que sin duda lo he pensado también más de una vez, sino la misma gente de esta aldea. Ya dije que toda esta zona es una gran finca privada pero el cortijo lo compró un alemán y después de arreglarlo se ha venido a vivir a él.
- La casa del alemán está ahí mismo; un poco detrás de la aldea y entre el río pero eso ya no es cortijo.
Me decía mi amigo Juan al tiempo que me indicaba por dónde cae la casa.
- ¿Pero entonces eses chalé?
- No lo sé pero como puedes ver es de construcción moderna.

En fin, que yo esta mañana, después de cruzar el río, comienzo a subir por la ladera. Veo una caseta de transformador de luz un poco a mi derecha, las ruinas del antiguo cortijo de Caravacas casi al frente mía y el chalé a la izquierda, río arriba pero todo sobre la ladera; entre el cauce del río y la gran pared de rocas que la montaña presenta por este lado. Una lluvia de hojas secas inunda todo el bosque que aunque por aquí no es muy espeso, sí es profundamente bello. Muchas encinas y robles aislados que son grandísimos y algún que otro pino aunque hay zonas donde predominan los pinos con Quercus mezclados entre ellos.

Cada año, con la llegada del otoño, las plantas de hojas caducas comienzan a despojarse de su vestidura. Lentas pero continuamente van desprendiéndose las hojas de sus tallos no sin antes haber cambiado el color. Del verde al ocre, rojo o amarillo, la señal de salida es el acortamiento de los días, aviso que el frío se aproxima. Las plantas entonces y con el objetivo de ahorrar toda la energía posible, retiran la sabia de las hojas para almacenarla en el tallo; desaparece la clorofila y en consecuencia, el color verde y las hojas mueren por inanición; el peciolo se seca y al fin caen al suelo donde van a empezar a formar parte del nuevo alimento orgánico. El bosque come a sus propias hojas y así no queda deshechos ni basura.

Todo se transforma y comienza el nuevo ciclo, Es ahora la ocasión para que animales y plantas preparen sus estrategias de combate contra el frío. Así que mientras voy subiendo cruzo una alfombra de lluvia de hojas secas de roble. Una delicia sentirlas crujir bajo mis pies y verlas todas amarillas, anchas y estiradas. Por aquí me encuentro una pista que lleva directamente a la caseta del transformador. No es que lleve sino que más bien baja desde el transformador buscando el río. En cuanto remonto la cuestecilla descubro que la pista entra río arriba y es lógico: si por ahí abajo está la piscifactoría, la pista viene hasta ella y luego sigue subiendo. Como si quisiera buscar otra salida por este puente y así parece que fue. Mi amigo me decía que esos hierros grandes que he visto junto al puente del cauce del arroyo donde he dejado el coche, eran para esto:
- El que construía el chalé tenía pensado abrir una entrada por aquí y levantar un puente en el río. Aquí tienes los hierros que llevan en el mismo sitio un montón de años.

Ya tengo algunas piezas encajadas. Y si eso hubiera seguido adelante, estos dos puentecillos de tablas sobre el río y el canal, ya no estarían. Me va encajando lo que tantas veces he pensado del chalé. Su dueño, ama la naturaleza y quiere venirse a vivir en medio de ella pero sin perder ninguna de las comodidades que la civilización le ofrece y él puede comprar porque para eso tiene dinero. Si hay que romper media montaña para construir la casa, se rompe y si hay que trazar pistas por el monte y puentes sobre el río para llegar cómodamente con el coche, se hace sin ningún problema.

Cortijo de Caravacas -5

Me he situado en lo más alto del carrete donde se desmorona el cortijo. Según me decía mi amigo “se llama de Caravacas porque antes, en todo lo alto, tenía una cruz de Caravacas”.
- ¿Sabes tú quién y por qué pusieron allí esa cruz?
- Eso ya no lo sé. Verla la he visto yo allí muchas veces, más no sé.
Pero mi amigo sí sabe más. Por ejemplo, situado ya en este pequeño carrete, detengo mi marcha y me dedico a contemplar el panorama. Bonito como un cuento de hadas todo. El barranco, en lo hondo por donde va el río, el cerro al otro lado todo lleno de monte y que me oculta la aldea y los hoteles, el acantilado rocoso a mis espaldas y el valle hacia un lado y otro por donde el río viene y se va. Un paraíso en miniatura pero que me sobra porque es infinitamente más grande que mi propia persona. Un auténtico mundo hasta con los matices más insospechados.

- ¿Pues sabes lo que pretendían?
- ¿Qué pretendían?
- Hubo por aquí el otro año gente de la administración y decían que en este valle iban a construir una estatua.
- ¿Qué clase de estatua?
- Una obra de arte que decían iban a esculpir ahí en las rocas. Un monumento histórico a un personaje que yo no sé quién es pero según ellos, era muy importante y no había ningún otro lugar en el mundo para esa escultura que éste.
- ¿Y qué pasó?
- Pues qué iba a pasar. Alguien les dijo que este rincón por sí mismo ya era una auténtica obra de arte y que si lo tocaban lo estropearían todo.
- Normal ¿verdad?
- Sí, menos mal, porque ya ves que maravilla.
- Lo es de verdad pero aun así lo han estropeado bastante. ¡Mira que venir a construir un transformador de luz y ponerlo donde lo han puesto! Y no te digo nada del calecido ahí, entre la ladera y el farallón rocoso.

Rodeo un poco las ruinas del cortijo y como llevo en mi mano la fotocopia de la leyenda me gustaría, ahora, ver dónde está esa cruz. Mi amigo no lo sabe con exactitud pero cree también como yo que se encuentra por aquí cerca. En cualquier roca de estas que tengo a mis espaldas. La leyenda dice que: “Manos piadosas grabaron un la roca una tosca cruz que desde aquel día se llama la Cruz del Muchacho”.

