3.31.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-12

DON ALFONSO

Y eso quiere decir que “Todas las parvas tienen granzas”. La madre de don Alfonso me hizo a mí las entrañas. Cuando yo nací, como no había de donde darme otra cosa, pues mientras le venía la lecha a mi madre, mamé de la madre de don Alfonso. Ella estaba criando al marido de mi prima que es Juan José y me llevaron para que me diera de su leche. Vivía justo donde yo nací, en la Cueva del Torno.
- Y digo yo, ¿cómo fue que luego don Alfonso se metió a cura?
- Pues que ya pegaron a venir maestros a la aldea de las juntas y tenían la escuela a la par donde ellos tenían la casa. Cuando se dieron cuenta que desarrollaba, empezaron a indicarle ese camino. Ya ve tú si desarrolló que adelantó dos años de estudios en la carrera. Dos años antes lo nombraron cura porque es que ha sido muy eficaz.

Y no creas, que don Alfonso todavía, coge una herramienta y se pone a hacer caballones y los saca como si fueran de cera. Yo lo he visto labrar con un borrico y sacar unos surcos derechos como las velas. A las burras les hacía labrar primorosamente. Veníamos nosotros, yo y un tío mío a ayudarle a sembrar el grano, a este lado del Collado de las Tablas y yo labrando con mis vacas y él cavando los encuentros. Y él tan contento porque le dejábamos muy poca cava. Así que fíjate.

La hermana nos corta la conversación diciendo:
- Es que las cosas más bonitas que don Alfonso se puedan contar, las he visto yo con mis propios ojos.
- ¿Pues qué es lo que has visto?
- En Los Pardales, ¿Ya sabes? Por debajo de la gran pared rocosa de las Banderillas, lo que es nos ayudó en tiempo de la guerra. Mi hermano se lo llevaron, mi padre ya era mayor y yo tendría unos dieciocho años o así. Mi hermana diez años mayor que yo, pero soltara también. Pues en aquellas tierras teníamos unos pedazos que los sembrábamos. Se llamaban la Huelga de la Ceniza. Don Alfonso siempre se iba con nosotras dos para darnos compañía. Todo el día estaba trabajando en lo que hubiera que hacer en las tierras y cuando llegaba la noche, si nos teníamos que quedar a dormir, pues en cualquier rincón de aquellos, nos quedábamos los tres. El siempre dormía allí con nosotras para darnos compaña. Aunque era pequeño, era un hombre y nosotras dos muchachas.

Para nosotras él fue mucho mejor que un hermano.
- Y eso de dormir allí ¿por qué era?
- Siempre llevamos una mula que teníamos y en ella mantas y comida. Ya sabíamos que en las tierras había mucho trabajo y eso de ir y volver en un día, no era posible por el terreno tan malo y lo lejos que nos caía desde el cortijo. Como estaba muy retirado, se nos hacía de noche y allí encendíamos nuestras lumbrecillas y nos quedábamos. Las cosas buenas y naturales que se deban antes.

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-11

PARADOS FRENTE A LAS TIERRAS

Nos paramos. Desde el mismo borde de la pista nos situamos frente a las tierras llanas que forman un pequeño valle por donde todavía crecen espesos, los álamos. El Aguasmulas baja repleto y el arroyo que a él se une, lo mismo. Enseguida entra por los ojos lo hermoso que era este rincón. Repleto todavía de higueras, parras que trepan por los troncos de las gruesas encinas, granados, ciruelos... señales ciertas de que en otros tiempos este lugar estuvo ocupado por un puñado de serranos. Y entran por los ojos lo buenas que son estas tierras para sembrar. Tanto entran que se adivinan las huertas que ellos aquí tenían tan repletas de todo tipo de hortalizas y tan regadas con la abundancia de las aguas limpias que por el río bajan. Se adivina el magnífico trozo de paraíso, extendido junto a las riveras de los dos cauces.

- Ese trozo de tapia que todavía se ve ahí, era la casa de unos que les decían los Jesusos. Esta otra casa que se adivina estuvo aquí abajo, era de otro que le decían José María, que es donde ha vivido la Pepa aquella que tiene el bar y el supermercado en el poblado. Todo esto eran las huelgas donde sembraban los que vivían aquí. Allí enfrente, en las casas aquellas que se ven, o al menos yo si las veo, las escuelas. Siguiendo el río arriba había otro cortijo que era donde vivía el tío Josico. Era la casa del tío Basilio. Era toda una aldea lo que aquí había con su maestro de escuela y todo. Esos riscales que se ven ahí se llaman Los Pajarillos. En aquello que se ve algo más lejos, hay una hoyica que le dicen Hoya Alta. Y por la parte de arriba, al otro lado, se encuentra la Piedra del Mulón. El cerro de la Campana está algo más arriba que también le dicen el Calarejo. Es aquél alto que se ve en la punta de arriba.

Por ahí iba un camino para allá y era también paso de ganado. Siguiéndolo se llega a las Presas y luego al poblado. Si miras bien verás muchas olivas y para que también lo sepas, muchas veces he labrado yo cada una de estas olivas. Es que, además, toda la tierra que ahora mismo estamos viendo llena de tantos pinos, en aquellos tiempos eran puros sembrados.

Aquí pegado al cauce del río estaba la bolera y justo por ese rellanillo tengo yo un recuerdo muy bonito de mi niña. Ahí enfrentico, por aquel pedazo que se sembraba, mi niña le dio una gran lección a su profesora de escuela. ¿Preguntáis que cómo sería eso? Pues os lo voy a decir para que lo sepáis y para que se vea que muchas veces, las personas más sencillas, pueden dar lecciones a las personas con carreras.

LA NIÑA

Yo tenía las vacas ahí en todo eso, para acá y para allá. Y la profesora le temía mucho a las vacas. Mi niña con doce años, cogió así a su profesora y le ayudó a pasar por entre las vacas para que no le hicieran nada. La profesora por ese lado, las vacas por este y mi niña dividiendo el camino al tiempo que protegía a su profesora para que las vacas no le hicieran nada. Los animales conocían a mi niña tanto que hasta incluso sí las miraba y les decía: “Para fulana”, la atendían, la respetaban y se “ladiaban”.

Y la maestra, pues claro, iba con miedo. Así es que ahí le enseñó una lección que ella desconocía. Para que se vea lo que vale el saber. Yo siendo un analfabeto, que nunca he pisado una escuela, y mira como comprendo las cosas que tienen valor. Mi niña, que ya es una mujer casada y con hijos, pero que ahora mismo la estoy viendo por aquí jugar y correr con aquellos hermosos doce años. De la maestra sólo me acuerdo que se llamaba doña Carmen y el apellido de una hija era Navaja. Pero ese es el apellido del padre.

De la madera que bajaban por los cauces de estos ríos y arroyos, me acuerdo yo también. La bajaban haciendo balsas y las traían de los Cuchareros, de los Pardales y de otros muchos sitios. Por aquí pasaban para abajo en busca del río Grande. El barranco ese que se ve, también que eran olivas y se llama el Vallejo de la Grama. Aquellos riscales de allí que hacen filo, se llaman la Lastrilla.


Esto es una pena haberlo dejado aquí abandonado. ¡Tu sabes lo bueno que era este rincón! Yo no tenía ninguna propiedad por aquí, pero una prima hermana mía, tenía una casa, tierras y muchos árboles buenos. Un día le dije: “Oye, ¿por qué no les proponemos que nos pongan aquí una alambrada? Yo dejo que me expropien el cortijo y aquí que hay mejores tierras y más vecindad, nos reunimos”. Ningún vecino me hizo caso y ¿sabes lo que pasó? En cuanto nos fuimos de aquí, alambraron todas estas tierras. Y ya no ha habido nada que hacer. ¿Y cuanto mejor no estaríamos aquí ahora mismo todos los vecinos del poblado? Con estas aguas, estas tierras y paisajes como los que nos rodean. Aquí estaríamos en la gloria. Así es que unos y otros nos fueron quitando trozos y desde que empezaron a arriconarnos, todavía no han parado.

Ya comenzamos a subir y nos tropezamos con las ruinas de otra casa. Nos queda por el lado derecho, en la parte de abajo del carril.
- Esta casa era de uno que hay en el poblado que le dicen Cerilo Suárez. No tenía familia, pero él se valía aquí haciendo sillas y otras cosillas de madera. Era un hombre muy apañado. ¡Cuántos ratos de bailes habré vivido yo en lo que ahora son las ruinas de la casa de este hombre! Fíjate, entre las piedras de las ruinas todavía siguen creciendo las parras que nosotros llamamos “soteñas”. Unos metros más arriba, fíjate y verás como todavía se adivina las ruinas del molino de la aldea de las juntas. Aquí he vivido yo por lo menos cinco o seis años. Como ya mi niña estaba grandecita, nos bajamos desde el Cortijo a este molino para que pudiera asistir a la escuela.

Mira las nogueras del molino. ¡Qué gloria de árboles! Ahí enfrente estaba y este era el que tenía dos empiedros. De aquí para arriba ya no había ningún molino más. Pero lo que sí había mucho, eran truchas buenísimas. Yo nunca he pescado, pero mi nena, sí era muy buena pescadora. Le saqué un permiso y se lo pasaba de maravilla pescando por las aguas de este río. Es que yo he tenido un hermano que era el mejor pescador de todas estas sierras. No había quien le echara, como se dice “el hacho”, para pescar.

PENETRANDO EN
LA PROFUNDIDAD


La pista, tallada en la tierra de la ladera y remontada sobre el río, avanza hacia la profundidad del barranco. Sentado a mi derecha, todo emocionado y con la presencia de un rey sin corona que vuelve a su reino, habla sin parar y a pesar de todo, se siente orgulloso. A pesar de todo, él tiene sus raíces entre las peñas y los valles que manan leche y miel. Algo que en el fondo a muchos nos gustaría aunque de palabras expresemos otra cosa. Al otro lado del río, nos queda la ladera por donde, según él, bajaba la senda.
- Desde el mismo cortijo de la Fresnedilla se dejaba caer barranco abajo y siempre iba por aquel lado del río. Cuando pasaba por aquella ladera que estamos viendo ahora mismo, se llamaba la Asperilla Húmeda. Si miras bien, aquí el río tiene otra hermosa cerrada. Lo que se ve algo más arriba es el Vallejo de los Frailes. Y coronándolo, la gran Piedra del Cortijo. Fíjate, cada vez la vemos más clara. ¡Cuantos recuerdos tengo yo por ahí!

Alfonso, que nosotros todavía le decimos sólo Alfonso, es hermano del marido de una prima hermana mía que todavía vive en el poblado.
- ¿Y lo conociste tú de pequeño?

- ¡Madre mía! ¿Sabes tú lo que dije yo la otra noche que vino la cosa bien? Como yo soy comunista y no lo niego, porque los verdaderos comunistas quieren el bien de todos. Ataca, pero es al que no quiere dar vida a los demás. Sea religión o sea lo que quiera. Y claro, pues yo, cuando vi lo que ese hombre hizo conmigo aquel día, me gustó mucho.

Tanto que aunque ahora soy comunista, como te he dicho y él cura que lo conoces de Úbeda, si ahora entrara un mando comunista y llegara y dijera: “Pues a este cura hay que fusilarlo”, ese no lo fusilaban mientras yo estuviera vivo.
- Es que don Alfonso es muy buena persona.
- ¿Sabes tú cómo yo le salvaba la vida?
- ¿Cómo?
- Lo mismo que se la salvó el padre del Almanzor y de Azulema, que fue a Lara y a Gonzalo Fernández de Córdoba. Pues lo mismo haría yo por don Alfonso para que no lo mataran. Me pondría delate de él y antes me tendrían que matar a mí y cuando ya estuviera muerto, lo mataría a él, pero antes yo y después don Alfonso aunque sea cura él y yo comunista.

3.30.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-10

PISANDO LAS TIERRAS

Cruzamos el puente del río y trazamos la curva de la pista. Ya se siente y se ve la corriente. Giramos dejando a la derecha la piscifactoría y seguimos cauce arriba. Emocionado sigue diciendo:
- Por aquí para arriba hasta donde nace el río. Los nombre por donde vamos pasando yo te los iré diciendo. La casa forestal de los Bonales es lo primero que vamos a encontrarnos. Ahora vamos pasando por la presa del molino de Juan Blanco, que el que hay ahora era de Eusebio, pero este molino siempre fue de Juan Blanco. Aquí era su nacimiento que yo lo conocía. Luego conocía al que se lo llevó a una quebrada que hay enfrente y luego lo volvieron a hacer donde está. Lo que ahora hay ahí es el truchero. La piscifactoría del río Aguasmulas. Si es que está todavía el molino en el mismo sitio. Todavía tiene los arreos para poder funcionar. En la corriente de este río había tres molinos y dos que había en la casa de las Tablas juntos. Aquellos eran los del tío Blas el molinero. Por ahí estaba el Covacho de los Pescadores en la presa del Molino del tío Blas.

Esto que ahora vemos es la Casa forestal de los Bonales. Que primero, fue una casilla que hizo aquí uno que no tenía donde vivir. Se llamaba Eugenio y la mujer Librá. Eugenio murió, pero la Librá vive todavía.

En la explanada de la casa forestal hay dos o tres coches y uno de ellos de la Junta de Andalucía. Debe ser de algún guarda que ahora hay por aquí. Nos paramos, busca la llave, abrimos el candado, cerramos y seguimos. A la izquierda nos sorprende la fuente que plácida y copiosa, chorrea cristalina. El camino se abre silencioso, los barrancos se nos muestran profundos y arriba, el Banderillas, se presenta gigante como asomando desde las sierras más profundas y trazando barrera hacia lo desconocido. Me doy cuenta ahora que casi todo, para mí, es nuevo en este barranco a pesar de aquella primera vez donde lo que más sentía era que estaba perdido. Se me quedó una imagen de la sierra que al verla hoy otra vez, no coincide con lo que de aquellos días conservo.

AL CAER LA NOCHE

Y enseguida, según ya lentamente vamos subiendo y penetrando el en magnífico barranco que en silencio el tiempo ha modelado por aquí, brota en mi alma el mismo sentimiento de tantas veces. Cuando ellos vivían aquí labrando las tierras, surcando los caminos, guardando el ganado, cuidando de sus huertos y al calor de sus casas ¿qué era lo que sentían y veían al caer la noche sobre estos barrancos? Cuando en los días de invierno las nubes derraban la lluvia por estos profundos barrancos tan llenos de cumbres y bosques ¿Qué sentían ellos frente a estas nubes, la lluvia monótona y los arroyos corriendo? ¿Qué sentían cuando el paisaje se tornaba blanco y las Banderillas se fundían con las nubes?

Cuando el frío convertía en escarcha los charcos, las laderas y las cascadas ¿Qué era lo que ellos sentían y en qué soñaban tan perdidos por estos barrancos y refugiados en las cuevas de las gigantes rocas? Porque ellos eran seres humanos como nosotros llenos de sentimientos, sueños, ilusiones y tan capaces como nosotros de sentir el dolor, el gozo, el frío y el asombro. Por eso me hago la pregunta que tantas y tantas veces me he hecho y casi nunca nadie ni nada me responde.

¿Qué sentían aquellos serranos en medio de estos tan inmensos paisajes cuando las lluvias caían o las nieves vestían de blanco las cumbres y los valles? ¿Qué sentían en la soledad de aquellos tan especiales días repletos de nubes negras revoloteando alegres sobre estos montes? ¿Qué sentían cuando el amanecer llenaba de oro los paredones rocosos tan llenos de cuevas? ¿Qué sentían al surcar ellos las laderas acompañados del crujido del hielo y la nieve escarchada? Y si sentían, porque tenían que sentir lo que los demás humanos casi nunca hemos sentido, ¿a qué les sabían todos aquellos extraños asombros rodeados siempre de tan densa soledad? ¿Con quien compartían ellos aquellos latidos y qué hacían con aquellas temblorosas sensaciones del espíritu?

Qué tremendo aquellos serranos recorriendo estos montes y con tan densas cargas de sensaciones a cuestas. Qué tremendo y qué hermoso y como se les destruyó de la manera que se les destruyó sin tener en cuenta para nada esta realidad tan aplastante. Quizá por esto y otras muchas verdades a se le abre el alma según vamos penetrando en la hondura de lo que fue su mundo y exclama:

CON EL ALMA ABIERTA

- Si digo una cosa entre medias ¿pasa algo?
- No pasa nada. Deja que de tu alma corra lo que de tan empapada está ahora mismo.
- Pues ahora que se viene hablando de que es apañado este amigo que nos ha dejado la llave, les voy a decir lo siguiente: es que el amigo que tiene valor es el amigo verdadero. Porque la palabra de amigo verdadero aventaja al nombre de hijo. Hay padres e hijos que no se aman, pero amigos que no se amen, no pueden ni concebirse siquiera porque dejarían de ser amigos.

El amigo verdadero,
ha de ser como la sangre,
que acude siempre a la herida,
sin esperar que lo llamen.

Este rincón que ahora mismo estamos pasando se llama Los Estrechos de la aldea de las juntas. Si miras bien verás que es una pequeña cerrada en el cauce del río, pero que nosotros siempre por aquí le hemos llamado Los Estrechos. Ahí de bajo, existe un puente que hicieron para que pasaran los que por estos ríos y montes vienen a cazar. Echaron ahí un puente con vigas de hierro para colar. Mira bien y verás que piedra más bonita hay justo mismo de la carretera. Es lo que nosotros hemos llamado siempre La Cagarria. Una piedra natural, alargada y puntiaguda que dejaron clavada en el mismo borde de la pista. Antes iban los caminos por aquí por lo alto y bajaban por una garita hasta este punto. Ya cuando echaron la carretera, pues se perdieron casi todos los caminos.

Cuando tenía ocho años yo pasaba muchas veces por aquí con bestias cargadas. Una mula que teníamos y bajaba desde mi cortijo a llevar aceituna a la Venta de Luis. En esa venta molían con un mulo. Y tenía yo entonces ocho año que ya ves si hace, de ocho a ochenta y tres que tengo ahora. Esto que estamos viendo a la derecha nuestra, es ya la aldea de las juntas. De aquí para arriba todo es tierra de la aldea de las juntas. La primera casa que vamos a ver es donde vivió una prima hermana mía. Era aquí, esta era la casa. El que vivía aquí encima, que le decíamos casa del correo, era el Adrián. Pero la mayoría lo conocíamos por el apodo del “Cenizo”. De aquí para arriba, estaban las escuelas, las casas de abajo y las casas de arriba. Ese que se junta ahí por la derecha es el arroyo de la Campana. Nace este arroyo casi en el mismo collado de Roblehondo, por debajo de las Banderillas y los Pardales. Recoge aguas de todo el macizo del Alto de la Campana y rodeando el Calarejo de los Nevazos desciende por la cerrada hasta juntarse por aquí con el Aguasmulas.

3.29.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-9

DIA SEGUNDO
Recorriendo el río Aguasmulas y subida al Cortijo del Mulón

Hoy es siete de septiembre, el día que hemos señalado para subir al Cortijo donde vivió. A la dos de la tarde hemos llegado a la casa. Nos hemos parado en Cazorla porque tenemos entre manos el proyecto de la Editorial Alpina, la realización de un mapa de la sierra de Cazorla por encargo de esta editorial. Queríamos preguntarle a uno de los que trabaja en la cooperativa del Quercus para que nos diera su opinión con relación a la zona que deseamos cartografiar, pero aunque sí quedamos con él sobre las doce de la mañana, no ha sido posible el encuentro. Tampoco ha sido posible lo de las fotografías que en blanco y negro había encargado en una tienda de este pueblo.

En fin, hemos seguido la ruta y en el museo de la Torre del Vinagre, también nos hemos parado. Hemos estado viendo el mapa que de Everest ha editado esta cooperativa del Quercus y luego el que Alfredo también ha hecho. Hemos charlado con Carmen, una de las que forma esta cooperativa y luego nos hemos puesto en marcha hacia Coto Río. El plan de hoy es ir con a su Cortijo para que nos explique todo lo que él recuerde y por el lugar tenga desparramado. Llegamos a su casa en la calle Aguasmulas de este poblado y justo en estos momentos aparece.
- Pues vengo ahora mismo de domar una novilla. Me fui esta mañana temprano y ya la tengo domada.

Comenzamos a planear la subida al Cortijo cuando aparecen en la casa varios vecinos. Comienzan a saludarlo y poco a poco me voy enterando quienes son. Ellos mismos me lo dicen:
- Yo me llamo Julián y soy hijo de Alejo, ese que sale en el libro de la sierra y primo hermano. He estado de guarda en la Sierra de las Villas más de cuarenta años. Me conozco la sierra esa perfectamente de palmo a palmo. Si en alguna ocasión necesita que lo acompañe, poco puedo andar ya, pero para hacer esas sierras, sí valgo. Este es mi hermano que se llama Santiago y vive en la Matea. Somos siete en total y estamos aquí cinco hoy.

Como está algo nervioso por lo que de pronto se le ha venido encima, nuestra presencia, la de sus primos que hoy venido al poblado a celebrar no sé qué, todos los hermanos juntos, se mete para la vivienda y saca en sus manos un cuaderno.
- Aquí tengo lo que un día me regalo don Rafael.
Me lo alarga y me pide que lo lea. Lo cojo y en letras gruesas, grandes y negras, leo lo siguiente: “A mi amigo Fermín Castillo. Hombre cabal de estas sierras, es un tesoro que encierra, las virtudes de español, habla como un ruiseñor, tiene un corazón de oro, su sabiduría un tesoro y con sus ochenta años, aun conserva la ilusión y le sobran los reaños, para subir, caminar por los senderos, bendito sea, yo lo quiero, con todo mi corazón. Rafael González Ripoll”.

Cuando termino de leer la página que me ha dado, los primos lo miran y todos nos sentimos más que satisfechos de este otro pequeño granito de oro que tiembla entre las manos del anciano. Su primo se me acerca y me sigue diciendo:
- Como me he enterado que van a subir al Cortijo, aprovecho la oportunidad para decirte que la casa de Máximo, el “cojo de la Fresnedilla”, era de los herederos de Demetrio, que era tía carnal mío. Ya veréis que aquella casa no la han vendido. Claro, ya está medio en ruinas, pero los nogales que hay, sólo eso, vale una fortuna. Pero claro, es que los herederos de eso están uno en Andujar, otro en Gerona y en el pirineo, metidos en un desierto. Yo no he estado, pero un hijo mío que hay allí y uno de mis hermanos que hay aquí, sí han estado. Hasta que no me jubilé, pues yo no podía decir compro esto, que si no yo me había quedado con aquello porque los nogales nada más, valen una fortuna.

La parte del Cortijo, no está “despropiada”, pero es del Cojo y nos la dejó a mí y a mi hermana, pero como no nos dejó papeles ninguno, no tenemos nada. Una parte que hay donde nos hemos criado nosotros, en el Cortijo. Aquello es un trozo que no está expropiada y como estuvo dos mese muriéndose en la casa, me decía: “Prima, si no me muero, pa ti la parte del Cortijo”. La fresnedilla sí era completa de él y esa casa, ya te lo he dicho, no la han expropiado. Ya sabes tú que él no quiso vender y claro, ahí está todo su terreno, la vivienda y los hortales. Cuando catéis el agua que hay allí y el sitio tan bonito que es aquel ya verán como les gusta.

Los primos de se van y como todavía estamos preparando para ponernos en marcha, mientras la hermana charla con la mujer, acordamos que lo mejor es comer aquí todos juntos y luego salir hacia el río Aguasmulas. Así que sin pensarlo mucho, sacamos de las mochilas lo que nosotros hemos traído. Nos sentamos en la mesa con y su mujer y alrededor de un plato de calabaza que ella tiene preparado para los dos, nos ponemos a comer. Compartimos la tortilla, el queso y un trozo de jamón. Compartimos las manzanas y ellos con nosotros el melón y su rico plato de calabaza frita con trozos de jamó y sobre las tres salimos a buscar el guarda.

VAMOS AL MULÓN

Nos tienen que dar la llave para que podamos pasar el control de la casa de los Bonales y seguir en conche por la pista que sube Aguasmulas arriba. Si no nos dan la llave, será casi imposible subir al cortijo. Entre ida y vuelta hay que andar casi diez kilómetros y eso, nosotros creemos que es mucho para y a las horas del día que son ya. Así que en cuanto terminamos de comer, salgo acompañando a y buscamos el guarda. Lo encontramos comiendo y en cuanto llega le dice: “Mira que tengo capricho de subir con estos señores al Cortijo y no tenemos llave. ¿Tú te fías de mí?”

El guarda, que es un muchacho joven, le dice no sé qué de indios, de regañinas que le pueden venir a él, de uno si y otros no y mientras termina su último bocado, porque lo hemos cogido comiendo, mete las manos en el bolsillo.
- Mira a ver si ésta abre.
Le dice alargándole una llave suelta. La cogemos, le damos las gracias y en cuanto llegamos a la casa, nos ponemos en marcha. Salimos del pueblo, cruzamos el Guadalquivir por el pequeño puente de cemento que hoy ya no tiene tapado sus ojos para que el agua se remanse. Ya los turistas del camping se han ido. Hay algunos, pero no tantos como en pleno mes de agosto. Cruzamos por delante de la Golondrina, de lo que aquí llaman “la casa del Cordobés”, giramos hacia los Llanos de Arance, cruzamos el puente y ya estamos rumbo al río Aguasmulas.

- Aquí donde desemboca el río Aguasmulas en el Guadalquivir es donde estuvo la fabrica de hierro. Yo he conocido toda la clase de hierros que tenían ahí.
Ya se está entusiasmando y con energía grita dando explicaciones de los lugares por donde pasamos.

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-8

LO MÁS GRANDE DE LA VIDA

Se para en su relato, mira fijo hacia los montes de enfrente como si por allí, inconsciente, buscara algo. Cargado de dulzura y como si en este momento esperara no sé qué de mí, dice:
- Es que lo más grande que hay en la vida, es decir verdad. Te pondré un ejemplo: el que inventó el espejo para mí ese fue un talento. Porque si dice, “mira que tiznajo tienes o tiene usted en la cara”, y dice uno: “¿Cómo? Yo no me he acercado a nada”. Le presenta el espejo y uno mismo vez como es verdad lo que dice que tiene. Cuando uno dice la verdad nunca podrá tener miedo a que lo descubran engañando. Al que engaña a los demás, le doy yo muy poco valor. Vivir engañando y gustar de engañar, no señor, yo eso pa mí no tiene importancia. Te digo esto para que se te quede claro que cuanto te estoy diciendo yo esta tarde, sentado aquí sobre el tronco de este pino y frente a la sierra que el sol va dorando, es verdad. La pura verdad y nada más.

- Yo nunca he dudado ni dudo de estas palabras tuyas ni tampoco la de otros serranos. ¿Por qué crees que estoy aquí a tu lado escuchando tus recuerdos?
- Porque le tienes cariño a la sierra.

Y recuerdo yo ahora aquella primera vez que subimos al pico de las Banderillas y precisamente han tenido que pasar tantos años para que hoy me dé cuenta de algunas verdades que en aquella ocasión ni advertí. Por ejemplo: descubro ahora que aquella persona que trabaja en los huertos de las casas que hay frente al nacimiento del río Aguasmulas, era nada más y nada menos que el “Cojo de la Fresnedilla”. Ciertamente estaba cojo y al vernos, desde la parte baja, subió lento, acompañado de su perro, hasta el cortijo. En la puerta ya estábamos nosotros esperando y cuando llegó lo primero que hizo fue saludarnos, invitarnos a que entráramos a su casa y luego de ofrecernos una silla, nos pasó un cacharro con vino para que echáramos un trago.

Fue aquella una visita corta, un encuentro muy a lo grande con aquel profundo rincón tan lleno de secretos y tan misteriosamente mágico. Apenas le dimos importancia a lo que antes nuestros ojos teníamos y menos todavía le dimos importancia al hombre sencillo que en aquel cortijo nos encontramos. Tú fíjate hasta donde llegan, en ocasiones, los despistes de los que por estas sierras nos metemos y la poco importancia que le damos a los grandes tesoros que por entre ellas se ocultan. Pero en fin: esto es como una espina que llevo clavada en lo más hondo de mí y que intento sacarla, pero no podré hasta que no llegue a conocer en profundidad lo que cada uno de vosotros escondéis en los pliegues de vuestras almas. Seguimos hablando de ti. Me decías que te casaste tarde.

Como ya tenía cuarenta y un año y mis padres se me habían muerto, me encontraba, pues como dicen: a expensas de mi hermana cuando tenía que vestirme, una o la otra. Me empecé a dar cuenta que a esa edad, ya no se está bien así. Descubrí que a mi mujer le pasaba lo mismo. Su madre murió cuando ella tenía año y medio, no la conoció, pero su padre sí duró mucho. Ella estaba también con otra hermana que se había casada y un hermano soltero que era así un poco demente. En fin, que ellos estaban allí. Yo pensé algunas cosas y me costaba trabajo pretenderla, porque era prima. La que más trabajo me ha costado de pretender. Porque para mí era como perderle el respeto. Pero en fin, yo dije: “¿Quién puede ser para mí como mi prima hermana? ¿Y para ella? ¿Quién se puede portar como yo, que soy primo y nos queremos como primos? Pues podemos, a lo mejor, marchar en la vida, a la medida de nuestras fuerzas, bien. Pues que la pretendí y nos casamos.

Cuando nos casamos, ella tenía casi treinta y cinco años. Éramos mayores. El cura que había en Pontones, se llamaba don Lorenzo. Pues fui y le dije: “Mire usted don Lorenzo, si usted nos considera bien y no nos cobra muy caro por la carta, pues queremos hacer las cosas bien. Usted sabe que van tres casados y en todos se han hecho las cosas como Dios manda. Pero si nos cobra usted mucho, no tenemos nada más que nuestros brazos, tendremos que hacer lo que sea. Juntarnos o lo que sea”. Me dijo: “No, no. Ya lo arreglaremos”. Digo: “Aunque a lo mejor la carta no me la cobre ni siquiera, porque viene la coincidencia que el Papa es tocayo mío”.

Te estoy hablando de la época del Pío XII. Don Lorenzo respondió diciendo: “No, si él no lo firma. Bueno, la firma, pero no se fija en la carta”. En fin, aquello no me gustó. No quedó la cosa clara, pero yo me fui con la sensación de que nos cobraría lo menos posible. Hablando aquel día con él, le había dicho: “Don Lorenzo, mire usted: en el día que más nos hace falta su compaña y moralmente, no los tenemos. Nuestros cuatro padres, los de mi mujer y los míos, están enterrado en el cementerio de las Canalejas. Si tenemos que venir a Pontones, al pasar, vamos a rozar las mismas paredes de ese cementerio donde ellos están enterrados. Por eso quiero que nos despose usted en el Cortijo. Un día que tan preciso es para tenerlos junto a nosotros y no tenerlos y pasar por donde están enterrados, nos duele mucho. Es para nosotros una gran pena. Así que le voy a pedir el favor de que usted nos case no aquí en Pontones, sino en aquel rincón de nuestra tierra”.

Don Lorenzo me respondió diciendo: “No te preocupes, que si se puede, eso se hará como vosotros queréis”. Yo esto también se lo decía porque cuando mis hermanas se casaron, las casó él mismo y vino al Cortijo. Mi hermano porque se casó en Santiago, pero él había hecho dos desposos. Había desposados a mis dos hermanas y había venido al Cortijo. Como él nos dijo que se podría hacer, nos quedamos conformes. Pero luego, la verdad, fue otra. Cuando fue mi hermano a por él para desposarnos en Las Huelgas, por debajo del Poyo de la Higuera que era donde vivía mi mujer, don Lorenzo se enfadó. Pues “cuchusted”, que vino allí bastante enfadado. Decía que no, que teníamos que ir a las Canalejas o a las Casas de Carrasco. En fin, un dislate, a aquellas horas para toda la gente.

Le dije a mi mujer: “Pues nada, yo no voy a las Canalejas”. Ya me cabreé, la verdad. Así que le digo a la gente de la boda: “Venga a comer y beber. Si quiere desposarnos que nos despose y si no que siga la boda y nosotros ya nos entenderemos. A esto no le vamos a dar corte así”. Ese capricho. Si no hubiera prencipiao casando antes a otras personas en el mismo sitio, pues nosotros no hubiéramos insistido, pero después de casar a dos en el cortijo, ahora decía que a nosotros no nos podía desposar en el Cortijo. Que estaba mi hermano que iba a ir a por él y luego lo iba a llevar, aquello ya no lo entendía yo y por eso me enfadé.
- ¿Coge muy lejos el Cortijo de Pontones?
- Pues sí hay por lo menos tres horas y venir a las Canalejas, como una hora o así.

A mí me gusta, como dicen eso, que a las cosas no hay que darles importancia, sino que lo que hay que hacer es buscarle la mejor solución. Ya entro y le digo a mi mujer: “¿Qué dices tú?” Entonces novios, pues para venir a desposarnos. Ella contestó y dijo: “Pues yo, lo que se diga, lo que se arregle”. En fin, que ya se convenció también y no quería venir a las Canalejas tampoco. ¿Cómo iba a querer pasar si su madre estrenó el cementerio? Aquello era una cosa dolorosa para nosotros y por eso no entendíamos que don Lorenzo se cerrara en lo que se empeñó. Vamos, ese favor nos lo tenía que haber hecho bien. No se portó bien con nosotros, no señor. Aquello no lo hizo bien.

Pero en fin, que ya vinimos a las Canalejas y nos desposaron. Y luego aquella noche durmió él en las Huelgas. ¡Fíjate tú! El allí durmió y no nos dio aquel gusto. En fin, pues lo que pasa con las personas. Recuerdo que para aquel momento, tenía yo preparado un parrafillo para haberlo dicho. Como ella estaba a expensas de su hermana y yo de la mía, le iba a decir, pero no lo dije aunque sí lo tenía pensado. Después lo dije y era el siguiente parrafillo: “Yo a mi prima la he sacado, del purgatorio señores y yo me encuentro lo mismo, ¡vaya dos combinaciones!” Que nos pasaba igual. Dos combinaciones.

Desde las Canalejas ya nos trajo el hato con sus bestias, un primo hermano. Vino también una hermana y nos acompañaron hasta el Cortijo. Y allí estuvimos hasta que nos mandaron a este poblado. Ya ha hecho cuarenta y un año de nuestra boda.
- ¿Cuantos hijos nacieron de vuestro matrimonio?
- Pues no hubo nada más que una nena, una hija que tenemos y un aborto que vino que no llegamos a saber si era hembra o varón. Ya no han nacido más. Éramos ya demasiado mayores y eso tiene sus problemas.

- ¿Cómo fueron las cosas cuando luego os vinisteis a este pueblo?
- El primer año que nos vinimos, el ingeniero nos dio permiso para hacer el barrancón este donde ahora tengo las burras y el corral de las vacas. Aquellas vacas las teníamos para labrar las calles y todo lo necesario en la labor de las tierras. Casi siempre era echando obrás. En invierno, me iba a labrar olivas y en verano a preparar las calles. Y por aquellos primeros años, nos fuimos a Francia, mi hija y yo. Para ganar algún dinero a ver si podíamos juntar lo que nos faltó para el pago de la casa y este barrancón. Es que esto lo hicimos de cuenta nuestra. Lo que hay de obra.

Lo que se ve con madera, eso lo he ido haciendo yo poco a poco. Como ya te decía, nos fuimos a Francia y echamos una campaña. Ya no pudimos ir a otro año porque yo, estando labrando en la calle que hay a este lado de la Fuente del Macho, me accidenté. De un porrazo que me di en la cabeza y me descompuse el cuello. Fue de la siguiente manera: iba andando aprisa, tropecé y me di con una cosa dura en la cabeza. Llevaba puesto el sombrero de paja nuevo, muy apretado. El aire que cogió, a la velocidad que llevaba, se me “escompuso” el cuello entero. Ea, me quedé sin movimiento ninguno. Lo único que me quedo fue el conocimiento que no lo perdí. Fue lo primero que me preguntaron cuando fui al médico.

Y ya pesqué y vine. Un tío mío, el padre de estos muchachos que estaban aquí ahora mismo, estaba enfermo en la cama que se murió. Como era tío mío me dije: “Voy a ver a mi tío Alejo vaya que le digan lo que me ha pasado y le va “pacer” que estoy “pior” y como no puede venir a verme, va a estar sufriendo. Pues voy para que me vea y ya no sufre porque ve que no es como lo que le pueden decir”. Y llegar y le digo: “¿Cómo está usted?” Nosotros a nuestros tíos les hemos dichos siempre hermanos. Los hemos tratado de esa forma. “¿Cómo está usted esta mañana, hermano Alejo?” Dice: “Estoy mal. ¿Y tú cómo estás?” Digo: “Mire usted, no estoy bien tampoco. Me he dado un porrazo que no es muy bueno”. Así que le dije lo que era, me dijo: “¿No habéis ido a la mujer del pariente ese nuestro? Es que esa sabe algo de arreglar las cosas estas”.

Yo no me había enterado. Pero entonces mi hermana esta, que estaba allí, fue y le avisó para que viniera. Ella vino y al verme, también se asustó de ver como estaba. Me lo arregló, pero yo me quedé sin movimiento. Fue el veinticinco de julio. El día de Santiago. Ahora mismo, este el movimiento que tengo. No puedo rodear la cabeza ni a la altura del hombro. Es el defecto que me ha quedado de aquel accidente. Me llevaron a Úbeda, me enyesaron el cuello y como allí no tenían cosas para curarme, me mandaron a Granada. Me pusieron un collar que lo tuve cuarenta y ocho días puesto. Me tenían que dar de comer así. Pero en fin, de aquello ya me curé.

Después de mucho tiempo en el hospital, cuando volví, un día, llegaba la feria de Burunchel. Se trajeron las vacas y al caer la tarde las tenían ahí, por este lado de mi casa, en el llano ese. Me sacaron a la calle para que las viera. Y estaban ellas comiendo ahí en el llano ese, cuando me da por decirles: “¡Cherra!” Se quedan las vacas mirando y digo: “¡Cherrusa!” Mira, aquello fue de sentimiento. Pegaron un berrido y en unos segundos las tuve todas a mi lado. De la congoja que me dio de ver las vacas a sentirme, que hacía un mes que no me habían sentío, me “acudió” una cosa aquí que ya no podía hablar. Y tengo yo una miaga de ánimos, pero “me se fueron”. Aquí en la garganta me acudió una cosa y ya no podía hablar al ver los animales lo que hicieron. Como personas humanas acudieron berreando, en cuanto me sintieron.

Por eso me dicen muchas veces que me quite de estas vacas y eso no lo hago. Mientras yo viva, tengo que tener una vaca para verla. Yo me las apañaré como sea. Si no me las puedo administrar solo, ya tendré quien me ayude. Que ya casi lo tengo. Ya me he buscado ahí un muchacho que creo sí vale para compartir con él. Que mañana, como te he dicho, vamos a por ellas a las tierras de Los Villares. Es un muchacho que tiene fe.
- ¿Es que les tienes mucho cariño a tus vacas?
- Claro que les tengo cariño. Yo creo que es el animal más agradecío que Dios ha podido poner en este mundo. Más agradecido que la vaca no hay otro animal. Tanto poder como tiene y lo bien que la maneja uno. Son discretas y agradecidas. Como las trato bien, los animales lo saben.

Tengo el toro que es “limosín”, que ese animal es una joya. Tengo capricho de que se lo llevé el domingo, a Peal, un amigo para que les coja las vacas y tenerlo allí. Pero lo que ahora mismo sueño, es sacarme una foto con él, porque con ese no tengo ninguna foto.
- Pues ese capricho tuyo se hace realidad enseguida. La foto te la hago yo.
- Los bajo de los Villares mañana.
- Pero a qué hora.
- Antes de estas horas, las cinco o seis de la tarde, tengo que estar aquí.
- Yo mañana voy a venir a casa de Ricardo de Los Villares. Puedo acercarme y hacerte una foto.
- Pues Ricardo te va a hablar de Los Villares dándote explicación de todo, bien dada. No atrasándote a ti en nada, es una persona buena. Que yo sepa, de Ricardo no podrá nadie decir que la ha hecho daño a ninguna persona. El bien que pueda, disfruta, pero daño, a nadie. Es esencial de sentimientos.

- Ahora me gustaría que me dijeras algo por lo que siento curiosidad.
- ¿Qué es?
- ¿Por qué te dicen “ de las vacas?”
- Pues porque tengo vacas y hay otro, que ahí más allá tiene un barrancón y tenía cabras. Pues de las cabras y de las Vacas, me dicen aquí. Pero yo soy el del Cortijo desde siempre. Por un tío mío, que murió ahí en los cerros esos que se ven desde aquí, se llamaba Pío y a mí me pusieron el mismo nombre por él. Eso por mi tío porque nací el día de San Fermín el día siete de julio del año 1913. Así que, aunque tú me ves así tan espabilado, ya tengo ochenta y tres años.

Te iba a decir antes que yo he navegado con las vacas mucho, pero como el toro ese que tengo limosín, no he tentado otras.
- ¿Es muy manso?
- Un pedazo de pan y, además, la discreción que tiene. Si es que tiene maneras no de animal, sino de personas racionales. Eso que va uno a tocarle a él comiendo o lo que sea y en cuanto le tocas, ya está atento como persona que sabe guardar ese respeto y esa atención. El padre de ese costó un millón de pesetas en Dinamarca. Aquí en España, cuando yo lo quise comprar me costaba cincuenta mil duros y no tenía ya nada más que cuatro vacas. Vine y conté con los otros y decían que era muy caro que esto que lo otro, ¿y yo que hacía? No quería desistir. Hablé con el tratante, “ende” aquí, que me traje el número de teléfono y le dije lo que había. Que a otro y a mí se nos antojaba muy caro con tan pocas vacas. Su hubiera tenido una quincena de vacas, ya era otra cosa.

Le dije que le dijera al dueño que si me lo podía dejar en doscientas mil pesetas, que me lo traía enseguida. Ya era una miaja de “remijón”, menos, que en un pobre diez mil duros, pues sí es dinero. Me respondió y me dijo: “¿Cuándo viene usted a por el becerro?” Digo: “¿En cuanto?” Dice: “En lo que ha dicho usted se lo dejo”. Y me dijo que porque era yo. “Yo vivo de esto, mire usted, del corretaje, pero nada más que por venir con el que viene usted que es amigo nuestro, no le cobro nada de corretaje y tengo interés porque se lleve usted el becerro”. Fui y me lo traje de más allá de Santisteban del Puerto. De una dehesa que le llaman Cañailla.

- Y ahora, cuando se llevan el toro para que coja las vacas de unos y otros ¿tú qué les cobras?
- Yo no les cobro nada. Es un amigo que lo tiene allí mientras le haga falta y que les coja sus vacas. Cuando a mí me haga falta me lo traigo y aquí no hay interés de nada.
- Pero entonces tú no le sacas dinero al toro.
- Nada más que los becerros que ya le he vendido tres y dos que quedan aquí. Tengo otras dos vacas preñadas. Eso es lo que le saco. Vender becerros de una clase buena.
- Y otra curiosidad más.
- Dime que yo te la aclaro.
- Cuando vayas mañana a Los Villares, como las vacas han estado tanto tiempo solas ¿te siguen conociendo?
- En cuanto llegue y las llame se vienen conmigo. Ante de ayer fui a verlas, pues fue llamarlas y tenerlas a mi lado.
- Los animales es que te quieren mucho ¿No?
- ¡Hombre! Me quieren y me respetan. Si van a ir a un sitio y les hablo, saben ellas que es que por allí no se puede ir.
- Y si yo voy ¿cómo racionarán ellas?
- Pues a lo mejor tú vas y se espantan. Ellas no saben el tratamiento que tú les vas a dar. Los animales tiene mucho conocimiento. Cuando uno va andando ¿qué es lo que puede uno dejar? Pues la vaca llega, huele y sigue el rastro hasta dar con uno lo mismo que un perro.

¿Por qué el toro bravo, cuando le pegan bien pegado, no busca al gañán y aunque lo encuentre no lo mata? Pues por eso, porque sabe que le ha castigado justamente. Si ahí allí otros vaqueros y huele ropa que sea extraña, la hace polvo y la del vaquero que lo trata a él, no le hace nada. Si le haces una cosa mala, injusta, el toro lo sabe. Te buscará a donde estés y va a por ti. Te matará en cuanto te descuides. Si le pegas mal pegado, se vengarán de ti. ¿Y eso por qué es?
- ¿Pero eso pasa?
- ¡Vaya que si pasa! A un toro se le pega mal pegado y de ese guardate. Te quita de en medio en cuanto te descuides. El que le pegue mal pegado a un toro de esos puede dejarse la ganadería. Sé de animales que han llegado a la tienda donde están los vaqueros, han olido y han visto que no está su enemigo y se han ido. Ha cogido el rastro y donde se lo haya encontrado, lo ha matado.

- Ya, por hoy, nos vamos a despedir, pero todavía me queda otra curiosidad.
- Pues dime qué es.
- ¿Cuánto tardas desde aquí hasta Los Villares?
- Con las bestias echo tres horas y el volver otras tres.
- ¿Te llevas la comida?
- Me llevó la comida y ya te he dicho: sobre las cinco y por ahí, ya estaré aquí. Así que cuando mañana vengas para lo de la foto, donde mejor me puedes buscar es en mi casa. Mi retiro, siempre es mi casa y los ratos que estoy por aquí con los animales.

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-7

LA EMOCIÓN QUE SE SIENTE

Y otra cosa que yo te quería decir a ti es la emoción que se siente al recorrer las laderas que de los montes caen hacia el barranco por donde corre el río.
- ¿Qué les pasa a esas laderas?
- Pues que como todas, de aquellos tiempos, están surcadas de canales por donde bajaba el agua para regar las huertas, recorrerlas ahora pisando aquellas canales, es un gozo que sabe a muerte. Arrancaban desde los charcos de agua que a lo largo del curso el río Aguasmulas se iban formando. Talladas en la misma tierra y en la misma rocas, se van alargando por las laderas y luego caían por las pendientes o se remansaban en las llanuras de las huelgas. Yo recuerdo que siempre bajaban repletas de agua limpias. Las aguas cristalinas que manan en las covachas y agujeros de los barrancos donde nace el río.

Recuerdo que aquellos magníficos y bellos canales, en muchos sitios, estaban empalmados con trozos de maderas. En otros, pasaban casi tallados en las mismas rocas y a lo largo de todo el recorrido iban horadando la tierra para abrir el camino por donde el agua tenía que pasar. Cuando luego, poco a poco, los serranos nos fuimos viniendo de aquel extraordinario rincón del nacimiento de Aguasmulas, también las regueras se quedaron abandonadas. Comidas por la vegetación, muchas de ellas, rotas por las avalanchas de agua que bajan por las laderas cuando las nubes descargan, pisadas por los animales silvestres y surcadas por las raíces de los pinos que repoblaron. Allí se quedaron aquellas regueras y con el tiempo se han ido rompiendo como tantas otras cosas.

Pero aquello, en mis sueños yo lo sigo viendo muchas veces y en más de una ocasión me he dicho que más que canales para regar las huertas, aquellos surcos eran como las venas fundamentales que llevaban vida a las tierras que nos daban de comer. Como surcos repletos de sangre que surgiendo de las entrañas de las montañas, acudían a nuestra ayuda para llenarnos de vida y prestarnos lo que para la vida necesitábamos. Por eso te digo, que un día, tenemos que ir por las tierras esas tan bonitas para que veas y goces las cosas que tan nuestras fueron y que los hombres, tan duramente nos han ido quitando.

- Iremos algún día por allí y ya desde ahora te digo, que me va a gustar mucho pisar la tierra que tan dentro llevas. Pero en este momento, quería preguntarte de cuando tú estabas en el Cortijo ¿qué ingenieros o guardas recuerdas que fueran por el lugar?
- Recuerdo que iba mucho el ingeniero don José María la Cerda. Estaba otro que le decían don Antonio, no me acuerdo del apellido, don Javier Cavanilla. Todos esos han estado por aquí cuando expropiaron. Don Mariano, por casualidad el otro día lo vi, que ya está jubilado.


3.28.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-6

EL RECUERDO DE AQUELLO

Ahora, ya que llevo mucho tiempo viviendo en este poblado, de vez en cuando me acuerdo de aquel sitio. Me acuerdo de todo. Me da alegría de ir a donde viví. Recuerdo yo con especial cariño una cueva, entre las muchas que por allí hay, que le dicen el Poyo del Agua. Dentro de la misma cueva nace una fuente. Hay una pila y cae allí el chorrillo. Aquello no se ve. Pasa uno a cinco metros de la entrada y no ve la cueva. Toda la puerta esta tapada con los bujes. Pero es una cueva que da gusto de ver. Hasta das allí una voz y retumba y aquello da gloria. El agua es buenísima. De la mejor que puede uno beber.
- ¿Cómo me has dicho que se llama?
- Eso se llama la Cueva del Agua.

Por allí sale una garita, un poyo con un camino por donde podían subir las bestias y todo. Por eso te decía que aquello se llama el Poyo del Agua. Va a salir a las Pegueras. A la entrada del Cinto de Majatraga, enfrente de la Fresnedilla. De lo que había por aquellas tierras, ya verás tú si me acuerdo. En la aldea de las juntas vivía una hermana de mi madre, mi tía Consuelo y un tío mío que le decían Demetrio. Que era el padre de uno que he nombrado que le dicen el “cojo de la Fresnedilla”. Ese es primo hermano mío.

Que Majatraga y, haciendo un descanso, se le dice porque allí había una majá donde se guardaba mucho ganado. Como entonces había bichos por la sierra, llegaban y se comían a las ovejas, las cabras o lo que fuera. Por eso le pusieron el nombre de Majatraga. Que los bichos se tragaban todo lo que pillaban.

UN RECUERDO PARA MÁXIMO

Sigue conversando y dice:
- Desde que nació lo conozco yo, porque ya te he dicho que era primo hermano. Su padre y mi madre eran hermanos. ¿Pues cuantas noches habrá dormido en mi casa? Como él estaba soltero, pues se venía aquí y se quedaba con nosotros. Donde estaba el cojo era una finca. Una propiedad que compró mi abuelo. Tenía una escritura, pero no movieron las cosas y él ha estado probando a sacar esa escritura. El por los animales, no ha pagado pastos, pero ¿cuántas denuncias le habrán puesto? ¿Cuantas veces no le habrán amenazado? Y lo más malo de todo, hasta pegarle. Le han pegado muchas veces y en silencio él sufría. No se lo contaba a nadie y por eso se ensañaban tan duramente con él.

Le ha pegado mucho, pero él no ha cedido. Si lo matan, lo matan y él no cede porque estaba defendiendo una cosa de amor propio, que era suya. Siempre decía: “Si me matan que me maten, pero yo defiendo lo mío mientras que viva”. Hasta morirse. Pero luego se hizo amigo de los ingenieros y todo. Les decía: “Ustedes denuncien. Yo por eso no lo tomo a mal, pero yo defiendo lo mío y a ver”. De la Fresnedilla se vino cuando se vio mal. Se fue con una sobrina suya a Andújar y allí ha muerto. Eran nueve hermanos y ya no queda nada más que una hermana que es de mi tiempo que ahora vive en Barcelona con una sobrina suya. Que como se dice, la ha criado como si hubiera sido su propia madre.

- Que tu primo era de los que le gustaba quedarse en su tierra.
- Eso es verdad. Ese ha estado aquí mientras ha podido andar. No se fue de su casa y allí sigue como testimonio de su cariño por esta sierra. No está expropiada y hasta en el Cortijo tiene una parte. Tampoco lo han derribado porque tenía él parte, aunque ya estará casi en el suelo. En la Fresnedilla, lo suyo, tampoco. Vamos, una casa que no tenía él parte, sí la han derribado, pero la otra, no la han tocado aunque también estará en el suelo ya. Hace tiempo que no he ido por allí, pero donde el cojo, que estaba cojo, tenía parte, no lo han derribado. No ha dado él lugar a que lo derriben.

