8.15.2007

Rutas para la historia- 4

Camino del cortijo de Tejerina 17-6-95

LA RUTA:
Puerto de las Palomas, arroyo López. Cruz del Muchacho, Monte Malo, cortijo de Tejerina, Fuente de la Tejadilla, Narigón, Blanco Carrasquea, Las Albardas, Salto del Moro, Puerto de las Palomas. Zona restringida, alambradas en las propiedades particulares.
Distancia : 8 km.
Tiempo : 6 horas andando.
Desnivel : 350 m.
Camino Carril, vereda y campo a través.

Comenzando – 1

Quiero aclarar que esta no es una ruta al estilo en que son casi todas las rutas en las guías para montañeros o turistas. El recorrido que va trazando esta ruta no discurre por ningún camino concreto ya que en muchos tramos avanza campo a través y por donde puede siempre buscando el mejor paso para lograr el objetivo final. Por donde el Chaparral, la Cruz del Muchacho y más arriba hay alambradas protegiendo las tierras que son propiedades privadas. Desde el cortijo Tejerina a la fuente de la Tejadilla subía una vereda para enganchar con la que iba por el puerto del Narigón para los Poyos del Rey, la Nava del Puesto y los cortijos del Palancar. Esta vereda se ha borrado mucho de no andarla y por eso se hace difícil encontrarla. Y quiero aclarar que la ruta, aun no siendo una ruta clásica, es de una belleza sin comparación. Los paisajes por donde discurre son realmente bellos así como los rincones que recorre y los distintos niveles que va superando.

Arranca esta ruta en el mismo Puerto de las Palomas, baja hasta el barranco de la Cruz del Muchacho y aquí se viene para la izquierda campo a través buscando el collado de los Gitanos y el cortijo de Tejerina. También se puede hacer esta ruta desde el valle del Guadalquivir. Al pasar el Puente del Hacha, bajando para la Torre del Vinagre, en la primera llanura por la izquierda se coge esta ruta. Asciende por el carril de tierra y al poco deja a la derecha los cortijos del Chaparral. Unos metros más arriba aparecen las cercas cortando la entrada. El cortijo de la Cruz del Muchacho nos queda por la izquierda sobre el cerrillo casi asomado al Puente del Hacha y al valle que el río Guadalquivir va modelando por el rincón. Describo las cosas según mi vivencia y con mi estilo personal.

Preámbulo – 2

Entras al cortijo y de la estancia principal, donde está la chimenea y en ella las trébedes colgadas, coges dos sillas. No son sillas de aneas ni altas ni bajas porque las sillas de los cortijos de la sierra son de cordel de esparto y bajitas. De unos cuarenta centímetros para estar cómodamente sentado frente a las llamas de la lumbre. Las sacas fuera y en el rellano de la entrada, el que es todo un grandioso balcón clavado en mitad de la solana y alzado frente al precioso valle que el Guadalquivir traza por aquí. Más lejos y al frente se ve el gran macizo de las Banderillas desde el Calarillas hasta el Yelmo. Hoy sobre el rellano en la entrada del cortijo se derrama la fresca sombra de los tres grandes robles. Su espeso bosque de hoja se mece al paso del suave vientecillo que sube desde el río. Me ofreces una silla y me pides que me siente.
- Desde aquí, desde este balcón del mundo perdido en las laderas y bosques de esta mágica sierra te voy a explicar el camino. ¿Qué es lo que me decías antes?
- Quisiera saber por donde va el camino que desde el valle del Guadalquivir subía al cortijo de Tejerina. Esto es lo que ahora quiero porque llevo media vida queriendo venir al cortijo de Tejerina y aunque ya lo he preguntado muchas veces nadie me dice con exactitud dónde se encuentra ese cortijo. Ahora necesito conocerlo, quiero verlo con mis propios ojos, quiero tocarlo con mis manos y quiero oler el perfume que se respira en su interior.
- Pues siéntate tranquilo y mientras en estos momentos respiras el aire fresco que sube del río te voy a explicar. Ya verás que sencillo y bonito es el camino que sube a Tejerina.

Me siento en la silla de esparto y ya empiezo a comprobar que tiene razón: desde este balcón y con una panorámica como la que frente a nuestros ojos tenemos gozamos de medio mundo. Pero de pronto le pregunto:
- ¿Qué hago yo aquí sentando en la misma puerta del cortijo Tejerina?
- ¿Que qué haces aquí?
- Eso es lo que me pregunto y te pregunto. Si estoy queriendo aprender el camino que lleva al cortijo es señal de que todavía no he venido ninguna vez a este rincón. Pero si ahora mismo ya estoy sentado en la puerta bajo la sombra de los robles y en las viejas sillas de los serranos de aquellos tiempos ¿Por dónde he venido yo si no sé el camino?
- Es cierto que no sabes el camino. Nunca en tu vida tú has venido a este cortijo y si ahora estás aquí sentado no es porque hayas venido sino porque lo estás soñando.
- ¿Entonces estoy aquí pero no es de verdad porque lo vivo en sueño?
- Eso es. Estás aquí pero no has venido por ningún camino de los muchos que surcan estas sierras sino que andas dentro de un sueño.
- Sin embargo esta silla es real, también los robles, el balcón frente al valle y el viento que acaricia.
- Todo es real porque esto es el cortijo de Tejerina pero al mismo tiempo tú no has venido andando caminos para llegar aquí.
- Y estando aquí y siendo todo sueño ¿puedo aprender los caminos que tanto tiempo llevo queriendo?
- Los puedes aprender y los vas a recorrer.

El comienzo -3
Te explico: el camino que a ti te interesa es el que arranca del mismo Puerto de las Palomas y en sus primeros cien metros es el mismo camino que lleva al Salto del Moro y a los Poyos del Rey. Pero cuando llegas a la cueva te fijas bien, antes está la lastra donde brotaba la fuente del Cocón, te desvía para la derecha siguiendo el carril de tierra. Sigues esta pista y en cuanto vuelca te encuentras con el arroyo López. En algunos mapas aparece como arroyo del Zorro. Bajas un poco y si es sábado o domingo puede que ahí te encuentres a los pastores, con sus esposas e hijos todos sentados bajo la sombra de los pinos y desayunando. Ahí mismo está la nave donde ellos tienen encerradas sus ovejas y como le preguntas a ellos te dirán que vas bien para llegar al cortijo de Tejerina.
- El carril de tierra, la pista que desde el Puerto de las Palomas ha traído hasta aquí en este punto tiene su fin.
- ¿Pero se puede bajar por aquí para enganchar con la pista que sube desde la Rejona?
- Sí que se puede pero tirando por detrás de la nave y siguiendo la vieja vereda que lleva al cortijo de la Cruz del Muchacho.

Y eso es lo que tú quieres. Te gusta que el camino siga y que sea vereda de aquellos tiempos. Una hora y media después de haber salido del Puerto de las Palomas llegas a lo que tú llamas la casa forestal de la Cruz del Muchacho. Ya te animas porque desde aquí para abajo sí conoces el camino y por eso en lugar de seguir para la vieja piscifactoría de la Rejona te vienes para el lado izquierdo para pasar por otro cerro hueco y buscar ese otro cortijo que aquel día viste. El que está al final del gran barranco de Cerro Campanilla, casi escondido entre encinas, rodeado de almendros, parras, higueras y hasta algún álamo. No sabes cómo se llama este cortijo y como buscas el de Tejerina hasta puedes creerte que el que tienes ante tus ojos es Tejerina.

Desde aquí bajaste aquel día y por eso sabes que en una meseta que existe al final de la ladera, se alza otro cortijo. Es una construcción nueva en forma de nave y viste que hasta le estaban poniendo antenas de televisión y radio. Al ver esta construcción te preguntas si es o no Tejerina o la casa forestal que alguien te ha dicho hay por el rincón. Por su volumen y aspecto nuevo tiene pinta de un proyecto moderno más que de viviendas antiguas. Pero sabes que todo este rincón se recoge dentro del nombre “La Cruz del Muchacho”.

Puente del Hacha, Cruz del Muchacho – 4

Recuerdas en este momento cuando aquel día, al pasar el Puente del Hacha, te viniste por la pista que sube para el Chaparral y también te tropezaste con este edificio. Cogiste el carril por donde viste los robles arrancados de raíz porque les estorban a los que hicieron la pista. Subiste por este camino y te encontraste con el chalé y por donde las ciervas que es justos en los cortijos del Chaparral. Te llamó la atención el gran manzano aun con las manzanas verdes junto a la pista y por la derecha. Estaba doblado de tantas manzanas como tenía. Te quedas un rato frente a árbol y mientras te dices que cuando pase unos días volverás cuando ya estén maduras las manzanas sigues subiendo. Miras para la parte alta y descubres toda una huerta por las tierras de la ladera. Busca el cortijo de la Cruz del Muchacho. Al ver tantos árboles te animas.

Son las tres de la tarde del día veinte de julio. Aunque por la mañana sí ha estado nublado y con una temperatura muy fresca a estas horas el sol calienta fuerte y sobre todo en esta solana. De entre la vegetación brota todo un gran concierto de cantos de chicharras. Al oírlo recuerdas tantos y tantos días de verano en cualquier rincón de estas sierras. La pista pasa por detrás del cortijo Cruz del Muchacho, atraviesa las tierras fértiles y sigue en busca de la nueva construcción algo más arriba. Te encuentras que las tierras del cortijo Cruz del Muchacho están valladas.

Pasas porque la puerta de la alambrada está abierta. Te acercas al cortijo. Los ves solitario, derruido, quemado por el sol que cae y en silencio. Con un gran respeto y casi con miedo entras. La puerta está abierta. Con un respeto aun mayor los recorres durante un buen rato. Meditas mientras descubres tanta y tanta presencia humana ahora toda ausente. Pasado casi una hora sales fuera. Tienes hambre. En la misma puerta pones una silla vieja de las que has encontrado dentro y te sientas. Descuelgas tu mochila, sacas la comida y te pones a comer. A la sombra de la vieja encina, en la misma puerta del cortijo Cruz del Muchacho y frente al precioso valle del Guadalquivir. Una delicia de comida con un buen trozo de lomo y la vista que la sierra te regala.

¿Qué has encontrado dentro del cortijo? Mientras devoras tu alimento meditas en el corazón lo que dentro de este cortijo has encontrado. Dos grandes vasijas de cobre que has visto en la parte de arriba, en la buhardilla. Sabes que son los calderos que ellos usaban cuando hacían la matanza. Donde se cuecen las cebollas, las patatas y la carne. Los calderos de cobre ahora se pudren en el silencio de la buhardilla. Hace ya muchos años que se pudren en esta soledad y nadie sabe si algún día volverán por aquí sus dueños.

Entre tus manos tienes las cartas que acabas de encontrarte dentro de una bolsa de plástico. Unos papeles viejos con fechas muy lejanas que ni por asomo esperabas encontrar por aquí. Hasta llegas a pensar que alguien los ha dejado en este viejo cortijo para que tú hoy los veas. En seguida te dices que esto es un tesoro. Un documento valiosísimo que por pertenecer a personas humildes aun nadie se le ha ocurrido mostrarlo en museos. Las tienes en tus manos y mientras las vas desdoblando compruebas que están escritas por personas que apenas saben escribir. Las letras son desaliñadas y la ortografía ni existe. En esto es donde tú encuentras valor. Te pones a leer despacio para gustar mejor lo que transmiten.

Los documentos – 5

Valencia 13 del 3 del 72
quridas hermanas y sobrinas mucho me alegria que sial ser esta entupodel hos encontras disfrutando de un perfecto estado de saluz que es lo que yo mas deseo para bosotros yo por este momento vien solo con mucha ganas de veros a todos.

Vueno esta es para daros contestacion ha vuestra cariñosa carta por la cual mea servido de mucha halegria hal saber que estais vien y hal mismo tiempo para contaros cuanto en eya medecis vueno Jofia hayer sabado estube en lo de la Julia y estan todos mui vien vueno tanvien hos digo que aquí ya son las fallas y lo pasamos muí vien y nos divertimos muchos haora tendre cuidado que no me pase lo que este haño pasado pues cuando pasen ya hos lo dire como las e padado porque haora estan empezando vueno ya me contareis como vais por porai con vuestras faenas que no me contais nada La nieve segun me dijo Ramon en una conferencia que tuve haller sea ido vueno me direis como vais con la aceituna si las haveis hacavado vueno ya no hos cuento nada mas porque ya no me acuerdo de nada mas por haora y sin nada mas por este momento se despide vuestra querida hermana y tia con un millon de vesos y habrazos de desta que veros desea mas que escriros y lasoi Mari adios asta la vuestra que sea pronto perdonal por los vorrones un veso muy fuerte de mi partepara Germanito de quien no le horvida vueno luisito cuentame como vas con nobias que no me cuenta nada de tu vida vueno si no tengo carta antes hos deseo que lo paseis vien en la semana santa pues yo ha lo mejor me voi ha lo de la Julia a Dios asta la buestra que sea pronto.

A 18 de agosto del 1979
querido ermano i cuñada i sobrinos nuestra mallor alegría es que al sel estas cuatro letras en buestro podel sos encontreis bien nosotros quedamos bien solo con muchas ganas de beros a todos bueno german de lo que nos dices que sos andicho que seabia cortado josemaria con el sierro pues si que es berda pero ha esta mejor gracia a dios i de lo que me dices que como esta mama y la martina y todos pues te digo que gracias a dios estamos bien y de lo que nos dices que si tiene josemaria trabajo pues te digo que si que te puedes benir cuando quieras que aora tiene dos ombres a enrique y su ermano i a los zagales de pili y el de candido i el de manuel y elemiliano i a miguel i el luis de la francisca y sin nada mas que te bengas cuando quieras i se despide buestro ermano i sobrinos con un millon de besos i josemaria consolacion besos para las nenas i el nene adios.

Castellón a 1 del 11 del 78
Querida esposa ijas ijos me alegrare que a la llegada de mi carta os encontrarais bien yo quedo bien en compañía de mis ermanos i sobrinos y cuñados A D G. bueno despues de saludarte paso a contestar tu carta la cual me a servido de mucha alegria ar saber que estais bien bueno de lo que me dices de la mantanza pues yo que me alegro que todo alla salido bien pero que me acuerdo de que aberos tenido demasiado leña i de lo que me dices de los matanceros pues te digo que los aberos atendido bien porque sino pues el año que viene pues no iran a alludarte bueno de lo que me dices de anger pues te digo que a la fuerza… no me quedo yo en lo de tu ermano fidel i benimos y no nos dejo nada de nada pero que lla ire si dios quiere a la feria bueno de lo que me dices que a nebado pues te digo que en todabia no a llobido nada a lo mejor lluebe que lla ace farta que llueba bueno me diras como ban las bestias que no me dices nada i la perra si la tienes todabia debajo de la carrasca que lla hace un poco de frio bueno me diras si as sembrado las abas que eso es un poco trabajoso pero que si no puedes lla se sembraran bueno lla se despide tu querido esposo con besos y abrazos para ti para nuestros queridos ijos y lo soi.

Dale recuerdos a todos los becinos y a Felipe y su familia a la loisa i antonio y a la nena dale recuerdos a tu tia toribia y a su familia.

17 del 10 del 78
Querida esposa ijos me alegrare que a la llegada de mi carta os encontreis bien llo quedo bien en compañía de mis ermanos i sobrinos A D G. bueno despues de saludarte paso a dar contestacion a tu carta la que me a serbido de mucha alegria ar saber que estais bien que es lo que llo os deseo en todo momento bueno de lo que me dices que bas a matar pues te digo que agas lo que tengas que hacer lo mismo que si llo estuviera lla beremos a todabia quedan dias para eso pero que si lo tienes que hacer no pasa nada lla beremos lo que pasa bueno de lo que me dices que a llobido pues te ditgo a todabia no ha llobido nada pero que aquí todas las mañanas ai niebla bueno de lo que me dices que tienes … pues si tienes leña pasa hacer fuego pues no es de lo mas malo de lo que m dices de la cebada pues aces lo que tu mejor beas pero lla sabes que la cebada (no se entiende) lla lo sabes bueno de lo que me dices de la perra pues no lo entendido lo que me dices bueno de lo que me dices de la boca pues te digo que mu bien no me a dolido nada de nada bueno de lo que me dices que si estoi en la sierra pues te digo que estoi en lo de josemaria bueno me diras como esta la loisa i la nena i antonio que no me dices nada de ellos dime algo de ellos bueno sin mas se despide tu querido esposo con besos y abrazos para ti i para nuestros queridos ijos i lo soi Germán Carrión.

Recuerdos de mis ermanas i ermanos i sobrinos Dale recuerdos a la familia y a tu familia Dale recuerdos la loncia francisca i demas becinos i a felipe german cuentame argo como bas con la cuela que no me dices nada de la perra ni de nada besos para todos de buestro padre xxxxxxx

Recorriendo el rincón – 6.
Terminas de comer. Terminas de leer las cartas. Te levantas y las vuelves a dejar donde te las has encontrado. Has visto que estas cartas ya las han dejado por aquí abandonadas para siempre pero piensas que no te pertenecen. Sientes respeto por las personas que en otros tiempos vivieron en este cortijo y en estos rincones de la sierra. Aunque estén rotas y deterioradas por el tiempo entiendes que estas cartas no son tuyas y por eso crees que es mucho mejor que el tiempo termine de pudrirlas y en este cortijo desaparezcan para siempre.

Sales del cortijo a donde has entrado para dejar las cartas en el mismo sitio que estaban. Te mueves para la parte de atrás del cortijo. Ahora que empiezas a irte en el alma te duele algo. Las toscas y casi desmoronadas paredes del viejo cortijo, su tejado casi hundido, las vigas de madera que han sujetado a las tejas hasta estos días, los trozos de palos que por la parte de atrás han puesto apuntalando a las paredes para que resistan un poco más, y se puede caer en cualquier momento… Te vas retirando del viejo y hermoso cortijo Cruz del Muchacho y en el alma te duele no sabes qué fibra. Te despides sin saber cómo hacerlo. Vuelves a pensar que nunca será posible despedirse de las cosas que siempre fueron y lo serán un trozo de eternidad. Te vas despidiendo y sientes que quizá nunca más vuelvas por este rincón. Desde hace mucho tiempo tú también presientes que se te acabarán los días por los caminos de estas sierras. Por eso en estos momentos el sentimiento se te aviva. Quizá nunca más vuelvas por este rincón y eso te entristece hondamente. Comienzas a cruzar las tierras llanas que se extienden por detrás del grandioso cortijo ahora ya casi podrido y olvidado.

Aquí mismo, frente a la vieja y negra encina, estuvo la era donde ellos trillaban trigo, cebada, garbanzos y habas. Las cosechas que le sacaban a la tierra. Por aquí ruedan todavía algunos papeles de cuando ellos estaban. Son recibos de distintas clases. Los de la Cámara Agraria que ellos pagaban para no ser menos que los demás ciudadanos. Los recoges con respeto. En el primero de ellos, amarillento y roto, lees lo siguiente: “Cámara Agraria Provincial, Jaén. Pueblo de la Iruela. Año 1977. El agricultor en el pueblo indicado ha satisfecho sus cuotas a esta Cámara en el año expresado por el concepto e impuesto que se indica. Concepto: 2,5% sobre la cuota de contratación rustica. Ministerio de Agricultura 23-4-1933. Cuota aprobada por la Junta General 15,00. Total a pagar: 25’00 Pts.”

Pegado a este pequeño papel y con una grapa que ya está más que oxidada, casi podrida, está el tique de máquina con la cantidad de 1358 Pts. Y entre ele primer papel y el tique otro recibo donde se puede leer lo siguiente: “Seguridad Social Agraria. Exacción Profesional enero-junio 1977. Delegación de Jaén, municipio la Iruela. Periodo anual.” Aparece luego el nombre y en el apartado del domicilio y DNI no hay nada escrito. Pero en el apartado de superficie puedes leer el número 3,3250 sin más. No expresa si corresponde a la extensión de la finca propiedad de esta persona. En el apartado de jornales trabajados aparece un 26 y en la cuota a pagar 1333 Pts.

Curioso documento que lees con mucho interés y cariño sabiendo que todos estos datos te acercan un poquito más a la comprensión de las tierras que tanto quieres y a la historia personal de los que las poblaron en tiempos pasados. Y como todavía te quedan unos cuantos papeles de estos que por aquí te has encontrado los sigues leyendo. “Para votar en las elecciones a Procuradores en cortes representante de la familia. 10 de octubre de 1967. El colegio electoral en el que le corresponde votar está sito en la calle de Casa del Médico.” Lo dejas en el suelo y te dices que ya tienes más información de aquellas personas y de aquellos tiempos.

El siguiente papel, también roto, amarillo y tamaña octavilla, es tan curioso o más que los primeros. En él lees: Ayuntamiento de la Iruela. Recaudación de impuestos municipales. Ha satisfecho don … con domicilio en Carrascal la cantidad de 140 Pts. correspondiente a los siguientes impuestos municipales del ejercicio de 1963. Tránsito de animales, 20. Prestación de transporte, 90. Arbitro sobre perros, 30. Total 140. La Iruela 14 de Septiembre del 1963. El recaudador.”

“¡Qué curioso!” Te dices mientras sigues ojeando para descubrir hasta el último detalle que estos documentos contienen. Deliberadamente no quieres recordar el nombre de la persona a la cual se le extienden estos recibos. No es la persona en concreto lo que en estos momentos te interesa sino el conjunto de estos datos que para ti son importantísimos. Otros dirán que papeles como estos existen a toneladas en los ayuntamientos. Te los has encontrado por pura casualidad y no en los archivos sino en las tierras de los cortijillos más humildes de la sierra. Si en lugar de haber venido hoy por aquí llegas unos días más tarde ya no los habrías visto.

Esto te dices mientras empieza a surgirte una duda. En el recibo de recaudación, en el apartado del domicilio, has leído “Carrascal” y sin embargo en los sobres pequeños de las cartas, en la parte de la dirección has leído “Cruz del Muchacho, Burunchel y Jaén”. Y lo que te intriga es que el nombre a quine vienen dirigidas estas cartas es el mismo que hay escrito en los recibos. ¿Qué pasa? ¿El cortijo donde te has encontrado las cartas no es el de la Cruz del Muchacho? Seguro que no. Esto sí lo tienes claro. El cortijo de la Cruz del Muchacho seguro que sí es donde hoy has estado comiendo sentado en la puerta y a la sombra de la vieja encina. El Carrascal queda abajo. Más cerca de las aguas del Guadalquivir. Lo del recibo y la dirección de las cartas debe tener otra explicación.

Y para acabar de completar este especial y bello manojo de documentos rodando por la era del cortijo te queda el último. La pequeña tira de papel color trigo con el sello de “Juzgado de paz de la Iruela”. Arriba lees: “Recibo de la declaración de nacimiento a Registro Civil. De Ángeles Carrión Salas en el Registro Civil de la Iruela. La Iruela a 27 de abril de 1966.” Sin duda que Ángeles sí vivió aquí y hasta seguro que sería propietaria de estas tierras. Ella era una niña cuando en aquellos años 78 y 79 llegaban las cartas a este cortijo. Por eso, el que las escribía, que sería el padre, preguntaba por la nena. Hasta se te pone la carne de gallina pensar que por esta era, por este cortijo y por entre la sombra de esta negra encina jugó y corrió Ángeles en compañía de sus hermanos también niños. Claro que el padre tuvo que emigrar como lo hicieron otros muchos en aquellos tiempos.

Un poco más arriba de la llanura que vas atravesando ya vas viendo las huellas de los “directores” de estos nuevos tiempos. Aquí mismo está la pista que arranca de la carretera por donde crecían los robles. El carril que sube todavía no ha llegado a su fin y como al encontrarse con estas tierras debe seguir subiendo las rompe y continúa. Las rompe y sigue adelante con el mismo orgullo y prepotencia que aquellos que la proyectaron. El carril ni siquiera llega al cortijo. Lo pasa por la parte de atrás, sube y se aleja y busca la casa nueva y lujosa algo más arriba.

Antes de encontrarte con este carril de tierra te vas para el lado de la izquierda. Descubre que por ahí y en la llanura hay una fuente. Hay por aquí como una pequeña depresión, una hondonada en el terreno que desde el mismo cortijo se ve toda repleta de hierba. Crecen muchos juntos y eso indica que mana agua. Tú ya sabes que junto a los cortijos serranos siempre hay un venero. Antes de llegar a los juncos te tropiezas con pequeñas matas de poleo. Te agachas, cogen unas ramitas, las hueles. ¡Qué perfume tan limpio y fresco desprende el poleo serrano! No sabes por qué pero ahora que andas por esta llanura repleta de juncos y de poleo tu espíritu parece como captar el perfume de aquellos tan dulces y extraños momentos. El corazón se te encoge traspasado por una extraña sensación. Es dolor, placer, gozo y al mismo tiempo tristeza. ¿Qué ovejas eran aquellas y quienes eran los que las guiaban? ¿Hacia dónde iban aquellos rebaños y por qué se perdían por tierras misteriosas allá donde terminan las montañas? ¿Por qué dejaron por aquí un perfume invisible y tan potente?

Tus preguntas quedan temblando en la soledad de estas tierras como si esperaran el momento exacto. Terminas de recorrer, despacio y con algo de tristeza, la llanura. Atraviesas la pista que sube. Ojeas las ruinas de dos cortijos por el lado de arriba de la pista. Dejas atrás la alambrada que rodean las tierras del cortijo Cruz del Muchacho. Oyes que alguien dice:
- Qué se han creído los serranos estos. Hay que humillarlos y demostrarles que nosotros no jugamos.
Preguntas:
- Pero es que en menos de quinientos metros he visto tres puestas con candado y esto es un parque natural para todas las personas.
Oyes:
- Con lo nuestro podemos hacer lo que nos apetezca.

Te alejas de la pista. Dejas atrás la alambrada. Se ha nublado. Por el cielo se amontonan espesas nubes negras. Temes que de un momento a otro pueda crujir el trueno. Y estalla. Primero se ve el fogonazo del relámpago y en uno segundos explota el trueno. Comienza a llover. Por entre el monte te mueves para el lado de la derecha y entre unas rocas encuentras una pequeña covacha. Sopla con fuerza el viento. Caen granizos mezclados con gruesas gotas de agua. Refugiado en la sencilla cueva aguantas el chaparrón. Es una tormenta muy violenta. Dura más de dos horas y en este rato cae mucha agua.

Ya con la tarde bastante avanzada sales de tu refugio. Sigue tu camino y ahora casi no puedes andar por el campo de tanta agua como ha caído. Por las cumbres a un lado y otro la tormenta sigue con su actividad de viento, relámpagos, truenos, lluvia y granizos. Descubre que todo el campo ha quedado casi blanco. Han caído tantos granizos que parece una gran nevada. Los arroyuelos bajan reventando de agua. Al día siguiente leíste en el periódico lo siguiente: “La unánime plegaria de los jiennenses fue escuchada. En la provincia de Jaén llovió. El agua que cayó sobre las tierras agonizantes de la provincia sirvió más para crear molestias que para aliviar la situación de la sequía que se padece. Tres pueblos de la provincia de la comarca del Condado y uno de la Loma se han visto afectados. Los daños más importantes se han registrado en los caminos rurales, en las huertas familiares, en la ganadería y en las viviendas”.

Por el cortijo de los almendros – 7

Durante un buen rato merodeas por los alrededores del cortijillo de los almendros. Vas comprobando que aun todavía crecen por aquí además de los almendros, muchas higueras, parras y nogueras. Las cuatro especies de árboles frutales que siempre acompañaron a los serranos allí donde alzaron su cortijo o aldea. En esta ocasión este viejo cortijo también está rodeado de cornicabras, amapolas y unos cuantos chopos por donde debió brotar el manantial. El siempre también presente manantial allí donde había un cortijo aunque ha sido al revés: donde brotaba un manantial los serranos levantaban un cortijo, sembraban huertas y construían tinadas para los animales.

Te mueves para el lado del levante cortando la ladera a media altura con la idea de seguir tu rumbo y ver si encuentras alguna senda que vaya en esa dirección. Pasas por debajo de los viejos almendros. Te llama la atención que tengan tantas almendras. Es normal que los árboles se cargue de fruta pero lo que a ti te sorprende es que con el año tan malo de lluvia y frío los almendros se haya cargado tanto. Las higueras también tienen muchos higos. Entre los almendros y las higueras crecen algunos ciruelos que también están muy cargados de frutas. En las parras cuelgan los racimos de uvas todavía muy verdes.

Crees sin dudar que este fue el rincón donde ellos tenían sus huertos. Según lo vas recorriendo te dices que más adelante volverás un día por aquí al coger algunos puñados de estas frutas. Está claro que nadie viene a por la fruta de estos árboles. El rincón queda lejos de la carretera y las zonas por donde se mueven los turistas y por eso nadie recoge la fruta de estos árboles. Dejas atrás los bancales de las tierras que fueron huertos y enseguida descubres las tierras húmedas. Ya tienes lo que intuía y buscabas: el manantial que le daba agua al cortijo y a las tierras de la huerta. En esta ocasión bien alzado sobre la ladera. Por entre los juncos verdes que se extienden desde los álamos ladera abajo caminas. Huele a humedad y a juncos verdes. Pasas por entre ellos, rozándolos, tocándolos con tus manos como si un sentimiento interior te impulsara a unirte con las plantas y con la tierra. Intuyes que en otros tiempos por aquí tuvo que brotar mucho agua. Hoy, a parte del verde intenso de los juncos no se ve nada más que tierra seca. Tierra llena de grietas y como a estas horas de la mañana ya calienta bien el sol las cigarras desgranan sus monótonos cantos. La sensación de desolación y pérdida se acentúa. Por entre los juncos estuvieron los jabalíes aprovechando los últimos charquillos de agua para bañarse en el barro. También ahora estos charcos se han secado y las hozaduras y pisadas de los animales han quedado en lo que fue barro y en estos momentos un bloque duro y reseco de tierra arcillosa.

Te mueves para la parte de arriba que es por donde el viento mece a los álamos y sigues buscando. Te encuentras con lo que parece fue la alberca. Es como un charco de agua estancada contenida por una especia de pared de tierra hoy ya casi rota. Por aquí manaría el manantial más importante. Por el lado de arriba crece un roble muy grande. A su sombra y por entre sus raíces estuvo la alberca. Te aproximas lleno de emoción y la descubres. Te la encuentras llena de agua pero estancada. Como si llevara ya mucho tiempo sin que a esta alberca entre o salga agua. Por el lado de arriba le entraba el chorrillo. El agua que en estos momentos recoge esta alberca le entra por el fondo. Manan unos hilillos que se van remansando en el estanque. Tienes claro que este era el gran depósito de agua para abastecer a las tierras de la huerta y a los animales del cortijo.

Desde este punto mismo y todo para abajo es un gran juncal. El roble que te queda por el lado de arriba sí está muy verde. Por entre sus ramas se enredan las parras. Compruebas que el rincón es de ensueño. Bello como pocos rincones en estas sierras porque no se parece a ninguno. Por aquí te quedarías una vez más no un rato ni unas horas sino toda la vida. La eternidad entera. Y de pronto un cierto sentimiento de melancolía se apodera de tu alma. En forma de tristeza te brotan unos extraños versos.

Qué poco me han dado los humanos
que a lo largo de mi vida
he rozado.

Cada vez que estuve entre ellos
me condenaron
porque no me comportaba como querían
ni a sus rezos hacía caso
ni sonreía al modo de ellos
y ni quiera he rezado
los rezos que ellos rezaban
para llegar a santo.

Cada vez que estuve junto a los hombres
me juzgaron
me amenazaron con desafíos
me condenaron,
me dijeron que era un maldito
descarriado
y que por no cumplir las normas
era malo
no digno de estar en sus mesas
ni a su lado.
A nadie quise bajo el sol,
de todos fui rechazado
porque no acepté sus normas
de sus mundos raros.

Buscando el collado Gitano – 8

Saturado ya del pequeño rincón del álamo, el roble, la alberca y las ruinas del cortijo reemprendes la ruta dirección al Narigón. Este punto sí lo tienes claro y como por ahí es por donde adivina a Tejerina busca una seda. Algunas de las pistas que te han dado te animan a creer lo que estás creyendo. En un minuto vuelcas y llegas a un arroyuelo. Te sorprende un poco porque tu sentido de la orientación te decía que por aquí no había ningún arroyo. Y además tampoco aparece en los mapas. Es un cauce menor entre el arroyo del Zorro y el mayor que es el del Saco. Este pequeño cauce sin agua ha corrido no hace mucho. La tormenta de la otra tarde descargó fuerte por aquí y se nota que el agua bajó en gran cantidad. Ves que por el lado derecho sube una pista forestal. De nuevo crees que ésta sí es la buena. Cruzas el arroyuelo y la sigues remontando por el cauce.

Tiene un tramo por donde se aparta del cauce y se va para el lado derecho. Sigues por el cauce porque te crees que es mejor dirección y mientras avanzas vas observando como todo el cauce está lleno de barro y monte arroyado. Son los restos de la gran tormenta que por aquí cayó el otro día. En cuanto remontas un poco más y vas llegando a tierras más llanas descubres juncos y mastranzos. Te dices que esto son señales de agua y vas reflexionando cuando te vuelve a tropezar con el mismo carril de tierra que has dejado algo más abajo. El carril traza una curva para ira ganando terreno solana arriba. Sin saberlo le has entrado por una trocha cauce arriba y le has ganado terreno.

Ahora sí la sigues. Presientes cada vez con más fuerza que de un momento a otro te vas a encontrar con el cortijo que buscas. Es tu intuición la que te guía porque datos reales no tienes ningunos. Las tierras que empiezas a recorres y a ver, llanuras y laderas repobladas de pinos y con muchas carrascas, te indican que estos lugares fueron de labor en otros tiempos. Atraviesas una pequeña llanura de tierra roja y paras. Descansas un poco para respirar el aire fresco que baja desde la cumbre. Miras para atrás y dejas que tus ojos se derramen por el gran valle del Guadalquivir. ¡Qué profundo placer y qué universo más profundo!

“Valle ameno, recio nido de quietudes,
melancólica vivencia del sosiego
donde apenas de la muerte y de la vida
vagamente se perciben los senderos
que se borran en los diáfanos ambientes
del reposo, de la paz y del sosiego.”

Así que quedándote, como siempre, en cada trozo y brizna de hierba y los paisajes de este Parque Natural sigues tu ruta. Diriges ahora tus miradas al horizonte que te desborda por la parte de arriba. Te dices que el cortijo no puede andar muy lejos. Te haces esta reflexión cuando al coronar un pequeño collado divisas, por entre los pinos, una gran pared de piedra sobre un montículo. Eso es Tejerina, te dices enseguida y aligeras el paso. Ahí está lo que buscas.

Sales un poco más a un claro y lo descubres con toda su grandiosidad. Es Tejerina, te vuelves a repetir y en unos minutos ya estás tocando sus paredes. Le entras por el lado del norte y empiezas a rodearlo sin salir de tu asombro por lo grande que es esta construcción. Vas descubriendo que no es un cortijo. Su forma es la de un gran corralón. Sigues descubriendo y ya compruebas que son varios corrales unidos. También ves que un trozo sí se parece a vivienda para humanos pero es un espacio muy reducido. Una vivienda casi ridícula si la comparas con la gran construcción del corralón que has descubierto sobre el puntal. Por el lado que da al valle se levanta un gran morro de rocas calizas muy blancas y con grandes grietas.

Desde las rocas blancas – 9

Has seguido girando sobre ti mismo en la dirección en que en lo hondo del valle estaría el hotel Noguera de la Sierpe. Ves el cerro, como un balcón de rocas grandes y blancas. Siente el deseo de irte por ahí y recorrerlo para observar las vistas que este púlpito te ofrece. Por otro lado te dices que no vas a irte por ahí porque a simple vista parece complicado andar por el paisaje rocoso. Por entre las rocas crecen muchas cornicabras.

Sin embargo el corazón se te divide y esa fuerza interna que siempre te empuja cuando recorrer estas sierras tira de ti y te lleva hacia el balcón. Es tan hermoso esto que ya que hoy has venido hasta este rincón de la sierra no vas a irte ahora sin recorrerlo ni conocerlo. Así que te mueve para donde el balcón de las rocas blancas. Enseguida descubres que lo que sobre este cerro hay es un magnífico lapiaz. Sigues avanzando con el deseo de remontar hasta lo más alto y asomarte al valle del Guadalquivir. Atraviesas la pequeña y hermosa dolina y la emoción te crece en el pecho.

Ya te encuentras en todo lo alto. Miras para el barranco del arroyo del Saúco y la vista es grandiosa. En primer plano te queda, bajando un poco para el Guadalquivir, una ladera muy áspera, toda pelada o más bien con solo cuatro encinas clavadas en la tierra. Es por ahí por donde se desliza el arroyo del Saúco. Más arriba ves otro cortijo. Desde este balcón se ve perfectamente la pista que desde este collado avanza para el cortijo. El pinar que se ve por aquí mismo sigue siendo de pinos carrascos, muy raquíticos y además teñidos de color amarillo por la gran sequía que sobre estas sierras se derrama. Mira para arriba y por encima del cortijo se ve el surco del gran arroyo y coronando las preciosas rocas del Narigón. Se ve con toda claridad desde este balcón y también todo el barranco por donde se despeña el arroyo del Saúco. Entre el Narigón y el cortijo coronan unas grandes rocas con tonos colorados. Son las rocas que te describió el pastor cuando aquel día por el valle del río.

Si miras para abajo, hacia la derecha que es por donde te cae el valle del Guadalquivir, al fondo descubres Noguera de la Sierpe, el lago artificial que le construyeron, toda la ladera que sube por el arroyo Polo para la caza forestal Fuente de la Zarza. Al otro lado del río y frente a ti tienes en Cantalar, Cabeza Rubia y el valle por donde Collado Verde. Sube por ahí un cortafuegos y se distingue la vereda por donde baja con su monto para los hoteles el hijo del guarda del Chaparral. Baja con su monto para trabajar en los hoteles siguiendo una vieja senda que surca la ladera de Cabeza Rubia hasta el Guadalquivir.

Los tres pollitos -10

Fue por la ladera áspera que te queda por la parte de abajo, a este lado del arroyo del Saúco. En aquellos tiempos, una tarde subía el joven ladera arriba y como el día estaba nublado y hasta llovía un poco y hacia algo de frío los tres pollito de perdí no podían volar. Se había separado de la bandada, se les habían mojado las alas y desorientados bajaban por la ladera llamando a sus hermanos y a su madre. Subía por allí el joven y al oírlos piar se acercó a ellos y en cuanto los cogió. Los animales estaban tan exhaustos que al notar el calor de las manos del joven creyeron que era la madre y en lugar de asustarse y luchar para escapar se sintieron salvados y empezaron a piar agradecidos. Se acurrucaron en las manos del joven y tranquilos y satisfechos se dejaron acariciar y calentar.

Lleno de gozo con ellos siguió subiendo la cuesta y cuando llegó al cortijo a la primera persona que buscó para mostrarle los pollitos fue a su madre.
-¡Fíjate qué bonitos!
- Se te morirán. Están tan ateridos y tienen ya tan pocas fuerzas que seguro se te morirán.
- Tú trae ahora mismo un puñado de trigo que ya verás como no se mueren. En cuanto empiecen a comer recuperarán fuerzas y eso los salvará.

Y así fue. El joven los puso en el suelo y allí delante de ellos le derramó el trigo. Los pollitos en cuanto vieron las semillas se pusieron a picotear y en dos minutos tenían sus buches llenos.
- Tú ves como sí se van a salvar. Esta comida los llenará de fuerzas y en cuanto entre en calor se acabó el peligro.
Le dijo el joven a su madre.

El pequeño mirador -11

Desde el cerro de las rocas blancas que es donde te encuentras sigues descubriendo mundo. Miras paras tus espaldas y frente te queda el Cerro Campanillas, toda la llanura que es pinar además de llanura y repleta de mejorana. En el collado más próximo a ti te quedan las ruinas de los edificios que acabas de descubrir. Ahora es cuando descubres con toda claridad que se encuentran en las tierras mismas de un pequeño collado. Entre la llanura de la mejorana del cerro Campanillas y el barranco del arroyo del Saúco. Por el lado de arriba del balcón de rocas blancas y por debajo del cerro albarda. Aquí es donde se levantan estas ruinas. Y sigues distinguiendo que en la dirección que llevas queda el cortijo que todavía no has pisado y en el terreno que se te ha quedado atrás se encuentra el pequeño cortijo de los almendros. Al menos dos cortijos y estas ruinas en el centro es lo que hasta estos momentos tienes descubierto.

Desde tu mirador te vuelves buscando el macizo de las Banderillas. Te detienes en la gran oscuridad que sobre esas cumbres se acumula. Truena de vez en cuando. Las tormentas se han fraguado y como hace unas tardes en cualquier momento puede empezar a llover. Por la parte de la sierra que tú recorres se ha quedado despejado. Ahora mismo hace un bochorno que agobia. Es la una y veinte de la tarde. Te dispones seguir hacia el cortijo que ves por el barranco. Luego continuarás subiendo, para Piedra Colorá y el Narigón.

Huellas eternas – 12

Estás ya bajando las rocas del balcón y ahora ves que por entre las grietas crecen muchas esparragueras. De otras veces sabes que es zona de muchos espárragos toda la ladera de la Cruz del Muchacho y Tejerina. Para que luego te digan a ti que en la sierra no se dan buenos espárragos. Y recuerdas ahora que también te dijo el pastor que el camino a Tejerina subía por un sitio que se le conoce por el Collado Gitano.
- Donde hay muchas rocas grandes y algunas cuevas que habitaron los gitanos. Que por eso le pusieron a ese collado de Los Gitanos.
Estás comprobando que las ruinas de este corralón y casa se encuentran en un collado y hay por aquí un buen montón de rocas.

Ta vas viniendo por el otro lado de la pared del corral y de cercas te cercioras mejor de las cosas que has observado desde las rocas. Tenías la sensación de que esto se parece a las murallas de un castillo y según las vas rozando más lo confirmas. Desde lejos, la tiná del Collado Gitano, parece una fortaleza y desde cerca lo sigue pareciendo aun más. Llegas a la puerta que da entrada al primer corralón. Te encuentras que el escalón es de cemento. Aquí mismo está el horno lo cual te indica que además de corral para animales también hubo por aquí viviendas para las personas. El horno todavía se conserva en perfecto estado. Al final del gran corral y cerca de donde estuvo la casa. El pavimento que tuvo esta vivienda fue una simple capa de cemento y sobre él, con rayas, trazadas las baldosas.

Te alejas. Por donde viene llegando el carril de tierra, por entre los pinos de donde se ha levantado una bandada de palomas, se ve una alberca. Igual que en tantos otros cortijos es donde recogían el agua del manantial para luego regar y dar de beber a los animales. Te tienes atraído para este punto. Por la pequeña sendilla que sale por el lado de arriba del corral avanzas para donde la alberca. Lo primero que te asombra es el viejo olivo. Un magnífico ejemplar de olivo con un solo pie. Se te antoja que este señor olivo es como el vigía, el testigo mudo de cuantas cosas ocurrieron, ocurren y seguirán ocurriendo por el rincón. Tanto te gusta su presencia y tanto te anima su majestad que te acercas a él. Lo tocas, acaricias su tronco. Notas que está reseco, envejecido y áspero. Como le corresponde a un ejemplar que ha vivido, posiblemente, cientos de años. Por eso es el testigo mudo del trajín de aquellas personas, de los que ahora vienen por aquí y de la soledad de estas montañas. Desde hoy lo recordarás como el olivo centenario del Collado Gitano por donde el cortijo de Tejerina.

El chorrillo del la alberca – 13

Desde la sombra del viejo olivo y con tus manos apoyadas en su tranco, como si de alguna manera quieras meterte en él para conocer algo de los muchos secretos que guarda, miras para el barranco del valle y la oscuridad que por ahí sube. Te sigue preocupando la tormenta que se ha fraguando en el mismo centro de la sierra. Desde una nube a otra se ven saltar los relámpagos y como el viento sopla valle arriba los crujidos de los truenos no tardan en oírse. No es nada de extraño que esta oscuridad te alcance y de un momento a otro comience a llover reciamente. En la sierra las tormentas habituales. Como trozos mismos de la misma sierra. Te dices que desde los tiempos lejanos sobre estas sierras habrán descargado muchas tormentas. Millones de tormentas en las tardes de verano, en los otoños, en los inviernos y en las primaveras. Si estas sierras, este olivo, las rocas y el silencio de estos barrancos, cuántos secretos y cuántas horas de profundos misterios no descubrirías en estos momentos.

Te dices que si hoy, dentro de un rato, empieza a llover, te darás prisa y avanzarás hacia el cortijo que has visto por el lado del Narigón y ahí te refugiarás. Si se extiende por este lado de la sierra la gran nube se te estropeará el plan que tienes en mente pero te gustará. Como es una tormenta tienes cierta esperanza que llegue, descargue y se vaya pronto. Las nubes son así.

Sigues tu ruta y desde el viejo olivo avanzan algo más para el rincón de la alberca. Entre otras cosas te llama la atención los cinco magníficos robles que crecen pegados a la alberca. La alberca es preciosa. Cuadrada, por completo seca y como esperando no se sabe qué. Le cae un chorrillo de agua por una teja que tiene por el lado de arriba. Precioso el cristalino chorrillo. Pero como la alberca no está taponada tal como le entra el agua se le va por la parte de abajo. Y se pierde por ahí, por entre los juncos de la ladera. Sigue tronando. Ya llega hasta ti el viento que precede a la nube. Te das prisa para acercarte al cortijo lo antes posible. Con esta misma prisa repasas con la vista al más viejo de los cinco robles. Lo descubres hermoso y gigante pero sintiéndolo mucho te vuelves. Temes que la tormenta te alcance antes de que llegues al cortijo. Y mientras te retiras te haces la siguiente reflexión:

Si después de años tan secos a estas alturas de la ladera, en esta solana y en esta época del año, esta alberca tiene su chorrillo de agua ¿qué no sería en aquellos tiempos cuando llovía tanto? Así que es normal que por aquí la vida se diera porque en abundancia existía el agua. Y existía el agua a pesar de eso: de encontrarse esta manantial casi por completo en la cumbre.

Las cabras blancas – 14

Has corrido a toda prisa por el miendo que la tormenta te alcance en el descampado. Ya estás llegando a este segundo cortijo que has visto desde el balcón de las rocas blancas. Antes de llegar, cortando la pista de tierra, descubres una cancela. También tiene su alambrada este cortijo. No te gusta pero la alambrada te indica que tanto las tierras como el cortijo tienen su dueño. Que son propiedad privada. Miras para ver si encuentras un paso. No llegas con la intención de hacer daño a nada. Ves un gran agujero en los alambres y por ahí pasas. ¿Quién habrá cerrado esto? Te preguntas. Tu conciencia te dice que esto tiene dueño. Le pides permiso y como llegas sin que el dueño te haya autorizado le pides perdón. No eres ningún intruso.

Ya dentro de las tierras cercadas miras para la cumbre porque de nuevo desde este lado te llega el sonido de unas cencerrillas. Las estás oyendo a lo largo de toda la ruta. Piensas que pueden ser algunas vacas y ahora se te viene al recuerdo lo que te contó tu amigo el pastor. Estaba ya llegando la primavera y tanto esta ladera como los llanos de la cumbre y los claros por la solana se encontraban repletos de hierba fresca. Aquella mañana la manada de cabras blancas había tomado esta ladera desde la llanura de la mejorana hasta la punta de la Hazadilla por donde nace el arroyo del Saúco. Y aquella mañana el joven pastor en lugar de irse por la cumbre y desde allí acompañar a su rebaño de cabras se vino por la parte baja. Surcando la ladera a media altura y por el lado de abajo del rebaño.

Cuando el rebaño llegó precisamente a la altura en que tú estás hoy desde el cortijo el joven se quedó parado y durante un rato observó los movimientos del rebaño. Se extendía éste a lo largo de la gran ladera y tranquilamente los animales comían su alimento. Los tallos más tiernos de los arbustos y las briznas más sabrosas de la hierba. Y el macho blanco, el ejemplar más hermoso del rebaño, avanzaba en la cabeza del rebaño. Se estiraba el animal cuesta arriba y ladera adelante cada vez que avanzaba unos pasos y cada vez que tenía que saltar de una roca a otra.

Durante un rato el joven pastor observa la hermosa silueta de este rebaño suyo y al ver la gran figura del macho blanco concentrado en él se quedó y fue precisamente justo cuando el animal se acercó a la roca. Una gran roca blanca y que formaba como una pequeña cueva por el lado de abajo. Por esta cueva es por donde el macho se acercó. Y como la piedra le quedaba por el lado de arriba el animal quiso rascar su cornamenta. Movió su cabeza de un lado para otro y algunas piedrecillas se desprendieron de la gran roca. Ni se inmutó el gran macho blanco. Siguió intentando rascar su cornamenta contra la roca. En unos de los movimientos se desprendió un buen bloque de la roca. Primero se oyó un fuerte crujido y luego las piedras rodaron por la ladera. Tan derecho al joven rodaron las rocas que éste tuvo que correr para no ser atropellado por las piedras.
- ¡Será posible que este macho sea capaz de echar abajo la montaña!
Se dijo el joven para sí al tiempo que miraba de nuevo para arriba. Una enorme avalancha de rocas rodaban por la ladera. Al huir asustado el gran macho chocó con el resto de aquellas rocas y estrepitosamente todas salieron rodando ladera abajo. De nuevo ahora tuvo que correr más el joven para no ser alcanzado. La primera avalancha empujó a otras rocas y en unos minutos parecía que toda la ladera se caía para el amplio valle del río. Se fueron estrellando contra los robles, las carrascas, las rocas que se clavan en la ladera y al llegar a la llanura ésta quedó casi cubierta por completo.

Pasaron unos minutos y el estruendo cesó. Se paró el joven y volvió a mirar para donde por última vez había visto al gran macho. Se dijo para sí:
- Seguro que las rocas le han alcanzado de lleno y ahora está todo destrozado.
No tardó en comprobar que se equivocaba. El animal no solo había resultado ileso del incidente sino que sobre las rocas que por la ladera habían quedado el gran macho blanco se estiraba majestuoso. Hermosamente seguía yéndose para el barranco de arriba marchando al frente de la manada con la solemnidad del gran rey.

El verdadero cortijo – 15

Ya estás llegando a la nueva y vieja casa. Según te aproximas en tu mente se confunden las ideas. Te preguntas si será o no éste el verdadero cortijo de Tejerina. La emoción te crece al mismo tiempo que también el respeto. Le entras por la puerta de atrás y descubres una llanura. Es la era donde crece un gran roble. Ves que la casa es alargada con tejado a dos aguas. Por el lado que tú has llegado tiene una puerta. Parece un establo que tiene unos quince por cinco metros de ancho y por la parte de lo que sería la fachada principal un gran rellano. Mira para el valle del Guadalquivir y el rellano es precioso. Las vistas que desde este rellano se alcanzan son grandiosas. Se ve el cortijo del Chaparral, cosa que no ocurría desde las ruinas que has dejado sobre el collado. Te dices: Claro, cuando aquel día el guarda del Chaparral te decía “Aquello es Tejerina”, lo que desde allí estaba viendo era este cortijo y no los que has dejado atrás. Así que sin lugar a dudas el cortijo de Tejerina es la construcción que ahora mismo tienes ante tus ojos.

La fachada tiene dos puertas. Una de ellas da entrada a un establo. La otra es la de la vivienda para las personas. Entras. A la izquierda tienes una escalera que son tres tablas puestas en forma de rampa y en las tablas clavados troncos que son los peldaños. Subes. Ves que la buhardilla está dividida en tres estancias. Una de ellas es grande y larga. Es la que coge todo este primer establo por donde has entrado. La otra parte es donde está la vivienda y está dividida en dos. Por aquí están los serones de esparto y las botellas de cristal. Del rincón se descuelga un murciélago. Nervioso cruza la estancia y sale por la ventana. Dos o tres cestas grandes de mimbre que servían de serones para acarrear cosas con las bestias. Sales a la puerta. Miras y aquí descubres, entre las dos entras que hay en la fachada del cortijo, un pequeño arriate donde se amontonan las piedras. Por entre la hierba todavía crece la parra agarrada a unos alambres oxidados. Por aquí tendrían ellos sembradas sus plantas además de la parra que ya está por completo raquítica y envejecida.

Entras al segundo edificio y aquí está la cocina. Ves que alguien ha hecho fuego no hace mucho. Las trébedes cuelgan de la pared. A la izquierda de la cocina una puertecita que da a una segunda estancia. Sería esto una de las habitaciones. Entras y ves clavos en la pared para colgar cosas. Una pequeña alacena con estantería muy rústica y otra puerta que da al establo. A lado izquierdo de la cocina una sartén colgada en la pared. La sartén es antigua. Una tabla sirve de alacena. Por la parte de atrás, al fondo de la cocina, otra puerta que da a una segunda estancia muy grande. Te dices que seguro esta estancia sería el dormitorio del matrimonio. No hay nada en esta habitación pero sí tres sillas bajitas, como de unos cuarenta centímetros, hechas con cordeles de esparto y muy bellas. Por el suelo una azada oxidada, una mesa redonda con la parte de abajo cuadrada. Descubre señales que te indica que esta mesa fue fabricada en este cortijo. Encuentras preciosa esta estancia y las cuatro cosas viejas que por aquí estás viendo. Te extraña que este cortijo se haya salvado de los derribos que se llevaron por delante tantos cortijos serranos. Ahora ya sí estás seguro que este es el cortijo Tejerina.