Si tuviera tiempo hoy me dedicaría a buscarla todo el rato que fuera necesario pero es que en esta ocasión a cada instante voy cambiando el plan de mi excursión. Un poco, las circunstancias de cuanto voy viendo y encontrando en este recorrido, me van forzando a no cumplir casi nada de lo planificado. Ahora mismo, por ejemplo, como no dejo de ver el gran chalé aquí, a dos pasos de mí, me arde la emoción por llegar hasta él.

Por detrás del cortijo sale una sendilla que ya no es pista. Voy a despedirme de este cortijillo para volver dentro de un rato en mi ruta río abajo que es por donde ahora deseo seguir trazando mi camino de hoy. Pero antes de alejarme, de entre las ruinas de la parte alta se me levantan cinco o seis mirlos. Llenan, con sus gritos, todo el barranco.

Cuando en aquellos tiempos fue construido este cortijillo y a lo largo de años fue ocupado por seres humanos, no pretendían otra cosa que eso: comer para vivir. Pedir prestado a la naturaleza el alimento necesario para la vida y al mismo tiempo vivir con ella lo más en armonía posible. De aquí que me guste tanto encontrarme con trozos de cortijillos aunque ya estén rotos. Ellos son pedazos reales de la misma naturaleza en la que están insertos y no heridas sangrantes por donde entra la muerte.

La fuente y los caballos - 6

El ser humano se convierte en animal
que vive en la naturaleza y hasta incluso se opone a ella.

Sigo la sendilla y enseguida me encuentro con el manantial. Cada cortijillo de aquellos tiempos tiene su manantial allí mismo. Es lo normal y lo contrario es la excepción. Entonces ya no es cortijillo sino establo o tinada para el ganado que puede construirse en cualquier rasete del monte aunque no haya un venero cerca. Las construcciones de la cultura actual por estas sierras, se montan donde interesa y después se llevará el agua como sea. Siempre es con tubos y motores. Según mi mapa, la Fuente del Cocón, que es un manantial, cae por aquí cerca. Lo que pasa es que más arriba, sobre la cumbre, aunque nada tiene de extraño que aquel agua, el depósito de donde se alimente aquel venero, sea el mismo depósito también para esta agua.

Una vez más mi teoría se me confirma. A un lado y otro del Guadalquivir, a lo largo de todo el valle, brotan mil manantiales de aguas limpias. Este valle es depresión natural para que desagüen todas las cordilleras que lo circundan. En esta fuentecilla mía, hoy por hoy libre todavía de los ataques de los humanos, veo muchos juncos. También veo rastros de jabalíes y algunos charcos que parecen de juguete. Aunque hace mucho frío, esta agua, chorrillos y charcos, no están helados. Incluso al tocarlo noto que está mas bien templada. Señal esta de que brota aquí mismo. También es señal de ello las ranas, que al verme, se zambullen en las limpias aguas. Si fuera agua estancada, con el frío que hoy hace, estaría helada y de ninguna manera podrían vivir en ella estas ranas.

Bebo un sorbo y sigo la sendilla que me resulta agradable porque tiene toda la pinta de ser un camino de aquellos tiempos. La vía de comunicación, para entrar y salir, por aquellas épocas, al cortijillo, ya hoy no es lo mismo. Hoy casi no puedes andar por ella. Toda está pisoteada por cascos de caballos y como además de la fuentecilla, toda esta ladera rezuma agua por cualquier sitio, la senda es un puro barrizal. Estos dichosos caballos que les alquilan a los turistas hay que ver lo que estropean por todos sitios. Los he visto en un cercado junto al hotel y enseguida pensé lo que ahora estoy sufriendo. Será muy romántico eso de ir dando un paseo por aquí montado sobre un caballo pero tampoco estaría de más dar un paseo a pie y dejar los caballos en paz aunque sólo fuera para no romper más estas sierras.

Los cerdos - 7

La crisis ecológica actual no es el resultado
de un simple fracaso: es mas bien el efecto
perverso de un éxito demasiado grande.

Los veo subir por el barranco siguiendo el curso del río. Es una piara completa, unos cuarenta o así que suben esparcidos por entre los juncos, los tarayes, las rocas y los charcos del cauce. No van a ningún sitio; ellos andan buscando sus alimentos por entre la tierra, los charcos, los quejigos y la ladera de ambos lados del río. El joven los sigue a cierta distancia y desde la ladera de la umbría los va observando. No tiene que hacer nada; sólo vigilarlos, estar junto a ellos y procurar que sea por este rincón donde los animales busquen su alimento y no por otro.

Todos los días él le da su careo por este valle y aunque hay aquí suficientes alimentos para que los animales se sacien plenamente a lo largo de todo el año, a él le gusta llevarlos también por el valle al otro lado del río. Pero en esta época es cuando aquí son abundantes las bellotas. Es éste todo un gran trozo de sierra rico en alimentos para ellos precisamente por eso: por el agua de este río que es el principio y fuente de flora y fauna de este valle.

Ya llegando el medio día los animales llegarán hasta donde el río se cierra y es casi una cascada. Por aquí detendrá la marcha la piara. El joven les saldrá al encuentro, intentará reunirlos y los volverá para atrás. Los conducirá río abajo siguiendo las sendillas que los mismos animales van trazando a través del monte y sorteando rocas y los llevará hasta el cortijillo. Esta pequeña piara de cerdos, las ovejas y las huertas, es la riqueza de toda la familia. De aquí sacan ellos para poder comer cada día y así irán tirando escondidos en este trozo de sierra.