Lo que sí te digo, por si alguna vez vas por aquel rincón, es la emoción que se siente cuando uno entra a aquella casa. No sé qué tendrá ni por qué será, pero pisar aquella casa, observar las paredes y contemplar las vigas viejas de madera, el alma se te llena de temblor y encogimiento. Vamos, que te asusta ver aquello tan en silencio, impregnado de tantas emociones de las personas que a lo largo de los años han ido pasando por el recinto y tan lleno ahora de abandono, polvo y telas de araña. Un día, cuando tú puedas y quieras, tenemos que ir y ya verás como no te miento. Sólo por gusto de entrar a la casa y respirar un poco el aire y la soledad que de aquellos rincones ahora manan. Pero sobre todo las vigas de madera que sujetan el tejado, con su color pardusco y su humedad rezumando nostalgia y ausencia.

3.27.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-5

SENTADO EN LA PIEDRA

Otra como ésta, me ocurrió cuando yo era pequeño. Estaba de porquerete, con perdón tuyo, más arriba de Pontones en un sitio que le dicen la Fuente de la Puerca. Los tenía en las “landreras”. Engordaban con eso. Hombre no había otra cosa. Son unas matas que se crían en los espinos majoletos. Salen así como unas patatas y eso es bueno, con eso engordan mucho. Pero es muy fuerte. Eso pica mucho. La primera vez que lo catan se arrascan en la barriga y todo de lo fuerte que es. Pero que es muy bueno también para alimentarles.

Y yo estaba allí y me los dejaba de noche y venía hasta donde estaba mi hermano. A un sitio que le dicen Poyo Pinar en la punta arriba de la Piedra Aguasmulas. Había un cenajo y allí estaba con el ganado. En el poyo aquel teníamos el hato en un covachete. Pues aquella noche fue de viento y lluvia y yo venía empapado hasta los huesos. Traía un capote que aquello era de lona, pero aquello ya no me quitaba agua ninguna. Llego chorreando al covacho. Pero con temporal tan grande mi hermano se había dicho: “Ese se ha ido a las Hoyas de Albaldía”. El no se esperaba que yo fuera a venir. Pasé una noche de infierno. Los pantalones que tenían eran de pana colorada y se me “entintaron”.

Pasé la noche sentado en una piedra que había y liado en una manta. Por pocas me muero, pero me amaneció y al otro día por la mañana me vine a la Fresnedilla. Había una tía mía y allí ya me reconforté. Ya, a pique de haber peligrado, pero en fin: me escapé, no pasó nada.

En este momento, que se ha sentado en el suelo, sobre las hojas secas de los pinos, se rebulle buscando una mejor postura. Quiero dejarle el asiento de la silla y me dice:
- No, si yo estoy bien aquí. Me conviene recostarme sobre el tronco del pino porque me sirve de apoyo. Ya necesita un apoyo. También, para que lo sepas, te voy a decir que yo lo que más he guardado han sido vacas. Antes había muchas vacas en estas sierras. Recuerdo que una vez, una de ellas, metió el pie en la raja de una piedra y no la podía sacar. Metió la pata por donde era más ancho y al tirar, lo fino de la pata, se le vino a la canilla y ya no la podía sacar.

Aquello fue un problema porque la vaca era muy borde y no dejaba que me acercara a ella. Tuve que ideal cómo salvarla y lo que se me ocurrió fue coger una soga. Por detrás del animal, me acerqué, con la soga le enganché la pata, tiré de ella para atrás y en ese momento ella quiso darme una patada y fue la solución. Al echar la pata para atrás, tiré yo y la saqué de la grieta. Tenía yo entonces quince años.

Ahora, ya que llevo mucho tiempo viviendo en este poblado, de vez en cuando me acuerdo de aquel sitio. Me acuerdo de todo. Me da alegría de ir a donde viví. Recuerdo yo con especial cariño una cueva, entre las muchas que por allí hay, que le dicen el Poyo del Agua. Dentro de la misma cueva nace una fuente. Hay una pila y cae allí el chorrillo. Aquello no se ve. Pasa uno a cinco metros de la entrada y no ve la cueva. Toda la puerta esta tapada con los bujes. Pero es una cueva que da gusto de ver. Hasta das allí una voz y retumba y aquello da gloria. El agua es buenísima. De la mejor que puede uno beber.
- ¿Cómo me has dicho que se llama?
- Eso se llama la Cueva del Agua.

Por allí sale una garita, un poyo con un camino por donde podían subir las bestias y todo. Por eso te decía que aquello se llama el Poyo del Agua. Va a salir a las Pegueras. A la entrada del Cinto de Majatraga, enfrente de la Fresnedilla. De lo que había por aquellas tierras, ya verás tú si me acuerdo. En la aldea de las juntas vivía una hermana de mi madre, mi tía Consuelo y un tío mío que le decían Demetrio. Que era el padre de uno que he nombrado que le dicen el “cojo de la Fresnedilla”. Ese es primo hermano mío.

Que Majatraga y, haciendo un descanso, se le dice porque allí había una majá donde se guardaba mucho ganado. Como entonces había bichos por la sierra, llegaban y se comían a las ovejas, las cabras o lo que fuera. Por eso le pusieron el nombre de Majatraga. Que los bichos se tragaban todo lo que pillaban.

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-4

VACAS Y NIEVE

Mañana iremos a los Villares a por mis vacas.
- Que entráis ¿por este lado del Calarejo?
- Sí, por este lado, a la punta de abajo y a las mismas casas de Los Villares. Pasamos por encima de los cortijos de Ruejo. Otro que va conmigo de la Loma de María Ángela que se llama Juan Antonio, ese me acompaña porque también tiene una vaca. Él sale desde la Loma y se sube por donde tú dices: los Astilleros para arriba. Allí nos juntamos.

- De la vida que tenía allí tu padre ¿qué recuerdas?
- La vida que tenía entonces, era como ya te he dicho. Cazaba turones. Don Miguel Alamino, en Granada, era el pellejero que le compraba las pieles. Trabajando siempre en el campo y con el ganado y por eso a mí la agricultura me gusta.
- ¿Y qué pasó aquel día de nieve?
- El día de nieve grande que fue el año 1992, me cogió, que tenía yo cinco vacas, por Cañada Somera. Eso está por la Sierra de las Villas. Como había una seca tan grande, las llevé hasta ese lugar y casi no había agua en los tornajos. Y las volqué por encima del Aguadero. Había mucho lastón seco y ni una gota de agua. Las dejé por allí y me vine.

Y aquella noche cayó una miaja “nevarrusca”. Pero es que a otra noche, pues ya cayó un poco más. Digo se bajará. No se paró y estuve tres días buscándolas por aquí y que ni Dios ni su madre. Que no las veía por ninguna parte. Ya a otro día saqué conmigo, a un zagal joven y otro que ha sido capataz mucho tiempo y luego pues hasta estuvo de “celador” de esos. Me dijo: “Yo voy a ayudarle”. Pero cuando salimos por el Aguadero con el nevazo que había, dando la nieve por encima de la rodilla, a un sitio que le dicen el Aguadero Alto, ya vi yo que el hombre estaba aburrido.

El otro, que se llama Bonifacio, como era joven, empezó a saltar a lo alto. Nos salimos para acá a venir a los Quemaillos. Desde allí no se veían, pero yo las llamé. Me las había dejado por lo alto de una loma grande. Al filo del Aguadero Alto. No las vimos. Ya nos vinimos por ahí a dar por encima de la Hoya de Miguel Barba, a un sitio que le dicen la Hoya del Aserraor, y bajamos por Aguas Blanquillas.

Al otro día, busqué a un coche de esos que van por todos los terrenos, hijo de uno que le decían José, pero no le decían nada más que Perillo. Nos llevó a mí y a dos muchachos que se llaman Uno Bonifacio y otro José el de Zarzalar. Nos fuimos por aquí hasta la Venta de los Agustines, saltamos pista arriba hasta donde nos encontramos unos pescadores. Tenían tapado el portillo y no me cayó bien porque no pudimos subir más. Podíamos haber subido todavía pista arriba hasta el Prado de los Chortales. Pero como se plantaron, las cosas como he dicho, del egoísmo, nos tuvimos que quedar allí. No se dan cuenta que es que todos necesitamos beneficio. Pues allí hubo que bajarse e irse andando que más de un kilómetro largo tuvimos que recorrer. Ya ves tú “trapaleando” nieve de esa manera. Desde aquel punto, nos tiramos más de veinte kilómetros andando.

Desde Cañada Somera, saltamos toda la sierra y venimos a caer al poblado. Cruzamos la sierra entera. Así que fíjate. Arrancamos por el Caballo del Torraso, cruzamos por Cañada Somera, desde arriba, luego a los Tornajos, salimos a lo alto de la cumbre al lindero donde hay un mojón de la Sierra de Las Villas. No es el mojón de los tres términos que se encuentra algo más arriba. De pronto, vimos rastros de las vacas. Donde sintieron que las llamé, en aquel punto nos la encontramos al otro día por la tarde. Donde me sintieron, allí acudieron a un sitio que le llama Los Bonales del Aguadero Alto.

Cuando las vimos era anocheciendo, a las seis de la noche. Tuvimos que dejarlas allí. Así que las llamamos y las reconocimos. No les había pasado a ninguna nada. Nos tiramos ladera abajo y así que nos metimos por esos pinares, con la oscuridad y nieve, cualquiera veía. Pero al fin pudimos bajar a la venta de Luis. Porque llevábamos una linterna nueva, que si no, entre la nieve de esa ladera nos hubiéramos quedado para siempre. Dijo: “Vamos y que el Aurelio nos ayude”. Pero no estaba. Se había venido al poblado. Ya es que no aguantábamos. Cogimos carretera adelante y a las tantas de la noche llegamos al pueblo. ¿Sabes tú cuantos kilómetros anduvimos aquel día pisando nieve y laderas? Más de treinta. Pero al final salimos y ahora todavía lo puedo contar. Los ramales que nos habíamos atado en los pies se los comió la nieve de tanta como pisamos.

Cuando ocurrió esto que te he contado, tenía yo setenta y nueve años. Los que fueron conmigo, yo nos los olvidaré nunca. Otros decían que si, que no, pero al final los que me acompañaron fueron estos. Así que esos, cuando yo me muera, se me irán de la imaginación, pero antes no. Acciones de sentimientos y fe, yo siempre las valoro. A las vacas no les pasó nada. En cinco días que estuvieron allí, nos le pasó nada. Tenían salud los animales y pudieron resistirlo.

3.26.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-3

EL PRINCIPIO

- Pero padre ¿cómo fue el principio?
- Pues empezamos desde el principio. Yo nací donde naciste tú, en la cueva del río, a unos dos kilómetros o tres de donde tiene su manantial principal y primero. Puede que no llegue a tres kilómetros. ¿El río se toma a la derecha para abajo o para arriba?
- Creo que es para arriba.
- Pues entonces a la derecha del río. Al este lado del río que nace en la huelga que ya sabes tiene se nombre tan bonico, debajo de la piedra del mismo nombre que el cauce y en el recodo. Tendrías tú ya cinco o seis años cuando nos vinimos al cortijo de las parras, que es donde te has criado y la hermana. Eso está en el kilómetro ocho, enfrente.

Más abajo, está la aldea de las juntas, el molino propiedad del tío que ya sabes y era el principal. Allí vivió una prima hermana mía que era nieta suya. Han vivido varios, pero que el molino se conocía por el molino de las juntas. Eran dos molinos en uno.

En el cortijo estuvimos hasta que nos bajamos a la aldea de las juntas para que fuera a la escuela una hija que tenemos. La profesora que había era doña Carmen, de Córdoba, que aquí tiene una hija. Y desde allí nos vinimos al poblado. Y aquí estamos. No es que se acabe la historia todavía. Cuento donde he nacido y ya estamos aquí.

Desde el principio, pues ya verás si tengo cosas desde el principio: ayer hizo cincuenta y nueve años que estuve yo en la guerra. Creo que hay quien dice que Dios, esto y lo otro. Yo lo he visto, no puedo asegurarlo porque no lo he visto, pero creo en que debe de existir. Enfrente de Lanjarón de Orjiba, este mismo día veintinueve de agosto del treinta y siete, estuvimos en un ataque. Sentías las balas pasar silbando junto a mi cabeza. No hacía nada más que decir: “hoy es último día de mi vida. Ya no me puedo escapar”.

Entonces no podía uno decirle a nadie que se encontrara adiós ni ande usted con Dios, na más que salud. Como dentro de los sentimientos de uno, de la fe de uno, no hay quien lo pueda averiguar eso, no es muy fácil, pues yo decía: “¿Y si Dios quiere guardarme, salvarme? Porque en todas las guerras quedan ¿Pues si Dios quiere salvarme de ésta?” No pesqué un chispazo. Me salvé. En fin, ya vinimos. Que el novio de una prima hermana mía que vive aquí, murió aquel día. Era del Olivico, hijo de uno que le decían el tío Nemesio.

Cuando volví de la guerra todavía estábamos en el cortijo. Tenía entonces veinticinco años y cuando nos vinimos al poblado, tendría sesenta. Conque fíjate. Mira: un día, en la cueva del Torno, estaba picando esparto un hermano mío y como yo era chico, voy y pongo la mano así, me dio con la maza y me partió este dedo que ves. Que por cierto, eso no me ha estorbado nunca nada más que para pisar las cuerdas de la guitarra. Así que de la Cueva, recuerdo poco, pero después de mayor, si fui por el lugar. La puerta que teníamos en la cueva donde estábamos, la tengo ahora en mi casa de recuerdo.

Más abajo de la Fresnedilla es donde se encuentra la cueva. Al asomar ahí por el cortijo ese que hay olivas que es el Cortijo, al dar vista al barranco que en lo hondo se ven muchas nogueras e higueras, en una cueva que se ve allí, aquello es la cueva del Torno. Lo que nosotros teníamos eran tierras, muchas nogueras, higueras, granados, ciruelos y animales. Mis padres nacieron en la cueva y murieron los dos en el Cortijo. Yo me casé ya bastante mayor, de cuarenta y un año.

Tengo estudiado cinco parrafillos y, además, tengo grabada una cinta que salen los cinco parrafillos, con las vacas uncías con los frontiles que te enseñé el otro día. Yo hablando, digo:

Le ruego a las juventudes,
defienda la agricultura,
que de ella vivimos todos,
sin ningún lugar a duda.
También la ganadería,
que son los apoyos grandes,
de provecho y la alegría.
Dejemos el egoísmo,
que es lo que nos mata a todos,
y no nos deja vivir
y nos trae tos los trastornos.
Atender este consejo,
que este anciano os dirige,
podremos vivir agusto
y tranquilos y felices.
Este consejo que doy,
es de todo corazón,
quiero el bien para el mundo entero,
Y ya no tengo más razón.

Con los animales en el cortijo, pues siempre navegando con ellos, con agua, nieve, frío. Yo en los campos de Hernán Pelea, he estado también. A la escuela no he ido. He aprendido un poco a leer y escribir preguntándole a unos y otros. Me ha gustado leer cosas originales. Leí un parrafillo que decía, que aunque ya la memoria va marchando, las cosas que me gustan las tengo grabadas y no se me olvidan. Cuando llega la ocasión, se me viene a la imaginación. Decía: “Cuando se obra bien se siente uno alegre y cuando se obra mal, se siente remordimiento. Es la voz de la conciencia que habla dentro de nosotros y nos dice lo que está bien hecho y lo que está mal hecho”. Y a mí no se me ha olvidado.

LOS NOMBRES

Desde el Cortijo, los nombres te los puedo contar de esta manera: estamos enfrente de Peña Plumera, que es el punto más alto que se ve desde allí. Aquello y Pedro Miguel, que se ve un barranco abajo. Por debajo hay un sitio que le dicen la Charca, a la Fuente de la Maleza, el Chorreón de la Charca, el Cinto, por ahí se ve todo el Hoyazo, las Banderillas, el Cinto de los Frailes. Los Pardales ya no se ven, sólo llega al verse el Cinto. Desde la Cueva al Cortijo, por el camino, tenemos el arroyo de Aguasmulillas, se pasa por este arroyo. Por la Fuentecica, que hay unos huertos que los sembraban, por debajo una huelga que se llama Huelga Grande. Ya más abajo, la Roza del Río a un huerto de olivas que hay que le dicen la Rocilla y llegamos al Cortijo.

Desde allí salimos para abajo, hacia la aldea de las juntas. Pasa uno por lo de Montoya, un hombre que vivió y tenía una huertecilla allí, hay otro pedazo que le dicen Huelga Blanca, que era nuestro. Más abajo el Puente de los Borregos, la junta del arroyo del Hombre. Esto todo en la orilla del río Aguasmulas. Desde la junta del arroyo del Hombre, para abajo a la aldea de las juntas. Se pasa por un sitio que le dicen el Vallejo de los Frailes a dar al molino, que era lo primero que se encontraba uno. Los cerros que hay, conforme se baja, los cerros que hay en la aldea de las juntas, es el Cerro de la Torquilla y el otro que hay por encima, se llama el Cerro de la Bandera. Y otro, la Piedra del Mulón, también está enfrente del Cortijo. Una piedra más alta que se ve sobre salir en medio de una loma. Esa es la Piedra del Mulón.

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-2

DIA PRIMERO
Repasando los recuerdos

En el poblado nuevo, vive en la calle que lleva el nombre de su río. Todo el mundo dice que él sí sabe de la sierra y, además “tiene buena labia para contarla”. Esta tarde, después de tanto tiempo, he vuelto y en la puerta de su casa, sólo he visto a su mujer, la madre buena, en silencio sentada. A caer la tarde, los ancianos, como en aquellos tiempos, se salen a las puertas de sus casas y mientras toman el fresco, observan lo que por la calle ocurre, al tiempo que charlan con los vecinos. Es costumbre que a ellos les ha quedado de aquellos cortijos donde entre los montes nacieron y hasta que el Señor se los vaya llevando, no dejarán de practicarla.

- ¿Dónde está padre?
Le pregunto. Me mira un poco fija porque ella no ve mucho.
- Vino un muchacho y se lo llevó para enseñarle unas vacas y por ahí está.
Salgo del pueblo por la parte de arriba y lo busco por donde tienen las vacas, las ovejas y las huertas cada uno de los serranos aquí recluidos. Tampoco está por los huertos que pegan al río.
- El tiene su corral entre los pinos aquellos.
Me dice una de las mujeres que con sus carreterilla de hierro lleva alfalfa para sus vacas. Subo hacia la parte alta que es el lado que pega al cerro del cortafuegos y por entre los huertos y corrales de los pinos, lo busco. Tampoco por aquí lo han visto.
- Por allí detrás tiene él el corral de sus vacas.
Y me voy por allí detrás. Miro y como no lo veo me pongo a curiosear las cosas que en el corral de sus vacas él guarda. Sogas, paja, madera, ganchos de ramas... De todo un poco tiene aquí, como en aquellos tiempos en su cueva blanca.

Miro y por entre los pinos, desde donde se pone el sol, se acerca. Viene subido en su burra blanca, con la cabeza agachada, las gafas puestas y la gorra medio tapándole los ojos. Todo un caballero de la triste figura o una visión mitológica que por entre los pinos de las profundas sierras, aparece recorriendo los caminos al atardecer o al alba.
- Te estoy esperando.
- Ahora mismo estoy contigo. Encierro las burras y nos sentamos en la sombra de los pinos.
Me uno a trote lento de sus burras blanca, llegamos al corral, las mete dentro, las traba, les quita el aparejo, les pone en el pesebre un puñado de paja y después de moverse de acá para allá rápido y encorvado, salimos a la sombra de los pinos que gritan y callan.

- Esto es para que te sientes tú.
Abre una pequeña silla de hierro con un trozo de tela de plástico y después de insistirle que ahí debe sentarse él, me siento yo.
- Pues a mi opinión, el valor de la persona, es el dote de sentimiento. Una persona que carezca de ellos no tiene valor ninguno. Cada uno opinamos de una manera. La mía, yo me creo que es opinión sana. Que sirve para todo el mundo. Porque yo me digo que no quiero nada más que lo que es mío. Para ti lo suyo y me alegro del bien de la humanidad entera y me gusta respetar a todo el mundo. Es que así de esa manera, sí se podrá marchar en la vida.

3.25.2007

CUEVA DEL TORNO, RÍO AGUASMULAS-1

POR DONDE LA CUEVA DEL TORNO
© José Gómez Muñoz

Comenzando-1

Desde el seno materno
me llamaste por mi nombre,
por eso, mi causa,
está en tus manos.

Yo nací en la gran cueva que, entre nogueras centenarias e higueras inmensas como catedrales, se mira en las aguas claras del río blanco, justo doscientos metros más abajo de donde éste tiene su nacimiento y, como desde aquel tiempo lejano, no dejo de vivir en el rincón mágico que para mí es casi sueño, esta mañana de agosto caluroso y, cuando empieza a levantarse el sol y ya cantan las cigarras, voy caminando por la senda que discurre cauce arriba con la ilusión de adentrarme en el profundo barranco por donde el río se despeña y, si puedo y no me pierdo, llegar hasta el lugar amado de las peñas amontonadas que es donde se abre la cueva oscura que fue, cuna y casa en mi nacimiento.

Y ya voy acercando a las juntas donde, los arroyos grandes, se funden con el río inmenso y al pisar las tierras llanas que se recogen por las riveras, recuerdo que aquí mismo y, entre las zarzas y los grandes fresnos, también se alzaba la aldea y por eso, los olivos, las parras y los almendros, todavía se enredan por entre las madreselvas y las madroñeras y por el suelo, se amontonan las piedras de las derruidas paredes y donde crecen espesos, los pinos que sembraron en hileras, se pudre y medio verdeguea, el lindo cerezo acompañado del granado y de los membrilleros que todavía no se han secado y esta mañana, como en aquellas, también se mecen al viento.

Y al mirarlos y pisar la tierra y respirar el aire fino que me sabe a añejo, me retumba por el alma las cosas que ellos me dijeron cuando aquellas últimas tardes estuve a su lado amando y compartiendo: “En la tarde que ha caído sobre las blancas casas del poblado nuevo, su mujer y la hermana encorvada y otros muchos vecinos, nos vamos despidiendo. Hoy, ya no tienen más cosas que contarme. Tampoco yo quiero recoger más de sus bellos y, a la vez tristes recuerdos, pero antes que la noche avance más, hasta mi se acerca otro de los matrimonios.
- ¿Podríamos decir nosotros también dos palabras?
Me preguntan.

Los miro y para mí me digo que no puedo explicarles que esto no es para que todo el que quiera venga a contar algo. Esto no es ni para escribir un libro ni para salir en la tele o en los periódicos. Simplemente siento la necesidad vital, al tiempo que la curiosidad, de enterarme de cosas de las sierras donde nací y tengo mis raíces, aunque ya no las reconozca ni ellas a mí tampoco. Simplemente quería oírlos y estar un rato a su lado sintiéndome amigo y hermano, pero enseguida comprendo que ellos quieren exponer cuatro cosas, para como yo, desahogarse y aclarar que viven muriendo y, creen que este es el momento que tanto han esperado, pues adelante porque, como yo, perciben que es importante contar lo que sienten y se los come por dentro.

- Podéis proclamar vuestras cuatro cosas.
- Pues yo soy la hermana segunda y nací en la aldea que derribaron y mis padres también nacieron en el mismo rincón donde todos nos fuimos criados. Hemos sido cinco hermanos. Dos hombres murieron ya y quedamos dos veranos y yo. Y así, con problemas de penar, mucho.
- Pero lo que a mí me han dicho es que la aldea era muy bonita. Háblame de ella si es que todavía la recuerdas tanto.

- ¿Recordar? ¡Madre mía del alma! Aquello tenía su iglesia, su cementerio que está todavía, su fuente de aguas limpias, sus tierras para sembrar tomates, sus viejos nogales, sus grandes hatos de ganado... en fin, aquello era un paraíso que nos rompieron para siempre. La iglesia no la derribaron, pero todo lo demás, sí. La casa donde yo he vivido era bonita y más bonita era aquella aldea de pocos vecinos, pero casi todos nacidos y con raíces en aquellas altas tierras.
- ¿Por qué no hacemos una cosa?
- ¿Qué quieres que hagamos?
- Desde tu casa trazamos un recorrido y desde este rincón tan lejos y después de tanto tiempo, nos vamos por entre aquellas callejuelas hoy ya rotas. ¿Te acordarás?
- ¿No me voy a acordar? Es que vivo, sueño y hasta muero en aquel rincón aunque ahora esté en este otro, donde a la fuerza, nos trajeron.

A donde yo vivía le decíamos las casas de abajo. Así había un arroyo y tenías que colarlo y se llegaban a las casas de en medio. Ya tenemos dos aldeas. Luego estaban las casas de arriba y aunque parezca sencillo, con estos nombres nos apañábamos nosotros. En las casas de arriba era donde vivía el correo y donde estaba la iglesia. Recorriendo de casa en casa, puede que me acuerde los nombres de los que en ellas vivían. Salgo de la mía y, como decíamos antes, la tía fulana y el tío mengano. Decíamos esa frase así y de eso modo te lo voy a contar. Primero el tío Pepe que era un matrimonio sin hijos. Pedro, Juana, el tío Ernesto y la tía Cándida que estos sí tenían hijos. Que nosotros así hablábamos. Luego el tío Pedro y la tía Anastasia. Tenían seis hijos.

También vivía allí una prima hermana mía: Alfonsina Antonio y cuatro hijos ¡Madre mía, un montón! ¿Cómo sabré yo de todo eso? Pero claro, si yo he nacido en la aldea. Seguimos con la tía Alfonsa y el tío Valeriano. Tuvieron tres hijos que se llamaban Antonia, Rafael y Manuel. Por la parte esta de acá, la tía Petra, el tío Eúfrates con sus hijos Alondra, Josefa, Estrella, Mercedes, Patricia y Rocío. Esto todo una familia. Aquí por arriba, la tía Dorotea y el tío Pedro y sus dos hijas, Eugenia e Isidra y seguimos con el tío Máximo, la tía Patricia y cuatro hijas: Mercedes, Maruja, Isabel y María.

A lo que se dedicaba cada uno de ellos era a la poquilla tierra que tenían. Con animaluchos, ovejas, cabras y así. Para buscarse la vida mal buscada. Allí vivía también el tío Cazaperros, motes de aquellos que ponían. La mujer que era Mercedes, con hijos también: Paloma, Aurora, Petri y Blas. Al otro lado del royo, le decíamos las eras. Había vecinos a los dos lados y en medio estaba la bolea. Ahora ya cuelo el royo a las casas de en medio porque aquí no me he dejado ningún vecino. Pues el tío Amador, la tía Ana con los hijos Adela y Antonio. Ahora voy allí para allá, para los perreros. Esto era un mote. Pero ya metían toda la familia. No los mentaban por su nombre. El se llamaba Jesús María y ya a los hijos, no se le mentaban por su nombre, nada más que lo que te he dicho antes.

Para ir de una aldea a otra se decía así: el Zanjón para ir a las casas de arriba. La Erica, eso otro nombre para ir a la Erica aquella detrás de la escuela. Los sitios donde cada uno poseía sus huertos tenían sus nombres también. El Poleillo, las Asperilla, aquellas nogueras viejas que cortaron. Aquello era todo de la aldea, pero lo que resulta es que aquí a lo mejor había un grupo de diez casas y en la de en medio, a lo mejor lo había de tres y ya en el último, otras cinco o seis, pero que era todo unido.

La fuente que tiene, que aquello es una maravilla, de siempre ha sido la fuente de la aldea. En la aldea de abajo, estaba el Cañico. Era una fuente que había allí donde íbamos a por agua. En el mismo manantial teníamos nuestras pilas y unas losicas que tenían unas rayas para “traspuñar” los trapos y allí lavábamos. A la noguera se le decía la Noguera de la tía Alfonsina, una noguera que hay en la aldea de abajo. ¡Aquello un montón de huertos! Los Cenajos, Los Poyos, el Cerrico de los Enebros, las Pegueras. Todo eso era de la aldea.

Hay un montón de cortijos por aquellos barrancos. Ya desde los de abajo a los de arriba se gastaban pues unos veinte minutos. Los de arriba están, conforme estamos aquí, los de abajo se quedan un poco más atrás y los arriba en lo alto, pero al volcar. Si vamos desde aquí para allá lo primero que se encuentra son los de abajo.

La tarde va cayendo y como ellos ya me han contado un puñado de sus vivencias, las que recuerdan con tanto cariño de aquellos años, decimos que por hoy lo vamos a dejar. No dejar al modo en que ellos tuvieron que irse de sus cortijos, donde todo vino a las ruinas y al olvido. En este momento nosotros sólo interrumpimos durante un espacio de tiempo, pero manteniendo vivo y firme, en nuestro interior, el recuerdo, el amor y el deseo de que los serranos y las cosas de ellos por estas sierras, no mueran nunca. Aunque esto sea un tópico porque los serranos sí mueren y con ellos muchos de sus hermosos tesoros. Quizá este mismo invierno, que ya se aproxima, algunos de los que ahora son mis amigos, se vayan para siempre de estos lugares.

Paro paramos un momento para ver como a la sombra de las viejas encinas sigue creciendo la hierba y por entre ella, aquellos hombres sentados y sus animales pastando. El sol cae, pero los arroyos siguen corriendo y por entre las madroñeras, el rocío temblando. La presencia de lo que es eterno se adivina tanto que casi se palpa y de ahí que se toque también la otra realidad humana.

Una lucha silenciosa contra los pequeños y que un día será patente y el dolor de los que han aguantado firmes en la sincera realidad que también será patente, un día, para gloria de ellos y el Dios de la verdad suprema”.

Y esta mañana algo oscurecida de neblina blanca, al pisar la tierra amada y respirar el aire añejo, junto a las zarzas que espesas arropan a la corriente clara y a la sombra de los álamos viejos, se me presenta un montón de piedras oxidadas y por entre ellas naciendo, los lentiscos y las esparragueras y la higuera descascarillada porque también se está muriendo y al detener mis pasos y mirar con calma, de entre tan desolada ruina, como que oigo su voz saliendo:
- ¿Fuiste por fin al rincón de nuestra hermosa casa?
Y voy a responder que:
- Al rincón del paraíso perdido y de la luz inmaculada que a chorros cae desde el cielo, madre del alma adorada, un día de estos, ir quiero.

Cuando ahora caigo en la cuenta que ayer fue primer sábado de agosto y al despertarme, en el centro de lo que creo es el corazón de la más grande ciudad que lo humanos han hecho, me he acordado que la madre cumple noventa y cinco años y por eso elevo mi corazón a Dios y como tantos otros días, mi oración, rezo: “Tú que eres el Padre bueno y a todos nos quieres sin distinción de reza ni color de cara o sentimientos, pon tu mano en su ya frágil cuerpo y concédele la gracia de morir sin dolor ni odio y en el amor de tu beso y premia, a la hermana hermosa, por lo bien que la cuida y lo mucho que la quiere y, sin interrupción desde aquel día, hasta el día de hoy concreto”.

Y al rato me he levantado, he mirado por la ventana de un gran edificio viejo, aunque con paredes de piedras negras por el humo de tantos coches y tanto asfalto negro, y me he lavado la cara. Esta noche no he podido conciliar el sueño porque una vez más, y esta hace ya el millón y medio, me he sentido agobiado por el gran hervir de esta enorme ciudad con tanto resplandor de luces contaminando el brillo de las estrellas en el cielo y tanto ruido de coches, máquina, camiones y metros y sobre todo, lo que esta noche no me ha dejado pegar un ojo ha sido, el calor intenso que rezuma desde este asfalto frío y negro cubriendo a todas las calles y en todas las direcciones y llenando de su olor a podredumbre, hasta la misma cálida luz de la luna en este mes de agosto siempre nuevo y siempre viejo.

Y en unos minutos, mientras dentro de mi alma reprimo mi llanto, he desayudado, leche de vacas que no sabe a vaca, un trozo de pan que tampoco sabe a centeno, un racimo de uva que no son como las de mis parras de la cueva del río y luego, un vaso de puro zumo de melocotón o naranja sin serlo y en dos minutos he cogido el ascensor que baja del quinto piso y he abierto la gran puerta de pesado hierro y he pisado una de las anchas calles de las miles que atraviesan y van al centro de esta gran ciudad y, como desde este corazón casi puro bloque de cemento al piso en forma de jaula adornada donde todavía vive la madre, me cae lejos, he buscado un taxi y le he dicho al dueño:
- Lléveme a donde se consume la madre y aprisa porque la reina hoy cumple los años y como sé que se está muriendo, quiero besarla por última vez y quiero, oír sus palabras y respirar su olor de incienso.

Y el que parece experto de este taxi pintado de amarillo y negro, me ha mirado y al rato ha dicho:
- Yo sé dónde se encuentra ese núcleo, pero la calle y el número exacto que me estás diciendo, no lo conozco, así que cuando estemos allí, tú me dices para dónde tengo que ir y por dónde entrar ¿de acuerdo?
Y al oírlo, a punto he estado de hablar y decir: “se supone que yo soy el extranjero y el que a estas horas de la mañana está buscando un taxi, aunque me cueste el dinero, para que alguien me lleve a unas de las mil calles que componen a esta gran ciudad y eso, es porque necesito ver a la madre por última vez antes de que Dios se la lleve al cielo y porque no conozco ni a la ciudad ni me interesa saber más que lo que para este trance necesito y quiero. Se supone que usted me debe llevar y por eso le pago y es, además, nativo de este mundo de cemento”.

Pero no le he dicho nada y nos hemos puesto a correr por las calles frías de la enorme ciudad y, mientras ya el sol de este caluroso mes de agosto eterno, nos va quemando con sus rayos entre los gases que manan de los coches que van precediendo, se me nublan los ojos y sin que él lo sepa, lloro y me muero por dentro con la angustia amarga que se me amontona en la garganta y me achicharra el pecho.
- ¿Por qué lloras tú, hijo mío?
Me habría preguntado ella si ahora me estuviera viendo.
- Madre, lloro porque me queman tantas paredes de cemento y porque se me hunde el mundo por donde no encuentro el azul del cielo y porque estoy solo y tengo frío y porque en mi agrio recuerdo, sólo palpita el rincón verde y limpio de aquella salvaje cueva donde tú me trajiste a este suelo.
- Pero las cosas así salieron y ya que ha pasado casi una eternidad ¿por qué atormentarnos y vivir los cuatro días que nos quedan, sin aliento?
Y le digo a la madre que sí porque ella, siempre será reina y flor del verde romero aunque ya sea sólo débil pavesa que en cualquier momento le dé un empujoncito la brisa que Dios expande con su vuelo y se la lleve a escondidas al reino que tanto ha soñado y tanto yo, en mi alma, sueño.

Y no hemos llegado pronto porque el hombre que me trae con su taxi es verdad que no sabe el camino y por eso, en el punto que él creo me vendrá mejor, se ha parado diciendo:
- Desde aquí te vas por aquella dirección y luego gira para la derecha y después para donde se ve como una cuesta y allí donde hay un comienzo de plaza y se observan muchas máquinas haciendo otro arreglo, te vienes para el lado de la tarde y por allí pregunta que, esa calle donde dices vive la madre, ya no queda lejos.
Y a pesar de todo, le he dado las gracias y le he dicho que ya me las arreglo como tantas veces me las he arreglado en mis lejanas montañas por entre el monte de los grandes barrancos y los altos cerros y me he puesto a cruzar, no sólo el laberinto casi indescifrable de esta ordenada ciudad sino el amargo beso que desde la agria brisa de la mañana, me viene llegando intenso y después de un par de horas cargando con este mi extraño cuerpo y casi sin aire ya para respirar ni fuerzas para mantenerme vivo en lo que me es tan rotundamente ajeno, he llegado a la puerta que sirve de entrada al bloque de pisos que contienen y encierran, en el ático, a la madre que es pavesa y canto de ruiseñor de invierno.

Y como la puerta grande de hierro que da entrada a las escaleras, me la encuentro abierta, entro sin llamar ni pedir permiso, subo y al llegar al rellano del último piso, me encuentro también abierta la otra puerta más pequeñas que da paso a la vivienda recogida que buscando vengo.

Y entonces, si llamar, voy a entrar, cuando de pronto, como de un sueño que se materializara en un abrir y cerrar de ojos, aparece la hermana mirando fija y recibiendo:
- ¡Hombre, qué bien llegas después de tanto tiempo!
Me dice de seguida ofreciéndome su beso y al intentar pronunciar mis palabras, noto y bebo que en la garganta se me ha formado un nudo y en el alma, se me abre el corazón y en el pecho me estalla la emoción que a chorros y, en puras lágrimas, me sale por los ojos y al tocarla y besarla, las manos me tiemblan y se me para el aliento al querer pronunciar mis palabras.
- ¡Qué bien que llego después de tanto tiempo y qué bien que esté aquí contigo donde, aunque no lo creas, tengo la mitad de mi vida y, además, el más puro y real de todos mis cien sueños!
Y ella:
- ¿Cuándo has llegado?
Y el hermano:
- Ayer por la noche, pero venía tan cansado y tan magullado traía el cuerpo, que he relegado hasta hoy este bello encuentro.

Y la hermana guarda silencio, sorbe sus lágrimas, entra para dentro, abre la puerta de la habitación y al correr la cortina de seda, dice como en un beso:
- Aquí tienes a la reina que buscas, nuestra madre santa que en su cuna de silencio, se consume y se apaga como lo hacían las ascuas de la lumbre, en aquel rincón sincero de la casa de piedra que, junto a la corriente clara, se alzaba llena de incienso.
Y al mirar y oír sus palabras, quiero exclamar y no puedo:
- ¡La madre santa, humilde como las rosas de los rosales aquellos, Dios mío, qué hermosa fue en su cara y en su corazón sincero!

Y desde la misma puerta, sin atreverme a dar un paso pequeño, de piedra observo, como entre sus sábanas, que son de tela, pero parecen de luz irreal que bañan y acarician, al mismo tiempo que arropan y funden como en un sueño de alas de primavera, la madre bella, duerme, viéndosele sólo la pequeña cara que, arrugada como una pasa que ha dado su vino añejo y fulgurante como la más limpia primavera, también parece ya respirar o permanecer en la dulce espera, a que Tú llegues, Dios mío, y le des tu beso y la transformes en rosa de sierra nueva y se haga eternidad por entre los arroyuelos y los amores que en su corazón anidan y, con su sueño de hierba fina, se haga esencia.

Y al verla, todavía en la puerta parado, otra lágrima por mi cara rueda y otro nudo más grande, en mi garganta se enreda y en tan sólo un instante, Dios Santo, lo que ven mis ojos y se hace río de dolor y gozo en mi palpitante cabeza y como la hermana que hoy, sí a mi lado tengo, se percata y penetra la naturaleza del instante supremo, pregunta toda bella:
- ¿La despierto?
Y el hermano entiende que aunque es el momento, un encuentro como este tiene que ser pequeño y al mismo tiempo, ramo de celestes violetas, responde:
- Déjala que otros diez minutos siga en su sueño mientras yo respiro, un rato más, el aire inmortal que Dios me presta y, al mismo tiempo, doy las gracias al cielo por ti y por ella.

Y la hermana que dice que sí:
- Lo que tú quieras.
Me lleva por la casa, piso de cemento al que llamo jaula, me saca a la azotea, me enseña la tórtola que es amiga de las hijas, me vuelve a decir otra vez que bienvenido, me muestra su colección de macetas que sí están verdes y bien cuidadas porque ellas, ahora sustituyen al bosque y a las praderas donde, de pequeña, la hermana tuvo sus juegos y sin que lo note, se entra para la habitación donde la madre pavesa, descansa.

Y la hermana, sin que yo lo sepa ni lo vea, como todos los días desde hace ya casi cien años, a la madre despierta, da su alimento, la lava, la viste, la pone en pie, sujetándola con las fuerzas de sus brazos y el amor de su corazón porque la madre ya no anda, se la lleva por el pasillo de la que, a pesar de todo, sí es una grandiosa casa, la sienta en el sillón, la besa en la frágil cara y al decirle:
- ¡Verás qué sorpresa te ha traído el cielo este mañana!
La grandiosa madre pregunta:
- ¿qué sorpresa me preparas?

Y la hermana, se viene para la azotea, se me acerca y casi sin palabras, me dice:
- Madre ya está levantada.
Y miro al cielo, que no es azul esta mañana, pero que al fin y al cabo, eres Tú el que también me lo regalas, y respiro hondo y antes de dar un paso, me abrazo a Ti y, por un millón de veces más, te doy las gracias al tiempo que ya, desde la bendita azotea, entro para la casa y al ver a la madre, toda reina y bien sentada en el sillón de tela que le ha preparado la hermana, me pongo de rodillas delante de ella y antes de besarla, miro fijo la piel fina que se le arruga por la cara y, casi sin palabras, le pregunto:
- Reina de universo y por cien años soberana ¿Quién soy yo?

Y la madre pequeña, que ya si que no tiene fuerzas y por eso, como las cenizas de la chimenea de aquel cortijo suyo de su tierra, está casi apagada, mira sin mirar porque a ella ahora, hasta la luz de los ojos ya se le acaba y después de intentar tragar saliva, responde casi ahogada:
- No te veo y por eso no te conozco, pero tú eres el hijo guapo que llevé en mis entrañas.

Y al oír la música de su voz que suena a campanilla de plata, un nudo más se me enreda en el corazón y, dando tumbos por las venas, se atasca por el alma y al intentar salirse por mi boca, se concentra en los ojos y por fin revienta en caliente lágrimas y durante un rato largo, me quedo sin voz mientras no paro de mirarla y de sentir que es inefable y supremo, el encuentro que una vez más, sin merecer, me regalas y para irlo coronando, ella, que toda emocionada, habla:
- ¡Por fin has venido!
Y el hijo sin respuesta:
- He venido y ahora no sé qué decirte.
Y la madre buena:
- Pues no digas nada y dame un beso, que sólo Dios sabe cómo lo necesitaba.

Y lo mismo que cuando era pequeño y, por los prados de mi gran tierra jugaba, acerco mis mejillas a su boca y las dejo dormidas en su cara sintiendo su aliento calentando mi sangre y sus labios, de miel y nieve blanca, derramarse en el último hálito de vida e intentando beber una bocanada de lo que para la madre, ya es el único consuelo que le calma.

Y atravesado este momento del encuentro, casi en el alba y también el comienzo de la despedida, me siento frente a ella, en la vieja silla de esparto que todavía conserva del cortijo bello que tuvimos en el barranco y dejo que pase el resto de la mañana, sólo mirándola quieto y como esperando que me hable y me cuente quizá su dolor que, con su cansado cuerpo, también se está apagando o quizá del encuentro que Tú ahora ya le tienes preparado o quizá dos palabras más de aquellos recuerdos que en mi mente aún no se han borrado, pero la madre no habla.

Y si pronuncia dos palabras, mientras escasamente me mira con la poca luz que por los ojos les resbala y cuando va cayendo la tarde, abre sus fríos labios y me pregunta:
- ¿Cuándo te marchas?
Y sin querer decirle le digo que ahora dentro de un rato.
- Que no se te haga tarde por si te están esperando.
Responde la madre amada y a su amor quiere contestar:
- Ya tarde nunca será, porque el mañana...
Pero guardo silencio y la sigo mirando y al rato, le digo:
- Dame otro beso que se acerca la noche y me tengo que ir por si me están esperando.
Y ella:
- Un beso más, hijo del alma, y que Dios contigo vaya y no te olvides que la cueva del río, fue tu cuna y, por entre las nogueras grandes, te llevé de mi mano y te bañé en la corriente clara.
Y le digo que no me olvido
- Porque a la cueva, voy a ir mañana.

Dejo mi silla y al levantarme, en los pies de la cama, veo el cuadro colgado con la imagen del padre que ya también falta y al lado, el del hermano y la hermana y como arropando a los tres, el negro crucifijo que la mira de frente y que arrancó de la caja, la tarde de aquel último paseo que fue luz y esmeralda.
- ¿Sabes decirme qué dice?
Le pregunto y ella que habla:
- A lo largo de las horas que lentas pasan y, medio respiro en esta tan dulce cama donde compartió conmigo tantos momentos de gozo y junto a nosotros, siempre tu hermana, uno y otro, me dan compañía y una chispa de consuelo mientras espero, hijo mío, que llegue el alba.

Le doy otro beso y despido a la hermana y a las niñas que por la azotea con la tórtola juegan y bajo las escaleras, busco la calle ancha, subo en el metro, atravieso la ciudad, llego a la estación, subo en el autobús que a los dos minutos arranca y cuando las luces de la inmensa urbe, se enciende, salgo de ella dejando entre su asfalto y humos, mi vida y alma.

Y me recuesto sobre el asiento permitiendo que mis ojos se cierren mientras devoro la distancia y cada vez, a lo largo de la noche, que entre abro los párpados, se me presentan sangrando, luces y más luces de ciudades anchas y al encontrarme con ellas, en mi corazón se quiebra la realidad amarga de este mundo tan artificial y todo tan amontonado y ellos, con la madre, en tan lejanas y extrañas casas.

Y por fin, al raya el día, el autobús se para y al bajar y pisar suelo, me digo: “Vuelvo a estar en mi tierra amada” y enseguida caigo en la cuenta que la madre, en la ciudad lejana, se ha quedado y allí se está muriendo y yo por aquí caminando como si a cada instante fuera hacia el encuentro del momento que soñó tanto y ahora sigo soñando y por eso, cuando empieza a levantarse la nueva mañana, como que despierto y caigo en la cuenta que estoy pisando las ruinas de la que fue su aldea amada.

Y al mirar, sólo sigo viendo la llanura bella que, junto a los tres arroyos de aguas limpias, se extendía y, por donde el río continua saltando y entregando su eterno beso a los álamos y a las corrientes claras que en la junta se le entregan, descubro la pista forestal de tierra que ellos construyeron aquel día sin mañana.

Y voy a seguir y debería hacerlo por la senda vieja que, en aquellos tiempos, venía río abajo desde la escondida cueva, no por la izquierda según vamos hacia el nacimiento que es por donde ahora remonta la pista, sino por la derecha y el repecho de las rocas húmedas y las espesas madroñeras que, desde el puntal del inolvidable cortijo y el redondo cerro, cae hacia las juntas de la aldea humillada.

Pero sin quererlo, me voy por la pista y sigo caminando porque por en la vieja senda, ya ni se conocen las huellas de aquellos torpes pasos que en la tierra, la madre, el padre, la abuela, los hermanos y el resto de los diez vecinos y también la hermana, fuimos dejando porque esta senda, con ser la reina más sincera de todas las sendas que nunca se trazó por la sierra, ahora no se puede andar ya que se la come el monte, la rompen los desprendimientos de la ladera y se pudre, en su silencio, esperando que los serranos, vuelvan a pisarla.

El rumor del agua saltando por el surco del río y el ancho chirriar de las cigarras repartidas por entre los mil pinos de los barrancos, comienzan y van llenando la sombra limpia que las montañas proyectan sobre la pista de tierra magra.

Y miro para la derecha y ahora recuerdo que ahí, antes de que la senda que bajaba se encuentre con las juntas, se alzaban las últimas o primeras casas y, por donde ahora sólo veo, montones de piedras abandonadas y algo más arriba, olivos comidos por el monte, higueras y por entre las zarzas, las parras y donde el monte ya empieza a ser espeso, no se ve, pero adivino los agujeros en la tierra de las caleras donde en aquellos días se cocían las piedras que al convertirse en cal, ellos usaban para construir sus corrales, molinos, hornos y casas.

Y aquí mismo, donde el río se hace vado y por donde la senda colaba, miro y lo único que veo es como un lago, una represa en forma de pantano, que se encharca y en sus aguas claras, bañándose muchos de los que ahora vienen de paseo a estas sierras y ajenos a nuestras cosas, gritan, se zambullen y cantan y algo más arriba y, por ese lado, ahora recuerdo, fue donde se dio aquel encuentro de la madre con el hijo el día que este volvía de la guerra extraña.

Me lo contó el padre, aquella última tarde que con él vine recorriendo la sierra soñada: “¡Cuantas noches he echado yo a dormir las vacas por ese vallejo! En esas lomicas dormían los animales porque ese monte era muy bueno para ellas. ¡Cuantas veces no habré subido yo esa tan hermosa piedra redonda! Y por decirte más, te diré que justo por esta ladera, es donde tuve, con mi madre, el más hermoso de los encuentros humanos.

Volvía de la guerra y era el día cinco de mayo del 1939. Ella bajó del cortijo de las parras a esperar el correo que venía de la aldea que hubo en la cumbre, a ver si traía carta mía. Para saber de mí porque para una madre siempre un hijo es lo que es. Se encontró con un hermano, el marido de mi prima, que entonces era zagalote, unos dieciséis años, por ahí tendrías. Porque le llevo yo nueve años. Cuando llegué a las casas de las juntas, en compañía de otro de aquí que ya ha muerto, pues fue llegar, cogió el macuto mío con lo que traía y echó delante. Quería ayudarme, darme compaña hasta el cortijo y al mismo tiempo, me quitaba la carga.

Por aquí más arriba del covacho, que es eso que se ve en aquel lado del río, se encontró con mi madre. Al verla le preguntó:
- ¿Qué hace usted aquí?
- Pues esperando a ver si llega el correo por si trae carta de mi hijo.
Y él le dijo:
- Pues vengase usted conmigo que la carta la traigo yo.
Echaron a andar senda abajo y ahí enfrentico, confronté yo con mi madre al volver de la guerra. Al verla y verme los dos nos abrazamos y tanta era la alegría de ella que se echó a llorar.
- Un hijo que se lo llevaron a la guerra y que yo he soñado perdido para siempre, por fin hoy el señor me lo devuelve vivo.
Me decía ella mientras me abrazaba, me besaba y se secaba las lágrimas. Tú fíjate donde fue el encuentro con mi madre, tu abuela, al volver de la guerra. En lo más profundo del barranco del río, en esa ladera tan llena de monte y en la senda estrecha que sube por entre las riscas. ¡Qué gozo el de ella y qué gozo el mío donde los únicos testigos fueron sólo algunos pajarillos, el viento que nos rozaba y las limpias aguas de la corriente del cauce!”

La pista se alarga y sube dando curva, no pegada a la corriente del río sino alzada por la ladera y como hoy voy en mi recuerdo y hacia el encuentro, quizá de mi alma y de la soledad que plomiza, al monte baña, camino distraído y sin prestar atención sino a la voz vital que por el barranco y en lo profundo de la sierra, me llana y al llegar, sobre el kilómetro cinco, por la derecha, recuerdo que se apartaba una sendica menuda que tímida bajaba a las asperillas del río y por ahí cruzaba.

Y recuerdo que en aquellas últimas tardes, por aquí caminé siguiendo los pasos y las palabras que el padre iba desgranando y como el padre es tanto y, dentro de mi solitaria alma, sigue tan vivo, ahora recuerdo también, cómo fueron aquellos momentos en que él ya encorvado caminaba por las tierras que le regalaron en el pueblo blanco que, junto al otro río, le cambiaron por su rincón de verdad, su cueva del río, sus caminos, sus huertas y sus cabras.

OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-8

8- LOS PASEOS:
Cruce del Río Hornos, El Chorreón

La distancia:
Desde la carretera asfaltada hasta las ruinas del viejo molino de El Chorreón, que es donde termina el paseo, son unos tres kilómetros.

El tiempo:
A un paso tranquilo para ir gozando de la paz del paisaje, las preciosas panorámicas a los lados y las aguas del pantano remansadas, se tardan unos cuarenta y cinco minutos.

El Camino:
Es el último tramo de la pista que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, trazó a todo alrededor del pantano y que viene desde casi el mismo muro y pasa por Los Parrales, Montillana, El Chorreón y sigue hasta enlazar con la
carretera asfaltada por donde ésta cruza el río Hornos.

El Paisaje:
Este paseo recorre paisajes muy bellos por ir todo ceñido a la misma rivera de lo que al principio sigue siendo el río Hornos y luego, se hace pantano. Mucha vegetación de tarayes, viejas encinas, pinos, cornicabra, retama y olivares. Continuamente nos va acompañando la hermosa figura del pueblo de Hornos recogida sobre la bella roca y las laderas que por el lado del levante y Pontones, orlan al magnífico Valle de Hornos de Segura.