El abrazo con tu tesoro – 16

Empapado del silencio, la soledad y gran mundo hermoso durmiendo entre las paredes del cortijo te mueve para la parte de fuera. Para la llanura en la misma puerta que además de entrada sirve de balcón natura sobre la gran ladera y el valle del Guadalquivir. Al pasar por la estancia de la cocina descubres unos papeles en el suelo. Te agachas y los coges. Lo que más te gustaría ahora es encontrar por aquí algún escrito que te dijera algo sobre el cortijo, las tierras, el ganado y las personas que por aquí vivieron. Pero los papeles son hojas sueltas de revistas. Lees algunos títulos por curiosidad y el primero dice así: “Un paraíso ecológico en el corazón de la Patagonia.” La fecha es 25-12-89. Piensas que esto no tiene nada que ver con este cortijo ni rincón. Alguien de los que se han refugiado aquí lo ha traído y dejado tirado.

Te levantas y al fijarte en la sartén que cuelga en la pared y en las trébedes sientes impulsos de llevártelas. Son piezas únicas por su antigüedad y el puro hierro del que están fabricados. Pero no te las vas a llevar primero porque desde aquí hasta donde tienes el coche hay varios kilómetros y segundo porque aunque consiguieras llegar con ellas hasta el coche ¿qué harías tú luego con estos utensilios por más joyas y bellos que sean? Los dejas en su rincón y quietud. Y como estás esperando que pase la tormenta coges una de las pequeñas sillas y te sales a la puerta. A la sombra del gran roble te sientas frente al valle. Una vez más y ahora con gran calma y con muchos más datos en tu mente se te clarifican las cosas. El Chaparral te queda por completo al frente, los corralones del collado a la derecha. Estos corralones se alzan exactamente en el Collado Gitano. El cortijo donde te encuentras es Tejerina. No te dijeron que en el collado se encontraba el cortijo porque no es cierto.

Sentado en la puerta y el bello rellano desde donde tantas veces ellos observaron el valle contemplas ahora mismo el macizo de las Banderillas. Desde aquí era todo un auténtico paraíso el que poseían ellos y por donde tú hoy intentas quedarte. Tienes conciencia que de que no podrás pero al mismo tiempo crees sinceramente que un día volverás. Será cuando llegue el que sueñas como el gran día. Sientes que te pertenecen todos estos paisajes y aunque ahora solo los puedas gozar en forma de visita rápida y en un sueño, sabes que cuando llegue el gran día y por fin seas libre y ya no tengas que dar cuenta a ningún ser humano te vendrás a estos campos tuyos para quedarte aquí con ellos en un abrazo eterno. Por eso ahora los sientes como a tu auténtico tesoro sobre el cual ningún humano manda nada al menos en la dimensión que lo abrazas y eres dueño.

Por esta realidad y otras en estos momentos hasta te sorprende el magnífico paraíso que ellos tenían cuando vivían aquí. Hasta con tres robles, tres magníficos robles clavados en la puerta. Ahí aquí también como unos tornajos de madera colgados en la misma pared y otros por la puerta. Es donde le echaban de comer al ganado. También en estos momentos estás tú dando cuenta de la comida que traías en tu mochila. Mientras saboreas el alimento del cuerpo y del alma te dices que cuando dentro de un momento sigas la ruta tienes que ponerte a resolver un problema: ¿De dónde cogían el agua los que en aquellos tiempos vivían en este cortijo? El arroyo del Saúco queda cerca. Por la parte de arriba, el Narigón y la Fuente de la Tejadilla, hay agua. Puede que ellos se abastecieran de la corriente de este arroyo que todavía no has comprobado si por aquí lleva caudal o no. De una cosa estás seguro: cuando ellos construían un cortijo en estas sierras siempre lo hacían cerca de un buen manantial. Este cortijo no puede ser la excepción. Por cierto, la tormenta sigue con sus truenos y viento pero se va deshaciendo sin dejar ni una gota de lluvia al menos por esta parte de la sierra.

Se ama lo que se conoce – 17

Y para aclararte un poco mientras sigues con tu comida desde el centro de esta soledad y abrazo sincero de tu alma con el mundo el mundo de tus sueños te pones a ordenar la ladera que acabas de recorrer y ya la sientes tan tuya. Tu ladera de hoy comienza en el Puerto de las Palomas y vienes con ella hasta Peña Rubia y desde ahí todo el arroyo del Vinagre para abajo hasta el cortijo y cauce del Guadalquivir.

Tiempos atrás creías tú que en este trozo de ladera no existía ningún cortijo. Sin embargo hoy ya sabes que empezando en el Puerto de las Palomas, por el arroyo López te encuentras primero con la nave para el ganado. Más abajo y en la hondonada las ruinas del cortijo de los “membrillos”. La gran casa nueva y de lujo. El cortijo Cruz del Muchacho. Más arriba se levanta el que tú llamas cortijo de “Los Almendros”. Sobre el collado Gitano la gran tinada y cerca del arroyo del Saúco el cortijo Tejerina. Por encima y ya casi en la cumbre queda el cortijo del Comino, la casa forestal de la Fuente de la Zarza. Por ahí cae el arroyo de la Torre del Vinagre que también tiene su cortijo pero ya casi en la vega del Guadalquivir. Desde este punto te vienes para atrás y todavía en esta solana y lado del río te queda el Cortijo del Carrascal y los chalés que has visto por debajo del cortijo Cruz del Muchacho. Más para arriba y en el mismo río está el molino de la Rejona, la piscifactoría y el cortijo de Caravacas.

Así que fíjate: casi una vida entera intentando descubrir las huellas de aquellos tiempos sobre esta ladera y hoy ha venido a confluir todo justo en el rellano del cortijo Tejerina. En el más hermoso de todos los balcones naturales de estas sierras y en una tarde singularmente bella y extraña. Por fin ya en tu mente tienes claro otro trozo más de estas grandiosas sierras. Ya sí puedes decir con cierta sinceridad que “se ama lo que se conoce”. Tú ya llevas mucho tiempo amando pero hoy conoces un poco más las sierras que recorres porque tanto te intrigan y tan especialmente las sientes parte de tu alma.

Buscando la fuente – 18

Desde la explanada a la sombra de los robles, frente a las cumbres de las Banderillas, con el valle a tus pies y coronándote las nubes negras de la tormenta mientras has recorrido esta ladera en un abrazo sincero y hondo, tú terminas de comer. Son las dos y veinte de la tarde. Ha sido una experiencia única comer en un lugar como este rodeado de tanta hermosura y tan limpia soledad. Las negras nubes de la tormenta te han arropado por encima y ahora ya parece que no lloverá al menos por esta parte de la sierra. Te sientes más tranquilo pensando que la lluvia no va a sorprenderte por mitad de la ladera. Así que te levantas, coges la silla y decides volverla a su sitio. Al entrar de nuevo en la estancia sobre las piedras de la pared de la puerta descubres un hierro de marcar animales. Es una letra y enseguida deduces que con esto marcaban ellos tanto sus ovejas como sus cabras y vacas. Esto sí te lo vas a llevar como recuerdo de este cortijo Tejerina. Al cogerlo de la pared compruebas que en el arriate donde crece la raquítica parra hay también unas cuantas plantas de orégano. No es abundante esta planta por el rincón que andas recorriendo y en cambio sí lo es por las laderas de la misma cordillera pero al lado norte que es algo más umbría. Las tierras que forma la Sierra de las Villas. Seguro que ellos cogieron esta planta de alguna de esas laderas o por el valle del Guadalquivir por donde también crece abundantemente. Lo sembraron en el arriate, en la misma puerta del cortijo para tenerlo cerca.

Y como la tormenta se ha deshecho por las cumbres de las Banderilla y los Campos de Hernán Pelea, por este lado solo han llegado ráfagas de viento frío, unas cuantas nubes negras con dos o tres gotas de agua. Así que ya te dispones para despedirte del cortijo. Ya te vas y al pasar por el final del edificio, el lado que da para el barranco del arroyo de Saúco, ves una construcción menor y el horno. Te alejas con tu interés puesto ahora en averiguar de dónde cogían ellos el agua para sus necesidades. La fuente, el manantial que das por seguro debe brotar por aquí cerca.

Y lo encuentras. Por la parte de atrás, pegado al arroyo ves un tubo de plástico. En la llanura descubres un tornajo. Es el tronco de un pico en forma de pileta y el tubo vierte su chorrillo de agua en esta pileta. Sobre la alambrada ves otros dos tornajos. Uno de ellos es un tronco grande y la pileta que le han hecho es casi rectangular. Te gusta descubrir cosas tan rústicas y a la vez tan perfectas y bellas. Ya oyes el rumor de la corriente del arroyo. Lo tienes a dos pasos y hasta con su buen caño de agua como esperabas. Desde el cortijo por la llanura se alargan los bancales y eso te indica que estas tierras fueron sus huertas. La noguera y otros árboles te van saludando.

Es lo que siempre te has dicho: en aquellos tiempos para llevar el agua de un lado para otro ellos siempre construía acequias. El surco que formaba la acequia que por aquí hubo todavía está bien marcado en el terreno. Desde un tiempo para acá las acequias por estas sierras han sido sustituidas por tubos de plástico. No es tan bonito y la naturaleza lo sufre. Junto a las acequias siempre crecían árboles, juncos, de toda clase de hierbas y prados. Por donde discurre un tubo de plástico de los de estos tiempos toda la vegetación se empobrece y el paisaje es mucho más feo.

Vas metido en esta reflexión y sin buscarla te tropiezas con la senda que sube. Antes de llegar al arroyo vuelve a encontrarte con otro tornajo más pequeño. Por aquí está la alberca donde retenían el agua para no quedarse sin ella. Brota un chorrillo pero de poca entidad. Se retiene algo en la alberca y luego sigue ladera abajo buscando al arroyo. Por donde se va el chorrillo estaban los huertos. Ya tienes claro lo que venías buscando. Por aquí estaba el manantial que daba agua a su cortijo, a las tierras y a los animales. Sigue brotando este manantial recogido junto al arroyo y arropado por una espesa vegetación robles mezclados con pinos y helechos. Propiamente esto ya es el arroyo del Saúco aunque todavía no esté aquí mismo el cauce. Por eso sigues atraído por el cascabeleo de la corriente. Tienes que hacer frente a un montón de zarzas y a la pronunciada torrentera pero llegas hasta el agua y te quedas satisfecho. Ya has visto su corriente y has tocado con tus manos la fresquita y cristalina agua que baja desde las cumbres del Narigón. Compruebas que por este arroyo baja un buen caño de agua. Sabes que unos metros más abajo, los de los hoteles y otros, se la llevan por tubos de plástico para los servicios de esos edificios.

Buscando la senda -19

Como si ya tuvieras colmado la mitad del ansia y sueño que te corre por el alma una vez que has llegado al arroyo, atraído por la música de su corriente, una vez que has lavado tus manos en el fresco de esta agua tan cristalina, te reorientas y decides seguir el plan. Y el plan es no seguir arroyo arriba sino venirte para la ladera del lado izquierdo y buscar la senda por ahí. La única información que tienes de la senda es la que te dio el pastor del valle. Te dijo él que desde la Fuente de la Tejadilla baja una senda que pasa por Piedra Colorá y llega hasta el cortijo de Tejerina. Así que esto es lo único que sabes de la senda que ahora mismo te dispones a buscar por la ladera. La que tú quieres que te lleve hasta la Fuente de la Tejadilla y parte baja del Narigón para de este modo dejar completada la ruta de hoy. Ni siquiera viene en los mapas la senda que buscas. Tienes la certeza que debe existir.

Desde el agua del arroyo subes por la ladera viniéndote para la izquierda y ya estás casi a la altura de las rocas por donde el año pasado ardió el monte y no has dado con la senda. Pero sí ahora con más claridad y más cerca ten llegan los sonidos de la cencerrilla que no has dejado de oír en todo el tiempo que andas por esta ladera. Crees que son las vacas que viste el otro día. Desde donde empezaste a oír la cencerrilla hasta este punto hay mucha ladera y mucho monte. Así que los animales se han movido casi en la misma dirección que tú pero más elevado en la ladera. Sientes también los ruidos de una sierra mecánica. Sobre las rocas de la ladera al otro lado del arroyo, para el lado de la Fuente de la Zarza, ves los troncos de pinos cortados y pelados. El año pasado hubo un gran incendio por este lugar de la sierra y ardió mucho monte. Hace unos mese viste como metían máquinas por aquí para abrir carriles y ahora descubres que están cortando los pinos que se quemaron. Digan lo que digan unos y otros cada vez que hay un incendio los pinos quemados sirven para madera y por eso los están cortando y se los llevan nadie sabe a dónde.

Frente a estos hermosos troncos blancos, achicharrados por el fuego de aquel día, triturados por las sierras ahora y tumbados por las laderas de las montañas entre cenizas y tizne, frente a estos hermosos troncos blancos pero más cerca de ti se elevan unas rocas coloradas. No dudas pensando que son estas las rocas que el pastor te describía. Sigues y te remontas sobre la ladera cortándola para tropezarte con la senda que buscas. Miras para las cumbres de las Banderillas. La tormenta se ha deshecho casi por completo. Por el cielo solo quedan mares de nubes blancas y negras pero con poca fuerza. Sin embargo de los barrancos a un lado y otro del valle del Guadalquivir suben bellísimos chorros de niebla que se pierden por entre las nubes que coronan las cumbres. De vez en cuando tienes que pararte para respirar un poco y limpiarte el sudor que chorrea por tu frente. Es normal que a las tres de la tarde de un día como el de hoy el calor sea intenso.

Según vas subiendo, y todo es como un gran balcón desde donde se divisa medio mundo, a cada paso se te abre otro mundo rebosante de belleza y misterio. Sientes los balidos de las cabras. Ya las tienes muy cerca. Vas mirando y de pronto las ves. Se han subido sobre la gran roca colorada que vas buscando y te miran algo extrañadas. Antes de llegar a la roca te tropiezas con un trozo de tierra llana. Parece que el asombro te espera agazapado. Crece por aquí un espeso bosque de cornicabras tan espectaculares que parecen árboles. La tierra de la llanura que te regala asombro parece haber sido labrada en otros tiempos. Las piedras están recogidas y forman montones. Como si las hubieran recogido para dejar la tierra libre de ellas y así sembrar con más comodidad. No hay esta pequeña llanura más vegetación que las asombrosas cornicabras y los montones de piedra. Se ve que es una tierra muy fértil.

Tanto es así que como vienes buscando la senda al tropezarte con la llanura te dices justo por aquí debería pasar. Hasta parece que la preciosa llanura lo está pidiendo a gritos. Pero por más que la buscas no la ves. Lo que sí ves y oyes, por la ladera de enfrente, que acaban de cortar un pino. Al caer el tronco ha rodado por la ladera dando un gran crujido y creando un desprendimiento espectacular. Media montaña se ha caído para el barranco del arroyo. El monte que ardió el año pasado en estos momentos se ha roto un poco más.

Remontando Piedra Colorá – 20

Ya has superado lo que a partir de hoy recordarás como la preciosas llanura de las cornicabras y un poco antes de llegar a Piedra Colorá miras para atrás como si quisieras, en lo más hondo de ti, llevarte todas las tierras, bosques y silencios que acabas de recorrer. Y lo que ves, entre otras cosas, es un bosque de cornicabras tan espeso, bello, viejo y señorial como nunca en tu vida has visto. En ningún rincón de estas sierras tú has visto un bosque como este. Son las cornicabras más hermosas que jamás nadie podrás contemplar bajo el sol. Y te dices que sólo por ver estas joyas merece la pena venir al rincón. ¡Fantástica esta llanura y la vegetación que en ella crece!

Y lo encuentras. Al coronar una pequeña torrentera y tras el grueso tronco de un mágico pino laricio acabas de encontrar la senda que venías buscando. La que desde el Narigón baja a Tejerina. Discurre por la ladera que hay en la parte de arriba de la llanura de las cornicabras. Y claro, la trazaron mucho más alzada sobre la solana de lo que tú creías. Notas enseguida que esta vereda se encuentra muy rota pero tal como te ha dicho el pastor. “Pasa por el lado de arriba de Piedra Colorá”. Remontas esta piedra y te empiezas a encontrar con un precioso bosque de pinos laricios. Vas alcanzando la curva de nivel que marca los 1100 metros de altura sobre el nivel de mal. A estas alturas los pinos laricios se desarrollan con toda su fuerza. Se estropea la senda. Por donde ha ido siempre han metido máquinas y han arrastrado troncos y todo el terreno ha quedado descarnado. Según remontas la senda se va convirtiendo en un descarnado ajorro. Desde este punto se ve con toda claridad el collado Gitano y la tinada que hace unas horas recorrías. El cortijo Tejerina no se ve porque se ha quedado metido en el barranco pegado al arroyo.

En cuanto remontas Piedra Colorá sales frente a la ladera donde están cortando los pinos que el fuego ha quemado. Ya estás casi a la misma altura. Ahora oyes con más nitidez el ruido de las sierras mecánicas. Ya ves el Narigón y por aquí te vas a encontrar con las rocas y cabras que algo delante de ti. Te tropiezas con el primer arroyuelo por el lado de arriba de Piedra Colorá. El ajorro que han trazado por donde discurría la senda por aquí ni sube ni baja. Se pone casi llano abrazándose a la ladera y busca el segundo arroyuelo ramal primero del arroyo del Saúco. Te tropiezas con el rebaño de cabras blancas. Las has alcanzado al llegar al barranco habiéndole entrado por el lado de arriba. El carril está recién arreglado llegar con camiones y máquinas hasta los troncos de los pinos que están cortando. Y como este año ha sido muy seco y ahora hace tanto calor la tierra está suelta y casi convertida en polvo. La tormenta que descargó por aquí hace unos días se llevó un montón de toneladas de esta tierra suelta. Por la ladera corrió para el arroyo y por eso la ladera ha quedado toda destrozada. Te dices como otras veces. Que los que deberían conservar el monte son lo que más lo rompen. Pero a ellos ¿quién les pone una multa?

Y por fin a estas horas de la tarde y a esta altura de la ruta y la ladera descubres el secreto de la cencerrilla que te ha acompañado a lo largo de todo el día. En la manada de cabras que acabas está la cencerrilla. Solo una de ellas lleva en su cuello colgada la esquila. Así que estas cabras comenzaron su careo por la solana casi a la par contigo y por donde iniciaste la ruta. Casi a la misma hora y mismo lugar solo que ellas han recorrido la ladera por la parte alta y por entre el monte y tú has avanzado algo más abajo y buscando el camino. Al adelantarla ahora descubres el gran macho blanco. Es majestuoso y también como el del muchacho se estira por las rocas como si fuera todo un rey.

Llegas a la curva donde ya vas a enganchar tu ruta con el carril de tierra que discurre por lo más alto de la cumbre desde el Puerto de las Palomas para el Narigón, Fuente de la Zarza y Jabalcaballo. Frente a ti se alza grandiosa pero negra y desolada el trozo de cumbre que ha sido arrasado por el fuego. Los de las sierras, los que están cortando los pinos quemados, en estos momentos están justo donde hace unos días viste la pequeña manada de machos monteses. Hoy no están por ahí estos machos. Le han quemado su monte, las sombras donde se refugiaban en las horas de máximo calor, el pasto y todo lo que por ese bonito rincón crecía. Ahí solo se ve tizne, pinos quemados, rocas cenicientas, tierra removida y desolación. La que dejó el fuego del año pasado y la que dejan estos que ahora cortan lo poco que ha quedado con vida.

Llegas al arroyo. Justo por donde la pista de la cumbre traza una curva para salvar las grandiosas rocas del Narigón. Por aquí la otra tarde te encontraste con el joven pastor, con las vacas y con las ovejas. Le preguntaste y de dijo que subía de beber agua en una fuente que brota por aquí. No la viste aquel día y por eso todavía no sabes dónde mana esta fuente. Avanzas y esperas que la fuente se te aparezca en cualquier momento.

Fuente de la Tejadilla - 21

Está llegando al final de esta ruta tuya de hoy. Ahora tu interés se centra en encontrar la fuente. Te dijo él que mana en el silencio de la cañada a la sombra de los pinos. Al asomarte a la cañada a lo lejos descubres unos tornajos. A tus oído también llega el rumor del chorrillo cayendo. Ahí tienes la fuente que buscabas. Nada más verla a lo lejos te parece preciosa. Queda por el lado de abajo del carril que recorres, en la hondonada de la cañada tal como te había dicho el joven pastor. Esta es una de las primeras cañadas del arroyo del Saúco.

Enseguida adivinas que a los tornajos de esta fuente es a donde las cabras vendrás a beber dentro de un momento. Aquí bebió el joven pastor, las ovejas y las vacas que se espantaron. Cuatro o cinco tornajos tiene este fuente y son de madera. Todos están rebosantes de agua fresquita y cristalina. El chorrillo que le entra por la parte de arriba es precioso. El agua que mana por este venero es la que desangra en grandioso pico del Narigón en la vertiente sur que en la vertiente norte, por donde va naciendo el río Cañamares, hay otras fuentes. Te apartas del camino, bajas unos metros, te acercas al chorrillo, bebes y te sientas ahí mismo. Estás cansado y por eso ahora necesitas recuperar algunas fuerzas. Te lo mereces porque ya tienes realizado el sueño que hoy te ha traído por este rincón de la sierra. Quieres gozar de tu premio que nadie te ofrece sino la sencilla fuente con su cristalino chorrillo y el fresco que de entre los pinos mana.

Caes en la cuenta de dos cosas: los pastores de la sierra no engañan. Acabas de comprobar que toda la información que de este rincón te habían regalado los pastores es exacta. Ni una sola señal tienes para pensar que ellos no te dijeron la verdad. Los pastores de estas sierras nunca engañan. Al menos a ti no te han mentido nunca. Y la segunda cosa que ahora adviertes es que justo en este punto es donde nace el arroyo del Saúco. Casi en la cumbre y ya no se deja de correr hasta que le entrega las aguas al río Guadalquivir por donde el hotel. Lo que pasa es que antes del hotel, mucho antes, se la llevan por los tubos de plástico. Y una paradoja: donde nace el agua están tornajos para que beban los animales, en el valle del Guadalquivir están los hoteles y los turistas se beben el agua que brota por este manantial y rebosa de los tornajos donde beben animales. No será malo, seguro.

Los tornajos son una verdadera obra de arte. Un grueso tronco de pino laricio, con la mitad de su madera vaciada dejándole en un lado y otro una pequeña pared para que remanse el agua. El último tiene una pequeña hendidura para que el agua sobrante salga por ahí. Hay cinco y se nota que el más nuevo es precisamente el último puestos en fila. Está muy limpio y agua hasta parece más cristalina que en los otros donde hay más algas. El rincón es de ensueño.

Sigues sentado esperando que lleguen las cabras. Ya no tienes mucha prisa porque a partir de este punto el trozo de ruta que te queda para regresar al Puerto de las Palomas, es todo pista de tierra y discurre casi llana por lo más alto de la cuerda. La conoces bien. Miras el reloj y ves que son las cuatro menos cuarto. Exactamente has tardado cinco horas en hacer el recorrido de esta ruta y has avanzado sin prisa ninguna. Parándote en muchos sitios y gozando a fondo la ladera. Te has sentado en la misma raíz de una clemátide. Gozas de los pajarillos que suben u bajan por los troncos de los pinos. Son piquituertos que buscan alimento por entre la corteza de estos árboles. Recuerdas en estos momentos que el otro día leíste en la prensa lo siguiente: “Creada una comisión para celebrar el X aniversario del Parque Natural. El balance, aunque con errores, es positivo” Diario Jaén 26-7-95.

Termina de hablar y guarda silencio. Pasa un rato y le pregunto:
- Lo que me has contado es como un resumen de esta ruta sin camino ¿verdad?
- Exacto. Como un resumen desde un sueño que algún día tú tendrás que convertir en realidad.

8.09.2007

Cortijo del Zarzarla, (La Golondrina)-3

JUNTO A LAS AGUAS DEL GUADALQUIVIR
DIA TERCERO
EL AMA

Hoy es ya diez de agosto y como Manuela todavía tiene muchas cosas que contarme de sus recuerdos por este pequeño y a la vez gran rincón de la sierra, he vuelto a verla. Hace mucha calor esta tarde y cuando llego pregunto por ella. Hoy están sentadas por la parte de atrás, a la sombra de su gran noguera y mientras su nuera Loly concluye la faena en la cocina, ella limpias los cubiertos sentada tranquilamente.
- Ya está aquí este hombre.
Le dice su nuera a la simpática Manuela.
- ¿Y a mí por qué me van a meter en la cárcel?
Contesta Manuela con su genio cariñoso.

Le doy el borrador del trabajo que de lo del otro día ha salido y Loly, la nuera, comienza a leerlo. Se parte de risa y a cada renglón le dice a la abuela:
- Pues esto es mentira.
Me pongo del lado de Muela y enseguida le digo:
- Tú no le hagas caso porque lo que quieren es oírte. Y en el fondo es porque le dan envidia de lo grande que eres.
- ¿Pero por qué va a ser mentira, si todo eso es verdad?
Pregunta Manuela llena de genio pero sin una chispa de enfado en su alma.

¡Qué grande es el alma de Manuela! Pienso yo ahora y creo que es el momento, que en este valle del Guadalquivir, a Manuela habría que hacerle el más grande de todos los monumentos. Por ser la más grande de todos los serranos, aunque lo serranos son todos grandes. Por ser noble como la nobleza de los bosques que cubren estas sierras. Por ser transparente como las cristalinas aguas que corren por la puerta de su viejo cortijo y por ser sencillas como el perfume y el viento de las laderas que tanto la conocen. ¡Qué grande es Manuela y qué nido más hermoso levantó junto a las aguas de este río suyo!

¡Qué bien se siente uno al lado de ella viéndola tan poco cosa siendo como es tan inmenso tesoro! Sus palabras pequeñas chorrean sierra por todos los poros, su mirada redonda es la pura luz de los amaneceres serranos y su genio de heroína luchadora, es la bravura de las tormentas por las cumbres pero al mismo tiempo la mansedumbre y frescura de la primavera brotada por las praderas. ¡Qué acento tan especial tiene Manuela y cuantos celemines de cielo ahora mismo ella encierra en su alma de golondrina silenciosa!

- Y esta Loly ¿quién es?
Le pregunto a Manuela.
- Ahora mismo el ama del cortijo. Desde pequeña se ha criado aquí con nosotros. Luego, como se casó con mi hijo mayor, pues ya la vez: ella también dueña. La Josefa es la mayor y luego le sigue el Francisco que es el marido de la Loly. El Manolo, es el chico que estaba ahora mismo aquí con nosotros. La otra, la Isabel que va detrás del Francisco, ya sabes que está casada con un guarda. Es la que vive en el mismo pueblo de Cazorla, en aquellos pisos que yo compré. Pero los dueños del Hotel la Golondrina, ahora mismo son: la Josefa, el Francisco, el Manolo y la Loly. Yo soy la que dispongo y no me hacen caso para nada.

- ¿La Josefa ha sido tu ojito derecho?
- Ha sido la mayor. Desde pequeña, siempre ha sido la casera. Si había que ir a algún sitio, era yo la que iba a dar la cara a Cazorla, al Tranco o a donde fuera. Y ella aquí nada más. Desde chiquitilla trabajando y así está, mírala, enratoná viva nada más que de penar.
- ¿No está casada?
-¡Que va! Le salió un novio que se fue llorando. Iba por ahí por la casa esa y todavía volvió, con el pañuelo limpiándose las lágrimas, diciéndole: AAdiós. Te quiero y no te olvidaré nunca”. Estábamos en el pilar y nos asomas a decirle adiós. Es que ella le dijo que no, que ya no volviera, porque no se casaba. Tenía unos dieciséis años o por ahí. Era muy jovencita. Pero luego, después, nunca ha quería ponerse novia. Y le han salido muchos novios, no creas. La han querido todos más que pa qué. Ha sido una tonta.

Pero es que si ella no ha querido, pues ya está. Siempre ha estado ocupada. Como se quedaron sin padres tan chicos, ella es la que dirigía todo el negocio. Primero la puse de portera. Le decía: AJosefa, hija mía, ten cuidado y si viene alguien me llamas”. Se quedaba la criaturica esperando y en cuanto llegaba alguna persona enseguida salía corriendo: AMama, ven que ahí aquí un arriero”. Ella ha sido más lista que pa qué. ¡Qué lástima de mi hija! Siempre luchando como su madre y claro, así es como se ha levantado la Golondrina.

Se hizo mayor y ya no tenía lugar ni de hablar con el novio, ni de ir a los bailes ni de ir a nada. Cuando venían a hacer fiestas o algo ahí a Coto Ríos o bailes en la venta de Mirasierra, que entonces había allí una hermana de mi marido, tampoco podía quedarse. Aquello era la venta de su tía Ramona y nos invitaban a san antones o cosas y como entonces venía mucha gente, siempre se venían siete u ocho a dormir a la Golondrina. Pues claro, la Josefa tenía que quedarse aquí para ganar lo que fuera. ¡O sea, que...!

Le ha cogido cariño a esto y le ha pasado como a mí: que no vive nada más que para su trabajo, el cariño para con los demás y su venta. Y le han salido de novios que pa qué de buenos. Pero si es que no le hemos dejado que hablara con un muchacho para que se conocieran y se tomaran cariño. Si ella lo ha querido así... pero el día que yo me muera, qué giro dará, la venta y ellos. Cuando llegan las personas y dicen: A¿Dónde está tu madre, dónde está la Golondrina vieja?” Me digo: A¡Qué poco me queda para que preguntéis por mí!”

- Pero ellos te respetan y te hacen caso.
- ¡Lástima! Eso de toda la vida. Lo mismo que siempre ha sido aquí en la sierra para las personas mayores. Donde hablaba un mayor, los otros, plegábamos todos el rabo. Se les ha respetado mucho. Y no decirle nada a los mayores ni faltarles que tu madre se quitaba el alpargate y te ponía el culo ardiendo, colorado como un tomate. Y si no te tiraba del pelo y si no te daba cuarenta guantadas en la cara. A los viejos había que respetarlos y considerarlos siempre como a los más importantes de la casa. Pero estos míos, saben que yo he sido aquí la luchadora y aunque me dicen alguna vez alguna cosa, no les hago caso.

LAS TORMENTAS
- Pues sigamos con lo nuestro.
Le digo yo a Manuela
- ¿Y qué es lo nuestro, hijo mío?
- Me prometiste el otro día que me ibas a contar tu boda.
- ¡Eso, eso, cuéntale tu boda y todas esas cosas de cuando tú eras novia con tu Pedro!
Le sigue pinchando la guasona de la nuera.
- ¿Y qué cosas le tengo que contar que no sean buenas y verdad?
- No le hagas caso, Manuela, vamos a lo nuestro. Tu boda tal como tú la viviste y te salga del alma ahora mismo.
- Pues mi boda, hijo mío, fue igual todas las bodas serranas. Dijimos de casarnos, porque eso de irse con el novio, entonces estaba mal visto. Se iban las criaturas mucho porque no podían hacer boda ¿sabes? Pero era muy ridículo irse con el novio. De mis cuatro hermanas, yo era la mayor y tenía que dar ejemplo.

- Pero un momento Manuela.
- ¿Qué pasa?
- Estoy pensando una cosa.
- ¿Qué piensas?
- Pues que como el otro día estuve por los rincones de lo que fue tu hermoso cortijo del Zarzalar y como vi por aquel rincón tantas tierras buenas, tantos árboles y tantas fuentes manando, pienso que antes de seguir con lo de tu boda, podríamos darle un repasillo a unas cuantas cosas de aquel cortijo.
- Pues tú me dices.
- Antes de meternos en faena, dime algo de aquellas tormentas que hundían la sierra sobre tu cortijo.
- Por ahí caían antes unas nubes que aquello era para morirte. El royo nuestro, eso era un miedo. Cuando caían aquellas nubes, como se juntaba toda la sierra desde Jabalcaballo para acá, todos los royos de por encima de mi cortijo, se juntaban y al pasar por las tierras del Zarzalar ya bajaba un mar de agua. Un día, la Ariá” de una de aquellas tormentas, se llevó toda una manada de ovejas y carneros. Subió el royo tanto que las aguas llegaban por todos aquellos bancales. Nos quitó los hortales, todas las huelgas que había de panizo, pimiento y tomates. Todo lo arrastró el agua. Antes caían muchas tormentas. ¿Por qué sería?

Pegaban unos crujidos y saltaban unos relámpagos que parecía que la sierra entera iba a salir ardiendo y luego tenías la sensación de que las cumbres explotaban y se hundían sobre mi cortijo. ¡Madre mía qué tremendo era aquello! A las lenguas de fuego que saltaban por todos aquellos picos, nosotros le decíamos los rayos. Donde había pinos caían unas centellas y rayos de esos y salían ardiendo. Eso hay que verlo. Casi siempre caían encima del pinaco más grande que hubiera, en lo alto de la misma corona y lo abría en canal. Algunas veces salían ardiendo todas las ramas de aquellos pinos pero la misma nube apagaba las llamas. Pero cuando los rayos descargaban donde había montes y pinos secos, ardía todo. ¡Qué tormentas más horrorosas caían antes sobre estas sierras!

FRUTOS ECOLOGIOS
- Y cuando las tormentas dejaban en paz las tierras de vuestros hortales, para tener tomates a lo largo de todo el año ¿qué hacíais?
- Se secaban. Cogíamos un montón de tomates y los abríamos. Teníamos unos zarzos de mimbre que hacían los gitanos. Con las varetas esas zurcido como cuando zurces tela. Los Aenrizábamos” con una aguja de red en un cordelillo. Lo colgabas en las chimeneas o así. Donde no se humedecieran, donde les diera el aire. Cuando hacías una comida, le echabas un par de aquellas rodajas de tomates al potaje, al ajo, a lo que se hiciera y eso era como si cogieras un tomate del huerto. Daba un sabor rico de verdad. En la antigüedad de todas esas cosas hacíamos. Ahora, de esto, ni caso hace la gente.

LOS HIGOS
- Vamos con el repaso de aquellas cosas de la Aantigüedad” como tú dices. ¿Qué hacías con los higos?
- Cuando ya estaban sequitos en las higueras que ya sabes que se caen retorcidos, con el rabo seco, pues entonces íbamos. Lo primero es Atraquetear” a las higueras. Y como eso, en cuanto está seco, del tronco de arriba se encuentra marchitillo, que ya no tiene Ameli”, pues en cuanto que le sacudes, caen los higos retorcidos. AEsipaos”. Entonces teníamos unos canastos grandes de esos de mimbre que también nos hacían los gitanos. Pero de mimbre muy fino. Eso lo liaban en las hojitas aquellas ¿no sabes? E iban haciendo lo que nosotros llamábamos Aun zarzo”.

Mira que te explico: iban liando las varas unas con otras hasta que salía el zarzo que a veces era grandísimo. Le dejaban unas hileras así por en medio de tres o cuatro mimbres de esos juntos. Al llegar ya que era el zarzo muy grande, entonces lo sacaba a la orilla, lo partían por en medio y un cacho para allá y otro para acá. Y de allí salían unas asas. Esto que te acabo de explicar es como se hace un zarzo.

Por las asas esas los cogíamos nosotros y en aquella cesta íbamos poniendo los higos que se caían de las higueras. Se secaban. Cuando estaban sequitos, tan limpios, le echábamos un polvillo de harina, un poquillo como cuando nos echamos polvos en la cara. Y los guardábamos en unos sacos que teníamos de la pulpa. Que no fueran apretados. Que fueran claros los sacos. Y ahí los guardábamos. Los sacos se ponían encima de unas tablas para que no tuvieran humedad del suelo. Y sino en canastos con un buen tendío de lana. Lo poníamos alrededor para que se quedara medio hueco. Y allí, cuando ya estaban con su harina, hasta el mes de mayo te duraban los higos. Todo el invierno estábamos comiendo higos secos.

Cuando luego salíamos por ahí a trabajar, a poner pinos, a labrar las tierras o a lo que fuera, por donde iban echaban meriendas los hombres en sus alforjas, echaban una Aarmozá” de higos, tan secos y tan ricos y merendabas que pa qué. Otras veces un cacho de tocino, un cuscurrillo de pan y su puñado de higos y merendaban los tíos como marqueses. Y las mujeres. Cuando íbamos a los pinos. Si todos estos pinares los hemos puesto los serranos. Los higos te lucían más que el tocino. Eso alimenta muchísimo. Nosotros toda la vida hemos secado muchísimos higos en mi cortijo. Mi madre tenía un montón de higueras que aquello era gloria. Y las nueces igual.

LAS NUECES
- Vamos a las nueces.
- Cuando llega la época de la noguera, cuando ya se suben con una vara, las varean, porque como ya están secas, se van cayendo, se abre la cáscara esa que tiene afuera y por la mañana cuando te levantas tienen una Asolá” de nueces. Pero si esperas a que se vallan cayendo por si solas, te subes con una vara, le das cuatro palicos a todos los tallos y como eso está abierto, pues se pone un suelo de nueces que pa qué.

Las recogemos, las limpiamos, le quitamos todas las cáscaras que se le han quedado y como eso sale tan nuevo y tan bonico, pues te duran un año entero. Todo el invierno estás comiendo nueces.
- ¿Teníais muchas nogueras en el cortijo?
- En el cortijo teníamos muchas nogueras pero aquello ya se quedó para el estado. Entonces se recogían muchas nueces. Por fanegas las medíamos. De nueces la dejabas hasta el colmo. Cuando se Aescagalaban” ya no podías echar más. A la mejor por una fanega de nueces te daban seis u ocho duros. Que entonces era un dineral.

- ¿ Las vendíais vosotros?
- ¡Vaya que si las vendíamos! Si en el cortijo todo eran nogueras. Unos árboles grandísimos.
- ¿Y a quién se las vendíais?
- A los que las querían. A los cortijeros. Los recoveros iban vendiendo telas, alpargates, navajas, Aabujas”, dedales. Entonces echaban de todas las cosas los recoveros en los Acorvos”. Las nueces, las que no vendíamos, como nos gustaba a nosotros también, pues te las guardabas en las canastas de mimbre. Las tapabas con un tendido y como eso esta hueco, pues te duraban hasta que se ponían rancia en el mes de mayo a otro año.

Cuando echabas merienda y llevaba una almorzada de nueces en tu taleguilla las sacabas para cascarlas y a los otros cuando sentían, les deba una envidia que pa qué. Siempre les dábamos a los compañeros. ¡Pobreticos! Te daba pena. Eso era el postre porque las nueces están muy buenas.

LAS GRANADAS
- ¿Y las granadas?
- Lo mismo. Echábamos una, y como eran gordísimas, con una tenías bastante. Detrás de la Ataja” o el chorizo o lo que llevaras. Pues si las teníamos en los árboles, cuando llegaba su tiempo, las cogíamos. Le dejas el rabo, las cuelgas con un cordelillo, con un esparto o lo que quieras, un tirajo. Con una vara las cuelgas en una habitación, en una cámara como decíamos antes, que al abrir la ventana les dé el aire y eso te aguanta, pues todo el invierno. No Aaporroteándolas” eso dura mucho. ¡No te cuento na de cosas! Si soy una abuela vieja.
- Pero todo es muy bonico, Manuela.

LAS CIRUELAS
- Las ciruelas.
- Las cogíamos ¿sabes? Pero no se podían guardar. Algunas veces las echábamos en vinagre. Las metían en las orzas y las que quería que saliera un poquillo agrillas, les echaban un poco de vinagre al agua. Luego las sacaban y echaban Aagriol” y con migas o algo, nos gustaba la ciruela agria. También con el cocido de garbanzos, con tocino fresco y de todo, eso estaba muy rico. Sacabas un platillo de ciruelas y te las ibas cascando con la otra comida y eso era delicioso.
- ¿En vinagre se conservaban bien?
- ¡Vaya! A eso no le pasa nada. Dura todo el año. Eso no se pudre ni nada. En azúcar si se pudren. Los pimientos los echas en vinagre y te duran de un año a otro. También los tomates.

- ¿Había muchos ciruelos?
- ¡Válgame Dios! En las regueras que había para el agua, pues en las orillas, plantaban los ciruelos y había unas hileras de ciruelos que aquello era impresionante. A esos árboles les gusta mucho el agua. No necesitan cavarlos ni nada. Sólo tener cuidado que no se les líen las zarzas que es lo que más había. Zarzales. Se encaramaban y los aburrían. Pero como los teníamos muy limpios. Un ciruelo lo ponías y estabas comiendo ciruelas todo el año. ¡Qué lástima!

LAS UVAS
- Y la uva.
- Lo mismo. Colgábamos grandes ristras de racimos y nosotros mucho vino. En mi casa hacíamos diez y quince arrobas de vino. Unas damajuanas que tenía mi madre y otras orzas de esas grandes de orejas. Unas orzas grandes pero por aquí llevaban unas orejas de verdad. Del mismo barro le salían cuatro por las orillas. Anchonas y estrechas del culo. Ya ve tú, la tinaja que teníamos le cogía hasta cinco y seis arrobas de vino.
- ¿Cómo se hace el vino?

- Cogíamos las uvas, las teníamos un par de días en los zarzos esos que ya te he dicho y las tendías para que se mareara una miajilla. Se terminaban de madurar y cuando ya estaban dulces como la miel, las pisábamos en la artesa. Mi padre hizo una artesa de un pino ¿Entiendes? Un pinaco grande que se cayó porque era muy viejo y lo aserró con la sierra. Teníamos Atronzadores” y de todo. Un tronzador de esos que aserraban los pinos muy grande. Fue y lo tronzó por medio. Y con la azuela le fue quitando madera del centro y construyó la artesa. Claro aquello tenía que ser así para que no tuviera rajas ni nada. Como los tornajos pero más corto.

Cogían dos o tres arrobas de vino. Con las esparteñas y alambre por la parte de abajo, nos lavábamos bien los pies y todas las piernas y mis hermanas yo nos metíamos dentro. Mi madre echándonos racimos de uvas y nosotras venga pisar. Así que ya había un montón de mosto, orillabas la pulpa a un lado de la artesa, escurrías las uvas bien, las echabas luego en los lebrillos y esperaba a que se escurrieran más. Luego le dabas otra pasá con las esparteñas, cuando ya no tenía casi nada, todavía echábamos la pulpa en una gran canasta de mimbre, ponías debajo el lebrillo y las dejaban un día, un suponer, y al final se escurría hasta la última gota. El zumo que sacábamos de todas aquellas uvas lo echábamos en unas tinajas o en las grande orzas que le cabían tres arrobas y en aquellos recipientes lo dejábamos.

Primero principiaba y chillaba, hervía. A los cuatro o cinco días, cuando se para de hervir, entonces lo sacabas, lo colabas y lo echabas en las damajuanas, lo tapabas y lo dejabas sin traquetearlo. A los siete u ocho días, destapabas la damajuana, lo catabas y si estaba todavía flojo, lo dejabas un poco más. ¡Nos salían unos vinos deliciosos!
- ¿En cuantos días se podía beber?
- A los diez días ya tenías vino. Cuando seguía todavía un mes más tapado, aquello era un vino dulce como la miel. El que salía malo, el que se agriaba, tenías que dejarlo para vinagre. Pero el vinagre era fuerte, limpio y bonico que pa qué.

Nosotras toda la vida hemos estado bebiendo más vino que los verdaderos vinateros.
- ¿Tenías para todo el año?
- ¡Bendito sea Dios! Si hacíamos quince y veinte arrobas de vino. Lo teníamos aborrecido de tanto vino. Pero buenísimo. Es que teníamos muchas chaparras. Chaparracas como las nogueras de grandes. ¿Sabes lo que te digo? Eran carrascas montesinas. Que eran de esas muy altas. Tiraba las ramas como las nogueras. Por los troncos y las ramas se enredaban las parras y se hacían grandes como bosques. Se cogía de allí muchísimas uvas. Racimos de dos kilos algunos. Comer uvas, todas las que queríamos. Se subían en lo alto de las chaparras y a coger racimos de uvas. De vez en cuando también las podaba mi padre con sus tijeras. Les iba dejando las buenas varetas que llevaban y cortaba las ramas viejas. Es que si las dejaba sin podar, se secaban.

LOS MEMBRILLOS
- Y con los membrillos ¿qué hacíais?
- Colgábamos muchos en los techos de las habitaciones. Y aquello echaba un olor delicioso. Entrabas allí y te daban ganas de dormir sin tener sueño. Se revisaban de vez en cuando y si se veía alguno que ya estaba muy maduro y que se iba a caer, lo quitábamos. Te lo comías o hacíamos carne de membrillo. ¡Mas rica estaba que pa qué! Los melones, los que eran de corteza y no estaban muy maduros, se guardaban. Los atábamos y también los colgábamos en los techos. Duraban hasta el mes de enero Los que no, se ponían en una habitación en el suelo y se tentaban de vez en cuando por si acaso se maduraban y se podrían. Salían riquísimos.

¡Vaya repaso que le estamos dando a las cosas de aquellos huertos de mi cortijo!
- Es que si tú no nos lo cuentas ahora, para siempre nosotros nos quedaremos sin saber muchas cosas buenas y bonitas que vosotros teníais y vivíais en aquellos tiempos.
- ¡Y qué es así, hijo mío! Tú fíjate ahora tanta historia con esto la de ecología y el mundo rural y nosotros lo hemos estado viviendo toda la vida sin que nadie nos diera ni charlas, ni subvenciones. Sin tantos libros y anuncios en los periódicos e historias raras como ahora se inventan unos y otros. ¿Y sabes lo que te digo? Que menos casqueras y pamplinas y más dar el callo y luchar por la sierra como siempre hicimos todos los serranos. Ahora, que si los tomates ecológicos, que si las manzanas ecológicas y antes, toda la vida lo hemos tenido nosotros en nuestro cortijo y lo único que hicieron fue quitárnoslo para siempre y darnos todos los palos que podían. ¡Será posible que las personas hagan cosas tan raras!
- ¡Y con lo buenos que los serranos siempre habéis sido!
- Eso digo yo. Nos pasamos la vida ayudándonos unos a otros y haciéndole bien a la gente.

MI MEJOR AMIGA
- Bueno, Manuela ¿nos cuentas tu boda?
- Te la voy a contar pero antes quiero que oigas lo que me pasó con la boda de una amiga mía. Mi mejor amiga de toda la vida, cuando yo era mozuela.
- Pues a ver ¿qué te pasó con esta amiga tuya?
- Se llamaba Julia y vivía en al Cortijo del Castellón. El que tú ya conoces y sabes que se encuentra por encima de mi cortijo del Zarzalar, entre el cortijo de los Cerezos, arriba casi en la cumbre y el cortijo del paraíso del Zarzalar. Se puede decir que esta muchacha me crió a mí, para el caso. Era mayor que yo. Nos queríamos que pa qué y por eso siempre me llamaba para que me fuera con ella a su cortijo. Me quería con lo cura y yo también a ella. AVente conmigo esta noche que a lo mejor no viene mi hermano”. Me decía. Y yo, hecha una loquilla, me iba con la Julia del Castellón a su cortijo. Principiamos a contar cosas y ella me contaba a mí y siempre íbamos juntas por aquellos montes, barrancos y riscaleras.

Un día ya se puso novia. Fue con un señor que era viudo. Que se le había muerto la mujer o yo que sé. Ya no me acuerdo. Sí sé que se llamaba Gaspar y era de las Canalejas. Una aldea que había por esta parte de la sierra que pega a Pontones. Y como éramos tan amigas, ella quería que yo fuera su peluquera el día de su boda. Como siempre he sido tan valiente y atrevida para todo, le dije que sí y llegó el día de la boda. Nos preparamos unos mulos en mi cortijo y montados en ellos, allá que cruzamos nosotras estos caminos rumbo a las Canalejas. Iba yo montada en mi mula tan hermosa. Con mi tapete de ganchillo que lo había hecho yo, mi colcha de color rosa y el tapete blando encima, iba yo hecha toda una señorita. Al llegar al río, colando la corriente por ahí, donde hay un royo que le dicen la Fuente de los Salaos, nos ocurrió la primera ventura.

Aquel día también nos llovió. Por eso llevaba mi paraguas y todo. Mira, llevaba una mula que era sospechosa. La mula a mi no me Aerribaba” ni de nada pero aquel día se pasó. Cruzo la corriente, me meto por el zarzal, da la mula unos brincos y con tanto traqueteo, como llevaba el paraguas abierto, se me escapó. ¿Dónde crees que fue a clavarse? Pues en el mismo culo de la mula. Aquello fue el demonio. El animal creyó que pasaba algo raro y empezó a dar saltos y patadas. Salí volando por los aires y ¿a dónde crees que fui a caer? Pues en el mismito centro del charco. Me quedé sentada de culo en medio del charco. Me puso chorreando y gracia a que no me mató.

La novia, la pobretica mía, se echó a llorar y con toda aquella tragedia que yo tenía, me levanto y le digo: ANo llores, so tonta Julia, que no me ha pasado na. ¿Que me he mojado? Ya me secaré. ¿Voy chorreando a las Canalejas? Déjalo”. AEso es lo que tú dices pero fíjate como te ha quedado tu vestido para ir a mi boda. Estás toda empapada y estropeada con lo elegante y guapa que venías”. Me decía ella. A Pero Julia, que me cago en diez, ¿tú la novia vas a llorar porque me he caído? Si no me ha hecho nada. ¿Que me he mojado? Ya me enjugaré. Tu boda es aquí lo importante y no mi vestido. Así que calla y sigamos el camino”. Yo era la que la llevaba y la que iba a peinarla después para el momento de casarse, la pobretica mía.

Cogí la mula, la arrimé a una piedra, me subí otra vez en ella y trotamos por aquellas cuestas en busca de las Canalejas. Me dolían las costillas pero a mi no me importaba. ¡Madre mía la de curvas y cuestas que subimos hasta llegar a donde vivía el novio! Cuando llegamos, me llevaron a una casa corriendo, me quitaron la batilla, me remangué las enaguas, me puse de espaldas, me enjugué un poco, me enjugaron la bata, me vestí otra vez, me peiné un poquillo y ya estaba yo preparada para asistir a la boda mi amiga Julia. De aquello no se enteró nadie. Entre mi amiga y yo se quedó aquel accidente.

Pero claro, antes de la boda, yo tenía que peinarla porque ese era mi principal empleo en esta boda. Yo antes he sido muy churreterilla y muy inquieta. Sabía peinar a mis a migas y de todo. Ellas con la risa con migo lo pasaban que pa qué. Yo lo que podía, pues le hacía a todas. Como mi amiga Julia tenía el pelo muy liso, pues había que rizárselo un poco para que estuviera guapa el día de su boda. Saqué las tenazas esas que teníamos que hacían así escalón. Así un suponer, le ponías el clavillo este y como estaban quemando, pues le hacías unas ondas preciosas en el pelo. Las pusimos en la lumbre para que se calentaran. Siento a la novia en la silla y con todos aquellos nervios de las bodas y esas cosas que tú sabes le pasan a las mujeres siempre que se casan. Allí muy asustada y nerviosa, como un corderillo manso esperando que su mejor amiga le rizara el pelo para el día más feliz de su vida. Y su amiga, la Golondrina que tú tienes ahora mismo a tu lado, más nerviosa que la novia.

Cuando las tenazas ya estaban calientes, las cogí, se las enredé por el pelo y enseguida, la pobretica amiga mía llorando. Unas lágrimas que le caían por la cara que pa qué. Yo pensé que lloraba por la felicidad de la boda, cuando al rato veo salir humo de su cabeza. Una humareda grandísima. A¿Qué pasa aquí?” Me digo yo nerviosa y enseguida veo que le estaba quemando el pelo. Ya salta ella y me dice: ALeche ¿pero todo lo que me estás haciendo hay que aguantar para rizarme el pelo?” AEs que Julia, esto es muy complicado”.
A¿Pero no te das cuenta que me estás quemando la cabeza entera?”. Entonces miro y era verdad: a la pobretica mía le tenía achicharra toda la carne de la cabeza.

Me picó la risa y ya no podía ni acabarla de peinar. A¡Pero mujer, Manuela, que hoy es el día de mi boda!” A¿Y a ver qué hago yo, Julia, si esto ha pasado así?”. Miro a ver si puedo apañarla como fuera y entonces me di cuenta que de verdad le había hecho dos o tres grandes Achicharros” en la cabeza. Unas quemaduras que aquello, sólo verlo, daba pena. Ya, el único apaño que pude hacer fue echarle el otro pelo para delante y taparle con él las quemaduras y los mechones de pelo que le había quemado. ¡Pobre amiga mía lo que sufrió en mis manos el día de su boda! Pero mi amiga Julia, como me quería con locura, se aguantó el quemado y luego, después me decía: AA mí me dolía mucho pero yo pensaba que eso lo hacías con todas. Que tienes que quemarlas para rizarle el pelo”. AQue no Julia, hija mía, es que yo me había creído que había nacido para peluquera y en el día de tu boda me di cuenta que lo mío era otra cosa”.