¿Quién les diría a ellos que pasado el tiempo aquí, junto a su mismo cortijillo, alguien les iba a construir un chalé como el que ahora mismo piso? Pero el chalé, en estos momentos, más que ninguna otra cosa, estoy viendo que sobra aquí. No pertenece a este mundo ni tiene nada que ver con la realidad de la naturaleza que aquí respira. Estoy yo moviéndome por estos raros aposentos tan llenos de basura humana y me siento extraño, incómodo, desencajado. Sigo mirando por el hueco de la ventana y como la piara de los cerdos sigue desparramada por ahí, como si la misma eternidad los hubiera dejado recogidos entre sus manos, siento como si el mundo de ellos fuera el de verdad real y no el que ahora palpo con mis manos. Como si sólo algunas cosas sí fueran seleccionadas para quedar eternas en el río del tiempo y otras sean totalmente rechazadas para que no dejen ni rastro en el camino que, a través de los días, conducen a la meta final. Como si unas sirvieran y otras no sirvieran y al llegar a ese estado es cuando las primeras pasan a la categoría de bellas y las segundas, no.

El Tesoro-8

¿Es necesario detestar a la
humanidad para amar a la
naturaleza?

Me alejo del chalé. Ya lo conozco y ha perdido para mí todo su misterio. Todo ese misterio respetuoso que mi ignorancia me hacía concebir. Bajo por la senda, dejo atrás las ruinas del cortijillo, llego a la altura del transformador de luz y sigo por la pista que va a media ladera en la dirección del río. A ver si ahora ya por fin empiezo a desarrollar el plan de ruta que me había trazado porque hasta este momento, me estoy moviendo como forzado, como arrastrado por circunstancias no controladas por mí y por lo tanto, casi me siento un poco violentado en mi interior.

En cuanto cojo este camino entro de lleno en la espesura de un gran bosque de pinos. Lo de otras veces: este bosque, su sombra, el verde de sus ramas, la humedad y hasta el mismo clima, lo tengo visto. Es una copia de algo que ya he visto muchas veces en estas sierras y no es así. Porque nunca hasta este momento he pisado yo éste rincón. Y sé bien que tampoco esto es igual a nada de lo que existe en otros sitios. Pero sí, se parece al pequeño rincón de la CURVA DEL PINAR allá por el Arroyo de Montillana; aunque solamente se parece.

Y al adentrarme por su sombra, un pensamiento que esta mañana se me ha cruzado dos o tres veces por la mente, ahora se me convierte en una honda sensación: es verdad que este barranco está lleno de leyendas. Parece que hasta la misma luz del bosque lo anuncia. La que me contaron el otro día tenía relación con el tesoro. Y es cierto que en estas sierras esta leyenda se repite en más sitios. Por ejemplo: Juan Pedro, un amigo mío que nació en Pontones y que ahora vive sus días de jubilado en el pueblo de Villanueva del Arzobispo, una de las cosas que recuerda con más fuerza, es la leyenda del tesoro de Peña Amusgo. Según él, su padre le dijo un día que un moro tenía escondido el tesoro cerca de esta peña y que cuando el abuelo de su padre fue por allí a buscarlo se encontró sólo las vajillas de barro rotas. Alguien había llegado antes, había descubierto tal tesoro y se lo había llevado dejando por el suelo restos de lo que no servía.

Otro tesoro parecido a éste, según mi amigo el pastor del cortijo del Vado de las Carretas, está escondido allí mismo: en la Cueva del Tesoro un poco encima del Caballo de Acero. Lo han buscado muchos pero él cree que nadie lo ha encontrado aún. Mi tesoro, la leyenda de mi tesoro por este barranco, se remonta a tiempos casi perdidos o por lo menos a mí me dice eso. Y dicen que había un vejecito por estas sierras que ni tenia cortijo ni lugar seguro para morar. Alguien le dijo a él que en unas rocas de este barranco estaba el tesoro escondido. Se vino el vejecito por aquí y para que nadie lo viera no fueran a descubrir que buscaba un tesoro y se lo pudieran quitar, se quedaba a dormir por alguna cueva que había muy al final del barranco. Se ponía a vigilar y cuando él creía que nadie iba a subir por el camino, se metía por el monte a buscar su tesoro.

Sabía dónde estaba pero no le era fácil dar con él. Así se pasaba el día escarbando con la ilusión de encontrarlo y al mismo tiempo con el corazón en un puño por el miedo a que en eso momento apareciera por allí un pastor y lo descubriera. Si esto sucedía él estaba seguro que le quitaría su tesoro y justo esto fue lo que sucedió.

Dicen que una mañana de primavera, con un sol espléndido luciendo sobre los montes, subió él hasta el poyete sobre el voladero rocoso de la margen derecha del río. Vio allí una covacha y unas piedras grandes y su corazón enseguida le dijo que aquel era el lugar del tesoro. Movió las piedras y lo vio. Allí estaba el tesoro que eran muchas vasijas de barro llenas de monadas de oro y plata. Tantas que no podía con todas ellas y como en aquel momento tampoco sabía qué hacer con aquel tesoro, lo único que se le ocurrió fue coger un puñado de aquellas monedas y volver a enterrar todo lo demás. Bajó después de la repisa y se puso a caminar por la senda que desciende río abajo. No había andado trescientos metros cuando detrás de unas rocas se tropezó con el pastor.
- Que ¿has encontrado ya el tesoro?
Le dijo. El vejecito se quedó mirándolo y creyendo que todo estaba descubierto, lo único que acertó a decir fue:
- Y tú ¿cómo lo sabes?
- He oído sonar las monedas que llevas en el bolsillo.
- Sólo tengo un puñado pero si te doy la mitad ¿guardarás el secreto?
- Por supuesto que sí; sólo tú y yo lo sabemos.

El que me contó a mí esta historia dice que su abuelo todavía conserva esas monedas. Y dice que al día siguiente ya no se volvió a ver más al viejecito por este barranco. Nada más se supo ni de él ni del tesoro, aunque mucha gente, desde entonces para acá, ha oído hablar de la leyenda de este tesoro por el barranco.


La alambrada -9

Somos señores del mundo? Ciertamente.
Dueños un poco a la manera de Dios no para
destruir, sino para desarrollar, no para la muerte
sino para la vida.