Lo que hay ahora:
Son las cinco de la tarde del día ocho de abril y me pongo en camino desde donde se desvía la pista, de la carretera asfaltada, que baja río Hornos adelante hacia El Chorreón. Un rebaño de oveja me queda a mi izquierda pastando por la gran pradera de hierba que tienen estas riveras del río. Los pastores están sentados algo más arriba y miran mientras me acerco y los saludo.

A la izquierda el río Hornos que trae mucha agua y a la derecha, la ladera con algunas encinas grandes. El camino es el tramo final del que sube bordeando el pantano desde casi el muro y está bien. Es pista de tierra y por eso tiene muchos charcos de pasar los tractores que van a los olivos que me quedan por la derecha. Estos días de atrás ha llovido bastante.

Me van acompañando majoletos, por la izquierda y todos florecidos. A unos doscientos metros de la carretera, la junta del arroyo de Los Molinos con este río Hornos. Lo miro y veo que trae casi tanta agua como el río y toda muy clara. Por estas tierras llanas, años atrás, existía una gran alameda que ahora han cortado y por el suelo se ven los troncos en espera de que terminen de sacarlos y se los lleven. Sólo quedan algunos con vida y se les ve brotados y por eso, muy verdes.

“‑ ¿Lo cubre las aguas cuando el pantano se llena?
‑ Justo por el borde mismo de las aguas va él serpenteando y al principio atraviesa unas alamedas y luego unos pinares a cuya sombra puedes encontrarte un rebaño de ovejas sesteando. Te ladrarán los perros, pero no temas, son mansos y más si no te asustas y los acaricias. Algo más adelante, a la derecha y ya por una ladera llena de olivos, te encontrarás una vieja casa abandonada. Y ya que estamos ahí, fíjate, aquí tengo un pequeño escrito que unos amigos míos me dieron el otro día donde hablan de esta ladera y el trozo de camino que estamos recorriendo. Lo pongo en tus manos porque ello lo explica mejor que yo.

El te alargar un trozo de papel que guarda en su bolsillo y lo coges todo lleno de interés. Te pones a leer y descubres que el escrito dice lo siguiente: ‘A la derecha, antes de cruzar el puente del río de HORNOS, se desvía la pista que ya imaginaba. Es la que recorre toda la zona del arroyo de Montillana y los Parrales, antigua carretera de la Confederación Hidrográfica. Una pista de tierra y por aquí, he entrado con el coche hasta bien avanzado, pero aunque al principio sí estás bien, no sé más adelante como se encontrará. Me gustaría llegar hasta donde se encuentran los antiguos baños. A un kilómetro o así me he tropezado con una manada de ovejas sesteando bajo los pinos y he buscado al pastor, pero no aparece por ningún lado.

Tampoco estoy muy seguro de que pueda seguir con el coche y recorrer toda esta pista porque ya he llegado hasta un sitio donde el firme de esta pista se encuentra muy estropeado. He querido dar la vuelta, pero no he podido, este coche mío es tan grande y sobre todo tan largo que no se puede hacer maniobras con él en cualquier sitio. He avanzado con bastante miedo y he dejado el coche en un rellanillo donde sí he podido maniobrar para volverme para atrás. Voy a seguir andando un trozo más a ver si quedan por aquí cerca esas ruinas que busco. Y sí, aquí a la derecha veo ahora ya un cortijillo al cual me voy a llegar cuando luego regrese porque en este momento sigo pista adelante con la intención de descubrir lo que en el fondo deseo.

Y lo primero que voy descubriendo es que cada cien metros se ve un poste de estos con las iniciales de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. Por aquí hay mucho jaguarzos, aulagas y realmente la tierra seca. Son estas plantas ahora mismo una buena muestra de la dura sequía porque tanto el juaguarzo como la aulaga sí aguantan bien la falta de agua. Pero cuando el agua falta hasta el extremo en que ocurre este verano, hasta estas plantas sucumben. Me he asomado aquí a este barranco, una lomilla que tiene este puntal como si bajara buscando las ruinas del antiguo balneario, pero no veo nada. Me vuelvo para atrás.

Crecen por aquí muchos olivos entre el monte y aunque olivos hay también por todo el cerro y se ven cultivados, estos que salpican el monte los han dejados perdidos. Se ve que son árboles muy antiguos de un sólo pie, viejos y no cultivados. En cambio ya, de la pista para arriba, sí y lo que me extraña es que estos árboles no tengan ni una sola aceituna. Me extraña y no debería extrañarme, porque la sequía les está afectando profundamente, pero por estas sierras los olivos siempre resistieron bien tanto la sequía como los fríos y los calores. Los expertos dicen que este año va a ser un año bastante malo para la cosecha de aceituna y creo que tienen mucha razón según estoy viendo ahora mismo. En este olivar no sólo no estoy viendo ni una sola aceituna sino que algunas, que en su día llegaron a cuajar, se han secado. Están por completo secas. Las cojo en mis manos y las veo secas, como si fueran ciruelas pasas. En algunos he visto unas cuantas verdes, pero poquitas.

Ya estoy en las ruinas de este cortijo que como decía queda entre el olivar cultivado al lado de arriba de la pista. Y lo primero que me asombra son las cuatro o cinco encinas que le rodean. Aunque es olivar toda esta ladera, junto a este cortijo no cortaron las encinas cuando en aquellos tiempos cortaron todo lo que cortaron, quizá en un principio para no sembrar nada y luego para sembrar olivos y pinos. Y lo que ya siempre he dicho: si todavía crecen por aquí cuatro o cinco encinas que son como catedrales, es muestra esto de que en aquellos tiempos hubo muchas y muy grandes en todas estas tierras. ¡Qué hermosos sería ver ahora en esta ladera, en la siguiente y en la otra, no olivos o pinos carrascos como estoy viendo sino un gran encinar! Si fuera así al menos tres cosas buenas y hermosas ocurrirían: no sería barbecho esta ladera como ahora mismo es, no se estarían secando las encinas como ahora mismo se secan los olivos y para la vista ¡qué hermoso sería la gran visión de este encinar viejo cubriendo todas estas laderas y no estos pobres olivos y estos pobres pinares! Además, la tierra también estaría llena de vegetación y no como ahora que sólo veo tierra roja y desolación.

Es un cortijo grande. Tiene la fachada mirando hacia lo que en otros tiempos fue el río de HORNOS y ahora, cuando el pantano se llena, la cola de este pantano. Tiene una puerta, cuatro ventanas arriba y dos a los lados. Entro por la puerta que en estos momentos ya no es entrada porque de este cortijo sólo quedan las paredes de piedra sin techo y dentro veo que también todo se ha hundido. Una pequeña estancia con las vigas caídas, una segunda estancia también con su puerta y marco todo caído. Es un poco extraño aquí este cortijo porque por esta ladera no se ve que brotara ningún manantial y un venero de agua era siempre fundamente para la presencia de una vivienda serrana.

Por la parte de atrás de este monte que llega a alcanzar los 911 m. sí se encuentra la aldea de El Tovar, el Majal, Guadabraz y más adelante Cañada Morales. Y por aquí, cerca de las ruinas de este cortijo, además de unos olivos, también veo ahora algunos almendros que tampoco tienen almendras y aquí mismo, por la parte de atrás, otras ruinas que se parecen a lo que sería el horno y junto a la pared de estas ruinas y de la casa, la temporada pasada hicieron fuego los aceituneros. Estas laderas son muy escarpadas y a pesar de eso la sembraron de olivos y las aran con tractor. Pero este año, con esto de la gran sequía, no habrá aceitunas ni para cubrir los gastos.

Aquí, a la bajada del cortijo, tengo el coche y como ya me he convencido de que no puedo seguir, voy a dar la vuelta. Ya veré si en otra ocasión logro recorrer todo este rincón de un extremo a otro’.

Así que este pequeño escrito te ilustra un poco esos cuatro o cinco kilómetros primeros del camino viejo que en otros tiempos te llevaba y te traía desde el pueblo para el Tranco y al revés. ¿Para dónde quieres que sigamos ahora?
‑ Ya que estamos metidos en camino y por ese camino que me fascina sin saber por qué, vamos a seguir. ¿Qué ruinas eran las que según el texto buscaba el que iba por allí?
‑ Se refiera a las ruinas de unos baños árabes que en otros tiempos hubo por estas llanuras de La Laguna.
‑ ¿Y caen por allí cerca o no?
‑ Por allí cerca, siguiendo todo esta pista forestal caen las ruinas de lo que en otros tiempos fue casi una aldea.
‑ ¿Te refieres a ese cortijo que se encuentra junto a las paredes de una gran cascada seca?
‑ A ese cortijo me refiero ¿De qué lo conoces?
‑ El caso es que lo conozco nada más que de vista, pero ni sé cómo se llama ni qué fue aquello en otros tiempos ni ninguna otra cosa.
‑ Luego te digo su nombre y lo que aquello fue en otros tiempos, porque antes te toca a ti explicarme lo que conoces de aquello”.

El pueblo de Hornos me queda remontado sobre su roca inmensa, a la izquierda y como le da el sol de la tarde, brillan sus paredes y la hermosa figura de las casas. Es un día con muchas nubes altas y por entre estas nubes gordas y negras, grandes rotos por donde asoma el cielo azul. Hoy quizá más azul que nunca y por eso me parece tan bonito el pequeño pueblo encaramado en su gran roca y en el silencio. Como el sol le está dando desde el lado de la tarde avanzada, el cuadro es mágico.

A los cien metros de la junta del arroyo de Los Molinos con el río, a la izquierda, aparece el grueso de lo que fue la alameda. Ahora es llanura repleta de hierba y salpicada de tarayes. Más a lo lejos, los olivares que por la ladera suben hacia el pueblo. No tarda en aparecer el agua del pantano remansada. La pista sube por entre juncos, olivos y pinos. Es tierra sin cultivar y por eso tiene mucho majoletos y esparragueras.

Cantan los pajarillos porque es una tarde deliciosa y como no ha llovido en todo el día, ya parece más primavera de lo que en realidad es. Como llovió hace unos días, el campo está mojado y todo preñado de verde. Hay muchos pajarillos por aquí. Florecidas las retamas y las encinas con sus tallos nuevos. También los fresnos cargados de hojas recién brotadas y los olivos, ya tienen su trama a punto de convertirse en florecillas.
Se allana un poco la pista, después de haber remontado y pinos a la izquierda mezclados con muchos tarayes por donde se ve más cantidad de agua remansada del pantano. A la derecha, una ladera de olivos. Y entre los pinos de la izquierda, majoletos espesos, con muchas esparragueras, lentisco y encinas, entre algunos olivos sin cultivar.

Se curvan la pista hacia la derecha, remonta un poco y entonces a la izquierda, se separa algo del pantano y queda un puntalillo repoblado de pinos muy espesos. Endebles y bajos, pero muy espesos. Huelo intensamente a la flor del majoleto que es un perfume delicioso porque hasta sabe a miel, además de a primavera fresca.

En el puntalillo este, la pista sube un repecho, corto, pero muy empinado. Al remontar y a la izquierda, me saludan dos grandes encinas. Se allana en cuanto sube y a la izquierda y luego a la derecha, bastante remontada sobre el pantano que se ve ya grande. Tiene una cola muy ancha. Ahora baja algo quedándome, entre la pista y el pantano, una ladera con muchos pinos grandes y gruesos y una espesura de encinas y olivos asilvestrados. A la derecha, siempre la ladera con los olivos de verdad y bien cultivados.

Arrancan vuelo un par de patos. Voy viendo que la pista está muy estropeada porque este invierno han pasado por aquí muchos tractores. Con el agua que ha caído se ha formado mucho barro y los charcos han ido creciendo en cantidad y profundidad. Baja un poco y me queda, a la izquierda y a la derecha, un bosque bastante espeso de monte corto de pinos, encinas, retamas, lentiscos, jaras blancas, jaguarzos, esparragueras y mucha hierba. Y conforme voy bajando por el centro de este bosque me acompaña, el trino continuo de un pajarillo. Por delante de mí revolotea una mariposa y esto me indica que ellas también ya están surcando los aires de estas sierras.

El silencio por aquí es total. Sólo se oye el canto de algún pajarillo, el suave viento que se mueve casi imperceptible, por arriba las nubes blancas que se rompen a trozos para dejar ver el azul del cielo y los rayos del sol que caen desde el lado en que corre el Guadalquivir. Al fondo se ve el pantano por entre los claros de las ramas del bosque. Es un paseo realmente sencillo y por eso profundamente agradable y relajante. Un encuentro suave, desde el espíritu de uno con esa bocanada de aire limpio que tanto deseamos y con ese charco de paz que tanto nos hace falta. Si lo que quiero es gozar calmadamente no el asombro de grandes maravillas sino la perfección de lo pequeño y sencillo, siempre latiendo hasta en la más humilde hoja de hierba, aquí lo tengo y a puñados.

Si lo que busco es tener un contacto tranquilo con el silencio y la armonía de los paisajes, este paseo me los proporciona en cantidad más que suficiente como para saciarme. Ya voy viendo Monteagudo que no me queda lejos. Y a la derecha y como esto se abre un poco, aparecen otra vez los olivos cultivados. La pista sigue bajando aproximándose a las aguas del pantano. Se ha abierto el bosque y por esto la superficie del embalse, se ve con todo su esplendor.
Viene el viento desde la profundidad del valle y al tropezar sobre la pulida superficie, como el agua es blanda, se arruga y entonces se forman como pequeñas olas que llenan toda la planicie de las aguas dando la impresión como si se moviera en bloque hacia las partes altas. Es un espectáculo muy bello que ni siquiera mete ruido ni se alza con la fuerza de una montaña. Más al fondo, este esplendor se ensancha hasta perderse en la lejanía.

Ya estoy viendo las casas de El Carrascal y Hornos el Viejo. Se allana la pista y ladera hacia la orilla del pantano, se hace casi llanura. Por eso veo que las aguas se abren tanto que hasta construyen una pequeña playa tapizada de hierba. Me queda a una distancia de unos veinte metros. La luz que la tarde está derramando sobre estos paisajes, enmedio de este silencio y la anchura de las aguas que reflejan la claridad, es limpia, suave y silenciosa como son siempre estos rincones. Es también hermosamente bonita puesto que el campo se viste con un traje casi divino por el tono de hierba verde que se funde con el del bosque.

Un puñado de encinas grandes, me saludan por el lado de la izquierda. Todas apiñadas y entre ellas, muchas esparragueras. Cojo cinco o seis espárragos y como son las cinco y veinticinco de la tarde y todavía no he comido porque parece como si hoy me estuviera alimentando con otro majar más delicado, me dispongo a comerme unos pocos de estos espárragos verdes y tiernos que he cogido de la sombra de estas encinas. Los espárragos verdes, comidos crudos si están limpios y tiernos, son deliciosos por su sabor dulce amargo y al mismo tiempo puro.

Una curva aquí hacia la derecha. A la izquierda me queda la tierra ahora muy pronunciada y el pantano mucho más cerca. Sigo viendo y cogiendo por aquí muchos espárragos. Bajo hacia una hondonada por donde ya el pantano muestra mucho más anchura porque me voy moviendo hacia el corazón de este embalse. Y según voy avanzando no deja de levantarse algún que otro pato.

El agua que se remansa, por las orillas, se ve cristalina. Remonto una cuesta y se va curvando la pista. Bastante más cerca veo El Carrascal, La Platera y Hornos el Viejo. Al frente y en todo lo hondo, el picacho de Monteagudo, siempre como la torre pétrea que domina toda la extensión del Valle.

Me he elevado bastante sobre las aguas del pantano. También está bien florecido y perfumado el tomillo aceitunero que por aquí se mezcla con la mejorana. Sus flores son rosadas y diminutas y esta pequeñez le presta una belleza única. Da una curva muy pronunciada bajando hacia una leve hondonada. A la derecha los olivos que me vienen acompañando y a la izquierda los pinos con su escolta de retamas.

Se retira esto un poco más del pantano y aquí se fragua un recoveco que se parece, aunque más pequeño, al de El Chorreón. Mientras remonta como penetrando en el cerro adaptándose a la ondulación del barranco para cruzar el arroyo, al frente las laderas y cumbres del Cerro del Cañada Morales por este lado del pantano. Se ven muy tupidas de pinos y matorrales. Cruza el arroyuelo sin agua y gira a la izquierda. Se allana ahora bajando con suavidad y derecho hacia las aguas del pantano, como si fuera a caerse de bruces.

De vez en cuando, además de otras muchas florecillas de la hierba que todavía no ha florecido del todo, me encuentro con algunos puñados de orquídeas. Es la que tiene su flor amarilla y por el centro como si fuera una abeja. Canta el pájaro que siempre he oído con el nombre de trigueros. De nuevo se curva buscando cruzar otro arroyuelo. Y como por abajo ahora no tengo bosque, se da de bruces con las aguas remansadas.

Y aquí, la pista, ya se interna en un puntal que cae desde el cerro hacia las llanuras de lo que fue el valle. Esto es ya la vegetación autóctona que rodea a las ruinas de El Chorreón. Grandes pinos altos, mucha madreselva y carrascas y por entre ellas no dejo de coger espárragos. Gordos muchos de ellos y blancos por crecer a la sombra de este bosque espeso. Están dulces y eso lo sé porque según los voy cogiendo me los voy comiendo.

Baja suavemente como si fuera buscando las orillas y es que tiene que salvar este puntal. Es muy bonita esta bajada puesto que el bosque se presenta espeso y por eso, lleno de sombra húmeda y suave. A la izquierda una pequeña pared de rocas cubierta con muchas encinas viejas y muy espesas puesto que es un rincón oscuro por la densidad de la vegetación que es la propia de aquellos tiempos. Enebros y quejigos.

Aquí entro en un rincón muy hermoso. Es, o al menos esto me digo para mí, como el premio a esta ruta. Sube un poco para remontar el puntal y ya voy intuyendo la presencia del rincón donde se desmoronan las ruinas de El Chorreón. Orquídea a un lado y otro, muchas. Al remontar en una suave curva hacia la izquierda, a la derecha me queda un pino con tres pies y luego otro más grueso y varias encinas. Remonta y aquí una llanura encantadora por donde la hierba la tapiza por completo enredada con las jaras blancas y las viejas encinas. Y el silencio que hasta duele de tan espeso y amigo. Adivino que no estoy muy lejos.

Por delante del disco del sol, se ha puesto una gran nube negra que amenaza descargar en tormente en cualquier momento. Otra pincelada más para resaltar el paseo que esta tarde voy trazando por esta hermosa pista. A la derecha una pared de piedra y a la izquierda, dejada atrás la llanura, vuelve aparece como una pendiente por donde crecen muchas encinas y pinos viejos y las aguas del pantano al fondo que se abren inmensas.

Una garza real me ha salido del rincón. Por aquí la ladera del cerro de Cañada Morales que es el que vengo bordeando, se presenta muy quebrada. Casi en picado hacia las aguas del pantano cae la pista otra vez. A las aguas me quedan como unos treinta metros. Se me arranca ahora una gran bandada de pastos. Un enorme pino que se ha caído y tiene toda su copa metida en las aguas mientras que el tronco y la peana con sus raíces, se quedan fuera cayendo desde la ladera.

Gira la pista ahora hacia la derecha y remonta, casi tallada en un inmenso bloque de roca que caen desde las partes altas. Se inclina mucho para subir mientras por el lado del pantano se le ve sujeta con una pared de piedra entre troncos de viejas encinas y el agua clara que se mece al final. Sube bastante entre mucha vegetación de jara, pinos, romeros y enebros y ya adivino que este punto es el majestuoso mirador de Covatillas.

A la izquierda, un bosquete de encinas clavadas en las rocas y una pendiente. El espigón se me va abriendo cada vez más elevado y esbelto. Ya remonto y sí: este es el mirador natural de Covatillas. Majestuosas y en su tierra amada que más bien es la pura roca donde estuvo clavado, veo las ruinas de El Chorreón. Las tengo a dos pasos. Me paro, porque de pronto y como si fuera un puro sueño que se abre en su momento justo, la panorámica sobre la inmensidad del pantano y la gran cuenca de este esplendoroso valle, se extienden ante mis ojos. ¡Qué vista más bella!

Este sería el gran mirador de la cola que el Pantano del Tranco tiene hacia el pueblo de Hornos porque está aquí mismo, sobre las aguas y en un ángulo tan perfecto que deja ver toda la majestad que aletea por el delicioso Valle. Un escenario único montado sobre y frente al más singular de los decorados. Son las cinco menos diez de la tarde, y aquí en este espigón que tiene una piedra con una cara plana, voy a comer mientras me deleito, calmadamente, de la vista que ante mis ojos tengo.

El Chorreón me queda a doscientos metros. Al otro lado y mirando hacia el muro del pantano, me quedan El Carrascal, Hornos el Viejo y la Platera. Desde su rincón, toda la vega que cae hacia las aguas y más a la derecha, la ladera con pequeños rodales de olivos y pinos, el Collado del Montero y el picacho de Monteagudo. Desde esta cumbre y por las laderas que cae, las aldeas de La Canalica, Fuente de la Higuera y frente a La Canalica y en línea recta hacia mía, la isla de La Laguna por donde estuvo el cortijo de Moreno y más hacia la profundidad del pantano, por donde caen unos rayos de sol esplendorosos, la gran anchura de lo que fue la espaciosa vega y ahora son llanuras de aguas azuladas.

Cayendo el sol sobre la sierra de Las Lagunillas por donde se alzan unas nubes negras con bordes blancos y dorados y más cerca de mí, siento los graznidos de los patos que puebla estas aguas y los veo nadar y zambullirse de vez en cuando. Sólo para gozar la visión y el silencio desde este mirador rocoso, merece la pena el paseo.

Mientras estoy comiendo descubro asombrado que es todo un espectáculo este rincón y la panorámica que ante mí tengo. Sigo oyendo el graznido de los patos, observo el vuelo pausado de dos águilas que han levantado vuelo y coronan la cumbre del cerro que tengo a mis espaldas y sobre los picos de las sierras hacia Pontones, planean varios buitres leonados. La nube negra que venía alzándose desde lo hondo del río Guadalquivir, mientras estoy comiendo, la veo concentrarse sobre el picacho de Monteagudo.

Mudamente comienza a descargar su agua y como por encima de la sierra de Las Lagunillas las otras nubes se abren, dejan escapar a los rayos del sol que atraviesan el espacio y al chocar con los chorros de lluvia que descarga la nube del Picacho de Monteagudo, se transforman en los siete bellos colores del arco iris que se abre magnífico y entre gotas y algo de bruma, cae hermoso sobre las casas blancas de las tres pequeñas aldeas al otro lado del pantano. Insólito y bello el espectáculo, a estas horas de la tarde, sobre este mirador y frente a escenario tan grandioso.

La superficie del pantano se ha tornado negra azul y brillante y a los lados y como en franjas, se ven los reflejos del sol que les llega desde las brumosas cumbres de la sierra lejana. Las aguas de este pantano y en este día, cambian de color casi de continuo según el ángulo desde donde se observen y también según las nubes se abran o se cierren, se cambien en niebla, salga el sol y se quede el cielo con sus azules limpios. Al fondo surge la sierra de Las Lagunillas, ahora más impresionante y alargada desde donde está el muro del pantano y casi hasta la altura de la Torre del Vinagre.

Canta algún pajarillo y por lo demás, no se oye nada más que el rumor de las pequeñas olas del agua al romperse contra la orilla, que aquí por donde estoy, son puras rocas. Cinco o seis patos se han concentrado en uno de los recodos del agua en este rincón y mientras graznan, revolotean y saltan uno sobre otro como en un juego.

Sé que están en celo y este revoloteo suyo es una expresión más de la naturaleza en su lucha por la continuidad de la vida. Y también para mí y en este momento, otra pincelada de belleza que se me transforma en gozo dentro de esta inmensa panorámica tan repleta de misterio y, a estas horas del día, tan preñadas de luces, sombras y tonos vigorosos. Como si la eternidad estuviera por aquí revoloteando y por puro detalle de amor del Creador para conmigo, me estuviera obsequiando con uno de sus mejores besos. Esto es lo que parece y en mi alma así lo percibo y siento.

La fragancia eterna:
A punto de caer la tarde, se asomó a la cumbre del picacho y echó una última mirada al valle y además del silencio y la soledad y los caminos rotos, vio que hoy ya no hacia falta barrer la chiquera ni la cuadra de los animales porque descubrió que por la tierra ni careaban los marranos ni las vacas ni las ovejas ni tampoco estaban verdes los huertos ni en las llanuras del querido valle seguían creciendo los cerezos ni los robles ni los pinos ni los perales y además de ésta, como desolación o desbandada a lo grande, vio y sintió en su corazón que en la puerta de la amada casa, ya no se amontonaban las ramas para la lumbre cuando llegaran los fríos del invierno ni tampoco, de las chimeneas de los otros cortijos, brotaba su chorro de humo como siempre y, desde tiempos lejanísimos, había sido en este valle.

Y como el corazón se le descuajó desde la visión del cerro mientras iba cayendo la tarde, quiso levantarse y bajar e irse por los caminos rotos, no sabía hacia qué lugar que pudiera un poco consolarle, cuando al mirar, ya sí por última vez, los vio subiendo por la vereda del centro siguiendo los pasos lentos del burro grande y subidas sobre el lomo la abuela y la niña y al lado y detrás, los hermanos, la madre y el padre y vio que al llegar a la fuente, detienen su marcha y se bajan y antes de beber del agua purísima que a miel todavía sabe, la niña extiende sus brazos y como si estuviera en el juego que manaba de la abundancia y la belleza de aquellas remotas tardes, mirando a la abuela le dice:
- Es que antes de irme del todo quiero beber el último sorbo de este agua fresquita y quiero, la cara y las manos, lavarme para así conmigo llevarme el último beso de la esencia más fina que mana y, durante un rato más, por nuestro grandioso valle.

Y mientras ella bebe y medio juega en el cristalino chorro de agua que por la caudalosa fuente sale, la abuela la mira muda y en su silencio la mira la madre y el hermano dice que ya no se puede perder más tiempo porque el camino que sube por la tierra rozando las encinas grandes, es largo y más largo es el otro que lleva al infinito y arranca o muere por donde el empalme.

Y el que mira desde su picacho de siempre y está a punto de irse también porque ya muy avanzada viene la tarde, al echar su última mirada por las tierras dulces de su amado valle, descubre que con la sombra de la noche que avanza desde lo hondo, vienen subiendo las aguas desde el lado del río Grande y con las tinieblas de la noche que llega, juntas y al mismo tiempo, viene cubriendo las tierras y sepultando ya para siempre sus raíces y su corazón y las tumbas de los suyos y el vergel tan repletos de árboles y hasta la luz del propio sol porque ya es por la noche y todo se acurruca en su nido y el mundo entero ya no late.
- Hasta que Dios venga con su amor de padre y ordene que resuciten los muertos y que los cerezos florezcan y los ruiseñores, en sus rincones, otra vez canten.
Se dice él para sí, llorando desde su picacho y como escondido mientras vienen subiendo las aguas y, con ellas, la triste tarde.

Más información de este Parque Natural en:

http://es.geocities.com/cas_orla/

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OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-7

7- LOS PASEOS:
Camino Viejo a Los Parrales

Las distancia:
De un punto a otro e incluyendo un corto paseo por entre las ruinas del cortijo de Los Parrales, es un kilómetro y medio, escaso.

El tiempo:
Desde el cortijo de Montillana a las ruinas del cortijo de Los Parrales, en un paso tranquilo para empaparse y gozar a fondo, no se tarda más de media hora.

El Camino: Este camino es un trozo del que hemos llevado a El Chorreón, pero en dirección al muro del pantano. Discurre por firme de tierra aunque, bastante roto por algunos sitos y algo mejor, por otros. Es este un paseo delicioso que nos dejará el espíritu lleno de paz.

El paisaje
El punto de partida de esta ruta, es el mismo cortijo de Montillana, pero en esta ocasión hacia el muro del Pantano del Tranco. Pinares y muchas zarzas y carrizales, por el arroyo de Montillana, es lo que nos encontramos al comienzo de este camino que es para recorrer a pie. Ya por el cortijo de Los Parrales, nos sorprende el paredón rocoso donde estuvo el cortijo con el mismo nombre y la preciosa vista del pantano al fondo. Desde este rincón arranca el libro: “En las Aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora:
Hoy es ya cuatro de abril, son las once de la mañana y está lloviendo. Estoy ahora mismo en el cortijo de la Hoya de la Sorda y aunque es sábado anterior al domingo de ramos, no se ve a nadie por aquí. Me encuentro justo frente a las ruinas de este cortijo entre el monte de lentisco y coscoja, con sus tallos brotados y su trama a punto de abrir. Está el campo precioso puesto que llueve y la hierba se muestra fresca y verde como la más pura esmeralda y en sus hojas se traban las frágiles gotitas de la fina lluvia que cae.

Las once y cuarto de la mañana y ya estoy por detrás del cortijo de Montillana. Sigue lloviendo. El pantano se ve muy poquito porque la niebla, no hay niebla sino más bien nieblina y la lluvia que está cayendo casi lo funden con las nubes que le cubren. Hoy es un día de los de verdad mágico, con las cumbres arropadas por estas nubes bajas y los barrancos con sus tonos oscuros. Las hierbecilla o la gran pradera de hierba que cubre las tierras alrededor del cortijo de Montillana, se viste con un traje de ensueño: toda chorreando y surgiendo con la fuerza de la mejor de las primaveras.

Al llegar al lugar doy una vuelta y me encuentro con una manada de ovejas metidas en el pequeño establo de tablas que han construido contras las paredes en ruinas del cortijo. La construcción está en su silencio, sola y bajo la lluvia que lo besa y la niebla que lo arropa, como en un misterio que se presenta antes mis ojos y al mismo tiempo se oculta a mi conocimiento como si desconfiara. Pero, aún así, es impresionante.

Recorro la era por donde entre la hierba todavía se ven las piedras que la empedraba y me vengo hacia el tocón del viejo álamo seco y ahora tronchado. Me vuelvo para atrás y miro a las ruinas del cortijo. Precioso y hoy más por tanta hierba como le rodea, las cumbres cubiertas de niebla y la lluvia derramándose mudamente. Las ruinas del cortijo por la parte de delante comidas por las zarzas que han nacido sobre la pared.

Los troncos de álamos caído y ya casi podridos, chorrean la lluvia, junto con las matas de la hierba espesa. Andar hoy por aquí es ponerse chorreando, pero es también un placer como pocos en este mundo y potenciado por el silencio de la mañana y la soledad de los paisajes. Me vengo por la parte de atrás que es por donde crece el fresno y los granados que están ya con sus hojas muy abiertas, pero todavía no tienen flores y me encuentro con el viejo lilo. Ya sí está cargado de flores frescas que al ser acariciadas por las finas gotas de la lluvia que mansa caen, parecieran las más bellas de cuantas flores brotaron nunca bajo el sol.

Aquí mismo y sobre las zarzas que pegan a las ruinas, los jabalíes esta noche han hecho de las suyas, porque la tierra está toda levantada y con la lluvia que le cae, casi barro. Corto unas cuantas ramas del viejo lilo para llevarme un recuerdo de aquel perfume que se prolonga a través del misterio, el silencio y la humedad que corre por las venas de la tierra y me voy por delante del cortijo.

En este momento estoy empapándome del olor de las ovejas que están aquí encerradas, el de la hierba mojada y la lluvia besándola, el de los pinos cercanos que también tienen sus flores abiertas, el olor de las hojas de los álamos recién brotadas porque ya sí es la primavera, el perfume de las lilas que acabo de coger y el olor de este cortijo aquí hundiéndose entre zarzas, frente a las aguas del pantano y sobre la tierra llana de la era. Y por si me faltara algo, ahora mismo, de las aguas de este pantano se me arranca una bandada de patos.

Es un día precioso, misterioso y profundo por la lluvia que lo impregna y las nubes que lo coronan. Las aguas del pantano en silencio y las otras laderas de enfrente, por donde reposan las aldeas hermanas de este cortijo, como si estuvieran fundiéndose con la tenue luz que se aplasta sobre los barrancos. La hierba, mucha con sus florecillas abiertas, el rumor del arroyo de Montillana que baja con su caño de agua hoy sí grueso y los pajarillos, a pesar del día apagado y la lluvia, que se les oyen en sus cantos dulces y revolotean a mi presencia como en un juego inmenso donde son parte esencial.

Ellos hoy y también la lluvia fina y la hierba, celebran conmigo la primavera recién estrenada en las tierras de este Valle que sigue perteneciendo a los que estuvieron y ya no se les ve. Quizá por esto es más precioso el día. Y ya desde aquí, el cerrillo por detrás de las ruinas, me voy poniendo en marcha en dirección al otro cortijo hermano y también derruido: el de Los Parrales.

Por la parte de atrás, existe como un cerrito y en todo lo alto también se ve la tierra llana. Da la impresión como si aquí también hubiera habido una era. Pero ahora se la come, además del gran manto de hierba, las retamas y las zarzas en una lucha silenciosa por querer que la vida siga presente donde tanto es la abundancia de muerte desde que ellos se marcharon.

En un día como el de hoy, desde luego que esta ruta de cortijo a cortijo, es de un encanto que no tiene parangón ni comparación con nada bajo el sol. No hay nadie, la lluvia cae mansamente, empapa la hierba verde y la vegetación que también está verde, porque ya toda ha brotado y entre ellos los majoletos, los fresnos, los lentiscos, las cornicabras, las zarzas. Y todo es realmente mágico, de tanta belleza, tanto recogimiento y tanto secreto.

Me aproximo al arroyo de Montillana y claro, ahora por la izquierda me queda como una pared de zarzas y es por aquí donde se abre el portillo que da paso a la llanura donde estaban las hornillas y la fuente cuando esto fue zona de acampada. Pasando el portillo, ya a un lado y otro, dos muros de juncos, zarzas, majoletos, esparragueras y lentiscos que me escoltan hasta justo cruzar el puente. Hoy Montillana, el arroyo, trae mucha más agua que otros días. La lluvia, aunque es menuda, ya está escurriendo y desde las altas cumbres de Beas, el arroyo la recoge.

Al cruzarlo, enseguida una llanura repoblada de álamos y como están brotados, se les ve reluciente de verde y con la lluvia que los lava, el color de las hojas nuevas, es más puro y fresco. Transmiten una sensación magnífica y única y al pasar junto a ellos, huelen con el perfume de lo puro aunque sea olor de álamos recién brotados. Los majoletos crecen aquí mismo, todavía algunos cubiertos con sus flores blancas y otros, vestidos tupidamente de hojas nuevas.

A la izquierda, el pequeño letrero de hace unos años: “Zona de acampada, clausurada”. Se ve la llanura y enseguida las aguas del pantano que vienen subiendo. Por ahí revolotean los patos que con esta lluvia y niebla y la tierra solitaria, hoy sí hay muchos. Y la llanura, a la izquierda, baja hasta las mismas aguas tapizada de hierba que se adornan con las perlas de las gotitas transparentes. Es impresionante de bonita.

Enseguida y muy suavemente, la pista comienza a remontar. Un roble a la izquierda, y ya nos va llevando plácidamente y, abrazados por la armonía que mana del bosque, hacia el rincón de Los Parrales. Las jaras blancas, han florecido y a muchas de ellas, se les ve con sus pétalos abiertos y otras flores algo más viejas, con la lluvia se han caído y se desparraman por la tierra, mojadas y rotas. Pero la lluvia, ¡ay que ver lo hermoso que está dejando el campo en esta mañana tranquila!

Va a ser una primavera, esta que entra, impresionante por estas tierras si el tiempo sigue fresco. El romero también permanece con sus flores aunque esta planta se viste con flores azules desde el mes de enero e incluso antes. Pero ha vuelto a florecer y, además, está brotado. Las coscojas que me encuentro por aquí, todas también con sus tallos nuevos. Ahora recuerdo una curiosidad de las hojas de esta planta. Son duras, con muchas púas y éstas tienen los bordes dentados. Dicen que lo de las púas es para defenderse de los animales que se la comen y lo de las hojas dentadas, indica que es una planta muy resistente tanto a los fríos como a los calores del verano. Muchos jaguarzos y retamas. Un bosque de pinos grandes por donde sube un poco la pista de tierra y esparragueras. Muchas esparragueras también a un lado y otro, de las cuales voy cortando algún espárrago verde y tierno.

De aquel año de sequía, que fue cuando este pantano se quedó casi seco, tengo un pequeñó texto que recogí al pasar por la curva de este pinar. Dice así: “A veces tienes la impresión de estar viviendo un sueño. Ves un paisaje y tienes la sensación como si lo conocieras de siempre. Hoy, esta tarde, al pasar por aquí, me ha ocurrido a mí esto. Tuve un sueño anoche y en él vi una pequeña senda que, desde el cortijo en lo alto del cerrillo, bajaba hacia el arroyuelo de la junta. Trazaba una curva en forma de media luna y conforme iba ciñéndose al barranco todo el rincón se llenaba de un misterio especial.

Sé el nombre del cortijo que se llama Valdegrillos y está en una finca que tiene también el mismo nombre, precisamente en las tierras que hoy son el núcleo del Parque Natural de Los Villares al norte de Córdoba. Pero el rincón que vi en el sueño no se parecía al que allí existe y es real. Me veía yendo por allí, pero los paisajes que en mi alma se reflejaban no eran aquellos.

Esta tarde, ahora mismo, en cuanto hemos llegado a la curva que esta pista da al pasar por este pinar, en cuanto penetramos por entre sus sombras, algo tiembla dentro de mi espíritu. Es éste el rincón que anoche vi en mi sueño. Pero ¿Cómo es posible si por aquí no he venido nunca? No conozco de nada este paisaje ni el camino ni el bosque ni las sombras húmedas que de él mana. Mas no me engaño: el arroyo, la ladera, el manantial en forma de fuente, casi todo y exactamente es lo que anoche recorrió mi mente mientras yo dormía. Y sobre todo, algo muy concreto: los parajes, todo el murmullo de aves aleteando, piando, trinando, resonaron anoche por mi mente mientras dormía y ahora están aquí, pero es que, además, ahora tengo la sensación que este rincón es el mismo de hace cuatrocientos años según las ordenanzas que se proclamaron por aquellas fechas:

“Otrosi ordenamos y mandamos que qualquier persona de nuestro término no siendo vecinos dellos cortaren y llevaren fuera sin licencia de nos el dicho concejo açores y otras aves y yeruas o mineros u otras cossas que son defendidas por nuestros fueros e por otras nuestras ordenanzas quelo haya perdido y pierda con más la bestias en que lo llevare y incurra en las demás penas de estas nuestras ordenanzas que son mil mars. por cada pie de siñuelo que sacare y llevare a lo mismo por las dichas aves e mineros y otras cossas que aplicamos donde ellas las aplican”.

A mí al menos, me parece eso: que a veces tengo la impresión de estar viviendo un sueño. Veo un paisaje y me digo que lo he soñado y cuando voy andando por él, ya no sé acertar si aquello es real o sueño”.

Remonto la cuestecilla hacia el pequeño arroyo que baja desde la Hoya de la Sorda y de entre los lentiscos y las coscojas he cortado ya ocho o diez espárragos grandes. Nada más cruzar el arroyo la pista remonta suavemente entre pinos grandes, mucha hierba y mucha retama. Algunas de ellas dobladas de flores amarillas oro y una encina a la derecha. Remonto más y a la izquierda muchos jaguarzos y sobre el tronco de un pino, un espárrago de tres metros de alto, todo blanco y tierno porque se esconde entre la sombre de este espeso bosque. Me salen de por aquí varios mirlos que llenan el momento con sus chillidos y a la derecha y puntalillo arriba, sube todo sembrado de jaras blancas que están cuajadas de flores rosa clarita y como la lluvia le cae, mudamente extienden un espectáculo delicioso.

Se allana un poco la pista a la izquierda y se ven las aguas del pantano al fondo. Cantan los pajarillos porque en este momento ha dejado de llover y el bosque, pues se espesa en una curva no muy pronunciada. Por aquí ya remontada sobre la ladera del cerro de la Hoya de la Sorda. Frente y por entre el roto de los pinos, se ven La Canalica y Fuente de la Higuera. Los pinos se amontonan junto a la pista, espesos indicando que fueron repoblados y una pequeña hondonada. Y están llenos de musgos. Esa pelusa larga y verdosa que al mojar la lluvia se torna tan verde que pareciera acabara de nacer ahora mismo. Es la pelusa que recogen por algunas zonas de este parque para extraer esencias.

La mañana está muy tranquila, no hay nadie y ahora caigo en la cuenta que ni en el camping aunque sean ya comienzo de las vacaciones de Semana Santa. Con esta lluvia las personas se han desanimado algo y de esto modo, no se llena tanto la sierra. Hacer una ruta como esta en un día como el de hoy, es pues, un puro privilegio.

Remonta un poco la pista, suavemente y sigue por entre el bosque de pinos carrascos y a la derecha, encinas y algún roble que también están ya brotados. Los jaguarzos ahora son los que cubren la ladera hacia arriba y como también están florecidos y sus flores son blancas, pues parece que sobre el verde intenso y lavado por la lluvia, hubiera caído una nevada y no lo hubiera cubierto todo, sino sólo con algunos puñados de copos blancos, por aquí y por allá. Es de ensueño.

Junto al camino un puñado de hierba espesa con su mil gotitas de lluvia trabadas. Los enebros también están ya con sus tallos nuevos que resaltan entre las otras hojas viejas que son más negras. Sobre salen, por entre los lentiscos, los tallos de la madreselva. Que como esta planta es trepadora los tallos nuevos son largos e intentan agarrarse a las ramas de las encinas o de las cornicabras. Mientras crecen y van buscando donde enredarse, son largos y finos con el color de lo tierno y delicado.

Baja ahora la pista, una piedra gorda que ha rodado del lado de arriba, sigue por entre el bosque de pinos, muy cerca de las aguas del pantano que no se ven con claridad por la espesura de las ramas. Por sus rotos, la espesura deja ver algunos trozos de las aguas. A esta altura, pero en todo lo hondo de pantano, estuvieron los cortijos del Soto de Arriba y Soto de Abajo. Al otro lado los olivos de Fuente de la Higuera y las casas.

Dos pinos casi igual de grandes y gruesos, al borde izquierdo de la pista. A la derecha el lentisco espeso, la hondonada y las retamas florecidas. En este caso, lo que se derrama por la ladera que sube, son retamas y como están florecidas, todo pareciera que se tiñen de oro que es el color de estas flores. El romero emerge por entre ellas con su pincelada de azul, algún roble surgiendo de un puñado de rocas vestidas de musgo y también pequeñas matas de lentisco nacido sobre la pura piedra.

Siguen con su canto los pajarillos y el paisaje de lo más dulce y beso para el espíritu. Sobre la pista, en los trozos llanos, se remansan charquitos de agua. Y por la ladera que me va escoltando, cuando desaparece el monte, a un lado y otro, se ve la tierra y como del suelo está brotando la primavera, la hierba la cubre con un esplendor verde profundo. Toda sigue bañada por completo de gotitas frágiles.

Una curva, la pista que baja y ya tengo, casi rebasado, las casas de Fuente de la Higuera. Frente se me va presentando el espigón que baja de la cumbre de Monteagudo y se hunde en las aguas del Pantano. Por ahí ya no hay olivos y lo que se acerca a las aguas, es el bosque de pinos. Por aquí, hacia la derecha y ladera arriba, los pinos son grandes y gruesos. Al cruzar otra hondonada un chorrillo de agua que cae a la alcantarilla y sale de aquí mismo: de entre unos juncos, juncia y rosales silvestres. De aquí mismo brota este pequeño chorrillo de agua.

Desde la hondonada la pista remonta un poco y aquí sobre ella, encuentro algo muy curioso: pequeños montoncitos de tierra roja que ha sido sacada por las hormigas como si estuvieran limpiando, cada una, su casa, porque llega la primavera. El pantano se me acerca mucho más según voy dando esta curva y a la derecha, remontando levemente, se ve la tierra desnuda de árboles. Adivino que estas son ya las tierras del cortijo de Los Parrales.

Lo primero, una higuera sobre el puntalillo. Está ya con sus hojas brotadas también y la ladera sin árboles, pues cubierta por completo por un manto de hierba. Se adivinan cerca las ruinas de aquel cortijo. Otra leve hondonada y remonta imperceptiblemente buscando las ruinas de aquel abrigo humano. Y justo abajo y a la izquierda, dos grandes fresnos y una roca que se inclinan ya casi al borde de las aguas del pantano.

Esta zona es más pendiente porque el valle por donde corría el río Hornos, se estrecha. Si por un milagro todavía vivieran aquí aquellas personas, hoy no podrían casi ni salir del cortijo porque las aguas remansadas llegan hasta la misma puerta. Y al mirar veo, sobre las rocas del filo del despeñadero, el mirador que construyeron por el lado del hotel, casi colgado. Justo cae encima de las ruinas de aquel cortijo.

Ha dado una curva la pista, se mete por entre un bosque de pinos que la escolta a un lado y otro, al frente me ha salido una bandada de palomas y ya veo las ruinas. Arriba y por debajo del mirador, las grandes rocas al resguardo de las cuales estaba levantado el cortijo y por la parte de abajo, más rocas, muchas zarzas e higueras. Unas enormes rocas que sobre salen y al frente, el espigón que baja desde la cumbre de Monteagudo hacia el pantano. Un espigón muy quebrado con una roca coronándolo.

Sigo avanzando y ahora subiré al cortijo. Y entonces bajo un poco, cortando por entre la roca y los troncos de los fresnos, muchas zarzas a la derecha y aquí ya las rocas y las aguas del pantano al alcance de mi mano. Me aparto de la pista, bajo por una sendilla estrecha, busco la roca que traza límite entre la tierra y las aguas y vengo a descansar justo a una pequeña llanura tapizada de hierba. Es precioso este rincón y ahora que lo miro despacio, hasta pienso que este punto pudo ser una de las eras.

Tres o cuatro espárragos sobre los troncos de los pinos, muchos arrendajos que arrancan vuelo formando gran escandalera y la llanura como si se hubiera abierto para recibirme. Aquí mismo, justo al borde total de las aguas, pero en la tierra de la era, dos troncos de álamos secos y también tronchados. Como si estos árboles también se hubieran negado seguir con vida al irse los que por la tierra vivían. Me acerco a las aguas y donde ya las olas menudas y transparentes se quiebran sobre la hierba que surge de la tierra, varias amapolas florecidas.

Las miro despacio y descubro que son rocas tobáceas todas las que por aquí ruedan y se amontonan. Se han desprendido desde la pared del despeñadero que es por donde cae la cascada y al lado de arriba mana la Fuente del Prao. Justo debajo del chorreadero de las cascadas, estaban las construcciones del cortijo. Sobre la pura piel de las rocas, descubro que han nacido zarzas, mucha hierba, dos o tres variedades de musgo y hasta un buen puñado de árnica. Té de roca, no veo.

Es precioso el borde que talla aquí junto a las aguas. Fueron tierras cultivadas por los que aquí vivieron y por eso siguen la presencia de álamos, higueras, granados y otros árboles que se resisten desaparecer. Ha nacido algún lentisco, algún majoleto y por lo demás, hierba verde mojada por la lluvia y espesa y alta. También muchos espárragos. Cojo cinco o seis en un rodalillo de nada.

Remonto hacia el rinconcito donde estaban los cortijos. Y lo hago sin dejar de coger espárragos a un lado y otro. Mientras me va acompañando el verde de la hierba intenso y limpio y el canto de los mirlos. Como ha dejado de llover, ahora ellos pues parece que saludaran al día que la creación les ha regalado. Es un canto suave y agradable.

Miro hacia arriba, veo a las higueras y por entre ellas, saliendo, las ruinas. No hay nada más que hierba, los pinos que sembraron, algunas higueras secas que llaman la atención por lo verde que se les ve a las otras, fresnos, por entre las higueras, muchas zarzas y hierba espesa y quemando de verde fresco y limpio. Me llega casi hasta la rodilla y por eso, tantos mis pies como los zapatos y los pantalones, los tengo chorreando y trabado en ellos, los pétalos de las florecillas que voy pisando.
Subo, un roble pequeño, grandes lentiscos y muchas zarzas. He remontado y salgo a la segunda era que debió ser la primera por el lugar donde está y lo grande. Desde aquí, la visión hacia el rincón de las ruinas, muy hermoso. Apenas veo las paredes porque las cubren los robles, las zarzas, las higueras y muchos lentiscos. La hierba en la ladera, se espesa y ahora lo que veo son muchos hinojos. Están ya también brotados y bañados por el agua. Las higueras tienen ya sus frutos trabados en las ramas y las hojas empiezan a ensancharse. Los granados, pues todavía tienen la cáscara, ya podrida, de las granadas viejas del otoño pasado.

Desde la era me voy aproximando a las ruinas del cortijo y siento por ahí caer un chorrillo de agua. Las ruinas están aquí, bajo una roca, por completo caídas. La roca les protege por el lado de arriba, un pino que sale de entre ellas, desde la roca cuelga un gran lentisco y una zarza que ha nacido en la base. Luego, muchas higueras repletas de higos con las hojas brotadas, lentiscos, cornicabras e hierba espesa por todo el suelo. La roca que tiene por el lado de arriba, se ve que les servía incluso de pared y por aquí, como si tuviera una chimenea.

Me muevo por el lado de abajo y no hay nada más que higueras, todas asilvestradas, muchas ramas, pero muy verdes y con muchos higos. Y la tierra, con hierba casi de medio metro y chorreando por la lluvia que le ha caído. Me vengo por esta parte de abajo, salvo las higueras y remonto otra vez hacia las ruinas que por aquí parecen como si fueran más grandes.

Veo un gran fresno y la puerta del cortijo, con sus maderas todavía por arriba y las dos ventanas a los lados, con una tercera, aún más reducida y un pino saliendo de entre los escombres de las ruinas. Era este un cortijo bello. Por la parte de arriba, según estoy mirando hacia las cumbres de Beas, está el fresno. Un gran árbol viejo emergiendo de entre unas rocas negras y al frente, otras rocas más grandes que presentan incluso una cueva. Y la llanura que hay delante, desde donde estoy mirando, repleta de hierba de medio metro y entre ella, muchos hinojos.

He remontado como una pared y ya estoy casi en la misma puerta de un metro. Se ve, bueno pues, toda caída, comidas por el gran lentisco que ha crecido en la misma puerta, las dos ventanas abiertas con su agujero mirando hacia lo que fue el valle. Me asomo por el roto de lo que fue la puerta y lo único que veo dentro es otro lentisco que cubre con sus ramas todo lo que fue la casa por dentro. La pared de roca de la parte de arriba. El lentisco tiene sus flores a punto de abrirse y reluce de verde.

Entre otras cosas y los recuerdos imborrables que permanecen en su silencio, en cuanto termine de explotar la primavera y se levanten las nubes y salga el sol, todo el monte que cubre, arropa o envuelve las ruinas de aquellas viviendas, se llenará de mil florecillas. Por entre cada una de estas florecillas revolotearán las abejas en busca de su gotita de mil y del polen que las cubre.

Por la roca que hay por delante de lo que fue la puerta del cortijo, un poco hacia donde se pone el sol, se extienden los tallos de las parras. Aquellas viejas parras que ellos tanto cuidaban para que les dieran su vino. Una de ellas, todavía sigue por aquí engarbada a las ramas de una gruesa cornicabra. Y estos vigorosos tallos de parras ya tienen sus pequeños racimos de uvas que, como en aquellos tiempos, el sol del verano irá madurando.

Una esparraguera por el lado izquierdo según voy subiendo, otra higuera por el rincón, muchas zarzas y sobre la roca del fresno, una pared por la parte de abajo que seguro era el corral para los animales y el hueco de la roca, ahumado. Ahí crecía un granado que se ha secado. Las ramas del fresno arropan todo el rincón tiñéndolo de sombra y oscuridad. Y arriba, en los agueros de esta gran roca de toba, crecen algunas matas de esparto. Por el lado en que se pone el sol, la misma roca presente otra cueva más pequeña.