Luego, después, ya se celebró la boda. Nos bajamos otra vez por las cuestas esas subidas en las bestias y ahí más arriba de mi cortijo, en el Castellón, el cortijo de la novia, se celebró el convite. No te lo cuento porque ese convite fue tan grande y bonico como el de mi boda que te diré dentro de un rato. Pero su boda fue más bonica que pa qué. Me acuerdo que cuando ya al final de la noche, la gente se iba retirando de la fiesta, el marido me dice: ADile a la Julia que esto ya está feo, porque está cansada la gente de bailar. Están comidos y bebidos y de todo. Dile que tenemos que acostarnos un rato y ya por la mañana se da el refresco”. Se lo digo a mi amiga y ella me dice: AYo no me quiero acostar, Manuela”.

Pero a la mañana siguiente, como todavía seguía el convite, yo fui a su habitación tocando las palmas diciendo: A¡Venga, Gaspar y Julia, que ya se ha rematao la boda! Venga arriba que estamos aquí esperando. Que todavía sos queda más temporá pa dormir”. Yo de bromas y de risas. Ya se levantaron y entonces entré yo a peinarla y arreglarla un poquillo. ¡Eramos tan buenas amigas y nos queríamos tanto!
- ¿En el cortijo del Castellón se quedaron a vivir para siempre?
- Ahí se quedaron a vivir hasta que se fueron a Valencia. Se fueron y ya no la he visto más. ¡Qué lástima! La vida, hijo mío, que da muchos tumbos y a los serranos que siempre nos la han complicado todo lo que han podido. De estas sierras ha tenido que salir mucha gente echando chispas y eso si que es una lástima.

BODA DE LA
GOLONDRINA

- ¿Vamos ahora a tu boda?
- Sí Manuela, vamos a tu boda ¿cuéntanos cuando conociste a tu Perico?
Le pregunta la nuera y su compañera Santi. Y Manuela, con todo su salero, salta y dice:
- ¡Me cago en diez! ¿Cuándo conocí a mi Perico si lo tenía allí nacío en mi cortijo?
- ¡Eh! Pues cuenta de qué edad os hicisteis novios
- Pues leche, cuando éramos un poco mayores.
- ¿De cuánto tiempo se casaron? ¿Cuánto tiempo estuvieron de relaciones?
- ¿Y no Asos” podéis callar vosotras y me dejáis a mí que hable.
- Si es que le estamos preguntando.
- Aquí no pregunta nadie más que este señor y hablar, habla sólo la Manuela.
- Eso está bien. Venga, Manuela, vamos a nosotros a lo nuestro y que ellas se dediquen a lo suyo. Es que tienen que estar metidas en todo ¿verdad?
- En todo y es lo que yo digo: ellas que sabrán de mis cosas. Iros ya por ahí y dejadnos tranquilos. ¿Queréis saber cuando nos conocimos? Pues desde que nació en el cortijo que éramos parejos.

Loly y Santi, la muchacha que en estas fechas trabaja en el hostal, siguen bombardeando a Manuela con sus preguntas.
- ¿Y cuántos años teníais?
- ¡Pues leñe, yo tenía, un suponer, cuando ya éramos mayores, pues tendría unos catorce años o por ahí!
- ¿Y al cuanto tiempo de estar novia te casaste?
- Yo me estuve novia por lo menos cinco años, par caso. Porque me casé de Aveintidós” años.
- Venga ¿y qué más?
Le pregunta la nuera intentando poner nerviosa a Manuela.
- ¿Y qué más?
- ¿Qué te dijo? Vamos a casarnos y ya está.
- No pues como estábamos en el cortijo y siempre nos estábamos viendo y de todo, pues hablábamos lo que nos parecía... Mi casa y la casa de mi novio estaba como esta casa mía de ahora y la carretera que pasa por ahí ¿sabes? Mi marido vivía cerca y éramos primos. Por aquí había en medio una calle grande y había más vecinos. Nos estábamos conociendo desde chicos. No necesitábamos tonterías ni nada.

- ¿Pero te casaste de blanco?
- Yo sí. Más blanca que tú estás. Fui bien guapetona. Pasé por aquí, por la orilla del mi querido río Guadalquivir con acompañamiento de mulos, de burros, de bicicletas. Cada uno lo que tenía. ¡ Los pobreticos! El que tenía una bestia y el que no, pues andando. Se montaban unos con otros en los mulos. Llevaban un mulo muy bueno y claro, el que era amigo, lo montaba con él. Iban a dos y a tres algunas veces. Ya entonces principiaban las bicicletas. El que llevaba una bicicleta era el rey al mismo tiempo que la Arisión” de verlo. Montado en el trabuco ese espatarrado ahí, dándole regates a los burros que iba y todo. Le decían: ATened cuidado que con las bicicletas se espantan los mulos y vais a matar a alguien hoy”. Todas esas cosas ¿comprendes?

Por aquí desde el royo de Los Membrillos, el cortijo mío, hasta Bujaraiza. La aldea esa que había antigua ahí. Pues ahí bajamos. Convidamos a un montón de familias. Pues a todos estos ríos, todos los que conocíamos. Fue un montón de gente en el acompañamiento de la boda. Como en Bujaraiza tenía yo una tía mía, una hermana de mi madre, pues fuimos a su casa y nos paramos, me arreglé otro poquito. Me eché mis colonias, me peiné una miaja... Llevábamos cuerva ¿entiendes? Vino con azúcar y agua para que no se Achispara” la gente mucho.

Una damajuana llena que la bajaron en el mulo con unas aguaderas. Mientras yo en la casa de mí tía me peinaba, me daba una miajilla de apaño para ir la iglesia, sacaron cuerva, echaron en unos jarros y convidaron a toda la gente. A las familias que en el pueblo, eran mis amigas, les dije que fueran a acompañarme. También a mis tíos que estaban allí. Pues ya entramos a la iglesia y cuando se terminó la misa y me había casado el cura, pin pan, pin pan, y preguntándome cosas que por pocas el cura está todavía hablando. Se ve que le gustó mi conversación y las preguntas que me hacía y allí gastamos que pa qué. Estaban ya algunos casi Aenritados” vivos. Porque nosotros no salíamos de la iglesia. El cura allí tan cascante. Era de Hornos. Un cura nuevo también, éramos par caso, de la misma edad.

Cuando se terminó la misa que ya salí de hacerme todas las cruces del Señor para que buena suerte llevara, me vine a lo de mis tíos. En su casa dimos el refresco que dábamos entonces ¿Sabes? De cuerva, de vino, de dulces. Llevábamos mantecados de estos que hacíamos en los hornos. En fin, una cosa bonica. Allí con toda mi familia cumplí y ya me monté en la mula con mi Pedro, se llamaba Pedro mi marido, y desde La Aldea remontamos hasta lo alto del cortijo del Zarzalar así. Que eso es una distancia muy buena. Yo creo que más de quince kilómetros.

Cuando llegamos al Zarzalar, toda la gente estaba esperando. Ya habían matado los chotos de cabra o de lo que fuera y en los robles que teníamos por la puerta del cortijo y bajos los árboles, estaban colgados. Cada uno cortaba de donde quería. Entonces se hacían unas bodas de carne que aquello era hincharse todo el mundo de carne. Todo lo que cada uno quería. Pan de aceite... Todo el mundo se divertía mucho.

Loly, que todavía está junto a nosotros, ahora ya escuchando, le pregunta:
- ¿Cuánto recogiste en la boda?
- Pues recogí bastante dinero también. Hombre en aquellos tiempos el pobretico que echaba diez pesetas eran los más ricos. Cuando veías dos duros habrías unos ojos que pa qué. Pero duro a duro, casi todos los que fueron, echaron. El que echaba un duro era un rey. Los que más, a dos pesetas, a tres pesetas. Aunque me echaban tan poquillo, yo recogí un dinerillo muy bonico. Teníamos muchas amistades y eran personas que tenían dinero. Pues si recogía uno cuatrocientas o quinientas pesetas, entonces era un dineral. ¡Qué lástima! Yo hice una boda muy bonica.

- ¿Pero cuántos días duró la boda?
- Pues como se duran las bodas. Llegamos al cortijo, de vuelta de La Aldea, sobre estas horas, las seis o siete de la tarde. Iba diciendo que ya tenían preparadas las comidas, los guisados que se hacía antes. Unos de carne frita, otros de guisotes. Guisotes era casi toda carne guisada. Con su aceite, sus patatillas pero más carne que na. Porque algunos querían comer guisado y ese día había que preparar las cosas al gusto de los invitados. Y ya, pues por la noche principiaban a hacer cuervas. Esto era una bebida de vino, frutas y azúcar. También se repartían tortas. Se amasaban tortas de manteca para todo el mundo. Un cachillo, el que quería tomar para el estómago que no fuera todo bebidas. Se repartía también pan de aceite Si es que hacíamos unas bodas buenísimas. Se bailaba mucho. AMas que un grillo en un rastrojo”. Yo también que a lo largo de mi vida he sido muy bailadora. He ganado premios casi siempre que iba a un baile. Las jotas, los fandangos, los sueltos de todo. Yo he bailado muy bien. ¡Madre mía!

Cuando llegaba la hora, que era ya la madrugada par caso, que estábamos todos cansados de baile y muchos hasta estaban borrachos, pues entonces se decía que tenían que acostarse los novios. Los invitados unos se acostaban, otros se quedaban con todas su tragedias de bebidas y demás. Se tumbaban en las cabeceras que les preparábamos. Cuando se acostaban los novios, pues la boda se remataba.
Loly que sigue junto a nosotros, habla otra vez y dice:
- Pero si no te dejaban que te acostaras.
-¡Vaya! Entonces sí se acostaba una. Los padres de los novios, cuando ya faltaban un par de hora para el amanecer, decían: AHay que dejar que se acuesten los novios”. Después de todo esta juerga, nosotros pues nos acostábamos un rato. A bregar un poquillo ¿Qué íbamos a hacer? Danos cuatro besos y sea los que Dios quiera.

- Cuenta lo de la serenata.
- Ya era, un suponer, amaneciendo, a tocar la serenata a los novios. No nos dejaban ni dormir. Principiaban con las guitarras en la puerta del cuarto y aquello liaban un traqueteo de tocar y de cantarnos coplas que era Aescojonarte”. Ya te espantaban y te tenías que levantar porque no se iban de la puerta. Nos levantábamos y entonces principiaban a darnos pan de aceite, chocolate, café. Cada uno de lo que quisiera. Eran unas bodas preciosas. Unas bodas serranas de verdad.

La nuera y Santi que no se despegan del lado de Manuela, vuelven a pincharle otra vez diciendo:
- Pero es que lo más emocionante no lo has contado tú.
- ¿Y qué era lo más emocionante, leche?
- Cuando estabas novia con tu Pedro. Eso de hacer así con las palmas porque querías que te diera el novio un beso. Y tenías la contraseña y entonces pues... Y que eso no nos lo hemos inventado nosotras.
- Eso es mentira vuestra que os lo habrá contado Francisco.
- ¿Pero cómo va a ser invento nuestro?
- Para que lo sepáis ya de una vez y me dejéis tranquila, cuando nos tocaban así, con las palmas de la mano, significaba que era hora de acostarnos. Que se fuera el novio a su casa y la novia a dormir. Y vosotros pensáis que eran hacernos palma para otra cosa. ¡Sois más tontas que el zapato de un perro!

- ¿Y cuándo queríais daros un beso?
- Pues cuando queríamos darnos un beso yo no tenía que tocar palmas ni tanta tontería. Cuando ya era de noche y él se iba, como en la calle aquella ancha no había luz, nada más que el candil, pues si yo quería salir a decirle a dios y nos dábamos dos besos, en la boca o donde nos diera la gana, ¿quien pija nos iba a ver de noche? No nos veía nadie. Además, que conviene que también lo sepáis: yo he sido guardosa. Ahora la gente salen con los chiquillos acuestas y por donde les da la gana pero antes fíjate, eso esa un escándalo para una casa.

- Bueno, tú no le hagas caso que lo que tienen es ganas de guasa.
- Tú fíjate: si uno quería darse un beso ¿ibas a tocar palmas para que vinieran a verte? Eso está claro ¿Verdad? Es que no saben. Como, para tanta gente, ahora es todo a tajo parejo y esto no se sabe quien es novio ni quien es marido ni nada, pues muchos se piensan que en aquellos tiempos las cosas eran lo mismo.
- Bueno, sigue tú con lo tuyo. ¡Es que ellas quieren liarte!
- Pues claro que quieren liarme. Pero a mi no me lían. ¿Qué estábamos contando?
- Con la boda estábamos.

- Pues lo que te digo es que yo no he hecho diabluras de no hacer buena boda ni dar el espectáculo ni de na. Yo he sido una persona que hasta el cura quería subirse a mi boda, lo que pasaba es que teníamos que buscarle un mulo, en La Aldea, y no lo encontramos. A la aldea de Bujaraiza entonces veníamos todos. Hasta de las cuerdas para abajo que era del término de Santiago de la Espada, todos íbamos a Bujaraiza a casarnos. Está claro que la que se casaba por la iglesia.

Te digo una cosa: aquella aldea era muy bonica. La gente se juntaban todos a ver a los novios y aquello era tan precioso. A ver si va la novia bonica, a ver el novio si es guapo, que traje llevan, a ver si te equivocas, a ver lo que le decías al cura. Lo que hacen ahora.
- Y de aquellos tiempos ¿te acuerdas tú que alguna mocica no se casara por la iglesia?
- Había muchas que se iban con el novio.
- ¿Qué se iban?
- Que se decían esta noche nos vamos y se juntaban. ¿Me comprendes? Un suponer, tengo mi Josefa aquí y está con el novio y ella no quiere casarse por la iglesia ni na, viene el novio a las once de la noche o está hablando con ella y cuando me tomo cuenta, abre su puerta o la venta o lo que tuviéramos y se va con su nuevo y ya está casada. Y si quiere casarse por la iglesia luego, porque los hijos no sean unos Azapetos”, que no sean acompañados de iglesia, pues se casaba. Eso sí pasaba: se iban con los novios pero luego se casaban todas. Iban a echarse la bendición porque eso estaba muy feo, por los chiquillos y todo. Entonces decían que eran hijos putativos. ¡Qué lástima! Todo te lo cuento.

LAS QUE SE IBAN
- ¿Pero alguna no se casaba?
- En mi cortijo yo no conocí a ninguno. Todos los que se casaron, fueron a la iglesia. Si se fue alguno con la novia, esos fueron, antes de tener un hijo, a echarse la bendición a La Aldea que era donde teníamos la iglesia. O a la Iruela, donde no los conocían tanto, para que no les diera vergüenza. Para que la gente no dijeran: AHan venido a casarse aquí porque se juntaron antes”. Pero la gente se casaba toda por la iglesia después. Eso sí.

Mis padres eran unas personas muy educados y muy buenos. Yo que era la mayor siempre tenía que dar ejemplo. Fíjate qué bonico hubiera estado que me hubiera ido con el novio o hubiera salido preñada. ¡Mira qué bonico y qué ejemplo! Antes hubiera preferido la muerte que un mal ejemplo de aquellos.
- ¿Tú has tenido siempre las ideas muy claras?
- ¡Vaya que sí! Antes éramos tontos y ahora son muy listos pero lo que pasa ahora no se ha visto nunca por estas sierras. El respeto a las mujeres y a las personas entre sí, eso no es ahora ni mucho menos como era antes. Nos dicen que éramos tontos pero yo sé que éramos mucho más listos que todos los listos de ahora con tantas modernidades y tantas historias.

FUENTE DEL MACHO
- ¿De qué te suena la Fuente del Macho?
- De mi padre. Ya te he dicho que él era muy cazador. Lo mismo cazaba conejos que perdices. Todo lo que se le presentaba en el campo. Donde ponía el ojo ponía el tiro. Una vez se fue a cazar por ahí a un sitio que le llaman Los Villares, bien sabes por donde es. Cuando se vino para acá, mató un macho montés. A mi padre ya sabes que le decían Francisco el Piojillo, porque era muy chiquitillo y valiente como un león. A los que cuidaban estos montes, le dijeron que venía el Piojo con una cabra montesa que había matado.

El caminillo iba a salir a la misma fuente. Cerca estaba el vado por donde se podía cruzar el río. Se pusieron en la misma fuente a esperarlo. Allí lo engancharon. Llevaba el animal sin piel y la llevaba metida en el saco, liaica con otros trapicos que le había echado mi madre limpios. Lo cogieron allí mismo. Y claro, como le pusieron la denuncia, para luego acordarse en qué sitio lo habían cogido, decían que lo habían pillado en la Fuente del Macho. Así que ya lo sabes: por mi padre le viene el nombre a la fuente. Como lo cogieron allí pues ya se le quedó el nombre de la Fuente del Macho. Gracia que no le pusieron la Fuente del Piojillo.

Esa fuente está justo donde el arroyo de la Hoya de Miguel Barba cae al Guadalquivir pero mi padre se echó otra vez el macho a cuesta y se le llevó al cortijo. Lo denunciaron pero no se lo quitaron.

MUERTE DE PEDRO
Mi Pedro y yo nos queríamos mucho y en el cortijo criado de toda la vida. El sabía lo que yo era y yo lo que era él. ¡Que lástima! Y míralo: me quedé viuda hace muchos años. Ya ves tú, la Josefa que era la mayor, tenía la criaturica siete añillos o por ahí. Otros tenían dos años, otros tres. ¡Mira! Toda mi vida penando he estado. Ya te he dicho que me casé con veintidós años y la Josefa tendría siete añillos, así que puedes hacer la cuenta a qué edad me quedé viuda.
- ¿De qué murió tu marido?
- Tenía lesión del corazón. Y venga llevarlo a un sitio y otro. Pero aquello no hubo apaño ninguno, hijo mío. Cuando viene uno para morirse... Me lo llevé a Jaén, porque había unos médicos del corazón que pa qué. Le principiaron a dar pastillas y se lo cargaron. En cuanto meramente le principiaron a dar medicamentos de los que no estaba tomando le dio una noche una cosa muy mala, muy mala y dijo el médico: Asi se lo quiere usted llevar, su marido ya no tiene apaño ninguno. Su marido se le muere aquí”. Digo. A¿Pero por qué no me lo han dicho antes?” Dicen: AEsta noche esta muy grave”. Digo: APues voy a buscar una ambulancia”.

Y las enfermeras vieron que estaba ya en la agonía de la muerte. Cuando principiamos a buscar la ambulancia y de todo para venirnos aquí desde Jaén, antes de salir se me murió en el hospital. Querían enterrarlo allí y dije: ADifícil será en el mundo pero a mi marido me lo llevo a mi casa, a mi terreno, a mi sierra para que eternamente viva conmigo junto a las aguas del Guadalquivir. Allí tenemos nosotros nuestras viviendas, nuestras tierras, nuestros curas y todas nuestras cosas”. ANo, no, esto está muy lejos”. Digo: ASi está lejos, el muerto ya no va a decir que va cansado”.

AEs que está prohibido sacar a una persona muerta del hospital y menos a estas horas”. Me decía el médico. Me enganché al cuello del médico y le decía: AHay por favol, déjeme usted que me lo lleve a mi terreno. Quiero tenerlo allí cerca de mí y mis hijos”. Llorando a lágrimas vivas. Al médico le dio tanta lástima y dice: A¿Vas a llorar por el camino?” Digo: AYo no lloro, como si fuéramos de viaje”. Y así lo hice.

Mira ya los médicos y las enfermeras les dio tanta lástima de verme que dijeron: ABueno, buscad una ambulancia”. Y el de la ambulancia decía que no sabía venir de Cazorla para acá. Digo: AUsted no se preocupe, que a Cazorla voy yo y desde el pueblo hasta mi Guadalquivir, voy hincada de rodilla a mi casa. No tenga usted miedo que no pasa na”. Cuando ya lo íbamos a subir en la ambulancia le digo al hombre: AMire usted, yo no le voy a engañar, mi marido va muerto. Si usted tiene conciencia y me quiere llevar, eso que en el cielo Dios tendrá que pagarle. El no le va a dar un escándalo ni yo tampoco”. Y de verme llorar, dicen: ANo llores, no llores hija mía. Que yo de Cazorla para allá no he pasado pero ¿lo conoces tú bien?”. Digo: ANo te preocupes que no me perderé por donde he estado toda mi vida andando”. Y me trajo.

Salimos de a la una o por ahí y llegamos aquí al rayar el día. Ya estaban los pajarillos cantando y todo. Aquí se lo presenté a mis hijos, muerto. Mis cuatro hijicos, Francisco y la Josefa que es la mayor... Yo he penado... yo qué sé cómo he aguantado, lo que yo he aguantado en este mundo.
- ¿A la misma Golondrina?
- Aquí a la Golondrina. Desde aquí lo enterramos en el cementerio que tenemos en Bujaraiza. Me quedé viuda y seguí teniendo valor para todo. ¡Ay! ¡Qué lástima!

A Manuela, a la pequeña y gran Manuela de las limpias aguas del Guadalquivir se le escapa un profundo suspiro mientras lentamente las lágrimas le ruedan por su arrugada mejilla. Deja de hablar porque las palabras se le han atascado en la garganta. Mira hacia los montes de la ladera de enfrente de su hotel la Golondrina como si buscara algo. La sigo con mis ojos y me parece ver como si por ahí, por entre los olorosos romeros clavados en las blancas peñas, se escapara hacia el azul limpio de las cumbres. Como si ya volara con esa libertad de las golondrinas y llevándose enredadas entre sus alas, la esencia del viento más limpio de estas sierras, se alejara hacia esas otras praderas de la eternidad.

Hacia las praderas que el buen Dios le tiene preparadas para que ya siempre goce junto a su querido Pedro. Para que aunque un día se vaya, nunca se vaya de las riberas de este su bello río Guadalquivir donde tantos días, tantos sueños, tantas luchas y tantas ilusiones en secreto ella tiene derramabas.

PALABRAS FINALES
- Dentro de unos años, ninguno de los que ahora mismo estamos, ya no estaremos aquí. Por si tú te vas antes, para los que nos quedemos ¿qué nos dices? - ¡Ya ves tú yo que sos voy a decir! Como mi marido se me fue, mi ilusión y las pocas fuerzas que me van quedando, las pongo todas en el deseo de que mis hijos no sean nunca unos Aercichaicos”, sino amantes de su tierra y su trabajo como lo hemos sido sus padres. ¿Qué otra cosa le voy a decir yo, hijo mío? Ellos saben que yo les he dado bueno consejos para que siempre aprecien a las personas por encima de todo. Que atienda a todo el mundo como si de su propio hermano se tratara. Como siempre hemos sido los serranos de toda la vida.

Que les tengan cariño a las personas pero cariño de verdad y no por el interés de las cuatro pesetas que puedan dejar, que aunque también hacen falta, lo otro es más importante. Es un tesoro que se gana poco a poco y se conserva para toda la eternidad. A las personas no se le debe tratar mal sea quien sea. Hay que tener conocimiento y entregar el corazón a cada persona de los que por aquí pasa. Aunque esté irritado o estés llorando, ellos no tienen culpa de lo que te pasa a ti.

Muchas veces yo he estado comida de sufrimientos por dentro y bañada de lágrimas por las cosas que en la vida me ha ocurrido pero siempre me he limpiado mis lágrimas y me he preocupado del otro que también me necesita. Si me han preguntado: A¿Qué te pasa, parece que has llorado?” Siempre respondo: A¡Qué leche, que me ha caído un mosquito y mira como tengo el ojo!”

Mis hijos nunca hacen prejuicios para mí. Ayudan en lo que pueden las criaturas. La nuera también es buena persona. Ella es una persona que se han criado vecinos de por aquí y me conocen y de todo. Algunas veces nos damos una voz o cualquier cosa pero al minuto estamos como si siempre hubiéramos dormido juntas. Míralo.

Y miro. En estos momentos, la nuera come bajo la sombra de la noguera, en aquellas mesas de piedra que Manuela puso a la derecha de su casa para que los turistas comieran agusto.
- Si ella hace de comer, como yo. Si hago yo, come ella. Siempre unidos. Los serranos siempre hemos sido así: hechos para estar juntos y para ayudarnos unos a los otros como si las cosas del otro fueran más importantes que las mías. Con el tiempo, esta venta que con tantas fatigas e ilusiones levanté, lo que yo deseo es que ellos la sigan siempre. Ellos ya saben y como han recibido de mí lo más importante, saben avanzar por la vida dando a todo el mundo lo que cada uno necesita.

MEDALLA DE ORO
Va cayendo la tarde. Suave, el viento mece las verdes hojas de las nogueras que a la derecha de su casa, Manuela plantó en aquellos primeros días en que su venta comenzaba a levantar cabeza. Frente, nos queda la eterna ladera de los pinos largos. Es donde en aquellos tiempos su padre sembraba trigo y garbanzos para comer en invierno. Arriba, por lo más alto, iba la reguera que daba agua a las tierras de toda la ladera. Entre la carretera y los pinos, el chorrillo de la fuente cae lento pero sin parar. Como si fuera el puro símbolo de la que lleva nombre de ave y aquí hizo su nido. El agua se quiebra y en silencio cruza las tierras de la llanura buscando el río.

Es el Guadalquivir niño, compañero de juegos, sueños y luchas y amor silencioso de la niña que hoy se hace vieja. Al caer la tarde, en su ribera se mecen los álamos y en su corriente se estancan los charcos de las aguas que vienen de las cumbres. Por allí se ve el cielo teñido de azul y las nubes revolotean vestidas de blanco. Río y corriente, álamos y viento, cumbres y cielo, bosques y nubes, trabados del infinito parecen esperar a que llegue el momento. El gran momento que va naciendo lento pero que llegará como fue creciendo ella y ahora ya se apaga en la aurora del final.

Su rincón, el nido de la Golondrina luchadora, duerme silencioso en el centro de este valle y al mismo tiempo hierve de vida. Es ahora agosto y mucha gente viene por aquí. La conocen, la quieren, la tienen viva entre los recuerdos bellos de estas bellas sierras. Josefa se nos acerca y entonces le pido que nos traiga las fotos. Los recuerdos que a Manuela le entregaron cuando aquel día de la medalla de oro. Un sobre grande, un montón de fotos, hojas de periódico, fotocopias de aquella fiesta.

- Pero nadie mejor que tú puede explicar lo que fue.
Le digo a ella. Y como le pasa siempre, como siempre ha sido la Golondrina, responde y dice:
- Es que ahora yo te voy a decir que no sé ni qué premio es ni por qué me dieron ese premio. Me dijeron lo que ya Te he dicho y bien sabes tú: que era por ser la primera ventera del Guadalquivir. Y me llevaron ahí arriba, a un sitio que no recuerdo cómo se llama. Fue por causa de un señor que tampoco me acuerdo cual es su nombre. Siempre nos ha apreciado mucho y me aprecia y él fue el que pensó todo esto.

Pasamos una noche muy buena. Invitamos a la mitad de la gente que tengo de vecinos y de cosas. Fueron los que quisieron. Muchos no fueron porque pensaban que les iban a hacer algo. Ya sabes tú el miedo que los serranos siempre hemos tenido a que nos quiten un poquito más de ese puñadito de sierra que tanto queremos. Nos dicen que nos van a dar y luego nos quita hasta la propia identidad. Y como sabemos que, los autores de estas cosas, siempre fueron los que vinieron de fueran, pues les tememos. Si aquello hubiera sido una boda serrana de las que se celebraban en los cortijos, todo el mundo hubiera ido. Los serranos sabemos que entre nosotros nunca nos hemos hecho daño. Nunca nos hemos engañado. Nunca hemos dado para luego quitar.

Pero fue un montón de familias y todos quedaron contentos. Yo muy agradecida de todos. Así, como mi vida es esta, pues algunas veces les da la manía de decirme que me presente porque me van a premiar. Y yo nunca he trabajado por el interés de un premio. Pero hijo mío, son así. También tuve que presentarme en Jaén. Con los alcaldes y aquello fue otra cosa que pa qué. Del mérito de ser la primera ventera del Guadalquivir. Y la han tomado así conmigo y yo estoy muy agradecida pero... a ver, hijo mío. Unos me quieren bien y otros... Yo qué sé. Pero que sí: se portan todos muy bien conmigo. Yo estoy muy agradecida de todos.

- Es mérito a tu trabajo silencioso y bien hecho.
- Será por eso porque por otras cosas no creo yo que sea. Yo aquí... ya sabes tú. Cuánto llevo sufrido y cuánto llevo penado y cuantas veces las cosas han venido contra mí. Si ahora me premian, será, como tú dices: Amérito al trabajo silencioso y bien hecho”. Por otra cosa no creo yo que sea.

Abro el gran sobre que ha traído Josefa y entre muchas fotocopias y fotos, encuentro una hoja que, en un artículo de prensa, dice lo siguiente: ADoña Manuela Adán Parra: Nació el día 23 de julio de 1919 en Santiago de la Espada. En el año 1940 inició su actividad con una venta llamada ALa Golondrina”, siendo ésta la primera construida en la sierra de Cazorla y constituyéndose como un negocio familiar. Pionera del Turismo Rural y la Gastronomía Serrana en el Parque de Cazorla, Segura y las Villas. A lo largo de los años ha deleitado a los miles de viajeros que han pasado por su establecimiento. Por su constancia y dedicación hoy en día sirve como punto de referencia a muchos empresarios instalados en el interior del Parque”.

En otras partes de la hoja fotocopiada que tengo en mis manos, se ve la fotografía de muchos personajes importantes rodeando a Manuela que sostiene un gran ramo de flores en la mano. En el centro de la hoja, la medalla, cuya inscripción dice lo siguiente: AHotel Jaén. Asociación de Empresarios de Hostelería, Turismo y empresas a fines de la Provincia de Jaén. Medalla de oro 1995”.

ALGUNAS VECES SE ME
DESCUAJA EL CORAZON

Y parece como si este fuera ya el final. Uno de los muchos finales, porque como ella dice, van llegando a lo largo de la vida. Como yo lo siento así, antes de irme, quiero hacerle la pregunta. La miro y le digo:
- Atiende bien Manuela, a lo que ahora te voy a decir: no me quiero ir, de este rincón tuyo, sin hacerte la gran pregunta. O al menos para mí, si es la tremenda pregunta. La llevo en lo más hondo de mi corazón y ahí, en ese rincón intimo de mi ser, me grita con la fuerza del río cuando se desborda. Y ahora, después de todo lo que he visto, he oído y he tocado, se me remueve desde la profundidad del alma con un grito mucho más desgarrador que otras veces.
- Pues hijo mío, habla ya ¿cual es esa pregunta?
- Es muy cortita y tiene palabras tan sencillas como los que tú me has dicho.
- ¡Válgame Dios!
- Desde todo lo que tú me has cascado, ahora ya revoloteando por entre lo más transparente de este pequeño espíritu mío tan enraizado a estas tierras tuyas, te pregunto: ¿tú crees que has vencido?

Y Manuela, durante unos segundos me mira en silencio. Habla un poco más lento que otras veces y me dice:
- Algunos días, cuando estoy sentada aquí solica, me desmorono, se me descuaja el corazón y me entran ganas de llorar. Es que seré yo una tonta pero me pasa esto. Miro a esta obra mía levantada piedra a piedra a lo largo de los años y me siento feliz. Creo que mi esfuerzo al fin ha dado su fruto, ha merecido la pena. Me siento bien ahora aquí entre los míos y tan rodeada de las cosas de mi tierra y que tanto siempre quise.

Pero estando yo aquí sola sentada, al caer la tarde algunos días, miro hacia la ladera esa que tenemos enfrente, ya te digo, el corazón se me descuaja y me entran ganas de llorar. Me acuerdo de los que deberían estar y ahora no están. Los muchos que tuvieron que irse de esta tierra hermosa a otros lugares tan lejanos y tan dispersos. Ellos no tuvieron la suerte que tuve yo y lo pobreticos, tuvieron que arrancarse de estas sierras. No sé por qué pero me da pena. Eso de estar fuera de la tierra de uno, es duro y más todavía cuando en aquellos otros lugares no encuentras lo que en un principio soñabas ibas a encontrar. Es muy probable que yo haya vencido pero cuando me pregunto ¿y los que se fueron? ¿Los que tuvieron que renunciar a sus propias raíces e identidad para seguir viviendo?

A veces me digo que lo mismo que yo sigo viva en mi tierra, respirando cada día el perfume que sube del río, también deberían estar ellos. Aunque tenga mis hijos, sé que faltan muchos de los que antes estaban y eso me duele. ¿Por qué se fueron y por qué se tienen que ir? Aunque yo haya vencido, en el fondo es poca cosa, porque conmigo deberían estar muchos que son buenos y que no pudieron estar ni estarán nunca. Seré yo una tonta pero algunos días, cuando la tarde cae, se me descuaja el corazón y me entran ganas de llorar.

Cortijo del Zarzarla, (La Golondrina)-2

JUNTO A LAS AGUAS DEL GUADALQUIVIR

DIA SEGUNDO
SUBIENDO AL CORTIJO DEL ZARZALAR

A las doce y media del día seis de agosto de 1996, me he puesto en marcha por la senda que creo sube al molino del Zarzalar, en el arroyo bautizado por los serranos también como del Zarzalar y cuyo nombre en planos y libros, viene siempre escrito como arroyo del Membrillo. Justo antes de llegar a las primeras tiendas del camping de la Chopera del Coto Ríos, en la casa de la izquierda donde viven unos gitanos, he preguntado y me han dicho que aquí mismo sale la senda. La he buscado y es cierto: junto a la alambrada, por el lado de arriba, he cogido la senda.

Estoy subiendo por ella en busca de lo que fue el cortijo donde vivió Manuela, la dueña del Hotel la Golondrina. Cortijo y Molino del Zarzalar en el arroyo del mismo nombre. Nada más comenzar a subir por la senda, un gran bosque de pinos carrascos y muchos romeros. La senda se nota bien. No es que se encuentre muy marcada pero si se ve claramente por donde sube. Cantan las chicharras y eso me dice que hoy es un día de mucho calor. Enseguida corono un montículo, como una vaguada, se agarra otra cuesta grande y corona otro pequeño puntal. Mucho lentisco, esparragueras y majoletos. Una calera me encuentro aquí y unos metros más arriba, llego a una reguera.

De pronto la senda se ve más marcada porque al juntarse a la reguera se funde al surco convirtiéndolo en camino. De nuevo remonta otro puntalete y ya empiezo a ver arriba unos buenos picos rocosos que sobresalen por entre el espeso bosque de la gran ladera. Adivino que por ahí debe encontrarse el cortijo. Porque declaro que desconozco por completo el trozo de sierra que ahora mismo estoy pisando. Por aquí ya la senda, se ve mucho más usada, con abundancia de pisadas y algunas otras señales de las que ellos siempre van dejando: bolsa de plástico, papeles de caramelos y colillas de cigarros.

Como el rincón se encuentra cerca del camping, con relativa frecuencia más de uno se perderá por aquí en busca del agua de los arroyos que es, para ellos, el aliciente principal. Al remontar el collado y caer hacia la cuenca del arroyo que busco, la senda ahora empieza a bajar. Es esto una pequeña solana con la cara hacia el arroyo y al hotel de la Hortizuela que se encuentra al otro lado y tras unos montes de pinos. Se espesa, por aquí, el bosque: lentiscos, jaguarzos, romeros, cornicabras y pinos carrascas de poca entidad. Por lo que voy viendo creo que esta senda fue de verdad, es decir: que se usó mucho en otros tiempos. Se encuentra bien tallada sobre la ladera y según avanzo, se va tornando llana e incluso, baja buscando el arroyo. Es un delicioso y pequeño paseo. Y se ven por aquí pequeños trozos de muros de piedras que va sujetando el camino. Hay tierra movida como de haberla arreglado no hace mucho.

Por el barranco del arroyo empiezo a oír gente. Porque a este rincón se entra también arroyo arriba. Justo donde la carretera cruza el cauce, desde el mismo puente sale un camino que sube por el arroyo. Es el que más cogen los turistas. No hace mucho acabo de ver ahí un montón de coches aparcados. Son algunos de los que ahora oigo por el barranco. Yo voy bastante remontado sobre la ladera y creo que saldré casi a lo más alto del arroyo. Al mismo manantial según me han dicho los gitanos.

Ya noto yo por qué la senda que recorro está algo arreglada. Al pasar por aquí he sentido ruidos de agua y al mirar veo un trozo de tubo de plástico. Se ve que de este arroyo que busco, cogen el agua para algún establecimiento turístico. Según estas señales, no es senda lo que recorro sino el surco por, donde enterrado, baja el tuvo del agua. De pronto el sendero que recorro, cambia de dirección y en lugar de bajar, se viene más hacía el puntal de la derecha. Lo remonta y ahora baja. Al fondo ya veo el gran circo que los cauces han tajado en la ladera. Oigo el agua correr por el barranco que me queda a la izquierda. Al frente en todo lo alto veo un puntiagudo y elevado pico blanco. Enseguida pienso que puede ser el Blanquillo porque según mis cálculos sí es seguro que debe encontrarse por entre las cumbres que me superan.

Por la parte de abajo del pico, se observan profundo cortes rocosos. Por ahí descienden los arroyos y aunque no las veo, imagino las tremendas cascadas que descuelgan por entres esas rocas. Se cruzan en la senda varios troncos de pinos caído y algunos peñascos. Ya me encuentro próximo al arroyo y por eso la ladera se va cerrando y la senda penetrando por ella en busca del cauce. El bosque se espesa y al mismo tiempo se estira. Varios metros sobresalen por encima de mí. Mucho aladierno, grandes lentiscos, madroñeras de cinco y seis metros y la senda tallada en la ladera, rompiendo rocas y atravesando el bosque. Es esto vertiente del arroyo que busco y, además, una pronunciada pendiente.

Y ahora me sorprendo: lo que hasta este momento creía era la senda que venía buscando el arroyo, no lo es. Al llegar a una gran roca, se mete por debajo de ella horadándola y es el tubo que hace un rato descubrí. Como no puedo seguir, miro y rodeo la roca por el lado de arriba. Ya estoy en el arroyo y lo primero que veo es una obra de cemento. Una alqueta grande de donde sale el tubo y a donde entra el chorro de agua que viene del arroyo. A este punto exacto le llaman ellos el nacimiento. Pero por lo que me ha dicho Faustino que vive en Coto Ríos y antes vivió en el cortijo del Zarzalar, esto se llama la Fuente del Ermitaño y las tierras que quedan al fondo, las Huelgas del Ermitaño. Descubro unas cuantas cosas que hasta este momento las tenía confusas:

A este barranco confluyen dos arroyo y no uno sólo como al principio creía. El principal no es el que acabo de pisar. Queda más adelante y más tajado por la pendiente de enfrente. Desde este cauce que cruzo ahora, sigue la senda, lo que creo es senda, mucho más tajada ahora sobre la pendiente rocosa. La sigo y me voy buscando el surco del segundo arroyo que parece mucho más grande. Pero no. A unos cien metros del agua que baja por el cauce grande, me quedo frenado. Me impide avanzar la misma pendiente rocosa que forma el cañón del arroyo. Y ahora es cuando veo con claridad que no es senda.

Lo que desde este cauce sale y recorre esta ladera en forme de senda por donde he venido, es un gran tubo, roto y viejo ya y de uralita, que en otros tiempos arrancaba desde este cauce grande. Me tengo que volver porque es imposible el paso por aquí. Miro y como no quiero bajar porque mi deseo es descubrir las ruinas del viejo cortijo, me preparo y empiezo a subir por la ladera de la derecha. Voy subiendo, monte a través sin saber ni siquiera a dónde saldré por aquí. Sólo veo ahora que es una ladera muy escarpada, casi toda pura roca, poblada de grandes cornicabras y con enormes tajos por donde es seguro no podré pasar.

ESCALANDO LOS TORCOS
Me he parado y miro el plano. Veo que sí: de los varios cauces por donde este momento me desenvuelto, el trozo más largo de arroyo, viene justo del pico Blanquillo. Hacia ese punto voy a intentar subir pero creo que me estoy metiendo en una ladera muy complicada. Se queda encerrada entre dos cauces formando como un recio castellón tajado a ambos lados y pura roca según se eleva hacia la cumbre. Un pico blanco y de pura roca es lo que veo en todo lo alto. No sé si podré abrirme paso por esta difícil y complicadísima ladera.

Avanzo y me tengo que agarrar al monte para salvar el desnivel y las rocas que me voy tropezando. He vuelto a cruzar el cauce seco del tercer arroyo que por esta ladera desciende. Por la derecha, entre este cauce seco y el primer arroyo que he pisado, sube casi escalando en la escarpada roca. Es pura cascada lo que voy remontando y puedo subirla gracia a que ahora mismo no tiene agua. Miro y el manantial donde en la alqueta de cemento meten el agua en el tubo negro, lo veo bajo mis pies. Por completo en lo hondo y esto me indica que me he remontado mucho.

Un poco más y ya estoy en lo más alto de este tranco. Justo donde comienza su caída la gran cascada que por aquí cae aunque esté sin agua en este momento. Me apoyo sobre el tronco de un gran pino que clavado en la misma pared rocosa se mece en el vacío de la cascada. Me quedan, creo yo, unos metros para volcar a lo alto. Voy a seguir.

Ya he remontado, creo, el tramo más complicado de esta cascada y no ha sido fácil. Me he tenido que meter por la mismas pared rocosa de la cascada. Justo por donde el agua chorrea. Al remontar, descubro dos o tres grandes pozas aunque están secas. Si ahora mismo este arroyo tuviera agua, no hubiera podido subir por este punto. Entre las grandes rocas de las pozas sin agua, a la sombra del bosque, me he parado porque incluso me siento mareado. Hace mucha calor, el esfuerzo es grande, me palpita con fuerza el corazón y todo el cuerpo lo tengo empapado de sudor. Me he mareado. Es complicado, muy complicado, la subida por esta ladera que recorro.

En cuanto he terminado de remontar las pozas, me he tropezado como una senda. No es tal senda, sino caminillos de los animales silvestres que cruzan el monte de un lado para otro. La sigo y me vengo hacia la derecha. Como ya estoy muy remontado, quiero asomarme al cañón del arroyo que he dejado a la izquierda. Me he metido en el centro del cerro que se alza entre los dos arroyos. Aquí al comienzo, la ladera está poblada de cornicabra, tierra y muchas piedras sueltas.

Subo un fuerte escalón y ante mí aparece el asombro: un amplio lapiaz. Es una pronunciada pendiente de roca calizas, por completo todas astillas y llenas de pequeños surcos.
- Aquello es como si en otros tiempos las rocas hubieran estado blandas y con los dedos uno las hubiera arañado.
Me decía el otro día Faustino, un compañero y vecino de Manuela en el antiguo cortijo del Zarzalar.
- ¿Y cómo se llama tan extraño paisaje?
Le preguntaba yo.
- Los Torcos, le hemos llamado nosotros desde siempre. Más arriba está el Majal y al remontar del todo, te encuentra un collado. Ahí mismo hubo varias casas y eso se llama el Collado de la Cueva.

Me encuentro casi en el centro de estos torcos y los miro despacio porque son preciosas las rocas que por aquí se derraman. Sigo y me llega el olor de carne podrida. Enseguida descubro de donde viene. Entre estas rocas, como una cueva y en su fondo, un animal salvaje. Se ha debido caer y ahí en el fondo se ha podrido. Remonto unos metros y me asomo al gran cañón del arroyo que me quedaba a la derecha. Sé que este es el arroyo principal, el Zarzalar. Y tal como lo intuía: es profundo, quebrado y tajado entre dos grandes paredes rocosas. Me asomo y veo el arroyo en el fondo pero bien en el fondo. Me encuentro muy remontado. Por la otra parte del arroyo, la ladera gemela a la mía, veo una senda e incluso más arriba, una pista. Intuyo que por ahí subirían a los cortijos que también intuyo deben encontrarse en el barranco que también se adivina hacia el lado de la gran cumbre. Observo despacio porque estoy empezando a buscar una salida para luego regresar. Me parece que, regresar siguiendo el arroyo grande, va a tener su complicación. Tampoco estoy muy seguro que me sea fácil bajar de este cerro y enganchar con aquellos caminos que veo por aquella parte. Y veo a gente andando por los caminos de la ladera gemela.

Voy a procurar descender de este cerro, meterme en el surco del arroyo e irme a los caminos de la ladera de enfrente y seguir por algunos de aquellos caminos. Sigo remontando la cumbre ahora ya buscando una bajada y me tropiezo con una dolina. Hoyo sobre la cumbre lleno de tierra donde crece el monte y cuatro o cinco grandes pinos. De vez en cuando descubro rastros de senda. La misma que encontré algo más abajo que por aquí sigue remontando. Se nota muy usada.

Y ya estoy en el centro de lo que sería el Majal. Un trozo de tierra casi redondo y fértil, entre las rocas de la ladera. Crecen aquí algunos enebros, cornicabras y mucho pasto. Esta primavera pasada, esta tierra debió ser toda una pradera tupida de hierba. Lo que ahora veo es pasto amarillo y la tierra llena de grietas de lo seca que está. ¡ Y amigo! He dado con el cortijo. ¡Precioso!

Me he venido hacia el borde de la pared rocosa de la izquierda, buscando la hoya de donde cae el arroyo grande y al asomarme, un gran circo, casi valle se abre ante mis ojos, el arroyo que corre por el centro y junto al arroyo, las ruinas del cortijo. A un lado y otro, las laderas despobladas de vegetación, las olivas en primer plano, la tierra roja y blanca que brilla y los bancales que bajan hacia el cortijo, lo rodean y se derraman junto a las aguas del arroyo. Toda la ladera se ve cubierta de nogales, almendros, higueras, parrales, granados, membrillos, ciruelos, algunas encinas y luego fresnos.

Estas son las tierras que Manuela, sus hermanas, sus padres y las otras familias, cultivaban cuando vivían en su cortijo del Zarzalar. Y qué maravilla. Qué espectáculo de naturaleza formando una inmensa hoya en mitad de esta ladera, donde se reúnen los arroyos, se remansan y con sus aguas pueblan de vida a las tierras que le rodean. Desde este mirador mío, el mejor de todos y sin haberlo pretendido, me recreo en el fascinante panorama recogido en esta hoya. Rozando las ruinas del cortijo, pasa una senda y por ella, veo a un grupo de gente que baja. Se meten por el cañón del arroyo grande y esto me indica que sí podré pasar por ahí cuando dentro de un rato comience a regresar.

Me muevo un poco más intentando subir los últimos metros de este castellón que vengo recorriendo y un pino verde en todo lo alto del filo rocoso. Es como de ensueño. ¡Mira que dónde ha venido a nacer y crecer este pino! En el mismo borde de las rocas y como hacia el barranco de los cortijos lo que existe es un gran corte, el punto donde crece este pino, es el mejor mirador y el pino, proyecta la mejor sombra para que al mirador no le falte de nada. No podré bajar esta tremenda pared sino remonto hasta el final Me paro, respiro y ahora ya sí muy satisfecho, fotografío las ruinas del viejo cortijo, porque un sitio mejor que este no lo encontraré aunque lo busque mucho y respiro más hondo. Le he entrado a este rincón por el sitio más hermoso.

Ahora voy a terminar de coronar el cerro que recorro y luego, desde el collado, me iré hacia el barranco de los cortijos. Voy a recorrer todas las ruinas del cortijo y después me iré por donde he visto que bajan los turistas. Son las dos de la tarde cuando de nuevo arranco desde el pino con miras a terminar de remontar.

DESDE EL COLLADO
DE LA CUEVA

He coronado el picacho que me quedaba y lo que intuía es verdad: aquí se encuentra el collado y justo sobre la tierra del centro del collado, las ruinas de un cortijo. Más pegado a mí, en las mismas rocas que desde este picacho se prolonga hacia el collado, las paredes de un cortijo. Aquí mismo, entre la montaña de piedras crece un gran almendro. Desde el cortijo del centro del collado, ya veo una senda que baja hacia el centro del barranco. Me va a ser muy fácil bajar al corazón de lo que vengo buscando. ¡Qué bonito es esto! ¡Qué hermoso el rincón donde ellos vivieron!

Sigo la senda que se viene por el lado opuesto al espigón de rocas que he venido coronando. Y entre el espigón la ladera, solana que ya voy recorriendo, queda una franja de tierra, llena de repisas, bancales, que en forma de grandes escalones van descendiendo hacia el gran arroyo. Estas fueron sus tierras de cultivo y arrancaban desde el mismo collado. A la mitad entre el collado y el arroyo, las tierras ahora mismo están cubiertas de junqueras. Señal inequívoca de que por aquí brotaban los manantiales. Agua que ellos aprovechaban para sus huertas y sus olivos que arrancan desde mis pies y también bajan hacia el arroyo cubriendo toda la ladera. ¡Qué bonito es esto!

Ya he volcado hacia la parte alta del barranco. Lo primero que descubre es que el gran arroyo por aquí queda dividido. De las laderas de la cumbre grande, hacia el comienzo de este gran barranco, caen al menos cuatro cauces. El principal que todavía lo sigue siendo y que queda en el centro y otros menores que le entran por los lados. También descubro que por aquí crecen muchos álamos. El primer arroyo con el que me voy a tropezar, baja repleto de agua. Ya estoy viendo la corriente saltando por una pequeña cascada justo por donde la senda que llevo, lo cruza. Por aquí la tierra es aún mejor y por eso está toda perfectamente tallada en grandes bancales. ¡Qué buenas huertas tendrían ellos en este rincón! Con tanta agua, tan buena tierra y tan amplio todo este barranco, qué paraíso tenía aquí.

Por entre los álamos que, salpicados, crecen por aquí, veo dos burros. Estos son de ahora y no los de aquellos tiempos. Pienso que algún serrano, todavía anda acurrucado por estas tierras. Hace un rato, cuando bajaba por la senda desde el collado, también he sentido perros ladrar y no me inclino a que sean de los turistas. Me asomo hacia el arroyo grande y veo la tela azul de lo que parece una tienda de campaña. Sé que a los turistas no le dejan acampar, ahora, fuera de las zonas habilitadas para ello. Entonces, el o los que haya por aquí, seguro son serranos que aún no han podido irse de sus tierras.

Por aquel lado del arroyo sube dos jóvenes pero estos sí son turistas. Se les note desde la distancia. Busco interesado y no veo ningún cortijo por esta parte alta del barranco. Porque eso es lo que he pensado: que a lo mejor se esconde por este lado de arriba algún cortijo pequeñito donde todavía puede quedar refugiada alguna familia de aquellos tiempos. No veo ningún edificio. Junto al arroyo grande, abajo del todo, se ven trozo de tierra sembradas.

Sigo la senda y al llegar al primer arroyo de esta parte alta del barranco, compruebo que baja repleto. Un gran caño de agua limpia y fresca que debe brotar por aquí mismo. Caen por unas piedras y aquí mismo la recoge la reguera que, atravesando la ladera, cae en picado hacia el arroyo grande buscando los pedazos de tierra que hay sembrados al final. Hay muchos bancales por aquí, de tierras sin labrar excepto los dos o tres del final.

VACACIONES
JUNTO AL ARROYO

Veo, junto al arroyo, bajo unas matas y pegado a los huertos, a unas personas sentadas. No son turistas pero sí creo que ellos cuidan la siembra de los huertos y a ellos pertenece también la especia de tienda que he visto entre los pinos. Voy a buscarlos. Sigo la reguera, paso cerca de los burros y ahora ladra con fuerza, el perro que desde arriba vengo sintiendo. Me acerco a él y cruzo el arroyo justo pegado al árbol donde está amarrado. Me quiere comer y casi me muerde si me descuido. Me he confiado mucho y por donde he cruzado el arroyo el animal llega bien porque la cadena que le amarra es larga.

Ya he pasado y otros dos perros, de raza pequeña, me salen al paso. No le hago caso y me voy derecho a las personas que ya me miran algo expectantes. Me acerco. Los saludo y me paro porque en el fondo me alegro de haberlos visto. Ellos me van a contar lo que deseo saber y ahora desconozco de este rincón. Se lo digo y entonces me aclaran que aunque son serranos, ya no viven aquí. El hombre me dice:
- Trabajo en Barcelona y desde que me fui de estas sierras, en verano cada año vuelvo y si puedo me vengo a este arroyo a pasar mis vacaciones.
Ya lo tengo claro: son serranos, sin sierra ahora pero como vivieron y nacieron aquí, vuelven a sus raíces porque aquí están y estarán ellos para siempre. Los emigrados que aunque se fueron, no se han ido ni se irán nunca. Le pregunto y me explica:
- En este mismo arroyo había dos molinos: el Zarzalar, que está aquí mismo y el de los Membrillos que estuvo por donde pasa ahora la carretera.
- ¿Y los nombres de estos paisajes que nos rodean?
- Si miramos al frente, con la gran cumbre allá al fondo, lo que tenemos en el centro de estos tres arroyo, se llama La Copa del Castellón, todo el cerro ese. El royo que bajo por la derecha nace a unos dos kilómetros de aquí. El cauce de la izquierda de la Copa, se llama royo del Toril y nace en un punto que le llaman royo del Acero. Por ahí mana una fuente que se llama Fuente de Poyo Sequillo. Por cierto, el otro año subimos desde Coto Ríos, con Pío el de las Vacas, y la arreglamos para que bebieran los animales. Esa zona se llama ALas Praeras”. El monte este que tenemos aquí delante se llama el Toril y el pico que hay en todo lo alto ALos Esesperaos”.
- ¿Y este primer arroyo que yo he cruzado?
- Eso es una fuente que es propiamente la Fuente del Zarzalar. Nace ahí mismo, entre los pinos que se ven algo más arriba. Toda esa zona se llama la Lancha de Roblaillo. Arriba había unos terrenos muy buenos que los sembraban los vecinos de estos cortijos.