En cuanto avanzo un poco dejo atrás el pinar del rincón. La pista desciende hacia el barranco y al mismo tiempo se acerca al río. Por entre los pinos enseguida veo los tejados y las paredes blancas de unos edificios. Mi intuición me dice que por aquí ha de estar la piscifactoría. Pero como no he venido nunca por el rincón ni conozco estas instalaciones no me siento demasiado seguro. Mas la configuración del terreno aquí recogido bajo la falda rocosa de la cordillera, la oscuridad del barranco por donde se hunde y corre el río, todo parece anunciar que este punto es el lugar ideal para una piscifactoría. Y como estoy viendo los edificios, ya casi doy por seguro que es aquí donde se encuentra esta construcción. Además, los edificios son bajos, de una sola planta y alargados, propios de lo que en realidad puede ser una piscifactoría.

Bajo yo pensando que me está costando menos de lo que en un principio creía, recorrer todo este rincón, porque si esto es la piscifactoría, se encuentra mucho más cerca y todo está bastante más recogido en el barranco, de lo que esta mañana creía. También recuerdo que el mapa que traigo conmigo, lo amplié un poco y claro, ya no es la escala que estoy acostumbrado a manejar.

Vengo yo reflexionando estas cosas cuando me tropiezo con la alambrada. Una cancela de hierro que me corta el paso cerrando la pista y desde aquí, a un lado y otro, arrancan unas mallas metálicas cercando todo el barranco y dejando en el centro los edificios que descubrí antes y que ya tengo casi al alcance de mi mano. Me siento incómodo porque me gustaría llevar a cabo el recorrido que tanto he planificado pero que esta barrera me lo impide. Busco algún paso y no lo encuentro. La alambrada es muy alta y está muy tupida.

No hay manera de pasarla a no ser saltándola por encima que además de tener su peligro, parece como una invasión. Siento, de verdad, lo fastidioso que es una alambrada en las tierras de estos montes porque inmediatamente uno reacciona pensando en que nadie tiene ningún derecho a ponerme una valla en mi camino.

Sin pretenderlo, sin que lo quiera, todo mi ser me remite inmediatamente a otros momentos donde las situaciones eran a la inversa. Una casa pequeña, de piedra y madera, al comienzo del valle. En el flanco derecho del valle un bosque de árboles autóctonos manchados con árboles frutales que los habitantes del cortijo cultivan y cosechan. Por el centro del valle corre el arroyo y en las praderas pastan las ovejas. En el flanco derecho del valle, unos linderos por donde crecen las parras, los nogales, perales y otros muchos árboles frutales. Algo más a la izquierda, sobre la ladera, el otro cortijillo donde viven los habitantes que cultivan y cosechan los árboles del lindazo y los hortales de la llanura.

El pastor carea a sus ovejas y cuando, en cualquier época del año, pasa por las huertas o los lindazos, si le apetece coger fruta u hortalizas de los bancales, las coge y no tiene problema alguno. El dueño le dice:
- Las tierras son tan tuyas como mías siempre que las cuides como las cuido yo.
- Es verdad que en ocasiones me entran ganas de coger algunas nueces o tomates para la comida de mi familia.
- Sin problemas, porque lo mismo de pobre o rico voy a seguir siendo con tres tomates más o menos.
- Pues igual te digo: si algún día tú necesitas un cordero para ti, tu familia o para comértelo con tus amigos, me lo dices. Lo mismo si necesitas unas calabazas o tres kilos de patatas de las que tengo en el hortal.
- Tú tranquilo, que no tienes que pagar nada.
Las ovejas y el pastor van y vienen por el valle aprovechando las hierbas frescas y cuando el hombre siente hambre, se acerca a los lindazos y de por allí coge lo que encuentra. Hasta moras que algunas son gordas como castañas por ser buena tierra esta de los ribazos.

Pasan los años y los lindazos cambian de dueño. Uno de la ciudad que lo primero que hace es arreglar la casa dejándola más tipo chalé que cortijo. Le pone paneles para captar la energía solar y antenas para las televisiones. Lleva agua a todos los aposentos a través de tubos de plástico negro dejando el manantial de la ladera seco, pone alambradas en las tierras de los lindazos y los hortales. Pasa por allí una tarde el pastor y al ver que sus árboles, los manzanos sobre todo, están cargados de apetitosas frutas amarillas, coge unos kilos. Se las está comiendo sentado en uno de los ribazos, frente a la llanura, cuando hasta él se acerca el nuevo dueño.
- Qué ¿merendando?
- Unas manzanas que he cogido del árbol.
- Ya tenía yo ganas de encontrar al ladrón.
- Hombre, no es para tanto. Si quiere te las pago.
- Me las devuelves y me las pagas; así quedas escarmentado.
- Pues aquí tienes las manzanas; sólo falta una pero a cambio, pongo en su lugar este puñado de nueces que aún guardo de la cosecha que el año pasado me dieron mis cuatro nogales.
- Pero ¿y quién me las paga?
- Por lo menos yo no, porque te las he devuelto todas. ¡Ah! Y si algún día necesitas algo no tienes nada más que decirlo. Lo digo, porque como eres un vecino nuevo... Hombre, uno no tiene gran cosa pero lo que tiene es de todos. Un borrego más que menos, tres kilos de patatas o unos panes recién amasados tampoco me van a poner rico ni a dejar en la miseria.

El pastor luego aquella tarde sigue careando a sus ovejas por la llanura y desde lejos mira a los lindazos. Ahora no les parecen los mismos. El ha recibido el raro mensaje y ahora tiene una gran tristeza dentro de su alma. Los mira y los ve como si ya los lindazos no fueran los mismos y de ahí que hasta le resulten menos bellos, menos familiares y esto es lo que le desconcierta, porque ¡los tiene tan dentro después de tantos años pisándolos y sintiéndolos suyos! Eso de cerrar en alambres las tierras y meterse en el centro en un edificio de lujo diciendo “esto es mío y de nadie más”, él no lo entiende. Por muy modernos que sea, no son las costumbres de estas tierras y por eso él no lo entiende.