Atravieso como puedo y la hierba espesa y alta. Bordeo la roca y descubro más ruinas de construcciones. La gran roca tobácea, negra todavía de aquel humo, comida por las zarzas y más hundida, oscura y verde por la lluvia y las ramas del fresno. Remonto y ya estoy por la parte alta del tronco de este viejo fresno que se retuerce hermoso y como cansado hacia las aguas del pantano. Tiene en su base las zarzas amontonadas y podridas entre otras ramas secas y ahora es cuando quisiera preguntarle, mientras acaricio su tronco, por la presencia y vida de aquellas personas que tanto lo mimaron a lo largo de tantísimo tiempo. No me responde porque él, igual que yo, tiene su pacto de silencio con la eternidad de los sentimientos y las cosas.

Subo algo más y ya me dejo abajo el fresno con su roca negra, pegado a las ruinas del cortijo y aquí otra pequeña llanura. Cornicabras, muchas zarzas, el rumor de la cascada que me rebasa, los trinos de varios pajarillos y mi pequeñez en el centro de este verde rincón que no transmite muerte sino luz y belleza que se toca con el cielo.

Sobre la gran pared que caen desde lo alto y forma como un escalón, otra construcción, también bastante rota y justo pegada el despeñadero. La roca se muestra con tonos rojos y las señales de haber corrido agua por ahí, en otros tiempos. Siento la cascada, pero me queda más a mi izquierda que es por donde cae el arroyuelo que baja desde la Fuente del Prao. Y como este farallón rocoso mira al sol de la mañana, toda la inmensa roca está cubierta de pequeñas macetas de una mata herbácea redonda y florecida. Muestra muchas florecillas diminutas con tonos blancos tirando a rosado.

La lluvia ha comenzado a caer de nuevo y según me voy acercando a las segundas ruinas oigo con más claridad el agua que chorrea. Es un escalón de rocas que la montaña tiene por aquí, muy parecidas a como son las de El Chorreón y contra estas rocas levantaron el cortijo y esta segunda construcción para encerrar a los animales. Remonto y ya estoy por el lado de arriba de la pared. Ahora veo más claro que esto debió ser una tinada para encerrar animales. Crece una cornicabra y mucha hierba entre la pared y las rocas. Y por aquí mismo, arranca o llega, lo que seguro fue el camino que en aquellos tiempos venía desde la Hoya de la Sorda.

Desde aquí mirando hacia el pantano, una vista esplendorosa de Monteagudo y toda la ladera que cae hacia lo que fue la Junta de los Ríos. La ladera de Fuente de la Higuera hasta el arroyo y las casas. La higuera que tengo a mi lado es grandísima y está repleta de higos. Sigue lloviendo y con el rumor de la cascada que se despeña y sobre este bosque inmenso de hojas verdes, está pues eso, cayendo la lluvia, el silencio del día, la soledad y el recuerdo. Por encima revolotean
algunos cuervos y al pasar graznan como si quisieran decirme algo.

En aquellos años en que empezó lo del pantano, quizá todavía y puede que durante un tiempo, pareciera, parece y parecerá que quien ganó fue el pantano y los desmontados, arrancados de sus raíces y hasta borrados en sus huellas por estos rincones, fueron ellos: los humildes y pequeños ¿pero no se abrirá un día el gran libro de la verdad suprema y se verá que el triunfo es a la inversa? ¿No se intuye, más allá de lo que pueden ver los ojos y escudriñar la mente humana que lo que ahora parece éxito y triunfo, puede ser fracaso y destrucción final mientras que el dolor de los pequeños y su insignificante verdad, será lo eternamente hermoso y bello?

Desde este rincón verde y entre las ruinas de lo que fue grande, miro las aguas remansadas y contemplo las gotas de lluvia caer. Y con el paladar del alma, saboreo un gozo dulce y positivo que mana y me lo presta el latido de lo eterno y en ello, Dios que está aquí presente. Y hoy, sé que este dulzor profundo y nítido, es más real y positivo que todas las imágenes que puedan contemplar con mis ojos y analizar mi mente.

Quizá por esto y en este momento, viéndome en la fina lluvia que va empapando la tierra y se hace perlas de luz en las hojas de la hierba, el único deseo que tengo en el alma, es el de fundirme con este silencio y el verde que reflejan las hojas del bosque y con el silencio de aquellos que aquí vivieron y ya no están, dejarme ir y hacerme luz con la luz del sol y morir limpiamente con las gotas que mansas caen. Esto es lo que ahora mismo quiero porque intuyo y sé que esta realidad intangible es la puramente verdadera y cuyo nombre rotundo y cierto es Dios y en su centro, la eternidad.

No hay más y ahora bien lo sé y por eso digo que el triunfo que proclaman las ruinas y las aguas del pantano, es distinto al que parece. De aquí que en este momento quiera irme con la lluvia que riega el campo y el canto del pajarillo que revolotea por el rincón. Es un instante supremo y estoy viendo el camino y sintiendo la música de la voz que me llama y quiere y palpo que ahí, está la gran verdad y ellos y la meta final con todo en su exacta belleza y perfección, según saboreo en mi alma y desde la soledad de la tierra, a chorros bebo.

La fragancia eterna:
A ella se le ve subir por los caminos que surcan la tierra y al poco, se le ve entrar al cortijo que arropan los pinos y como ella, hoy al igual tantos días, sí trae su tragedia propia en el alma que le hace bella, también hoy como tantos días, se olvida de su dolor y en cuanto llega a la casa se interesa por le hermana aquella y luego por los pequeños de la otra hermana y por el muchacho y después, por las cosas de la cosecha y por el dolor del padre amado y por la salud de la reina abuela.
- Pues aquí vamos tirando, que no es poco y amontonando cada día un grano de arena en la ilusión que traemos entre manos, pero tú ¿cómo es que siempre estás en las penas de los otros y las tuyas, como si no existieran?
Y la hermosa hermana:
- Las tengo y las llevo por dentro, pero sabes que desde pequeña me enseñaron a bordar sencillas letras que forman palabras hermosas porque al fin y al cabo, si bordar la vida es nuestra obligación, hacerlo correcto y con amor ¿qué trabajo cuesta?

Y durante un rato más, se le ve dentro del cortijo rodeada de las personas buenas que le expresan su cariño y le dicen que la quieren por ser ella tan alegre y hermosa, no hablando nunca de su dolor y sí pendiente de las otras penas y por eso esta mañana, como tantas otras por esta Vega, alrededor suyo y en el cortijo, todo parece una fiesta simplemente porque ahí entre ellos y bien cerca y a pesar de su hermosura, no se habla de otra cosa sino del dolor de los presentes menos del de ella.

- Esta hermana humilde que parece una princesa hay que ver cuánto entusiasmo contagia, sólo verla.
Dicen las personas del cortijo y a estas palabras contesta sincera:
- Todos y, en esta lucha con la tierra, estamos como escribiendo un libro y en ello se nos va el afán diario y la ilusión y los sueños y hasta la salud y las fuerzas, pero ya sabes que lo importante es que al final, en ese libro, las letras contengan y expresen grandes mensajes porque ese es el único tesoro que, después de todo, queda.
- ¿Y quién nos leerá ese libro que tú dices, a diario vamos escribiendo, aunque no sepamos, a nuestro paso por la tierra?
- ¡Quién va a ser, mujer, sino el Dios supremo que es el dueño y el maestro y el Padre Bueno que nos quiere, cuida y besa?

Y al poco, a ella, se le ve caminando por los sencillos caminos que surcan la grandiosa Vega y dejando tras de sí, una aureola de perfume y, en los corazones de los amigos pobres, el entusiasmo y la luz que alumbra e indica el camino que atraviesa la vida y tierra y lleva a la región de lo eterno, que es donde el dolor de los humildes, son letras de oro y luz purísima que exhala sagrada esencia.

Más información de este Parque Natural en:

OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-6

6- LOS PASEOS:
Camino Viejo a El Chorreón

Las distancia:
Desde el cortijo de Montillana, la distancia puede ser algo más de tres kilómetros, pero también depende si seguimos fielmente el trazado del camino o nos desviamos para atajar o visitar las orillas del pantano.

El tiempo:
Desde el cortijo de Montillana hasta el puntalillo que se enfrenta a la cascada de El Chorreón, media hora. Hasta las mismas ruinas, unos cuarenta y cinco minutos, a un paso normal.

El Camino:
Es un trozo del camino que trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir a todo alrededor de las aguas del pantano. Se asienta sobre tierra y rocas y discurre por la misma orilla de las aguas. Está bastante roto por algunos sitios aunque tiene tramos en buenas condiciones. Este camino es para recorrer a pie y en forma de paseo.

El paisaje:
Desde el viejo cortijo de Montillana, que es donde arranca la ruta, remonta el camino siempre por el borde mismo de las aguas escoltado, a trozos, por olivares y en otros tramos, por pinares y monte bajo. La visión que vamos gozando, es de lo más relajante para el espíritu por las aguas tan cerca y las cumbres de Santiago-Pontones, algo más lejos. Un libro recoge mucha información de aquellos tiempos lejanos por estos lugares: “En las Aguas del Pantano del Tranco”.

Los que hay ahora:
Desde las ruinas del cortijo de Montillana, salimos por el lado derecho que es la parte que mira al pueblo de Hornos y buscamos el viejo camino. Nos movemos por entre retamas, rosales silvestres, el pequeño bosque de cipreses y buscamos la pista de tierra que nos dejará sobre las ruinas de El Chorreón.

Por entre estos cipreses, los jabalíes se meten y se ven los troncos, pues llenos de barro de restregarse ellos después de tomar sus baños de cieno en los charcos del camino. Una espesura de pinos mezclados con cipreses y se nota enseguida que esto fue tierra buena que aquellas personas sembraban. Se ve por aquí restos de una acequia que venía desde el arroyo con su caño de agua para el riego e iba hacia las otras llanuras que ahora cubren las aguas.

Remontamos unos metros y volvemos a coger el camino que va a El Chorreón. Muchos cardos, grandes y aparranados contra el suelo y aquí, el camino. Empieza a ceñirse a la ladera sin despegarse mucho de las aguas y avanza hacia las profundidades de lo que en aquellos tiempos fue la Dehesa. Es la una menos cinco minutos y andando a un paso normal, pues vamos a ver lo que se tarda desde aquí hasta las viejas ruinas de aquel cortijo casi fortaleza que se llamó, y para la historia se seguirá llamando, El Chorreón.

Lentiscos a un lado y otro. Muchos lentiscos, olivillas, fresnos, algunos robles por aquí según bajamos un poco hacia la hondonada y por la parte de arriba, olivas de las que se cultivan y pienso pueden ser todavía algunas de las de aquellos tiempos. Por la parte de abajo, que es la derecha y por donde se remansan las aguas del gran “Charco”, tierra virgen, poblada de zarzas, retamas, hierba y el sol que las besa mientras el silencio se la come guardando el secreto de lo que desapareció. Lo que hay desde el camino hacia la orilla de las aguas, pues eso: la tierra poblada de vegetación baja y la quietud contenida como si esperara el momento que un día de estos tiene que llegar.

Las zarzas que nos vuelven a salir otra vez al paso y tenemos que venir con atención porque si avanzamos siguiendo el camino, sin apartarnos a las ruinas de Montillana, por estos tiempos nos encontramos con charcos de barro y cieno que nos complicaría algo el paso. Nos vamos por el camino que va más pegado a las aguas azules y por una llanura muy bonita con su tapiz de hierba fina y la pura tierra. Muchas zarzas al frente y emergiendo de entre ellas, los membrillos, florecidos y ya con las hojas despuntadas. Su color verde y blanco juega con la luz brillante del sol. Unos cuantos álamos, todavía sin hojas, que se recortan sobre la ladera de enfrente, por encima de Fuente Mala. El azul del cielo y las nubes blancas revoloteando libres.

Y al llegar, el camino, a lo que fue una acequia, un gran fresno que permanece en su tierra amada. Ya tiene brotadas sus hojas y por el suelo se ven muchas hozaduras de jabalíes. Mucho barro hubo por aquí este invierno, pero ahora se puede pasar sin problemas. Ha pasado por aquí, no hace mucho, un tractor oruga. Una pequeña curva, una vez atravesado la llanura o vaguada y si miramos para atrás, descubrimos las tierras por donde hemos bajado y se nos presenta una vista preciosa.
Antes, la llanura que hemos atravesado, verde, el cortijo de Montillana ya un poco en la distancia y la tierra llana que le da cuna y al frente, la ladera de los olivos por donde hemos bajado y el cerro de la Hoya de la Sorda, con su esplendor de vegetación. Más al fondo, la sierra de Las Lagunillas, el azul del cielo y las mágicas nubes blancas. Es de ensueño este rincón. Muy bonito y por más que intento meterme en aquel mundo cuando ellos estaban, no lo consigo en la intensidad que lo deseo. Sin duda que este fue su edén particular aunque tuvieran que sudarlo para sacarle a la tierra su fruto.

Nos acompaña en todo momento, el canto variado y dulce de los pajarillos y si fuera ya primavera avanzada, también se oirían en trino de los alegres ruiseñores. Porque en estas tierras, hubo y hay muchos ruiseñores saltando por entre las sombras de las zarzas. Y si fuera primavera avanzada, nos alegrarían los silenciosos vuelos de las mariposas que liban las mil florecillas de estos prados. Esto pequeños cuadros, como unas endebles pinceladas de aquella niña del Soto de Arriba y en aquellos tiempos en que su Vega era un paraíso.

De vez en cuando, por arriba, nos atraviesa algún cuervo o graja que al cruzar, grazna como si quisiera decirnos algo. De entre los lentiscos, se arrancan los zorzales. Los mirlos son los más escandaloso. Atravesamos otra pequeña llanura y enseguida, otro arroyuelo. Es pequeño, pero tiene su puente construido en aquellos tiempos del camino y el pantano. A la izquierda y justo en el mismo muro del puente, otro mojón de la Confederación. Es un arroyuelo que no trae agua porque es muy cortito.

Aquí hay cemento y se ve que cuando lo echaron, alguien escribió lo que fuera. Intento leer, pero no lo descifro. El puente es muy bonito, entre zarzas, casi tapado y en su silencio como tanto por este rincón y no es porque falte presencia de humanos o de otros seres vivos. El silencio mana de otra fuente y se consume con otra materia. Romeros florecidos y rosales silvestres con sus semillas rojas. Por debajo del puente, el arroyuelo lleva una hebra de agua que mana de aquí mismo. Enseguida hay unas torrenteras grandes de tierra roja que se ha hundido hacia el surco del arroyuelo y a pocos metros, el agua del pantano remansada.

A la derecha, unos metros más adelante, un puntalillo que desde aquí y hasta las aguas embalsas en el pantano, está repoblado de pinos. Son carrascos y endebles. Hacia la izquierda, este mismo puntalillo, la pista remontando y los olivos. Unos olivos muy bellos, de hojas anchas y otro mojón de la Confederación justo en la curva y al remontar el cerrillo.

Ya en lo alto, si miramos hacia atrás por nuestra izquierda, vemos todo el gran barranco que acoge al arroyo de Montillana, que es por donde surca la carretera del asfalto y mana Fuente Mala y arriba, las grandiosas cumbres pobladas de pinos, las rocas de los espigones que sobresalen de entre la oscuridad de la espesura y más lejos, el eterno cielo azul que tanto compañía da en cada momento y que también arropó al mágico mundo que latió en este Valle.
Mas cerca de nosotros, el puntalillo, repleto de olivos que chorrean verdes y todavía huelen a aceitunas maduras. Y a la derecha, allanándose hacia El Chorreón, sigue la repoblación de pinos. Se ve claramente que fue repoblación porque con claridad se distinguen los surcos que trazaron para sembrarlos. Nada más atravesarlos un poco y dejando el puntalillo, la pista cae hacia el barranco. Otro arroyuelo menor que baja de esta ladera de los olivos. Baja unos metros, se ven las zarzas y al frente, los majuelos florecidos. La sombra se espesa porque a la izquierda nos quedan siete u ocho pinos gruesos y proyectan una gran sombra.

Muchas zarzas y aquí, pues no hay puente porque es un arroyuelo pequeñito y aunque sí tiene algunos charquitos de agua, no es gran cosa. Las zarzas que aprovechan cualquier puñado de tierra para brotar y algún árbol espinoso florecido en blanca nieve. La pista remonta otra vez a otro puntalillo que también presenta muchas hozaduras de jabalíes, casi barro, todavía porque hay gran humedad a pesar de la poca lluvia de estos últimos meses de invierno.

A la derecha, en todo momento, nos van acompañando las aguas del pantano que se ven por entre la espesura de los pinos, algún olivo también arrinconado entre los pinos y aquí se espesa el monte. Es lentisco, muchas zarzas, juncos porque hay mucha humedad. Remonta como unos cien metros. Subimos la pequeña ladera quedando a la izquierda una torrentera llena de zarzas y esparragares, manando unas hebras de agua y un lentisco.

En cuanto termine de explotar la primavera, este rincón se tornará un jardín grandioso. Una ardilla me sale de entre el monte y corre tronco arriba de uno de los pinos. Ya en lo alto, según vamos coronando, vemos un puñado de encinas centenarias. Son: dos, cuatro, seis, siete encinas en total con sus troncos grises y gruesos que adornan tanto el camino como el rincón donde están clavadas. Las dos primeras, según vamos, crecen rectas y abiertas en forma de cascada que se abriera hacia la luz que del sol les llega. Otras dos más también rectas hacia el azul de firmamento.

Atraviesa el camino por enmedio de tres de ellas. La ardilla que sigue en su juego porque parece que sí quiere esconderse de mí y en las ramas altas, pero al mismo tiempo, parece como si no quisiera irse tan pronto. Como si pretendiera algo que ni sé ni puedo adivinar. Me paro y al mirar despacio para gozar con más calma la figura de estas viejas encinas, observo que unas se curvan hacia las cumbres de Beas. Y me asombro: es precioso este rincón y ahora más con las corpulentas encinas, tan majestuosas bebiéndose el misterio que las abraza. La ardilla sigue poniendo su pincelada de juego inocente. Ya ha subido a lo más alto, pero se para y me mira una y otra vez. ¿Qué quiere?

Desde aquí mismo, el rincón de las encinas hermosas, si miramos para atrás, la vista impresiona más que desde ningún otro punto. La inseparables y elevadas cumbres de Beas, en la lejanía la sierra de Las Lagunillas y el monte y los olivos por donde hemos bajado que al verlo desde esta distancia, se presenta con tonos y misterios nuevos. Se adivina el collado donde se encuentra el camping y las ruinas de nuestro primer cortijo.

Para delante y por la izquierda, nos siguen acompañando los olivos y a la derecha, el bosque de pinos que ahora ya nos tapan las aguas del gran lago. Como hemos remontado, nos hemos alejado de la orilla. El camino se allana un poquito sin dejar de ceñirse a la tierra siempre recto hacia las ruinas de El Chorreón.

Pues hemos tardado, justo hasta estas encinas andando a un paso normal, doce minutos. Por entre los pinos que nos van quedando a la derecha, se ven muchas esparragueras, mucha retama, muchas hozaduras de jabalíes, porque es esta una tierra que la toman con gusto estos marranos silvestres y más, desde que se fueron aquellos serranos. Y aunque los pinos son endebles, están espesos y dan mucha sombra fresca. En primavera más avanzada, esto es delicioso.

Ha bajado un poco el camino, unos cincuenta metros y, al volver a subir, forma una hondonada por donde rezuma el agua. Aquí se vienen los marranos salvajes para bañarse porque el barro, eso es lo que indica. Ahora remonta un poquito y ya se adentra en el bosque de pinos espesos que es el mechón boscoso que rodea la cascada de El Chorreón. Porque junto a las ruinas de este viejo cortijo, no hay olivos. Es una zona muy quebrada por donde baja el arroyo de Cañada Morales y las olivas se quedan mucho más arriba.

Se mete el camino por entre el bosque de pinos pequeños a un lado y otro y ya se oye el rumor de una corriente. Al momento me creo que son las aguas de la cascada grande y no es cierto. Tengo un poco más de paciencia y enseguida descubro el arroyo. Nada más remontar quince o veinte metros, aquí se ha caído la torrentera de la izquierda que corta el camino. Es esta tierra greda roja y como se ha hundido bastante el camino se ha quedado casi cortado.

Ya estoy justo en el arroyuelo de donde manaba el rumor que parecía cascada. Trae mucha agua y baja de la ladera que precede a la aldea de Cañada Morales. Alguien de por aquí, en la tierra del camino, ha tallado un surco estrecho para que la corriente atraviese toda recogida y así no se encharque. Y entonces, el camino se allana y busca el rincón oculto de las ruinas de El Chorreón. A la izquierda y a la derecha, espeso bosque de pinos. Se ven menos repoblados y sí con muchas zarzas parrillas, cornicabra y coscoja y muchas esparragueras y lentiscos. El bosque está espeso y el monte bajo, también.

Después de atravesar este arroyo, baja un poquito, corona un puntalillo y se divide. ¡Ojo porque tenemos que seguir por el ramal de abajo! Sube otro ramal para la izquierda y este atraviesa por ahí los olivares y busca la aldea de Cañada Morales. El que nosotros llevamos sigue al frente. Ya se ve allí un espigón de tierra que se adentra hacia las aguas del pantano, el camino como que bajara un poco y se mete por entre bosque mucho más espeso no sólo de pinos, sino enebros, robles, alguna sabina y siguen los lentiscos.
Mucho pasto entre el monte. Pinos que se han caído y encinas grandes, muchas encinas viejas y robustas. Es este un rodal de bosque todavía autóctono, de aquellos tiempos enganchado a las rocas de esta ladera por donde cae la cascada que fue compañera del viejo cortijo. No repoblaron por aquí y por eso está
virgen y espeso.

Baja el camino por entre el bosque y la tierra roja y atraviesa otro pequeño arroyuelo. Si vamos despacio y sin meter mucho ruido, veremos bastantes bandadas de palomas torcaces. Hay agua, porque este año sí hay mucha agua, y al bajar el camino hacia el arroyuelo, pues aquí se encharca. Y otra vez más los jabalíes con su barro para bañarse y las hozaduras por toda la tierra. Se puede cruzar sin problemas. Y ahora remonta suavemente.

A la derecha nos queda un trozo de camino menos usado y aquí otra vez mucha atención. No es el bueno, para nuestra pretensión, el trozo de camino más usado que es el que remonta. Lo es el que baja y parece que fuera algo muerto. Es justo el de la derecha el que nos llevará a El Chorreón. No está usado porque por aquí no hay olivares que son lo que ponen en uso a los caminos y sobre todo, en la temporada de las aceitunas.

Cruzamos otro pequeño arroyo, sin agua y una encina grande y la bandada de palomas que revolotean y llenan el cielo de arreboles. Al llegar al puntalillo, tenemos una vista muy hermosa sobre el valle de las aguas del pantano. Al frente y muy atrás, Monte Agudo, la ladera con sus aldeas, las aguas del pantano y el reflejo sobre ellas, pero abajo, donde los ojos no pueden ver, durmiendo la vida y entre ella la eternidad, aunque no se note. Hermosa vista.

Aquí en el puntalillo, el camino baja como si buscara el pantano y el otro remonta ladera arriba y es el que lleva a los olivares y luego al pueblo de Cañada Morales. Viente minutos es lo que hemos tardado hasta llegar a este puntalillo en un paso normal. Al frente, según subimos el repecho, el agua del pantano, más hacia la derecha y al fondo, el pueblo de Hornos, tapado un poquito con los pinos, el Yelmo y las laderas de toda aquella gran cumbre. Traza una curva, mientras remonta, quizá el tramo más duro de todo el trayecto y luego otra y ya se viene hacia El Chorreón.

Vuelca y ya estamos en el barranco de El Chorreón. Se oye, y ahora sí es verdadero, el rumor de la cascada. Bajamos unos metros, atravesamos un rodal de tierra por donde las margaritas blancas están florecidas y ya va resto a la cascada. Se oyen los cencerros de las ovejas y no son las de aquellos tiempos, sino las que aún quedan por aquí y conozco al pastor. Está al otro lado de las aguas del pantano.

Remontamos el puntalillo que se enfrenta a El Chorreón y se ve el pantano. ¡Precioso! Nos queda casi a nuestros pies y la cascada más al frente cayendo. Muy bonita y en un día como el de hoy. Este año sí tiene agua. Bajamos un poquito el puntalillo hacia el borde de las aguas y es justo cuando nos queda frente, la preciosa cascada con sus chorros abiertos en forma de nubes que se esfumaran por el cielo. El remanso nos queda al alcance de las manos y las ruinas del viejo cortijo, al frente remontadas sobre la roca que le servía de fortaleza. El rincón es de ensueño. Visto desde aquí, es fantasía que por un momento se ha posado sobre la tierra a descansar y se prepara para remontar e irse hacia lo intangible.

Y frente a la imagen de un fragmento de tu rostro, mi alma siente la necesidad de darte las gracias por regalo tan grande que me das y no merezco y porque Tú, Dio mío, eres así de grande y bueno, que me das y me vas quitando para que vaya aprendiendo que el viento que respiro y el agua que me refresca y bebo, es puro amor para conmigo que voy caminando por los caminos de este suelo.

Y frente a la imagen de la fragancia de este tu beso, me paro y te digo que Tú eres así de rey y al mismo tiempo, sencillo y sabio y bello para que, yo que soy un niño que no sabe hablar, vaya aprendiendo que nada hay bajo el sol que no te pertenezca y así haces brotar las fuentes para cada uno de nosotros y en cualquier momento. Gracias, Señor a pesar de aquella herida y este dolor, por regalo tan grande que me das y no merezco.

Hasta este puntalillo hemos tardado justo media hora y a un paso normal. Aquí, el camino sube un poco para salvar la cascada por la parte de arriba y se va hundiendo en el barranco del arroyo de Cañada Morales. Atraviesa este pequeño primer arroyo, que no tiene agua ni puente, pero sí muchos pajarillos y al frente el paredón de rocas por donde cae el chorro.

Cruzando el arroyuelo, remonta un poco pegándose a las rocas de la izquierda que es una pared muy considerable. Y, justo rozando, va metido el camino y sigue remontando para buscar la cascada y saltarla por el lado de arriba. Escala una cuesta bastante empinada, a la derecha nos queda el gran pino, grueso como el cuerpo de varias personas y sigue remontando para volcar dentro de un rato.

Corona el puntalete y una vista impresionante con el pantano remansado y la cascada. Justo trabado en las rocas, pasa el camino. A la izquierda, la pared pétrea sobre la que ha sido tallada con la anchura de unos cinco metros sujetada, por el lado que da al embalse, con un muro de cemento. ¡Impresionante, este rincón!

Y al frente sobre el puntalillo, las ruinas de El Chorreón, casi, casi cubiertas por las aguas, pero no llegan a taparlo. Sobre las olas pequeñas que modela el suave viento, las irisaciones de las mil estrellitas que parecen bailar en una fiesta limpia, sólo para la hermana paz y misterio del rincón. Se van quedando a la izquierda y son preciosas. Otro fresno viejo. Bajo un poco y, enseguida, se allana el camino y el arroyo. Dos grandes fresnos a la izquierda, por debajo del puente y casi colgados en la pared de la caída.

Y la transparente cascada. El agua que sale del puente y cae hacia el abismo y como el remanso del pantano está enseguida, pues la caída de esta cascada, hoy, no es muy larga. El nivel del líquido embalsado ha subido tanto que más de la mitad de esta cascada, está cubierta. Pero desde arriba, el camino que ahora se sujeta en el viejo puente, sí se ve chorreando. Otro gran roble que se ha secado y el agua que viene por entre una intrincada espesura de cornicabras, zarzas, rosales silvestres y pinos.

Hace unos años, el pantano estaba casi seco y recorrí las tierras llanas que ahora cubren las aguas. Entre otros misterios y rincones visité el de esta cascada y ruinas. Para el libro “Desde el Pantanto del Tranco del alto Guadalquivir”, dejé escrito lo siguiente:

“Ya debajo, entre otras muchas cosas, lo primero que observo es que esta fascinante cascada se parece a la que también existe en el cortijo de Los Parrales en esta misma ladera y por la orilla del mismo pantano. Aquella es muy bonita, allí recogida entre los pinos y cayendo desde la pared de rocas. Esta no se encuentra tan recogida entre pinos sino mucho más abierta al sol de la tarde y a los espacios de la gran llanura, pero cae casi por la misma pared rocosa, aquí más pegado al pueblo de HORNOS mientras que aquella se haya más cerca del muro del pantano.

El agua que en otros ocasiones cayó por aquí fue depositando la cal sobre la pared de piedra y a lo largo del tiempo se formó la maravilla. Hermosas figuras de rocas de tobas que cuelgan ahora de esta pared y ni son estalactitas siendo estalactitas y estalagmitas y, además, bloques preciosos, anudados, perfectamente fundidos con la roca de la pared. Todo el farallón, desde lo más alto hasta la poza de abajo que es donde caía el agua que saltaba por la cascada, ha quedado preciosamente engalanado y aunque ahora esta singular cascada no tiene agua, si se ven aquí las señales que a lo largo de los años la corriente del arroyo dejó sobre las rocas por donde se despeñaba. ¡Que bonito, que asombro tan gran es esto!

Con la prisa de la tormenta ya casi encima del valle y el asombro de los truenos, apenas me da tiempo recrearme un buen rato frente a esta cascada. Así que salto por los grandes bloques de rocas que despeñados desde lo alto han quedando por aquella zona y me voy a venir para las ruinas, cuando me asombro una vez más: una ampulosa y verde mata de té de roca brotando allí mismo, entre la tierra y las rocas desprendidas de la pared. Nunca he visto antes, y mira que he visto matas de té de roca, una mata tan grande y tan perfectamente redonda, como si fuera toda una maceta cuidada con el mayor esmero, en lugar de crecer de la forma en que casi siempre me lo he encontrado, una mata con cuatro o cinco tallos clavada y colgando en las paredes de las rocas.

Pero no, la que aquí veo es toda una gran maceta. Una planta que se ha desarrollado tanto, que de tener sólo cinco o seis tallos tiene más de cien brotes, todos vigoroso, llenos de verdor y como, además, ha venido a nacer no en la pared de este acantilado sino en la parte de abajo, donde la pared se clava en la tierra, no cuelga sino que bellamente se abre en forma de maceta. Corto un buen puñado de esta olorosa y en este caso bien desarrollada planta de té, Jasonia glutinosa, y aunque quisiera quedarme mucho más rato debajo de esta cascada para mirarla y remirarla desde un lado y otro, como la tormenta sigue tronando y ya incluso caen algunas gotas, la prisa me come.

¡Una pena porque es todo lo contrario a la que es siempre mi disposición cuando vengo por estas sierras! Me digo que si empieza a llover y me coge por aquí me tendré que buscar un refugio entre estas rocas o debajo de algún árbol, pero si me coge cerca de las ruinas de este caserón o por entre ellas, por allí me será más fácil encontrar algún refugio mejor y con menos peligro.

Así que sintiéndolo mucho me vuelvo para atrás, despidiéndome ya de esta bonita cascada y me voy hacia las ruinas. Remonto un poco una corta ladera rocosa y ya estoy entre las paredes de piedra que sobre esta otra gran roca se desmoronan. Y claro, que había pensado que estas ruinas podrían ser los restos de aquel antiguo balneario del cual unos y otros me habéis hablado, me siento ahora un poco decepcionado. Me he equivocado y se equivocaron los que como yo pensaron lo mismo.

Una vez que ya desde aquí dentro voy mirando despacio veo que esto tiene pinta de haber sido un gran cortijo y no un balneario. Le entro por la parte de atrás y veo dos cosas: el camino este de la Confederación que pasa por aquí mismo e incluso al llegar a la cascada le entra por la parte de arriba, cortando la roca casi sin temerle y sigue adelante y la otra cosa es que en una de las paredes que de este edificio todavía quedan de pie veo como muchas pequeñas divisiones. Con pared también de piedra, desde la parte más larga que sería el muro principal, a lo largo de la fachada norte, existe toda una hilera de divisiones que al verlas me recuerdan a las cochineras que en mi niñez vi en los cortijos de Sierra Morena, para individualizar a las marranas con sus gorrinos cuando acaban de parir. No me refiero a la pocilga que es donde duerme toda la piara sino a unas divisiones pequeñas especialmente dispuestas y construidas para un solo animal con sus crías. Las marranas recién paridas sólo entran a estas pocilgas para amamantar a los lechones y cuando salen sus crías se quedan dentro para así evitar que se mezclen con los de las otras marranas paridas.

A estos apartadijos me remitían estas pequeñas divisiones que acabo de ver sobre la vieja pared de este edificio en ruinas. Y no me sorprenden porque según sigo adelante voy viendo más divisiones y estos son corrales. Por entre este laberinto de paredes semi derruidas ya no existe ningún aposento que tenga techo. No veo nada más que trozos de paredes y hasta tengo la impresión de que aquí en otros tiempos sólo se encerraban animales porque entre estas ruinas no aparece ningún rincón que tenga aspecto de haber sido antes vivienda humana. Y por lo que voy descubriendo hasta empiezo a pensar que esta roca hace ya mucho tiempo que fue abandonada.

En el rincón de varias de estas paredes crece una encina que por lo menos tiene ya cuarenta años y la rodean varias matas de coscoja, cornicabra y pinos. Todas estas plantas han nacido aquí después de haber sido abandonado el lugar. Y realmente el lugar es bonito. Algo así parecido al pueblo de HORNOS, que lo proyectaron ahí, sobre la base de una amplia roca, un poco llana por la parte de arriba y la misma lancha que sirve de plataforma para toda la construcción, hace de pared, de muralla por el lado que mira al río. Y como este punto se encuentra aquí tan elevado y en un lugar tan concreto del valle, la vista que desde aquí se observa es magnífica. Como si la única finalidad de esta construcción fuera sólo ser mirador natural justo donde el valle empieza.

Así que satisfecha ya mi curiosidad y recorrido muy a lo rápido este pequeño y hermoso rincón de la cascada y las ruinas, me pongo en movimiento y cruzo de nuevo la llanura en busca del coche. Tan emocionante ha sido el encuentro con las ruinas para mí que hasta me he olvidado de la tormenta y ello ha sido también porque la tormenta al final se ha ido deshaciendo sobre las cumbres del Yelmo y un poco por las laderas hacia el valle. Ni siquiera llueve con seriedad a pesar de tanto escándalo. Pero tengo que decir que por culpa de esta tormenta no gocé yo a fondo, como realmente me hubiera gustado, este enigmático rincón. Es cierto que sí se me ha quedado algo más claro de lo que antes lo tenía, pero todavía este lugar es bastante desconocido para mí”.

Atravieso el puente y a la derecha me va quedando un puñado de romeros todos vestidos de diminutas florecillas azules brillantes. La sombra de los pinos que me arropan y enseguida, unas rocas y pequeña curva y ya, las ruinas de El Chorreón. Casi debajo de mis ojos y en el puntalillo de enfrente que fue pura plataforma rocosa. Aquí el camino es dulce, como si con nosotros, quisiera descansar para aproximarse a la vieja fortaleza, de puntilla no sea que se asombre y se caiga definitivamente a la profundidad. Trabado en la roca y casi colgado en la pared de lo que es propiamente “El Chorreón”: el caudal que baja por el arroyo que al llegar a este escondido tranco, se despeña, hoy ya, sólo como un juego solitario para ir llenando un poco más la enormidad del pantano que tanto cubrió, pero en aquellos tiempos, como un espectáculo sincero que derramaba sabia de vida por todas las tierras de la gran Vega.

Las aguas del charco, abajo, moviéndose azuladas y tranquilas como si acabaran de ganar la mayor de todas las batallas y ahora se recrearan sobre el reino conquistado. Sigo bajando y a la derecha, el gran pino, todavía trabado en el mismo borde del camino. Por la izquierda me va quedando una pequeña muralla de rocas sobre la que ha sido tallado este camino. Aparecen cinco o seis pinos que por fin se cayeron después de tanto aguantar y echar de menos a los que, en aquellos días, también se fueron.

Si desde donde está este pino caído, miramos para atrás, vemos el puntalete desde donde gozamos la primera panorámica de este recodo y su cascada cayendo. Nos quedan muy lejos las sierras de Las Lagunillas. A la izquierda otro roble seco, una espesura de pinos, sale de la pequeña curva que es hondonada y ya, cae y va de frente a las ruinas de aquel impresionante mundo recogido entre las paredes de piedra de lo que fue casi una fortaleza. Antes de asomar totalmente a las ruinas, a la derecha, otro pino grueso y dos más. Y las ruinas, a dos pasos.

Desde estos dos pinos y la pequeña curva, como si se nos abriera con todo su secreto y los latidos de lo que fue y ahora no es. Sobre la roca, rodeado de aguas, besado por el sol de la tarde limpia que cae, arrullado por algunos trinos de pajarillos, mucha hierba fresca en las tierras que todavía le acompaña, la sombra de otro manojo de pinos, unos cuantos más caídos y más hierba que ya no da de comer ni a las ovejas ni a los cerdos de la matanza.

Si volvemos la vista, porque el rumor de la cascada casi reclama a voces nuestra atención, vemos el despeñadero con todo su esplendor y el rincón que ha ganado el agua hacia la cascada y las ruinas del cortijo. Las piedras de aquellas paredes y el agua del pantano que se mece aquí mismo. El recodo azul verde, la blanca cascada cayendo y la senda tallada por encima y en las puras rocas.

Por entre las ruinas y abrazado a lo que, ni moja el agua embalsada ni pudre el tiempo, si pudiéramos escuchar y descifrar ¿no se oirían los pasos de aquellos mulos amarrados a la ritranca y monótonamente dando vueltas a las piedras del molino? Porque este Chorreón, fue un gran molino en aquellos tiempos. ¿No se oiría el goteo del aceite puro y fresco saliendo de las aceitunas machacadas? ¿No se oiría el quejido sordo de cada uno de ellos, en la lucha diaria y el sueño siempre a flor de piel? Si escucháramos despacio y desde la dimensión del amor ¿qué sería lo que desde estas ruinas, bañadas de agua cristal, oiríamos?

Son las dos menos veinte y salí de Montillana a la una menos diez. Pues justo cuarenta y cinco minutos, he tardado, a un paso normal y empapándome del entorno y cuanto respira y vive por esta tierra.

La fragancia eterna:
Al rodal de tierra que se traba en la ladera y mira al barranco y por encima de las rocas grandes, como que se aplasta silencioso besado por el sol de la tarde y regado por el chorro de agua que todavía le llega del arroyuelo, ahora se lo comen los pinos espesos y bajo ellos, los jaguarzos, las retamas, las cornicabras y las zarzas y el puro silencio.

Pero como por el rodal de tierra late la vida y entre el polvo que ahora sólo da hierba silvestre, permanecen las huellas de aquellos y de ella cuando regaban sus tomates y cortaban sus pimientos en las tardes que aunque se comió el tiempo, siguen aplastadas en la soledad y luz que muda la besa, ayer por la tarde al pasar y de nuevo verlos y sentirlos, me paré con el deseo de quedarme y beber un sorbo del latir inmenso que por el rincón humilde todavía sigue latiendo.

Y por el rodal de tierra, el insignificante y pobre sobre la ladera que mira al Valle, me pareció ver, con los ojos del corazón, la figura de la abuela acompañando al nieto y derramando el sudor de su frente sobre el áspero suelo y ella, entre tarea y tarea, pronunciando sus palabras con acento a inmenso:
- Tú, hijo mío, pídele siempre a la tierra y a los hermanos, desde lo limpio que llevas en tu corazón y lo noble que ella tiene dentro.
Y el nieto:
- Algo de lo que deseas decirme, sí entiendo, pero como dice padre ¿si otros vienen y se hacen dueños y manchan e ignoran a la tierra diciendo que son otros tiempos?
Y la abuela:
- ¡Ay hijo mío! Dura será la lucha y ella y tú y yo y los que vengan después, seguro sucumbiremos, pero si a la tierra la prostituimos y nuestra identidad y rumbo vamos perdiendo ¿qué seremos nosotros bajo este sol que nos alumbra sin señas propias y sin centro y sin el amor purísimo que los manantiales de estas tierras nuestras, nos van transmitieron?

Y en el rodal de tierra que riega o regaba el agua que limpia saltaba por el arroyuelo, sigue en su faena la abuela y el nieto y como hoy han pasado ya tantos años, desde el silencio de esta tarde incierta, miro las huellas de ellos y de estos y en mi dolor y en mi secreto, me digo, desde lo más adentro:
- ¡Ay abuela! Si tú levantaras la cabeza y vieras ¿qué dirías de estos nuevos tiempos?
Y la abuela, desde su rodal de tierra en la región de lo eterno:
- No hace falta que me lo digas porque lo estoy viendo, pero lo mismo que aquella tarde, te digo que la tierra y todo lo que por aquí fue nuestro y con herida tremenda, hoy se desangra y se muere, que al final, lo cierto no es ni esta realidad ni aquella sino el latido que fuimos los humildes y con la tierra y en nuestro perfume, aquí sigue inmaculado y en su centro.
Y entonces quiero decirle:
- Pero abuela ¿tú estás viendo lo que yo veo?

Más información de este Parque Natural en:

http://es.geocities.com/cas_orla/

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OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-5



5- LOS PASEOS:
Hoya de la Sorda, Cortijo de Montillana


Las distancia:
Si nos bajamos siguiendo la pista de tierra que atraviesa los olivos, puede llegar al kilómetro y algo. Si nos vamos acortando las distintas curvas que traza este camino, el recorrido es menor.

El tiempo:
Hasta las ruinas del cortijo de Montillana, no se tarde más de veinte minutos, pero es obvio que también depende del ritmo que llevemos y lo despacio y a fondo que deseemos gozar los paisajes.

El Camino:
Este camino es un trozo de pista que baja desde el Camping de Montillana, Hoya de la Sorda, hasta enlazar con el que recorre las orillas de las aguas del Pantano del Tranco por Montillana y el viejo cortijo de Los Parrales.

El paisaje:
El punto de partida de esta ruta, es el mismo collado de la Hoya de la Sorda, justo donde se encuentra el camping. Desciende casi en picado buscando la hondonada del pantano y lo recorremos entre olivares, encinas, viejos robles, aulagas y muchas zarzas por el arroyo que nos va quedando a la derecha. Al frente nos va impresionando la vista de las aguas del pantano, las cumbres de Monteagudo, las aldeas en su ladera y más cerca de nosotros, el viejo cortijo de Montillana y las llanuras por donde se asienta. Poco a poco nos vamos metiendo en el corazón de lo que recoge el libro: “En las Aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora:
En cuanto paramos sobre la llanura del pequeño collado, a la derecha, si subimos desde el muro del pantano, vemos un panel que recoge algunas indicaciones de la ruta que vamos a recorrer : “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado: 45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos se nos esfuman porque la emoción y belleza de las tres rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.

La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuido esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida, pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que sera el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todoterrenos si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tonos azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.

La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuido esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida, pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que sera el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todoterrenos si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tones azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

Según vamos bajando, porque la ladera se pronuncia cada vez más, al frente se nos va abriendo la gran panorámica de los montes donde se asienta Hornos el Viejo, El Carrascal, La Platera y más a la derecha, los barrancos hacia el Collado de Montero, con el arroyo de la Canalica, la aldea de la Canalica y Fuente de la Higuera. El pueblo de Hornos de Segura, se nos queda por debajo de las cumbres del Yelmo y el cerro de Hornos, pero al frente de nosotros y remontado en su roca y como si surgiera de las azules aguas del gran pantano.

Al venir por aquí, ya es bueno haber leído el libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, porque al ver ahora los paisajes, sin duda que nuestro gozo a la vez que nuestra compresión, será mucho más completa. Ahora nos iremos haciendo una buena idea de lo que fueron, en aquellos tiempos, los paisajes de este esplendido rincón y lo que son hoy.

También al frente, pero ya un poco atrás y a la derecha, se nos alza el pico de Monteagudo. Son las doce y media de la mañana y el disco del sol, está en todo lo alto. Con razón aquellas personas tenían como referencia el gran picacho de Monteagudo, para saber en qué hora del día se encontraban y sobre todo, el medio día. Sobre las aguas del pantano se reflejan las laderas de este monte, con las aldeas de La Canalica y Fuente de la Higuera. Es una visión preciosa.

Y aquí por donde vamos andando, a la izquierda nos va quedando la cumbre de un pequeño cerrillo de tierra blanca poblado de jaguarzos, carrasca arbustivas, una encina bastante vieja y gruesa, mucho romero y aulagas que por estas fechas están florecidas. A la derecha, los olivos que son todavía jóvenes sobre esta tierra blanca. Y al fondo, las aguas azules del pantano. Y más a la derecha, por donde viene el camino bordeando las aguas, el bosque de pinos y entre ellos, el gran concierto de pájaros. Se ve, al frente, el cortijo de Montillana.

Saliendo de este cerrillo, la pista se divide en dos. El ramal de la izquierda, va al frente por entre los olivos y la de la derecha, sigue bajando en busca de la que sube desde el cortijo de Los Parrales. Aquí gira ahora hacia la derecha buscando el barranco por donde viene el pequeño arroyuelo que nace justo donde hemos cogido esta pista. Se ve al frente, con toda su majestad, la ladera repleta de olivos y arriba, la corona de pinos entre espeso monte bajo que es por donde se nos han quedado las ruinas del cortijo Hoya de la Sorda.

Según llegamos a la curva, descubrimos que por el arroyuelo baja un chorrillo de agua. Seguro que no será así en otras épocas del año, pero hoy sí tiene este chorrillo y muy claro. Ha llovido mucho este invierno y se puede adivinar que ya más metidos en verano, puede que no tenga agua ninguna. Pegado a sus zarzas crece el poleo y a las palomas torcaces, que toman bien las sombras y espesura de estos pinares, se les siente por entre las zarzas bebiendo.

La pista va tallada en la ladera de este cerrillo de tierra roja con betas blancas y gris ceniza, y también se adivina que su principal misión es para dar paso a los olivos que vamos atravesando. En cuanto damos la curva otra vez hacia la izquierda porque este camino desciende trazando muchos zigzags, enseguida a la derecha y abajo, el camino que viene desde el cortijo de Los Parrales. Arranca del muro del pantano, pasa por Los Parrales, el cortijo de Montillana, los parajes de El Chorreón y sigue hasta salir a la carretera por el río Hornos. Este es el camino que trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir cuando terminaron de construir la presa.

Este camino es nuestro paseo dividido en dos preciosos tramos. Cogiéndolo en el cortijo de Montillana que es donde tiene su centro, hacia un lado y otro, quedan dos distancias casi iguales y repletas de mucha belleza. No es la cantidad sino la calidad, la calma, la reflexión y el gozo pausado lo que nos proporciona un placer grato y suave que cuela hasta lo más hondo.

Al llegar al puntalillo, otra vez se vuelve a dividir. Un tramo que sigue hacia el arroyo y desde aquí ya se oye el rumor de la corriente del arroyo de Montillana, y otro ramal que tira a la derecha y remonta, bajando, un puntalillo de tierra blanca con aulagas y olivos a la izquierda. Este es el que va al cortijo. Desde aquí mismo, si miramos hacia el arroyo, se ve la gran espesura de álamos que pueblan las orillas del cauce. Por ahí, narra María, mana la caudalosa Fuente del Tobazo. El manantial donde nace, con toda su fuerza, este arroyo de Montillana. Frente queda la ladera de olivos por donde está Fuente Mala y más para arriba, las Cuevas de Montillana, el barranco por donde baja el arroyo, arriba las cumbres y la ladera tupida de pinos. De la carretera para abajo, pinos y olivos.

“La Fuente del Tobazo, yendo por la carretera del Tranco hacia Cañá Morales, está a la parte de abajo de la carretera. Más abajo de la cueva y dando vista a Montillana. Es una fuente poco visible, yo no sé ya si después le habrán puesto algún pilar o la habrán señalizado de alguna manera. No lo sé. Yo me acuerdo de verla allí. Y por gusto, por complacer a mi hermano Cesáreos, fuimos una vez, mi hermano, su mujer, mi marido y yo. Echamos la comida y nos estuvimos todo el día en la fuente aquella, que como ya aquello lo anda menos la gente, pues estaba todo cubierto de zarzales y tuvimos que apartarlos como pudimos. Allí pusimos sandias y melones para que se refrescaran porque salía un agua que era gloria bendita.

Por esto te decía que está muy oculta. Hay que buscarla por entre la maleza y por esto creo que el arroyo de Montillana es el agua que suelta la Fuente del Tobazo. Aunque entonces había una desviación para no tener que subir a llenar los cántaros al mismo nacimiento. Había una desviación por una acequia que siempre estaba muy limpia y muy respetada porque ya sabíamos todos que de allí cogíamos agua para beber. Que había un árbol que me parece que era un fresno y allí sí estaba el agua encauzada con una teja donde se ponían los cántaros para llenarlos. Por las tardes, después de dar de mano de la trilla, es cuando mi hermano iba y llenaba los cántaros por el gusto de beberla tan fresquita. Y esa fuente no tiene más remedio que estar allí”.

Una alameda preciosa. Por entre los árboles, muchas zarzas, muchos juncos y rosales silvestres y el rumor de la corriente que ya se siente con toda claridad. Al girar un poco hacia la derecha, ya se ve perfectamente el cortijo de Montillana. La pista rodea el cerrillo de tierra blanca y vuelve a girar otra vez hacia el poniente, buscando ahora el arroyuelo que baja desde el collado del comienzo. Entre dos arroyos y por lo alto de pequeños puntales, es por donde desciende esta pista. Esta ladera ahora es más larga y sigue sembrada de olivos. Y aquí ya busca el camino que viene desde Los Parrales.

La distancia a recorrer no es muy larga y es ahora cuando se advierte mejor, pero como el camino desciende trazando zigzags para ir acomodándose a la ladera, el recorrido sí se hace más largo. Pero si se baja monte a través por la hondonada que trae el arroyuelo, la distancia es mucho más corta, aunque se pierden matices y comodidades. Nos acercamos al surco del arroyo que nos acompaña desde arriba por el lado derecho y por aquí, espesura de zarzas y monte bajo. Traza otra curva, la última, y se funde con la pista que sube desde Los Parrales.

A una distancia de quince o veinte metros, los dos caminos empiezan a ser paralelos en la dirección del cortijo de Montillana. Si nos venimos buscando el arroyuelo por fuera de la pista, podemos coger el que sube desde el muro del pantano. Entre un bosque de pinos grandes, es donde se juntan los dos caminos. El que ya hemos cogido, que es el de verdad bueno y bello, baja un poco porque también se adapta al terreno, por entre pinos, no olivares porque esto es ya tierra de la Confederación y atraviesa un puntalete y enseguida al fondo, vemos las llanuras y las ruinas del cortijo de Montillana.

En esta llanura, entre álamos, zarzas, juncos y pegado al arroyo, es donde estuvo instalado aquella zona de acampada libre. Después de dar esta pequeña curva según vamos bajando, gira otra vez a la izquierda buscando el arroyo de Montillana y se allana. Un precioso bosque de pinos largos y espeso con mucho romero florecido, cornicabra y por entre la sombra de este monte bajo, algunas orquídeas florecidas. Nos siguen acompañando las esparragueras, jara blanca, retamas y la espesa sombra de este fresco bosque de pinos.

Por estas fechas, todavía hay muchos zorzales escondidos entre las ramas de las cornicabras y los lentiscos que es la vegetación que más les gusta a ellos. Todavía no se han marchado estos zorzales que revolotean a nuestro paso mezclados con los mirlos y algunos arrendajos. Por encina vuelan los grajos y al fondo, sobre las aguas azules y cristalinas, se ven algunos patos silvestres.

El camino ya es precioso. Un trozo del paseo que viene desde el cortijo si hacemos la ruta que va desde este rincón a las ruinas del cortijo Los Parrales. Es precioso este camino y su rincón. Enseguida se allana y aparece la llanura. Las aguas del pantano, cerca y lo primero que asombra es verlo tan lleno como está hoy. Están aquí mismo remansadas entre retamas, muchos tarayes y una gran llanura. Ya se adivina lo que fueron las tierras de aquella vega sepultada por las aguas del pantano.