Lo que hay de la Fuente del Zarzalar para nosotros, son las Huelgas del Zarzalar, los terrenos que tenían los vecinos para sembrar.
- ¿Recuerdas tú algunos de los que vivieron en estos cortijos?
- En aquella casa del Collado vivió Juana. Al otro lado del collado de la Cueva, hay una piedra que se llama la Piedra de los Cuchillos que es redonda y abajo hay una cueva que es donde duermen las cabras. Pero arriba, hay un poyato y se meten los animales, desde la parta alta y ya no puede salir. Ahí siempre se empoyatan las cabras. Este invierno se empoyataron dos allí, fuimos a sacarlas y como las cabras son bordes, cogieron y se tiraron. No se mataron ni nada.

En uno de los cortijos de aquí abajo, vivía Pedro María, José Antón, el padre de la Golondrina que se llamaba Francisco, la madre que era Josefa y las hijas, que fueron cuatro y se llamaban Ramona, Manuela, Pepa Y Teresa. La tierra esta estaba dividida en cuatro o cinco partes. Los cortijos estos pueden tener hasta quinientos años y de ahí que muchas de estas propiedades fueran herencias que iban pasando de una generación a otra.

Es lo mismo que el cerro este, que por eso le llaman el Castellón: arriba del todo y volcando ya, había un cortijo que llamaban el Castellón.
- ¿Y más arriba todavía estaba el cortijo de Aguas Blanquillas?
- La Blanquilla y los Cerezos pero los Cerezos se encuentran subiendo por el royo este para arriba. Volcando la cuerda es donde nace el arroyo de la Fuente del Tejo, uno de los cauces más importante que desaguan en al pantano de Aguascebas. Eso es ya de las Villas. En el Cortijo de los Cerezos se criaron mis abuelos, luego mis padres y después yo hasta que me fui a Barcelona. Fuimos once hermanos.
- ¿Por qué os fuisteis?
- Porque aquí ya no se podía vivir. Esto lo hicieron coto de Caza, lo que sembrábamos se lo comían los bichos y tuvimos que irnos. ¿Y el venir aquí a pasar mis vacaciones junto a esta royo, que son las tierras donde me crié? Pues porque como somos de aquí, nos gusta tocar y respirar la tierra y el aire que nos acogió de pequeños. Esto es muy sano. En Barcelona me muero. En cuanto cojo unos días de vacaciones, al corazón de mis sierras que no puedo olvidar.
- ¿Te acuerdas de ella?
- ¡Ya lo creo que me acuerdo mucho! No la cambio por nada en el mundo. La primera agua que yo bebí es la de la Fuente de los Cerezos y mi sueño es morir bebiendo de ese agua.
- Que te tira la sierra.
- ¡Mucho y más todavía! Aunque esté bien, de noche y de día, mis pensamientos están aquí. Y allí estoy bien pero esto tiene algo que no me deja irme.
- ¿Ahora estáis en el hotel?
- Estamos en Coto Ríos. Mi mujer tiene una casa ahí, nos venimos a su casa. Durante el día, desayunamos en el Hotel Mirasierra, nos ponemos en camino, subimos a este rincón del Zarzalar y aquí todo el día junto a la corriente de este arroyo.
- Y pasáis el día en este chalé.
- El más grandioso y el que no cambio por ningún otro.

NOMBRES SERRANOS
Recuerdo ahora que el otro día comentaba con ella algunos nombres de los sitios por la cuenca del arroyo de su cortijo.
- Como tanto ignoro de estas sierras, escucho y anoto. Me han dicho que por esa zona se encuentran los sitios que se llaman Collado del Pedro García, Tiná del Madroñal, Lancha de los Corrales, Huelga del Ermitaño, Aguas Blanquillas y algunos más. ¿Tú qué dices Manuela?
- Pues mira, hijo mío, si las cosas las crees tal como me lo has contado, da la sensación que todos los lugares se encuentran juntos.
- ¿Y no están juntos?
- ¡Qué va! La Tinada del Madroñal se encuentra subiendo a los cortijos de Hoya Armadilla. La Huelga del Ermitaño está abajo, estas que hay en el barranco de la cerrada esa tan mala de esperillas, justo en el mismo arroyo del Zarzalar. También le decían a eso las Huelgas del Cargaero. La Cueva del Cáñamo es la que hay yendo a la venta de Mirasierra, conforme entras a los llanos que se llaman Llanos de la Calera, miras para arriba y verás unos cantonales, por ahí se encuentra la Cueva del Cáñamo. El Collado de Pedro García es el que yo he sembrado toda mi vida aquí en el royo de Aguas Blanquillas. Subiendo, en los covachacos grandes que hay ahí, arriba se ve un llano como este de la Golondrina. Hay nos hemos criado nosotros comiendo trigo. La Lancha de los Corrales está muy lejos. En lo alto de la sierra. El cortijo de Aguas Blanquillas, que es el royo este nuestros. Arriba hay un cortijo donde se han criado los más ricos que por aquí había. Esos no han pasado hambre nunca. Subiendo todos estos cantonares, al final hay un llano y allí se encontraba el cortijo.

Y eso que me decías antes, también te lo confirmo: son distintos el cortijos de Aguas Blanquillas y el cortijo de los Pingos. ¡Madre mía de mi alma la distancia que hay entre uno y otro! En el cortijo de los Pingos se casó una hermana mía y aunque es verdad que cogía mucho perdigones, mi padre le ganaba. Le decían el Atío piojillo” y era el que más perdigones ha cogido en el mundo a lo largo de su vida. Mi padre, cuando tenía once años, le pegaba un tiro a una estrella. Mataba de todo.
- Explícame eso de los perdigones.
- ¿Pues qué quieres que te explique? Que teníamos perdigones de esos chiquitines, recién nacidos de las perdices. Siempre teníamos pájaros en mi cortijo. Yo me pasaba las horas cazando grillos por aquellos campos.

PERDIGONES Y GRILLOS
A buscar los grillos y a manotazos, pues venga cazar grillos. Los echaba en un taleguillo. Sacaba un talego así de alto y luego lo tenía para todo el día para echarle de comer a los animales. Te levantabas por la mañana temprano, antes que a los grillos le calentara el sol, porque si le calentaba, ya no ganabas un grillo. Eso dan dos brincos y cualquiera los agarraba. Pues nos levantábamos en cuanto nos amanecía, par caso. Cogíamos un taleguillo que hacíamos de tela. Así, un suponer, lo pillabas y lo ponías así y grillos a grillos, pues traía un talegón que Dios temblaba. Para mis perdigones.

Criábamos unas perdices que era la envidia de todos los vecinos. Luego las vendíamos y le sacábamos buenos dineros. Yo les decía a todos los tíos, los engañaba: AEste es un macho que pa qué”. La perdiz más hermosa que había, que estaba más lustrosa, que las mujeres bien sabes, nos apañamos más que los pájaros también, era la que vendía. Los perdigones algunos había que eran machos de verdad pero eran más chicos y enratonados. Que no estaban lustrosos. Cuando llegaban a comprarme los perdigones decía: A¿Esto? Esto sí que es un macho de verdad. Una prenda”. Y era una perdizaca de aquellas que se criaba muy Afondota”, igual que nosotras pero luego qué leche, no cantaba. Una perdiz que el tío me daba un buen dinero creyendo que se llevaba un gran macho.
- ¿Bajabas al río a venderlos?
- Iban a mi cortijo a por ellos.

Los perdigones los cazaba mi padre. Mi padre era muy cazador. Un abuelo cazador que eso nos tenía mantenidos de caza. De conejos, de perdices, de todo. Si nos hemos criado hinchados de comer caza nosotros. El los agarraba de las perdices. Cuando nacían en el campo, pues sentía a la perdiz Acarracachacá, carracachacá” y enseguida a los perdigoncetes, pli, pli, pli, cantando los pajaruchos. Y claro, en cuanto echaba detrás de ellos, en algunos sitios que había rodales de tierra, los cogía. Se metían en las matas y como estaban recién nacidos, pues de momento los cogía. Los metía en una taleguilla y como no les pasaba nada, nos los traía al cortijo y nosotras los criábamos.

Hacíamos una malla, de esas de alambre, que no se podían salir. La perdiz o el macho que tuviéramos, así al lado. Los pajarillos allí metidos tomando su sol y comiendo sus grillos. Luego, ya te decía, nos los pagaban muy bien. Yo quería que fueran todos machos. Y las perdices, cuanto más hermosas estaban, eran las que parecían más machos. ¿Entiendes? Si me pedían un macho, yo les decía: ANo, este no lo puedo vender. Los peores no podemos venderlos. Este que mire usted qué bien criado está. ¿No está usted viendo? Si nada más que de verlo da envidia”. Me decía: APues ese es el que yo quiero”. Y aquello era una perdizaca. Tenía eso del pico muy coloraillo. Como estaba muy bien mantenía, pues parecía el mejor macho. Y los engañaba a los tíos. Luego venían diciendo: AAy que nos ha salido hembra la perdiz que te compramos”. Yo les decía: AHaber, yo qué culpa tengo. Si eso no los tiene a la vista”. Todas esas cosas hacíamos entonces.

Lo que sí es verdad que los perdigones de Pollo Sequillo tenían más famas que estos de la ribera del río. Por aquellos, todo el mundo preguntaba y era porque cantaban más. Estos de la vera del río, pues no eran tan cantores. Estaban mejor alimentados y eran muy hermosos. Luego, no tenían más que plumas bonitas. No era cantaores buenos. El caso es que por los de Pollo Sequillo, todo el mundo preguntaba. Los de por ahí arriba, se hacían astillas cantando. ACon el pie, con el pie, con el pie” o Acuchichí, cuchichí” y se estaban todo el día Acon el pie”.

Y seguimos con lo que antes me preguntabas. Los Canalones se encuentran frente a un sitio que le dicen el Robleillo. Ahí criaban trigo en cantidad. Desde las huelgas del Zarzalar, siguiendo el arroyo grande, arriba hay una cueva que le llaman la Cueva de las Pilas. Todo son pilas y tiene una en el centro, en la que te puedes bañar. Aquello es la bendición sólo verlo. Es justo el royo que baja del cortijo de los Pingos. El agua que viene de allí es la misma. Al principio hay una pila grande donde también te puedes bañar. Y el agua helada como un granizo. Y tiene aquello miles de punzotes por arriba. ¿Entiendes lo que te quiero decir? Como cuajada de piedras. Mira aquello es precioso.

Estas cosas me decía Manuela el otro día allá en su venta de la Golondrina y ahora le pregunto a Cecilio:
- Y para ir al pueblo desde el cortijo de Los Cerezos ¿Por dónde salían?
- Por la Fuente de la Zarza para allá. Primero se salía al Pardal, toda la cuerda adelante, la Nava del Puesto, Narigón, collado de los Plomos, Salto del Moro, Puerto de las Palomas y Burunchel. Por encima del cortijo de la Blanquilla, había un pino laricio, que todavía crece en el mismo sitio, que cada vez que venía una tormenta, le caía algún rayo. ¡Yo qué sé las señales de rayos que ese pino tendrá en su tronco! Pero de todos ha salido vivo. Todavía está verde y sabe Dios hasta cuando. Un día tendrías que ir por el lugar para hacerle una foto.
- Pues no creas, que a lo mejor un día voy por allí y eso: le hago una foto.

POR EL PICACHO
DEL MOLINO
Son ya la cinco de la tarde y casi sin darnos cuenta, llevo aquí con ellos tres horas. Me levanto y le digo que ya si me voy. Cecilio se levanta y se viene conmigo.
- Te voy a enseñar donde estaba el molino del Zarzalar.
Cruzamos el cauce, remontamos un poco la cuesta y coronamos a las ruinas de las casas. Junto al gran laurel de tres pies nos paramos y mirando hacia el arroyo me dice:
- Mira, ahí en lo hondo estuvo el molino. Primero fue del Tío Trinidad. Cuando ya el hombre se hizo mayor, se marchó y se lo quedó el padre de la Manuela, la Golondrina. Trabajaba en él un cuñado de la Manuela. El hombre lo atendía y cobraba un tanto por moler el trigo.
- Y este picacho que tenemos entre nosotros, el arroyo y el molino ¿qué nombre tiene?
- Precisamente se llama así Picacho. Pero también puede ser el Picacho del Zarzalar. Si tú te vas ahora siguiendo el cauce del royo, por donde se puede pasar, atravesarán ese cañón que me has dicho. Pues ese cañón siempre lo hemos conocido nosotros por La Cerrá. Que claro, como hay otras muchas cerradas en la sierra, para distinguirla la pudríamos llamar también la Cerrada del Zarzalar.

Miro al laurel que nos queda al frente y recuerdo lo que el otro día me decía Manuela:
- ¿Y qué te cuento del laurel? Si es que aquello, hijo mío, lo pusimos en aquellos tiempos y junto a la roca se ha quedado tan sano y tan fuerte. Si nos vinimos todos del cortijo y aquello lo han hecho polvo para que nadie nunca más viviera en el Zarzalar.
- ¿Pero quién sembró el laurel?
- Lo sembró mi madre.
- ¿Tú lo regaste alguna vez?

- ¡No lo iba a regar yo! Toda mi vida de niña lo estuve cuidando y regando. Mi madre se murió y al laurel yo le tenía mucho cariño. Aquello es tan grande como las nogueras estas que tengo aquí. Y eso que se han llevado muchas ramas los pastores. Con el hacha le cortaban las ramas enteras.
- ¿Y para qué lo usabais?
- Pues le echábamos al potaje de garbanzos, al potaje de habichuelas. Si hacíamos arroz, dos hojicas de laurel. Echabas adobo y entonces metías unas hojas de laurel o molías en el mortero unas hojillas y eso daba un sabor muy rico. Da un gusto muy bueno a las comidas las hojas del laurel. Es una especia de las mejores que hay.

Ya te digo: pones un potaje y le echas unas hojicas de laurel y ya tiene un gusto diferente. Para los guisotes se refreía la carne, se le ponía sus pimenticos, colorados o del tiempo, lo que le tocara, su cebollica, su hojita de laurel, lo refreía todo eso, cuando estaba algo refrito, le echabas el pimiento molido, un tomate del hortal si estaban tiernos y aquello salía que te chupabas los dedos de tan rico. Así que Fíjate qué buen apaño nos daba el laurel. ¡Madre mía lo que me acuerdo de mi cortijo y las de veces que de niña he jugado por allí!

Y hoy aquí, junto al laurel verde, despido a Cecilio, dándole las gracias por todo cuanto me ha dicho y el buen rato que me ha hecho pasar y me pongo en marcha con la intención de salir arroyo abajo. La senda es visible y como la ruta y el encuentro con este rincón ha sido tan bello y ha quedado tan redondo, conocer ahora el arroyo que desciende desde los cortijos va a ser un buen broche final. De este modo, sin haber tenido control casi ninguno sobre el proyecto de recorrer y conocer los lugares y cortijos en que vivió la Golondrina, todo queda magníficamente encajado y claro. Ni el mejor experto lo hubiera bordado tan sencillo y bello.

Comienzo a descender y cruzo las paratas de los últimos hortales por este lado. Todavía crecen por aquí los grandes parrales enredados entre las ramas de las encinas y los robles. Crecen los ciruelos que ahora mismo ya tienen sus ramas dobladas de tantas ciruelas verdes y gordas. Los granados, los olivos y muchas higueras. Cruzo el arroyo, con dificultad porque la corriente es grande y ahí mismo, junto al un gran ciruelo cargado de fruta, me paro a comer. Son más de la cinco y media. Pero no me importa.

De aquí para abajo, recuerdo también ahora que Manuela me decía el otro día:
- Por el tajo ese de la cerrada, pasaban todas las personas que iban al cortijo del Zarzalar. Con un pico, le hicieron unos escaloncillos ¿me entiendes? Hay una losa como la mitad de la pared esa así para allá. Una losa grandísima. Mi padre mismo y mis abuelos, con un puntero, le hicieron escaloncillos y en ellos poníamos los pies. De noche y de día hemos pasado por esas losas. ¡ Hemos ido pocas veces! Pues si ese ha sido mi camino de siempre. ¿Tú has pasado esa cerrada para arriba?
- La tengo que pasar.
- Ya verás la losa esa donde poníamos la pata. Miras para abajo y te mueres. Todavía me duele el pie de cuando pasaba por allí sólo de acordarme de eso. Pues no creas, Faustino me ha dicho a mí que por ahí pasó una novilla con un año y pico. ¿Tú te crees? De noche, millones de veces he pasado yo, por no irnos por el molino y dar tanta vuelta. Unos a los otros nos dábamos la mano y sin linternas y sin nada. Una tea la encendías, pegabas fuego y te mataban. ¡La hemos pasado negras! No creas
- ¿Pero las bestias también subían por la cerrada?
- Eso no. Las bestias tenían su camino que da mucha más vuelta. Hay un charco por debajo que si te caes, te ahogas sin salvación.

Esto es lo que ella me dijo. Así que por esta cerrada me iré del rincón del cortijo del Zarzalar, donde todo ha sido breve pero tan agradable, tan bonito y tan lleno de sensaciones que ahora mismo, sin pretenderlo, se me viene al recuerdo mi sueño de anoche.

Vi un sencillo cortijo sobre un pequeño montículo. La familia trajina dentro y la niña juega con su pequeño pajarito. Hace poco que se lo han traído de fuera y aunque el pájaro es de colores vivos, no pertenece a estos montes, no es este su mundo. Quizá por esto, el pájaro no es feliz aunque la niña sí. Va a echarle de comer y al abrir la puerta de la jaula, el animal revolotea, se escabulle y dando una gran volada, se escapa por la puerta del cortijo. Surca los aires, remonta el bosque, se pierde por entre los árboles y parece alegre. Aunque la niña se ha llenado de tristeza él ha encontrado la libertad volviendo a su mundo. Esto es lo que parece pero enseguida compruebo que la realidad es otra.

Subo yo por el arroyo y al ver a la niña que tanto llora llamo al pajarito. Le pido que vuelva y ante el asombro de ella y mío, el ave vuela desde los árboles y se para en una piedra junto a nosotros. ACógelo, es tuyo de nuevo”. La chiquilla lo coge y feliz ya otra vez se lo lleva a la jaula. A¿Adónde ibas a ir tú que estuviera mejor que aquí?” Le dice la muchacha como si le regañara un poco y al mismo tiempo le diera también un poco de cariño. A¿Adónde iba a ir él?” Me digo yo, dándome cuenta de la realidad.

El animal quiere volver a su mundo, a su tierra, a su libertad. Necesita del aire, del perfume y hasta de los sonidos de la tierra a que pertenece y por eso quiere irse, quiere escaparse, quiere volver. Sabe que está preso, se siente preso, en tierra extraña y juguete de unos pocos. A este pobre pájaro le obligan vivir aquí y de este modo pero su tierra, sus raíces y hasta los suyos, se encuentra en aquellos otros rincones.

Cortijo del Zarzarla, (La Golondrina)-1

JUNTO A LAS AGUAS DEL GUADALQUIVIR

“Así, todo es misterio y milagro
en el discurrir de mi vida”.

DIA PRIMERO
EL ENCUENTRO

Los caminos se van borrando pero los recuerdos siguen vivos y aunque las cosas ya han cambiado mucho, no está claro que esto tenga un buen futuro. Tú fíjate cómo se ve el panorama. Hoy es domingo cuatro de agosto y cuatro personas son las que han venido por aquí a tomarse algo. Y es que las criaturas, aunque no son menos que antes, sí hay muchos sitios donde pueden gastar los pocos dineros que traen y eso a lo mejor no es bueno ni para unos ni para otros.
- De todos modos, esto del turismo en el Parque siempre es así. Ahora vienen más, luego vienen menos. Se dice en los periódicos que este fin de semana se ha llegado al cien por cien de la ocupación hotelera. Luego no es verdad, más tarde si es verdad ¿Por qué no dejamos el turismo, o mejor empezamos por el principio y hablamos de lo nuestro?
- ¿Y qué es lo nuestro?
- Pues todo lo que tú recuerdes y quieras decirme de este trozo de tierra que tanto quieres. Y nunca mejor expresado, porque me han dicho que es tuyo de verdad.
- Sí que es mío pero eso lo dejamos para luego. El principio que tú quieres, viene desde más arriba.

He llegado a este rincón justo a las cuatro de la tarde y es domingo, cuatro de agosto. Aparco el coche en el sombrajo que para los turistas ellas han hecho a la derecha del hotel y mientras cojo las cosas y me dispongo a salir para encontrarme con ella, veo que en entre los coches juegan dos o tres niñas. En la misma puerta de la casa, y por entre las plantas, se mueve. No la conozco porque nunca he hablado con ella pero en cuanto la veo me digo que es ésta. Me acerco, las saludo y le digo:
- Vengo buscando a Manuela, la dueña de la Golondrina. ¿Me equivoco si pienso que eres tú?
- No te equivocas. ¿Tú eres el que el otro día hablaste con mi hija para decirle que ibas a venir para que te dijera cosas de este rincón?
- Yo soy.
- Pues ven. Vamos a sentarnos a la sombra y ya puedes preguntar lo que quieras.

La sombra la tenemos justo en el rincón de la derecha, pegado a la “parata” donde crecen las plantas que decoran la entrada del hotel. Aquí mismo crece un lilo y a la sombra que proyectan las ramas, ella tiene unas cuantas sillas.
- Esta es la tuya y esta la mima. Venga, siéntate y a ver qué quieres.
- Pues lo que quiero ya te lo he dicho: conozco un poco la Hoya de Miguel Barba, algunos detalles de por aquí y ya no puedo seguir más. Como sé que eres la más veterana de este rincón del Parque, ya me estoy imaginando la de cosas bonitas y no tan bonitas que guardarás en tus recuerdos. Si no me las cuentas hoy, tú un día ya no estarás por aquí, porque te irás, como todos poco a poco se fueron marchando y para siempre, ya esas cosas y tú, guardareis silencio. Habla ahora que puedes para que tus sentimientos y sueños queden vivos entre nosotros y así nunca te olvidemos. Tanta sierra y tantos días de sol y lluvia amontonados en tu corazón, no pueden ser sólo para ti. Habla y dinos cosas de tu cortijo y los serranos. Yo y quizá otros muchos, necesitamos de tus recuerdos y palabras, porque deseamos que algunos de aquellos viejos caminos, cortijos y hortales no se pierdan nunca. ¡Tienen y tienes tantas verdades grandes y bellas!

EL CORTIJO
- Pues te decía antes que sí. Toda la vida por estas tierras, han ido dejando huellas en la experiencia de mis días pero una ya tiene la memoria que le falla mucho. ¿Quieres saber dónde nací?
- ¿Dónde naciste?
- En el “royo” del Zarzalar, que está algo más arriba del hotel El Pinar.
- Pero si ese arroyo se encuentra a la altura de las tierras del Cortijo de la Tejerina.
- Es que hay dos royos con el nombre del Zarzalar.
- Bueno, eso es otra caso.

Y para mí, recuerdo ahora que no son dos arroyos con el mismo nombre. Por aquí cerca, en el lado derecho de esta cuenca del Guadalquivir, existe un cauce que se llama arroyo del Membrillo, que este es su nombre oficial en los planos y demás pero que desde siempre, a este arroyo, los serranos lo han llamado con el nombre del Zarzalar.

- Pues lo que había en ese “royo”, eran todos zarzales pero los terrenos buenísimos, que con eso hemos comido; de sembrar patatas, habichuelas, garbanzos, de todo lo que se necesitaba.
- ¿Y por el cauce aquel corría mucha agua?
- El royo ese entero que era nuestro. El royo de allá. Mira, este que tenemos aquí mismo, es el mío porque era de la finca esta y el que cuela para ir de Mirasierra para arriba, ese que tiene un “Puentarraco”, ese es el royo donde me lavaron a mí la cabeza y el culete.
- ¿Para qué te lavaron la cabeza?
- Es que allí me lavaron cuando me parió mi madre.
- ¡Ya caído! Cuando naciste te lavaron con el agua que mana en las fuentes de este arroyo.
- ¡Allá arriba!
- Pero donde te lavaron ¿Qué hay? Quiero preguntar: ¿Tú naciste junto al charco sin casa ni nada?
- ¡Válgame Dios! Menudo cortijo que teníamos nosotros. Se llamaba y se llamará siempre el Zarzalar, como el arroyo y el molino y estaba y para siempre estará, a media altura entre la cumbre y la vega del Guadalquivir. Por encima del la gran cerrada y en un sitio que aquello es un paraíso. Mana agua por todas las peñas y hay tierra buena que cría de todo. Ya te lo he dicho: en las aguas de ese royo me lavaron cuando nací.
- ¿Y con lo fría que siempre están las aguas de cualquiera de los arroyos de estas sierras?
- Ea pero es que era un cortijo que tenía siete casa u ocho. Buenas casas, con cuadras para las ovejas, los gorrinos. El Zarzalar le dicen a mi cortijo.
- Siete u ocho casa, es casi una aldea.
- Pues claro. Ya te he dicho que por lo menos ocho familias vivíamos y todos de buen vivir. Todos comíamos bien y no teníamos falta ni de trabajo ni de alimentos.

Como trabajamos mucho, pues había dinero. ¿Me entiendes? Al principio o al final, según se mire, cuando esto lo hicieron Patrimonio, pues los hombres que podían, echaban jornales en el Patrimonio. Pero ya también se empezó a complicar la cosa. Cuando lo hicieron Patrimonio, quitaron el cortijo, lo han derribado todo y allí se han quedado las tierras llenas de zarzas y los recuerdos desparramados por entre el monte y las riscas.
- ¿Ya no vive nadie en aquel trozo de sierra?
- ¡Qué lástima! ¿Quién va a vivir, si nos echaron a todos?
- ¿Lo que me estás contando es cierto?
- Tan cierto como que ahora mismo estoy aquí viva. Todo se puede acreditar que sucedió así. Pues si es verdad que ha pasado. Sí allí “despropiaron”, pues nos tuvimos que ir. Cada uno se fue por donde pudo.

REPASANDO
LOS RECUERDOS

Mis hermanas las tengo, una en Valencia, la otra está en Alicante y la otra en Barcelona. Total, se han esturreado todas. De las cuatro hermanas, sólo yo he quedado por aquí.
- ¿Las cuatro erais niñas?
- Todas mujeres. Mi madre estaba apañada con nosotras. Tuvo un hijico y le dio parálisis infantil cuando, el angelico, tenía un añillo. Escasamente andaba. Al pobretico le dio la parálisis y se quedó con las piernas secas. Y estábamos con él, mis tres hermanas y yo, que pa qué de contentas. Antes igual que ahora, el mal que es grabe, no te lo quita ni médico ni nadie. Porque te curan un poco pero no del todo. Así que mira. ¡Qué lástima!
- ¿Pero vivió luego, después?
- Sí, se nos ha muerto aquí en Coto Ríos con casi cuarenta años o así. Y ya te digo: tres años hace que lo tengo enterrao. Ha estado con sus piernecicas secas... Mi madre ya se me murió también.

Además de esto, allí los pobres de los padres, sembrando para recoger un poco para el invierno. Garbanzo, patatas, habichuelas. De todo. Como los trabajadores. Nosotras le ayudábamos a mi padre. Eramos niñas pero como mi hermano, ya lo sabes, se quedó como se quedó, pues nosotras a trabajar en todo lo que fuera. Teníamos nuestras eras para trillar el trigo. Mi padre tenía un par de mulos y al llegar el verano, a trillar con ellos en la era. Recogíamos paja para los animales, higos para secarlos, uvas para hacer vino, hortalizas con las que mi madre hacía conservas, garbanzos recogíamos para comer toda la familia y siempre nos sobraban. De aquí de la vega del río, mi padre subía cargas y cargas, serones, llenos de remolacha. Cuando luego en el invierno caían los nevazos aquellos tan tremendo, de esto era de lo que le echábamos de comer a los animales. Nosotros dentro de la casa calenticos, porque teníamos también mucha leña y a esperar a que las nieves se fueran.

- ¿Y cuando en la primavera, los trigos ya estaban crecidos?
- Entonces nos íbamos a los campos a escardar. Te lo voy a explicar para que lo sepas. A primera hora hacíamos unas gachas migas, un suponer. Almorzábamos bien. Preparábamos la comida para la merienda al medio día. Echábamos nuestros buenos cachos de jamón, de tocino frito con magrilla, pimentillos verdes y según la gente que íbamos, medio o un pan entero. Un pan más rico amasado y cocido en los hornos. Y también para luego algunos trinques de vino. Todo aquello estaba más bueno que pa qué. Lo echábamos en nuestras talegas y nos montábamos en el mulo. Cuando llegábamos, un suponer, a Los Canalizos que se criaban unos trigales muy buenos, descargábamos el mulo. En unas matas que les decíamos “cornitas”, que echan la uvilla esa menudilla, colgábamos las talegas con la comida para que no se llenara de hormigas.

Pues entonces nos liábamos a sembrar garbanzos o escardar trigo, según el tiempo que era. ¿Que cómo se escarda el trigo? Pues leche, tú ves que hay aquí un montón de trigo sembrado, menudico, pues vas abriéndolo así, te vas metiendo con el escavillo chico, hay un yerbajo, lo coges y lo arrancas con el escavillo. Si no, tiras de él y lo sacas de raíz. Si está cerca la orilla, lo echas fuera o sino lo dejas ahí. El trigo no se arranca. Si hay matas de esas grandes que le decíamos “alverjana” que era una sementilla muy chica, que eso echaba mucha simiente, tirabas de ellas y las arrancabas. Eso era muy malo. Se enredaba en el trigo y se aprovechaba de él.

Otras que eran grandes, la avena, había unas “matocas” de avena, y eso lo arrancábamos porque sabíamos que no era trigo. Matas grandes que parecían nabos. Todo eso lo escardábamos. Echábamos el día entero. Todo el día sin parar. Sólo a medio día un ratico para merendar. El día que llovía ya no escardábamos. Aquel día estábamos en la casa todos comiendo tan agusto. El trigo si estaba mojado no podías meterte a excardalo. Eso tenía que ser con sol. Que estuviera enjuto todo.

- ¿Y cuando ya estaba el trigo para segarlo?
- Pues yo cogía mi hoz, no segaba como un tío que tenía energía para darle con fuerza y liarlo pero me cundía. Los hombres, como sabían, cogían dos o tres matillas de trigo, le daban media vuelta aquí así, lo metían pa dentro y ya había un manojo que no se caía. Segaban otro poco y cuando soltaban la maná, que le decían maná, los dejaban en montones. Iban haciendo montones y luego lo cogían con la hoz y los juntaban. Cuando ya tenían un haz, lo ponían en un manojo de trigo, del más largo, y ataban su haz. Lo atabas por aquí, le hacías así una cruz, le dabas vueltas así y lo dejabas. Ya quedaba atado.

¿Los haces los has visto tú?
- Alguna vez, sí.
- Pues poníamos dos haces a cada lado del mulo y luego en medio. Total, que llevaba el mulo seis haces de trigo. Iba reventado. Lo llevábamos al cortijo. Lo poníamos así en un rodal como esto, haciendo una acina. ¿Entiendes? Y después venía la trilla. ¡Madre de mi alma lo que yo he trabajado por estos montes!

A LA LUZ
DE LA LUNA

Cuando los garbanzos estaban ya secos, había que arrancarlos y aquello también tenía su emoción y su arte. Por la tarde, nos juntábamos un montón de muchachas y de muchachos, de los vecinos, y decíamos: “Está la luna bien, esta noche vamos acoger los garbanzos”. Una noche les tocaba a los garbanzos del tío Francisco, otra a la de la tía Anselma... cada noche, los de uno. A veces íbamos catorce o quince y hasta veinte en ocasiones. Según estábamos de familiares, de chiquillos y muchachas. Nos llevábamos un poquillo vino y unas tajadillas de tocino, chorizo o morcilla. Y oscureciendo, nos íbamos a “piazo” pero con luna brillante. Llegábamos a un bancal, un barranco de labores y en cuadrilla, nos plantábamos todos a arrancar garbanzos. Los garbanzos bien sabes: los coges así del rabo y luego otra mata y las pones cruzadas. Le decíamos a aquello las gavillas. Las gavillas de los garbanzos.

Los arrancábamos en una “trasnochá”. Al pobre hombre le quitábamos un trabajo que pa qué. Un montón de jornales que se ahorraba y eso, pues ya verás tú cómo lo agradecía. A otro día, pues el hombre iba, juntaba sus gavillas, las ataba, pillaba su burro o sus mulos, los cargaba, se los traía a la era, los trillaba y ya tenía su apaño. Otra noche me toca a mí, con los míos, y aquellos también me ayudaban. Con la luz de la luna cogíamos todos los garbanzales de estas tierras. Lo hacíamos todo tan agusto y aquella alegría. Ibamos muy concentrados. Los vecinos y todos los serranos, siempre nos hemos llevando muy bien. Luego así que estaban terminados los piazos, pues lo celebrábamos. Nos veníamos al cortijo y ale, a bailar.
- ¿Por qué se cogían de noche?
- De día, con el salitre de esas plantas, no había que las tocara. También porque era por la noche cuando nos juntábamos todas esas pandillas de mozuelas y mozuelos.

ESFARFOLLOS
Y MATANZAS

Las cuatro hermanas no teníamos más diversión que cuando los esfarfollos. Eso era coger el maíz y quitarle las esfarfolla. La gente sembraba mucho maíz. Se hacia un gran montón de panochas. También se decía panizo. Por la noche nos juntábamos a esfarfollarlas. La noche que decíamos de esfarfollar, nos juntábamos, a lo mejor cuarenta personas. Es que entonces había muchos cortijos por aquí. Le dejábamos tres o cuatro farfollas para luego colgarlas y hacer ristras. Las ponías dentro de la casa o donde les diera el sol. De esta manera se conservaba para luego molerlo y sacar el panizo. De esta harina, se hacían migas de maíz y eran riquísimas. Se hacían unas migas muy buenas con el panizo. Para esto se aprovechaba todo el maíz que era bueno. Del otro, el que salía más malillo, pues para los gorrinos. Al rematar la tarea de los esfarfollos, siempre se organizaban una buena juergas, abundantes cuervas, una arroba de vino, patatas asadas. ¡Calla, qué bien lo pasábamos entonces!
- Lo pasabais bien.
- ¡Ay! De bomba todo.
- ¿Y estas tareas eran en los cortijos?
- En los cortijos todo. Alrededor de la lumbre si era invierno porque, además, esto era una manera de convivencia entre nosotros y de hacer que las noches, en los cortijos serranos, fueran amenas y tuvieran sus alicientes.

Por aquí todo el mundo echábamos unas matanzas que pa qué. ¿Tú sabes lo que es la matanza?
- Algo sí pero las vuestras, no del todo.
- Pues cuando te digo “matanza”, me estoy refiriendo a matar gorrinos en las casas. En cada cortijo se tenía su matanza particular. Se mataba un par de marranos de esos que pesaban ocho, nueve y hasta diez arrobas. Unos marranacos que se tenían que juntar cuatro o cinco hombres para matarlos. Mi padre que era muy trabajador, también era matador de marranos. El los “esollaba”, los pelaba, los picaba y de to. Hacíamos nuestras morcillas, el techo del cortijo parejo de morcillas, nuestros chorizos, morcillas “güeñas”, que se le echaban huevos, la sangre del marrano y muchas especias, salábamos nuestros jamones, el tocino también en sal. Con la carne del gorrino, salían unos montones de orza que aquello daba gusto verlo, olerlo y tocarlo. Y así, pues íbamos tirando de la vida, ¡hijo mío!

Cuando llegaba el invierno, el que podía, se iba a la aceituna y el que no, se quedaba en sus cortijos con sus animales.
- Porque tu padre también tenía animales.
- Tenía una punta de cabras y unas ovejillas. Las guardaba mi padre, porque nosotras las niñas ¿cómo íbamos a ir por el monte? Porque entonces, como no había nada más que montes, aunque se sembraban algunos “piazos” por aquí a la orilla del río y alrededor del cortijos, los mismos vecinos se encargaban de guardarlos y el pastor pues se iba con sus animales. Los muchachos, con catorce o quince años, ya eran los mejores y por eso se empleaban de pastorcillos que se iban con el ganado por el monte. Esos eran los que guardaban los ganados.

Pero que vivíamos bien las familias. No creas que aquí en este terreno no ha pasado la gente hambre. Aquí nunca nadie ha pasado falta.
- Pues a mí, por algunos sitios me han dicho, que los serranos sí pasabais hambre.
- ¡Una poca porra pa ellos! Mejor comíos que los de la capital. En aquellos tiempos del hambre, nunca nadie en estas sierras ha estado Aesmallao”. En tiempos del hambre, no hemos pasado ni una chispa de hambre ninguno. Esto te lo juro por el Señor.

Nunca los serranos hemos sabido lo que es hambre. Ya te lo he dicho: recogíamos, habichuelas las que no te comías, patatas, garbanzos. De todo se sembraba porque había muchos terrenos buenos y abundancia de agua. Lo que es que ahora, hijo mío, como lo quitaron to, pues ya se ha vuelto todo pinares. Todos estos ríos. ¡Pues ya ves tú! Nosotros desde el Aroyo” este, ¡no teníamos na de terreno aquí! Todos esos piazos que están lindando con el río, eran de siembra. De aquí recogíamos maíz para engordar los gorrinos. Sembrábamos estas huelgas de garbanzos y recogía mi padre una fanega por cada puñado.
- Pero claro, Manuela, la sierra es muy grande y tuvo muchos cortijos y viviendo en ellos, muchos serranos. A lo mejor en otros sitios no era como en tu paraíso del Zarzalar.
- Eso también puede ser verdad.
- ¿Cómo se llaman estos pedazos que me dices teníais por aquí?
- Nosotros le decíamos las Huelgas del río, porque están cercan del Guadalquivir y son tierras llanas.

Una fanega ¿sabes tú lo que te digo?
- Eso ya sí lo sé.
- Una cosa así de tablas. Pues echaba dos medias de estas y eran una fanega. Tres o cuatro fanegas, a lo mejor, recogíamos de cosas.
- ¿Te acuerdas tú de ir a sembrar?
- ¡Bendito sea Dios! Iba yo con mi padre pinchando maíz granico a granico. El de lante con un par de mulas y yo detrás sin parar en todo el día. De toda la vida sembrando por estas tierras. Mi padre ha recogío trigo para moler en los molinos para comer. No hemos necesitao comprar un Asacramento”. Mi padre era un labrador bueno, de saber labrar bien la tierra ¿me entiendes? Siempre con las bestias, con los mulos. Los demás, pues tenían su par de mulos también.

EL MOLINO
Y EL PANIZO

- Por lo que me dices, trabajabais duro.
- Pero aquello no era trabajo porque todo era nuestro. Ya ves tú sembrar el maíz en estas tierras tan llanas, sin una piedra, era una gloria. Cuando se recogía las cosechas, se juntaban grandes cerros de panizo.
- ¿Dónde estaba el molino entonces?
- En mi cortijo. El royo que sube, este primero, es Aguas Blanquillas, conocido también por el arroyo de Los Picachales. El otro que hay más arriba, el de los Membrillos. Ese ha sido mi royo de siempre. Donde me lavaron.
- ¿Y en aquel rincón hubo un molino?
- Un molino de harina, de mi padre que lo tenía arrendao, que pa qué de bueno y grande. Molía con el agua del royo y hacía una harina buenísima. Más blanco que los capullos, salía el pan. ¡Y anda que no estaba rico!

Allí había un molinero, un hombre que se enseñó también a ser molinero, y todo el mundo iba al molino de mi padre a moler. Los de los otros cortijos cargaban en los mulos dos fanegas de panizo, esgranado ya, limpico, lo llevaban al molino y te traías dos grandes costales de harina. Luego la cernías con tus Aciazos”, no mucho, sacaba la flor de la harina que era lo mejor y de ahí salían unas migas que te chupabas los dedos. ¡Pocas migas que he hecho yo! ¡Y anda que no me salían ricas! Migas de panizo que mi madre fue la que me enseñó a hacerlas porque a mí me gustaban mucho las migas de panizo. ¡Qué buenas! Con sardinas arenques, con unas tajaicas de tocinos, con chorizo, lo que quisieras echar. Con cualquier cosa estaban riquísimas aquellas migas que yo me comía cuando era niña.
- ¿Se hace eso todavía en la sierra?
- ¡Qué va! Eso ya se ha olvidado todo. Si ya no tienen nada. Na más que to compral.

SIENDO PEQUEÑAS
- También habría muchos niños por aquel cortijo tuyo.
- No te creas que la gente era muy tonta pa hacer chiquillos, aunque fueran serranos. El que tenía cinco era raro. A lo mejor tres chiquillas y dos chiquillos. Algunas familias tenían hasta ocho. Ya te digo, cinco fuimos nosotros. Yo he conocido familias hasta con doce hijos. Diez tenía un matrimonio que vivía arriba, en un cortijo que le llaman de Los Pingos.

Yo recuerdo que cuando nosotras éramos pequeñas, como mis padres tenían que venir a cultivar las tierras estas del río, siempre nos traían con ellos. En los mulos, siempre se llevaba una manta grande que se ponía en lo alto del aparejo para no pincharse en el culo. Entonces había por aquí muchas chaparras. De ellas o de otras matas cortaban unas estacas, cachos de madera grandes. Clavaban esas estacas y encima ponían la manta, como un sombraje y allí nos acostaban en el suelo. Mientras los padres regaban, excavaban y de todo. Otras veces me ataban a la cinturilla y en cualquier sombra me dejaban por aquí pero siempre a la vista de ellos.

Del cortijo mío ¿qué quieres que te cuente? Cuando era pequeñica, para lavar, pues al principio, lo hacíamos en un pesebre de esos que decimos, en una gamella de agua. Con el tronco de un pino se hacía un tornajo y con una piedra que estuviera bien llana y bonica, de esos losares, la ponías y con aquello se lavaba pero que muy bien. De las cuatro hermana, era la primera que pasé mucho tiempo lavándole la ropa a los angelicos de la otras hermanas mías. Yo era la mayor. También a mi hermanico inválido. Pues desde que tenía siete y ocho añillos, ya empecé a trabajar y a ayudar en lo que podía. A barrer, a fregar. Ayudar en la casa todo lo que podía, hijo mío.

Y también jugábamos mucho en aquellos tiempos. Hacíamos san antones. La noche de san Antón, unos ofrecía una arroba de vino porque no se le había muerto la marrana, otros porque les pasaba cualquier cosa y decían: AVamos a hacer un baile y nos bebemos tres arrobas de vino”. Y convidaban a los vecinos y le daban de balde a todo el que iba al baile.
- ¿Pero dónde se celebraba el baile?
- Dentro de las casas. Teníamos unas casas muy hermosas. Y unas cocinas rellanas, que ya no es como antes, de barro y de tonterías. Aquellas cocinas nuestras eran todas de cal de mezcla igual que la que tengo yo aquí. Algunos también compraban cemento. Ya estábamos muy modernos.

EL VALLE MAGICO
- Me han dicho que el valle donde se alzaba tu cortijo era bonito ¿es verdad?
- Un valle como no hay otro en todas estas sierras. Y entre tantos momentos mágicos, que de aquel valle mío, conservo en mis recuerdos, uno de ellos era especialmente bello. A primeras horas del día, los pajarillos saltaban por las zarzas y los árboles de los hortales, las cascadas caían alegres, el rocío temblaba en los tallos de hierba y hojas de las tomateras y las fuentecillas chorreaban cantarinas. Los animales salían de sus corrales y en filas o amontonados, se iban por el monte. Un poco más tarde, cuando el sol comenzaba a extenderse por las tierras del valle, era cuando venía el momento mágico. El que a mí me gustaba de una forma especial. Desde lo hondo del arroyo, las ovejas subían hacia los lados del barranco, repartidas por aquí y por allí, comiendo por las praderas. Algún grupico de corderos chicos empezaban a retozar aprovechando las rocas de la ladera y por el aire se quebraba el son de los cencerros.

Yo, como era chica, me asomaba a la puerta de mi cortijo, alzado sobre las tierras de aquel puntal, y al ver tan sencillo espectáculo, sentía un no sé qué. Tan blancas las ovejas por el lugar pastando y el agua del arroyo corriendo por entre ellas. Tan callada la luz del sol bañando aquellas peñas. Tan suave el viento moviendo las copas de las carrascas. Tan misterioso el barranco con sus laderas verdes. Tan poca y tan gran cosa me parecía aquel mundo pequeño, que de verdad te lo digo: era como un sueño, como un momento mágico que de pronto había llegado con las primeras luces del día y me dejaba embelesada.

¡Qué grande era mi valle cuando las ovejas y el amanecer lo llenaban de tan extraña magia! ¡Qué cuadro más bonico y que mundo tan lleno de vida! ¡Qué silencio tan silencio y qué luz la de aquellos primeros rayos de sol! Ya te lo decía antes: como este valle mío, en aquellos amaneceres, no creo que haya otro en todas estas sierras. Yo lo vi muchas veces teñido de esta magia dulce y así lo mantengo vivo para siempre en mis recuerdos.
- ¿Pues sabes lo que te digo?
- ¿Qué me dices?
- Que mientras he estado oyendo el relato de tu mundo perdido, se me ha venido a la mente el recuerdo de algo que de pronto he asociado a ese valle tuyo.

- ¿Puedo saber qué es ese algo?
- La figura de un hombre que vivió hace mucho y se llama Bach. Escribió este hombre una música tan bella, que a mí me parece es como un puro reflejo de ese valle que me acaba de contar.
- Yo no sé de qué me hablas.
- No importa. Yo te le voy a decir: Te estoy hablando de la suite número dos de Juan Sebastián Bach. Cuando tú puedas y un día te apetezca, escucha esta música y ya verás como te vas a encontrar con una grata sorpresa.
- ¿Se puede saber qué sorpresa?
- Pues que en las notas y melodías de esa música, se contiene la belleza y la magia del valle que tú me acabas de contar. Puede parecer sueño y hasta creer que es mentira pero yo te digo que es verdad. Escucha esa música un día, cuando puedas. Ya verás qué asombro y qué parecido con tu valle mágico.

Y A MOCICAS
Pues cuando ya me vine junto al río, lo mismo: en la casilla esa tenía mi horno. No te puedes imaginar tú el pan que he amasado, para vender en esta venta.
- ¿Para venderlo aquí ya?
- Cuando me casé, hicimos la casilla aquella aparte ¿sabes? Pa las matanzas. Porque ya te lo he dicho, nosotros toda la vida hemos hecho matanzas. Desde que me casé no ha pasado un año sin matar. Para comer yo y mi familia y todos los que por aquí venían.
- Y estando aquí ¿cómo engordabas los marranos?
- Sembrábamos mucha remolacha. ¿Entiendes la remolacha? Pues en estos bancales, como tanto terreno teníamos, comprábamos abono y cuando no, basura de los pastores que nos daban toda la que queríamos, teníamos nuestras mulas con nuestro serón y así traíamos a la tierra todo lo que la tierra necesitaba. Antes teníamos un par de borriquillas y con ellas íbamos también a por la basura a donde estaban los pastores. Ellos la tenían que sacar para tirarla. ¿Adónde la iba a echar?

Por eso, los pastores nos la daban a nosotros. Como estábamos tan cerca, pues por ahí cogíamos y con la borriquilla nos traíamos las cargas de basura. Nosotras ya estábamos mociconas, con dieciocho años pero siempre iba mi padre y nos ayudaba. O más bien, nosotras le ayudábamos a mi padre. Hemos sido muy trabajadoras, porque no tenía na más que el hermanico y ya sabes lo que le pasó.

A leer y a escribir, me enseñaron a mí los muchachos que se fueron a la mili por el treinta y seis o treinta y siete. Los más jóvenes que se fueron, los últimos que eran todos de dieciocho años, esos me enseñaron a mí a leer y escribir antes de irse. En quince días. ¡Fíjate si sería lista! Claro, para escribirles las cartas a los pobreticos. Si aquí no sabía nadie escribir. Ni una abuela ni un abuelo ni nadie.
- ¿Y tú les escribías?
- Se me pasaba las noches escribiendo cartas. Algunas noches escribía siete u ocho cartas. Sí, para todos.
- Cuando recibías las cartas ¿quién las leía?
- ¿Quién las iba a leer? Pues yo. Todos los más viejos, que ya sabían algo, se habían ido a la guerra. ¡Qué lástima!

- ¿Quién traía las cartas a estos cortijos?
- Como por aquí, desde Cazorla, venía tanta gente, pa las Casas de las Tablas esas que hay ahí abajo y para los molinos de Eusebio ese, pues había mucha gente. No se pasaba un día que no fuera alguno a Cazorla. Y así nos arreglábamos, desde unos a otros. Luego ahí a la venta esa de Mirasierra, como era una cuñada mía la que vivía ahí, los que venían de los cortijos, dejaban las cartas ahí para echarlas al correo. Y como había un correo desde el Tranco a Cazorla, pues se las llevaba y las traía.

- ¿El correo era un hombre con bestias?
- Una alsina que era como mi casa de larga.
- Pero eso que tú me estás contando es cuando ya hicieron la carretera.
- Eso cuando ya estaba la carretera y antes, iba mucha gente al pueblo. Como hasta Burunchel, más pa cá de Cazorla, venía el cartero, de aquí de la sierra, hasta Burunchel no pasaba un día que no fuera alguien. Pues se traía las cartas y las dejaba en la venta esa de Mirasierra. Desde ahí para los cortijos correspondientes, por unas laderas y otras de este gran valle, las personas se encargaban de bajar a buscarlas. Sabían que le iban a escribir y ya cada uno estaba al tanto. Las de Las Casas de las Tablas y todos estos terrenos, pues la cartera, era la Golondrina, que fue y es una servidora.

En el royo de los Membrillos que éramos por lo menos diez vecinos, pues si no bajaba uno, bajaba otro a por las cartas. Ya te digo: otros las echaban para abajo aquí a la Golondrina. Desde aquí iban a otra venta, ahí mismo, que se llamaba La Pascuala. Desde ahí siempre bajaba gente pa La Aldea. Para cruzar el río, los que vivían en los cortijos de los montes esos de Aguasmulas y toda esa gran ladera, tenían que venir al puente este. Ya unos y otros lo sabían y al pasar por la Puerta de la Pascuala decían: A¿Hay cartas que vamos para La Aldea?” Y así nos hemos apañado todos. La muerte es la que no tiene apaño.

LUCHA POR LA TIERRA
- Y a ti ¿es que te gusta vivir aquí?
- No me gusta el pueblo. Compré dos pisos en Cazorla y mira: aquí me tienes. Los compré cuando eran mis hijas chicas, eran par caso como el chiquillo este nieto que tengo y allí los alquilé. Allí los he tenío y ahora se casó mi hija y ya se los ha quedado ella. Los guardas no me querían y fíjate por donde hoy tengo un guarda yerno.
- ¿Eso es verdad?
- Fíjate tú: lo que no quiere el hortelano, nace en la huerta.
- ¿Qué te pasaba con los guardas?
- Pues querían quitarme los terrenos y conmigo no han podido. Es que antes todo venía en contra de uno. No querían que viviéramos aquí.

¡Eso es! Me lo querían quitar todo. Sólo me querían dejar los llanos estos y eso trocito de tierra que labrábamos en la orilla del río. Los alrededores del terreno, mis pinos y todo lo que tengo aquí, eso ellos lo querían para el estado. Para el Patrimonio. ¿Lo conoces?
- Me suena.
- Pues como no han podido porque yo tenía escritos en Orcera por los notarios y todo, que no hay otros en todos estos terrenos, tuvieron que aguantarse. Todavía he tenido que sacar las escrituras este año. Han venido por aquí y las he tenido que sacar porque querían no sé qué cosa. Los pinos estos que ver por aquí se los quieren quedar. Pero ya te digo: hasta hoy no han podido.

- ¿Quieres decir que todavía son tuyas algunas de estas tierras?
- ¡Todo esto es mío! Hasta el royo de Aguas Blanquillas. Si el royo es el lindero. Y también el agua del royo. Claro. Si el royo es nuestro. Si aquí no se regaba nada más que la Jordana, que así se llamaba esto.
- ¿Cuántas fanegas tiene tu finca?
- Eso es lo que no sé. Bueno, sí lo sé pero que no me acuerdo. Pero que ya te digo: desde el royo para acá, todos estos llanos, siguiendo la orilla del río para abajo y todo el llanaco este grandísimo y todo esto de arriba que era también de labores, todo es mío. Esta ladera de los pinos lo sembrábamos antes de garbanzos. Hoy no sembramos casi nada.

Si hay tierras y aunque son buenas, no se labran. ¿Vas a estar ahí en los pinares?
- Y esto de las llanuras del Camping de los Llanos de Arance ¿también era tuyo? - De ahí para acá, desde una fuente que mana y le llaman la Fuente Salá, un manantial que brota ahí que tiene el agua más salada que la salmuera, esos llanos eran de mi padre pero por no pagar contribución, nos los quitaron. De la casa esa, para acá, es nuestro también. Pero lo ha vendido una prima hermana mía. Se fueron los pobreticos a Alicante y lo vendieron y de la aprensión de verse en aquella ciudad dando Apaluchazos”, se ha muerto mi primo. De ver lo que hizo. Hace cuatro meses o cinco que se ha muerto. En la flor de su vida. Pues tendría treinta y cuatro años o por ahí.