El lugar soñado -10

El problema ecológico sí es un
problema esencialmente humano.

La pista que traigo viene bajando y aunque aquí la corta una cancela de hierro desde la cual, hacia los lados, se extiende la valla metálica para recoger todo el rincón en torno a los edificios, yo quiero seguir bajando. Entre otras cosas porque la pista no muere aquí sino que sigue y va realizando exactamente el plan que traigo: quiero salir por el Puente del Hacha y torcer luego carretera arriba.

Como la cancela me corta el paso, miro a ver si encuentro cómo seguir y lo encuentro: por la parte de arriba, la que pega al paredón rocoso de la ladera de la montaña, hay un paso. Lo uso y ya he dejado atrás la cancela. Por otro lado, la alambrada sigue a mi derecha que es el lado del río. En los terrenos que se hunden en el barranco hacia el cauce, quedan los edificios. Los voy viendo mientras sigo bajando casi resto ahora y lo que ya sí descubro con claridad es la piscifactoría. Me voy asombrando pero con toda seguridad descubro que este rincón es el mismo que ciertamente veo en mis sueños.

No sé si está cerca de un colegio pero debe de estarlo porque los jóvenes así me lo anuncian. Salen ellos todos los días a su recreo. Son muchos y de edad entre catorce a veinte años. Llevan todos sus libros y como el recreo es a media mañana, tienen que comerse sus bocadillos. En grupos de dos, tres, cuatro o seis, atraviesan esta ladera, se internan por entre la vegetación y bajo los fresnos, entre las rocas y la corriente del río, se van sentando. Charlan ellos animados mientras comienzan a comerse sus bocadillos. Casi siempre los veo acompañados de algún profesor que, como ellos dicen, no es un profesor sino un amigo.
- Ya sabéis, no dejad ni señales de vuestro paso por este rincón.
Les dice el profesor pero no con tono de orden sino como el que recuerda algo que todos aman y desean cumplir.
- ¿Cómo vamos a estropear, dejando basuras, un rincón como éste?
- Sé yo bien que lo sentís vuestro y lo queréis casi como algo que os pertenece. Nadie rompe lo que ama.
- Señor profesor, si es que no hay gozo más grande en el mundo que el de sentarse en este rincón, junto a la corriente del cauce y el agua limpia que por aquí corre.

Y ellos tienen toda la razón: el agua es tan cristal que hasta el mismo viento tiene miedo de mancharla. Y a ellos, sabe Dios por que razón profunda y noble, no se les ocurre tirar ni una colilla. Cada cual lleva su bolsa con el bocadillo y cuando se les termina el recreo, vuelven por la ladera donde ni siquiera hay ni cemento ni asfalto sino tierra pura, y en los contenedores dejan sus desperdicios. No para en todo el día el trasiego por este rincón; mas, aún así, parece que cada día está más bonito, con tanta agua corriendo limpia, con tanta vegetación, con tantas sombras de árboles, con tanto viento siempre meciendo las ramas y con tantos pajarillos por allí saltando.

Yo los veo ir y venir tan orgullosos ellos y más orgullosos aún se sienten cuando algún compañero de otros colegios les dice:
- ¡Jo! Qué suerte la vuestra. Ya quisiéramos nosotros tener cerca de nuestro colegio un rincón tan hermoso como ése para no tener que ir todos los días a tomarnos las latonas al bar, a bebernos el refresco en medio de la calle o a fumar a la discoteca. Ya quisiéramos nosotros una cosa tan limpia donde sólo se respirara un aire tan puro como el que ahí se respira y no se oyera nada más que música de agua y silencios de bosques.
- ¡Categoría que tenemos nosotros porque nuestro colegio es así de chulo!

En otros momentos de mi sueño veo que el rincón es también compartido con la gente que sale de su trabajo. A comerse su comida siempre se vienen al lugar y si es verano, por aquí se quedan a echarse sus siestecillas porque ellos saben que nadie les va a molestar. Vienen también por aquí enfermeras y médicos que en lugar de juntarse para irse al bar y tomarse su café, cogen y se dan un paseo, se sientan junto a la corriente a gozar de la sombra y son ellos mismos los que dicen que no necesitan de tantos bares y tantas historias para pasar un rato con los amigos.

Yo no sé si está cerca de un colegio o cosa parecida pero el caso es que lo veo continuamente en mi sueño y siempre hay en él el mismo trasiego. Ahora que bajo por la pista rumbo a la piscifactoría me digo que sí, es el lugar con el que siempre sueño.

La Piscifactoría -11

Quisiera también encontrar a alguien por aquí pero según voy bajando veo que tampoco, al menos hoy, hay nadie en estas casas. Porque son dos y muy pegadas una a la otra, con un buen trozo de tierra por la parte alta de donde han quitado toda la vegetación autóctona y han puesto árboles frutales. Debe ser este el hobby de los habitantes de las casas cuando están por aquí. Porque, además, también parece que siembran algo de hortalizas en estas tierras.

Enseguida sé de donde cogen el agua. No es del río que corre más por lo hondo. En la ladera brotan bastantes veneros. Algunos de ellos, los dueños o habitantes de estas casas, los han canalizado y los reparten, fundamentalmente, entre tres cosas: unos tubos de plástico, que en esto caso son verdes, van a los mismos edificios; otros se quedan por las tierras del jardín y otros van a las piscinas que son cinco, las que estoy viendo. Una piscina, la grande, está en el primer edificio, con su agua que le entra y le sale, dos más veo en el segundo edificio y luego encuentro otras dos abajo, en las instalaciones de lo que en realidad es la vieja piscifactoría. Todo un lujo lo que esta gente tiene aquí y parece como si lo tuviera oculto al resto de los seres humanos detrás del monte Cerro del Molinillo y bien metido en el barranco, pegadizo al río. El Guadalquivir, el que lleva el agua a otras poblaciones y vegas pero después de que haya pasado por estas piscinas.