Se refleja el azul del cielo, porque estamos muy al nivel de las aguas y es como un mar de espejos que juguetean en un sueño mágico. Muy bonito este cuadro y la mañana chorreando esencia de aquellas ausencias y presencia de este perfume de primavera brotando.

Desde donde se junta el camino que baja desde la Hoya de la Sorda hasta el cortijo de Montillana, pues habrá, unos doscientos metros. El arroyo nos lo encontramos un poco antes. Y ahora vamos a cruzarlo. Al llegar aquí tenemos la sensación como si de pronto descansáramos porque la tierra se suaviza. Totalmente llana. Si miramos, según vamos acercándonos al arroyo por donde se oye la corriente saltar, si miramos hacia arriba y al frente, nos sorprenden las cumbres de Beas, las nubes blancas y los azules intensos del cielo coronándolas, el bosque de álamos en primer plano, mezclado entre pinos y majoletos, rosales silvestre, juncos y retamas, mucha hierba baja y esparragueras.

Sobre la tierra del camino, el tapiz de hojas viejas que en el otoño pasado cayeron de estos álamos, la dulce llanura por donde vamos cruzando y nos aproximamos al arroyo. Por momento se oye más el rumor de la corriente saltando y ya estamos en el puente que levantó la Confederación. Antes de entrar en él, a la izquierda, uno de los mojones que también pusieron por aquí. Es de cemento, algo cuadrado y con tres letras grabadas: C.H.G.

Es bonito este puente de piedra que fue construido a conciencia y vemos la preciosa corriente que limpia y fresca, viene buscando el descanso en las aguas del remanso grande, ya sólo a unos metros. A la izquierda nos queda un álamo lleno de madreselvas, zarzas y juncos. A la derecha nos escolta las zarzas y enseguida, a la derecha, un pequeño portillo por donde se sale a la llanura donde estuvieron las hornillas de aquel camping y la fuente que por ahí también construyeron.

Y remonta un poco la pista y enseguida, arriba y sobre el cerrete, adivinamos las ruinas del cortijo. Están aquí mismo, pero no las vemos hasta que no remontemos. Y de pronto, la pista se viene por la izquierda y nosotros nos desviamos por un viejo camino bastante en desuso, a la derecha para llegar al cortijo. Avanzamos unos metros, pisando la espesa hierba y a la derecha y ahora ya un poco desde lo alto, vemos la llanura donde estuvo la zona de acampada libre y las cocinas de piedra. Más retirado se mecen las aguas del pantano y el arroyo fundiéndose con ellas.

Y al frente, nada más coronar, el viejo e histórico cortijo de Montillana. Todavía tiene su tejado y las paredes intactas por lo cual no es difícil adivinar cómo fue este cortijo. Por detrás, el lado por el que entramos, una empalizada reciente que sirve para recoger ganado. El caminillo que sube le entra por el costado que mira al sol de la tarde. Lo rodea un poco y por donde están las aguas del pantano, la gran explanada que fue era. Esta es la puerta.

Una higuera cubierta por completo de zarzas, un gran álamo todavía por aquí clavado en la tierra, pero seco y tronchado por la mitad y el tronco blanco. Y por la parte que mira al pueblo de Hornos, ya se ha caído bastante la pared del cortijo. Entre el cortijo y las aguas del pantano, la grandiosa explanada vestida de hierba y el frente y al otro lado del gran lago, las otras aldeas y las laderas teñidas de oscuro bosque. Las baña el sol y duerme en silencio un mundo hermoso que no ha muerto.

Otro tronco de álamo también caído y roto en dos mitades. Una se tiende en el suelo, sin corteza ya y blanco por las lluvias y el sol y la otra mitad, todavía sigue hincada en su tierra, pero sin vida y, además, astillada y hasta podrida del tiempo. ¡Si pudieran hablar estos dos trozos de álamo, sin vida hoy y en otros tiempos, tan llenos de sabia y hojas frescas! ¿qué nos dirían? Y ella, la niña humilde que llenó con sus juegos los aires y tierras de aquellas praderas hoy bajo las aguas, responde:

“Entonces, en ese sitio donde hay tantas zarzas, no las había porque todo estaba muy cultivado y muy bien criado y allí no había zarzas. Porque estas plantas suelen criarse en los linderos que nadie cultiva, como los arroyos, los cibantos, los padrones. Esas zarzas, han nacido después al estar el terreno descuidado. Y esos troncos de árboles sin vida, eran en aquellos tiempos, árboles deliciosos, grandísimos, frondosos y con una frescura y una hermosura que eran todo una maravilla. Y sobre todo, el lilo y los rosales silvestres, posiblemente sean los mismos que había en aquel hermosísimo jardín. Estaban muy bien cuidados y por la orilla del jardín, pasaba esa acequia. Con el agua que por ella corría, se regaban las plantas de este jardín. Muchos manojos de las rosas que daban esos rosales, fueron a parar a mi casa porque me las regalaba doña Rosario”.

Los miramos y se ven frente justo a Monteagudo, las aguas del pantano y muchas zarzas aquí mismo. Por entre ellas se ven todavía algunos granados y algunas higueras, fresnos, rosales silvestres, juncos, un torvisco y un arbusto menudo, un espino, totalmente cubierto de flores blancas. La hierba tapiza por completo el rodal de tierra que fue la era.

“Los granados sí estaban cultivados porque las granadas servían de postre en los inviernos. De eso sí que me acuerdo también. Y si pudieran hablar todos estos árboles pues podrían contar cuántas vivencias tuvimos allí, cuánto jugamos los niños y las niñas en aquella plazoleta. Doña Rosario y don Justiniano no tenían nada más que un hijo, Juanito, y era mayor que nosotras. Pero los otros niños que vivían allí, que era el Pequeño Ruiseñor y sus hermanos y hermanas y mis primas Francisca y Virginia que muchas veces íbamos allí, por lo bonito que era el cortijo y el jardín y a visitar a la familia, cuántas tardes jugamos en aquella era tan parecida a un pequeño edén de tantos árboles y sombras”.

Me acerco y cojo una ramita de este espino de flores blanca de nieve y al olerlas percibo el perfume de miel. ¡Qué delicia y qué sensación de estar tocando la vida de aquel pasado con el silencio y la ausencia de este presente! Aquí al lado, dos rosales silvestres. Muchas plantas ya tienen sus nuevas hojas brotadas y abiertas. La acequia por donde venía el agua para regar las tierras. Y por la parte que mira a Hornos, el álamo tronchado y podrido, un ciprés viejo, una higuera y el cortijo caído. Por este lado se ha hundido. Se ven las vigas, trozos de aquellos viejos pinos, muchas zarzas cubriendo y llenando la tierra y saliendo de entre ellas, granados y fresnos.

“En aquella era claro que se trillaba. Y por la parte de abajo del cortijo, había una vereda que desde el Soto de Arriba iba hasta la Fuente del Tobazo. Por allí pasaban mis hermanos y las personas que iban a por cántaros de agua fresquita a esa fuente. Estaba más arriba del cortijo, pero había que pasar por entre el cortijo y el arroyo”.

Y de pronto, un lilo. Lo miro y me asombro por lo que representa como eslabón entre este momento presente y aquel pasado en silencio y enterrado como para la eternidad. Ya tiene brotadas sus nuevas hojas y entre las zarzas, la tierra hozada de los jabalíes. Por este lado que mira a Hornos de Segura, se puede salir para buscar el camino que viene desde Los Parrales y continua hacia El Chorreón. Pero este rincón es precioso. Para estarse aquí, sin prisa y dejar que el corazón se empape de lo que late y sólo se oye con los oídos del alma.

“Para mi padre y madre, el cortijo de Montillana, tenía recuerdos muy grandes porque en él vivieron mis abuelos paternos, como ya te conté y allí se casó mi tío Ramón, que era el mayor de los hermanos, y en este cortijo fue la boda. Y mi padre contaba una anécdota muy graciosa que fue lo siguiente: como la boda se celebró en el cortijo, allí pusieron las trébedes grandes para guisar la carne y cuando terminaron, al retirar las trébedes de la lumbre, estaban rojas. Las pusieron en la calle y mi padre, que entonces era pequeñico, porque él había nacido en Los Parrales y cuando se mudaron allí, todavía era niño.

Y al ver los hierros de aquellas trébedes color rojo, tan bonico, como decía él, se creyó que aquello era otra cosa y fue y las cogió con la mano y se achicharró. Salió corriendo y se metió por entre los de la boda llorando y con la mano extendida y todos los de allí: “¿Pero hombre qué has hecho?” Le preguntaban y él: “Pues que he cogido las trébedes bonicas”:

Mi tío Ramón, como te vengo diciendo, se casó con mi tía Espíritu Santo, que era hermana del hermano Frasquito que vivía en la Tejera. Su mujer se llamaba la hermana Aurelia. La Tejera es un cortijo que había más arriba de Cañá Morales.

De la acequia lo que recuerdo es verla pasar por entre el cortijo y el jardín y ya seguía para abajo, en dirección a la Vega. Pero yo no sé dónde terminaba. Servía de riego a todas aquellas tierras y supongo que iría a desembocar al río Hornos. Y claro que este rincón sí es en mi memoria un recuerdo florido y bonito que se niega a desaparecer. Que se resiste morir porque fue bello un día y estuvo alimentado del amor de las personas que por allí lucharon. Y aquellas bellezas que son transparentes, yo sé que no mueren nunca aunque la tierra se transforme y los caminos se borren”.

La fragancia eterna:
La primavera ha ido llenando los campos y como a lo largo del invierno que ha pasado, las lluvias sí han sido abundantes, la hierba por la tierra y las fuentes en las laderas, han brotado con la fuerza de lo nuevo y ya con la primavera bien avanzada, todo queda y aparece, grandemente colmado.

Pero como en estos dos últimos meses, las lluvias han brillando por su ausencia, aunque la primavera, hoy ya final de marzo, ha ido apareciendo con el vigor de lo limpio y fresco, la verde hierba, poco a poco se fue secando igual que le ha pasado a las sementeras de los trigos y de las habas y a los maizales y también la cebada y a los garbanzos y a las fuentes que manan por los cibantos y por los otros cortijos de la sierra y en las pequeñas aldeas y por eso ya las personas estaban diciendo: “Esto lleva mala pinta, porque nos pasará como el año pasado que antes de que acabe el mes de abril, la mitad de la hierba y las cosechas, se habrán secado”.

Pero como Tú que viste, con los colores de lo hermoso, a las violetas humildes y haces brotar las semillas y das de comer a los mil pajarillos que adornan los campos, hoy has hecho que las nubes cubran el cielo y esta noche, cuando todo estaba callado, la lluvia ha caído mansamente sobre la hierba fina y sobre el bosque espeso de las hojas que se mecen en los álamos y sobre toda la tierra hermana y ahora, esta mañana templada de treinta y nueve de marzo, los paisajes enteros, por llanuras, laderas y barrancos, están vestidos de perfume o de gloria bendita o de mil gotitas de rocío que tiemblan en las hebras de la hierba, llenando de una frescura nueva que anuncia y sigue anunciando, la cara dulce de la primavera y a la mañana hermosa con su momento mágico.

Y claro que en estos momentos me acuerdo de aquel lejano día cuando todavía padre era rey en esta Vega y era hermano de los cantos de los ruiseñores y hasta me parece que lo estoy viendo tumbado allá en aquella cama de nieve y era de madera seca y de monte viejo y a su lado, a madre que con su amor de reina, le está diciendo: “Con ese refriado que en tu cuerpo tienes, tú no te levantas hoy ni sales de esta casa”. Y él que era valiente: “¿Pero y los campos?” “Los campos, que esperen y si el trigo está gritando en la tierra de la ladera, ya vendrá Dios y con su mano, derramará su amor, como lo hace con los pajarillos y con los lirios que también llenan los campos”.

Y recuerdo que aquel día por la ladera que ahora mismo voy atravesando, pastaba el rebaño de las cabras comiendo los tallos tiernos del romero y llenando de música, los cencerros, la umbría florecida y la espesura del barranco, cuando a media mañana se acercó a ellas el amigo muchacho que era el que siempre las cuidaba y en cuanto estuvo a su lado, las llamó y aquello fue como un asombro de belleza porque los animales, al oirlo y verlo allí en el centro, transmitiendo el mensaje de cariño que salía de su corazón enamorado, dejaron de comer su monte y al instante, se pusieron a mirarlo y con las orejas inclinadas hacia las palabras que pronunciaba el muchacho, parecían decirle que allí estaban ellas, a su lado y dispuestas a seguirle a donde él quisiera porque ellas le amaban y lo sentían como al amigo, al rey y al buen hermano.

Y ya digo que bien recuerdo aquel día de aquella primavera perfumada por aquel valle tan repleto de esencias y fuentes brotando y hoy, cuando ahora bajo la lluvia nueva que llega como agua en el mes de mayo, vengo empapando mi alma de aquella fragancia, me digo que todo parece como si todavía por aquí nada hubiera muerto sino que las cosas y las sementeras con el sudor de ellos, parecen como si sólo se hubieran transformado y lo que tenía el sello de lo inmortal, que era mucho, por aquí sigue, conmigo y entre el cuidado de tu amor divino, hoy y mañana y siempre, palpitando.

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OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-4

4- El Carrascal, La Platera,
Hornos el Viejo, Hornos de Segura

Las distancia:
Desde el cruce con la pista que va a Los Baños y pasando por las aldeas de El Carrascal, La Platera y Hornos el Veijo, unos seis kilómetros.

El tiempo:
En coche y subiendo despacio para empaparnos a fondo de la preciosa vista que nos ofrece el pantano, ahora desde otra perspectiva y más lejos, se tardan unos diez minutos. Andando, realidad que es muy gratificante, se puede recorrer en una hora y media aproximadamente por ser cuesta y en algunos tramos, muy pronunciada.

El Camino:
Se trata de una pista de tierra que comunica a las aldeas de El Carrascal, La Platera y Hornos el Viejo con su hermano mayor sobre la gran roca. Discurre a media ladera elevada sobre el valle donde se embalsan las aguas y su firme está bien, pero depende de la estación del año en que la recorramos.

El paisaje:
Desde las tres pequeñas aldeas hasta Hornos nos acompañan las laderas pobladas de olivares clavados en las tierras que un día fue despojada de encinas y robledales. Hoy, los espesos bosques de pinares cubren las partes altas de estas laderas y ascienden hasta las mismas cumbres que nos van quedando a la derecha. El arroyo de la Cuesta de la Escalera, nos sale al paso a mitad de la ruta y nos asombra un poco más con su caudaloso cauce y profundo surco arropado de sombras y espesa vegetación. Siempre al fondo, la grandiosidad de las aguas del pantano y sobre ellas, los reflejos de luces suaves y mágicas.

Lo que hay ahora:
Por el trozo de pista que nos dejábamos a la izquierda cuando bajábamos hacia Los Baños, kilómetro cinco, torcemos de regreso hacia el pueblo de Hornos de Segura. En la llanura y entre viejas encinas y olivos, nos tropezamos con las blancas casas del El Carrascal. El camino por aquí está bastante bien. Sube no demasiado empinado y busca la segunda aldea que es La Platera. Es este un grupo de casas bastante grande y por aquí, todavía tienen ellos sus huertos, sus animales de aquellos tiempos y casi pura, su forma de vida.

Se ven algunos burros, nos recrean los huertos bien cuidados y las manadas de ovejas pastando. Gira el camino hacia Hornos el Viejo, porque las tres aldeas casi se dan la mano y antes de entrar a sus casas, a la derecha, nos sale una pista de tierra que remonta. Por aquí descienden los pastores de la gran Sierra de Segura, Pontones y Santiago de la Espada, cuando bajan a las tierras de Sierra Morena a invernal. Es por aquí por donde viene la vereda de trashumancia y por esta pista, es también por donde se ha pensado desvíar la carretera asfaltada que viene desde Jaén capital hasta Santiago de la Espada.

Y a la entrada de Hornos el Viejo, una gran noguera y a la derecha, la fuente sobre una preciosa esplanada donde se puede aparcar y beber agua fresquita. Es muy cortito el recorrido por el centro de las pocas casas que forman este pueblo y a la salida, una encina grande a la izquierda. Una mujer mayor que corta troncos de pino con su hacha vieja. No vive mucha gente en esta aldea y menos en las temporadas de invierno. En verano, como suele suceder en muchos pueblos y aldeas de estas sierras, si vuelven muchos de los que fueron emigrando porque las raíces tiran.

Justo en este Hornos el Viejo, el camino deja de remontar y gira para el pueblo de Hornos de Segura, surcando las sierra a media ladera y remontado bastante sobre el pantano. Abundan los pinos, porque esto sí es ya tierra del Parque Natural. Tierra blanca y roja y monte bajo, torbiscos, cornicabra, romeros y enebros. En el kilómetro uno cien, en una curva hacia Hornos, una vista preciosa del pueblo al frente y más cuando ahora cae el sol y lo tenemos mucho más cerca. Al fondo y a lo lejos, sobresale Cortijos Nuevos y el Cerro de Hornos que es el que por al lado del levante, corona el pueblo.

Otra curva, ya más cerca, y el pueblo que sigue viéndose al fondo y remontado sobre la gran roca. Por debajo se descubre el barranco donde están los manantiales de aguas saladas, usadas en aquellos tiempos, para extraer la sal que se consumía en muchos de los cortijos y se ve el camino que sube hacia las ruinas que por ahí todavía quedan. Vamos dando una curva por esta ladera repleta de pinos y al frente, antes de cruzar el arroyo de la Cuesta de la Escalera, nos mira la empinada ladera cubierta de olivos.

Abajo a la izquierda, se nos abre el arroyo y por sus orillas, un espeso bosque de álamos subiendo por el cauce y un edificio entiguo que es uno de los tres molinos que por aquellos tiempos funcionaban en este arroyo. Molían trigo, cebada, habas, panizos y pimientos colorados. A la derecha la gran ladera tan repleta de pinos y el cerro cayendo hacia el barranco con su recios farallones rocosos. El camino corta esta pendiente y sube paralelo al cauce del arroyo buscando un punto mas propicio para atravesarlo. Es preciosa esta subida buscando el puente.

Justo en esta angostura los pinos parecen desplomarse amontonados y entre ellos, los olivos. Como es por la tarde, da la sombra y como es ya casi primavera, resulta un paseo delicioso hacer calmadamente este camino. Una perdiz se me cruza antes de alcanzar el puente y se me para sólo a quince metros, entre las aulagas y pegado a un olivo. Están en celo y por eso, en el pecho de enfrente, oigo a la otra reclamándola. Tiene un plumaje muy bello.
En el kilómetro tres tresciento, desde El Carrascal hacia Hornos de Segura, está el puente que da paso al cauce del arroyo Cuesta de la Escalera. Es este un rincón tan lleno de encanto que bien merece una larga parada y gozarlo detenidamente. Las perdices, pues aquí están en su mundo como también ocurre a lo largo y ancho de todas estas sierras. Mucha tierra suelta que es lo que a ellas les gusta, mucha agua tienen ahora y mucha hierba. Ya estarán preparando sus nidos porque el refrán dice que “en marzo, con tres o cuatro”.

Desde el arroyo, la pista de tierra, remonta algo empinada y por momentos aparecen los típicos baches. Por la otra ladera vamos buscando el pueblo blanco de la gran roca. Al principio son pinos y monte bajo y enseguida, muchos olivos. Como es por la tarde, el sol está cayendo sobre el pantano y su luminosidad no deja que veamos claramente la majestad del gran charco lleno hasta los bordes. Si fuera por la mañana, la imagen sería a la inversa y ello desprendería mares de belleza mágica.

Y es un gran espectáculo porque al fondo, se divisa toda la cola ahora desde la perspetiva que nos da la distancia que tenemos por medio. Al fondo, desde cualquier ángulo que contemplemos este pantano, nos queda siempre la sierra de Las Lagunillas y al otro lado, la cordillera y sierra de Beas. Por aquí, mucho romero florecido, mucha aulaga y ya, algunas personas mayores que, como sucede en todos los pueblos de estas sierras, salen a pasear al caer la tarde.

Ahora hay abundantes espárragos y por eso muchas de estas personas se entretienen buscándolos para hacerse su tortilla al caer la noche. Aprovechan, hacen ginasia, gozan del campo que tan dentro llevan y de paso, cojen sus espárragos. Este año hay buena cosecha porque ha llovido bastante y ahora estamos teniendo un buen tiempo.

Kilómetro cuatro tresciento, la visión del publo blanco sobre la roca, nos sigue sorprendiendo y cada vez más cerca. Las pista se va adaptando a la ladera del olivar sin dejar de trazar curvas y formando balcón sobre el amplio valle. De la pista para abajo, muchos olivos y de la pista para arriba, todo monte espeso porque subimos hacia las partes altas del Cerro de Hornos. En el kilómetro cuatro setecientos y en una curva hacia Hornos, la vista del pantano es espledorosa.

Una cueva a la izquierda, muchas higueras, el antiguo lavadero del pueblo también a la izquierda y unas niñas que se han parado a beber, en su paseo con biciclestas. Este lugar es la famosa Fuente de Camarillas. Los lavaderos verdaderos del pueblo de Hornos, en aquellos tiempos que no ahora, están justo a la entrada por la vieja Puerta de la Villa. Es justo este el kilómetro cuatro novecientos. Y el cementerio algo más adelante y a la derecha. Al remontar, se allana la carretera y en el kilómetro cinco cien, se encuentra el cementerio. A la izquierda nos queda una gran piedra, entre olivos y un buen pino.

“La fuente que tú dices se encuentra por la parte del cementerio nuevo, eso se llama Camarillas. Ese lavadero, esa fuente es así como se ha llamado de siempre y el lavadero que hay o había, no sé si estará todavía, a la entrada del pueblo por la Puerta de la Villa, es donde siempre se ha lavado. Allí iba una cantidad de agua muy enorme y es a donde bajaban del pueblo a lavar también, pero este lavadero es más moderno que el de Camarillas. Lo hicieron después.

Y antes de llegar a Camarillas, en una curva que en la carretera de Hornos a Pontones, hay un mirador. A ese rincón le llaman Las Celacillas y desde allí se ven cosas maravillosas. Yo no sé qué nombre tendrá ahora, pero a aquella curva y al lugar, nosotros le decíamos Las Celadillas”.

Kilómetro cinco tresciento, a la izquierda una roca grande, pegada a la carretera y abajo, el barranco donde se encuentran los manantiales salados y las viejas ruinas de aquellas construcciones. “Otro recuerdo de aquella escuela y la maestra es que un día, nos llevó a todas las niñas, de excursión al salero para que lo viéramos. Esto fue durante el tiempo de la guerra. Vimos como brotaba el agua, como se convertía en sal y ella nos iba explicando el proceso de como se iba cristalizando. Me acuerdo que vimos unas piletas, unas alberquilla chicas y el agua iba entrando, clara que parecía agua corriente, pero luego se convertía en sal. Ella nos lo explicaba, pero yo no me acuerdo. Y había allí unas piletas que estaban llenas de sal y aquello estaba precioso de tanta sal blanca que parecía nieve.

Los hombres que trabajaban tenían unas herramientas que parecían legones y con estos utensilios la recogían y la amontonaban para irla sacando y vaciar las piletas para que se llenaran otra vez de agua y que se fuera haciendo sal. Aquella sal, luego la iban vendiendo y como por allí todo el mundo hacia su matanza, pues aquella sal se distribuía por todos sitios. Mucha gente iban a los saleros a por sal para salar los jamones, los embutidos y para el gasto de las casas. Los saleros de mi pueblo de Hornos eran los que abastecían a todos los cortijos de aquellos contornos.

No sé en qué otro sitio habría algún salero más, porque yo no tengo noticias nada más que de las salinas de Hornos. Le decían el Salero de Arriba y el Salero de Abajo y yo estuve, entrando por el pueblo de Hornos, en el Salero de Arriba”.

Kilómetro cinco quinientos, la curva y se abre majestuosa y al frente, Hornos. Estamos como a quinientos metros del pueblo. Es precioso, remontado sobre la roca, en primer plano, las casas nuevas y las torres del castillo y de la iglesia. Desde el valle, la ladera sube llena de almendros ya todos vestidos con sus nuevas hojas que revientan de un verde intenso.

A la entrada y a la izquierda, unas ruinas, una fuente, una higuera a la derecha, tierra roja de la torrentera y ya las casas del pueblo y la calle que se empina. “Yo creo que esas ruinas son las del molino de aceite de don Francisco Blanco”. Al coronar, dos direcciones: a la derecha, se sale a la carretera asfaltada que viene desde Cortijos Nuevos. Es la vía principal de acceso a este pueblo que al llegar, lo roza, trazando una cerrada curva y sigue remontando. Escala por el barranco de la Garganta y asciende hasta el Puerto de la Cumbre. Si desde aquí continuamos por esta carretera, nos llevará a Pontones Alto y Bajo, al nacimiento del río Segura, a los Campos de Hernán Pelea y a Santiago de la Espada, con todas su bellas aldeas y grandiosos paisajes.

Por la dirección de la izquierda, penetramos en el corazón del pueblo de Hornos de Segura. Enseguida y a la izquierda, la plataforma del mirador sobre la amplia Vega que hoy cubren las aguas del pantano. A la derecha y enseguida, la Puerta Nueva, tallada en la pura roca que baja desde el cerro del castillo y que en otros tiempos sirvió de muralla. La entrada al recinto amurallado, era por unos arcos en la muralla, al otro lado del pueblo y también cortando el espigón rocoso. En cuanto atravesamos el estrecho de esta roca, aparecen las casas y las calles estrechas por entre ellas y bajando un poco, salimos al recinto de la plaza de la iglesia. “La Rueda” como desde siempre se llamó el rincón y de ello, María en su libro del Soto, nos da buena referencia.

Nos queda a la izquierda la fachada de la iglesia y la puerta y una entrada, por donde está el Ayuntamiento, nos sitúa en otro de los miradores, el del Aguilón, que se abren desde todos los extremos de este pueblo. Asomados a él, casi colgado en la pura roca, al frente y desde las profundidades, se nos presenta la azul llanura de las aguas del pantano y, hacia los lados y hasta las cumbres, las grandes laderas como rebosando y vestidas con su manto verde negro.

Es este un momento importante por lo que tiene de resumen, en un sólo vistazo, del rincón que hemos surcado recorriendo las distintas rutas. Si nos concentramos y observamos atentos, veremos como el gran Valle se nos presenta con la belleza del cuadro más perfecto jamás pintado por artista humano. Desde el fondo, allá a lo lejos y por la derecha, emerge la carretera por donde sube la primera de las rutas. A la mitad y desde ella, se descuelga el primero de los paseos que sobre el Valle y por las orillas de las aguas, se divide en los otros dos paseos, el de El Chorreó y Los Parrales.

Ya en la parte alta, por la izquierda, la pista de la segunda ruta y al final, pero sobre las sierras que descienden desde las cumbres de Pontones, las dos rosas de aldeas asomadas a su balcón como si esperaran que el cortijo del Soto, en cualquier momento, surgiera de las aguas. Más por nuestra izquierda, las otras tres aldeas y la pista que asciende hasta el núcleo de casas donde ahora estamos detenidos. Pero en el centro de este reino de ensueño que más parece pertenecer a otro universo que a la propia tierra que lo contiene, el juego de colores y luces tamizando los remansos y las llanuras verdes.

Y todo, y lo que se adivina guarda su silencio en espera del momento y pareciera que está como de rodillas o alfombrando el real camino de la eternidad, que desde lo hondo arranca hacia nosotros y las blancas casas de Hornos de Segura, sobre el pedestal de rocas. Y nosotros, absortos sin saber ni hablar o en todo caso preguntando: “¿quién nos los puede describir con la claridad con que nos quema dentro?”

Y como la imagen de tan irreal cuadro de belleza fina y misterio condensado, no me cabe en las palabras que por mi mente pasan, aquí guardo silencio. Que la quietud de las casas de este dulce pueblo y la grandiosidad de su Valle aplastado, obre en nosotros el milagro y nos abra los ojos del alma, que es donde se fraguan los caminos que llevan a las más completas rutas y manan las fuentes que dan color a todas las praderas. Que Dios quiera poner su hálito de amor en el corazón que nos ha regalado y nos premie con el gozo de lo puro para que lo rozado por nosotros quede más limpio y aquello que nos ha rozado a nosotros, nos haga más libres, grandes, trascendentes y enamorados.

La fragancia eterna:
Siguió pisando la arena blanca, acompañado del rumor del agua y el perfume de la primavera colgada desde las rocas y al mirar al frente, como era por la mañana, vio el sol brotando desde sus cumbres largas y vio sus chorros de luz, blancas y color naranja, caer por los barrancos de las nieblas finas y la espesura de las zarzas y vio luego arder de luz pura la superficie de los charcos y el musgo trabado en las piedras y por donde el río corta las rocas que bajan de las partes altas, vio como en manojos espesos, el sol se colaba e igual que en aquellos tiempos, encendía de oro y primavera fuego, el surco por donde sigue cruzando la corriente plata.

Y siguió avanzando despacio, ahora ya pisando el borde acristalado de los remansos blancos y jugando, como en aquellos días, con las pequeñas playas de arena blanca y al llegar al fresno recio, vio que el venero o la fuente clara que surgía con aquel denso caño, ya no estaba o sí estaba, pero encerrada entre cemento y muchos tubos negros que por entre la hierba cruzaban y el rellano, con más cemento y las escaleras también fraguadas con cemento y al pisar el rincón arropado por la sombra del viejo fresno, sintió que aunque la primavera seguía corriendo en forma de río y colgada en los culantrillos de las rocas de los lados, no era lo mismo porque sobraba el cemento y faltaban los juncos verdes que cubría al manantial y los berros que siempre crecían en el agua fresca que saltaba por la corriente clara.

Y siguió bajando y al dar la curva y meterse, con el río, en la garganta del misterio verde y los charcos blancos encajados entre las rocas y la arena del lecho de las aguas, vio que por la derecha y, rompiendo las arrugas de la cara de las piedras, iba tallada la senda y luego encajada en el estrecho y después con barandas de hierro y más escalones de cemento y al llegar al charco de sus sueños, donde con el hermano y la hermana niña y la primavera bella y los puros rayos de sol del verano, se había bañado tantas veces entre aquel juego celeste de rosas inmaculadas, vio que casi nada era blanco a pesar del río corriendo y la primavera colgando por las laderas, en las rocas y a los lado de las aguas.

Y siguió, todavía un poco más, bajando y al ver la carretera de alquitrán negro y tallada por donde estuvieran las madroñeras y los nidos de las águilas, ya no quiso avanzar más y se quedó mirando al hermano sol que redondo asomaba por las cumbres y como en aquellos días, al campo venía bañando de frente y al agua del río blanco y a las hojas de los álamos y a la primavera entera que estaba por doquier brotando y a él que allí, quieto y en silencio, observaba al valle amado, tan dulce y todo teñido de luz naranja y aunque era el mismo de siempre, le parecía tan otro y raro, dentro de su corazón, que hasta en llanto se le transformaba porque más que nadie, él sabía y estaba viendo que se lo habían robado a la fuerza y a traición y de espaldas al brillo mágico de la singular mañana.

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3.24.2007

OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-3

3- Los Baños, La Canalica,
Fuente de la Higuera

Las distancia:
Desde la antigua zona de acampada, que es donde brota La Laguna, siguiendo siempre la vieja pista de tierra y, hasta Fuente de la Higuera, es sólo un kilómetro quinientos metros.

El tiempo:
Remontando desde este lugar de La Laguna, si lo hacemos andando, cosa que sería mucho más emocionante, podremos tardar una media hora, pero si subimos en coche, serían sólo tres o cuatro minutos. Desde La Canalica y Fuente de la Higuera, podríamos trazar alguna ruta hasta el picacho de Monteagudo.

El Camino:
Este camino o ruta es la prolongación de la pista que hasta Los Baños, hemos traído. Asciende ladera arriba por entre olivares y aunque el firme sigue siendo tierra, está mejor que el primer tramo.

El paisaje:
Desde Los Baños o La Laguna que es donde estuvo la zona de acampada, se extiende un precioso olivar que según se asciende, va abriéndose hacia las aguas del pantano. En el libro “En las Aguas del Pantano del Tranco”, se habla extensamente de las dos aldeas sobre estas laderas, La Canalica y Fuente de la Higuera, así como de las personas y cortijos que por aquellos tiempos vivían por aquí y daban vida a estas tierras. El pico de Monteagudo, corona a estas aldeas y puede servirnos para una bonita excursión a pie.

Lo que hay ahora:
Justo donde hemos dado por finalizada el recorrido que nos ha traido por la orilla de las aguas hasta La Laguna y Los Baños, comienza la pequeña ruta que nos lleva a la aldea de La Canalica y Fuente de la Higuera. En realidad sólo tenemos que continuar por la misma pista. Pero como cada rincón de estos parajes encierra tanto y es tan núcleo en el inmenso mar de aquella historia ensordecida, es necesario fragmentar para gustar la propia esencia y con sus matices únicos.

Recto y pegado al pinar, avanza el primer trocito de camino y formando linea paralela con los límites de las aguas. A los cien metros, se despega la pista y ya empieza a remontar en busca de las mágicas aldeas que, en forma de balcón, todavía hoy siguen mirando al Valle perdido para siempre. Primero entre zarzas y se ven los olivos a un lado y otro y al frente, nos deslumbran las blancas casas de esta antigua aldea.

El camino está bastante bien y una curva a la izquierda. Sigue remontando entre zarzas y muchos olivos. Quizá estós árboles son todavía algunos de los que Maricruz conoció cuando aún vivía en su idílico cortijo del Soto de Arriba. Desde este curva, se nos abre al fondo el precioso pueblo de Hornos con la gran cola del pantano como de alfombra. Desde esta ladera y, según nos vamos elevando, la vista es cada vez más impresionante.

Un kilómetro hasta la segunda curva que es donde ya la pista de tierra gira hacia la derecha y enristra recto a La Canalica. Tiene una recta que sigue subiendo y pinos a un lado y otro. Los olivos están por aquí, pero se pierden por muchos trozos porque no es posible su ciltivo en tierra tan quebrada. Vamos direción al poniente y desde aquella lejanía por donde el sol se oculta, se alza la sierra de Las Lagunillas, desde aquí mucho más hermosa y como trazando una muralla entre las aguas del pantano y la gemela montaña que es esta que vamos remontando.

Las cuatro o seis casas de La Canalica y un kilómetro trescientos. Muchos paneles solares de aquellos que pusieron para que estas personas tuviera luz eléctrica. Llaman la atención nada más acercarse. Unas casas a la derecha y varias a la izquierda bastantes viejas. Paredes de alguna casa derruida y al frente, precioso y con toda su majesta a pesar de los escombros, el Cortijo de Montillana. Por encima queda el arroyo con el mismo nombre, el cerro de Hoya de la Sorda y la zona del camping.

En aquellos tiempos, en esta bonita aldea de la Canalica vivía la tía Asunción que tenía cuatro hijas y dos hijos. La tía María, que le decían la Panaera que tenía dos hijos y dos hijas. Una se casó y se fue a vivir a las Lagunillas. Cuando se casó la otra se fue a la Hoya de los Trevejiles y creo que los otros quedaron solteros. Estaba Santiago el Chico, que le decíamos así y tenía otros cuatro, dos mergizas y dos varones. También vivía allí Catalina Marín que tenía tres hijos y cuatro hijas. También se fueron por ahí lejos. Una de estas hijas queda en Cortijos Nuevos. En el cortijo de Isidro Marín, había siete hijos, dos del matrimonio, eran nueve y la abuela, diez.

“Esas casas que dices que hay en La Canalica, cuando yo estaba allí, no existían. Sólo el cortijo Grande del Maestro Parras, su mujer y sus hijos, cuando vivía toda la familia allí. La construcción era de un cortijo grande, de labranza y el cortijillo chico donde vivía Santiago Caro, de apodo “El Chico” y su mujer Victoria, con estas dos niñas gemelas que yo te cuento y otros niños más que tenían. Si desde aquellos tiempos han edificado más casas nuevas, no lo conozco yo porque cuando vivía en mi Soto, no existían”.

Es, por lo tanto, este punto, un balcón para terminar de gozar la ruta 1 y los paseos al El Chorreón y a Los Parrales. La carretera sigue adaptándose a la ladera, pero nosotros, metiéndonos por entre las páginas del libro del Soto de Arriba, escuchamos a María de la Cruz y de La Canalica, entre otras cosas, nos dice:

” Y esta mujer no sabía rezar el rosario. Pero su corazón, ella lo tenía puesto en Dios. Cuando mi abuela decía “Dios te salve María...” como no sabía contestar: “Santa María...” decía: “que no le pase ná a mi Juan a mi Modesto a mi Antonio y a mi Manuel”. Luego en la letanía, cuando se decía: “Ora pro nobis...”, como era antes, ella: “que no les pase ná, que no les pase ná...” Aquello, vamos, emocionante de oírla. Pues no les pasó nada. Cuando terminó la guerra, volvieron sus cuatro hijos. Los cuatro y a ninguno le pasó nada. Que dos viven todavía en la Canalica: Juan y Manuel. Allí a lo que se le tenía también mucha devoción era a la cruz. El día tres de mayo, casi en tos los cortijos, hacían una cruz y organizaban fiestas. La cruz de mayo era muy famosa por el lugar. Y luego la fiesta del pueblo, la patrona, Nuestra Señora de la Asunción y San Roque...

... En la llanura se juntaban mozos de la Fuente de la Higuera, de la Canalica, de la Laguna, del Baño, de Cañá Morales, acudían también, de los Parrales. De todos aquellos cortijos. Es que no sé por qué, si porque estaba precisamente a orilla del camino real, mi Soto era muy popular. Muy pasajero, de todo el mundo pasar por la puerta, el Soto era muy popular. Allí se juntaban todos los mozos a jugar a los bolos. Y a ambos lados del camino, los viejos y los chiquillos, mirando a los muchachos compitiendo con sus bolos”.

Sigue el camino, ciñéndose a la ladera, casi llano y siempre en la dirección en que se pone el sol. Y ya al frente, en la ladera, por debajo de un pico muy parecido a Monteagudo, pero mucho más pequeño y que está arropado de olivos hasta casi la misma cumbre, mirando al pantano, está Fuente de la Higuera. Es un bloque de casas, todas apiñadas y clavadas en las tierras, que se caen sin caerse y por eso asomadas como si todavía no se creyeran que lo del pantano sea real.

Se ve el artilugio de las placas solares y la carretera le llega suavemente. Desde aquí, la mejor vista para gozar y orientarse por todo este amplio rincón de la cola del pantano que se comió lo más fértil del pueblo de Hornos. Nada más llegar, la tarde que vine por aquí para empaparme más a fondo de estos rincones, me encontré con un señor algo mayor y al pararme, le pregunto:
- ¿Es esto Fuente de la Higuera?
Y me responde:
- Donde hay agua, higos y brevas.
Y al salir su señora, también le pregunto:
- ¿Qué sabes tú del Cortijo Soto de Arriba?
- ¡Madre mía! Si ahí me he criado yo.

Y sin querer ni pretenderlo, desde el balcón de la bella Fuente de la Higuera, nos metimos bajos las aguas del pantano y por entre las ruinas de aquel gran cortijo nos pusimos a jugar:

“Yo vivía en el Soto, enfrente de Mary Cruz. La casa de ella y la mía estaban así porque mi abuelo y su padre eran hermanos. Pues una distancia de Mary Cruz como desde aquí a esa cochera.
- ¿Y cómo era aquella niña?
- Mary Cruz era una maravilla. Era una niña bonita que siempre iba muy bien vestida. Entonces no se compraban las cosas como ahora, pero su abuela tenía unas manos que eran divinas. ¡Le hacía unos calcetines, calados y de colores, que eran preciosos! La niña, desde luego, era bonita, pero es que iba como una princesa.
- ¿Y tú jugaste con ella alguna vez?
- ¡Pues claro! Pero ella ha sido muy religiosa, siempre estaba con las estampas. Y es que la abuela era una persona muy especial y así salió aquella niña tan dulce que nunca se enfadaba, sin rabia ni pataleos. Vamos que era una niña maravillosa. Ya después no la he visto, pero siempre la planta desde chica crece.

La tarde es brillate y el sol cae sobre las azules aguas del Pantano. Desde estas casas de Fuente de la Higuera, balcón sobre el Valle perdido, se adivina aquel mundo sumergido para siempre en el gran lago de aguas color cielo. Mirándolo y mirándola a ella y con el recuerdo del Soto en mi mente, me digo que hay que ver cómo son las cosas y el tiempo resbalando por ellas. Y lo digo porque parece que después de tanto, lo único que al final queda, es aquello que pasado el sueño, permanece vivo.

“Y ya que te hablo de La Fuente de la Higuera, quiero decirte, una vez más, que allí vivían unas personas buenísimas y a todas las recuerdo perfectamente. Te puedo contar muchas vivencias y muy agradables como de todas las cosas y personas que conocí en mi Vega. Y aquello lo tengo muy andando porque unas veces subíamos por gusto y otras por aquello de las cartas de los soldados. De La Fuente de la Higuera, también había muchachos en la guerra. Concretamente al hermano Jacinto y a la hermana Paula, le mataron un hijo en la guerra que se llamaba Isidro.

Además de otras hijas que tenía, yo al que más recuerdo era a Domingo porque era muy amigo de mi hermano Angel. Quiero decirte que hasta esta pequeña aldea de mi tierra amada, llegó la tragedia de la guerra.

Recuerdo perfectamente al hermano Blas y a la hermana Ramona que es la que te conté que bailaba con tanta gracia aquel día tres de mayo. Esta señora y su marido, Blas, son los padres de Paulino el que se casó con mi prima Ramona como ya sabes. Recuerdo al hermano Eustaquio, a la hermana Piedad, el hermano Toribio, la hermana Ramona, el hermano Angel Hernández y su mujer Dionisia. Este matrimonio tenía varios hijos, pero hijas sólo una que se llamaba Lorenza y creo que todavía vive y se casó con Domingo, el hijo del hermano Jacinto y la hermana Paula. Todas estas personas eran bondadosísimas.

Seguro que nadie se acordará de mí, pero yo sí me acuerdo de ellos. Me dejaron mucha huella por lo buenos que eran todos conmigo. La huella que dejan las personas buenas que conoces, es para toda la eternidad”.

Al frente, un poco a la izquierda y hacia el norte, tenemos el muro del pantano, justo debajo de nosotros, el gran brazo de aguas azules y en su fondo, el cortijo Soto de Arriba, al frente y en la orilla opuesta, el cortijo de Los Parrales, más hacia la derecha y en la orilla, el cortijo de Montillana, siguiendo la misma orilla y subiendo hacia el pueblo de Hornos de Segura, el cortijo de El Chorreón, en esta dirección y siempre girando de izquierdas a derechas, al final de la gran cola, y sobre la imponente roca, el blanco pueblo de Hornos de Segura y si desde él nos venimos hacia nosotros, siguiendo el borde de las aguas, pero por el lado opuesto al del cortijo de Montillana, tenemos las aldeas del El Carrascal, La Platera, Hornos el Viejo y más próximo a nosotros, el viejo cortijo de Moreno, La Laguna , Los Baños, el Cortijo de Joaquín y volvemos otra vez al cortijo del Soto de Arriba, corazón de aquella Vega y ahora, de este trabajo. Y ya, y como dominando la expléndida visión, La Canalica y Fuente de la Higuera que es donde estamos.

La fragancia eterna:
Vino un tiempo esplendoroso y al explotar la primavera, la Vega se cubrió de hierba fina y los cerezos de los huertos, se llenaron de flores blancas, en cantidad tanta, que parecían una nevada intensa y las perdices, por las laderas, a todas horas desgranaban sus cantos y como el buen tiempo se prolongó y las lluvias llegaron tarde, la tierra se empezó a secar mientras las zarzas por los cibantos, echaban sus hojas nuevas.

Y una tarde de aquella primavera adelantada y toda esplendorosa aunque algo seca, se cubrió el cielo de nubes y al caer la noche, la lluvia fina regó la tierra y con las temperaturas cálidas de la noche negra, salieron los caracoles y de luces de teas encendidas se llenó toda la Vega y al salir el sol, al otro día por la mañana, sí era de verdad un ensueño ver tantas flores abiertas e impregnadas de gotitas transparentes y oliendo, todo el campo, a dulcísima esencia.

Y el joven, el que recorría la Vega soñando y esperaba a la otra primavera y tenía el corazón herido y temblaba de tanto miedo, se sentó bajo la encina a contemplar el momento mágico y a ver de qué manera encontraba un camino que le llevara al corazón del amor que le quemaba por dentro y otra vez, no encontró consuelo sino incertidumbre y mil destrozos en todo cuanto amaba con fuerza.

Y estando en esta angustia florecida de tan dulce primavera por la tierra que tanto ama, se dice que quizá una manera de encontrar algo de consuelo, sea concentrarse en los ojos y desde ahí, por las venas que llevan al alma, relajarse y lo mismo hacer con el aliento que por la nariz se le cuela y también con la garganta y luego con el corazón, que es donde está la fuente de los sueños y así de este modo, dejarse dormir sin dolor, en el fluir de la primavera “porque quizá sea este el camino que me hace esencia con las cosas y las fuentes que brotan en mi Vega”, se dice.

Y aquella mañana, la primavera dulce, estaba llenando la tierra y él sentado bajo la encina con su dolor doliendo y con su sueño bello, intentando hacerse fragancia con el latido de su amada Vega.

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OCHO RUTAS HISTORICAS LITERARIAS-2

Puente sobre el Río Hornos, Los Baños

2- Carril de tierra. Andando, bicicleta o coche.

Las distancia.
Siguiendo estrictamente el trazado del carril de tierra, con algún tramo asfaltado, el recorrido total es de ocho kilómetros seiscientos metros. Esto sólo hasta el punto de Los Baños y La Laguna.

El tiempo.
Si lo hacemos en coche y yendo despacio por lo mal que se encuentra el firme, podemos tardar quince o veinte minutos. Si el recorrido lo planeamos andado, que sería lo más emocionante, tardaremos entre una hora treinta minutos a una hora y tres cuartos.

El Camino.
Justo al cruzar el puente sobre el río Hornos, kilómetro diez cien desde el muro, se desvía la ruta que discurre asfaltada hasta un poco antes del arroyo de los Saleros. Desde este punto hasta los antiguos baños, hoy La Laguna, es pista de tierra con baches y barro en invierno. Este recorrido y hasta la altura de la aldea de Hornos el Viejo, discurre encajado en la vía pecuaria, con categoría de cordel que viene desde los Campos de Hernán Pelea y por Beas, sale hacia las tierras de Sierra Morena. El nombre que corresponde a este tramo es el de “Cordel de Hornos el Viejo”.

El paisaje.
Por donde discurre esta ruta es un paraje de los más deliciosos, sobre todo en invierno y en la primavera. Coronando y a la izquierda y sobre la roca, el bello pueblo de Hornos y las laderas hacia el pico de Monteagudo, toda poblada de extensos pinares. A la derecha, los arroyuelos que van muriendo en las aguas del pantano. Varios de estos rincones se describen en el libro “En las Aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora.
A la derecha de la carretera que traemos hacia el pueblo de Hornos, es donde se desvía el carril de tierra que va a los Baños y Fuente de la Higuera. En el punto cero, una gran encina a la derecha, nos saluda con la solemnidad de su espera y silencio contenido. Las ovejas pastando junto a las tierras del río Hornos. Todavía por aquí quedan tierras fuera de las aguas del pantano. A la derecha y sobre la llanura, un rodal de álamos y muchos majuelos.

A cien metros atravesamos el gran arroyo que se llamó, en otros tiempos, del Aceite y ahora se le conoce por el arroyo de la Garganta, en la parte alta y de Los Molinos, este tramo final. Baja el cauce desde las mismas cumbres de las laderas sur del pico Yelmo y en cuanto comienza a descender, que es por donde ahora discurre la carretera que lleva a Pontones, una aldea abandonada con el mismo nombre: “La Garganta”. Algo más abajo está Capellanía y luego el precioso charco de aguas claras donde en verano se bañan los habitantes del pueblo de Hornos. También es conocido este cauce con el nombre de arroyo de los Molinos por haberlos tenido en otros tiempos. Dos y a la altura en que ahora lo cruza la carretera que sube a Hornos.

Trae mucha agua y el puente casi remite a los primeros que por estas sierras se construyeron. Al atravesarlo, arriba y a la izquierda, sobre la robusta roca, las casas blancas del precioso pueblo de Hornos. Discurre la carretera, estrecha y aunque asfaltada, con muchos baches, por una pequeña llanura. Cuando llueve, todo está lleno de agua y es casi imposible pasar por ella a no ser con algún coche grande o andado. Y cuando no llueve, sigue teniendo los mismos baches y con mucho polvo.

La ladera a la izquierda con algunos olivos asilvestrados, entre carrascas y a la derecha, la vega que va a ir cortando el río Hornos mientras discurre buscando la cola del pantano. Por aquí cruzaba el camino que en aquellos tiempos salía desde esta Vega y por aquí fue donde aquella niña Maricruz, lloraba montado en el mulo y con la vista puesta en el precioso pueblo de la roca, mientras se alejaba de sus raíces y su amada tierra.

Algunas de las amarcigas de álamos, fueron cortadas no hace mucho. A quinientos metros de la salida, una vaguada muy hermosa. Y si miramos hacia la izquierda, en todo lo alto, el blanco pueblo que pareciera dormir o quizá esperar. Cae un arroyo que se abre en una llanura grande y las laderas todas repletas de olivares. Y la tierra llana, cubierta de una vistosa capa de hierba verde. Pegando al río, muchos tarayes. Al fondo, remontando una cuestecilla, las aguas del pantano irisadas por el suave vientecillo que corre y como les da el sol de la tarde que está cayendo, brillan pero con un destello distinto a como lo hacían esta mañana. Es como un gran espejo líquido que estuviera todo encendido y haciéndose viento con la leve brisa que pasa.

A la izquierda, una pequeña llanura con algunos olivos asilvestrados entre juncos y mucha hierba fresca. Al otro lado, una ladera de olivos y enseguida un pequeño bosquecillo de pinos repoblados. Recorrer este camino a pie, también es muy bonito e ir bajando despacio para que se nos meta el misterio dentro. Se van alternando los olivos y los pinos, con las retamas y algunas carrascas y en todos los casos, siempre mucha hierba como señal de la fertilidad de estas tierras.

Algunas que otras encinas viejas, la luz de la tarde que le cae de lleno y el imperceptible murmullo de la solitaria tierra. Justo en el kilómetro uno quinientos, hay una llanura muy amplia por donde recta avanza la carretera y por el lado de la derecha, se ensancha más. Toda cubierta de hierba con la apariencia de haber nacido esta noche misma por lo intenso de su verde. Al final de ella, antes de la curva, un rodal de olivos muy buenos. Se abre la curva a la derecha y luego a la izquierda y remonta por entre un collado menor. Se estrecha el valle y a un lado y otro, las dos laderas que lo van recogiendo y repletas de retamas, mucha hierba, carrascas, olivos y algunos pinos.

Remontamos y al volcar, enseguida cae una cuesta bastante larga y a los lados, olivos. Al frente, en el barranco de un arroyuelo que baja de las laderas donde se asienta Hornos, un rodal de pinos altos y espesos. Es ahora la época de la poda para los olivos. Por todas estas laderas y barrancos, además de verse y oírse las motosierras, los tractores y con sus remolques y mucho personal en la faena, se ven mil chorros de humo blanco que salen de entre cualquiera de estos olivares. Son los despojos de la poda que arden en cualquiera de las mil lumbres que los mismos trabajadores encienden entre los olivares para quemarlos.

Se ven las ramas por el suelo y en algunos sitios, además del humo elevándose por el aire, se ven los restos de lumbres. Justo al terminarse la cuesta, antes de cruzar el arroyo, se acaba el endeble asfalto que le pusieron a esta casi olvidada carretera. Es el kilómetro dos cien. Empiezan los baches. El arroyuelo, como si fuera pura llanura con mucha hierba y el bosque de pinos espesos. Hasta Fuente de la Higuera, el camino es todo de tierra y, como decía antes, con muchos agujeros y profundos.