Cuando se fueron, su marido iba de albañil. Se hizo aquí albañil, la mitad de la casa esta nos la hizo él. Cuando se casó, se fue a Alicante porque le decían que en aquella tierra había mucho trabajo. Un día, sin saber lo que hacía, se puso y vendió este terreno. Pero cuando luego cayó en la cuenta de lo que había hecho, se puso malo, malo y a los pocos mese, murió.
- ¿Y quién lo vendió?
- El mismo. Y se arrepintió. Porque cuando salió de aquí y vio el trabajo y la miseria que había en Alicante, le dio por pensar en lo que había hecho con su trocico de tierra junto a este río Guadalquivir y como te he dicho: de la aprensión se ha muerto no hace mucho.

AMASANDO EL PAN
- ¿Tú sabías amasar?
- ¡Bendito sea Dios! Unos hornos de pan que amasábamos en mi cortijo para la gente que venía pidiendo, que daba miedo. Pues si ya te he dicho que me he pasado la vida amasando y vendiendo pan. ¡No he vendido yo pan en esta primera venta de la Golondrina! Te voy a explicar como se hacía el pan. ¿Tú sabes lo que es un horno?
- Lo he visto cientos de veces en casi todos los cortijos abandonados que hay en la sierra.
- Nosotros teníamos nuestras artesas, que todavía tengo una, y eran de madera. Con su tablero tan bonica y ahí era donde se amasaba el pan. Teníamos una levadura, de pan de verdad. Levadura para que se venga la masa. Un puñaillo así que dejábamos de un amasaico a otro. Cuando ya estaba el pan para hacerlo, entonces apartábamos la levadura. La envolvíamos en harina y la dejábamos guardaica en un cestillo o en un plato. Donde estuviera curiosica y tapaica. Ya la tenías preparada para otro amasijo. Cogías luego ese puñaico de levadura, la derretías otra vez en agua y ya tenías el fermento para otra artesa de pan.

Antes, en ver de decir kilos, decíamos celemines. Pues yo siempre amasaba de ocho a nueve celemines. De una fanega salía muchísimo pan y se penaba mucho para envolver la masa. Casi no cogía en la artesa, así que se venía, salía un artesón de masa que daba gloria sólo verla. Se le hacía unos ojos y una grietas que aquello daba gusto tan bonico.

- ¿Cuánto tardaba en venirse?
- La amasaba por las mañanas, a las ocho o por ahí y a las tres horas o cuatro se empezaba a venir. Se subía y entonces ponía mi tablero. Le daba media vuelta a la masa y comenzaba a coger mis pegotes de pan. De grande según quisiera saliera cada pan. Siempre los hacía de cuatro libras, que eran de dos kilos o así. De más de cinco libras no hacía muchos, porque salían muy grandes. Nos interesaba más que salieran pequeñicos. Salían muy rico. ¡Madre mía, cuánto habré amasado yo!

Cuando ya tenía mi masa y de ella mi pegote de cuatro libras, como tenía mi horno, ya lo metía para que se cociera. El pan como se viene dos veces. Se viene la primera vez. Cuando ya has modelado el pan, dejas tus panecicos por lo menos otra hora más. Y entonces se puja otra vez y se pone con sus rajitas, esponjado y como sabes que ya se ha venido por segunda vez, ya lo puedes meter en tu horno.

Pero antes de meterlo para que se cueza, hay que barrer bien el horno. Tiene que estar bien tostaico por abajo, bien limpio. El mío estaba de llano como este suelo. Tenía un Abarrior”, unos pocos guiñapos que se ataban a un palo. Los mojaba un poquillo y entonces, pon, pon, sacabas las ascuas y lo dejabas igual que esto de llano y limpio como el oro. ¡Ya ves tú! Para que no se manchara el pan, pues lo dejabas que pa qué. Así que sabías que el horno ya estaba en condiciones, porque echabas una chispilla de harina y de seguía se quedaba tostá, ya se podía meter el pan.

Tenía los panecicos preparados en mi tabla y cuando ya veía que se habían venido por segunda vez, te ponías mano a la obra.
- ¿Y cómo sabías que se había venido?
- Pues porque echaba unos ojos que pa qué. En cuanto se le abrían estos ojos, lo tapaba con una tapadera y lo dejabas un ratico más. Ya se subía de una vez y entonces lo destapaba para que no se me Atorrara” de arriba porque tenía mucha fuerza.
- Explícame bien porque yo no lo sé.
- Sí, sí, espera. Claro, sacabas uno con la pala que le metías por debajo porque ya no se pegaba en la tabla. Al echarlo en la tabla cogía una mujer así, la otra te lo echaba ende aquí. Tú ponías las manos y caía en tus manos y entonces lo soltabas en tu tablero. Era el momento de hacer tus rajas. Antes de meterlo en el horno le hacías tu Apotoricas”. Las cuatro rajas. Y una miajilla de pinchacillo en el centro. La gracia de Dios. Entonces pues ya, lo cogías tenías tu horno barrio, limpio como el oro y como era redondico, estaba bien caldeaico. Con tu pala lo soltaba, lo tirabas así y lo dejabas. Mojabas otro y así hasta siete, ocho o nueve, según los panes que quisieras cocer.

Si amasabas una fanega ya sabías que sacabas cerca de los catorce panes. Cuando echabas cuatro celemines, salían de los seis a siete panes.
- ¿Para cuantos días había en la familia con cuatro celemines?
- Ya te he dicho que amasaba siempre unos siete celemines. De ocho celemines para arriba, me salían ocho o nueve panes y eso no te lo podías comer.
- Y la torta de la cata ¿qué era?
- De la misma masa del pan se hacía una torta, no muy extendida. Le hacías las rajas así, con la navaja. La cortabas en cuatro o cinco rajitas, según fuera la torta. Luego la atravesabas y, Señor, un pinchazo, que salga buena.
- ¿Y era con azúcar o sin ella?
- Esa era la cata. Para comérnosla en cuanto salía. Por la noche para cenar o para almorzar al otro día.

Las de azúcar, eran finicas y con la manteca. Si querías aceite, pues se hacían también de aceite. Cogías el pegullón de masa, lo metías en un lebrillo, en un plato grande que tuvieras de porcelana o lo que fuera, extendía la masa y se le iba echando el aceite. Ya que veías que tenía suficiente para que no se empringara demasiado, porque si le echabas mucho, no podías sacarla del horno, se quedaba derretida allí. Tenías que echarle lo suficiente sin pasarte ni quedarte corto. La manteca de los gorrinos, igual.

Salían unas tortas riquísimas. Esponjadas y con repizcos ¿sabes? Por encima le echábamos unos chorreones de azúcar y estaba aquello para chuparse los dedos.
- El pan que amasaba ¿cuántos días duraba?
- Eso nos duraba siete u ocho días. Un pan por día y no nos lo comíamos. No ves que ese pan luce mucho. Para que no se estropeara teníamos unas cestas especiales donde lo guardábamos. Eran unos canastos de mimbre que nos hacían los gitanos. De esos altos. Por la parte de abajo, por el culo, un poco así redondo y de aquí para arriba, eran panzones. Panzoncetes. La boca terminaba de la anchura de un pan. Pero el cuerpo hueco, ya te digo, eran bien ancho.

Uno a uno íbamos metiendo el pan poniéndolo de canto, metiendo los que sobraran por en medio y no se recalcaba ni nada. Se le ponía el tendío que usaba para amasar, un tendío que teníamos de lana, se lo ponías por encima y allí se quedaba bien arropaico.
- Y eso del tendío ¿qué era?
- Un telar o más bien un trozo de tela que de lana se hacía con el telar.

EL TELAR
- Pero de eso no había ninguno por aquí.
- ¡Vaya que no!
- ¿Dónde?
- Mi abuela tenía uno en el cortijo del Zarzalar.
- ¿Y ella tejía?
- ¡Bendito sea Dios! Unos tendíos que sacaba ella de aquel telar que daba gusto verlos. Las cabeceras de lana con listas de colores. ¿Sabes lo que te digo? Las colchonetas estas para dormir un sólo hombre.
- Ya sé, las cabeceras que se ponían por la noche para dormir junto a la lumbre.
- ¡Exacto!

Mira: la solera de abajo, de tela y lo de arriba, de lana porque era más bonico, abrigaba más y por no ensuciar la lana. Entonces no se podía lavar tan fácil. Las que éramos más curiosas, hacíamos también una funda de tela finilla y la parte arriba de la cabecera, la metíamos dentro de la funda. Era para que no se ensuciar la lana. ¡Porque era tan bonica y te daba tanta lástima que se ensuciara! Ya te digo: si se ensuciaba la capa de la lana, como algunas eran tintadas, al lavarlas se le iba el tinte y ya se estropeaban.

- ¿Quién era la que tejía con el telar?
- En mi cortijo del Zarzalar, tejía mi madre y una hermana suya. Las otras mujeres mayores se encargaban de enseñar a todas las que querían aprender. Nosotros toda la vida hemos tenido telar. Pero ni mis hermanas ni yo, aprendimos a tejer.
- ¿Y eso?
- Porque nos decían que eso era de tontos y de pajuatos. Costaba mucho el algodón y estaba todo muy caro. Lo tenían que traer de fuera. Ya comenzaron a traer telas y empezaron a darse cuenta que era más económico comprar las telas que tejer. ¡Madre mía! Aquí me traje yo los últimos palos del telar. ¡Qué lástima! Y por ahí se han perdido algunos y otros los han quemado. Los tiempos modernos están acabando con cosas que valen mucho y que ya no volverán.

- Pero cuando tú pequeña y siendo tu abuela tan artista con aquel telar ¿no aprendiste nada?
- Aprender si aprendí. Me enseñó mi abuela a tejer. Lo que es que yo le temía a aquello. Pero ella me decía: AHija mía, tienes que aprender porque cuando luego seas grande, necesitarás saber ésta y otras muchas cosas”. Yo le decía: AAbuela ¿y yo cuando voy a ser grande?” APronto lo serás”. Me seguía diciendo mi abuela. Recuerdo que cuando tenía siete u ocho anillos me decía: A¿Ves tú como ya vas a ser grandecilla? Luego cuando seas mayor te casarás como tu madre con tu padre. Comprarás niños como tus padres os ha comprado a vosotras”.

APero abuela, los niños ¿a quien se les compra?” Le preguntaba yo. APues a los recoveros que vienen por aquí. Tu madre los encarga y ellos se los traen” ¡Qué lástima, madre mía! Cuando nacía cualquier niño en algunos de los cortijos del Zarzalar, las abuelas eran las primeras en decir que lo había traído un recovero. Cuando luego fuimos grandecillas, como éramos tunas, ya sabíamos que aquello venía por otro lado. ¡Qué lástima! Es que en esos tiempos, la gente, ya ves tú. Pero digo yo: ¿Qué falta le hace a un chiquillo con siete u ocho años saber que tu madre es la que te ha parido?

- ¿ Pero dime por qué te daba miedo el telar?
- Por si acaso me pillaba los dedos. Es que a aquello le tenías que dar con mucha soltura. Tenías que sujetarles los hilos cuando estaba tejiendo y pa eso cuando le ponías de colores. Para hacerle las listas había que meterle hilos de colores. A los trapos de las mesas que eran de lana. Se usaban ovillos de lana blanca que se entremezclaban con los de colores para echarle filos y flequillos. El fleco era lo último. Te lo explico:

Se hacía uno bien ancho, luego cortabas el pico este de afuera y éste, que pegaba al tendío, lo dejabas. Este otro lo cortabas así de cuatro dedos. Lo cortabas por aquí. Le sacabas los hilos así y ya se quedaban los flecos. Al final, se los atábamos así, cuatro o cinco hilillos juntos y el madroño tan bonico que estaba. ¡Ay lo que te cuento!
- Si son cosas muy importantes.
- Nuestras cosas, de la vida real de aquellos tiempos en los cortijos de estas sierras nuestras, hoy rotos, abandonados y perdidos por los arroyos, barrancos y laderas del monte.

- Seguimos con el telar y ya me cuentas algunas de los tejidos que con aquel artilugio hacíais.
- Ya te he dicho que principalmente eran las cabeceras para dormir los hombres. Nos enseñábamos también a hacer las capas de los colchones. Donde dormíamos nosotros ¿entiendes? Como entonces no había economía para comprar tela, pues la mitad de las abuelas, se dedicaban a eso: a trabajar con su telar y tejer las capas para los colchones. Me refiero a la cara de abajo. La de arriba sí era de tela comprada. La de abajo, pues era tan bonico el colchón. Luego lo rodeaban, cuando quería y lo ponían para arriba, le echaban las sábanas encima y parecía que estaba recién tejido todo aquello.

- ¿Y las mantas?
- También hacían mantas las abuelas. ¡Y les echaban unos flecos! Antes las abuelas nuestras vivían con todo eso. Tejían muchísimo. ¡Cuántas cabeceras habrán tejido en aquel rincón de mi cortijo!
- Tú te acuerdas de los nombres de algunas de las piezas de aquel artilugio de madera?
- De algunas sí que me acuerdo.
- Pues vamos a empezar.

- Se hace un urdidor y se echan los metros de hilo que quieras. Se hacen unas cruces que se ponen en tres varetas que tiene el urdidor. Luego ya se pasan al peine y del peine se pasan las cruces para allá y ya se mete el algodón por los lizos. Los lizos son movedizos. Cada vez que se pone una tela se quitan y se vuelven a poner de nuevo. Cuando se terminaba una pieza se ataban aquí los lizos. Y este cada vez que se pone se empieza desde cero y así vamos.
- Y lo que hay donde se pone los pies ¿cómo se llama?
- Los pedales.
- ¿Para qué sirven?
- Pues tenemos el uno y el seis para hacer lisos y los otros ya para hacer labores. Y entonces para hacer labor, en este telar, hay que urdirlo de una manera y para hacer el liso, pues todos metidos restos. Uno, dos, tres y cuatro por las cuatro varetas.

- Y según los colores de los hilos que le pongas, la tela sale más o menos vistosa ¿no?
- Ea, claro. Las alforjas se hacían lana con lana y los cuadros se ponían como se quisiera. Con cuatro hebras, con seis para hacerlos más grandes o más pequeños. Como se quiera.
- Y la parte esta del lado ¿Cómo se llama?
- Estos son los aires. Luego tenemos los enjulios, uno y aquel otro, que son dos y que sirven para liar la tela. Allí tiene dos llaves y cuando llegas aquí, sacas las llaves, le das careo, se va liando en este y se deslía de aquel. Por la parte de atrás tenemos el otro enjulio, las varetas de las cruces sin las cuales no se puede tejer. Si no tienes las cruces hechas o las sacas y se te juntan los hilos, ya no tejes. Por esas cruces, como ya van hilvanado, pues pisas y se cruzan los hilos. Para eso están los números.

- ¿Es difícil aprender a tejer?
- A tejer no, lo difícil es la preparación del telar.
- ¡Ay que ver las cosas que hacía y tenías en aquellos tiempos!
- Pues fíjate tú.

UN RECUERDO
PARA LA ABUELA

- ¿Te acuerdas ahora de tus abuelas?
- Claro que me acuerdo de ellas. ¡Qué lástima! Eran más buenas que pa qué. Me querían muchísimo. Estaban comiendo y siempre el mejor trozo me lo daban a mí. Es que yo era muy churretera para ellas. Las agarraba, les tiraba del mandil para que no les picaran las moscas. Cuando amasaban, siempre hacían tortas de manteca, como ya te he dicho. De la primera que sacaban del horno, me daban un cacho. Les decía yo: AComo no me deis dos cachos, yo no quiero. Me tenéis que dar para llevarle uno a madre Josefa y otro y a la hermana Enselma”, la madre de un mucho que viene ahora por aquí.

- María Josefa ¿quién era?
- Mi abuela se llamaba María Josefa. Mi madre Josefa sólo y mi padre Francisco. ¡Qué lástima! Mi suegro se llamaba Manuel y por eso tengo a mi Manolo. A mi Francisco, por mi padre y mi Josefa, por las abuelas. Es que antes teníamos esas costumbres. No como ahora que les ponen a los hijos esos nombres tan raros.

¡Qué abuelas más santas y trabajadoras ha dado esta sierra! Yo lo he dicho y lo he pensado siempre. Y eso, sin que nadie lo supiera. Ahí metidas en cualquier barranco de la sierra, refugiadas entre las cuatro paredes de sus humildes cortijos de piedra, en el silencio de los días de lluvia, de viento o de nieve, junto al fuego de las chimeneas, ellas dale que dale, con su trabajo y su corazón siempre puesto en este trabajo. ¿No crees tú que estarán todas en el cielo?
- Creo que estarán todas en el cielo y seguro en un cortijo también de piedra, junto a las aguas limpias de un arroyo y rodeadas de montes verdes y cumbres blancas.
- ¿Y allí serán ellas dueñas de aquellos cortijos y aquellas tierras?
- Seguro que sí. Los que tanto os complicaron la vida en los rincones de estas sierras, ya no pintarán nada por aquellos lugares y hasta puede que más de uno os mire con mucha envidia. Ellos serán pequeños, no tendrán autoridad y vosotros seréis grandes, quizá los más grandes de todo aquel reino y os rebosará el gozo por todos los poros.
- Las personas antes éramos así. Buenos, vergonzosos, hacíamos caso de todo lo que nos decían los viejos. No como ahora que somos más frescos que un demonio.

BÁJATE AL RIO
Y PON UNA VENTA
- ¿Recuerdas cuando ya te viniste de tu cortijo del Zarzalar a esta casa de la Golondrina junto a las aguas del Guadalquivir?
- El novio es que era del cortijo. Desde pequeños nos tomamos cariño. Siempre estábamos viéndonos. Estaban las casas cerca. Unos así enfrente y por aquí por en medio, iba un barrio de las otras casas pero echaban las esquinas. Las puertas nuestras estaban enfrente. Y como nos estábamos viendo a todas horas, pues yo qué sé, nos tomamos cariño.

Ibamos de baile o algo y salíamos con la familia. Con mis primas, mis hermanas, porque yo era la mayor y los otros vecinos. En esos bailes pues poco a poco se enamoraba una. Yo qué sé. Como no había otro, pues así fue surgiendo todo aquello del novio. Me casé con la edad de veintitrés años. Ya cuando me casé me vine aquí a hacerme mi casa. Me dijo mi padre: AMira, bájate al río. Y pones una casilla y un ventorrillo en ella. Todos los arrieros pasan por allí. Es un sitio que dicen van a echar una carretera y eso será bueno”. Le decía yo a mi padre: APero padre ¿quién va a meter una carretera por la sierra esa para abajo? ¿Quién va a brincar por la sierra esa de Burunchel para acá a estos ríos abajo?” AQue sí que dicen eso. Mira: más sierras que hay en Almería y en Granada y allí hay unos pueblos que están metidos en lo más profundo de las sierras, que aquello yo no sé cómo han podido hacer las carreteras por tan grandes riscalares pero el caso es que están hechas. El río nuestro comparado con aquellas sierras, es la palma de la mano. Tú te vas y haces la casa ahí junto al río que ya verás como hacen carretera”.

Con el dinero que recogí en la boda, me vine a estas llanuras del río a principiar la venta. Me busqué un albañil, uno sólo y con aquel dinero de mi boda, le iba pagando los días que trabajaba en la construcción de esta casa mía. Yo nací en el 1919 y con veintitrés años me casé, que fue en el 1942 y ahora ya sabes que tengo setenta y siete años. Así que la construcción empezó por el año 42. Fueron mis padres los que me dijeron: ABájate al río”. Esto era el río. El nombre de todos estos Apiazos” era el de la Jordana. Pero a mí, desde pequeña mis padres me decían que esto era el río, y así será siempre hasta que me muera. La Venta del Río. Ahora ya la Venta de la Golondrina.

NOMBRE PARA LA VENTA

- ¿Y cómo se te ocurrió ese nombre?
- Me lo pusieron unos de fuera y aquello fue para mí el disgusto más grande de mi vida. Fueron unos marchantes de Torreperogil. ¡Pobretico! Uno de ellos se ha muerto hará sólo ocho días. Se llamaba Nieves y fue marchante. Nos han mandando razón de su muerto y no hemos ido. Siento yo ahora como si ya la Golondrina estuviera revoloteando por entre los ríos y los paisajes del cielo. ¿No crees tú?
- Casi seguro que un poco así ya será pero ahora necesito saber cómo fue el primer vuelo de aquella Golondrina que un día se puso a construir su nido junto a las aguas transparentes del gran Guadalquivir.

- Yo estaba haciendo mi venta. Tenía la casa así, como de la ventana esa para abajo, toda de piedra. Los cimientos nada más, de riscales. Todo esto, estas llanuras que ves aquí ahora mismo alrededor de la casa, estaban parejas de riscales. Los había traído mi marido con la borriquilla que teníamos. Le ponía un serón de esparto, se iba por esas laderas, lo llenaba de piedras y por aquí las descargaba. También teníamos un carro de aquellos tiempos. Pues de ahí, de todos estos cantonares, empezó a sacar piedras y como estaba cerca, Ade seguida” junto aquí piedras para hacer un palacio.

Estando un día en plena faena, vinieron unos marches de Torreperogil a comprar ganado a un cortijo que se llama la Hoya de Miguel Barba. Ahí arriba. Tú ya la conoces. A estos marchantes les gustaba mucho las gachas migas. En cuanto llegaron me dijeron que eso era lo que querían comer pero como estaba tan atareada con la mezcla de mi casa, no me podía parar. Mi marido estaba con el acarreo de las piedras, yo con la mezcla y el albañil, atendido por mí, construyendo los cimientos y levantando la pared. Yo venga llenar el caldero y no dejaba parar al albañil ni para respirar. Era para que se diera Apriesa” en la construcción de mi cortijo. Y me decía el albañil: APara, Manuela que me vas a enterrar de mezcla y piedras antes de que tu casa esté levantada”. AEs que no quiero que te falte”. Le decía yo.

Llegaron los marchantes y me sintieron. De pronto me dicen: AHaznos unas gachas migas que tú las haces muy buenas y hoy tenemos mucha hambre”. Entonces les dije: AEn esta ocasión, lo siento mucho pero mirad la faena que tengo. ¿Cómo me voy a parar a preparar lo que queréis? Mientras os hago las gachas ¿quién le trae las piedras al albañil? Fijaros que gana cuatro pesetas y si no me termina la casa pronto, no se las puedo pagar”. Me dicen los hombres: ANo te preocupes, leche, no tardarás tanto en hacer unas gachas”. Aquella fue, para el caso, la primera comida que yo di en mi venta y fíjate con qué pie comenzaba y con qué apaños. En medio del campo, entre las piedras y al aire libre.

Mi marido, que era muy bueno y en esos momentos, llegaba con su borriquilla cargado de piedras, el verlos y oírme, dice: AAnda, háselas mujer. Porque pierda el albañil una miaja de trabajo no vamos a salir de pobre”. Digo: ABueno, pues sí os voy a preparar esas gachas”. Cojo, pongo cuatro piedrecicas ahí, enciendo mi lumbrecilla, que teníamos un buen rimero de leña de los pinos esos, cojo mi plato, saco la talega de la harina, mi cuchara, mi sal y ellos mirando a ver lo que yo hacía. Hago mis gachetas, pongo la salten en las piedras, le echo el aceite y mientras tanto, sin dejar de arrimarle piedras al albañil. Dice el hombre: APero dedícate a la cocina que cuando te necesite ya te llamaré”. ATú tranquilo y sigue con tu trabajo que la cocina está controlada”. Le decía yo.

A los marchantes que no hacían nada más que mirar mientras esperaban a que las migas se tostaran para comer, les oía que de vez en cuando se decían uno al otro: A¿Tú te das cuenta como se mueve esta mujer?” Yo no estaba ni con unos ni con el otro. Yo iba a lo mío que era arrimar piedras y mezcla y de paso, darle vueltas a las migas. Cuando ya estuvieron a punto, se las comieron sentados ahí en las piedras. Y yo, seguía con mi tarea. Cuando ya se iban me dijeron: AManuela ¿cómo se va a llamar tu venta?” Digo: APues yo qué sé cómo le vamos a poner. Pues una venta y ya está”. Entonces contestó el albañil y dijo: APues le tendrán que poner la Venta del Río. Como está el río aquí cerca”. Contesté y les dije: APues yo qué sé cómo le pondremos. Si es la Venta del Río, pues bien quedará”.

Seguí con mi tarea de arrimar piedras y cuando ya iban subiendo por la cuesta en busca del cortijo de Miguel Barba, de nuevo les oí que decían: A¿Tú has visto a la ventera? Nos ha atendido a todos y le ha quedado tiempo. Ha hecho las gachas migas que estaban riquísimas y al albañil le han sobrado las piedras y la mezcla. Esta mujer es más valiente y más trabajadora que una golondrina. ¿Por qué no le ponemos la Venta de la Golondrina?” Y el otro le contestó: A¿Y si se enfada?” A¡Pues que se enfade! Un nombre más bonico y que le cuadre tan bien, a una venta y ventera como esta, no se lo puede colocar nadie. A ver si le van a poner algún nombrajo feo y eso no se lo merece esta mujer. Ya está decidido. Se llamará Venta de la Golondrina porque es lo más bonico que puede haber”.

Llegan al cortijo. Estaban esquilando las ovejas y los estaban esperando para comer. Habían matado un borrego y habían preparado una buena comida. La gente que vivía en ese cortijo eran ricos. A¡Válgame Dios qué día nos habéis dado! A las horas que venís que son ya las cuatro de la tarde. Todavía no hemos comido aquí esperado a que lleguéis y con la comida preparada”. Hablaron los marchantes y dijeron: A¡Callad, callad! Nos hemos comío unas gachas migas ahí abajo, en una venta y eso era gloria de lo buenas que estaban”. Preguntaron: A¿Dónde está esa venta que no la conocemos?” ALa están haciendo ahora y se encuentra ahí mismo, junto al río”. AEs que no sabéis: esa es la venta de la Manuela”. Entonces contestaron los marchantes y dijeron: AEsa venta, a partir de ahora mismo no tiene más nombre que el que nosotros le hemos puesto: Venta de la Golondrina”.

Y aquellas personas del cortijo del Miguel Barba, le contestaron a los marchantes y le dijeron: APues quedáis advertidos: esa mujer tiene muy mal genio. Cuando se entere que vosotros le habéis puesto ese nombre a su venta, ya veréis lo que pasará”. Contestaron los marchantes y dijeron: APues se enfade o no se enfade, esa mujer ha de ser la golondrina hasta que se muera. Y sus hijos los golondrinos. Y esto lo decimos así, porque mujer más trabajadora y valiente, no la hemos visto en la vida. Mientras nos ha estado haciendo las gachas migas, ha navegado más que una golondrina volando. No se ha parado ni en el cielo ni en la tierra”.

Cuando bajaron de ese cortijo, lo primero que hicieron fue venir a mi venta a decirme que ya tenía nombre. Les pregunté y cuando me dijeron que me habían bautizado con el nombre de ALa Golondrina”, les eché unas miradas que me los quería comer allí mismo. Les dije todo lo bonito y feo que se le puede decir a una persona. Y como ya no podía más, me tiré por el suelo y me moría llorando. Cogí una irritación que ni por la noche dormía.

Pues como lo fueron contando por todos sitios, aquello se cundió y ya no había manera de pararlo. Los pastores, los esquiladores, los marchantes, los serranos, todos empezaron a decirme la golondrina y aquello ya no había ser humano en la tierra que me lo quitara. Yo venga llorar y mi Pedro me decía: A¡Anda y déjalos tranquilos! ¿Por que te hayan puesto ese nombre lloras?” ASi es que ese es un pájaro no me gusta a mí”. APero mujer si es el ave más bonica que existe”. Yo empeñá en que no pero ya aquello se corrió y desde aquel día hasta hoy, soy la golondrina de las riberas del río Guadalquivir.

Hoy, ya tantos años después, me da alegría. Todo el mundo me sigue diciendo que es muy bonico ese nombre. Ahora hasta les tengo cariño a estos pajarillos negros porque aquí, en los tejados de mi venta, han hecho sus nidos muchas veces. Ya estoy convencida de que es un pájaro realmente bonico. Así que ¿qué te parece?
- Que la historia no puede ser más sencilla y al mismo tiempo hermosa.
- Después ya levanté mi venta.

HUEVOS PASADOS POR AGUA
- Y a parte de aquellas gachas migas con las que tú obsequiaste a los marchantes que dieron nombre a tu venta y que seguro fue la primera comida que diste en ella ¿cual fue el siguiente buen banquete que diste aquí?
- La de los huevos pasados por agua.
- ¿Qué ocurrió?

- Eran también los marchantes que otro día volvieron por aquí. Una noche estaban todos junto a la lumbre. A uno de ellos le gustaba mucho los huevos. Siempre que venían por aquí, a parte de las gachas migas, lo que más pedían para comer, eran huevos. Era para cenar porque se hacía de noche. No me decían Manuela, siempre Golondrina. Uno de ellos dice: A¿Golondrina, Por qué no me pasas un par de huevos por agua? Ya sabes que a mí no me gustan de otra manera” Digo: APues vaya, eso ahora mismo está hecho”.

¡Mira! Les pongo la mesa, con su pan y lo que pusiera allí. Y cojo mis dos huevos que los acababan de poner las gallinas aquel día. Fui a la fuente y los lavé muy bien. Se los pongo en su plato y le digo: AAquí tiene usted sus huevos pasados por agua”. Cuando estaban comiéndose ellos sus choricillos tan agusto, van y cascan uno de los huevos, de postre. Cuando cascan el huevo en el plato y cae crudo, aquello fue de asombro. Me llaman y me dicen: APero Golondrina ¿qué has hecho?” APues leche, lo que me habéis mandado. Yo soy muy obediente. Cuando me mandáis una cosa es que la hago completa. ¿Qué me has dicho?” APues que me trajeras unos huevos pasados por agua”. Digo: A¿Pues que he hecho? He ido a la fuente, los he lavado muy bien y os los he traído fresquitos recién pasados por agua”. APero Golondrina, que así no se hacen los huevos pasados por agua. ¡Valiente ventera que vamos a tener nosotros junto a este río!”

Pero pasado el tiempo, cuando yo fui siendo más experta en todos los temas de la venta, se la pegaba a ellos. Siempre he sido durilla y valiente. Los arrieros son muy listos, no creas tú pero yo le sacaba el dinero, sin aprovecharme nunca, porque lo necesitaba para criar mis hijos y para ir agrandando mi casa. Buena y luchadora si he sido siempre con todo el mundo pero tonta, jamás. Por eso algunos me decían que: ANo eres la mejor pero como tú no hay otra”.

Mira, venían los arrieros y en mi venta yo no dejaba que se chispara ni uno. Ahí un poco más arriba, una mujer mayor que le decían la Atía remendá”, tenía un puestecillo. La tía María, se llamaba la pobretica y eso era más buena que un trocico de pan. Me decía: ATú hija mía, cuando veas que se están chispando, le echas agua en el vino. Verás como se van tan contentos y no se chispa ninguno”. Y yo me reía de lo que me decía la abuela, porque me quería muchísimo. Pero aquellos consejos me dieron sus resultados, no creas. De vez en cuando le echaba mi agua al vinillo pero eso sí: siempre fue para ayudarles a ellos y no por ganar dinero yo. Aprovecharme de la gente yo nunca he sido capaz.

¡Ay madre mía de mi alma! Qué gracia tuvo aquella primera comida mía en esta venta. ¡Y lo que me han querido, siempre aquellos marchantes! A partir de ellos, mi venta fue levantando vuelo poco a poco y eso sí: sin perder nunca mi acento, mi gracia y mi identidad serrana.

LAS OTRAS VENTAS
- ¿Qué otras ventas había por aquí entonces?
- Mira que te diga: si es que lo que me pasa que fui la primera ventera. Si es que no había ninguna.
- ¿Y la de La Pascuala?
- La de La Pascuala estaba hecha pero no era venta. Era un cortijillo que había ahí donde vivía la abuela Pascuala y los hijos que tenía. Pero ahí ni venta ni leche, si eso era de teja vana, bien sabes, que no había revoltones ni nada. Con tablas y todo tejado llano y una chimenea para meterse todos en el rincón. Lo que pasa es que tenían mucha anchura y como entonces venían por aquí tantos arrieros, pues se paraban ahí con los burros. Los hijos pusieron un poco de vino y aguardiente y así de esta manera también recogían alguna basura de los burros para las tierras de los hortales. Creo que ellos ni daban comida ni nada.

- ¿Y la del Vaquillo?
- Esa ha sido también una venta pero sin carretera ni nada. Un camino. La hicieron mucho después que yo. Esa venta que hay al lado de la carretera, hay otra más arriba alrededor de la fuenterraca esa que baja, unos llanos que hay allí, mi padre los ha cultivado toda la vida. Pues allí era la Venta de la Rogelia pero era para arriba. La Venta el Vaquillo que le decían también de la tía Rogelia, porque la abuela se llamaba así. Lo del Vaquillo fue por una vaca que un día se escapó y ocurrió por el rincón una aventura que yo no sé contarte. Aquello tuvo una historia.
- ¿Y quedaba por donde ahora se encuentra Mirasierra?
- Por encima. Al lado de arriba, cerca de la fuente que baja.

- ¿Y la otra venta que se llamaba de Juan Ardid?
- Aquella que hay arriba. Por la Ericas cerca de la orilla del camino. Unos viejos que había allí como yo cuando hice aquí la mía. Eso es que ahora lo han comprado y le han puesto todo el rumbo que han querido pero aquello era una ventilla pues igual que la mía. No tenía ni carretera ni nada. Camino real para ir a Cazorla. Ellos vendían su vino, su aguardientillo, sus copillas de cosillas. Fue también después de la mía. Aquello le decían la Venta de Juan Ardid pero allí no vendía casi de nada. El hombre aquel que se quedó allí, el tío Juan Ardid, pues eso: vendía una copilla de aguardiente y otra de vino.

Pero yo, es que he sido la primera ventera de verdad tanto en antigüedad como en vender cosas.
- ¿Seguro que nadie podrá decirnos luego, que tú no has sido la primera ventera en este valle del Guadalquivir?
- ¡Seguro que nadie! Yo he sido la primera. Por antigüedad, por negocio de venta, por arrieros, por recoveros, por estraperlistas, civiles... todo el mundo serrano ha pasado por mi venta. Aquí todos eran hermanos y todos se han sentido como en su casa. Desde que me casé, luchando siempre como un buen serrano lucha por su sierra para que ésta le dé las cuatro pesetas que se necesita para ir tirando en la vida.
Su hijo Manolo, que está sentando junto a nosotros, interviene en la conversación y afirma:
- Lo que te dice mi madre es verdad: La primera venta de todas por este valle, fue la de La Golondrina. Convéncete de esa realidad.
- ¿Y la venta de Hilario?
- Esa ya no existe. Estuvo donde ahora se encuentra el hotel Mirasierra pero Hilario ya murió. Lo de Hilario se perdió para siempre, con lo bonito y la solera serrana que tenía y le pusieron, lo que le digan ahora.

- Total que la primera, fue la Golondrina
- ¡Así es! La segunda, podríamos decir, La Pascuala ¿Y la tercera?
- La de Hilario y luego la de Juan Ardí y la del Vaquillo.
- ¿Y ya no había más ventas en todo este río?
- De aquí para La Aldea ya no había más. La Venta de Luis, eso no tenía venta ni nada, Aurelio.
- ¿Dónde estaba la de Aurelio?
- La que hay por debajo de La Pascuala. Hay tenían una arrobilla de vino y cuando se les terminaban, ya no tenían de nada. Para que te queden claro, las tres fundamentales eran: la de la Cruz, que era la de Hilario, esta de la Golondrina y la de La Pascuala. Los que más chiste hemos tenido de siempre éramos los de la carretera pero eso no quiere decir que los otros no tuvieran su importancia. La tenían y eran buenas personas todos ellos y llenos de dignidad, amor y lucha por sus cosas, su tierra y su gente. Con todos me llevo bien y a todos los quiero y los respeto.

CAMINO Y CARRETERA
- Y lo de la carretera ¿cómo fue?
- Un día estaba yo por aquí detrás y vi a unos hombres que venían midiendo tierras con unas cuerdas. Claro, yo había levantado mi casa con la puerta mirando al camino real que pasaba justo por donde ahora va la carretera. Pero entonces no había carretera sino camino. De las piedras de todos estos ríos, a un lado y otro del camino, había muchas paratas. Sin embargo, yo vi que aquellos hombres de las cuerdas coloradas, se saltaban las paratas y se fueron por ahí detrás. Primero se pusieron ahí y luego se quitaron. Se tiraron por detrás, entre mi venta y el río y arrearon por medio del llano al salir a la casa del guarda donde engancharon otra vez con el camino. Yo me dije: A¿Qué vendrá haciendo la gente esta?” Entonces yo, como nunca he sido tonta, fui y me acerqué.

Los saludé y les dije: AMiren, por favor, quiero enterarme a ver que van haciendo ustedes con los ramales estos por aquí midiendo. ¿No será esto la carretera?” Dicen: APues eso es. Usted lo ha acertado. Estamos delineando la nueva carretera”. Entonces los miré muy seria y les pregunté: A¿Y ustedes qué piensa hacer conmigo?” A¡Mujer, pues darte vida!” A¿Me van a dar vida echando la carretera por detrás de mi casa y dejando la puerta frente al monte y sin camino? Lo que me van a dar es un disgusto gordo y después la muerte”. APero muchacha ¿qué formas son estas?” ALas formas son las de ustedes. ¿No ven que todas las ventanas, la puerta y la fachada de mi casucha, levantada con sudor e ilusión, miran al camino?”

Entonces no teníamos casi nada. Sólo una habitación y arriba una especie de camarote lleno de copos para los burros. Ni siquiera tenías revoltones, que ya sabes que así es como siempre en la sierra le hemos llamado a los colchones. Sí hacía poco que había principiado. APero entonces mucha ¿qué quieres que hagamos?” Me dijeron aquellos hombres de las cuerdas coloradas. A¿No comprenden que siendo el terreno mío y yendo el camino por arriba, lo que están haciendo sale mal?” Me miraron muy serios y me dijeron: A¿Por qué sale mal?” APrimero porque si hacen la carretera por donde están midiendo, da una curva grande y por el camino de ahora, iría recta y segundo porque me van a extraviar para toda la vida”. Y al terminar de pronunciar estas palabras, me eché a llorar. Al verme con aquella aflicción se acercaron y dijeron: AMuchacha, no llores. Paramos las obras ahora mismo y hablamos haber si lo podemos arreglar. ¿Cuál es tu idea?” APues mi idea es que si ustedes hacen caso a lo que les estoy diciendo, me harán un gran beneficio y por el cambio, ustedes no van a tener ningún prejuicio. Más bien van a llevar ganancias. Venga conmigo y vean lo que tengo”.

Ya te digo: era una casucha de adobes, un cuartucho y para protegernos del rocío en el techo había puesto unas mantas porque todavía no tenía ni tejas. AYa ven usted, todo lo tenemos en jerga, levantándolo poco a poco con mil esfuerzos y sudores. Si ahora trazan la carretera por allí, mis años de lucha levantando estas cuatro paredes ¿para qué me han servido? Y yo no tengo dinero para comenzar otra vez de nuevo y levantar la venta por donde ustedes están trazando la carretera. ¿Qué piensan ustedes?” A¿Que qué pensamos? Ahora mismo lo vas a ver”.

De momento, el muchacho mayor le dijo al más joven: ATira de los ramales esos y vente aquí y a ver lo que quiere la mujer”. Se vinieron para arriba y junto a ellos me puse yo diciéndoles: APóngase usted ahí y que el otro muchacho se vaya allá arriba. Tiren la cuerda por aquí, que la tierra es mía y sin miedo tracen la carretera por el mismo sitio del camino”. Se me quedó mirando y me dijo: ALe vamos a hacer este favor porque, además, nos demuestra que hemos sido más torpes que usted”. Claro, no me quisieron decir que llevaban mala idea. Pasaron por ahí, clavaron los estacones esos que llevaba y se vino para acá uno y me dice: A¿Qué está usted contenta ahora?” Le digo: ASí señor, que estoy contenta porque han hecho ustedes una buena obra de caridad”. Me contestó y me dijo: A¡Es usted muy lista”. Digo: ABueno, vamos a echar un trinque de vino y vamos a callar que ya está todo apañado”.

Aquellos cuatro muchachos de las cintas, pasaron a mi venta, saqué un litro de vino, en el planto les piqué un par de choricillos que tenía colgados, se comieron sus aperitivos, se bebieron su vino, se fueron tan contentos y me dejaron mi carretera por ahí. Cuando se despedían les dije: AAquí tienen ustedes una venta para lo que se le ofrezca el día que tengan necesidad” ¿Qué te parece?
- Pues que fue un acierto estupendo.
- La salvación de mi venta.

TODOS A LA GOLONDRINA
He penado muchísimo pero la gente siempre me ha favorecido. He sido buena para todo el mundo y eso parece que el Señor me lo ha ido premiando. En la venta esa de arriba que es de mi cuñado, no se paraba ni un arriero y, sin embargo, aquí sí venían todos. No cabían los burros aquí y dormían apretados todos pero no se paraban en las otras ventas. Todos venía a parar a la Venta de la Golondrina.
- ¿Y eso por qué?
- Yo era muy plamplinera, muy churretera, para todo el que ha pasado por aquí. Recuerdo yo que aquellos arrieros venían chorreando y en cuanto se paraban aquí lo primero que hacía era echar una gran lumbre. AVengan se quiten las chaquetas. Si no hay nadie. Anda y ponerlas aquí en la silla. Ya veréis como dentro de una hora las tenéis enjuta y por la mañana no Asos” las tenéis que poner chorreando. Si ahora no se va a calentar nadie. Y el que venga, como no está mojado, le digo yo que les estoy enjugado las blusas y ya está”. Todo eso.
- Claro y el sentirse tratados con tantos detalles a la gente les gustaba.

- Así he sido yo siempre. Desde el primer momento mi venta tuvo éxito. Y fíjate, nada más empezar a poner adobes, ya tenía marchantes, arrieros, recoveros, estraperlistas y todo el que pasaba por aquí. Se dejaban las otras ventas y aquí se venían. Yo no les cobraba nada por acostarse ni los demonios. Ellos le echaban su pienso a los burros, me dejaban la basura, estiércol para criar ahí cuatro pimiento y un bancal de tomates. Recogía una cuadra de basura y allí mi cuñado no tenía a nadie. Se bajaban todos aquí aunque se helaran de frío. Se fumaban sus cigarros, contaban de su vida y nadie se metía con ellos.

- ¿A los estraperlistas también les dabas posada?
- ¡Los pobretico! Yo les salvaba la vida a todos. Venían al estraperlo. El trigo, el aceite y el tabaco verde se lo llevaban de aquí. En tiempo de contrabando aquel se lo llevaban todo de aquí y luego lo vendían en otros sitios. Pero ellos también traían cosas de por ahí. Pero yo, como no me metía con ellos sino que les ayudaba, siempre venía a refugiarse a mi venta.

Como los pobreticos siempre tenían que estar con cuatro ojos para que no los cogieran los civiles, en mi casa se encontraban seguros. Los civiles llegaban por la mañana temprano y muchas veces dormían aquí. Siempre los hinchaba de comer y no les cobraba nada. Muchas veces dormían aquí y me lo decían, que la mía era la venta que más les gustaba. Y se estaban a la expectativa.

Los arrieros llegaban a las once o a las doce caían los pobreticos de la campiña. Yo siempre también los acogía. Cuando llegaban, como era en el mes de agosto, les echaba las cabeceras ahí. Aquí mismo en la puerta, en el cantón este. Entonces esto estaba así liso. Como hacía calor les gustaba a ellos de dormir en el campo. Los burros los ataban en unos pinos que teníamos ahí abajo. Y yo se lo decía: ACualquier día los civiles os pillan aquí”. A¡Qué va! Aquí no vienen los civiles tanto”. Me decían siempre ellos. A¡Ya veréis como os pillan algún día!”

Pues recuerdo que una mañana, estaba yo por la puerta de mi casa y siento el tilín de los cascabelillos que los burros llevaban puestos en el cuello. Eso, aunque es chico, suena mucho. Siento el cascabel del burro. ¡Mira! Y los civiles durmiendo ahí tumbados en la sombra de la noguera que pillaba todo eso. Salgo nerviosa y les digo: A¡Ay! Miren ustedes por favol, etesen quietos aquí y no se levanten que me se ha soltao la gorrina grande y la tengo en las huelgas esas de arriba y me está Aerribando” to el panizo”. Dicen: ATú vete tranquila, que aquí no pasa nada. Nosotros estamos acostado y todo lo tenemos controlado”.

Arranco a correr carretera arriba y de seguida veo el burro de los cascabeles. Conforme iba corriendo me pongo así, con la mano en la frente que era la señal que ya había convenido para avisarles de la presencia de los civiles, y con la otra les decía que se pararan. AQue están aquí acostados”. El hombre, de seguida paró el burro, cogió el cascabel, lo tapó con hierbajos, dieron media vuelta y cruzando por ahí, por Coto Ríos, se fueron por esos montes con dirección a Santiago de la Espada.

8.08.2007

Rutas para la historia-3

POR LA SOLANA DE COTO RIOS 19‑11‑94

Índice:
Torre del Vinagre, cortijo -1
Torre del Vinagre, museo -2
Coto Ríos - 3
La Golondrina -4
Los nogales -5
Los Llanos de Arance -6
La leyenda -7
El macho blanco - 8
Los arrendajos - 9
¡Por fin, la llanura! - 10
Nacido en la roca - 11
Y la eternidad - 12


TORRE DEL VINAGRE, EL CORTIJO‑1

Pasadas las colmenas, entre los romeros de esta ladera, la pista sigue cortando la solana por la mitad y se va dirección a la Torre del Vinagre, museo. Según avanzo y baja, se aleja del Arroyo torre del Vinagre y antes de llegar al collado, se divide en dos. A la izquierda queda un ramal que sigue subiendo y según la dirección, creo que es el que lleva hasta el Cortijo de la Hortizuela cerca del pequeño cauce que baja por entre Peña Corva y Piedras Rubias. Sigo por el ramal de la derecha que, a partir de aquí, desciende más rápido buscando el collado. Justo en el collado da una gran curva, se divide otra vez en un trozo que sigue al frente el cual me llevaría al museo y el otro que vuelve para atrás y sigue bajando por la cañada buscando el cauce del arroyo que antes despedía.

Sé que por aquí está el cortijo que da nombre al cauce de esta ladera y al museo de ahí más abajo. No he estado nunca por la zona y por eso me pica la curiosidad. Pero antes de encontrarme con lo que vengo buscando, en la vaguada, oigo rumor de agua. Del arroyo no es, porque aún queda lejos; miro a mi derecha y lo veo: es como un gran cauce que brota aquí mismo, en el centro del extenso romeral, en la zona que ha quedado dentro de la curva que va trazando mi camino; donde hay una especie de hondonada. Es una barbaridad la cantidad de agua que mana por aquí. Hasta han construido una alcantarilla para que cruce el camino. Algo más abajo la civilización humana le ha salido al encuentro. Obras de cemento y tubos lo aprisionan para llevarlo a las urbanizaciones del valle. ¡Qué pena, hombre! ¡Con lo bonito que me ha resultado el descubrimiento de este caudaloso manantial entre romeros tan floridos y ladera tan majestuosas! Pero tenía que haberlo pensado: los del valle, para esa civilización de lujo que por ahí están montando necesitan de éste manantial y de otros muchos. Ellos lo han descubierto antes que yo y se lo han apropiado con otro fin. ¿Sería mejor que siguiera como en aquellos tiempos? Yo diría que sí, pero si le pregunto a ellos sin duda que me van a responder que no.

Ya cayendo la tarde yo he llegado al cortijo. La pista que baja viene derecho a él, pero no puede acercarse sino hasta cierta distancia. Se lo impide una fuerte alambrada, con hierros metálicos y muy alta. Busco un agujero y lo encuentro, porque la puerta está cerrada con cadena y candado. No pretendo allanar propiedades de nadie, sino que según me voy acercando llamo por si el dueño anda por ahí; lo saludaré, le diré lo que hago por aquí y si puedo hablaré un rato con él para ver qué es lo que yo personalmente saco de todo esto. Me gustaría tener información directa para contrastarla con lo que me cuentan otros.

Mi pretensión no se puede realizar. Según me acerco me voy cerciorando de la soledad que, por lo menos hoy, existe en el edificio. Canales de cemento para regar la huerta que desde un pilar por la parte de arriba, salen y empiezan a surcar las tierras por el lado en que yo he entrado, muchos árboles junto a las regueras, algunas vides pero en forma de parras, nogales, perales, cerezos toda la tierra llana, que a simple vista se ve, son hortales.

No es este cortijo un solo cuerpo de casa. Es decir, voy descubriendo que todo es como un pequeño bloque de muchos edificios, cerca unos de otros, pero algo separados. La vivienda principal, que enseguida se adivina cual es, el corral para los animales, el gallinero, el pajar, la cuadra, otro cobertizo y por entre unos y otros como una pequeña calle aunque muy corta y estrecha. Todo un conjunto de edificios en el mismo centro de las tierras que encierra la cerca de malla metálica.

Está habitado porque hay cajas de cerveza vacías amontonadas por las paredes, una cortina de tiras de plástico en una de las puertas y paredes blancas como recién pintadas. Pero las puertas están bloqueadas con grandes candados y aunque ladra un perro ahí encerrado en unos de los cobertizos, nadie aparece por ningún lado. La hiedra crece casi en la misma puerta y siento que es una pena no haberme encontrado con alguna persona. Quizá me habría quedado por aquí charlando con ella todo lo que queda de tarde, pero, después de tanto como he oído hablar de Torre del Vinagre, estar en estos momentos, por fin, pisando la tierra y tocando las paredes de la casa, tiene para mí como una emoción especial.

Me alejo, pidiendo antes disculpas al dueño de este rincón por este atrevimiento mío sin su permiso y recorro otro buen trozo de tierra que se adivina fértil y rico, por la parte baja. Ya sí está cerca el arroyo porque mientras voy recorriendo el bosque de encinas y robles que, desde aquí hasta la carretera me van cubriendo con su sombra, lo oigo. Debe llevar mucha agua porque el ruido que hasta mí llega es eso lo que indica.

TORRE DEL VINAGRE, EL MUSEO ‑2

No tenía yo pensado hablar ahora de este lugar que es el museo, escaparate. Pero como hoy pasaba por aquí en la dirección que me lleva a la ruta correspondiente a esta jornada, sin pensarlo mucho, me paré.

En el fondo sí tenía que llegar para comprar algún libro. Bueno, no exactamente por esto. Lo que sucede es que como de vez en cuando alguien escribe y publica algo sobre estas sierras y como todo lo que se escribe y publica lo suelen vender aquí por la razón de que es por aquí por donde pasan la mayoría de los turistas, me paré a ver. También tenía claro que deseaba comprar dos libros que tengo desde hace mucho tiempo y conozco bien. Ambos forman parte, desde hace mucho tiempo, de la biblioteca particular que sobre estas sierras tengo. Unos ochenta títulos entre pequeños y grandes, libros y artículos. Los dos que hoy deseo comprar de tan usado, pronto los tendré que arrinconar y por eso pretendo reemplazarlos así que he decidido tener un ejemplar nuevo de cada uno.

Tengo, pues, una buena razón para parar y al mismo tiempo echo un vistazo por si hay algo nuevo. No hay nada nuevo excepto un par de boletines de ecología que edita el grupo de ecología de Linares. En uno de los números que compro se habla del censo de buitres en el parque, en otro, el número treinta, de los sabinares de la sierra y en el número treinta y uno hay un artículo sobre la situación actual de la conservación de este parque. Ojeo también los videos que por cierto, ya venden tres distintos, que hablan de estas sierras y como el último que ha salido, me parece bueno, me quedo con él. AVídeo al‑andalus, marca registrada@, es el grupo cordobés que lo edita; A Un amplio recorrido por los más bellos rincones del mayor de nuestros espacios protegidos es lo que se ofrece en este documento. Paisajes de ensueño, dominados por los pinos salgareños. Todo me sirve como bibliografía e información.

Creo que es bueno ver, leer y oír lo que otros dicen y hacen por y de estas tierras para no construirme yo un mundo a mi manera. Quizá este centro de interpretación, información y museo para los turistas debería orientarse más en esta línea: hacia las señas de identidad e historias de estos montes y no tanto en muestrario, casi idílico.
Pensaba yo esto mientras compraba el vídeo y se acercó, al mostrador de unos de los empleados que aquí da información, un turista de los de verdad.
‑ Para una excursión por la sierra ¿qué tenemos que hacer?
‑ Yo le vendo aquí los tikes. Un todo terreno completo vale doce mil quinientas todo el día y por persona, cuatro mil.
‑ ¿Adónde nos lleva y qué es lo que se ve?
‑ Por la zona alta y se ven maravillas.
‑ Pero por ejemplo: ¿Se va por carretera o por el campo? ¿Se ven animales o sólo montañas?