Por cierto, uno de estos edificios, quizás el más grande, fue en otros tiempos un molino. Por este valle, todavía muchos lo conocen como el molino.
- ¿Y qué se molía ahí?
Le pregunté al pastor.
- Pues de todo; trigo, cebada, centeno y hasta pimentón. Recogíamos las cosechas y en lugar de tener que llevarlas para su molienda al pueblo de Cazorla, lo llevábamos a este molino y de ahí nos traíamos la harina.

Junto a las casas veo mesas, asientos de cemento y ladrillos y hornillas para guisar. En la otra, en la segunda, entre el edificio y la parte de arriba, una explanada acondicionada con dos bellas fuentes llenas de culantrillo y chorreando el agua por todos sus lados. Más adelante ya está la piscifactoría. Es este el trozo que más me interesa ver, aunque la verdad es que me interesan todos y entre ellos, el viejo molino. Es una pena no encontrar alguna persona por aquí para preguntarle por todo lo que ahora mismo ignoro. Ya sé que estos edificios que ahora mismo veo y que se parecen más chalés que a cortijos, han sido reconstruidos sobre los restos de aquellas antiguas construcciones. Maravilloso recinto reservado sólo para unos cuantos aunque sean sus propietarios legales.

La piscifactoría está aquí mismo. En una amplia explanada y según estoy viendo, es grande y también grandes albercas tiene y dos de ellas, en el centro, llenas de agua. El pilón el centro total, es el que más rebosa y por la escalera que veo en uno de sus lados, deduzco que sirve de piscina. Alguien de por aquí lo ha adaptado y en los meses de verano, lo usa para darse sus buenos baños. En el otro, uno de los más pequeños, el frío de esta noche ha dejado toda su agua hecha un gran bloque de hielo; tanto, que ahora mismo parece una auténtica pista de hielo para patinar. Sembraron por aquí cipreses y al verlo ahora, por su corpulencia, casi puedo sacar los años que han pasado desde aquellos días hasta hoy. Muchos años son, porque el grueso de los troncos de los árboles y su altura es bastante considerable. Según me dijo mi amigo estas instalaciones fueron abandonadas como fábrica de truchas, por la escasez de agua en el río y porque, además, no era la apropiada para estos peces. El mismo dueño construyó la del río Aguasmulas que esa sí funciona hoy en día.

Por cierto, aquel canalillo-reguera que veía al comienzo de esta ruta cuando atravesaba los dos puentecillos de tablas, era para lo que intuía: es el que trae el agua a estas instalaciones. Arranca de algo más abajo de Vado Ancho y siguiendo el curso del río, se viene por la ladera, pasando por entre las dos casas que vi al principio y viene a desembocar justo a estos compartimientos. Ya hace años que por este canal no baja agua. Tampoco hay por aquí truchas y del río también creo que han desaparecido. “Peces sí hay pero truchas no”, me dicen los serranos que distinguen entre peces y truchas. En aquellos tiempos sí las había porque yo, hasta no hace muchos años, las he visto por allá arriba, más abajo de la casa forestal de Los Rasos e incluso en el mismo Puente de las Herrerías.

Sigo mi ruta y doy por finalizada mi presencia por este rincón y estos edificios en la esquina de abajo. Justo donde existe esta pequeña vivienda que seguro sería usada por las personas que cuidaban a los peces de estos pilones. También tienen señales de ser habitadas de vez en cuando porque están blanqueadas y se conservan casi nuevas. Miro y veo que por aquí el río se va hundiendo en el barranco y la pista sigue bajando. Aunque más bien por lo que observo la pista sube por el barranco y viene expresamente a estas instalaciones. Sigue un trozo más por donde he bajado pero podría decirse que es la prolongación disminuida de la verdadera que es la que llega hasta el lugar.


Camino del Carrascal -12

¿De quién es el silencio y el rumor del río
que se va, cayendo la tarde?