Justo al terminar el asfalto, a la derecha se aparta un camino y sube por la ladera a un cortijo que se ve sobre lo más elevado del cerro. Según tengo entendido, esta construcción se asienta sobre la Loma Alcanta, que quiere decir Alcántara y es el cortijo de Joaquín. En la casa, todavía viven personas y al mirarlo y mirar el arroyo, descubro que sólo unos metros después de cruzar la pista, ya aparecen las aguas del pantano. Como ahora está tan rebosantes, todas las entradas de los arroyos y ríos que les llegan desde las laderas, son como pequeñas colas de este inmenso mar.

Por muchas de estas colas repletas de aguas transparentes y también tupidas de tarayes y zarzas, las personas de los pueblos cercanos, vienen a pescar. Giramos una curva hacia la izquierda y aquí, con mayor esplendor y claridad, la cola del pantano. Se introduce por la cuenca del arroyo de la Cuesta de la Escalera dándose la mano con el camino que recorremos. Este cauce también fue conocido por aquellos serranos por el de Los Saleros. Las piscinas donde se evaporaba el agua para dejar la blanca sal, las veremos en un instante. Casi hasta ellas llegan las aguas remansadas.

De aquella sal, buena y gruesa, se surtían casi todos los habitantes de los cortijos que se asentaban en la vega que ahora cubren las aguas. Con ella salaban las carnes de las matanzas y con ella condimentaban los variados guisos y comidas. En otros tiempos, las salinas de Hornos, eran conocidas por todos estos contornos y se valoraban como algo de mucha importancia.

Justo en el kilómetro dos ochocientos, a la izquierda y por donde la cola del pantano se va introduciendo en la cuenca del arroyo, se ven las ruinas de aquellas piscinas. Los manantiales están a nuestra izquierda y bastante remontados en la ladera y barranco hacia el pueblo de Hornos de Segura. Todavía se mantiene en pie el viejo cortijo donde se recogía la sal y luego se vendía. Allí mismo existen más piscinas y una alberca tallada en la tierra a donde caen el chorrillo de agua que brota de la tierra. Este verano pasado, recogí yo de ese lugar, buenos puñados de sal fina. La mejor porque es la que se cuaja, en forma de chuzo, al caer las gotas por las canales de madera que allí se pudren.

El arroyo este también trae mucha agua. Lo atraviesa un puente y ahora recuerdo que al lado izquierdo, siguiendo su cauce, enseguida hay una gran llanura todavía con los árboles de aquellas magníficas huertas, perales, parras, manzanos, granados, membrillos, y al final y pegando al cauce, la construcción de uno de aquellos viejos molinos de trigo. A él acudían muchos de los habitantes de los cortijos de la vega para moler su trigo y de esa harina, cocer su pan en los hornos de leña en cada una de las casas.

Ya no es molino sino casa de recreo de alguien que tampoco es de estas sierras. Pero se conservan casi todas aquellas construcciones y el precioso rincón repleto de vegetación y abundante agua. El alma se inquieta sólo notar la presencia de la tierra muda y en ella, aquella esencia viva.

Sólo cruzar el arroyo, una curva a la derecha, muchos baches y enseguida remontamos una cuesta. Al subir, una llanura que se prolonga hacia el lado de El Chorreón. Al frente se ve la gran cola del pantano que va penetrando en las tierras que desde la Vega, se escapan hacia los extremos.

A derecha y a izquierda, según bajamos después de un puntalillo cubierto de muchas retamas y pinos, nos rebosa la tierra con sus mil matas de tomillo aceitunero. Estas plantas pequeñas y la mejorana junto con la espesura de los pinos, perfuman el viento de la tarde y los rayos de sol que besa la tierra. Las aguas del pantano que se ven aquí mismo y bajamos hacia otro arroyuelo que se encuentra justo en el kilómetro tres seiscientos.

Lo cruzamos y de nuevo al remontar, nos saludan los espesos pinos carrascos a un lado y otro. No estoy seguro que por aquí mismo viniera aquel camino real que atravesaba la Vega y subía hasta Hornos. Pero en todo caso, si no era por este mismo trazado, seguro que sí atravesaba casi los mismos parajes. Y claro que parece como si ellos, montados en sus burros o mulos, fueran a presentarse en cualquier momento y detrás de cualquiera de estas muchas curvas y cerrillos.

En el kilómetro tres setecientos justo hay una curva que gira a la izquierda y desde aquí, una vista preciosa sobre el cortijo de la Loma de Alcanta y el pueblo de Hornos de Segura. A la izquierda, el pantano que nos va continuamente acompañando y mientras salimos del barranco del la Cuesta de la Escalera que es por donde se ha originado esta preciosa cola.

A la izquierda, las retamas adornadas con sus mil florecillas amarillas oro que al ser iluminadas por el sol de la tarde, parecen como si ardieran. ¡Qué colores más bonitos nos presenta la naturaleza en las plantas más insignificantes y donde menos lo esperamos! Como si cualquier tallo fuera la plenitud total de la Creación o como si hacia ella confluyeran todas las ciencias y todos los ríos del tiempo para mantenerla con el vigor y frescura de lo que es único y no tiene otro igual.

Y el pueblo de Hornos a la derecha, remontado sobre la roca con el sol de la tarde chorreándole amorosamente. ¡Qué espectáculo en cualquiera de los rincones o matices en que los ojos se paren! ¡Qué sencillo y pequeño todo cuanto a un lado y otro aparece y qué sensación de plenitud y exuberancia!

Justo en el kilómetro cuatro doscientos, remonta la pista un poquito por entre un bosque de pinos y las aguas del pantano, muy cerca. Cuatro trescientos y remontamos un puntalillos donde hay unas olivas todavía pequeñas y gira a la izquierda. Se ve ya Monteagudo al frente y como surgiendo de la profunda sierra. La cola del pantano pareciera que brotara de las entrañas del mismo cerro. Más al fondo y a la derecha, el centro donde fueron las juntas de los ríos cuando las aguas del pantano relucían por su ausencia.

Bajamos y una extensa llanura con el mismo mágico vestido de belleza que he visto tantas veces. Kilómetro cuatro ochocientos y cruzamos un arroyuelo. Al frente y a la izquierda, el cortijo que tanto me impresiona cada vez que lo veo. Todavía no sé quién vive en él a pesar de que esta tarde, una mujer mayor barre la entrada. Me entran ganas de parar y acercarme para preguntar por algunas de los millones de dudas e ignorancias que sobre esta sierra me acompañan en cada momento. Pero no paro. Sigo y me voy diciendo que volveré otro día pero ¿será ya tarde?

Otra llanura y llena de viejas encinas. Kilómetro cinco y tenemos una señal de stop. Justo es aquí donde se junta el trozo de pista que desde Hornos de Segura, pasa por la Platera y el Carrascal y continua en la dirección que llevamos. A partir de este empalme, los agujeros en el firme, ya no son tantos y la pista hasta se ensancha. A lo largo del año, la arreglan varias veces porque las personas de las aldeas que tenemos al final, tienen que usarla para comunicarse con el resto del mundo.

Cinco seiscientos y tenemos una curva a la derecha y las aguas de este hermano charco artificial, nos quedan casi al alcance de las manos. Al frente se ve con toda claridad las ruinas de El Chorreón. Al dar la curva, desde lo hondo, nos sigue saludando Monteagudo. Por el lado que le vamos entrando, se derrama la sombra de la tarde y así parece más misterioso.

Siete doscientos y de continuo nos va acompañando, por la derecha, el bosque de pinos y las aguas del pantano. A la izquierda los olivares. Al frente aparece, siempre esbelto y profundo, el pico de Monteagudo. Toda la ladera sembrada de olivos y de la mitad hasta la cumbre, el espeso bosque de monte virgen. Un día recorrí ese bosque y por eso sé ahora que ahí crecen las madroñeras, lentiscos, cornicabra, muchos enebros y sabinas y sobre todo pinos y zarzas.

En todo lo alto del pico de Monteagudo, que es un cono que acaba cortado en horizontal, en la pura roca que emerge como en un volcán hacia las nubes. En esa explanada podrían aterrizar los helicópteros, si fuera necesario pero las muchas rocas quebradas y grietas que ahí se abren, lo impedirían. En el libro del Soto de Arriba, se habla profusamente de este pico y la excursión que al final de la guerra, los vecinos de este cortijo hicieron a rezar el rosario para dar gracias.

La ladera que se derrama hacia los Baños, está poblada de unas piedras que nunca he visto en ninguna otra parte de estas sierras. Parecen de origen volcánico. Muy irregulares, negras y duras como el mismo pedernal. Toda la ladera. Nunca he visto yo piedras iguales por ningún sitio. Y por esto, hasta me he dicho, en alguna ocasión, que las aguas calientes que afloran por el manantial de Los Baños, ¿no podrían pasar por alguna fuente de calor en la profunda tierra? ¿No hay por aquí alguna actividad volcánica?

En realidad, la cúspide de Monteagudo, es como si fuera una columna de rocas surgida desde el vientre de la tierra. Como si fuera una chimenea volcánica. Kilómetro ocho quinientos y tenemos el final de nuestra ruta, Fuente de la Higuera, que no es la aldea sino una zona de acampada libre que junto al ojo de la Laguna y por el cerrillo de Los Baños, montaron. Hay un mechón de pinos y muchos tarayes que ahora cubren las aguas del pantano y por eso, las tierras donde se instalaban los que venían a acampar, quedan por completo cubiertas.

Kilómetro ocho seiscientos y ya estamos en el punto exacto. Nos saluda el bosque de pinos y la fuente de piedra que fabricaron para que los campistas tuvieran agua. No brota aquí este manantial sino bastante más arriba y en el arroyo de Los Baños. Desde ese rincón se la traen hasta este punto metida en su tubo de plástico negro. También las hornillas ahora solitarias y el canto de muchos pajarillos. La isla de La Laguna, la tenemos al alcance de la mano. Es justo el cerro donde estuvo construido el cortijo Moreno.

Vi yo que el otro invierno pusieron por aquí una cerca de palos alrededor de las aguas de La Laguna para evitar que las personas se metiera y cayeran. Ahora descubro que no hacen falta. La Laguna queda por completo cubiertas por las aguas y también las ruinas de los viejos baños. ¡Lo que ha subido este pantano en estos dos últimos años! Y lo digo porque yo lo tengo recorrido y hasta me he bañado en la vieja bañera que todavía queda de aquel balneario.

En el libro inédito “Desde el Embalse del Tranco del Alto Guadalquivir”, del mismo autor que esta guía, se dice: “Según las noticias que me estás dando descubro que ese lugar fue un verdadero mundo lleno de vida y riqueza pero me queda por ahí la confusión del balneario. ¿Hubo o no balneario en algún lugar de esa llanura?
- Sí que hubo balneario por esos llanos y eso en los textos antiguos puedes leerlo pero no se encontraba por esta parte de El Chorreón.
- ¿Por dónde estaba?
- ¿Tú conoces el “Ojo de la Laguna?”.
- ¿Te refieres a ese charco de agua turbia que hay cerca de Fuente de la Higuera?
- Allí donde todavía sigue funcionando la única zona de acampada libre que existe en el Parque, ahí mismo se encuentra lo que nosotros llamamos el “Ojo de la Laguna”.
- Pues sí la conozco. Varias veces he ido por el lugar porque con esa laguna me pasa como con las ruinas de El Chorreón, me tiene fascinado.
- Pues allí mismo, doscientos metros más abajo aún se ven las ruinas de lo que fueron “Los Baños”, que es como por aquí nosotros siempre hemos llamado a ese rincón.
- ¿ Y por qué dejaron eso?
- Tú tendrías que saber que esos baños son muy antiguos y aunque ya antes de la construcción del pantano no funcionaban plenamente, a partir de cuando el pantano se llenó, todo quedó cubierto bajo sus aguas. Dicen que el agua de esos baños es una de las mejores del mundo porque las han llevado a Madrid y todo y dicen que van a sacarlos de esa zona a un lugar donde el agua del pantano no llegue para poner en funcionamiento otra vez esos baños pero la verdad es que yo no sé si eso será posible y el dinero que pueda costar. Quizá si ese proyecto, casi sueño se hiciera real, podría ser bueno para este pueblo mío, porque fíjate que teniendo como tenemos estas y otras cosas tan buenas, casi únicas en el mundo entero, nadie le da importancia y ahí se pudren sin aportar ningún beneficia a la sociedad y menos a los pobladores de estas tierras. Quizá ese decir se quede en lo que se quedan tantas otras cosas que también dicen. Sería estupendo ¿Verdad?
- Sí que lo sería y por eso hay que esperar a ver si al final salen adelante estos proyectos que dicen pero la verdad es que yo todavía no he terminado con la aclaración de estas dudas mías”.

Al pasar esta tarde por aquí recuerdo como fueron los primeros tiempos de los baños: “Esto era una familia que había en los Baños de la laguna. Se dedicaron a hacer casetas y bañarse. Sus casetas con sus pilas. A ese lugar acudían las personas para bañarse. Uno de la Canalica bajó porque estaba perdió de reuma y hasta con la cabeza torcida. A los tres días de bajar ya volvió con su propio pie. Siguió bajando hasta siete veces. Ya no tuvo que volver más. Se curó por completo.

En aquellas fechas a los baños acudían muchas personas de todos estos pueblos cercanos y también de los pueblos de la Loma de Úbeda. Estos baños parecían una feria. Y encima de que tenían muchas casetas para dormir, cerca de los baños, crecían cuatro robles gigantes. En las sombras de estos árboles sesteaban muchas de las personas que acudían a los baños en busca de remedio para sus enfermedades. Al mismo tiempo, como aquello parecía una feria, se formaban sus bailes. Tocaban con una guitarra que tenía una sola cuerda. Otras veces acudían a la gramola que tenían allí. Por los cortijos de la Vega de Hornos todo el mundo oía que en los baños, toda aquellas personas que acudían a quitarse el reuma, allí se la dejaban. Y los de la Vega dijeron:
- Y no nosotros que estamos aquí cerquita ¿por qué no vamos a los baños?
De muchos cortijos de la Vega acudieron a los baños y en aquellas aguas se dejaron también su reuma.

Cuando se iba la gente de los baños, las personas del Soto, de Fuente de la Higuera, de la Platera y de Hornos, acudíamos a los bailes que por todos esos cortijos se formaban. Todas las noches estábamos sino en un lado, en otro. Pero a base de buenos bailes y no lo que hay ahora. Lo de antes era mejor que lo de ahora. En aquellos bailes se cantaban coplas como la que dice:

Montillana y los Parrales,
la Laguna y la Platera,
Hornos y Cañá Morales,
Cortijos Nuevos y Orcera,
la Puerta y los Ventiscales.

La fragancia eterna.
Es por la mañana y aunque la tierra de la ladera y la sombra de las encinas que se derrama en ella, es la misma del día anterior y la de hace cien primaveras, por ella hoy duermen los caminos que llevan al centro de la emoción que sabe a tristeza y por ella, baja el pastor detrás de sus blancas ovejas que corren buscando las bellotas y como la tierra hoy sí tiene sabor a hiel y a esencia, él habla y les dice, a las tres que por su lado se quedan:
- Vosotras comeros estas bellotas que voy cortando de las ramas y pongo sobre la tierra que ya veréis como os saben a gloria y os alimentan.

Y mientras desciende por la pendiente que precede al Valle, de las ramas viejas y de las bajeras de las encinas, arranca las bellotas y a puñados, las va soltando en el pasto y entre la hierba que ya comienza a brotar y las ovejas se las comen mientras las otras ya se han perdido por entre las sombras densas de las tierras llanas que es hacia donde vienen bajando porque es por ahí por donde está el calor del corazón y como ahora él siente el cansancio, la confusión y la tristeza, otra vez habla con ellas y les dice, mientras se comen su bellotas:
- Cuando ya por fin sea viejo ¿quién se acordará de mí y quién me dará una mano para que me apoye, al bajar por esta ladera y quién me dará el cariño que necesito y en el rincón tranquilo de mi casa pobre y quién se encargará de prestar su cuidado a los tomates de mi huerto y a vosotras mi ovejas?

Y como en la mañana clara, el mundo entero parece confluir hacia el centro del Valle que es por donde se celebra la fiesta, sigue descendiendo los caminos que vienen desde todos los extremos y al llegar a la curva del arroyo, se tropieza con la abuela que también camina encorvada y mientras da sus pasos torpes y reza, viene pronunciando el dolor que dentro le quema:
- Al encuentro de la última fiesta en este Valle pero es necesario para que, aunque ya seamos extraños en la propia tierra, nos quedemos abrazados y envueltos en la fragancia eterna.

Y el Valle, como callado y rebosando casi de la misma angustia que en sus corazones ellos llevan y los caminos fluyendo por donde manan las fuentes y todo, como en su espera y como es por la mañana, unos a otros se dicen que todavía hoy tienen tiempo de juntarse y rezar y charlar y contarse las cosas que en sus almas les inquieta aunque todo esté tan claro que fluya como un río inmenso pero no de aguas limpias, sino de amarga tristeza.

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3.23.2007

OCHO RUTAS HISTÓRICAS LITERARIAS-1


1 - Muro del Embalse del Tranco, Cañada Morales. Carretera. Andando, bicicleta o coche.

La distancia.
Desde el muro del Pantano al Camping, hay tres kilómetros trescientos metros y hasta la aldea de Cañada Morales, son unos 7 km. La carretera que vamos a recorrer es la A-319, según la nueva señalización de hace poco.

El tiempo.
En coche, son unos siete u ocho minutos yendo despacio para gozar el paisaje. Andando puede tardarse una hora y media y sería un paseo delicioso sobre todo en esta época aunque lo mismo da, porque en otoño o invierno, también es bonito.

El Camino.
Justo en el muro del pantano, existe una amplia explanada asfaltada y desde aquí hasta Cañada Morales y luego hasta el pueblo de Hornos y Cortijos Nuevos, es carretera asfaltada que discurre a media ladera sobre las aguas del Embalse del Tranco.

El paisaje.
A la derecha, según subimos desde el muro hacia Cañada Morales, nos va quedando una preciosa panorámica sobre lo que fue el antiguo Valle de la Vega de Hornos, hoy bajo las aguas del pantano. A la izquierda, la preciosa ladera que desciende desde las Cumbres de Beas, toda poblada de pinos. Aquí fue donde ocurrió aquel primer incendio recogido en las páginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”.

Lo que hay ahora.
A la derecha, según llegamos por la carretera que sube por el Guadalquivir desde Villanueva del Arzobispo, existe una explanada con algunos chiringuitos y, algo en la ladera del cerro, algunas casas que son construcciones de cuando se levantaba el muro de la presa. Eucaliptos, pinos e higueras. A la derecha nos van quedando las azules aguas del pantano. Nada más salir de la explanada, a la derecha hay una pequeña pista que baja a las aguas donde existen algunas barcas que se pueden alquilar para dar un paseo.

La carretera discurre entre pinos carrascos y a la izquierda nos queda ya una gran pared de rocas que baja desde las laderas que nos van coronando. A la derecha, un puntalillo donde existe un pequeño chiringuito con un mirador sobre las azules aguas del pantano. Hay una explanada muy bonita donde se puede aparcar bien. El pantano se nos muestra recogido en la estrecha garganta donde tiene el muro y algo más hacia el centro, lo que en aquellos tiempos fue la junta de los ríos, ya se divide en las dos grandes colas. La de la derecha es la del Guadalquivir y la de la izquierda la del río Hornos.

En los días de sol radiante, como pudiera ser hoy mismo, catorce de marzo de 1998, si se mueve el viento, no muy fuerte, se ven las aguas del pantano irisada por completo y sobre la superficie, mil olas pequeñas que son como trozos de espejos, al ser besados por el sol, brillan en la forma y belleza que lo haría un cielo cuajado de estrellas. Es una visión realmente hermosa porque pareciera que las aguas azules de este pantano, que de tan azules y profundas, son casi negras, estuvieran ardiendo con infinitas estrellas que parpadean y son los reflejos del sol que se quiebran sobre las ondulaciones.

En la orilla de enfrente, por donde va la carretera hacia Coto Ríos, sobre la tierra desnuda, se quiebran aun mucho más. Con movimientos de apagarse y encenderse como si fueran pequeñas bombillas de Navidad. Es precioso. Ya al fondo, las aguas se ven mucho más tranquilas y sin reflejos del brillante sol primaveral que esta mañana baña toda la sierra. Cantan los pajarillos en este día porque muchos han vuelto de aquellos lugares lejanos y la tierra, pues muestra la primavera algo adelantada porque se ven muchas plantas brotadas como las margaritas y los pinos, también con sus flores abiertas y esparciendo polen al viento.

Justo encima de este primer mirador, nos queda Piedra Capitana, que es un gran paredón de rocas que por aquí la carretera tuvo que cortar para atravesar y seguir. La ladera se ve cubierta de pinos y arriba, en todo lo alto, los más atrevidos, cuelgan en el vacío asomados al precipicio. Es un rincón bastante bonito para saborearlo despacio en el arranque de esta ruta que nos irá, poco a poco, adentrando a un núcleo fantástico y lleno de hondas bellezas.

Cincuenta metros, avanzando desde el mirador, en la curva justo donde Piedra Capitana cae hacia la carretera, en roca color caramelo, hoy descubro unas matas de hierba que están florecillas y son como pequeños moños que cuelgan de la misma piedra y como tienen tantas flores pequeñas, blancas y algo azuladas, son preciosas, mirando al sol de media mañana. Toda la pared está cubierta de estas macetas de flores abiertas como si estuvieran saludando a la primavera y realmente sí son bonitas. Desde aquí, estamos casi frente a lo que sería la cola que va hacia Coto Ríos y la que nos queda a la izquierda que es la de Hornos. El romero también está florecido pero es normal porque este año, incluso en el mes de enero, lo he visto en flor.

A unos setecientos metros del muro del pantano estamos casi en lo que sería el corazón de las dos colas de este gran embalse. Todavía y a la izquierda, Piedra Capitana nos va acompañando mientras la carretera se enfila algo más recta hacia el final de este pantano. A unos novecientos metros del muro, a la derecha sale una pista de tierra que es la que viene desde el cortijo de Montilla, porque esta pista es el antiguo camino que por aquí trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir.

Nos siguen escoltando los pinos carrascos y si miramos a la izquierda, que es por donde la cumbre nos remonta, se ve el cielo azul y algunas nubes blancas revoloteando por lo más alto. Por la derecha, continuamente las aguas del pantano y, a un kilómetro cuatrocientos metros, se nos abre al frente el gran macizo de Monteagudo. Por su ladera se cuelgan Fuente de la Higuera y la Canalica, núcleo del libro que recoge la vida de esta Vega, perdida hoy, en aquellos tiempos.

A un kilómetro seiscientos metros, se desvía otra pequeña pista a la derecha que va también hacia el rincón del cortijo de Los Parrales. Todo como si confluyera buscando el corazón de aquel hermoso valle donde estuvo el cortijo del Soto de Arriba. A dos kilómetros, a la izquierda nos aparece un gran corte de rocas y la carretera lo atraviesa cortándolo y quedando a la derecha un espigón. Subido en él, se nos abre una preciosa vista de todo el pantano hacia la Isla de Bujaraiza.

Al frente y sobre el cerrillo, se ve el hotel Los Parrales, antigua casa forestal hoy acondicionada y que es bonita. Justo está construida en lo alto de un espigón de rocas que caen hacia las aguas del pantano y abajo, el nido donde se recogió el cortijo de Los Parrales, escenario central de este trabajo que se completa en el libro del Soto.

La carretera sube un poco hacia la izquierda, para atravesar una pequeña hondonada y enseguida, al frente, una gran parte de las Cumbres de Beas. Mucha cornicabra, coscoja, romeros y pinos es la vegetación que por aquí nos va acompañando. Al cruzar la hondonada, una cuestecilla que remonta suave y el mural donde se anuncia el Hotel de Los Parrales.

Y aquí justo al dar la curva, a la izquierda, sale una pista que está cortada con su cadena y sube a la cumbre del Quijarón. La carretera sigue subiendo suavemente por entre pinos y a la derecha, la depuradora del agua del Camping que nos tropezaremos en unos segundos. Una pequeña recta y enseguida se ve la casa que fue de peones camineros, que está a la izquierda, un espeso bosque de pinos y en el muro que da a la carretera, con letras grandes, escrito: Camping Montillana.

Nada mas remontar, a la izquierda vemos la zona de acampada y a la derecha, un panel que anuncia el arranque de la que serán nuestras tres rutas estrellas: Hoya de la Sorda, El Chorreón, Los Parrales. En el panel podemos leer: “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado: 45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos como que se nos esfuman porque la emoción y belleza de las dos rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que ellos siempre tenían a su lado.
Al volcar desde la Hoya de la Sorda, siguiendo la carretera y antes de cruzar el arroyo de Montillana, se ve una magnífica vista de toda la cola del pantano. Desde las aguas hacia la carretera y la ladera que sube, queda ampliamente derramadas bajo nuestros ojos y al frente, las otras aldeas entre los bosques y las cumbres que las coronan. En la segunda pequeña curva hacia el arroyo, a la izquierda, el bosque de pinos y la carretera tallada en la pendiente de la ladera.

Por el lado derecho, la calzada de la carretera está sujeta con poyetes de cemento y justo desde aquí, al frente, se ven las viejas casas de las Cuevas de Montillana. Hay un espigón rocoso y en su corte fue donde metieron estas humildes viviendas. Un puñado de casas, hoy comidas de zarzas y destrozadas por las inclemencias del tiempo pero seguro que ahí vivían varias familias. Por encima de ellas y en al paredón rocoso, se ve la cueva.

A la izquierda nos queda un trozo de olivar y más para arriba, los pinos. Se ven los álamos que van cubriendo toda la caída del cauce de este arroyo hasta las mismas aguas del pantano. Cruza la carretera el arroyo y a la derecha, el viejo letrero donde se puede leer: “Cuevas de Montillana”. Se abre la curva hacia la derecha y al frente, al otro lado de la gran vega cubierta de agua, la imponente figura de Monteagudo.

Y al remontar y girar, enseguida otra pequeña curva a la izquierda y ahí mismo, un fresno a la derecha y debajo y entre un bosque de pinos, Fuente Mala. Un gran caño de agua es lo que siempre brota por aquí y un pilar de cemento como preparado para que beban los burros y mulos, de aquellos tiempos, por supuesto. Como ya la conozco, casi siempre que paso por el lugar me paro a beber pero esta fuente, queda inadvertida casi por todas las personas que surcan esta carretera. Es lo que me pasó a mí en aquellos años.

Una reducida extensión de tierra, a la derecha de la carretera donde se puede dejar el coche y desde aquí baja una sendilla hasta la fuente. Se ha ido haciendo de pasar las personas que por aquí vienen. Según bajamos, a la izquierda nos queda un buen bosque de pinos. Su sombra y en los días que se aproximan, primavera avanzada y verano, nos pueden servir para un descanso largo.

Fuente Mala, ya lo decía, tiene un gran caño de agua y un pilar. El rincón donde se encuentra es muy bonito por su vegetación y la tranquilidad. Arrancando desde el lugar, la carretera transcurre suave, bien elevada sobre el pantano y desde aquí, la pequeña recta, se divisa con toda claridad el cortijo de Montillana, la isla, las tierras antes de la isla y las aguas hacia la otra vertiente. Monteagudo nos queda al frente total.

Gira la carretera un poco a la izquierda y ladera arriba, monte bajo y pinos altos y torcidos hacia la carretera. Un buen peñón arriba y en una curva menor que viene hacia la derecha, al borde, se extiende una llanura de tierra. Este lugar es el mejor mirador natural para gozar ampliamente de toda la cola del pantano y las tierras que le rodean. Muchas personas se paran aquí y se quedan admirados por la gran belleza.

Si ya conocemos un poco la historia que se recoge en las paginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, es el momento para observar los escenarios e ir encajando las piezas. Desde ningún otro punto se puede gozar de una más completa panorámica. Se ven las aldeas y con perfecta claridad, la isla de La Laguna. Hoy, las aguas cubren hasta casi el mismo borde.

Aquí mismo crece un almendro que da frutos dulces y ahora que todavía están casi en flor, ya muestra sus ramas con un buen puñado. No ha hecho mucho frío este año y por eso tiene muchas almendras. También está ya cubierto por completo de hojas nuevas. Desde aquí hacia el rincón de El Chorreón, toda la ladera poblada de olivos y entre ellos, almendros que se adaptan bien a las ásperas tierras.

Arrancando desde este mirador sin acondicionar y, mientras recorremos la recta que hay, vemos al frente y con una claridad impresionante, el pueblo de Hornos de Segura. Por encima de sus casas, la impresionante mole del pico Yelmo. Blanca y en todo lo alto, las construcciones para la repetición de señales de radio y televisión. A la derecha olivas y a la izquierda, la ladera con sus rocas y algunas encinas que caen en la dirección del barranco. Atravesamos un trozo de olivar y ya la carretera se retuerce armoniosamente hasta derramarse en la llanura de Cañada Morales.

Unos metros antes de tomar la llanura que precede a la aldea, en una curva, una pequeña fuente trabada en la pared de la izquierda con su cañito de agua. Si no vamos atentos, también nos pasaremos sin verla. Un gran pino por la parte de arriba y si nos asomamos hacia abajo, se ve la pista de tierra que sube desde el barranco de El Chorreón. Por aquí también se puede ir a ese rincón pero es otra cosa. Justo en esta fantochada está el kilómetro seis doscientos desde el muro del pantano.

A unos cincuenta metros más adelante, un gran pino que se abre con cuatro pies, muy bonitos. La carretera empieza a caer, sin dejar de trazar pequeñas curvas hacia las casas de la aldea. Precisamente este accidente del terreno es una cañada que se recoge entre varios cerros que caen y quedan frenados antes del valle. Una antigua aldea muy bonita, donde hubo una fábrica de aceite y ahora, pues todavía viven aquí algunas de aquellas personas.

A la derecha, Cañá Morales, la explanada que atraviesa la carretera y a la izquierda, al final de la llanura, el hotel Los. Un edificio nuevo. Justo en el kilómetro siete desde el muro del pantano, se alza Cañada Morales. En esta llanura donde ahora se alza el hotel, es donde amontonaban las traviesas que sacaban de los pinos de estas sierras. Por aquí pusieron grandes máquinas con las cuales cortaban los troncos de los pinos, sacaban de ellos traviesas para las vías del tren y las apilaban en esta gran llanura hasta que llegaba el tiempo de llevársela flotando por la corriente del río Guadalquivir hasta la estación de Jódar donde las sacaban del río y las cargaban en vagones de tren. Esta hermosa llanura, en aquellos tiempos, fue un hormiguero de personas trabajando en la madera que sacaban de la Sierra de Segura. Fue esto por la etapa de la Renfe.

Frente al hotel, a la derecha y sobre un cerrillo, la ermita de esta deliciosa aldea, tan recogida ella en su tierra amada, en su silencio y como ajena a los que por aquí vamos y venimos. Volcando un poquito, nos queda Guadabraz, El Majal y El Tóvar. Tres pequeñas aldeas que se aplastan humildes en las tierras fértiles de esta sierra que tanto las quiere.

La fragancia eterna.
Y la otra cosa es que, mientras tú ibas andando por la senda del cerro de la ladera con la visión del cortijo sobre la lomilla y un poco a tus pies, a pesar del verde de esta ladera por la vegetación y la abundancia de pinos, el suelo, la tierra que pisabas, no se parecía a ninguna de las tierras que hasta hoy conoces. Por una extraña sensación real o sólo sentida, tus ojos captaban una tierra llena de brillo parecido a ese que refleja el charol cuando lo tocas. Y no era esto lo más llamativo sino que sobre esta tierra tan llena de esa extraña belleza ibas descubriendo huellas de pisadas humanas.
- ¿Qué son?
Preguntaste al padre del joven que en estos momentos te acompañaba y en tu interior sabías que él era el más profundo conocedor de cuanto late y respira en estos montes.
- Las he visto muchas veces yo. Ellas son las huellas de aquellas personas atravesando los cerros de estas sierras y que se han quedado aquí para que no se nos olvide que todo esto tuvo su historia.
- Una historia, por lo que se ve, llena de vida y por ser de gente humilde y sin estudios no quedó escrita en ningún libro y estas huellas serían precisamente eso: los libros no escritos pero llenos de mensajes imperecederos para que sepamos de ellos.
- Exactamente, eso son estas huellas que, además, encierran otro pequeño gran misterio.
- ¿Cuál es?
- Que son invisibles para mucha gente. Sólo pueden verlas y gustarlas algunos y más que desde los ojos de la cara, desde dentro.
- Algo así como dice el libro del Principio que sólo se ve bien con el corazón.
- Algo así y parece que este es el principal atractivo de estas huellas que se extienden por toda la sierra y todos los rincones, arroyos, laderas y valles de estos montes.
- Pues todo un fabuloso tesoro que anda perdido, ignorado y desconocido para casi todo el mundo. Tienes que tener cuidado porque si de esto se enteran algunos, ya verás lo que harán de estas laderas y arroyos.
- Y sobre todo si se enteran algunos de esos que se pasan la vida diciendo que el mundo, la tierra y todo el planeta e incluso la creación entera, ha sido puesta aquí para que el hombre la domine, la transforme y haga de ella lo que le apetezca.
- Exactamente eso es lo que pienso.

En fin, esto es lo que tú viste aquella noche en tu sueño y ahora que andas por aquí te dices que en realidad entre aquello y esto sí hay algún parecido. Aunque el cortijillo es sólo unas cuantas paredes de piedra color chocolate ya bastante caídas, comidas por la vegetación y sin señales ninguna de vida humana. ¿Quién vivió aquí y en qué época? Interrogantes que se te amontonan en el río de todas esas experiencias que tienes de estas sierras quizá para quedar ahí eternamente arrinconadas y sin respuesta. El silencio y la soledad de estos montes hacen todo lo demás.

Pero ellos, desde tiempos lejanos, se refugiaron en el rincón y en noble amor por la tierra, la llenaron del sudor de sus frentes y de la vida que les corría por el corazón callado y como la tierra los amó, cada mes y cada año, ella les dio su fruto en forma de trigales verdes y de habas frescas que relucían al sol de la mañana y de fuentes claras y unos días más tarde, en forma de trigo dorado que se convertía en harina blanca y en pan candeal que de nuevo daba la vida y devolvía al corazón, el calor y amor que del corazón había salido.

Y a ellos, un día los echaron aquellos segundos que llegaron y luego los fueron acorralando las propias aguas de este pantano y los que después hemos llegado y ellos, siempre vivos y abrazados al tiempo que nunca los olvidó y ahora, aquella tierra que fue sangre porque fue hermana en la propia sangre y en el beso de amistad al brotar las primaveras cada año, los sigue llamando y esperando porque los quiere y en la soledad y la tarde, está contenida, soñando.

Y la tierra, porque fue hermana del alma del que fue hermano con ella, sigue esperando que un día vuelvan al rincón y a la luz que por derecho les pertenece y por eso, mientras ando callado y oigo la voz de los que fueron primero y desde el amor que nunca pudre el tiempo, percibo y gusto la forma de aquel beso que está eterno brotando de la tierra y con su melodía diciendo: “Ellos se fueron pero su esencia quedó en el rincón y aunque pasen mil siglos y tanto cambie todo de nuevo, el rincón les pertenece porque lo amaron desde lo más limpio y duro y por eso espera que vuelvan, quizá con el perfume de cualquiera de estas muchas primaveras o con el sol que va de la mano del viento o con el verde de la hierba, porque ellos, amaron tanto a la tierra que además de hacerse sudor con ella, también se hicieron sueño y trigales frescos que da la vida y con el inmenso azul del cielo, la fuerza que transmite un perfume de olor eterno”.

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OCHO RUTAS HISTÓRICAS LITERARIAS

CUATRO RUTAS LITERARIAS, HISTORICAS Y CUATRO PASEOS EN TORNO AL PANTANO DEL TRANCO POR LA COLA DE HORNOS DE SEGURA © José Gómez Muñoz.


INDICE:
Las rutas:
1 - Muro del Pantanto del Tranco, Cañada Morales
2 - Puente sobre el Río Hornos, Los Baños
3 - Los Baños, La Canalica, Fuente de la Higuera
4 - Hornos de Segura, Hornos el Viejo, La Plantera, El Carrascal

Los paseos:
Hoya de la Sorda, cortijo de Montillana,
Fuente Mala, Camino viejo al Chorreón, Camino viejo a Los Parrales,
cruce del río Hornos al Chorreón.

1 - Muro del Pantanto del Tranco,
Cañada Morales.
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

2 - Puente sobre el Río Hornos, Los Baños
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

3 - Los Baños, La Canalica, Fuente de la Higuera
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

4 - Hornos de Segura, Hornos el Viejo, La Plantera, El Carrascal
La distancia:
El tiempo:
El camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

5- LOS PASEOS:
Hoya de la Sorda, Cortijo de Montillana
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

6- LOS PASEOS:
Camino viejo al Chorreón.

La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:
7- LOS PASEOS:
Camino Viejo a los Parrales.
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

8- LOS PASEOS:
Cruce del río Hornos, El Chorreón.
La distancia:
El tiempo:
El Camino:
El paisaje:
Lo que hay ahora:
Lo que hubo antes:
La fragancia eterna:

La belleza y el placer más limpio,
en la naturaleza, a lo pequeño.

El núcleo de donde manan las páginas de este pequeño libro de rutas y paseos, se posiciona en el cortijo Soto de Arriba, hoy bajo las aguas del Embalse del Tranco, en su cola hacia Hornos de Segura. Al final de la ruta 3, nos situamos en el balcón de Fuente de la Higuera y desde tan grandioso mirador, se nos abre la gran panorámica.Al frente, un poco a la izquierda y hacia el norte, tenemos el muro del pantano, justo debajo de nosotros, el gran brazo de aguas azules y en su fondo, el cortijo Soto de Arriba, al frente y en la orilla opuesta, el cortijo de Los Parrales, más hacia la derecha y en la orilla, el cortijo de Montillana, siguiendo la misma orilla y subiendo hacia el pueblo de Hornos de Segura, el cortijo de El Chorreón, en esta dirección y siempre girando de izquierdas a derechas, al final de la gran cola, y sobre la imponente roca, el blanco pueblo de Hornos de Segura y si desde él nos venimos hacia nosotros, siguiendo el borde de las aguas pero por el lado apuesto al del cortijo de Montillana, tenemos las aldeas de El Carrascal, La Platera, Hornos el Viejo y más próximo a nosotros, el viejo cortijo de Moreno, La Laguna, Los Baños, el cortijo de Joaquín y volvemos otra vez al cortijo del Soto de Arriba, corazón de aquella Vega y ahora, de este trabajo. Y ya, y como dominando la espléndido visión, La Canalica y Fuente de la Higuera que es donde estamos.Una grandiosa panorámica inundada, en el fondo de su Valle, y por donde quedan las huellas de un mundo con su historia y cultura casi por completo desaparecida y la que no, olvidada. Estas cuatro rutas y cuatro paseos, intentan penetrar en este pequeño universo para descubrirnos y acercarnos un poco a lo que fue tan rico en vida y belleza y no debe morir nunca.

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-50

AÑOS DESPUÉS

Hace unos quince años le dije a mi marido, una vez que se quedó el pantano seco, “Me llevas al Soto, me llevas a mi tierra, o me escapo un día y me voy”. Y él se creyó que lo iba a hacer y me llevó. Entramos por la Canalica. Paró el coche y bajamos, mi hijo el menor y yo. Ya estaba todo hundido pero se conocía mi Soto.

Los primero que me llamó la atención fue el tronco de mi cerezo de arriba que todavía estaba allí, negro pero a ras de tierra. Cortado pero se veía el madero podrido con sus raíces clavadas en la tierra. Y por curiosidad miré hacia el Soto de Abajo, porque bajando hacia el Tranco y a la parte de abajo del camino, había una morera grande. Era propiedad de la hermana Amalia. Un árbol que sólo Dios sabía los años que tenía y por eso alcanzó un tamaño desproporcionado. Era una morera grandísima. Echaba unas moras dulces y blancas que eran deliciosas.

Y miré por curiosidad y allí la vi. Creo que cuando cortaron todos los árboles porque las tierras iban a ser inundadas por las aguas, a aquella morera les dio lástima de cortarla y la dejaron intacta. Y estaba el árbol en pie todavía, con algunas ramas pero ya todo negro, sin hojas, seco y hasta podrido pero en pie. Y mirando al árbol, donde muchas veces, con permiso de la hermana Amalia me había ido a comer moras, me decía yo: “¡Qué lástima! Como nosotros a salir de aquí, este se niega a caerse”.

Otras moras de por allí, eran el fruto de las zarzas silvestres por las orillas de los arroyos. A mis primas y a mí nos gustaban mucho pero las cogíamos cuando ya estaban negras y bien maduricas. Estaban muy buenas y ¡vaya que si cogíamos moras! Unas veces nos las comíamos allí mismo y otras veces nos las llevábamos a la casa pero estaban buenas y eran, pues silvestres de las zarzas que había en la orilla de los arroyos.

En las tierras y cortijo del Soto de Arriba, murió mi abuelo Andrés, mi abuela Juana Antonia, mi tío José, dos hermanas mías y un hermano mío, una tía mía, mujer de Ramón, el marido segundo de mi tía Francisca, Santos, un hijo de mi tío José, Joaquín. Al llegar al rincón y acordarme de aquellas escenas, de vivos y de difuntos, cogí dos raíces secas que encontré por el suelo, dos palos que habían arrastrado las aguas del pantano, e hice una cruz. La até con una brizna de hierba y la clave en la tierra diciendo: “Es la última vez que veo a mi Soto”. Me agaché luego y cogí tres trocicos de tejas. Le di una a cada hermano mío y con otra me quedé yo.

Pasado el tiempo me decía mi hijo: “Cada vez que ves estos tejoletes es para llorar. Tíralos ahora mismo”. Y me hicieron tirarlo. Ya fue la última vez que vi aquello hasta que el Señor me lo devuelva en el cielo junto con mis padres y todos mis seres queridos.
- Ya que hablas de seres queridos que perdiste: en aquellos tiempos, cuando las personas morían ¿a dónde las llevaban?
- A Hornos. Y para que veas hasta donde fue duro aquello, una vez que fui a Hornos me pasó una cosa que me dolió mucho.

Entonces el cementerio estaba conforme se entra al pueblo por la Puerta Nueva, a la derecha. Allí tenía yo toda mi familia enterrada. Las poquitas veces que podía, iba al cementerio a rezar por mis difuntos. Y qué sorpresa me llevé cuando llegué al pueblo y ya habían hecho un cementerio nuevo, por un sitio que le dicen Camarillas. Miré a donde tenía mis difuntos y veo que aquello lo habían convertido en establos de animales.

Y en un bar que han hecho enfrente, en un sitio que le decían el Calvario, entré y dije yo: “¿Cómo es posible que hayan hecho ahí una tiná de animales donde están los restos de todos los difuntos de los familiares nuestros?”. Y dice la mujer: “Ea, pues eso lo han dispuesto así”. “¿Pero por qué no han dedicado eso a otra cosa? Eso es una lástima. Con los restos humanos que hay ahí”. “¿Y usted por qué le interesa eso?” “Porque ahí tengo yo todos mis antepasados enterraos”. “¿Y cómo enterraba a su familia aquí?”. Me dijo la mujer. “Usted es forastera”. ¡Y aquello me dio a mí una pena!

Me dio una congoja de ver que en mi tierra me llamaban forastera. Saqué el carné de identidad y le dije: “Mire usted señora, yo no soy forastera. Soy nacía aquí”. Y lo primero que hacía cuando llegaba al pueblo era pedir la llave de la iglesia. Abría la puerta, entraba, besaba el suelo, besaba la pila del agua bendita. Porque los recuerdo y mi vida entera la tengo toda en aquel trozo de Vega, y si algo queda, en el pueblo que me acogió de niña. En esa iglesia de Hornos se casaron mis padres. En ella estamos nosotros, todos mis hermanos y yo, bautizaos. Entre sus paredes hicimos la primera comunión. Allí se han ido enterrando poco a poco a toda mi familia. Y muchas más verdades que ahora no me salen porque se me atasca el alma.

Muchas cosas e iglesias bonitas habrá en el mundo pero para mí como aquella, ninguna. Recuerdo donde me sentaba con mi abuela, a rezar el rosario, cuando iba a misa. La capilla de las Animas. Yo tengo la buena o la mala suerte de ser una sentimental. Las cosas de mi tierra no se me olvidan sino que cuanto más tiempo pasa, más vivas las tengo. ¡Encerrar los animales, ovejas y cabras, en las tierras donde están enterrados mis seres querido! ¡Dios mío qué lástima!

Y mis palabras finales, son como el último latido de mi corazón: sabemos que el pantano del Tranco ha solucionados los problemas de otros pueblos y esto nos consuela porque nuestro sacrificio y nuestro dolor ha servido para algo bueno. ¡Qué pena que sólo se sepa el dinero que costó construirlo! Y nuestras lágrimas ¿quién las ha contado? ¿Cuál sería su precio si se pudieran valorar con dinero? Cuando pasen por allí las personas que no conocieran la Vega de Hornos seguro que dirán: “¡Qué hermoso es el charco del pantano!” y de verdad que lo es. Pero ¿quién sabe que debajo de esas aguas azules y limpias están perdidas las mejores tierras del pueblo de Hornos? ¿Y quien puede medir el dolor que nos causó a los que tuvimos que irnos de allí en contra de nuestra voluntad? Nos echaron a otros pueblos que no eran nuestros y bajo las aguas para siempre quedaron nuestras raíces.

¡Nuestras raíces! ¿Sabes tú lo que te estoy diciendo? Porque la raíz es la vena que une a la tierra de donde sale el alimento que da la vida. Si un árbol no tiene raíces, se muere, se queda sin hojas, no tiene sabia, no tiene identidad, no es ni árbol ni planta ni ser vivo. Y nosotros, los seres humanos, sin nuestras raíces ¿qué somos? Quizá lo que yo ahora: un trozo de sueño que está separado de su realidad y vaga o espera que Dios venga y le dé su beso para que lo vuelva o lo devuelva a la región de la que es y pertenece. ¿Entiendes lo que te digo? Nos quedamos sin raíces, sin tierra y desde entonces somos peregrinos anhelando, como en la Biblia el pueblo de Israel, los valles prometidos.

También tengo otra pena y espero que me comprendan. No quiero herir a nadie pero creo que a mi pueblo no se le ha hecho justicia y a los que tuvimos que irnos de allí, tampoco. Ahora, en el ocaso de mi vida, pido a Dios que algún día, una persona con autoridad, haga constar en la historia de ese bonito pueblo que es el mío, todas estas verdades. Hornos de Segura no necesitaba el pantano pero entendió que para otros pueblos hermanos era muy importante y por eso calla su dolor y perdió en silencio y resignado, esa paradisiaca Vega que las aguas se tragaron para siempre. Por eso pienso ahora que sería muy bonito, y que en justicia debería hacerse, que una de sus calles, al ser posible el callejoncico donde yo vivía con mis abuelos, se le pusiera el nombre de “Calle de la Santa Cruz”, en memoria de la devoción que teníamos en la Vega a este símbolo y las fiestas que allí se hacían el día tres de mayo, para que de alguna manera se conserven estos recuerdos. Y También digo, cuando ya voy a marcharme y puede que para siempre, que en el Aguilón, donde los visitantes se asoman a contemplar el hermoso paisaje, en un sitio visible y con letras muy grandes, se debería escribir algo semejante a esto: DETÉN TU MIRADA HERMANO Y PONTE DESPACIO A LEER, LAS AGUAS DE ESTE PANTANO, SEPULTARON UN VERGEL.

Y ya para despedirme voy a decir lo que tanto trabajo me cuesta porque siempre tengo el miedo que las personas crean que lo hago en alabanza propia pero no es así. Y lo que digo es que yo creo que lo mismo que nosotros, los que de aquella tierra salimos por aquellos días, nos sentimos orgullosos de ser hijos de Hornos de Segura, este pueblo amado que tan profundo llevo en mi corazón, tampoco debería avergonzarse nunca de que seamos hijos suyos. ¿Crees tú que expreso con claridad lo que pretendo?

Ya se pone el sol. Por lo alto de las cumbres que coronan las otras aldeas de Las Lagunillas, la Cabañuela y el Aguadero, ya se pone el sol. Las aguas azuladas y verdosas del pantano se mecen serenas ajenas a cuanto fue y es ahora por estos alrededores y el Valle que duerme en su fondo. Desde aquellos tiempos, todo guarda silencio a pesar de estos tiempos y los que vuelven surcando las carreteras. Los caminos, los cortijos, los rincones, los valles, la Vega, además del silencio, duermen olvidados, muertos bajo las aguas y otros por las laderas y collados.

“En mi sierra apenas hay vida. Todo está muerto. Sumido en un sueño apagado entre nubes y tardes oscuras atravesadas de lluvia. No hay juventud. Todos se han marchado a la ciudad. Muchos a Barcelona, algunos al extranjero. No es por vocación auténtica sino con la esperanza de ser algo y tener pan cada día.

¡Qué hermosa es mi sierra y qué triste y solitaria la veo a pesar de la mucha gente que ahora vive por aquí! ¿Y qué puedo hacer yo? Las sendas se van borrando por el monte que crece. La llanura es la misma. Verde, hermosa como en aquellos tardes. Los árboles son más grandes. Alrededor de sus troncos crece la hierba. Se ve que no los han podado desde hace mucho. El arroyo sigue corriendo. También las zarzas son más espesas a su alrededor. El charco azul de las encinas grandes, ya no está. La corriente y las aguas del pantano, lo han cegado. Sin embargo, el pueblo de la roca, el misterioso pueblo de piedra, permanece en su lugar, coronado por su castillo eterno. No ha muerto en mí ni las praderas de la Vega ni la misteriosa criatura que por ella corrió ni las horas compartidas ni los padres aunque ya no estén”.

Yo, desde este mirador de la espera, a la entrada del pueblo de la roca, sigo soñando. Me acuerdo de ella, de él. ¿Dónde estarán ahora? ¿Cuánto habrá crecido? ¿Qué habrán sido y cuánto todavía la vida les tienes reservado? Sigo soñando en hacer algo para perpetuar el recuerdo de cuanto he conocido. Me gustaría levantar una estatua en mi corazón, en las calles de este pueblo, escribir un libro que sea hermoso para dejar mi vida y la suya entre sus páginas. Los quiero a todos.

Por eso ahora, al caer la tarde, cuando ya se oculta el sol, entiendo que una persona nunca es ella sola. Es ella con todas aquellos seres y cosas que ama. De aquí que siga esperando.

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-49

La fanega de trigo -3

Yo escucho con atención las cosas que me cuenta mi abuela y como mi tristeza se va animando, al terminar el segundo relato, le digo:
- Si tú me contaras un cuento más, me pondría contentica, porque hay que ver, abuela, qué cosas le ocurrían a la princesa aquella.
Y mi abuela:
- Te voy a narrar un último cuento aunque lo del rey y la reina, en aquel país extraño, casi no tiene fin pero esto es lo último porque ya hay bastante para hacerse una idea de lo que le pasó a esta familia y cómo eran aquellas personas que encontraron.
Y yo:
- Pues te escucho, abuela.

Y ella empezó diciendo que: “Estando en este país extraño, un día, al padre rey, le ocurrió lo siguiente: vino un año de mucha escasez por la sequía que hubo pero el rey tuvo suerte de que las poquitas tierras que pudo comprar fue en un terreno fresco y por esto las sementeras aguantaban mejor tan dura sequía. Además, el rey con sus hijos y su mujer, sabiendo que aquello era el único patrimonio que tenían y lo único que podía producirles un poco de pan para su casa, lo cuidaban con tanto esmero y lo trabajaban tanto, que las tierras daban su fruto. Aquellas tierras nunca dieron mala cosecha. Como suele decirse: “Dios les quitó con una mano y les dio con la otra”.