En este caso, el que contrata el viaje, después de oír, se limita a exclamar:
‑ ¡Guapísimo! ¿De dónde se sale y a qué hora?
‑ De aquí mismo y a las ocho de la mañana, pero es norma pagar por adelantado un tanto por ciento.
‑ Eso está hecho.

COTO RIOS ‑3



Tan poco yo tenía pensado hablar de este poblado, en esta ocasión concreta porque esperaba otro momento, pero da también la casualidad que el otro día salió el tema este del Coto Ríos en el periódico de la provincia. Lo leí yo con gran curiosidad y ahora que paso por aquí, me acuerdo de lo que allí se decía. Lo transcribo por cuanto creo que es interesante. ACoto Ríos es uno de los poblados de colonización creados en la época de los cincuenta en la provincia como consecuencia de las expropiaciones que sufrieron pequeños anejos afectados por algún proyecto de infraestructura. Las viviendas les fueron facilitadas a los vecinos en régimen de cesión por un período de 50 años, plazo que expira esta misma década. Esta circunstancia había llevado la preocupación a los vecinos, sobre todo ante el crecimiento progresivo de este núcleo de unos 600 habitantes, en parte porque debido a su privilegiada situación estratégica en el interior del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, donde la mayor parte de sus habitantes desarrollan su actividad laboral. Para el alcalde de Santiago‑Potones, la situación es angustiosa toda vez que las familias ven como se casan sus hijos y no pueden facilitarles vivienda alguna, lo que está produciendo que la mayor parte de las familias vivan en situación de hacinamiento.

Para intentar solucionar esta situación, el Ayuntamiento aprobó el año pasado una revisión de las normas subsidiarias, paso previo para poder actuar en la zona. Posteriormente, al inicio de este año, la Comisión Provincial de Urbanismo y la Comisión de Infraestructuras del Parque Natural aprobaron la dotación de 31.000 metros cuadrados de suelo urbanizable en esta pedanía de Santiago‑Potones. Si embargo, el expediente tenía que ser finalmente aprobado por la Junta de Andalucía, circunstancia que aún no se ha producido pese a serle enviado el mismo en el mes de marzo.

Por todo ello, el alcalde se ha entrevistado recientemente con la secretaría general técnica de la Consejería de Medio Ambiente para pedirle que la Junta agilice de manera urgente el proceso de cesión de la titularidad de los terrenos con el fin de que el ayuntamiento o los propios vecinos puedan acometer la construcción de las viviendas. El Alcalde ha destacado la >buena disposición= mostrada por la Consejería de Medio Ambiente y confía en que en 1995 pueda hacerse realidad la solución a este conflicto.

El alcalde ha destacado la prioridad que recibirán a la hora de concederse los permisos de construcción de los vecinos de Coto Ríos, así como las de otros pequeños núcleos próximos como las ericas o Loma de María Angela. Esta afirmación despeja cualquier duda sobre supuestas especulaciones inmobiliarias en esos terrenos, temor expresado recientemente por los representantes empresariales en la Comisión de Infraestructuras del Parque Natural, que han exigido que esta acción se ejecute en los mismos términos del acuerdo@. (Diario Jaén)

LA GOLONDRINA ‑4



Es ave muy conocida por todos nosotros por la cantidad de veces que la hemos visto surcando el cielo desde el comienzo de la primavera hasta los primeros días del mes de septiembre. Agil y veloz voladora de larga cola con los extremos laterales largamente afilados, vuela a menudo a ras de tierra. Su parte superior es negra con reflejos metálicos y la frente y garganta algo roja. Se alimenta de insectos cazados al vuelo y cría de mayo a septiembre en dos o tres puestas.

Con ser también muy abundante en estas sierras alguien, algún día, cogió su nombre para ponérselo al puente que cruza el Guadalquivir por la zona del camping de los Llanos de Arance. Más tarde construyeron allí cerca una venta que luego se convirtió en hostal y pensión con el mismo nombre. De este rincón precisamente quiero yo hablarte hoy y tengo varias razones para ello. La primera es la ruta que desde aquí mismo he trazado esta mañana y que lleva hasta la Hoya de Miguel Barba y desde aquí a los pies mismos del pico Blanquilla. La segunda está relacionada con la venta que mencionaba arriba, pero va más directamente a la guía turística que habla de esta ruta. Y la tercera, que la dejaré para lo último de todo, viene otra vez aquí, al Hostal de la Golondrina que por primera vez hoy lo he visto algo más despacio.

Con la primera, que es la ruta, voy a empezar diciendo que también es la primera vez que hago una ruta con una guía de turistas en la mano. Y es que ojeando la guía que el otro día cayó en mis manos vi una ruta que desconocía por no haberla hecho aún y entonces me dije: Avoy a recorrerla. Me la leí bien, miré todo lo que puede en otras fuentes, me aprendí de me memoria el lugar y hoy me he venido hasta aquí.

LA TERRAZA DE LOS NOGALES ‑5



Pues tú dejas el coche ahí, por la venta de la Golondrina e incluso frente al comienzo de la pista. Sin hacerle caso a la guía, ponte en marcha pista arriba. Disponte sólo a dar un buen paseo y a dejar que tu alma se impresione con cada detalle encontrado en la ladera. Parecen más tuyas las cosas cuando eres tú el que las vas descubriendo por sorpresa.

Así que en cuanto subes un poco, porque todo es remontar desde este momento, ya empiezas a ver lo Llanos de Arance. Hoy es un camping y en él sólo se ven dos o tres tiendas. En otros tiempos esto era eso: un llano. Lo conocí yo cuando aún estaba libre de toda instalación y el acampar ahí o irte por él era una auténtica experiencia. Estrellas limpias en las noches silenciosas, conciertos de grillos entrelazados con el cascabeleo de la corriente, gruñir de jabalíes por entre los juncos buscando sus lombrices entre la húmeda tierra y sobre todo, olor a poleo. Toda una gran llanura llena de pequeñas matas de poleo con perfume de menta que por el mes de agosto se llenan de florecillas aterciopeladas entre azules y violetas. ATodos los años vengo a este lugar para recoger mi ración de esta aromática planta que a lo largo del año luego me la voy bebiendo en pequeños sorbos en forma de infusiones@. Me ha dicho más de una vez ese amigo mío de Ubeda. Los llanos hoy no son lo mismo.

Como es otoño, estación de muda, de borrón y cuenta nueva, es la sublimación de un mundo en cambio. Tiempo de luz escurridiza, de calientes templados, de colores ocre, de alas migratorias, del momento y del lugar. Un día como el de hoy es un día de suerte porque te puede atrapar, con toda su belleza, un decorado especial tendido sobre estos llanos. Bosques dormidos con piel de otoño, robles y álamos expresándose en maravillosas policromía. Así que, en un abrir y cerrar de ojos, en quince minutos te encuentras que la pista gira a la izquierda, miras y lo que hay ante tus ojos, te parece un sueño. Es un bosque encantado, en miniatura y además de nogales.

Sin advertirlo y sin que nadie te lo haya dicho te das de bruces con la llanura, que es una pequeña terraza que más bien parece un juguete, pero que está aquí y como su tierra es negra y muy fértil, en el lugar plantaron nogales. Ochenta y tantos he contado yo y algunos con troncos gruesos como el muslo de una persona. No son muy viejos ni tampoco grandes, esa es la verdad y por esto me temo lo que no me gusta: Quizá estos nogales no fueron plantados por aquellos serranos sino por una de las administraciones no lejanas. ¿Que por qué digo esto? Sé yo bien que en otros tiempos aquí había un manantial y que desde tiempos muy lejanos este lugar se ha llamado Fuente de la Tobilla; casi como otros en estas sierras, pero distinto. La fuente era un manantial que brotaba en la parte alta de la llanura y sus aguas regaban generosamente todo este rodal de tierra. Como los nogales no son muy grandes intuyo que en tiempos remotos aquí se sembraba y se cultivaba otra cosa.

¿Qué es lo que ha pasado? Bastantes cosas y entre ellas que el manantial ya no existe. Y no es porque llueva menos que antes, sino por algo que más adelante sacaré. Pero unos años atrás, no demasiados, donde brotaba el manantial construyeron una fuente de piedra que nada más verla te dices: ¡Icona! La obra es preciosa, con dos tubos para el agua, un pilar y algunos poyos a los lados. Intuyo que los nogales son de la época de la fuente. Le quitaron las tierras a los que la cultivaban, destruyeron el manantial levantando la fuente y rompieron la tierra sembrando nogales. La fuente hoy está totalmente seca, los nogales son bastante raquíticos y desde luego no tienen nueces. Como es otoño las hojas ruedan por el suelo y las ramas aparecen por completo desnudas.

Cuando llegues al rincón te olvidas de lo de la fuente y demás y dedícate de lleno a sacarle al lugar todo su partido. Es un balcón precioso sobre el valle del Guadalquivir que con su paz, su silencio, sus bosques de nogales y por arriba, de pinos, te llenará de agradables sensaciones. Descansa largamente aquí porque hay que gozar a fondo y despacio el perfume de la mejorana abundante entre los nogales y el viento fresco que por el rinconcillo siempre corre. Son muy querenciosas estas tierras para las perdices. Lo sé, porque hoy, tanto al subir como al bajar, se me han levantado algunas bandadas casi de los pies. Es lugar de piedras y tierra arenosa ideal para que las perdices se afilen el pico, pues tiene tal roca un componente silicio que le da consistencia y dureza.

LA LEYENDA ‑6



He descansado en el terreno de la terraza dejándome refrescar por el vientecillo que corre y aunque he deseado beber agua de la fuente no he podido. He descansado un rato mientras gozaba de la gran panorámica. Al otro, lado el río Aguasmulas, La Campana y el Arroyo de Aguarrocín. Después he seguido y al llegar a la primera gran curva que esta pista traza en su serpentear hacia la cumbre, me he tropezado con el pastor de Coto Ríos. Arriba, en lo más alto que hay un poco de monte quemado, ya hace rato que vengo viendo las cabras. Como son blancas, la raza de estas sierras, se ven desde lejos.

Lo saludo y como él también sube porque viene desde el poblado a darle una vuelta al ganado, nos vamos juntos. Conoce bien todo este terreno y como, además, me dice que incluso se acuerda de cuando vivía gente en el cortijo de la Hoya, le hago dos o tres preguntas y con esto es suficiente para que no pare de hablar durante todo el rato.
‑ Tan acostumbrado como ya estaba a ver siempre ahí gente viviendo, cuando los echaron del cortijo no me fue fácil adaptarme a la soledad, casi absurda, en que todo quedó.
‑ ¿Tenías por aquí raíces?
‑ Muchas y otros aún más que yo. Por aquellos años una tarde subí esta ladera y me vine hasta la llanura por donde aún crecían las habas que se mecían verdes, altas, llenas de flores e igual que los garbanzos y el trigo. Sus dueños ya no vivían aquí, pero después de irse, durante varios años más estuvieron sembrando estas tierras. Este año estaba siendo uno de esos buenos años para el campo porque las cosechas y las hierbas crecían vigorosas prometiendo abundantes frutos.

Son como las cuatro de la tarde y hace un día hermoso. Me acerco a la vieja casa que se alza casi en el mismo centro de la llanura, sobre el pequeño montículo. Al aproximarme una vez más compruebo que sigue abandonada. Tiene sus puertas cerradas y las maderas descoloridas y astilladas por la lluvia y el sol. También las ventanas están astilladas y en las paredes crece el musgo, el beleño, el trébol y las ortigas cuelgan suspendidas en el aire. Descubro, por la parte de arriba que es por donde todavía crecen los olivos, se desmorona la alberca, el manantial y las regueras para llevar el agua por todo la llanura, un huerto. Mas bien algunos frutales que también están abandonados. Parece que ningún ser humano ha pasado por aquí desde hace mucho tiempo. Sin embargo, sigo viendo los frutales, y aunque ya nadie los cuida, de sus ramas cuelgan las peras, las almendras, los higos, las uvas. Entre ellos descubro un peral con frutas gordas y maduras. Cojo un palo y me acerco. Es un árbol grande y viejo que también tiene el tronco casi podrido y astillado. Pero no todas sus ramas están secas; algunas de ellas siguen verdes y de aquí es de donde cuelgan sus frutos.

Las derribo con el palo y luego las recojo; me siento en la sombra del mismo árbol y me pongo a comerlas. Son buenas, es una fruta sana y rica. Pasa un rato y de pronto, por la parte del arroyo, oigo que se acerca alguien. Miro y lo reconozco enseguida. Es una de las personas que tiempos atrás vivía en la casa de la llanura.
‑ ¡Hola!
Lo saludo con gusto porque de verdad me alegra verlo. Le ofrezco una fruta y entonces él saca un trozo de pan de su zurrón y me lo da diciendo:
‑ Con esto sabrá mejor. Si no te importa voy a quedarme contigo un rato.
‑ Yo no voy a ningún sitio.

Algo más tarde se empieza a ocultar el sol. El campo se llena de sombras y silencios. Las puestas de sol desde las llanuras de esta casa son de lo más bello en estas sierras. Tendrías tú verlas y vivirlas como las tengo vividas yo. Subimos hasta la mitad de la ladera del cerrillo frente a la casa; el cerro está lleno de monte tupido, gris. Bajo una encina, junto a un peñasco casi blanco, nos paramos. Recogemos un puñado de troncos viejos, raíces de pino, ramas de encinas y encendemos una hoguera. A su alrededor nos sentamos. Por un rato observamos el sol ocultándose al otro lado de la cordillera, por Peña Corva y Peña Rubia.
‑ Fíjate en la casa.
Atento la observo y cuando ha pasado un rato, le digo:
‑ Tú la conoces bien.
‑ Desde pequeño; bajo su techo, al calor del fuego y en la compañía y el amor de ellos, viví mi niñez y mi juventud. Tristes, duros y alegres días de sol, lluvias y nieves. Horas enteras me las pasaba sentado en el peñasco charlando y jugando con la niña del dueño de estas tierras. Recuerdo que aquellos días eran deliciosos cuando por aquí brotaba la primavera con tantas flores, tantos pájaros, tanta agua por los arroyos y las cascadas. Recuerdo que fueron unos días de esos que se te clavan en el alma y ya no se te borran jamás.

La casa que es medio cortijo, medio mundo por tener casi todo lo necesario para subsistir lejos de los pueblos y las ciudades, se alza algo al final de la ladera, pero todavía dentro de ésta, en el mismo montículo rocoso. Corre por allí cerca el arroyo que primero se despeña, por la llanura se hace casi remanso y luego se despeña otra vez para caer ya al valle y al Río Guadalquivir. En la primera ladera, a la izquierda, por donde se despeña también por primera vez el arroyo, brota el manantial que metido en regueras, los tubos de aquellos tiempos, trae y esparce el agua por la llanura y el cortijo. Allí mismo, donde brota el manantial, sembraron los olivos, álamos blancos siguiendo el curso de las regueras, parras que como son plantas trepadoras, se agarran a las encinas y a los robles y salen incluso por encima de sus copas más altas.

Durante lago rato aquel hombre me habla de ésta casa y sus recuerdos por todo este mundo hasta que consigue que mi cariño y curiosidad por él aumente por momentos. Estoy escuchando extasiado sus palabras cuando de pronto, ya entre dos luces, se oye un gran ruido. Son las paredes y las piedras del cortijo que se desmoronan. La parte de delante, toda la pared en bloque cae hacia la llanura; luego las dos de los lados y los muros de otras.
‑ Fíjate lo que está ocurriendo.
Le digo. No se mueve; sigue fijo en la casa de piedra y a mis palabras, unos segundos más tarde, responde diciendo:
‑ ¿Por qué se hunde? Quizá no pueda comprenderlo, pero lo que sí está claro es que se muere. La presencia de la muerte como elemento amable para hacernos sentir la belleza y el gozo de la vida, del presente. Todas las cosas, hasta las más amadas y fuertes, desaparecen; igual que aquellos amigos; igual que nuestras ilusiones. Pero, además, el hundimiento de esta casa ahora mismo, aquí delante de nosotros, es un símbolo en el mismo corazón de estas sierras. Todo o parte de muchas cosas tienen que morir para que de esa muerte surja otra vez la vida, el cambio y hasta puede que la belleza.
‑ Pero según tú me decías habéis sido echados por la fuerza de este rincón. Todos os fuisteis llenos de dolor porque, además, ni siquiera fueron amables ni humanos en aquel momento.
‑ Mas tú sabes que la mayor riqueza de los pobres, los de sin raíces ni tierra propia y sin aprecio, son las heridas de su alma y como precisamente eso es dolor, estamos acostumbrados a no hacer casi nada en esta tierra y sí todo en la otra dimensión. Esta casa ha llegado a su fin aún en contra y por encima de nuestro amor por ella. Quizá cuando todas las cosas lleguen también a su fin, sólo tú y yo quedamos por estos montes atravesando campos y besando flores.
‑ Pero, sin embargo, la explicación del derrumbe de esta casa es sencilla: este año ha llovido mucho, sus paredes están húmedas y ya es muy vieja.
‑ En parte es algo de eso, pero en parte es también otra cosa. Las paredes de esta casa son de piedra auténtica. Trozos de rocas arrancados a las montañas de estas sierras que una a una, en aquellos tiempos, nosotros fuimos juntando desde todos los alrededores y después de hacer los cimientos, piedra a piedra levantamos la casa. Y, además, como en el Evangelio: sobre roca viva para que resistiera bien todos los temporales. Las ventiscas de nieve, las tormentas del verano, las escarchas del invierno y los aguaceros del otoño. Esta casa no se hubiera caído de no haber sido rota primero por las manos de los hombres.

Pronunciadas estas palabras guardó silencio. Se recostó sobre la tierra de la ladera desde donde se ve toda la llanura, los robles y la casa y a lo largo de toda la noche no volvió a pronunciar palabra. Cuando amaneció se bajó por el barranco que configura el arroyo de la fuente que es, además, por donde siempre existió la senda que lleva y trae a la casa del valle, la hoya, por ser más exacto. Esto de la pista fue después para subir con los coches hasta el cortijo, pero en aquellos tiempos se iba y se venía con mulos usando la senda que arranca en el valle, cerca del Guadalquivir. Pues por allí se fue él y desde entonces no lo he visto más. Consigo se llevó un mundo lleno de vida que se le adivinada saliendo por todos los poros de sus carnes y queme hubiera gustado mucho descubrir y compartir con él hasta el final. Pero así son las cosas, las personas y las historias de estas sierras. Sabes que existen, que laten y gritan y que están ahí desafiando la muralla del tiempo y aunque a veces desearías llegar hasta el último rincón de su alma, te cierran sus puertas porque ya no se fían.
‑ Quizá conviene que sea así para que nunca se descubra por completo el misterio de estas sierras a fin de que jamás pierdan su sello propio. Lo mejor de uno mismo nunca sale a la luz sino que nace y muere con uno mismo.
Le respondí al pastor.

EL MACHO BLANCO ‑7



Mientras el pastor me ha ido desgranando su recuerdo, como no hemos dejado de subir hacia el collado, al llegar a la segunda curva se despide de mí. Sus cabras, que las hemos venido viendo durante todo el rato, andan sobre la cumbre de la derecha y precisamente al llegar a este punto me dice que deja la pista para irse hacia el cerro donde carea la manada. Aunque no conozco aún el terreno, pienso que si en lugar de apartarse aquí de la pista, se viene conmigo hacia el collado, desde allí le será más fácil entrarle a la manada faldeando el monte mejor que subir casi en línea recta pendiente arriba. Se lo digo porque, además, deseo que me siga acompañando, pero no acepta; más bien lo que desea es irse de mí.

Le sucede esto mucho a la gente de la sierra. Parece timidez, pero también en el fondo creo que les huyen algo a los turistas. En estos últimos tiempos ellos deben de estar bastante cansados por tanta gente como andan buscándoles para que les cuenten cosas y vivencias por estos montes. Parece como si últimamente, los pastores y todos aquellos que siempre han vivido en el campo, se hayan convertido de pronto en personajes importantes para todos los que venimos de las ciudades y los pueblos grandes.

Desde esta curva al collado hay un respiro y es más corta aún porque ya notas el gozo de la cumbre. La cuesta sigue muy empinada, pero en cuanto se avanza un poco, aparece la pequeña hondonada del arroyuelo que por aquí comienza a fraguarse. Aprovechando este surco bastante suavizado porque más bien parece una pradera que arroyo, la pista se pega a la hondonada y sube más ligeramente. Entras por aquí y se te llena el alma de emoción al ver la ladera de enfrene que se pega a ti y te va acompañando hasta casi el final de la cuesta. No tiene otra vegetación que enebros, romeros, carrascas y lentiscos y como es otoño, muchas de estas plantas andan ya cambiadas de color. Por ejemplo: la cornicabra, que al ser pequeña y estar aplastada por entre las rocas, chorrea anaranjada como trocitos de atardeceres dándole al paisaje un tono especial. La solana y esto son dos paisajes diferentes aunque vivan en la misma ladera y se den la mano uno y otro.

Más arriba, la diferencia sigue agrandándose. Es otra la especie de pinos, los segundos en importancia y belleza por estas sierras y luego las encinas. Por aquí ya se ven muchas encinas lo cual me dice que por esta zona no hubo incendios. Y por aquí, por entre las encinas que ya crecen sobre las tierras de lo que es un poco la cumbre, me encuentro con el macho blanco. Como la manada va desde la hoya hacia la cumbre que es por donde se ha ido el cabrero, el macho sería el último; es decir, que se ha quedado atrás y por una razón lógica: anda buscando bellotas por debajo de las encinas. Es uno de los bocados que más apetecen tanto las cabras como las ovejas.

Lo llamo y mi sorpresa es ver como no sólo no se muestra arisco sino que me busca. Saco la barra de pan que traigo en el zurrón y en cuanto se la muestro se viene a buscarla. De las manos me quita el primer trozo, luego el segundo, el tercero y así hasta acabar con toda la barra. No tengo más y él sigue queriendo más y entonces se me ocurre darle bellotas. Me agarro al tronco de las encinas más jóvenes, las zarandeo y como ya por esta época, además de estar maduras se despegan con facilidad del cascabillo, caen y en cada zarandeo cojo un buen puñado. Se las pongo en la mano y con mucho más interés en un santiamén, acaba con ellas.

El macho blanco es precioso. Tendrá como año y medio o así, pero ya le cuelga la barba y lo sobre sale dos buenos cuernecetes. No huele, porque los machos cabríos, cuando te acercas a ellos, notas su olor, pero eso es cuando están en celo. Ahora, blanco es casi como la nieve. Todo el día por estos montes, que no manchan sino que limpian, no es posible que él pueda tener un pelo sucio. Si estos montes fueran jaras, sería distinto. Mi machete blanco del collado de las encinas está limpísimo y, además, como tengo que seguir la ruta, en cuanto intento dejarlo se quiere venir conmigo. Se ve que como le he dado pan y bellotas me ha cogido cariño y quiere seguirme. Bonito detalle por su parte que ahora yo recuerdo con agrado y por eso lo escribo. De aquí que también ahora recuerde el collado tan lleno de emoción, tan en silencio precisamente por la presencia del macho blanco.

LOS ARRENDAJOS ‑8



En cuanto estás sobre el collado la cuesta se suaviza. Primero hay como una pequeña llanura que se hace muy agradable recorrerla no ya por el respiro de caminar por una llanura después de la subida tan fuerte y casi dura, sino por el bosque, el vientecillo y el mismo clima que por aquí te vas encontrando. El bosque que está formado casi de Quercus, es espeso, sombrío y desde luego repleto de vida. El viento por aquí ha de ser muy distinto según el día y la época del año. Hoy, como ni hace frío ni calor, es de lo más confortante y delicioso. Y por último, el nuevo clima que desde luego resulta de lo más significativo de todo este lugar.

En cuanto remontas la curva del collado comienzas a bajar y eso hace que vayas entrando en una zona algo umbrosa. Como el bosque es espeso y, además, encinas y robles, la humedad es altísima. Se nota a simple vista por la cantidad de musgo en todas las rocas, los troncos de los árboles y por cualquier sitio. Buen rincón para las setas que como hoy es otoño precisamente las voy viendo por cualquier trocito de tierra. Níscalos sólo veo un par de ellos porque da la casualidad que este año no hay muchos.

Pero además de todo esto el rincón te sorprende por algo muy concreto: los arrendajos. En cuanto comienzas a cruzar el bosque se echan a volar, mostrando sus alas negras, azules y blancas y dejando oír sus desagradables chirridos. Aunque prefieren los robledales, los linderos de los bosques de coníferas y las pequeñas concentraciones de árboles, se ve que este rincón es también atractivo para ellos. En cuanto me descubren llenan todo el barranco de gritos y todo el aire de revoloteos. Su presencia me trae a la mente la figura de aquel niño hijo de los habitantes de la cortijada de la llanura.

Andando por el bosque que ahora mismo atravieso un día dio con un nido de arrendajo a escasa altura en un gran matorral. Sería sobre mediado de mayo y tenía cinco huevos. Veinte días más tarde nacieron los polluelos y unos veinte días después tres de aquellos polluelos salieron volando y se fueron con la bandada. Los otros dos se los llevó al cortijo, les cortó las alas y se puso a jugar con ellos.
‑ Voy a enseñarles a hablar.
Le dijo el niño a su madre. Aunque el muchacho no había ido a la escuela sí sabía que el arrendajo es un maestro en el arte de imitar. Sabía, porque mil veces lo había oído por todos aquellos alrededores, que esta ave tiene tal habilidad para la imitación que se le considera como uno de los pájaros más sorprendentes y grotescos. Mil veces lo había oído remedar a la perfección los gritos del mirlo negro, del cárabo, de la corneja y sobre todo el maullido del ratonero común.

Pues él se dedicó a jugar con las aves y cada día se las llevaba por la llanura. Por entre las piedras, los olivos y las hortalizas que los mayores tenían por allí sembradas, él se dedicaba a buscarle su alimento que consistía en coleópteros, grillos, orugas, arañas y avispas. Los llamaba y al principio las aves acudían sin responder y luego poco a poco, a cada llamada del niño, contestaban ellos con un grito casi, casi similar al que el niño había emitido. Los mayores observaban aquel fenómeno y como consideraron que aquellas aves casi eran benéficas para ellos, le dijeron al niño:
‑ Llévatelos por los olivos, la sementera y todos los sembrados a ver si acaban con todos lo insectos que por ahí hay. Y Es que habían descubierto que algunas de las plagas que destruían sus cultivos eran precisamente el bocado predilecto de aquellas aves.
‑ El grande hoy se ha comido casi doscientos insectos y el pequeño algunos menos, pero pocos menos.
Le decía cada día el niño a los mayores.

Pero además de esta curiosidad que fue bien vista y aceptada por aquella gente, ocurrió otra aún todavía mayor; los otros arrendajos, la bandada que andaba por el bosque a su aire, en cuanto sentían a los que eran amigos del niño, se venían por la llanura y en un par de horas limpiaban las plantas de parásitos y plagas.
‑ ¡Pues si estas aves resultan ser en mejor insecticida natural que existe!
Decía aquella gente. Ellos por la casa, saltaban desde la cama a la silla, a la mesa, por la puerta y el tejado. El niño los llamaba y respondían y su sonido era muy parecido a las palabras que los humanos usaban para entenderse. En el otoño se iban por el bosque y en cuanto veían una bellota se la llevaban para esconderla. Cogían cinco o seis, las almacenaban en la garganta y se las llevaba a otra parte del bosque donde las enterraban bajo el musgo. Al llegar el invierno las bellotas germinaban porque al parecer los pájaros, una vez enterradas, se olvidaban de ellas.

Hoy, al pasar por aquí, en cuanto he comenzado a cruzar el bosque, una bandada de arrendajos se ha alzado en vuelo llenando toda la llanura de escandalosos gritos. Me ha venido al recuerdo la historia de aquel niño y ahora hasta me parece ver, en estas encinas que se mecen sobre el limpio collado, las bellotas que aquellas aves escondieron. Los pájaros hoy se asustan a mi paso no son los de aquellos tiempos, pero los árboles sí creo que son aquellos.

¡POR FIN LA LLANURA! ‑9



En cuanto bajas un poco mientras vas atravesando el bosque de la umbría que te deja suspendido entre dos sorpresas: el sueño y la fantasía, ya se ve la llanura. Por fin esta es la Hoya de Miguel Barba, la llanura que rodeada de montañas, era un vergel. La despensa del huerto natural más bello del mundo y en aquellos tiempos. Por eso, en cuanto la vas descubriendo, toda hoy verde, con los olivos rodeándola por la parte de arriba, lo primero que intuyes es la figura de aquellos hombres encorvados sobre sí mismos, con la azada en la mano y labrando la tierra para que ésta les dé sus frutos.

Poner huerto y atarearse con él era tan convencional y repetitivo, en aquellos tiempos y por aquí, como hoy ir a jugar a las cartas al bar tras la siestecilla del verano. Casi todos los que vivían por estas sierras tenían una mayor o menor parcela donde criar las verduras y hortalizas para el consumo. Y sin saberlo, tal vez incluso sin quererlo, se alimentaban mucho antes de engullir el tomate, la patata o el pimiento. En primer lugar, porque aprendían a mantener unas buenas relaciones con otros seres vivos. Los veían crecer desde la semilla al fruto. Entraban, pues, en un tiempo diferente al de los relojes. Y así comenzaban un pacto constantemente renovado: porque la agricultura es más alianza que dominio, por lo menos, hasta la grosera química, la ingeniería genética y las semillas híbridas de hoy. Con el día a día de la huerta se aprende, por contagio, un castillo de auténticos sabores: los que tienen relación con las múltiples, delicadas y complejas relaciones de los vivos. Ellos reconocían que el suelo también es un organismo que se le debe dar de comer correctamente. La fertilidad natural o lo más parecida posible a lo que inventó el bosque, es el único modelo de la famosa economía ecológica que todos andamos cacareando hoy. Y, además, ellos coqueteaban con la autarquía, autonomía, capacidad para gobernarse a sí mismo, situación de la economía de un país que le permite prescindir de las importaciones, y pasaban de los mercados y las tiendas. Porque lo del huerto vale tanto que mejor no ponerle precio y menos a las horas empleadas en él. Pero ¡Qué bendición no vender, no comprar! En el huerto ellos aprendían realismo y práctica: a manejar el agua, las manos, la mirada, la paciencia. Cultura natural, cultura física.

Ya van quedando pocos huertos y los comercios de comida, ultramarinos, al fin con verdadero sentido de la palabra, pues los garbanzos son mexicanos, las lentejas chinas, los tomates marroquíes. Nada que objetar a la exportación de los productos de cualquier lugar del mundo, pero sí al desplome de una forma de comunicación. Porque el huerto nos pone en contacto con nuestras propias raíces y si ellas se callan, nos quedamos sin esa sabiduría no escrita porque no puede encerrarse en el lenguaje. Vamos olvidando y es una pérdida para todos, como se hacen algunas de las más cruciales tareas; por ejemplo, la de procurar o procurarse alimento de forma independiente, sana, armónica con la naturaleza como lo hacían ellos.

Ahora, algunos, incluso los atareados en la conservación de su poder, ponen tres surcos en la parcela de su chalé y casi siempre fracasan por no conocer el lenguaje de la naturaleza. No fue pequeño para ellos el placer de ver crecer durante días y años los frutos que les mantenían vivos. Es casi seguro que aquella gente, los que construyeron este cortijo y vivieron en él cultivando las cosechas en la tierra de esta llanura, lo hacían simplemente por esto: porque necesitaban comer y de la tierra se saca el alimento cuando a la tierra se le sabe tratar y pedir sólo aquello que es necesario para vivir. Para ellos, la tierra era como hoy para nosotros los supermercados con la diferencia que allí no se compraba sino que se cultivaba lo que se necesitaba.

Ni siquiera sabían que tantos años después aquella forma de vida suya, tan compenetrada con la tierra, iba a ser apetecida, deseada y soñada por la gran mayoría de la gente de la ciudad. Ni siquiera sabían que lo suyo, su forma de ser y vivir, era y es el camino correcto para todos los que hoy nos consideramos seres racionales. Ni siquiera sabían el valor y la riqueza que poseían con sólo esta pequeña casa de piedra en el centro de la nava, rodeada de montañas, perfumada de tomillo y besada por tantas nubes limpias. Ellos vivían dejando el sudor en la tierra que les daba el fruto y eran felices como lo habrían seguido siendo hasta hoy si los hombres de la civilización moderna no les hubieran complicado la existencia.

Una vez más se cometió un error haciendo pagar a personas inocentes y hoy pasa lo que siempre: se quiere conseguir, se quiere volver otra vez a lo de antes sin comprender que eso ya es imposible. Si alguno volviera a esta llanura con el proyecto de sacar de ella patatas, tomates, trigo o aceite como lo hacían en aquellos tiempos, no sería posible. No es lo mismo. La cultura, los principios, las motivaciones ya son otras. Hasta la tierra lo sabe y de ahí que ella tampoco sería la misma ni podría comportarse igual. Esto es una verdad sencilla que a mi modo de sentir es profunda porque nos va en ello mucho a todos los humanos que ahora respiramos y más a los que vendrán después. Uno, nada más acercarse a esta llanura siente estas cosas y como uno anda un poco informado de lo que le pasa a la sociedad y sabe lo que ocurrió en aquellos tiempos, quisiera poner un granito de arena para que el futuro sea algo distinto. La gente de este cortijo tenía su felicidad y tesoro por aquí y se lo machacaron y ahora se les quiere rehabilitar diciéndoles que sí. ¿Por qué no hay algo más de cordura en las acciones de los hombres comprendiendo de una vez que en lo pequeño está la verdad cierta?

NACIDO EN LA MISMA ROCA ‑10



La pista esta que he venido subiendo hasta llegar al rincón no es real. Bueno, real sí es, pero falsa. Este no ha sido nunca un camino en serio que sirviera para entrar y salir al cortijo. La pista la hicieron también ellos, los que tampoco son reales y de aquí que todo sea artificial. Se nota enseguida porque conforme vienes por ella ves que, al llegar a la buena tierra, la llanura de la hoya, no tiene la dignidad, no se atreve, sabe que es extraña y en lugar de irse por la tierra de la llanura, se aparta para venirse por el lado. Rodeándolo le entra al cortijo por la parte de atrás sin llegar a él. Una vergüenza de camino que parece que sólo sirve para remontar la solana dando mil curvas, rompiendo un montón de naturaleza y al llegar a lo que realmente es un núcleo bello, ni se atreve rozarlo. Como si se avergonzara de ir por estas sierras. Quizá sabe que no es serrano y por eso se esconde con tanta timidez.

Quiero hacer la prueba y conforme voy llegando, aunque veo la casa y la llanura y me dan ganas de acercarme para conocerla en todos sus detalles, sigo por la pista. Rodea la casa casi grotescamente y busca el arroyo para ocultarse detrás de un montecillo y seguir subiendo. Por la llanura he visto un rebaño de ovejas pastando y por la parte baja del cortijo, en el roble de la roca, me encuentro al pastor. Lo saludo, pero nada más llegar al lugar lo que me llama la atención es el árbol. Aunque se parece tanto a otros en estas sierras por su corpulencia con ramas que se abren y cogen media fanega de tierra, el grueso del tronco que necesita más de una persona para rodearlo, lo mejor de todo, lo más original es el lugar donde ha nacido: justo en la misma roca. La única roca que bajo todo el roble hay, es donde él está clavado. Porque parece eso: que ha sido expresamente clavado en el centro de esta roca. Pero, además, la corteza del mismo se ha adherido de tal forma a la piedra que por encima de ella se extiende hacia un lado y otro envolviéndola hacia el corazón de su tronco. Una maravilla de roca y árbol mostrando la aspereza y potencia de estas sierras y al mismo tiempo la firmeza de la vida abriéndose paso, amorosa y bellamente, hasta en lo más duro de la tierra.

‑ ¡Que curioso ¿Verdad?
Exclamo lleno de sorpresa al llegar a Jerónimo que es como se llama el pastor.
‑ Se ve que eres otro de los muchos que en esta época escapa de las ciudades y se echa a andar por los montes buscando no sé qué. Lo digo por tu admiración ante este roble. La naturaleza por cualquier sitio da fenómenos como éste y más raros y bellos, según se mire.
‑ Tienes toda la razón al decir que soy otro de los muchos escapados y desorientado por estas sierras. Aunque en el fondo no deseo parecerme a ellos, tú nos igualas a todos en un mismo punto porque en realidad, somos extraños en estos montes. Ni siquiera sé lo que busco y hago como ellos, andar y andar como si coleccionara paisajes, puestas de sol, cascadas o cortijos abandonados.
‑ Pero, además, en cuanto veis un pastor os entran ganas de preguntarle de todo; como si fuerais periodistas, como si todos estuvierais escribiendo el mejor de todos los libros o qué sé yo.
‑ Sigues dando en la diana. Porque, por ejemplo, ahora mismo al pasar por ahí y ver a las ovejas en la llanura me acordé que hace tiempo deseaba encontrarme con un pastor para preguntarle algunas cosas relacionadas con los corderos.
‑ ¿Ves como he acertado?
‑ Sí, pero antes de la pregunta quería decir que yo tengo entendido que los cabritos, carneros, corderos y otros ovinos fueron las primeras ofrendas que el hombre hizo a los dioses. Aquellos sacrificios de animales asados en la leña que nos cuentan los libros clásicos y el cine fueron, en cierto modo, precursores de nuestras barbacoas.

Pero estas ofrendas religiosas tenían no sólo aspectos claramente espirituales sino también otros de orden práctico y nutritivo. Los oficiantes tras las ceremonias, se comían la carne asada. Así, entre los judíos y cristianos, la fiesta de la Pascua terminaba siempre con un banquete, en el que el centro del mismo era un cordero asado. Para darse cuenta de la importancia del cordero en estas culturas, basta decir que los censos de población en aquella Palestina ocupada por los romanos se realizaban en función de los corderos sacrificados durante la Pascua. La regla aritmética era fácil, multiplicarlos por diez; cada animal asado nutría a ese número de personas. Además, hay algo que siempre me ha parecido muy curioso: cómo muchas de las normas religiosas encierran interesantes consejos dietéticos. Es el caso de la grasa: condenada por impura se quemaba en los sacrificios, consumiendo sólo las carnes magras. Algo que sigue siendo válido hoy en día es no comer la grasa, pero sí utilizarla para asar el cordero, puesto que hace que su carne no se reseque ni pierda gusto. Esta cita histórica no hace más que confirmar la calidad y la consideración de la carne de cordero desde tiempo inmemorial.

Y ahora me gustaría aclarar algunas cosas más.
‑ Pregunta lo que quieras que aunque nosotros no somos gente de letras porque en aquellos tiempos no había tanta facilidad para ir a la escuela, de tanto andar toda la vida en los montes aprende uno algo.
‑ Son cosas simples, pero importantes que tú conoces bien. La fuente que surte a la alberca ¿Dónde está?
‑ Ya no existe.
‑ ¿Qué pasó?
‑ Con tanta sequía ni por la fuente sale agua.
‑ Y la pista que continúa ascendiendo ¿A dónde va?
‑ Es verdad que sube hasta el collado, pero no se queda ahí sino que nos lleva a la otra hoya, la del Aserraor.
‑ De la alfalfa, que según la guía debería crece en la llanura y por ahí sólo veo a tus ovejas ¿Qué ha pasado?
‑ Tú mismo lo estás viendo; no hay alfalfa.
‑ Este rodal de tierra donde nosotros estamos es una hoya ¿A qué cosa llaman los serranos hoya?
‑ En la sierra llamamos hoya a los polles, que esto sí me lo sé. A los calares que son rocas calizas rotas por la acción de las lluvias y las nieves.

‑ ¿Y este roble?
‑ Una maravilla que es el guardián del valle casi desde que existe el valle. Pero para que lo sepas, no hace ni dos horas que he visto por ahí a cuatro turistas así como tú. Dos parejas de ellos y ellas que después de recorrer la llanura, se han puesto a comer ahí mismo, en lo alto del cerrillo donde se han desmoronado las paredes de la casa y sobre sale una roca. En cuanto se fueron me he dado una vuelta por el lugar porque a uno le entra su curiosidad y ¿sabes lo que he visto?
‑ No. ¿Qué has visto?
‑ En el mismo pequeño rodalito de hierba verde que ya empieza a crecer han montado su mesa para comer. Una gloria para ellos que toda la vida se la pasan metidos en pisos que más bien son jaulas, pero como parece que no tienen educación o creen que en la sierra se pueden permitir todo lo que les apetezca porque es muy grande y ni se ve el dueño ni nadie te regaña, en ese mismo rodalito de hierba verde han dejado todas sus basuras. Tres botellas grandes de cerveza, litronas vacías; cuatro vasos de plástico, dos latas de cerveza, otras dos de coca cola, un par de latas más de esas de conservas, cigarros, papeles y trozos de pan es la señal que por ahí han dejado ellos. ¿Qué te parece?
‑ Pues que los he visto cuando iba yo para arriba y me parece muy mal que hagan estas cosas. Tienes toda la razón en eso de que no son ni educados.
‑ Digo yo que antes de venir a estas sierras deberían darse una vuelta por aquellos sitios donde enseñan los modales porque eso que veo en ellos ni siquiera lo hacemos nosotros los pastores que somos gente ignorante y con poca cultura. Ya que vienen a una tierra que no es suya que al menos nos den un poquito de ejemplo.
‑ Sigo creyendo como tú que eso es lo que deberían de hacer.

Y es que este pastor tiene toda la razón del mundo. Muchos de ellos no van a volver más por aquí y de ahí que no les importe dejar latas por cualquier sitio. Pero muchos de los que son de aquí, como esta es su tierra, aquí van a seguir hasta que mueran y no hay derecho a que vengan otros a romperles sus tierras y dejar en ella tanta basura. Bastante les rompieron y quitaron ya en aquellos tiempos, para que ahora todavía nosotros sigamos maltratándolos.

Y LA ETERNIDAD- 11
Como parado, como escondido entre el viento
para el gozo de aquellos que no tienen
su tesoro en este mundo.
Porque pasado el tiempo todo vendrá a su verdad.

Que en cuanto llegas a la hondonada te envuelve como un aroma, como un hálito invisible que te hace sentir la realidad que hay más allá de lo que ves y tocas. Por ejemplo: viniendo senda arriba que, por el arroyo viene desde el gran valle, ves a un grupo de personas que se acerca. Han tardado un día entero en llegar desde la otra cortijada y ahora, aunque van casi al borde del precipicio, no sienten ni miedo ni cansancio. Es como si no pisaran la tierra; como si su camino, su presencia y su figura estuvieran fuera del tiempo.

Llegando al roble de la roca, el nacido en la misma roca, se tropiezan con las cinco ciervas. Son las mismas que todas las tardes sestean entre las hojas secas de las encinas. Se paran junto a ellas y como los animales les conocen y ellos conocen a los animales, lo primero, sólo se levantan tranquilamente, sin asustarse y se van hacia la espesura del bosque. Es como si no tuvieran miedo, como si aquí hubieran estado toda la mañana esperando que llegaran para darles la bienvenida.

Cae la lluvia y como se refugian bajo las ramas del roble, frente a ellos, a un lado y otro, toda la llanura es visible. Pero la lluvia no es como la que nosotros vemos. Las gotas son notas musicales que aunque no son cristales, si lo parecen, pero en forma de sonidos. Por la llanura el agua se amontona en charcos alargados y redondos que al pisarlos ellos se abren como las alas de las mariposas. El chapoteo de los niños resuena quebrándose en la ladera.

Por entre los olivos se mueve una bandada de zorzales que saltan de un lado a otro y como la lluvia los ha mojado parece como si jugaran el juego del viento, las gotitas blancas y la tarde que se va. Lanzan sus cantos asustado un poco y divertido el resto y en cuanto el grupo de personas pasa a la estancia de la casa el abuelo coge a la niña, la sienta en sus piernas junto al fuego de la chimenea y acerca sus manos a las llamas para calentarlas.

Todo es un trozo de eternidad que silencioso y escondido ha bajado del cielo para quedarse en este rincón. Ni siquiera la humanidad entera, con todo su trabajo junto, es capaz de crear algo tan bello. Menos aún las inquietudes, obras, sueños y problemas de una persona aislada pueden compararse ni en valor ni en belleza a este pequeño puñado de realidad celeste. La eternidad escondida y trascendiendo el tiempo en este valle de cumbres, como un regalo que sólo algunos pueden gozar.

8.07.2007

Rutas para la historia-2

PASEOS DE LUJO
POR EL JARDÍN DEL EDÉN
Río Aguasmulas: los Tobones,
Cueva del Torno 2- 8- 98

Los Bonales, Junta Casas de las Tablas, Cortijo y Piedra del
Mulón, vado del río, senda de la cueva del Torno, arroyo
Aguasmulillas, Cueva del Torno, pista a la Fresnedilla.

La distancia
La ruta comienza justo donde se toma la senda para subir al Cortijo del Mulón, pero como en la pista que recorre el río, existe una cadena, hay que subir andando desde la casa forestal de los Bonales. Al llegar al arroyuelo que se llama los Tobones, a la derecha se aparta un ramal de pista forestal que se hunde hasta el río donde muere. Justo en este punto comienza el gran paseo que nos llevará hasta las bellas cuevas del Torno. Desde aquí hasta las cuevas son unos tres kilómetros, pero antes hay que recorrer la distancia que separa la casa forestal donde la cadena corta la pista hasta el punto mencionado, que son cerca de cuatro kilómetros y medio. Si el regreso se hace por la pista, remontando desde las Cuevas del Torno, le tenemos que sumar unos ocho kilómetros más.

Nota: el día que hice esta ruta, anduve veinticinco kilómetros. Cuando ya estaba a punto de cruzar el río a la altura del cortijo del Mulón, descubrí que me había dejado las llaves del coche puestas en la cerradura de la puerta. Regresé a por ellas y luego volví al punto en que arranca la senda. Cuatro kilómetros y medio que tuve que andar tres veces al comenzar la ruta y una más de regreso cuando ya terminaba. La suma del recorrido total fueron veinticinco kilómetros. Acabé con vejigas en las plantas de los pies, pero no cansado, sino plenamente satisfecho. Fue una inolvidable experiencia.

El tiempo
Hasta donde se coge la senda que sube por el río buscando las Cuevas del Torno, se tarda un poco más de una hora. Siguiendo fiel el trazado de la senda río arriba, se puede emplear más de hora y media por la dificultad que presentan algunos tramos de la senda. En remontar desde las cuevas a la pista, se tarda casi otra hora y en regresar hasta la cadena, siguiendo ahora ya el trazado de la pista, algo más de dos horas. A este tiempo hay que sumarle las paradas para respirar, beber un trago, comer o simplemente para gozar del paisaje. Así que para hacer con holgura el recorrido propuesto lo mejor es emplear en él un día completo y si fuera posible de los que tienen más horas de sol. Daría tiempo suficiente para recorrer la ruta y gozarla con calma y sus mil matices y momentos variados.

El Camino
Quiero aclarar que tengo una razón fuerte que me empuja a describir la senda que estoy exponiendo. Y esta razón es la siguiente: sé que todas estas viejas sendas serranas se van perdiendo. Desde que dejaron de usarlas los serranos que vivían por aquí, todas estas viejas sendas se van borrando. Cuando hayan pasado unos años más ya serán muy pocos los que sepan por dónde van estas veredas e incluso ni siquiera se sabrá que existieron. Pues para que en algún sitio se queden recogidas y con la máxima aproximación a su realidad concreta, las recorro y escribo yo. Sé que un día, quizá ya pasado mucho tiempo, tendrán su valor los textos que hablan de estas sendas
. Pero no como rutas para los turistas sino como documentación para que la memoria no se pierda del todo. Esta es la razón, que antes decía, tengo. Dejar un documento donde se reflejen realidades de estas tierras, que el tiempo y ausencia de las personas, van dejando en el olvido para siempre.

Y ahora digo que hasta donde se coge la senda que sube por el río, es pista forestal de tierra en buenas condiciones. Desde el punto en que arranca la senda, la única dificultad es que está se encuentra poco visible. Hasta el arroyo de Aguasmulillas, la senda discurre a media ladera jugando con las curvas y la corriente del río, sin más problemas que encontrar por dónde va después de algunos tramos rotos por los arroyuelos y los corrimientos.

Desde el arroyo de Aguasmulillas hasta las Cuevas del Torno, esta vieja senda se ha roto mucho y resulta muy complicado y peligroso reconocerla y seguirla, por las deslizantes torrenteras y las muchas rocas que por ellas hay. Pero un buen experto en montaña sabrá encontrar paso y llegar hasta la cueva que se busca. Merece la pena. De todos modos ellos bajaban y subían por aquí y por eso la senda existe aunque sea ya casi imposible reconocerla.

Ya en este punto, si queremos regresar por la pista, hay que cruzar la corriente del arroyo, por algún vado porque puente no existe y buscar la senda que desde esta hondonada sube hasta fundirse con la pista. Desde este punto, el regreso no tiene más problema que los siete kilómetros largos que todavía nos quedan por recorrer. Pero es regreso y todo cuesta abajo.

NOTA: no recomiendo a nadie hacer la senda que va desde el arroyo de Aguasmulillas hasta las Cuevas del Torno, por lo peligroso de los parajes y lo rota que ya está la senda que por aquí iba en otros tiempos. Por muchos tramos ni siquiera existe. Y si alguien se anima, debe considerarse un buen conocedor del terreno y experto en andar por sierras complicadas.

El paisaje
El gran cañón por donde desciende el río Aguasmulas presenta todo un variado mosaico de paisajes. En los primeros kilómetros las laderas que van escoltando a ambos lados no se derraman con demasiado inclinación, pero sí bien repletas de vegetación. Y esta vegetación fundamentalmente son pinares de repoblación, pinos de la especie carrasco, muchos romeros, madroñeras, durillos, zarzas junto a los cauces de los arroyos y río y entre ellas, buenos ejemplares de fresnos, robles y árboles frutales. Son los que aquellos serranos cultivaron cuando por aquí vivieron que ahora se asilvestran, envejecen y se pudren en la soledad de los bosques y barrancos.

Cuando ya se remonta hacia las partes altas las laderas, de ambos lados se va estrechando y entonces el cañón del río queda más hundido, a veces entre paredones rocosos y espesísimos bosques. Asombra la grandiosa Piedra del Mulón, con 1178 metros, siempre coronando por el lado de sol de la tarde y que se presenta como una robusta atalaya al final de la loma entre el río Aguasmulas y el arroyo de la Campana. Pero donde los paisajes adquieren categoría de grandiosos es a partir de la cerrada curva que traza el río Aguasmulas, a la altura y junta del arroyo Aguasmulillas. Por este punto se quiebran las laderas y picachos que vienen cayendo desde las partes altas, cuerda de las Banderillas, y por eso los bloques rocosos, los cortados y las placas tectónicas son de asombro.

A partir de esta curva para arriba, hacia el nacimiento del gran río que recorremos, por las riveras, los terrenos se presentan muy hundidos, pero sin demasiado desnivel. El río discurre por debajo de la curva de nivel que va por los mil cien metros. Poco a poco se va cerrando mientras el nivel aumenta aunque muy progresivamente. Cuando ya se mete en el barranco de las Cuevas del Torno y el nacimiento, las montañas coronan por ambos lados casi en vertical. Por la derecha tenemos una altura que llega a los mil novecientos treinta y siete, con la cima de las Banderillas y por el lado izquierdo, nos sobrepasa la cima del Castellón de los Toros con mil cuatrocientos setenta y siete metros. Por la Cueva del Torno se originan llanuras junto al cauce y algo más arriba, parte final o primera de este río, los elementos han modelado un profundo recodo. Los arroyos caen desde ambos lados, casi en puras cascadas y los barrancos se abren paso hacia las cumbres más elevadas. Cuando uno recorre estos paisajes siguiendo el surco del río, la sensación de anonadamiento es casi total. Todo cuanto rodea sobrepasa con dimensiones grandiosas. Y los paredones rocosos, cárcavas y voladeros, son de lo más espectacular.

Por este barranco del río Aguasmulas se pueden distinguir varios puntos donde hubo cortijos o viviendas humanas. Desde abajo hacia las partes altas tenemos los siguientes: Casas de las Tablas, donde se juntan los cauces del arroyo de la Campana con el río. Ahora son ruinas, pero en otros tiempos fueron viviendas alrededor de buenas tierras. Hasta un molino hubo en ese rincón. Más arriba, sobre la loma, está el cortijo del Mulón, la Cueva del Torno, el cortijo del Recó y varios cortijos más por la Fresnedilla. En el Quejigal también hubo una vivienda y luego, varias cuevas que fueron aprovechadas por las personas que en aquellos tiempos vivieron por estos grandiosos, misteriosos, profundo y excelsos parajes.

Lo que hay ahora
Comienzo narrando esta ruta a partir del rincón llamado los Tobones, frente al cortijo del Mulón. Y lo hago así porque la primera parte, lo que va desde la casa forestal de los Bonales hasta los Tobones, ya lo he descrito en la ruta que precede a ésta. Es un trozo de pista forestal común para ambas rutas. Así que en este punto, por la derecha, se aparta un ramal de pista forestal que se mete para el río. Es por donde iba una vereda que, después de cruzar el río, subía por la ladera y llevaba hasta el mismo cortijo del Mulón. Pues siguiendo esta pista de tierra enseguida atraviesa el cauce de un arroyo. Es el de Quejigal que baja desde las laderas del Castellón de los Toros. Casi siempre seco excepto en los meses de otoño o invierno. Grandes helechos, madroñeras, romero, zarzas, durillos y pinos es la vegetación más abundante por el lugar.