Dejo atrás las viejas instalaciones de fábrica de peces y como por aquí sí tengo muy claro la senda a seguir, me voy por la pista, Muy usada se ve que está y, además, en buenas condiciones. Va en la misma dirección que el cauce del río. Hay por aquí un coche aparcado y como no veo a nadie intuyo que anda por el monte. Se desvanece enseguida mi intuición porque nada más avanzar treinta metros, en la curva por donde baja un arroyuelo que seguro es el pequeño pero bello arroyo del Zorro, me encuentro con la persona dueña del coche. Es un joven y viene vestido casi, casi exactamente a un militar. Sube por la pista y al cruzarnos lo saludo y como tiene apariencia de conocer el rincón, me paro y le pregunto:
- ¿Adónde lleva esta pista?
- Es este el camino del Chaparral, un cortijo y chalé que hay en la curva del Puente del Hacha.
- Tengo yo entendido que la pista viene expresamente a esta piscifactoría y que se llama así aunque yendo en la dirección que llevo puedo encontrarme con el Carrascal.
- ¿Qué quieres decir que éste no es el camino del Carrascal sino que pasa por allí?
- Así lo tengo entendido.
- Pues te lo han explicado mal; además, debes saber que los caminos en la sierra son todos iguales. No hay ninguno que vaya a ningún sitio concreto sino que pasan por aquí o por allá.
- Claro porque la categoría del camino de tal sito o lugar es de mucho mayor solera que eso de un camino que pasa por aquí o por acá.
- Exactamente. Para mí todos los caminos de la sierra son iguales. Van por el monte, atraviesan un arroyo o suben una cumbre y lo único que los diferencian es que los árboles son otros, que las rocas no son las mismas y uno atraviesa un arroyo y el otro un río.
- Sin embargo, yo pienso que los caminos tienen su solera. Los de aquí, los de la sierra, son realmente caminos que van a sitios concretos y todos arrancan precisamente de ahí: de la profundidad de la sierra, de su corazón mismo y cuando ya entran por esas zonas de los pueblos y las carreteras es donde se pierden y dejan de tener categoría. Por ejemplo: una autovía no va a ningún sitio, pasa por muchos lugares pero sin arrancar de un sitio y morir en otro. Son como sin identidad, sin personalidad propia, sin ese sabor único que te da el ser de un sitio concreto.
- Dirás lo que quieras pero precisamente lo que pienso es que los caminos serranos son los que de verdad no tienen valor propio.
- Este que yo llevo, por ejemplo ¿pasa por sitios bellos o no?
- Va por este monte; luego se hunde en el río y ahí se junta con la carretera. ¿Adónde va y qué es en sí el camino? Sólo una franja de terreno para caminar, construida expresamente para eso y formado por el uso.
- Es que los caminos de la sierra han sido todos así: formados por el uso para ir al cortijo tal, a la fuente o a la cañada. Los rompieron cuando hicieron las pistas y echaron asfalto en ellos; entonces es cuando fueron construidos expresamente para caminar o pasar con el coche. Ahí es donde perdieron su identidad.
- En fin, por si vas al Carrascal y quieres saber algo de aquel lugar te diré que allí hay un cortijillo que ya está casi en ruinas porque junto a él acaban de levantar un gran chalé con paneles solares y agua corriente. Estos días andan por allí vareando las bellotas que ahora ya no las varean como antes, al menos en aquella finca.
- ¿Qué hacen entonces?
- El dueño del chalé ha vallado las tierras que circunda el edificio y como algunas de las encinas las ha cortado, cuando llega esta época, las echa abajo de los árboles con una manguera de agua conectada a un compresor.
- ¡Qué cosa más rara! ¿Cómo funciona ese sistema?
- Recoge agua de los manantiales que siempre hubo allí, la hace pasar por una bomba y luego la mezcla con el aire del compresor. Apunta con la manguera a la encina y como el agua sale con mucha fuerza, las bellotas caen todas mezcladas con el aire y el agua. Así de esta manera termina enseguida, no daña ni al árbol ni a los frutos y hace pruebas para ver si el invento funciona. Lo quiere patentar.
- Pero yo soy del Valle, la tierra del cerdo criado con bellotas y nunca he mi vida ni en visto ni he oído que las bellotas se vareen con una manguera de agua a presión.
- Quizá eso se pasó de moda. Quizá lo moderno ahora sea lo de este señor.

Bastante extrañado por todo lo que he oído a este hombre, lo despido. Sigo pista adelante y precisamente ahora lo que más me llama la atención es el ruido del río que lo llevo a mi derecha por lo hondo del barranco.


Dueña de la Ladera -13

El poder de los hombres es todavía
irrisorio y el ser humano se siente tan aplastado
por la naturaleza que tiende a dosificar sus fuerzas.

Voy yo descubriendo el barranco por la tan flamante pista forestal y se me va llenando el alma del día ya un poco avanzado, del rumor del río saltando las cascadas del cauce y el perfume esencial que sube por la ladera. El camino, primero sigue recto a media ladera y como se aleja del cauce, llega un momento en que traza una gran curva hacia la derecha y luego a la izquierda y empieza a hundirse buscando el río. No sé por qué pero tengo la sensación que en esta curva debería existir una desviación que se fuera hacia el barranco del Cerro de Las Albardas y al cortijo de la Cruz del Muchacho. Miro y por más que busco, no veo ni pista ni senda.

Y estoy yo empeñado en encontrar un camino sin que ni siquiera venga indicado en el mapa que tengo, cuando me sorprende el escándalo. Miro hacia la solana y lo descubro: desde los cantiles del farallón rocoso de la ladera el águila perdicera se ha lanzado a por su presa. Una chova que busca su alimento por entre las encinas de la solana. Se ha lanzado a tierra en picado y sobre la presa localizada desde lejos y durante unos segundos hábilmente la persigue por entre los pinos y las encinas. Su esbelta silueta y sus alas relativamente finas llenan de elegancia el vuelo.

No es la primera vez que yo las veo por estas sierras persiguiendo a sus presas y por eso las conozco bien. El águila perdicera ocupa el lugar del águila real en la región mediterránea y en algunas comarcas semiáridas del Este. Como ella, es sedentaria en la edad adulta y permanece en su territorio, que ocupa 10.000 hectáreas o incluso más. Los jóvenes vagabundean y algunos individuos europeos se van hasta África. En el Sur del Europa frecuenta los carrascales secos salpicados de arbustos bajos pero también los matorrales espesos; construye su nido en acantilados que domine estos paisajes. Como otras rapaces diurnas, tales como el águila vocinglera y el águila calzada, la perdicera presenta dos tipos de coloración que no tiene nada que ver con la edad ni con el sexo. Algunos ejemplares tienen la parte inferior del cuerpo blanca, marcadas de pavesas pardo negro sobre el pecho, mientras que en otras esta parte del plumaje es leonada.

Se ha dicho que las rapaces diurnas atrapan sus presas por sorpresa. A veces, les es preciso perseguirla largo tiempo, acecharlas y espiarlas pacientemente sobre las montañas, sobre las praderas o sobre los bosques. Para eso, debe ser aptas para volar muy rápidamente o, en otro caso, para planear durante horas. Sus alas tienen, por lo tanto, una forma diferente según su género de vida. Las de los halcones, aves rápidas, son generalmente estrechas y puntiagudas; las de los gavilanes y azores, mucho más anchas. Estos últimos se desplazan aprovechando corrientes de aire caliente ascendente. En unos diez minutos, pueden pasar de 1.500 a 3.500 m. Después de tomar altura, descienden en vuelo planeado a una velocidad que alcanza 80 km/hora. En África, uno de ellos recorrió 32 km. de este modo perdiendo solamente 520 m. de altitud durante este largo descenso.