En aquel año de gran hambre, cierto día por la noche, se presentó en la casa de la familia real destronada en país extranjero, un hombre natural del pueblo. Aquel hombre era padre de una familia muy numerosa y estaban pasando muchas necesidades. Sólo se alimentaban de hierbas del campo cocidas. Se morían de hambre y por eso aquella noche el hombre se presentó angustiado y desesperado en la casa del rey sin trono y le dijo que estaba sin esperanza porque había acudido a la casa de muchas personas conocidas a pedirle un poco de trigo para ir al molino, molerlo y poder hacer unos panecillos y cocerlos en el rescoldo de la lumbre y así darle un poco de alimento a sus hijos y mujer que se morían de hambre y nadie le daba trigo. Transcurrían tiempos difíciles y había personas que recogían mucho grano pero eran avaros y lo vendían a precios altísimos para enriquecerse.

Fue a un sitio donde sabía que habían recigido una buena cosecha y les pidió una fanega de grano prestada hasta que se recogiera la cosecha del verano, porque este hombre también tenía su trigico sembrado. Y entonces aquel hombre le dijo que sí, que le daba la fanega de trigo pero en la cosecha tenía que devolverle el doble. Que por una fanega de trigo que él le prestara luego tenía que devolverle dos fanegas. Esto era usura. Claramente era una usura, porque abusaba del humilde aprovechando la situación tan necesitada que estaba pasando aquella familia.

Y entonces, aquel hombre le digo al rey:
- ¿Por qué no me da usted ese trigo que necesito para que los míos no se mueran y yo luego le doy fanega y media?
Y el rey contestó:
- Vete a por el costal y tráete tu burro que yo te echaré el trigo que me pides.
Y el hombre:
- Pero bueno ¿me va usted a cobrar fanega y media o dos fanegas?
Y el rey dijo:
- Yo no te cobraré dos fanegas. Cuando recojas tu cosecha, ya te diré lo que te voy a cobrar.

El hombre se fue a su casa, cogió el costal y llegó con el burro a casa del rey. Midieron la fanega de trigo, el hombre la cargó el burro y de noche se fue derecho al molino para molerlo. Aquella familia se salvó de morir de hambre, sobre todo las criaturicas, gracias a la fanega de trigo que le prestó el rey.

Ya llegó la recolección de la cosecha y este hombre fue y buscó al rey y le dijo:
- Ya he trillado yo mi palvica de trigo, ya lo tengo aventado y está el trigo esperando en el montón. Como no me dijo usted lo que me iba a cobrar, pues por eso no se lo he traído. Véngase conmigo y en la era medimos lo que usted diga. Lo que me pida porque me salvó a mis hijos.
El rey subió a la era con su costal, abrió la boca del costal, el hombre se agachó, llenó su media fanega, la vacío en el costal, se agachó otra vez, llenó otra media fanega, la volvió a echar en el costal y volvió a agacharse otra vez y del montón de trigo llenó otra media fanega, con la intención de haberle devuelto fanega y media. Pero cuando se levantó el hombre con la medida de la media fanega de trigo para volverla a vaciar en el costal, se encontró con que el rey había atado la boca del costal y le dijo:
- Ya hay bastante porque tengo lo mío.
Y el hombre le preguntó:
- Pero ¿cómo va a tener bastante si yo dije que le iba a devolver fanega y media?
Y el rey:
- Eso lo dijiste tú y no yo. Lo que te dije es que aquí en la era te diría lo que me tendrías que devolver. De mi boca no salió que yo te fuera a cobrar fanega y media. Eso fue lo que tú dijiste.

Entonces aquel hombre, soltó la fanega de trigo en el montón de la era, se abrazó al rey dándole las gracias y empezó a dar voces, porque todo aquello estaba lleno de eras donde las otras personas del pueblo limpiaban su trigo, y decía:
- ¡Escuchad y oid lo que ha hecho este hombre! Fui buscándolo porque se me morían los chiquillos de hambre y me echó una fanega de trigo y ahora viene, se lleva su fanega de trigo y no me cobra ningún rédito. Escuchad lo que digo: lo que ha hecho este hombre no hay quién lo haga en este pueblo. Esta buena obra no la hace nadie.

Y todas las personas, desde las otras eras, miraban y escuchaban absortos las palabras que aquel hombre pronunciaba y tampoco ellos daban crédito a lo que estaban viendo y oyendo.

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-48

El secreto de la princesa -2

Unos días después que mi abuela me contara el cuento de la princesita despreciada, estaba con ella sentada en la casa y entonces le pregunté: “Madre Asunción ¿se vengó alguna vez aquella muchacha de las personas que le hicieron tanto daño?” Y mi abuela me dijo: “¡Hijica mía! Estando en aquel país extraño, un día, a esta princesa le pasó lo que a continuación te voy a contar con otro cuento ¿quieres oírlo?” Y le respondí: “¡Sí, abuela, quiero oír ese otro cuento de la princesa Margarita”.

Y entonces mi abuela empezó diciendo: “Una de las muchas historias que le ocurrió a la princesa Margarita en aquel país extraño, fue la siguiente: ya había crecido y era una mozalbeta. Por el ambiente tan hostil que le rodeaba, siempre estaba recogidita en su casa. Un día, la hija de unas vecinas suyas de la casa donde vivían, se casó. A los pocos días, los recién casados, pues tuvieron el gusto de invitar a todas las muchachas mozas de aquel pueblo a un baile. Hicieron una lista larga y en ella pusieron a todas las muchachas que allí había. Fueron teniendo cuidado para que no se quedara ninguna sin invitar y de la princesa Margarita, nadie se acordó.

Un hermano de la princesa, al enterarse que había un baile, fue y entró un momento y se vio acongojado porque vio que todas las muchachas de aquel pueblo estaban en aquella casa bailando aquella noche y a su hermana, nadie la había invitando ni se habían acordado de ella. Y como al muchacho esto no le agradó, fue y se salió. Pero ocurrió un hecho muy curioso.

Fue que al otro día, una hermana de la que se había casado, se presentó en casa de la princesa con una botellica preguntando por la madre reina. Salió la señora y dijo: “Aquí estoy ¿quieres algo, hija mía”. Y la muchacha le explicó: “Que de parte de mi madre, que si tiene usted una gotica de pringue, de morcilla o algo así, que ha puesto potaje y no tiene con qué arreglarlo”. Y entonces aquella señora, pobre porque había venido a menos, lejos de su tierra pero seguía conservando sus sentimientos bondadosos y caritativos que de siempre había practicado, dijo: “¡Claro, hija mía, lo que yo tenga es vuestro en cuanto lo necesitéis. Para eso estamos las personas. Un día por ti y otro por mí y todo en el amor al Dios que nos ha dado la vida”.

Cogió la botellica, se la llenó de aceite, sacó una morcilla de las que guardaba en la orza, la puso en un plato limpico y se la dio diciendo: “Toma, el aceite que necesitáis y una morcilla por si queréis tomar un bocado más. Lo mismo de pobre voy a seguir yo y vosotros hoy podréis comer un poquito mejor”.

En estos momentos entró a la casa, el hermano de la princesa y al verlo la muchacha le preguntó: “¿Por qué te saliste anoche tan pronto del baile?” El muchacho contestó: “Porque estaba cansado y tenía sueño”. Ella siguió insistiendo: “¡No sería porque no había muchachas para bailar!” Y él: “Sí, ya vi que había muchas muchachas guapas y todas muy alegres”. Y ella: “¡Vaya que si había muchas! Estaban todas las muchachas del pueblo. Fuimos anotando para que no se nos olvidara ninguna y todas fueron. Era ese el gusto de mi hermana y mi cuñado que se habían casado y eran tan felices que quisieron invitar a un baile especial a todas las muchachas del pueblo”.

Y entonces el hermano de la princesa la miró y tras contenerse un poco dijo: “Pues una muchacha sí se os escapó”. Y ella dijo: “De eso ni hablar. No se nos escapó ni una sola muchacha de este pueblo”. Y el muchacho con toda educación: “Una si se quedó fuera y esa fue mi hermana. Os olvidasteis de mi hermana”. Y entonces ella contestó: ¡Ha! No, no. Nadie se olvidó de tu hermana. Es que nosotras sólo invitamos a las muchachas del pueblo. Es que tu hermana es de un país extraño y por eso no pertenece a esta tierra”.

Fue justo en este momento cuando la princesa se enteró que en una casa de aquel pueblo, se había celebrado un baile donde estuvieron todas las muchachas de su edad menos ella. No le dolió que no la invitara al baile pero si le dolió mucho oír que no la habían invitado porque era de otras tierras. Pero cuando salía aquella muchacha, que era más o menos de la edad de la princesa, de la sencilla casa de la reina, con la morcilla en el plato y la botellica de aceite, dolido el hermano, la llamó por su nombre y le dijo: “Que el aceite y la morcilla, también son de otro país lejano”.

La muchacha se calló y se fue. Al rato volvió la madre a devolver el plato a la señora reina y diciéndole: “¡Ay! Señora, perdone usted. Es que los jóvenes cometen errores. Eso fueron mis hijas las que lo hicieron y yo no caí en la cuenta de que su hija debió asistir también. Reconozco que ha estado muy mal. Perdónenos usted”. Y la reina destronada contestó: “No se preocupe usted porque mi hija no haya ido al baile. Ni siquiera ella sabía que se daba un baile. Se le pasó el tiempo aquí tranquila en su casa y entre los suyos que la queremos mucho. Las cosas ocurren así y muchas veces ni siquiera tenemos culpa las personas. No se preocupe usted”. Y aquello ya se quedó así.

Pasaron los años. Aquella muchacha tuvo novio y un día se fue a hacer el servicio militar a su país. Comenzó a tener correspondencia con su madre, con sus familiares y con ella, que era su novia. Pasó el tiempo y de pronto, la familia dejó de recibir cartas. No había noticias del soldado. La madre no recibía noticias y la novia, tampoco. Pasó más tiempo y al final llegaron dos cartas: una para la madre del soldado y otra para la novia. Que ya hemos dicho que la novia de este soldado era la que le dijo a la princesa que no la había invitado porque era de otro país.

Esta muchacha se puso a leer la carta de su novio y como traía una letra que era un poquito difícil de entender, no la comprendió muy bien. No acertaba a entender una noticia que le daba en la carta. Sí la leyó y la entendió pero era una cosa tan rara que a ella le costaba trabajo admitir. Hubiera querido que aquello no lo dijera aquella carta y por eso pensó que es que ella no lo sabía leer bien.

Entonces cogió la carta y recurrió a la princesa Margarita diciéndole: “No entiendo bien lo que dice esta carta. Yo leo una cosa rara y eso creo que no está escrito así. Leémela tú, por favor”. La princesa la cogió, la leyó y sí que la carta decía aquello que ella no quería admitir. Decía exactamente: “Cometí tal falta, y le decía la falta que era y por eso me metieron en el calabozo. No has recibido carta mía porque durante este tiempo no he podido escribirte. Pero sí te pido que mi madre esto no lo sepa. Que no se entere nadie en el pueblo porque si esto se llega a saber, en cuanto vuelva te corto la cabeza”.

Al saber esta noticia y comprobar que era lo mismo que ella había leído, la muchacha se sintió como cogida en un cepo y para sí se dijo: “Esto no tenía que saberlo nadie y yo misma le he traído la carta a la princesa para que me la lea. Ya lo sabe ella y debe ser un secreto que sólo yo sé”. Enseguida empezó a suplicar a la princesa: “Por Dios, esto no lo digas nunca porque si lo dices y las personas del pueblo se enteran será un disgusto grandísimo”.

La princesa le contestó: “No lo voy a decir”. Y en este momento la princesa pensó y dijo: “Ahora podría yo vengarme del daño que me hicisteis aquel día del baile pero no. Las flores blancas que cultivo en mi alma, nunca llegarán a secarse por la miseria humana de la venganza. No es digno de mí, yo no puedo hacer esto”. Venció la tentación y le dijo: “Yo no lo diré nunca pero tú tienes que deshacerte de esta carta, porque alguien te la puede coger, la pueden leer y entonces ya no somos nosotras dos las únicas que sabemos el secreto. Quema la carta ahora mismo y el secreto, por mi parte, quedará guardado para siempre”.

Allí mismo y delante de la princesa aquella muchacha quemó la carta y con ella el secreto que había entre las dos. Pasó el tiempo, volvió el novio del servicio, se casaron y también la princesa. Aquella muchacha siempre le tuvo una gran estimación a la princesa porque se dio cuenta que pudo haberse vengado de ella y no lo hizo.

Siguió pasando el tiempo. Un día estaba la princesa lavando la ropa de sus hijos en el lavadero público y necesitó coger un cubo de agua del pilar donde bebían las bestias que labraban los campos. Y es que por aquellos años vinieron unas grandes sequías y había mucha escasez de agua por todo el país. Por eso en el pueblo se acordó que nadie cogiera agua del pilar para que así siempre estuviera lleno para que al volver del trabajo, las bestias pudieran beber.

Aquella tarde la princesa tenía prisa porque sus hijos la necesitaban y como vio que el pilar estaba rebosando y el agua se perdía sin provecho, por darse más prisa cogió un cubo de agua del pilar. Y justo llegó aquel hombre, que ya era marido de la muchacha que recibió la carta con el secreto, con ella que ya era su mujer y las bestias porque venían de trabajar en el campo. Y al ver que la princesa cogía el cubo del agua del pilar se encaró con ella diciéndole: “Suelte usted ese cubo de agua ahora mismo. Vacíelo en el pilar porque no tiene derecho ninguno. Este agua está reservado para que beban las bestias”. Y la princesa le contestó: “Se está saliendo, si estuviera vacío pero como se está saliendo y mis niños me esperan en la casa, por esto la he cogido. Tengo mucha prisa y como por el caño cae tan poquita, tardaré mucho tiempo en llenar el cubo”.

Y el marido de la muchacha le contestó: “Le he dicho que suelte usted ese cubo de agua en la pila o la denuncio a las autoridades ahora mismo. La voy a llevar a juicio por coger un cubo de agua cosa que está prohibida”. Y entonces aquella mujer vacío el cubo de agua en el pilar y se fue a ponerlo en el caño que caía muy pobremente, sabiendo a conciencia que se estaba saliendo el agua del pilar y se estaba perdiendo y ella tenía que esperar allí un rato grande y sus niños la esperaban.

Pero la esposa de aquel hombre, al darse cuenta de la situación, palideció porque llegó a pensar que como aquella situación era tan fuerte, la princesa, ante la injusticia, podría haber hablado diciendo: “¿Me va a usted a llevar a la cárcel? ¿Por qué, por un cubo de agua? ¿Me va usted a llevar a la cárcel lo mismo que usted fue por esto y esto, que era lo que decía en la carta a su novia y yo lo sé?”

La mujer creyó que lo iba a decir y pasó un mal rato pero la humilde princesa, guardó silencio, llenó su cubo de agua en el pobre chorrillo y se fue a su casa sin decir una palabra. Pasaron los años y cada vez que la princesa se acordaba que había tenido aquella ocasión de venganza y no la aprovechó, se sentía inmensamente feliz”.

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-47

LOS CUENTOS DE LA ABUELA
La princesa despreciada -1

La vez aquella que la noche anterior tuve yo esos sueños tan malos, me lo pasé muy triste todo el día. Muy preocupada. Aunque estaba algo tranquila porque al despertarme ya comprendí que es que lo había soñado. Que no me había sucedido sino que era un sueño. Sin embargo, yo aquel día todo él me lo pasé triste. Y mi abuela, empezó a consolarme como hacía siempre, diciéndome: “Hijica mía, porque ella muchas veces me llamaba así, hijica, ya has visto que es un sueño. Que no tiene mayor importancia. ¿Quieres que te cuente un cuento y así te olvidas de esos sueños que tanto te han hecho sufrir esta noche?” Y yo respondí: “¡Sí, sí madre Asunción!” Porque a mí me gustaban mucho los cuentos que me contaba mi abuela.

Pero enseguida le dije: “Madre Asunción, si es que los cuentos ya me los ha contado usted todos y tantas veces que me los sé de memoria”. Y entonces me contestó ella: “No hijica, tengo uno que nunca te lo quise contar porque es triste. A mí siempre me gusta contarte cosas que te pongan contentica. Y este cuento no te lo he dicho nunca por esto: porque es triste aunque muy bello. Pero ahora pienso que un cuento triste puede servir para quitarte la tristeza que tú hoy tienes en tu alma. ¿Quieres que te lo cuente?” Y yo: “Sí, sí madre, cuénteme usted ese cuento triste”.

Y entonces mi abuela empezó a decirme así: “Había una vez unos reyes extremadamente bondadosos que reinaban en un país pequeñico en tierras muy lejanas. El país, aunque era pequeño, poseía todo lo que se puede ambicionar y tener en un reino para ser feliz. Lo primero que procuraba, aquel bondadoso rey junto con su esposa la reina, era que en su país hubiera paz. Y él sabía muy bien que el principio de la paz era el amor y la justicia. Y esto es lo que aquel rey siempre procuraba. Que empezando por su familia, para que así transcendiera a sus vasallos, hubiera amor y del amor ya emanaba la justicia y la paz.

Ellos sabían que la guerra era mala para todo el mundo. Que la guerra era un juego malo en el que todos perdían incluso aquel que creía que ganaba. Y por este motivo este rey tenía mucho cuidado de estar en paz con todos los países vecinos. Mantenía relaciones pacíficas con todo el mundo y hasta muchas veces hacía de arbitro entre aquellos países que no se ponían de acuerdo. Siempre procurando el bien para todos los países fronterizos pero si alguna diferencia existía que él ya no podía solucionar, se mantenía neutral y no intervenía. Respetaba a todos los otros países y a todos los otros reyes y así conseguía que su país fuera respetado también. “Respeta y ama y así serás respetado y amado”, era otro de sus lemas.

Se preocupaba de educar a su príncipe heredero y a los demás miembros de su familia siempre diciéndoles que un rey debía procurar ser querido en lugar de ser temido. Que un reino que se basaba en el amor era mucho más feliz y próspero que el que se basaba en el temor. Por esto en aquel país no se conocían las cárceles, porque no hacía falta, no había delincuentes.

Y era un país, como te he dicho, pequeñico. No había ricos grandes, con desmesuradas fortunas pero tampoco pobre indigentes. Porque todo se repartía equitativamente y con justicia. Ya tenía buen cuidado el rey de que así sucediera. Y siempre con la colaboración de su esposa la reina, mujer de exquisita virtud. Así los hijos iban tomando el ejemplo del padre y todo indicaba que el sucesor podría ser tan buen rey como el padre.

En aquella familia también vivía la madre de la reina. Honrada señora, de gran virtud, descendiente de una noble familia real que con el tiempo fue oscurecida y venida a menos. Pero en su sangre lo llevaba. Esta señora viuda terminó de vivir su ancianidad en la compañía de los suyos. Se preocupaba de esas cosas menudas que parecen que no tienen importancia en una casa y, sin embargo, necesitan atención. De los niños y todos esos detalles pequeñicos que la reina, por sus grandes quehaceres, no podía atender. La abuela Brunilda, era la que se preocupaba de aquellos menesteres.

Y con especial atención cuidaba a una pequeña princesa, que era la que parecía que en la casa tenía menos importancia porque nunca iba a ser reina. Era una princesica poco importante y por esto mismo, la abuela Brunilda, le tenía especial cariño. Cuando nació esta niña la bautizaron con el nombre de Linda Flor. Y hasta parecía que el nombre le venía a su medida, porque eso parecía ella: una florecilla que correteaba, en sus juegos, por entre las bellas flores que crecían en aquel país.

A esta niña, princesa sencilla, le atraía en especial, las flores blancas y entre todas, las que más le gustaban, eran las margaritas. Se mezclaba a jugar con las niñas de los pastores y entonces, estas niñas, se sentían engrandecidas, como si ellas fueran princesas y la princesilla, se sentía igual a las niñas de los pastores. Era querida por todo el mundo. Valía tan poquita cosa, que en todos sitios cabía y a nadie oscurecía. A todo el mundo le alegraba tenerla a su lado. “Una pastorcilla no es menos, en nada, a la hija de un rey”, le decía el padre a Linda Flor.

Las niñas y los pastores, le llevaban manojos de flores silvestres que cogían por el campo porque sabían que precisamente esto era unas de las cosas que más le gustaba a la princesa sencilla y por esto, cariñosamente, le pusieron un sobrenombre: Margarita. Ya desde aquel momento todo el mundo empezó a conocerla con el nombre de la princesa Margarita.

Tan felices como eran, los habitantes de aquel país, con sus tierras donde no faltaba de nada: ríos claros, arroyos, fuentes, árboles, frutos naturales de su tierra. Todo sencillo, todo humilde pero limpio y lleno de amor y sin que hiciera falta nada más. Y sobre todas aquellas cosas, el amor y la preocupación del rey para que la paz no fuera perturbada por ninguna actitud o elemento extraño o egoísta. Y como todos eran creyentes, confiaban en su rey y en que su Dios estaba siempre con ellos.

Pero la envidia, la ambición de los poderosos, les acechaba. Un día, un bárbaro despiadado, poderoso, con un ejercito bruto y cruel, entró a sangre y fuego, arrollando las tierras y paisajes de este pequeño país. Lo destruyó, lo arrasó, lo incendió y a sus reyes y familia, junto con la abuela y la princesa, los sacó de su palacio, los embarcó en una balsa vieja y de poca seguridad, les dio sólo unos cuantos alimentos para que pudieran vivir unos días y los soltó en el mar para que la barca los llevara a otras tierras lejanas.

Aquellos reyes en su barca vieja, no tuvieron más recurso que acudir a la oración y confiarse a la voluntad de Dios. Las olas los iban arrastrando y pasaron días, pasaron noches, mañanas y tardes hasta que un amanecer avistaron tierra y ni siquiera sabían de qué país se trataba. Era una tierra extraña para ellos de la cual nunca habían tenido noticias ni sabían que existía. Encalló la barca en aquellas playas de arena que parecían anunciar un mundo hermoso, se bajaron como pudieron, ya extenuados y lo primero que hicieron fue dar gracias a Dios de que por lo menos habían salvado la vida y estaban pisando tierras, al parecer, grandiosas y bellas.

Cuando descansaron un poco empezaron a entrarse en la tierra y enseguida vieron que era un país habitado. Que no era una isla desierta. Los habitantes de aquella tierra, al verlos, empezaron a salir a su encuentro mientras los miraban con mucha curiosidad pero viéndolos como estaban extenuados y hambriento, ninguno les prestó socorro. Los miraron, primero con sorpresa, después con hostilidad y luego con indiferencia. “¿A qué vendrán estos aquí?” Murmuraban por lo bajo, como sospechando o no deseando su presencia.

Unos parientes lejanos de esta familia de reyes, en otro país también lejano, supieron la suerte que había corrido su familia y entonces, como pudieron, les enviaron un modesto socorro con la intención de ayudarles un poco, de alguna manera. Con aquello, la familia real logró instalarse modestamente en una sencilla vivienda y pegados a unos rodales de tierras que también parecían buenas y a partir de aquel mismo momento, el rey, la reina, los príncipes herederos y la abuela, se pusieron a trabajar en el campo y a colaborar en las tareas para conseguir el alimento y así salir adelante.

Y mientras aquella nueva realidad iba desarrollándose, el rey reflexionaba y decía: “Si siempre procuré estar en paz con todo el mundo ¿por qué me han hecho esto? Yo no entiendo por qué”. Y la reina decía: “También yo lo procuré”. Y la abuelita añadía: “Ninguno lo comprendemos. No se puede comprender. Sólo Dios lo comprenderá. Nosotros no podemos pero así ha sucedido y así tenemos que aceptarlo. Puede que algún día, otros que vivan después, lo comprendan pero nosotros ahora mismo, no podemos”.

Así fue creciendo aquella niña que intentaba jugar con las otras niñas de aquel nuevo país y extraño, como jugaba con las pastorcillas de su reino y con las niñas de su edad. Pero aquellas niñas no quería jugar con ella. No la conocían. Ni siquiera sabían que era una princesa. Huían, unas se escondían, otras se mofaban de ella, otras le hacían gestos burlescos y nadie quería jugar con la princesita. Y la niña lloraba. Se refugiaba con su familia pero su familia todos estaban muy afanados ganándose el sustento que necesitaban ellos y la misma niña. La abuela sí se daba cuenta del dolor de aquella pequeña. Ella era la que la consolaba con sus caricias y diciendo: “No te preocupes mi pequeña Margarita, no te preocupes. Todo esto pasará”.

La niña fue creciendo. El ambiente hostil, continuó. Era un país aquel donde nunca había llegado nadie de otros países. Por esto no admitían que una persona extranjera pudiera vivir allí, en igualdad de condiciones que ellos. Querían ser solos. No querían a nadie extraño en su país. La princesa siguió creciendo y lo que en su país de origen le hubiera servido para ser feliz, en esta tierra lejana, le hizo más desgraciada. Y es que cuanto más crecía, más se convertía en una muchacha bella. Y entonces esto le sirvió para más sufrimiento. Porque al principio era indiferencia lo que sentían por ella, ahora lo que manifestaban aquellas niñas por ella, era envidia. Y esto fue otro nuevo tormento, porque la envidia trae muchos males.

Y a la muchacha no le quedó más consuelo que refugiarse en ella misma. Retraerse, ser un carácter huraño, tímida, introvertida. Y antes la apartaban ellas a ella y luego la niña se encerró en sí misma y fue ella la que se apartó de todo el mundo. Se quedó sólo con su fe, su abuela, su familia, sus labores, sus libros que la abuela bien se preocupaba para que no le faltaran.

Hasta que cierto día, la niña le manifestó a su abuela: “¡Qué injusto es esto que nos está sucediendo! Estoy pensando que tal vez algún día, si yo pudiera, tomaría venganza”. La abuelita, al oír a su nieta hablar de este modo, se asustó. Entendió que si la niña seguía pensando así, aunque fuera bella por fuera, podía volverse muy fea por dentro. Y a partir de aquel momento la abuelita se empezó a preocupar por ella con más dedicación que nunca, porque se dio cuenta lo mal que lo estaba pasando aquella niña.

Y un día le dijo: “¡Hijica mía! No pienses en eso. Yo también fui extraña en el país donde vivíamos antes con tus padres. Porque yo nací en otras tierras. Sin embargo, nunca sentí deseos de venganza. Cuando me viene la tristeza al corazón y añoro mi tierra, pienso en la familia de Nazaret que también tuvieron que salir huyendo a Egipto para que no les mataran a su hijo. Y la Virgen, nunca tuvo deseos de venganza. Cuando pudo, volvió a su tierra, siguió cumpliendo la voluntad de Dios pero nunca se vengó de nadie. Cuando te sientas mal, nunca pienses en la venganza”.

Y de este modo la abuelita la iba consolándola. Pero llegó un día que la abuela dejó esta tierra. La llamó Dios a su paraíso que bien ganado se lo tenía. Rodeada del amor de los suyos, la abuela fue enterrada en una tierra desconocida para ella. A partir de este día, la niña quedó más sola. Aunque seguía teniendo a sus padres y a sus hermanos pero nadie había entrando en el mundo de dolor de aquella princesa tanto como su abuela.

En aquella tierra se criaba mucho aquella flor que tan preferida había sido para ella y que le sirvió de apodo a su nombre: las margaritas. Desde el día de la muerte de su abuela, cada vez abrigaba más en su corazón, los deseos de venganza. Nunca era capaz de realizar ninguna acción pero siempre decía: “¡Si yo pudiera un día! Si yo un día pudiera devolveros lo que estáis haciendo conmigo. Porque si vosotros os vierais como yo, si os echaran de esta tierra, donde habéis nacido, si os deportaran a un país extranjero y pagarais el delito que estáis cometiendo conmigo, me alegraría para que supierais lo que es sentirse despreciada”.

Cuando se acordaba de su abuela, procuraba desechar aquellas ideas malas que poco a poco le iban minando el corazón. Ya una noche tuvo un sueño que fue el siguiente: Soñó que todas las margaritas de los campos y los jardines, se habían secado. Al otro día se levantó y empezó a mirar por todos sitios y descubrió que las flores seguían frescas y lozanas. Y entonces le pasó lo que a ti: que no entendía ella por qué había tenido aquel sueño malo y triste, en el fondo.

Unos días después, en la ventana de su habitación, se posó una paloma blanca que era muy hermosa. Batía las alas con mucha fuerza, como llamando la atención para que la niña dejara de pensar en aquellas ideas tristes que se la comían. Ella salía corriendo en busca de la paloma pero ésta se elevó rauda.

A la noche siguiente volvió a soñar otra vez que las margaritas y todas las demás flores, se secaban. Y que su abuela intentaba reanimarlas regándolas pero al final todas se secaron. Al día siguiente la niña empezó a pensar por qué soñaba aquello y por qué le ocurría que se secaban todas las flores. Otro día, entre los muchos que iba a la tumba de su a abuela, estando allí rezando y pensando despacio sobre aquellos sueños, vio que la paloma blanca revoloteaba por los aires.

Y aquel día, cual no fue su sorpresa que al llegar a la tumba de su abuela, vio que la tierra estaba cuajada de flores blancas que olían a un perfume que es distinto a todos los aromas que nunca se han olido sobre este suelo. Todas aquellas flores blancas eran margaritas que nadie ni había plantado ni regado pero allí estaban aquellas bellas margaritas.

Contemplando aquel prodigio que más parecía un puro sueño amable y dulce, se arrodilló y hundió la cara entre las flores regándolas con sus lágrimas. En estos momentos la paloma bajó, dio unos cuantos revuelos por encima y en el último de los revoloteos, cortó una margarita y se la llevó en el pico. La niña miró a la paloma y vio como se perdía por entre las grandes nubes blancas y el fondo del azul del cielo.

Fue en aquel momento cuando ella cayó en la cuenta que la abuela quería decirle que no eran las margaritas lo que se secaban en el mundo de sus sueños, sino las virtudes de su corazón: la bondad, la piedad, la caridad, el amor. Todo esto era lo que se iba secando en su corazón a medida que ganando terreno el deseo de venganzas contras las personas que la despreciaban y la trataban mal.

Y de pronto, le pareció oír la voz de su abuela que le decía: “Hijica, si tú quieres conservar las margaritas sin marchitar como yo todavía las conservo después de muerta y para la eternidad, tienes que desechar de tu alma la idea de venganza contra las personas que te tratan mal. Tienes que perdonar, no guardar rencor a nadie, ser bondadosa con todo el mundo aunque no lo sean contigo y amar, amar y amar. A partir de esta realidad, tu corazón se llenará de luz y alegría y las margaritas que tanto quieres y en tu sueño ves que se secan, volverán a ser lozanas como las que ves adornando mi tumba. Estas flores blancas que ahora vez en la tierra que me cubre, son los frutos del amor que siempre llevé en mi corazón”:

A partir de aquel día, la princesa siguió en su recogimiento alejada de todo el mundo, porque se sentía extraña entre las personas que le rodeaban pero siempre procuró que las flores que tanto había amado su abuela y cultivó hasta en el más mínimo detalle, que también siguieran floreciendo en su corazón. Porque de no ser así, lo que se secaba sobre la tierra era su propia alma y no las flores que veía en sus sueños.

El rey y la reina murieron también en este país extraño y los herederos, junto con la princesa Margarita, siguieron viviendo resignados con su destino y con el propósito hecho de no vengarse nunca de nadie y dejar en manos de Dios que tomara la justicia y obrara según su voluntad”.

Cuando terminó mi abuela de contarme este cuento, ella estaba llorando y yo también porque me dio mucha compasión aquella princesica que tanto sufrió. Y mi abuela me dijo: “¡Hijica mía! Nunca te había contado este cuento porque ya te dije que es muy triste pero si algún día tú te vieras como se vio la princesa Margarita, acuérdate de ella. No dejes que por nada en el mundo, el deseo de venganza ni ningún mal sentimiento, entre en tu corazón. Para que no se sequen las flores de tu alma como se estaban secando las que la princesa veía en sus sueños”.

Y entonces yo le dije a mi abuela: “¡Ay! Madre Asunción. Pero es mucha lástima que le pasara esto a esos reyes y a esa princesa”. Y mi abuela dijo: “Si un día a ti te llegara a suceder algo parecido a lo de la princesa Margarita, acuérdate de este cuento y nunca abrigues deseos de venganza contra nadie. Acepta siempre la voluntad de Dios que sólo El sabe como obrar con justicia” Y yo le seguí preguntando: “Madre Asunción ¿por qué pasan estas cosas en la vida y entre las personas?” A lo que ella dijo: “ ¡Si yo te lo pudiera responder! Pero mira: Cuando Jesús estaba en la cruz, en medio de la amargura de su agonía, sabiendo que moría inocente, le hizo una pregunta al Padre que dice así: Padre ¿por qué me has abandonado? Y no hubo respuesta.

La respuesta se la dio al tercer día cuando Cristo resucitó victorioso. Entonces tuvo Él la respuesta. ¿Cómo sabremos nosotros la respuesta a las angustias que a veces sufrimos en la vida? Sólo Dios lo sabe.

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-46

EL SUEÑO

Y ahora te voy a contar un sueño que una noche, estando en mi cortijo de la Dehesa, tuve yo. No sé si esto, a lo largo de mi vida, se cumplió o fue eso: un sueño como tantos tenemos las personas mientras estamos vivos. Ocurrió una noche poco antes de venirnos para las tierras de esta Loma de Ubeda. Mi hermano Cesáreo ya estaba en el Tranco ocupando su cargo de capataz general. Nosotros ya estábamos casi en vísperas de venirnos. En el cortijo estábamos mi padre, mi madre, mi abuela, mi hermano Angel y yo. Recuerdo bien que entonces dormía con mi abuela arriba, en dos habitaciones que había pero dormíamos las dos en la misma cama.

Y el sueño que tuve aquella noche es que me vi en una tierra extraña, que no conocía de nada porque nunca había pisado. Me veía como era: niña y cerca de mí vi un grupo de niñas, más o menos de mi edad, que jugaban a la rueda lo mismo que nosotras, mis primas y yo, en el Soto. Yo estaba sola. Aquellas niñas no las conocía de nada pero como me sentía tan sola y lejos de la tierra mía, me acerqué a ellas y les pregunté:
- ¿Queréis que juegue con vosotras?
Al instante ellas se apartaron de mí y me respondieron diciendo:
- No queremos que tú juegues con nosotras.
Se fueron un poco más lejos, siguieron en sus juegos y yo me quedé sola.

En ese momento me desperté llorando. Y al verme y oírme mi abuela: “¿Qué te pasa?” y yo, toda asustada y llena de miedo: “¡Ay, madre Asunción! Que no quieren jugar conmigo”. Y ella: “¿Pero quién va a jugar contigo si estamos aquí en la cama? Estás conmigo y es de noche”. Entonces me desperté y caí en la cuenta que lo había soñado y me tranquilicé. Me acurruqué con mi abuela, me dormí y entonces tuve otro sueño más malo.

Me sentí otra vez en tierra que yo no conocía, lo mismo que había sido el sueño anterior. Me veía niña pero más mayor. Las otras niñas que había visto antes jugar, habían crecido. Ya eran mayores. Veía también señoras andando de acá para allá pero todo en un sitio que no conocía. Y otra vez yo quería acercarme a aquellas muchachas y ellas, se apartaban de mí y para que me aceptaran les decía:
- Pero si yo os quiero.
Y ellas me respondían:
- Pero no te conocemos.
Y entonces yo me volví y me encontré, en mi sueño, en el jardín de mi abuela, que tenía muchas flores. Hasta recuerdo que las que más abundaban eran blancas.

Me puse y en un momento corté un gran manojo de flores blancas, hice un precioso ramo y me fui hacia ellas y les dije:
- ¡Mirad qué flores tan bonitas os traigo! ¿Os gustan? Son para vosotras porque yo os quiero ¿Por qué vosotras no me queréis a mí? Jugad conmigo, quiero pasear con vosotras, quiero estar con vosotras, no deseo estar sola.
Y ellas empezaron a decir, así con la mano y apartándose de mí:
- No, tú no.
Pero se oía la voz así como muy remota, como un eco.
- No, tú no.
Y yo les preguntaba:
- ¿Por qué yo no?
Y ellas me contestaron diciendo:
- Es que tú eres forastera. No te queremos porque eres forastera.

Dos de ellas, cuando vieron que las otras se iban, se pararon un poco, me miraron como diciendo: “No es bueno ni nos parece bien lo que estamos haciendo pero tenemos que irnos con ellas”. Y aquellas dos se fueron también y me dejaron sola. Las flores sí se las llevaron pero a mí no me quisieron. Y en aquel momento me retumbaba en la mente aquel eco de “¡Forastera, forastera!” y se seguía oyendo como un eco lejano, como cuando se dice una cosa y se repite desde lejos: “¡Forastera, forastera, eres forastera!”.

Aquello se me clavó a mí tanto que me desperté llorando, salí corriendo de la cama de mi abuela y durmiendo como iba y con el susto que me dio aquella pesadilla, caí por las escaleras, rodando hasta donde estaba mi hermano acostado. Me reventé el labio y en la espinilla de la pierna izquierda, me hice una herida. Mi hermano, al oírme caer, pues se levantó aturrullado y empezó: “Nena, nena ¿qué te pasa?” y a sus palabras yo sólo repetía: “Yo no soy forastera, yo no soy forastera”.

Por aquel entonces y menos aún en mi sueño, ni siquiera sabía yo lo que significaba esa palabra. Entre los míos y por aquellas tierras de mi Soto y la sierra entera, yo nunca a nadie le había oído pronunciar esta palabra. Pero mi hermano encendió el candil, porque estábamos en el cortijo, allí no había luz eléctrica, y se levantó. Enseguida se levantaron mis padres y mi abuela que bajó detrás de mí, me cogieron, me dieron agua y no hacía nada más que preguntarme: “¿Qué te pasa, hija mía, qué te pasa?” Y entonces me abracé a mi abuela llorando y le pregunté asustada:
- Madre Asunción ¿qué quiere decir forastera?

Mi abuela me cogió otra vez entre sus brazos, me llevó a la cama y calmándome me dijo: “Forastera se le dice a una persona que es de otro pueblo, de otra tierra distinta en la que ha nacido. Yo, y esto que te voy a decir tú lo sabes, vengo de Lorca, de la provincia de Murcia y aquí en esta tierra soy forastera. Lo que pasa es que las personas que en esta tierra he conocido, han sido buenas y nunca me han dicho forastera pero yo soy forastera aquí. Nadie nunca me lo ha dicho porque las personas de esta tierra quizá sepan que ser forastera no es nada malo. Sólo significa que uno es de otro sitio, que está en una tierra que no es pueblo donde ha nacido pero no tiene importancia”.

Con las palabras de mi abuela, yo me calmé y otra vez me volví a acurrucar con ella sin que ahora, se me fuera el susto del corazón. Yo no paraba de llorar hasta que mi hermano me acurrucó con él y me dormí a su lado sintiéndome protegida. Rayó el alba del día siguiente y al ver a mi abuela, enseguida me fui a su lado y de momento le pregunté: “Madre Asunción ¿ser forasteras es malo?” Y ella: “no hija mía, no es malo ser forastera”. Y ya mi madre y mi padre dijeron: “¡hay qué chiquilla esta! Qué tarea ha cogido hoy con lo de forastera”.

Y entonces mi abuela le dijo: “Dejad a la niña, no le digáis nada. Acordaros de los sueños de José hijo de Jacob. Sepa Dios lo que le ha querido dar a entender a esta niña. Acordaros de los sueños de José”.

Y la noche que veníamos montados en el camión con mi hermano Angel ya camino de estas tierras de la Loma de Ubeda, él y yo veníamos arriba y en la cabina, mi abuela y mi madre. Mi padre se fue por el otro lado, por el Tranco, en los otros camiones con la marrana que traíamos engordada para matarla. Y yo empecé a decirle a mi hermano: “Tengo frío, Angel, tengo frío”.

Mi hermano cogió una manta y me la echó por encima y me tapó diciendo: “Duérmete nena”. Como yo no había viajado nunca, cuando vi el camión correr y correr le preguntaba a mi hermano: “Pero Angel ¿tan lejos está eso donde vamos? Angel, ¿Cuándo vamos a llegar? Tengo frío”. Y mi hermano venga taparme con la manta. Y viendo que aquel casi sueño que estábamos viviendo mientras el camión corría y nos traía para estas lejanas tierras, se hacía tan eterno, le dije a mi hermano: “Angel, yo quisiera estar ahora mismo en la Piedra del Aguila, allí en la Vega de Hornos, sembrando garbanzos contigo. Yo no quisiera estar subida en este camión que por momentos, nos lleva más y más lejos de nuestra tierra”.

Y en estos momentos me empecé acordar del sueño que había tenido unas noches antes y otra vez le pregunté a mi hermano: “Entonces, dónde vayamos nosotros ahora ¿somos forasteros?” Y mi hermano me dijo: “Así es nena pero no te preocupes porque eso no es nada malo. No pasa nada. Tranquilízate. Yo he estado en Ubeda y ahí tengo ya muchas personas conocidas que me quieren mucho. No te preocupes tú, nena mía y duérmete que no va a pasar nada malo. Tú no tengas miedo que no nosotros vamos a vivir a nuestra casa, que en vez de ser en el Soto, la tenemos ahora por estas tierras”.

Y animándome con estas palabras, me quedé dormida encima de aquel camión que nos traía hacia tierras que para mí eran desconocidas y en las rodillas de mi hermano.

Desde que tuve este sueño, se me quedó la palabra forastera como una espina clavada en el corazón. Por eso aquella vez que fui a Hornos y me preguntaron si yo era forastera, me dolió tanto. Si vuelvo a mi pueblo, que tan metido llevo dentro de mi corazón y me dicen forastera y en el sitio a donde vinimos a vivir, porque no era de aquí, me decían forastera, yo me digo ahora Dios mío ¿de dónde soy yo? ¿Dónde está mi tierra, dónde tengo mis raíces? Y la única respuesta que siempre encontré es que por perder nuestra casa, nuestras tierras y nuestras raíces en contra de nuestra voluntad, soy y somos forasteros en todos los sitios a donde vaya.

Pero como Dios nos va quitando y al mismo tiempo nos va dando otra mano, en el pueblo de Ubeda, donde ahora me encuentro, tengo ya muy buenas amistades. A muchas personas que me han ayudado mucho a superar mis sentimientos de forastera. Doy gracias a Dios por encontrarme en este hermoso pueblo de Ubeda. Desde el primer día me acogieron con tanto amor que hoy puedo decir, como Pepe Pinto: “que tengo entre dos amores, mi corazón repartido”.

Y como aquí tengo ya a mis padres enterrados, a mis hermanos, mi abuela, mi
tío Daniel y mi marido, aquí me casé en Santa María y aquí han nacido mis hijos, pues lo que hoy pido al cielo y al pueblo de Ubeda es que me den aquí también un poquito de tierra, como decía Santa Teresa en Alba de Tormes: “¿No me darán aquí un poco de tierra?” Pues esto le digo yo al pueblo de Ubeda: ¿Me daréis aquí un poco de tierra para que descansen mis huesos?

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-45

ARRANCANDO DEL SOTO

¡Ay! Arrancando, ahora mismo me parece que estoy viviendo en aquel tristísimo día. Tú ya lo sabes: las obras del Tranco durante la guerra se pararon. Y como esto se quedó detenido, pues a todos nos entró esa miajilla de consuelo y esperanza, tristeza por la guerra pero esperanza creyendo que lo del pantano ya no iba a continuar. Abrigamos las esperanzas de que tal vez aquello quedara en el olvido y el muro no se terminara de construir. Aunque estaba ya todo apreciado, todo valorado, pues nosotros, mientras no nos pagaron el cortijo, todavía nos sentíamos un poco felices porque teníamos la seguridad, que al no pagarlo, aquello seguía siendo nuestro. Nos quedaba la esperanza de que aquellos proyectos quedaran olvidados.

Pero por si acaso, mi hermano mayor le dijo a mi padre: “Padre, con las órdenes del Estado, no hay quién pueda. Hay que obedecer lo que disponga y no hay quién se escape. El día que menos lo pensemos, dan órdenes de pago y tenemos que irnos inmediatamente de aquí y no tenemos ni a dónde refugiarnos”. Nosotros no disponíamos de dinero para comprar una finca e irnos a otra propiedad nuestra. En el Soto, vivíamos en lo nuestro pero no teníamos dinero disponible para comprar tierras en propiedad. Y por si acaso nos echaban de la Vega y no teníamos a dónde ir, mi padre junto con mis hermanos, decidieron buscar un cortijico arrendado. Encontraron y arrendaron el cortijo que tantas veces ya te he dicho era de doña Rosario Olivares, en el término de Orcera y que se llamaba “La Dehesilla”.

Cuando se empezaron a cargar cosas en las bestias para irnos a este nuevo cortijo, cada vez que sobre los mulos se ponía algún utensilio del cortijo de mi Soto, era un llanto en la familia entera. Y mi padre para consolarnos, decía: “Pero si esto ahora es una cosa incierta. Quien sabe si volveremos otra vez. Si esto ahora mismo no se sabe lo que va a pasar. Lo que pasa que por si acaso vamos a prevenirnos. Esto es prevenir nada más”. Y decía mi padre: “Hombre prevenío vale por ciento. Vámonos ahora a arrendar eso y tiempo habrá de volver al Soto”.

El primer viaje que se dio desde el Soto a la Dehesilla, lo dieron mis dos hermanos con los mulos cargados y mi madre con ellos para ir poniendo en orden cada cosa que descargaban. Y ya a punto de salir, había un cuadro del Sagrado Corazón, que es lo que te he contado algunas veces, estaba en la puerta de mi cuarto y mi madre decía: “Yo quiero llevar allí algo de la presencia de Dios también pero no quiero quitar de aquí mi Sagrado Corazón de Jesús”. Y entonces me acuerdo que se llevó otro cuadro de la Sta. Trinidad y en el primer viaje, se llevó cogido en sus manos para que no se estropeara, este cuadro. Este cuadro fue lo primero que entró en el cortijo de la Dehesilla en el primer viaje que dio mi madre. Era en el invierno y recuerdo que mi madre, lo primero que hizo fue colocar el cuadro en la pared y después encender una lumbre porque aquel día hacía mucho frío. Tanto como en nuestros corazones y almas. Pero no recuerdo qué día del año fue aquel primer viaje.

Se dieron varios viajes con cosas pero no me acuerdo cuántos fueron. De estos detalles ya no me acuerdo yo. De lo que sí me acuerdo es que cuando ya se trasladaron todas las cosas más precisas hacia la Dehesilla y decidimos irnos todos, porque el trabajo que había que hacer en las tierras del Soto, ya estaba hecho y había que empezar el trabajo en las tierras de la Dehesilla, que era un cortijo que durante todo el tiempo de la guerra había estado abandonado y nadie lo había cuidado. El día que salimos todos de la Vega de Hornos, allí lloraba mi padre, mi madre, mis hermanos, mi abuela y yo más que nadie.

La chipirusa, que ninguno sabía cómo la iban a consolar. Me decían mis hermanos: “Tonta, no llores porque volveremos otra vez. Tonta, ¿Por qué lloras? No ves que llevamos nosotros la llave del cortijo y aquí no va a entrar nadie. No llores más”. Cuando me despedí de mis primas Franciscas, Virginia, mi tía Francisca, todas me decían: “Criatura de Dios, no llores tanto, si nosotros iremos allí a verte. Y lo cumplieron, porque sí fueron a verme.

Pero una vez más te lo digo: yo creo que desde aquel día, en el Soto se quedaron mis raíces. Porque aunque después íbamos y volvíamos y me decían que no era la salida definitiva, para los efectos, lo fue. Cuando luego se casó mi hermano y se fue a vivir al Soto, como mi cuñada siempre estaba malilla, me decían: “Tienes que irte al Soto”. Y esto era para mí ver el cielo abierto. Porque al tiempo que le ayudaba a mi cuñada y podía sentirme útil en algo, sentía la felicidad de estar otra vez en mi Soto. Para mí llevarme desde la Dehesa al Soto, era lo más grande que me podían ofrecer. Desde lejos, cuando divisaba las paredes de mi cortijo, ya estaba yo que se me iban los ojos detrás y todavía no me encontraba dentro.

Un día, mi prima Adolfina, le preguntó a mi madre: “Hermana Josefa ¿qué le pasa a la niña que cuando llega viene contenta y cuando se va siempre lo hace llorando?” Y mi madre le contestó: “Que ella no se quiere ir del Soto”.

Y si ahora me preguntas el por qué lloro cuando hablo o recuerdo a mi Soto y por la Dehesa no, porque donde nací, donde pasé mis primeros años, donde tenía la familia con quien me había criado, donde tenía mis mariposas, mis ruiseñores, mis praderas con sus flores para correr, mi río, mis fuentes, mis eras para mis luminarias, todo esto fue en el Soto. En la Dehesa, no estuve mal pero mis recuerdos, esas vivencias que se clavan en el alma y ya no te dejan mientras vivas, estos recuerdos pertenecen al Soto. Y esto no quiere decir que yo me sintiera mal en la Dehesa pero el recuerdo del Soto estaba latente en mí cuando viví en aquel cortijo de Orcera y sigue estando aquí en Ubeda y donde quiere que esté.

El día que salí del Soto, como era la más chiquitusa y tan flacucha estaba, pues mis hermanos y mis padres, fueron andando porque las bestias iban cargadas con cosas. Pero para mi abuela, como era viejecica y para mí, por chiquitusa, las cargas que pusieron en las bestias, las hicieron de tal modo que hubiera espacio y comodidad para montarnos a nosotras. A mi abuela la montaron en una bestia y a mí, en otra. Ellos fueron andando y nosotras montadas.

Al salir del Soto, era el mismo camino que se tomaba en dirección a Hornos pero luego se llegaba a un sitio que se le decía El Llano de la Dehesa y desde allí, ya se apartaba el camino que iba hacia Cortijos Nuevos. Desde este pueblo ya se cogía la carretera que había entonces hacia Orcera. Se quedaba a la derecha el Ojuelo y ya carretera adelante hasta que se llegaba a la Dehesilla. No era necesario llegar a Orcera. Sólo había que desviarse por la izquierda por un camino ancho hasta mi nuevo cortijo.

Cuando yo iba por aquel camino, aquella distancia que hoy se puede decir corta, a mí se me figuró una eternidad, porque me daba cuenta que cuanto más caminaba hacia delante, más atrás se quedaba mi Soto. Un llanto como te he explicado. Al llegar a la desviación hacia Cortijos Nuevos por los llanos de la Dehesa, pues a la derecha se queda mi pueblo. Desde abajo, desde el camino que ya cogíamos para las tierras desconocidas, veíamos que antes nos habíamos dejado el Soto y en aquel momento también nos dejábamos Hornos. Sentadas, mi abuela y yo, en lo alto de los mulos, al pasar frente al pueblo, mirando a la roca y a las bellas casas de mi pueblo remontadas en ella, se nos quedaba el alma hecha sangre.

Aquel fue otro rato malo que pasamos todos. Mirando hacia la derecha, hacia arriba, hacia la roca, hacia las torres de mi gran pueblo querido, mirando siempre para arriba y los mulos andando hacia Cortijos Nuevos y nosotros con los ojos puestos en Hornos y diciendo: “También nos dejamos atrás el pueblo. Antes el cortijo y la Vega y ahora también nos dejamos a Hornos. ¿Cuándo volveremos a pasar por aquí?” Y mi padre decía: “Pronto, pronto. Cualquier día damos la vuelta porque todavía el Soto es nuestro”.

Y claro, el Soto no lo dejamos nosotros. Nos llevamos nada más que lo preciso. Las camas, la máquina de coser, la de la matanza, las ropas y las cosas de más necesidad. Los aperos de la labor en los mulos iban y venían. Los traían para labrar las tierras del Soto y luego se los llevaban para seguir labrando las tierras del cortijo del Orcera.

Pero ya te digo: cada vez que se cargaba algo en los mulos era un llanto en la familia. Cuando llegamos a aquel cortijillo, pues nos sentimos verdaderamente solos. Y nos mantuvimos porque teníamos dentro la esperanza de que aquello sería poco tiempo y que algún día volveríamos al Soto, porque todavía creíamos que lo del pantano iba a quedar en agua de borrajas y que no iba a llegar de verdad la expropiación.