Por este arroyo todavía se pueden ver algunos árboles frutales de los que ellos cultivaron en aquellos tiempos. Hay tierras llanas que ellos usaron como huertas y aunque las hortalizas y otras plantas ya no crecen por aquí, los árboles que sembraron, aun no se han secado. Pasa el arroyo, da una curva más y ya baja recta hacia el cauce el río. Un pino grande y en su tronco un letrero clavado donde se puede leer: “Acotado de pesca. Muerte sin mosca”. Aquí mismo hay otra llanura donde los coches dan la vuelta y también fueron tierras de huertas en aquellos tiempos. La pista muere aquí mismo. Se puede cruzar el río y ya por el otro lado lo que sigue es la senda que remonta hasta el cortijo del Mulón. Me voy a parar, unos minutos, a la sombra de los fresnos.

Por el rincón traza el río una suave curva y en medio de la corriente que se abre crecen varios fresnos. Por aquí mismo ha habido gente esta mañana y por el suelo se han dejado pañuelos de papel y bolsas de plástico. Miro y veo que por el lado de la izquierda, muy pegado a las aguas del río, sube una senda. Me interesa averiguar si es senda de la que ellos usaban en aquellos tiempos o sólo veredas de las que hacen los turistas. Si es senda de aquellos tiempos, me va a servir para lo que necesito, pero sin son veredas de los turistas, ni siquiera la voy a seguir. Siempre llevan a ningún lado y pasan por los terrenos más difíciles de andar. Pero parece de aquellos tiempos porque tiene piedras puestas, en forma de parata, por el lado del río. Quizá ellos tenían que subir por aquí para ir a las huelgas que junto al río cultivaban.

Hoy trae mucha agua este río. A la sombra de unos de estos fresnos que se mezclan con las higueras, me paro junto a la corriente del agua. Hago mis cálculos y concluyo sabiendo que hasta llegar al punto donde ahora mismo me encuentro, después de haber vuelto al coche y regresado, ahora mismo tengo andados doce kilómetros justos. El tiempo que he tardado en recorrerlos son dos horas y quince minutos. Un buen paseo y apenas he comenzado la ruta que hoy tengo pensado. Quizá se me agoten las fuerzas y me tenga que volver sin completar el recorrido. Desde donde me he parado remonto un poco y me encuentro con un ciruelo. Aparecen por aquí llanuras de otras huertas. Por el tronco de un pino cruzo el río. Remonto algo más y busco la senda que ellos usaban para ir y venir desde el cortijo del Mulón a las Cuevas del Torno y lo contrario.

Me encuentro con la senda y me pongo a seguirla. Remonta cincuenta metros y muchas zarzas mientras se aleja del río. Es más fácil un trazado de senda algo elevado sobre la corriente que pegada a ella. Se distingue muy bien por aquí aunque está muy rota. Vuelca para un barranco menor por donde el bosque se espesa. Por eso el suelo aparece cubierto de hojas secas en una gruesa capa. A los treinta metros sale del bosque de madroñeras y ahora observo que estoy a la altura de la primera gran curva de la pista, pero en la otra ladera de enfrente. Atraviesa un rodal con apenas monte por donde la tierra se ha corrido y observo que hasta han cuidado un poco a esta senda. Le han cortado las matas de monte que la estaban cubriendo. También es verdad que por aquí, más arriba y en un rincón muy complicado, el otro año hubo un incendio. Tuvieron que meterse por esta senda cuando luchaban contra las llamas para apagarlas.

Son las dos y media de la tarde y voy subiendo despacito metido por el bosque. Pero avanzo muy cansado porque ya he andado trece kilómetros y hoy hace mucho calor. Vuelve a meterse en otro rodal de monte y al salir, remonta a un puntalete. Por aquí descubro que esta senda iba muy bien tallada. Ellos la tuvieron que andar muchas veces y a lo largo de muchos años. Por este puntalete, una trocha se va para el río. Y es que por ahí hay rodales de tierra que ellos sembraban. Vuelve a meterse en otra pequeña hondonada. Son arroyuelos que por el lado de la derecha vienen cayendo desde las Malezas de la Campana. Un monte con más de mil doscientos metros que, en línea recta con el Mulón y la Campana, suben hacia las grandes crestas de las Banderillas. Los tres se enfilan loma arriba desde la Junta de las Tablas hasta las cumbres de las Banderillas.

En este pequeño arroyuelo, antes del río, me encuentro con otra llanura que fue hortal. La senda se borra algo, pero al poco vuelve a verse otra vez. Algo más adelante me encuentro una asperilla rocosa por donde la senda se agarra y remonta. Al volcar vuelve a meterse en el surco de otro arroyuelo que le entra por el lado de la derecha. La curva de nivel por la que me muevo, casi en todo su recorrido, va por los novecientos metros. Sigue ahora la senda bajando en busca del surco del río y al mirar para atrás descubro que exclusivamente ha remontado para sortear un espigón rocoso que se hunde en el río. Y por ahí mismo se produce una cerrada que es muy complicada pasarla a no ser por donde la senda va. Miro al frente y al otro lado del río descubro un espigón rocoso que viene cayendo desde lo más alto del Castellón de los Toros. Llego al lecho del arroyuelo de la derecha y me encuentro con arena, muchos helechos y tierra arrastrada por la corriente de este arroyo. Es de cauce muy corto, pero muy torrencial.

Tengo que ir ahora con cuidado porque se me va a perder en cualquier momento. Por estos sitios llanos y con arroyos, las sendas que dejaron de usarse, se borran mucho antes que en otros puntos. Al salir del surco vuelve a bajar para el río y ahora remonta otra vez. Por la parte del río me la encuentro sujeta con una parata de piedra. ¡Qué senda más bonita esta de la Cueva del Torno y lo poco usada que está ahora! ¿Desde qué día hasta qué día estuvieron pasando ellos por aquí? Nadie me responde en estos momentos y sé que tampoco podría encontrar ninguna persona que fuera capaz de responder a este pregunta. Se acerca ahora al río mucho, en una caída casi en vertical y va sujeta a la ladera por una pared de piedras por el lado de la corriente. Aparecen los helechos y de nuevo se hunde en un barranco menor. Atraviesa un nuevo arroyuelo y pegándose a la peana de una gran roca, sigue avanzando. Me encuentro justo donde el río Aguasmulas traza su primera gran curva cerrada.

Al cruzar esta roca enseguida remonta a un collado casi de juguete. Y por el lado izquierdo, me sale al paso un gigantesco castellón rocoso. Roza otra vez una pared de rocas por el lado derecho y sube unos metros. Me paro y con calma me recreo en la columna rocosa que por el lado izquierdo baja desde el Castellón de los Toros. Cada vez es más impresionante y bello. Es casi una pura roca en vertical aunque los pinos crecen sobre ella. La senda sube para remontar otra roca y enseguida cae de nuevo. Pero para bajar con cierta comodidad le tuvieron que tallar algunos escalones en la misma roca. Están sujetos con troncos de pinos y enebros. Trazan zigzags y van bajando para la comodidad del arroyo. Voy saltándolos y ya veo el agua clarita que corre por este arroyo que de nuevo me llega desde el lado de las cumbres más altas.

Ahora se encuentra con el cauce del precioso arroyo y este de mayor entidad que todos los otros. Trae un caño de agua grueso como el cuerpo de una persona realidad que puedo comprender porque conozco los paisajes por donde se fraguan las primeras fuente. Es este el arroyo de Aguasmulillas que entra por lado derecho y viene de un grandísimo barranco, justo por debajo de las Banderillas. Un sólo cauce es ya por aquí, pero en las partes altas, por el barranco donde nace, son casi diez arroyuelos que en forma de abanico se van juntando. Al recodo se le conoce con el nombre del Hoyazo. Hoya grande recogida entre montañas muy elevadas y en este caso así es. Varias fuentes manan por esos elevados lugares que aun no tengo recorridos con mis pies, pero más que soñados en los pliegos más recónditos de mi alma.

Cuando la senda llega justo al mismo cauce del arroyo salen al paso unas losas que están pulidas de tanto como la corriente las ha acariciado. El agua cae encañándose por una estrecha canal en las puras rocas. Pero no desciende recta sino trazando curvas, pozas menores, corrientes, cascadas con espumas blancas y abriéndose y estrechándose hasta que se derrama en un bonito charco azul. Tiene forma redonda este charco y todo él asombra por el reflejo de limpieza que desprende. El agua que mana en los manantiales de estas sierras siempre es como esencia de nieve. Como puñados de viento que juega por los arroyos. Por el lado de abajo de este maravilloso charco pasa la senda. Como si ellos se hubieran entretenido en esculpir por aquí la mejor obra de arte jamás lograda bajo el sol. Yo que sé gustar la belleza de estas esculturas digo que nunca los hombres serán capaces algo que medio se parezca a esto.

Siguiendo la senda que me va metiendo en el corazón del río Aguasmulas, atravieso este cristalino arroyo y antes de seguir, me paro frente a él mirándolo. Es un charco redondo, clarito, profundo y el chorrillo de agua que lo llena desde la canal profunda tallada en la roca, se derrama como en un juego de ternura. Hasta mis oídos llega un rumor de cristales líquidos que aunque son melodías concretas también sé que ahí están contenidas todas las músicas posibles. El sol cae también limpio y como la luz es brillante y hasta quema la vegetación que por aquí rodea presenta un sin fin de matices y colores. Quizá por esto me animo y durante un buen rato no tengo prisa. Me dedico a gozar del lujo que por aquí me he encontrado y de la mejor manera que sé, también le hago algunas fotos. Son casi las tres de la tarde de un mes de agosto muy caluroso y por eso descubro que no es el mejor momento para sacar fotos de una obra maestra como esta, pero no tengo otra oportunidad, al menos hoy. Otro día, ya ni siquiera sé si tendré la suerte de volver. Siempre me estoy despidiendo de estas sierras y por eso, siempre me duelen más y más sintiendo que justo cuando las descubro las tengo que despedir para siempre.

Lavo mis manos, bebo un sorbo, miro despacio como si quisiera no irme de aquí nunca más y continuo la ruta. Tengo que seguir porque todavía hay mucho que andar y el día comienza a declinar para el lado de la tarde. Y ya digo: me duele despedirme del rincón, pero me despido y sigo por la vieja senda. En este arroyo no es donde se encuentran las Cuevas del Torno como en algunos mapas así lo indican. En estos nuevos primeros metros la vereda remonta pegándose a una vieja y recia cornicabra. Va ahora por la pared de enfrente y como el terreno sigue quebrado aparecen los escalones que le hicieron para que se pudiera pasar por ella. Estos escalones van sujetos con piedras para que la senda no se rompa tan fácilmente. El terreno que ahora voy recorriendo es un nuevo puntal rocoso que también cae desde las cumbres de las Banderillas. Miro para atrás y ahí descubro la ladera por donde el incendio arrasó el esposo bosque. Ciertamente el incendio ocurrió en un paraje de lo más profundo y complicado. Para mí me digo que este fuego tuvo que ser intencionado porque de lo contrario no me lo explico.

Antes de alejarme de este precioso arroyo de Aguasmulillas tengo que decir que por esa ladera que cae desde las Malezas de la Campana, pero aquí más cerca del cauce, hay una construcción de piedra. Es una tiná que ellos construyeron en este rincón para encerrar a sus animales. ¡Qué lejos y en qué rincón más perdido vinieron a construir un corral para sus ovejas! Pero claro, para ellos no era lejos, sino que la levantaron donde vivían y la necesitaban. Para ellos lo lejos eran los pueblos, ciudades y otros lugares desde los cuales nosotros venimos ahora a estos rincones.

Durante unos minutos me entretengo con la corriente de este arroyo. Como si ahora que por fin he venido ya no me quisiera ir como tantas veces me pasa. Hasta que llegue el día, lo sé, que este sueño sí sea realidad. Pero hoy, todavía sigo pisando la tierra que odian los de los pasteles de nata y amaron hasta dar su vida por ella, los pastores de la integridad total. Por eso me pongo en movimiento y sigo. La vieja senda ahora sube otra vez intentando pasar al otro lado de un puntal rocoso no muy grande, pero sí retorcido. Todo lo que por aquí me voy encontrando, excepto el arroyo y las huelgas que hay en sus orillas, se me presenta retorcido. Torneado y quebrado. La Cueva del Torno no es nada más que eso. Cueva en un rincón muy abigarrado y abrupto.

La ladera que ahora voy recorriendo es de pura tierra blanca y cae muy inclinada para el recodo del río. Remonta la senda, da una curva y ya alzada, se mete otra vez casi por el mismo surco del arroyo. Tiene que ser así porque necesita irse para arriba a fin de esquivar el complicado voladero que por este lado tiene el puntal según se hunde en el río. Me paro a la sombra de un pino. Necesito respirar, que me dé el aire y me refresque el cuerpo lleno de sudor para no terminar agotado por completo. A estas horas del día el sol quema como si fuera fuego y por eso la chicharras cantan con la intensidad de la desesperación. Son buenos momentos estos para ellas, pero también sufren tanto calor y tan monótono. Estoy parado a la sombra del pino que decía y al mismo tiempo me quedo muy remontado sobre el charco claro que antes he descrito. Y lo que quería decir es que hasta este punto hoy tengo andado trece kilómetros y medio. Un buen paseo teniendo en cuenta que no es todavía muy tarde y que me queda casi otro tanto y quizá algo más hasta regresar a donde tengo el coche.

Desde este punto mismo, la senda se vuelve algo para atrás y por otro collado menor, vuelca. Parece que se divide en dos y un trozo se va arroyo arriba mientras el segundo ramal se mete para el río. No lo veo claro del todo, pero si ha venido hasta este punto, parece que no tendría sentido si no fuera así. Opto por seguir el ramal que remonta por el arroyo. Intuyo que por aquí busca elevarse para luego volverse para atrás y así salvar el agrio puntal rocoso que cae hacia la cerrada curva del río desde la cuerda de las Banderillas. Y por este arroyo, en las tierras más o menos llanas que a sus orillas hay, ellos sembraban sus huelgas. La senda traza otra curva, una más de las miles que tiene que trazar para poder avanzar por estos parajes y ahora sale a un rodal de tierra llana. Las huelgas que vengo diciendo. Todavía por aquí crecen las parras y algún otro árbol frutal. Poca cosa más porque a estas alturas, algo más de los mil metros, no se pueden criar muchas especies frutales.

Rozando la huelga, por una de sus orillas, voy avanzando y por donde me creo va la senda, observo que son los restos de una acequia. Tenían que conducir el agua desde donde esta corría hasta donde la necesitaban para regar. Deduzco que si continuara siguiendo el surco de esta canal iría a parar otra vez al surco del arroyo, pero mucho más arriba que es de donde ellos la sacaron para que el agua viniera por su propio pie. Si luego continuara en esta dirección que ahora llevo también iría a parar al mismo collado de Roblehondo de los Villares. Justo por donde están los Pardales y algo más arriba, el Tranco del Perro. En el centro de esta huelga crece un buje muy curioso y por eso me llama la atención. Lo digo para que no quede olvidado lo bonito que me ha parecido a pesar de lo mucho que abundan por aquí los bujes.

Regreso algo, vuelvo a buscar la senda y cuando ya voy por el puntal descubro que la senda sigue muy rota. En algunos puntos la descubro con mucha dificultad. Ahora se topa con una especia de rambla. De correr el agua y desmoronarse las rocas, todavía que ha quedado más perdida y rota. Como un recodo en forma de nido es el rincón por donde me encajo. Abajo, se me abre el río Aguasmulas con un charco tremendo y es justo ahí donde traza la gran curva para irse hacia la casa de los Bonales. Traza una curva de ángulo casi recto. En el centro de la curva, como emergiendo del charco azul, hay una gran roca. Como si fuera una columna que acaso hecho la hubieran puesto en tan oportuno lugar. En la misma piedra crece un fresno que con sus ramas arropa al charco. Su sombra y la profundidad del charco le prestan al rincón y tono de misterio, hondura e inaccesibilidad. Miro explorando las posibilidades que ante mí tengo y deduzco que si me animo y sigo adelante en la dirección que llevo, tendré que meterme por una muy inclinada ladera que se derrama justo en el hondo charco que antes decía. No hay por aquí nada de senda y por eso sé que si llegara a resbalar sin más remedio iría a caer el mismo centro del charco. ¿Y caería sano? ¿Podría salir de ese charco tan rodeado de paredes rocosas? ¿Quién daría conmigo en rincón tan remoto y agreste de estas sierras?

El recodo de esta cerrada curva, es un puro cascajal, con pendientes muy inclinadas hacia el río y con paredes rocosas imposibles de franquear tal como yo hoy vengo por aquí. Me animo tirar en línea recta porque estoy viendo que si logro meterme por aquí voy a salir enseguida al rincón de las cuevas, pero en cuanto desciendo unos metros, me vuelvo y busco en surco de un arroyuelo que por aquí se despeña. Tengo miedo y por eso me tiemblan las piernas. Pero sigo porque debo conseguir el objetivo que por aquí me trae. Me encuentro con la senda y ahora vuelve a ir bien. Un arrendajo levanta su vuelo y avisa a los otros habitantes del bosque. Estaba metido entre los fresnos y los charcos del río. Es bellisímo este rincón. Casi de sueño. Lo veo por lo hondo, resbalando por entre las rocas en forma de pura cascada. Una gran cornicabra casi abrazada a un fresno y los dos tienen el tronco como el cuerpo de dos personas juntas. Pasa la senda por aquí perfectamente talla como siguiendo el surco del río.

Otro desprendimiento rocoso y por eso la senda se ha quedado por completo cortada. Al cruzar este desprendimiento me encuentro con una llanura menor. Fue huelga y lo noto enseguida. Por esta tierra llana la senda vuelve a borrarse mucho. Avanzo y de nuevo me encuentro otro corrimiento de tierra y rocas. Es natural este fenómeno por este rincón por lo inclinadas que están las laderas y el paisaje rocoso que lo componen. Tengo que ir con mucho cuidado para no volverla a perder. Otra rambla por el lado derecho y a pesar de todo, la voy siguiendo. Sigue remontando una ladera muy pendiente y escabrosa, pero que son rocas casi arenisca por donde sólo crecen cornicabras y algún pino y romero. Me paro por donde se estrecha mucho el río y ahora descubro que tengo andando catorce kilómetros doscientos cincuenta metros. Un buen paseo.

Miro para la otra ladera y adivino la pista que va por ahí. Estoy a la altura del kilómetro doce desde el puente de la Golondrina hacia la Fresnedilla. Cuando continuo tengo que seguir bajando algo y saltando escalones de roca en roca. ¡Qué complicado es andar por este recodo del río Aguasmulas! Ya lo decía antes, pero ahora que me encuentro metido en su mismo corazón lo compruebo con rotundidad. Busco el cauce de otro arroyuelo, lo atravieso y por surco sin agua y durante un buen trecho, continuo mi marcha ahora sin senda. Sé que iba por aquí más o menos cerca, pero después de tanto tiempo sin trillarla y yo que no la he visto en mi vida, no me es posible encontrarla. Casi escalando remonto por el lado de la izquierda de este cauce. Ya por encima de las grandes pendientes que caen hacia el charco azul que antes decía, a las orillas del arroyo, me vuelvo encontrar trozos de tierras en forma de tableros que ellos construyeron para sembrar las tierras. Por aquí me voy a parar otro rato porque vengo agotado. Sudando a chorros, casi sin aliento y muy cansado por el gran desnivel que he tenido que salvar para salir de este laberinto rocoso.

Compruebo y otra vez sé que he andado catorce cuatrocientos cincuenta kilómetros. A la sombra de una buena noguera, justo donde hay algunas parras y corre una chispa de aire, me tumbo en el suelo. Necesito reponer fuerzas, respirar hondo y que el poco viento que corre me seque el sudor. Mientras permanezco tumbado boca arriba, observo el azul del cielo. Es intenso a pesar el fuerte calor que hoy está cayendo por las laderas de estas hondas sierras. Sólo algunas nubes blancas quieren revolotear por encima de estas cumbres y barrancos. Las chicharras siguen con su monótono y agobiante concierto. Aquí mismo tengo la presencia de varios granados, con algunas nogueras y las parras con sus uvas aun sin madurar. Una de estas parras sigue engarbada a una estaca de madera que le clavaron cerca de su tronco para que se sostuviera. ¿Quién fue y cuándo? No pongo en duda que fue en aquellos tiempos hoy ya tan lejanos. Las cosas a veces se resisten morir del todo.

Me levanto y continúo con la ruta porque el día no para de caer hacia la tarde. Por encima de este pequeño puñado de tierra en forma de repisa, remonto un poco para la izquierda. Mucho pasto por aquí, mucha mejorana, otro pequeño bancal en forma de escalón ganado a la hondonada del arroyo para cultivarlo y remonto a un collado también pequeño. Aquí vuelvo a encontrarme con la senda. Ahora sí creo que esta vereda que por aquí descubro sí era el verdadero comino que ellos tenían que recorrer para ir desde las cuevas al cortijo del Mulón. La sacaban por encima del puntal rocoso donde se abren las cuevas. Por abajo, pegando a la corriente del río, era imposible pasar. Lo acabo de comprobar. Cruza ahora una pared de roca por un punto donde también tuvieron que sujetarla. Varias matas de cornicabras, como un cataclismo rocoso y por entre los bloques de piedras tobáceas, paso. Ya estoy en la misma puerta de las cuevas.

Lo primero que reclama mi atención es el tizne que tienen las rocas que forman las paredes de las cuevas. Dentro ellos vivieron durante muchos años y por eso tuvieron que encender fuego a lo largo de muchos días. El humo fue tiznando las paredes rocosas y su negrura permanece. Quizá hasta el fino de los tiempos. O quizá no tanto. Una de estas primeras cuevas, por el lado que le entro, tiene como un corral de piedra por delante de su entrada. Es la que se eleva un poco sobre el retorcido cataclismo que las rocas por aquí tienen. Y entre tantos sentimientos como me embarga en estos momentos uno de ellos me hace preguntarme que quién me iba a decir a mí que por fin un día ya podría contar que conozco las Cuevas del Torno. Ya he estado en las misma Cuevas del Torno, las he pisado, las he tocado con mis manos y hasta he respirado el olor que ellas desprenden.

Para subir a la tercera cueva hay como unas escaleras aprovechando los bloques de rocas que por aquí se amontonan. Dentro de ella también estuvo viviendo gente. Pero por aquí veo muchos excrementos de animales. Cagarrutas de cabras y ovejas. Por donde hay un poco de tierra las ortigas han nacido y como el estiércol es un buen abono, está verde y con la altura de más de un metro. Por el lado de arriba se abre otra cueva más. Ahora compruebo que estas cuevas se abren justo donde un cerro rocoso se hundió hacia el río. Eran rocas de tobas y por eso se quedaron muchos agujeros que son las verdaderas cuevas. Ellos los vieron y como se dieron cuenta que podía servir para vivienda, los habitaron. Queda este cataclismo a sólo unos metros del cauce del río y como a dos kilómetros o así del nacimiento. Por eso en este punto las tierras son de muy buena calidad. Ellos acondicionaron estas tierras y por ellas todavía me encuentro bastantes granados, grandes nogueras que además de verdes, están cargadas de nueces aun verdes.

Por el lado de arriba de donde se abren las cuevas hay una tinada. Del lado de las Banderillas me tropiezo con el cauce de otro arroyuelo que también trae su chorrillo de agua. Durante un largo rato y sin prisa ahora, me dedico a explorar y gustar hasta en sus detalles más pequeños el grandioso y escondido rincón de las Cuevas del Torno. Sigo sintiendo un curioso sentimiento. El de sentirme afortunado por haber tenido la oportunidad de conocer por fin estas cuevas. Por eso casi rezo y doy gracias al cielo a cada paso por la tierra que piso.

Me muevo para el lado del nacimiento del río porque ahora me vengo diciendo que si lo puedo cruzar, por la ladera que me queda al frente, voy a remontar hasta encontrarme con la pista de tierra. Para regresar, quiero hacerlo por esa pista. La distancia será más, pero no encontraré tanta dificultad en el recorrido. Es precioso el río por aquí cayendo. Se concentra como en una gran canal que salta por entre las rocas. Pero no encuentro por aquí un paso apropiado. Si hubo un puente, que sé que lo hubo, ya no existe. ¡Tanto tiempo hace ya! Me muevo para el lado de abajo por donde crecen las grandes nogueras. Me sigue asombrando la excelente calidad de la tierra. Debajo de estas grandiosas nogueras se ve que dormían los animales, porque las cagarrutas se pueden coger a puñados. En aquellos tiempos ellos apreciaban mucho a las nogueras porque ciertamente, las nueces, eran una gran ayuda en su alimentación. Y sé que a estos árboles les cogían sacos enteros de nueces.

Al otro lado del río, descubro varias higueras y un fresno altísimo. Como escalones en la tierra y la parra engarbada por las ramas del fresno hasta las mismas copas. Me vengo para el arroyo por donde encuentro a la tinada que ya también se desmoronó con el deseo de encontrar agua para beber. Una vez que lo he cruzado me aproximo al cauce del río buscando un paso cómodo. Y si, encuentro como un vado menor por donde el agua se desparrama y hasta tiene arena. Por aquí lo voy a cruzar. Me descalzo y metiéndome en el agua paso a la otra orilla. Este río Aguasmulas trae mucha agua. En cuanto estoy al otro lado, a la sombra de un fresno me siento, me pongo las botas y después de respirar unos minutos, continuo.

Me pongo a cruzar la ladera con la intención de buscar la pista de tierra. Un ciruelo con ciruelas negras y ya las tiene maduras. Tiene muchas. Junto a este ciruelo crece otro, pero el segundo ya se secó. También me encuentro por aquí muchas higueras repletas de higos aun verdes. Por aquí mismo me encuentro un rodal de tierra que tiene toda la apariencia de era. La sujetaron al otro lado del río, casi al mismo borde, con una pared de piedras y todavía sigue con su redondez. Vuelco un poco para donde se va el río y descubro una higuera con cuatro pies y junto a ella, una gran noguera con su parra engarbada. Este lado es la solana y por eso los árboles se daban mejor que al otro lado, que es umbría. La tierra sigue siendo de la mejor calidad y como agua hay toda la que se quiera, pues el rincón era todo un paraíso.

Al río se le ha caído una de sus orillas. En la misma torrentera crecía un pino grueso que también se ha quebrado quedando tumbado para el cauce del río. Me corta el paso y como la torrentera ha quedado descarnada, tampoco puedo meterme por ahí. Ni por arriba ni por abajo y sin embargo debo seguir por aquí porque de lo contrario tendría que rodear mucho. Este cataclismo ha ocurrido frente justo a las puertas de la oscura Cueva del Torno. Como puedo, con más dificultades que comodidades, he podido seguir adelante, busco la hondonada de un barranco que por aquí y por ahí, subo buscando la pista. Ya que estoy bastante alzado sobre la cueva y su barranco me paro para observar el panorama. Es de lo más grandioso y bello. Pero en un día como el de hoy, con tanto calor y tanto cansancio en mi cuerpo, no acabo de gustarlo con todo el esplendor que, a pesar de todo, por ahí descubro.

Por entre el monte, muy espeso y enredado, sigo buscando la senda, porque sé que desde la cueva ellos subían para este lado de la sierra y me la encuentro. Es una senda que está muy bien tallada en la tierra de esta ladera y ahora me siento mejor. Sube, pero no se va para el cortijo de la Fresnedilla, por la derecha mí y más cerca del nacimiento, sino para la izquierda. En una media hora por fin logro encontrarme con la pista de tierra. Y ahora que ya estoy sobre ella miro despacio y descubro que esta senda se junta en un rellano, donde la pista se ensancha algo y crecen tres pinos. Son tres pinos pequeños, por el lado izquierdo, uno de ellos casi clavado en la misma pista. Aquí mismo le pongo yo un montoncito de cinco o seis piedras. Unos cinco metros más abajo de este hito crece un enebro con forma redondeada, pegado a una mata de cornicabra, un lentisco y varios romeros. Doy todas estas señales por si algún día les puede servir a alguien.

Marca mi aparato quince kilómetros, novecientos setenta metros. Continúo ahora andando, ya de regreso y por la pista y ahora compruebo que el hito donde está grabado el kilómetro once de esta pista, se encuentra a tan sólo trescientos setenta metros. Y la senda se aparta por el lado de abajo, derecha según se sube para la Fresnedilla. Y ahora, como este recorrido lo tengo narrado en otro apartado de este trabajo, voy a guardar silencio hasta el momento en que me encuentre en el coche, por la casa forestal de los Bonales.

Llego a la casa de los Bonales. Miro mi aparato y por eso puedo decir que la ruta de hoy ha sido de veinticinco kilómetros de recorrido. Cuando salí desde este punto eran las once y diez de la mañana. Son ahora mismo las ocho y diez de la tarde. Sólo he parado tres o cuatro veces para respirar tres minutos, echar un trago de agua y tomar un bocado. Y aquí doy por terminada la ruta de hoy. Muchas más cosas tendría que decir para medio explicar lo que he visto y sentido, pero en estos momentos, no me salen. Quizá otro día sí me ponga y remate como merece este para mí precioso capítulo.

Concretando
Un día, hace ya mucho tiempo, estuve junto a él y al preguntarle, me dijo:
- Pues aquel camino se le conocía por el camino de la Cueva del Torno. Pasa por un sitio que había unas arrodeas muy malas. Al arroyo aquel la dicen de la Fuente de la Maleza. Por allí hay una tiná que la conocíamos con el nombre de la Tiná del tío Alejandro, el padre de don Alfonso, el cura. Las huelgas aquellas y la tiná eran del tío Alejandro.
- Cuando se pasa ese arroyo, abajo y en la curva del río, hay unos charcos grandes.
- Donde se junta el royo y el río, los huertos que hay por debajo, son las Fuentecilla. Los charcos aquellos son el Portillo del Royo. Aquello es el Portillo del Royo. Que ya vuelca uno, baja una cuestecilla y pasa por encimica del charco. Es un filón grande que da la vuelta allí. El Charco del Portillo del Royo es como se llama eso.

Desde allí sale uno por un camino a una anchura. Aquello es una huelga que se le conocía por la Huelga del Maguillo. La Huelga del Maguillo de la Cueva, es como le decían.
- Pero aquello está muy malo para andar.
- Está imposible para subir. Unas vueltas muy malas para subir por allí. Antes de llegar a la cueva, ese royo pequeñico que tiene unas nogueras, pues la lomica que hay antes se le conoce por la Lomica de la Ginesa. Vivía allí una mujer que le decían la Ginesa. El tío Frasquillo de la Ginesa. En la era aquella de la cueva, donde se ven unas tapuela, allí se crió el Quillo que tú conoces, el que vive en el Juego de la Bola. A su padre le decían el tío Antón.
- Cuando ya se llega a la cueva, se ve no una sino varias.
- ¡Munchas! La que se ve más grande, que por encima hay otra, esa es la mía. La Cueva. La de abajo. La que hay por encima le dicen la Camarica. Y otra más que había, porque ya se ha hundido y se ha tapado, aquello era el Poyo. Allí había un poyo grande donde dormía un montón de animales. Aquello se hundió y todavía se puede ver el tobón grande que hay allí. Se “Espegó” de arriba y cayó allí y se hincó en unos piazos de tierra que había.

Eso se cayó mucho después de venirme yo. Allí vivía una que era prima hermana de mi madre que le decían Sinforosa. Las madres eran hermanas. Ella vivía allí y cuando se cayó la toba aquella se llevó la casa por delante y ya tuvieron que irse a una casilla que hicieron mucho más chica.
- Pero yo he visto que para subir a la Camarica es muy complicado.
- Porque ya se habrá desvalizado, pero por allí subían. Aquello estaba arreglado para subir bien. En la Camarica encerraban muchos animales. De mi tía Sinforosa era la Camarica. Y del padre de don Alfonso era el Poyo de Arriba. Lo que había por debajo del Poyo era la cueva que se hundió. Al lado de la cueva había otra que le decían la Secreta.
- Las paredes están más negras que el tizón.
- Pues claro. A lo primero lo blanqueaban, pero luego, de tanto hacer allí lumbres, se ha puesto aquello negro como el carbón.

- ¿Y las nogueras?
- Mi tía Sinforosa tenía allí nogueras, los padres de don Alfonso y mi hermana. Si allí vivían varias familias. Un poco más en el vallejete hay una casa que eran dos. Una, de la madre de don Alfonso y otra, de una que le decían a su madre Rosario. Las construyeron justo a la par del vallejo. Que aquello, si venía el vallejo algo crecido, pues a pique de haberse llevado por delante las dos viviendas. Más adelante, en una lomica que hace donde crecen algunas nogueras, era de mi tía Sinforosa.

El último pastor
- Y lo de la laguna ¿cómo fue?
- Pues aquel día ya la primavera tenía toda la sierra, florecida y verde. Subió el pastor por la senda que recorre la cañada y al coronar el collado, se paró. Miró para el lado del levante y allí estaba el valle. El grandioso, verde y misterioso valle de los robles milenarios y los brezos florecidos. Por la ladera de las rocas blancas se veían las tres cuevas tapizadas por las grandes matas de la hiedra y por la tierra llana, corría el arroyuelo. Manaban los manantiales a la derecha y por el lado del sol de la tarde, el barranco se presentaba oscuro y misterioso.

Tuvo ganas de seguir avanzando por la senda, dejar atrás la ladera y meterse por la llanura de los álamos largos y el arroyo de cristal. Tuvo ganas de esto, porque dentro de su pecho sintió una sensación maravillosa. Como un limpio gozo que no tuviera mezcla de materia sino todo espiritual, pero no siguió avanzando por la senda. En el mismo collado se dio media vuelta, se vino para el puntal de los lentiscos y por el lado del sol de la tarde, le entró a la laguna. Y al llegar ¿sabes lo que vio en la laguna?
- Me imagino que vio las aguas y el cielo en ellas reflejado.
- Pero además, en las aguas nadaban los patos y como la primavera estaba tan espléndida, toda la orilla de las aguas se encontraban ribeteadas con manojos de hierba verde que también se reflejaban en aquel espejo purísimo.
- Y estando allí y con aquel espectáculo ¿qué hizo?
- Aquella tarde, allí se quedó sentado en la piedra grande que hay junto a los fresnos porque se sentía bien. Tan bien se sentía frente al delicado espectáculo que le ofrecía el campo, que para sí se dijo: “Si de pronto ahora el tiempo dejara de correr y empezara la eternidad, tal como me encuentro en este momento y aquí, quisiera quedarme sin más”.

8.06.2007

Rutas para la historia-1

GRANDES RUTAS
POR LA SIERRA PROFUNDA
- Río Aguasmulas 27-6-98
Los Bonales, Junta y Casas de las Tablas, Cortijo
y Piedra del Mulón, La Fresnedilla, Nacimiento

La distancia
Desde donde dejo el coche, justo en la casa forestal de los Bonales hasta el cortijo en ruinas de la Fresnedilla, son doce kilómetros y medio. Pero hay que descontar tres kilómetros y medio que es justo en el punto de la Casa de los Bonales porque empieza a contar donde la pista se desvía de la carretera asfaltada al pantano del Tranco. En total, ida y vuelta, esta ruta tiene un paseo de unos veinte kilómetros. Mi aparato ha marcado sólo trece kilómetros y eso que tengo un trozo añadido por el lugar de Casas de las Tablas.

Desde la carretera asfaltada hasta los Bonales: 3,5 Km
A la casa de las Tablas, desde los Bonales: 0,6 Km
Desde los Bonales a la primera gran curva: 4,6 Km
El trozo de curvas remontando tiene 2,5 Km
desde los Bonales al cortijo del la Fresnedilla: 9,7 Km
Desviación por la casa forestal del Quejigal: 3 Km

El tiempo
En cinco o seis horas se puede hacer esta ruta, pero lo ideal es jornada de un día completo para gozar con detalle, los infinitos rincones y matices que este hermosísimo río nos va presentando a lo largo de su recorrido. Merece la pena y lo recomiendo con interés, visitar despacio el rincón donde estuvieron construidas aquel puñado de viviendas serranas y que dieron en llamar Casa de las Tablas.

El Camino
Todo el recorrido es pista forestal de tierra, pero con un perfecto firme y remonta muy cómodamente desde un nivel de ochocientos metros hasta los mil cien. Por el rincón de Casas de las Tablas, el paseo discurre pegado a la corriente del arroyo de la Campana y toda la tierra se recoge en una preciosa llanura que no supera los novecientos metros.

Sólo al final, desde la casa de la Fresnedilla hasta el nacimiento del río, hay un trozo algo complicado. No se conserva por aquí ningún trozo de senda de aquellos tiempos y el recodo por donde se presentan los primeros manantiales de este río, se embuten en las laderas de la gran cuerda de las Banderillas y por eso, es tan agreste el terreno. La subida al cortijo del Mulón, si encuentra la vieja senda, tampoco presenta ningún problema.

El Paisaje
De la carretera asfaltada, se aparta la pista de tierra que viene hasta la piscifactoría del río Aguasmulas. Cruza el Guadalquivir a la altura de los Llanos de Arance, acompaña al cauce por el lado derecho según bajamos y al dar unas curvas, penetra en el barranco del río que vamos buscando. Podría ser gemelo del Borosa, pero con su personalidad propia, su clara corriente única y sus rincones mágicos, repletos de verde, luces, sombras, silencios y vida amable, yo digo que este río no tiene igual en toda la sierra.

Justo en la casa forestal de los Bonales, la cadena cierra la pista y aquí mismo el surco que el río tiene tallado en las laderas, se abre ampliamente para darnos paso pista arriba en busca de los rincones de ensueño que junto a la corriente, se retienen. Espesa vegetación de pinares, madroñeras, encinas y enebros, por las dos grandes laderas que nos acompañan a los lados. La junta del arroyo de la Campana, en una hermosísima llanura cuajada de vegetación, nos da la bienvenida y nos presta un puñado de su esplendor para que se nos anime el alma.

Desde este punto, la pista sube siempre por la izquierda del río y lo primero, por la derecha, es la imponente figura de pico del Mulón. Se nos va presentando cadenciosamente hasta que, sobre el kilómetro ocho, llegamos a superarlo. El macizo de la robusta cuerda de las Banderillas y las escarpadas laderas que desde ella caen hacia la vertiente del río que recorremos, nos Irán racionando el asombro y la belleza.

Remontadas las cerradas curvas del último tramo de la pista, nos asomamos al barranco, ya bastante cerca de su fuente primera y el descanso se nos hace placer sobre el espíritu desde la pista llaneando frente al profundo barranco por donde salta el río. Siempre al frente y por la derecha, la figura de la inmensa cuerda del Banderillas por momentos más cerca y en unos metros más, el mágico recodo de la cuna de este torrente. Al frente se adivinan los manantiales brotando de las escarpadas laderas y por la izquierda, los arroyuelos rozando las viejas paredes de las casas de las Fresnedilla y las milenarias nogueras, lumbreras en forma de concentradas primaveras, de aquellos tiempos.

Lo que hay ahora
En el kilómetro cinco cuatrocientos desde la Torre del Vinagre de la carretera que va al pantano del Tranco y a la derecha, se desvía la pista de tierra. Traza una curva para la izquierda, por la derecha le han puesto una valla de palos, recorre la llanura y atraviesa el río por el puente de cemento donde anidan las golondrinas. Justo a la entrada de este puente le han puesto unos letreros para informar que por aquí pasa una GR, Grades Rutas, y es la 7. Es algo que viene empujado desde el término, pueblo y aldeas de Santiago de la Espada. La ruta que voy a describir discurre toda ella por tierras del pueblo que he dicho y son Sierra de Segura. Ahora también le han construido al río una pequeña pared de contención. Cuando termina de salir del puente, por el lado del camping, traza una curva. El otro año vino una tormenta y se llevó mucho camping por delante. Le han construido un muro de piedras, alambre y arena para sujetar la corriente, desviándola para el lado de la carretera asfaltada.

Por la izquierda queda la valla del camping, escondido entre pinos, álamos y cipreses. Cuando lo construían conocí yo esta llanura que era simplemente tierras llanas en las riveras del río y, mucho antes, fueron fértiles huertas donde se daban muy bien los maizales, las patatas, los trigales y hasta los tomates y las calabazas gordas. Hoy no se ven muchas tiendas a pesar del mucho calor que por estas fechas ya está haciendo. Por la derecha me queda una amplia ladera llena de pinos.

Refulge todo de verde, pero rezumando una soledad melancólica tremenda. Muchos baches tiene esta pista de tierra que por la derecha del río según baja, recorre el llano del Curica. Juncos, muchos majoletos, gran cantidad de hierba mezclado con esta vegetación, crece mucho poleo. Que yo lo he cogido bastante veces y también he ayudado a recolectarlo a personas que vienen de otras regiones a llevarse sacos enteros. Es esta una llanura larga y ancha y al otro lado, entre la carretera asfaltada y el río, el campo de la Fuente de la Pascuala.

Un gran roble arropando la carretera, un fresno y por la izquierda, un trozo de pista que se mete hacia el llano buscando un redondel blanco pintado sobre la hierba para que aterrice el helicóptero. Miro al río y al verlo tan lleno hasta llego a creerme que se remansa en un charco largo y azul, pero no tardo en descubrir que son las aguas del pantano que, como está tan lleno, llegan por estas llanuras.

Al otro lado, aparece un trozo más de llanura que es donde instalan el campamento de los Brígidos. Oí decir que este año no han permitido campamentos y al mirar ahora descubro que no se ven tiendas ni presencia de personas. Dos pinos retorcidos aquí doblados para la carretera y kilómetro uno novecientos. Gira la pista para la izquierda y a continuación, a la derecha y ya se hunde para el surco del río Aguasmulas.

Cruza el puente que le construyeron para superar el torrente, las instalaciones de la piscifactoría por la derecha y según tengo entendido, aprovechando algunos de los edificios de un antiguo molino de los dos que en este río hubo, una caseta de construcción más moderna y que sirve para controlar las barreras de las pistas, porque justo aquí, se dividen. Al frente, sigue recorriendo la orilla del pantano hasta el arroyo de Montero y algo más. Por la derecha, se dobla la mía que es la que recorre el río Aguasmulas. Las dos tienen su barrera con candado y un letrero que advierte: “Control cerrado a la veintiuna treinta”. Justo aquí mismo han puesto otro letrero donde se puede leer lo de la Grande Ruta 7.

Gira para la derecha y este podría ser ya el comienzo del recorrido que hoy me planteo. Pero como ninguna cadena me impide el paso, sigo y ahora remonta empezando a quedar, por la derecha, el surco del río con las construcciones de la piscifactoría en la misma corriente. Justo el kilómetro tres de pista. Por la derecha me queda el puente y el surco que el río tiene tallando, con su paciencia y su monotonía dulce.

Los pinares se me presentan con toda su espesura por ambos lados. Al frente ya sobresale el fraile de las Banderillas. Atravieso un espigón de rocas y aparece una llanura y aquí se encuentra la cadena cortando el paso. Es justo donde se alza la casa forestal de los Bonales y corre una fuente de agua clara y fresca. Me paro, me preparo y antes de arrancar, otro coche se para con un solo ocupante. Me entretengo para que arranque y se vaya por delante y a los diez minutos, arranco.

Son las once y veinte de la mañana y me pongo en camino, pista arriba en busca del nacimiento de este, para mí, entrañable y soñado río. Y lo primero, es traer a mi presencia al que me da la vida y me regala los paisajes que ahora tengo antes mis ojos y desde lo más sincero de mi corazón, le digo que hoy, como si fuera el último momento de mi existencia pisando las tierras de este planeta. Y por eso el rincón se me abre tan grandioso y hermano. Como si me estuviera gritando: “Te estaba esperando y qué bien que hayas llegado. Avanza y emborráchate de la esencia que concentrada tengo en mi corazón. Puede que sí sea el último instante de tus pies pisando tierra y a continuación, el encuentro definitivo con el que tanto quieres y tanto has llamado a lo largo de tantos días inciertos y grises”.

Me saluda la estructura pétrea de la casa forestal, el chorrillo de agua cristal que sale por el caño y corre por la cuneta, el monte espeso por los dos lados y por la derecha, la figura elevada del cerro Morra de Abajo. Llega este pico a novecientos cincuenta y tres metros y a continuación se eleva la Morra de Arriba con mil ciento cuarenta y seis y luego el Cerro de la Bandera que llega a mil doscientos cuarenta y cuatro. El orden de los nombres de estos montes me parece que está cambiado en algunos mapas.

La casa se encuentra cerrada, sin nadie que la ocupe, una alberca de agua aquí mismo y en lo alto del muro, una rana tomando el sol. Cantan desesperadas las chicharras. El muchacho que ha llegado, ya sube por delante y a buen ritmo. Desde esta primera curva, sigo viendo al frente el fraile de las Banderillas. La mejorana ya está florecida y por la izquierda, una espigón de rocas que hace como de balcón hacia el río.

Varias higueras me saludan y ahora descubro que el río desde este camino, queda bastante en lo hondo. Esta ladera por donde se clava la pista, tiene un buen desnivel. Me desplazo sobre la curva maestra de los ochocientos metros de altura y a menos de ochocientos metros en línea recta y por mi izquierda, me corona el cerro de Cristóbal que tiene mil treinta y cinco metros. Las laderas que ha modelado este río, todas tienen una fuerte inclinación. Por eso el torrente del agua pasa por un surco tan estrecho que casi es una prolongada cerrada.

Miro para atrás y a lo lejos y sobre la cumbre de la sierra de las Villa, veo Peña Corva y Pedro Miguel, el Blanquillo. Como a unos trescientos metros, el río se encajona mucho más aún. De pronto, dos paredes de rocas a un lado y otro, formando una trinchera y por el centro pasa la corriente. Aquí se asoma la pista al río y para que no se caiga del todo, tuvieron que levantarle un muro de piedra casi desde la misma corriente.

También tuvieron que cortar las rocas para que la pista siguiera su avance y un trozo de roca dejado al borde, se erige como pedestal. Sobre ella escribieron el nombre del monte ordenado que le corresponde, pero aunque intento leer, no lo consigo por lo borrado que ya está. Quizá Malezas de la Campana. Tiene esta columna como unos doce metros de alta y arranca por el lado derecho y desde abajo. Le da compañía un bonito pino. Por el surco del río, a mi derecha y muy hundido, se ve subir una senda. Es la que ellos usaron a lo largo de muchos años para salir y entrar al hondo valle del río que voy a recorrer. La pista la hicieron después. Pero la senda que ellos tenían para venir al molino que hoy es piscifactoría y moler su trigo o cebada, iba y sigue yendo por el mismo cauce del río. Aun se ve, en la cerrada que por aquí modeló la corriente de las aguas, unos raíles de hierro. Son como los raíles que usan los trenes para correr por las vías. Tuvieron que ponerlos, en el profundo estrecho de la cerrada, para que la senda pasara de un lado a otro. Ya he dicho que la vereda iba por el mismo surco del río. Sobre estos raíles colocaron tablas para confeccionar un puente y ahora ya no hay tablas. El tiempo y las lluvias las han podrido y ya no es posible cruzar por este puente. Ello dará lugar a que esta senda se deje de usar cada vez más y así se perderá por completo y para siempre como tantas y tantas en estas sierras. Ya no la necesitan los serranos, pero los turistas podrían recorrerla y de alguna manera, conservar, durante algún tiempo más, pequeñas pinceladas de aquellas historia.

Cuando termina de cortar esta roca, para la izquierda traza una curva y ahora ya se alza, en vertical, una pared con varios espigones que se elevan. Baja levemente como si quisiera encontrarse con las aguas que se le ven más abiertas. Una senda que baja al cauce por la derecha, un gran álamo por donde la corriente salta, dos más también muy grandes y aquí se remansa en un charco azul precioso. Mucha arena que sirve de plata y a donde las personas acuden a bañarse y la espesura de una higuera bravía. Son estos los primeros metros del rincón llamado Casas de las Tablas.

Por la izquierda, un fresno justo por donde se levanta un puntal de rocas que viene del Cerro Cristóbal. Por la derecha, las tierras llanas donde estuvieron las casas de aquella aldea. Las higueras son las más visibles y todavía, menos asilvestradas. Hay por aquí un bonito charco donde los turistas se bañan mientras otros comen sentados sobre la tierra y entre las piedras que arrancaron para construir la pista que sube. Cuando las nieves se funde en las cumbres que coronan, por este río baja una buena corriente de agua limpia. Cuando llega el verano, algunos turistas vienen por aquí y además de empaparse de los paisajes y el bosque de pinos mezclados con parras y otros árboles frutales, se bañan en los charcos claros de esta inmaculada corriente. Por supuesto que estas aguas van al pantano del Tranco y luego desde ahí, a los pueblos de la Loma de Úbeda donde se la beben las personas que los habitan. Pero quizá los peces del pantano se coma todas las sustancias que dejan los turistas que se bañan en los cauces que dan aguas al gran pantano del Tranco. Quizá sea así y por eso nadie se muere ni se pone malo. En los tiempos que vivimos ya no hay materia prima para tantos y que ésta sea de la mejor calidad. Hay que conformarse con lo que se puede. Cantan las chicharras y cae el sol monótono. La soledad es aplastante. Casi quiero sentir el dolor clavado que aquellas personas tendrían de continuo en su alma. Y lo digo, porque aunque sé bien que estaban llenos de Dios y del cariño de los suyos, la tierra chorrea soledad y ellos la respiraban por todas partes.

A la derecha un gran pino con unas ramas largas y por la izquierda, una higuera en una ladera por donde ruedan las piedras de haber roto algunas de aquellas construcciones. Mucha mejorana, mucha hierba ya casi pasto, un granado pequeñito en flor y más higueras. Por la derecha, se aparta como una pista bastante confusa que busca cruzar el río e irse por las tierras llanas que el arroyo de la Campana ha depositado antes de fundirse con el río. Por estas tierras estuvieron las casas y los huertos.

Es una llanura muy amplia sembrada ahora de álamos. Huele a higueras, calienta con fuerza el sol, cantan las chicharras y la soledad me duele. Y es porque, a pesar de todo, lo que tanto necesito porque de sed se me muere el alma, no puedo beberlo plenamente.

Me aparto y me voy por esta vieja pista. El río le ofrece un vado para que pase, más granados con sus flores rojas abiertas y un puente de tabla para cruzar la corriente, siguiendo una senda. Me voy por la senda, atravieso el puente y ya parece que los estoy viendo en las huellas de la tierra y las piedras, de donde creo jamás se borrarán. Hay aquí excrementos de vacas y ahora me acuerdo del padre cuando vivió en la Cueva del Torno, en el cortijo del Mulón, después, luego en el poblado y ahora en el asilo de ancianos de Villanueva del Arzobispo.

Hasta las últimas fuerzas en las manos y los pies, él repartió su corazón con sus siempre amigas vacas. Y sé que cuando vivió en este rincón de la Casa de las Tablas, las cuidaba con el mayor esmero. Y también sé que su amor profundo y secreto, además de sus vacas, la cueva del Torno y el Mulón, fue su niña del alma. Me lo contó un día como la vivencia más dulce que en su alma guarda y me lo creí todo entero.

Remonta levemente la pista que es jorro para sacar madera y entrar con las máquinas a romper las paredes de aquellas casas, y antes de una reducida playa en el claro arroyo de la Campana, varios hierros a los lados. En ellos amarraron una cadena que cerraban con candado hasta que se pudrió. Me voy por el surco del arroyo y descubro que por estas tierras estuvieron las huertas. Son buenas tierras, llanas y tienen el agua que, en cantidad y clara, les presta el cauce. Varios álamos clavados verdes como testimonio de no sé qué y la fresca sombra de los fresnos.

Por la ladera que cae desde la cumbre del Mulón, una planta de pita. No me extraña, pero me llama la atención por lo escaso que esta planta es a lo ancho de la sierra. Las he visto en la aldea de los Villares, en el cortijo de la Cruz del Muchacho, cerca del Puente del Hacha y ahora aquí. La pita es una planta que le gusta mucho el sol y las tierras agrias.

Un vado menor, fresnos con las parras engarbadas y tan verdes y llenas de uvas menudas como lo estaban en aquellos tiempos. Por la derecha me queda un buen rodal de tierra llana, la ladera llena de aquellos pinos que sembraron y subiendo para el collado de las Tablas, un bello castellón sobresaliendo de entre el monte.

Trae bastante agua el arroyo y por aquí se abre en dos o tres corrientes por donde revolotea una libélula negra. Lo cruzo y la llanura grande. Me voy atravesándola siguiendo el deteriorado camino y por el lado derecho, me va quedando, mil parras engarbadas en todo lo que encuentran que son pinares, fresnos, robles, encinas, zarzas y madreselvas. Y el más grande de todos los fresnos se me presentan junto a la corriente y por entre sus ramas, la parra enredada y cubriendo medio mundo.

A la izquierda y al otro lado del arroyo, de la mitad para abajo, toda la ladera llena de higueras. Subo muy llanamente siguiendo el cauce del arroyo que ni siquiera parece remontar porque se queda por debajo de la curva de nivel de los setecientos metros y lo único que percibo es sólo rumor de agua, el canto de las chicharras y los chorros del sol quemando. Mucho verde, las ruinas de alguna construcción, las higueras clavadas en la solitaria tierra entre las parras y las zarzas, los granados florecidos, algún pajarillo como oropéndolas, mohínos, arrendajos, urracas y lo demás, soledad.