Aves de presa, rapaz o depredador, estos son los tres nombres dados generalmente a las águilas, los ratoneros, los halcones, las lechuzas y los búhos. En realidad, también podrían aplicarse perfectamente tales denominaciones a las golondrinas, a los papamoscas y a las currucas: unos y otros se alimentan de animales vivos. La diferencia estriba en el tamaño de la presa: un águila captura pequeño mamíferos o aves; una curruca come insectos. Es una costumbre generalizada la de llamar rapaces a las aves de pico ganchudo y patas provistas de garras aceradas. Pero para el ecólogo, la golondrina común y el gavilán forman parte de la misma categoría: son todos depredadores, es de decir, animales que se alimentan a expensas de otras especies.

Al darme cuenta de lo que está ocurriendo ahí, a muy pocos metros de donde estoy, me quedo parado. Me oculto tras los troncos de un pino y como me arropan varias ramas de carrasca y enebros creo que quedo tapado a los ojos del ave. Espero un rato y no tardo en verla remontar vuelo. Desde el mechón de monte donde ha atrapado a su presa, alza el vuelo y con la chova entre sus garras se eleve en el aire. Arranca hacia el barranco y como el animal no me ha visto me cruza por delante casi rozándome.

Me quedo con el aliento contenido ante la visión de tan impresionante espectáculo. Como si de toda una montaña entera se tratara su figura, solemne y grandiosa, desciende por el viento lenta y suavemente. Sin apena esfuerzo ni movimiento ninguno. Sólo abriendo sus alas y dejándose llevar por el viento. Sin quererlo, del corazón se me escapa un ¡qué maravilla, Dios mío! Y luego que bella figura va descendiendo hacia el barranco al tiempo que remonta, aprovechando la corriente de aire para, sobre las cumbres de mi Cerro del Molinillo, girar hacia los cantiles de la ladera donde estoy, sin prisa me dejo empapar de la realidad que ante mis ojos tengo. Nunca en mi vida he vivido un momento tan emocionante. Nunca en mi vida se me ha mezclado con tanta fuerza la imagen de la realidad y el sueño. Nunca en mi vida podría yo creer que aves tan sencillas encerraran tanta belleza.

Durante un rato todavía sigo ahí, sentado en la roca, junto al camino y cuando quiero regresar es como si de pronto, todo el barranco se hubiera transformado en un mundo nuevo. Hasta el murmullo del río me parece otro. Chapoteando por espacios inaccesibles que más se parecen a sensaciones soñadas que a mundos terrenales.

Cerro Hueco -14

Nuestro cuerpo conserva la memoria de
un mundo que late desde siempre.

Me lo habían dicho pero yo no me lo creía demasiado.
- Si el cerro está hueco será que hay ahí una cueva.
- Quizá sea una cueva pero hazte a la idea que no es la cueva clásica que normalmente se conoce. En esa gran bóveda no existen ni estalactitas ni estalagmitas ni corrientes de agua ni trozos de rocas caídas que te impidan el paso ni angosturas ni galerías.
- Entonces, ¿Cómo es ese agujero?
- ¿Tú sabes lo que es un iglú?
- Es una vivienda esquimal fabricada con bloques de hielo, dispuesta en forma de cúpula y con una sola apertura.
- Pues así parecido es el Cerro Hueco.
- Pero es que no acabo de creerme que en estos montes exista un fenómeno así. Las grutas que por aquí pueden darse serán siempre galerías formadas por las corrientes de las aguas subterráneas que por lo general son muy caprichosas, muy irregulares y de ninguna manera se parece a lo que tú me dices.
- Te pasará como a mí: yo no me lo creía y hasta que no lo vi no quedé convencido del todo. Lo que pasa es que nadie sabe o muy poca gente sabe que existe esta cavidad y menos aún conoce en qué lugar se encuentra y por dónde tiene la entrada.
- Claro, porque ¿te imaginas la cantidad de turismo que vendría a ver un fenómeno como éste?
- Un fenómeno que por otro lado es una auténtica maravilla. No hay otro en toda España y yo creo que en el mundo entero no existe nada parecido. Puedes comprender ahora por qué este descubrimiento se mantiene tan en secreto y se habla tan poco de él.
- Pero ¿Tú lo has visto?
- Más de una vez y muy despacio.
- Al menos podrías decirme algo de esa tan bella cueva que conoces.

- La entrada está al lado norte, escondida entre mucho monte y muy cerca de una gran pared de rocas. Se encuentra casi al final de la ladera, muy cerca del río y casi en la base del cerro. Es una puerta pequeña que para entrar por ella tienes que agacharte. No cabe más de una persona por el agujero que es algo redondo aunque más alto hacia arriba que por los lados. Hasta la misma entrada no llega ninguna senda ni camino ni nada parecido. Es decir: que tú vas por allí andando y el que sabe dónde está el punto exacto sí lo encuentra pero el que no lo sabe difícilmente puede llegar a la entrada. A un lado, al oriente, queda el barranco del río con un buen trozo de ladera todavía desde la entrada hasta lo hondo y al otro lado, al occidente, se alza la gran cordillera con toda la cumbre llena de Castellones, rocas y arroyos que corren para ambos lados.
- Y por dentro ¿Qué se ve?
- Una vez dentro, lo primero que te sorprende es precisamente eso: su grandiosidad. El primer vistazo te deja la sensación de que todo el cerro está hueco. Una pura gran cúpula que te sobre coge por su amplitud hacia arriba y a los lados. Todo está lleno de humedad aunque no corre agua por ningún sitio y esto hace que las paredes estén recubiertas de mil plantas raras que casi nadie conoce ni sabe qué tipo de plantas son.
- ¿Y a dónde va esa gran cueva?
- Eso es lo