Nos separamos ya de los familiares con los que nos habíamos criado siempre. Pero tuvimos el consuelo de que Dios no nos abandonó del todo en aquellas tierras lejanas de mi Vega. Un hermano de mi madre, Manuel Manzanares Donvidau, vivía en Torres de Albanchez. Él y su mujer, mi tía Lucrecia, pues al enterarse de que estábamos allí, fueron a consolarnos. Y mi tío Manuel nos decía: “Estáis llorando de adelantado. No sabemos lo que va a pasar. La guerra ha trastornado muchas cosas y ese muro que no está terminado, tal vez no se termine nunca. Vosotros habéis cogido este cortijo arrendado, pues muy bien pero tal vez el Soto no desaparezca nunca de aquella Vega. No sufráis de adelantado”.

Allí me consolaban muchos mis primos, Rogelio, Enrique, Aurelia, Ramón, Florentino y Jacinta. Este fue el consuelo familiar que nosotros tuvimos allí. Pero tampoco nos olvidó mi familia del Soto. Mi tía Francisca y sus hijas, iban a visitarnos. Y de Beas, donde vivía un hermano de mi madre, Ramón Manzanares Donvidau. Él estaba muy enfermo y no podía visitarnos pero nos visitaban su mujer, mi tía Teresa y sus hijos. Sobre todo mi primo Angel Manzanares que Ahora vive en Orcera. Un hijo suyo, Ramón Manzanares y su esposa María Angeles, viven aquí en Úbeda. Son excelentes personas y los dos profesores. También nos visitó mi tío Daniel Muñoz Ortega. Y todos eran conscientes de que estábamos viviendo un calvario. Estábamos separado de nuestra tierra y con la desesperación e incertidumbre de qué iba a pasar con nuestra casa.

Recuerdo que estando en la Dehesa, ver asomar a alguien de la familia, para nosotros era un regalo del cielo. Muchos días yo también visité a mis primos de torres que eran los que entonces me cogían más cerquita. Y me acuerdo que un año se vino mi prima Aurelia que ahora vive en Ciudad Real, a pasar unos días con nosotros. Eran las fiestas del Santo Cristo de la Veraz Cruz. Y desde el cortijo de la Dehesa, ibamos nosotras, las dos primas, tan campantes al pueblo de Orcera a la fiesta.

El camino se empalmaba con la carretera que va de Orcera a Benatae. Entrando hacia Orcera, antes de llegar al convento, por la derecha. Después si quieres te describo el camino cómo era. Pues al llegar al convento, nos encontramos allí con unos carromatos de esos titiriteros que van con circo pequeños y ambulantes y tenían allí monos y otros animales. Y al verlo, a nosotras nos llamó la atención aquello y nos paramos. Estábamos mirando y de pronto salieron unas mujeres hablando en un idioma y unos disparates que nos decían que no entendíamos ni patata. Y como nos amenazaban, pillamos un susto las dos que no sabíamos si salir corriendo para Orcera o volvernos para el cortijo. Y como estábamos tan asustadas, ninguna de las dos nos poníamos de acuerdo si volvernos o seguir.

Y como en Orcera estaba ya mi hermano que era mayor, yo decía: “Para el pueblo que está mi hermano y nos puede defender”. Y mi prima decía: “Vámonos al cortijo que allí está tu padre y tu madre y entre ellos nos refugiamos y nos escondemos. Siendo mayores ya, hablando de esta aventura ella y yo, lo que más recordábamos era el susto que aquel día nos llevamos con los titiriteros. ¡Pero qué felices éramos entonces! Después ella ha recordado mucho aquella aventura y yo también.

De estos familiares míos, igual que de toda mi familia, puedo decir que son grandes personas. Aurelia y Jacinta, son muy guapas y esta última está sufriendo una dolorosa enfermedad con una admirable resignación Cristiana. ¡Animo, Jacinta, que te estás ganando un puesto de mucho valor en el cielo!

Y ahora voy a describirte donde se encuentra el cortijillo de la Dehesa, que como ya te he dicho, le decían también el cortijo Olivares porque era propiedad de doña Rosario Olivares. Saliendo de Orcera por la carretera que va a Benatae, se pasa por un sitio que le dicen el convento. Porque allí antes y yo creo que existe todavía si lo han conservado, una pared antigua que eran resto, según decían, de un convento que allí hubo dedicado a Nuestra Señora de la Peña. En aquel rincón existían una fuente muy caudalosa y había un lavadero.

Pues pasando este lavadero y este sitio del convento, a la izquierda, había una cuestecilla y allí mismo existía un camino. Pero el camino era ancho y yo, por deducción, creo que aquello debió de ser un camino real que existía allí y que al hacer la carretera, quedó cortado. Pero aquel camino seguía anchuroso y atravesaba por campos y se iba directamente a Torres de Albanchez. Por este camino que partía hacia la izquierda, bajábamos nosotros porque era cuesta abajo y luego, a muy corta distancia y a la izquierda también, partía de este camino que te digo creo era camino real, una vereilla que atravesaba por entre las olivas y por aquí llegábamos al cortijo. Desde el camino real se veía ya el cortijo y esta sendilla la necesitábamos nosotros para llegar hasta esta vivienda.

Pero esta senda, que rozaba la misma puerta del cortijo, era muy pasajera porque por ella iba y venía mucha gente hacia un lugar que le decían “La Cañá de los Ballesteros”. Era una hondoná que había llena de muchísimas huertas que estaban repartidas entre pequeños propietarios. Al ir o venir, siempre pasaban por esta vereilla y por la puerta de aquel cortijo mío que no era mi Soto. Pasaban por nuestro cortijo, se descolgaban cuesta abajo e iban a parar a La Cañá Ballesteros donde tenían sus huertecillas.

Y esto es muy importante: estas personas que pasaban por allí, en verano y cuando estaba mi padre que era tan sociable, se paraban a liar un cigarro con él. Bebían agua fresca, empezaban a hablar de sus cosas y la primera historia que salía era también la del Cura Raspa. O sea, que no solamente en Orcera, sino todas las personas que pasaban hacia la Cañá Ballesteros, se paraban en mi casa y sin pretenderlo, muchísimas veces, sacaban ellos la conversación del Cura Raspa.

Y cuando llovía y pasaban por allí, si apretaba el agua, también se metían en mi casa a refugiarse. O sea, que era también y de alguna manera, la parailla de todo el personal que iba y venía del pueblo a sus tierras y al revés. Pero multitud de veces, aquellas personas ya muchas mayores, sacaban la historia del Cura Raspa y todo el mundo decía: “Lástima que se fuera de Orcera, porque en este pueblo nadie quería hacerle daño”.

Este cortijo lo heredaron los hijos de doña Carmen Zamora y don Ramón Olivares, hermano de doña Rosario Olivares, hijo de don Ramón Olivares y de doña Carolina Parras. Pero parece ser que los propietarios lo han vendido o no sé lo que ha pasado, el caso es que aquello tiene otros dueños y aunque el cortijillo está allí, según tengo noticias, se encuentra deshabitado.

Pero en aquellos años que nosotros lo ocupamos el cortijo tenía una cocina grande, una habitación de dormitorio abajo, una cuadra muy grande que cogía toda la nave del cortijo. Tenía una ventana que se comunicaba desde la cocina a la cuadra para no tener que dar la vuelta por la calle y entrar por la puerta de la cuadra a echarle de comer a los animales. La cuadra era muy grande. Aparte tenía una cuadrilla chica donde teníamos los cerdos. Y bajando hacia la Cañada Ballesteros, a la derecha y en la esquina donde te he dicho, en un rincón del cortijo, estaba el tejadillo del horno.

La construcción del horno era cuadrada y la boca, daba a la cocina, a la derecha de donde en la chimenea ardía la lumbre. Entre la cuadrilla chica donde guardábamos los cerdos y la nave grande donde estaba el cocinón, el dormitorio y la cuadra grande de los mulos, como ya te he dicho, era donde estaba el horno donde mi madre cocía el pan igual que cuando en el Soto.

Por encima estaba el pajar que cogía toda la nave grande y la cuadra. Y había una pajera, como un cajón grande hecho de madera que le decían la pajera con un agujero por donde caía la paja hacia abajo y en la otra nave había otras dos habitaciones que eran dos dormitorios. Otros dos cuartos donde abajo dormían mis padres y arriba, dormíamos mi abuela y yo que se vino con nosotros al cortijo de la Dehesa. Esta era la vivienda que había entonces en aquel cortijo.

El agua que teníamos era una alberca que había muy cerca del cortijo, al principio de una cañá que le decíamos La Rambla. Una alberca redonda con una fuentecilla encima. Bajando desde Orcera hacia el cortijo, a la izquierda del camino. Pero para ir a por el agua de beber de verdad, teníamos que ir, desde el cortijo salía otra vereilla por las espaldas que empalmaba con el camino real. Este camino pasaba por un arroyo que no me acuerdo cómo se llamaba pero era pequeño y desde este primer cauce se llegaba a otro que de este sí me acuerdo que se llamaba el Arroyo Abelino.

Por aquel regato corría un agua muy buena y de allí era de donde cogíamos el agua para beber, fresca y limpia que era de la que gastábamos para beber. Para las otras cosas de la casa, para lavar y para los platos y limpieza en general, la llevábamos de la alberca que había en el cortijo. Este arroyo bajaba en la dirección de donde estaba el cortijo de la Fuente del Roble. Que se encontraba por la carretera de Benatae, más arriba del Arroyo Abelino. Se veía frente el cortijo de la Fuente del Roble.

No recuerdo el número exacto pero me parece que eran aproximadamente dos mil olivas las que tenía aquel cortijo. Un sitio que le decíamos la Loma del Pino, otro que era La Cañá y otro rodal que le decíamos las del enfrente del cortijo. Y otras poquillas que había y que valían poca cosa, le decíamos el llanete. Y la tierra para sembrar el trigo y garbanzos y todo esto, la teníamos en un sitio que se llamaba El Llano del Romero. Al lado de la carretera que baja de Orcera a La Puerta, que estaba enfrente del cortijo de Juan Morilla que era donde vivía la familia de Lorenzo y Gregoria. De las tres hijas que tenía esta familia, Isabel, Dolores y Nieves, Isabel murió, Dolores que es de la que guardo la fotografía, no sé de ella y de Nieves tampoco he vuelto a saber pero yo sigo acordándome de ellas.

Y la tierra de regadío para sembrar la hortaliza, la teníamos más abajo, yendo hacia la Puerta. Aquel rincón se encontraba cerca de un lugar que se llamaban Los Ahorcaos, al lado de la carretera que sigue desde Orcera hasta La Puerta, a la izquierda, teníamos nosotros allí el terreno también arrendado de doña Rosario Olivares, donde sembrábamos las cosas de regadío.

Después de estar nosotros ya instalados en el cortijo de la Dehesa, de arrendamiento mi padre también cogió unas olivas que pertenecían a un señor de Orcera que tenía un comercio de tejidos y que le decían Manolito Vallejos. A la finca también se le conocía por el nombre del Cortijo Vallejos. Y aquellas olivas las cogió mi padre arrendadas también pero nosotros donde vivíamos era en el cortijo de la Dehesilla. Al cortijo Vallejos nunca fuimos a vivir.

Este cortijo se encuentra hacia Torres de Albanchez, al lado de arriba del camino real. A la izquierda estaba la casa de Viñán y a la derecha, el Cortijo Vallejos. Ninguno de los dos estaban cerca del camino sino algo distantes. A la izquierda del camino partía otra senda que iba a otro cortijo que se llamaba La Dehesa, que esta era de Sacramento. La madre de Lolita y de Ramón Parras.

Aunque nos encontrábamos tan lejos de mi Vega y solos, la familia no nos olvidaba. Poquito a poco fuimos conociendo personal. Tuvimos suerte que había dos cortijillos cerca, donde vivían unas familias muy buenas. Uno era el cortijo de Morilla. Allí había una familia que no eran los propietarios, sino los cortijeros. El se llamaba Lorenzo y ella Gregoria. Dos grandes personas. Tenían tres hijas que fueron muy amigas mías y cuyos nombres son: Isabel, Dolores y Nieves. De Dolores todavía conservo una fotografía.

En otro cortijillo cercano que le decían el cortijo de Modesto, vivía una familia que a él le decían de apodo “El Pintao”, porque era pintado de viruelas pero su verdadero nombre era Pedro Alba y su mujer Josefa Endrino. Tenían cuatro hijos, dos varones y dos hijas: Rafael, Jesús y las hijas se llamaban Juana y Rosenda. Bueno, aclaro que tenían más hijas, otra Emilia y Antonia pero mis amigas, porque eran más o menos de mi edad, fueron Juana y Rosenda. Las otras ya eran mayores y estaban casadas. Estas fueron mis amigas de aquellos años y me ayudaron mucho en el sentido de que yo me encontraba muy solilla, sin mis primos del Soto y los de Hornos.

Tuvimos el consuelo también, para no sentirnos tan solos en aquella tierra lejana, de la compañía del hermano Isidro del Soto de Abajo y su mujer María Josefa. Ellos, pensando lo mismo que pensaban mis padres de que si en un momento dado, como con las cosas del Estado nunca se puede hacer cuentas porque la autoridad es la que manda, pues como estaban las valoraciones hechas y no nos pagaban, esta familia hizo igual que nosotros. Como prevención a lo que pudiera pasar arrendaron, que no sé si era término de la Puerta de Segura o de Torres de Albanchez, un cortijo que se llamaba La Venta del Tuerto.

Aunque los cortijos no estaban muy cerca, estando en aquellas tierras tan lejos de nuestra Vega, nos visitábamos para darnos ánimo y no sentirnos tan solos. De este modo, quiso Dios que la amistad y convivencia que habíamos tenido en los cortijos del Soto, no se perdiera tan pronto. Pero cuando llegó la expropiación de verdad, nos dispersamos y no he vuelto a saber más de ellos. Esta familia eran los padres de Isabel, la que te conté su boda.

El primer tres de mayo que pasé en aquel cortijo de la Dehesa, ya te he dicho que llegamos en invierno, pues aquel tres de mayo, yo empecé a llorar. Y nadie, de aquellas personas tan buenas y queridas que en todo momento me rodeaban, sabían por qué lloraba. Sólo yo lo sabía y Dios que estaba conmigo. Y mi abuela me preguntaba: “Pero hija mía ¿es que estás mala?” Y yo le contestaba diciendo que mala no lo estaba y venga seguir llorando. Y mi abuela, como me quería tanto, empezó a acariciarme y a sonsacarme: “¿Pero que te pasa, hija mía? Dime a mí lo que te pasa a ti” Y entonces le dije: “Es que hoy es el día de la Cruz, madre Asunción. Me estoy acordando de lo bien que se lo estarán pasando en nuestra Vega de Hornos con las cruces que visten allí y los bailes que hacen y yo hoy aquí tan solica y lejos de mi tierra. Aquí no tenemos ni cruces ni nada, madre Asunción”.

Y mi abuelica, no sabiendo cómo quitarme la pena, me dijo: “Hija mía no te apures que ya verás que pronto lo solucionamos”. Como era el mes de mayo, en las dehesas de los cortijos, aunque no como en las de mi Soto, también había alguna florecica aquí y allá. Cogió retamas y florecicas y en una oliva que había enfrentico del cortijo, en el tronco, con mucho amor y como pudo, me hizo ella una cruz y me dijo: “¿Ves? Aquí tenemos nosotros ya nuestra cruz. Vamos a cantarle y a rezarle y verás como todo vuelve a ser lo mismo de bello que en aquella tierra nuestra”.

Y así fue como yo pasé mi primer tres de mayo en aquellas tierras de Orcera. Primero llorando porque me acordaba de mi Soto y de las cruces de mi Vega y después cantando con mi abuela a la cruz de aquel tronco de olivo y así me consolé. A partir de aquel día hasta que ya nos vinimos hacia las tierras de Úbeda, que luego te iré contando, todos los años, el día tres de mayo, en la misma oliva, al despertarme por la mañana, ya me tenía mi abuela hecha la cruz con las flores que recogía por aquellas tierras.

Pero mira: un día, comentando Juana Alba Andrino y Rosenda y yo lo de la cruz en el tronco de la oliva, pues cogimos y nos fuimos a las olivas de la Loma del Pino y ellas que habían visto la cruz que mi abuela me había hecho en el cortijo, dijeron: “Pues vamos nosotras a tener la nuestra también”. Y nos liamos las tres a coger flores de todos aquellos ribazos y en aquella Loma del Pino hicimos nuestra cruz de mayo y luego nos pusimos a cantar. Casi todas las flores que cogimos eran de “Jamargos” porque es la planta que más abunda por entre aquellos olivares.

Rosenda era de mi misma edad y yo tendría pues unos diez u once años y Juana era un poquito mayor pero se adaptaba a nosotras. Andando el tiempo, supe que en Orcera se le tiene gran devoción a la Santa Cruz y también allí, entonces, se hacían cruces muy bonitas. Las personas lo celebraban mucho y hasta en las casas particulares ponían sus pequeños altares con flores de los jardines y los campos. Tengo que decirte que este pueblo de Orcera, es muy hermoso tanto por fuera, derramado en aquellas laderas del monte, como por dentro y en el corazón de su gente.

Un buen recuerdo de estos años lo guardo de una familia que se llamaba, él Carlos Cano y ella Magdalena Rodríguez que vivían en la calle de la Asunción número seis. En aquella casa era donde recibíamos toda la correspondencia de la familia que nunca nos olvidó. Esto fue en el pueblo de Orcera.

Estando en este cortijillo y pueblo, como las imágenes habían sido destruidas igual que en tantos sitios, presencié yo unas escenas muy hermosas. Cuando trajeron la imagen del Santo Cristo que en Orcera es muy venerado y creo que le dicen de la Vera Cruz, la Patrona es Nuestra Señora de la Asunción, se celebró algo que me gustó mucho. En Orcera se celebraban dos fiestas: Una en agosto, la Patrona y la otra, no me acuerdo bien si era el catorce o quince de septiembre, que era en honor del Santo Cristo de la Vera Cruz.

Cuando llevaron la nueva imagen de este Cristo, con todo el pueblo, se formó una procesión muy grande. De esto doy fe que es verdad porque yo estuve allí y lo presencié todo. Con la imagen a hombros, bajamos a un sitio que se llama “La Peña Hincá”. Se encuentra este lugar bajando del pueblo de Orcera en dirección a la Puerta de Segura, antes de llegar a un lugar que se llama La Revuelta el Zigzag, bastante antes de llegar. Se llama La Peña Hincá o se llamaba.

En aquel sitio quemaron las imágenes que se destruyeron durante la guerra en el pueblo de Orcera. Y como este pueblo era muy devoto, quisieron ellos reparar aquel desastre y se bajó con el Cristo, rezándole y cantándole hasta la Peña Hincá. Que recuerdo que todavía se veía un rodal negro donde decían que allí había sido donde el fuego destruyó las imágenes. En aquellos días yo lo vi con mis propios ojos y vi que no había nacido la hierba. Yo no sé después lo que habrá pasado.

Como te decía, hasta este lugar se trajo la imagen del Cristo, la pusieron en el suelo, se le cantó y como el párroco bajó con nosotros, don José Sola Llavero, bendijo la imagen nueva y, como eso que dicen que el Ave Fénix resurge de las cenizas, al Santo Cristo de la Vera Cruz, lo levantaron en hombros, entre vítores de alegría y gozo como diciendo: “ Aquí quemaron tu imagen y desde este mismo lugar vuelves otra vez a tu pueblo triunfante que te quiere y venera”.

Desde este lugar ya subió, entró en la iglesia bendecido y se celebró una gran fiesta aquel año, en honor del Cristo recuperado. Esto lo presencié yo y puedo dar testimonio que fue tal como lo he contado.

Y volviendo otra vez a la casa de Juana y Rosenda, quiero decirte que en estos días me ha llegado la noticia, por medio de mi primo Angel Manzanares Gago y su mujer que se llama Compasión y viven en Orcera, de que Rosenda Alba Endrino, se encuentran muy mal de salud. Desde este rincón mío en Úbeda, muy lejos de mi tierra y distanciada en el tiempo y con la carga de los años y tantísimos golpes a cuestas, le digo a Dios que me conceda mandarles un mensaje a estas buenas amigas mías y que les llegué, si Él lo quiere. A las dos os mando un abrazo muy grande. De todos vosotros tengo muy buenos recuerdos.

A tu hermana Juana que una vez que estuve en Orcera con motivo de la boda de un primo mío en Torres, me llevé una sorpresa que me llegó al corazón. Y es que todavía conservaba ella la fotografía mía igual que yo conservo la suya. Una foto que nos hicimos las dos juntas en casa de Benedicto, que era el único retratista que por aquellos días, había en el pueblo. Pues a Juana, le mando un beso muy grande. Y a ti, Rosenda, te quiero mandar un mensaje especial.

¿Te acuerdas cuando las dos juntas buscábamos violetas en aquellas acequias que había alrededor de tu cortijillo y por las acequias y la huerta de la Fuente del Prao? ¿Te acuerdas qué violetas más bonicas y qué bien olían? Pues yo creo que las que tú estás cogiendo ahora, en tu vejez como la mía, huelen mucho mejor. Y te lo digo porque con tu enfermedad, estás juntando violetas de valor eterno. Desde aquí te mando un abrazo muy grande y te digo que tengas resignación y estate segura que el paraíso celestial, está lleno de violetas como aquellas de tu cortijillo y el mío. Tal vez allí volvamos otra vez a cogerlas juntas. Un beso muy grande, Rosenda, amiga mía de la infancia y que no te olvido. Soy aquella chiquilla que no valía para nada pero que se pasaba las tardes buscando violetas contigo por las acequias de la Fuente del Prao.

Y estando en Orcera, pues yo era la que iba casi todos los días a por las raciones que repartían de pan y las de azúcar y todas esas cosas, cuando pertenecían. Y como ya te he contado, en las colas que hacíamos, es donde yo oía muchas cosas del Cura Raspa. Si quieres puedo continuar y ni siquiera sé cuando terminaría. Porque allí era un clamor de todo el mundo diciendo que el Cura Raspa era un santo. “Santo cura, qué lástima que hicieran con él lo que hicieron”. Era la expresión que no se caía de la boca de las personas.

Estando nosotros en el cortijo de la Dehesa, seguíamos trabajado las tierras del Soto, como ya te he dicho y siempre con la esperanza de volver otra vez a la Vega definitivamente porque el muro se quedara sin construir para siempre. Por aquellas fechas se casó mi hermano con su novia formal de siempre, Encarnación y que es de Cañá Morales. Él se fue a vivir al Soto y nunca terminó el ir y venir del Soto a la Dehesa. Pero antes de irse al Soto, allí nació su hijo mayor, Felipe. Su Hija Josefa nació en tierras de Úbeda porque ya estábamos aquí. En el cortijo de la Dehesa nos sentimos bien. Nos llevábamos bien con todos los vecinos y todo el mundo se portó muy bien con nosotros pero aquello fue como un puente que sabíamos que teníamos que atravesar sin quedarnos. Aquel rincón me dejó muy buenos recuerdos pero donde yo me dejé mi corazón de verdad, fue en el Soto. Y con mi Vega de Hornos soñaba de continuo.

Estando en aquel cortijo, una de las grandes alegrías que tuvimos fue que varias veces nos visitó doña Luz Blanco Marín, que por ese tiempo estaba ella de maestra en Orcera. Al llegar la primavera y en los días de sol hermosos y en los otoños, luego con el frío, no, era en la primavera cuando más bajaba, en los domingos que no tenía escuela y después de haber leído en la misa, se bajaba a mi cortijo. Algunas veces nos bajábamos juntas porque yo asistía a misa también, junto con mi abuela. Otras veces con mi madre. Nos bajábamos y allí se quedaba ella todo el día con nosotros.

Se traía la hoja parroquial que se repartía en la iglesia los domingos y allí la leía doña Luz o mi abuela y la comentaban. Y así se pasaba el día. Recuerdo que tenía a una muchacha que le ayudaba en las cosas de la casa y para que le diera compañía porque ella estaba entonces, soltera. Se llamaba María y creo que era de La Platera. Y me acuerdo que uno de los días que bajó, María estaba mala, con paperas. Y me acuerdo como todo el día estuvo ella pendiente de María porque estaba mala. Tocándole el pulso, la frente a ver si le subía la fiebre. Luz iba preparada con pastillas de aspirinas y estaba constantemente con ella: “María no te pongas al sol que luego te duele la cabeza, que te pones peor”. Y hay que ver cómo se preocupaba de la muchacha que le acompañaba y le ayudaba en la casa. Cómo se preocupada de ella y cómo la cuidaba.

Algunas veces, Luz se quedaba a comer con nosotros. También otras veces comí yo en su casa. Era muy cariñosa. Me acuerdo que un día mi madre hizo de comer una cosa que era comida clásica de nuestra tierra: calabaza frita. Nos la comimos en la puerta del cortijo, puesta la sartén en las trébedes y a estilo de nuestra tierra: con las navajas y la sopa. Para el postre partió mi madre un melón y salió muy bueno pero mi madre sacó dos melones. Partió uno, “¡qué bueno está” y nos lo comimos.

Y ya pasamos toda la tarde allí pero antes de que se hiciera de noche, se empezó a preparar doña Luz para irse. Y al marcharse, le dijo mi madre: “Luz, toma, este melón pa ti. Lo partís mañana o esta noche pa postre”. Y dice doña Luz: “¿Es que me lo regalas?” y mi madre: “¡Pues claro, pa ti, Luz!” y ella: “¡Hay María Josefa! Te voy a decir una cosa: cuando vi que sacaste dos melones y hemos partido uno y estaba tan bueno, me ha pasado por la imaginación pedirte que me regalaras el otro, para llevármelo a mi casa”. Y dice mi madre: “¿Por qué no me lo has dicho? Si yo este lo he sacado y era con esa intención. Uno para partirlo aquí y el otro para dártelo”.

Y doña Luz contestó: “Pues no te lo he pedido por esto que te voy a decir: porque yo me acuerdo que mi padre nos decía “ni ahora que sois niños ni cuando seáis mayores, pidáis nada en ninguna casa. Al no ser un favor que haya que pedir normalmente como se favorecen unas personas a otras. Pero nunca sed deseosos y pidáis cosas en las casas. Ahora, si os lo dan, aceptadlo a la primera. Porque sin haberlo pedido, os lo dan, es porque quieren de verdad dároslo. Entonces acéptalo a la primera y dar las gracias. Cuando os ofrezcan una cosa no empecéis a decir: no, no... si os los dan, a la primera, tomarlo”. Esto nos lo decía mi padre cuando éramos chicos y lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a ello y ahora que somos mayores, seguimos practicándolo”.

Y hablando del melón que le daba mi madre, ella nos contó la anécdota, que ya te he contado a ti de cuando su madre partió el melón y no estaba bueno y como no quería mentir, dijo que estaba fresquito. Allí fue donde doña Luz nos contó aquella anécdota de su madre. Porque siempre, en todas las conversaciones, salía su madre. Pasar un día en nuestro cortijo y no recordar a su madre, eso no podía ser.

Y mira qué cosa más curiosa: cuando mis hijos eran chicos y ya estábamos en Úbeda, esto se lo comentaba también a ellos. Mi hijo Felipe, era parvulillos en una escuela que había pasando el Real a la derecha, donde está la iglesia de San Pedro, en ese edificio había unas monjas que le decíamos Las Carmelitas y eso era un colegio. Hay un jardín y en ese jardín había una estatua de la Inmaculada de mármol. Y esa iglesia la tenían las monjas que ahora está haciendo el servicio de parroquia porque Santa María se encuentra en obras.

Pues siendo mi hijo Felipe, el que tengo viviendo en Granada, parvulillo de esa escuela, la monja que le daba lección, que se llamaba la hermana María Luisa, tenía caramelillos en la mesa. Los tenía allí para darle un caramelillo a los chiquillos cuando le presentaban el cuaderno o que habían hecho bien las letricas o que se había portado bien. Eran angelicos chicos pero algunos llegaban y le pedían un caramelo y ella se lo daba.

Pero un día se dio cuenta que me hijo Felipe nunca le pidió un caramelo. Y una vez de los que se acercó a la mesa, le preguntó: “¿Niño, a ti es que no te gustan los caramelos?” y mi hijo le contestó diciendo que sí le gustaban. Entonces ella le siguió preguntando: “¿Cómo es que no me pides?” Me dijo la monja que mi hijo contestó: “Porque mi madre me tiene dicho que no pida nunca nada pero si me dan, lo tomo. Si me da usted un caramelo, yo si lo tomo pero pedirlo no porque me tiene dicho mi madre que nunca pida cosas”.

A la monja le hizo tanta gracia que cuando fui a hablar con ella, me contó el caso y dice: “¿qué es eso de que le tiene usted prohibido que pida caramelos? Es que me ha pasado esto con él”. El caso te lo cuanto porque vino aprendido de aquella mujer tan buena que había en Orcera y que se llamaba doña Luz. De que lo contó ella aquel día comiendo en la casa de mi cortijo de la Dehesa.

Y siguiendo con lo de la Vega de Hornos y Orcera, todo fue rodando entre preocupación y penas hasta que un día reanudaron las obras del muro y fue cuando se nos cayó el alma a los pies. Porque ya si fue verdad que dijimos: “Si termina el muro, ya no hay remedio. Y lo terminaron efectivamente. Cuando dieron la orden de pago, cada uno acudió a cobrar lo que le dieron por las tierras a Villanueva del Arzobispo que es donde pagaban. Entonces fue cuando cada cual empezó a tomar la dirección que pudo. Y nosotros, por un amigo de mi padre, que se llamaba Serafín, una gran familia, conozco a sus hijas que son amigas mías y que viven en Úbeda, dijo que a él le gustaba esta tierra y quería venirse por aquí. Mi padre se calentó con él también y echó un viaje por esta tierra. Mi hermano Cesáreo que conocía esta tierra de cuando se lo llevaron de quinto a la guerra, conoció el pueblo y le gustó y animó a mi padre y por eso arrancó y escogió a este pueblo de Úbeda para venirnos.

Cuando llegó el día y nos vinimos directamente desde la Dehesa hasta Úbeda, el traslado se hizo en un camión propiedad de un hijo de don Francisco Blanco. Que nos trajo en el camión Antonio y Asdruba. Dos hermanos hijos de don Francisco Blanco pero esto te lo contaré luego más adelante. Sólo que ahora hacemos una pequeña escapadilla desde la Dehesa, que es donde estamos, y nos venimos a Ubeda por un instante porque quiero contarte algo que le sucedió a mi hermano y sirve como para ir enlazando las distintas etapas de mi vida desde el Soto, la Dehesilla y Ubeda.

Fue lo siguiente: en el Soto tuvimos nosotros un muchacho que se llamaba Miguel que estaba empleado cuidando los cerdos. Aquel muchacho se portó admirablemente, no lesionó ningún animal, cumplía su trabajo de tal manera que le buscaba los sitios mejores a los cerdos para que comieran en abundancia y tuvieran agua y sombras. Era natural de un sitio que yo no sé si existirá todavía pero era una cortijada que se llamaba La Garganta[1]. Yo conocía a su padre y a su madre porque bajaban a traerle la ropa limpia para que se cambiara. Yo me acuerdo de ellos pero no recuerdo cómo se llamaban. Sólo retengo en mi memoria el nombre de una hermana que, mayor que él, muy guapa, que se llamaba Alicia y estaba trabajando en Villanueva del Arzobispo.

Este muchacho se portó admirablemente en mi cortijo del Soto pero cuando nos fuimos a Orcera, ya no se pudo venir con nosotros porque allí no teníamos anchura para criar tantos cerdos. Aunque teníamos algunos pero no eran tantos y además este muchacho se hizo mayor y podía ser más útil en otros trabajos. Nosotros buscamos a otro muchacho de Orcera que se llamaba Toribio. Y el caso que le pasó a mi hermano Angel fue el siguiente:

Aquí en Úbeda hay un sitio que se llama La Venta de Juanillo. Eso está ya muy edificado y rodeado de edificios pero antes cuando nosotros vinimos aquí, la Venta de Juanillo, que verdaderamente era una venta, estaba a las afueras del pueblo, era el último edificio que había a las afueras y era pues eso: una venta. Y ahí solían venir los que llamaban entonces los quintos, que eran los reclutas que se incorporaban el ejército.

Mi hermano Angel, yo no sé que cosa tuvo que ventilar aquel día con alguna persona y quedaron en verse en la Venta de Juanillo, que era muy conocida de todo el mundo. Y estando mi hermano allí llegó un pelotón de muchachos jóvenes que eran los quintos que venían de la sierra. Entonces había aquí un edificio que esta en la Plaza Vázquez de Molina, que es donde está ahora la Policía Nacional y ese edifico era, en aquellos tiempos, la zona de Ubeda, que es donde venían a presentarse todos los quintos de la sierra.

Pues aquel día venían todos los muchachos de nuestro terreno y estando mi hermano hablando con aquella otra persona, que es que esto no te lo puedo explicar porque no lo sé, y los muchachos también hablaban y contando cada uno de dónde eran y a esto que uno dice: “Yo soy de La Garganta”. Al oír mi hermano decir: “Yo soy de la Garganta”, volvió la cabeza y le preguntó: “¿Tú eres de la Garganta?” Y el muchacho respondió: “Sí, yo soy de la Garganta”.

Mi hermano, en aquel momento, no conoció a aquel muchacho porque las referencias que de él tenía eran de cuando muchachillo y por aquel día, ya era un hombre pero resultó que era Miguel, el muchacho que de siempre había estado con nosotros cuidando a los cerdos. Él había cambiado mucho pero mi hermano no tanto, porque era mayor que él y su cuerpo no se había transformado demasiado. Y por esto fue Miguel el que conoció a mi hermano y enseguida se fue derecho a él para darle un abrazo al tiempo que decía: “¡Angel, Angel!” Con una exclamación de alegría muy grande. Y le preguntó mi hermano: “¿Pero es que me conoces?” y Miguel: “¡Claro que te conozco, tú eres Angel del Soto del Arriba!” Dice: “Sí” y él: “Pues yo soy Migue” y mi hermano: “¿Pero qué Miguel?” y el muchacho: “¿No te acuerdas que estuve en tu casa del Soto cuidando a los cerdos?”

Y al caer en la cuenta, mi hermano me dijo que le dio una inmensa alegría verlo ya convertido en todo un hombre que se iba al servicio militar. Y le dijo: “Miguel, vente a mi casa para que te vean mis padres”. Y él le contestó: “Hoy tenemos que presentarnos en la zona, si nos llevan ya mismo, no me da tiempo pero si no nos vamos, mañana voy a tu casa a ver a tus padres que para mí, también son como los míos”.

A otro día volvió mi hermano a buscarlo y le dijo, Juan el dueño de la venta, “Esos muchachos se presentaron en la zona y le dieron órdenes de que al otro día salieran y por eso, esta mañana mismo cada uno ha salido para su destino”. Así fue como cuando mi hermano Angel fue a buscarlo, ya Miguel se había ido. No le dio tiempo verlo. Y esta historia te la he contado para decirte que Miguel fue para nosotros como otro familiar más de tantos hermanos querido como tuvimos en aquella sierra mía que pareciera como si terminara y comenzara en la Vega de mi Hornos querido y en mi cortijo del Soto de Arriba. ¡Dios mío, lo que para mí fue mi Soto!

De los recuerdos bonitos que me traje de Orcera, entre los que ya también te he contado, tengo el que: sabiendo que mi familia y yo éramos de otro pueblo, de Hornos de Segura, jamás nunca nadie allí me dijo “Forastera”. Esto es un detalle bonito que guardo con cariño en lo mejor de mi corazón del precioso pueblo de Orcera. Allí nunca nadie ni me trató ni pronunció contra mí la palabra forastera.

Y también recuerdo que la familia de Juana y Rosenda, de los dos hermanos que tenían: Rafael y Jesús, este último se fue al servicio militar estando nosotros allí. Y parece que llevaba yo en mi destino que tenía que ser escribidora de cartas a los soldados, porque aquella familia tampoco sabía leer ni escribir y la correspondencia de Jesús, cuando estaba haciendo el servicio militar, también se la llevé yo. A él le escribían sus compañeros allí donde estaba haciendo el servicio, que no me acuerdo la dirección que tenía y las cartas que su familia le enviaban desde el cortijo, se las escribía yo. A Jesús Alba Endrino. Que luego se casó con Isabel, la hija de Lorenzo y Gragoria, los que vivían en el cortijo Morilla.

Y estando en aquel cortijo de la Dehesa, me acuerdo que una vez mi padre y mis hermanos, bajaron a la Puerta de Segura a vender los cerdos, porque también teníamos allí cerdos. No tanto como en el Soto, porque no teníamos tanto terreno para tenerlos pastando pero vendíamos algunos y hacíamos lo mismo que en el Soto: quedarnos con los de la matanza y con los de cría.

Y a mí me llevaron con ellos pero sólo por gusto, para que viera la feria de la Puerta. De aquello me quedó un bonito recuerdo. Después yo no he visto más ferias más que la de la Puerta y luego las que he visto aquí en Úbeda pero la feria de aquel pueblo era grande. Allí se juntaba, por lo menos aquel año que la vi yo y por lo que he ido decir después, era así todos los años, una gran cantidad de mulos, vacas, cerdos, burros, en toda la orilla de aquel río, a un lado y a otro. Aquello era ya el disloque la cantidad de ganado de todas clases que había allí para vender.

Las casa, bueno las fondas, las posadas y todo eso, estaban abarrotadas de huéspedes. Y también en las casas particulares acogían a las personas que por aquellos días llegaban al pueblo. Aquel día de la feria de la Puerta, nosotros estuvimos en una casa particular. Me acuerdo que una muchacha que había allí que se llamaba Salvadora, era más o menos de mi edad, y juntas estuvimos paseando por aquella feria, que fue las primeras casetas que yo vi de muchos juguetes. Esta de la Puerta y la de Orcera, que también a la de este pueblo me llevaron mis hermanos. En la Puerta fue la primera vez que yo vi un circo y un hombre montado en esos zancos tan altos que salen en los circos. A esta muchacha que te he dicho y a mí, nos llevó mi hermano Angel.

Del bonito pueblo de la Puerta de Segura recuerdo a un médico muy famoso por todos aquellos contornos al cual acudía mucho el personal y que se llamaba don Ramón Martínez Ruiz y era hermano de un gran escritor muy importante que es conocido como Azorín. Médico muy competente que ejercía en la Puerta de Segura. Por aquellos tiempos cuando el médico te recetaba alguna medicina, había que ir a por ellas, cuando estábamos en el Soto, a Villanueva del Arzobispo, a Beas, Orcera o la Puerta de Segura y cuando estábamos en el cortijo de la Dehesa, a Orcera. En Hornos no había farmacia.

Con las amigas que ya te he nombrado, en una ocasión estuvimos un año en las fiestas de San Blas, en la Puerta, que es el día tres de febrero. Allí estuve con unos cohetes que lanzaban que aquello era un crujir de petardos que temblaba la tierra. Porque es que en la Puerta, el patrón, me parece que es San Blas. Y también un año estuve en la procesión de San Blas y vi la iglesia que es hermosísima.

A las fiestas de Segura de la Sierra, estas amigas mías que ya te he comentado antes y yo, desde aquel cortijo de Orcera, fuimos alguna vez. Conocí como era aquella fiesta y vi la procesión de la Virgen del Rosario. Aquel día me recomendó mi madre que fuera a visitar una familia y te voy a decir quién es: era una señora viuda que se llamaba María de la Asunción. Tenía dos hijos, uno se llamaba Casimiro y la hija se llamaba María. Le decían, cariñosamente, “Mariquita”. Esta señora era hermana de doña Rosario, la dueña de Montillana. Que las verdaderas dueñas del cortijo de Montillana, eran estas dos hermanas. Doña Rosario era la esposa de Justiniano Magañas, que llevaba la administración o como se diga eso, del cortijo pero la verdadera dueña, era su mujer: Rosario y juntamente con su hermana María de la Asunción que estaba viuda y vivía en Segura con sus dos hijos.

Como mis abuelos anteriormente habían estado viviendo en Montillana, de allí venía la amistad y mis padres me recomendaron que fuera a visitar a estas amigas. Eran mayores y me acuerdo muy bien que de parte de mis padres, las visité y les dejé mi cariño.

A las fiestas de Segura de la sierra, me acuerdo que iba gente de todos los cortijos de aquel valle y sobre todo del pueblo de Orcera. Una tarde estuve viendo una vaquilla que toreaban en un sitio que le decían la plaza pero era una cosa descubierta donde no había que pagar dinero ni nada de eso, sólo que había una explanada en una pequeña hondonada y al lado, una fuente muy caudalosa que no sé eso cómo estará ahora y cerca se veían los lavaderos.

Pues allí nos poníamos y veíamos cómo toreaban a las vaquillas. Cuando yo estuve allí, al menos no recuerdo que la plaza fuera redonda. Era un sitio cercado con unas paredes al lado donde corrían las vaquillas, lo mismo que hacían en Hornos, sólo que era en la Rueda y la calle donde vivía don Francisco Blanco, la cortaban con palos así atravesados y la otra entrada a la Rueda, que era por donde estaba la posada, también la cortaban así y allí hacían como un chisquero para los torillos y aquello era la plaza.

Pues en Segura era fuera del pueblo en ese sitio que yo te digo que ahora no sé cómo estará aquello. Al pueblo de Segura lo recuerdo como un pueblo antiguo, de calles estrechas y empinadas, que ya no será igual, por supuesto, muy parecido a Hornos y aunque también tiene un castillo, a él yo no llegué a subir. En la iglesia sí estuve, en la procesión de la Virgen del Rosario. Recuerdo que aquel día subió mi madre también. Y recuerdo que desde allí había una vista que se divisaba medio mundo. Yo no puedo explicarte ahora mismo. Si tú has estado en este pueblo, sabrás lo que te digo, que asomándose desde los balcones de Segura, es indescriptible lo que se ve. Aquello es una maravilla que me gustaría mucho volver a ver pero con los años que tengo encima y lo achacosa que estoy, ¿qué me dices?

Y según tengo entendido, en Segura nació el escritor Jorge Manrique, que es un poeta que me gusta mucho, porque aunque yo no soy poeta, me gusta la poesía. Para subir al pueblo me acuerdo que desde Orcera había un camino con una cuesta pedregosa. Yo no sé si habría carretera entonces, porque nosotros subíamos por un caminillo muy pendiente, como Segura está en todo lo alto y Orcera en la hondonada, pues era un camino muy inclinado con muchas piedras. Cuando íbamos andando echábamos chinas sin querer para abajo y rodaban las piedras hasta lo más hondo.

Ya te digo que el pueblo de Segura era muy pintoresco. Allí se celebraba la fiesta de la Virgen del Rosario y la de San Francisco de Asís. Que yo creo son los dos patrones de Segura de la Sierra. Empezaba a primero de octubre con San Francisco de Asís y terminaba con la festividad de la Virgen del Rosario el día siete y ya se cerraban las fiestas.

Y ahora que te hablo de San Francisco, se me viene a la mente un recuerdo que me vuelve otra vez a mi tierra del Soto. Allí se hablaba mucho, sobre todo por las noches y entre los pastores que eran los que de verdad les tenían gran miedo, de los lobos por las cumbres de Beas y las zonas esas de la sierra profunda que desde mi Vega quedaban hacia Pontones y el río Borosa y Aguasmulas. Se les oía decir que por todas aquellas cumbres y barrancos, había muchos lobos y que cuando atacaban a los animales, hacían un gran daño. Los pastores les tenían verdadero miedo y esto se les oía a las personas cuando decían: “Al pastor fulano le han hecho una lobá esta noche que pa qué, al pobre”. La lobá era una matanza de cabras o de ovejas. La matanza de las vacas era más difícil porque estos animales se saben defender formando una piña entre sí y encerrando en el centro a los terneros. Si el lobo las atacas, la manada entera se defienden plantando cara y dando cornadas.

Y también se oía contar que si tenían hambre, podían atacar a una persona y devorarla. En mi familia y en mi caso, nunca llegué a vivir ninguna de aquellas situaciones pero yo, de oírlo, le tenía mucho respeto a estos animales sin ni siquiera haberlos visto nunca por aquella tierra mía. Pero por aquella Vega, todo el mundo le temíamos a los lobos. Y venía yo pensando en concluir diciéndote que en mi casa había un cuadrico, era un poco más grande que un folio, que no era grande, que representaba a San Francisco de Asís. Alrededor de la imagen del santo tenía así como medallones narrando pasajes de la vida de este hombre. Desde el nacimiento, las cosas más importantes, hasta su muerte.

Y en un cuadrico aparte, estaba una imagen de este mismo santo donde se veía un lobo que le daba la pata. Como representando la facilidad que tenía aquel santo y el contacto con la naturaleza y los animales que viven en ella. Yo que me criaba entre la naturaleza y le tenía miedo a los lobos, pues me llamaba la atención como aquel santo dominó a lo que él llamaba “El hermano Lobo”. Una cosa curiosa que me llamaba mucho la atención y en mi mente pequeña se me quedó grabada en el fondo del miedo que me surgía de los relatos que oía entre la gente de mi tierra de los lobos y los pastores por entre los montes y los barrancos.

3 -Nota del autor: La Garganta es el arroyo que baja desde el Puerto de la Cumbre, pasa por la aldea de Capellanía y desemboca en el Pantanto del Tranco justo por debajo del pueblo de Hornos. Este arroyo antes se llamaba del Aceite. Y arriba, casi en la cumbre pero a la derecha subiendo por la carretera actual, todavía existe una cortijada, abandonada y bastante derruida que se llama La Garganta.

Más información de este Parque Natural en:
http://es.geocities.com/cas_orla/

Las fotos más bellas del Parque en TrekNature

BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-44

LAS CARTILLAS DE RACIONAMIENTO

Estas cosas de las cartillas de racionamiento, empezaron en la guerra civil. Pero después de terminada la guerra, las cartillas siguieron. Existía una organización o no sé cómo se dice eso, que se llamaba la Fiscalía de Tasas. Se incautaban del aceite y luego lo pagaban a precio de tasa. Y entonces, los mismos que lo cosechábamos, pasábamos falta de aceite, siendo nuestro. Y nos lo ponían por racionamiento y teníamos que ir a recogerlo a las tiendas de comestibles que cada comercio de comestibles, tenía sus cartillas asignadas. Y allí teníamos que ir a por el aceite de racionamiento después de haberlo recogido y cosechado nosotros mismo.

También estaba racionada el azúcar y todas las cosas de comestibles. El trigo había que ocultarlo e ir a los molinos por la noche o cuando podíamos a moler nuestra propia harina. Porque también los fiscales de Tasas, registraban las casas, la mía, por suerte, no llegaron a registrarla nunca. Pero en muchas casas pasaba que cuando menos se lo esperaban, llegaba la Fiscalía de Tasas y donde había trigo que no se había declarado, se lo llevaban. Como ahora se dice la declaración de la renta, entonces se hacía declaración de los productos que se recogían. Pero había que hacer ocultación de trigo si no queríamos pasar hambre. Luego nos daban raciones de pan, por cartillas y había que aceptar el racionamiento porque sino era tanto como decirles que teníamos trigo en la casa. Y de verdad que en otras casas no había más trigo ni más pan que el que daban en las cartillas.

Yo me acuerdo que mis padres ocultaban costales de trigo en los pajares pero no para estraperlarlo, porque entonces eran los tiempos del estraperlo, sino para comer nosotros. Mi padre no quería correr el riesgo y por eso sólo lo hacía para darnos de comer a la familia. Y ya te digo: ocultaba los costales llenos de trigo, entre la paja del pajar y luego se las apañaba como podía, yendo a escondidas a los molinos a molerlo y así amasábamos nuestro pan.

Pasado el tiempo, aquello se suavizó un poquito y entonces nos concedieron, estaba yo ya en Úbeda, una cosa que se le decía “Maquilera”. Que era declararse cosecheros y en vez de darnos el pan por racionamiento todos los días, nos dejaban una cierta cantidad de trigo que no sabemos la que era pero no era trigo, sino harina que se retiraba de la fábrica y nos llevábamos las sacas de harina a nuestras casas y ya podíamos amasar sin tener que ocultarnos. El trigo sí teníamos que entregarlo a un sitio que había aquí, que no me acuerdo cómo se llamaba. Era un depósito de trigo del Estado. Ellos le ponían precio y lo pagaban por kilos. No me acuerdo del precio.

Te daban un documento que se llamaba el “C 1" y con aquel documento era uno acreedor para llevarse la harina a la casa para el gasto diario. Aquello se le llamaba maquilera. Si se ocultaba algún trigo, que en algunos sitios lo hacían, era el que se vendía de estraperlo que era lo perseguido por la ley. Esto, ya te lo he dicho, no sucedió en mi casa pero entonces muchas personas sí se reservaban trigo, lo estraperlaban y algunos hicieron hasta capital y pudieron comprar fincas, del estraperlo. De vender luego el trigo a precios muy altos y con aquello ganaban mucho dinero.

Mi padre lo que siempre procuró, fue que en la casa no faltara qué comer pero nunca quiso arriesgarse ni tener malas cuentas con la ley.

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BAJO LAS AGUAS DEL PANTANO DEL TRANCO-43

PARROCOS DE HORNOS

A mis hermanos y a mí, mis padres nos contaban muchas cosas que pasaban en el pueblo. Ya sabes que en mi casa se hablaba mucho en familia, sentados siempre junto al fuego de la chimenea mientras la noche avanzaba y fuera caía la lluvia, cantaban los ruiseñores, balaban los corderos o simplemente se oía el rumor del río cruzando la Vega. Mi madre algunas veces leía historias sagradas porque a mi padre les gustaba mucho. Otras veces nos contaban cosas del pasado. También sabes tú como los recuerdos de las personas se quedan grabados en sus vidas y lo mucho que, pasado el tiempo, gusta hablar de estos recuerdos.

De entre todos aquellos relatos recuerdo cuando nos hablaban de un cura que hubo en el pueblo que se llamaba Idelfonso. En la época en que este cura estuvo allí, mis padres eran jovencillos. Según le oía a ellos este hombre era un cura estupendo, bueno como el mejor y alegre como el aire y las mariposas que revoloteaban por las llanuras de mi Vega. Tocaba la guitarra primorosamente y entre nota y nota siempre estaba diciendo que era bueno vivir el Evangelio con alegría, que era bueno alegrarse con el Señor para así darle gracias por tantas maravillas presentes en aquella tierra nuestra y en las personas que allí vivían.

Aprendió el juego de los bolos y jugando tanto con los mayores como con los muchachos se hizo amigo de todos ellos. En aquel pueblo mío este cura fundó lo que ahora llamamos un coro o coral. Entonces allí aquello se llamaba hermandad. Como los tiempos eran otros los instrumentos que tenían y tocaban eran todos hechos por ellos mismos: flautas de caña, sonajeros, panderetas, almireces que sonaban muy bien, un cántaro vacío que golpeaban con una alpargate y con dos tapaderas de cocina, que eran de hojalata, hacían las veces de platillos. Los guitarrillos eran especie de guitarras pequeñas que construían con tablas y cuatro cosas más. También tenían un trozo de teja rota que se la ponían entre el dedo pulgar y el índice y otro entre el índice y el dedo del corazón y con un arte primoroso lo hacían sonar a modo de castañuelas.

En Navidad, a todos estos instrumentos, se le añadía el sonido de las zambombas y siempre el cura con su guitarro dirigiendo aquel original coro que resultaba ser una delicia para todo el que podía oírlo. Aquel cura era muy listo porque todas estas reuniones musicales él las aprovechaba para hablar siempre del Evangelio, señal clara que el hombre nunca descuidaba su labor pastoral. Al caer la noche y después del trabajo reunía a la gente para ensayar. Primero hacían un poquito de oración, después se dedicaban a sus ensayos y cantos y al final del todo de nuevo daban gracias a Dios. Al despedirlos siempre les hacía caer en la cuenta que era hermoso aquello de haber dedicado el día al trabajo, la tarde a rezar y a cantar y el final de la jornada, a dar gracias.

Los muchachos y muchachas de aquel coro