Remonta unos metros, por el centro baja un hilillo de agua, se ven álamos al fondo y por los bordes del chorrillo de agua, apiñadas las matas de poleo. Corto un tallo y lo huelo. Purísimo, pero transmite melancolía. Faltan ellos y como mi corazón lo sabe, no es feliz total. Se cierra algo el surco y se terminan las tierras llanas.

Una curva después de remontar la cuestecilla, la pista clavada por la ladera de la izquierda y justo en el mismo cauce del arroyo, las ruinas de lo que creo fue algún molino. Un muro en forma de pantano menor de los que en aquellos tiempos hicieron para sujetar la tierra que las corrientes arrastraban. Este pantano chico, ya está casi cegado de arena, piedras, tierra, juncos, aneas y zarzas. El agua rebosa por lo alto del muro con la misma placidez que viste al llegar por el arroyo.

Lo cruzo y hay aquí como una playa por completo llena de graba. Paso al lado izquierdo rozando un roble grande que se clava aquí mismo y ya piso y palpo, las ruinas de aquella casa serrana. Una esparraguera y no es que me sorprenda, pero con esta planta por el rincón, voy completando la anchura de la sierra. Me las tengo encontradas hasta en las cumbres más altas y en los rincones que menos me lo esperaba.

El tronco del robusto roble y una parra trepando por él, pero ya seca. Recorro las ruinas, alrededor del trozo de pared que en forma de muralla, todavía queda en pie por el lado de la piedra del Mulón. Todas las otras paredes que formaban la casa, quizá vivienda y molino, están desmoronadas. Sólo las piedras se amontonan por el lugar y ellas comidas de zarzas, hierba y enebros.

Por el trozo de pared que queda en pie, todavía puedo distinguir las señales donde estuvo la chimenea y la lacena. Muchas piedras de toba. Dos encina grande por el lado del arroyo, entre parras y algunos ciruelos. Doy unas vueltas por el rincón procurando que en mi cerebro se queda bien grabado y ya regreso. Cantan algunos pajarillos y de fondo, le acompaña el rumor de la corriente.

Ahora descubro que más abajo de donde construyeron este molino, en la ladera del Mulón, todavía clavan sus raíces dos o tres olivos, grandes y por completo verdes y solitarios. Si pudieran contarme lo que saben, cuánto no sería. Los árboles frutales que de ellos quedan por aquí, son ciruelos, parras, higueras, granados, olivos, cerezos y algunas nogueras y luego álamos que no puedo decir que pertenezcan a los serranos de aquellos tiempos, porque después que se fueran, los otros cambiaron mucho por estas sierras.

A la primera curva frente al Mulón
Ya subiendo por la pista camino del nacimiento del río, las últimas ruinas del cortijo donde vivió la familia que ahora conozco. Un gran cerezo viejo le da compañía y muchas zarzas que arropan a la corriente del río. Sube ahora remontando suave y buen firme y por la derecha, el río saltando. Baja metido en su surco y vestido de verde. Lentiscos, muchas zarzas, parras engarbadas en los álamos y los fresnos, algunos olivos por la ladera del Mulón, hierba y escoltando la pista, acacias.

Se abre el cauce y se ve bajando todo ancho, con el agua clara y las algas negras. Trae mucha agua. Por el lado del picón del Mulón, voy viendo las repisas de tierra que ellos cultivaban casi siempre pegado a las mismas aguas del río. A la altura del hito que tiene grabado el kilómetro cinco desde la pista asfaltada, por este lado, entre la pista y el río, más tierra llana donde ellos tuvieron sus hortales. Las higueras y las parras persisten aún, pero todo lo que para ello fue huerto, lo repoblaron de pinos. Se ven los cibantos sujetando a los bancales.

Un arroyuelo sin agua entrando por la izquierda con su puente de piedra. A los olivos me los encuentro ahora pegado a la misma pista y entre el río. Algunos con tres pies, altos, viejos y cargados de aceitunas, pero asilvestrados. Kilómetro dos cuatrocientos del aparato que traigo conmigo y del cual no me fío casi nada y por la derecha, un trozo de pista que se mete para el río.

Justo en este punto, al cauce le construyeron un muro de contención y como es alto y largo, se remansa el agua formando un precioso pantano totalmente cristalino. Más de la mitad ya está rellanado con la arena y graba que arrastran las aguas. Esta era la función para la que fue construido, pero como aquí por el río se abre un amplio vado, el muro salió de una longitud no corriente en estas construcciones y como ahora la arena lo ha rellenado, es poca el agua que retiene. Pero, aún así, retiene un buen charco que se muestra cristal, con matices verdes y azules. Y a este charco tan limpio, al caer las tardes de los veranos, en la primavera y otras fechas el año, los patos silvestres acuden en busca de alimento y tranquilidad. En más de una ocasión yo los he sorprendido nadando en estas aguas y tomando el sol en el hondo silencio del gran barranco. Pero los turista, y casi me incluyo entre ellos aunque por aquí vengo buscando otros placeres, no los dejamos en paz.

Justo de este punto del río, los que habitaban este rincón en aquellos tiempos, sacaron del río una acequia. Se la fueron llevando por aquel lado, el que se queda enfrentado a la pista que recorro, y según bajaba para la junta, se iba alzando por la ladera que cae desde la gran Piedra del Mulón. Rodeaba todo este puntal hasta llegar al otro arroyo, el de la Campana y así de este modo, desde la acequia o reguera, el agua iba saliendo para regar las terrazas de tierra que tallaron en la preciosa ladera. Fue una obra de ingeniería muy bonita, curiosa y bien trazada que todavía perdura algo. Sólo el canal por donde iba la acequia, las terrazas de tierra que ellos sembraban de hortalizas y otros productos y las ruinas de las casas que por ahí también había. Trazar una ruta siguiendo el recorrido de esta vieja acequia es emocionante y bonito.

Por encima de este embalse, a la derecha y muy alzada, ya me saluda la enorme piedra del Mulón. Durante una distancia bastante larga y antes del embalse, el cauce baja sereno total. Todavía me muevo por la curva de nivel de los setecientos metros. Y esto me indica que este río Aguasmulas, no es tan torrencial como tantas veces he oído. Se despega la pista del río girando hacia la izquierda por donde también queda arriba y pico de rocas y una gran ladera de pinos. Y como ya el sol está calienta mucho, huele ahora a lentisco y a resina de pinos.

Una cerrada grande y por lo hondo y al otro lado del río, veo un trozo de aquella vieja senda. Con el cauce la pista traza una curva obligada por un barranco menor y atraviesa un espigón rocoso. Por abajo, entre el río y la pista, tuvieron que construir una pared de piedra para sujetarla. Por aquí cerca se encuentra lo que él me dijo se llama la Asperilla Húmeda. Desde esta curva se ve preciosamente y al fondo, piedra Corva.

Gira para la izquierda por donde tuvieron que tallarla en la pura roca para que pudiera seguir y al mirar al frente, sobresaliendo al final, diviso el singular castellón del Toro, con sus dos frailes. Tiene mil cuatrocientos setenta y un metro y por eso destaca en el centro de todo el laberinto montañoso de estos barrancos. Pero el castellón del Toro destaca más todavía por la inmensa llanura rocosa que presenta en todo lo alto. Se recoge ahí un buen puñada de tierra fértil que la hermana que la hermana, sembró de trigo, segó y luego guardó por las noches para que no se lo comieran los animales.

Por detrás de este castellón, se encuentra el cortijo de la Fresnedilla y algo más arriba y en el barranco del recodo, nace este río. Por la cara que ahora mismo me mira, sobre la curva de nivel de los mil metros y en la última curva cerrada que traza la pista para ya irse en busca de su meta final, se encuentra la casa forestal del Quejigal y más elevado y por la derecha, el cortijo del Quejigal. Casi a mil doscientos metros. El cortijo del Mulón se encuentra a novecientos.

Ahora tengo más claro que la cumbre que se me levanta por la derecha, por el lado del norte con ladera repleta de bosque y por el lado de la salida del sol, casi cortado en vertical, es la impresionante piedra del Mulón. La pista baja un poco para el cauce y es justo cuando aparece el hito del kilómetro seis. Le tengo que restar tres y medio y me quedan dos y medio que es lo que he recorrido desde la casa de los Bonales. Mi aparato marca trescientos.

Baja cómodamente hasta hacerse llanura quedando por la izquierda la pared de rocas que viene cortando. Tiene mucha humedad esta pared por aquí y por eso en el centro de ella cuelgan muchas plantas de la flor de la viuda, abiertas. Y es que por este punto la pista va cortando la curva de nivel que va por los ochocientos metros. Un chorrillo de agua escurriendo por entre unas tobas. Asoma por lo alto en forma de abanico que empapa ampliamente todas las rocas donde crecen muchas plantas de esta flor de la viuda, mucha hierba y de entre ella, emergen los lirios y algunas orquídeas.

Por el centro de otro frente rocoso pasa la pista dejando trinchera a un lado y otro. Al cruzar el río por esta cerrada, tiene una cascada muy bonita. Una curva más para la derecha mientras sigue llana y al frente ya veo la cara color naranja de la Piedra del Mulón. Le da de frente el sol de la mañana y por eso se presenta como si estuviera ardiendo. Se alza tanto que parece una real torre.

Sigue la pista cortando bloques de rocas, pero siempre llana porque se prolonga por encima de la misma curva de nivel. Se pega mucho al río que baja por la derecha, hasta una distancia de cuatro o cinco metros. Se le ve de pronto bajando por entre los álamos, saltando por un trozo de lastras que, en el fondo, las aguas han pulido. Pero desciende suave formando pozas y cascadas deliciosas.

Ahí aquí un puente, por la izquierda llega un arroyo y antes de que este cauce se funda con el río, una llanura. Por este arroyo arriba, que es el del Hombre, sube un jorro. Muy profundo se le ve remontando y ahora recuerdo que casi al final, sobre la curva de nivel de los novecientos metros, hubo un cortijo que se llamaba del Hombre. También me sé la historia de donde arranca este nombre porque me la contó él, pero ya la tengo escrita en otro apartado.

Aquí mismo tiene una pequeña presa que está llena porque rebosa. Las Caracolillas de las Juntas se llama este rincón y tengo que decir que este cauce, se entrega al río con la más delicada suavidad. Por entre juncos, helechos, muchas zarzas, espesos pinos y las sombras. El río se hundió tanto atravesando estas montañas, que las únicas partes torrenciales las tiene en los mismos cimientos de las Banderillas.

Remonta un poquillo cortando otro espigón de nada y vuelve a tomar llanura. Kilómetros tres seiscientos cuarenta de mi aparato y a la izquierda me va quedando como una muralla de rocas que se ha ido rompiendo quedando alzadas sólo algunas torres pétreas. Junto a la pista queda una que tuvieron que cortar. De distingue desde aquí el recodo del río y el gran macizo del Banderillas. Al rebasar este espigón se ve el río abajo, hermosísimo, ancho y todo pletórico de transparencia. Se remansa en un charco y luego se desgrana por las cascadas.

Y me digo yo que aquellas personas que por aquí vivieron, ya muchas de ellas muertas y otras ancianas que se mueren en ciudades grandes y lejanas, asilos o casas, cuando por fin estas personas ancianas acaben de irse ¿qué les tendrá Dios preparado como premio? Con la cantidad de añoranza que ellos sienten y sintieron por sus tierras y estos rincones ¿no les premiará con algo parecido a lo que aquí dejaron para no pisar más en su etapa terrenal?

Y me sigo diciendo yo: si esto es así ¿qué tiene este mundo de ahora mismo, el de hoy, con su soledad, su belleza muda y aplastando, su tremendo sol quemando, sus hondísimos barrancos y sus amplísimos bosques, para que se parezca tanto al que ellos ansían desde las ciudades donde están desterrados y no es exactamente este? Si el mundo que ahora mismo piso es lo más próximo y parecido a la verdad final, entonces aquel donde ellos ahora están ¿qué es? ¿Hacia dónde va y que quiere? ¿Qué pretende decirnos o aparentar?

Hito número siete y es la una en punto del medio día. Frente total, me quedan las rocas coloradas de la parte más alta de la Piedra del Mulón. Desde allí para abajo una ladera tupida de pinares y madroñeras. Huelgas del Estrechó se llama el rincón que por la derecha voy dejando pegado a la corriente. Canta un pajarillo y sus trinos se mezclan con el rumor del agua. El sol quema y por eso estoy empapado en sudor.

Y me vuelvo a preguntar yo: ¿qué es o representa o quiere anunciar de alguna manera arrastrarnos ese universo de las ciudades, la civilización, de la tecnología, las bibliotecas tan repletas de libros e historias, tantos humanos, tantos coches y tanto asfalto, qué es ese mundo? ¿Hacia dónde empuja si la verdad no está por ahí sino por aquí? Con las soledades de estos barrancos, estos paisajes, estas corrientes, este sol que achicharra y este continuo vacío, deseo de vida que se palpa y por más que se ansía, no se llega a tocar ni tener plenamente. ¿Cuál de los dos mundos es, Dios mío, el que lleva por el camino más recto y sincero hacia el final de lo que Tú nos tienes preparado?

¿Nos estamos equivocando, los humildes y sin cultura, o más bien se están equivocando los que gobiernan a las naciones de este planeta tierra y a todos los demás nos están empujando hacia algo que no es ni real ni exacto? ¿Vamos con rumbo equivocado, Dios mío? Y si es así ¿por qué Tú no nos lo haces ver? ¿Por qué tanto deseamos venirnos a esta soledad de las montañas para estar apartados contigo y tu silencio? ¿Por qué Dios mío? ¿Acaso es por este camino por donde Tú nos quieres demostrar que existe más autenticidad y gozo y realidad eterna que por todos los otros caminos?

Mi aparato marca cuatro sesenta y voy remontando ya hacia el lugar donde se alza el cortijo del Mulón. Por aquí cerca se encuentran las tierras que ellos tuvieron por huelgas y también el original estrecho que tanto les sirvió para cruzar el río aunque este tuviera una gran corriente. Por aquellos tiempos, nunca hubo ningún puente este río y menos para que ellos fueran de un lado a otro cuando guardaban sus animales o iban a los cortijos vecinos. Junto al río y en aquel lado, un ranchal con hierba seca, pero florecida de carmesí y varios olivos.

¡Dios mío! Dame palabras para poder expresar lo que hoy me estás permitiendo ver y sentir. Pero que no hable yo sino Tú y ellos.

Una curva aquí, una pequeña hondonada, el arroyuelo y frente, por la derecha, impresionante la mole de la Piedra del Mulón. Desde las rocas anaranjadas y blancas, caen para el río, una áspera ladera de pinos. La curva para la izquierda otra vez adaptándose al terreno y al frente y por la derecha, las ruinas del cortijo del Mulón. Canta una tórtola. Atraviesa un pequeño espigón y por aquí la pista está rota porque la ladera se ha hundido.

Y por aquí, la bella y profunda cerrada que también me enseñó. Una curva y sube por el barranco del arroyuelo donde aquel día dejamos el coche. Por la derecha una rota pista de tierra que se mete en el río y sé que por ahí, ellos tuvieron sus huelgas donde cultivaban tomates y otras hortalizas. Cruza el cauce sin agua y ahora gira para la izquierda tomando altura porque a partir de este punto, se enfrente con la agreste ladera que cae desde el Castellón del Toro. Desde aquí mismo y en línea recta hasta la cumbre de este monte, hay más de kilómetro y medio y el desnivel supera los quinientos metros. Pero lo realmente complicado es la gran espesura del bosque.

La grandiosa Piedra del Mulón tiene vegetación clavada en todo lo alto. El hito que sostiene el kilómetro ocho. Miro para la derecha, asomándome al barranco del río y veo las ruinas del cortijo con tal claridad que parece lo tengo a dos pasos. Pero me separa un profundo barranco y una escarpada cuesta que aquel día recorrí detrás suya. Los olivares y las parras en solitario.

La sierra entera como escenario y alimento sincero para el encuentro de lo más profundo de uno mismo. Junto al cauce veo la huelga que ellos sembraban y es por ahí, justo por donde cruza la senda que va al cortijo. El río me va quedando cada vez más en lo hondo porque la pista se prepara atacar la complicada ladera del Quejigal. Ya supera la curva de nivel de los novecientos metros.

Las zarzas parrillas florecidas y las madroñeras se espesan por el lado derecho y por el izquierdo, las encinas. La sombra me va arropando y me refresca un poco de este sol fuego que cae. Me voy retirando tanto de la Piedra el Mulón como del cortijo y cada vez la veo como más señorial, gigante, recia y potente. El crujido de una piedra que por el lado derecho, se desploma hacia el río.

Justo cuando mi aparato marca cuatro setecientos setenta, una gran curva pronunciada donde la pista toma fuerzas para atravesar la ladera. Y aquí me paro para tomar un respiro y un trago de agua fresca. Si miro al frente y para la derecha, en línea recta, a una distancia de un kilómetro doscientos, tengo el Alto de la Campana con mil doscientos nueve metros de altura. Pero es tremendo el profundo barranco que me separa de él.

Es la una y veinticinco. Desde donde me he sentado, el río me queda a unos setenta u ochenta metros, pero en lo hondo total. No lo veo porque el bosque me lo tapa, pero sí oigo su rumor y su aire fresco que me acaricia y como vengo sudando, es un auténtico alivio. Tengo por aquí cerca un arce.

Al cortijo de la Fresnedilla
A las dos menos veinte arranco para continuar subiendo. Creo que me quedan unos tres kilómetros para el cortijo de la Fresnedilla. Gira la pista en su pronunciada curva para la izquierda. A doscientos cincuenta metros, la pista traza otra curva para la derecha. Desde aquí mismo hay una vista preciosa sobre el cortijo del Mulón y la peña que lo corona. Gira de nuevo para la derecha buscando el barranco del Quejigal. El bosque es tan espeso y alto que si no fuera por la pista, sería imposible andar esta ladera.

El hito con el kilómetro nueve, en la cuarta curva donde mi aparato marca cuatro novecientos noventa. Debe funcionar mal porque ya tengo recorrido más de seis kilómetros, según los cálculos que hago. Sigue remontando bastante suave, pero ganando altura para encajarse al nivel que necesita para encontrarse con los cortijos de las Fresnedilla. Una ardilla que desde el borde de la pista, se ha tirado hacia el centro para coger una piña que rodaba. Me ve, pero no se muestra demasiado huidiza.

Miro para atrás y se me presenta el cortijo del Mulón encaramado sobre su puntal de tierra fértil y todavía rodeado de sus olivos, las higueras, parras, nogueras y las negras y viejas encinas. En una de estas curva, vuelvo a irme para atrás y por aquí, a la pista le tuvieron que poner una pared de piedra para sujetarla en la inclinada ladera. Remonta a un collado menor como para asomarse algo al barranco de los Tobones o del Quejigal.

Madroñeras, romeros, lentiscos, muchas carrascas y todo muy verde es la vegetación que por aquí cubre espesamente a la ladera. Entre el kilómetro nueve y diez, de nuevo traza una curva hacia la derecha. Miro para atrás y lo que más me llama la atención es el robusto macizo del Banderillas con su morro de roca blanca sobresaliendo en forma de sapo sentado y majestuoso sobre la profundidad de estos barrancos.

En otra de las cerradas curvas que esta pista va trazando según remonta por esta ladera para ganar altura, un rellano muy ancho donde la pista se abre holgadamente y traza la curva. Una de esas grandes máquinas de hierro, ha estado por aquí no hace mucho, para arreglar los desprendimientos y surcos que las corrientes han dejado por el firme. Desde aquí, la dorada Piedra del Mulón en primer plano y por el otro lado, el macizo del Blanquilla.

Al girar para atrás, por la derecha, frente me saluda grandioso toda la molen de las Banderillas y el Tranco del Perro. Por aquí rezuma un poco de agua. El lado izquierdo que es por donde va quedando ahora la ladera que me corona. El concierto que las chicharras desparraman por estos barrancos y laderas es intenso y profundamente ruidoso. Por cualquier rincón de estas sierras suenan chicharras y esto me hace preguntarme a mí mismo que cuántas serán si las pudiera contar.

Otra curva para la izquierda y esta es la última que hacia este lado traza, porque ya, en cuanto remonta el collado que da para el arroyo del Hombre, gira de nuevo para atrás y se vuelve cortando la ladera y en busca del recodo donde nace este río. Sigue remontando muy cómodamente. La espesura del monte viene arropando casi por completo a la pista y la sombra alivia mucho en un día tan caluroso como el de hoy.

Vuelve a trazar otra curva menor para poder seguir hacia el collado donde girarán definitivamente para atrás y para que por aquí pudiera pasar, tuvieron que cortar una trinchera de rocas rojas, casi arenisca y en todo lo alto del talud, un pino clavado como si estuviera jugando o esperando que por aquí pase yo para saludarme. Al asomar al barranco que baja justo de los cimientos del Rayo Chico y Grande, estas dos columnas rocosas que en realidad son tres, se me presentan en todo lo alto clavadas y como a punto de desplomarse sobre mí.

En línea recta, el pico de Majal Alto, donde se remonta la caseta del vigilante de incendios, para que lo tengo aquí mismo y en realidad queda a más de tres kilómetros. Esto es si fuera un pájaro y pudiera cruzar volando rectamente, porque si me voy andando, con tantos barrancos, arroyos y laderas como separan a ambos puntos, tendría que recorrer más de diez kilómetros y todo por un terreno complicadísimo.

En esta última curva, busco una senda por la izquierda con la intención de apartarme de la pista y acercarme a la casa forestal del Quejigal. Sé que se encuentra por aquí cerca, pero ni conozco la senda ni el terreno ni el punto exacto donde se alza.

Casa y collado del Quejigal
Miro y en la misma curva, por la torrentera de la izquierda, se ve algo con pinta de senda muy rota. Me aparto y la sigo durante un tramo de unos trescientos metros hacia al barranco. Abandono porque a cada metro es más difícil avanzar por entre la espesura de los madroñales y porque no hay por aquí ninguna senda. Vuelvo casi a la misma curva de la pista y ahora por el lado derecho, remonto siguiendo los rastros de lo que también me parece una vieja senda.

Pero en cuanto recorro unos diez metros, también se me pierde. Sigo un poco más, hundiéndome para el escaso barranco por donde se amontonan las rocas, crecen espesas grandes encinas y aparecen algunos quejigos. Y de pronto, en el mismo surco del barranco, un bancal sujeto con una pared de piedra sin mezcla. Este hallazgo me anima pensando que quizá no esté lejos y la casa forestal o el cortijo que por aquí también hubo.

Miro por entre los claros del monte y sobre el azul del cielo, veo ruinas de una construcción. Me digo que deben ser las del cortijo porque la casa forestal, la sitúo más para el barranco de la izquierda. Me paro a respirar y por el suelo descubro un buen mar de piñas frescas tiradas por las ardillas. Corre una fresca ráfaga de aire y esto me consuela.

Arranco y remonto la ladera que cae desde las ruinas sobre el puntal. Me acerco y enseguida me digo que estas ruinas corresponden a las de una casa forestal. Tengo esta convicción porque las piedras, que engarzadas, forman las paredes, están muy bien puestas y hasta incluso talladas. Las construcciones de los cortijos de los serranos no eran tan primorosas porque ni tenían ellos tanta mano de obra ni tantos medios ni otras cosas.

Me acerco por el lado de abajo, entrando desde el barranco y ahora caigo en la cuenta que lo que hace un rato buscaba por la hondonada grande, se encuentra casi en lo más alto del puntal. Y es que aquí la tierra ofrece como una llanada en un ranchal y la visión sobre los paisajes que rodean, es perfecta.

Le voy entrando por el lado de arriba y la rodeo hacia la Fresnedilla. Por aquí tenía la puerta y por la pared de arriba, tenía tres ventanas. La pared muy bien construida y gruesa. Y ahora me pregunto que ¿por dónde metieron hasta este rincón, las tejas y los tubos de uralita que me estoy encontrando? La construcción fue antes que la pista y por otro lado, se encuentra algo lejos de este camino. Además, desde la pista, no llega ninguna vereda.

Por la parte de atrás, la que da a Castellón del Toro, tiene también otras dos entradas o ventanas grandes. Por dentro, hasta la mitad, las paredes derribadas, pero se adivinan como mínimo dos viviendas. Por el lado que da a Majal Alto, me asomo y frente tengo el espigón del Mulón y toda la cuerda del Blanquillo. Y por este lado, descubro algo que sí tiene pinta de senda buena. Y sí, claramente descubro que la entrada le llegaba desde el lado del arroyo del Hombre.

La sigo un trecho con el deseo de descubrir mejor el terreno y descubro que la senda estaba muy bien tallada aunque ahora se encuentra bastante rota de las corrientes de agua, los deslizamientos y el monte que no para de crecer. No me he propuesto avanzar demasiado, pero me pica la curiosidad para llegar por lo menos hasta el barranco por donde nace el arroyo grande que ya he mencionado.

- Por allí se metía un camino que iba para el arroyo del Hombre ¿no?
- El Royolombre. Sí, por allí iba un camino que pasaba por la puerta de un covacho que le decían el Covacho de los Marraneros. Este camino venía ende la Fresnadilla, pasaba por el Collado del Quejigal, se metía por el Royolombre y desde allí, un ramal se dejaba caer hacia la junta y otro ramal, se iba hacia las Canalejas. Pasaba por un cortijo que le dicen las Grajas.

Cruza la primera hondonada de este barranco que viene cayendo desde la columna del Rayo Grande y se ciñe a la pequeña ladera que se enfrenta a la primera que pisaba cuando comencé el recorrido. En diez minutos desde las ruinas, llego a un collado casi de juguete, lleno de pasto y mejorana y que me queda por el lado derecho. No lo remonta sino que lo rodea por el lado sur y unos metros más adelante, vuelva al barranco grande.

Es esto el terreno de un puntal largo y grande que cae desde el Castellón del Toro, por el lado del Rayo Grande y Chico dejando a un lado y otro, el arroyo del Hombre y el de los Tobones. Por la izquierda, sobre la tierra de este collado, me queda una ladera muy tupida de pinos y mucho romero. Por entre unos enebros y tierra buena, se asoma al barranco.

Me paro y miro detenidamente para quedarme y meterme dentro la impresionante visión que el rincón me presenta. Frente total y al otro lado del gran arroyo, un macizo de rocas naranja. A ese robusto conjunto se le conoce con el nombre de El Engarbo. Por detrás y más lejos, se alza Majal Alto con su blanca caseta de vigilantes de incendios en todo en la misma cumbre y cayendo para donde me encuentro, pero en aquel conjunto, el Cortijo de los Chuarras, los Huertos Nuevos y desde ahí, para la derecha y viniéndome hacia el gran castellón, me quedan el Puntal de las Cabras, Morra de las Hormigas, Cerrada de Cubero, con el cortijo por encima y el castellón con su columnas pétreas que llaman rayos. En lo hondo total, se abre paso el surco del arroyo del Hombre coronado por un tremendo circo o cinto de rocas calizas color naranja y por donde se encuentran todos los puntos ya dichos.

Es impresionante la hondonada que en este rincón, presenta la sierra. Me siento a la sombra de los pinos, y mientras tomo un respiro, bebo un trago de agua y me dejo acariciar por la suavidad del aire que desde lo hondo sube, me recreo pausadamente en el tan singular y gran espectáculo. ¡Qué maravilla de obra sin aparente orden, pero tan asombrosamente lograda! Ahora sí decido no seguir avanzando más, porque la meta la tengo por el otro lado y, además, casi tengo conseguido el objetivo que por aquí buscaba.

La senda parece como que bajara al barranco para meterse por el surco del arroyo y encajarse en el cortijo del Hombre. Desde ese punto sigue bajando hasta enganchar con la pista que he venido recorriendo justo cuando ésta cruza el cauce. Esto es lo que parece y hasta creo es lo más lógico.

Arranco y me vuelvo. Antes de llegar a las ruinas que he dejado atrás, en el primer barranco y por la derecha, se aparta como una senda borrosa que decido seguir. Remonto unos metros metido por entre grandes bloque de rocas, encinas viejas y pinos y arriba comienzo a divisar como un collado. Es un ranchal sin vegetación, con mucho pasto y mejorana por lo que me indica que son tierras buenas y pienso que por ahí puede estar el cortijo que también busco por aquí.

Pero la senda que creía por aquí iba, se me desdibuja y por más que la busco, no la encuentro. Mas sigo y conforme voy remontando me encuentro con vegetación de grandes cornicabras, enebros, romeros y tierra tupida de pasto. También hay muchas zarzas por aquí, grandes plantas de espliego y entre ellos, la mejorana.

Corono y conforme voy pisando este rodal de tierra con pocos árboles, me digo que seguro fue por aquí donde ella me decía se quedaba por las noches a dormir para que los animales no se comieran las sementeras. Es por lo tanto, este rodal, tierra que crío trigo, centeno, cebada y hasta incluso garbanzos y por eso se muestra tan llena de vida.

Al asomarme al barranco que desde la casa forestal sube y por donde remonta la senda que a la casa llega, veo otro puntal al frente. Estoy convencido que en un rincón de estos, donde menos me lo espere, estarán las ruinas del cortijo que busco. Pero también me digo que sobre estas alturas no hay agua ninguna. No me he tropezado con ninguna fuente ni señales que las anuncien.

Por la izquierda y coronando pasmosamente, me sobresalen las columnas de las rocas en forma de torres, ellos llamaban rayos. Piso la tierra y no dejo de observa que la única vegetación que tiene es sólo mejorana, algún enebro, sabinas sueltas y cornicabras. Los pinos que aquí ahora crecen, los plantaron después.

Monte a través, me voy desde este puntal buscando al otro que me reclama un poco más elevado y por el lado del cortijo de la Fresnedilla. Roza los mil doscientos metros. Avanzo y me impide el paso, por el barranco, la espesura de grandes enebros. Los aparto y en poco rato ya estoy remontando las tierras de este segundo puntal que al mismo tiempo es un collado menor. Es por este lado, el que se enfrenta a las Banderillas, por donde el Castellón del Toro, se alarga mucho.

Una tremenda muralla rocosa con sus largas laderas y sus buenos puntales, que hace que el río Aguasmulas, en sus primeros kilómetros de recorrido, se vaya hacia el sol de la tarde hasta encontrar la fisura para girar en una gran curva de herradura, para el Guadalquivir que se le queda por el norte. La pista que sube, tiene que trazar todas esas cerradas curvas que ya he recorrido, para atravesar el cuerpo de este enorme puntal, por el mejor sitio y es justo donde el río dibuja también su mayor curva.

Antes de llegar, me sorprende la presencia abundante que de pasto, mejorana y espliego, he encontrado en el primer puntal. Estoy ahora ya seguro que esto lo sembraban ellos. Y lo que ahora pretendo es, una vez que remonte este puntal por donde creo me voy a encontrar con las ruinas del cortijo, seguir adelante cortando la ladera que se enfrenta al río hasta tropezarme con la pista. Intuyo que no me va a queda muy lejos y también pienso que la bajada a ella, no será muy complicado.

Dos pinos grandes en todo lo alto y las ruinas de alguna construcción. Es lo que buscaba con mayor interés. Ya estoy en todo lo alto. Es un collado perfecto, de tierra buena y, además, con su amplia llanura hacia la parte que se mete para la curva del río. Me vengo para la derecha y veo aquí las paredes de una vieja construcción. Ya estoy pisándolas y ahora advierto que están en todo lo más alto. Por esta circunstancia y por ser paredes de piedra sin mezcla me digo que esto fue una tinada o algún cortijo para guardar paja, cereales u otras cosas. Aquí no hay agua y una vivienda en tierras tan elevadas y sin agua ¿cómo podría ser?

- Si desde la Fresnedilla, seguimos el camino, llegamos a un collado ¿cómo se llama?
- Ese es el Collado del Quejial. Allí había una tiná que era del padre de la Lola. El piazo aquel que hay viniendo de allí pa´ca, era nuestro y el que hay abajo, era de mi tío. Mucho trigo, garbanzos y centeno hemos sembrado nosotros allí. Son tierras buenas que crían de todo. La caseta del Quejial, está allí mismo junto de un peñón. Todavía se conoce aquello.

Me paro a la sombra del gran pino y echo una mirada trazando un círculo a mi alrededor. Me asombra la mole de la robusta cuerda de las Banderillas, el barranco de la Campana, los calarejos, los arroyos que por ahí corren, la Piedra del Mulón, la largísima cuerda del Blanquillo y todo el conjunto que corona al arroyo del Hombre y luego por aquí y más cerca, el saliente del Castellón de los Toros y el barranco donde nace el río Aguasmulas con la cuerda de las Banderillas otra vez. Impresionante la cantidad de sierra que desde este punto se divisa y toda como gritándome desde su grandioso pedestal.

Me acomodo sobre el pasto que cruje, a la sombra de este gran pino clavado en lo más alto del collado y de mi zurrón saco agua para beber. El aire corre bien y me llega fresco. El sudor me empapa y ahora me consuela además del viento, la sombra y la amplísima visión, el azul intenso del cielo, el canto de las cigarras, la soledad y el perfume de tanto espliego y mejorana. ¡Qué suerte la mía que otra vez consigo el triunfo y el sabor de lo más exquisito en mi abrazo con estas sierras!
Por eso me digo, que durante un largo rato, me voy a quedar sobre las tierras de este collado, dando gracias a Dios por tantísimo como me regala.

Ya he arrancado y me pongo rumbo a la casa que, desde su silencio, tanto me reclama: el cortijo de la Fresnedilla. Por el mismo centro de este collado de juguete parece que vuelca una senda que se parece a las que ellos recorrían. Sé que por mi derecha, algo más metida en la ladera de esta gran montaña que recorro, se encuentra la pista que sube hasta el rincón donde tengo puesta mi meta.

Empiezo a recorrer y lo primero que descubro es que por aquí va muy suave. Parece como si no le hiciera caso a la pista y por su cuenta se va recta al cortijo. Me concentro y me digo que debo permanecer atento para no perderla porque aunque intuyo que la pista está cerca, sin senda me costará trabajo atravesar esta ladera.

Avanzo y como lo que me esperaba no sucede, me va sorprendiendo que se vaya como recta hacia lo más escabroso de esta ladera: la altísima pared rocosa que caen desde la cumbre de este gran castellón. Pero aun así, siento confianza porque fue trazada por ellos y hasta lo presente, va muy bien y se anda con toda comodidad. Ellos bien sabían por donde trazaban sus sendas y esta seguro que arranca desde los cortijos que busco y por aquí venía a las tierras que labraban y he dejado atrás y al cortijo que ya se ha roto.

Miro para atrás y hacia abajo y veo a la pista subiendo por un puntal y ladera impresionante. Las Cuevas del Torno las tengo abajo total. Al frente, se me presenta una gran pared de rocas y por eso la senda se inclina más. Como si ya sí quisiera encontrarse con la pista. Muchas piedras hay por aquí y una gran solana repleta de espeso romero. Y conforme se acerca a la pared rocosa, busca donde ésta se hinca en la tierra para avanzar justo por la misma peana.

Un pino caído y seco justo en la misma pared y pegada totalmente a ella, pasa por entre troncos de lentiscos. Me vuelvo a repetir que aquellas personas sabían por dónde metían los caminos que les servía para moverse por estas sierras. Me repito esta reflexión al tiempo que pienso en ellos y los añoro lo mismo que la tierra que piso. En una región muy grande y perfectamente real, está escrito que estos montes les pertenecen porque ellos y las sierras no son dos entidades sino una misma realidad.

Remonta un poco y paralela a la pista, sigue buscando al cortijo. Aquí un puntal menor, miro para atrás y vuelvo a ver la pista. Ahora descubro que para poder trazar esta camino por esta ladera, le hicieron dar una vuelta tremenda. En una leve hondonada por donde, por su centro, cae una cascada ahora seca, pero bonita y con mucha vegetación verde por la humedad, me sale al paso otra robusta columna de rocas. La supera rozándola por la parte de la peana que es el mejor punto para rebasar los tremendos voladeros que la erosión ha tallado por estos barrancos.

- ¿El camino que va por encima de la carretera?
- Sí
- ¿Que baja un royillo?
- Así es.
- Bueno, pues a eso le llaman el Jorro Grande y el Jorro Chico. Dos jorros. Allí mismo había un cenajo arreglado para guardar animales. Viniendo para abajo, el primer jorro, nace junto a las piedras, es el Jorro Chico, y el otro que cae el agua desde arriba, ese el Jorro Grande.
- ¿Cómo se llama la Cueva?
- Pues na más que el Cenajo del Jorro.

Muchos juncos, la preciosa cascada encajada, en su parte alta, por entre los dos bloques rocosos que he rebasado y por donde piso, mucho barro de bañarse los jabalíes. Vuelvo a ver la pista que por abajo se me acerca. Es muy bonito este rincón. Y ahora, en el recodo de esta enorme pared rocosa, se me presenta la cavidad de una gran cueva.

Dejo la senda y por la tierra que desde la peana de la columna cae, remonto buscando la cavidad. Mucho pasto por la tierra que desde su boca rebosa hacia el gran barranco del río. Intuyo que en este agujero ellos encerraban a sus animales. Por eso la tierra está estercolada y aunque ya hace tanto tiempo que se fueron, la hierba y la vegetación crece vigorosa.

Me encajo en la misma hendidura y compruebo que no tiene mucha profundidad, pero sí está tallada en la pura roca y como arropando su puerta, una vieja cornicabra que sale desde la grieta profunda que la pared tiene. Es poca cosa, pero sirve para adivinar cómo eran los abrigos que ellos usaban tanto para sus animales como para sí mismos.

Cuando caía una tormenta y llegaba una gran nevada de aquellas, en estas covachas se refugiaban y quedaban al salvo de las lluvias y los fríos. Las paredes están negras y eso me dice que en más de una ocasión aquí encendieron fuego. Muchos excrementos de cabras y ovejas y hasta un palo clavado en una de las grietas de la roca. Es donde ellos colgaban o el zurrón con los alimentos, las prendas de vestir o alguna talega con harina o patatas.

Acaricio el rincón por lo bonito y lo mucho que me atrae y sigo. No es gran cosa, pero aquí se refugiaban ellos y sus animales. Miro al frente y la robusta molen del Banderillas la tengo a dos paso y en el centro el profundo barranco por donde corre el río Aguasmulas. Tengo que bajar unos metros porque la senda que traigo no pasa por la misma puerta de esta cueva. La pista ya sí me queda mucho más cerca. Una ladera con mucho romero me sigue acompañando. Y parece como que la senda no quiere saber nada con la pista porque aunque la tiene cerca, paralela a ella avanza ladera adelante hacia el cortijo y no se entrega a su comodidad.

Cruza otra hondonada y remonta unos metros. Sigue avanzando y otro gran pino caído. Ya observo que estoy casi al final de la pista. Una curva en un puntalete y ahora ya sí cae al camino de tierra ancho y cómodo que trazaron los otros. Unos trescientos metros antes de que esta pista muera. Ya estoy viendo al final, sobre las tierras del puntal, los palos que en forma de valla, pusieron en el rellano que abrieron donde la pista termina para que los coches puedan dar la vuelta. Al volcar, se encuentra el arroyo de la Fresnedilla y el cortijo que vengo buscando.

Una hondonada leve, como muchos lentiscos y romeros y parece como si hasta el mismo romero se preparara para vestir de lujo el rincón que tanto me atrae. Miro a mi aparato de medir pasos y veo que, desde que me desvié de la pista desde aquella curva última para buscar la casa forestal del Quijigal, marca casi tres kilómetros. Puede que haya andado algo más, pero aun así lo doy por bueno. No se trata de recorrer un camino concreto sino de penetrar y conocer a fondo cada metro de estas hermosísimas sierras.

Me encuentro en el centro de la valla de madera que pusieron donde muere la pista y sigo por la senda que por el lado de arriba, buscando al surco del arroyo, remonta. A la derecha me queda el gran surco del río con su grandioso rumor de agua y al frente, el barranco donde se refugia el cortijo, entre sus nogueras milenarias y el arroyuelo que eterno lo arrulla. A la izquierda y sobre la misma tierra del puntal donde muere la pista, las ruinas de otro cortijo y a la derecha, unos metros más abajo de esta valla, otros dos o tres cortijos unidos. En unos y otros vivieron ellos y en el que al frente y sobre la ladera de las grandes nogueras, todavía permanece en pie, vivió él. El último serrano que tuvo fuerzas y coraje para aguantar en el rincón de su tierra amada hasta que la muerte se lo llevó y porque ya no podía más de tanto golpes como le habían dado.

Cantan rabiosas las cigarras y mientras ya voy recorriendo el trocico que me queda hasta llegar al arroyo, rozo las viejas cornicabras, piso el pasto que cruje y soslayo a los cardos cucos. Por la derecha y pegado al surco del arroyo, los repisa de tierra que ellos sembraban. Muchas nogueras muy verdes al borde del arroyo que cae en picado y el cortijo de la Fresnedilla, en la ladera del puntal de enfrente. En la misma puerta, dos inmensas nogueras secas. Las que están más pegado al arroyo, pero no tanto, también se les ve con muchas ramas secas. Sólo las que clavan sus raíces muy pegado a la corriente, se muestra verdes total y sanas.

La senda sube ahora unos metros buscando cruzar el arroyo y entrarle al cortijo desde arriba y por el lado que mira al Castellón del Toro. Intuyo que esta era la misma que he traído y la que ellos trazaron, excepto los trozos que rompió la pista para ocupar su lugar. Soledad total, el aire que corre suave, el sol que cae monótono y quema y la corriente del arroyo como si quisiera ignorar la tragedia que ellos vivieron hasta que se los llevó la muerte. Hasta las misma rocas parece gritármela desde su quietud eterna.

Cuatro horas he tardado desde la cadena de la casa de los Bonales. Remonto unas piedras, aparto más romeros y lentiscos, me fundo con la sombra de los pinos y los álamos, observo las esparragueras como asombrado, salgo de la espesura y al tropezarme con los juncos, me doy de bruces con la corriente del arroyo. Una sombra espesa cae sobre el rodal de arena gruesa y aquí me paro. Descuelgo mi zurrón, me siento, estiro mis pies, me aboco sobre la corriente, bebo y en cuanto me acomodo me digo que ahora voy a comer un poco. Voy a dejar que el viento me refresque y dentro de un rato me encuentro con el cortijo solitario que mudo me mira desde su ladera quemada por el sol de la tarde.

El cortijo
“Lo que sí te digo, por si alguna vez vas por aquel rincón, es la emoción que se siente cuando uno entra a la casa. No sé qué tendrá ni por qué será, pero pisar aquella casa, observar las paredes y contemplar las vigas viejas de madera, el alma se te llena de temblor y encogimiento. Vamos, que te asusta ver aquello tan en silencio, impregnado de tantas emociones de las personas que a lo largo de los años han ido pasando por el recinto y tan lleno ahora de abandono, polvo y telas de araña. Un día, cuando tú puedas y quieras, tenemos que ir y ya verás como no te miento. Sólo por gusto de entrar al cortijo y respirar un poco el aire y la soledad que de aquellos rincones ahora manan. Pero sobre todo las vigas de madera que sujetan el tejado, con su color pardusco y su humedad rezumando nostalgia y ausencia”.

Termino de comer. Son las cuatro. Sigo la senda, cruzo el arroyuelo, piso las tierras por donde iban las canales que desde este mismo vado menor, arrancaban y llevaban el agua a la hermosa ladera donde todavía sigue asentada la casa. “Y otra cosa que yo te quería decir a ti es la emoción que se siente al recorrer las laderas que de los montes caen hacia el barranco por donde corre el río.
- ¿Qué les pasa a esas laderas?
- Pues que como todas, de aquellos tiempos, están surcadas de canales por donde bajaba el agua para regar las huertas, recorrerlas ahora pisando las canales, es un gozo que sabe a muerte. Arrancaban desde los charcos de agua que a lo largo del curso el río Aguasmulas se iban formando. Talladas en la misma tierra y en la misma rocas, se van alargando por las laderas y luego caían por las pendientes o se remansaban en las llanuras de las huelgas. Yo recuerdo que siempre bajaban repletas de agua limpias. Las aguas cristalinas que manan en las covachas y agujeros de los barrancos donde nace el río.

Recuerdo que aquellos magníficos y bellos canales, en muchos sitios, estaban empalmados con trozos de maderas. En otros, pasaban casi tallados en las mismas rocas y a lo largo de todo el recorrido iban horadando la tierra para abrir el camino por donde el agua tenía que pasar. Cuando luego, poco a poco, los serranos nos fuimos viniendo de aquel extraordinario rincón del nacimiento de Aguasmulas, también las regueras se quedaron abandonadas. Comidas por la vegetación, muchas de ellas, rotas por las avalanchas de agua que bajan por las laderas cuando las nubes descargan, pisadas por los animales silvestres y surcadas por las raíces de los pinos que repoblaron. Allí se quedaron aquellas regueras y con el tiempo se han ido rompiendo como tantas otras cosas.

Pero aquello, en mis sueños yo lo sigo viendo muchas veces y en más de una ocasión me he dicho que más que canales para regar las huertas, los surcos eran como las venas fundamentales que llevaban vida a las tierras que nos daban de comer. Como surcos repletos de sangre que surgiendo de las entrañas de las montañas, acudían a nuestra ayuda para llenarnos de vida y prestarnos lo que para la vida necesitábamos. Por eso te digo, que un día, tenemos que ir por las tierras esas tan bonitas para que veas y goces las cosas que tan nuestras fueron y que los hombres, tan duramente nos han ido quitando.
- Iremos algún día por allí y ya desde ahora te digo, que me va a gustar mucho pisar la tierra que tan dentro llevas”.

Un ramal de la senda se va arroyo arriba para remontar hasta el collado del Castellón del Toro y desde ahí, a las Hoyas de las Albardía y a los Campos de Hernán Pelea, por la Hoya del Ortigal. Otro ramal, se viene para la derecha y busca al cortijo. Sobre el rumor del arroyuelo, el chirriar intenso y monótono de las cigarras y el crujir del pasto seco al pisarlo mis pies.

Varias nogueras grandes, álamos y zarzas junto al arroyo. Una llanura que fue bancal donde ellos y él sembraron tantas veces y varios árboles secos. Ya no corre agua por la acequia y por eso se han secado muchos de estos árboles incluyendo las dos grandes nogueras en la misma puerta del cortijo.

Corre una hebra de viento fresco, pero el sol cae y quema mucho. En esta profundidad de los barrancos, pues soledad hay mucha. Se nota la ausencia de personas y más de aquellos que de estos. Pero sí es impresionante lo que se siente. Cruza un pequeño arroyuelo y la senda sigue bajando y me saluda, un cerezo ya casi seco, dos más secos por completo, un ciruelo que tiene muchas ciruelas blancas, no maduras todavía, varios granados y las nogueras.

Cojo dos ciruelas y aunque están fuertes, ya se pueden comer. Aquí un ovillo de alambre comido por el pasto y podrido por el óxido. Varios cerezos más donde se enreda una parra con sus uvas todavía verdes. A mi presencia, se levantan varios arrendajos. Pegando al cortijo, una noguera inmensa. Tres más igual de grandes pegadas al arroyo. Me acerco y una parra engarbada en la misma puerta del silencioso y herido cortijo. Antes de entrar, miro brevemente a las dos viejísimas nogueras que, por la ladera hacia el arroyo, siguen clavadas, pero secas por completo. ¡Cuántos años no tendrán estos árboles! Bajando desde aquí, toda la tierra llena de bancales donde sólo crece pasto, membrillos, higueras y granados.

Me acerco. La puerta del cortijo está abierta. Uno, dos, tres, cuatro escalones de cemento y entro y en la estancia donde estuvo y sigue la cocina, nadie. Una mesa de las de los bares, piedras frente a las cenizas de la cocina donde los que por aquí llegan, encienden fuego, por el rincón de la derecha, lacena, muchas latas y botellas vacías de los que también vienen por aquí. Conforme se entra, otro agujero en la pared que también sirve de alacena y más latas y botellas llenas de mugre.

Por las paredes, muy desconchadas, comidas por las telas de araña y sucia, muchos letreros escritos con carbones de la lumbre y con otros artilugios. Leo algunos y de entre ellos destaco el que dice: “Ya estuvimos con el viejo, 1987". Según se entra, por la derecha, una estancia con una puerta y entro a lo que creo fue la habitación. En el hueco que hay por debajo de la escalera que lleva a la cámara, dos colchones viejos, la cal que se ha desprendido de las paredes, mucha tierra sobre los colchones, dos cribas, una caja de botellas vacía, una garrafa, un cojín y ropa ya casi podrida.

Subo las escaleras que llevan a la cámara y a la derecha, una parte de la cámara donde hay muchos trastos viejos. Serones, garrafas, tablas, botas, colchones, cajas de madera. En la estancia de la izquierda, sólo las tablas del suelo que a su vez, es el techo de la estancia de la cocina y por el rincón, sube la chimenea. Siento el viento silbar al rozar el tejado que me cubre y ahora mismo hasta temo que se pueda caer. Y lo digo porque está apuntalado.

Lo que en estos momentos mi corazón siente, me lo guardo y trago saliva. Me salgo a la puerta y miro al frente. Veo el puntal donde termina la pista y metido para el barranco por donde corre el río, las ruinas de los otros cortijos. Por el lado de arriba hay otras ruinas y más en lo alto, una gran pared de rocas que son las que suben hasta la plataforma del Castellón del Toro. Más al fondo, el barranco del Banderillas con los calarejos sobresaliendo al final. ¡Qué gran rincón este, Dios mío y cómo me duele ahora a pesar de su belleza, la soledad del momento y tanto rumor de agua!

Por la izquierda y algo más arriba, me queda el recodo donde brotan los manantiales de este bello río blanco. Los conozco de otras veces, pero hoy no voy a llegar. Sé que por esas ásperas hondonadas, se alza un cortijo más. Y con éste, se completa e buen puñados de cortijos que los serranos construyeron en las laderas y barrancos más difíciles de estas sierras. Si no los hubiera visto con mis propios ojos y tocado con mis manos, nunca me lo habría creído.

- ¿Por dónde cae la otra cueva?
- La que nosotros siempre hemos llamado la Cueva del Agua, está enderecho de la era de la Fresnailla y en la punta de arriba de un sitio que le dicen Majatraga. Ende allí se tira un camino y va a una garita que le decían la Garita de Mateo. Pues la cueva está allí mismo y aquello, es una gloria. Cuando un día se pueda, vamos a ir y te la enseño, ya verás qué cueva más bonica.

- ¿Y las casas que hay por debajo de la Fresnedilla?
- Aquello, de una tía mía. Era un buen cortijo. Arriba hay otra que es donde vivía un primo hermano mío. La mujer tiene noventa y pico de años y todavía vive. Se casó este primo mío en la Fuensanta de Villanueva y en ese cortijo que ahora está “erribao”, fue la boda. Enderecho de la era, por encima, donde hay un pieacejo.
- ¿Y cuántos vecinos vivían por aquí?
- Entre los que estaban en cueva, chamizos y cortijos algo más apañaos, por aquellos tiempos, en este recó del río, estábamos más de veinticinco personas. Para hacer una aldea de verdad, pero claro, como pasó aquello, pues ya nos esturreamos todos.

Y ahora me pregunto que si no hubiera pasado lo que pasó ¿qué sería de estos serranos en estos tiempos modernos? Pero el echo es que, de aquellos tiempos, los que todavía viven y casi todos muy lejos de aquí, sueñan cada noche con estos rincones y todos los días hablan y hablan de estas tierras que tan suyas sienten. Viven allí, pero espiritualmente germinan por aquí. ¡Lo que son las cosas y la belleza de este jardín tuyo, Señor! Con tanta fuerza amarran, que ni siquiera yo puedo escaparme aunque lo quisiera y no lo quiero.

El último pastor
- ¿Y dices que fue en forma de reunión?
- Fue en una reunión al caer la tarde. De varios puntos de la sierra llegaron los pastores y a la sombra del fresno, junto a la corriente clara, se sentaron. Tomó la palabra el mayor de ellos y dijo: “Tengo que comunicaros que el hermano joven se va”. Los allí presentes miraron y al poco pidieron al hermano joven que hablara.

Éste lo hizo diciendo que: “He decidido irme de estas sierras. Ya sabéis vosotros que a lo largo de mucho tiempo lo vengo meditando y por fin tomo una decisión. No rompo mi amistad con ninguno de vosotros sino que os llevo conmigo, pero me tengo que ir en busca de aires nuevos”. Los presentes guardaron silencio y al rato preguntaron: “¿Tienes ya dónde empezar tu vida?” “Buscaré trabajo donde sea y como todavía soy joven, tengo tiempo para organizarme y construir mi vida”.

Durante largo rota, los allí presentes, estuvieron escuchando y preguntando y cuando ya oscurecía dieron por terminada la reunión. Luego se fueron y mientras regresaban por los caminos, comentaban: “Es otra víctima más del que todos conocemos. Pero las cosas han llegado a tal punto que no le queda otra salida. Detrás de él un día iremos todos los demás hasta que por fin se quede limpio el monte de serranos. ¡Qué lástima de mundo que se desmorona! Pero aun sabiendo cual es la realidad que lo empuja ¿qué podemos hacer nosotros?”